¿La marca del género? a propósito de la materialización de los cuerpos en Rosi Braidotti y Judith Butler
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Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. – 395 – ¿LA MARCA DEL GÉNERO? A PROPÓSITO DE LA MATERIALIZACIÓN DE LOS CUERPOS EN ROSI BRAIDOTTI Y JUDITH BUTLER. Aránzazu Hdez. Piñero Universidad de Zaragoza (España) Recibido: 15-07-10 Aceptado: 14-09-10 Las divergencias entre las filósofas Rosi Braidotti y Judith Butler son profundas y remiten al núcleo temático de la distancia conceptual entre el pensamiento de la diferencia sexual y la teoría de género, que podríamos cifrar en las nociones de cuerpo y de diferencia sexual. Es una cuestión compleja, al menos, a mí me lo resulta. A continuación intentaré mostrar el sentido de la distancia conceptual con el propósito de situar los términos de la discusión en torno a la materialidad del cuerpo, centrándome en las relaciones que cada una de las autoras establece entre cuerpo y lenguaje. 1. Butler: un referente esquivo. “Confieso que no soy muy buena materialista. Cada vez que intento escribir acerca del cuerpo termino escribiendo sobre el lenguaje”1. De este modo, no exento de sentido del humor, atiende Butler a las críticas de Rosi Braidotti, en el diálogo abierto que mantienen desde hace ya más de una década. Butler trabaja a partir de la deconstrucción de la noción de cuerpo-materia y redefine performativamente la materialidad del cuerpo, que es concebida como un efecto de poder del discurso. En Cuerpos que importan, la filósofa estadounidense replantea la relación entre cuerpo y lenguaje en términos de procesos discursivos de materialización, estableciendo y desarrollando un vínculo entre la materialidad del cuerpo y la performatividad del género. Así, Butler, a través de la elaboración de una genealogía crítica de la noción de materia, explica esta noción en términos de procesos de significación que tienen “efectos [1] J. Butler, Deshacer el género, Barcelona, Paidós, 2006, p. 280.
Aránzazu Hdez. Piñero Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. – 396 – de sedimentación”2. Estos procesos de significación sedimentados constituirían la materialización por medio del cual la materia deviene tal. O, dicho de otro modo, planteará la materia “no como sitio o superficie, sino como un proceso de materialización que se estabiliza a través del tiempo para producir el efecto de frontera, de permanencia y de superficie que llamamos materia”3. La argumentación butleriana se articula en torno a la idea de que no existe una idea de materia previa al discurso, es decir, “que no hay ninguna referencia a un cuerpo puro que no sea al mismo tiempo una formación [discursiva] adicional de ese cuerpo”4. De tal manera la autora pone en juego una concepción performativa de la materialidad según la cual ésta resulta de un proceso de significación en el que está implicado la repetición de las normas, donde el discurso crea aquello que nombra a través de la reiteración. Y es en este sentido en el que Butler establece el vínculo entre la materialidad del cuerpo y la performatividad del género: los cuerpos devienen cuerpos sexuados-generizados a través de la repetición de las normas reguladoras del género, que instituyen el ámbito de los cuerpos reconocibles tanto como el ámbito de los cuerpos irreconocibles, o, en sus términos, la inteligibilidad misma de los cuerpos. Para la autora, la diferencia sexual opera como el efecto normativo de la matriz heterosexual. Y de aquí el ingenioso juego de palabras con el que titula la obra Cuerpos que importan, Bodies that matter, en inglés, donde juega con la polisemia del término matter, materia e importar. Los cuerpos que importan, es decir, que están dotados de valor, son aquellos que llegan a ser materializados como tales. Pero, ¿qué decir del sugerente subtítulo Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”? Donde el término sexo aparece entrecomillado, como si no pudiésemos hablar de él sino cautamente, con muchas precauciones, circunscribiéndolo entre unas comillas. ¿Cuáles son estos límites materiales y discursivos? ¿Acaso estos límites serán al mismo tiempo la condición de posibilidad de la materialización de los cuerpos sexuados? Butler sugiere esta idea. ¿Significa acaso que todo límite material es a la vez discursivo? Desde luego, a mi entender, Butler vuelve borrosos los límites entre materia y discurso. Ahora bien, ¿significa esto que podemos establecer una relación de identidad o de sinonimia entre ambos términos? Butler nos previene contra esta tentación. En una entrevista de 1996, “Cómo los cuerpos llegan a ser materia”, Butler señala, cito de la traducción de Elvira Burgos en su libro Qué cuenta como una vida. La pregunta por la libertad en Judith Butler: (…) afirmar que el cuerpo es un referente escurridizo no es lo mismo que afirmar que es sólo y siempre construido. En algún sentido, esto es precisamente afirmar que existe [2] J. Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Buenos Aires, Paidós, 2002, p. 38. [3] Ib., p. 28. [4] Ib., pp. 31-32.
Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. ¿La marca del género? A propósito de la materialización de los cuerpos... – 397 – un límite a la construcción, un lugar, por decirlo de alguna manera, donde la construcción necesariamente encuentra su límite5. De modo que el cuerpo es un “referente escurridizo”, un referente esquivo que excede el lenguaje en el que es dicho. El límite es, al mismo tiempo, un desbordamiento del límite: un exceso. A este respecto, la autora sostiene: “Desde siempre mutuamente implicados, desde siempre excediéndose recíprocamente, el lenguaje y la materialidad nunca son completamente idénticos ni completamente diferentes”6. ¿Cabría hablar entonces de un “exceso perturbador”7 (empleando una expresión de Irigaray) de la materialidad con respecto al lenguaje? Podríamos explorar esta hipótesis, habida cuenta de que Butler continúa hablando en Deshacer el género de una dimensión irrepresentable de la vida corporal: “Siempre existe una dimensión de la vida corporal que no puede ser totalmente representada, aunque funcione como la condición por excelencia y, en concreto, como la condición activadora del lenguaje”8. De esta manera, Butler, al transformar la discusión en torno al constructivismo en una indagación acerca de la materia como proceso de materialización, esto es, de significación, complejiza y enriquece, a la vez, la comprensión contemporánea del materialismo. Con todo y su broma acerca de que no es muy buena materialista porque cada vez que intenta escribir acerca del cuerpo termina escribiendo sobre el lenguaje. 2. Braidotti: la inscripción de la diferencia sexual Recomencemos. Ahora Braidotti. Desde mi punto de vista, el trabajo de Braidotti también contribuye a desdibujar los límites entre materia y discurso. No obstante, sus presupuestos y desarrollos se sitúan en una perspectiva distinta, donde la puesta en juego de la noción de diferencia sexual resulta clave. Podríamos resumir la comprensión braidottiana del cuerpo sexuado bajo el signo de la diferencia sexual atendiendo a dos afirmaciones: por un lado, “todo lo que significa la diferencia sexual es la importancia fundamental del principio del <<no Uno>> en el origen del sujeto”; y, por otra, “la diferencia sexual está escrita en el cuerpo de mil maneras diferentes”9. Un tanto provocadoramente, Braidotti traza el marco de la distancia conceptual entre ambas sosteniendo: “Butler opta por el giro lingüístico; yo [5] Butler citada en E. Burgos, Qué cuenta como una vida. La pregunta por la libertad en Judith Butler, Madrid, Antonio Machado, 2008, p. 242. [6] Butler, Cuerpos que importan, p. 111. [7] L. Irigaray, Ese sexo que no es uno, Madrid, Saltés, 1982, p. 75. [8] Butler, Deshacer el género, p. 281. [9] R. Braidotti, Metamorfosis. Hacia una teoría materialista del devenir, Madrid, Akal, 2005, p. 67.
Aránzazu Hdez. Piñero Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. – 398 – tomo la senda nómada de la carne”10. Aunque esta afirmación, tomada aisladamente, podría conducirnos a pensar en un planteamiento que opone cuerpo y lenguaje o materia y discurso, ésta sería, a mi juicio, una conclusión apresurada. De modo diverso, y desde luego con distinta intensidad, tanto Braidotti como Butler atienden a la compleja relación entre cuerpo y lenguaje. Butler explora las posibilidades de la performatividad; Braidotti, por su parte, indaga en las de un régimen de significación alternativo articulado a partir del simbólico femenino. Esto supone, efectivamente, una reflexión sobre el lenguaje para la cual la autora se inspira creativamente en los trabajos de las pensadoras francófonas Luce Irigaray y Hélène Cixous. Braidotti, además, pone en juego un concepto ajeno a la filosofía de Butler, el de la carne, en la línea de la filosofía francesa de la carne de la que se reconoce heredera. Este punto, si bien importante, aquí sólo puedo mencionarlo. En particular, Braidotti hace una lectura rica y creativa de Irigaray. Considero que el trabajo de Irigaray sobre el lenguaje, que es amplio y sugerente, actúa como subtexto, unas veces, y como intertexto, otras muchas, en el pensamiento de Braidotti. La autora retoma la tesis de Irigaray según la cual lo femenino opera como lo excluido del discurso, excluido al tiempo que condición de posibilidad. Irigaray, haciendo un juego de palabras, señala que lo femenino funciona como “interdite”, prohibido, y “inter-dite”, entre-dicho: lo femenino es aquello que está prohibido a la vez que entre-dicho, dicho entre líneas. Lo femenino es también, al mismo tiempo, lo material, la materia, el soporte en la oposición binaria clásica forma/materia11. Así, el poder del discurso, su condición misma, se basa en la exclusión-subordinación de lo femenino, como reza el título de una célebre entrevista de la década de los setenta “Poder del discurso, subordinación de lo femenino”12. De tal modo, que el discurso se constituye como falogocéntrico. En el planteamiento de Irigaray, lo femenino opera en un doble sentido: como lo femenino “especular”, aquello que el discurso falogocéntrico “dice” que es lo femenino, en suma, la feminidad normativa; y como lo femenino potencial, podríamos llamarlo, esto es la potencialidad que contiene lo femenino para desbordar el discurso del que es condición de posibilidad y en el que se inscribe como negativo, lo femenino al que Irigaray le confiere el poder de un “exceso perturbador”. De aquí que la filósofa afirme que lo femenino ha constituido lo irrepresentado e irrepresentable en el discurso (falogocéntrico). Y ésta es también la razón por la que sostiene que la diferencia sexual ha sido un impensado en nuestra tradición cultural, puesto que el pensamiento ha estado instituido por la indiferencia sexual, la de lo masculino y su negativo: [10] Ib., p. 63. [11] Cf. L. Irigaray, Speculum: espéculo de la otra mujer, Madrid, Saltés, 1978. [12] Cf. Irigaray, Ese sexo que no es uno, pp. 67-81.
Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. ¿La marca del género? A propósito de la materialización de los cuerpos... – 399 – “…lo femenino no tiene lugar en él [el discurso] más que en el interior de modelos y de leyes promulgadas por sujetos masculinos. Lo que implica que no existen realmente dos sexos, sino uno sólo”13. Es por ello que resuelve: “Nos queda, entonces, emprender la “destrucción” del funcionamiento discursivo”14. “Destrucción” que será operada por el “exceso perturbador” de lo femenino. ¿Cómo? “Repitiendo-interpretando la manera en que, en el interior del discurso, lo femenino se encuentra determinado: como falta, defecto, o como imitación y reproducción invertida del sujeto” para “significar que es posible, del lado de lo femenino, un exceso perturbador de esa lógica”15. Ésta es la estrategia de Irigaray, efectuar un juego mimético que deconstruya la coherencia del discurso (falogocéntrico) a través de repeticiones lúdicas que hagan aparecer lo que debía permanecer oculto: Su función sería entonces la de des-anclar el falocentrismo, el falocratismo, para devolver lo masculino a su lenguaje, dejando así la posibilidad abierta a otro lenguaje. Lo que significa que lo masculino ya no sería “todo”. Ya no podría por sí solo definir, circunvalar, circunscribir las propiedades del/de todo. O, también, que el derecho a definir todo valor (…) ya no le correspondería más16. Braidotti comparte el análisis irigariano del falogocentrismo y su lectura de la propuesta de articular un imaginario femenino es enormemente rica y potenciadora. Siguiendo a Irigaray, muestra que el falogocentrismo (se) constituye (en) un imaginario que lleva en sí mismo la morfología del cuerpo masculino. De manera que el modo de desconcertar, desordenar y alterar las condiciones de posibilidad del discurso y los cuerpos que inscribe y circusncribe es haciendo emerger un imaginario propio basado en la morfología del cuerpo femenino: el sexo de las mujeres como no uno, sino múltiple, los labios que se tocan y se besan, los fluidos corporales. De esta forma, Braidotti ofrece una interpretación de la diferencia sexual en términos materialistas, respondiendo, en parte, a los debates acerca del esencialismo que tuvieron lugar en la década de los ochenta. Y proporciona nuevos elementos para una comprensión contemporánea del materialismo, repensándolo como materialidad encarnada donde la diferencia sexual y la sexualidad son entendidas como un proceso y un elemento constitutivo. [13] Ib., p. 79. [14] Ib., p. 73. [15] Ib., p. 75. [16] Ib., p. 77.
Aránzazu Hdez. Piñero Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 395-400. – 400 – 3. Esquivamente la diferencia sexual, o mantener abierta la pregunta. Una de la cuestiones más relevantes y complejas que se suscitan a raíz de las reflexiones de Judith Butler y Rosi Braidotti a propósito de la relación entre cuerpo y lenguaje, o, en terminología butleriana, a propósito de la materialización del cuerpo, es, a mi juicio, precisamente, el lugar y la compresión de la diferencia sexual que ambos planteamientos implican. Como he intentado señalar, Butler entiende la diferencia sexual como un efecto de la matriz heterosexual, es decir, como un efecto normativo del binarismo de género que crea y recrea la heterosexualidad como institución. De modo que mantener la diferencia sexual significaría mantener los gestos de exclusión que la instituyen. Mientras que para Braidotti es posible pensar la diferencia sexual fuera de una lógica jerárquica. En este sentido, la discusión en torno al lugar y el papel de lo femenino como excluido se revela clave, pues me inclino a pensar que éste es uno de los nudos del debate: Butler cuestiona que lo femenino ocupe el lugar de lo excluido, o, mejor, que el lugar de lo excluido se agote en lo femenino. Al menos, en este sentido interpreto la discusión que Butler sostiene con Irigaray en el capítulo 1, “Los cuerpos que importan” de Cuerpos que importan. Por su parte, Braidotti considera que la estrategia de afirmación de lo femenino es una estrategia necesaria para la deconstrucción del orden del discurso falogocéntrico. En “¿El fin de la diferencia sexual?”, donde dedica un epígrafe a responder a alguna de las críticas formuladas por Braidotti, Butler aborda atenta y cuidadosamente la pregunta por la diferencia sexual. En una actitud más receptiva que en otros textos, en los que sugería la imposibilidad de pensar una diferencia sexual que no fuera heterosexista17, la autora reconoce que la diferencia sexual, al menos tal y como la formula Braidotti a partir de su rica y creativa lectura de Irigaray, “no es un simple hecho, pero tampoco es un mero efecto de lo factible”. Y considera que la pregunta por la diferencia sexual plantea el problema de “la permanente dificultad de determinar dónde empieza y dónde termina lo biológico, lo psíquico, lo discursivo y lo social”18. Pero, sobre todo, señala la virtualidad de mantener la pregunta por la diferencia sexual como una pregunta abierta. [17] En “La cuestión de la transformación social”, Butler se pregunta y nos pregunta: “¿Existe realmente una diferencia sexual que no sea su forma institucionalizada, la dominante, que es la heterosexualidad en sí misma?”, en Judith Butler, Elisabeth Beck-Gernsheim y Lidia Puigvert, Mujeres y transformaciones sociales, Barcelona, El Roure, 2001, p. 14. [18] Butler, Deshacer el género, p. 262.