Diversión, espectáculo y corridas de toros en el siglo XVIII. Una esquina moral de la ilustración española
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Revista de Estudios Taurinos N" 1, Sevilla, 1994, págs. 93-114 DIVERSIÓN, ESPECTÁCULO Y CORRIDAS DE TOROS EN EL SIGLO XVIII. UNA ESQUINA MORAL DE LA ILUSTRÁCIÓN ESPAÑOLA León Carlos Alvarez Santaló Fundación de Estudios Taurinos ~4...iilll 1.-TNTRODUCCION /rrl~ ien pudiera y, seguramente, debiera acompañar el título uno de aquellos corolarios extensos, puntillosos y, por veces, retorcidos que valen por medio texto (en muchos del XVI, XVII y XVIII) y con - vierten títulos y encabezamientos en una selvecilla de estar por la casa conceptual. Si tal hiciera, el subtítulo incorporado acaso podría redactarse en términos parecidos a estos: «Exhibición baladí y palmaria contradicción; camino de vuelta, con la ida, de lo pintado a lo vivo, según las luces de la pedagogía política y la utopía racional, junto al buen orden filosófico y la felicidad asegurada; sacado todo ello, con intención, de la explicación científica i académica del -Informe- de Don Gaspar Melchor de ]ove llanos sobre -Espectáculos y diversiones públicas-, redactado hacia I790 y rehecho en 1796». Lo que todo ello tenga que ver con las corridas de toros se verá, aunque temo, con motivos razonables, que tal se hará mejor al final que al principio por lo que la paciencia, será virtud, aquí, de mucha necesidad.
94 León Carlos Alvarez Santaló Il.- LAS "LUCES" COMO PROPUESTA MORAL Que la Ilustración dieciochesca iba a darse de bruces con la fiesta y el espectácul?, va de suyo. Que en semejante encuentrochoque saltaría alguna sangre doctrinal era previsible, como lo era, también, que bajo la apariencia de élaridad decisoria y razonabilidad analítica, podría escucharse el chirrido de fondo del entusiasmo: o sea la confusión más sugestiva. No será fácil, en pocas líneas, atar un nudo con tales tres cabos (choque, razonabilidad, pasión), pero intentarlo parece tan razonable como lo contrario. Como cualquier otro modelo ideológico, el que llamamos "filosofía ilustrada" (osadía bastante, este único saco para tanta variedad), no fue una propuesta apacible, neutral u "objetiva"; era un proyecto contra otras traducciones del mundo y, muy declarada y específicamente, contra la inmediata anterior, sustancialmente vigente y fácilmente reconocible, religioso-eclesiástico-aristocrática y, en resumen, barroca. La idea, no infrecuente, de una Ilustración fría e intelectual frente-contra un Barroco pasional y sensorial, es una conveniente simplificación más útil para una retórica de combate que para una razonable comprensión. La pasión ilustrada, aunque estilísticamente contenida (en promedio, pero ni siempre ni en todas las estilísticas), no fue ni menos instintiva que la barroca, a la que pretendía combatir, ni más "experimental" tampoco. Respecto al cabo de la razonabilidad, fue, desde luego, un hallazgo tan fascinante que, sin mucha dificultad, se alzó con hartas posibilidades de devorar a todas las demás (o casi) ofertas mágico-religioso-sensoriales. Cien años antes, la razón se había propuesto, sustancialmente, como un método, pero la elegante exhibición de Newton le abrió una perspectiva tan seductora respecto a lo que podía conseguir y las matemáticas una estilística tan exigente, que la convirtieron en un totem inmisericorde y una
95 Diversión, espectáculo y corridas de raros en el siglo XVIII coartada inevitable y hasta mecánica. En tales circunstancias y con tales "diccionarios", la Ilustración en general y la española en particular (y especialmente) debió trabajar su traducción del mundo; lo hizo con el entusiasmo, la combatividad y la intransigencia "inocente" y neófita que semejante empresa evidentemente requería. El modelo a combatir, religión-clero-excepcionalidad social, fue calcado por el dorso para convertirlo en el paradigma inverso: ciencia-filósofos-homogeneidad social. Cada uno de los factores del haz daba de si, con cierta facilidad, parámetros de apoyo y explicación que también podían virarse en el envés. Efectivamente, la Religión señalaba como su columna vertebral al binomio fe-sobrenaturaleza y la ciencia, por su parte, el de naturaleza-razón; el clero apuntaba al misterio sacral y la obediencia ciega, los filósofos a las luces esclarecedoras y la adhesión por evidencia; la excepcionalidad social se construía sobre el privilegio y éste, a su vez, sobre la declarada desigualdad sustancial; por contra, la homogeneidad social exige la igualdad natural de los hombres y el sólo mérito como diferencia accidental. Semejante simetría no dejaba de constituir una cierta trampa lógica cuya desembocadura "natural" bien podría ser la religiosización de todo el sistema ilustrado y la sacralización de cada uno de sus componentes, justamente como sucedía en el modelo barroco a combatir. La caída literal en equívoco tan proceloso no era fácil de evitar y, en muchas ocasiones, no pudo o no se supo evitar. Pero lo que nos interesa, ahora, señalar es que, por lo ya expuesto, en el trasfondo del modelo que relacionaba ambas propuestas, se sugería una cierta incompatibilidad entre los "sentimientos" y la "razón"; en realidad no se trataba de todos los sentimientos y toda la razón, sino de "sentimientos" considerados "impropios" (temerosos, magicistas, ignaros y egoístas) y la razón considerada deus ex machina (lúcida, "evidente", moral y progresista). En tal situación, el cómo la filosofía ilustrada consiguió erigir a la FELICIDAD en
96 León Carlos Alvarez Santaló uno de sus pilares de supervivencia y justificación, constituyó un ejercicio de equilibrio inestable no exento de mérito pero tampoco de prestidigitación. La técnica básica parece haber sido invertir también la dirección de la flecha fundamentadora del sistema cognoscitivo: en vez de dibujar el diagrama haciendo que el conocimiento fuese el resultado de aplicar los sentimientos impropios (fe) a la realidad, como propuso el barroco, se hizo que la aplicación satisfactoria de la razón a la realidad produjese los sentimientos como el producto ordenado de una operación "filosófica". De este modo, la vieja fe, única maquinaria reconocida en el barroco como capaz de interpretar el mundo (y que es lo mismo que decir el sentimiento como certeza y sustancia y el conocimiento como accidente y equivocidad) fue sustituida por la razón motora, como el diccionario de una traducción cierta del cosmos y la sociedad. Tal esquema producía, como efecto admirable, el sentimiento de plenitud que acompaña al desarrollo de la geometría (desde el axioma hacia la demostración) de los sistemas cerrados con organigramas "lógicos" de obligado cumplimiento. Semejante sentimiento, que es la satisfacción inherente al orden razonable previsto y calculado y a la secuencia escalonada; el "placer" po r las innumerables simetrías (gratificantes porque reproducen, cada vez, un paradigma de juego lógico y concertado), fue propuesto como FELICIDAD y esta, a su vez, como el objetivo natural de toda actividad social debidamente programada y diluc"idada previamente. El quid de tal programación y dilucidación resultaba de la adecuación rigurosa a una especie de silogismo previo; su premisa mayor era siempre la NAT U RA LE ZA, la menor, lasocIEDAD y la "consecuencia" (cualquiera que hubiese sido la estilística de la cadena lógica) la FELICIDAD. Un sistema como este es, desde luego, un sistema que se asienta en una moral sin paliativos. En primer lugar porque esta felicidad se propone
97 Diversión, espectáculo y corridas de toros en el siglo XVIII como el resultado de una decisión por compromiso que embarca a la sociedad en el código de la naturaleza; no se producirá si la sociedad no decide aprender el modelo y asentir a sus claves sobre -EAL PROVISIO lo bueno y lo malo (lo socialmente útil y viceversa). En segundo, porque todo el sistema pivota en dos elementos inequívocamente "mora- '°r les": la razón decisoria y la satisfacción consciente; la primera como factor de selección y piedra d,e toque respecto al bien y el mal, la segunda como factor de "demostración" en tanto que el mal no puededebe resultar satisfactorio en un orden recto de valores "naturales". Emocionante ejercicio ... y peligroso para explicarlo empíricamente a sociedades de carne y hueso. Fue en todas y no sólo las decisorias) de que ser feliz era un resultado la DE WS SEÑORES DEL CONSEJO, ?OR LA QUAL SE PROHIBE punto general el abuso de correr por las calles novillos y toros, que llaman de cuerda, asi de dia como de noche. AÑO RN BARCELONA: P or la Viuda P1rtiuu:•, Imprcson de S. M. Fig. nº 3 1. -Real Provisión por la qual...(Barcelona, lmpta. Real, 1790). En 1790 Jove ll anos publica · su l' edición de l Informe sobre los Espectáculos (Apud . Díaz Arquer, 1 93 1: 251 ). prueba experimental donde el modelo demostró hacer agua por todas partes; convencer a las secciones sociales (y habrían de ser técnico, que debería ser producido por un sistema poco menos que
98 Le ón Carlos Alvarez Santaló fabril, no resultó un éxito. La solución más rápida y plausible parecía al alcance de la mano: eliminar el engranaje defectuoso (por reticente y desconcertante), la sociedad real, y sustituirla por una de literatura cuyo grado de idealización garantizase el resultado "científico" apetecido. Al igual que en la física mecánica (modelo de modelos), el cumplimiento exacto de las "leyes" dependía de una situación "ideal" para que la relación prevista de los factores se produjese sin condicionamientos ni interferencias, el modelo social en que se demostraban las leyes de la filosofía ilustrada, al respecto, no podía depender de "miserias" reales. De este modo, la sociedad fue sometida a una traducción tan rigurosa como pareció necesario para que el silogismo básico se manifestara en todo su esplendor. Los hombres sociales dejaron de ser lo que eran para convertirse en lo que los ilustrados más entusiastas "sabían" que eran y la desconexión absoluta, entre unos y otros, anegó todo el sistema con una marea de literatura utópica que resultó una mixtura impotable, entre el cálculo aritmético y la religión de la bondad razonable y consubstancial. 111.- EL LUGAR DE LA DIVERSIÓN EN EL ORGANIGRAMA ILUSTRADO Vista la etiología, volvamos a nuestra esquina y ya estarán más cerca las corridas de toros. Va de suyo, que una de las secciones más conflictivas de un diseño que introduce la felicidad como su dividendo más eficaz y atractivo, será la que se ocupe de las "felicidades" parciales, miniaturas, bisutería y baratija de aquel horizonte admirable y sensible que justifica la existencia social. Tales rincones y esquinas se hallan en las tramas festivas y a ellas se dirigieron los ilustrados, resueltos a poner las cosas en su sitio y ajustar los sitios a su filosofía geométrica calculable. En este sentido, D. Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de aquellos
99 Diversión, espectáculo y cor ridas de toros en el siglo XVIII entusiastas aludidos más arriba, puede resultar un ejemplo útil del modo y disposición con que tal aproximación se realizaba y de la prestidigitación exigida para la transmutación de sociedades reales en sociedades filosóficas. En la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, ya citada, nuestro académico demuestra enseguida que su percepción de la proporcionalidad entre la felicidad y las pequeñas felicidades (aquí, las que denomina diversiones) está construida como una réplica política de la que organiza los conceptos de bien público (el interés público) y el privado; este juego de simetrías banales, tan del gusto de las Luces, resultará, a la postre, la matriz de todos los equívocos y casi todas las utopías. Por decirlo con sus propias palabras: «las diversiones públicas, en unas partes abandonadas a la casualidad o al capricho de los particulares como si no tuviesen la menor relación con el bien general y, en otras, vedadas o perseguidas ... como si nada interesase en ellas la felicidad individual». La frase, en el pórtico de una memoria (informe con reflexión filosófico-histórica) sobre la "policía" de la diversión, propone lecturas sugestivas. El diccionario de la Real Academia de 1737 define la voz POLICÍA, en primer lugar, como «la buena orden que se observa y guarda en las Ciudades y Repúblicas, . cumpliendo las leyes y ordenanzas establecidas para su mejor gobierno»; partiendo de aquí, insisto, las anteriores líneas de Jovellanos pueden leerse como una declaración de principios que explica la red entre la política y la felicidad en términos próximos . al siguiente esquema: el bien general no puede existir en el conjunto social si no es como el resultado natural de una intervención programada del Estado-Gobierno; el protagonismo independiente y "libre" de los miembros de la sociedad no sólo no lo producen sino que suelen destruirlo; por el contrario la felicidad
100 León Carlos Al varez Santaló individual puede sufrir por un exceso de intervencionismo gubernamental. El aviso de que la felicidad social no tiene mucho que ver con sensaciones satisfactorias particulares y que es, más bien, una situación política, resulta palmario; el subaviso de que tal felicidad general, como asunto de mayor cuantía, no compete en modo alguno a voluntades privadas (y mucho menos reunidas para el caso) cuya probabilidad de error es, prácticamente, indiscutible, también. Lo que suceda a partir de tales premisas no puede resultar ya sorpresivo, aunque todo podría caber en una especie de axioma descarnado en el que, de verdad, se afirma que una sociedad sólo puede esperar su felicidad-bien (en tanto categoría sustancial de su supervivencia y progreso) de un factor exterior y ajeno a ella misma que se identifica con el ejercicio del poder, el dominio, el control y el pastoreo político; evidentemente, permitir, en asunto tan decisivo, que la sociedad pueda llegar al convencimiento de que se basta y se sobra para organizarla y disfrutarla, no sólo es un error sino un peligro evidente y la disolución del pilar sustentador de todo el sistema político de la época (el Despotismo). Es famosa la perla doctrinal que figura en la segunda parte del informe: «Este pueblo (el trabajador) necesita diversiones pero no espectáculos. No ha menester que el gobierno le divierta pero sí que le deje divertirse». Podría parecer contradictoria con lo que acabamos de señalar pero solamente resulta complementaria. Eso sí, partiendo de una muy especial sociedad, que no es la real sino una cuyas fiestas suceden en días claros y serenos, y que retoza por praderas: «que pueda libremente pasear, correr, tirar a la barra, jugar a la pelota, al tejuelo, a los bolos, merendar, beber, bailar y triscar por el campo». A esa sociedad, desde luego y para esas diversiones, se solicita la vigilante y amistosa mirada permisiva del Gobierno, ya que tales correrías de tierno rebaño cursi «llenarán todos sus deseos y le ofrecerá la
101 Diversión, espectáculo y corridas de toros en el siglo XVIII diversión y el placer más cumplidos». Todo el complejo asunto que destila la fiesta social ha quedado reducido en Jovellanos a un cromo que, además, es muy barato: «¡A tan poca costa se puede divertir a un pueblo por grande y numeroso que sea!» La sospechosa tendencia a identificar al pueblo que trabaja con una punta de ganado dócil y rosa no debe cargarse sólo a las espaldas de Jovellanos sino a la entusiasta capacidad de simplificación y banalización de muchas cabezas "filosóficas" de la época. No tiene mucha importancia que la descripción festiva siga los tópicos de un ámbito vasco-asturiano bucolizado y cromatizado (eso es evidente) sino la gigantesca e ilusoria extrapolación con la que trabaja nuestro intelectual. El resto es una bien atestiguada técnica de newtonismo a la violeta. Gracias a ella la sociedad se divide, "evidentemente" y sin mayor empacho, en dos partes representativas al objeto que analiza: los que trabajan y, en consecuencia disponen de ~<pocos días» y «breves horas» para su «solaz y recreo» y los que, por vivir «de sus rentas o fondos seguros ... huelgan todos los días (o) destinan alguna parte de ellos a la recreación o al ocio». Partida, así, una sociedad por el eje del trabajo (que para un ilustrado es siempre un eje moral antes que otra cosa) se comprende que la diversión de unos no pueda ir más allá de un patio-prado de recreo, mientras la de los otros, para quienes están destinados los espectáculos, deberá convertirse en un aprendizaje cultural. Diversión, entonces, para primates sencillos que con un redoble y una cabriola satisfacen sus cansancios; enseñanza, admirable, para los otros que pueden ser, así, educados. Tales resultan los "principios" primeros del cuadro sociolúdico que Jovellanos destila de su traducción de la sociedad; los segundos, tendrán que ver con los pares iniciales de -la ecuación (la relación tiempo libre-diversión) pero aludirán a otros de mayor repercusión en la desembocadura de la felicidad social: los pares trabajo-moralidad y diversión-moralidad. Es decir, la
108 León Carlos Alvarez Santaló primera respuesta por tanto es económico-moral: la corrida no es una diversión (¿recuerdan?) ni morigerada ni laboriosa. La segunda respuesta, en la misma carta: «¿y las costumbres? ¿qué no pudiera decirse de esta parte? ¿qué impresión podrá causar aquel hervoroso tumulto que la estación, la hora, el lugar, el objeto, la confusión, la frenética gritería y las torpes combinaciones excitan en los ánimos, en el del joven inocente, la incauta doncella?». O sea, que esta vez la respuesta es sólo moral: la corrida no es una diversión ni ordenada, ni inocente; no lo son, con toda evidencia, al parecer, ni el verano (¡peligrosa estación para el desorden!), ni las cinco de la tarde o cualquier otras horas elegidas, ni el coso, ni, por supuesto, la <ifrenética gritería». El detalle del <<}oven inocente» y la «incauta doncella» es una pincelada fantástica en la transubstanciación de una sociedad real (la que constituye el «hervoroso tumulto») y una sociedad filosófica (la que en un «día claro y sereno» merienda, trisca y baila, sigue al tamboril y, «en la noche del sábado ... entona un romance a la puerta de su novia». La transubstanciación aludida consiste en "construir" tanto la sociedad bucólica (en inocente y rosa) como la espectadora de corridas (en cruel y demonizada); la presencia de «incautas doncellas» en graderíos repletos de «frenética gritería y torpes combinaciones» constituye un revelador deslizamiento desde la sociedad "inventada", luminosa, a la, igualmente inventada, oscura y amenazante. En realidad puede decirse que ambos inventos (como era de esperar) apuntan a la misma diana: el primero, como mecanismo de "garantía" de la filosofía ilustrada (con esa sociedad, el diseño utópico justifica sus peculiaridades); el segundo,como igual garantía, pero de la argumentación a tergo (esa otra sociedad exige la acción vigilante y represora). En cualquier caso, la verda-
109 Diversión, espectáculo y corridas de toros en el siglo XV/ll dera respuesta mental de Jovellanos, no necesariamente explicitada en frase alguna, la conocemos por su diagrama sobre los conceptos de diversión y espectáculo. En efecto, la corrida no puede ser EL DJF.STRO SEVILLANO. JOJ'f:.F J)E/,GAJJO, (ALLu ) YLL O - R .. t 1 ~1 1 .. r .,.,, 'f •'l" ni 11 .. rtm .. r1' ,..i\, l h<I 1 .. •11 ,. ... ........,., .. t•oÑ \ ..-/ .. Jta ... , Fig. nº 34.- Pepe-Hillo y su Arte de Torear, la introducción de la le y en la turbamulta raurina, proyección de los principios ilustrados en la fiesta. La reglamentación editada en Cádiz ( 1796), año que Jovellanos publica la 2' ed. de su Informe. Joseph Delgado, Pepe-Hi/lo, grabado por Bosque de un dibujo de Alcántara (Apud.: Ga rcía-Baquero y otros, 1994: 96-97). considerada por un ilustrado como una diversión porque no es una expansión "natural", un movimiento inocente de la humana
110 León Carlos Alvarez Santaló animalidad, innata, ni un simple juego de habilidad, útil para gestionar la convivencia. Por otra parte, en su opinión, la corrida niega explícitamente el carácter de sistema docente, eficaz y moral; en todo caso resultaría un espectáculo aberrante, un noespectáculo y, en tanto tal, objeto de persecución gubernamental y supresión total. Una segunda oleada de perplejidad se origina cuando se relacionan las características de distintos espectáculos. Por ejemplo, es evidente que Jovellanos siente en su cabeza una nostalgia expresa por los torneos caballerescos: «¿y por qu_é no lo miraremos como una pérdida (su desaparición) ... que nada se ·ve en los torneos que no huela a ignorancia y barbarie?»; partiendo de ambos polos, su nostalgia, que argumenta y el inconveniente de «aprobar lo que podía haber en ellos de bárbaro y brutal», critica con vehemencia a los detractores de tales diversiones precisamente porque <<perdiendo de vista las costumbres y los tiempos, no sabe descubrir aquel sereno vínculo que tan poderosamente los enlaza». La pregunta es: ¿por qué tan poderosa argumentación en favor de un tipo de espectáculo no se considera aplicable a las corridas?; y ¿por qué deberíamos lamentar la desaparición de aquellos ( «dolámonos, al menos, de no haber acertado a mejorarlos») y en cambio adoptar respecto de las corridas la absoluta satisfacción de haberlas hecho desaparecer («el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo»). ¿Acaso las corridas de toros no manifiestan «aquel secreto vínculo» entre las costumbres y los tiempos?. La nostalgia del «espíritu y bizarría» de los torneos es tal que le obliga a reconocer «¿hay por ventura algo que se le parezca en nuestra ruines, exclusivas y compradas fiestas?» lo que no· es poco y también «un espectáculo tan magnifico, tan general y tan gratuito»; detengámonos un momento en esta última frase por lo que pueda tener de revelador respecto
111 Diversión, espectáculo y corridas de roras en el siglo XVIII a las corridas. En efecto, magnífico y general nos parecerían adjetivos aplicables a la corrida, aunque no la gratuidad; a Jovellanos. tampoco le parecían "generales" (es más, en la carta a Vargas Ponce había argumentado justamente contra el pretendido carácter general-nacional de la corrida) pero, probablemente la palabra clave es, aquí, gratuito. En los torneos destaca con toda intención dos parámetros que los separan definitivamente de las corridas: el ser practicado por el antiguo «más poderoso nervio de nuestras huestes» o sea, la Nobleza, y el ser gratuito. Curiosa contradiéción; ya hemos visto que uno de los baldones evidentes de las corridas de toros era su supuesto despilfarro económico y, más o menos dentro de él, la servilidad de «lidiar con fieras bravas por dinero», así que lo que parecía normal en el teatro o los bailes públicos, hasta el punto de aconsejarse que sean «costeados por los concurrentes, arreglado el precio de los boletines de entrada con respecto a su número y a la exigencia del objeto», resulta descrédito y abuso de la corrida y baldón notorio. Por supuesto no cabe discusión en que lo que la nobleza puede practicar con sentido ejemplar y hasta didáctico, se convierte en caos peligroso y malsano cuando interviene el pueblo. De todos modos, al fin, la contradicción más frecuente y chocante parece (a través siempre del texto que comentamos) la que reiteradamente se manifiesta en comentarios del siguiente tenor: «¡Rara desgracia por cierto la de no hallar medio en cosa alguna! ¿No le habrá entre destruir las diversiones a fuerza de autoridad y restricciones o -abandonarlas a una ciega y desenfrenada licencia?». Con semejante terminología podría pensarse que se está refiriendo a las corridas de toros pero nada más lejos de la · verdad; la queja anterior se produce respecto a «las corridas de caballos, gansos y gallos, las soldadescas y comparsas de moros y cristianos» así como a los «juegos de bolos, bochas, tejuelo y otros» y quejas similares hemos reseñado en relación con torneos
112 león Carlos Alvarez Santaló caballerescos. A las corridas de toros. no se les concede, en cambio, ni siquiera el beneficio de la posibilidad de encontrar una reforma que medie entre la prohibición y la «ciega y desenfrenada licencia»; incluso las máscaras y los saraos se proponen como posibles, reformando algunos excesos e inconvenientes ( «permítanse los honestos disfraces y prohíbase solo cubrir el rostro»), únicamente la corrida se erige como el mal sin paliativos. Prescindiendo ahora de otros argumentos de Jovellanos, al respecto, queda fijado con inusitada terquedad el que parece más acorde con el tema de estas líneas: que la corrida no puede considerarse una diversión popular y la demostración (de nuevo en la carta de Vargas Pon ce) tan filosóficamente sencilla como palmaria: «Las diversiones populares deben ser fáciles, prontas, gratuitas, sencillas, inocentes, sin más aparato que el de la naturaleza en que deben tener su origen y de que no deben apartarse. ¿Halla usted acaso estos caracteres en el espectáculo (de los toros) de que tratamos?». Y a nos hemos referido a todo esto con anterioridad. Menester es concluir. De este barullo, no muy cartesiano, de citas textuales parece desprenderse, en definitiva, un curioso juicio respecto a los tres vértices de los que venimos tratando en el triángulo de la moral ilustrada (diversión, espectáculo, sociedad). El juicio en cuestión comienza por establecer que la diversión es una actividad "productiva"; que, en consecuencia, resultan de obligado cumplimiento las reglas del trabajo: laboriosidad, eficacia, funcionalidad y sentido moral, bien que la estilística formal haga perecer que es otra cosa; también se le aplican las demás "reglas" que rigen el trabajo ilustrado: comunión con la naturaleza, mecanismo de solidaridad social y capacidad de aprendizaje, inocencia moral y actividad directa; por todo ello es evidente que las 'corridas de toros no son una diversión, a lo más ..
113 Diverúón, espectáculo y corridas de toros en el siglo XVII/ un espectáculo; pero resulta entonces que los espectáculos no son una oferta deseable para las mayorías sociales sino solo un mal menor para minorías ociosas y aún así deberán cumplir sus cuotas de valores docentes y morales; por último la realidad es que los espectadores de las corridas-espectáculo no son tales minorías sino la masa trabajadora, luego ... todo el sistema es una perversión palmaria y no queda otra opción que su erradicación total y absoluta. Algo más podría afinarse la cadena argumental pero si no se ha percibido en las líneas anteriores sería inútil y enojoso insistir.