Vladimiro Montesinos o la santidad del ofidio en "Grandes miradas", de Alonso Cueto
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Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 VLADIMIRO MONTESINOS O LA SANTIDAD DEL OFIDIO EN GRANDES MIRADAS, DE ALONSO CUETO1 POR JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Universidad de Sevilla [Inca Yupanqui] Hizo en el Cuzco (para castigo de malos y espantajo de buenos) carceles y prisiones de tan extraño horror que sus vasallos [temblaban] con sola la noticia que de sus estrañezas oyan contar. Hizo en Sanga Cancha una mazmorra soterriza de tantas puertas ambages, y rebueltas que casi quizo ymitar á la morada de el Mino Tauro de Creta, y toda ella sembrada de agudos pedernales, y poblado de animales fi eros metidos y mantenidos allí, para aumentar el espanto á los hombres, ansi como eran Leones Tigres Osos, y por el suelo entre el pavimento de pedernales mucha cantidad de sapos, y culebras, y biboras traido todo aquesto de la tierra y Provincia de los Andes. Tal carcel como esta era dada á los rebeldes ynobedientes, y traydores y el que alli entrava brevemente era despedazado de los animales ó empecido de las mortiferas ponzoñas que alli estavan guardando en su poder la muerte Miguel Cabello Valboa, Miscelánea Antártica Soy entomólogo. Colecciono mariposas John Fowles, El coleccionista 1. HACIA UNA TEOLOGÍA DEL MAL La violencia y la religión forman un extraño maridaje que afecta a todas las épocas y a todas las sociedades de forma vertical. Tal y como aparece representado en la 1 Quiero expresar mi agradecimiento a la Asociación Universitaria Iberoamericana de Postgrado (AUIP) que me permitió viajar a Lima en marzo de 2007 gracias a una beca de movilidad entre Universidades Latinoamericanas y Andaluzas.
806 JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) literatura veterotestamentaria, las sociedades tribales y primitivas debían sacrifi car a los miembros de su propia comunidad, cuando no tenían esclavos o enemigos disponibles, para contentar a un dios implacable y castigador que exige continuamente pruebas de la obediencia y la subordinación de su pueblo. Estos primeros sacrifi cios humanos fueron sustituidos en el plano simbólico por sacrifi cios de animales; de esta forma, el ternero o el cordero pasó a ocupar el lugar que les correspondería a los “inocentes” o a los primogénitos de las familias, lo que vendría a poner de manifi esto no sólo la subordinación de los pueblos a sus dioses, sino también la crueldad con que estos ejercen su autoridad (Girard 1995). Es necesario, por tanto, introducir el concepto de “poder” para comprender en toda su complejidad el contexto en el que la religión utiliza la violencia para alcanzar sus fi nes, y la violencia, por su parte, se sirve del lenguaje religioso para dar una dimensión trascendental y escatológica a lo que constituye, en muchos casos, un inventario siniestro de perversiones. En este sentido, una novela tan importante en la literatura hispanoamericana como El Señor Presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, considerada como la obra fundacional de la novela de la dictadura y uno de los textos pioneros del realismo mágico, constituye un verdadero monumento verbal donde se han imbricado en un triángulo macabro el poder, la violencia y la religión. No es casual, por tanto, que Tohil, el dios maya-quiché de la guerra y el fuego al que representa el Señor Presidente en su moderna epifanía, no exija ejecuciones, sino sacrifi cios humanos.2 La inmediatez y el sinsentido de la violencia quedan fecundados por lo mediato y trascendental del ámbito religioso. La ejecución convertida en sacrifi cio deja de ser un accidente en la vida de los hombres para convertirse en un asunto crucial de los dioses y sus ministros. Estas refl exiones previas pretenden enmarcar la importancia que el fi ltro religioso llega a tener en cierto tipo de literatura que se sumerge en el lado oscuro del poder, como ocurre en la novela de Asturias, en El otoño del patriarca de García Márquez o en La fi esta del chivo de Vargas Llosa (Camacho Delgado, “Verdugos”). También ocurre lo 2 El texto clave para esta interpretación mítica de El Señor Presidente se encuentra en el capítulo XXXVII, titulado “El baile de Tohil”: “Tohil exigía sacrifi cios humanos. Las tribus trajeron a su presencia los mejores cazadores, los de la cerbatana erecta, los de las hondas de pita siempre cargadas. ‘Y estos hombres, ¡qué!; ¿cazarán hombres?’, preguntó Tohil. ¡Re-tún-tún! ¡Re-tún-tún!..., retumbó bajo la tierra. ‘¡Como tú lo pides –respondieron las tribus–, con tal que nos devuelvas el fuego, tú, el Dador de Fuego, y que no se nos enfríe la carne, fritura de nuestros huesos, ni el aire, ni las uñas, ni la lengua, ni el pelo! ¡Con tal que no se nos siga muriendo la vida, aunque nos degollemos todos para que siga viviendo la muerte!’ ‘¡Estoy contento!’, dijo Tohil. ¡Re-tún-tún! ¡Re-tún-tún!, retumbó bajo la tierra. ‘¡Estoy contento! Sobre hombres cazadores de hombres puedo asentar mi gobierno. No habrá ni verdadera muerte ni verdadera vida. ¡Que se me baile la jícara!’. Y cada cazador-guerrero tomó una jícara, sin despegársela del aliento que le repellaba la cara, al compás del tún, del retumbo y el tún de los tumbos y el tún de las tumbas, que le bailaban los ojos a Tohil. Cara de Ángel se despidió del Presidente después de aquella visión inexplicable” (Asturias 376, énfasis mío).
807 VLADIMIRO MONTESINOS O LA SANTIDAD DEL OFIDIO EN GRANDES MIRADAS Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) mismo en una “novela política” como Grandes miradas3 del escritor peruano Alonso Cueto, uno de los grandes cronistas del horror y la violencia que asolaron el país en la guerra sucia mantenida por el Estado y los grupos subversivos, entre 1980 y el 2000. En este sentido, Cueto no es sólo un excelente taquígrafo de su tiempo, recopilando sin remilgos y sin grandes aspavientos el verdadero catálogo de monstruosidades en que se convirtió la política peruana bajo el gobierno del dictador Alberto Fujimori y su mano derecha Vladimiro Montesinos (Camacho Delgado, “Alonso Cueto”); a él le debemos una novela importante, que debe ser tomada en consideración a la hora de estudiar las representaciones literarias de la violencia en el Perú de los últimos años. En las siguientes páginas se analiza Grandes miradas como ejemplo de novela política desde diferentes fi ltros religiosos. En ella se describe el estado de corrupción implantado por el tándem gubernamental Montesinos-Fujimori, mediante la utilización de procedimientos emparentados con la literatura hagiográfi ca. Es por ello que en la novela hay una recreación de la violencia política a través de los elementos religiosos característicos de la literatura mística, utilizando arquetipos que proceden tanto de las vidas de los santos como de las narraciones de los mártires de la Iglesia. En este sentido, Vladimiro Montesinos, favorito del dictador Alberto Fujimori y personaje central de Grandes miradas, aparece perfi lado no sólo como delfín político de un régimen corrupto e implacable con los derechos humanos, sino también como una criatura maligna y satánica, relacionada con el mundo de las tinieblas a través de su caracterización como un ofi dio de la política. 2. GUIDO PAZOS. LA HAGIOGRAFÍA POLÍTICA DE UN JUEZ A LO DIVINO Alonso Cueto tuvo muy presente la personalidad y circunstancias de la muerte del juez César Díaz Gutiérrez a la hora de crear a su personaje Guido Pazos en Grandes miradas, al punto que entró en contacto con la familia del difunto, visitó su casa, su dormitorio, su ofi cina, habló con la gente que le rodeaba, todo ello para certifi car la extraña fi sonomía de un juez incorruptible, que se había alzado como una bandera de la honradez ante las inmundicias políticas del gobierno de Fujimori. No obstante, en su construcción literaria Cueto apunta hacia más lejos, hacia la utilización de modelos procedentes de la literatura religiosa, especialmente de los arquetipos consagrados en la literatura hagiográfi ca (Coon 1997). En una novela donde la violencia y la religión tienen una importancia estructural, la caracterización de Guido Pazos como un juez a lo divino, siguiendo, al menos de lejos, el modelo de los caballeros andantes a lo divino, permite al escritor dibujar el perfi l de Vladimiro Montesinos bajo el mismo prisma 3 Cito siempre la edición española publicada por la editorial Anagrama. Las cursivas enfáticas que aparecen en los textos citados son mías.
808 JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) religioso, siguiendo un recorrido semántico inverso. Frente a la santidad laica del juez, Montesinos aparece retratado como un “santo de las tinieblas”, una criatura satánica y pestilente de los sumideros del poder, un ofi dio de la alta política, o, como dice el narrador, “el ángel de una Anunciación maligna” (116). Desde el principio de la novela Guido Pazos ocupa el lugar privilegiado de otros jueces de la vida real que han dignifi cado el ámbito jurídico, como ocurre con Baltasar Garzón en España o el juez Guzmán Tapia en el Chile pospinochetista. Convertido en una suerte de “Juez Campeador”, Guido Pazos se presenta como un funcionario de carrera impermeable a la corrupción, enrocado en los valores innegociables que deben presidir la vida judicial, política y social del Perú más allá de los escombros del fujimorismo. El narrador lo caracteriza como “un caballero aterrizado en el Palacio de Justicia, un sacerdote sin cáliz, un santo sin aureola” (23) y su despacho es “el altar en el que Guido ofi ciaba la misa de su probidad todos los días” (Cataudella 23). El mismo personaje establece los vínculos entre el mundo religioso y jurídico cuando recuerda su pasado seminarista y la misión redentora que le empuja a estudiar la carrera de leyes con la paciencia de un picapedrero para llevar justicia a la propia justicia: “[…] imagínate que estoy estudiando a estas alturas, yo era seminarista en realidad, iba para cura pero me salí y aquí estoy, pues. Pasé de cura a abogado. Bueno, pero los curas y abogados en algo se parecen. Que siempre andan de negro y bien vestidos, ¿no?” (Cueto 25). Esta condición mesiánica de la justicia le lleva a concebir el ejercicio de la profesión como un campo de batalla contra el Mal, representado por esa corte de políticos corruptos y sin escrúpulos, capaces de confundir la “patria” con la “plata”. En este sentido, un “juzgado no es una ofi cina, un juez no es un trabajador así nomás, es un dios de los hechos, les da su valor, los hace signifi car algo, un juez es una brújula, alguien a quien los justos del mundo observan con esperanza” (26). Los ensimismamientos del personaje, el vigor con que se ejercita contra las maldades de los gobernantes, su sentido inquebrantable de la honestidad frente a las tentaciones del demonio político o la exaltación con que vive sus triunfos y derrotas recuerdan los éxtasis característicos de la literatura hagiográfi ca, tal y como aparece magnífi camente descrito en el texto: Tenía un defecto admirable. Era un maniático del bien. Un ángel con la espada ardiendo por la justicia. Su trabajo como juez le daba empleo a su idealismo. Estaba decidido a entregarse a una causa. Esa causa era la justicia, las coimas, las infl uencias, los arreglos lo enardecían como si fueran blasfemias pronunciadas frente a un devoto. Capaz de perderse en raptos de furia moral, llegaba al punto del jadeo y la piel tensa y el comienzo del grito hasta que inclinaba la cabeza en su regazo y pedía disculpas por su rabia. (26) Siguiendo la historia del personaje real, Cueto reconstruye el mundo familiar del juez, los valores y virtudes que presiden su educación, el hogar entendido como un “campo de entrenamiento para la virtud” (45) y la familia como un altar donde se ofi cian
809 VLADIMIRO MONTESINOS O LA SANTIDAD DEL OFIDIO EN GRANDES MIRADAS Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) los ritos más transcendentales del hombre. Su ejercicio de la profesión es entendida como un sacerdocio laico y la lucha contra la corrupción como una lucha contra al pecado. Nada de lo que hace carece de un sentido religioso: el mismo coche que sigue manteniendo desde su época de estudiante, la austeridad con que viste, la Biblia abierta que preside su casa y su despacho, la música sacra, especialmente de Haydn, que lo acompaña en los momentos de meditación o la resignación con que acepta su muerte, teniendo siempre presente la crucifi xión de Jesucristo, lo acercan al modelo del santo, un santo laico que convierte el palimpsesto bíblico en un vademécum legislativo y el sermón religioso en un código jurídico. En defi nitiva, tal y como le propusieron en su infancia, la vocación por la justicia de los hombres, es un trasunto de la justicia divina, equiparando en el plano de la devoción al juez y al sacerdote: Fue cuando el padre Luis fue al colegio esa mañana y habló de las vocaciones, cuando explicó que el sacerdocio era una búsqueda de los caminos del bien, un ángel de la tierra que ama a todos los hombres que reconoce la naturaleza sagrada del individuo. Lo sagrado, lo divino, lo cristiano: vive de acuerdo con tus principios, ayuda a tus semejantes, ofrécele un sufrimiento a Dios todos los días. La belleza es un principio, la bondad es un principio, la verdad es un principio, la alegría de servir a los enfermos, a los pobres, a los necesitados […] Las palabras abren surcos en una tierra largamente preparada, uno ha venido a este mundo a servir y no a ser servido, la felicidad ajena es la semilla del futuro. Dios no es una idea sino un sendero, es decir una conducta, una manera de estar con los demás, abrir el surco de la generosidad, sembrar en la tierra de la solidaridad, sólo somos hijos de Dios en la noche del mundo si tenemos encendida la antorcha de la compasión al prójimo. La fe es una causa, no una consecuencia […] La iglesia era una extensión de su casa y el mundo era una extensión de la iglesia. (45-46) En la elaboración del personaje Cueto ha sido muy cuidadoso a la hora de seleccionar todos los datos que contribuyen a crear esa atmósfera religiosa que preside la vida del incansable juez y son muchos los momentos en que el narrador registra ese compromiso del protagonista con la justicia, con la legalidad, con la honradez, entendidos estos conceptos como manifestaciones últimas de la virtud religiosa. El texto está salpicado de referencias religiosas que afectan, de una manera u otra, a todos los personajes. En el capítulo VI de la novela, Guido Pazos aparece acorralado por las continuas amenazas que vienen desde el gobierno, para que limpie los expedientes de los amigos de Montesinos. En ese momento decide entrar en una iglesia, que funciona como un rito purifi cador: […] el arco de la iglesia, la pila de agua, el frío de las gotas en la frente, se sienta frente al altar, se arrodilla en la tabla de madera. El gran silencio, la oscuridad es una malla, puede sumergirse allí, humedecer la madera, encerrarse en el silencio, protegerse bajo el altar, descargar la cara sobre las manos, la madera aplanada en las rodillas, Dios mío, Dios mío, el refugio fi nal. (61)
810 JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) Siguiendo esta caracterización religiosa, para su novia Gabi, Guido era: […] un combatiente fervoroso de la guerra moral que había declarado […] Era un forastero de la realidad. El mal era un bicho ajeno. El bien era una bandera desplegada en el pecho. Pero el coraje de Guido lo debilitaba, lo hacía vulnerable […] Su honestidad era el principio de su pasión, una estaca de hielo en un pecho ardiente. Guido ofrecía a Gabriela un pacto de confi anza. Sostenía para ella los pilares de resistencia al tiempo: el orden, la decencia, la honestidad, el esfuerzo. (75) Una vez muerto reconoce que “había sido el único bálsamo, el único dios en el eterno purgatorio de sus carencias, el único capaz de acogerla, el único que podía alzar la cara y edifi carse frente a los saqueos del pasado” (121). Desde su formación religiosa, Gabi ve a su novio y a su padre como versiones modernas de una suerte de caballería andante a lo divino: La resignación de su padre, la pureza moral de Guido, las virtudes de la decencia frente a la adversidad. Su padre y su novio, caballeros andantes de un castillo perdido. Los dos habían aceptado la vida como un campo de honor plagado de derrotas enaltecedoras […] La virtud, la pureza, la cabeza en alto. Desde extremos opuestos, los dos se habían ofrecido a la muerte. Serían desterrados al olvido incierto de los recuerdos honrosos, su padre y Guido, cadáveres prematuros, insignias en el álbum moral de su soledad. No estaba con ellos sino con su herencia virtuosa. (217) Y concluye: “¿... un hombre vivo que la abrace en vez de un ángel muerto en la distancia?” (218). No obstante, frente a la bondad de estos dos hombres ejemplares, ella tiene la necesidad de destruir el mundo que le rodea: “Pero los fantasmas de ambos la inspiraban. Ángeles del bien, se habían entregado a la muerte, se habían inmolado, habían desaparecido. Iban a volver en ella como demonios” (218). Las virtudes de Guido Pazos llegan a inquietar a su antagonista, Vladimiro Montesinos, que no termina de creerse que existan personas con esa dimensión humana y ética, lejos de los reclamos de las comisiones ilegales e invulnerables ante los cantos de sirena de la corrupción política: “¿Quién es ese juez Guido Pazos? ¿Por qué no le obedece? ¿Alguien sabe más de él, un periodista, otros jueces? Tiene que saber más: qué come, con quién se acuesta, qué viajes hizo, con qué se droga. Nada, nada, no tiene nada. ¿Quién es así?” (81). Otro personaje clave en el desenlace trágico de la obra, el subalterno y asistente del juez, llamado Artemio, se siente como otro Judas después de haberlo vendido a los verdugos de Montesinos. Con gran habilidad, Cueto cambia el punto de vista de la narración para ver al traidor desde los ojos de la víctima, lo que sirve para reforzar aún más la dimensión humana del juez:
811 VLADIMIRO MONTESINOS O LA SANTIDAD DEL OFIDIO EN GRANDES MIRADAS Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) [Guido Pazos] No se asombró tanto de la presencia de los intrusos como de la cara doblada de Artemio y sólo entonces comprendió cuánto estaba sufriendo por haberlo traicionado, por haber hecho que lo mataran, y de qué modo había esperado cumplir con ese día para tratar desde entonces de olvidarlo. Tuvo aún un resto de conciencia para pensar en lo que le habrían ofrecido a cambio. (89) La caracterización religiosa del juez no desaprovecha siquiera los ritos de despedida característicos del entierro (“Todos se acercan, el ataúd es un objeto sagrado, un altar de culpas ajenas”, 104). No obstante, es en el momento de la ejecución donde el personaje completa de forma simbólica su recorrido por la literatura hagiográfi ca. Los tormentos físicos y psicológicos que padece contribuyen a reforzar el ideal de la santidad que marca el itinerario del personaje, equiparando en un plano simbólico su pasión por la justicia con la pasión de Cristo. En cierto sentido, los padecimientos sufridos por el juez recrean los infi ernos terribles e inenarrables descritos en la literatura mística, en la mejor tradición de las pocilgas imaginadas por Francisco de Quevedo en Las Zahurdas de Plutón. Por estremecedor que pueda resultar, las torturas, las violaciones y las ejecuciones tienen un marcado valor literario,4 y sirven, en este caso, para convertir los últimos momentos de la vida de Guido Pazos en un via crucis, con toda su dimensión escatológica. Sin embargo, a diferencia del sentido purifi cador que podríamos atribuirle a esta carga religiosa que sostiene con empeño y entusiasmo como si fuera un caballero andante a lo divino, la peregrinatio del juez no conduce a la redención social de los hombres, sino a la denuncia de un país que se ha convertido en un esperpento de la civilización. El texto de la ejecución del personaje no es sólo un monumento verbal de la literatura política, también lo es de la literatura mística: Mantuvo los ojos abiertos, tratando de mirar de frente a los dos hombres, no como un gesto de venganza tácita sino como un estímulo para mantener la lucidez del sacrifi cio y elegir la primera oración. Sabiendo que ésos eran los últimos segundos de su vida sin dolor, sintió una curiosidad sagrada. Estaba a punto de explorar la subordinación de su cuerpo a los fi nes superiores, un proceso que en otro tiempo había estado reservado a misioneros capturados. Debía inventar un resto de felicidad para darle la bienvenida a ese destino que lo iba a sancionar como a un siervo privilegiado de los ministerios de Dios. Cerró los ojos con la memoria sufi ciente para escoger el silencio de los susurros 4 Jean Franco considera que el tratamiento literario de estas “violaciones” contra el género humano difícilmente pueden resultar originales porque el autor puede deslizarse con cierta facilidad por el tratamiento banal del asunto, el voyerismo, la tentación sadomasoquista o caer en los tópicos característicos de un tema tan escabroso (305-336). En este caso y mediante la utilización del fi ltro religioso, Alonso Cueto ha conseguido darle un tratamiento original a un asunto tan controvertido y espinoso. Lo mismo podríamos decir de algunos pasajes de su obra La hora azul, con la que el escritor peruano ganó en España el Premio Herralde de Novela en el 2005.
812 JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) –“Ave María, Señora de la Misericordia”– que iban a protegerlo. Los tipos le cortaron la ropa, y empezaron a sacar las herramientas. No habían tenido la compasión de vendarlo pero él se sintió agradecido, pues quería seguir mirándolos para buscar en los ojos ajenos el refl ejo anticipado de su futuro. Ellos también iban a morir. Su muerte no estaba lejos y sería más violenta y humillante y sorpresiva. Ellos no la adivinaban. Iban a morir algún día, quizás pronto, sin haber reconocido ni por un solo instante la extensión y la variedad y la bondad esenciales de la vida. Eran unos perros amaestrados en la rutina de la muerte […] Quizá [Gabi] iba a pensar como él en lo que estaba ocurriendo como una ofrenda. La secreta victoria de ese momento era una consecuencia natural de sus actos. No podía arrepentirse de quien era, de quien sería siempre. Una tranquilidad fúnebre se apoderó de sus músculos […] Otros jueces iban a reconocer en su cuerpo una inspiración a su causa. Quizás una esperanza parecida había hecho avanzar a Cristo dos mil años antes […] El sacrifi cio no era un rito simbólico sino un ejercicio práctico, una contribución al buen destino del mundo. (89-90) El personaje sabe que el fi nal está próximo porque “estaba entrando en la soledad de la muerte” y uno de sus últimos pensamientos recrea “la sonrisa de Cristo”, mientras envía “un alarido de protesta hacia los cielos” (90). Con su muerte se completa el itinerario hagiográfi co del personaje. Quien había vivido como un santo de la justicia muere como un mártir de la política (Delehaye). 3. VLADIMIRO MONTESINOS, SIC SEMPER TYRANNIS Uno de los problemas que tuvo que resolver Alonso Cueto a la hora de construir el personaje de Vladimiro Montesinos fue el de no mutilar su visión literaria del personaje y su potencial imaginativo, pagando un tributo excesivo al positivismo de la realidad. En la fi ccionalización de los hechos, el lector habrá visto con sorpresa la cantidad de veces que se hace referencia a los ofi dios –símbolos del Mal por antonomasia–, a través de la mirada del personaje y las escamas de su piel, así como las continuas alusiones al mundo de los insectos que son utilizadas para caracterizar a los personajes de la novela. Cueto da a conocer a Vladimiro Montesinos como si fuera “una revelación del subsuelo” (264), una criatura procedente de los círculos infernales, un genio del mal que ha sido capaz de dar una puntada más en el inmenso tapiz de las reglas políticas de Maquiavelo, convirtiendo su particular catálogo de perversiones en el vademécum gubernamental que debe presidir la vida política del Perú. El narrador presenta a Montesinos al comienzo de la novela, en el capítulo I, y a partir de entonces, por medio de un fl ash-back, va a reconstruir las circunstancias que han propiciado ese extraño encuentro entre el “favorito” de Fujimori y la novia doliente del juez asesinado, quien llega hasta allí para perpetrar su particular venganza. A través de los ojos de Gabi contemplamos a un personaje que tiene el “cráneo húmedo, las mejillas altas, los ojos secos de ofi dio, la nariz afi lada, la piel de escamas y puntos, el grosor de la sonrisa” (15). Esta misma
813 VLADIMIRO MONTESINOS O LA SANTIDAD DEL OFIDIO EN GRANDES MIRADAS Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núm. 241, Octubre-Diciembre 2012, 805-818 ISSN 0034-9631 (Impreso) ISSN 2154-4794 (Electrónico) descripción aparece de nuevo en el capítulo XXII (264) en un caso muy particular de repetitio, que permite a Cueto un sistema de rotación de ciertas secuencias narrativas para multiplicar la tensión psicológica de la novela. Aunque son muchos los momentos en que aparece descrito el “delfín” de Fujimori, sobre todo en su dimensión monstruosa, lo que recuerda el modelo per species del biógrafo romano Suetonio al referirse a Calígula o Nerón, nos interesa de forma particular aquellos momentos en que el escritor, haciendo un alarde de virtuosismo técnico, retrata el mundo sórdido de Montesinos, desde el exterior hacia el interior, es decir, desde su fi sonomía hasta su psicología, dejando para el lector un retrato verdaderamente espeluznante de su personalidad. De esta forma, al hablar del personaje, lo caracteriza como si fuera un reptil, o mejor, como si se tratara de una serpiente, dado el contexto religioso que estamos analizando: “Los ojos fi jos, la piel escamosa, el cuello corto le dan un aspecto de ofi dio sobrealimentado” (29). Esta particular “bestialización” del personaje supone una regresión al mundo animal (en este caso, al mundo de las alimañas), que se completa cuando en el mismo contexto de inmundicia se caracteriza su actividad gubernamental: “La miseria es su elemento. Nada en la miseria con la fl uidez y la velocidad de un anfi bio que fi nge salir ocasionalmente a la superfi cie. Se introduce en un pozo de agua sucia todos los días” (31). Para construir al personaje Montesinos, Cueto utiliza un discurso que tiene doble sentido, contribuyendo así a la anfi bología semántica y a la propia bipolaridad que presenta el personaje. De esta forma, cuando le preguntan a don Ramiro, jefe de Javier, por el doctor, éste contesta: “Un enviado de Dios” (73). Algo parecido responde Don Osmán, uno de los capos de la prensa ofi cial, cuyo periódico es un órgano de propaganda del régimen, cuando responde a su empleada Ángela: Bueno, es un señor maravilloso. Un enviado del Señor en verdad, te digo. Un hombre que trabaja veinte horas diarias. Un enviado de Dios, no sé dónde estaríamos sin él. Mira cómo está Colombia con los guerrilleros metidos y en cambio nosotros aquí comiendo tan tranquilitos, pues. (214) La propia Gabi, en su primer encuentro con el verdugo de su prometido, se sorprende por el aura maléfi ca, casi sobrenatural, que desprende el personaje: Nunca lo había vista en persona. Su lentitud silenciosa, su camisa granate, su mirada lateral. La sombra de carne se agiganta en la pared como si fuera un santo que se le apareciera en una revelación para darle instrucciones sobre su conducta, el ángel de una Anunciación maligna. (116) El sello luciferino del personaje tiene incluso connotaciones vampíricas, en la mejor tradición de la literatura gótica: