scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Una esperanza acongojada. Los empresarios españoles y portugueses ante el ingreso en la CEE, 1957-1977

González Fernández, Ángeles

Abstract

La conducta adoptada por los hombres de negocios españoles y portugueses ante la posible incorporación a la CEE estuvo presidida por la defensa de sus intereses y por la percepción del proyecto de integración europeo como un propósito puramente económico. Europa era un horizonte de expectativa, un espacio de oportunidad para completar el proceso de liberalización de la economía, acometer la reconversión industrial y modernizar y profesionalizar la gestión empresarial. Al mismo tiempo, Europa era un reto. Un marco de competencia en que solo podrían sobrevivir los más eficaces. Esa esperanza acongojada, compartida hasta mediados de los años setenta, conoció una sensible mudanza con el fin de las dictaduras y el inicio de los procesos de cambio político. La Revolución de los Claveles forzó una clara modificación en la apreciación del empresariado portugués. La adhesión dejó de ser una cuestión meramente económica para convertirse en objetivo político: Europa como aval para la implantación de una democracia pluralista, respetuosa con la propiedad y vinculada de modo inextricable a los principios del libre mercado. Resuelta la definición del modelo económico en España por la constitución de 1978, sus hombres de empresa, por el contrario, acentuaron su percepción pragmática de la Comunidad y, en consecuencia, los aspectos puramente económicos de la adhesión

Full text

HISPANIA. Revista Española de Historia, 2012, vol. LXXII, núm. 242, septiembre-diciembre, págs. 699-722, ISSN: 0018-2141 UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE EL INGRESO EN LA CEE, 1957-19771 ÁNGELES GONZÁLEZ Universidad de Sevilla RESUMEN: La conducta adoptada por los hombres de negocios españoles y portugueses ante la posible incorporación a la CEE estuvo presidida por la defensa de sus intereses y por la percepción del proyecto de integración europeo como un propósito puramente económico. Europa era un horizonte de expectativa, un espacio de oportunidad para completar el proceso de liberalización de la economía, acometer la reconversión industrial y modernizar y profesionalizar la gestión empresarial. Al mismo tiempo, Europa era un reto. Un marco de competencia en que solo podrían sobrevivir los más eficaces. Esa esperanza acongojada, compartida hasta mediados de los años setenta, conoció una sensible mudanza con el fin de las dictaduras y el inicio de los procesos de cambio político. La Revolución de los Claveles forzó una clara modificación en la apreciación del empresariado portugués. La adhesión dejó de ser una cuestión meramente económica para convertirse en objetivo político: Europa como aval para la implantación de una democracia pluralista, respetuosa con la propiedad y vinculada de modo inextricable a los principios del libre mercado. Resuelta la definición del modelo económico en España por la constitución de 1978, sus hombres de empresa, por el contrario, acentuaron su percepción pragmática de la Comunidad y, en consecuencia, los aspectos puramente económicos de la adhesión. PALABRAS CLAVE: Empresarios. Portugal. España. Adhesión a la CEE. Dictadura. Transición. ———— Ángeles González es profesora del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. Dirección para correspondencia: Facultad de Geografía e Historia, C/ Doña María de Padilla, s/n, 41004 - Sevilla. Correo electrónico: [email protected]. 1 Este trabajo se inserta dentro del Proyecto de Investigación financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad «La Transición Ibérica: Portugal y España. El interés internacional por la liberalización peninsular» (1968-1978). Ref. HAR2011-27460. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 700 AFFLICTED HOPE. SPANISH AND PORTUGUESE BUSINESSMEN IN VIEW OF THE ACCESSION TO THE EEC, 1957-1977 ABSTRACT: The attitude Spanish and Portuguese businessmen took on in view of joining the CEE was characterized by the defence of their interests and by the perception of the European integration project as a purely economic move. Europe was a horizon of expectation, a window of opportunity to complete the economy’s liberalization process, to take on industrial restructuring and to modernize and to professionalize business management. At the same time, Europe was a challenge; a common framework in which only the most efficient players would survive. This afflicted hope, felt up until the mid-seventies, underwent a noticeable change brought on by the end of the dictatorship and the new process of political change. The Carnation Revolution forced a clear modification in the perception of the Portuguese business community. The prospect of adhesion went from merely being an economic issue to becoming a political objective: Europe as an endorsement for the implantation of a pluralist democracy, respectful towards property and inextricably tied to free market principles. On the other hand, once the economic model was defined by the Constitution of 1978, Spanish businessmen accentuated their pragmatic perception of the Community and, in consequence, the economic aspects of the adhesion. KEY WORDS: Businessmen. Portugal. Spain. Accession to the EEC. Dictatorship. Transition. El conocido lema «Tan cerca, tan lejos» expresa fielmente la percepción que la mayor parte de los españoles y portugueses sostienen acerca de sus vecinos. La proximidad geográfica, lejos de generar una dinámica de confianza, ha forjado históricamente una potente barrera económica, cultural e incluso psicológica entre sus habitantes, ciudadanos de dos mundos voluntaria y afanosamente aparte. Una percepción que solo en los últimos tiempos se ha resquebrajado —que no desaparecido por completo— gracias a la común pertenencia a la Unión Europea2. Esas históricas relaciones «de espaldas vueltas», en las que se combinan la confrontación, el intercambio y el conflicto, contrastan, sin embargo, con el desarrollo de experiencias y apuestas de futuro conmovedoramente próximas. Como si las peculiaridades específicas de ambos países se desarrollaran en un ámbito espacial primigenio, una realidad ibérica que, a pesar de todo, trasciende la frontera. En consonancia con este planteamiento, la comparanza entre España y Portugal puede brindar al estudioso una perspectiva completa, panorámica, de ———— 2 Sobre la irrupción de las relaciones luso-españolas en la vida política portuguesa reciente, véase RIVERO, A., «Las elecciones legislativas portuguesas del 27 de septiembre de 2009 y España», disponible en www.realinstitutoelcano.org. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 701 un mismo fenómeno. Un enfoque especialmente inspirador cuando se trata de examinar la situación de la península ibérica dentro del sistema internacional en un análisis que no se circunscribe al terreno de lo político sino que concierne de igual modo al ámbito económico, social y cultural. Desde este punto de vista, el ejercicio comparativo resulta especialmente conveniente para determinar la percepción y actitudes de los hombres de negocios acerca del proyecto de integración europeo y de una posible incorporación a las que entonces se denominaban Comunidades Económicas Europeas. La creación de las CEE en 1957 no pasó inadvertida a las élites políticas y económicas peninsulares. Su gestación fue seguida con notorio interés, pero también con grandes dosis de desconfianza, especialmente en Portugal, por los riesgos que entrañaba para el mantenimiento del statu quo. Probablemente inducida por esa percepción, a uno y otro lado de la frontera se soslayó la dimensión política del proyecto comunitario para asumir una concepción esencialmente pragmática y, por ello mismo, reductora. Dicho de otro modo, para importantes sectores de las élites políticas y la opinión pública, como para buena parte del empresariado, Europa era, ante todo, una oportunidad de desarrollo y garantía de crecimiento económico3. Esa percepción benéfica se yuxtaponía, en la óptica empresarial, con otra menos halagüeña. Europa como desafío al que solo podrían sobrevivir los mejores y los más eficaces. Facetas inseparables como las dos caras de Jano que contribuyen a explicar la mezcla de temor y deseo que suscitaba entre los hombres de negocios peninsulares la adhesión a las CEE. El mundo empresarial no sostuvo una postura única ante una posible incorporación a la CEE. Discrepancia lógica, resultado de su distinta repercusión sobre las empresas en función de su dimensión, tipo de actividad y nivel tecnológico. Razones de carácter económico a las que se añadieron otras motivaciones de tipo psicológico e ideológico. En el caso de España, los sectores más dinámicos y los vinculados a los mercados de exportación, relacionados generalmente con la gran empresa y localizados de preferencia en Cataluña y País Vasco, se definieron favorables al ingreso. Aquellos más dependientes de la protección del Estado, menos profesionalizados, así como los alineados ideológicamente con el franquismo autárquico, se mostraron contrarios. El eje de fractura presenta algunos componentes diferentes en Portugal, resultado de la distinta naturaleza de los negocios y de la importancia del impe- ———— 3 TAVARES CASTILHO, J. M., «O Marcelismo e a construção europeia», Penélope. Facer e desfacer a história, 18 (1990), pág. 79; BARRETO, A., «Portugal, a Europa e a democracia», Análise Social, vol. XXIX, 129 (1994) (5.ª), pág. 1051; DÍEZ-NICOLÁS, J., «Spaniards’ long march towards Europe» en ROYO, S. y MANUEL, P. C., (eds.), Spain and Portugal in the European Union. The first fifteen years, Londres, Frank Cass, 2003, pág. 121. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Á., «Non a qualunque prezzo». «Gli imprenditori e l’ingresso della Spagna nella Comunità Economica Europea (1957-1977)», Memoria e Ricerca, 32 (2009), págs. 137-158. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 702 rio colonial para algunos de sus grandes grupos económicos, aunque el resultado fuera —a grandes rasgos— similar. Esto es, los sectores y grupos industriales más vinculados a los territorios de ultramar junto a los más dependientes de la protección del Estado e identificados con el salazarismo, cerraron filas en torno a la vocación atlantista y ultramarina de Portugal frente a los europeístas, aquellos volcados en los mercados de exportación y localizados preferentemente en el norte del país. La postura de los hombres de negocio debe insertarse, en cualquier caso, en la respuesta ofrecida por el sistema político en el que operan. Matización de no poca importancia a tenor de las discrepantes actitudes y estrategias de las dictaduras ibéricas con respecto a la CEE. Esas divergencias respondían, en no poca medida, a su distinta posición en el sistema internacional pero también a consideraciones de índole interna. Miembro fundador de la OECE en 1948 y de la OTAN en 1949, el régimen portugués —instalado confortablemente en aquel— mantuvo una obstinada indiferencia hacia la CEE y, en general, hacia los asuntos europeos4. La adhesión a la EFTA, en realidad, fue la expresión de la ausencia de compromiso con Europa frente a la defensa a ultranza de la vocación atlántica y del imperio ultramarino como elemento esencial de la identidad portuguesa. Una querencia que Salazar intentó reconducir, iniciada ya la guerra en las colonias, con la creación de un Mercado Único Portugués articulado en torno al escudo, similar a la Commonwealth5. El empecinado desinterés del dictador, compartido por buena parte de la opinión pública portuguesa, se agrietó a comienzos de la década siguiente6. El inmediato éxito de la CEE y la petición de ingreso británica junto al inicio de la guerra colonial, el intenso flujo migratorio hacia Europa y la creciente internacionalización de la economía forzaron una relativa apertura al exterior, aceptada a regañadientes por un siempre pragmático Salazar. La relativa liberalización económica, que proporcionó resultados más que satisfactorios en ———— 4 El sistema de alianzas internacionales y sus objetivos en relación a España en MEDEIROS FERREIRA, J., Um século de problemas. Las relaçoes luso-espanholas da União Ibérica à Comunidade Europeia, Lisboa, Livros Horizonte, 1989, pág. 10. La indiferencia en CRAVINHO, J., «Portugal. Characteristics and motives for entry», en SAMPEDRO, J. L. y PAYNO, J. A., The enlargement of the european community. Case-Studes of Greece, Portugal and Spain, Londres, Macmillan Press, 1983, págs. 131 y 132. 5 CALVET DE MAGALHÃES, J., «Salazar e a Unidade Europeia», en TORRE, H. de la (comp.), Portugal, España y Europa: Cien años de desafío, Mérida, UNED, 1991, págs. 129145; TELO, J., «Portugal y la integración europea (1945-1974)», Ayer, 37 (2000), págs. 290296; FERREIRA RODRIGUES, M. F. y MENDES, J. M. A., História da indústria portuguesa. Da idade média aos nossos dias, Oporto, Publicaçoes Europa-America, 1999, pág. 334. 6 Todavía en 1971 un 57% de los residentes en la metrópoli opinaban que el futuro de Portugal dependía principalmente de las provincias africanas. BAKLANOFF, E. N., La transformación económica de España y Portugal (la economía del franquismo y del salazarismo), Madrid, Espasa-Calpe, 1980, pág. 156. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 703 los años sesenta, se intensificó a partir de 1968 cuando su sucesor, Marcelo Caetano, llamó al gobierno a jóvenes tecnócratas —por ello mismo europeístas— que aplicaron políticas conducentes a lograr una economía más eficiente e integrada en los mercados internacionales7. La secuencia, en España, fue sustancialmente diferente. Condenado el régimen al ostracismo por su proximidad a las potencias fascistas, desde finales de los años cuarenta la diplomacia franquista se movilizó en busca de apoyo y reconocimiento internacional. Uno de los ejes preferentes fue, sin duda, el europeo8. La entrada de los tecnócratas en el gobierno a finales de la década siguiente, decisión a la que no fue ajena la creación de la CEE, se sustanció en una parcial liberalización de la economía y en el despliegue de diversas iniciativas orientadas a explorar las posibilidades de integración en la economía internacional y en los organismos de cooperación creados al efecto. Paradójicamente, a partir de mediados de los cincuenta, justo en el momento en que el Portugal salazarista bloqueaba su proyección exterior, la dictadura española comenzaba a acrecentar su presencia externa9. El corporativismo de Estado y las consiguientes limitaciones impuestas por ambas dictaduras al libre desenvolvimiento de la actividad empresarial corrían parejas a las establecidas al desarrollo y actuación de los hombres de negocio como grupos de interés. En otras palabras, la creación de un sindicalismo oficial condicionó, especialmente en el régimen franquista, la funcionalidad de sus estructuras asociativas como portavoces autónomos de sus intereses. En España, lo que podríamos denominar relaciones exteriores del mundo empresarial ———— 7 ROMÃO, A., Portugal Face á CEE. Uma avaliação global do processo de integração económica, 19601980/2, Lisboa, Livros Horizonte, 1983, pág. 20. Sobre la tecnocracia, ROSAS, F., «Pensamiento y acción política en el Portugal del siglo XX (1890-1976). Ensayo interpretativo», en Una historia política de Portugal. La difícil conquista de la democracia, Madrid, Siglo XXI, 2006, pág. 67; y su programa económico, FERREIRA RODRIGUES, M. F. y MENDES, J. M. A., História da indústria portuguesa, pág. 347. 8 SESMA LANDRÍN, N., «La construcción del discurso europeísta del franquismo desde el Instituto de Estudios Políticos (1948-1956», Historia Contemporánea, 30 (2005) (I), págs. 159-177; LA PORTE, M. T., La política europea del régimen de Franco 1957-1962, Pamplona, Universidad de Navarra, 1992; MORENO, A., Franquismo y construcción europea (1951-1962, Madrid, Tecnos, 1998; SENANTE, H. C., España ante la integración europea: el primer acercamiento, Alicante, Alfons el Magnánim, 2006. 9 Sobre el Plan de Estabilización, GONZÁLEZ, M. J., La economía política del franquismo (1940-1970). Dirigismo, mercado y planificación. Madrid, Tecnos, 1979; GUIRAO, F., Spain and the reconstruction of Western Europe, 1945-1957. Challenge and response, Nueva York, St. Martin Press, 2003; OLIVEIRA, C., Cem anos nas relaçoes luso-espanholas. Política e economia, Lisboa, Cosmos, 1995, pág. 178; TORRE, H. de la, «La lógica internacional de las dictaduras ibéricas: la encrucijada de los años cincuenta», en MATEOS, Abdón y REDERO, Manuel (coords.), La España de los cincuenta, Madrid, Editorial Eneida, 2008, págs. 45-61. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 704 fueron canalizadas por la Organización Sindical (OS), el sindicato oficial instituido por el régimen franquista que integraba —«verticalmente»— tanto a patronos como a trabajadores. Bajo la dirección de la Vicesecretaría Nacional de Ordenación Económica, que se reservó la definición de las directrices políticas, funcionarios del servicio sindical de relaciones exteriores asumieron la representación de los empresarios en los organismos internacionales a los que lentamente se fueron incorporando desde mediados de los años cincuenta. Esa dependencia respecto de la estructura sindical franquista nunca desapareció por completo, aunque adquirieran un mayor protagonismo a partir de mediados de los sesenta tras la creación del Consejo Nacional de Empresarios (CNE)10. El panorama bajo la dictadura salazarista, aun guardando ciertas similitudes, presenta discrepancias relevantes. La ambigüedad del régimen hacia el asociacionismo empresarial se tradujo en la coexistencia del sistema de representación oficial, los «gremios» —encuadrados en la Corporação industrial— y de las viejas asociaciones creadas a finales del siglo XIX, controladas y dirigidas por los grandes industriales. Un modelo dual en el que, a diferencia de España, las segundas —aunque informalmente— fueron reconocidas por el Estado como organizaciones representativas y, en consonancia, gozaron de una capacidad de influencia sobre el poder, de una autonomía, recursos financieros y dimensión internacional que les permitió —especialmente en el caso de la Associação Industrial Portuguesa (AIP) —, operar como cauces efectivos de articulación y representación de los intereses empresariales ante los poderes públicos11. ———— 10 BAEZA SAN JUAN, R., Agregados laborales y acción exterior de la Organización Sindical Española. Un conato de diplomacia paralela, (1950-1962), Madrid, MTSS, 2000; GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A., «Un empeño prematuro. El Consejo Nacional de Empresarios (19651969)», Historia Social 72 (2012), págs. 113-132; GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A., «El mundo no empieza hoy ni partimos de la nada. El Consejo Nacional de Empresarios ante la reforma sindical», en MATEOS, A. y HERRERÍN, A., La España del presente: de la dictadura a la democracia, Madrid, Asociación de Historiadores del Presente, 2006, págs. 271-278. 11 Junto a la AIP, la Associação Industrial do Porto (AIPortuense), Associação Comercial de Lisboa (ACL) y la Associação Comercial do Porto (ACP), entre otras, LUCENA, M. de y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas?- Associaçoes de interesses económicos e institucionalização da democracia em Portugal (I)» , Análise Social, vol. XXVI (114), 5 (1991), págs. 882-883. MAKLER, H. M., «The Portuguese industrial elite and its corporative relations: a study of compartmentalization in an authoritarian regime», en GRAHAM, L. S. y MAKLER, H.M., Contemporary Portugal. The revolution and its antecedents, Austin, University of Texas Press, 1979, pág. 127. Sobre España, GARCÍA FEMENÍA, A.M., El asociacionismo empresarial en España, Madrid, Instituto de Estudios Históricos, 2002, págs. 127-192. DIEZ CANO, S., Las Cámaras de Comercio durante el franquismo. El caso salmantino. Salamanca, Universidad de Salamanca, 1992. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 705 EUROPA, UNA OPORTUNIDAD DE DESARROLLO ECONÓMICO Al igual que los círculos desarrollistas de la Administración, buena parte de las élites económicas portuguesas, partidarias de una mayor inserción de la economía en los mercados internacionales e igualmente interesadas en las colonias y en Europa, disintieron de la política salazarista ante el proceso de integración. La discrepancia, en ambos sectores, derivaba de la consciencia del atraso del país y de la relación que establecían entre el desarrollo económico y Europa. Un vínculo que, de manera ambigua dadas sus repercusiones sobre las posesiones ultramarinas, Marcelo Caetano estableció ya en mayo de 1957, durante las sesiones del II Congresso dos Economistas12. Los planteamientos del que por entonces era ministro de la Presidencia, fueron ampliamente sobrepasados por las asociaciones empresariales más relevantes. Para la AIP, que ese mismo año celebró su II Congreso, la elevada dependencia económica de los mercados europeos unida al impacto de la tarifa exterior común sobre las exportaciones, dejaba al país sin otra alternativa que la adhesión. Paso inevitable y, por ello mismo, forzado. Algunos sectores, los más beneficiados por un posible ingreso, no sostenían, como es obvio, la misma opinión. En palabras del representante de la industria del corcho, la integración era «una excelente oportunidad» y la exclusión, en cambio, reforzaría el aislamiento y el atraso del país13. La percepción, en clave puramente económica de la AIP, fue matizada por la AIPortuense. El ingreso, para el que debería acordarse un período de transición que garantizase la reestructuración de la industria, tenía una evidente dimensión política que la asociación no consideraba negativa. Frente a la hostilidad de Salazar, opuesto a cualquier autoridad de tipo supranacional, la asociación expuso con lúcido pragmatismo que «nenhun país pode considerar ferido na sua soberania quando, libremente, aceita entrar para uma organização que lhe pode ofecerer vantagens e constituir instrumento de defesa contra a ameaça que pesa sobre o mundo occidental». Unas ventajas entre las que, sorprendentemente, incluyó el acceso al fondo de ayuda al desarrollo de los territorios ultramarinos, y que llevaron a calificar la adhesión como la mejor opción económica y política para el país14. ———— 12 ANDRESEN-LEITÃO, N., Estado Novo, democracia e Europa. 1947-1986, Lisboa, Imprensa de Ciências Sociais, 2007, pág. 231. La posición de Caetano en BRANDÃO DE BRITO, J.M., «La economía: del salazarismo a la Comunidad Europea», COSTA PINTO, A., Portugal Contemporáneo, Madrid, Sequitur, 2000, págs. 102-103. 13 ANDRESEN-LEITÃO, N., Estado Novo, democracia e Europa. 1947-1986, págs. 187 y 193. 14 El rechazo de Salazar a cualquier autoridad de tipo supranacional en TELO, A. J. «Portugal y la integración europea, (1945-1974)», Ayer, 37 (2000), págs. 291-293. El pragmatismo de la AIP ante la supranacionalidad, expresado en términos similares por el presidente de la ACL, en ANDRESEN-LEITÃO, N., Estado Novo, democracia e Europa. 1947-1986, págs., 194-195 y 166. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 706 Perspectiva similar a la de los empresarios portugueses adoptaron los españoles. Según un informe enviado por la OS al Conseil des Fédérations Industrielles d'Europe (CIFE) en 1959 y basado en la información recabada de las secciones económicas, es decir, de los empresarios, España debía encaminarse a «una asociación en los plazos más cortos posibles»15. Tal aserto se sustentaba en los riesgos que comportaba para el país la marginación de los procesos de cooperación internacional y, muy especialmente, de la integración europea. El apoyo decidido y sin reservas a la incorporación a la CEE requería —y en ello el aparato sindical coincidía con los «tecnócratas»—, un cambio profundo en el modelo económico autosuficiente aplicado desde la Guerra Civil. Cambio que, en todo caso, habría de complementarse con la negociación de acuerdos especiales para lograr el cumplimiento paulatino y sin traumas de las obligaciones anejas a la integración y las posibles ayudas que Europa podría prestar a la modernización económica del país16. La opción europeísta de los círculos empresariales a uno y otro lado de la frontera no ejerció influencia alguna en los ámbitos de decisión política, en los que primaban criterios muy distintos. Esto es, la permanencia de las dictaduras y, en el caso de Portugal, además, la defensa del imperio. El régimen salazarista encontró una salida satisfactoria con su participación —no deseada en principio por los británicos— en los preparativos para la creación de una zona de libre cambio europea, paralela a la CEE y menos exigente que esta. En consonancia con ello, la adhesión a la EFTA no implicaba reforma alguna del carácter dictatorial del régimen ni renuncia o modificaciones en su status de metrópoli colonial, al tiempo que preservaba las estrechas relaciones con el mercado británico. Una solución que el mundo empresarial acogió con beneplácito, especialmente la AIPortuense, para la que una mayor exposición a la competencia extranjera incentivaría el desarrollo económico. También hubo cierto malestar. El desasosiego de los grandes grupos económicos no estaba relacionado tanto con el ingreso, realizado en condiciones especiales, adaptadas al modelo de crecimiento y nivel de desarrollo económico de Portugal, como con la ausencia de información y consultas con el mundo empresarial sobre las razones por las que el gobierno había realizado la opción EFTA17. Motivos ———— 15 Cfr. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Á., «Non a qualunque prezzo», pág. 141; ANDERSON, C. W., The political economy of Modern Spain. Policy-making in an authoritarian system, Wisconsin, The University Wisconsin Press, 1970, pág. 121. 16 GONZÁLEZ, M. J., La economía política del franquismo (1940-1970), págs. 172-174; CRESPO MACLENNAN, J., España en Europa, 1945-2000. Del ostracismo a la modernidad, Madrid, Marcial Pons, 2004, págs. 64-65. 17 CALVET DE MAGALHÃES, J. «Salazar e a Unidade Europeia», págs. 138-142; TELO, A. J., «Portugal y la integración europea», págs. 302-303; LOPES, J. da Silva, A economía portuguesa desde 1960, Lisboa, Gradiva, 1996, págs. 115-116. El malestar en ANDRESEN-LEITÃO, N., Estado Novo, democracia e Europa. 1947-1986, pág. 190. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 707 que, ante la desorientación reinante, hubo de explicar el ministro de economía en el coloquio celebrado por la AIP ese mismo año sobre la posición de Portugal en relación a la cooperación entre las economías europeas. Según Correia de Oliveira, la decisión se había fundamentado en una interpretación, ciertamente conmovedora, de los Tratados de Roma que daba por supuesta la «explotación común» del imperio portugués18. La creación de la EFTA situó a España ante una disyuntiva nada fácil. La adhesión a la CEE resultaba atractiva desde un punto de vista económico pero imposible, en la práctica, dada la naturaleza del régimen franquista. Por su parte, la integración en la EFTA no planteaba problemas desde un punto de vista político, al menos en principio dada la pertenencia de Portugal, pero era menos interesante en términos económicos. Las directrices de política exterior de la dictadura se sintetizaron en el axioma «esperar y ver» cuál de los dos proyectos de integración acabaría cuajando. Un criterio que asumió el delegado de la OS —representante en teoría de una «organización profesional sindical»— en una reunión del CIFE en la que eludió adoptar una postura definida, alegando que ello podría «agravar la situación presente, desequilibrándola aún más» y, en su lugar, propuso que la OCDE elaborase una fórmula general para lograr una Europa unida económicamente19. La petición de ingreso británica en las CEE, presentada en 1961, trastocó los planteamientos de la dictadura portuguesa y zanjó el dilema de la española. Para entonces, además, operaban sobre los respectivos gobiernos las presiones de los sectores económicos más interesados en la integración20, aunque resulta improbable que ejercieran influencia alguna en la decisión —más forzada en Portugal y entusiasta en España— de realizar un primer acercamiento a la CEE. En el mes de febrero de 1962 Fernando M. Castiella, ministro de Asuntos Exteriores, envió una carta a Bruselas en la que solicitaba la «apertura de negociaciones para una asociación susceptible de llegar en su día a la plena integración». Dos meses más tarde, el escrito remitido por Salazar a través del embajador Calvet de Magalhães, recababa la apertura de negociaciones con el fin de «estabelecer os termos da colaboração que o governo português pretendia ver estabelecida, num futuro próximo, entre Portugal e o conjunto dos países da CEE»21. ———— 18 CANDIDO DE AZEVEDO, J., Portugal Europa FACE ao Mercado Comum, Lisboa, Livraria Bertrand, 1978, págs. 20-21. 19 ARROYO LLERA, F., El reto de Europa: España en la CEE, Madrid, Ed. Síntesis, pág. 34; BASSOLS, R., España en Europa. Historia de la adhesión a la CE, 1957-1985, Madrid, Estudios de Política Exterior, 1995, pág. 31. 20 ANDRESEN-LEITÃO, N., Estado Novo, democracia e Europa. 1947-1986, pág. 166. LA PORTE, M.T., La política europea del régimen de Franco (1957-1962), págs. 245 y 255. 21 BASSOLS, R., España en Europa. Historia de la adhesión a la CE, 1957-1985, págs. 302-303; CALVET DE MAGALHÃES, J., «Salazar e a Unidade Europeia», pág. 142. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 714 dentes derivaciones sobre las posesiones ultramarinas, cuya participación se estimaba inviable. El acuerdo comercial, por último, era la única alternativa políticamente factible aunque, en este caso, la Comissão recomendaba evitar a toda costa un tratado similar al establecido con España41. A finales de ese mismo año se iniciaron unas negociaciones que, por parte portuguesa, pretendían un acuerdo de asociación entre la CEE y «la parte europeia de Portugal» que estimulase el desarrollo de la economía, en general, y el proceso de industrialización, en particular. Propuesta poco razonable que, en realidad, formaba parte de una estrategia negociadora con la que se aspiraba a lograr un acuerdo comercial más favorable que el obtenido por su vecino. El proceso negociador, a diferencia de lo ocurrido con España, finalizó en breve plazo y en julio de 1972 Portugal y la CEE firmaron un Acuerdo de Libre Comercio, menos generoso que el griego pero claramente más ventajoso que el español, aunque en todos los casos tendieron a beneficiar a la parte más débil42. El tratado fue aceptado por una amplia mayoría a su paso por la Cámara Corporativa y la Asamblea Nacional. Tal acogida obedeció a la exclusión de cualquier dimensión política que afectara al statu quo portugués y a la consideración del acuerdo, por los más recalcitrantes, como mal menor, inevitable para atenuar los efectos de la dependencia de los mercados europeos. Esta última convicción era sostenida igualmente por las élites económicas, entre las que la firma no suscitó reacciones encontradas salvo en sectores ultramarinistas, claramente minoritarios. La cuestión fundamental era muy otra. Al igual que entre los españoles, planeaba el interrogante sobre la capacidad de los portugueses para aprovechar los ventajosos términos del acuerdo y una misma percepción: su consideración como oportunidad para fomentar la competitividad y la reestructuración de las empresas, tanto como la dinamización y mayor coordinación de las políticas económicas43. ———— 41 «É recomendable que tentemos proteger-nos contra as pressões que certamente serão feitas para que nos contentemos com um acordo preferencial da naturaleza do que foi há pouco assinado entre a CEE e a Espanha». El texto completo en TAVARES CASTILHO, J. M., «O Marcelismo e a construção europeia», págs. 118 y 119, nota 5. 42 CRAVINHO, J., «Portugal. Characteristics and motives for entry», págs. 135-136; TAVARES CASTILHO, J. M., «O Marcelismo e a construção europeia», págs. 99-101. ALONSO, A., España en el Mercado Común. Del acuerdo del 70 a la Comunidad de Doce, Madrid, EspasaCalpe, 1985, págs. 27-39; BASSOLS, R., España en Europa. Historia de la adhesión a la CE, 1957-1985, págs. 57-59. El impacto económico de los acuerdos en EISFELD, R., «Portugal in Western Europe», en MAXWELL, K. (ed.), Portugal in the 1980’s: Dilemmas of democratic Consolidation, Nueva York, Greenwood, 1986, pág. 47; VIÑAS, A. et al., Política comercial exterior de España (1931-1975), Madrid, Banco Exterior de España, 1982, págs. 225 y ss. 43 CANDIDO DE AZEVEDO, J., Portugal Europa FACE ao Mercado Comum, Lisboa, Livraria Bertrand, 1978, págs. 25 y 27; TAVARES CASTILHO, J. M., «O Marcelismo e a construção europeia», págs. 95-101. Algunos miembros de estas élites sostuvieron la necesidad de refor- UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 715 Este tipo de argumentaciones no dejó de suscitar cierta aprensión, incluso entre los sectores liberales/europeístas. Paradigmática fue la intervención en la primavera de 1972 del diputado e industrial de Oporto, Joaquim Macedo. Favorable como era a la libre competencia como factor esencial de la economía capitalista, sostuvo la conveniencia de una liberalización pausada que salvaguardara los intereses de la industria nacional y, sobre todo, la aprobación de cláusulas de excepción frente a los países de la CEE. Dicho de otro modo, una futura adhesión debía ser precedida por una fase transitoria, un período de preparación en el que al Estado incumbía funciones de apoyo y estímulo44. A estas alturas la inviabilidad de las posesiones ultramarinas para impulsar el crecimiento económico y el necesario acercamiento a la CEE había diluido la línea divisoria entre ultramarinistas y europeístas. No había otra alternativa, para los grandes hombres de negocio y el aparato administrativo, que Europa. CAMINOS DIVERGENTES: LOS DIFÍCILES AÑOS SETENTA La creciente debilidad de las dictaduras ibéricas y su incapacidad para dar respuesta efectiva a los problemas presentes y futuros de sus respectivas sociedades condicionó las actitudes y estrategias del empresariado en los primeros años setenta. En otras palabras, la frustración que generó el desajuste entre la parálisis política interna y la complejidad y dinamismo del mundo de los negocios dio paso a la idea de que muchas de las cuestiones pendientes —incluida la incorporación a la CEE— solo podrían ser resueltas con un cambio político. En un clima de corrupción generalizada y creciente asfixia económica por el efecto combinado del sostenimiento de las guerras coloniales y el primer choque petrolífero, las élites económicas acogieron esperanzadas el 25 de abril en la creencia de que el golpe militar daría paso a un liberalismo moderado, incluso con cierto tono socialdemócrata. Una democracia capaz, a un tiempo, de poner fin a la guerra, manteniendo unas relaciones privilegiadas en África, e intensificar la integración internacional de la economía portuguesa y el apoyo financiero externo45. Al otro lado de la frontera, el agotamiento del modelo desarrollista, el incremento de la conflictividad laboral y el impacto ———— zar la comunidad luso-brasileña para superar la dependencia a que se vería abocada Portugal. Ibidem, págs. 105-106. 44 FERNANDES, T., Nem ditadura, nem revolução. A ala liberal e o Marcelismo (19681974), pág. 85. 45 BARRETO, A., «Portugal, a Europa e a democracia», Análise Social, vol. XXIX, 129 (1994) (5.º), pág. 1053. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 716 de la subida de los precios del crudo indujeron en numerosos empresarios la percepción de que la crisis económica se hallaba íntimamente vinculada a la debilidad del régimen. Al igual que sus homólogos portugueses, confiaron en un cambio político que posibilitara la introducción de una economía de libre mercado —naturalmente respetuosa de sus intereses— y de la plena integración de la economía en los circuitos internacionales46. Paradójicamente, el cambio que anhelaban unos y otros no podía resolver la incertidumbre en que se desenvolvían. La fase de transición, por el contrario, suele intensificarla ante la inexistencia de un marco institucional claro y perfectamente definido, carencia especialmente acusada en Portugal a causa del vaciamiento del Estado, desprovisto en la práctica del poder coercitivo, y de la emergencia de un poder revolucionario47. En esas coyunturas de crisis o cambio político, en las que los empresarios perciben un riesgo cierto para sus negocios e incluso para su supervivencia como tales, suelen renunciar con facilidad a su acendrado individualismo y recurren al principio asociativo como refugio y, al mismo tiempo, plataforma que proteja sus intereses ante los nuevos poderes públicos y los sindicatos. En consonancia con esos planteamientos, rápidamente se abordó la configuración de un sistema asociativo adaptado a las nuevas circunstancias políticas y sociales. Pocas semanas después del 25 de abril, las organizaciones empresariales más relevantes acordaron la creación de una organización unitaria, desprovista de vinculación alguna con la dictadura. La constitución de la Confederação da Indústria Portuguesa (CIP), sin embargo, no supuso la desaparición de las asociaciones preexistentes, aunque CIP asumió el protagonismo en la movilización de los empresarios y la defensa de sus intereses. La dispersión asociativa se acentuaría más tarde con la creación de la Confederação do Comercio (CCP) y la Confederação de Agricultores (CAP), entidades que operaron de manera autónoma, aunque asumieran un discurso y estrategias similares48. El proceso español adoleció de mayor lentitud y complejidad, fruto de la heterogeneidad de los intereses empresariales y, sobre todo, de las disensio- ———— 46 FERNANDES, F. S., e SANTOS, H., Excomungados de abril, Lisboa, Dom Quixote, 2005, págs. 18-19; SÁNCHEZ CERVELLÓ, J., «La democratización portuguesa (1974-1976)», en TORRE, H. de la y VICENTE, A. P., España-Portugal. Estudios de Historia Contemporánea, Madrid, Universidad Complutense, 1998, pág. 111; GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A., «Los empresarios ante los cambios económicos y sociales», en SÁNCHEZ RECIO, G., Eppure si muove. La percepción de los cambios en España (1959-1973), págs. 101-119. 47 Las diferencias entre ambos procesos en LINZ, J.J., «Some comparative thoughts on the Transition to Democracy in Portugal and Spain», en BRAGA DE MACEDO, J. y SERFATY, S. (eds.), Portugal since the Revolution: Economic and Political perspectives, Boulder (Colorado), Westview Press, 1981, págs. 25-45. 48 LUCENA, M. y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas», págs. 886-887. Sobre el asociacionismo agrario, «Metamorfoses corporativas», págs. 135-176. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 717 nes — personales e ideológicas— entre sus dirigentes. Solo a finales de junio de 1977 se impuso la necesidad de una organización representativa unitaria, reconocida como tal por el gobierno y los sindicatos, que permitió llegar a una fórmula de compromiso equilibrado y consistente. La estructura orgánica, flexible y descentralizada de la nueva organización, la Confederación de Organizaciones Empresariales Españolas (CEOE), posibilitó la posterior adhesión de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (CEPYME), la Confederación Nacional de Agricultores y Ganaderos y de otras asociaciones que ratificaron su condición de organización cúpula49. Creada pocas semanas antes del envío a Bruselas de la petición formal de adhesión, la CEOE heredó y asumió como propios los planteamientos ya formulados por el franquista CNE en los años setenta. La posición del Consejo se apoyaba en la convicción de que el acuerdo preferencial no había resuelto los problemas que planteaba a los empresarios la existencia de la CEE. Las dudas, acentuadas por la ampliación del Mercado Común, no fueron enteramente despejadas por la firma del protocolo adicional en 1973. Aunque claramente beneficioso para España, solo solventaba de manera provisional las negativas repercusiones sobre las exportaciones del ingreso de los tres nuevos socios. La inesperada irrupción de otros elementos de incertidumbre —la crisis comunitaria, el asesinato del jefe de gobierno español, almirante Carrero Blanco, por ETA en diciembre de 1973, y las dificultades económicas— ensombrecieron aún más las perspectivas de futuro y contribuyeron a la permanencia de una percepción escéptica sobre Europa. La inquietud, sin embargo, dio lugar a respuestas diferentes. Frente a los que, dentro del CNE, defendían una adhesión rápida, casi a la desesperada, «aunque sea para evitar el efecto negativo de estar fuera», un segundo grupo mantuvo la conveniencia de replantear la integración. No se trataba de rechazar el ingreso sino de reflexionar sobre «si interesa o no acercarse al Mercado Común» y, en consonancia con ello, estudiar «soluciones alternativas»50. El cambio en el marco institucional y, especialmente, las distintas modalidades con que se introdujeron las nuevas estructuras políticas quebró tempo- ———— 49 AGUILAR, A., «El asociacionismo empresarial en la transición postfranquista», Papers, 24 (1985), págs. 53-84. GUTIÉRREZ ÁLVAREZ, S. J., Aproximación histórica a las organizaciones empresariales en España. II. Las organizaciones empresariales en la Transición: 1975-1978, Madrid, Fundación CEIM, 2001; GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Á., «El mundo no empieza hoy ni partimos de la nada. El Consejo Nacional de Empresarios ante la reforma sindical», págs. 271-288. 50 ALONSO, A., España en el Mercado Común. Del acuerdo del 70 a la Comunidad de Doce, págs. 95-96; VARSORI, A. (ed.), Alle origini del presente. L’Europa occidentale nella crisi degli anni settanta, Milán, Angeli, 2007, págs. 9-22; SOTO, A., Atado y bien atado: institucionalización y crisis del franquismo, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A., «Non a qualunque prezzo», pág. 155. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 718 ralmente la convergencia que había definido las actitudes de los hombres de negocios españoles y portugueses hacia la CEE. La dimisión, en septiembre de 1974, del general Spinola, el hombre en el que los grandes grupos económicos habían depositado sus esperanzas de un cambio moderado, sembró la alarma ante un giro de signo socializante. En un contexto de hostilidad patente hacia la actividad y la figura del empresario, CIP apostó claramente por la opción europea, percibida como el mecanismo más adecuado para conjugar la defensa de los intereses económicos y políticos del empresariado. Desde esa perspectiva, postuló avanzar hacia un tratado de asociación que avalara la construcción de un marco institucional similar al de los países comunitarios y, al mismo tiempo, atenuara las negativas repercusiones de una adhesión inmediata51. La percepción de Europa como muro de protección frente al proceso revolucionario se robusteció a partir de la primavera del año siguiente. El fallido golpe del 11 de marzo de 1975, la posterior nacionalización de los principales grupos y sectores económico-financieros y la reforma agraria en los grandes latifundios del sur arrumbaron las expectativas de una democracia vinculada a la economía de libre mercado. Fuera del juego político y en un ambiente de extraordinaria inseguridad, en el que algunos grandes empresarios acabaron en la cárcel, muchos industriales, directivos, grandes propietarios agrarios e, incluso, mano de obra especializada optaron por el exilio52. La Constitución, aprobada en abril de 1976, no contribuyó a apaciguar el temor del mundo de los negocios sino todo lo contrario. El texto, articulado en torno a la idea de que Portugal se hallaba en fase de transición hacia el socialismo, consagró, entre otros puntos, la reforma agraria como «uno de los instrumentos fundamentales para la construcción de la sociedad socialista» y la irreversibilidad de las nacionalizaciones. La relativa desvalorización del mercado y de sus instituciones básicas —la propiedad privada y la libertad de iniciativa— no impidieron por entero su ejercicio pero resulta evidente que los intereses del ———— 51 FERNANDES, F.S. y SANTOS, H., Excomungados de abril, págs. 18-19 y GOMES, B. y MOREIRA DE SÁ, T., Carlucci vs. Kissinger. Os EUA e a Revolução Portuguesa, Lisboa, Dom Quixote, 2008, pág. 24. Tal como declaró el portavoz de CIP, «A politica portuguesa deve ter como base a CEE, insere no marco jurídico evolutivo que nosso acordo comercial permite e orientada para um estatuto de associação», O Século Ilustrado, octubre 1974, cit. en CANTAGALLI, M., Il Portogallo e l’Europa: dal processo di democratizzacione interno alla domanda di adesione alla Comunità Economica Europea (1974-1977). Tesis de laurea, Florencia, Università degli Studi di Firenze, año académico 1998-99, pág. 102. 52 BAKLANOFF, E. N., La transformación económica de España y Portugal, pág. 225. FERNANDES, F. S. y SANTOS, H., Excomungados de abril, págs. 81-83. VV. AA., Handbook for Portugal, Washington D.C., Government Printing Office, 1977, pág. 138; KRUGMAN, P. y BRAGA DE MACEDO, J., «The economic consequences of the April 25th revolution», en BRAGA DE MACEDO, J. y SERFATY, S., Portugal since the revolution: economic and political perspectives, Boulder, CO, Westview Press, 1981, págs, 53-89. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 719 mundo empresarial no parecían tener acomodo dentro de los principios constitucionales del 7653. La compatibilidad o incompatibilidad del texto constituyente con la economía de libre mercado, debate social y político que se prolongó a lo largo de 1976, tenía otra dimensión no menor, la definición de la posición del nuevo Portugal en el sistema internacional. Una controversia que los partidos de centro-derecha plantearon desde una perspectiva francamente europeísta y CIP, además, con un enfoque económico: la conformidad o no de la constitución con el acervo comunitario. En consonancia con sus planteamientos, el objetivo prioritario de la organización, la revisión de la Carta Magna, avanzó irremisiblemente unida a la idea de Europa. Marchamo, en clave puramente doméstica, para reducir el peso del sector público e iniciar un programa de privatizaciones, para liberalizar el mercado laboral, introducir una política macroeconómica realista y reivindicar la función del empresario como agente creador de riqueza, la integración en el proyecto comunitario mudó en cuestión política. Al logro de una economía de libre mercado CIP supeditó incluso los intereses de los sectores perjudicados o menos favorecidos por la adhesión. Percepción similar y con los mismos objetivos mantuvo CAP, asociación en la que predominaban los pequeños y medianos propietarios agrarios del norte del país. La consideración de que la entrada en la CEE sería una excelente plataforma para combatir la política colectivista y estatalizadora, liquidar la reforma agraria e impedir proyectos similares en un futuro no impidió, sin embargo, que planteara algunas objeciones. La más relevante de ellas, la aprobación de un prolongado periodo transitorio (entre 10 y 15 años) para reformar el sector y eludir las negativas repercusiones sobre la balanza de pagos y el coste de la vida54. La formación del primer gobierno constitucional, bajo el liderazgo del socialista Mario Soares, clarificó la orientación de la política exterior. Persuadido de que la adhesión garantizaría la consolidación de la democracia y el apoyo europeo a la modernización y el desarrollo económico, el ejecutivo apoyó la integración como la alternativa idónea, a un tiempo atlantista y europea, para el país. La petición formal de adhesión, realizada en marzo del año siguiente, fue una decisión política a la que no fue ajena el desastroso ———— 53 GAROUPA, N. y ROSSI, L., «Instituições e quadro legal», História económica de Portugal, 1700-2000, págs. 432-33; LUCENA, M. y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas?», págs. 855-856. 54 TSOUKALIS, L., The European Community and its Mediterranean enlargement, pág. 120; ÁLVAREZ-MIRANDA, B., El sur de Europa y la adhesión a la Comunidad. Los debates políticos, Madrid, CIS/siglo XXI, 1996, págs., 150-151; LUCENA, M. y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas?», pág. 892. ÁVILA DE LIMA, J., «As organizações agrícolas socioprofissionais em Portugal e a integração europeia (1974-1985)», Análise Social, XXVI, 10 (1991) (1.º), pág. 236. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 720 balance económico de la revolución, la concepción benéfica, casi milagrosa, de Europa sostenida entonces por amplios sectores sociales y el deseo de los principales partidos —con la salvedad del PCEde evitar un posible retorno a las turbulencias del período 1974-1975. Por último, también influyó sobremanera la conveniencia de adelantarse a la previsible solicitud de adhesión por parte de España55. Paradójicamente, la decisión del gobierno portugués contribuyó a acelerar la petición española, presentada a finales de julio de 1977, celebradas ya las primeras elecciones democráticas56. Una solicitud que contó con el apoyo de todas las formaciones políticas parlamentarias y de amplios sectores de la opinión pública, para los que la integración en la CEE era, más que un asunto económico, la garantía y, al mismo tiempo, la culminación del proceso de reformas hacia la democracia. El europeísmo de los empresarios españoles estaba lejos de ser tan incondicional y entusiasta, atentos como estaban a la defensa de sus intereses en un contexto político y socioeconómico lleno de incertidumbres. Algunos sectores de la pequeña y mediana empresa, atemorizados y desbordados por la formidable conflictividad, urgieron el ingreso en la CEE como medio para pacificar las relaciones laborales, pero no sería esa la postura mayoritaria. Aunque partidarios de la integración, buena parte de los hombres de negocios tuvieron muy presentes los elevados costes y los riesgos que implicaba para sus negocios y, en consonancia, exigieron una reconversión previa de las estructuras empresariales y una negociación prudente y cautelosa. Argumento que, elaborado por el CNE, fue heredado y profundizado por la CEOE y que podríamos sintetizar con el lema «sí, pero no a cualquier precio»57. Reticencias similares acabarían asumiendo, al otro lado de la frontera, las organizaciones empresariales. El reflujo del proceso revolucionario, la mayor estabilidad política y la propia petición de adhesión viraron la posición del mundo de los negocios e, inevitablemente, la dimensión política de la incorporación cedió el paso a las consideraciones puramente económicas. Aun siendo firmes partidarios de un ingreso que, por sí mismo, impondría las re- ———— 55 STALLINGS, B., «Portugal and the IMF: the political economy of stabilization», en BRAGA DE MACEDO, J. y SERFATY, S., Portugal since the revolution: economic and political perspectives, págs. 108-110. LUCENA, M. de y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas? (I)», pág. 858; MEDEIROS FERREIRA, J., «Os regimes democraticos e o processo de integração na Europa», en TORRE, H., Portugal, España y Europa, pág. 152. 56 «Se puede caer en la tentación de que esta petición de adhesión quede para septiembre, para octubre o para el otoño. Creo que también sería un error. Grecia pidió la adhesión el 12 de junio de 1975. Portugal lo hizo el 28 de marzo de 1977. Nos han tomado la delantera y no conviene retrasarnos, si deseamos una globalización del problema». Nota del embajador español ante las CEE, cit. BASSOLS, R., España en Europa. Historia de la adhesión a la CE, 19571985, pág. 188. 57 C. Ferrer Salat, presidente de la CEOE, El País, 21-1-1981. UNA ESPERANZA ACONGOJADA. LOS EMPRESARIOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES ANTE... Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 721 glas propias de una economía de mercado y, en consecuencia, la revisión del texto constitucional, enfatizaron la necesidad de un proceso previo de reformas estructurales que fomentara la competitividad y asegurara la supervivencia de la industria. El viraje, que reactivó la convergencia desaparecida en el mundo de los negocios desde el otoño de 1974, se completaría en 1982 cuando, ante la ausencia de un programa de reformas estructurales y el fracaso de las expectativas depositadas en la revisión constitucional, CIP pasó a pronunciarse contra la adhesión en los términos acordados con la CEE58. A MODO DE CONCLUSIÓN Entre 1957 y 1974 la preocupación de los empresarios españoles y portugueses hacia la integración en la Europa unida transcurrió bajo unos mismos parámetros, definidos por la defensa de sus intereses y una percepción en clave puramente económica del proyecto comunitario. Los hombres de negocios de los dos países aspirantes actuaron condicionados a un tiempo por el temor y el deseo. El temor a la competencia de los socios comunitarios, a que la capacidad, sobre todo industrial, de estos países pusiera en peligro sus empresas y su propia supervivencia como empresarios, dependientes en no pocos casos, de la protección del Estado. El miedo, sin embargo, convivía con el deseo de formar parte de lo que percibían como un club privilegiado, conscientes como eran de que la exclusión suponía un riesgo igual o mayor para sus negocios. La visión optimista del proyecto europeo y de las repercusiones económicas de la adhesión prevaleció entre los grandes empresarios españoles y, en general, en los sectores vinculados a los mercados de exportación. Un europeísmo ingenuo, confiado en las oportunidades de desarrollo económico que brindaría la pertenencia a las CEE, que contrastaba con el rechazo de aquellos para los que, por razones ideológicas o por su dependencia de la protección del Estado, la aproximación a Europa constituía directamente un riesgo para la economía y la independencia nacional. La distinta naturaleza de los negocios y la importancia del imperio colonial para algunos de los grandes grupos económicos condicionaron la actitud del ———— 58 «As Confederações perante um projecto de dimensão Nacional –Adesão de Portugal à CEE–», firmado por CIP, CAP y CCL. El País, 9-6-1978; LUCENA, M. y GASPAR, C., «Metamorfoses corporativas? (I)», págs, 899-900. Sindicatos y organizaciones patronales portugueses acogieron con notorio recelo la aceptación de Bruselas para iniciar las negociaciones formales de cara a la adhesión. El interrogante fundamental, para los hombres de negocios portugueses se planteaba en términos similares a los ya elaborados en España: «¿Cómo va a aguantar la economía portuguesa, y, sobre todo, una estructura industrial compuesta aún por el 40% de empresas de tipo familiar y artesanal, las duras condiciones de competencia de un mercado ya de por sí en plena fase depresiva?», El País, 9-6-1978. ÁNGELES GONZÁLEZ Hispania, 2012, vol. LXXII, n.º 242, septiembre-diciembre, 699-722, ISSN: 0018-2141 722 empresariado portugués. Los sectores y grupos industriales vinculados a los territorios de ultramar, junto a los dependientes en mayor medida de la protección del Estado, cerraron filas en torno a la vocación atlantista y ultramarina frente a los europeístas, volcados en los mercados de exportación europeos. Resuelta la fractura con una solución que a la postre resultó provisional, la incorporación a la EFTA, la petición de ingreso británica y los cambios operados en el interior del país a lo largo de los años sesenta, reactivaron el conflicto entre ultramarinistas y europeístas. A estas alturas, en realidad, el dilema Europa o África ya estaba en vías de superación por la fuerza de los hechos. La creciente dependencia de los mercados europeos y los desajustes provocados por las guerras coloniales reforzaron la primera opción, incluso entre los sectores más vinculados a los mercados ultramarinos. Paradójicamente, por aquel entonces, la benéfica percepción de Europa entre los empresarios españoles había mudado en desengaño y escepticismo, a medida que el modelo de crecimiento desarrollista manifestaba síntomas de crisis y se dilataban las negociaciones para la firma del tratado comercial. Los acuerdos firmados en 1970, en el caso de España, y 1972, en el de Portugal, reactivaron los sentimientos ambivalentes en relación a Europa y bajo la común percepción de mal menor no provocaron —salvo en sectores minoritarios— reacciones encontradas pero tampoco entusiasmo. Esa esperanza acongojada, compartida hasta mediados de los años setenta, conoció una sensible —aunque temporal— mudanza con el fin de la dictadura y el inicio del proceso de cambio político. La Revolución de los Claveles forzó una clara modificación en la apreciación del empresariado portugués. La adhesión dejó de ser, a sus ojos, una cuestión meramente económica para convertirse en primordialmente política: Europa como aval para la implantación de una democracia pluralista respetuosa con la propiedad privada y vinculada de modo inextricable a los principios del libre mercado. Resuelta la definición del modelo económico en España en virtud de los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977, ratificada luego en la constitución aprobada en referéndum al año siguiente, sus hombres de empresa, por el contrario, acentuaron su percepción pragmática de la comunidad y, en consecuencia, los aspectos puramente económicos de una posible adhesión. Una actitud, por lo demás, que también acabaron asumiendo sus homólogos al otro lado de la frontera, una vez iniciado el reflujo del proceso revolucionario y tras la aceptación comunitaria de la solicitud, presentada por el gobierno portugués en marzo de 1977, para el inicio de negociaciones formales de cara a una futura integración. Fecha de recepción: 22-02-2011 Fecha de aceptación: 4-04-2012