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El golfo de Cádiz como espacio geográfico de proyección para la empresa del Descubrimiento

Serrera Contreras, Ramón María

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El Golfo de Cádiz como espacio geográfico de proyección para la empresa del descubrimiento Ramón María Serrera Catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 190 Encrucijada milenaria de rutas y mares, el Golfo de Cádiz se iba a convertir a fines del siglo XV en la cuna del descubrimiento de un Nuevo Mundo. Factores geográficos, humanos, náuticos, técnicos, institucionales y de tradición histórica —todos ellos confluyentes— hicieron que este espacio litoral, y no cualquier otra zona de la península Ibérica o de Europa, se constituyera en uno de los escenarios más privilegiados de la historia en esa apasio nante aventura humana que fue la exploración y conocimiento de nuestro propio planeta. A lo largo de las páginas que siguen se pretende analizar al gunos de estos factores con idea de presentar algunas conclusio nes finales que faciliten la comprensión del protagonismo de nuestra tierra andaluza, desde su misma génesis, en la empresa ame ricana1. A la hora de comprender el fenómeno del Descubrimiento, no poca importancia tienen los factores económicos y, más en con creto, la actividad comercial. El litoral gaditano y onubense, en efecto, junto con Sevilla, capital de toda la baja Andalucía desde el mismo proceso reconquistador de la zona, va a mantener en el curso de toda la Baja Edad Media una gran tradición mercantil cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad Clásica. Ubicado entre el Atlántico Norte y el mundo africano, entre el Mediterráneo y el aún poco explorado Mare Tenebrosum, el golfo de Cádiz desempeñó la función de enclave insustituible en la compleja malla de los circuitos comerciales europeos. Autores poco sospechosos de localismo, como Jacques Heers2, Federigo Melis3, Sánchez 1 Una primitiva versión del presente artículo, con título prácticamente idéntico, fue publicada en las III Jornadas de Historia de Cádiz que, con el título de Cádiz en su Historia, publicó en Cádiz la Caja de Ahorros de Cádiz, Serie Colaboraciones, nº 4, abril, 1984, pp. 47-74. En la actualidad esta publicación está fuera del alcance del estudioso y he considerado oportuno actualizar y revisar su primitivo contenido, ampliando notablemente su soporte bibliográfico, para que sea incluida en el presente volumen. 2 Heers, Jacques, Génes au xv Siécle. Activité économique et problémes sociaux, París: Ecole Practique des Hautes Études, 1961, pp. 473-497. 3 Melis, Federigo, “Cli italiani e l’apertura delle vie atlantiche”, en Mercaderes ita lianos en España (siglos XIV-XVI), Sevilla: Universidad de Sevilla, 1976, pp. 169-175. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 191 Herrero4, o rigurosos histo riadores de la tierra como Pérez Embid5, Sancho de Sopranis6 o González Jiménez7 coinciden en señalar la importancia del eje Cádiz-Sevilla en las líneas del tráfico mercantil mediterráneo, africano y norteeu ropeo durante dicha centuria y, particularmente, en su último ter cio. Jacques Heers, por ejemplo, considera que Cádiz era el más sólido enclave portuario del comercio genovés. “Sin ninguna du da —expresa este autor— es, de todos los puertos de Europa Occidental, el que con más frecuencia visitan las naves genovesas... Cádiz es la gran escala para la España del Sur, para el África Occidental, el nudo de todo el tráfico ibérico y musulmán”8. Y, como núcleos complementarios, Sanlúcar de Barrameda —el antepuerto de Se villa—, Jerez, el Puerto de Santa María y, naturalmente, la propia capital hispalense, sede de las grandes casas comerciales y ciudad cosmopolita cuya progresiva prosperidad está unida a la función rectora que ejerció en todo este complejo mundo de relaciones mercantiles. Southampton, Brujas, Londres, los puertos cantábricos, Lis boa, Málaga, el archipiélago canario y las plazas africanas fueron puntos frecuentes de origen y destino de las expediciones comercia les despachadas por los genoveses desde la Baja Andalucía; área ésta que terminó constituyéndose, más que la misma Génova, en la gran escala, el corazón, de las actividades marítimas de los emprendedores hombres de negocio ligures. 4 Sánchez Herrero, José, Cádiz. La ciudad medieval y cristiana (1260-1525), Cór doba: Monte de Piedad y Caja de Ahorros, 1981, pp. 99-134. 5 Pérez Embid, Florentino, “Navegación y comercio en el puerto de Sevilla en la Ba ja Edad Media”, reedición reciente en Estudios de Historia. Marítima, recopila ción de estudios de este autor por Francisco Morales Padrón, Sevilla: Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 1979, pp. 129-175. 6 Sancho de Sopranis, Hipólito, Los genoveses en Cádiz antes del año 1600, Jerez de la Frontera: Publicaciones de la Sociedad de estudios históricos jerezanos, 1939; “Los genoveses en la región gaditano-xericiense de 1460 a 1800”, Hispania 32, 1948; y “Un foco de cooperación española a la obra portuguesa en África. Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María (15001550)”, Mauritania, abril 1943. 7 González Jiménez, Manuel, “La Baja Andalucía en vísperas del Descubrimiento”, en Clavijo Hernández, Fernando J., coord., VII Jornadas de estudios Canarias-América. Canarias y América antes del Descubrimiento: La expansión europea, Santa Cruz de Tenerife: Confederación de Cajas de Ahorro, 1985, pp. 109-147. 8 Heers, op. cit., pp. 484 y ss. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 192 Todo ello, dentro del es quema del llamado comercio de comisión —la “industria de ex pedición”, en términos del propio Heers—, en el que intervenían factores y casas encargadas de la recepción y reexpedición hacia otros puer tos. Por ello, en la Cádiz de fines del XV un mercader fácilmente podía adquirir productos andaluces como atún, aceite o mercu rio, grana de la Berbería, orchilla canaria, oro magrebí, y cera, goma arábiga, índigo, dátiles o malagueta de otras distintas zonas africanas de procedencia. Fue esta función redistribuidora, más que el negocio propia mente dicho, la que convirtió a Cádiz y Sevilla en dos plazas fi nancieras y bancarias de primer orden en la Europa bajomedieval. A la postre, estas relaciones con el exterior terminaron configurando en los hombres de la zona una retina abierta a remotos ho rizontes ultramarinos y una vocación universalista. Pero, paralelo al desarrollo mercantil ligado a las grandes rutas del tráfico mediterráneo y del Atlántico Norte, otro de los rasgos que caracterizan a las tierras litorales de Andalucía Occidental, desde Algeciras hasta Ayamonte, es su cada vez más afianzada voca ción por la aventura marítima. En alguna medida, ese gran arco costero se va a constituir en el gran escenario de proyección de la vocación atlántica de toda Castilla. Mientras la España mediterránea —como afirma Pierre Vilar— se recupera difícilmente de las grandes pestes y contempla su economía en declive9, y los puertos de la cornisa cantábrica mantienen su vieja proyección al Atlántico Norte casi con exclusividad, los hombres del litoral gaditano y onubense pondrán sus naves al servicio de la Corona castellana con unos objetivos muy concretos: abrir rutas comerciales con el continente africano, defender la integridad de las costas peninsu lares frente a la agresión musulmana y portuguesa, mantener el nexo de unión con el archipiélago canario y ayudar en el largo pro ceso de la reconquista del Reino de Granada aprestando armadas que en pocos días podían atravesar las Columnas de Hércules. El cuadro descrito no es exclusivo del siglo XV. Algunos de los hechos apuntados arrancan ya del mismo siglo XIII, como en su día puso de relieve Pérez Embid en sus tres conocidos trabajos: El 9 Vilar, Pierre, Oro y moneda en la Historia, 1450-1920, Barcelona: Ariel, 1972, p. 78. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 193 Almirantazgo de Castilla hasta las Capitulaciones de Santa Fe10, Los descubrimientos en el Atlántico y la rivalidad castellano-portuguesa hasta el Tratado de Tordesillas11 y La Marina Real Castellana en el siglo XIII12. Pero una realidad sí resulta incuestionable: las décadas anteriores a 1492 marcan la consagración definitiva de una trayectoria, de una experiencia náutica y humana, y de una vocación at lántica que no se verán alteradas, sino, por el contrario, potenciadas, por el descubrimiento de nuevas tierras americanas. El ha llazgo de 1492 era la salida natural de todo el proceso. Por razo nes técnicas, humanas y geográficas de todo tipo, para el marino de los puertos gaditanos y onubenses la madrugada del 12 de oc tubre del año citado era el final del último acto de una obra secu lar cuyos primeros protagonistas habían sido sus abuelos y sus pa dres. La empresa americana para ellos era, sencillamente, su empresa. En efecto; como ha puesto de relieve el mismo Pérez Embid, ya desde el segundo tercio del siglo XV los castellanos compiten frontal mente con los portugueses por el control de las rutas africanas. Se asedian plazas y se intentan controlar enclaves a los que llegaban los ricos y exóticos productos del interior del continente. El ob jetivo es drenar la producción africana hacia los puertos peninsu lares para su ulterior reenvío a otras plazas europeas, como ya se ha visto en párrafos anteriores. Son muy copiosos los testimonios que se refieren a las corre rías pacíficas o piráticas de los marinos andaluces en las aguas del golfo de Cádiz y por el litoral africano. Los estudios de Vicenta Cortés13, Juan Manzano14, Augusto Conte Lacave15, Hipólito 10 Sevilla, 1944. 11 Sevilla, 1948. 12 Hay reedición reciente en Estudios de Historia Marítima, Sevilla: Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 1979, pp. 71-127. 13 Cortés, Vicenta, “Algunos viajes de las gentes de Huelva al Atlántico, 14701488”, Anuario de Estudios Americanos 25, 565-574. 14 Manzano Manzano, Juan, Cristóbal Colón. Siete años decisivos de su vida, 1485-1492, Madrid: Instituto de Cultura Hispánica, 1964, cap. XVI, pp. 340 y ss. 15 Conte Lacave, Augusto, “El Cádiz del Descubrimiento”, en Cádiz y el Descu brimiento de América, Cádiz: Aula Militar de Cultura–Gobierno Militar, 1966, pp. 7-40. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 194 Sancho de Sopranis16, Rumeu de Armas17, González Jiménez18 y del propio Pérez Embid19 —por no citar sino los más significativos— ofrecen numerosísimas noticias al respecto. Las mismas cró nicas de la época, como las de Alonso de Palencia y Mosén Diego de Valera, ofrecen también rica información sobre el tema. Y otro tanto ocurre con la documentación custodiada en el Registro del Se llo del Archivo de Simancas, en donde, según Manzano, se conservan en la actualidad numerosas cartas reales que ponen de re lieve tales empresas20. En ocasiones son simples acciones piráticas entre barcos andaluces o contra naves portuguesas; en otras son expediciones comerciales —de “rescate”, era la expresión— al conti nente africano (Guinea, Mina del Oro, Gambia, etc.); en otras eran accio nes de defensa frente a corsarios portugueses o berberiscos; o armadas para conquistar plazas del Magreb o para iniciar la con quista de algunas de las islas del archipiélago canario; y en otras, fi nalmente, fueron expediciones enviadas en auxilio por mar para par ticipar en la última fase de la conquista del reino nazarita de Gra nada. A mi juicio, la obra que mejor sistematiza toda esta infor mación, por lo que se refiere al núcleo gaditano, es la de José Sán chez Herrero, en la que se hace uso del criterio de ordenación cronoló gica de los hechos21. Aparte de las empresas organizadas con el apoyo de la Coro na, merecen una atención especial las frecuentes razzias y cabalgadas dirigidas contra el vecino territorio magrebí y otras pla zas litorales más meridionales. Generalmente eran acciones de escasa duración realizadas por sorpresa cuya finalidad era doble: 16 Véase la extensa producción de este autor sobre el tema en la relación de obras que ofrece Conte Lacave como apéndice al artículo citado en la nota anterior, pp. 38-40; y en la amplia bibliografía de Sánchez Herrero, op. cit., pp. 17 y 18. 17 Rumeu de Armas, Antonio, España en el África Atlántica, Madrid: Instituto de Estudios Africanos, 1956; Cádiz, metrópoli del comercio con África en los siglos XV y XVI, Cádiz: Caja de Ahorros de Cádiz, 1976; y “Las pesquerías españolas en la costa de África, siglos XV y XVI”, Hispania 130, 1975, 295320. 18 González Jiménez, op. cit., pp.124 y ss. 19 Véanse las obras relacionadas en las notas 10, 11 y 12. 20 Manzano, op. cit., pp. 342-344. 21 Véase nota 3. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 195 ob tener beneficios económicos y disuadir al enemigo para frenarlo en su empeño de atacar las costas del Golfo de Cádiz o del Reino de Granada. En un memorial redactado entre 1494 y 1505, publicado por don Marcos Jiménez de la Espada, se alude a esta práctica por haberse —según dice— los andaluces “acostumbrado muchos años a realizar asaltos en la sierra de África, así en la Berbería del Po niente como en la del Levante”. Porque —prosigue el texto— “de Jerez de la Frontera y del Puerto de Santa María y de Cádiz y de Sanlúcar y del Ducado de Medina Sidonia y de Gibraltar y de Car tagena y de Lorca y de la costa de la mar […] tienen por uso ir al África y saltear y correr la tierra y barajar aduares y aldeas y tomar navíos de los moros [...] entre los cuales hombres y gentes en los dichos lugares hay adalides que, desde Bugía hasta la punta de Tetuán, que es cabe Ceuta, no hay lugar, ni cercado, ni aldea, ni aduares, ni ardiles dispuestos adonde no puedan ofender y hacer guerra, que ellos no lo sepan como se ha de saber...”22 . Expediciones hubo que se aprestaban conjuntamente con na víos y hombres provenientes de Rota, Sanlúcar y el Puerto de San ta María, con beneficios que se repartían en proporción a los gastos invertidos23. E igualmente hay casos de alcaides de fortalezas costeras y de nobles gaditanos que comandaron razzias en plazas magrebíes. Una acción del año 1480 dirigida por el alcaide de Rota para intentar la toma de Azamour, integrada por gaditanos, portuenses, roteños y jerezanos, llegó a reunir en el Puerto de Santa María, su base de partida, 150 naves y más de 6.000 hombres.24 Del mismo año 1480 es otra importante em presa destinada a la custodia del Estrecho para evitar el envío de auxilios al reino nazarita desde el Norte de África. La flota estaba compuesta por naves y hombres de todas las poblaciones de la ba hía gaditana, fue capitaneada por Mosén Diego de Valera y su hi jo Carlos, y en ella tomaron parte 22 Jiménez de la Espada, Marcos, La guerra del moro a fines del siglo XV, edición anotada por Hipólito Sancho de Sopranis, Ceuta: Instituto General Franco para la Investigación Hispano-Árabe, 1940, pp.10-22; González Jiménez, op. cit., p.144; Vilar, op. cit., pp. 78 y 79. 23 Conte Lacave, op. cit., p. 27. 24 Ibid. y Sánchez Herrero, op. cit., p. 46. Como obra de referencia general sobre el tema resulta imprescindible la consulta de la exhaustiva y ya citada monografía de Antonio Rumeu de Armas España en el África Atlántica, de la que hay una segunda edición publicada en Las Palmas de Gran Canaria por el Cabildo Insular de Gran Canaria, 1996, 2 vols. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 196 caballeros de la ciudad de Cádiz25. De esa misma época es la toma de Alcazarquivir por nobles jerezanos. Y de unos años más tarde, casi acabando ya la centuria, es la importante conquista de la plaza de Melilla por el comenda dor Pedro de Estopiñán26. De trascendentales consecuencias —por razones que más ade lante se señalan— es el papel que en todas estas acciones desem peñaron las grandes casas nobiliarias de la región. En ellas se pone de manifiesto la necesidad que la Corona castellana tenía de los re cursos humanos, financieros y navales de la alta nobleza andalu za. Los monarcas disponen de pocos medios y los tienen empeñados, casi exclusivamente, en la costosa y ya larga empresa granadina. Por ello, a cambio de la ayuda que estos grandes nobles prestan a las acciones de interés estatal, la Corona premia la colaboración con concesiones importantes que no hacen más que acrecentar su poder y su fortuna. Estos poderosos títulos disfrutaban de fortunas cuantiosas. Contaban con numerosos hombres a sus órdenes que podían ser puestos al servicio del rey para luchar en los ejércitos castellanos27. Pero, sobre todo, tenían —y esto es muy importante— puertos marítimos desde donde podían despacharse expediciones para la guerra o el “rescate”. En vísperas del año 1492, como afirma Juan Manzano en su documentadísimo estudio sobre la estancia de Colón en España, “todos, absolutamente todos los puertos de la ribera de la mar de Andalucía, en la que tenía que preparar su armada, eran de propiedad particular. Tan sólo el de Sevilla, puerto interior por otra parte, pertenecía a la Corona”28. La situación, verdaderamente anómala, era el resultado de una 25 Conte Lacave, op. cit., p. 27. 26 Sancho de Sopranis, Hipólito, “Los Estopiñán en Marruecos”, Mauritania, ju nio, 1938; “Los Estopiñán y las actividades gaditanas en Marruecos”, Mauritania, julio, 1939; y Pedro de Estopiñán, Madrid:, 1953. 27 Ladero Quesada, Miguel Ángel, Andalucía en el siglo XV. Estudios de historia política, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1973; “Los señoríos medievales onubenses, Huelva en la Andalucía del siglo XV, Huelva: Instituto de Estudios Onubenses, 1976; y “Los señoríos medievales en el ámbito de Cádiz y Jerez de la Frontera”, La España Medieval. II Estudios en memoria del profesor D. Salvador de Moxó, Madrid: 1982. A los mencionados trabajos hay que agregar el importante aporte de Antonio Collantes de Terán titulado “Los señoríos andaluces. Análisis de su evolución territorial en la Edad Media”, Historia, Instituciones, Documentos 6, 1979. 28 Manzano, op. cit., p. 348. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 197 organización semifeudal heredada de tiempos anteriores29. El Puerto de Santa María per tenecía al duque de Medinaceli; Cádiz y Rota, a los Ponce de León; Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y Huelva, al ducado de Medi nasidonia; y Moguer, a los Portocarrero. Incluso el puerto de Palos pertenecía por entonces a varios magnates en forma compar tida: los Medinasidonia, los hermanos Silva y el conde de Miran da30. Por ello, la primera medida que adoptará la Corona en 1483 sería la de erigir en el fondo de la gran bahía gaditana una villa real de nuevo cuño dotada de buen fondeadero: Puerto Real. El propio nombre de esta funda ción, estudiada por Antonio Muro Orejón, estimamos que es suficientemente significativo31. De las casas nobiliarias mencionadas, sin duda las más pode rosas eran las de Medinasidonia y Medinaceli. A las dos acudirá precisamente Cristóbal Colón durante su estancia en España con objeto de solicitar ayuda para su magno proyecto descubridor. ¿Curiosidad o casualidad histórica?: por supuesto que no. En la Historia hay pocas casualidades a no ser que nos las inventemos con un acercamiento superficial y provincialista a sus fuentes. El de Medinasidonia, don Enrique de Guzmán, era el noble más relevante de su tiempo. Manzano afirma que en los docu mentos de la cancillería castellana de fines del XV figura siempre a la cabeza, en primer lugar, precediendo a los demás títulos del reino32. De él afirma el padre Las Casas que “no había en aque llos tiempos en toda España otro señor que más rico fuese”33. Y se sabe que, al igual que sus antepasados, era muy aficionado a las aventuras atlánticas. Durante todo el siglo XV los navíos de la poderosa casa de Niebla —perteneciente al vínculo— surcaron en todas las direcciones los mares africanos en arriesgada competen cia con los de los portugueses y con los de otros señores de An dalucía34. Por ello, en 1418 un antecesor suyo había consegui do la cesión del 29 Ibid. 30 Ibid., pp. 349 y 350. Véase el importante trabajo de Ladero Quesada, Miguel Ángel, “Palos en vísperas del Descubrimiento”, Revista de Indias 153154, 1978. 31 Muro Orejón, Antonio, “La villa de Puerto Real, fundación de los Reyes Cató licos”, Anuario de Historia del Derecho Español 20, 1950, 746-757. 32 Manzano, op. cit., p. 167. 33 Ibid., p. 168. 34 Ibid. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 204 la instalación de sus oficinas en las dependencias del Alcázar55. Por conocidas no serán en esta ocasión citadas. Pero no hay que olvidar que esta determinación real no hacía más que consagrar oficialmente una realidad de hecho. García-Baquero ha sabido explicado con clari dad: “A partir del momento en que el número de barcos se in tensificó, y con ello el tonelaje de pertrechos y el volumen de la tripulación, la zona de Huelva apareció en desventaja frente a las posibilidades de transporte, reclutamiento, burocracia, experien cia comercial y capacidad financiera de ese gran eje de comunica ciones y de vida urbana que venía siendo desde el siglo XIII el va lle del Guadalquivir. Pero es más: hasta tal punto resultaron con dicionadoras estas circunstancias que fueron, a su vez, capaces de imponerse a las ventajas técnicas, estrictamente marítimas, de un puerto tan fabuloso como el de Cádiz”. Y prosigue el citado au tor: “Porque, efectivamente, deslizada de Huelva a Cádiz toda la organización de los primeros viajes, se produjo, ya a partir de 1503, y probablemente antes, un segundo deslizamiento de Cádiz a Sevilla (en el que intervinieron como elementos dominantes las ne cesidades de burocratización de la aventura sobre las ventajas es trictamente marítimas), que terminará por conceder a la gran metrópoli del Sur la hegemonía definitiva con la aparición del organismo estatal que controlaría la empresa americana, la Casa de la Contratación”56. La conclusión y tesis central sobre el tema del siempre recordado compañero y amigo Antonio García-Baquero es consecuencia de lo dicho: “Por encima de todo, lo que por el momento debe quedar claro es que la elección de los puertos de partida para la empresa descubridora y coloni zadora, en un principio, dependió de la decisión de los propios protagonistas; de suerte que tanto el texto legislativo de 1503 co mo sus predecesores, lejos de instaurar un derecho, se limitaron a ratificar legalmente, de forma definitiva, unos hechos preexis tentes. En otras palabras, que fueron los propios descubridores del Nuevo Mundo los que escogieron a Andalucía (primero Palos y más tarde, a causa del volumen creciente de las flotas, los puer tos de Cádiz, Sanlúcar y Sevilla) 55 Serrera, Ramón María, “La Casa de la Contratación en el Alcázar de Sevilla (1503-1717), Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 36, 2008, 141 y ss. 56 García-Baquero, op. cit., pp. 141 y 142. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 205 como sede del monopolio, limi tándose el Estado, cuando intervino, a mantener, defender y ga rantizar aquella primera decisión”57. Por lo demás, conviene recordar que, después de 1503, Sevilla de hecho jamás ejerció con exclusividad su condición de cabecera y terminal de las travesías a Indias, tanto antes como después de la organización de las flotas, ya que desde fechas muy tempranas en Cádiz y en Sanlúcar de Barrameda se instalaron agentes delegados de la Casa sevillana para controlar más de cerca la partida y retorno de las naves autorizadas para hacerlo desde el puerto ga ditano o para vigilar el cargamento de los buques a su paso por la puerta del Guadalquivir: la barra sanluqueña. El antiguo triángulo equilátero (cuyos vértices habían sido Huelva-Cádiz-Sevilla) quedaría reducido espacialmente a la mitad en su nueva composición de triángulo rectángulo con el nuevo vértice en Sanlúcar de Barrameda. Son tres puntos que ejercen una misma función de control del cada vez más creciente tráfico in diano dentro de una compleja estructura portuaria diseñada legalmente por la Corona en respuesta a una realidad marítima, admi nistrativa y comercial ya existente. Por ello, y porque cada uno de los tres núcleos ejerció una función específica dentro del conjunto, difícilmente puede ser estudiado separadamente cada uno de los elementos con independencia del resto del sistema es tablecido. Lo mismo que ocurre a la hora de analizar el modelo desarro llado después de 1503 acontece cuando se pretende sistematizar el estudio de las expediciones organizadas a partir de 1492. Ya se ha dicho que, después del primer viaje —en el que el aporte cántabro y gaditano fue importante—, la base de partida se traslada de Palos a Cádiz por la insuficiencia del puerto onubense para organi zar la segunda travesía.58 Pero a partir de este momento ya no es fácil encontrar expediciones portuenses, gaditanas o sevillanas puras. Soy consciente de que no resulta grato escu char esta afirmación. Y más cuando hablo en Palos de la Frontera, a escasos metros del punto de partida de la primera singladura del Almirante. Pero los andaluces que nos asomamos al Atlántico siempre hemos sido muy proclives a reivindicar en exclusiva las glorias locales de nuestros pueblos y ciudades aun a costa de falsear o manipular a sabiendas la verdad histórica. Como ejemplo conviene recordar 57 Ibid., p. 142. 58 Ibid., p. 141 y Sánchez Pedrote, op. cit., p. 52. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 206 en este punto un fa moso trabajo publicado en 1892 por una de las grandes figuras de la historiografía gaditana del siglo XIX, don Adolfo de Castro y Rossi, con motivo de la celebración del IV Centenario de la gesta colombina, y cuyo título es éste: La salida definitiva de Colón de la Península para el primer descubrimiento del Nuevo Mundo no fue de Palos, sino de Cádiz. Creo que huelgan comentarios, salvo destacar el calificativo “definitiva” referido a la salida. Hace unos años tuve la oportunidad de ser testigo de lo que ocurrió en el archipiélago canario —la auténtica cuna del Descubrimiento por su condición de plataforma inmediata de los alisios frente al viejo Mare Incognitum—, en donde Colón fue utilizado como arma arrojadiza entre algunos sectores de las dos provincias canarias, afor tunadamente muy localizados y encubridores de intereses muy concretos. El caso del segundo viaje, la singladura gaditana por excelencia, es una muestra representativa. Es la aportación más trascendental de Cádiz a la gesta del Descubrimiento por haber sido su puerto de salida. Pero sin negar eso y sin restar un ápice al mérito y la gloria de la ciudad, conviene, no obstante, evitar absurdas exageraciones. De los diecisiete navíos y entre 1.200 y 1.500 hom bres, hubo buques y personas de la más diversa procedencia. La flota se armó, según expresa Ballesteros, de lo enviado por Sevi lla, Palos, Écija y Jerez de la Frontera y del mismo puerto de Cá diz, donde se había reunido. Y las armas fueron enviadas nada me nos que desde la Alhambra de Granada, convertida después de la conquista en un auténtico arsenal59. Y en cuanto a los hom bres, se sabe que la gran mayoría procedían de la propia Cádiz, Rota, Puerto de Santa María, Sevilla, Moguer, Palos, Lepe, San Juan del Puerto, Huelva, Carta ya, Málaga y Ayamonte. Salvo un re ducido número de vizcaínos, italianos, algún extremeño y portu gués, y un tonelero mallorquín, puede decirse sin reservas que fue una expedición andaluza, aunque con fuerte predominio de vecinos de todos los puertos onubenses y gaditanos tradicionalmente vinculados a la aventura atlántica60. Por lo que respecta al tercer viaje ocurre otro tanto de lo mismo. Vinculado tradicionalmente a la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, por ser este puerto su punto de partida, se olvida también 59 Ballesteros Beretta, Antonio, Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América; Barcelona: Salvat, 1945, vol. II, pp. 159-163. 60 Ibid., p. 168. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 207 con frecuencia que la expedición se aprestó en Sevilla, que la mayor parte de las tripulaciones estaban integradas por paleños o, al menos, por marinería del Tinto-Odiel, y que cinco de las seis ca rabelas que capitaneaba el Almirante sabemos por los Libros de Ar madas que eran propiedad de vecinos de Palos61. Y similar es lo que podemos afirmar de la cuarta singladura colombina: las cuatro na ves que formaban la expedición fueron armadas en Sevilla, se de tuvieron en Sanlúcar para ser carenadas y nuevamente en Cádiz para ser aprovisionadas antes de zarpar desde la bahía gaditana. El trayecto es sumamente representativo de todo lo que se lleva di cho y rompe ciertamente el esquema de los abanderados de las ex clusivas históricas. Por lo que respecta a las tripulaciones, sigue el modelo mixto de las anteriores. Predominan también los andaluces seguidos por los castellanos, pero en este caso abundaron más los vizcaínos y gallegos, y se alistaron más genoveses que en anteriores ocasiones62. Al modelo descrito se ajustan también las expediciones que se organizaron siguiendo los pasos del genovés en los años finales de la centuria y primeros del XVI, y que supusieron la ruptura del mo nopolio colombino: los bien llamados “Viajes Andaluces”63. El de Alonso de Ojeda, Américo Vespucio y Juan de la Cosa (14991500) zarpa del Puerto de Santa María; el de Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra (1499-1500) parte de Palos; el de Vicen te Yáñez Pinzón (1499-1500) de la ría del Tinto-Odiel también; el de Diego de Lepe (1499-1500) de Sevilla; y de la misma capital his palense también los de Rodrigo de Bastidas (1500-1502) y Alonso Vélez de Mendoza, este último de fines del 1500. La serie puede cerrarse convencionalmente en el año 1502 con la más importante flota despachada hasta entonces hacia el Nuevo Mundo: la expe dición de Nicolás de Ovando, que zarpó de Sanlúcar de Barra meda. 61 Ibid., p. 330. 62 Ibid., pp. 542 y 543. 63 Así son denominados por Pérez Embid en “Los viajes a Indias en la época de Juan de la Cosa”, Estudios de Historia Marítima, p. 221; y también por Morales Padrón en su Historia del Descubrimiento y Conquista de América, pp. 126-135. Este último, frente a la vieja denominación propuesta por Fernández Navarrete de “viajes menores”, afirma: “Estas expediciones, que no son tan menores, proponemos denominarlas de aquí en adelante viajes andalu ces, ya que, planeadas y dirigidas por andaluces en su mayoría, partieron todas en barcos andaluces, de las costas de Cádiz y Huelva”, pp. 126 y 127. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 208 Cádiz, Sanlúcar y Sevilla: tres vértices de un espacio geográfico que a partir de 1503 va a ver potenciada su función de zona de proyección de la empresa americana merced a la consolidación de iure de una capitalidad económica y marítima que de facto venía ejerciendo desde hacía más de una centuria. La creación de la Casa sevillana con sus dependencias en los dos puertos del litoral ga ditano no va a hacer más —como bien insiste en ello GarcíaBa quero64— que acrecentar en mayor medida dicha función en las próximas centurias como consecuencia del impacto, de la auténtica galvanización, que experimentará dicho espacio —y, en general, toda la Andalucía Occidental— a causa del cada vez más creciente tráfico con el Nuevo Mundo y la regularización del comercio atlántico. Por ello, esa misma capitalidad que ejerció el eje Sevilla-Cádiz durante el siglo XV gracias a su estratégica ubicación con respec to al Norte de Europa, los mercados africanos, el interior de Cas tilla y el Mediterráneo, experimentará a partir de 1492 una dila tación insospechada merced a la aventura americana. Sevilla y Cá diz estaban, sencillamente, preparadas para ello. Y esa es la razón también de que sea sólo parcialmente cierta la afirmación de que Sevilla y Cádiz deben su ser y su trayectoria histórica durante la Edad Moderna a la empresa americana. Pues no es menos cierto que toda la Andalucía Occidental tenía ya probada su vocación atlántica antes de 1492. Ubicar la capitalidad co mercial y administrativa del nuevo continente en este espacio es más la consecuencia de una tradición que la causa de una función posterior que durará hasta el siglo XVIII. Por lo demás, y como también recuerda el propio García-Baquero, siguiendo en este punto a un estudioso tan autorizado co mo Pierre Chaunu65, la experiencia de los primeros años demostró pronto que el Golfo de Cádiz era el espacio marítimo adecuado pa ra servir de plataforma de lanzamiento a la nueva empresa indiana por reunir un conjunto de condiciones geotécnicas favorables al máximo para la construcción de las rutas atlánticas. Corrientes y vientos propicios en distintas épocas del año hacían de este espacio un enclave único no sólo en la Península Ibérica, sino tam bién en toda Europa, para convertirse en la cabecera comercial y sede administrativa de 64 García-Baquero, op. cit., pp. 142 y ss. 65 Ibid. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 209 las aún ignotas tierras americanas. Y creo que es el momento de las conclusiones. Primera: en el Golfo de Cádiz a fines del siglo XV se dieron todas las circuns tancias propicias para el hecho del Descubrimiento. Todas con curren y confluyen a la hora de explicamos la gesta de aquel ligur soñador cuyo V Centenario hace unos años pudimos conmemorar: un marco geográfico adecuado, una tradición náutica, unos hom bres, unos astilleros, unas naves, unos puertos, una nobleza em prendedora, una tradición mercantil centenaria, un respaldo agrí cola y unas buenas comunicaciones con el interior peninsular. Pre tender destacar cualquiera de estos factores es, sencillamente, des conocer eso que en Historia denominamos “un hecho histórico”. Segunda: la tradición marítima y atlántica no se inaugura en el Golfo de Cádiz el 12 de octubre de 1492. Más bien hay que afir mar que el Descubrimiento es la culminación histórica de un lar go proceso anterior y la apertura, a su vez, de una nueva etapa de más amplios y dilatados horizontes espaciales. Son dos actos de una misma representación con unidad argumental. Dejemos el es tudio de los acontecimientos rupturistas y los hechos singulares y “únicos” —separados, por supuesto, de su contexto histórico— a los grandes sabios de la erudición positivista. Tercera: es científicamente inadmisible hoy plantear el tema de 1492 desde el estrecho prisma de las perspecti vas provincialistas, a las que tan aficionados eran algunos historiadores que se creían oráculos exclusivos de la voz del pasado local. Frente a ellos, propugnamos la reivindicación del concepto de espacio geográfico aplicado al análisis histórico, entendiendo por tal un marco territorial dotado de unidad, con rasgos físicos propios y con unos patrones comunes de comportamiento histó rico en el marco de unas estructuras sociales, económicas, admi nistrativas y culturales peculiares que le distinguen de otras áreas. Y con lo dicho concluyo. Porque si algún acontecimiento real mente grandioso y universal ha protagonizado nuestra tierra fue el de haber hecho posible para el mundo el descubrimiento de un nuevo hemisferio y de unas nuevas culturas. En esta empresa tomaron parte, en torno a un proyecto co mún, un genovés iluminado y muchos hombres: de San lúcar, de Huelva, de Sevilla, Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011. 210 de Cádiz, de Cartaya, de Palos, del Puerto de Santa María, de Rota, de Moguer... Todos se sintieron habitantes de una misma tierra en la que no existían fronteras pro vinciales y protagonistas de una misma aventura y de una misma ilusión. Quizás fue esa una de las claves del éxito. Ya en el año 1966, el siempre querido y recordado don Enrique Sánchez Pe drote afirmaba al respecto: “Muy lejos queremos situar lo investigado y sus conclusiones del estrecho patriotismo de campanario que, por otra parte, no puede serlo en quien tenga mentalidad histórica clara, y sobrepase como es debido la caprichosa división administrativa de reciente cuño y abarque estas benditas tierras de la baja Andalucía con la unidad geopolítica que las caracteriza. La amplia y hermosa curva que tiene por eje central el Gran Río de los musulmanes y por extremos de su gracioso arco la punta de Tarifa y el puerto de Ayamonte, será el abrigo de formidables empresas, y aquí lo gaditano y lo onubense van a fundirse en una entidad geográfica e histórica de índole superior”66. 66 Sánchez Pedrote, op. cit., pp. 41 y 42. Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimeinto de América. Tomo II. © Universidad Internacional de Andalucía, 2011.