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EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES DE MÁS ALLÁ DE TULE DE ANTONIO DIÓGENES Máximo Brioso Sánchez Universidad de Sevilla RESUMEN Se analiza el caso muy particular del relato de Antonio Diógenes como complemento de un amplio estudio del motivo del viaje en la novela griega antigua y se pone especial énfasis en algunos de los aspectos y etapas del viaje que se narra. Se trata de un texto que presenta varios rasgos únicos, debidos principalmente a la contaminación de otros géneros, como son la narración de viajes utópicos y la literatura etnográfica, paradoxográfica y filosófica. De este modo, aunque hay ciertas concesiones a la habitual relación en las novelas griegas entre el tópico del viaje y las aventuras, el primero se convierte en Antonio Diógenes en un pretexto para el despliegue de las otras materias. De ahí que este relato abriese en el género una vía plena de novedades, mostrándose al mismo tiempo y paradójicamente como uno de sus ejemplos básicos sobre la base de esta desviación del patrón típico de la novela griega que conocemos y revelando también las preocupaciones didácticas del autor, que alcanzan unas proporciones desusadas en la novela antigua. PALABRAS CLAVE: Literatura griega. Novela. Viajes y aventuras. Literatura didáctica. ABSTRACT The very peculiar case of the story by Antonius Diogenes is herein analyzed as a complement to an extensive study on the subject of travel in the ancient Greek novel. This is done with particular emphasis on some of the aspects and stages of the travel narrated. This text presents several unique features, mainly due to the contamination from other genres such as that of utopian travel narrative and from ethnographical, paradoxographical and philosophical literature. Because of, even though it involves certain concessions to the typical relationship in Greek novels between the topic of travelling and the adventures, the travel becomes in Antonius Diogenes’ story a pretext for the unfolding of the other matters. Therefore, this story opened a road full of novelties in the genre, proving at the same time and paradoxically to be one of its cornerstones in this deviation from the standard of the known Greek novel, and also manifests the didactic concerns of its author, that reach unusual proportions in the ancient novel. KEY WORDS: Greek literature. Novel. Travels and adventures. Didactic literature. Las novelas griegas, que tienen el trascendental interés de representar los albores del género en Occidente, muestran una invencible inclinación a las aventuras y al viaje, y estas dos dimensiones forman parte de una constelación en cuyo centro EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 65 FORTVNATAE, 13; 2002, pp. 65-87
está indiscutiblemente el tema del amor. Y las tres claves de esta tríada temática están sólidamente vinculadas entre sí, de modo que es difícil que se dé alguna de ellas sin una presencia importante de las otras dos. Así, en El asno, donde apenas cabe hablar del amor tal como se entiende usualmente en el género, el erotismo tiene no obstante un cierto peso, si bien dominan los otros dos elementos. Incluso el texto de Longo, que restringe la materia viajera al mínimo, no la anula del todo. Y otro caso muy particular es sin duda el de Antonio Diógenes, que parece supeditar el tema amoroso al de las andanzas viajeras, y decimos parece porque, como es bien sabido, sólo conocemos esta novela a través de un resumen del bizantino Focio y unos fragmentos, que apenas nos ilustran sobre cómo ocurrían los hechos en este dilatado relato. Y tal vez sucedía igual con las aventuras propiamente dichas, ya que también podemos imaginar que éstas, sin faltar desde luego, tenían una representación menor frente al relevante papel de los largos desplazamientos y algunos otros componentes de los que hablaremos. Su título (al menos el que se conoce por su precaria transmisión), Ta; uJpe;r Qouvlhn a[pista, Historias increíbles de más allá de Tule, revela ya que debió ser un producto tan notable dentro del género de la novela en Grecia que hoy, aun sin tener la fortuna de poder leer su texto, deberíamos calificarlo de profundamente experimental, y esto tanto por su técnica narrativa como por ser un ambicioso conglomerado de materiales muy diversos. A quienes le han negado el carácter de auténtica novela se les puede responder que Antonio Diógenes, por lo que sabemos, tuvo buen cuidado de entremezclar en ese conglomerado variopinto elementos comparables a los que se dan en las otras piezas del género. En ello estuvo quizás uno de sus méritos, en la hábil combinación de la ficción novelesca, con sus convenciones ya establecidas, y esos otros materiales extranovelescos. A esto se añade el sentido proteico que desde su creación ha tenido este género, por lo que no sería de recibo definir el texto de Antonio Diógenes como un relato acogido forzadamente al amparo de la tradición novelesca, sino como una novela que, ateniéndose entre ciertos límites a esas convenciones ya establecidas, explora a la vez otros nuevos horizontes sobre la base sobre todo de esos materiales. En otros textos novelescos que se suele calificar de neosofísticos y no sólo ya por sus fechas, sino también por sus tendencias, no faltan desde luego elementos de este tipo, y así hallamos, por ejemplo, pasajes de extracción filosófica en Longo, datos etnográficos en un Heliodoro y noticias paradoxográficas prácticamente en todos los novelistas tardíos. Sin embargo, por lo general se trata de excursos ajenos al relato mismo, mientras que en Antonio Diógenes estos ingredientes no sólo adquieren una densidad extraordinaria, sino que se convierten en un cuerpo determinante en el relato. Por todas estas particularidades debemos, pues, reiterar este juicio de una estudiosa de este texto: «The loss of this novel is perhaps the most seriously felt, because what we do know of it suggests that if we could read it whole, it might well require us to reevaluate the trajectory as well as the bounderies of Greek narrative fiction»1. MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 66 1S. STEPHENS, «Fragments of Lost Novels», en G. SCHMELING, ed., The Novel in the Ancient World (Leiden-New York-Köln 1996), p. 675.
Como recientemente nos hemos ocupado por extenso del tema del viaje novelesco en Grecia en un trabajo en el que apenas pudimos referirnos a Antonio Diógenes2, sobre todo por el talante tan excepcional de su tratamiento de esta materia y por atenernos ahí especialmente al tipo más usual de novela, creemos que es el momento de emprender esta tarea en su caso, en cierto modo como complemento obligado de ese trabajo previo. Pero, dado que la de Antonio Diógenes es tan profundamente distinta de las otras novelas conocidas e incluso de aquellas a las que sólo cabe acceder por otros resúmenes o fragmentos y sobre cuyos argumentos también puede haber dudas, el esquema seguido en ese análisis apenas puede servirnos aquí, a no ser en todo caso por la vía del contraste. La gran mayoría de las novelas griegas responde a unos principios básicos y más o menos estables en lo que se refiere al tema de los viajes. Dos de éstos, una geografía real y a la vez, si bien en diversos grados por supuesto, relativamente limitada, son comunes prácticamente a todas ellas. Y ya ahí, aunque no hubiera otras razones, Antonio Diógenes representa un caso muy especial por el hecho de no atenerse en absoluto a ninguno de estos dos principios3. Por un lado, amplía considerablemente el mapa de los desplazamientos, arribando sus personajes hasta los límites imaginables en el mundo antiguo4, y, por otro, rompe así lógicamente y de modo decidido con aquella sujeción al ámbito de la realidad geográfica conocida. Es cierto que este concepto de la realidad geográfica era distinto del actual, pero, aun así, los demás novelistas se ciñen a un espacio geográfico que un lector viajero podría comprobar, mientras que Antonio Diógenes no. Por ello, en su artículo ya citado Stephens señala la «fictionalization of geographical facts» (ibid.) como uno de los rasgos más llamativos de este relato. En ese mismo sentido, podríamos verlo tal como lo hace un autor como Th. Hägg, el cual escribe: «If Antonius Diogenes is to be categorized, the safest choice would be to view him as a succesor of the other writers of travel tales5, whose primary intention was to entertain»6. Sin embargo, ni parece que el novelista pretenda simplemente ofrecer un producto para llenar el ocio de sus posibles lectores ni toda la geografía de Antonio Diógenes es imaginaria. Al contrario, se ha cuidado de equilibrar este elemento central de su obra, al hacer que sus criaturas se desplacen por ámbitos muy distintos y en los que EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 67 2«El viaje en la novela griega antigua», en un volumen colectivo editado por Máximo BRIOSO SÁNCHEZ y Antonio VILLARRUBIA MEDINA bajo el título Estudios sobre el viaje en la literatura de la Grecia antigua (Sevilla 2002), pp. 185-262. 3Tal como tampoco se atiene a la limitación temporal practicada por los novelistas en general. Mientras que los demás suelen concentrar las peripecias en unos meses, Antonio Diógenes las extiende a lo largo de varios años. De esto no hay la menor duda a la vista de los datos que ofrecen las inscripciones de las tumbas de varios de sus personajes en el resumen de Focio. 4Sobre este apasionante tema cf. el libro fundamental de J. ROMM,The Edges of the Earth in the Ancient Thought (Princeton 1992). 5Hägg se refiere también sin duda a textos perdidos como los de Yambulo o Evémero, pero calificables de ficciones utópicas y que aportan una geografía por tanto en parte imaginaria. 6The Novel in Antiquity (Oxford 1983), p. 120.
la geografía real y bien conocida tiene una parte importante. Así, partiendo del hecho de que en la novela griega es bastante usual que los dos protagonistas se vean alejados el uno del otro en el curso de sus peripecias y viajen por separado hasta su reencuentro, Antonio Diógenes hace que su heroína, Dercílide, se mueva en buena parte de su ruta por lugares relativamente cercanos y reales, en tanto que su héroe, Dinias, viaja una buena parte del tiempo por lugares que hoy calificaríamos de ficticios o legendarios. Por otro lado, el punto básico de partida de la historia y escenario de su desenlace es un lugar, la ciudad fenicia de Tiro, que se sitúa en el corazón geográfico ya tradicional del propio género, que gira en torno a un espacio centrable entre las costas de Asia Menor, Egipto y, hacia Occidente, Sicilia. Esa situación privilegiada de Tiro7es, al igual que las relaciones eróticas, a todas luces una concesión al género; es más, un hecho tan concreto como el de que el reencuentro definitivo de sus héroes tenga lugar en un templo, aparece como refuerzo de esa conexión genérica, puesto que se repite en otras novelas. Pero, si Tiro es un punto relevante en la acción, es también evidente que, de un modo relativamente semejante a lo que sucederá en Heliodoro, aunque de manera más radical, existe otro punto en el relato, la isla de Tule, que esta vez, a diferencia de la Etiopía de aquél, pertenece a una geografía mucho más remota y acerca de la cual las noticias eran extremadamente vagas, pero que formaba parte ya de la tradición cultural griega. Debemos señalar también que ni en lo que se refiere a Tule ni en ningún otro lugar parece haber procedido el autor como un escritor de utopías, al modo de Evémero o Yambulo, con los que algunos se han empeñado en vincularlo más de lo debido, o como otros escritores de meros relatos de viajes. De los países que recorren sus personajes se ponen de relieve en la mayor parte de los casos hechos o usos más o menos fabulosos o pintorescos, pero no, como sí ocurre en esos escritores de utopías, un sistema sociopolítico supuestamente modélico. En este sentido, Antonio Diógenes es claro que ha dejado de lado esa intención paradigmática, propia de un género con una finalidad política, con la elección en cambio de una triple vía, más cercana, de un lado, a la de la historiografía con inclinaciones etno- MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 68 7No es un azar tampoco que esa misma ciudad fenicia sea una referencia clave en la novela que sólo conocemos en su redacción latina Historia Apollonii regis Tyri, pero que tiene una evidente vinculación con el género griego. Pero en Antonio Diógenes Tiro se asocia también al descubrimien- to del relato mismo como documento depositado para su desvelamiento posterior. Este tópico literario tiene a su vez una conexión pretendidamente histórica con Alejandro Magno, puesto que el documento se encuentra justamente cuando su ejército conquista Tiro. Antonio Diógenes da así una «historicidad» a su relato, pero esto no tiene más consecuencias y es absurdo pretender, por ejemplo, que sirve para contribuir a datar una de las fuentes de Antonio Diógenes, Píteas de Masalia, como hiciera P. FABRE, «Étude sur Pythéas le Massaliote et l’époque de ses travaux», LEC 43 (1975), pp. 25-44 y 147-165 (véanse en especial pp. 36-42). Cf. una crítica de esta propuesta en Pitea di Massalia, L’Oceano, Introduzzione, testo, traduzione e commento a cura di S. Bianchetti (Pisa-Roma 1998), p. 30. Fabre, además, desplaza la fecha del propio Antonio Diógenes al siglo III a. C., con un error no infrecuente al enjuiciar su obra como «un exemple de cette littérature romanesque et géographique qui eut un tel succès dans le monde alexandrine au IIIesiècle» (p. 40).
gráficas, de otro, a la novela, y, en tercer lugar, al género didáctico con sus diversas ramificaciones. Sus pretensiones descriptivas en concreto tienen mucho en común con la línea histórico-etnográfica que encontramos ya en Heródoto y que continúa en el siglo IV a. C. con Ctesias y tantos otros que rozan o incluso se sumergen de pleno en el ámbito de lo simplemente paradoxográfico. Y al tiempo su empeño enciclopédico o sistemático lo aproxima más a escritores como, por ejemplo, el Pseudo-Escílax o sobre todo Dionisio Periegeta. La fecha que suele asignarse a nuestro autor, ya sea muy avanzado el siglo Io en todo caso la primera mitad del II d. C.8, encaja muy bien, en sentido aproximado, con la época del citado Dionisio, del tiempo de Adriano. Si no hay en absoluto, por tanto, una mera intención de entretener en el terreno de los viajes, tampoco sucede esto en el doctrinal, como sugiere Hägg, puesto que la frase con que éste continúa («whether there was in addition a serious Pythagorean tendency, as has been asserted, cannot be deduced from the summary», ibid.) es muy discutible, ya que si las pretensiones de Antonio Diógenes en esta dirección no se pueden comprobar en rigor a través del resumen de Focio, sí se constatan por los materiales que Porfirio extrajo del relato. En cuanto a la extensión de su obra, en 24 libros según la taxativa noticia de Focio, es bastante razonable la extendida sospecha de que estamos ante una ambiciosa emulación de la Odisea. Lo cual, además, puede contribuir a explicar algunos aspectos de este texto tan particular dentro del género novelesco en griego. Sea como sea, pues, el empeño de Antonio Diógenes en crear una obra, que, sin alejarse radicalmente de la novela, que ya había dado muestras suficientes para definir sus confines genéricos, a la vez roce otros géneros tradicionales, como el de las noticias paradoxográficas y el de los viajes fantásticos, legendarios o utópicos, y se enriquezca con esa emulación revela un talante que escapa al típico de los novelistas del tiempo, que se atienen a un patrón mucho más estable y unitario. Pero pasemos ya a examinar más de cerca nuestro tema. El protagonista del relato, Dinias, procede de Arcadia, un lugar nada novelesco hasta entonces y que tampoco parece que tuviera un papel de peso en la geografía de esta narración. A Dinias lo acompaña en este viaje un pai'", del que se discute, dada la ambigüedad del término, si es un sirviente o un hijo y cuyo papel será bastante oscuro en la historia como reflejada en Focio. Al igual que el héroe de Heliodoro, también Dinias quedará al final del relato en el ámbito original de su amada Dercílide, la ciudad de Tiro. Pero el punto más interesante es que EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 69 8Para una bibliografía bastante exhaustiva sobre esta cuestión cronológica véase la edición de M. FUSILLO, Le incredibili avventure al di là di Tule (Palermo 1990), p. 36, n. 9. Discutible es también que esa referencia a Alejandro sea por parte de Antonio Diógenes un modo de vincular su propio viaje nórdico con las noticias acerca de las «ambiciones» del macedonio respecto a las tierras nórdico-occidentales, sobre la supuesta realidad de ese estímulo en el caso de la expedición de Píteas: sobre este tema cf. igualmente la edición citada de BIANCHETTI, pp. 31 ss. No hay duda alguna de que, sea lo que sea acerca de Píteas, los intereses geográficos de Antonio Diógenes son mucho más diversos y amplios.
Dinias no se pone en camino forzado por los avatares novelescos, sino por «la búsqueda de conocimientos» (kata; zhvthsin iJstoriva": 109a13 s.)9. Si ya algunos viajes menores aparecen en un Heliodoro promovidos por el deseo de saber, esta razón es básica y de hecho única para el héroe de Antonio Diógenes, desligado en principio de toda motivación amorosa. El viaje, en buena parte también el de la heroína, es una vía de acceso a la sabiduría, entendiendo por ésta tanto la de los conocimientos geográfico-etnográficos, como la de la experiencia personal y la filosofía. Antonio Diógenes va a conducir a Dinias hacia los cuatro puntos cardinales, incluido el enigmático Norte, una dirección hacia la que la novela griega suele mantener un cierto rechazo. A la vez, Dercílide emprende su propia ruta desde Tiro, acompañada de su hermano Mantinias y, como veremos, con sucesivas visitas a lugares que poco a poco también nos van alejando de la realidad más habitual en el género. Sin embargo, dado que en la novela griega hay una fuerte propensión al desplazamiento en grupo, en torno a cada uno de los dos héroes, que tras sus viajes independientes ya desde el principio de la narración sólo se encontrarán por primera vez en Tule, además de esos acompañantes iniciales, se moverán luego otros diversos, los cuales acrecientan las posibilidades de viajes secundarios, lo que hasta cierto punto recuerda sobre todo, dentro del género, la técnica de un Jenofonte de Éfeso. Se da así una gran dispersión geográfica, con ramificaciones que ofrecen un esquema de una complejidad única en la novela griega. Y, al contrario que en los demás novelistas, una gran parte de estos viajes, incluidos, como hemos visto, los del propio Dinias, cuyo motor es una inquietante curiosidad, son ajenos a la trama amorosa, que a la luz del resto del género suele ser de algún modo directo o indirecto el estímulo y elemento común de los viajes. Dinias, pues, a diferencia de lo que le ocurre a la heroína, viaja voluntariamente, mientras que en el género también lo usual para todos los protagonistas es que sus desplazamientos respondan a algún imperativo externo o en todo caso a la urgencia de la búsqueda del ser querido. Esa motivación de la curiosidad, añadamos, si bien no es del todo ajena a la novela precedente10, como no lo será a la posterior, adquiere en Antonio Diógenes un nivel impensable en el resto del género. Por todo ello, con el complemento de algunos otros detalles, deducimos que esta novela tenía al menos dos frentes bien diferenciados: un asunto de tipo erótico, cuya aportación era sin duda menor en el conjunto del relato, pero, contra lo que a veces se ha creído (los fragmentos han mostrado eficazmente este error), no por falta de peso propio, sino por la densidad abrumadora del elemento viajero y etnográfico, y esa red de viajes que en gran proporción tenían su propia autonomía narrativa y en buena parte están vinculados al aspecto sapiencial. En el propio Dinias como personaje del relato se MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 70 9Citaremos siempre por la edición clásica de R. HENRY de la Biblioteca de Focio en Les Belles Lettres, vol. II (París 1960). 10 Se da, por ejemplo, unida a la necesidad impuesta por el oráculo, en los protagonistas de Jenofonte de Éfeso. Pero esa curiosidad de Antía y Habrócomes tiene un fuerte componente religioso. Sobre este aspecto del viaje en la novela cf. nuestro artículo ya citado en n. 2, §§ 5.3-4.
plantea ya esta disyuntiva que domina toda la novela. No sólo emprende su largo viaje sin motivación erótica alguna, sino que, cuando se ha encontrado en Tule con la que será en adelante su amada, no se comportará tampoco como otros héroes novelescos griegos, que supeditan toda su vida presente y futura a su pasión amorosa, sino que llegará a separarse, tal vez de un modo voluntario, de la joven y, mientras ella regresa a su tierra, emprenderá la que será la más fantástica etapa de su viaje11. Por ello es posible preguntarse también si tal vez esta desviación de las leyes del género se disfrazaba con algún impedimento que fuese luego resuelto con la profecía de la Sibila de la Luna. Pero, si esa marcha de Dinias es efectivamente voluntaria, sería desde luego un caso único en el género y sus razones estarían en la particular concepción que Antonio Diógenes tiene de él. Los frentes señalados estaban desde luego en boga en su tiempo: el relato novelesco, con sus vertientes erótica y de aventuras viajeras; el ensayo filosófico incluso con una presentación dramático-narrativa, del que tenemos muy diversos testimonios en esta época y en el que no es rara una dosis de ficción (el De facie quae in orbe lunare apparet plutarqueo puede ser un buen ejemplo), y, en fin, en conjunción con el motivo del viaje, nutridos elementos etnográficos y paradoxográficos, que daban pie también a todo tipo de excursiones imaginativas. Varios de estos aspectos pueden unificarse bajo un criterio común: el didactismo, que a su vez no es ajeno a la corriente de la novela tardía, aunque ésta nunca llegue al grado alcanzado en Antonio Diógenes. En cambio, que éste escribiese, como han sospechado algunos, un texto de viajes en clave humorística no es nada probable y luego aportaremos algunos argumentos más para descartarlo. Aparte del silencio al respecto del epitomizador Focio, está la conducta ya mencionada de un Porfirio, que toma a Antonio Diógenes como fuente muy respetable para su documentación sobre el pitagorismo, lo que sería poco verosímil si fuese una obra equiparable, por ejemplo, a las divertidas y fantásticas Verae historiae de Luciano de Samósata. Si Plutarco, en la obra antes citada, pudo situar una historia en la Luna y en un contexto perfectamente serio, ¿por qué nuestro novelista no podía permitirse invenciones semejantes en un relato de pura ficción? Y su carácter serio precisamente lo habría hecho susceptible de ser parodiado por Luciano en esa obra, si, a diferencia de J. R. Morgan12 y de J. Hall13, aceptáramos este hecho al menos como una posibili- EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 71 11 Esta decisión de seguir más todavía hacia el Norte sorprende injustificadamente a los editores S. STEPHENS y J. J. WINKLER (Ancient Greek Novels. The Fragments [Princeton, NJ, 1995], p. 126, n. 55). Al comentar este lugar del resumen (110b33 ss.) buscan una explicación particular sobre la que Focio no dice absolutamente nada. Es claro que la posibilidad de ir más allá de Tule se presentaría como un motivo suficiente para quien como Dinias había recorrido ya la mayor parte del mundo más remoto sólo por curiosidad. Cf. al respecto J. ROMM, «Novels beyond Thule: Antonius Diogenes, Rabelais, Cervantes», en J. TATUM, ed., The Search for the Ancient Novel (Baltimore- London 1994), pp. 101-116, y en concreto sobre este punto la p. 106. Y, por lo demás, estaría de por medio el tema del oráculo, del que hablaremos más adelante. 12 «Lucian’s True Histories and the Wonders Beyond Thule of Antonius Diogenes», CQ N.S. 35 (1985), pp. 475-490. 13 Lucian’s Satire (London 1984), especialmente pp. 342 ss.
dad. Se les ha de reconocer a estos estudiosos sin embargo el mérito de haber pues- to en tela de juicio la casi general creencia de que efectivamente Antonio Diógenes fue objeto de un humorístico remedo por parte de Luciano, un parecer nada bien fundado y que arranca de una ocurrencia personal de Focio, tomada en serio a su vez por E. Rohde. Pero esta cuestión, como veremos, ha complicado especialmente la interpretación del resumen de Focio en algunos puntos. Pues al menos nosotros creemos que ha sido el que se haya hecho intervenir en la interpretación del texto de Antonio Diógenes esa presunta relación con la obra de Luciano lo que ha contribuido a enturbiar más el análisis de esta novela. Stephens y Winkler han trazado en su edición ya mencionada (p. 104) un esquema bastante convincente de lo que representa la acumulación de viajes en Antonio Diógenes y que nos muestra una elaborada planificación. Según ese esquema, los diferentes pueblos entre los que se desplazan los personajes del relato de Antonio Diógenes se distribuirían en dos círculos concéntricos, en un empeño de abarcar prácticamente toda la tierra y, en especial, la menos conocida. Pero ésta es una propuesta que conviene examinar en detalle. Ese doble circuito nos aleja desde luego radicalmente del género novelesco, aproximándonos en cambio a una concepción geográfica que tenemos todavía perfectamente recogida en un autor como Estrabón. La tierra firme sigue siendo una gran isla (nosotros la definiríamos como un inmenso y único continente) ceñida por el Océano Exterior, heredero del ancestral anillo fluvial homérico, y en cuyo centro aproximado está «el mar interior» (ta; th'" qalavtth" th'" ejntov" en el geógrafo, 1.1.10), es decir, el Mediterráneo. Un mar, para nosotros, como el Caspio, no es en esta concepción sino uno de los grandes golfos por los que el Océano Exterior penetra profundamente en esa enorme isla, de modo que proporcionaría un fácil acceso por ese punto, en dirección oriental, al Océano14. Hoy esta concepción puede parecernos absurda, pero los antiguos en su desconocimiento de determinados datos geográficos tenían buenas razones para creerla bien fundada y está desde luego todavía en la base de las visiones de geógrafos como Eratóstenes o, bastante más tarde, el propio Estrabón15. Pero debe tenerse en cuenta también que era a la vez compatible con una terminología que dividía ese gran Océano periférico en partes, según vemos en el resumen de Focio o en la corriente geográfica que llega hasta el tardío Marciano de Heraclea. Antonio Diógenes, pues, recoge una tradición geográfico-mítica, pero a la vez acepta las modificaciones impuestas por esa corriente crítica posthomérica referida a los confines del mundo. Éstos siguen siendo, como en la vieja concepción, un lugar privilegiado en cuanto al misterio y el prodigio16, como se observa en su novela sobre MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 72 14 Cf., por ejemplo, Dionisio Periegeta, vv. 48 s. El lector puede consultar un mapa como el que ofrece I. O. TSABARI en su edición de Dionisio (Ioanina 1990), p. 25, y leer con provecho las páginas que dedica ROMM en su libro mencionado al tema del Océano y los límites de la Tierra (pp. 9-44). 15 Cf. los mapas que reproduce BIANCHETTI en su edición mencionada (n. 7) y que proceden de las publicaciones de G. AUJAC allí citadas. 16 Cf. el ya clásico libro de ROMM ya citado (n. 4), así como diversas puntualizaciones en P. JANNI, «Los límites del mundo entre el mito y la realidad. Evolución de una imagen», en A. PÉREZ
todo, pero no únicamente, en el tema del espacio de Tule y «más allá de Tule», y desde luego con la cuestión de la Luna, que luego discutiremos, pero a la vez, a diferencia de lo que sucedía en el mito, son accesibles a los viajeros humanos y una realidad geográfica natural explorable. Esta visión se había profundizado desde los tiempos de Alejandro Magno, cuyo nombre está ligado a una ambición planificada, o que la leyenda ha convertido en planificada, en relación con el conocimien- to y dominio del mundo17. Y en esta concepción más moderna ya aquel Océano imaginado como un continuo o río circular había sido reemplazado por esa sucesión de océanos, identificables por nombres diferenciados, de los cuales da cuenta puntualmente Focio. Focio deja de citar en bastantes casos cómo se desplazan los personajes del relato, pero suponemos que obviamente unas veces sería por mar y otras por tierra, pues no son raras, por lo demás y como luego volveremos a subrayar, las incursiones tierra adentro. La razón por la que se darían esas dos distribuciones geográficas concéntricas es que Antonio Diógenes, cuya propensión mayor es hacia lo exótico, evidentemente no ha querido sin embargo renunciar al Mediterráneo helenístico como horizonte original del género, puesto que sus costas constituyen el primer círculo, el más modesto y tradicional. Y se debe añadir que responden al concepto antiguo de la periegesis, como ocurría ya con el viaje argonáutico tal como podemos leerlo en Apolonio de Rodas o en la obra posterior del Dionisio llamado precisamente Periegeta18. Centrándonos ahora en el viaje de Dinias, éste viaja desde su Arcadia nativa hasta el Ponto y el Caspio (o Mar de Hircania), pero pronto lo vemos esforzándose por penetrar hacia el remoto Norte, ya que se citan los míticos Montes Ripeos y las misteriosas fuentes del Tanais (el Don actual)19, que otros autores también relacionan en la antigüedad. Es el frío inclemente el que, como tradicional barrera, pone freno a su avance, obligándole a tomar, por los llamados Océanos Escítico y Oriental (como secciones del mar que rodea Asia)20, la dirección Este y entrando así en los dominios del Sol naciente y luego, en el sentido de las agujas del reloj, en prolongada circunvalación asiático-africano-europea hasta arribar a la isla de Tule. Focio es sumamente parco al referirse a esta sensacional parte del viaje, por lo que se nos ofrece la duda de si la narración aportaba algún material sobre pue- EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 73 JIMÉNEZ Y G. CRUZ ANDREOTTI, Los límites de la tierra: el espacio geográfico en las culturas mediterráneas (Madrid 1998), pp. 23-40, sobre todo 27 ss. 17 Cf. los materiales reunidos por ROMM en su libro, en especial pp. 138-140, y la continuación de esas ambiciones en el Imperio Romano en dirección nórdico-occidental, en pp. 140-149. 18 Evitamos el término periplo, que corresponde a un concepto distinto y mucho más limitado: cf. para la distinción A. PERETTI, Il Periplo di Scilace. Studio sul primo portolano del Mediterraneo (Pisa 1979), en particular p. 60. 19 No podemos detenernos aquí a discutir si el resumen de Focio se refiere a las fuentes o a la desembocadura del Tanais, un tema muy polémico entre traductores e intérpretes. 20 Remitimos sin más para los detalles a las eruditas notas tanto de la edición citada de STEPHENS y WINKLER como de la de FUSILLO. Sobre los diversos nombres del Océano puede verse, por ejemplo, Dionisio Periegeta, vv. 27-43.
rentes ciudades, para dar luego un salto hasta la difusa zona al Norte de Grecia y, por una ruta nórdica bien distinta de la de Dinias y de nuevo por imposición de un oráculo, finalmente hasta Tule, donde parecen haber tenido lugar los episodios dramáticos y amorosos que mejor entroncan la historia con el género novelesco y también ocurren ciertas peripecias en las que se reitera la inclinación hacia lo extraordinario tan destacada en este texto. Tule desempeña desde luego en este relato un papel central, ya como punto de encuentro y confluencia y luego dispersión de los personajes, ya por ser escenario de esos episodios. Un lugar así, con todos estos rasgos acumulados, sólo contaba hasta entonces en el género con Babilonia en Caritón y Rodas en Jenofonte de Éfeso como antecedentes. Y es indudable que Antonio Diógenes deseó dotar a Tule de una importancia excepcional en el texto. Y es que desde Píteas, este misterioso lugar de indecisa identificación se había convertido en una referencia geográfica para quienes se ocupaban de temas viajeros y podía simbolizar la frontera entre lo imaginario y la realidad. La relación entre el texto de Antonio Diógenes y el de Píteas de Masalia es muy problemática, comenzando por nuestro desconocimiento directo de ambos, pero no hay la menor duda de que el primero dependía en parte del segundo. Una sección del viaje de Dinias debió redactarse con la obra de Píteas como referencia y no sólo por lo que atañe a Tule. Ese libro era un excelente estímulo para la imaginación de escritores como Antonio Diógenes, en los que lo real se mezcla con lo fantástico y con clara ventaja para esta última visión. Pero a la vez el novelista desbordaba las pretensiones mucho más modestas del explorador, al llevar a sus personajes a parajes inaccesibles para éste y al convertir su viaje en una trama ambiciosa en torno al mundo entero. Y aún queda un punto digno de señalarse: en la novela no parece haber ninguna duda ni sobre una posible o imposible arribada a la isla o un conocimiento previo de ella, de suerte que ambos grupos viajeros se encaminan hacia Tule de un modo totalmente natural. Y es notable también el claro anacronismo cometido por Antonio Diógenes, puesto que sitúa su relato en una fecha muy anterior a la atribuible, sea cual sea exactamente, al viaje de Píteas, tenido siempre por descubridor de la isla34. Con los errabundeos de Dercílide y los que se conocerían en la redacción original por otros narradores secundarios parece, pues, que se completaba esa especie de atlas que conforma la red de viajes en esta novela y que cubre casi todo el mundo conocido (y sospechado o imaginado). La ruta de Dercílide, incluso sin esos complementos, supone un trazado en zigzag que pretendería llenar diversos capítulos informativos. Pero posee sin la menor duda un núcleo significativo en torno a Italia y Sicilia y esto se debe muy posiblemente, más que a ecos de otras novelas, a que rememora de este modo el escenario básico de la doctrina pitagóri- MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 80 34 En realidad no parece que Píteas escribiese que había arribado a Tule, sino que, a juzgar por Estrabón (2.4.1), sólo tuvo noticias de ella por los nativos de las tierras cercanas. Como esta situación de ignorancia persistió durante siglos, de ahí su carácter quasi-simbólico como remoto confín del mundo: cf. ROMM, libro citado, pp. 157 s.
ca. De ahí que en ese espacio no sólo se dé la bajada a Ultratumba, sino el encuentro con una figura de sabio pitagórico tan destacada como es la de Astreo. También se ha de señalar el hecho notable de que al parecer sea Antonio Diógenes el primero en hacer que una mujer baje en vida al Hades, un privilegio reservado hasta el momento a héroes y personajes masculinos35. Sea como sea, es indiscutible que una vez más esta novela tan peculiar supedita su argumento al nivel didáctico-doctri- nal y no a la azarosa peripecia, como ocurre en las otras obras del género. Se mantenía posiblemente alguna intervención del azar en el planteamiento de las rutas, pero esto ocurría sin duda sólo desde el punto de vista de los personajes, no desde el de la planificación del relato. A estas alturas e insistiendo en lo que ya también indicábamos cualquier propuesta en el sentido de que lo que Antonio Diógenes escribió fue una simple y disparatada parodia de los relatos fantásticos de viajes parece estar fuera de lugar; pero, si lo hubiera hecho, habría actuado de un modo bien distinto del de Luciano, ya que habría sido con el consciente aprovechamiento del esquema narrativo del género novelesco, puesto que el escritor de Samósata no entra en las reglas convencionales de éste, limitándose a referirnos un viaje imaginario. Aunque no sea más que una hipótesis, podemos atrevernos a creer que la novela de Antonio Diógenes fue perfectamente seria, sólo que llevando a un extremo barroco e hiperbólico algunos de los aspectos que estaban ya en diversos grados en las novelas precedentes, como sucede con los prodigios, el viaje por el afán de conocimientos o la búsqueda de nuevas rutas y el trazado laberíntico de éstas, como se aprecia sobre todo en Jenofonte de Éfeso. Y no hace falta decir que en novelas posteriores y sobre todo en la de Heliodoro se confirman estas tendencias, aparte de la finalidad didáctica, presente sin discusión en Teágenes y Cariclea. Si, por poner ejemplos más recientes, en la novela de caballerías y en la picaresca podemos estudiar muy bien cómo se tiende con el tiempo a buscar crecientes novedades y, entre ellas, a ampliar el espacio geográfico, en el caso de la novela griega es natural que se diese esa misma propensión a ir cada vez más allá de los modelos, a superarlos con un ejercicio de imaginación. En la novela de Antonio Diógenes seguramente la novedad principal estuvo en esa hábil combinación de dos niveles: uno, el que los viajes y aventuras, que tradicionalmente giraban en torno al amor y a los protagonistas acosados por los diversos rivales eróticos, se convirtiesen en un hecho de trascendencia científico-filosófica, a lo que se suma el que al héroe lo mueva precisamente el afán de conocimientos como punto de partida coherente con ese fin; y, otro, la ambiciosa ampliación de la geografía al uso en el género, acorde con aquella afanosa búsqueda del saber y el planteamiento de unas pretensiones científico-ideológicas. Todo esto hubiera sido muy poco probable en un relato humorístico. Y ya Focio, que tenía sus visos de crítico literario, observó al comienzo de su resumen que el estilo EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 81 35 Fusillo en las notas de su edición recuerda oportunamente que, después de nuestro novelista, el motivo reaparece en los Actos de Tomás (55-57): una joven asesinada retorna a la vida y cuenta lo que viera en el mundo de los muertos.
mismo de esta novela era extremadamente puro y claro, y esto incluso —añade— en las digresiones. Y todavía lo más interesante de las reflexiones de Focio es sin duda que éste también opina que, a pesar del talante casi mítico y fabuloso de lo que se cuenta, uno de los mayores atractivos de la historia está precisamente en que conjuga sus fantasías con una presentación altamente creíble. Lo que tampoco hubiera sido esperable en una parodia. Uno de los rasgos de la novela griega antigua consiste en que, a pesar de la acumulación de los viajes y de una geografía variada, podemos echar en falta el que no se entre usualmente en las descripciones de los lugares. Sólo cuando los gustos fueron cambiando los novelistas griegos comienzan, como vemos sobre todo en Aquiles Tacio, a romper esa convención y a detenerse en algún paisaje rural o en ciertos pormenores de una ciudad celebrada. Pero es claro que el viaje como mero cambio toponímico y la sucesión de episodios que en él ocurrían seguían teniendo más interés para su público. Pero a la vez debemos insistir en que esa atracción parece que se concretaba normalmente en una geografía constatable y bien testimoniada. De ahí que el texto de Antonio Diógenes, con su geografía en buena parte quasi-mítica y fantástica y sus abundantes noticias sobre ella, resulte ser redobladamente original. Y cabe preguntarse, si volvemos a ese tipo de lector del tiempo, cuál debió ser el fin del novelista y los criterios con que pudo ser acogida esta novela entre sus posibles lectores contemporáneos. Desde luego una primera explicación estaría en la misma que podría darse para las novedades introducidas por otros novelistas cuando nos referimos a los de la época de la Segunda Sofística: que los gustos de su público eran ya otros y parece que exigían que cada relato abriese nuevos caminos en el género. Y esto es algo que se aprecia en los tres grandes novelistas más tardíos: Longo, Aquiles Tacio y Heliodoro. Todos ellos se apartan de lo trillado, es decir, de la tradición representada para nosotros por Caritón e incluso por Jenofonte de Éfeso, cuyas novelas tienen, a pesar de las diferencias, nutridas concomitancias. Y cada uno, y esto nos parece lo más relevante, se aparta de esta tradición de un modo muy distinto. Pues bien, es claro que Antonio Diógenes, incluso en una fecha seguramente bastante anterior a las de los tres narradores citados, tomó idéntica resolución: desviarse de aquella tradición tomando un camino propio, y este camino pasa por la combinación de todos esos elementos a los que nos hemos referido ya y por entretejerlos en un largo viaje que quebrase también la convención de un marco geográfico limitado, bien reconocible y en el que al mismo tiempo apenas se repara. En este sentido, si Antonio Diógenes se contrapone sobre todo al caso de Longo, el cual optará, rompiendo igualmente los cánones establecidos, por una drástica reducción de los desplazamientos, se le anticipará en cambio en el interés por la propia geografía, limitada y minimalista en Longo, expansiva y ambiciosa en él. Si Longo tenía el precedente bucólico a su favor para detenerse en unos paisajes rurales y estáticos, Antonio Diógenes no carecía tampoco de modelos, puesto que había ya disponible toda una biblioteca de escritores de viajes, unos más fieles a la realidad geográfica, otros más o menos fabulosos. Mientras un Luciano aprovechó algunas de esas publicaciones para hacer una diverti- MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 82
da parodia, Antonio Diógenes las acogió como material novelesco, al situar sus informaciones dentro de un esquema viajero ya ensayado en el género que para nosotros inaugura Caritón. Pero no se limitó a esto. El interés didáctico, tan poderoso en él, evitaba que esos materiales fuesen un adorno prescindible en su relato, meramente reflejado en ciertos excursos, como ocurre en Jámblico, Longo o Aquiles Tacio en especial, y en un marco esquemático. Y en esto su conducta preludia sobre todo la de Heliodoro, que absorbe y transmite informaciones muy diversas también con un empeño serio por didáctico, aunque persista en él el hábito de concentrarlas sobre todo en digresiones. Romm en un trabajo ya citado (n. 11) planteó un interesante problema: ¿cuál es el sentido en la literatura de ficción del relato de un viaje imaginario? Es como si el autor se enfrentase a un obligado dilema: buscar una cierta aunque curiosa credibilidad respecto a lo que cuente justamente porque a esos parajes irreales no podrá viajar a su vez el lector a comprobar su verdad o falsedad o, por el contrario, confirmar con una geografía mentida la invención de su historia como tal producto imaginario. Rabelais con su Pantagruel representaría, para Romm, el segundo caso, lo que significa «to make belief impossible» (p. 102), mientras que Cervantes en su Persiles y Sigismunda sería un buen modelo del primero. Ciertamente éste parece un esquema muy simple y el ejemplo de Cervantes en especial podría discutirse, puesto que una parte al menos de la geografía nórdica de su novela entraba, en esa época, en el reino de la indecisión entre la creencia, la ingenua credulidad y la incredulidad. Y este abanico de posibilidades dependía de sus lectores. No es claro, además, que Cervantes por el hecho de haber leído algún libro en que Tule se mencionaba, como era el caso comprobado del de Olao Magno, pretendiera, paradójicamente, que con algunas noticias más o menos asombrosas sus lectores aceptasen como auténtico aquel remoto Norte y a partir de ahí considerasen verosímiles las andanzas por él de sus héroes peregrinos. No hay duda de que esa historia tenía en el sentir de Cervantes dos caras o fines: la del entretenimiento del lector, con una dosis de imaginación, y la de su aleccionamiento moral y piadoso. En lo que se refiere a Antonio Diógenes, Romm examina en primer lugar el propio título de la novela y concluye que apista ahí debe tomarse, tal como en los términos típicos de los coleccionistas de noticias paradoxográficas, «implying a meaning closer to ‘strange but true’ than to ‘obviously false’» (p. 103), lo que, añadimos, trasladado a la ficción literaria, podría acercarse al marco de las tesis aristotélicas sobre la verosimilitud en los argumentos literarios. También las palabras «más allá de Tule», dado que de Tule había informaciones que podían pasar por serias o en todo caso por polémicas, entrarían en ese mismo dominio de la dudosa frontera entre lo verdadero y lo falso. Antonio Diógenes pudo inspirarse incluso, para su héroe Dinias, en el celebrado explorador de las tierras nórdicas Píteas de Masalia, que también viajó por afán de conocimientos y luego, al igual que aquél, relató sus sensacionales descubrimientos. Pero Dinias, como hemos vis- to, irá todavía más allá de Tule, en un viaje que, en palabras de Romm, «represents a test of the elasticity of apista, their ability to unite the otherwise opposing poles of belief and incredulity» (p. 106). Para Píteas Tule era, según se lee en Estrabón EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 83
(2.5.8)36, la tierra más al Norte y Virgilio la llamará consecuentemente «ultima Thule» (Georg. 1.30), por lo que es evidente que en este punto Antonio Diógenes forzaba aun más la credulidad del lector. Y la razón está en que seguramente, como muestra el episodio de la Sibila, entraba ahí en un reino diferente, el de los conocimientos provenientes de la filosofía neopitagórica, que también le importaba profundamente. Sea como sea, en lo que atañe al dilema planteado por Romm, Antonio Diógenes ofrecía a sus lectores múltiples cartas en un juego complejo. Les da a leer una novela, un relato de ficción, pero éste entreverado de informaciones librescas, a partir de unas fuentes que detallaba puntualmente al comienzo de cada libro (111a36-40), implantando así en una novela el principio de autoridad típico de la literatura didáctica. El que el relato era una invención también es un hecho reconocido por él, puesto que se declara autor de un texto en el que, a la vez que aceptaba esas autoridades, creaba una ficción («hechos increíbles y falsos», a[pista kai; yeudh': 111a35 s.) que dedicaba a su hermana, si bien este texto era al mismo tiempo un simple marco dentro del cual se recuperaba un antiguo legajo, que no era sino una copia documental, hallada por azar, de lo que Dinias contara ya en su vejez. La imaginación creativa de Antonio Diógenes no podía evidentemente satisfacerse con una estructura literaria simple, como las de sus antecesores novelescos. En todas las direcciones explora nuevos rumbos y, todo ello a la vez, en un asombroso y desmesurado equilibrio. Intentaba así posiblemente satisfacer a un nuevo tipo de público surgido con las modas que traía la Segunda Sofística. Unas pretensiones que Romm ha expresado de este modo en su artículo: «We are thus faced with the paradox of an author who cites real sources for made-up information» (p. 108). Pero es que seguramente este autor tenía bastante claro, como Aristóteles, que el reino de la ficción admite lo increíble con tal de que parezca verosímil. Ésa es una lección que también recogerá sabiamente Heliodoro, cuando, por ejemplo, haga nacer a su heroína Cariclea como una criatura milagrosamente blanca de dos padres etíopes; sólo era necesario dar una justificación, por sorprendente que ésta pueda parecer al lector. Lo increíble por el hecho de quedar explicado se torna verosímil. Y esto vale para el laberinto narrativo imaginado por Antonio Diógenes e incluso para la aceptación de ciertas fuentes muy poco creíbles, como eran los casos de Antífanes y en parte del propio Píteas. No había seguramente en él otra intención que la de escribir una obra de ficción, reconocida explícitamente como tal, pero a la vez recargada profusamente de materiales de variopinta erudición y de expansiones filosóficas que harían las delicias de sus curiosos lectores y satisfacían de paso su apetito de saberes tenidos por muy respetables. El que la geografía en la Grecia antigua se percibiese tradicionalmente MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 84 36 La expresión en realidad es un tanto ambigua, ya que la letra de Estrabón dice ta; peri; Qouvlhn, interpretable como «la zona o parte de Tule». Y además especifica «de Britania». La noticia se repite en Plinio, Naturalis historia 4.16.104.
como un género literario, en el que la narración tenía un peso determinante, más que como una ciencia descriptiva37, era un apoyo inestimable. Hemos aludido ya a que el género impuso como modelo viajero un esquema relativamente simple y que se repite incluso todavía en Heliodoro. Dentro de esta simplicidad, se parte de un punto (o de dos, pero siempre con uno como secundario), ciudad o país, y se retorna a ese punto. Con todas sus variantes, se trata de una circularidad, pero sólo en el sentido de una ruta de ida y vuelta y, como señalábamos, por un espacio geográfico siempre fácilmente identificable. Incluso cuando intervienen, como es usual, países y pueblos bárbaros, ese espacio posee una cierta homogeneidad, al ser parte de una tradición cultural reforzada por la expansión helenística. Es el caso de los tan frecuentados persas, egipcios, e incluso los etíopes de Heliodoro. En ese esquema viajero de ida y vuelta la diferencia esencial está en la oposición entre un espacio menor y familiar, correspondiente al punto de partida, y un espacio mayor, el que se abre con la ruta seguida, que ya no es familiar sino peligroso y en el que se producen las aventuras. Se puede por supuesto matizar este esquema, al introducir ya algún riesgo o aventura en el lugar familiar o, como hace Heliodoro, al tomar concretamente Etiopía como parte de ese mundo exterior y arriesgado, pero identificándolo finalmente con el punto de retorno y escenario del desenlace. En cier- to modo Antonio Diógenes parte de ese mismo esquema, al situar Tiro como punto de partida y de retorno, ya que la Arcadia de Dinias (el lugar secundario del par de los iniciales, como la Tesalia de Teágenes en Heliodoro) queda fuera de él. Pero el viaje pasa a ser en esta novela un sistema mucho más complejo, como una red con la que se pretende abarcar lo más posible del mundo. Como, además, se da otro haz de direcciones, en el sentido de los cuatro puntos cardinales, el viaje, según hemos subrayado, desborda aquel concepto novelesco de ruta a través de un espacio que es pretexto para la aventura y se convierte en una cadena de exploraciones y descubrimientos en pro de un fin sapiencial. Esa red de rutas, favorecida por la multiplicidad de personajes y de relatos, atiende todas las direcciones, más allá del ámbito geográfico helenizado, en cierto modo como una reiteración a nivel fabuloso de aquellos supuestos designios de Alejandro Magno, al cual se hace referencia no en vano en la novela. En ese sistema Tiro constituye el centro, pero no ya sólo como aquel lugar típico de las novelas como punto de partida y de retorno. Al plantearse el viaje como un sistema, cuya meta última son los límites de la tierra, Tiro adquiere un valor nuevo como centro de ese sistema totalizador. Otra cuestión no fácil de discernir en el resumen de Focio es la de la relación del relato con las concepciones astrológicas, sobre las que hay sin embargo algunos indicios. Ahí tenemos las menciones del Sol y la Luna, la contraposición del día y la noche, de la luz y la oscuridad, y su vinculación, a través de la magia EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 85 37 Cf. las observaciones de ROMM al respecto en su libro, sobre todo pp. 3-7.
de Paapis, con la vida y la muerte. De este modo, la trama sapiencial se amplía hacia diferentes niveles, con la pretensión de consolidar un todo cerrado. Hay todavía otro dato que muestra esos variados niveles en los que se mue- ve este relato. La narración de Dinias, una vez dictada, queda depositada precisamente como un documento secreto que sólo se desvelará en el futuro. El hallazgo de unas tumbas, un motivo que todos sabemos que se repetirá en Rabelais, lo sacará a la luz y es así como la posteridad podrá conocer esos maravillosos sucesos. Hay algunas otras novelas antiguas donde también queda alguna constancia documental, en inscripciones, de las aventuras de los protagonistas (así en Jenofonte de Éfeso o en la Historia de Apolonio rey de Tiro), pero no existe en cambio esa intención de secretismo, sino, al contrario, un afán de publicidad. La finalidad en Antonio Diógenes fue sin duda también diversa en este punto: de un lado, proceder como ya lo hiciera Jenofonte de Éfeso, al atribuir con la existencia de una prueba material una apariencia de veracidad a su relato, lo que quedará como un recurso tópico de la ficción literaria; de otro, con su conversión en un secreto sólo desvelable siglos después y por azar, rodear a esa supuesta prueba autentificadora de un halo enigmático que la sitúa en esa frontera entre lo imaginario y la realidad de la que hablábamos. Como Heliodoro jugará con el ingenio del lector, Antonio Diógenes juega a la vez con su curiosidad y su credulidad. Pero aún nos queda por hacer una observación para atajar la sospecha de que Antonio Diógenes fue un caso totalmente aparte dentro del género en Grecia. La primera novela que se escribiera fue ya en sí un novedoso atrevimiento y las mejores de las que la han seguido, en todas las literaturas, han abierto nuevos caminos, a veces de modos llamativos y escandalosos. Las limitaciones temáticas han sido barreras que frecuentemente los más osados narradores han deseado quebrar. Y esto lo practicó a todas luces Antonio Diógenes, al alejarse resueltamente de la angostura del desarrollo previo del género, que tenía en el monopolio del tema erótico una recia atadura. Si Longo, por ejemplo, le dio un rodeo innovador, al entremezclar con los rasgos tradicionales del género un lirismo bucólico heredado de la época helenística, Aquiles Tacio hizo algo semejante con la recuperación de bastantes ingredientes de la comedia y Heliodoro practicará aún después otros nuevos pasos en la dirección ética y didáctica, amén de en la construcción ingeniosa del aparato novelesco. Por poner otros ejemplos modernos y por si una comparación más sirve para ilustrar el papel de estos innovadores y entre ellos el de Antonio Diógenes, podemos recordar la novedosa introducción de los temas sociales en la novelística europea del XIX o, con un caso más concreto, el papel de una novela como Middlemarch de George Eliot respecto a los textos precedentes en el género en lengua inglesa, pues este relato introduce en él, según se ha subrayado hace tiempo, un motivo como el de la vocación personal, es decir, el de unos intereses ajenos, en buena parte decididamente intelectuales, al previamente privilegiado tema del sentimiento y del amor. Pues bien, Antonio Diógenes supuso también un intento de osada reorientación temática del género en la Grecia antigua. Para ello contaminó la novela de materiales y fines que hasta ahí habían sido extranovelescos. En el tema del viaje esta reorientación se percibe muy claramente. Y Heliodoro luego contribuirá a nuevos cambios decisivos en el género y hará em- MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ 86
prender a sus personajes una ruta novedosa, como fue la de Etiopía convertida en un lugar quasi-utópico. La novela ya no se circunscribe a una geografía modesta, trillada y fácilmente constatable; tampoco a una geografía, como parece ser la de las novelas más antiguas, esquemática y que más parece un catálogo toponímico. Ahora los lugares por donde transitan los personajes cobran un realce particular, y esto merced a dos medios principales: su propia extrañeza, pues en buena parte se sitúan en los confines del mundo y algunos poseen un halo legendario, y, en segundo lugar, su interés etnográfico (o, si se prefiere, seudoetnográfico) y paradoxográfico. El solo hecho de haber situado un momento determinante del relato en Tule da cuenta de ese empeño, así como el haber recurrido a una doble realidad: la de la realidad misma, constatable o conocida, y la de aquella que, como la del viaje de los Argonautas o semejantes, bordea el reino ambiguo de la fantasía y el mito. Un texto como el de Antonio Diógenes fue seguramente sorprendente en su momen- to, pero sobre todo para unos lectores ya habituados a las convenciones del género, en el que irrumpe revolucionariamente. Otros, como Aquiles Tacio, Longo o Heliodoro supieron mantener algunas de sus aportaciones en una línea meritoria pero mucho menos atrevida. Y de ahí que, mientras en la sucesiva escritura de estas otras novelas se aprecia una cierta continuidad, que es indicio indirecto de la aceptación de sus lectores, no ocurrió así con el caso de Antonio Diógenes, probablemente único. Las novelas griegas que de un modo u otro conocemos tienen todas un aire de familia y es claro que el género desde sus primeras etapas buscó crearse, en una cadena de imitaciones, unos rasgos homogeneizadores que le diesen forma e identidad como nueva creación literaria. A la vez se trató de ir ensanchando poco a poco sus márgenes, por lo general sobre la base de contaminaciones. La historiografía, el teatro y la bucólica fueron algunos de los almacenes saqueados. También la filosofía en ocasiones, Platón sobre todo. La novela se afianza así en una tradición culta y dignificadora. Antonio Diógenes debió ver muy claramente cuál podía ser su labor: cavó en los anchos cauces de la paradoxografía, en determinadas corrientes filosóficas en auge, en el género de los relatos de viajes, cuanto más imaginativos mejor, decoró todo el conjunto con una formalización narrativa revolucionaria y terminó elaborando un producto que él mismo tuvo empeño posiblemente, para completar la amalgama y dignificar aun más su libro, en presentar, según ya se apuntaba, como una especie de homenaje a la Odisea, como igualmente lo hará luego Heliodoro. Su obra también representa de algún modo una especie de ambiguo homenaje a un texto de también ambigua fama en la Antigüedad como fue el de Píteas de Masalia, al que pretendió sin duda emular y superar. Nosotros, sin el texto del novelista y con la sola guía de Focio, apenas podemos juzgar la bondad de ese producto, sólo intuir su ambiciosa complejidad. EL MOTIVO DEL VIAJE EN LAS HISTORIAS INCREÍBLES ... 87