Blanco White o el antitaurinismo mitigado
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Revista de Estudios Taurinos Nº 2, Sevilla, 1995, págs. 69-94 BI.ANCO WHITE O EL ANTITAURINISMO MITIGADO * Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos * Debo agradecer la generosa ayuda de Antonio · Garnica, que puso a mi disposición todo su arsenal de conocimientos sobre Blanco White y especialmente el precioso texto de la Dublin University Review de 1834 . 11 ·- ·.- . a fiesta de los toros aparece a lo largo del siglo XVIII como una de las cuestiones que permiten captar el sentido d~ las actitudes mantenidas por los intelectuales en el gran debate ideológico que recorre toda la centuria. En efecto, la mayoría de los ilustrados militaron abiertamente en el bando de los detractores de las corridas, con mayor o menor radicalismo: es el caso de Martín Sarmiento, · José Clavijo y Fajardo, José Cadalso, Tomás de Iriarte, Juan Meléndez Valdés, Gaspar Melchor de Jovellanos y el má s grande debelador de la fiesta, José Vargas Ponce. Por el contrario, con alguna excepción, como la de Nicolás Fernández de Moratín, los defensores del espectáculo se reclutaron entre los grupos más conservadores, siendo el paradigma de esta actitud el ilustrado catalán Antonio de Capmany, que se convirtió en el apologeta de la fiesta en el momento en que su pensamiento derivaba hacia posiciones casticistas, tradicionalistas, antirrevolucionarias y prerrománticas 1. 1 Sobre el debate ideol óg ico del siglo XV III, las síntesis más recientes son las de C. Martínez Shaw: "La cultura de la Ilustración ", en A. Domínguez Ortiz (dir.): Historia de
70 Carlos Martínez Shaw En este contexto, parecía interesante analizar de cerca la opinión de José Blanco White, el intelectual sevillano que protagoniz.ó una de las trayectorias ideológicas más interesantes del fin del Antiguo Régimen, abandonando la Ilustración por el liberalismo, el catolicismo por el anglicanismo, el español por el inglés y el Guadalquivir por el Támesis2• Dadas tales España, Barcelona, Editorial Planeta, 1989, t. VII, págs. 435-540, y R. Fernández Díaz: Manual de Historia de España. El Siglo XVJll, Madrid, Historia 16, 1~93. Sobre la historia de la fiesta, cf. naturalmente, J. M. Cossío: Los Toros. Tratado técnico e histórico, Madrid, 4 vols., 1943-1961 (la obra ha continuado ampliándose, como es bien sabido, con la contribución de otros estudiosos). Para las relaciones entre toros e Ilustración, cf. asimismo, C. Martínez Shaw: "Vargas Ponce y el antitaurinismo de la Ilustración" en Taurología, n. 5 (otoño 19 90-invierno 1991), págs. 34-40; y "Anton io de Capmany y su defensa de la fiesta de toros" en Taurología, n. 6 (primavera 1991 ), págs. 91 -96. Una última reflexión sobre las posiciones ilustradas ante la fiesta, apoyada sobre todo en la opinión de Jovellanos, en L. C. Alvarez Santaló: "Diversión, espectáculo y corridas de toros en el siglo XVIII. Una esquina moral de la Ilustración española" en Revista de Estudios Taurinos, nº 1 (1994), págs. 93-113. 2 Para el lector que no haya frecuentado al personaje, puede adelantarse un sucinto apunte biográfico. José Blanco White nació en Sevilla en el seno de una fami lia de comerciantes de origen irlandés en 1775, se ordenó como sacerdote en 1799, sufrió una profunda crisis religiosa en 1802, se exilió a Inglaterra en 1810, abrazó el anglicanismo en 1812 y murió en Liverpool en 1841 sin haber regresado nunca a su patria. De su trayectoria - personal deben destacarse los dos mayores conflictos que signaron su vida: su rechazo de la intolerancia católica cuando ya era ministro de dicha religión le llevó a la abjuración y a su ingreso en la Iglesia anglicana, mientras que su rechazo del ideario absolutista defendido mayoritariamente por los que resistían la invasión francesa le indujo al exilio en 181 O. Este íntimo desgarr6 queda de manifiesto en sus rei te radas efusiones autobiográficas. Así, por un lado, su arraigada ideología ilustrada le llamaba al colaboracionismo propio de los llamados afrancesados que sirvieron a José I. «Estaba también comple tam ente persuadido que un nuevó rey francés podría naturalizarse español con rapidez, movido por la costumbre y por su propio interés, y que si abolía la Inquisición y las Ordenes monásticas los beneficios inmediatos que se derivarían de esta ·medida compensarían suficientemente cualquier otra pérdida 'que sufriera el país» ("White examina a Blanco" en A. Garnica Silva y J. Díaz García: Sevilla en la mirada del recuerdo (Textos de José Blanco White), Sevilla, 1994, págs. 53-88 (la cita, en págs. 84-85). Una idea que mantendrá hasta el final de sus días: «España hubiera progresado bajo José Bonaparte», repetirá en un a carta dirigid.a a Lord Holland y fechada en 31 de mayo de 1 835 (The Lije of the Rev.
Blanco White o el antitaurinismo mitigado 71 coordenadas, que muestran un pensamiento independiente y original, su aproximación al fenómeno taurino parecía que no podía dejar de ser igualmente contrastada y llena de matices, cualidades que hacían sugestivo un análisis pormenorizado3• Un empeñq de semejante índole presenta una dificultad por desgracia en cierta medida insoslayable. Lá obra de Blanco White permanece en parte dispersa en publicaciones de difícil acceso, además de ser mucho lo que aún no se· ha traducido al castellano. Por lo tanto, una aproximación al tema debe · limitarse a los textos traducidos y puestos al alcance del público español en los últimos años, así como a los escritos ingleses recogidos en la citada edición de 1845, aunque ello deje fuera de nuestro análisis alguna fracción de la obra .del ilustrado sevillano. Así, nuestra reflexión. se sustenta en las dos recopilaciones realizadas por Vicente Lloréns y Juan Goytisolo, las dos ediciones de Antonio Garnica, respectivamente de la Autobiografía (que es la primera parte deloriginal inglés) y de las Cartas de España, los textos recogidos por Ignacio Prat Joseph Blanco White, written by himse lfwith portions of his co rrespondence, ed. de John Hamilton Thom, 3 vols., Londres, 1845; facsímil, Westmead, 1971, vol. II, pág. 130). Sin embargo, Blanco White ansiaba una liberación espiritual más radical (incluyendo el abandono del catolicismo), que sólo la expatriación podía garantizar: «De permanecer en· el país tendría que seguir siendo sacerdote y hubiera estado condenado a vivir en contradicción con mis propias idea.s hasta el día de mi muerte. La libertad intelectual me atraía de forma irresistible y ahora que la veía a mi alcance no había nada en el mundo que pudiera arrebatármela» (Autobiografía de Blanco-White, ed. de A. Gamica, Sevilla, 1975, pág. 165 ). ' 3. No vamos a ahondar más en la biografía de José Blanco White, que cuenta con algunos estudios específicos suficientemente divulgados. Para ampliar la información, cf. particularmente la monografía clásica de M. Méndez Bejarano .: Vida y obras de D. José María Blanco y Crespo, Madrid, 1921 ; las noticias ofrecidas por los más reciente'S editores de sus escritos, en general en las introducciones a los mismos: Vicente Lloréns, Juan Goytisolo, Ignacio Prat, Manuel Moreno Alonso y, sobre todo, Antonio Gamica; y finalmente la propia producción del autor, en espeéial The /ife ... , ya citada.
·72 Carlos Martínez Shaw bajo el título Luisa de Bustamante y la huérfana española en inglaterra y otras narraciones, la versión castellana de España (es decir, de su artículo sobre España en la British Encyclopedy ), la edición de Manuel Moreno-Alonso de las Cartas de Inglaterra y otros escritos, la reciente recopilación de Antonio Garnica y Jesús Díaz titulada genéricamente Sevilla en la mirada del recuerdo (Textos de José Blanco White), más el texto inglés de Th e Lije . .. no traducido y un escrito suelto de 1834 publicado en una revista irlandesa4• 4 V. Lloréns: Antología de obras en español, Madrid, 19 71 (que incluye varias poesías, un sermón y un discurso, notas de crítica literaria, artículos políticos aparecidos en El Español, otra prosa varia y una selección de cartas); J. Goytisolo: Obra inglesa de ·Blanco White, Buenos Aires, 1972 (nos interesan so lamente los textos de polémica religiosa más otros escritos de carácter misceláneo -historia, política y literatura- , pues el resto forma parte de obras mencionadas más adelante y publicadas en versión integra); Autobiografía ... ; J. Blanco White: Carras de España, Madrid, 1972 (introducción de V. Lloréns; traducción y notas de A. Gamica); J. M. Blanco White: Luisa de Bustamante o la huérfana española en Inglaterra y otros escri tos , Barcelona, 1975 (edición de I. I;'rat: tomamos .en consideración además de la riovelita que encabeza el título, Íos escritos titulados Costumbres húngaras. Historia verdadera de un militar re tirado, con una descripción de un viajecito, río arriba, en el Támesis e Intrigas venecianas o fray Gr egario de Jerusalén. Ensayo de una nove la española); J. M. Blanco White: España, Sevilla , 1982 (sin responsable de la edición en Alfar, con introducción de M. T. de Ory Arriaga, que reproduce su artículo "J. Blanco White: Spain", Archivo Hispalense, nº 184 (1977), págs. 67-87; J. M. Blanco White: Cartas de Ingla t er~a y otros escritos (introducción y selección de M. Moreno Alonso: incluye una "Miscelánea histórica" con ires piezas, Bosquejos de la historia de Inglaterra, Noticia de la Compañía inglesa de las Indias Occidentales, Establecimientos de. ingleses e irlandeses en Hispanoamérica; y otra Serie de artículos englobados bajos los títulos de "Perspectivas de la ciudad y del campo", "Vidas ejemplares inglesas" y "Escuelas dominicales y de adultos"; y A. Gamica Silva y J. Díaz García: Sevilla en la mirada ... (que incluye, además del texto ya conocido "'E l Alcázar de Sevilla", el escrito titulado "White examina a Blan co " en traducción abreviada del original inglés y un considerable número de poesías rel~cionadas con Sevilla); The Lif e ... (que, además de "His Life in Spain", es decir el original inglés de AutQbiografía ... ), incluye "A Sketch of His Mind in Eng land" y "E xtracts from Journals and Correspondence", más algunos apéndices) y la recensión de Henry D. In gli s, publicada en Dublin University Revie w, vol. II (1834), págs. 296-317.
_Blanco White o el antitaurinismo mitigado Fig. nº 23.- Retrato autógrafo de José María Blanco White (Apud.: Enciclopedia de Andalucía, t. II, 1979: 486). 73
Carlos Martí,;,ez Shaw La limitación obligada por la forma irregular y frag- ' mentaría en que se ha venido publicando la obra del ilustrado sevillano viene atenuada por el hecho de que, en realidad, la opinión de José Blanco White sobre la fiesta de los toros se halla reflejada extensamente en uno solo de los escritos, en la carta cúarta de su obra Cartas de España, mientras que las alusiones que pueden espigarse en sus restantes trabajos literarios son escasas y siempre breves y circunstanciales (con excepción de la reseña del libro de H. D. Inglis), por lo que solamente pueden servir para apoyar un aspecto parcial o. matizar alguna de las ideas fundamentales, sin que se altere lo esencial del pensamiento del autor en el punto que nos interesa. Buena prueba de ello la suministra el hecho de que una reciente presentación sistemática de las opiniones de Blanco White por te1!1as, al llegar a la cuestión de. los toros, se haga eco exclusivamente de la mencionada carta, sin remitirse a ningún otro texto ni añadir ninguna otra información adicional5. La carta número 4 no lleva fecha, aunque su inclusión entre la tercera, datada en 1799, y la quinta, datada en 1801, no deja lugar a dudas sobre el momento histórico a que hace referencia. Por lo demás se puede aceptar la sugerencia. de A. 5 Cf, Pensamiento del sevillano José María Blanco White. Mu estrario, Sevill~, 1987 (ed. de J, L García Prieto): las opiniones sobre lós toros, en págs. 298-305. Queremos reseñar que lo mismo ocurre en el caso _de Vargas Ponce, quien concentra sus opiniones al respecto en su Disertación sobre las corridas de toros, escrita en 1807 (ed. de J. Guillén Tato, Madrid, Real Academia de la Historia, Archivo Documental Español, t. XVII, 1961), y en el caso de Capmany, que, si bien expone agunas de sus ideas en el opúscµlo La verdad esclarecedora y en la Carta a Godoy incluida en su famosa obra política Centinela contra franceses, despliega el grµeso de sus argumentaciones protaurinas en su Apología de las fies ta s públicas de toros, aparecida póstumamente en 1815 (Madrid, Imprenta de Don Francisco de la Parte, 1815).
Blanco Whit~ o el antitaurinismo mitigado 75 Gamica de que el autor omite el dato deliberadamente, indicando con los puntos suspensivos una voluntaria indefinición temporal. Por otra parte, la alusión a una reanudación de los festejos después de un periodo de prohibición no podría coincidir exactamente con los años de 1800 y 1801, a causa de la epidemia de fiebre amarilla que a partir de aquel primer año se abatió sobre la ciudad6. - Tras la lectura de la carta, lo primero que llama la atención es el perfecto conocimiento que sobre la fiesta posee Blanco White: su cultura taurina lo delata inmediatamente como sevillano y como aficionado. En efecto, sorprende el impecable manejo del vocabulario especializado por parte del _ - autor, que se entretiene en rigurosas descripciones de la tienta, la garrocha, el rejón, la barrera, el burladero. Incluso se muestra capaz de ilustrar el tránsito del castoreño a la montera, señalando que el primero es «Un sombrero blanco de piel de castor de dos pies de diámetro, atado por una cinta debajo de la barbilla», mientras la segunda viene descrita con un cierto distanciamiento irónico, aunque con idéntica precisión: 6 J. Blanco White: Cartas de España, págs. 381-382. Una primera prohibición general de los toros se decretó mediante Real Cédula de mayo de 17 85, confirmada por otra Real Cédula de 1786, pero la ciudad consiguió autorización para celebrar nuevas corridas por Real Orden de enero de 17 93, año en que también se reemprendieron las obras de la Maestranza, no ordenándose ninguna nueva prohibición 'general hasta la Real CédulJ de 1805 (Cf. Ricardo de Rojas y Solís, Marqués de Tablántes: An ales de la Plaza de Toros de Sevilla, Sevilla, 1917; facsimil, Sevilla, 1989, págs. 137 -189). En el intervalo, se suspendieron de nuevo los festejos entre 1800 y' 1802, con ocasión de la epidemia de fiebre amarilla, que también originaría una vez más el cierre de los teatros, a fin de «aplacar la ira' de Nuestro Señor justísimamente mosqueado» por los los muchos pecados de los sevillanos (Cf. A. Hermosilla Mqlina: Epi(iemia de fiebre amarilla en Sevilla en el año 1800, Sevilla, 1978, pág. 19). Una panorámica general de las vicisitudes de la fiesta en la ciudad hispalense, en A. Garcta-Baquero González; P. Romero de Solís e I. Vázquez Parladé: Sevilla y la fi esta de los toros, Sevilla, 1980 (2ª ed. 1994).
76 Carlos Martínez Shaw «Pero imagínese usted una mitra episcopal invertida y cerrada por la parte destinada a la cabeza. Pie!lse, además, que las dos puntas de la mitra están tan recortaüas que una vez colocada en la cabeza apenas llegan a cubrir las orejas. Como el yelmo de Don Quijote, su armazón es de cartón, forrado exteriormente de terciopelo negro adornado con alamares y borlas de seda del mismo color»7. Esta sabiduría taurina es incluso reivindicada con orgullo por el autor en una ocasión, en que declara abiertamente, utilizando el plural de modestia, que «conocedores como somos todos y cada uno de los detalles de este ... esp~ctáculo, no hemos pasado por alto la oportunidad de comparar lo que dicen los diversos viajeros con nuestro conocimiento directo .. . ». Y a continuación se explaya en la explicación de algunos tecnicismos, como la colocación en el cuello de las cintas «que señalan la divisa o casta del animal», la explicitación en los programas de mano de «los colores de las divisas, junto con la parte del país en que se han criado los toros y el nombre del mayoral encargado de mantener el prestigio de cada una de las ganadería s» o la forma precisa de la suerte de banderillas ejecutada por lor rehileteros (o 11 chulos 11 , según se puntualiza) cuya agilidad constituye su única defensa8. Si el dominio de la terminología taurina y de los pormenores de la corrida revela la familiaridad de Blanco White con la fiesta, una serie de pinceladas ofrece al lector un cuadro halagador de los elementos más atractivos del espec7 J. Blanco White: C ar tas de España, p ágs . 12 612 7. 8 Recensión de H. D. IngÚs, en Dublin U ni versity Review.
Blanco White o el antitaurinismo mitigado irregulares, pero ni la crueldad de la dive~sióri, ni el peligro innecesario a que se exponen aun los toreros más expertos, niel libertinaje y desenfreno que acompañan a estas fiestas son motivo suficiente para excitár el celo de nuestros fanáticos contra ellas 14 . Y aquí Blanco White esgrime el principal argumento de condena. Los católicos intransigentes, con el clero fanatizado a su cabeza (y los filipenses al frente), no han sentido nunca la necesidad de pronunciarse contra la fiesta de los toros, mientras han clamado de la forma más violenta y grosera contra las representaciones teatrales 15 • La contraposición es evidente: los devotos· reaccionarios han atacado obstinadamente una de las 14 No hace falta insistir aquí en el sentido que el término "fanático" tiene para Blanco White como compendio de reaccionarismo, intransigencia y oscurantismo en el más alto grado. Para Blanco White la virtud política consistía en aunar el amor a la patria con la completa ausencia de fanatismo como en el caso de la huérfana española en Inglaterra, «patriota decidida en todas .sus aficiones, (que) nunca manifestó el menor fanatismo mezclado con estos sentimientos» (Luisa de Bustamante .. ., pág. 53). Esta combinación de patriotismo y fanatismo en la resistencia antinapoleónica füe el motivo que impulsó a Blanco White al exilio, pues si el temor a ser tachado de traidor y a sufrir represalias le impidió colaborar con los ilustrados afrancesados (a lo que sentía naturalmente inclinado), su espíritu progresista le alejó de la intransigencia tra,dicionalista de los resistentes. ·unas razones que, dicho sea de paso, no entendieron ni muchos de sus contemporáneos ni la mentalidad conservadora de las generaciones posteriores, con Menéndez Pelayo a la cabeza. Ni siquiera la lady Holland literaria de Antonio Cascales, quien increpa al, intelectual sevillano en el primer capítulo de la novela: «Ciertamente, reverendo, no acabo de comprender su salida de Sevilla en un momento tan decisivo como éste" (A Cascales: Crónica londinel'!se del rvdo. Blanco White, Madrid, 1994, pág. 23). 15 La afirmación de manco White es correcta, en términos generales, la posición más corriente entre los catálicos más conse~vadores es la persecución encarnizada de las comedias frente a la tolerancia a veces complaciente hacia las corridas de toros, aunque, si bien lo primero se cumple siempre, también la condena teológica ha alcanzado en numerosas ocasiones al mun.do de los toros. Del mi smo modo, la condena de las comedias y la de lo s toros van a la par en el texto de Francisco Scoti, noble cordobés, mayordomo mayor de Femando VI: Carta familiar sobre el uso de los toros y abuso de las comedias,
84 Carlos Martínez Shaw · más valiosas manifestaciones de la cultura del siglo ilustrado, pero por el contrario no han encontrado ningún inconveniente en «la asistencia a estos sangrientos espectáculos», que son todo menos un argumento en favor de la cultura española. La conclusión de Blanco White queda solamente implícita, pero la. verdad es que no requiere de mayor desarrollo para dejar despejada toda clase de dudas acerca de su sentido 16 . Sin embargo, conviene dar un paso más allá. ¿Condena de las tientas y otros juegos sangrientos con los toros y condena de las lidias irregulares no sometidas a normas y por ello más cruentas, con la inclusión de garrotes, objetos punzantes, perros azuzados y otros intrumentos de agresión contra las reses? O, por el contrario, ¿condena de la fiesta de modo general, pese a la emoción, el colorido, la destreza y la belleza de una corrida ajustada a unas reglas y normas precisas y rigurosas? aunque en este caso la contaminación ilustrada hace que sea más rotundo el rechazo de la fiesta que el del teatro (Biblioteca de Palacio. Manuscritos. V arios. Año 1755). 16 No vamos a comentar por extenso la ironía con que Blanco White fustiga las prácticas religiosas asociadas a la fiesta de los toros, tanto por el carácter marginal de las mismas, como por el carácter incidental de la crítica en este caso. De cualquier modo, conviene recordar algunas frases especialmente significativas, como las dedicadas a la devoción de los toreros por el escapulario: «Ninguno de ellos se atreverá a pisar la arena sin llevar un escapulario, que consiste en dos pequeños cuadrados de tela, sostenidos por medio de cintas sobre el pecho y la espalda y colocados entre la camisa y el chaleco. En el trozo que cuelga delante del pecho hay un dibujo en lino de la Virgen María, generalmente la Virgen del Carmen, que es la patrona de pícaros y vagabundos en España». O como las destinadas a evocar y descalificar la extremada devoción de Pepe Illo: «Nuestro gran matador Pepe Illo, además del amuleto común, confiaba su salvación al patrocinio de San José, cuya capilla está cerca del coso sevillano. En vida de Illo las puertas de la capilla permanecían abiertas todo el tiempo de la corrida y la imagen del santo estaba rodeada de velas de cera que el devoto gladiador costeaba persona.lmente. Pero el santo, despreocup ado, por lo visto, del homenaje, no impidió que su cli ente fuera éogido muchas veces hasta que fin almente lo abandonó a su suerte en Madrid».
Blanco White o el antitaurinismo mitigado 85 Hay motivos para pensar que en este punto el pensamiento de José Blanco White respondía a los rasgos característicos de la ideología ilustrada. Es decir, sus palabras denuncian una transferencia progresiva de su rechazo absoluto de los espectáculos plebeyos relacionados con los toros a una aversión irreprimible hacia la fiesta de los toros en cualquiera de sus manifestaciones. En efecto, si las frases de disgusto mal contenido expresadas al calor de sus comentarios sobre el encierro, la tienta y la lidia irregu- . lar ya ·ofrecían algunas pisias al respecto, los párrafos finales de su carta cuarta no dejan ya ningún resquicio a la duda y ofrecen toda clase de evidencias para confirmar su radical Fig. nº 27.- Caballero del XVIII, en bronce, Sevilla, Museo Taurino de la Real Maestranza de Caballería. . ' antitaurinismo de corte ilustrado. Así, ya en la presentación de su descripción de la corrida, además del recurso a terceras personas como garantes de su objetividad en un claro ejercicio de distanciamiento, se avanzan sustantivos (peligro, carnicería) que implican una cierta carga peyorativa:
86 Carlos Martínez Shaw «Voy a contªrle ahora lo que nuestros expertos consideran una buena faena el día a que me refiero, y si usted se lo imagina repetido, c9n más o menos peligro o carnicería, ocho veces por la mañana y diez por la tarde, se hará una idea bastante exacta del espectáculo». , A continuación, la pintura 4e la suerte de varas no puede ser más negativa. El toro arremete contra un caballo y lo mata, para después seguir corneándolo furiosamente, todo lo cual compone una «penosa escena». A continuación, y aunque el autor se excusa de no querer molestar a su interlocutor con <~la narración de las sangrientas escenas» que siguen, se explica cómo el toro vuelve á atacar no menos de diez veces hasta conseguir herir a otros cuatro caballos y matar a dos más. Tampoco queda mejor parada la suerte de banderillas. El rehilete produce una «dolorosa sensación» en el toro, que «con rabiosa impotencia se esfuerza por desprenderse de las banderillas que lo hostigan». Peor es naturalmente el efecto de las banderillas de fuego, con sus petardos acoplados: «el único objeto de este refinamiento de crueldad es aturdir la fuerza instintiva del toro y disminuir así el peligro del matador». Finalmente, el remate conclusivo, la valoración última es breve pero contundente. La fiesta anula de modo aberrante los sentimientos humanitarios, suspende la aversión espontánea hacia el derramamiento· de sangre y la muerte violenta de hombres y animales. Dicho con las propias palabras del autor: «Para gozar con el espectáculo que acabo de describir se necesita tener los sentimientos muy pervertidos, lo que no es difícil de conseguir. En efecto, el lujo de valor y destreza que se despliega en estas exhibiciones y la contagiosa naturaieza de las emociones en toda reunión multitudinaria son causa
Blanco White o el antitaurinismo mitigado 87 más que suficientes para embotar en poco tiempo la repulsión natural que producen a primera vista la sangre y la carnic:ería». Una opinión expresada con toda nitidez. Y una opinión que se mantiene constante a todo lo largo de su vida, com~ corroboran las escasas alusiones que se pueden espigar esparcí~ das en el resto de sus escritos. Y a en las Cartas de España se habían deslizado algunas indicaciones en ese sentido, a través de la comparación de la fiesta de toros con las actuadones de · los gladiadores romanos, primero con la caracterización de Pepe Illo como «devoto gladiador» y, más tarde, con el más extensamente desarrollado paralelismo entre ambas manifestaciones, eso sí ahora con alguna ventaja para la lidia: «Si consideramos que las mismas vestales romanas eran grandes aficionadas a las luchas de gladiadores, no nos podrá sorprender la afición española a · un espectáculo que da orígenes a vivísimas emociones con infinitamente menos pérdida de vidas humanas» 17 • Del mismo modo, las Cartas de Inglaterra ofrecen dos leves testimonios de este sentir, a través de dos comentarios sobre las costumbres inglesas. En el primer caso, se trata de una breve apostilla a su descripción de la caza del faisán: . «La belleza del plumaje de tantos faisanes reunidos alegraba la vista, en tanto que la idea de destrucción y carnicería, con que venía mezclada, le daba pára mí un no sé qué de tristeza. Esto tal vez parecerá afectación, pero la impresión es .. 17 La comparación con los gladiadores había llegado a convertirse en un lugar común para los ilustrados. Cf. el párrafo de Blanco White con otro de Scoti en el texto citado: « ... la similitud que tienen estas que se llaman fiestas (las corridas de toros) con aquellos espectáculos de que usaban los gentiles dando causa a tan severas censuras ... pues si allí se complacían en ver lidiar en el circo a los hombres con las fieras aquí sucede lo mi smo » (B . P. Mss. Varios, Cartaff:Lmiliar .. ., año 1775).
88 Carlos Martínez Shaw tan real y verdadera en mí como voluntaria. La necesidad de dar muerte a los animales que la naturaleza ha hecho inferiores a nosotros es inevitable; pero hace ya mucho tiempo que no puedo convertir esta necesidad en diversión». Aunque no hay una alusión explícita al mundo de los toros, el sentido del pasaje, así como la palabra «carnicería» sirviendo como nexo de unión, no deja lugar a dudas sobre la presencia de una misma atmósfera espiritual planeando sobre esta reflexión y sobre la contenida en las Cartas de España. Solamente podría quedar pendiente un interrogante: ¿hubo un tiempo, allá en la mocedad, en que el autor fue capaz de aceptar la muerte del animal como entretenimiento? Más obvia es la comparación entre el ejércicio del boxeo y la práctica de la lidia. Igual que los toros podían tal vez servir de paradigma de la identidad de los españoles, o al menos de las clases populares españolas, «los combates pugilístic6s son dignos de atención por lo vivamente que pintan el carácter nacional (inglés, naturalmente), según se halla en la masa del pueblo». Pero no por ello ni uno ni otro obtienen la aprobación del escritor: «El arte de combatir a puñadas tiene aquí sus maestros y sus escuelas. Verdad es que el frecuentarlas no prueba mucha . finura y que los caballeros que van a ellas son mirados poco más o menos como nuestros aficionados a torear». Sin embargo, el boxing encuentra atenuantes a los ojos de Blanco White, ya que si, por un lado, apenas si se deriva de su práctica algún accidente mortal, por otro contribuye a fomentar el espíritu de resistencia de los ingleses: «Si me preguntan cuáles son las ventajas de esta costumbre, que acaso te parecerá bárbara, te diré que estoy íntimamente persuadido de que a su influjo, unido al de las leyes, se debe la abominación con que aquí se mira el usar armas en pendencias y el aguante
Blanco White o el antitaurinismo mitigado 89 que tan propio y peculiar es de los ingleses; el aguante que. venció a los franceses en Waterloo». . Una justificación en todo caso algo cogida por los pelos y que recuerda la posición casticista de Cap man y, quien, además de establecer también un paralelismo con otras diversiones nacionales (aquí la de los ingleses era la de correr caballos desbocados), an,otaba entre los méritos de la fiesta de toros su propia aspereza, valorada positivamente como una contribución al fortalecimiento de la reciedumbre del carácter de los españoles 18 . . Ahora bien, ¿manif está José Blanco White una indul-. gencia semejante para con la fiesta de los toros? La respuesta ha de ser fundamentalmente negativa si atendemos a la parquedad de las expresiones atenuantes o exculpatorias que pueden rastrearse a lo largo de su obra. Aquí se nos dice que «la mayor parte de nuestros jóvenes consideran el toreo como un deporte honorable y digno»; allá se califica la capea de <<juego alegre y efectista, y rara vez peligroso cuando lo practican los entendidos»; más allá se habla de «las emociones del alegre y peligroso deporte»; finalmente, como ya señalamos anteriormente, se admite la-belleza del marco que envuelve a la fiesta y el «lujo de valor y destreza» desplegado en la lidia. No es 18 Cf. A. de Capmany: Apología ... : «Quede por memoria de que hay en España este monumento de bi:frbarie, como lo quieren llamar: su vista a lo menos no afemina a los hombres». Sin embargo, a pesar de este uso irónico, J. Herrero (Los orígenes del pensamiento reaccionario español, Madrid, 1977, pág. 250) opina que en realidad el último Capmany estaba convencido de que sólo la barbarie podía civilizar a los españoles. Naturalmente, Vargas Ponce sostenía la posición diametralmente opues ta acerca de. los efectos de la fiesta sobre el carácter de sus espectadores: «Pues si' estos so n l os ejemplos de los toros, ¿qué pueden producir los toros? Dureza ·de corazón, destierro de la dulce sensibilidad y formas tan des pi adadas y crueles como el espectáculo que miran» (Cf. J. Vargas Ponce: Disertación .. ., pág. 185).
90 Carlos Martínez Shaw mucho material para contrarrestar una opinión resueltamente contraria a los toros 19 . Sin embargo, hay que ponerse en la piel del escritor para entender plenamente su posición. Blanco White, que ha nacido en Sevilla, se ha familiarizado desde muy temprano con el mundo de los toros: quizás incluso ha jugado con ese tablero con cuernos corriente entre los niños de la ciudad y de toda . Andalucía si damos crédito a sus palabras: «la diversión principal de los niños andaluces de cualquier clase social es la parodia de las faenas del ruedo»20. Después ha asistido, según confesión propia, a capeas en San Bernardo (situado a escasa distancia de su casa natal), a encierros (desde el lugar privilegiado que le brindaba su amistad con los maestrantes) y a corridas (algunas de las cuales dejan un recuerdo imborrable en su memoria, como aquella en que Pepe 1110 demostró su pasmosa habilidad con la puntilla). Estas experiencias le convierten en un espectado~ perfectamente al corriente de la 19 En toda la obra sólo he encontrado un único pasaje en que, muy incidentalmente, Blanco White establece una cierta vinculación (al estilo de Capmany) entre el valor en la guerra y el valor demostrado ante los toros: « La s tropas francesas, se les debe decir, no son cobardes, pero las españolas les llevan ventaja, y de eso les vamos a dar prueba. Yo me acuerdo de que en los juegos y diversiones de riesgo que tienen los españoles (y por cierto no les ganan en esto las demás naciones), jamás se animan unos a otros diciendo que no le hay -peligr o-- . Jamás se ve más ánimo y valentía en unos regocijos que cuando el novillo es guapo -bravo- » ("Las guerrillas y la guerra", en Antología .. ., ed. de V. Lloréns, pág. 252). · 20 Quizás este pasaJe haya inspirado a Antonio Cascales el párrafo donde Blanco White evoca la imagen de su hijo: « ... el pellizco del hijo que fue creciendo a su lado mientras paseaba arrebujado en la capa, y que ahora, cuando la raya del alba silueteaba la masa de la Torre, alcanzaba ya su peso y su alzada, podría ten er cuatro años, o· sea preguntas y rizos dorados, algún. destrozo en lás ~odillas de jugar al toro, y habría sacado de su abuela el arco de las cejas, el desparpajo de la tía Anica .. . » (Crónica londinense .. ., pág. 11 6).
Blanco White o el antitaurinismo mitigado 91 · , terminología y de la liturgia de la fiesta, así como en un aficionado perfectamente capaz de apreciar el valor, la belleza y el arte que concurren en una corrida de toros. Fig. nº 28.- Muerte desgraciada de José Delgado, Hillo, Cobre, talla dulce Calcografía Nacional, Madrid (Apud.: Carrete Parrondo y Martínez-No".illo, 1991: 158, nº 165). Ahora bien, llegado a ·este punto, su sensibilidad, , opuesta a la crueldad, a la violencia, al derramamiento de sangre, a la muerte ofrecida para mero entretenimiento del público, le hace anteponer la cruz cruenta de la fiesta a la cara artística de la lidia._ Del mismo modo, su pensamiento ilustrado le lleva a la condena de un espectáculo que resume los peores atributos de la España de su época: la incultura, la agresividad,
92 Carlos Martínez Shaw la vulgaridad, el fanatismo en suma. Sensibilidad espiritual y pensamiento ilustrado confluyen por lo tanto para situar decididamente a Blanco White en el frente antitaurino de la época 21 . Sin embargo, este rechazo sentimental y racional al mismo tiempo no debió ser incompatible con una simpatía espontánea, inconsciente y casi atávica (pese a sus ascendientes irlandeses) por los toros. Esta reacción se pone de manifiesto con mayor claridad que' en ninguna otra ocasión en su recensión al libro de Henry D. Inglis, que había dedicado un pasaje de su obra a la descripción de una corrida celebrada en Madrid. Pues bien, Blanco White no sólo le reprocha su inexactitud a la hora de reflejar los lances de la lidia, sino que se lamenta de que el viajero no hubiese «esperado a ver el mismo espectáculo en Sevilla», seguro de que en dicho caso su impresión hubiera sido más favorable. Y, aunque sea con matices, pasa a hacer una sincera exculpación de la fiesta, un «impresionante (aunque ciertamente discutible) espectáculo». Porque la fiesta aúna a sus ojos la crueldad y la grandeza: « No hay duda de que las corridas de toros son crueles, particularmente en lo que respecta a los toros y a los caballos. Pero también queda fuera de toda duda que se trata de un espectáculo grandioso y lleno de emociones profundas». Y, por último, la componente artística 21 Para comprender lo alejados que podían estar los sentimientos de Blanco White del mundo de los toros baste leer su "Oda a Apolo pidiéndole que restablezca sus altares en Sevilla", de 1796. Su visión del clima cultural de la Sevilla finisecular no' podía ser más desesperanzada: «Baja, y verás la turba que al sagrado/ coro desprecia y de Helicón profana/ la no manchada fuente, y la gloriosa/ cumbre blasfema con furor osado:/ verás rota su lira soberana ,/ verás del Betis la ribera undosa/ do tu gloria pusiste,/ cuál yace sola y triste,/ y sólo habita en su recinto hermoso/ silencio pavoroso». (Sevilla en la mirada .. ., pág. 101).