Cuatro carteles en los inicios de Montes
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CUATRO CARTELES EN LOS INICIOS DE MONTES Rafael Cabrera Bonet* No o dejan de ser piezas curiosas los carteles taurinos de la época prerromántica, aquellos anteriores a la transformación que se produjo en la cuarta década del siglo XIX. Ya se atisban los primeros cambios en los impresos tradicionales desde los últimos años de la década iniciada en 1821, pero será en los años treinta y tantos cuando el cartel de toros rompa, definitivamente, con el encorsetamiento de las fórmulas del cartel antiguo, conocidas desde el primero de los ejemplares conservado, que anunciaba unas fiestas para los hospitales madrileños en 1737. Época en que, por cierto, tiene lugar la eclosión y explosión de Francisco Montes, Paquiro, al que, sin duda, debe mucho también la transformación del cartel de toros. Sí, porque éste no debe tanto a los supuestos gustos de los publicistas de la época, al incipiente mundo de la propaganda, aún apenas esbozado en muchos aspectos de la vida económica nacional y prácticamente nada en el mundo taurino, sino a la propia transformación del espectáculo en fenómeno de masas merced a la irrupción en los cosos de la trascendental figura del lidiador de Chiclana. El espectáculo se multiplica, la oferta geográficamente se amplía, Revista de Estudios Taurinos N.º 21, Sevilla, 2006, págs. 155-165 N *Secretario de la Unión Bibliófilos Taurinos. Director del Aula de Tauromaquia de la Universidad de San Pablo-CEU (Madrid).
Rafael Cabrera Bonet 156 los diestros se hacen valer cada día más al compás de lo que marca en buena medida el propio Montes (quizás aún no de manera definitiva, cuestión que irán ganando los profesionales durante el resto del siglo), y los enormes gastos ocasionados necesitan de un público abundante que llene las gradas y tendidos de las numerosas plazas que se construyen al impulso renovador de Paquiro. Entre las modificaciones que sufrirá el cartel de toros en el periodo romántico se cuenta el cambio de formato, que empieza a hacerse vertical frente al modelo tradicional donde predomina el eje horizontal; las orlas persisten, aunque aumentan en complejidad –hasta su máxima expresión en los carteles circulares madrileños– y a veces en anchura, empezando a introducir motivos alusivos al espectáculo; se sustituye la vieja fórmula del encabezamiento por el más ágil y significativo –al fin y al cabo lo que se pretende es difundir un mensaje rápido, claro y eficaz– «Toros» o «Plaza de Toros»; cambiará y se diversificará la tipografía empleada en el cartel, adecuándose a los avances del arte de la imprenta; se irán introduciendo viñetas alusivas al festejo, con la pretensión de centrar más el tema y objeto del cartel para quien lo contemple desde lejos; se seguirá ampliando su tamaño desde aquellos pliegos que llevaban más de un siglo publicándose; se irán haciendo más esquemáticos en su texto, con menor cantidad de palabras, resaltando los nombres de ganaderos y lidiadores y diferenciando claramente en el papel el lugar de cada uno de ellos; se introducirá definitivamente el color como fondo atrayente para el transeúnte, y así unas cuantas características más conformarán el nuevo cartel romántico. El nombre de Montes, en muchos casos, se destacará tipográficamente frente a otros lidiadores y aun ganaderos, y a veces antecederá no ya a los varilargueros, cosa que hará con frecuencia, sino aun a los propietarios de vacadas bravas o a los mismos
magistrados que presiden el festejo. Los carteles madrileños irán, lentamente, adaptándose a tales cambios, y así como son pioneros en algunos aspectos, en muchos otros serán antecedidos por Valencia, Bilbao, Cádiz y los Puertos o Sevilla. Son de Madrid los cuatro carteles de Montes que traemos a estas páginas; carteles pues prerrománticos, donde se pueden ir atisbando los sutiles cambios que acabarán transformando la manera de anunciar el festejo. El primero de ellos es de 1831, el año de su debut como primera espada en la plaza de la madrileña Puerta de Alcalá. La corrida se anuncia para el día 30 de mayo. Le anteceden Juan Jiménez el Morenillo y Manuel Romero Carreto, ambos lidiadores de cartel en el Madrid de aquellos años, quizá más maltratado por la historia el segundo, que debió merecer muchos mejores créditos de sus contemporáneos. Como sobresaliente hallamos a Pedro Sánchez Noteveas. El ganado anunciado era de don Manuel Gaviria (diez años antes de obtener su marquesado), Francisco Javier Guendulain (el mejor ganadero navarro), Eugenio Paredes (del campo colmenareño) y de la asociación comercial entre los tudelanos Lizaso y Pérez Laborda. Paquiro quedó bastante bien, matando bien ambos toros en la suerte de recibir y toreando primorosamente con el capote; desde aquí remitimos al lector al correspondiente artículo en estas mismas páginas para saber cómo transcurrió su quehacer en el festejo. El segundo cartel que ilustra estas líneas es el que anuncia el festejo del día 10 de junio de 1833, aún vivo el monarca, Fernando VII, que fallecería apenas unos meses más tarde, dando lugar a la primera guerra carlista. Junto a Montes se anuncian Manuel Lucas Blanco y Pedro Sánchez Noteveas, para lidiar ganado de don Juan Domínguez Ortiz (el Barbero de Utrera), del Presbítero sevillano don Pedro Vera y Delgado y del ganadero colmenareño Manuel Bañuelos Rodríguez, alto cargo Cuatro carteles en los inicios de Montes 157
del Real Patrimonio. Sorprende en el anuncio la preeminencia de Paquiro sobre Lucas Blanco1, espada más antiguo que el de Chiclana, pero que cede su lugar de privilegio al astro emergente, diez años más moderno que él. Y Montes, como lo que era, el nuevo amo del panorama del toreo, cumplió con creces su cometido en la función, aunque no estuvo brillante. En su primer toro Montes no estuvo feliz con el estoque y lo mató, «después de haberlo pasado tres veces en los medios, de cinco estocadas», aunque todas «bien dirigidas», subraya el cronista del Correo Literario y Mercantil2. El toro había saltado dos veces la barrera cogiendo, en una de ellas, a un «voluntario que estaba de servicio, y lo sacó a la plaza por la puerta del chiquero, al que le hizo dos contusiones, una en la frente y otra en el costado». En el cuarto mejoró su labor: «lo mató Montes, después de haberlo trabajado perfectamente con dos pases al pecho, siendo el segundo particular, de una estocada corta a volapié y dos recibiéndole, la primera buena y la segunda baja». Y aun intervendría en el séptimo, toro de gracia, al parecer del Raso del Portillo, en el que hizo «cinco suertes con mucha limpieza y desahogo, entre ellas una a la navarra por bajo», todo ello con la capa. La Revista Española3, también destaca su labor: «Montes, después de haber preparado a la muerte con gran inteligencia y valor un colmenaRafael Cabrera Bonet 158 1Decíamos en ocasión precedente sobre la presentación del infortunado espada sevillano, ejecutado en 1837: «Manuel Lucas Blanco era torero conocido y apreciado en Madrid, a pesar de su cierta tosquedad, desde su presentación en la primera corrida de 1821, en concreto el día 29 de Abril. En esa fecha, anunciándose como nuevo en esta Plaza, actuaría como media espada, matando los dos últimos toros de la tarde. Con él ocupaban los puestos principales del cartel Juan León, que tanto le ayudara en su carrera, y Francisco Hernández, el Bolero». (Cabrera Bonet, R. (2004): Manuel Lucas Blanco, entre la política y los toros, Madrid, Universidad San Pablo - CEU). 2El Correo Literario y Mercantil, 12 de junio de 1833, pág. 4. 3La Revista Española, 11 de junio de 1833, pág. 630.
Cuatro carteles en los inicios de Montes 159 Fig. n.º 45.- Cartel de 1831.
reño con visos de meneado, hizo al séptimo toro, de gracia, varias y vistosas suertes de capa, que agradan tanto más cuanto no es frecuente el ver tan lindo modo de capear». El tercero de los carteles es impreso de bastante mayor tamaño que los dos anteriores, e introduce una típica orla de las llamadas góticas o de catedrales, aunque se trate, en realidad, de hojas de acanto alineadas como si fueran ojivas. El día 27 de abril de 1835, con la niña reina en el trono y su augusta madre doña María Cristina de reina gobernadora (regente en otras palabras), Montes junto al madrileño Roque Miranda y al sevillano José de los Santos se encargarían de cuatro toros manchegos, de Diego Muñoz y Pereiro y Hermenegildo Díaz Hidalgo, y dos más sevillanos, de Antonio Gil y Herrera. Parca es la única crónica que conocemos del festejo, publicada por La Revista Española4, y en ella no brilló nuestro espada lo que hubiésemos gustado. Al primero, «le mató Montes degollándole en la segunda estocada, después de dar una en el palo de una banderilla». Lució el picador Sevilla en el segundo toro de la tarde, «lo mejor que se ha visto en la tarde», exclama el redactor del festejo, toro de Díaz Hidalgo que recibió, «pegajoso y firme… diez y seis varas, las cinco últimas puestas por Sevilla, de seguida y sin moverse treinta pasos»; mala muerte daría Miranda a este bravo ejemplar, ya que acabó con su vida «con una buena estocada después de haber dado veinte y otros tantos volapiés y de haber tomado el olivo de cabeza cuando estaba ya la media luna en la plaza». El resto del festejo fue horroroso, malo fue el tercero, pero peor los tres últimos, que «merecieron el honor del fuego; el público pidió con calor perros para los dos últimos, pero su petición que tenía la mayoría o mejor diremos la unanimidad, no fue acogida como le sucede a otras muchas». Apenas pudo Montes lucirse con el cuarto, al que «mató… con una buena», y Rafael Cabrera Bonet 160 4La Revista Española, 28 de abril de 1835.
Cuatro carteles en los inicios de Montes 161 Fig. n.º 46.- Cartel de 1833.
5Decíamos en su momento: «Paquiro pretendía pasar por delante de todos y cada uno de los matadores que con él alternaban, y si no le fue posible conseguirlo en 1837, lo alcanzaría al siguiente año, con la única excepción de Juan León». Y eso que el año anterior había conseguido figurar en todas las corridas, turnándose los demás espadas para acompañarle, a tenor de lo que rezaban los carteles: «En virtud de un convenio hecho entre estos lidiadores, se ha establecido que en todas las corridas de seis toros mate dos Montes, y los cuatro restantes los otros tres espadas, quedando en cada función uno sin matar; en consecuencia, los seis toros de este día serán estoqueados por Jiménez, Miranda y Montes, quedando sin hacerlo Santos como más moderno. Las cuadrillas de banderilleros trabajarán a las órdenes de los cuatro espadas» (Cabrera Bonet, Rafael (2004): Francisco Montes Paquiro: la revolución necesaria, Madrid, Universidad San Pablo - CEU). como Rigores se había lesionado una mano al saltar al callejón de forma inopinada, Paquiro también mató el sexto al correrse el turno en el quinto, y aunque necesitó de varios intentos «lo descabelló Montes soberbiamente en un volapié». La corrida aún pudo, y lo consiguió, ser peor, pues hubo toro de gracia tan malo como los dos últimos… El cuarto y último cartel de los presentados, es el del 2 de octubre de 1837. El tamaño como en el anterior es superior al tradicional, su orla más ancha, e introduce el color de fondo –papel tintado sólo por esta cara, cuya vuelta es blanca– para hacerse más notorio y destacarse en el encalado de las paredes. Acompaña, y precede a Montes, Juan León, y tras de ambos, figura Manuel Lucas Blanco, pocas fechas antes de cometer el triste asesinato que le condujo en noviembre al patíbulo. Montes, que ya por esas fechas antecedía a cuantos con él alternaban en los carteles y las plazas, cede su lugar de privilegio tan sólo a Juan León, y así seguirá haciéndolo durante toda su vida taurina. En este año de 1837 sólo intervendría en seis fiestas, todas ellas después del verano, ya que no llegó a un acuerdo con los hospitales en esa temporada, por cuestiones económicas y de antigüedad en los carteles5. Ello nos hace meditar sobre si acaso fuese Montes uno de Rafael Cabrera Bonet 162
Cuatro carteles en los inicios de Montes 163 Fig. n.º 47.- Cartel de 1835.