Manuel Chaves Nogales en ABC: el maestro Juan Martínez que estaba allí
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108 Manuel Chaves Nogales en ABC: el maestro Juan Martínez que estaba allí María Isabel CINTAS GUILLÉN Facultad de Comunicación Universidad de Sevilla El barrio parisino de Montmartre era la sede de la flamenquería en la primavera de 1930. Joselito con su farruca y Montoya con su guitarra triunfaban en el “Cabaret Sevilla”, a unos pasos de la Place Pigalle. Antonia Mercé (la “Argentina”), Vicente Escudero (el vanguardista revolucionario del flamenco) y el maestro Juan Martínez competían con las danzas clásicas de los discípulos de Diaghiliev, con los bailes populares nórdicos de la Balachlova y con los pasos litúrgicos de los japoneses en aquel París, hervidero de exiliados de todos los rincones, que intentaban salir adelante. Con su arte. Al “Cabaret Sevilla” llegó una noche el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, atraído no tanto por el baile y el cante de su tierra como por el público que jaleaba el espectáculo, en su mayor parte rusos blancos, aristócratas con y sin títulos,
109 profesionales e intelectuales que habían salido de Rusia huyendo de la revolución del 1917, estudiantes, incluso popes reconvertidos en profesores, cineastas o modistos, que habían hecho de la capital francesa su puerto de acogida. Chaves, acompañado de su fotógrafo Sacha Suvaroff, también ruso blanco, andaba recopilando información sobre los expatriados de la revolución rusa con la que componía un reportaje que vio la luz en 1931 en el diario Ahora, con el título de “Lo que ha quedado del imperio de los zares”. Entre los artistas que luchaban por la supervivencia se encontraba el maestro Juan Martínez. Martínez era lo más flamenco que puede llegar a ser un bailarín nacido en Burgos, con aires de “(...) granujilla madrileño y castizo, con arrequives de pillo de playa andaluz, pero muy mirado, de una peculiar hombría de bien y una moral casuística complicadísima”. Hablaba en una lengua imposible, mezcla de diversas procedencias, y había recorrido mucho mundo en exitosas tourneés en las que tenía no poco mérito su compañera Sole, “una moza de pueblo alegre y bonita como una onza de oro”. En este trajín artístico había conocido momentos estelares de la historia mundial; y narraba sus andanzas con tanta gracia y agudeza que Chaves quedó inmediatamente prendido en su relato. Contaba Martínez cómo había amenizado con sus bailes una de las últimas veladas de los zares, y cómo incluso la zarina le había saludado; hablaba de su periplo por medio mundo buscando, más que el éxito, la mera supervivencia, al verse sorprendido por acontecimientos de los que nunca eligió formar parte. Y lo contaba con tanta gracia, tanta justeza en el análisis y tanta clarividencia en la interpretación, que Chaves pensó que sería Martínez quien relatara a los españoles no sólo episodios históricos puntuales (como lo que había supuesto para el pueblo turco el gobierno de Mustafá Kemal “Atatürk”), sino, y sobre todo, acontecimientos de calado y magnitud mundial: cómo es una revolución social, los males que acarrea; cómo fue la revolución rusa y cómo trastornó la vida de cien millones de rusos. Así, sin más preámbulo, un bailarín de flamenco contó al público español con realismo, porque lo vivió, uno de los acontecimientos más transcendentes de la historia de la humanidad: la Revolución Bolchevique de 1917, la caída del gobierno de los Zares y la Guerra Civil que asoló la URSS a continuación. Situación de extremo dramatismo, pero narrada con realismo y gracia, en lenguaje sencillo, con análisis llenos de rigor, profundidad y precisión, que
110 servirían, en la intención de Chaves, para orientar a los españoles de 1934, empeñados en ese momento en otra revolución dentro del marco de la Segunda República española. España, 1934 Recurriendo a los periódicos de la época, que son siempre el mejor material para contextualizar y conjeturar así de paso las causas por las que aparecen en la prensa estos relatos, observamos cómo a principios de este año, el 16 de febrero, el diario Ahora, periódico de centro y defensor de la República como opción democráticamente elegida, se preguntaba en grandes titulares: “¿Qué va a pasar en España?”. Y continuaba: “Ante la amenaza de una guerra civil desencadenada por el propósito de los socialistas de lanzarse a un movimiento revolucionario, Ahora pregunta a todos los jefes de los partidos cuál será su actitud personal y la conducta de las fuerzas que acaudillan”. Y realizaba un examen minucioso, provincia por provincia, de los que defenderían el régimen, los que ayudarían a la revolución y los que se lanzarían a la contrarrevolución, en un intento de clarificar posiciones en una España sumida en contradicciones y conflictos de difícil solución. Basta hojear los periódicos de aquellos días para darse cuenta de la magnitud de los problemas que tambaleaban los cimientos de la República, democrática, presionada a la derecha y la izquierda por el fascio y el soviet. Durante el tiempo que duró la publicación del folletín ocurrieron en España acontecimientos transcendentales que a veces pasaban desapercibidos, pero que observados desde la perspectiva del tiempo ya pasado nos proporcionan las claves necesarias para entender qué fue lo que llevó al caos y la destrucción una República que había emprendido los cambios más sustanciales en la historia de nuestro país. Así, en el mes de abril y en paginas secundarias se informaba de que Francisco Franco había ascendido a general de división, abriéndose el camino de una imparable carrera militar; Rafael López de Haro publicaba su novela Eva Libertaria; Romanones y Sánchez Guerra evocaban la caída de la Monarquía y el triunfo de la República en el tercer aniversario de su proclamación; y las organizaciones sindicales llevaban a las
111 clases obreras a huelgas que agravaban considerablemente su situación y, en consecuencia, la del país. Los partidos políticos y las propias organizaciones sindicales repartían sus proclamas por los foros políticos, la radio e incluso las paredes, haciendo que Pío Baroja, siempre un poco fuera de la realidad, escribiera en el mes de agosto: Actualmente todas las paredes de los pueblos de España están llenas de letreros políticos: Viva la UGT, la CNT, la FAI, la FUE, la FE, etcétera. Dan ganas de sintetizar estas aclamaciones por una que diga: Vivan todas las letras mayúsculas del alfabeto 102 . Por si los problemas eran pocos, y como en una huída hacia delante, el gobierno adoptó la medida de ocupar Ifni, La última empresa colonial española, como titulaba Chaves el reportaje que realizó para el periódico del que era redactor-jefe, Ahora, relatando durante los meses de abril y mayo su personal participación en la hazaña. La aparición del reportaje de las aventuras de Juan Martínez por la Rusia soviética no es tan inocente como pudiera parecer. Ni tampoco el tono, a veces cargado de dramatismo, pero salpicado de notas risueñas, y concebido con un marcado sentido del humor, en un equilibrio que sólo pocas personas podían lograr. Los acontecimientos sociales deslizaban a España al desastre y, en esa caída libre, las derechas aguardaban el final para aprovechar las consecuencias negativas del fervor revolucionario, que había llevado a las izquierdas a magnificar la revolución rusa como modelo a imitar. El mensaje que Chaves quería transmitir era claro: aquello, la Revolución Rusa y la posterior guerra civil fueron una guerra fratricida, y ni unos ni otros se salvan. Ambos bandos fueron crueles, sanguinarios, equivocados: ni los zaristas tenían la razón ni los revolucionarios acertaron; “asesinos rojos y asesinos blancos, todos asesinos”. El pueblo indefenso es y fue la única víctima de la revolución, de todas las revoluciones. Esta declaración, realizada en la España republicana del año 1934, supuso la aparición en el panorama nacional de un punto de vista sorprendente. Todos los integrantes de las llamadas “romerías a Rusia” del momento (intelectuales, poetas, escritores, periodistas, 102 “Epigrafía callejera”, Ahora, 12 de agosto de 1934, p. 5.
112 viajeros 103 ) se venían esforzando en entonar cantos de encendida admiración ante el país que había sabido derrotar el gobierno autárquico de los zares y conquistar para el pueblo la libertad. El “padrecito Lenin” no había sido puesto en cuarentena todavía, pocos habían denunciado los horrores de la Checa, de manera que las opiniones vertidas por Chaves en el folletín-reportaje hicieron que muchos españoles se sintieran molestos; otros, indignados; porque pocos escritores, pensadores o políticos habían hablado tan claro. Y sobre todo, pocos habían dado tan pronto la voz de alarma ante un régimen que tiñó de sangre y terror la historia del pueblo ruso, por obra de aquellos bolcheviques fanatizados por las consignas de sus dirigentes. Adoptar esta postura crítica ante un hecho aceptado como ejemplar, que había atraído al país la moda de lo ruso (traducciones y adaptaciones de libros, espectáculos promovidos por artistas rusos, éxito de músicos y bailarines rusos, etc.) debió suponer una cierta conmoción. Chaves pasó a ser considerado enemigo por ambos bandos, las derechas y las izquierdas, los republicanos y los detractores de la República. Así lo recuerda él mismo en un libro de 1937 titulado A sangre y fuego: Me consta por confidencias fidedignas que, aún antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, consideraran por su parte que yo era perfectamente fusilable. La historia vino a darle la razón, y no sólo la historia actual, sino también la inmediata. A los pocos días, del 5 al 18 de octubre de 1934, Asturias vivió unos durísimos sucesos revolucionarios que colocaron a la República en una de las situaciones más dramáticas de su corta vida. Chaves, que también cubrió estos 103 Es larga la lista de escritores que abordaron el tema de la revolución rusa alrededor de los años treinta (por acotar una fecha), y no sólo españoles (Ricardo Baeza, Pablo Balsells, Luis Amado Blanco, Enrique Díaz-Regt, Miguel Hernández, Andrés Martínez de León, Rodolfo Llopis, Eloy Montero, Margarita Nelken, Joseph Pla, Fernando de los Ríos, Ramón J. Sender, Rodrigo Soriano, Daniel Tapia, León Villanúa, Julián Zugazagitia, etc.), sino también otros muchos europeos, como Barbusse, Gide, H.G.Wells o Arthur Koestler.
113 acontecimientos para su periódico, decía en la crónica de Ahora del 28 de octubre titulada “El martirio de Oviedo bajo el imperio de la dinamita”: Las referencias que se tienen de la lucha revolucionaria en las calles de Petrogrado y Moscú en 1917, de las devastaciones de la guerra civil en Ucrania y de las revoluciones comunistas en Alemania y Hungría no acusan un porcentaje tan elevado de edificios destruidos, de tesoros artísticos perdidos y de vidas humanas sacrificadas. Costó mucho menos implantar el bolchevismo en las calles de Moscú de lo que ha costado a Oviedo resistir a los mineros. Aquellos famosos “diez días que conmovieron al mundo” fueron positivamente menos espantosos que los diez días de la revolución de Oviedo. Pero Chaves no quería pontificar. Siempre rechazó las consignas. Confiaba en la capacidad de los españoles para optar, tras la reflexión y el análisis. Era su intención declarada “avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar el interés por los grandes temas de nuestro tiempo”. Los hechos tenían la suficiente ejemplaridad como para hablar por sí mismos. El 17 de marzo de 1934 la revista Estampa inició la publicación por entregas del “folletín-reportaje” El maestro Juan Martínez que estaba allí (El triunfo del bolchevismo y la guerra civil en Rusia, vistos y vividos por un bailarín de flamenco). Fueron veintisiete entregas consecutivas aparecidas a lo largo de veintisiete semanas (hasta el 15 de septiembre de 1934), de similar extensión (siempre cuatro páginas de la revista), ilustradas con fotografías originales sacadas de la maleta de recuerdos del propio Martínez, que daban el marchamo de realismo y fiabilidad imprescindibles en todo reportaje. Y con magníficas ilustraciones de Rivero Gil, que añadían el punto de fantasía y espectáculo que ha de tener todo folletín. Y así se anunciaba la publicación del folletín-reportaje en la revista Estampa: Trátase de una verdadera novela de aventuras, vivida por unos personajes de carne y hueso, unos artistas españoles a los que aquellos acontecimientos pavorosos cogieron de lleno, convirtiéndolos en espectadores y, a veces, en actores de la gran tragedia del pueblo ruso. Las dramáticas andanzas del bailarín español Juan Martínez y su mujer, desde 1916 hasta 1924, por la Rusia de Nicolás II, de Kerenski y, finalmente, de Lenin,
114 tienen tal fuerza patética, tan emocionante dinamismo, que su relato supera en interés a todas las creaciones literarias de pura fantasía (…). El bailarín Martínez no es marxista ni antimarxista; lo ignora todo, y habla de la revolución tal como la ha visto; tal como la ha vivido (…). Este reportaje tiene en estos momentos un extraordinario interés de actualidad, porque dice claramente a los españoles cómo es una revolución social. El relato El 26 de junio de 1914, cuarenta días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, salieron de París “Los Martínez”, pareja artística que iniciaba por Oriente una tournée que los llevó desde Turquía a Bulgaria y Rumanía, y de aquí hasta Rusia, en una huída hacia adelante que no hizo más que precipitarlos en zona conflictiva, ya que en Moscú tuvieron ocasión de bailar ante los zares, pero también se encontraron atrapados en los avatares de la revolución bolchevique y la posterior guerra civil, realizando continuos viajes por el amplio territorio de la URSS (de Odessa a Leningrado con distintas paradas en Kiev, Minsk, Gómel y Moscú) esquivando los lugares más difíciles, lo que no les libró de sufrir en sus propias carnes todos los horrores de la situación y, en consecuencia, les permitió poder sacar conclusiones que dejaron encandilado a Chaves Nogales cuando Martínez le hacía el relato, ya en París, en 1930 104 . Es un reportaje novelado de la realidad histórica en el que la vida es capaz de superar a la ficción más disparatada. Martínez era un ser de carne y hueso, y también real era el fondo histórico sobre el que su historia se articula. Pero, al no ser este personaje parte implicada en lo sentimental de la contienda -sólo la casualidad hace que viva los acontecimientos y se encuentre atrapado por ellos-, el distanciamiento crítico le permitía poner un velo de ironía a las situaciones, cosa relativamente fácil de hacer 104 Para acceder al texto, consultar el tomo segundo de la edición de la Obra narrativa completa de Manuel Chaves Nogales, edición e introducción de María Isabel Cintas Guillén, Fundación Luis Cernuda, Diputación de Sevilla, 1993 (dos tomos); para más información sobre el autor y su producción, Obra periodística de Manuel Chaves Nogales, edición e introducción de María Isabel Cintas Guillén,
115 cuando ha transcurrido un tiempo desde que acontecieron los hechos y la vida ha ido limando las asperezas de las situaciones pasadas. Pensemos que en “los diez días que estremecieron el mundo” 105 , nuestro protagonista se ve en el recuerdo “en Moscú, vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El desinterés por cualquiera de las opciones políticas que están dirimiendo el futuro del pueblo ruso de que hace gala Martínez a lo largo del relato, le permite como narrador enjuiciar los hechos que vive con imparcialidad, con ironía a veces, y siempre con un espíritu crítico y analizador, sorprendente en una España que recibe dicho relato con el ánimo convulso y, en gran medida, confundido. Martínez evoca cómo desempeñó todo tipo de trabajos intercalados con el de bailarín cuando la situación se lo permitió. Cómo desplegaba sus audacias de pícaro para comer cada día en un territorio donde la revolución y el desorden hacían imposible, no ya la convivencia, sino la propia supervivencia. Y cómo se las ingeniaba para salvar la vida y reflexionar, desde la ironía y el fino sentido del humor, sobre los transcendentales acontecimientos que se estaban viviendo. Atrapado por estos acontecimientos, poseedor de un sentido práctico de la vida que lo convierte en un antihéroe, llegó incluso a integrarse en la sociedad de la revolución: Que te dejes de monsergas y te pongas a vivir como todo el mundo -le aconsejaba su mujer-; aquí ya no somos artistas, ni españoles, ni burgueses, ni nada. Aquí no tienen derecho a comer ni a vivir más que los proletarios y los bolcheviques, y ya estamos tú y yo siendo más proletarios y más bolcheviques que nadie. Y en un relato lleno de dramatismo, pero teñido al mismo tiempo de un sutil e inteligente sentido del humor, era capaz Martínez de llevarnos a la entraña misma de la Diputación de Sevilla, 2001 (dos tomos); así como el ensayo de María Isabel Cintas Guillén, Un liberal ante la revolución. Cuatro reportajes de Manuel Chaves Nogales. Universidad de Sevilla, 2001. 105 John Reed, Diez días que estremecieron el mundo. Akal, Madrid, 1974. Este documentado estudio apareció en 1919 con un prefacio de Lenin. Según Alfonso Rojo en Reportero de guerra sólo hubo tres corresponsales extranjeros presentes en la revolución bolchevique: el ya citado John Reed y los británicos Morgan Philips Price (corresponsal de The Guardian) y Arthur Rausone (de The Daily News).
116 revolución y la guerra civil mostrando cómo vivía la gente los acontecimientos desde todos los ámbitos de la vida cotidiana. La prosa es ágil y el lector se siente atrapado por la amenidad, la rapidez con que ocurren los hechos, la sencillez en la exposición y la gracia no exenta de profundidad de que el periodista hace gala en unos de los folletinesreportajes más clarividentes de un momento en que este género gozaba de un gran respaldo popular. El maestro….en ABC Este folletín-reportaje tuvo mucho éxito; tanto que, ya en el tiempo de su publicación, la editorial Estampa preparó una edición en libro que tuvo varias reediciones o reimpresiones, aunque mucho menos interesantes porque, aún conservando el mismo texto, estaban desprovistas de las fotografías y dibujos con que habían aparecido en la prensa. Pero los acontecimientos que vinieron después en España (final de la República española, Guerra Civil, larguísima posguerra) sepultaron al autor y su obra, toda su obra, en el olvido. Chaves vivió el exilio en Francia e Inglaterra y, reconocido periodista en el mundo entero con especial proyección en América Latina, en su país nadie habló de él ni de su obra, si no fue para perseguirlo a través del Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Hasta que el 17 de agosto de 1982 el diario ABC de Sevilla, la ciudad natal del periodista, comenzó la publicación del folletín. El periódico venía publicando una serie de trabajos que trataban de Sevilla o eran de autores sevillanos, en un propósito de recuperación de obras y temas olvidados que duró casi ocho años, y donde se rescataron producciones de gran interés. Me comentaba Nicolás Salas, a la sazón director del diario, que las obras eran seleccionadas por un equipo integrado por Manuel Ferrand, Antonio Burgos, Manuel Lorente y el propio Nicolás Salas. La intención era la pura recuperación de un material interesante para la ciudad, en secciones con un diseño no definido, que a veces se servía del huecograbado y resultaba una lujosa recuperación, y otras veces se adaptaba al espacio