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A Sir John Elliott, maestro y amigo

Lleó Cañal, Vicente

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Por VICENTE LLEÓ CAÑAL El 4 de Septiembre de 2010, nos reunimos un curioso grupo de personas en el claustro del Oriel College, en Oxford: españoles, ingleses, estadounidenses, mexicanos, canadienses, algunos jóvenes, otros más mayores. Todos estábamos allí para celebrar los 80 años de un hombre que, de una u otra manera cambió nuestras vidas; a la vez amigo, maestro, consejero y modelo de lucidez y honestidad intelectual: Sir John Elliott. Es raro hoy día que un profesor universitario alcance tal devoción entre sus discípulos, sobre todo en unas Universidades que cada día se vuelven más burocratizadas y menos ambiciosas. Es raro también porque cada vez resulta más habitual que los profesores abdiquen de su función docente entendida en su integridad, que no consiste sólo en la transmisión de conocimientos. Sin embargo, ahí estaban Sir John y su mujer Lady Oona, rodeados de amigos, como ruborizados por el caudal de felicitaciones y elogios que recibían. No quiero hablar aquí, en estas breves líneas escritas con motivo de otra felicitación – la concesión del Doctorado Honoris Causa por nuestra Universidad Hispalense – de los lazos de afecto y respeto que me unen con el Profesor Elliott desde los lejanos tiempos de 1980, continuados después con un año (1982-3) como su Ayudante de Investigación en el Institute for Advanced Study de Princeton y, desde entonces, con frecuentes encuentros y una asidua correspondencia; sí quisiera, por el contrario, evocar esa A SIR JOHN ELLIOTT, MAESTRO Y AMIGO reunión que, a mi juicio, ilustra con la mayor claridad el tipo de relación que el Profesor Elliott mantiene con sus discípulos. Ya nuestro amigo y colega Manuel Lucena Giraldo escribió para ABC, dos días después de su celebración, una crónica que incluía los nombres de todos los que allí estuvimos, lo que me exime de mayores precisiones en este sentido. La celebración, como ya hemos señalado, tuvo lugar en uno de los claustros de Oriel College, donde se sirvió una copa y se hicieron las presentaciones necesarias entre algunos colegas con los que lo único que teníamos en común era nuestra amistad con Sir John; después, la cena, servida en uno de los comedores privados del College y, al final, unas palabras. Primero fue Sir John quien abrió el fuego regalándonos con una sumaria autobiografía, llena de sorpresas incluso para sus más íntimas amistades, como sus incursiones, muy joven, en la literatura infantil, pero llena también de evocaciones de su infancia como voraz lector y de su paso por Eton y Trinity College en Cambridge. Quien escribe tuvo la satisfacción de darle una breve contestación en nombre del grupo y luego, también en nombre del grupo, hacerle entrega de nuestro regalo: un grabado après Le Vau, del encuentro entre Felipe IV y Luis XIV en la Isla de los Faisanes, sobre el río Bidasoa, algo que a nuestro juicio encajaba plenamente con los intereses historiográficos de Sir John. La celebración continuó al día siguiente, domingo, con un almuerzo en la casa de los Elliott en el encantador pueblo de Iffley, en las afueras de Oxford; una casa que con su admirable jardín y su mezcla de libros, muebles antiguos y modernos y pintura, especialmente española del Siglo de Oro, se ajusta a la pareja como el más acabado de los retratos. De su vinculación con Sevilla dan buena muestra entre sus pinturas una adoración de la Virgen y el Niño con San Leandro, San Isidoro y San Hermenegildo, de Valdés Leal así como una curiosa vista de la Alameda de Sevilla anónima, del siglo XVIII, que, sin duda, le consuela del shock que experimentó cuando, en tiempos recientes, se atrevió a visitar la Alameda después de su “rehabilitación”. Cuando entregamos a Sir John el grabado francés la noche anterior, con típica reserva británica lo aceptó graciosamente pero sin mostrar excesivo entusiasmo, hasta el punto de hacerVICENTE LLEÓ CAÑAL278 nos temer que no hubiéramos acertado; pero en su casa se disipó cualquier duda: a todos los amigos nos sometió a un estrecho interrogatorio acerca de cuál podría ser el mejor sitio de la casa para colgar el grabado, desde qué lugar luciría mejor. Fueron unas horas lejos de cualquier protocolo, con un tiempo característicamente local – había llovido antes por la mañana – en las que la conversación fluía relajadamente entre los grupos, Sir John integrado como uno más y verdaderamente feliz de haber reunido tantos amigos desde distintos puntos del mundo. Recordando esas horas pasadas en Oxford, en su mágica atmósfera, entre la belleza de sus piedras y de sus claustros, con el peso de la historia que nos conmueve en cada esquina,, pero aún más, recordando el ambiente de respetuosa camaradería basada en la excelencia, en el sentido de una auctoritas que no viene impuesta más que por la evidencia de una superioridad ética y estética, uno no puede menos que sentir agradecimiento por haber tenido, aun brevemente, la experiencia de conocer a un Profesor, a una Universidad, y a una vida universitaria, auténticas. A SIR JOHN ELLIOTT, MAESTRO Y AMIGO 279