Identidad cultural e identidad humana
Abstract
La identidad cultural es el modo de establecer la identidad humana en cada grupo social, de manera que no cabe la identificación como ser humano al margen de la propia identidad que se establece en cada cultura. Los problemas surgen cuando las concepciones de lo humano divergen, y se podrían resolver mediante una convergencia de las diferentes culturas en un mismo ideal de “humanitas”, lo cual también tiene sus problemas. Porque no hay una instancia mundial que tutele los derechos del hombre independientemente de la ciudadanía.
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Berceo 153 65-79 Logroño 2007 65 IDENTIDAD CULTURAL E IDENTIDAD HUMANA JACINTO CHOZA ARMENTA* RESUMEN La identidad cultural es el modo de establecer la identidad humana en cada grupo social, de manera que no cabe la identificación como ser humano al margen de la propia identidad que se establece en cada cultura. Los problemas surgen cuando las concepciones de lo humano divergen, y se podrían resolver mediante una convergencia de las diferentes culturas en un mismo ideal de “humanitas”, lo cual también tiene sus problemas. Porque no hay una instancia mundial que tutele los derechos del hombre independientemente de la ciudadanía. Palabras clave: Identidad cultural, Identidad humana, Humanismo, Historia del Humanismo. The definition of Man has always been made inside each culture, so that human identitty was cultural identity without awareness. In globalized world human identity should be contructed by defining man through cultures articulated each to the other. Key words: Cultural Identity, Human Identity, Humanism, History of Humanism. 1. EL HUMANISMO DEL MODELO NOSOTROS-ELLOS Los seres humanos pertenecen a una especie que necesita definir sus límites con otras especies y el alcance de sus recursos y capacidades para saber quiénes son y para ser lo que son. El hombre es un animal que necesita saber lo que es para serlo, aunque sea con un saber pre-reflexivo, natural. Y así aparece en las diferentes culturas, desde las más elementales hasta las más complejas, que son siempre modelos de humanismo. En no pocas culturas paleolíticas la palabra que se usa para decir “hombre” es la misma que se utiliza para designar a la propia tribu. Así “mundurucu” y “comanche” significa a la vez “hombre” y “miembro de la tribu de los mundurucu” o “de los comanches”. Correlativamente, los que no * Universidad de Sevilla. (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 65
jacinto choza armenta 66 pertenecen a la propia tribu son frecuentemente designados con una palabra que significa “no ser hombre” o “no saber hablar” como es el caso de término griego bárbaro, o con una palabra que significa a la vez “extranjero” y “enemigo”, como es el caso del vocablo latino hostes. Formular un concepto de hombre que albergue al propio grupo y a todos los demás requiere un trabajo, arduo y prolongado. Mediante él los humanos se definen a sí mismos, identifican a los grupos que quedan incluidos dentro de ese concepto e identifican a los que excluyen. Pero ese trabajo nunca esta definitivamente concluido, pues hay que volverlo a hacer cada vez que se producen cambios culturales de máxima envergadura, como es el de nuestro momento histórico. Por eso en las últimas décadas del siglo, cuando la conciencia del cambio de época es más viva, hay tanta Antropología filosófica, tantas descripciones de la situación del hombre y de lo humano y tanta reflexión sobre ello. El mundo moderno ha quedado atrás y el mundo nuevo aún no se ha configurado y hay que configurarlo, por lo cual vivimos en una situación de indefinición, de preludio y de cambio de una envergadura semejante a la de comienzos del neolítico o de comienzos de la edad media. En los momentos de consolidación de la revolución neolítica, Ulises vive en un mundo poblado de dioses, ninfas, cíclopes, sirenas, magas, gigantes, antropófagos, adivinos, desconocidos, enemigos y compatriotas, en un mundo en el cual las fronteras entre lo humano y lo sobrehumano, lo natural, lo sobrenatural y lo demoniaco, lo real y lo ficticio, no están trazadas y tiene que establecerlas él. Tras el hundimiento del mundo antiguo, en los momentos del medievo en que se gestan el mundo cristiano y el mundo moderno, Parsifal habita también en un universo repleto de arcángeles, demonios, ogros, gnomos, elfos, brujas, y almas en pena, donde la frontera entre lo humano, lo divino y lo satánico tiene que trazarla él mismo para saber quién es y dónde está. Nosotros nos encontramos también en un escenario en el que pululan mentes electrónicas, robots, animales artificiales patentados, replicantes, clónicos, transgénicos, trasplantados, extraterrestres, hombres virtuales, y quizá agonizantes espíritus de montañas y bosques, todos los cuales disuelven las fronteras cuidadosamente levantadas desde el siglo XVI o quizá desde el siglo V antes de Cristo. Tales fronteras nos permitían distinguir entre lo natural, lo sobrenatural y lo antinatural, lo real y lo imaginario, lo humano y lo extrahumano, pero tras los cambios científicos y técnicos del último siglo se han hecho inoperantes. Se han quedado anticuadas y ya no orientan, y por eso nos vemos obligados a dibujar otras nuevas para saber quiénes somos “nosotros”, dónde vivimos, y quiénes son “ellos”, los no humanos, cómo son y dónde viven. Las viejas fronteras mantenían un mundo bien definido y seguramente interpretado, pero cuando ese orden establecido y su correspondiente metafísica se disuelven, hay que recurrir de nuevo a los criterios inmediatos Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 66
identidad cultural e identidad humana de la geografía para diferenciar entre terrestres y extraterrestres, los que están aquí y los que están allí, o a los de la sociología para distinguir a los que suplican a los dioses y comen pan de trigo de los que no. Se percibe entonces que las fronteras metafísicas y las sociológicas son, en su punto de partida, fronteras geográficas. La frontera geográfica entre lo humano y lo extrahumano estuvo un tiempo en los confines del Mediterráneo, en ese lugar que los griegos llamaron Tartesos y los árabes Al-Andalus. Donde Hércules había puesto sus dos columnas para sujetar la bóveda del cielo y donde moría cada tarde el sol devorado por las sombras e impotente para vencerlas después de su carrera olímpica por el firmamento. Allí se encontraba el paso por el que Ulises había bajado al Hades infernal. Posteriormente estuvo en medio del Atlántico, donde los hombres del medievo decían que se abría la catarata que precipitaba en el abismo a los que osaban alejarse de las costas seguras, donde habían muerto sin que se volviera a saber de ellos todos los que habían tenido la osadía de querer saber y de creer que podían enfrentarse al caos. En nuestros días, también nuestros relatos mitológicos que emergen en el cine y en la literatura, hablan de unos límites donde el hombre arriesga todo su ser, de ese punto en que la ciencia y la técnica hacen frontera con la moral y la religión, y que la más conocida de nuestras epopeyas, La guerra de las Galaxias, denomina el reverso tenebroso de la fuerza. La geografía y la cosmología de cada época dibujan siempre sobre sus cartas los lugares donde la tierra se une con el cielo y con el infierno. El cielo es la suprema felicidad prometida y esperada y el infierno la inversión de todo lo noble y bueno en su más pavoroso contrario. Son estas experiencias de la vida, estas historias transmitidas y estudiadas, con los modelos de humanismo que contienen, las que permiten luego una reflexión filosófica y una sistematización ontológica de los momentos de lo humano, de sus inicios y de su descomposición, que constituyen lo que se puede llamar propuestas de humanismo. En la perspectiva de esa reflexión y esa sistematización de los modelos que son las propuestas, es donde surge, no ciertamente el saber sobre lo humano, pero sí el saber sobre los humanismos. Pues bien, en la sistematización ontológica de los momentos de lo humano que surgen en la experiencia vivida y en sus expresiones épicas, aparecen al menos tres niveles bien diferenciados que dan lugar a tres sentidos e incluso tres definiciones de lo humano. 1) El nivel de la generación o construcción de lo humano, el orden constitutivo. En este orden se dice de un ser vivo que es humano si ha nacido de mujer, si esta hecho con los mismos materiales que los demás, si funciona como los demás. Cuando hay deficiencias en el orden constitutivo se dice que lo que ha surgido no es un ser humano sino un monstruo, un animal monstruoso o un organismo viviente indefinible y no identificable, como por ejemplo la criatura Frankenstein. 67 Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 67
jacinto choza armenta 68 2) El nivel del mero funcionamiento del cuerpo viviente como organismo viable y efectivamente adaptado, el orden operativo social y cultural. Cuando hay deficiencias en este orden operativo social y cultural, se dice que nos encontramos con un ser humano en el que no hay ningún rastro de humanidad sino solo de animalidad. Que es como un animal, salvaje e incivilizado como Victor de l’Aveyron y, en general, como todos los casos de niños criados por animales y que han crecido al margen de un medio social y cultural propiamente humano. 3) El nivel de la corrección educativa, del comportamiento y de la vida responsable, el orden operativo moral. Cuando hay deficiencias en este orden operativo moral, decimos que nos encontramos con individuos que son inhumanos, en el sentido de que son malvados, perversos o degenerados. La suficiencia en los tres órdenes da lugar a lo humano en sentido pleno, y la excelencia en ellos apunta a lo sobrehumano o a lo divino. Las insuficiencias, en cambio, dan lugar a lo infrahumano, lo inhumano, lo animal, lo monstruoso, lo satánico. Hay una gradación y una cierta continuidad entre los tres órdenes, que queda reflejada también en el lenguaje. En efecto, al hombre malvado y degenerado se le llama también animal salvaje y ser monstruoso. Como si hubiese una circularidad entre los tres ordenes y el tránsito de uno a otro pudiera producirse fácilmente o incluso inadvertidamente. Tanto los modelos como las propuestas de humanismo implican una comprensión de lo humano y de sus límites, de las fronteras más allá de las cuales se deja de ser humano y se es más o menos que hombre. Los modelos y las propuestas de humanismo correspondientes a cada cultura son las formas en que los grupos humanos se han comprendido a sí mismos en diferentes tiempos y lugares, y los modelos y propuestas que se han realizado en la cultura occidental corresponden a las formas en que los hombres de diferentes épocas y diferentes contextos de nuestra cultura se han comprendido a sí mismos. En todos los casos los modelos y las propuestas se hacen con arreglo a los tres niveles mencionados con los significados que se han dicho. Las definiciones y las formas de identificación de lo humano son delimitaciones frente a lo infrahumano, a lo sobrehumano y a lo extrahumano. Por eso la comprensión de lo humano es solidaria de la comprensión de lo sublime y lo divino por una parte, y de lo terrorífico e infernal por otra. Como puede advertirse, la concepción y comprensión del hombre es siempre la formalización de un campo de fuerza valorativo, la definición y distribución de los valores en un ámbito que en virtud de esa definición y distribución pasa a llamarse “mundo”, “universo” o simplemente “realidad”. Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 68
identidad cultural e identidad humana 1. Cfr. Carlos García Gual, “Identidad y mitología. Apuntes sobre el ejemplo griego”, en Identidad humana y fin del milenio, Actas del III Congreso Internacional de Antropología filosófica, Barcelona, 1998, en Thémata, 23, Sevilla, 2000. 2. Cfr. J. Choza y P. Choza, Ulises, un arquetipo de la existencia humana, Ariel, Barcelona, 1996. Cfr. Rodríguez Adrados, Introducción a Homero, Labor, Barcelona, 2 vols., 1984. 2. LA UNIVERSALIZACIÓN DE LO HUMANO El humanismo es una concepción del hombre que, desde su inicio, ha estado esencialmente vinculada al lenguaje, y que se inicia propiamente a partir del momento en que el hombre se define, por referencia al lenguaje, como animal que tiene lenguaje, Zoón échon lógon, animal rationalis, animal racional. Es por referencia a esta definición como se crea el vocablo bárbaro, que designa precisamente a los que no saben hablar y más bien balbucean, ba-ba-ba1. En la época heroica, feudal, el ideal humano no se cifra en el dominio del lenguaje, sino en la fuerza física y en el valor. Ese es el héroe que ensalza Homero y el que canta Píndaro, y ese héroe puede medirse con cualquier forastero sin que se ponga en duda la igualdad de ambos. Ulises compite con los feacios en las mismas condiciones que con los pretendientes en lo que se refiere a igualdad de “especie”, porque en la época homérica los hombres todavía no son “animales racionales”, sino que son los que “suplican a los dioses y comen pan de trigo”2. Correlativamente, todavía no hay “bárbaros”, todavía no hay “subespecies” inferiores a los hombres en cuanto que no saben hablar. De hecho, en Homero no se encuentra la palabra “bárbaro”. Pero cuando el hombre se define por el lenguaje, entonces empieza a haber semi-hombres o casi hombres, definidos así desde el punto de vista político y ético, y cuyo estatuto metafísico resulta problemático porque entonces las fronteras metafísicas están empezando a ser más netas que las geográficas y sociales, y más “fiables”. Así Aristóteles establece una gradación de lo humano que va desde los bárbaros y esclavos (los esclavos son los bárbaros hechos prisioneros en guerra o en incursiones piratas) en la posición más lejana, pasando por los niños, que son hombres en potencia, las mujeres, que son “varones frustrados”, los campesinos y artesanos, y, finalmente los hombres libres, que son los que “hablan”, es decir, los que toman los acuerdos sobre el gobierno de la ciudad, la polis. Esta es la gradación geográfica, sociológica y política de lo humano, que los estudiosos de Aristóteles se esfuerzan por compaginar con su metafísica porque en épocas posteriores las definiciones metafísicas eran las más relevantes. Así, en la polémica del siglo XVI entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre el carácter “humano” y “personal” de los indios americanos, el punto de referencia es la metafísica porque si los indios son 69 Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 69
jacinto choza armenta 70 3. Cfr. Higinio Marin, La invención de lo humano, Iberoamericana, Madrid, 1977. Cfr. Juan Ginés de Sepúlveda, Historia del Nuevo Mundo, Alianza, Madrid, 1987. 4. Dicha correspondencia puede interpretarse como una herencia de la sociología organicista de Platón, lo que tiene su relevancia para un estudio del humanismo, pero que ahora nos apartaría de la línea argumental de este estudio. 5. La obra clave, clásica, y no superada en diversos aspectos es sobre este tema la de Werner Jaeger, Paideia, los ideales de la cultura griega, FCE, Madrid, 1990. 6. Cfr. Higinio Marín, La invención de lo humano. La construcción sociohistórica del individuo, Iberoamemricana, Madrid, 1997, cap. 1. “Humanismo aristocrático”. personas ontológicamente, entonces tienen un derecho de propiedad como los demás fieles, pero no si no son “personas”. Pero es probable que para el propio Aristóteles la definición metafísica de hombre no tuviera tanta relevancia como la tuvo después3, y es seguro que no tenía tantas implicaciones jurídico-políticas. Dentro del contexto socio-cultural de la Grecia clásica es donde Aristóteles hace su propuesta de humanismo, como despliegue de la tópica de la humanitas dentro de la polis desde el punto de vista ético educativo. Con ello no hace sino recoger reflexivamente lo que vive la sociedad ateniense y, en general, griega, y elaborarlo de un modo sistemático, y con ello sistematiza los valores éticos que tienen vigencia en la Grecia clásica. Hay una cierta correspondencia entre la tópica sociológica y política de la humanitas, tal como aparece en la Política, y tal como aparece en la Ética a Nicómaco, pero no es el momento de abundar en el tema4. El término humanismo no se conoce en la Grecia clásica. En su lugar se utiliza otro que es el que los romanos traducen por “humanismo” y que es “paideia”. “Paideia” se puede traducir también por “pedagogía” o por “educación”, y designa la práctica mediante la cual los niños son llevados desde su condición inicial a la de adultos capaces de una vida responsable, virtuosa y feliz5. La “paideia” griega no tiene por objeto llevar a todos los hombres a la perfección moral y a la felicidad propia de los héroes y de los hombres más ejemplares. Eso no fue así en la época homérica ni tampoco en la clásica, donde el ideal del héroe y sus virtudes había sido sustituido ya por el ideal del hombre que se controla mediante la razón y que se gobierna mediante los acuerdos, como se ha dicho6. La “paideia” tenía por objeto hacer alcanzar lo que entonces se definía como la excelencia de lo humano a los varones que habían nacido en libertad en el seno de la polis. Eso se lograba ciertamente mediante las actividades que tenían como instrumento o herramienta propia la palabra, y no la lanza y la espada como en la época aristocrática, ni el arado o las guadañas ni las monedas o los cartabones como los campesinos, artesanos y comerciantes. Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 70
identidad cultural e identidad humana 7. Cicerón, Sobre la República, Gredos, Madrid, 1984, p. 37. La fluidez y permeabilidad de unos niveles de lo humano respecto de otros, y por tanto la ampliación de la “paideia” hasta su universalización, corresponden a propuestas de humanismo posteriores. En la historia de nuestra cultura, la propuesta siguiente a la griega es la de Roma. En ella es relevante el hecho de que Cicerón utilice la expresión “el género humano”, frente a Aristóteles, que utiliza la expresión “todos los hombres”. Indica que el romano tiene una idea de la unidad de la familia o de la estirpe humana, que el griego no tenía. Por eso, “el ciudadano que es capaz de imponer a todos los demás, con el poder y la coacción de las leyes, lo que los filósofos con sus palabras, difícilmente pueden inculcar a unos pocos, debe ser más estimado que los maestros que enseñan tales cosas”7. Pero entonces a eso ya no se le llama “paideia”, “pedagogía” ni “educación”. Ahora a ese proceso se le llama “civilización” o sencillamente “humanización”, al contenido y a las formas que se inventan y transmiten en su recorrido se le llama “humanismo”, y al ideal que se pretende alcanzar “humanitas”. De este modo, en la perspectiva de Cicerón la “paideia” griega sufre algunas transformaciones relevantes. No es la enseñanza por la que se conduce a la excelencia a los varones nacidos libres, sino que es el proceso de la historia de Roma desde Rómulo y Numa hasta Julio Cesar y el propio Cicerón, y a lo largo del cual un grupo de salvajes es conducido hasta la forma más alta de civilización. Pero además, también a lo largo de ese proceso, todo el género humano es humanizado por el procedimiento de ser romanizado. Grecia no tuvo una legitimación tan alta para la constitución de su imperio marítimo, porque no tenía la idea de la unidad del género humano, ni, por tanto, el ideal de una meta única para todos los hombres. Por eso helenizar, aunque era la cúspide de lo humano, no era una cúspide exigida por la naturaleza de todos los grupos sociales, ni un deber moral vinculante para los atenienses, como sí lo fue para Roma. Inicialmente el ius civile, el derecho de los ciudadanos romanos, no era el que debía reconocerse a los demás hombres, a los que se les reconocía su derecho propio el ius gentium, pero a partir de la época imperial ambos convergieron hasta constituir uno y el mismo derecho. El modelo de la humanitas romana, con su sentido de la universalidad, es recogido por el cristianismo, que reproduce la dicotomía griego-bárbaro y romano-gentil en la forma de la dicotomía fiel-infiel. La plenitud de lo humano se sigue encontrando igual que antes en la participación en lo divino, pero ahora en lo divino hay una peculiar exigencia de llevar a todos los infieles a esa plenitud, exigencia que se denomina salvación o reden71 Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 71
jacinto choza armenta 72 8. I. Kant, Qué es la Ilustración, en Filosofía de la historia, Nova, Buenos Aires, 1958, p. 57. ción, lo cual no se había dado en Grecia, y se había esbozado en Roma con un sentido menos perentorio y menos vinculante. El objetivo del humanismo renacentista es llevar a cada grupo, y sobre todo a cada individuo singular, al saber más completo posible, para que cada uno, a través de su lectura del libro de la creación y de las escrituras sagradas, a través de esas letras, entienda al mundo y a Dios según su arte, es decir, según su estilo o, para decirlo con la tremenda fórmula de la época, según su conciencia. Eso es lo que proclama Lutero de un modo conflictivo, pero es también, exactamente, lo que proponen Erasmo, Moro y Montaige de un modo discreto y aceptable. En eso estriba la humanidad del hombre, y ese es el saber que le lleva a ser más humano y más cristiano. Por eso el humanismo renacentista puede llamarse, con pleno derecho, humanismo cristiano. La propuestas del humanismo renacentista tiene lugar en el momento en que se rompe la unidad sociocultural del cristianismo occidental. Dicha ruptura implica unos cambios de tanto alcance como para provocar una nueva delimitación y redistribución de los valores y, por tanto, la generación de un nuevo mundo. En el orden geográfico, la extensión del mundo se amplía a dos o tres veces la conocida en el medievo, y en el orden cosmológico mucho más. Además, en el orden religioso el cristianismo, que había estado identificado con la unidad cultural y geográfica de la cristiandad, se refracta en una pluralidad de versiones que se enfrentan entre sí generando sangrientas luchas. 3. LOS DERECHOS HUMANOS COMO FÓRMULA UNIVERSAL DE IGUALDAD La tarea de señalar cual es la plenitud de lo humano en esos nuevos mundos que abre el Renacimiento es la que asume para sí la Ilustración, que se define a sí misma como un humanismo. “La Ilustración consiste en el hecho por el cual el hombre sale de una minoría de edad de la cual él mismo es culpable. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la causa de ella no proviene de un defecto del entendimiento, sino de la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! Atrévete a saber”8. La propuesta ilustrada de humanismo tiene la universalidad que tenía la romana, la urgencia mesiánica de cumplimiento que tenía la cristiana, y el enfoque hacia la soberanía del individuo singular que tenía la renacenNúm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 72
identidad cultural e identidad humana 9. Cfr. I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Ariel, Barcelona, 1996, p. 187. tista. Pero donde el Renacimiento no percibía posibilidad de síntesis ni ideal formulable y válido para todos, la Ilustración encuentra uno que, al menos como procedimiento, proporciona la unidad perdida de la cristiandad, a saber, la racionalidad científica. La racionalidad científica se presenta como el modo de funcionamiento correcto de la razón, como el procedimiento para obtener un saber seguro en el que puedan concordar todos los hombres, y como el camino para aprender y practicar un comportamiento moral y cívico mediante el cual los hombres puedan abandonar la ignorancia, la superstición y, en definitiva, la miseria tanto espiritual como física. El humanismo Ilustrado tiene como objetivo la emancipación. Los niveles infrahumanos de los que libera y salva a los hombres son, como en el caso de los humanismo anteriores, el salvajismo de la superstición y las venganzas sangrientas, la animalidad brutal de lo inmoral y lo incivil, y la ignorancia y estrechez de los analfabetos y los rudos. Pero la cota suprema hacia la que quiere elevar al género humano entero no es el nivel heroico, ni el nivel divino, sino estrictamente el nivel humano, porque el hombre es un fin en sí mismo, porque el hombre es el valor supremo. Ese es el modo en que Kant reformula la cuestión evangélica “¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”, ¿qué podría obtener el hombre a cambio de sí mismo que fuera más valioso que él?9. Ese nivel supremo de lo humano es ciertamente el nivel de lo santo, que ahora aparece no como el valor más propio y genuino de la religión, sino de la moral. Pero a su vez, la moral no es algo que provenga de una revelación divina ni que resulte implantada por unos imperativos religiosos. La moral está implantada en la razón de todo ser racional o, lo que para Kant es lo mismo, de todo ser personal. Es la normativa que señala el modo en que las personas tienen que comportarse para ser personas, para no destruirse a sí mismas como personas. Por eso el que obedece a la ley moral no obedece a nadie más que así mismo, y obedeciéndose a sí mismo lo que hace es liberarse de lo inhumano, emanciparse y alcanzar la mayoría de edad propia del hombre que se gobierna a sí mismo. Las cotas supremas de lo humano no vienen dadas ya por la religión, en nombre de la cual los hombres han librado durante varios siglos las más crueles y sangrientas luchas, sino en nombre de la moral, que puede ser aprendida y enseñada ateniéndose los hombres a la racionalidad científica. Una vez que Grecia, Roma y la Cristiandad pertenecen al pasado, la interpretación pública de la realidad no se establece ya en términos religiosos, sino en términos científicos. La racionalidad científica puede proclamar no solamente una ciencia verdadera y válida para todos, sino también una 73 Núm. 153 (2007), pp. 65-79 ISSN 0210-8550 Berceo (065-80) BERCEO 153-5 6/4/08 12:07 Página 73