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Don Pedro Ponce Carrasco: obispo de Cuba y Quito (1747-1775)

Núñez Roldán, Francisco

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DON PEDRO PONCE CARRASCO: OBISPO DE CUBA Y QUITO (1747-1775) por FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN La ponencia que presentamos a continuación contiene como motivo central la biografia de un onubense de La Puebla de Guzmán que fue Provisor y Vicario General de la Diócesis de Cuba entre 1733 y 1747, obispo Auxiliar de Santiago de Cuba con el título de Adramite entre 1747 y 1762 y, por último, obispo de Qui- to desde ese año hasta su muerte en 1775. En determinadas ocasiones las biografías corren el peligro de convertirse en meras excusas para estudiar el contexto que las envuelve o para iluminarlo, dejando al personaje en la penumbra. Por el contrario, sucede a veces que por un excesivo protagonismo del biografiado se llega a perder la visión del conjunto que le rodea, obteniéndose, de ese modo, una imagen parcial de la historia que se pretende descubrir. Alguien pensará, tal vez, que lo deseable y lo virtuosamente científico en una biografía histórica sería alcanzar el término medio, que consistiría en explicar con claridad qué fin se desea conseguir y con qué método, qué razones han determinado la elección del personaje o si éste merece ser el objeto de nuestra atención. El fin propuesto era seguir los pasos del obispo Ponce Carrasco, desde La Puebla de Guzmán hasta Quito, desde su cuna, rural y modesta, hasta su lecho de muerte, opulento y palaciego. De su vida, que duró 72 años, más de la mitad estuvo ocupada en el servicio de la Iglesia, ya como capellán y Provisor, ya como Obispo. Por eso estamos en condiciones de afirmar que su historia personal, su perfil más íntimo y privado, el que intentaremos UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 310  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN reconstruir e interpretar, tiene mucho que ver con la institución a la que sirvió y a la que indeleblemente estuvo unida casi toda su existencia. No es posible negar, en consecuencia, que estudiando su trayectoria humana y pastoral estemos llenando determinados vacíos historiográficos como, por ejemplo, los que padecen la historia de la Iglesia en Cuba y, sobre todo, en el Ecuador. Así pues, acometiendo la biografia del prelado onubense hemos dado por satisfecha, aunque sólo sea parcialmente, una necesidad historiográfica que sirve, al mismo tiempo, como excusa científica de nuestra intervención en estas Jornadas de Andalucía y América. Tal excusa no indica, sin embargo, y en modo alguno, (sería fatuo por mi parte afirmarlo), que la historia de la Iglesia en Amé -rica esté por hacer o que se encuentra en un estadio de preformación o configuración. Abundantísimos ejemplos demuestran lo contrario. No obstante, nadie contradice la opinión general de que no existe un asunto histórico que esté agotado en términos absolutos. El gobierno episcopal de don Pedro Ponce en Cuba y en Quito precisaba, en ese sentido, de un análisis pormenorizado, completo y extenso, mucho más que las escasas líneas que le han dedicado, por falta de una investigación básica y primaria sobre él, algunos diccionarios eclesiásticos y determinados episcopologios e historias generales de la Iglesia en la América española (1). Acercarse a la figura del obispo Ponce supone, por otra parte, abordar su labor apostólica y las de sus subordinados, analizar la cualidad moral e intelectual de un pastor de la Iglesia o buscar en su actividad al frente de la diócesis la bondad o la insuficiencia de sus relaciones con los fieles cristianos. Igualmente, por tratarse de un prelado del Antiguo Régimen, seleccionado y nominado por el Estado con el consentimiento posterior del Sumo Pontífice, habrá que sondear su influencia y su poder político, en qué medida lo ejerció y de qué carácter fueron sus relaciones con el Consejo de Indias o con las demás instituciones políticas en el territorio de la diócesis que regía. 1. Las primeras y únicas noticias sobre don Pedro Ponce se deben a E. VARGAS UGARTE: Historia de la Iglesia en el Perú, 4 vols. Burgos, 1961. Pese a dedicarle no más de una página, Antonio de EGANA en su Historia de la Iglesia en la América española, B.A.E., Madrid, 1966 abunda en lo dicho por aquél. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  311 Aproximarse a cualquiera de estas cuestiones, contando con la extensa, copiosa, atractiva y ordenada documentación del Archivo General de Indias, parece, a priori, una tarea muy sencilla y, en efecto, así ha sido en nuestro caso (2): las propuestas de provisión de cargos eclesiásticos, la correspondencia entre el obispo y el Consejo de Indias y los numerosos expedientes e informes sobre los asuntos eclesiales y religiosos más relevantes han constituido los tres conjuntos documentales sobre los cuales se ha construido, fundamentalmente, la historia del episcopado de don Pedro Ponce en Cuba y en Quito entre 1747 y 1775. Hemos contado, además, con la ayuda de dos fuentes, vitales en la elaboración de cualquier obra de carácter biográfico: la relación impresa de los méritos de don Pedro, escrita en 1757, que nos ha permitido obtener el perfil más simple de su personalidad, su carrera eclesiástica y, en segundo lugar, su expolio, hallado no sin harto esfuerzo, que nos ha permitido descubrir e interpretar y también imaginar algunos de los más íntimos apartados de su vida: el momento de su muerte, la relación de sus bienes pontificales y su biblioteca. 1.- LOS ORIGENES Y LA FORMACION INTELECTUAL DE DON PEDRO PONCE. Durante siglos, el mundo rural ha proporcionado a la Iglesia para su gobierno y servicio muchos hombres y mujeres. Por una u otra razón, las vocaciones, ya verdaderas o sinceras, ya disimuladoras de las debilidades y de las insuficiencias humanas, han presentado geográficamente esa procedencia. Don Pedro Ponce Carrasco no constituye, en ese sentido, una excepción entre la mayoría de los prelados de su tiempo, pues nació y fue bautizado en una villa de la comarca onubense del Andévalo, La Puebla de Guzmán, en el año 1703 (3). 2. Si los historiadores son deudores de los archiveros, en este caso la deuda que he contraido con Pilar Lázaro, Secretaria del Archivo General de Indias es impagable. A ella le debo no solo su amistad sino su benevolencia y su clarividencia. Sus alumnos de los cursos de Archivística sabrán apreciar mis palabras mejor que nadie. 3. El origen regional de los obispos que ocuparon una sede americana durante el siglo XVIII ha sido ampliamente analizado por Paulino CASTANEDA DELGADO en «La Iglesia diocesana» en Historia General de España y América. América en el siglo XVIII. Ed. Rialp_ Madrid, tomo XI-2, 1989, pp. 497-512. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 312  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN La coyuntura histórica que le abrió los ojos no permitía precisamente la supervivencia: su pueblo natal, fronterizo con el reino de Portugal, vivió y padeció entre 1704 y 1710 las calamidades de la Guerra de Sucesión. Pero, además de los continuados asaltos efectuados por las tropas lusitanas, que causaron muchas pérdidas humanas y materiales, la climatología del primer decenio no favoreció el equilibrio necesario entre la producción agraria y el consumo, con lo cual la frágil cobertura de la subsistencia desapareció. Como el mal fue general a toda Andalucía occidental, aún fue más complicada la solución. Como consecuencia de todo ello, la natalidad descendió y la mortalidad de crisis se agudizó (4). Sobrevivir en aquellas penosas circunstancias sólo era cuestión de fortuna o de nacer en una familia protegida de antemano frente a esas adversidades. Fueron sus progenitores Rodrigo Ponce Carrasco y Fabiana García Hidalgo (5), de los cuales desconocemos su situación eco -nómica y su condición social, aunque sospechamos que sin ser demasiado ricos, ocupaban una posición acomodada tal, que fuera posible dar estudios universitarios a su hijo, en una época en la cual acceder a la enseñanza estaba reservado a los miembros de las clases sociales mejor abonadas. El inicio de una carrera eclesiástica o del servicio al Estado en la Administración exigía, cuando menos, si ese era el sueño perseguido por los padres de don Pedro, estudiar en la Universidad más próxima, Sevilla. Así fue como, probablemente, tras haber tomado lecciones de gramática y latín con algún clérigo de los muchos que existían en la parroquia de La Santa Cruz de la Puebla de Guzmán, llegó a la ciudad hispalense hacia 1718 para comenzar sus estudios en la Facultad de Cánones. Cinco años más tarde, el 13 de enero de 1723, se graduó de bachiller en el Colegio Santa María de Jesús, haciéndolo también en ese día un estudiante natural de Valverde del Camino (6). Es 4. Para encajar al personaje en su lugar de origen remitimos al lectos a nuestro libro: La vida rural en un lugar de] señorío de Niebla: La Puebla de Guzmán (siglos XVIXVIII), Huelva, 1985. 5. A pesar de no haber podido contar con los libros sacramentales de la parroquia de La Puebla de Guzmán, lamentablemente destruidos, la noticia sobre los padres del prelado nos la proporciona su Relación de Méritos que se encuentra en el Archivo General de Indias (en adelante A.G.l.) Sección Indiferente General, leg. 245. doc. 13. 6. El dato muy escueto, pero suficiente, procede del Archivo Universitario de Sevilla. Libro 596, folio 221. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  313 presumible que con ese acto académico se cumplían los objetivos paternos, al mismo tiempo que se permitía al joven bachiller presentar las credenciales básicas necesarias para ejercer el derecho, pues en el mes de abril de 1725 se recibió de abogado en la Real Audiencia de Sevilla como era reglamentario (7). Desconocemos si era esa la carrera elegida inicialmente por don Pedro o si, torcidas las expectativas profesionales, se dirigieron sus intenciones hacia la seguridad que ofrecía el ingreso en el estado eclesiástico. Para contestar a esa cuestión cabría preguntarse previamente si entre 1725 y 1732 (fecha ésta que marca el inicio de su periplo americano) el abogado Ponce Carrasco ejerció como tal, qué causas sirvió y cómo se ganó la vida en Sevilla, una ciudad que ya no era la gran urbe de antaño. La falta de noticias sobre esos años y la desaparición del archivo de la antigua Audiencia impiden la tarea, pero la lógica nos dice que debió de establecer las suficientes relaciones sociales y profesionales en la capital hispalense como para que en 1732 fray Juan Lasso de la Vega y Cansino, religioso de la Orden de San Francisco y Provincial de la misma en Andalucía, cuando recibió el nombramiento de obispo (8) le llevase a la Isla en su séquito como persona de su confianza. La decisión de acompañar al obispo franciscano habría estado determinada por la promesa de éste de protegerle y encomendarle ciertos cargos eclesiásticos relacionados con su oficio de abogado. Una vez que aceptó lo que se le ofrecía, y tal vez no hubiera sido razonable renunciar en aquellos momentos, dadas las dificultades para conseguir lograr el éxito profesional en un foro muy satura -do o en una carrera administrativa o judicial que exigía privilegiadas recomendaciones, don Pedro se despidió de su gente, de su pueblo y de Sevilla, pues su futuro estaba, sin duda alguna, en América, aunque no se tratara de un pobre emigrante en busca de un sueño dorado, sino de alguien que avalado por sus propios estudios, había conseguido la protección de un obispo que le habría animado a iniciar y a desarrollar en el Nuevo Mundo la carrera eclesiástica. (9) 7. A.G.I. Indiferente General, 245, doc. 13. 8. Los detalles sobre la provisión del obispado de Santiago de Cuba en la persona de Fray Juan Lasso de la Vega se encuentran en A.G.I., Santo Domingo, 523, n? 21. 9. Tal fue la tendencia que siguieron el cincuenta y seis por ciento de los prelados americanos en el siglo XVIII. Vid. P. CASTANEDA: op. cit. pag_ 504. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 314  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN Tomada la decisión, que tantos beneficios le reportaría, dejó atrás su familia y La Puebla de Guzmán, a la que ya no volvería jamás, una vez que se embarcó para Cuba en 1732 (10). 2.- CUBA: EL INICIO DE LA CARRERA ECLESIASTICA. La diócesis de Santiago de Cuba, única en la isla caribeña, estaba considerada por su influencia, por sus rentas y por las personas que ocupaban la mitra, como una sede de importancia mediana, situada en un tercer grupo de una clasificación de cinco, rea li - zada a partir de los valores medios de la gruesa decimal del periodo 1750-1800 (11). Cuando accedió a ella Lasso de la Vega los estipendios del obispo se calculaban en 10.000 pesos (12) poco menos de la mitad del valor que se estimaba para los de Quito a mediados del siglo XVIII. En realidad se trataba, fundamentalmente, de una sede de acceso y salida, es decir, de promoción, valiosa para pretendientes que ambicionando ocupar los lugares más altos de la cúspide de la jerarquía episcopal americana, debían de acumular méritos y experiencia en la acción de gobierno, aunque muchos de ellos terminaran allí sus días y con ellos sus nobles y humanas esperanzas. Por otra parte, desde noviembre de 1732 y por expreso deseo de Felipe V se erigió un obispado auxiliar para las provincias de Cuba, Jamaica y La Florida asistido económicamente por las rentas episcopales cubanas con una escasa pensión anual estimada en mil pesos (13). Bajo esa precisa condición aceptó fray Juan Lasso el gobierno espiritual de la Isla (14) y ese sería pocos años después el premio con el cual recompensó la fidelidad y el trabajo 10. Las pocas noticias que poseemos sobre su familia en La Puebla de Guzmán se deben al Catastro de Ensenada. Según el censo de ganaderos de la villa realizado en 1761, al menos tres personas llevan los apellidos de don Pedro: Antonio, Agustín (presbítero) y Simón. Curiosamente el mayor propietario de ganados de La Puebla era don Pedro que poseía más de quinientas ovejas, fruto probablemente de la herencia que le dejaron sus padres. Vid. NUNEZ ROLDAN, F.: La vida rural...op. cit. pag. 223-226. 11. P. CASTANEDA: Op. cit. pag. 498. Por otra parte, la Iglesia de Cuba presentaba una nómina relativamente reducida por esas fechas. 12. A.G.I., Santo Domingo, 524. 13. La Real Cédula que desarrolla la creación del obispado Auxiliar de Cuba se publicó el 12 de noviembre de 1732: A.G.I., Santo Domingo, 515. 14. La provisión del obispado de Cuba en favor de Lasso de la Vega por parte de Felipe V llevaba aparejada esa condición. Vid. A.G.I., Santo Domingo, 523. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  315 que don Pedro Ponce le demostró desde que ambos llegaran a la Isla en 1732. Pero varios años antes de que fuera consagrado obispo, don Pedro tuvo ocasión de ejercer el derecho, tal vez su más íntima vocación, gracias a la confianza que en él depositó el obispo Lasso. En efecto, desde su llegada a Cuba, fray Juan Lasso le encomendó los empleos de Juez de Testamentos, Provisor y Vicario General del obispado, cargos para los cuales se presume que se exigían amplios conocimientos jurídicos. Su labor al frente de ellos hubo de ser, al menos, eficaz, si aceptamos las benevolentes palabras de su protector quien llegaba a asegurar en un informe que don Pedro Ponce había ejercido tales cargos «con grande exemplo y paz con todos a satisfacción de caballeros gobernadores y demás justicias seculares» (15) A estas responsabilidades de gobierno y justicia se añadió por esas fechas la obtención del presbiterado, pues era, según ese mismo testimonio, cura beneficiado en la parroquia de San Cristóbal de la ciudad de la Habana, aunque también es posible que hubiera sido consagrado sacerdote por Lasso, en Sevilla antes de partir. En cualquier caso, ambos hechos constituyeron el inicio envidiable de su carrera eclesiástica, adornada y valorada aún más si cabe por la consecución del grado de doctor en la Facultad de Cánones de la recién creada Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de la Habana el 24 de septiembre de 1735 (16). Aunque sólo un estudio exhaustivo de las causas resueltas o vistas durante el ejercicio de su cargo nos proporcionaría una interpretación más completa y ajustada tanto sobre el perfil humano como sobre su mandato, lo cierto es que, al parecer, como Juez Provisor de la diócesis de Cuba, don Pedro Ponce practicó lo que al mismo Lasso de la Vega, en un juicio (ya citado) sobre aquél, denominó la paz con todos, es decir, evitando en su proceder los acostumbrados y escandalosos enfrentamientos entre las jurisdicciones eclesiástica y secular, y entre el obispo y el reducido pero 15. A.G.L., Santo Domingo, 515, fechado en 1743. 16. A.G.I., Indiferente General, 245, doc. 13. Así lo indica su Relación de Méritos, única prueba clue poseemos para confirmar lo que Paulino Castañeda ha hecho extensivo a todos los obispos con sede americana: que se hallaban dentro del grupo de la élite intelectual de Indias, pues el 72 por ciento de ellos, cuando acuden al episcopado, eran ya doctores y sólo el 3 por ciento eran bachilleres. P. CASTANEDA: Op. cit. pag. 503. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 316  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN activo cabildo catedral de Santiago de Cuba. Todo ello no impidió, sin embargo, que al mismo tiempo dejara ya manifestar cuál era su temperamento, incómodo y riguroso en casos que afectaban a personas particulares. El ejemplo que traemos a continuación es suficiente, por sí mismo, para confirmar ese primer apunte sobre su personalidad. Los hechos tuvieron lugar en 1753 cuando, fallecido ya Lasso de la Vega, compatibilizaba don Pedro el Provisorato con el Obispado Auxiliar. Una mujer, María Gertrudis Cabrera, había presentado una demanda matrimonial contra don Félix José Piñero, maestro de Filosofa y bachiller en Medicina, catedrático sustituto de Vísperas de Medicina en la Universidad dominica de San Gerónimo (17). A las tres y media de la tarde del día 25 de febrero llegó ante el citado médico un notario de la curia eclesiástica, de orden del Provisor, acompañado de un grupo de soldados con bayoneta calada y de un verdugo y le insinuó que le venía a poner grillos de orden del Obispo Auxiliar y Provisor General, don Pedro Ponce. Sin más, el acusado pasó arrestado a la cárcel pública del castillo de San Salvador de la Punta de la Habana. De no ser porque como profesor formaba parte del claustro universitario y por lo aparatoso del arresto, el asunto tal vez no hubiese llegado a las manos del Fiscal del Consejo de Indias. En efecto, el Rector y el Claustro de la Universidad presentaron de forma inmediata un memorial de quejas por lo que ellos consideraban un atentado por parte del Provisor a los privilegios de la institución académica, que contaba, precisamente gracias a ellos y para tales casos, con cárcel propia para los miembros de la corporación. Además, argumentaban, los inmoderados procedlmÍentos de] obispo Auxiliar.. .por el ignominioso arresto del médico, sin haber precedido el auxilio del Rector al que no se le notificó previamente como era preceptivo, habían desairado tanto al preso, por la calidad de la cárcel, ajena a la suya propia, como a la Universidad a quien se había ignorado en el desarrollo del proceso, y era, en consecuencia, absolutamente necesario el restablecimiento del honor del primero y de la autoridad institucional de la segunda. Es evidente que en el sentimiento corporativo inspiró 17. A.G.I., Santo Domingo, 521. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  317 esta defensa que la Universidad hizo ante el Consejo de Indias, aunque por otro lado se reconociese que el dictamen jurídico sobre la causa matrimonial hecha por el obispo Ponce se ajustaba al derecho. No era, por consiguiente, la interpretación judicial de la norma lo que se cuestionaba y se ponía en duda, sino el tratamiento social dado al reo, merecedor de otra cárcel, la de la Universidad. El Provisor Obispo, sin embargo, siempre seguro de lo que decidía y determinaba y tal vez alentado por una natural tozudez, no admitió dudas de ningún tipo sobre su actuación y se negó a recibir a un notario enviado por el Rector para resolver el desagradable incidente. Ayudado y amparado además por el gobernador don Francisco Caxigal de la Vega, a quien la Universidad acusó de no haber sabido o querido contener las violencias del Provisor, don Pedro mantuvo al preso en la cácel del castillo. Unicamente la intervención final del Fiscal del Consejo apoyando la tesis de la Universidad, moderaría su actitud. En efecto, a juicio del Fiscal, el Provisor eclesiástico había procedido con excesivo rigor «... pues aun cuando la naturaleza de la causa prestase méritos para la prisión, pudo muy bien salvarse la seguridad de su persona (del reo) con otro arresto más decente y proporcionado al honor y carácter del graduado y catedrático». (18) En una sociedad como aquélla invadida por el sentido del ho- nor tanto de las personas como de las instituciones, éste estaba por delante de cualquier otra consideración, de tal manera que lo que el Fiscal pretendía no era corregir un juicio deficiente del Provisor sino que éste evitara el sonrojo del catedrático y de sus compañeros que veían «... a un compañero suyo en una tan rigurosa y extraña prisión» (19). Desconocemos la solución final del pleito iniciado por la mujer contra el médico y tal vez tampoco el Fiscal del Consejo llegara a saberlo, pues estaba más atento a proteger el espíritu corporativo de una institución y de sus integrantes, que de aprobar la injusticia impartida por un Provisor celoso de su oficio. 18. A.G.I., Santo Domingo, 521. 19. Ibídem UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 324  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN Agustín, la población se componía de 2.446 almas para cuya atención espiritual y doctrinal sólo se contaba con una iglesia con sacristía, de pequeña fábrica de piedra de veinte varas de longitud (unos 17 metros), cinco de presbiterio y once de ancha, dimensiones que no eran capaces para acoger a todos los feligreses, los cuales, a veces, tenían que oir misa desde la calle (36). A estas insuficiencias se sumaban las que presentaba el cuerpo eclesiástico de la ciudad: un reducido clero regular compuesto de doce frailes franciscanos que vivían o malvivían en un convento que tenía una pequeña iglesia de una nave y que sólo poseía dos celdas de material y tres por acabar, viviendo el resto de los frailes «en unos bojos semejantes a los de los indios, sin más clausura que unas tapias viejas» (37). Junto a esta población de regulares, que no dependía del Auxiliar, existía únicamente un cura párroco con 385 pesos de salario, un teniente de cura, un sacristán, un organista, dos monacillos, un campanero y un hosero o enterrador. Tamaña iglesia se encontró don Pedro Ponce cuando desembarcó en La Florida aquel año de 1754. Pese a las preocupaciones y propuestas, no sabemos si sinceras, del obispo Morell por corregir la situación, cuatro años más tarde todo permanecía igual. Precisamente, la visita de su Vicario eclesiástico al Presidio, de la cual se extrajo toda la memoria que acabamos de sintetizar, tenía por objeto elaborar un informe que justificara la necesidad de erigir un obispado independiente en La Florida (38). A nuestro juicio es esta propuesta del obispo Morell de crear una nueva diócesis en La Florida lo que constituye la causa y el problema fundamental del enfrentamiento abierto entre los dos prelados. Su proposición pudo ser bienintencionada y dirigida a conseguir el progreso espiritual de la colonia o, por el contrario, astuta y encaminada al exilio de don Pedro Ponce en un territorio pobre de rentas, no superiores en ningún caso a los mil pesos, aislado y acosado por los ingleses, lo cual le dejaría las manos libres en la Isla para nombrar un Auxiliar de su hechura, si es que Ponce era el elegido para ocupar la sede continental. En síntesis, lo que podríamos denominar proyecto pastoral de 36. A.G.I., Santo Domingo, 516. 37. Ibídem. 38. Ibidem. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  325 Morell para La Florida, expuesto al Consejo de Indias en octubre de 1759, y que no es en modo alguno incompatible con el deseo de desterrar y alejar a don Pedro Ponce, presenta cuatro ideas básicas: la primera aluda a la necesidad de que su Auxiliar tenga «residencia perpetua» en la Florida con <ala misma renta que al presente tiene» (39), lo cual refrenda lo que venimos diciendo sobre la voluntad política de Morell acerca de la separación geográfica del Auxiliar. Esa idea está presente, con una reiterada premeditación, en todos los demas argumentos del proyecto, lo cual desvela sus últimas e íntimas intenciones. La segunda idea, consecuencia de la anterior, es una oferta al Consejo para que éste consiga ante el Sumo Pontífice la desmembración de La Florida del territorio de la diócesis cubana, cuya pérdida sería ridícula ya que el valor de las rentas, estimadas como dijimos en apenas mil pesos, era ridículo. Concretamente, Morell desarrolló ese plan diciendo que sería conveniente «se le eximiese (al Auxiliar) de la subordinación al Prelado de esta dlócesls (de Cuba) obrando en aquella (La Florida) corno propia y separada...» (40). Así pues, ofrecía libertad (una extraña libertad basada en el desplazamiento y el aislamiento) a cambio de actuar con plenitud de poderes y sin mediaciones en Cuba. El sabía, sin embargo, que su propuesta de constitución de una diócesis en La Florida iba a ser políticamente rechazada por el Consejo (pero no su deseo de mandar allí a su Auxiliar Ponce) y por ello acudió, y esas constituyeron la tercera y la cuarta idea de su argumentación, a presentar como excusa o como causa justificativa de su oferta la necesidad del progreso espiritual de La Florida, cuyo retraso (se deja ver entre líneas) era en el fondo achacable a la escasa diligencia pastoral del propio Ponce, a quien le correspondía, desde 1747, el gobierno de aquel distrito. La presencia permanente del Auxiliar en La Florida —decía Morell-- «facilitaría, sin duda, la instrucción de la juventud en las buenas letras de que se carece en aquel País... con su exemplo y doctrina reformaría las costumbres y con la dulzura de la corn umcación pudiera fácílitar la conversión de los indios caribes» (41). 39. A_G.I_, Santo Domingo, 516. 40. Ibidem. 41. Ibídem . UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 326  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN Para cumplir con esa misión apostólica y evangélica, convendría, según Morell, (y aquí comienza la exposición de su cuarta idea), que el obispo tuviese ministros sacerdotes para ayudarlo a ejercer su ministerio, pero allí sólo hay un convento con doce religiosos no sacerdotes de suerte que a su parecer «al presente se mira al convento de San Francisco de La Florida como un destierro (para los frailes)» Evidentemente, él sabía que le negarían la erección de un obispado independiente si no existían sacerdotes seculares y parroquias sobre las cuales pudiera ejercer un prelado la jurisdicción ordinaria y por ello proponía que a cambio de los frailes, a los que convendría retirar y devolverlos a Cuba, se enviasen sustitutos eclesiásticos sujetos a la única autoridad del obispo de La Florida «...que le obedecerían con prontitud y sin excusa. ..lo que no sucede con los religiosos franciscanos pues éstos por ser exentos no hacen caso a las órdenes del Prelado ordinario...» (42). Esto es, habría que sustituir toda la población eclesiástica regular allí existente (para la cual y según sus mismas palabras, el convento de San Agustín de La Florida era un destierro), por otra de sacerdotes seculares, obligando de esta manera al prelado a residir en aquella sede. Acaso Morell, al mismo tiempo que intentaba desplazar a don Pedro Ponce, estaba persiguiendo, como pastor de almas que era, la salud espiritual de los habitantes de La Florida. Pero él mismo se contradecía, pues si el Presidio de San Agustín no parecía un lugar atractivo para los franciscanos, ¿porqué habría de serlo para el futuro prelado y sus párrocos? El error de Morell sería pronto advertido y aprovechado por don Pedro Ponce quien, con mayor astucia, pues su respuesta consistió en actuar y en callar, invirtió los términos de las tesis que defendía el Diocesano respecto a la residencia permanente y a la implantación de clero secular en Florida. En primer lugar, desde que visitara el Presidio en 1754 no había vuelto allí, a pesar de los apremios de Morell para que lo hiciera. Dos causas le retenían en la Habana: el recuerdo de un naufragio vivido a su regreso en 1754 y la desobediencia calculada y premeditada a los deseos del obispo titular. Naufragar en las costas de La Florida o durante el trayecto 42. A.G.I., Santo Domingo, 516. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  327 desde ésta a Cuba no parece que constituyera un accidente extraordinario. Encontrar piratas ingleses tampoco. Perder la vida por una razón o por otra parecía el destino común que aguardaba a quienes navegaban por aquellas dificiles costas. Precisamente, la primera experiencia amarga que vivió don Pedro en el mar se produjo en aquel año cuando, finalizada la visita a La Florida, volvía a Cuba. El día 5 de noviembre se había embarcado en una balandra con destino a Puerto Príncipe pero tuvo serios contratiempos en la mar. Habiendo varado dos veces, en la última «...que fue en el paraje llamado la Cruz del Padre en la costa de La Habana, se vio en el conflicto de perder las vidas por estar el sitio inundado de arreclfes...en el cual lance se vio la balandra desde las once de la noche hasta el día en que haciendo señales fueron socorridos de unos pescadores y una goleta a la cual se pasó con la carga que le quedó muy averiada de su equipaje.. .y después de arrojar al agua la mayor parte arribó a Puerto Matanzas y allí se hospedó...» como consta de la certificación que le expidió Felipe García de Solís, comandante del castillo de San Severino de Matanzas (43). No teniendo apenas equipaje hubo de seguir el viaje, cuyos motivos desconocemos, a Puerto Príncipe, para lo cual se vio obligado a tomar una embarcación que transportaba madera y tabaco «con gran desacomodo y sumo trabajo» (44) El infeliz recuerdo de aquel viaje, ya por el peligro de muerte que supuso ya por la incomodidad de los barcos que tomó, aumentó aún más si cabe el presunto desinterés que poseía el prelado onubense por acudir en socorro espiritual de La Florida. A partir de 1758 la obligatoriedad de realizar visitar pastorales a ese distrito se convirtieron como ya hemos indicado sobradamente en el caballo de batalla de la declarada, manifiesta y pública hostilidad entre don Pedro Agustín Morell y don Pedro Ponce. Sin embargo, a nuestro juicio, en el origen de esa enemistad episcopal se hallaba también, y sin duda alguna, una clara incompatibilidad general de caracteres. Si uno era autoritario y severo, el otro no lo era menos. Si éste era orgulloso y altivo, tanto más lo era aquél. Pero jerarquicamente uno tenía en su poder la vara del mando y el otro si la tenía (como Auxiliar), era por una mera extensión de aquella. 43. A.G.[., Indiferente General, 245. 44. Ibídem. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 328  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN El Auxiliar no era más que lo que su propio nombre indica y lo que le caracterizaba, teóricamente, era la obediencia que le ataba al Diocesano, una obediencia que por ser el nexo de unión entre ellos y entre todos los miembros que constituían la jerarquía de la comunidad eclesiástica, si se quebraba o se ponía en duda, desembocaba en cisma. Tal fue casi el colofón final de una relación tempestuosa y tensa desde sus inicios. El asunto de La Florida desató todas las furias y, paradójicamente, por la atención que mereció en la Corte, produjo la solución final, una solución inesperada para los contendientes y, sobre todo, para don Pedro Ponce: su ascenso a Quito, o ¿tal vez lo provocó él? De momento, expliquemos el debate entre los dos obispos, una disputa cuyos inicios ya hemos detallado y que tenían como núcleo principal —o tal vez como mero detonante— la negativa del doctor Ponce a establecerse de manera definitiva en La Florida tal como proyectaba Morell. Recordemos que la estrategia diseñada por éste para lograrlo contemplaba la posibilidad de sustituir a los religiosos franciscanos por sacerdotes seculares. Pues bien, la respuesta de don Pedro Ponce para evitarlo y para impedir su propio confinamiento fue, cuando menos, astuta: si los feligreses de La Florida necesitaban atención espiritual, es decir, sacerdotes, la solución parecía muy fácil, pues bastaba con administrar las órdenes mayores a los frailes del convento de San Francisco del Presidio de San Agustín, que canónicamente seguirían dependiendo del Provincial y no del Auxiliar y eso, a su vez, no exigiría ni implicaría su presencia en La Florida. Con ello desautorizaba globalmente el proyecto de Morell cuya línea argumental se basaba justamente en eso, como ya hemos repetido en más de una ocasión. Para invalidar lo que podríamos denominar el plan pastoral del obispo Morell, don Pedro Ponce buscó un aliado poderoso: el mismo Provincial de los franciscanos de La Florida, la única autoridad capaz de permitir la ordenación de los religiosos que dependían de él. El obispo de Cuba viéndose perdido recurrió directa -mente al Consejo de Indias en 1759 ante el cual se lamentó, pidiéndole a su vez una intervención institucional en el asunto, acerca de la conducta del provincial, que facilitaba patentes a los frailes para ser ordenados, a pesar de su ineptitud y falta de formación para recibir el sacramento del sacerdocio de manos del Auxiliar a quien, además, había mandado tajantemente suspender las orde- UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  329 naciones que se administrasen sin su facultad y sin su consentimiento (45) Uno y otro, Provincial y Auxiliar, hicieron caso omiso a los requerimientos del diocesano, quien amargamente consideraba agraviada su dignidad episcopal, «siempre atenta a facilitar a mis ovejas todo alivio» (46). ¿Qué estado de ánimo tendría un obispo titular que veía con sus propios ojos cómo una de sus misiones más específicas, la administración del sacramento del orden, le era arrebatada con publicidad manifiesta por su inferior más inmediato ?... Su dignidad había sido puesta en entredicho, pero también su autoridad. La única manera de rescatarla era pedir la intervención del Consejo de Indias, al tiempo que le presentaba una denuncia formal de los hechos que evitara, a su vez, toda acusación de calumnia contra él mismo. El excelente resumen que Morell remitió a la alta institución sobre la alianza entre Ponce y el Provincial, ihtentaba ser una desesperada acusación teñida de mansedumbre contra su Auxiliar: «por un defecto de mi genio que sacrifica por la paz los mayores desvelos previne a mi Provisor hiciese presente al enunciado Provincial por los medios más urbanos cuán ofensivo me era el sistema que llevaba, bien instruido del -impulso que lo dirigía consistente en congratular a mi Auxiliar empeñado en hacer sustituir el ejercicio de mis Pontificales, sin embargo de mis prohibiciones y de que este le correspondiese con el disimulo en sus súbditos de los defectos que a muchos no he podido con gra- ve dolor dispensar ya por su ineptitud ya por otros impedimentos de no Inferior clase» (47) La respuesta del Fiscal del Consejo, don Tomás Maldonado, quien desde enero de 1759 hasta octubre de 1760 acumuló una densa memoria sobre las discordias episcopales, fue favorable a las tesis que sobre las ordenaciones mantenía Morell, al cual debió de tranquilizar y llenar de satisfacción. El Consejo, por boca de su ministro más técnicamente competente, determinó enviar ciertos oficios al Provincial de San Francisco en La Florida, para que se abstuviera de despachar patentes a sus religiosos con el propósito de que recibieran las órdenes sagradas de manos del Auxiliar. Pero 45. A.G.I., Santo Domingo, 516. 46. Ibídem. 47. Ibidem. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 330  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN ni siquiera valieron al prelado Morell tan poderosos apoyos, pues al mismo tiempo sus adversarios tomaron el acuerdo de solicitar socorro en instancias de poder similares o incluso más influyentes. Justamente, el informe elaborado por el Padre Comisario General de la Orden Fray Matías de Velasco, redactado a instancia de don Pedro Ponce y del Provincial, justificaba las ordenaciones de los frailes. Su dictamen era tajante, tenía autoridad, era severo, debilitaba las posiciones del Diocesano, refrendaba las actuaciones del Auxiliar y anulaba las posiciones del Fiscal del Consejo. Dicho de otra manera, sentenciaba la derrota de don Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. En ese sentido, las palabras del Comisario General de los franciscanos no dejan resquicio alguno para la duda. «Que el obispo de Cuba ni en el concepto legal y canónico n1 en el moral y político tiene motivo grave para quejarse, ni vivir en inquietud de su conciencia... pues precisan las órdenes a que deben ordenarse por el obispo de su territorio mas no por su misma Persona, teniendo como tiene Auxiliar...» (48). Escrita en octubre de 1760, esta auténtica sentencia ponía fin a la polémica acerca de los ordenaciones de frailes franciscanos. Desaparecía, por consiguiente, uno de los más importantes puntos de fricción entre los dos obispos, aunque no el único. Como dijimos anteriormente, el Consejo recibió y ordenó durante el bienio 1759-1760 numerosos expedientes sobre las divergencias y la desunión entre ambos prelados, que tomaban «motivo de cualquier leve incidente para sus discordias en perjuicio de la paz pública» (49). En efecto, las quejas eran recíprocas y los incidentes sobre asuntos relativos a sus jurisdicciones respectivas, múltiples, aunque al fiscal del Consejo le pareciese erróneamente — inducido tal vez por una deficiente interpretación de las quejas que le remitía el Diocesano— que todo el problema se reducía a la tenaz resistencia del Auxiliara pasar a la Florida (50). Las acusaciones de don Pedro Agustín Morell contra el obispo de Adramite adquirieron, de ese modo, tintes de tragedia a los ojos del Consej o. Don Pedro Ponce era desobediente, sus contestaciones al titu- 48. Ibídem. Madrid, octubre 22, 1760. 49. A.G.I., Quito, 579. 50. A.G.I., Ibídem. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  331 lar irreverentes, menospreciaba sus providencias y practicaba una notable falta de atención, pues dejó de responderle en varios asuntos que pedían precisa contestación, es decir, ignoraba premeditadamente su autoridad, o lo que es igual, era calculada y sistemáticamente insubordinado. Con todo ese aparato de denuncias, el Consejo presumía que el peligro de cisma en la iglesia cubana era cuestión sólo de tiempo y había que evitarlo a toda costa. La primera medida que se tomó consistió en desaprobar los procedimientos del Auxiliar, a la vez que se consolidaba la autoridad del Titular. Pero don Pedro Ponce entendió que los males no procedían exclusivamente de su conducta. En su opinión, el combate personal que libraba con su superior era la consecuencia del iracundo temperamento de éste, que hacía imposible toda convivencia. La cuestión de la necesidad de la residencia permanente en La Florida no constituía, en su juicio, mas que un arma arrojadiza que don Pedro Agustín Morell lanzaba contra él para desacreditarlo ante un organismo supremo como el Consejo. Así pues, la defensa que el de Adramite hizo de su propia conducta, al menos en dos ocasiones (julio de 1759 y abril de 1760), tomaba como idea central la necesidad del divorcio episcopal a causa de la incompatibilidad de caracteres, de tal manera que con ello desviaba de la atención de los miembros de la Cámara de Indias cualquier otra cuestión, incluida la división de la diócesis o la residencia en La Florida (51). Pero fue más allá. Su osadía, su arrogancia o su autosuficiencia le indujeron a exponer al mismo Rey, en una carta fechada el 23 de abril de 1760, la necesidad política, en bien de la paz pública que ya estaba en peligro según la opinión del Fiscal y ante la imposibilidad de evitar desavenencias con el diocesano, de trasladarle a otra sede, de tal manera que con ello se hacía un mejor servicio de Dios y del Rey, «...así por el fácil genio del Prelado, al que no se puede acomodar, como por ser él hechura de su antecesor don Fr. Juan Lasso de la Vega, pide que teniendo presentes sus servicios adquiridos bien por ellos o por la necesidad pública, que el obispo de Cuba sea servido por otro sujeto de su satisfacción y a él se le conceda propia iglesia en que continuar utilmente sus servicios y 51. A.G.I., Santo Domingo, 516 y Quito, 280. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 332  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN oficio Pastoral» (52) Puede parecer, cuando menos, sorprendente, pero lo cierto es que don Pedro consiguió lo que se proponía. El salió airoso de tan singular y dura contienda política, pues ascendió al poco tiempo, en menos de un año, a una sede mucho más rica. Allí, en Quito, se confirmaría o se negaría, al desvelarse en su integridad, cuál era en verdad su talante pastoral, su temperamento, su genio, su virtud y sus verdaderas o falsas capacidades. Cómo fue posible tal ascenso es la cuestión que abordaremos a continuación. 7.- DON PEDRO PONCE OBISPO DE QUITO (1762-1775) El 12 de marzo de 1759 murió don Juan Nieto Polo decimoséptimo obispo de Quito (53). Su labor pastoral al frente de la diócesis se había caracterizado por la sencillez, por la humildad, el realismo, la actividad misional y el interés por contar con un clero secular de buena conducta, teológica y moralmente ejemplar. Pero en tan sólo una década de gobierno pocos progresos podían esperarse de tan ambiciosa como encomiable empresa (54). Su sucesor tendrá que continuarla. 7.1.- LOS ENTRESIJOS DE UN NOMBRAMIENTO. La diócesis de Quito, sufragánea de Lima, era según un informe elaborado por el Consejo a la muerte del obispo Nieto Polo una de las más principales del Reino del Perú, por su influencia política — compartida con una Audiencia— y por sus rentas, calculadas en 24.000 pesos anuales (55). Su prelado tenía que ser, por consiguiente, y por solicitud de la Cámara en el momento de presentar candidatos para ocupar la vacante quiteña. También se debatía sobre la oportunidad y conveniencia de que el Rey propusiera para ella como siempre se ha ejecutado, Prelados de otras in- 52. A.G.I., Quito, 579. 53. El certificado de su defunción se encuentra en A.G.I., Quito, 280. 54. A. EGAÑA: op. cit. pag. 935. 55. A.G.I., Quito, 579. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  333 ferlores, o bien a sujetos que no lo fuesen (57). La respuesta del monarca a esa consulta específica de la Cámara contradecía la voluntad y la opinión de ésta, pues se declaraba partidario de que sólo en el caso de que los prelados elegidos justificaran que el clima (el temple) del país de su diócesis fuese perjudicial para su salud se les pueda proponer para otra (58). La Cámara, en cambio, insistía en su reunión del 2 de mayo de 1760 que para ocupar vacantes los candidatos fuesen todos obispos. Pero la réplica regia que insistía en no trasladar obispos de unas iglesias o diócesis a otras, consistió en que no se propusiera prelado para Quito, lo cual produjo una prolongada y excepcional vacante en la sede de tres años, la única que conocieron los quiteños en todo el siglo XVIII (59) No obstante, el 11 de noviembre de 1760 la Cámara de Indias presentó al Rey una lista que contenía siete nombres recomendados para ocupar la mitra quiteña (60), ninguno de los cuales era curiosamente obispo. En concreto, había en la lista dos curas (don Francisco Fernández de Xativa, cura de San Justo de Madrid y un onubense, don Miguel del Corral, de la parroquia de San Pedro de Santa Olalla), dos religiosos (un agustino, el padre maestro fray José Luis de Lila y un monje basilio, Pedro Fernández de la Carrera) y tres integrantes de cabildos catedralicios, dos de los cuales eran americanos (el doctor Damián de Espinosa, canónigo doctoral de Córdoba, el doctor Carlos de Herrera, tesorero de la iglesia de Caracas y el doctor Félix Sánchez de Orellana, Deán de Qui- to). Así pues, no se hallaba entre los propuestos don Pedro Ponce. El monarca eligió al cura de San Justo pero éste renunció en diciembre ante la Cámara alegando que su edad y su quebrantada salud, junto con sus débiles fuerzas, no le permitían aceptar (61). Hasta el mes de enero de 1761 no fue admitida y aceptada por la Cámara y por el Rey su solicitud. Siete meses más tarde, el 2 de julio de 1761, tampoco se en- 56. A.G.I., Quito, 579. 57. Ibidem. Cámara de Indias, 15 de febrero de 1760. 58. Ibidem. 59. Cfr_ P. CASTAÑEDA: Op. cit. pag. 500. 60_ A.G.I., Quito, 579. 61. Ibidem . UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 340  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN obispo pretendió mantener desde que llegó a Quito con los funcionarios de la Corona, es decir, con los representantes del poder político, lo cual demostraba, a nuestro juicio, un lógico interés por agradecer a la máxima institución estatal su nombramiento episcopal. Interpretar ese gesto, en cambio, como prueba de una sólida actitud regalista y por consecuencia contradictoria del prelado sería demasiado precipitado, porque hechos posteriores de distinta naturaleza pondrían seriamente en duda tal afirmación. Bien es cier- to y ello precisará aún más la explicación que, como indica Segundo Moreno, tal como ocurriera ya en la sublevación de Riobamba y de Lacatunga de 1764, el estado eclesiástico desempeñó importantes funciones al servicio de la administración colonial, siendo el ejemplo más elocuente la conducta del mismo Ponce Carrasco, cuyo auxilio según el citado autor fue imprescindible para erradicar la opinión social antifiscal (75) Tal vez, la mejor certificación de que nos hallamos ante una mera, aunque importante, colaboración o prestación coyuntural de funciones políticas por parte del Diocesano, sea la narración que él mismo envió al Virrey, con excesiva autocomplacencia, sobre su participación en la convocatoria del clero regular y secular a fin de lograr la amortiguación de las violencias callejeras. Cuando más se Insolentaba la plebe, devorando la propia casa de Aduana, escribía, tumultuados en la Plaza de Santa Bárbara... no pude menos que mandara instancia de la Real Audiencia, convocar a todos los Prelados de las religiones y todos unánimes con sus comunidades ocurrieron a pacificar toda esa gente con persuasiones prudentes y llenas de suavidad... (76). Investidos de autoridad moral, mucho más respetados políticamente que los funcionarios reales, a quienes verdaderamente estaban supliendo en su cometido, los párrocos y los religiosos, entre los que destacaron los padres jesuitas Avarez, Milanesio y Aguado (sic), atemperaron los acalorados ánimos populares, con la promesa de que la Real Audiencia publicaría un bando con un perdón general y de que se suspende -ría la constitución de la Aduana, nombre horroroso para ellos, y también el estanco del aguardiente. 75. MOREÑO YAÑEZ, S.: Op. cit. pag. 118. 76. A.G.I., Quito, 398, doc. 37. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  341 Sin embargo, ni siquiera la intervención eclesiástica y las esperanzas de amnistía lograron tranquilizar a los quiteños, pues el día 23 de mayo, a las cuatro de la tarde, recelando y sospechando los ministros de la Audiencia que se estaba preparando otra sublevación más pesada, pidieron al obispo Ponce su mediación personal en un intento desesperado por evitar males mayores. Tomé la deliberación, escribía don Pedro, de pasar al barrio de San Roque, que es el más numeroso y, congregado por su cura en la Yglesia la gente que cupo en ella, quedó instruida de sus errores para deponerlos y asimismo les persuadí a la quietud y sosiego de la República y al respeto y veneración que debían a los señores ministros que la mandaban y me ofrecieron (los amotinados) ocurrir a la Plaza Mayor a protestar su rendimiento al Rey, con tal que la Real Audiencia les ratificase las seguridades que les tenía dadas por manos de los prelados de las religiones... (77). Cumplía, de este modo, el clero y su obispo al frente un papel de estabilización y de pacificación, como fiel de la balanza, como moderador de las tensiones sociales, imprescindible en un mundo en el cual los funcionarios reales acusaban un profundo y tal vez secular desprestigio político, incapaces de convencer con la palabra y, aún menos, con los hechos. El obispo Ponce acudió, como se le había invitado, a la Plaza y allí, habiéndose congregado multitud del pueblo y salido al Pretil del Palac7o los señores Presidente y Oidores juntos con toda la tropa armada, abocada la artillería a toda la Plaza para contenerlos... bajé por las gradas en compañía del referido señor Navarro. ..y se les ratificó el perdón general, la suspensión de la Aduana y el estanco del aguardiente. Se trataba, en realidad, de una maniobra dilatoria, conocida seguramente por el prelado, y preparada por las autoridades civiles mientras el Virrey resolvía y ...con tal que se sosegasen. El oidor Navarro, por su parte, les rogó que se retirasen a sus casas y en tono amenazante (mírese bien que ya el obispo no interviene), les indicó que no pusiesen los pies en la plaza mayor desde las oraciones y con esto.. .se apartaron y también el Tribunal de la Real Audiencia y yo. El protagonismo del obispo en esos primeros momentos de la revuelta había, sido, por consiguiente, 77. A.G.I., Quito, 398, doc. 37. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 342  FRANCISCO NUNEZ ROLDAN destacadísimo y primordial para los fines que perseguía la autoridad política: el sosiego y la tranquilidad pública. De momento, el orden no se había quebrado gravemente, pero la multitud de los congregados en la plaza había atemorizado bastante al obispo que, como hombre investido de poder, sería amante de la paz y de la disciplina social. El sabía que siendo la suspensión de las órdenes fiscales una medida de carácter interino y transitorio, era oida con bastante disgusto por los amotinados y por ello no presumía una calma inmediata y duradera. Sospechando tal situación, los oidores de la Audiencia mandaron formar patrullas para mantener en paz la justÍcra, pero a pesar de que tal decisión podía ser acertada y convemente, el prelado seguía empeñado en considerar que aquellas manifestaciones no eran meras algaradas callejeras y, en consecuencia, estimaba necesaria la constitución de una fuerza de prevención mucho más numerosa y mejor dotada que la existente... que nos pueda librar de la sofocación de tanta muchedumbre de Pueblo y sus circunferencias. Los sucesos posteriores del mes de julio confirmaron sus temores. En un alarde de fidelidad y de buenas palabras el obispo concluía su informe con el ofrecimiento de su persona: Yo lo que puedo ofrecer a V.E. es sacrificar mi vida con el clero en el servicio de Dios y del Rey nuestro Señor. Quito, mayo, 24. (78) Quieta se mantuvo la ciudad durante más de un mes o al menos eso podemos deducir por el silencio del obispo Ponce. Pero ninguna paz es firme y los ánimos volvieron a levantarse a finales de junio y principios de julio, y en esta ocasión con más estruendo y violencia. Si el 24 de mayo don Pedro, en cumplimiento de su obligiación, había comunicado al Virrey sobre el levantamiento de los barrios de la ciudad, ahora, escribía, también lo executo de otro más pesado y de haberse alborotado de nuevo los barrios. Las causas de las alteraciones ya no eran las decisiones de la política de la Real Hacienda en materia fiscal. Se trataba, en este caso, de una auténtica revuelta de naturaleza social, en su sentido más genuino. No deberá. pues, admitirse como única la interpretación de que los hechos de mayo tuvieron una simple prolongación en ju- 78. A.G.I., Quito, 398, doc. 37. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  343 lio. No se trataba, en efecto, tal como indicaría una deficiente lectura de la carta del obispo al Virrey, de un mero aplazamiento de las protestas o incluso del resurgimiento de las mismas después de un mes de letargo esperando el cumplimiento de las promesas hechas en la Plaza. Estamos en condiciones de asegurar que la lucha antifiscal ha desaparecido y ha dado paso a una grave confrontación de clases o, mejor dicho, a una demostración anticolonial y antieuropea dirigida por notables de la ciudad como luego precisaremos. En primer lugar, las palabras de don Pedro Ponce son concluyentes a ese respecto, pues establecen una relación de causa-efecto entre presión colonial y revuelta, entre explotación y protesta: Se han alborotado de nuevo los barrios con el motivo de algunas extorsiones que les habían hecho los españoles y gente principal, que salieron a rondar con la justicia dichos barrios en la noche de San Juan con lo que se encendió otra guerra civil y más sangrienta que la antecedente empezando por el daño de la casa de un vecino principal de los españoles, habiendo algunas muertes de una y otra parte, de forma que estando ya cansados los pocos españoles que hay y no teniendo bastantes armas y municiones para poder defender las de S.M. hubieron de ceder a la multitud y ponerse al arbitrio de la plebe -inconstante... (79). De la agresión resultó el amotinamien- to y de éste el afloramiento del sentimiento anticolonial que consiguió una victoria efímera, pues todo se redujo a eso, al puro rechazo del agresor al que se le desarma, pero no se aniquila, al que no se le sustituye institucional y políticamente. En el mes de julio no existe, en consecuencia, un motin producto de un plan preconcebido, con una ideología que lo respalde. La revuelta no es revolucionaria y no lo es porque no es ambiciosa, no pretende crear una realidad radicalmente distinta, se conforma, en cambio, con ser un movimiento de respuesta, no de transformación. La réplica muere por sí sola, de inanición. La irresolución motiva, finalmente, una vuelta a la situación primitiva y original, lo cual abre de nuevo la puerta a la posibilidad de la rebeldía pues, pasado un primer momento de sometimiento a los dictados de la autoridad, la permanencia de los defectos que partiendo de ella dieron lugar al 79. Ib dem. doc. 61. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 344  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN amotinamiento resucitan el sentimiento anticolonial, a veces enmascarado bajo reivindicaciones de naturaleza muy diversa. La intervención del obispo en el momento en que los amotinados consiguieron apoderarse de las armas y del control de las calles es inmediata, pues parece conocer la dinámica habitual, histórica y lógica de estos procesos y para atajarlos se requiere determinación, presteza y agilidad en la ejecución. Es, asimismo, pacificadora, pues ni suscita ni favorece el uso de la fuerza, ni lo solicita. En tercer lugar, es, al mismo tiempo, una intervención pasto -ral y paternal, pues además de apaciguar los ánimos apelando a la religión y a la fe como instrumentos de sosiego, procura los medios (el intretenimiento que suponen las prácticas devocionales) para alejar y desviar el odio y el resentimiento fuera del centro que los produjo. Por último, su actitud es indulgente, pues excusa, presumiendo ignorancia e incluso embriaguez en los sublevados, las vio -lencias cometidas. Si se nos permitiera realizar un juicio moral sobre la conducta del prelado onubense en esa dramática coyuntura, podríamos decir, sin ánimo de favorecerle, que supo estar sin demudarse enmedio de las circunstancias, que evitó el desencadenamiento de toda violencia, la popular y la institucional, que procuró rescatar el orden al que servía sin caer en la mezquindad de la traición a sus diocesanos. Su relato de esas horas no necesita ya más comentarios y dice así: «...salí nuevamente con algunos eclesiásticos y coin unÍdades de regulares (a quienes siempre guardaron una gran reverencia, respeto y veneración) a visitar personalmente, no con poco riesgo de la vida todos los barrios y hacerles presente nuevamente sus errores.. .y que se sosegasen y no pasasen adelante...asÍ se fueron templando y acudiendo a Dios que era el único auxilio que nos quedaba, por medio de rogativas, procesiones, sermones y rosanos a que todos concurrían para entretenerlos con estas santas devociones y desviarlos del calor que resultaba de la vista de sus parientes muertos, lágrimas de sus madres y viudas, se han sosegado de suerte que no solo han reconocido nuevamente la potestad de la Real Audiencia... (sino que) han vuelto las armas a la Real Audiencia de donde tumultuariamente las habían sacado pidiendo se les nombrasen capitulares de la gente principal de la ciudad como se hizo (y contribuyó mucho a su pacificación) para que los gobierne y mantenga en justicia y que ésta entre como antes a sus UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  345 Barrios a ejercerla libremente; en este estado queda esta ciudad, si bien que a su exemplo las demás se mueven y alborotan fácilmente y llegaron a entrar algunos en ella y siendo así suplico a V.E. por el Perdón de estos miserables que -Ignoran lo que han hecho, por ser lo íntimo de la plebe, y lo que han executado la mayor parte sin razón y ebrios. (80) Volvió a escribir el prelado al Virrey dos semanas más tarde, el 22 de julio, para comunicarle que el pueblo se mantenía en calma (81). En ese clima de sosiego se podía esperar el indulto general prometido y, en efecto, se publicó el 18 de septiembre de 1765. Sin embargo, algún sector de la sociedad criolla no aceptó esta solución que no reparaba los males sociales, económicos o sólo los había arreglado provisionalmente (recuérdese que una de las aspiraciones políticas de los amotinados de julio fue relevar a los cargos municipales reemplazándolos por gente principal de la ciudad). La prueba de que las insuficiencias y las insatisfacciones se mantenían y, por consiguiente, la propia tensión, lo constituye la aparición de un pasquín en Riobamba, por supuesto anónimo, cuyo texto, escrito probablemente una vez publicado el indulto, hace un llamamiento a la rebelión permanente contra la autoridad política representada por el fiscal de la Audiencia, rechaza el perdón general y critica la colaboración del obispo Ponce en el apaciguamien- to de los ánimos por entender que engaña con sus métodos a la población. Se trata, por lo demás, de una proclama absoluta y nítidamente anticolonial, detrás de cuya redacción están, con probabilidad, los grupos más ricos y representativos de la ciudad, indispuestos y afectados por la política fiscal de la Monarquía. Su lectura no deja lugar a dudas acerca de su intencionalidad proindependentista: «Copia de pasquín puesto en Riobamba Señores dase noticia que las paces promulgadas en Quito no es mis que un artificio para asolar al Mundo y la ciudad de Quito y sus vecinos presentando nuevas guerras civiles, pues para este fin han salido nuestros enemigos los europeos, a armarse todos de balas, pólvora y otras más ofensivas y nos procuran entretener con 80. Ibidern . 81. Ibídem. doc. 66. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 346  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN fingidas fiestas y aparentes novenas y assÍ no conviene regoc ij o sino lamento y clamor y puesto que se fulmina traición, Alarma, Alarma y ojo alerta en lo que se hace, porque al Amigo incierto con un ojo cerrado o cien niil abiertos y estén ciertos que el Fiscal viene con los demás ebreos (sic) a sembrar fuego cosechar sangre ». (82) Por otra parte, de septiembre a diciembre se sucedieron los parabienes y los agradecimientos del Virrey al obispo por su celosa conducta y amor al Real Servicio, puestos de manifiesto desde mayo en la tarea de pacificación de Quito. Confiado quedaba el Virrey, en octubre, de que tal comportamiento no variaría (83) y así fue, pues el 7 de diciembre la máxima autoridad política volvía a pedir al prelado que interviniese en el apaciguamiento de ciertos ánimos. Las gestiones de don Pedro dieron sus frutos pues a finales de aquel mes se alababan sus repetidos buenos oficios (84). El reconocimiento de su fidelidad política se reprodujo en abril del año siguiente, lo cual indicaba, por otra parte, como ya dijimos, que la calma desde julio del 65 era pura apariencia, pues nada había cambiado desde entonces. En esta ocasión habían sido los indios del distrito de San Miguel los que se habían negado a pagar los tributos reales, alterando la quietud y obligando al obispo a librar providencias a los curas párrocos del distrito de Tacinga para que colaborasen en sus pueblos al restablecimiento de la disciplina fiscal. (85) En conclusión, podríamos decir que el papel que jugó el obispo Ponce enmedio de tanta hostilidad fue realmente eficaz, como se demostró por los múltiples reconocimientos que la máxima autoridad política le expresó, aunque es obvio que no dependía enteramente de su voluntad y de su intervención o mediación una feliz conclusión de las cosas. Eficaz fue también porque de su propia conducta él mismo habría de obtener magníficos resultados y, especialmente, una indudable fortaleza política en sus relaciones, como autoridad eclesiástica que era, con los representantes institucionales de la ciudad y del virreinato. Saberse con tantos méritos pasados le movió, en ese sentido, 82. Ibídem. doc. 106. 83. Ibídem. doc. 49. 9 de octubre de 1765. 84. Ibídem. doc. 210. 85. A.G.I., Quito, 399, doc. 320. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  347 a crear en su entorno una cierta autonomía de movimientos que propició en su práctica un comportamiento soberano que le condujo en ocasiones a las fronteras de las indisciplina política. Su doble enfrentamiento con dos visitadores reales, entre 1767 y 1769, por cuestiones relativas tanto a las obligaciones tributarias de los eclesiásticos seculares con la Real Hacienda, como a la acusación sobre los abusos y el incumplimiento pastoral de los curas párrocos con sus feligreses indios, constituyen un conjunto palpable de pruebas de esa autoestimación exagerada que don Pedro Ponce tenía de la extensión de su poder y de la autoridad de su persona. Los hechos ocurrieron casi al mismo tiempo. Iniciamos su descripción e interpretación por el conflicto menos aparatoso de los dos, aunque por sí solo revela ya algunas características del lamentable estado eclesiástico que presentaba la diócesis de Quito, res -ponsabilidad que correspondía en última instancia al obispo Ponce. 7.4.- LA DEFENSA DE LA JURISDICCION ECLESIASTICA. El 6 de diciembre de 1767 el oidor de la Audiencia de Quito, don Serafín de Veyán y Mola, se dirigió al Consejo de Indias para comunicar la necesidad de auxilio espiritual que padecían los presos de las dos cárceles de la ciudad que se hallaban bajo su jurisdicción e inspección. Al parecer, hacía algunos meses que no se decía misa a la treintena de reclusos, ni siquiera en los días de fiesta de guardar. Era la causa o la excusa esgrimida por los curas que llevaban ese encargo, que las limosnas que recibían por ello no eran suficientes. En descargo de su conciencia, insistía el oidor, podrían tomarse de los gastos de justicia y, en su defecto, de las penas de cámara, con la condición de su reintegro (86). Cuatro veces repitió el oidor esta queja, hasta que el Fiscal del Consejo remitió un dictámen, el 25 de junio de 1768, apremiando al obispo de la diócesis a que se reprimiese el incumplimiento pastoral de sus curas, mediante la publicación de edictos en cuyo texto, estimaba el Fiscal, se ordenara, bajo penas y censuras, que todos los curas doc- 86. A.G.I., Quito, 289. El número regular de presos era según el testimonio de Veyán, «unas veces de 16 y cuando más de 31 en la cárcel de 1a villa y en el de 1a Corte solo unas 5 que nunca exceden de 28». UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 348  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN trineros que se hallaban en la ciudad de Quito fuesen a residir a sus respectivos curatos. Asimismo, se encargaba a los oficiales reales que suspendiesen el estipendio que les correspondía a los párrocos indisciplinados si no corregían tales faltas. Por la advertencia del fiscal podríamos presumir que el informe enviado por Veyán no se limitaba a una simple queja sobre la falta de asistencia espiritual de las cárceles. Partiendo de ese motivo, el funcionario real había ido mucho más allá, esto es, hasta investigar la situación real y concreta de la cura de almas en toda la diócesis, poniendo de manifiesto y haciendo realidad el plan político de los Borbones de intervenir drástica y soberanamente en la vida eclesiástica. El resultado de sus investigaciones aconsejaba poner remedio inmediato y enérgico ante las deficiencias observadas y por eso se entiende el veredicto y la recomendación del Fiscal al obispo. Según Veyán los curas se ausentaban durante mucho tiempo y con excesiva frecuencia de sus parroquias, «por muchos meses y aún años, viniéndose a vivir largas temporadas a esta capita] y otros están en otras ciudades. ..y aunque casi todos tienen coadjutor, alguno hay que no le tiene y satisfacen sus residencias con vicarios mercenarios.. .y se sabe que los más están (fuera de sus parroquias,) por pasear» (87) La acusación, acompañada de una lista de veintinueve curas que según el testimonio de Veyán desatendían sus obligaciones pastorales, era tan sumamente grave que dejaba en entredicho no solamente la conducta de los párrocos sino también la labor episcopal de don Pedro Ponce, que perdía, al mismo tiempo y a los ojos de todo el mundo, su propia autoridad y su jurisdicción en favor y en beneficio del funcionario de la Corona. (88) Tanta verdad contenía el informe del oidor Veyán que el obispo guardó silencio. Es muy posible, sin embargo, que mantuviese reservada, para usarla en su momento, la tesis de que el funcionario se había extralimitado en su misión. En ese sentido, se explica que replicara en un tono resentido y valiéndose de ayudas muy poderosas, ante otra operación llevada a cabo por el mismo Veyán contra los eclesiásticos: la de cobrarles las deudas que tenían contraídas 87. Ibídem. 88. La lista de curas que se hallaban en Quito, fuera de sus parroquias sin motivo justificable está en A.G.I.. Quito, 289. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  349 con la Real Hacienda. Tal vez la réplica sólo es fruto de nuestra interpretación y no de la voluntad del prelado, pues, cronológicamente, tanto los informes redactados y elevados por el oidor sobre el absentismo de los curas, como sobre las deudas por la provisión regia de vacantes coinciden y puede ser cierto, por lo tanto, que la decisión del obispo de negar toda colaboración al juez, cuando éste exigió que el notario de la curia eclesiástica le diese una certificación de determinados papeles relativos a la cuestión, propios del archivo eclesiástico y necesarios para el desarrollo de su cometido, no constituya una auténtica venganza tal como hemos creido ver. En cualquier caso, es verdad que el prelado negó el auxilio que pedía el Visitador en el agrio asunto, acusó ante el Virrey de Santa Fe, justamente, de no facilitarlo, o lo que es igual, de impedir la acción de la justicia. (89) El obispo habló, por fin, manifestando, por su parte, al fiscal del Consejo que había prestado la ayuda a la que se refería Veyán; apuntaba, además, que éste había roto la inmunidad eclesiástica al apremiar con multas y embargo de bienes al notario y exigía, por último, «se le mande dar satisfacción que corresponde al agravio de la impostura que le hacen en representar lo contrario». (90) Habiendo aprobado el consejo la conducta del prelado en agos- to de 1768, insistió el visitador real en su queja acusando además al Presidente de la Audiencia de Quito de «adherencia» al obispo, pues le había negado el auxilio para prender a los notarios de la curia eclesiástica, argumentando para ello que «el Reverendo obis- Po tenía razón y que era buen prelado y que no se hacía más que hostigarle» (91). Resumía, de esa manera, don Serafn Veyán la posición adoptada por la máxima autoridad de la Audiencia. La palabra del Presidente y la del obispo, juntas, invalidaban su proceder, al parecer honesto y celoso de su función. El hostigamiento al que se refería el Presidente era cierto, existía, pero era la lógica consecuencia del comportamiento del prelado puebleño, nada dispuesto a corregir los defectos pastorales de su diócesis. O se enfrentaba con sus curas o lo hacía con el oidor. 89. A.G.I., Quito, 292. Carta del 7 de junio de 1768. El Virrey de Santa Fe dando cuenta al Consejo de que el prelado había negado a don Serafin de Veyán, Visitador de las Cajas, el auxilio pedido. 90. Ibídem. 91. Ibídem. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 356  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN de un Prelado más celoso» (107). Sin embargo, desengañado y desmoralizado, el tono final del informe de Cistué al Rey resume su estado de ánimo por la escasa colaboración que ha recibido de sus compañeros en la Audiencia, pues «ninguna desgracia, —decía amargamente —, iguala a la de ser ministro en esta Provincia, siendo europeo» (108). Unos funcionarios que estaban, por lo demás, prisioneros del poder de los eclesiásticos «que dominan realmente esta Provincia por haber tenido la fatalÍdad Vtra. R. Audiencia de estar sin Presidente cinco años y los ministros que la acompañan ser americanos acostumbrados a las corruptelas y malos usos opuestos a los dictámenes de los europeos a quienes se mira con el mayor horror en esta Provincia». (109) No parece probable que sus lamentos fueran escuchados de inmediato, aunque debió de alegrarse cuando conoció, en diciembre de 1767, la información que el Virrey, don Pedro Messía de la Cerda, envió al Consejo sobre lo que sucedía en Quito. Por primera vez obtuvo el apoyo oficial e institucional que tanto exigía y necesitaba y, por fin, alguien con autoridad reconocía y admitía que sus denuncias tenían un contenido real, que no obedecían ni al capricho, ni a un deseo de lucimiento político, ni siquiera a un espíritu primario y visceral de un funcionario ambicioso de curriculum. Con todas las pruebas en su poder el Virrey Messía de la Cerda se dirigió al Consejo para apoyar las tesis del apurado fiscal (110). Sus crítiicas hacia la conducta del prelado eran contundentes y severas y expresan, en cualquier caso, lo que ya intuíamos al comienzo de este trabajo: que nos hallamos ante una persona de carácter agrio, encendido y amigo de la confrontación y de la polémica, como ya lo demostrara en Cuba, y además, celoso defensor, a destiempo, de la jurisdicción eclesiástica frente a los arrebatos del poder civil. El juicio que su persona le merecía al Virrey distaba mucho, por consiguiente, de aquel rosario de elogios que recibiera en Cuba y que tanto le ayudaron para alcanzar la mitra de Quito. Pro- 107. Ibidem. 108. Ibidem. 109. Ibidem. 110. Ibrdem . de 1767. Don Pedro Messía a don Julián de Arriaga. Santa Fe, 11 de diciembre UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMMÉRICA  357 venía, además, de una institución superior y de un alto funcionario que un año antes —como ya hemos escrito— había destacado y agradecido el papel protagonizado por don Pedro Ponce durante los motines de mayo y junio. Pero en poco más de un año el obispo puebleño perdió todo su capital político, algo tan vital en el curriculum de un prelado del Antiguo Régimen del que se esperaba, sobre todo, una elevada dosis de fidelidad al Estado que le había nombrado. A ello, precisa y fundamentalmente, se refería el Virrey, cuando escribía a Madrid el 11 de diciembre de 1767: «Un oficio tan legal, de práctica regular y moderado en vez de mover a aquel señor obispo a enmendar los defectos de omisión advertidos y experimentados cerca de un año y medio, en perjuicio de los Reales intereses y con desprecio de los ministros de S.M. sirvió de excitar los humos de su cólera y acrimonia de su genio, (según se deja comprender y se manifiesta de otras antecedentes noticias que tengo) poco inclinado al Servicio del Rey y en lugar de librar los auxilios justamente pedidos para la solución de las cantidades adeudadas, de atreverse, sin atención ni miramiento al carácter y alto grado de mr dignidad y empleos... ha pasado a zaherir de nuevo.. .al fiscal». (111) Desconocemos la resolución concreta y final de la causa. Probablemente se demoró mucho tiempo, pues todavía en marzo de 1769 encontramos una carta de Cistué al Virrey Messía de la Cerda quejándose y advirtiéndole que el obispo «...prepara una nueva conjuración contra mí aduciendo que yo acusé a todo el gremio de los curas cuando consta en mis visitas lo contrario». Más le valdría, recalcaba el fiscal, «predicar y visitar: que en cinco años no ha podido enterarse de la verdad de lo que propuse (los abusos cometidos por los curas sobre los indios) o que Si - está enterado, como no puede menos, busca su disculpa en la ocultación» (112). Y es que el obispo Ponce acaso practicaba, en el gobierno de su diócesis, la cultura del silencio, no por ignorancia sino por negligencia, y la cultura de la carencia de entusiasmo tan cercana al fatalismo, que desemboca en la permanente irresolución de los problemas. Sólo uno de ellos fue resuelto con prontitud y eficacia, 11 1. Ibídem . 1 12 . Ibidem . UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA 358  FRANCISCO NUÑEZ ROLDAN aunque bien es cierto que todo estaba decidido y organizado de antemano. Se trataba de ejecutar la expulsión de los jesuitas de la diócesis de Quito, pero esa es una cuestión que abordaremos en otro lugar,pues aparte del escaso protagonismo del prelado en la misma, su importancia exige un análisis muy detallado, que sobrepasa los objetivos iniciales prometidos en este artículo. 8.- EPILOGO Y FAMA. Poco sabemos de la vida episcopal de don Pedro Ponce entre el final de ese espinoso y conflictivo periodo que acabamos de analizar y su muerte. Es cierto, sin embargo, que falleció rodeado de tesoros y de reproches. Habiendo enfermado el día 15 de octubre de 1775 y agravado su estado, el día 17 se le administraron los santos sacramentos, desde cuyo instante se puso un piquete de soldados para asegurar los expolios, las puertas y ventanas del oratorio, su extensa librería jurídica y su habitación principal. El sábado 28 de octubre «a los tres cuartos para las cinco de la tarde estando dando el rejox falleció y passó desta presente vida a la Eterna ... es tan do auxiliado por fray Juan de Arauz y Messia, monje mercedarlo». (113) Poco tiempo después, a las seis y media de la noche lo bajaron de la cama en el mismo colchón en que estaba y lo pusieron enmedio del cuarto del dormitorio con el objeto de encontrar las llaves de las dependencias donde guardaba sus pertenencias más personales. Registrados sus bolsillos nada se halló, hasta que don Joaquín Tinajero, Colector general de las Rentas decimales del obispado buscó y encontró debajo de las sábanas donde estaba el difunto la llave del cuarto que estaba tras el dormitorio. Allí, una vez franqueada la puerta, se halló la plata «regada en el suelo, cubierto con un toldo y puesto en un canasto». Abundantísimas alhajas y monedas de oro y plata daban cumplida cuenta de que el prelado puebleño había muerto rico, tacaño y poderoso. Tal fama no le abandonaría nunca. (114) 113. Hemos dejado para otro momento el análisis del expolio de don Pedro. Prometemos, igualmente, un tratamiento exhaustivo de sus bienes y de su biblioteca. Darle cabida aquí hubiera supuesto una extensión inaudita para un artículo. UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCIA ACTAS XI JORNADAS DE ANDALUCÍA Y AMÉRICA  359 Su cuerpo fue embalsamado por el barbero Manuel Chuquicondor y la música del funeral y del entierro fue preparada por Gregorio Gordillo, maestro de capilla. Tres días estuvo expuesto el cuerpo de don Pedro Ponce, hasta que once negros cargaron con él, el día 31 de octubre, y lo depositaron en la tumba que unos indios, empleados para el efecto, le habían construido por unos pocos pesos. Cien misas fueron dichas por su alma y no faltaron en su velatorio la mejor cera de Castilla, frascos de vino y aguardiente y abundantes bizcochos y rosquetes que aliviaron las fúnebres noches en aquel palacio, tan lejano de su primera patria. 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