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Una lectura actual del Quijote

Vaz de Soto, José María

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UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE* Por JO SÉ MARÍA VAZ DE SOTO ¿Quién puede hoy leer el Quijote si n pre-juicios, co mo si fuera una novela que acaba de llegar por primera vez a sus manos? Supongo que nadie. Así que no voy a pretender ser yo la excepción a esta regla; sólo prometo que, aunque como profesor de literatura y a lo largo de mi vida he leído bastante acerca de Cervantes y el Quijote, voy a procurar dar aquí mi impresión fresca de lector tras una relectura reciente que he hecho con vistas a mi intervención de esta tarde, aunque no renuncie a traer en mi apoyo la opinión de otros lectores más conspicuos. Así pues, no aspiro con ello a ejercer de crítico, sino de lector atento que hace sus comentarios desde un aq uí y un ahora determinados, esto es, desde una perspec tiva y una circunstancia person al y generacional. Para que tengan una idea les diré que, salvadas las distancias en cuanto a extensión y profundidad, voy a intentar algo no muy distinto de lo que hizo Unamuno h ace cien años en su Vida de don Quijote y Sancho, libro que, no obstan te su mucho egotismo y s us insoportables as pavientos, tiene algunas cosas buen as . Yo, por supuesto, voy a ser mucho más humildito que don Mi - guel de Unamuno y en ningún caso voy a pr etender dar lecciones a Don Quijote o a Sancho Panza, ni mucho menos a Miguel de *Texto de una conferencia pronunciada el 17 de octubre de 2005 dentro del ciclo organi za do por la Real Academia Sevi ll ana de Buenas Letras. 1 66 JOSÉ MARÍA V AZ DE S OTO Cer va nte s. Tampoco pienso hacer interpretaciones del gran libro que vayan mucho más allá de la literalidad de su texto, como si fuera a un ti empo una novela didá ctica, un tratado de filosofía y un gran poema simbólico, ni ver en lo s personajes otra trascendencia y significación que las puramente literarias. Por otra parte, quiero expresar ya de entrada mi convencimiento de que el mejor homenaje a Cervantes en este centenario del Quijote es intentar leerlo o rel ee rlo, aunque sea saltándose algunas páginas. Así que me daré por satisfecho si logro despertar en alguno de ustedes el inter és y la curiosidad por hacer lo mismo que yo he hecho: leerlo como si fuera un libro del que apenas hemos oído hablar. En to do caso, también me permito recordar aquí a Coleridge, quien decía, a propósito del Quijote, que debe leerse una vez de principio a fin, y después só lo hojearse, con lo que tal vez insinuaba, según entiende Somerset Maugham, que algunos pasajes de la obra "son tan tedioso s, y aun absurdos, que es una pérdida de ti empo volver a le erlos una vez que se ha descu bi erto este extremo", lo cual no era óbice para que el mismo Somerset Maugh am confesara por su parte haberlo leído de cabo a rabo dos veces en inglés y tres en español.1 Para situamos un poco, voy a empezar haciendo un brevísimo comentario biográfico sobre Miguel de Cervantes, porque tengo para mí que si no es cierto que toda novela sea autobiográfica, como se ha ll egado a afir mar , sí creo que en casi todas ellas ha y algo de autobiografía. O, dic ho de otra manera, que si el autor hubiese tenido otra vida, otra experiencia existencial, c on toda segurid ad habría escrito otra novela. Aparte de su in fa nci a, casi totalmente desconocida para nosotros, es sa bido, por lo poco que no s ha llegado, que la vida de Cervantes tiene como dos partes muy diferenciadas, que se corr esponden más o menos con su juv entud y su edad madura: una primera parte aventurera, heroica, y una segunda de perseguido, de perdedor, de derrotado. Qui zá por eso el Quijote, escrito en esta segunda época de su vida, sea un libro alegre y triste; y su l. William Somcrsct Maugham: Diez ¡:: rwzdes novelas y sus autores. Tusquets Euilores, Barcelon a, 2004, pág . 15. UNA LE C TURA ACTUAL DEL QUIJOTE 167 humor, cruel y benévolo; y su protagonista, ridículo y sublime, iluso y desengañado a ratos, aunque cada vez menos iluso y más desengañado a lo largo de la Primera y, sobre todo, de la Segunda parte de la novela, que acaba con el desengaño definitivo de la muerte. Dicho esto sobre su autor, empezamos por preguntarnos sobre la obra: ¿qué es el Quijote, el libro titulado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, aparecido hace ahora cuatrocientos años, en 1605, y su continuación de 1615 ? La respuesta, hoy, nos parece obvia: el Quijote es una novela. ¿La primera novela moderna? ¿La mejor de todas? Son dos preguntas que dejo para que otros má s preparados y con má s autoridad las contesten, puesto que intentar dar una respuesta por mi parte sería salirme de mi propósito y agotar nuestro tiempo, me temo que sin gra ndes re sultados. Lo que sí me atrevo a decir del Quijote es que, a mi juicio, por su tema y por sus personajes, puede que sea la novela más original que se ha escrito nunca. Y quiero llamar la atención sobre lo sorprendente que resulta el hecho de que, sie ndo Ja primera (si es que lo es), sea la más original. El antes citado novelista inglés William Somerset Maugham, en su recientemente traducido Ten Novels and Their Authors, escribe lo siguiente: "Es esperar demasiado que el novelista cree personajes totalmente nuevos; su materia prima es la naturaleza humana, y aunque existen hombres de toda clase y cond ición, las clases no son infinitas, y las novelas, los cuentos, las obras teatrales, las epopeyas se escriben desde hace tantos cientos de años que no hay muchas probabilidades de que un autor cree un personaje radicalmente nuevo". Y a renglón seguido añade: "Examinando el conjunto del género novelístico, la única creación en rigor ori gi nal que se me ocurre es Don Quijote".2 Así pues, quedamos (y es sólo mi impresión, aunque traiga en su apoyo la del gran lector que fue Somerset Maugham) en que el Quijote es una novela, quizá la primera, quizá la mejor, pero sobre todo, a mi modo de ver, la más original. 2. Loe. cit .. p. 25. 168 JOSÉ MARÍA V AZ DE SOTO Y, sin embargo, todo parece indicar que nació con un propósito no especialmente original ni ambicioso. El mismo autor nos dice y repite que la escribió para hacer aborrecer los libros de caballería, y no tenemos por qué dudar de que la parodia de estos libros fue realmente su punto de partida. Pero ella misma es, en cierto modo, una novela de caballería. Contiene también incrustaciones y motivos pastoriles, de novela "e jemplar'', italiana, bizantina, morisca, de poema heroico-burlesco, de comedias y entremeses y de otros géneros de la época de lo más convencionales; se incluyen en ella poemas, discursos y otras plantas pará - sitas. Éste es el milagro. Su originalidad es eso , un milagro del genio. ¿Y que nos cuenta esta novela? ¿Cuál es su argumento, si es que podemos hablar de argumento en su caso? Nos relata, como todo el mundo sabe hoy, incluso Jo s que jamás han abierto un ejemplar de la obra, que un hidalgo de un pueblecito de la Mancha se vuelve loco de tanto leer libros de caballería y elabora un delirio que los psiquiatras de hoy diagnosticarían de paranoico, según el cual todo cuanto había leído en tales disparatados y fabulosos libros era verdad histórica, y él mis mo podía resucitar la vida caballeresca de otros tiempos reencarnándose en la figura de un nuevo caballero andante. Y con esta idea y este delirio se echa al camino, después de tomar nuevo nombre, para enderezar tuertos, amparar viudas, proteger huérfanos, vengar afrentas ... A partir de ahí, se desarrolla una novela abierta, episódica, que en su Segunda parte tiende a cerrarse un poco sobre sí misma con la derrota, el regreso y la muerte del protagonist a. Digamos algo sobre Ja génesis y el crecimiento de esta obra extraordinaria. En su primera salida, Don Quijote se hace armar caballero por un ventero que le sigue la broma y que él toma por castellano de un castillo, y a continuación tiene una primera aventura "victoriosa" (la de Andresillo y Juan Haldudo el Rico), aunque al narrador le falte el tiempo para hacernos ver que su éxito es sólo aparente, y un primer de scalabro en su enfrentamiento con unos mercaderes toledanos. Éstos van a ser casi los dos paradigmas de todas las aventuras del Quijote de 1605: unas con resultado de paliza más o menos cruenta y, de cuando en cuando, otras con relativos éxitos aparentes. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE 169 La primera salida se cierra, pue s, con el citado apaleamiento. Descabalgado y maltrecho, don Quijote es recogido por un labrador paisano suyo, Pedro Alonso, que lo recon oce y lo lleva a la aldea. El l ec tor tiene toda la impresión de que aq uí concluía el relato primitivo ideado por Cervantes, qui zá con el añadido del "donoso y grande escrutinio" de la librería de don Quijote en el capítulo VI. La obra, parece ser que inspirada por un anónimo Entremés de los romances, que Menéndez Pidal fecha en 1591, habría sido hasta aquí una novela corta (sin duda la mejor y más redonda de las s uya s) al estilo de Rinconete y Cortadillo, El coloquio de los perros o El licenciado Vidriera. Esta sospecha fue apuntada ya por el hispanista germano Heinrich Morf, hace ahora cien años ( 1905), asumida luego por no po cos cervantistas y rechazada por Menéndez Pida! con el argumento de que el primer capítulo de la obra "a nunciaba ya una no vela mayor'', como si su autor no hubie se podido modificar o reescribir esos primeros c apítulos con vistas a un de sa rrollo pos terior más extenso. Ahora bien, si es cierta nuestra hipóte sis, ¿por qué decidió Cervantes continuar su relato con nuevas salidas y aventuras del ingenioso hidalgo? A mi modo de ver, por dos razones fundamentales. Porque se percató de las enormes potencialidades de su persona je y porque se le ocurrió la idea más feliz de toda su obra, al menos desde el punto de vista técnico o formal de la novela, para darle continuidad, diálogo y contraste: hacerlo acompañar por su escudero Sancho Panza. "Ya está completo Don Quijote -com enta Unamuno-. Neces it aba a Sancho. Necesitába lo para hablar, esto es, para pen sa r en voz a lt a s in rebozo, para oírse a sí mismo y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo' '.3 A part ir de aquí, en es ta segunda salida de Don Quijote, ahora en co mpañía, la nove la sigue siendo fundamentalmente episódica, pero se alternan las alucinaciones o delusiones y los consiguientes apaleamientos con los impa ga ble s di álogos que se cruzan entre caballero y escudero, en los que ambos personajes cen3. Vida de Don Quijote y Sancho, EspasaCa lpe (Colecc. A us tral), 9ª edición. Buenos Aires. 1952, pág. 43. 170 JOSÉ MARÍA V AZ DE SOTO trales van creciendo en humanidad y hondura y donde reside, a mi juicio, el mayor acierto del novelista. A partir de los episodios de la primera estancia en la venta de Juan Palomeque el Zurdo, con Maritornes y el arriero, y sobre todo, de la aventura de los dos rebaños que él toma por ejércitos enemigos, y de la que sa le peor maltratado que nunca con la pérdida de casi todas Ja muelas de un lado de la boca, llega un momento en que el autor parece advertir que este tipo de secuencias (alucinación o delusión de Don Quijote + avisos y reconvenciones de Sancho + apaleamiento o descalabro + posterior atribución del desastre a los encantadore s) está agotado. Aventuras como la de los molinos de viento, la del vizcaíno, Ja de los yangüeses, la de los dos rebaños, no pueden ser superadas, y tampoco tendría mucho sentido repetir el esquema indefinidamente. Por otra parte, el caballero ha despertado ya en los lectores, y hemos de presumir que en el aparentemente distante autor, más si mpatía que rechazo; mayormente, sin duda, en nosotro s, lectores del siglo XXl, a los que no nos gusta que le peguen tanto a don Quijote, y con toda probabilidad en el propio Cervantes, no obstante su aparente indiferencia de novelista que quiere reflejar la vida como es y no como le gustaría que fuera. Siguen, pues, a partir del capítulo XVIII, menos palizas. con aventuras que igualm en te responden menos cada vez al anterior paradigma, como la del cortejo fúnebre, la de los batanes, la del yelmo de Mambrino e incluso la de los galeotes, aunque en esta última nuestro héroe vuelva a resultar apedreado. Quizá por el mismo objetivo de evitar repeticiones, a partir del encuentro con los galeotes y la retirada de don Quijote y Sancho a Sierra Morena, se apaga un poco el interés, la sorpresa y la originalidad de la obra. "Sus más hermosas y más espontáneas aventuras -ap unta Unamuno-quedan ya cumplidas; en adelante las más de ellas lo serán ya de tramoya y armadas por hombres maliciosos".4 Y esto, que desde luego suscribo como lector de ho y, vale tanto para los enredos de Ja segunda estancia en la venta, con la acumulación de relatos entrecruzados y anagnórisis, y con mucho de comedia o entremés (que hace que este Quijote de 1605 recuerde un poco en su doble estructura la de Rinconete 4. Loe. cit .. pág. 94. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE 171 y Cortadillo), como para las burlas de los duques en la Segunda parte, generalmente más celebrada por los cervantistas que la Primera, pero que pierde en originalidad y viveza lo que sin duda hace ganar a los personajes en amplitud y humanidad. Llegados a este punto, no quiero dejar de comentar el tema de la crueldad en el Quijote, que ha preocupado, entre otros, a escritores como Turguenev, Nietzsche, Thomas Mann, Santayana,5 y má s cerca de nosotros, a Milan Kundera y, sobre todo, a Vladimir Nabokov, que, en un curso impartido como profesor visitante en la universidad de Harvard y publicado póstumamente en 1983, llegó a calificar el Quijote de "auténtica enciclopedia de la crueldad", de "crueldad física risueña en la Primera parte" y de "crueldades mentales en la Segunda".6 Cervantes -sugiere con sarcasmo el autor de Lolita-parece que nos propone el siguiente plan: "Ven conmigo, avieso lector, que disfrutas de ver a un perro vivo inflado y zarandeado a puntapiés como una pelota de fútbol [ ... ], y advierte en cuán ingeniosas y crueles manos voy a poner a este personaje mío que da risa de puro vulnerable".7 Poco más adelante, inicia su retalu1a con no menor sarcas mo: "Empezamos, pues, en el capítulo 3, con el ventero que permi te que un loco ojeroso se aloje en su venta únicamente para reírse de él y que iían de él sus huéspedes. Pasamos con un rugido de hilaridad a lo del chico sernidesnudo azotado con un cinto por un robusto labrador[ ... ]. Volvemos a retorcemos de risa en el capítulo 4 cuando un mozo de mulas deja al indefenso don Quijote machacado como trigo en el molino. En el capítulo 8 soltamos nuevas carcajadas viendo que los criados de unos monjes que van de camino le arrancan a Sancho todos los pelos de las barbas y le muelen a coces. ¡Qué juerga, qué estupendo! En el capítulo 15 unos arrieros apalean a Rocinante hasta dejarlo en el suelo medio muerto; pero no importa, en seguida el titiritero volverá a poner en pie a sus chirriantes muñecos".8 Y de esta manera continúa 5. Puede consultarse sob re el tema el recie nte artículo de Julián Ríos. Crueldades del ·Quijote'. en "Babelia". suplemento literario de .. El País". número de 14 de mayo de 2005. 6. Vladimir Navokov: El Quijote. Ediciones B. Barcelona, 1987, págs. 76-77 y 75. 7. Loe. cit., págs. 75-76. 8. Lo e. cit .. pág . 78. 172 JOSÉ MARÍA V AZ DE SOTO Nabokov su largo repaso de la '> crueldades fís icas y m en tal es de la obra. Para no alargarnos demasiado, co ncluire mo s con otra mu es tra de la ironía nabokoviana sobre Ja última pelea de la Primera parte. Recuerda Nabokov que el cura y el canón igo han dejado salir a don Quijote de la jaula donde lo traen supu esta.men te encantado y, durante la comida al borde del camino, riñe éste con un cabrero. "Atiendan ustedes ahora -co ntinúa el nove li sta ru soa lo que hacen el buen canónigo, el buen cura y el buen barbero, recordando que el canónigo es el propio Cervantes disfrazado de mi embro del clero, y recordando que el cura y el barbero son los amigos más íntimos de don Quijote y están muy preocupados por curarle de su locura. El canónigo y el c ura impiden que el cabrero consiga un cuchillo, pero el barbero le ayuda a ponerse otra vez encima de don Quijote, desde donde le descarga tal lluvia de golpes que de la cara del caballero mana tanta san gre co mo de la suya. El barbero hace eso, supongo, por afán de diversión. Mientra s tanto, veamos qu é hacen los demás. El canónigo y el cura re vientan de ri sa; los cuadrilleros de la policía de cam inos saltan de gozo, y unos y otros azuzan a los combatientes como se hace con dos perros enzarzados".9 "N o metamos en esto lo nacional -se cuida, no obstante, de puntualizar Navokov-. Los españoles de aquel tiempo no eran más crneles en su comportamiento hacia los locos y los animales, los subordinados y los disidentes, que cualquier otra nación de aquella época brutal y brillante". 10 Hasta aquí Nabokov, y excusen lo extenso de las citas en aras de la importancia que doy a este asunto de la crueldad en el Quijote. Es cierto, no ha y por qué negarlo, que para la sensibilidad de hoy -de los ingleses o los rusos como de los españolesno resultan tan cómicos como en su tiempo los descalabros de don Qui jo te. Nos duelen más que nos regocijan. Con frecuencia, al leer estos episodios, empe za mos tal vez a r eí rno s, pero enseguida nos compadecemos y hasta no s entristecernos. Yo no sé si Cervantes sentía po r su personaje lo mismo que nosotro s. Parece más bien que no dio muestras de co mpadecerlo, al menos en las 9. Loe. cit .. págs. 81-82 1 O. Loe. cit., p< íg. 76. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE 173 primeras aventuras del Quijote de 1605. Pero en esta aparente indiferencia del narrador reside, a mi juicio, Ja principal razón de que su personaje nos caiga simpático y no advirtamos en él la presunción ni la fanfarronería que saltan, en cambio, a la vista en el don Quijote del Segundo tomo, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la Villa de Tordesilla s. También es bien posible que en esta aparente cmeldad de Cer vantes resida el secreto de su humor , que nos hace reprimir la carcajada al tiempo que tal vez se nos humedecen los ojos; el mismo humor que luego han heredad o, aunque nunca igualado, grandes humoristas de la literatura universal moderna y contemporánea; el mismo que analizó Pirandello en un interesante ensayo en el que contrapone a la ironía de Ariosto el humorismo genuino de Cervantes. Pirandello, para quien lo cómico es " un advertir lo contrario", mientr as que el humorismo en sentido estricto es "el sentimiento de lo contrario", asegura que, pese a que muchos hayan buscado contactos y parecidos entre Ariosto y Cervantes, poco tienen que ver uno con otro, ya que el italiano no es un auténtico humorista. "Nosotros quisiéramos reírnos de todo lo que hay de cómico en ese pobre loco -escribe más adelante hablando de don Quijotel ... ], pero la risa no acude a nuestros labios pura y fácil; sentimos que hay algo que nos la turba y obstaculiza; es una sensación de pena, de conmiseración e incluso de admiración, sí, porque si bien las heroicas aventuras de ese pobre hidalgo son ridiculísimas, no hay duda, sin embargo, de que él, en su ridiculez, es verdaderamente heroico. Tenemos una representación cómica, pero de ella emana un sentimiento que nos impide reír o nos turba la risa [ ... ]. A través de lo cómico, tenemos[ ... ] el sentimiento de lo contrario". 11 Por último, y no obstante lo ha sta aquí dicho respecto a esta cuestión de la crueldad del Quijote, conviene no olvidar que ya en tiempos de Cervantes, a juzgar por el testimonio de Sansón Carrasco, decían "algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los 11 . Luigi Pirandello: L 'wnorismo. traducido en Ensayos. Ediciones Guadarrama. Madrid. 19 68 . Págs. 124-34 y 165. 180 JOSÉ MARÍA V AZ DE SOTO Cervantes con el "voto a ... "; y la de la Dueña Dolorida, "que al historiador Je parece de perlas", según Unamuno, y a Unamuno "de lo más burdo y más torpemente tramado que pueda dar se", 16 nos parece a nosotros demasiado prolija y sin gracia. En resumen, la estancia con los duques de don Quijote y Sancho llega a pesar en algunos momentos en el ánimo del lector, especialmente por la complacenc ia del narrador, y cabe sospechar que del propio autor, en l as burlas. Sancho gana aquí tanto terre no que alcanza a ser el verdadero protagonista de algunos pasa jes, hasta llegar a la autonomía en los entretenidos, aunque algo postizo s, episodios de su actuación como gobernador de la ínsula Barataria. La materia folclórica, los cuentecillos populares aquí utilizado s, como el de los dos alcaldes del capítulo XXV (luego incorporado a la acción principal con la aventura del rebuzno de Sancho, en el XXVII), cumplen en esta Segunda parte una función semejante a la de las novelitas "suelt as y pegadizas" de la Primera, a las que, pese al "trabajo incomportable" que ello le supone, el autor ha renunciado, aunque no a "alg uno s episodio s" equivalentes, "nacidos de los mi smos sucesos que la verdad ofrece" (II, 44, 1070). Por otra parte, estos cuentos y motivos folclóricos, en los que Sancho dicta sentencias que suponen una sabiduría ciertamente inverosímil en un campesino analfabeto, aunque divertidos en sí mi smos, disuenan en el conjunto de la novela. No vamos a decir que sobran tanto corno las novel/e de la Primera parte, pero más bien restan que suman a la unidad y verosimilitud de la obra. En los últimos capítulos, durante la ida, la estancia y el regreso de Barcelona, en los episodios de la fingida Arcadia, el encuentro con los bandoleros catalanes, l os paseos por la ciudad y las nuevas burlas de los duques, la novela vuelve a lan guidecer un poco, exceptuando, como siempre, algunos magníficos diálogos entre don Quijote y Sancho, incluido el "metanovelístico" que ambos mantienen con don Álvaro Trufe, personaje adoptado por Cervantes -¡extraña adopció n, sorprendente ocurrencia!- del Quijote de Avellaneda, hasta su magnífica conclusión con la derrota final, el regreso a la aldea y la muerte del que fue don Quijote de la Mancha y acabó Alonso Quijano el Bueno. 16 . Ú •C . cit .. págs. 16 7· 8. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE 181 Mi impresión de lector es, en resu men, que el Quijote no es una obra perfecta. Tiene muchos defectos que saltan a la vista, bastantes cosas que sobran y algunas que la afean para la sensibilidad y el gusto de hoy. El Quijote es, eso sí , una obra humanamente profunda, literariamente genial. Y es que la cualidad de Jo perfecto no es, en mi opinión, adecuada para exigirla a las grandes obras de arte. Lo perfecto puede ser mínimo, insignificante; basta para que una obra humana sea perfecta la adecuación entre el propósito y el logro. Una copa de cristal puede ser perfecta, y quizá también un soneto, y hasta un relato br eve; una gran novela nunca es perfecta, y el Quijote desde luego no lo es. Aparte de las nove li - tas intercaladas, de los discursos retóricos, de l os descuidos frecuentes del autor en distancias geográficas, estaciones y meses, horas de comer o de ponerse el sol, cenas dobles, nombres de personajes y robo de burro; de ciertas incoherencias y vacilaciones como, pongamos por caso, que Sancho no empi ece a soltar refranes hasta el capítulo XXV de la Primera parte, sin duda porque hasta entonces no se le ocurrió al autor; de tantos ree ncuentros y anagnó ri sis, inverosímiles fu era del escenario de un teatro; de tantos paisajes falsos y lugares amenos poblados de ha yas o de altos castaños en cua lquier lugar de la llanura manchega; de tantas hermosas mujeres, cada una de ellas la más bella y rubia jamás conocid a; de las frecuentes repeticiones, rimas y discordancias de su prosa; aparte de estas y otras muchas posibles imperfecciones, a mí me ha chocado en esta relectura el hecho de que en el Quijote nunca llueva y, con una manifiesta falta de respeto para las fechas y el calendario, siempre sea o parezca verano. Di rán ustedes que por qué esto va a ser un defecto, y yo no digo que lo sea, pero tampoco deja de resultar un detalle no del todo verosímil, pese al clima seco de la Mancha e incluso pese a la sequía que padecemos en este año del centenario. Del mi smo modo que don Quijote y Sancho nunca va n a misa en toda la novel a, a diferencia del don Martín Quijada, de Ave ll aneda, que ya en el primer capítulo de su Segundo tomo, antes de echarse de nuevo al camino, lo vemos "ir a misa con su rosario en las manos", yo he advertido en esta reciente lectura que en el Quijote de Cervantes no cae, ni por casualidad, un buen chaparrón, a pesar de las rogativas del capítulo L ll de la Primera parte. Si mal no recuerdo, sólo en una ocasión llovizna momentánea- 182 JOSÉ MARÍA V AZ DE SO TO mente, y es porque el novelista echa mano de la lluvia para sus fines narrativos. Ocurre en el capítulo XXI de la Primera parte, cuando a don Quijote y Sancho se les va acercando de frente por el camino el barbero del baciyelmo. Empiezan efectivamente a caer unas gotas en ese momento, y nuestro hombre, para no mojarse el sombrero, tiene que cubrirse la ca be za con la bacía, de modo que don Quijote puede así verla y tomarla por el yelmo de Mambrino. Es una lluvia, ya se ve, como la qu e ponen en las películ as, má s bien artificial y por necesidades del guión. En fin, si estos son algunos de lo s posibles defectos, ¿cuáles son para nosotros los grandes méritos de esta obra impar? En primer lugar, hay que poner, como a cualquiera se le ocurre, la invención de don Quijote, ese personaje inaudi to hasta entonces, surgi do de la nada, que rompe todos los paradigmas, a mitad de cam ino entre el delirio y la santidad, entre lo ridículo y lo heroico, entre el loco y el auténtico caba ll ero a nd a nte ; el único personaje novelesco enteramente bueno de Ja literatura cristiana, según Dostoievski; el rey de los hidalgos, señor de los tristes, que de fuerza alienta y de ensueños viste, coronado de áureo yelmo de ilusión, que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al braz o, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón, como cantó Ruben Darío. 17 El mi smo Nabokov, de quien ya hemos comentado algunas de sus opiniones negativas, ha ce, entre censuras a la obra, el mayor elogio del personaj e: "Se ha dicho del Quijote que es la mejor no ve la de todos los tiempos. Esto es una tontería, por supuesto. La realidad es que no es ni siquiera una de l as mejores novelas del mundo, pero su protagonista, cuya personalidad es una invención genial de Cervantes, se cierne de tal modo sobre el horizonte de la literatura, coloso flaco sobre un ja melgo enteco, que el libro vive y vivirá gracias a la auténtica vitalidad 17. He modificado, para encaja rl o en mi frase. el segundo verso de la estrofa citada, en el que Rubén Darío se dirige a don Qui jo te en segunda persona del verbo: que de ji 1erza alientas y de ensue1ios vistes. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUIJOTE 183 que Cervantes ha insuflado en el personaje central de una historia muy deshilvanada y chapucera, que sólo se tiene en pie porque la maravillosa intuición artística de su creador hace entrar en acción a don Quijote en los momentos oportunos del relato". 18 En segundo lugar ponemos todos -menos Nabokov, supong~ el personaje de Sancho Panza, y quizá no tanto por el personaje en sí, que ya es extraordinario a la sombra de don Quijote, como por el h ec ho de que sean dos. A partir del capítulo VII de la Primera parte, la gran creación de Cervantes ya ha adquirido, al contar con la pareja de don Quijote y Sancho, toda su potencia germinal. Luego, hasta el final de la Primera y a lo largo de toda la Segunda parte, el personaje del escudero crece y se desarrolla hasta el mito, o lo que es lo mismo, hasta el punto de igualarse casi, en hondura literaria y verdad humana, con su señor. Este protagonismo dual que, aunque pueda tener sus precedentes, inaugura con rotundidad el Quijote, en contraste con la épica antigua, tiene más tarde una enorme repercusión, fácilmente rastreable a lo largo y a lo ancho de la literatura universal. Aunque irrepetibles como personaje s, el patrón de don Quijote y Sancho está pre - sente, por citar dos ejemplos ilustres de la literatura inglesa, quizá la mejor y más directa heredera de la obra mayor de Cervantes, desde la pareja de Mr. Samuel Pickwick y Sam Weller en Los papeles póstumos del club Pickwick, de Dikens, a la de Sherlock Holmes y el Dr. Watson, en las novelas policiacas de Conan Doyle. La idea primitiva de Cervantes, como ha señalado Martín de Riquer, era que Sancho fuese tonto. Lógicamente, tenía que serlo para dar algún crédito al delirio caballeresco y dejarse llevar por las locuras de don Quijote. Pero ocurrió -como tantas veces se ha advertidoque a Cervantes le fue creciendo la figura del campesino tonto, hasta adquirir una creciente autonomía y llegar a hacerse tan importante como la del caballero loco. "Sólo a medida que éste vaya mostrando admirable cordura fuera de lo caballeresco -observa Lázaro Carreter-, podrá ir enriqueciendo Sancho su personalidad hasta adquirir volumen comparable a la del caballero" .19 J 8. Loe. cit., pág. 44. 19 . Fernando Lázaro Carreler: .. Estudio Preliminar" a la edición del Quijote por la que cito. Galaxia Gutengerg, Barcelona. 2004, pág. XL. 184 JO SÉ MARÍA V AZ DE SOTO En tercer lugar entre Jo s gran des acie rt os de la obra, hay que situar la relación amistosa de don Quijote y Sancho, expresa da a través de sus extraordinarios diálogos, admirad os hasta por Nabokov.20 En ellos, y no en sus c uidada s novelitas o en sus retór icos discursos tan citados y recitados (e l de la e dad de Oro, el de la s armas y las letras), es donde triunfa de verdad el es tilo de Cerva ntes, la hum anidad de sus personaje s, la naturalidad de su len g uaje y sus mejores rasgos de humor; o, al menos, su humor má s humano y jovial, la clase de humor que nos hace reír y se ntirnos buenos y amicales, y con el que se experi menta cierto alivio tras el humor más duro y más triste de los descalabros y los manteos. El crítico norteamericano Harold Bloom, en su reciente ¿D ónde se encuentra la sabiduría? y en otros libros anteriores, opone a este respecto Cervantes a Shakespeare. Los per so najes de Shakespeare -declaraba en una reciente en tre vist a- "hablan de forma gloriosa", "despliegan unos soliloquios incomparables", "pero nadie se toma la moles ti a de atender a lo que el otro dice". Por el contrario, Cervantes ha sido capaz de crear dos personajes "que verdaderamente se escuchan el uno al otro [ ... ). Cada uno presta atención a lo que el otro dice, y aunque no estén de acuerdo, vemos a dos auténticos personajes que ve rdaderamente se educan el uno al o tro[ ... ]. Sancho y don Quijote aceptan la realidad del otro, y es o me parece muy hermoso. Creo que ése es el verdadero valor del libro".21 En su última publicación, Bloom califica estos diálogos de "soberbias conversaciones" 22 y, poco despué s, de "maravillosas conversaciones, ya sean riñas o intercambi os de intuiciones", porque "don Qui jo te y Sancho se escuchan de verdad el uno al otro, y cambian a través de su receptividad" 23 • Y todavía, más adelante, habla de "los sutil es cambios qu e provocan en el Caballero y Sancho sus agudas c on versacione s, en la s que el amor que comparten se manifiesta en su iguald ad y en sus malhumoradas disputas. M ás que padre e hijo, son herm a no s". 24 20 Loe. cit .. pág. 46 y 49-51. 21 En 1revis1a de Alfon so Armada: .. Bloom, el poder de Ja lectur a", en ABC de las Aries y las Letras, nº 705, semana del 6 al 12 de agosto de 2005. págs. 4-6. pág 83 . 22 Harold Bloom: ¿Dónde se e11c11e11 tra la sabiduría ?, ed. Taurus, Madrid. 2005, 23 Loe. cit., pág. 84 . 24 Loe. cit .. pág. 89. UNA LECTURA ACTUAL DEL QUUOTE 185 En cuarto y último lugar -últim o por hoy -yo pondría lo que desde los estudios de Bajtín se viene llamando "polifonía lingüística". El problema que se le planteaba a Cervantes, al acoger en su novela la realidad de su tiempo en los ca minos de la Mancha, era que tenía que dar entrada igualmente a la realidad del idioma, y así, hace hablar a sus personajes, y muy en particular a don Quijote y Sancho, con variedad de registros idiomáticos, pero acomodando fundamentalmente el lenguaje de ambos a la verdad del habla viva de su tiempo, incluyendo en ella la parodia del habla caballeresca. En el caso del hidalgo, su sistema expresivo se caracteriza por la abundancia de arcaísmos, "que luego -según Lázaro Carreterse entreveran en una elocución de léxico más llano, pero muy retorizada". Ahora bien, "cuando don Quijote habla descuidado de su condición de héroe, su idioma pierde tales rasgos y deja paso a una espontaneidad coloquial que puede recaer en la vulgaridad, contrastando cómicamente con el énfasis anterior". En cuanto al escudero, advierte Lázaro la dificultad de hacerlo hablar conforme a su condición, de modo que el autor tantea diversos procedimientos, como los errores prosódicos corregidos por su señor, hasta dar en el capítulo XXV de la Primera parte, y sobre todo a lo largo de toda la Segunda, con su propensión a ensartar refranes a troche y moche. 25 Consigue así el autor para su personaje un idiolecto que tiene su gracia, aunque en r ea lidad no parece vero sí mil que nadie, ni el más tonto Sancho Panza, di ga tantos refranes s in venir a cuento. Lo que en definitiva resulta evidente es que Cervantes consigue dar voz a sus dos protagonistas con variedad de registros dentro de la polifonía quijotesca, y que su modo de hablar nos resulta, en su conjunto, lleno de verdad en ambos casos, con acusa da tendencia a la naturalidad de la lengua hablada de la época, como se hace explícito en varios pasajes de la obra, el más conocido de los cuales puede ser el consejo de maese Pedro a su ayudante: "Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala" (Il, 26, 927), que apela a un ideal estilístico próxi25 F. Lázaro Carrcter: loe. cit., págs. XXXI-XXXIX. 1 86 JOSÉ MARÍA V AZ DE SOTO mo al de "escribo como hablo" de Juan de Valdés, má s propio del siglo XVI que del XVII. Tales son, re sumiendo mucho, algunas de las más so bresalientes virtudes de esta obra impar a jui cio de un lector de hoy, lector que ha leído muchas novelas e incluso escrito algunas, y se atreve a dar aquí su parecer de que tal vez nin gu na pueda igualar al Quijote en verdad huma na y sencillez literaria; sencillez que no es incompatible con la citada polifonía l ing üí st ica ni con el hecho de que las técnicas no velísticas contemporáneas estén ya todas, al decir de Francisco Ayala, en el Quijote. "Con una diferen ci a a favor de éste -apunta este profesor y no velista-, y es que muchas de estas técnicas se utilizan hoy por puro ado rno , para 'hacer bonito ', mientras que en Cervantes so n funcionales ". Y cita como ejemplo el caso de don Álvaro de Tarfe, el personaje que Cervantes torna del Quijote de Avellaneda para hace rlo aparecer y funcionar "de manera mu y eficaz" en el capítulo penúltimo de la Segunda parte del suyo , y lo pon e Ayala en relación con ciertas obras de hoy en la s que "se toma un personaje de la novela de un colega amigo, o se introduce el autor mis mo en su propia novela".26 Todo esto, estas más o menos sencillas téc ni cas o artificios no ve lí st ic os, yo no sé si enriquecen o acaso complican inútilmente una gran novela, pero lo que no puede negarse es que, efectivamente, Cervantes se sirvió ya de ella s. De no ser así, de haber podado su obra de sus mu chos element os injertados o parásitos y de haberse l im itado a contarnos las correrías, amistad y diálogos de don Quijote y Sancho, la novela resultante no habría si do má s grande o má s profunda, aunque sí, seguramente, mejor aca bada , algo más breve y de más fácil lectu ra para un lector de hoy. 26 Francisco Ayala. loe. cit .. pá gs. 38-39.