Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Documentos AUTO-EMANCIPACIÓN* EXHORTACIÓN DE UN JUDÍO RUSO A LOS DE SU ESTIRPE [AUTOEMANZIPATION! Mahnruf an seine Stammesgenossen von einem russischen Juden] Leo Pinsker (1821-1891)** PRÓLOGO DEL AUTOR Un momento de calma ha sucedido al dolor de la masacre, y perseguidores y perseguidos pueden tomar un poco de aliento. Mientras, con el dinero recogido precisamente para favorecer la emigración, los judíos son repatriados. Pero los judíos de occidente han aprendido nuevamente a soportar el grito de Hep-Hep***, como sus padres en tiempos pasados. El estallido ardiente de indignación a causa de la ignominia sufrida se ha transformado en una lluvia de ceniza que ha ido cubriendo el suelo incandescente. Cerrad los ojos y esconded la cabeza como el avestruz: si no aprovecháis este momento transitorio de calma y dejáis de idear medios de salvación más radicales que las cataplasmas de curanderos aplicadas a nuestro desdichado pueblo durante milenios, una paz duradera nunca estará a vuestro alcance. Setiembre, 1882. Hoy como ayer, el problema inmemorial de la cuestión judía continúa excitando los ánimos. Irresoluble, como la cuadratura del círculo, sigue siendo, a diferencia de ésta, la más acuciante cuestión del orden del día. Ello es así porque no nos las vemos aquí únicamente ante un problema de interés * Traducción y notas de Antonio Hermosa Andújar. ** Leo Pinsker es, junto a M. Hess y T. Herzl, uno de los fundadores del sionismo, movimiento que aspiró a la unificación nacional de los judíos como única solución posible a la cuestión judía, dado que el antisemitismo era considerado una propiedad fisiológica de los europeos y ni la asimilación, ni la emancipación habían cumplido su promesa liberadora. *** Posible acróstico de Hierosolyma est perdita (“Jerusalén se ha perdido”). En todo caso, era el grito que acompañaba las persecuciones contra los judíos en Alemania en 1819, y que permanece como símbolo de los levantamientos antisemitas. http://institucional.us.es/araucaria/
167 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... teórico, sino con uno al que la propia vida real reactualiza de día en día y para el que perentoriamente reclama solución. Según nuestro punto de vista, el núcleo central del problema es el siguiente: los judíos conforman de hecho, en pleno regazo de los pueblos con los que conviven, un elemento heterogéneo que ninguna nación puede asimilar, ni, por ende, fácilmente digerir. En consecuencia, la tarea consiste en dar con el modo que permita a dicho elemento exclusivo anudar tales relaciones con los pueblos que, de una vez por todas, erradique la cuestión judía. Naturalmente, no estamos pensando que llegue a operarse una armonía absoluta, que, por lo demás, tampoco cabe hallar entre los demás pueblos. El milenio en el que la “Internacional” desaparezca y las naciones se fusionen en la humanidad aún yace en una lejanía imperceptible. Hasta entonces, las aspiraciones y los ideales de los pueblos han de limitarse a procurar un modus vivendi soportable. Una paz universal eterna aún por largo tiempo habrá de esperarse; pero hasta ese momento sí cabe regular ordenadamente las relaciones de las naciones entre sí por medio de un convenio condicionado, un convenio basado en el derecho internacional, en tratados, pero más aún en una cierta igualdad de actitud y de recíprocas exigencias, así como en un respeto mutuo. En las relaciones de los demás pueblos con los judíos no cabe reconocer una tal igualdad de actitud. Se echa de menos el fundamento de dicho respeto mutuo que el derecho internacional y los tratados se cuidan de regular y garantizar. Sólo cuando se cree semejante fundamento, cuando la igualdad entre los judíos y los otros pueblos sea un hecho, podrá considerarse resuelta la cuestión judía. Por desgracia, una tal igualdad, que fue una realidad en un pasado desde hace mucho tiempo olvidado, y cuyo retorno puede esperarse en un futuro remoto, hace que, en las condiciones actuales, alinear al pueblo judío entre los demás pueblos parezca una ilusión. Aquél carece de la mayoría de los atributos con los que necesariamente se reconoce a una nación. Carece de esa vida genuina que sin una lengua común, unas costumbres comunes y sin una unidad territorial común resulta impensable. El pueblo hebreo no tiene patria propia, aunque tenga muchos países maternos; no gira en torno a ningún eje, no dispone de ningún centro de gravedad, de ningún gobierno propio, de ninguna representación. Están presentes por doquier, pero en ninguna parte en casa. Los pueblos nunca tienen que ver con una nación judía, sino siempre sólo con judíos. Para una nacionalidad judía falta a los judíos ese carácter nacional propio y singular de quienes viven en las demás naciones, que sólo la convivencia en un único ámbito estatal determina. Tal carácter nacional naturalmente no podía forjarse en la dispersión, y entre los judíos parece haberse extinguido todo recuerdo http://institucional.us.es/araucaria/
168 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. de la antigua patria común. Merced a su fácil capacidad de adaptación han podido apropiarse con suma facilidad de los caracteres propios de aquellos pueblos hacia los que el destino les empujara. Y no raramente, incluso, se han desprendido por completo de sus rasgos originales tradicionales en obsequio a sus protectores. Se apropiaron, o lo creyeron, de ciertas tendencias cosmopolitas que podían complacer a los demás tan poco como bastarles a ellos mismos. En tanto buscaron asimilarse a los demás pueblos, los judíos renunciaron en cierto sentido voluntariamente a su propia nacionalidad. Pero en ninguna parte lograron que sus conciudadanos les reconocieran como iguales a los nativos. Con todo, lo que más refrena el impulso de los judíos a una existencia nacional es el hecho de no sentir dicha existencia como necesidad. No sólo no la sienten, sino que incluso niegan la legitimidad de sentirla. Para un enfermo, no sentir la necesidad de comer y beber es un síntoma grave. No siempre se logra liberarle de su fatídica anorexia. Y si para su suerte la supera, aún hay dudas acerca de si el enfermo se halla en grado de asimilar el alimento nuevamente apetecido. Los judíos se hallan en esa triste condición. Y ese punto, el más importante de todos, es el que hemos de examinar con la mayor atención. Hemos de demostrar que el infortunio de los judíos se funda ante todo en no sienten la necesidad de alcanzar la independencia nacional; que es menester despertarles y avivarles dicha necesidad si no quieren quedar para siempre expuestos a una existencia ignominiosa. En una palabra: que han de llegar a ser una nación. En el insignificante hecho de que los judíos no conforman para los demás pueblos una nación autónoma reside en parte el secreto de lo anómalo de su situación y de su miseria sin fin. La mera pertenencia a dicho pueblo constituye un estigma imborrable, repugnante para los no judíos, doloroso para los judíos mismos. Un fenómeno, empero, profundamente radicado en la naturaleza humana. Entre las naciones de la tierra los judíos quedan como una nación perecida ya desde hace mucho. La pérdida de su patria acarreó la de su independencia, y una dispersión incompatible con la esencia de un organismo unitario y vital. Su Estado, sofocado por el empuje de la dominación romana, desapareció ante los ojos de los pueblos. Mas aun después de renunciar a una existencia física y política en forma de Estado, el pueblo judío no podía aceptar su total aniquilación y no renunció a su unidad espiritual. El mundo divisaba en este pueblo el espectro de un muerto caminando entre vivos. Y esa forma espectral de muerto errante, la de un pueblo sin unidad ni orden, sin tierra ni articulación, sin vida y aun así presente entre los http://institucional.us.es/araucaria/
169 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... vivos; esa figura insólita, de la que apenas cabe hallar un igual en la historia, sin modelo ni seguidor, no podía no suscitar en la imaginación de los pueblos una impresión única y extraña. Y puesto que el miedo a los fantasmas es innato, y encuentra cierta justificación en la vida psíquica de la humanidad, que una nación a la vez muerta y viva lo cause en tan alto grado, ¿puede causar estupefacción? La turbación ante el fantasma judío se ha transmitido y consolidado a lo largo de las generaciones y de los siglos. Turbación que ha conducido al prejuicio, el cual, vinculado a otros factores de los que se hablará después, dio lugar a la judeofobia. Asociada a las demás ideas inconscientes y supersticiosas, a instintos e idiosincrasias, la judeofobia ha terminado por adquirir plena ciudadanía entre todos los pueblos de la tierra con los cuales los judíos han entablado relaciones. La judeofobia es una especie de demonopatía, con la peculiar diferencia de que el temor al espectro judío se ha difundido por la entera especie humana, y no entre algunas poblaciones específicas; y de que, en lugar de incorpóreo, como los demás espectros, consta de carne y de sangre, así como de las heridas provocadas por los más atroces castigos infligidos por multitudes atemorizadas que creen amenazadas por él. La judeofobia es una psicosis. En cuanto psicosis, es hereditaria: y en cuanto enfermedad heredada desde hace dos milenios, incurable. El temor a los espectros, madre de la judeofobia, ha generado ese odio abstracto, tentado estoy de llamar platónico, merced al cual la entera nación judía ha sido retenida responsable de los delitos, reales o imaginarios, cometidos por cada uno de sus vástagos en particular, lo que la ha llevado a ser calumniada en múltiples modos y ominosamente vejada. Amigos y enemigos han intentado explicar o justificar dicho odio a los judíos al tiempo que hacían en contra los judíos toda suerte de acusaciones. Habrían crucificado a Jesús, bebido sangre de cristianos, envenenado pozos, ejercido la usura, explotado a los campesinos, etc. Estas y mil otras acusaciones contra un pueblo se han demostrado infundadas, y manifiestan su fragilidad en el hecho mismo de haberse producido al por mayor, al objeto de aplacar la mala conciencia de los perseguidores de judíos, de justificar la condena de toda una nación, de probar la necesidad de quemar a los judíos, o mejor: a su espectro. Quien quiere demostrar demasiado termina por no demostrar nada. Y si bien cabe reprochar con razón a los judíos muchas cosas, en ningún caso se trata de un vicio tan grave, o de delito tan capital, como para romper el bastón sobre la espalda de una entera nación. En determinados casos, aquellos hechos han sido sin más rebatidos merced a los contactos directos mantenidos por judíos y no judíos, a las relaciones totalmente amistosas mantenidas por los judíos con los vecinos no judíos. Las recriminaciones, http://institucional.us.es/araucaria/
170 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. por tanto, son por lo general de carácter del todo genérico, carentes de todo fundamento, formuladas por así decir a priori o, las más de las veces, referidas a casos singulares que nada prueban contra la entera nación. Y así, judaísmo y odio a los judíos marchan inseparablemente unidos a través de la historia. Al igual que el pueblo judío, eterno Ahasverus*, el odio al pueblo judío parece no querer morir nunca. Se debería estar ciego para afirmar que los judíos no son el pueblo elegido del odio universal. En sus relaciones recíprocas, en sus instintos y aspiraciones, los pueblos pueden ser muy diferentes unos de otros, pero en su animadversión a los judíos se estrechan la mano, es un punto en el que todos están de acuerdo. La medida y el modo en el que tal desprecio toman forma depende, cierto, del grado de civilización de cada pueblo en particular. Pero, en esencia, aquél se da siempre y por doquier, sea que se manifieste en actos violentos, persecuciones debidas a la envidia o bajo la máscara de la tolerancia y la protección. Verse saqueado por judío, o tener que ser protegido por judío, resulta humillante por igual, igual de penoso para el sentimiento de humanidad de los judíos. Habiendo concebido la judeofobia como una demonopatía específica y congénita del género humano, y expuesto el odio a los judíos como una aberración hereditaria al espíritu humano, llegamos a la para nosotros importante conclusión de que es menester tanto renunciar a la lucha contra esos impulsos hostiles, como a la lucha contra de dicha disposición hereditaria. Idea ésa tanto más importante cuanto que pone finalmente de relieve que es menester dejar de lado toda polémica que suponga un dispendio de tiempo y energías, así como todo devaneo improductivo. Y es que contra la superstición hasta los dioses mismos luchan en vano. El prejuicio o el instinto hostil mal se concilian con ninguna argumentación, por aguda y clara que sea. O se dispone de fuerza material con la que poner límites a tan tenebrosos potencias, como ocurre con cualquier otra fuerza ciega de la naturaleza, o simplemente se aparta uno de su camino. Así pues, nosotros encontramos la base del prejuicio contra la nación judía en la psicología de los pueblos. Pero hemos de tomar también en consideración otros aspectos no menos importantes que imposibilitan la fusión o equiparación de la nación judía con las demás. En términos generales, ningún pueblo siente a priori amor hacia los extranjeros. Se trata de algo etnológicamente fundado, y de lo que nada cabe reprochar a ningún pueblo. Ahora bien, ¿se halla el judío sometido a esa ley universal en idéntica medida a los de las restantes naciones? ¡En absoluto! El desprecio que un extranjero afronta en un país extraño puede devolverlo con la misma moneda una vez en su patria. * El eterno judío errante. http://institucional.us.es/araucaria/
171 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... Sin obstáculo y de manera visible, el no judío de un país extranjero persigue sus propios intereses. Por doquier se encuentra natural verlo, solo o asociado a otros, luchar por tales intereses. En un país extraño, el extranjero no necesita ser ni parecer ningún patriota. Pero el judío, en su patria, no sólo no es un nativo, sino que tampoco es un forastero: es el extranjero por excelencia. No se lo percibe ni como amigo, ni como enemigo, sino como a un desconocido, del que sólo se conoce que carece de patria. En el forastero no se puede confiar; del judío sólo cabe recelar. El forastero pretende una hospitalidad que él puede devolver con la misma moneda. El judío no lo podría, luego no le cabe pretensión alguna de hospitalidad. No es un huésped, y menos aún un huésped bienvenido. Más bien semeja un mendigo: ¿y qué mendigo lo es? Es más bien un necesitado: ¿y a qué necesitado no se le puede denegar protección? Los judíos son extranjeros sin posibilidad de representación, pues carecen de patria. Y puesto que carecen de ella, puesto que su suelo patrio carece de límites tras los que atrincherarse, su miseria tampoco los tiene. Extranjeros por definición, la ley no ha sido escrita para ellos. En cambio, por doquier existen leyes para judíos. Y cuando la ley general es válida también para los judíos, ello debe fijarse expresamente mediante una ley especial. Al igual que los negros, que las mujeres, pero contrariamente a los pueblos libres, tienen aún que ser emancipados. Y en desventaja comparativa; pues, a diferencia de los negros, pertenecen a una raza avanzada, y, a diferencia de las mujeres, pueden hacer gala no sólo de mujeres notables, sino también de hombres, incluso de grandes hombres. Puesto que el judío en ninguna parte se halla en casa propia, en ninguna parte se le considera un lugareño, por doquier sigue siendo un extranjero. Que tanto él mismo como sus antepasados hayan nacido en el país, en lo más mínimo cambia la cosa. En la mayoría de los casos se le trata como a un hijastro, como a una cenicienta; en el mejor, deviene un hijo adoptivo cuyos derechos pueden ser contestados: jamás como legítimo hijo de su patria. El alemán orgulloso de su germanidad, el eslavo, el celta no admiten que el judío semita sea igual a él; y si, en cuanto hombre ilustrado, se halla dispuesto a concederle todos los derechos de ciudadano, ello nunca le llevará a olvidar al judío en ése su conciudadano. La emancipación legal de los judíos es el punto culminante de los logros de nuestro siglo. Empero, esa emancipación legal no constituye la emancipación social, y pese al establecimiento de la primera los judíos distan aún de haber sido emancipados de su posición social de excepción. La emancipación de los judíos halla naturalmente su justificación en lo que siempre han sido los postulados de la lógica, del Derecho y del interés bien entendido. Nunca se la podrá considerar como expresión espontánea del http://institucional.us.es/araucaria/
172 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. sentimiento humano. Lo poco que debe su origen al sentimiento espontáneo de los pueblos hace de ella algo en sí incomprensible, y que en ninguna parte haya echado raíces tan profundas como para no tener que hablar de ella. Con todo, que la emancipación se lleve a cabo bien por impulso propio, bien por motivos conscientes, no dejará de ser un regalo de ricos a un pueblo de mendigos pobre y humillado, una espléndida limosna dada de buen o mal grado a ese pueblo de mendigos al que, a pesar de los pesares, nadie desea voluntariamente albergar junto a sí: y es que no cabe afecto o confianza algunos para un vagabundo sin patria. El judío no debe olvidar que el pan cotidiano de los derechos civiles le debe ser dado. El estigma que marca a ese pueblo, y le arroja a un aislamiento tan poco envidiable entre las demás naciones, no podrá ser limpiado mediante ningún trato igualitario oficial mientras dicho pueblo, a tenor de su naturaleza, siga produciendo nómadas errantes; mientras no pueda presentar pruebas de de dónde viene y adónde va; mientras los judíos mismos no hablen con agrado de su origen semita en sociedades arias y les resulte desagradable que alguien se lo recuerde; mientras sean perseguidos, tolerados, protegidos, emancipados, etc. A esa dependencia indigna del judío, eterno extranjero, respecto del no judío se añade otro factor, de capital importancia práctica, que impide la plena fusión de los judíos con los aborígenes de cualquier parte. En la gran lucha por la existencia, los pueblos civilizados se someten de buen grado a las leyes, que ayudan a transformar dicha lucha en una competición pacífica, en una noble concurrencia. En este punto, de ordinario los pueblos trazan una distinción entre el nacional y el extranjero, en la que naturalmente el primero lleva siempre las de ganar. Ahora bien, si semejante diferencia opera ya en relación al extranjero, par en dignidad, ¡cuán rudamente no operará frente al judío, el eterno extranjero! ¡Cuál no será la irritación ante el vagabundo que osa lanzar su lasciva mirada a una patria que le es ajena –como a una mujer protegida por padres recelosos! Y si aun así tiene cierto éxito y logra recoger algunas flores de su corona, entonces ¡pobre de él! No se lamenta si le va como le fue a los judíos en España y Rusia. A decir verdad, para que a los judíos les vaya mal ni siquiera precisan de éxitos rutilantes. En donde se les amontona en grandes masas, ya su solo número supone una preponderancia significativa, favorable en su competencia con la población no judía. En las provincias occidentales de Rusia vemos a los judíos, apiñados allí como en un corral, llevar una mísera existencia en medio del pauperismo más espantoso. Empero, no cesan las quejas acerca de la explotación ejercida por los judíos. Resumamos lo dicho: el judío es, para los vivos, un muerto; para los autóctonos, un extranjero; para los naturales, un vagabundo; para los hacenhttp://institucional.us.es/araucaria/
173 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... dados, un mendigo; para los pobres, un explotador y un millonario; para los patriotas, un apátrida, y para todas las clases un competidor odiado. Sobre ese antagonismo natural reposa la miríada de malentendidos, de acusaciones y reproches recíprocos que ambas partes, con o sin razón, se lanzan la una a la otra. Los judíos, de su parte, en lugar de entender con claridad su situación y adoptar la correspondiente línea de conducta racional, apelan a la justicia eterna imaginando que así obtendrán algo. Por la suya, los no judíos, en lugar de apoyarse simplemente en su primacía natural y aferrarse a su punto de vista histórico-fáctico, el punto de vista del más fuerte, intentan justificar su reprobable actitud con una masa de acusaciones que un examen detallado demuestra infundada y omisible. Ahora bien, quien desee ser imparcial, quien desee no juzgar y enderezar las cosas de este mundo de acuerdo con los principios de una utópica Arcadia, sino simplemente constatarlas y explicarlas a fin de extraer una conclusión útil en la práctica, no hará del todo responsable a ninguna de las partes del mentado antagonismo. A los judíos, que son con quienes nos las habemos aquí, dirá: ¡Sois realmente un pueblo necio y despreciable! ¡Sois necios porque, torpemente, permanecéis a la espera de algo de lo que desde siempre habéis dependido y que la naturaleza humana no da, a saber: el sentimiento de humanidad! ¡Sois despreciables porque no tenéis ni verdadero amor propio ni un sentimiento nacional común! ¡Un sentimiento nacional común! ¿De dónde tomarlo? Desde luego, el mayor infortunio de nuestra estirpe es el no haber constituido ninguna nación, el ser tan solo judíos. Somos un rebaño esparcido sobre la entera faz de la tierra, sin pastor que nos proteja y reúna. Cuando las circunstancias nos son más propensas llegamos al nivel de esos machos cabríos que en Rusia suelen asociarse a los caballos de raza. ¡Y ésa es la meta suprema de nuestra ambición! Es cierto que nuestros amados protectores desde siempre han procurado cortarnos el resuello y que nuestra autoestima alcanzara plena dignidad. Durante siglos, la dura y desigual lucha por la existencia la hemos llevado adelante como judíos aislados, nunca como nación judía. Aislados, cada uno tenía que malgastar por su cuenta su ingenio y su energía por un trozo de pan bañado en lágrimas y una bocanada de aire viciado. En esa lucha desesperada no fuimos sometidos. Condujimos las más gloriosas de las guerras partisanas contra todos los pueblos de la tierra, unánimes en su deseo de aniquilarnos. Pero la guerra que condujimos y que sepa Dios por cuánto aún se prolongará, no era por una patria, sino por la penosa subsistencia de millones “de buhoneros judíos”. Aun cuando todos los pueblos de la tierra no han sido capaces de aniquilar nuestra existencia, sí han conseguido sofocar en nosotros el sentimienhttp://institucional.us.es/araucaria/
174 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. to de nuestra independencia nacional. Y con fatal impasibilidad percibimos cómo en muchos países se nos niega un reconocimiento con mayor facilidad de la que le es negado a un zulú. En la dispersión logramos afirmar nuestra vida individual y demostrar nuestra capacidad de resistencia, mas a cambio de perder el vínculo colectivo de nuestra autoconciencia nacional. En tanto aspirábamos a preservar nuestra existencia material, con demasiada frecuencia nos vimos constreñidos a desatender nuestra dignidad moral. No llegamos a percibir que con esa táctica indigna, aunque forzada, nos hundíamos cada vez más profundamente ante los ojos de nuestros adversarios, exponiéndonos a un desprecio cada vez más humillante, a una existencia proscrita que terminó por convertirse en el trazo más ominoso de nuestra herencia. No había lugar para nosotros en el ancho mundo. Por ello, a fin de dar reposo a nuestra cansada cabeza en algún lugar simplemente pedíamos un lugar cualquiera, y con nuestras aspiraciones se reducía progresivamente ante nuestros ojos y los ajenos la de nuestra dignidad colectiva, hasta su irreconocible condición final. Fuimos el balón que los pueblos se arrojaban unos a otros, al que con el mismo gusto se cogía o rechazaba. Un juego cruel se llevó a cabo con nosotros, que se reveló tanto más placentero cuanto más complaciente y elástica se demostraba en manos de los jugadores nuestra autoconciencia nacional. En esas circunstancias, ¿cómo podía llegar a plantearse el discurso de una auto-determinación nacional, de un desarrollo libre y activo de nuestra energía nacional o de nuestro genio primitivo? Cabe notar de paso que, a fin de demostrar nuestra inferioridad, nuestros enemigos no cejaron en su afán por beneficiarse de esto último, que si bien puede contener algo de verdad, resulta en el fondo del todo irrelevante. En fin, como si entre sus filas los hombres geniales brotaran como hongos*. ¡Pobres! Reprochan al águila, que un día se elevara hasta el cielo y conociera a la Divinidad, que no pueda revolotear demasiado alto cuando le han cortado las alas. Sin embargo, también con las alas cortadas hemos permanecido entre los pueblos con mayor cultura. ¡Que se nos conceda por una vez la suerte de la independencia, se nos deje disponer de nuestro propio destino, se nos dé un pedazo de tierra, como a serbios y rumanos, que se nos otorgue ante todo la ventaja de una libre existencia nacional y se verá entonces quién osa hablar mal de nosotros o reprocharnos la carencia de hombres geniales! Por ahora seguimos bajo el peso de los males que nos infligís. Lo que nos falta no es el genio, sino el sentimiento de auto-confianza y la conciencia de la dignidad humana que nos habéis robado. Cuando se nos maltrata, roba, saquea o ultraja no nos atrevemos a defendernos y, lo que es aún peor, casi nos parece natural. Si se nos abofetea, * Lit.: crecieran como moras en los setos. http://institucional.us.es/araucaria/
181 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... que, libremente y sin importunar… vendamos ropa vieja, liemos un cigarrillo o lleguemos a ser unos campesinos chapuceros. Sería un eufemismo hablar aquí de emigración. Aturdidos y perplejos permanecen los fugitivos en las fronteras, implorando ayuda con sus ojos vacíos. Unos pocos barracones y unos miles de salvoconductos gratuitos son la escasa respuesta. Luego, repatriación de algunos, las miles de amargas desilusiones de otros, y el flujo del movimiento popular hacia una nueva vida que deviene reflujo. Todo en derredor es silencio y nuestros caritativos hermanos de Occidente se retiran cómodamente a descansar. Al agitado mar de ayer ha vuelto la calma, transmutándose en la antigua ciénaga con sus rastreros engendros de siempre. Y así vamos desde hace milenios, dando vueltas, perplejos, en un círculo vicioso y dejando que el ciego destino impere sobre nosotros. Un penar milenario nos ha convertido en un pueblo de “misericordiosos hermanos”, mas sin llegar a producir un médico que trate racionalmente al pueblo. Seguimos con nuestro antiguo trote corto, siempre aferrados a los paliativos de la caridad. Pero nos negamos a entender que es menester tratar desde la raíz nuestra enfermedad crónica para curarla de manera radical. Aun cuando inteligentes y experimentados, somos miopes y ligeros de cascos como niños, y no hemos encontrado tiempo para reunirnos y preguntarnos si ese necio errar, o mejor, ese necio andar errantes, tendrá algún día fin. En la vida de los pueblos, como en la de los individuos, hay momentos decisivos que con frecuencia no vuelven y que, en función de su uso, ejercen una influencia determinante sobre el futuro, sobre la fortuna o el infortunio de unos y otros. Nosotros estamos pasando por uno de esos momentos actualmente. La conciencia del pueblo se ha despertado. Las grandes ideas de los siglos XVIII y XIX no han pasado en vano sobre nuestro pueblo. Nos sentimos no sólo judíos, sino también hombres. En cuanto hombres, queremos vivir como tales, ser una nación como las demás. Si de verdad lo queremos, antes de nada hemos de arrancarnos el viejo yugo y alzarnos como hombres. Lo primero que hemos de querer es ayudarnos mutuamente. Sólo entonces la ayuda externa no se hará desear. Ahora bien, el tiempo en el que estamos viviendo no es apropiado para la acción sólo por motivos relacionados con nuestra experiencia interna, o en razón sólo de nuestra recién adquirida autoconciencia. La historia universal contemporánea parece llamada a ser nuestra aliada. En el curso de unos pocos decenios hemos visto resurgir a una nueva vida a naciones que antaño no hubieran osado pensar en su restablecimiento. Alborea ya en la oscuridad del saber político tradicional. Los gobiernos comienzan –eso sí, donde no pueden evitarlo- a prestar oído a las voces cada vez más altas de la autoconciencia nacional. Cierto, los afortunados que lograron su independencia nacional no http://institucional.us.es/araucaria/
182 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. eran judíos. Estaban sobre su propio suelo y hablaban una única lengua, algo en lo que siempre cobran ventaja sobre nosotros. Empero, si nuestra condición es más difícil, tanto más ello nos obliga al precepto de consagrar todas nuestras fuerzas a poner fin a nuestras miserias nacionales en modo más glorioso. Dispuestos al sacrificio hemos de estar decididos a poner manos a la obra, y Dios nos ayudará. Dispuestos al sacrificio lo estuvimos siempre, y tampoco nos faltó resolución para mantener firme nuestra bandera, ya que no alta. En el proceloso océano de la historia universal navegamos sin brújula: aferrarla es lo que se requiere. Lejos, aún muy lejos, está el puerto que nuestra alma busca: aquí y ahora, en efecto, ni siquiera sabemos dónde se encuentra, si al Este o al Oeste. Mas para el errante milenario no hay camino por recorrer que pueda resultar demasiado largo. ¿Y el puerto, cómo lo encontraremos sin enviar una expedición? Felices al fin por saber lo que necesitamos, y adoptada ya una resolución, procede ahora seguir adelante con prudencia y diligencia extremas, paso a paso, sin prisas, sino, al contrario, concentrando todas nuestras fuerzas en no desviarnos por caminos secundarios. Nos falta el genial Moisés como guía –la historia no suele prodigar guías así a un pueblo. Pero la clara conciencia de lo que nos es menester, el conocimiento de la necesidad perentoria de una patria propia despertará entre nosotros algunos amigos del pueblo enérgicos, honorables y elevados, en grado de asumir a un tiempo la dirección de su pueblo y capacitados quizá, no menos que aquel Único, para redimirnos de la ignominia y la persecución. ¿Qué debemos hacer en primer lugar, cómo empezar? Creemos que el germen para este inicio está ya disponible, y se encuentra en las sociedades ya existentes. Les corresponde, y están llamadas y obligadas a poner los fundamentos de ese faro hacia el que se dirigirán nuestros ojos. Naturalmente, realizar esa gran tarea nueva exige su completa metamorfosis. Tienen que convocar un Congreso Nacional, del que serán su núcleo. Pero si declinan dicha función y retienen no poder trascender el marco de su actual actividad, tendrían al menos que constituir a partir de sí mismas un Instituto Nacional especial, digamos un Directorio, que representara esa unidad que nos falta y sin la cual resulta impensable que nuestras aspiraciones prosperen. En cuanto representante de nuestros intereses nacionales, el Instituto debe estar compuesto por los hombres más sobresalientes de nuestro pueblo y tomar resueltamente en mano la dirección de nuestros asuntos nacionales generales. Nuestras mayores y mejores fuerzas –hombres de finanzas, de ciencia, de acción, políticos y publicistastienen que unirse de manera unánime a fin de conducirnos hacia nuestra meta común. Ésta consistiría, esencial y primordialmente, en procurar un refugio seguro e inviolable al excedente http://institucional.us.es/araucaria/
183 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... de judíos que viven como proletarios en los diversos países y constituyen un peso para la población originaria. Ciertamente, no cabe llevar a cabo una emigración de todo el pueblo a la vez. El relativamente pequeño número de judíos de occidente, que constituye un insignificante porcentaje de la población y justo por eso se halla en mejor condición, al punto de haberse integrado en cierta medida, podrá también en el futuro quedarse donde está. Los acomodados también podrán permanecer donde los judíos no son fácilmente tolerados. Pero, como ya hemos dicho, hay un cierto punto de saturación que los judíos no han de sobrepasar si no quieren verse expuestos al peligro de una persecución, como en Rusia, Rumanía, Marruecos, etc. Es ese excedente, una carga para sí y para los demás, el que provoca el funesto destino de todo el pueblo. Crearle un refugio es, hoy por hoy, lo más urgente. En la fundación de semejante refugio duradero la cuestión no es amontonar inútiles donativos para peregrinos o fugitivos que abandonan precipitadamente un hogar inhóspito para ir a caer en el abismo de un país desconocido. La primera tarea de ese Instituto nacional, que tanto echamos de menos y cuya creación se revela imprescindible, ha de consistir en tratar de localizar un territorio adecuado a nuestros propósitos, a ser posible unitario y homogéneo. En este sentido, los más recomendables son dos países situados en regiones contrapuestas del mundo, y que en los últimos años se han disputado la primacía y creado dos corrientes enfrentadas de emigración judía. División ésa que sofocó de raíz el entero movimiento. Carente de plan, de meta y de unidad, la última emigración tendría que considerarse como un hecho fallido y perdido sin más, de no ser tan ilustrativo acerca de qué hacer u omitir en el futuro. Ante la total falta de previsión, cálculo racional y sabia unidad, era imposible reconocer en ese caos de fugitivos errantes y hambrientos la más mínima señal de un movimiento orquestado hacia una meta fija y determinada. Aquello no era una emigración, sino una catastrófica huída. Para aquellos pobres fugitivos, los años 1881 y 1882 fueron una suerte de camino militar sembrado de heridos y cadáveres. E incluso los pocos que estaban felices por haber satisfecho sus deseos y llegaron al puerto anhelado, tampoco encontraron nada mejor que vías erizadas de peligros. Llegaran donde llegaran siempre se intentaba que cambiaran su rumbo. Pronto tales emigrantes se hallaron ante una encrucijada desesperada: o vagar sin refugio, sin ayuda, sin consejo hacia un país extranjero, o retornar humillados a una patria no menos extraña y hostil. Esa inmigración no fue para nuestro pueblo sino una fecha más en su martirologio. Empero, semejante vagabundeo sin meta en el laberinto del exilio, tan familiar a nuestro pueblo, no le hizo dar un solo paso adelante, sino que http://institucional.us.es/araucaria/
184 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. más bien lo hundió a mayor profundidad en la ciénaga viscosa de su peregrinar. No es posible descubrir ninguna señal de progreso hacia mejor en la última emigración. Persecución, huída, dispersión y, de nuevo, exilio: lo mismo que en los buenos viejos tiempos. La fatiga de nuestros perseguidores nos concede ahora una leve pausa: ¿nos daremos por contentos con eso? ¿O usaremos más bien dicha pausa en deducir la moraleja de la experiencia adquirida al objeto de sustraernos a los nuevos golpes al acecho? Confiemos haber superado la lastimosa condición en la que los judíos de la Edad Media vegetaban. En nuestro pueblo, los hijos de la cultura moderna valoran la propia dignidad tan elevadamente como los opresores la suya. Sin embargo, no podremos salvaguardarla con éxito hasta habernos puesto por entero sobre nuestros pies. Cuando se haya encontrado un asilo para nuestro pobre pueblo –para los fugitivos que nuestro destino históricamente determinado por siempre creará-, el respeto de los demás pueblos hacia nosotros aumentará simultáneamente. Respecto de la actual situación, el hecho de saber adónde encaminar nuestros pasos, caso de que se nos coaccione a emigrar, supondrá ya un fuerte progreso. En tal caso, dejarán de sorprendernos acontecimientos tan tristes como los de los últimos años, y que prometen volver a repetirse en el futuro, tanto en Rusia como en otros países. Con energía hemos de emprender el empeño de ejecutar la magna obra de nuestra autoliberación. Hemos de procurarnos todos los medios que el espíritu humano y la experiencia humana han puesto a disposición, a fin de que la sacra tarea de la resurrección nacional no quede fiada al ciego azar. El terreno que hemos de adquirir tiene que ser productivo, estar en buena situación y tener amplitud suficiente como para permitir el establecimiento de millones de personas. En cuanto bien nacional, dicho terreno será inalienable. Su elección es de importancia suprema y no debe fiarse ni a un arbitrio casual ni a ciertas simpatías preconcebidas de determinados individuos, cosa que, lamentablemente, ha sucedido recientemente. Dicha tierra tiene que ser unitaria y espacialmente homogénea, pues es parte esencial de nuestra tarea que poseamos, como contrapeso a la dispersión, un asilo único: la multiplicidad de asilos, en efecto, nos devolvería a nuestra antigua dispersión. De ahí que la elección de esa tierra nacional permanente que responda al conjunto de nuestras exigencias ha de llevarse a cabo con máxima prudencia, y atribuirse a un único Instituto nacional, a una Comisión de expertos seleccionada de nuestro Directorio nacional. Sólo una instancia superior semejante estará en grado, luego de un estudio sesudo y profundo, de emitir un juicio competente, y de determinar en cuál de los dos continentes, y en qué lugar en concreto, haya de recaer nuestra elección final. Sólo entonces y de ningún modo antes el Directorio, junto con un consorcio de capitalistas fundadores de una ulterior sociedad por acciones http://institucional.us.es/araucaria/
185 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... que ha de constituirse, deberá comprar una franja de tierra sobre la que con el tiempo puedan establecerse millones de judíos. Dicha franja de tierra podría, o conformar un pequeño territorio en Norteamérica, o bien un Pachalik* soberano reconocido como neutral por la Puerta y las demás potencias en la Turquía asiática. Tarea importante del Directorio, desde luego, sería la de granjearse el apoyo de la Puerta y de otros Gobiernos europeos a esos planes. Bajo atento control del Directorio, el terreno comprado tendría que repartirse en pequeñas parcelas que, dependiendo de las circunstancias locales, podrán destinarse a fines agrícolas, de construcción o industriales. Cada parcela, convenientemente determinada –campo de cultivo, casa con jardín, vivienda urbana, fábrica-, constituirá un “lote” que se asignará a cada peticionario en función de sus deseos. Llevada a cabo exitosamente la agrimensura y la publicación de cartas detalladas y de la descripción exhaustiva de la tierra, una parte de los lotes será vendida a los judíos mediante pago convenido a un precio fijado con exactitud y quizá algo más elevado que el precio de compra. Los ingresos de la venta, junto a los útiles, en parte pertenecerán a la Compañía financiera; la otra parte irá a un Fondo de Ayuda a los emigrantes desamparados administrado por el Directorio. Para la fundación de dicho Fondo el Directorio podrá abrir también una suscripción nacional. Cabe resueltamente prever que nuestros hermanos por doquier saludarán con alegría una apelación tal a la suscripción y que para semejante fin sagrado afluirán riquísimas contribuciones. En la escritura de posesión, nominalmente consignada a cada comprador, y firmada por el Directorio y la Compañía, se señalará con exactitud el número con el que el lote consta en la carta general, de modo que cada uno pueda ver claramente el sitio donde se encuentra la parcela de tierra que le corresponde, tanto si se trata de un campo como de un lugar para construir. Ciertamente, numerosos judíos, por el momento ligados quizá a su antigua patria por medio de profesiones poco envidiables, aferrarán con alegría la ocasión que tanto a ellos como a sus hijos se ofrece de procurarles mediante dicho certificado un escape de la necesidad, dejando tras sí aquellas tristes experiencias de las que tan rico se muestra el pasado más reciente. La parte del territorio atribuida al Directorio por mor de la mentada suscripción nacional, y de los beneficios financieros esperables, se entregará a los emigrantes carentes de medios mas capacitados para el trabajo que los comités locales recomienden. Como las sumas de la suscripción nacional no serán remitidas de una vez, sino en plazos probablemente anuales, también la colonización se llevará a cabo de manera paulatina, siguiendo un orden preestablecido. * Territorio bajo jurisdicción de un Pachá. http://institucional.us.es/araucaria/
186 Leo Pinsker (1821-1891) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Si los expertos se pronunciaran a favor de Palestina o Siria, dicha decisión tiene que basarse en la hipótesis de que el país, merced al trabajo y la diligencia, acabará transformándose con el tiempo en un país ciertamente fértil. En tal caso, las tierras aumentarán en el futuro de precio. En cambio, si la decisión de los expertos recae en Norteamérica tendríamos que apresurarnos. Cuando se piensa que, en los últimos 38 años, la población de los Estados Unidos de América ha aumentado de 17 a 50 millones, y que el crecimiento de la población probablemente guardará la misma proporción en los próximos 40 años, queda claro cuán necesario es actuar de manera inmediata si no queremos dejar pasar para siempre la posibilidad de fundar para nuestros desdichados hermanos un asilo seguro en el nuevo mundo. Visto el acelerado desarrollo de ese país, que la compra de tierras, lejos de ser una empresa arriesgada, constituya más bien un negocio lucrativo, lo percibe al primer vistazo todo aquél que posea un mínimo de juicio. Ahora bien, aun cuando esta obra de ayuda propia llegara a ser un negocio más o menos bueno, poco importaría frente a la elevada significación que acabará por tener para el futuro de nuestro errante pueblo, pues seguirá siendo inseguro y precario en tanto nuestra situación no dé un vuelco radical. Vuelco que no la igualdad civil de los judíos en uno u otro Estado lo llevará a cabo, sino única y exclusivamente la Autoemancipación del pueblo judío como nación, la fundación de una comunidad de colonos estrictamente judía, convertida un día en nuestro hogar genuino e inalienable: en nuestra patria. Sin duda, no faltarán objeciones a nuestro plan. Se nos acusará de no contar con el anfitrión. ¿Qué país nos dará permiso para constituirnos como nación en el interior de sus fronteras? A primera vista, es cierto, nuestro edificio podría parecer, de acuerdo con el criterio escéptico, como una casa de papel con la que divertir a niños y bromistas. Pero nosotros creemos que muy atolondrado debe ser el niño capaz de divertirse ante la vista de náufragos que quieran construirse una pequeña barca en la que abandonar un país inhóspito. Más aún, nosotros llegamos incluso a dar crédito a la impertinencia de que esos pueblos tan poco hospitalarios nos ayuden en nuestro éxodo. Nuestros “amigos” nos verían partir con el mismo placer con el que nosotros les daríamos la espalda. Naturalmente, la fundación de un asilo judío no podría llevarse a efecto sin el apoyo de los gobiernos. Para adquirirlo, y para asegurar a nuestro asilo una estabilidad permanente, los creadores de nuestro renacimiento nacional habrán de proceder con perseverancia y prudencia sumas. Lo que anhelamos no es en el fondo ni nuevo ni peligroso para nadie. En lugar de los http://institucional.us.es/araucaria/
187 Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 27. Primer semestre de 2012. Pp. 166-187. Auto-emancipación exhortación de un judío ruso a los de su estirpe... muchos asilos que hasta el momento nos hemos habituado buscar, ahora queremos tener un asilo único, cuya existencia empero tiene que ser garantizada. “¡Ahora o nunca!” es nuestro lema. ¡Ay de nuestros descendientes, ay del recuerdo de nuestros judíos contemporáneos, si dejamos pasar esta ocasión! Resumimos el contenido de este escrito en las siguientes tesis: Los judíos no son una nación viviente; son, por doquier, extranjeros y, por ende, despreciados. La igualdad civil y política de los judíos no basta para ganarles el respeto de los pueblos. El único medio recto sería la institución de una nacionalidad judía, de un pueblo sobre una tierra propia, la Autoemancipación de los judíos, su igualdad como nación entre naciones gracias a la adquisición de una patria propia. No hay que ilusionarse con que la humanidad y la civilización sean algún día un remedio radical para la larga enfermedad de nuestro pueblo. La falta de un específico sentimiento nacional y de confianza en nosotros mismos, de iniciativa política y de unidad son los enemigos de nuestro renacimiento nacional. A fin de no vernos constreñidos a vagar de exilio en exilio, nos es menester un refugio productivo a gran escala, un punto de reunión que nos pertenezca. Respecto del plan diseñado, el momento actual es más favorable que ningún otro. La cuestión judía internacional tiene que tener una solución nacional. Desde luego, nuestro renacimiento nacional tendrá que ir despacio. Nos corresponde a nosotros dar el primer paso. A nuestros descendientes, seguirnos pausadamente, sin saltar los tiempos. El renacimiento nacional de los judíos tiene que ser reconducido mediante un Congreso de notables judíos. Ningún sacrificio será demasiado grande para alcanzar la meta, que deberá asegurar de una vez por todas a nuestro pueblo respecto de los peligros que amenazan su futuro. En el estado presente de las cosas, la ejecución financiera de la empresa no ha de toparse con ninguna dificultad insuperable. ¡Ayudaos y Dios os ayudará! http://institucional.us.es/araucaria/
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