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Sir John H. Elliott y el Nuevo Mundo

Serrera Contreras, Ramón María

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Por RAMÓN MARÍA SERRERA SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO En sesión ordinaria celebrada el 31 de octubre de 2008, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras acordó por unanimidad nombrar Académico de Honor de la Corporación al historiador Sir John H. Elliott. El gran hispanista británico, nacido en 1930 en Reading, es Catedrático Emérito de Historia Moderna en la Universidad de Oxford. Educado en el legendario Eton College, se doctoró en Historia por la Universidad de Cambridge (Trinity College, 1952) y fue durante 17 años profesor en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, pertenece a la Academia Británica, la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y a la Sociedad Filosófica Americana. Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 1996, es doctor honoris causa por las universidades de Barcelona, Autónoma de Madrid, Valencia, Génova, Portsmouth, Warwick, Brown, etc. Nombrado Caballero del Imperio Británico por S. M. la Reina Isabel de Inglaterra, es también Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, Gran Cruz de Isabel la Católica, medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, Medalla de Oro de las Bellas Artes, Premio Wolfson d’Historia, Premio Eloy Antonio de Nebrija” y Premio Balzan. El claustro de la Universidad Sevilla aprobó el 17 de de mayo de 2011 su nombramiento como honoris causa por la Hispalense. El día 13 de diciembre de 1999 el profesor John H. Elliott fue investido, en acto solemne, doctor honoris causa por la joven Universidad de Lérida. Diversos historiadores le rindieron homenaje en las aulas de dicha universidad durante los días que precedieron a la ceremonia. Todas esas intervenciones fueron publicadas en un volumen titulado John Elliott, El oficio de historiador1. En dicho ciclo fui invitado a intervenir en calidad de americanista y en una de sus sesiones dicté la conferencia titulada “John Elliott, americanista”2, cuyo contenido, con algunas variantes y actualizaciones, son las que paso a reproducir en las páginas que siguen. Acerca del maestro Elliott, prefiero contar primero la anécdota y después reflexionar sobre la misma. El hecho ocurrió el jueves 4 de diciembre de 1997 en el amplio Salón de Plenos del edificio de la Excma. Diputa ción Provin cial de Sevilla, frente a las murallas del Alcázar. Desde más de una hora antes, mucho público de todas las edades, con predominio de estudiantes, formaba larga cola en la calle aguardan do la apertura de las puertas del recinto. Mientras tanto, seis cadenas de televisión y un total de doce medios acreditados tomaban posiciones en el Salón de Plenos. Apenas dos minutos antes de comenzar el acto ocupaban las primeras filas de protocolo personajes invitados, entre ellos el ex-vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra. Al final del mismo, una vez levantada la sesión por el entonces anfitrión y presidente de la Diputación, Alfredo Sánchez Monteseirín, numerosas personas se lanzaron material mente hacia el estrado con libros en sus manos para lograr el autógrafo o la dedicato ria del máximo protagonista del acontecimiento, que cinco minutos después, ante esta avalancha humana, tuvo que refugiarse materialmente “en cameri nos”. El lector se preguntará, naturalmente, acerca de la naturaleza del acto que tanta expectación había despertado. ¿Se trataba de la presentación de Riccardo Muti como director titular de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla?, ¿anunciaba Ronaldo su fichaje por el Real Betis Balompié?, ¿o se hacía pública la contrata ción de Luciano Pavarotti como asesor lírico del sevillano Teatro de la Maestranza? No. Ni mucho menos. Era algo mucho más sencillo y aparentemente normal. Acababa de dictar una conferencia Sir John H. Elliott sobre la conquista de México, clausu rando así un 1. John Elliott, El oficio de historiador, (Roberto Fernández, Antoni Passola y María José Villalta, coordinadores), Lérida, Editorial Milenio, 2001 2. Ob. cit , pp. 107-125. RamÓn maRía SeRReRa292 ciclo organizado por la propia Diputación de Sevilla con motivo los actos conmemorativos del 450º aniversa rio de la muerte de Hernán Cortés en la sevillana localidad de Castilleja de la Cuesta.3 ¿Qué razones hay para explicarnos que un historiador, un gran hispanista, protagonista de una dilatada trayectoria como investi ga dor y como docente, doctor honoris causa por las más prestigiosas universidades del mundo, armado Caballero por Su Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra, pueda codearse hoy con las más fulgurantes estrellas mundiales del Star System en el ámbito de la cultura?. Podemos ofrecer explicaciones simplis tas. Pero creo firmemen te que ni el mismísimo profesor Elliott podría explicarnos convincentemen te las razones de la proyección estelar de su propia trayecto ria profesio nal. A raíz de la invitación que me formuló la Universidad de Lérida para tratar sobre la figura de Sir John H. Elliott como americanista dentro de las mesas redondas sobre su personalidad científica, programadas con ocasión de su investidura como doctor honoris causa por dicha universidad, he reflexionado detenidamente sobre el tema. Y he llegado a la conclusión de que el éxito y la proyección de John Elliot como historiador sólo se explican desde el análisis de su propia obra. En su condición de americanista, y si se aborda en profundidad el estudio de su obra, hay que afirmar que la realidad histórica americana rara vez está ausente en la produc ción del homenajeado investiga dor británico. Con inde pendencia de la visión integrado ra que ofreció sobre las relaciones entre España y el Nuevo Mundo en su celebrada España Imperial, Elliott ha abordado distintos temas de la realidad histórica del Nuevo Mundo en el ámbito hispano y anglosa jón. De entre sus aporta ciones americanistas más señaladas 3. El programa oficial del ciclo de conferencias, titulado Hernán Cortés. Actos conmemorativos en el 450º aniversario de su muerte, anunciaba oficialmente la participación de los siguientes ponentes: Lunes 1 de diciembre, Dr. Ramón María Serrera, Catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla: “Hernán Cortés como cronista: la percepción de la realidad urbanística de México-Tenochtitlan”; martes 2 de diciembre, Dr. José Luis Martínez, Director de la Academia Mexicana de la Lengua: “Fortuna e infortunio de Hernán Cortés”; miércoles 3 de diciembre, Dr. Enrique Krauze, Historiador y Director de la Editorial Clio, México: “Hernán Cortés: el mito negro de la historia mexicana”; jueves 4 de diciembre, Sir John Elliott, Regius Profesor de la Universidad de Oxford: “El encuentro entre dos mundos”. Los textos de las conferencias fueron publicados en la obra Hernán Cortés y México, Sevilla, Excma. Diputación Provincial de Sevilla, 2000. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 293 podemos seleccionar The Mental Wordl of Hernán Cortés (1967)4, The Old World an the New (1970)5, América y el problema de la decadencia española (1972)6, Illusion and Disi llu sionment: Spain and the Indies (1991)7, Britain and Spain in America: Colonist and Colonized8, Empire and State in Bristh America (1996)9, o la bilingüe edición de Do the Americas Have a Common History (1998)10. Y en los últimos años ha publicado dos obras capitales en la historiografía americanista: Imperios del Mundo Atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492-183011 y España, Europa y el Mundo de Ultramar: (1500-1800)12. En las páginas que siguen me centraré preferentemente en los primeros trabajos relacionados, ya que las dos últimas monografías requerirían una mucho más amplia extensión. En mi intervención oral en la mesa redonda del martes 14 de diciembre de 1999 en el Salón “Victor Siurana” del edificio rectoral de la Universidad de Lérida, en la que traté de la personali dad de John H. Ellliot como americanista, no quise dirigirme al homenajeado, ni a los miembros que componían la mesa (doctores Mola i Ribalta, García Cárcel y Checa), ni siquiera a los profeso res de la Unidad Departa mental de Historia Social de la Facultad de Letras 4. J. h. elliott, “The Mental World of Hernán Cortés”, Transac tions of the Royal Historical Society, 5ª serie, 17, 1967. 5. J. h. elliott, The Old World and the New, 1492-1650, Cambridge, 1970; traducido al español por Rafael Sánchez Mantero con el título de El Viejo Mundo y el Nuevo, 1492-1650, Madrid, 1972. 6. 4.J. h. elliott, “América y el problema de la decadencia española”, Anuario de Estudios Americanos, XXVIII, Sevilla, 1972. 7. J. h. elliott, Illusion and Disillusionment: Spain and the Indies, The Creighton Lecture, 4 November 1991, University of London, London 1992. 8. J. h. elliot, Britain and Spain in America: Colonists and Colonized, The Stenton Lecture 1994, The University of Reading, 1994. 9. J. h. elliott, “Empire and State in British America”, Le Nouveau Monde-Mondes Nouveaux. L’expérience américaine, Serge Cruzinski y Nathan Wachtel edit., Edition de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales, Paris, 1996. 10. J. h. elliott, Do the Americas Have a Common History?, conferencia pronunciada con ocasión de la celebración del 150º aniversario de la fundación de la John Carter Brown Library el 13 de noviembre de 1996. El mismo volumen incorpora (en apertura inversa del libro) la traducción del texto al español por Antonio Feros con el título de ¿Tienen las Américas una Historia Común?, Providence, Rhode Island, 1998. 11. J. h. elliott, Imperios del Mundo Atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492-1830, Madrid, Taurus, 2006. 12. J. h. elliott, España, Europa y el Mundo de Ultramar (1500-1800), Madrid, Taurus, 2010. RamÓn maRía SeRReRa294 presentes en el acto. Pretendí conscientemente dirigir mi modesto mensaje a los alumnos, a los estudiantes de la Universi dad de Lérida que orientaron su vocación por la hermosa aventura de desentrañar las claves del pasado. Porque para ellos, como para los de mi genera ción, el profesor Elliott es un punto de referencia obligado. La clave principal del éxito de John H. Elliot estriba en que como investigador, como escritor y como docente, nuestro admirado historiador es un comunicador nato. Y esa capacidad, fundamental para los que nos dedicamos a la docencia, no todos la tienen. Como en el mundo de la interpretación musical, no todo es técnica, virtuosismo y adiestramiento a la hora de comuni carse y entrar en contacto con el público. Es un don natural que se tiene o no se tiene, aunque puede cultivarse. Y Elliott lo tiene en grado sumo. Es una capacidad y un arte especial de contactar, de llegar tanto al especia lista como al estudiante o al público en general, de transmitir un mensaje comprensible y claro. Es un problema de lenguaje histórico. Ahora que tanto hablamos de la ciencia de la comunicación y de las técnicas puestas a su servicio, resulta que un profesor británico, sobrio de ademanes, elegante pero austero en usos indumentarios, con figura enjuta y semblante de hidalgo español del siglo XVII, poco amigo de la retórica y del gesto para la galería, con marcado acento extranje ro a pesar de su dominio del idioma castellano, es ante todo y sobre todo un maestro en el arte de la comunicación a la hora de hacer uso de un lenguaje que llega a todos y que hace comprensi ble su discurso. Y lo curioso es que tal capacidad no se cimenta en un estilo oratorio o literario grandielocuente o de gran brillo formal. Por el contra rio, el estilo de Elliott como escritor y orador es, como lo fuera también en su día el de Vicens Vives y el del unánimemente admirado don Antonio Domínguez Ortiz, com primido, ordenado, sobrio como su propia personalidad, de contundente precisión terminológica, de elegante concisión, exento de vana retórica formal. Es más; como conferen ciante, formado en la más pura tradición de las universi dades británicas, habitualmente lee el texto de sus lecciones y conferencias. Algunas de sus más valiosas aportaciones como americanista recogen precisamente el texto de lectures impartidas en presti giosas universidades británicas o norteamericanas. En ellas Elliot expresa lo que tiene que expresar y punto. Es aquel viejo principio que se le atribuye a Ortega y Gasset de que para dar una conSIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 295 ferencia sólo había que cumplir tres requisitos: tener algo que decir, saber decirlo y decirlo. Creo que no es poco: nada menos que la clave para comprender la aparente simplici dad de la obra bien hecha. Pero no todo lo explica, naturalmente, el estilo. Porque John Elliott es, en la más gloriosa acepción del término, un gran erudito, una gran sabio con miles y miles de horas de su vida transcurridas en archivos y bibliotecas. La erudición es hoy más que nunca un valor en alza. Cuando no es una indigesta acumulación de datos y referen cias bibliográficas y documentales (el clásico cólico documental que padecen algunos de nuestros estudiantes en los archivos), proporciona los sillares sobre los ha de levantarse el edificio del conocimiento histórico. John Elliott maneja en sus obras con sabiduría y equili brio las referencias de archivos y de bibliotecas, el testimonio artístico y la fuente literaria, las fuentes primarias y secundarias, con predominio de estas últimas en el caso de grandes visiones o interpretaciones de una problemática o periodo histórico, como es el caso de El Viejo Mundo y el Nuevo, en el que se combina la crónica con la edición coetánea, la bibliografía más actual con los grandes clásicos de la historio grafía americanista de los siglos XIX y XX. Y todo ello, tamizado por el filtro de muchas horas de serena reflexión sobre las fuentes. En la mesa redonda de Lérida recordé la experiencia vivida por un prestigioso geógrafo germano que visitó durante una semana un departamento de una gran universidad española. En su apretado calendario de trabajo hubo de todo: dictó un curso, impartió tres conferen cias, formó parte de un tribunal de tesis doctoral, asistió al desarrollo de unas sonadas oposiciones a cátedra, se reunió con los alumnos, cenó con los miembros del departamento anfitrión, etc. Cuando su director le acompañó al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a su ciudad de origen preguntó al ilustre invitado: “Profesor, ¿que le ha parecido el departa mento?”. Y el sabio geógrafo alemán respondió, perplejo, con otro clarificador interrogante: “Todo me ha parecido muy bien. Vuestra actividad es agotadora. Pero me quedo con una duda sin resolver: ustedes, aquí, ¿cuándo piensan?”. Esa es la pregunta clave para desentrañar la obra de Elliott. Porque detrás de cada obra, de cada conferencia, de cada artículo, hay muchas horas de reflexión, de valoración, de ponderación, de confrontación y de asimila ción de las fuentes. Es el arte RamÓn maRía SeRReRa296 de saber digerir intelectivamente los testimonios históricos de épocas pretéritas. Y en esta tarea nuestro homenajeado es un maestro. Lo dicho explica la asombrosa capacidad que manifiesta John Elliott en su obra americanista para plantear debates y cuestio nes desde la amplia perspectiva que brinda la historia comparada. Elliott navega con la misma seguridad cuando se sumerge en las aguas de las distintas historias nacionales; lo que le permite moverse con solvencia en el estudio de las relaciones entre España y Francia o entre Inglaterra y sus posesiones en el Nuevo Mundo, o cuando intenta desentrañar las claves para conocer las semejanzas y diferencias entre el curso histórico de las Trece Colonias y las Indias Españo las. Y no me refiero exclusiva mente al viejo postulado de “conocer es comparar”, sino de analizar cuestiones y problemá ticas complejas mediante la confrontación de aspectos aparente mente disímiles. Esta posibilidad de relacio nar y comparar problemas y procesos deriva de la amplitud de miras del análisis de Elliott en su triple vertiente temática, cronoló gica y territorial y en la asombrosa diversidad de la natura leza y procedencia de las fuentes manejadas. Siempre he considerado que sumergirse en la lectura de El Viejo Mundo y el Nuevo puede convertirse, de hecho, en una aventura apasio nante. No pretendo en estas páginas resumir su contenido, entre otras razones porque es imposible sintetizar lo que ya de por sí es una espléndida síntesis.13 La primitiva versión en lengua inglesa de The Old World and the New, 1492-1650 reúne los textos de las cuatro conferen cias impartidas por el autor en The Queen’Uni ver sity de la ciudad de Belfast. El libro fue publicado original men te por la Cambridge Univer sity Press en 1970 y editado dos años más tarde en versión española por Alianza Editorial con el título de El Viejo Mundo y el Nuevo, 1492-1650 en ajustada y elegante traducción de Rafael Sánchez Mantero, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Sorprende la originalidad de planteamientos y la riqueza de contenido de esta pequeña gran obra, en la que se demuestra que no siempre la profundidad y calidad de un trabajo está en corres13. Hay un interesante resumen meramente formal de la obra en d. fernández parra, “Aproximación a la historiografía contemporá nea. El viejo mundo y el nuevo, 1492-1650 de J. H. Elliott”, en Hernán Cortés y su tiempo. Actas del Congreso Hernán Cortés y su tiempo, V Centenario (1485-1985), Valencia 1987. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 297 pondencia directa con su extensión. Para Elliott, contemplar el proceso mediante el cual el siglo XVI europeo llegó a captar las realidades de América es comprender algo de la misma civilización europea del siglo XVI, tanto en sus puntos fuertes como en sus puntos débiles.14 El lector en ocasiones se sorprende con las más inespera das referen cias, como cuando confronta el tráfico de Sevilla con el comercio báltico. O cuando compara la actitud de la Europa del XVI con respecto al Nuevo Mundo con la de la China de la dinastía Tang con respecto a las tierras tropica les conquistadas en el sur del Nam-Viet. Y lo hace, naturalmente, porque sus lecturas no se centran únicamente en el ámbito europeo y americano. Y porque conoce y ha estudiado una obra tan aparentemente alejada de sus intereses temáticos, geográficos y cronoló gicos como el estudio The Vermi lion Bird del profesor Edward Schafer, publicada en Berkeley en 1967. Por ello, al abordar el estudio del proceso de asimilación de la nueva realidad americana por parte de los europeos, puede plantear que “sus investiga ciones sugieren que las dificulta des de los funciona rios chinos del siglo XVII y la de los españoles del XVI al valorar y describir un territorio extraño no eran del todo desiguales, y que la naturaleza de la actitud era muy parecida. Los chinos, como los españoles, observaban y escribían asidua mente sus observacio nes, pero eran, en palabras del profesor Schafer, prisione ros de su léxico ecológico. Sus mentes y su imaginación estaban condicio nadas de antemano, de tal manera que veían lo que esperaban ver e ignoraban o rechazaban aquellos aspectos de la vida de los territorios del sur para los que no estaban prepara dos. Encontra ron bárbaros y primiti vos, porque esperaban encontrarlos, a sus habitan tes. Sin duda la tendencia a pensar en clichés es el eterno marchamo de la mente oficial; no obstante, aunque lentamente, aquel medio desconocido estimuló la capacidad de percepción de algunos chinos en las tierras del sur y enrique ció su literatura y su pensamiento”.15 Y, como consecuencia de la anterior idea, plantea Elliott una nueva y original referencia comparativa al sugerir que la Europa del Quinien tos se mostró más rápida en responder a la experiencia de América que 14. J. h. elliott, El Viejo Mundo...,p. 43. 15. J. h. elliott, El Viejo Mundo...,pp. 29 y 30. RamÓn maRía SeRReRa298 la Europa medieval a la experiencia del mundo islámico. Y ello, a pesar de que la realidad de la existencia del Nuevo Mundo y su lenta y gradual aparición como una realidad propia y diferencia da constitu yó, a su juicio, “un desafío a todos un conjunto de tradicionales prejuicios, creencias y actitudes”.16 Pero también se considera obligado Elliott a puntualizar esta afirmación con interesantísimas matizaciones que aparente mente la contradicen. Tal es el caso de su referencia al conocido estudio de Atkinson sobre la edición de obras y tratados geográficos publicados en Francia en el siglo XVI, en el que se demuestra que entre 1480 y 1609 fueron dedicados a los turcos y a Asia cuatro veces más libros que al recién descubierto Nuevo Mundo, con aumento de la proporción de libros sobre Asia en la década final del periodo estudiado. Y aunque considera peligroso extraer conclusio nes cualitativas de información cuantitativa, no por ello deja de apuntar el dato de la existencia de, al menos, sesenta referencias sobre América en treinta y nueve libros y manuscritos polacos de los siglos XVI y XVII. “El número -afirmano deja de ser sorprendente, pero en un examen más detenido se observa que el Nuevo Mundo aparece sólo en un sentido limitado, bien como un símbolo de lo exótico, o bien como un testimonio de las realizaciones de la iglesia triunfan te, y que los polacos del siglo XVI no tenían mucho interés por América”.17 Lo dicho contribu ye a comprender uno de los fenómenos, a su juicio, más sugestivos de la historia intelectual del Quinien tos: la aparente lentitud de Europa para hacer el adecuado reajuste mental a fin de encajar y asimilar la nueva realidad americana dentro de su campo de visión y de su propia herencia cultural. La amplitud geográfica de mira que manifiesta Elliott en su texto resulta, en ocasiones, asombrosa. Porque su visión de la Historia no es sólo europeís ta, sino atlántica y universal. Y ello es posible únicamente desde un luminoso y abierto acercamiento pluridis ci plinar, más serio y riguroso en sus plantea mientos que muchos de los cacareados y rara vez cumplidos postulados de la mal llamada Historia Total, más un objetivo ideal que un marco de aproxima ción práctica por parte del profesional de la Historia. ¿O 16. J. h. elliott, El Viejo Mundo...,pp. 30 y 21. 17. J. H. elliott, El Viejo Mundo...,p. 26. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 299 virreinatos españoles se estaban convir tiendo en estados criollos. El saludable abandono que había caracte rizado a la relación entre Londres y sus colonias durante importan tes periodos en la primera mitad del siglo XVIII no era exclusivo de la América británica”.27 A este proceso vendrían a sumarse los intentos de introducir reformas administra tivas y fiscales en ambas Américas, que terminarían desencadenando las confrontaciones entre los dos metrópolis y las cada vez más poderosas élites locales hasta el logro de la plena emancipación. Elliott lle ga a la conclusión de que la historia común de las dos Américas fue, al menos durante tres siglos, la historia común de las socieda des atlánticas, cuyas diferencias de estructu ra y trayectoria no pueden evidentemente ocultarse, pero en la que existieron procesos afines que implica ban hacer frente a nuevos territorios y nuevas poblacio nes. Era “el reto de establecer nuevas sociedades que, aun siguiendo los modelos europeos, no fueron réplicas exactas de las sociedades que las originaron; el reto de establecer un preciso sentido de identidad y de romper los lazos que los habían ligado a sus respectivas metrópo lis. Inevitablemente, debido a los diferentes periodos y lugares de origen y a las distintas herencias culturales, estas nuevas socieda des respondie ron a estos retos en una multitud variada de formas”. Pero, como concluye nuestro autor, “existía suficiente similitud entre estas respuestas para indicar la existen cia de una historia co mún”.28 Pero, tras el doble proceso emancipador, para Elliott el siglo XIX supone una nueva y quizás más radical divergencia. Los síntomas que presentaba el bloque de las nuevas repúblicas iberoamericanas, como la fragmentación política, la prolifera ción de conflictos internos, la existencia de gobiernos corrup tos y profundas tensiones sociales y diferencias étnicas terminaron dejando a los nacientes estados incapacitados para imitar o seguir el modelo de unificación nacional, crecimiento económico y expansión territorial y poblacional que se habría de producir en los Estados Unidos a lo largo del siglo XIX. Según sus propias palabras, “si algo sucedió durante el siglo XIX es precisamente la aceleración de estas diferencias”. El proceso se fue acentuan do progresivamente, hasta 27. J. h. elliott, ¿Tienen las Américas..., p. 41. 28. J. h. elliott, ¿Tienen las Américas..., p. 45. RamÓn maRía SeRReRa306 el punto de que “a mediados del siglo XX, las dos Américas, cuyas historias parecían haber convergido en 1800, aparecían como hemisferios completamente separados”.29 Sin embargo, como historiador firmemente instalado en el presen te, en los umbrales del nuevo siglo y en las puertas del nuevo milenio, John Elliott es moderada y razonablemente optimista. Con su profundo conoci miento del pasado y su capacidad para escrutar la realidad americana actual, Elliott reconoce que “la historia no ha acabado todavía y en estos momentos somos testigos de nuevos cambios”. Las fronteras entre las dos Américas, que en algún momento fueron vistas como definitivas, “aparecen ahora como permeables y móviles como resultado de la gran escala alcanzada por la emigración”. Para nuestro autor, hoy se vislum bran “claras indicaciones de una nueva confianza política y cultu ral en el mundo iberoamericano, un proceso que sin duda ofrece enormes esperanzas para el futuro”. Porque mientras las viejas certidumbres deben enfrentarse hoy a las nuevas ambigüe dades, el carácter excepcionalista de los Estados Unidos se hace cada vez más difícil de sostener. Por ello, aceptando esta visión de la historia de los Estados Unidos como parte de la historia común de las dos Américas, Elliott no duda en concluir con esta clarificado ra síntesis que es al mismo tiempo una afirmación de la existen cia de una historia común en el continente americano, respondien do así finalmen te al interrogante formulado en la pregunta que da título a su antológico texto. A su juicio, “los últimos quinientos años de la historia de las Américas han conformado una historia única del encuentro y de la coexistencia de tres conti nentes: América, con sus poblaciones indígenas; Europa, la cual se propuso convertir América en una extensión de sí misma; y África, cuyos recursos humanos fueron movilizados forzosamente por los europeos para llevar a cabo su tarea. Los pueblos de estos tres continentes tuvieron que readaptar sus vidas a las realida des del continente americano, con su extraor dinaria diversidad geográfica y su enorme territorio. Para responder a estas nuevas realidades, ellos recurrieron a sus propias tradicio nales cultu rales -loca les, regionales y naciona lesy a cambio recibieron una gran diversidad de respuestas. Simultá29. J. h. elliott, ¿Tienen las Américas..., pp. 47-49. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 307 neamente se vieron envueltos, tanto si lo sabían como si no, en la empresa todavía más vasta de crear una sociedad común, la cual -aunque reflejando algo de la herencia de los tres continentesera algo más que la simple suma de las partes. Es por ello que América es todavía una empresa inacabada, en cierto modo el todavía incierto resultado de un pasado común”.30 Así concluye este pequeño gran libro de Elliott que es ¿Tienen las Américas una historia común?, una de las reflexiones más profundas y clarividentes de la historiogra fía americanista de esta década epigonal del siglo XX. Todo el texto es una continua pregunta. El discurso está salpicado de interro gantes, a los que intenta dar respuesta. Pero cuando, en el desarrollo de una reflexión o hipóte sis, parece que ya por fin está conforme con una idea o conclusión, nos sorprende con la introducción de una nueva variable en el análisis y de nuevo pone en duda, aunque no implique necesariamente rechazo o desacuer do, su anterior afirmación o plantea miento. Esto es impor tante, porque Elliott con mucha frecuencia, sobre todo en obras de interpre tación o de análisis como las comentadas, apoya y refuerza el argumento con la misma duda. Es más; yo diría que la duda forma sustanti va de su propio proceso cognoscitivo en el terreno de la investigación histórica, algo que, por otra parte, forma parte de la naturaleza misma del conocimiento científico. Hay páginas también en El Viejo Mundo y el Nuevo en las que el discurso es un puro interrogante. Cuando trata de las sorprendentes lagunas y absolutos silencios sobre América en las múltiples ciuda des europeas del siglo XVI en las que podían esperarse lógicamente referencias expresas sobre el continente recién descubierto, Elliott lanza su batería de preguntas, cada una de las cuales podría ser perfectamente objeto de un estudio monográfico: “¿Cómo buscar explicación -se planteaa la total falta de alusión al Nuevo Mundo en tantas memorias y crónicas, incluso en las mismas memorias de Carlos V? ¿Cómo explicarse el permanente propósito de describir el mundo hasta las dos últimas décadas del siglo XVI como si se tratase todavía del mundo conocido por Estrabón, Ptolomeo y Pomponio Mela? ¿Como explicarse la repetida publicación por parte de los editores, y la persis tente utilización 30. J. h. elliott, ¿Tienen las Américas..., pp. 49-51. RamÓn maRía SeRReRa308 por parte de las escuelas, de las cosmografías que, como ya se sabía, habían quedado anticuadas con los descubrimientos? ¿Cómo explicar que un hombre tan culto y tan curioso como Bodin haya hecho tan poco uso de la enorme informa ción que estaba al alcance de su mano sobre los habi tantes del Nuevo Mundo en sus escritos sobre filosofía política y so cial?”.31 El tema resulta ya viejo: mientras más se sabe más se es consciente de lo que queda por conocer. En la duda, en la curiosidad y en el reconocimiento de la propia ignorancia está la clave de la sabiduría. Y los profesiona les de la historia deberíamos recordar con insisten cia esta idea a nuestros estudiantes y también -¿por qué no?- a algunos sabios oficiales de “piñón fijo”, practican tes habituales del dogmatis mo, que nos quieren vender como oro fino sus verdades oficiales. De acuerdo con lo dicho anteriormente poco o nada debe extrañar otro rasgo de la personali dad científica del multilau rea do Sir John H. Elliott: en sus escritos nunca pontifica, jamás dogmati za, rara vez sentencia. Nuestro historia dor lanza ideas, sugiere hipótesis, las razona, las confronta con las fuentes y con otros autores, las debate consigo mismo, y al final extrae sus propias conclusiones. Pero nunca deja el tema cerrado. Siempre hay posibili dad de replantear el tema, de reformular lo dicho en posteriores escritos y, a veces, en el mismo texto, manteniendo con ello un climax continuo de reflexión y de incertidumbre. Esa es la razón justamente por la que la obra de Elliott sigue teniendo una extraordi naria vigencia, porque sigue abierta al debate y a la controver sia en nuestros días. Y ello, en una época marcada por la fascinación que despierta la ambigüedad (la inseguridad de la duda) y el rechazo que provocan las verdades dogmáticas, sigue marcando la obra de Elliott con un carácter de rabiosa moderni dad. La mayor parte de los historiadores españoles que nacimos entre los años 1945 y 1955 estamos directa o indirectamente marcados, con mayor o menor intensidad, por la obra de John Elliott. Nos movíamos entre la influencia de esa generación de maestros que ocuparon las cátedras universitarias españolas en las décadas que siguieron a la Guerra Civil, muchos de ellos de calidad cientí31. J. h. elliott, El Viejo Mundo...,p. 27. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 309 fica y humana excepcional, pero no poco marcados por el descriptivismo neorrankia no, y los aires de renovación que nos venían de fuera de nuestras fronteras. Era la época en que la llamada “escuela francesa” [sic] despertaba furor en todo el que quisiera preciarse de moderno. Daba lo mismo que fueran churras o merinas, que se tratara de grandísimas figuras galas de la historiografía hispanista o americanista del siglo XX (Brau del, Bataillon, Chevalier, Chaunu, Ricard, Defourneaux, Sarrailh, etc.) o de historiadores de quinto rango místicamente obsesiona dos en cuantificar hasta los suspiros o las decepciones de toda una generación de historiadores. Pero lo que resulta interesante constatar es que también hubo muy importantes influencias internas. En institu tos de Segunda Enseñanza desplegaba incansa blemen te su actividad el siempre admirado don Antonio Domínguez Ortiz, cuyas obras eran de lectura obligada entre los estudiantes de Historia. De Barcelona llegaban el manual de Historia General Moderna, la Historia Económica de España o los desiguales cinco volúmenes de la Historia de España y América de Jaume Vicens Vives, tres obras que marcan un antes y un después en la manualística universitaria de nuestro país. Y no es una causalidad que fueran precisamente los dos historiado res españoles menciona dos los que ejercieran más influen cia dentro de nuestras fronteras en la obra de John Elliott, que nunca ha dejado de expresar su admiración por ambos. Pues bien, en mi caso particular, aparte de Vicens, Domínguez Ortiz y Elliott, debo mencionar también la influencia directa de don Silvio Zavala en México y François Chevalier en París, y la indirecta de ese gran coloso de la Historia del Arte Español e Hispanoamericano que fue don Diego Angulo Iñiguez, cuya influen cia me llegó a través de un alumno del propio don Diego, mi maestro José Antonio Calderón Quijano, catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla, un gran universitario que nunca engañó a nadie a la hora de defender sus particulares criterios historiográficos, pero que facilitó a sus discípulos los medios para que entraran en contacto con las más avanzadas tendencias metodológicas en el ámbito de la producción americanista. Menos a Vicens, a todos conocí. Angulo, Domínguez Ortiz y Calderón Quijano ya no están entre nosotros. Y con respecto a Zavala, Chevalier y Elliott, a todos profeso una respetuo sa amistad, que creo correspondida. AlRamÓn maRía SeRReRa310 gún día podré presumir ante mis alumnos de haber conocido a figuras tan señeras de la historio grafía española e hispanoamericana del siglo XX. En gran medida, Elliott nos convenció a los americanistas españoles para que tomáramos conciencia de nuestra misión como modernistas. Y a los modernis tas les abrió las puertas del americanismo. Es el mayor elogio que le puede brindar al gran investigador británico un profesio nal de la Historia de América. En la Universidad de Lérida terminé mi intervención en la mesa redonda dirigiéndome de nuevo a los alumnos y procurando resumir la personalidad científica de John H. Elliott con este simplificado retrato-robot: un gran talento natural, mucho sentido común y miles de horas de trabajo, de estudio y de reflexión. Porque el genio (en expresión literaria, musical, plástica, etc.) no nace, se hace. El trabajo es la clave. Cuando yo estudiaba, allá por los años sesenta, en la Universidad de Sevilla, recuerdo con emoción que asistí a una conferencia del gran compositor saguntino, desgraciadamente desaparecido, el maestro Joaquín Rodrigo. El acto tuvo lugar en la Academia de Bellas Artes “Santa Isabel de Hungría”, con sede por entonces en el edificio del actual Museo de Bellas Artes de Sevilla. Al concluir su disertación sobre el oficio de componer y su propia obra, expuesta con su característica y cadenciosa voz, se permitió a los presentes entablar coloquio con el maestro. No me pude resistir. Le pregunté: “Maestro, ¿cuándo y cómo le vino la inspiración para componer el adagio de su Concierto de Aran juez?”. Tardó varios segundos en contestar. Y, como si me observara a través de su luminosa y comunicadora ceguera, me preguntó él a su vez: “Por el timbre y tono de su voz adivino que es usted joven, ¿verdad?”. Le respondí afirmativamente. Y entonces me contestó con estas palabras. “Mire, con mucha frecuencia he dicho que yo no sé ni cuándo ni en dónde vendrá la Señora Inspira ción a visitarme. Pero de una cosa sí que estoy seguro. Cuando venga siempre me encontrará trabajan do. Eso fue lo que ocurrió en París en 1939 y así fue como nació el adagio del Concierto de Aranjuez, una obra que, desde que la estrenó Regino Sainz de la Maza, ya no me pertene ce”. Esa es la clave para compren der también la producción de John H. Elliot, un clásico, como también lo fuera el maestro Rodrigo en la creación musical, de la Historiografía del siglo XX. Ese es el único secreto. No le demos más vueltas al asunto. SIR JOHN H. ELLIOTT Y EL NUEVO MUNDO 311