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El territorio como "Demo": demo(a)grafías, demo(a)cracias y epidemias

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2 El Territorio como “demo”: demo(a)grafías, demo(a)cracias y epidemias Carmen Guerra, Mariano Pérez y Carlos Tapia (Directores) RED INTERNACIONAL DE ESTUDIOS SOCIOESPACIALES (RESE) UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCÍA 3 Créditos PRODUCCIÓN: Out_arquías. Grupo de Investigación HUM 853. 2011 [email protected] www.outarquias.wordpress.com Universidad de Sevilla. Escuela de Arquitectura. Instituto Universitario de Arquitectura y Ciencias de la Construcción. DIRECTORES DE LA PUBLICACIÓN Carmen Guerra de Hoyos, Mariano Pérez Humanes y Carlos Tapia Martín. TRANSCRIPCIÓN Araceli Castro Calero y David Soria Pedraza REVISIÓN Y ADAPTACIÓN LINGÜÍSTICA Natalia de Carli. DISEÑO GRÁFICO OUT_Arquías. Carlos Tapia FOTOGRAFÍA DE PORTADA Pablo Ramón Benítez Adame. Título "museum Guggenheim New York" 2010. IMPRESIÓN ISBN 978-84-7993-212-1 EDITA UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE ANDALUCÍA. Monasterio de Santa Mª de las Cuevas. C/ Américo Vespucio, 2. 41092 SEVILLA. 2011. © DE LOS TEXTOS: SUS AUTORES © OUT_ARQUÍAS Y UNIA Esta publicación es el resultado en el seno de la Red RESE de distintas investigaciones debatidas en el II Congreso sobre Estudios Socioespaciales celebrado los días 11-12-13 Noviembre de 2009 en la sede de la Cartuja de Sevilla de la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA). La responsabilidad de los argumentos expuestos en este libro corresponde a sus autores, así como el empleo de sus imágenes. 4 CRÉDITOS DEL CONGRESO DIRECTORES: C. Guerra, M. Pérez, C. Tapia (Universidad de Sevilla, España) C.E. Piazzini (Instituto Colombiano de Antropología e Historia) Vladimir Montoya, (U.Antioquia, Colombia) Gabriel Cano y Francisca Ruiz (Instituto de Desarrollo Regional, U. Sevilla, España) PARTICIPANTES: C.E. Piazzini (Instituto Colombiano de Antropología e Historia) Vladimir Montoya y Andrés García, U. Antioquia, Colombia) L. Camarero, L. Castro Nogueira, y E. Lizcano (U. Nacional Enseñanza a Distancia, España) J. Oliva (Dpto. Sociología. U. Pública de Navarra, España) J. R. Moreno y F. de la Iglesia (U. Sevilla, España). Gabriel Cano y Francisca Ruiz (Instituto de Desarrollo Regional, U. Sevilla, España) José Basini (U. Federal de Amazonas, Brasil) Manoel Rodrigues Alves (U. São Paulo, Brasil) Carlos Tapia, Carmen Guerra, Mariano Pérez (U. Sevilla) Victoria Quintero y Elodia Hernández (U. Pablo de Olavide, España) COLABORAN: Universidad de Sevilla (IV Plan propio de investigación) Universidad de Sevilla. Ayudas de Extensión Universitaria, V. Relaciones Institucionales. La Subdirección General de Proyectos de Investigación, ha concedido una ayuda dentro de las Acciones Complementarias (Organización de Congresos, Seminarios y Jornadas de carácter científicotécnico) Convocatoria 2009. Ministerio de Ciencia e Innovación. Estas obras están bajo una licencia de Creative Commons: Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es UNIA, Out_arquías y la Red RESE autorizan la reproducción total o parcial de los textos siempre que se cite su procedencia. 6 Sumario 1. PRESENTACIÓN Carlos Tapia, Carmen Guerra, Mariano Pérez Humanes. Universidad de Sevilla. [pág. 09] 2. SOBRE LAS DEMO(A)GRAFÍAS 2.1 Para las geografías del tiempo. Buscando los espacios de la historia. Carlo Emilio Piazzini. Universidad de Antioquia. [pág. 15] 2.2 Las "nuevas ruralidades" que son y ocultan. Luis Camarero Rioja. Universidad Nacional de Educación a Distancia. [pág. 32] Mesa-Debate [pág. 44] 2.3 De la diáspora al destierro afrodescendiente en Medellín, Colombia. Vladimir Montoya Arango y Andrés García Sánchez. Universidad de Antioquia. [pág. 60] 2.4 La sobremodernidad en la Amazonia. Manaus: la eclosión de espacios y velocidades. José Exequiel Basini Rodriguez. Universidad Federal de Amazonas. [pág. 74] 2.5 A la sombra de los espacios en flor. Luis Castro Nogueira. Universidad Nacional de Educación a Distancia. [pág. 98] 7 Mesa-Debate Conclusiones del Tema 1: DEMO(A)GRAFÍAS. [pág. 116] 3. SOBRE LAS DEMO(A)CRACIAS 3.1 El sueño de la razón a-locada o los no-lugares de la globalización. Emmánuel Lizcano. Universidad Nacional de Educación a Distancia. [pág. 126] 3.2 La búsqueda por un contra-espacio: ¿Hacia territorialidades alternativas o co-optación por el poder dominante? Ulrich Oslender. Florida International University, Miami, EEUU. [pág. 142] 3.3 Espacialidad y poder. Carmen Guerra, Mariano Pérez, Carlos Tapia, profesores de la Universidad de Sevilla y Manuel Rodrigues Alves, de la Universidad de São Paulo. [pág. 164] Mesa-Debate Conclusiones del Tema 2: DEMO(A)CRACIAS. [pág. 188] 4. SOBRE LAS EPIDEMIAS 4.1 La ciudad automovilizada: paisajes para el desencuentro y la diferenciación. Jesús Oliva Serrano. Universidad Pública de Navarra. [pág. 198] 4.2 Nuevas epidemias, nuevos laboratorios. José Ramón Moreno Pérez y Féliz de la Iglesia Salgado. Universidad de Sevilla. [pág. 212] 8 Mesa-Debate. Conclusiones del Tema 3: EPIDEMIAS. [pág. 226] 5. COMUNICACIONES 5.1 Hibridación, liminaridad e identidades múltiples. Josetxo Beriain. [pág. 237] 5.2 Contraespacio. La casa-geografía. José E. L.Canti. [pág. 256] 5.3 Los espacios natuarales del litoral como oportunidad territorial de paisaje. Rafael Lacour Jiménez. [pág. 268] 5.4 Espacios relacionales interactivos. La fisicidad de las redes. Carlos Almansa Ballesteros y Ferrán Ventura Blanch. [pág. 287] 5.5 En nombre del patrimonio…Poder y transformaciones socioterritoriales en la construcción y apropiación social del patrimonio de Valparaiso. Rosa M. Guerrero. [pág. 298] 6. CURRÍCULUMS DE LOS PARTICIPANTES [pág. 314] 9 1. PRESENTACIÓN Carlos Tapia, Carmen Guerra, Mariano Pérez Humanes. Universidad de Sevilla. El libro que presentamos debe ser acogido como la concreción firme y el apoyo creciente, tanto de los resultados ya obtenidos, como del interés investigador por los estudios socioespaciales que un grupo de destacados especialistas y universidades mantiene, con vocación de formar una red internacional para una problemática que es participada globalmente, pero que es singular localmente. Este grupo, que se denomina RESE o Red de Estudios Socioespaciales, tuvo su punto fundacional en el primer Congreso celebrado en Medellín en 2007 (Geopolíticas, espacios de poder, el poder de los espacios). Los profesores Piazzini y Montoya, que ya estaban en contacto con el departamento de Sociología 1 de la UNED, en España, con una ilusión desbordante, fueron tejiendo un entramado de posibles candidatos a formar parte de lo que hoy es ya, sin duda, una organización que comparte sus investigaciones y las traslada a la sociedad desde su divulgación -ejemplo de lo cual es este librodesde la docencia por ser objetivo primordial, y desde las distintas acciones que los asimismo distintos participantes realizan en el seno de la cultura: arte, arquitectura, activismo político, trabajos en instituciones de responsabilidad en administraciones nacionales, trabajo con colectivos sociales, etc. Escribíamos hace un par de años, con motivo de la celebración de un seminario sobre estas problemáticas, que la Universidad Internacional de Andalucía hacía gala de una especial sensibilidad al acoger en su sede de Sevilla el debate que, desde no hace muchas décadas se venía denominando el Spatial Turn, justo en unos momentos de revisión de lo planteado desde los años 90 del pasado siglo. Ese seminario, “El presente de los procesos socioespaciales. Soportes para lo común e identitario” tuvo también su réplica en una publicación que editó la UNIA. Ahí escribimos ese comentario que ahora se hace más necesario que nunca, al ver la luz este segundo volumen sobre los avances en materia de procesos socioespaciales. Tres fueron las temáticas que los directores del Congreso pensamos como las más apropiadas, siempre desde el punto de vista del que se sitúa con una cierta desconfianza hacia los valores, criterios y normas que circulan en nuestro estar en el mundo. Desde la negatividad, como regla para poder someter a juicio los presupuestos de organización, representación y 10 dispersión informacional de nuestro tiempo, describíamos entonces tres epígrafes: 1. DEMO(A)GRAFÍAS: Geografías del conocimiento Que el conocimiento tenga una historia, sea contingente, social y discursivo, no parece ofrecer mayor novedad. Pero que se encuentre afectado/condicionado por el espacio es algo que muchos pondrían en duda. No obstante, tras los sucesivos embates, que durante los dos últimos siglos han recibido la filosofía occidental, las ciencias y las técnicas en sus aspiraciones de trascendencia, universalidad y ubicuidad, hoy estamos frente a la emergencia y posicionamiento de aquellos planteamientos que señalan la existencia de diversas geografías del conocimiento. Geofilosofías, saberes situados, geopolíticas y cartografías del conocimiento, animadas todas ellas por una profunda resignificación de las categorías espaciales de corte tradicional, constituyen la provocación y punto de partida para el debate. 2. DEMO(A)CRACIAS: Espacios de Poder El reordenamiento de la jerarquía escalar de los espacios de poder de la modernidad, la emergencia de nuevas formas de soberanía inter o intra-estatal, así como el contrapunto contínuo entre dinámicas globales y reivindicaciones territoriales locales, pueden ser vistos como síntomas que nos informan sobre la posibilidad de existencia de alternativas de gobierno y poder que son nuevas o que creíamos ya inoperantes. Esta sesión invita a la presentación y debate de propuestas, diseños y ensayos que, a manera de Heterotopías, ofrezcan alternativas de ordenamiento político y espacial para el manejo de ciudades, ruralidades, regiones y otras formaciones espaciales actuales. 3. EPI-DEMIAS: Ecologías del territorio Desde una perspectiva crítica del modelo de desarrollo y del ordenamiento inequitativo del territorio que suele asociársele, y asumiendo que la ocupación humana del planeta es un tipo de escritura, una grafía que a menudo resulta lesiva para los colectivos del presente y el futuro, en esta sesión se exploran alternativas de asentamiento e inscripción más 17 I. La obliteración de los lugares de la historia. Tal como hemos anticipado, en la Europa del siglo XVIII hubo algunos indicios de que tanto las diferencias temporales como espaciales podrían explicar las distintas perspectivas de pensamiento. Pero el riesgo de un relativismo absoluto derivado de una tal contingencia espacio-temporal de los saberes, fue prontamente conjurado mediante el establecimiento de un ordenamiento teleológico de las diferencias en el tiempo (Koselleck 1993:190). De tal forma que para el siglo XIX, con la edificación de las filosofías de la historia, las categorías de pensamiento fueron historizadas en relación con un sentido progresivo de perfeccionamiento de la razón, lo cual en principio no entraba en contradicción con los postulados de neutralidad y objetividad de las ciencias. En virtud del sentido de perfectibilidad, el conocimiento científico constituía una meta y un logro propios de un estadio avanzado de la historia, del cual Europa occidental era el epígono. En este poderoso ensamblaje, la relevancia que pudieran tener los lugares desde los cuales se dice y se conoce fue opacada por la epistemología de la objetividad empírica y la neutralidad axiológica que estructuró la cartografía de los saberes científicos de la modernidad (Grosfoguel, 2007). Si el pensamiento científico tenía un lugar en el tiempo, no podía tenerlo en el espacio. Para una mirada científica que observa sin ser observada, que habla desde ninguna parte, que se localiza en el punto cero de la objetividad, el exhibir rasgos locales equivale a un sesgo, un error, un tono parroquial, provincial y primitivo que el “verdadero” conocimiento científico o filosófico debe erradicar de sí (Castro, 2005: 214; Livingstone, 2003: 2; Shapin, 1998). En cuanto a la historiografía de los siglos XIX y XX, la centralidad del tiempo y la obliteración del lugar de enunciación, contribuyó a dar un tratamiento secundario e instrumental a las categorías espaciales. Por ello, Edward Soja ha considerado una nueva definición del historicismo como: “… una contextualización histórica hiperdesarrollada de la vida y la teoría social que sumerge y periferaliza la imaginación geográfica o espacial” (Soja, 1989: 15). La geografía histórica, se dirá, constituye una prueba en contrario de tal aseveración, pero se trata de un enfoque interesado, bien por tomar en cuenta las variables geofísicas y ambientales como factores dados y naturales que sirven de escenario o constriñen la actividad humana, o bien como material pasivo y moldeable por las acciones de la sociedad y la cultura, quedando siempre supeditados a un segundo plano frente a la   desprende de esta perspectiva, se refiere a lo que serían las geografías del tiempo, que busca hacer visibles las relaciones entre determinadas espacialidades y percepciones y concepciones del tiempo, notablemente de la historiografía (geografías de la historia), pero también de la memoria y los patrimonios (Cf. Piazzini, 2006 a y b, 2008). 18 historicidad de los acontecimientos y procesos históricos3. En todo caso, una tal geografía histórica, no podría llegar a plantear que el ejercicio mismo de la historia resultara comprometido por las geografías que se propone estudiar. En una conferencia de 1967, Michel Foucault planteaba que el siglo diecinueve había encontrado sus recursos mitológicos esenciales en el segundo principio de la termodinámica, mientras que la época presente podría ser la de las simultaneidades, de las yuxtaposiciones, de las proximidades y las distancias, en fin, la época del espacio. Así a los “píos descendientes del tiempo”, el autor francés oponía los “arcanos habitantes del espacio” (Foucault, 1967). En efecto, no sería precisamente en el terreno de la historiografía que en los siguientes años emergerían o tendrían eco las tesis a favor de la importancia epistemológica y ontológica del espacio, para conformar aquello que hoy se conoce como el “giro espacial”. Tal como lo actualiza Francois Hartog, los historiadores han estado fundamentalmente ocupados en la cuestión del tiempo: “Si éste es para todos una dimensión fundamental de la experiencia del mundo y de sí, para el historiador lo es doblemente. Porque el tiempo es primeramente en el que vive y trabaja, pero también es “su” periodo, el tiempo sobre el que él trabaja” (Hartog, 2007: 14); y aun cuando señala que a pesar de trabajar rutinariamente con él, tradicionalmente los historiadores no han reflexionado mucho sobre el tiempo, llama la atención acerca del reciente surgimiento de una preocupación teórica sobre el tema, de la mano de historiadores como Michel de Certeau, Reinhart Koselleck y Paul Ricoeur (Ibíd.: 20). Serían desarrollos teóricos diferentes a la cuestión espacial, los que en los últimos cuarenta años acompañarían la preocupación fundamental de los historiadores por la cuestión del tiempo: la lingüística, la semiótica y la antropología. Parecería ser entonces estéril hallar claves a favor de una geografía de la historia en la obra de aquellos “píos descendientes del tiempo”. No obstante, trataré en lo que sigue de mostrar cómo en los límites e intersticios de sus planteamientos, emergen toda una serie de exterioridades que, a pesar de todo, dicen de la importancia del espacio para la producción historiográfica misma.   3 A menudo se citan los trabajos de Fernand Braudel como ejemplo de la importancia dada a la geografía en los análisis históricos. Pero en el esquema de Braudel el lugar del espacio es precisamente el de la larga duración, aquel “tiempo frenado, a veces incluso en el límite de lo móvil” en donde se sitúa repetidamente la geografía, operando como soporte y obstáculo, como “marco geográfico” de “sorprendente fijeza”, “prisión de larga duración” de la historia. (Braudel, 1974: 74). Lo que se desprende es que en el confín de las largas duraciones, allí en donde ya no hay movimiento, en donde impera lo fijo, en donde muere el tiempo, está el espacio. 19 Así por ejemplo, para el análisis de la narrativa histórica Paul Ricoeur diseña un modelo compuesto por tres momentos: mimesis I, que corresponde al antes del texto (prefiguración), mimesis II que se refiere a la literalidad de la obra histórica (configuración), plano al cual se han dirigido casi por completo los análisis narrativos, y mimesis III que remite al mundo del lector (refiguración). Superando una mirada centrada exclusivamente en las leyes internas de la obra literaria, el enfoque hermenéutico de Ricoeur se preocupa por “reconstruir el conjunto de las operaciones por las que una obra se levanta sobre el fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir, para ser dada por el autor a un lector que la recibe y así cambia su obrar” (Ricoeur, 1988: 114). Interesa para los efectos de este trabajo destacar mímesis I, como el momento antes del texto en el cual las exterioridades, el mundo extralingüístico (aunque no sólo eso) constriñen en parte lo que el historiador puede o no decir sobre el pasado, con lo cual la aspiración de veracidad distingue al texto histórico de la verosimilitud que habita el texto literario. En mimesis I opera la estructura pre-narrativa de la experiencia práctica, referida a la semántica, la realidad simbólica (cultural) y la experiencia temporal a partir de las cuales el autor edifica su obra. Con ello, el análisis de la historia como narración deja abierto un extremo, un antes del texto, en donde ese “fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir” contribuye a romper el solipsismo que caracteriza las propuestas que han enfatizado en la autoreferencialidad del texto escrito y la dimensión narrativa como planos centrales para la explicación del quehacer del historiador. Pero hay que decir que ni en estas condiciones pre-textuales ni en los dos momentos siguientes de la mímesis propuesta por Ricoeur, se incluyen explícitamente las percepciones y concepciones espaciales de quien escribe la historia, lo cual se comprende dada la importancia capital que el autor concede a la cuestión del tiempo en su obra. En realidad, las referencias al espacio son más bien marginales, reduciéndose a la sugerencia de analizar lo que sería el correlato espacial de mimesis I, II y III en la arquitectura. Dice Ricoeur en La memoria, la historia, el olvido: el acto de habitar equivale a la “prefiguración del acto arquitectónico, en la medida en que la necesidad de abrigo y de circulación dibuja el espacio interior de la morada y los intervalos dados para recorrer. A su vez, el acto de construir se da como el equivalente espacial de la configuración narrativa mediante la construcción de la trama; del relato al edificio; es la misma intención de coherencia interna que mora en la inteligencia del narrador y del constructor”. Finalmente, el habitar, que resulta del construir, equivale a “la refiguración que, en el orden de la narración, se produce en la lectura: el habitante, como el lector, acoge el construir con sus esperas y también con sus resistencias y sus contestaciones” (Ricoeur, 2003: 196). 20 Tanto la apertura hacia las exterioridades que implica Mimesis I, como el correlato arquitectónico de los tres momentos de la narración en Ricoeur, se ofrecen como alternativas plausibles y prometedoras para emprender la tarea de identificar cómo opera la dimensión espacial en la producción y recepción de la obra histórica. Una posibilidad semejante se deriva del modelo semántico de comprensión de los tiempos históricos propuesto por Reinhart Kosellck. En la perspectiva de establecer la emergencia y transformación de esa clase especial de experiencia y concepción del tiempo que denominó la historización de la historia, el autor propone examinar los términos en que, en cada sociedad y momento histórico se distancian o relacionan el “espacio de experiencia” y el “horizonte de expectativa”. La primera categoría se refiere a la experiencia que los sujetos que escriben la historia tienen del pasado presente, mientras que la segunda se relaciona con la percepción que tienen desde el presente de cara al futuro. Así, la identificación y análisis de los diferentes grados de alejamiento, tensión o relacionamiento entre espacios de experiencia y horizontes de expectativa, sirve a los propósitos de comprender formas particulares de historicidad. Pues bien, sobre el espacio de experiencia decía Koselleck que “tiene sentido decir que la experiencia proveniente del pasado es espacial, porque está reunida formando una totalidad en la que están simultáneamente presentes muchos estratos de tiempo anteriores, sin dar referencias de su antes ni de su después” (Koselleck, 1993: 337). Se trata de una caracterización muy sugerente de lo espacial que por su simultaneidad y sedimentación se distingue de la condición de sucesión e incertidumbre que caracteriza al horizonte de expectativa. Podría uno hacerse cargo de llevar más adelante el carácter espacial de esta experiencia del pasado que señala Koselleck, para encontrar un argumento más a favor de la existencia de unas geografías de la historia, tal como lo hemos insinuado a propósito de la prefiguración en la mimesis I de Ricoeur: la escritura de la historia estaría en cierto modo condicionada por las experiencias (precepciones y concepciones) no sólo temporales sino espaciales del historiador. Pero lo cierto es que en Koselleck se trata de un empleo metafórico del término espacio, por cuanto en última instancia a lo que apunta su modelo semántico es al establecimiento de un modo metahistórico de “tematizar la temporalidad” en diferentes épocas (Ibíd.: 356). Algo semejante parece suceder cuando se abordan los trabajos de Michel de Certeau. En La operación histórica, publicado inicialmente en 1974, plantea que “enfocar la historia como una operación será intentar, de un modo necesariamente limitado, comprenderla como la relación entre un lugar (un reclutamiento, un medio ambiente, un oficio, etcétera) y unos procedimientos de análisis (una disciplina)” (Certeau, 1978: 16, cursivas añadidas). Poco después, en 1975, un texto más conocido como es La 21 escritura de la historia, añade a esta relación un producto: la construcción de un texto (una literatura)4, conformando así la siguiente triada: Imagen 1. La operación histórica de Michel de Certeau Se nota cómo Certeau efectúa rápidamente una incorporación de la dimensión textual a su idea previa de la operación histórica como práctica social, en un contexto en el cual las tesis narrativistas comenzaban a hacer carrera5. Un cierto interés por la cuestión espacial parece haber dado paso, por lo menos en este momento de su obra, a la cuestión de la historia como narrativa. Llama la atención que en ambos textos, tanto en el de 1974, como   4 La frase del texto anterior es presentada ahora así: “Considerar la historia como una operación sería tratar, de un modo necesariamente limitado, de comprenderla como la relación entre un lugar (un reclutamiento, un medio, un oficio, etcétera), varios procedimientos de análisis (una disciplina) y la construcción de un texto (una literatura)” (Certeau, 1993: 68, subrayado agregado). 5 Conviene recordar que en 1973 Hayden White publica su Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, uno de los textos más importantes para el análisis narrativo de la historiografía. Para 1984, el mismo White diferenciaba cuatro tendencias activas en torno a la narrativa en la obra histórica: la filosofía analítica anglo-norteamericana (Gardiner, Dray, Morton White, Danto y Mink); la historia como ciencia social, sobre todo la escuela francesa de los Annales (Braudel, Furet, Le Goff, Le Roy-Ladurie); las teorías de la literatura y la filosofía de orientación semiológica (Barthes, Foucault, Derrida, Todorov, Kristeva, Benveniste, Genette, Eco) y la hermenéutica (Gadamer y Ricoeur). (White 1991: 49). 22 en el de 1975, rija una conmutación entre los términos lugar (lieu) y espacio (espace), lo que dice de un uso precario de las categorías espaciales. De hecho, por lugar o espacio se refiere a muy variados aspectos. Dice en La escritura de la historia: “Lo real que se inscribe en el discurso historiográfico, proviene de determinaciones de un lugar. Las relaciones efectivas que parecen caracterizar a este lugar de escritura son las siguientes: dependencia de un poder establecido por otros [la deuda con el poder], dominio de las técnicas que se refieren a las estrategias sociales [trabajo técnico], juego con los símbolos y las referencias que tienen autoridad ante el público [un interés público]” (Certeau, 1993.: 24, cursivas añadidas). El análisis del empleo de estos términos en ambos textos, indica que se refiere al lugar o el espacio de la escritura como el equivalente de las instituciones, las ideologías, el cuerpo social, los oficios y el medio ambiente en el cual el historiador desempeña su trabajo, con lo cual estamos, nuevamente, ante un uso metafórico y al parecer poco preciso de las nociones espaciales. No obstante, falta advertir todavía que en Certeau se hace visible una relación problemática de oposición entre la dimensión textual y la espacial. Resulta que en el ejercicio de escritura de la historia, el lugar es silenciado, ocultado por el texto mismo; en la dimensión narrativa el lugar es tanto un límite como un silencio. En efecto, “la “laguna”, el “arché” –dice Certeaues la marca del lugar en el texto… La arché no es nada que se pueda decir, sólo se insinúa en el texto por el trabajo de división o con la evocación de la muerte” (Ibíd.: 28-29). En consecuencia, en la operación histórica el lugar de producción de la escritura es silenciado y distanciado del oficio (la disciplina) y del discurso (el resultado) (Ver figura 1). Se trata de una advertencia acerca de que en los discursos de la historia opera una obliteración ex profeso del lugar de enunciación, lo cual, como hemos señalado al inicio de este ensayo, parece ser una característica general de los discursos científicos, filosóficos e históricos modernos. Pero aún hay que destacar que en el análisis de Certeau, el silenciamiento de los lugares de la escritura en los textos históricos es una condición para que los mismos adquieran autoridad. El lenguaje referencial, para ser efectivo, omite el lugar desde donde se habla, omite el yo que dice, disimula el espacio social del historiador, como recurso para crear un espacio textual de carácter “real”, con suficiente fuerza de verosimilitud. En otras palabras, omitir el lugar de enunciación contribuye a crear la convicción de que el pasado que se narra efectivamente existió. Varios años después, Certeau retornó sobre la cuestión espacial, ya no tanto para referirse a esos afueras extralingüísticos que operan silenciosamente en los límites y los silencios del texto histórico, sino en las prácticas cotidianas. En 1980 publicó La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer, dedicando la 23 tercera parte del libro a las Prácticas de espacio, entendidas como formas específicas de operaciones cotidianas (de “maneras de hacer”), que al corresponder con experiencias antropológicas, poéticas y míticas del espacio, conforman una esfera de influencia opaca y ciega de la ciudad habitada, contrapuesta a aquellas espacialidades de tipo “geométrico” o “geográfico”, que corresponden a la ciudad disciplinada y pensada teóricamente (la ciudad de los planificadores urbanos) (Certeau, 1996: 105)6. En esta contraposición, encuentra Certeau que la organización funcionalista (tecnocrática) de las ciudades trabaja con base en una concepción del tiempo como progreso que olvida el espacio mismo como condición de posibilidad. Interesa enfatizar aquí que Certeau, al pasar del análisis de una práctica específica, es decir la operación histórica, al plano más general de las prácticas cotidianas, llega a plantear que “todo relato es un relato de viaje, una práctica del espacio” (Certeau, 1996: 128). La brecha que había dejado servida en sus trabajos más tempranos, entre la dimensión espacial y narrativa de la historia, no parece estar ya cuando se trata de las prácticas cotidianas, en las cuales no aplicaría la obliteración de los espacios de enunciación como condición para la erección de una autoridad epistémica. Antes bien, se despliega toda una serie de posibilidades para desentrañar aquella relación íntima, aun cuando casi siempre oculta, entre las narraciones y el espacio. Hablar, como lo hace el autor, de “espacios de enunciación”, “enunciaciones peatonales”, “historias espaciales”, “retóricas caminantes y del andar”, “relatos de espacio” y “sintaxis espaciales”, ofrece un interesante repertorio de aproximaciones que una geografía del tiempo bien podría capitalizar. Ahora bien, si es lícito decir, siguiendo a Certeau, que los lugares de la escritura habitan en los silencios del texto histórico, entonces cabe preguntarse desde dónde hablaba Certeau mismo, y en general, cuales han sido los lugares de escritura de Koselleck y Ricoeur, por no mencionar sino a aquellos teóricos que venimos trabajando. Esta es una empresa para lo que   6 Es necesario señalar que la indistinción entre lugar y espacio que operaba en sus textos anteriores, da paso aquí a una clara diferencia entre ambos en tanto conceptos. El lugar es ahora concebido como “el orden (cualquiera que sea) según el cual los elementos se distribuyen en relaciones de coexistencia”; el lugar es característico de lo “propio” y lo “distinto”, mientras que el espacio es un “entrecruzamiento de movilidades”. El espacio es “un lugar practicado”, con lo cual opone lugar, como algo vinculado a la planeación y la arquitectura, al espacio como algo vivido y producido mediante las practicas cotidianas (Certeau, 1996: 129). No deja de llamar la atención el paralelo que existe entre la dupla lugares y espacios de Certeau y la diferencia establecida por Henri Lefebvre, algunos años antes, entre espacios concebidos y espacios vividos, aparte de aquellos espacios percibidos (Lefebvre, 1991). 24 en este ensayo hemos ido acuñando como una geografía de la historia. Pero en ausencia de una investigación rigurosa que espera ser emprendida en esa dirección, habría que decir que esos lugares de enunciación fueron ocultados por los autores, en la medida en que, pese a su actitud crítica y reflexiva frente a una Historia única y generalizante, continuaron haciendo parte de una forma de enunciación que pretende que el conocimiento histórico debe omitir cualquier relación con los lugares desde los cuales se escribe. II. Lugares de enunciación y geopolíticas del conocimiento. Para que los lugares de la escritura de la historia se hicieran explícitos, habría que contar con otras voces, provenientes de geografías periféricas a los centros metropolitanos de producción de las teorías filosóficas, históricas y sociales. Desde el espacio de experiencia, en sentido literal, en donde confluyen las herencias de y las resistencias a los tres grandes imperios del siglo XIX (británico, francés y estadounidense), tendría que hablar el palestino Edward Said para hacer visible que los espacios de la escritura no son metafóricos, que son lugares de enunciación que hacen parte de una geografía política del conocimiento; que una íntima y oculta relación entre lo que se dice y desde donde se dice, es condición de posibilidad para que el texto adquiera autoridad política y epistémica. Como se sabe, Said deconstruye el Orientalismo, aquel campo de conocimiento filológico, histórico, literario, arqueológico y antropológico que emergió en los siglos XVIII y XIX en Inglaterra y Francia, como un “modo de discurso que se apoya en unas instituciones, un vocabulario, unas enseñanzas, unas imágenes, unas doctrinas e incluso unas burocracias y estilos coloniales” (Said, 1990: 20). Para el efecto, se basa en dos metodologías: la localización estratégica que permite establecer la posición de un autor frente a una tradición (Orientalismo) y una exterioridad (Oriente) sobre la cual escribe, y la formación estratégica que permite analizar la intertextualidad, es decir, el modo en que los grupos, los tipos e incluso los géneros de textos adquieren entidad, densidad y poder referencial entre ellos mismos y, más tarde, dentro de una cultura (Ibíd.: 44). Lo que encuentra Said es que el Orientalismo estableció una “relación textual” con Oriente que sustituyó, desplazó y excluyó a Oriente mismo como exterioridad. El recurso al texto funcionó como forma de atenuar el impacto de lo extraño en el mundo europeo. Así, en virtud de la autoreferencialidad del texto, se re-presentó más una alteridad imaginada desde Occidente que a Oriente mismo. Aunque ello no quiere decir que el Orientalismo no haya contribuido activamente, como de hecho lo hizo, al 25 establecimiento de un régimen colonial que afectó profundamente las dinámicas sociales de todo orden en Oriente, lo cierto es que la erudición orientalista basada en los textos sostuvo que “el conocimiento “verdadero” es fundamentalmente no político”, con lo cual no hizo más que “… ocultar las condiciones políticas oscuras y muy bien organizadas que rigen la producción de cualquier conocimiento” (Ibíd.: 31). Mediante el saber del Orientalismo, el oriental es contenido y representado como algo que se describe (en un texto), se juzga (en un tribunal), se estudia y examina (en un aula), se corrige (en una prisión), se ilustra (en un manual) y se gobierna (en un territorio). No obstante, Oriente como exterioridad puso límites al Orientalismo y llevó a su crisis, sobre todo en el proceso de descolonización de los países asiáticos en el siglo XX, evidencia a favor de que el mundo, incluidas sus historias no son susceptibles de reducir al logocentrismo occidental. Constatar esta realidad, de la que hace parte Said como activista de la causa anticolonial palestina, le lleva a hacer la siguiente advertencia: “parece que un error frecuente es preferir la autoridad esquemática de un texto a los contactos humanos que entrañan el riesgo de resultar desconcertantes”, siendo el resultado que “la crisis actual representa, de modo dramático, la disparidad entre los textos y la realidad” (Ibíd.: 131). Con Said se configura una línea de estudios críticos poscoloniales que introduce una dimensión geopolítica en las reflexiones sobre la producción y circulación del conocimiento, de la cual han hecho parte intelectuales indios como Ranajit Guha, Homi Bhabha y Chakravorty Spivak. Esta última, al abordar específicamente el problema de la re-presentación del subalterno colonial en la historiografía occidental, analiza críticamente el trabajo de Foucault, encontrando que su tratamiento micrológico del poder, así como la ausencia de una teoría sobre la ideología, conllevaron a que no advirtiera el rol histórico del intelectual en una perspectiva política y espacial más amplia que incluyera la geografía de la distribución internacional del trabajo intelectual. Dice Spivak: “Foucault es un pensador brillante del poder-en-elespacio, pero el conocimiento de la reinscripción topográfica del imperialismo no informa sus proposiciones” (Spivak, 1988: 292), con lo cual está señalando que Foucault mismo, como tantos otros pensadores críticos de Occidente, estaba preso en una geopolítica del conocimiento cuyas coordenadas, funcionamiento y envergadura no alcanzaba a advertir. El concepto de geopolítica del conocimiento, que entiendo como una categoría clave, aun cuando no suficiente para el desarrollo de una geografía del conocimiento (Piazzini, 2010), ha sido refinado recientemente por autores representativos del enfoque decolonial latinoamericano. Walter Mignolo (2002), Fernando Coronil (1996) y Nelson Maldonado (2004), han puesto de manifiesto la importancia de los conceptos de lugar de enunciación y 26 geopolítica del conocimiento, no sólo en lo que atañe a los estudios poscoloniales, sino en el abordaje crítico de otros campos discursivos, como la historiografía misma. Desde este enfoque, la lectura crítica de Immanuel Wallerstein conllevó a establecer que la distribución desigual del trabajo entre los centros y periferias del sistema mundo, se ha debido no sólo a un esquema de dominación económico-política y militar, sino que involucra, y no de manera secundaria, una colonización de los imaginarios culturales. De allí que se proponga la categoría analítica de colonialidad del poder, enunciada por el peruano Anibal Quijano, para referirse a una estructura de dominación que desde el siglo XVI funciona mediante relaciones de poder fundadas en una presunta superioridad racial y epistémica de los europeos y luego de los anglosajones, sobre las poblaciones americanas, africanas y afrodescendientes (Castro, 2005: 58). Una variante de esta estructura es la colonialidad interna del poder, que funciona de la misma manera pero entre las elites locales y los sujetos subalternos. Así, las elites latinoamericanas, notablemente los intelectuales, se encuentran en una posición ambigua que es periférica frente a sus contrapartes localizadas en los centros metropolitanos de producción de conocimiento, mientras que se pretende central y es hegemónica frente a la población local. En síntesis, el ordenamiento y dominación de la diferencia cultural desde la colonialidad del poder, ha descansado en una política del conocimiento que otorga autoridad epistémica a las voces que hablan desde los centros geopolíticos, negando o desvirtuando las voces periféricas; se trata de una dominación que no requiere coerción física sino que se basa en la violencia epistémica que representa la naturalización de la cultura moderna occidental como el único paradigma válido en términos políticos, económicos, estéticos, históricos y científicos. Por lo tanto, la modernidad/colonialidad implica la supresión y el cambio de otros sistemas culturales para que operen conforme a las lógicas sucesivas de la civilización, el progreso, la modernización y el desarrollo (Mignolo, 2002). III. Hacia las geografías de la historia. La conciencia histórica de la historia ha conducido a la incorporación de una mirada crítica que aplica su propia medicina al historiador. Si el tiempo ordena la producción de los saberes, los “regímenes de historicidad” determinan lo que se puede o no decir sobre la historia en cada momento (Hartog, 2007). Frente a este postulado que hace carrera entre los estudiosos del tiempo histórico, ¿cabe acaso proponer que así mismo habría unos “regímenes de espacialidad”, unas experiencias del espacio y unas producciones del espacio que determinan pero que también emergen de la