Entre la norma, el uso y el sentido común
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7Donde dice... número 7abril-mayo-junio 2007 monográfico nEl periodismo deportivo ha experimentado un gran florecimiento en los últimos años y lo ha hecho marcando tendencias, aportando un nuevo modelo de presentación de las informaciones a través de un lenguaje visualmente atractivo, que es común y accesible para todos los públicos. Gracias a esta fórmula ha evolucionado hasta convertirse hoy día en el producto periodístico que goza de mayor popularidad y seguimiento entre los ciudadanos. Por su enorme repercusión social y por el hecho de haber forjado una jerga y un diccionario propios, el lenguaje deportivo ha adquirido una nueva consideración por parte de filólogos y académicos, quienes toman buena nota de lo que se dice y se escribe en estos medios de comunicación especializados que recogen y difunden las últimas novedades léxicas, sintácticas, gramaticales u ortográficas que se producen en nuestro idioma. Al estar en el punto de mira de instituciones y expertos, los periodistas que trabajamos en el deporte nos encontramos en una nueva situación donde se nos 'vigila' más de cerca, para lo bueno y para lo malo. Para lo bueno, porque el lenguaje que producimos y manejamos es valioso y contribuye a ensanchar el idioma creando usos lingüísticos y aportando al diccionario palabras y significados nuevos. Asimismo, trasciende incluso a otros ámbitos como la política, la publicidad o la economía, que aprovechan el significado de términos y expresiones propias del deporte para referirse a cuestiones concretas y hacerlas más comprensibles a todas las mentalidades. Pero también para lo malo, porque este lenguaje sectorial es considerado como fuente de problemas idiomáticos. De esta forma, es objeto de críticas por el abuso de voces extranjeras y de formas coloquiales, la pobreza del léxico empleado y la abundancia de errores gramaticales, como la eliminación de los artículos, la confusión entre estilo directo e indirecto y entre verbos transitivos e intransitivos, o las faltas de concordancia; rasgos que en algunos casos lo han llevado a adoptar determinados usos que se apartan peligrosamente de lo considerado como correcto. Por todo ello, los periodistas deportivos estamos expuestos a la difícil tarea de vertebrar un idioma que no deja de crecer, al que le llegan por la vía rápida vocablos y expresiones de procedencia dispar que en muchos casos no han sido recogidos todavía en ningún diccionario, pero a los que debemos dar una respuesta adecuada y coherente para poder utilizarlos en nuestras informaciones. José Luis Rojas Torrijos. Periodista. Autor de La información y el deporte. Libro de estilo para la prensa deportiva andaluza entre la norma, el uso y el sentido común
8Donde dice... número 7abril-mayo-junio 2007 En tiempo récord tenemos que procesar un importante número de variantes de la lengua que no han cuajado de forma definitiva pero que están ahí, como terreno de avanzadilla, pidiendo paso. A nosotros nos corresponde discernir qué neologismos y extranjerismos son necesarios, porque designan hechos y cosas nuevas, de los que no aportan nada y que, aun así, se utilizan tanto o más que los primeros. Igualmente, tenemos que decidir la manera de usar topónimos, gentilicios, antropónimos extranjeros a veces escritos en otros alfabetos, abreviaturas y siglas de países, organismos y federaciones internacionales. soluciones y herramientas Para solucionar estos problemas que surgen en el día a día del trabajo periodístico, el DRAE, instrumento normativo por excelencia y referencia obligada a la hora de redactar y corregir un texto, a veces resulta insuficiente y es preciso recurrir a la consulta de otras obras como diccionarios de uso o libros de estilo, que reflejan de manera más fidedigna y actualizada la nueva realidad lingüística. En esta tesitura, a los medios de comunicación les surge la necesidad de elaborar sus propios libros de estilo, con el objeto de fijar unas normas redaccionales y deontológicas de obligado cumplimiento para sus profesionales y de las que servirse, además, para transmitir a la sociedad una imagen de calidad y prestigio, una seña de identidad diferenciadora que vendrá dada por la forma homogénea en que presentan las informaciones a su audiencia. Asimismo, en un trabajo en el que se vive sometido a la presión del tiempo y a los imprevistos que obligan a modificar sobre la marcha páginas y guiones ya escritos, un libro de estilo resulta eminentemente útil y práctico porque ahorra mucho tiempo al ayudar a los periodistas a resolver las cuestiones más dudosas de una forma casi automática. Estos manuales, que han proliferado con éxito en España desde los años ochenta en los medios de información general, no han hallado, sin embargo, igual acomodo entre los deportivos. Así, en la actualidad nos encontramos con que mientras casi todas las secciones de deportes de los grandes medios se apoyan en libros de estilo concebidos con carácter general, en el ámbito especializado solo el diario barcelonés Mundo Deportivo dispone (desde 1995) de una herramienta de estas características. Superdeporte, de Valencia, y Estadio Deportivo, en Sevilla, cuentan desde hace varios años con hojas de estilo internas que compendian en pocas páginas las instrucciones fundamentales para la redacción y titulación, y para el empleo de siglas, topónimos, gentilicios y palabras dudosas. En esta línea de trabajo se sitúa también la otra cabecera deportiva catalana, Sport, que recientemente ha creado su propio prontuario de reglas, a modo de apéndice del Libro de Estilo de El Periódico, obra de referencia dentro del Grupo Zeta, al que también pertenece el rotativo aragonés Equipo. Entretanto, Marca y As, los dos periódicos deportivos más leídos en nuestro país, no poseen ningún tipo de manual u hoja para afrontar la problemática, si bien aplican un mismo criterio de corrección para evitar posibles fugas o equivocaciones a partir de un sistema de control y filtros derivado de su propio organigrama: desde los jefes de sección, pasando por redactores jefe hasta llegar a la mesa de cierre bajo la supervisión de la dirección. en busca de un acuerdo A la vista está que los mecanismos puestos en marcha para velar por la estandarización de la norma y las soluciones que aportan unos medios y otros no son coincidentes y que el acuerdo, de momento, está lejos de producirse. Por este motivo, será preciso unificar los criterios, especialmente en el manejo de los términos más frecuentes e imprescindibles que, sin embargo a día de hoy, se debaten en una dualidad de formas, como los pares slalom-eslalon, sparring-esparrin, derby-derbi, Beijing-Pekín, judo-yudo, el OsasunaOsasuna, la maratón-el maratón, Lleida-Lérida o keniano-keniata. En esta situación, la opción elegida deberá ser siempre la misma, lo que exige estar muy atentos en la corrección y edición para mantener la coherencia. monográfico
9Donde dice... número 7abril-mayo-junio 2007 POR SU ENORME REPERCUSIÓN SOCIAL, EL LENGUAJE DEPORTIVO HA ADQUIRIDO UNA NUEVA CONSIDERACIÓN POR PARTE DE FILÓLOGOS Y ACADÉMICOS En el caso de los extranjerismos y neologismos, a la hora de determinar qué vocablos se admiten y traducen y cuáles no, habrá que tener en cuenta, siempre dentro de la norma, tres aspectos fundamentales: por un lado, el grado de generalización de su uso (sin ser purista acérrimo, pero tampoco excesivamente permisivo porque no todo vale); en segundo lugar, la economía del lenguaje (una traducción puede resultar poco rentable en términos de espacio, especialmente en los titulares, donde las palabras más breves son las más cotizadas porque son las que permiten agrandar los cuerpos); y, sobre todo, el sentido común. No merecerá la pena 'forzar' una correspondencia en español para una voz extranjera que define a la perfección un concepto ya asentado entre los usuarios de una disciplina deportiva determinada, especialmente cuando su paso al español puede constituir una pérdida parcial de significado. Así ocurre, por ejemplo, con passing shot, que, según el caso, se traduce por ‘golpe paralelo’ o ‘golpe cruzado’, con el que un tenista rebasa al oponente que ha subido a volear a la red; fly, que define en balonmano ‘la acción en la que un jugador se aprovecha del pase de un compañero, en forma de parábola, en el interior del área para marcar’; o maul, voz que puede traducirse en rugby como ‘agrupamiento espontáneo’ o ‘amontonamiento’, aunque lo más habitual es dejarlo como está, en inglés, que es como la mayoría llama a este tipo de jugada. También hablamos de skiff en lugar de ‘embarcación individual olímpica de remo’; de scratch, que en automovilismo se refiere a la ‘clasificación general por tiempos, independientemente de la categoría en que participe cada piloto’; vivac, como ‘lugar que suelen improvisar los alpinistas en una ascensión para pasar la noche’; flick, que en hockey alude al ‘empuje con elevación de la bola sin golpearla’; wild card, que en tenis significa ‘tarjeta de invitación para participar en un torneo’, mientras que en fútbol americano sirve para denominar a la fase de repesca previa a los playoffs; o de foursomes, ‘modalidad de golf en la que dos jugadores que forman pareja utilizan una misma bola que golpean de manera alternativa’. De igual manera, parece claro que no ha lugar a la importación de términos foráneos, por muy de moda que estén, cuando nuestra lengua ya dispone de palabras con idéntico significado (tenis de mesa será preferible a ping-pong, triplete a hat-trick, o pívot a center). En cambio, sí es más discutible cuando hay que transformar voces que, por lo extendido de su uso, ya se han castellanizado (dropear, jonrón, búnker o tránsfer), o las que, manteniendo su grafía original, se alternan con absoluta normalidad en una información con su equivalente en castellano (playoff-liguilla, maillot-jersey, average-coeficiente o ranking-clasificación). La unificación de criterios es la única manera de poner un poco de orden en este tipo de situaciones lingüísticas que se dan cotidianamente en los medios deportivos. Y para ello la vía más eficaz es contar con un libro de estilo que fije con claridad la aplicación de unos principios generales de actuación, que posteriormente se amolden con la suficiente flexibilidad a cada caso y circunstancia idiomática. Por otra parte, los esfuerzos de los profesionales deberán dirigirse a la erradicación de los errores más comunes, que se producen al igual que en otros tipos de periodismo, con el objetivo primordial de ofrecer un producto informativo de calidad. Por mucho que se haya insistido en ello desde distintos foros, no está de más recordar que un jugador no es efectivo sino eficiente cuando tiene un elevado índice de acierto ante el gol; que un técnico nunca puede ser cesado sino destituido; que en los partidos no hay tiempo de descuento sino más bien de prolongación, recuperación o añadido; que el entrenador entrena y los futbolistas se entrenan; o que un líder, más que virtual, es provisional. Por todo lo expuesto, queda muy clara la pertinencia de redactar un libro de estilo deportivo común que, en primer término, amplíe el estudio de una realidad lingüística viva que no está lo suficientemente recogida en diccionarios y manuales; en segundo lugar, que normalice usos específicos que se producen en este ámbito del lenguaje y evite la dispersión idiomática; y, por último, que sensibilice de manera especial a los periodistas para que hagan un uso responsable del lenguaje y cumplan mejor con su trabajo. Es cierto que la vorágine informativa deja muy poco tiempo para pensar y que las empresas de comunicación tienen otras prioridades, pero la prensa deportiva, por muy popular que sea, nunca debe estar reñida con la calidad y el rigor, premisas que le permitirán ganar más credibilidad y, por consiguiente, más lectores, oyentes y telespectadores.