Vasco Núñez de Balboa y su época: la construcción del mito del héroe
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Amanera de Introducción general LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■
Tierras”.5Un desconocimiento que se prolongó al menos por espacio de siglo y medio si es que finalmente se admite que para 1650, aproximadamente, Europa comenzaba ya a asimilar las evidencias y peculiaridades de un continente nuevo. En tiempos más recientes, el tema del “gran hallazgo” se ha confrontado con los problemas inherentes a nuestra era espacial. En 1959, unos años antes de que el hombre pisara la luna, el historiador Lewis Hanke fijaba su mirada en el impacto que el descubrimiento tuvo en el largo debate sobre el indio americano. “Por muy lejos que lleguen nuestros cohetes en el espacio exterior –anunció– ¿podrán descubrirse, acaso, problemas más significativos que los que intranquilizaron a muchos españoles durante la conquista de América? En el mismo sentido, años después de este impactante acontecimiento, Tzvetan Todorov opinó que los viajes espaciales tenían una significación secundaria, porque no implicaban “ningún tipo de encuentro”. Por el contrario, para el citado autor “el descubrimiento de América, o de los americanos, es sin duda el encuentro más sorprendente de nuestra historia”.6La conexión entre el gran acontecimiento de 1492 y los grandes retos que plantea nuestra era espacial puede vislumbrarse también en las fundadas predicciones del científico de renombre mundial Stephen Hawking, quien al preguntarse sobre la posibilidad de que seamos visitados en un futuro por extraterrestres nos advierte de que en tal caso lo más probable es que el encuentro no se realizara de manera pacífica. Estima que los alienígenas estarían tan avanzados respecto a nuestra civilización que nos considerarían como animales. “Nos tratarían de la misma manera que nosotros nos comportaríamos si exploramos algún día un planeta y encontramos formas primitivas de vida”, explica su ayudante el físico Leonard Mlodinov.7 La llegada del extremeño Vasco Núñez de Balboa a las tierras americanas se produce en pleno Renacimiento europeo: uno de los 15 ■ Estatua de Cristóbal Colón, junto a la primera catedral del Nuevo Mundo, situada en la ciudad de Santo Domingo. En la doble página anterior, artesonado del techo del claustro mudéjar de la iglesia de San Juan de los Reyes, en Toledo. ■¿RENACIMIENTO O APOCALIPSIS? ■ Enla HISTORIOGRAFÍA contemporánea se mantiene todavía una periodización que contempla el viaje descubridor de Colón como marca fronteriza entre el ocaso definitivo del Medioevo y el comienzo de la Edad Moderna y que sirve para justificar el proceso de conquista y formación del orden colonial americano en nombre de la Modernidad. De este modo, tal y como señala Paolo Vignolo, se produce una inevitable ruptura “de las continuidades de prácticas, representaciones e imaginarios que unen la visión del mundo medieval con la construcción de sociedades coloniales al otro lado del Atlántico”.1Sin embargo, los procesos históricos fluyen como un río en la larga duración y por eso las fronteras resultan, en la mayoría de los casos, artificiales. No hay ruptura sino continuidad y una dilatada trayectoria de reconocimiento y mutua aceptación. Al respecto, Weckmann-Muñoz recordaba hace ya muchos años que en 1493: “el Nuevo Mundo, tal cual se conocerá más adelante, no ha entrado en escena aún. El Papa y Colón habían polarizado sus espíritus sobre las islas misteriosas que las leyendas medievales situaban cerca de las costas de Asia… El mundo americano visto por los europeos era solamente un grupo de islas cercanas a la inmensa masa de la tierra asiática. Esa creencia persistirá medio siglo más tarde, no solamente en Europa, sino también entre todos los conquistadores y misioneros que recorrían los caminos del Nuevo Mundo”.2 En la misma línea argumental, Pagden insiste en la dificultad que tuvieron los coetáneos de aquel gran suceso a la hora de admitir la novedad del encuentro. “América rara vez se veía como algo nuevo –de hecho Colón siempre se negó absolutamente a creer que era un nuevo continente– sino simplemente como una extensión, como un nuevo espacio geográfico, tanto de las dimensiones conocidas como de las fantásticas del mundo atlántico, tal como se conocía por los escritos de los comentaristas antiguos y modernos”.3 Los hombres de aquella época quedaron atónitos por la magnitud de los acontecimientos que se difundían por toda Europa y no dudaron en manifestar su admiración. Allá por 1539 el filósofo italiano Lazzaro Buonamico afirmó –en el primer testimonio impreso conocido hasta la fecha– que nada había tan honrado para la humanidad “como la invención de la imprenta y el descubrimiento del Nuevo Mundo; dos cosas que siempre he juzgado comparables, no sólo a la Antigüedad, sino también a la inmortalidad”.4“La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias”, sentenció López de Gómara en 1552 en la dedicatoria que de su Historia General de las Indias, ofreció a Carlos V. Y junto al asombro, la cerrazón mental. Lo que J. H. Elliott denominó “el impacto incierto” en una pequeña obra que se ha convertido en todo un clásico de la historiografía moderna, alude precisamente a la dificultad de la mente europea –aturdida y al mismo tiempo fascinada por el hallazgo– para encajar en sus esquemas mentales la novedad intelectual que supuso el descubrimiento de América. Su hallazgo y su gradual configuración como una entidad diferente, como una geografía nueva e ignota, y no como una prolongación de Asia, constituyeron todo un desafío en el complejo mundo de saberes de la Europa de su tiempo. Frente a las numerosas muestras de reconocimiento y admiración, deben recordarse también –señala Elliott– las no menos abundantes muestras de desinformación. “Es un hecho sorprendente –escribió el abogado parisino Estienne Pasquier a comienzos de la década de 1560– el que nuestros autores clásicos no conozcan toda esa América a la que llamamos Nuevas 14
grandes momentos de la historia universal que señala el tránsito entre el mundo medieval y el mundo moderno. Época de esplendor literario y artístico, de nuevos movimientos culturales, de renovación en suma de la ciencia y de las formas de pensamiento. Un período histórico de grandes logros e innovaciones, mundialmente reconocido y admirado, pero también objeto de innumerables críticas por sus llamativas contradicciones internas. Claude Lévi-Strauss en su lección inaugural pronunciada en el Colegio de Francia a comienzos de 1960, se preguntaba acerca de la necesidad de “expiar el Renacimiento” cuando reflexionaba sobre la crisis de la conciencia europea y de la descolonización. Con este planteamiento, LéviStrauss quería recordar que el admirado siglo XVI de los europeos fue en otros confines de la tierra un período muy oscuro. La pregunta parece más bien una terrible blasfemia y resulta aparentemente inadecuada pues, como señala Frank Lestringant: “expiamos un pecado, eventualmente de juventud, pero cómo expiar un pe - ríodo, sobre todo cuando representa una de las más altas expresiones de nuestra civilización?” Este bienintencionado propósito surge como un recurso de gran utilidad para protegernos de tentaciones etnocentristas. “Visto desde México, el Caribe o Perú, el período correspondiente a nuestro siglo XVI no es para nada un Renacimiento sino más bien un Apocalipsis”. Por el contrario, en ese mismo perío - do gran parte de la “refinada” Europa se enriqueció con el despojo de los otros tres continentes, a veces por las fuerzas de las armas o bien por transacciones desiguales y provocó con su presencia una debacle demográfica sin precedentes. El autor, después de asumir que Europa “cometió el más grande genocidio no premeditado de la historia de la Humanidad” concluye invitándonos a reflexionar sobre esta paradoja que –en su opinión– hace del siglo del humanismo “uno de los siglos más inhumanos de nuestra historia”.8 Sería razonable pensar que este hilo conductor desemboca inevitablemente en el eterno debate sobre la naturaleza de la conquista y la formación de las sociedades coloniales que proporcionaron, sin dudarlo, los principales recursos a los que se aferran, tanto panegíricos como detractores, para enjuiciar la obra de los europeos, y especialmente de España, en América. Como recuerda M. Molina, el proceso de la conquista mantiene intacta en la primera década del siglo XXI su naturaleza polémica. Un hecho parece incuestionable: “La conquista supuso la destrucción de las civilizaciones indígenas, desarticulando totalmente su organización política-administrativa, sus estructuras socioeconómicas, sus tradiciones religiosas y culturales. La discusión surge en el momento de interpretar este acontecimiento”.9En suma, las interpretaciones oscilan entre quienes consideran que la invasión europea y el consiguiente proceso “de occidentalización” –concepto acuñado por Serge Gruzinski–10 representó indudables ventajas para las culturas aborígenes y los que incidiendo en el carácter destructivo del proceso, hablan de un verdadero genocidio, biológico y cultural. Este largo y encendido debate debe ser reconducido desde posiciones rigurosas y al margen de querellas ideológicas. Es preciso buscar un punto de encuentro entre “leyendas negras” y “leyendas rosas” que permitan esclarecer nuestra comprensión común de tan conflictivo período. En definitiva, estamos de acuerdo con aquellos que consideran que la historia debe reescribirse con rigor y al margen de disputas legendarias; que hay que dejar de lado, de una vez por todas, la “historia tribunal” para darnos recíprocamente la palabra. ■LA CONQUISTA DEL EDÉN ■ u NA DE LAS CARACTERÍSTICAS MÁS llamativa de la empresa conquistadora en las Indias no es otra que la de la brevedad del proceso. Podría decirse que la América española continental fue anexionada entre 1492 y 1542, es decir, en tan sólo cincuenta años,11 un tiempo récord si se considera la enorme masa territorial dominada, que en extensión podía abarcar unos ocho millones de km2. Para entonces, un pequeño país de la Península Ibérica con una superficie de algo más de 500.000 km2ejercía su dominio atlántico, por fuerza precario y a veces discontinuo, sobre una vasta extensión territorial del continente americano: desde el noroeste de México hasta Paraguay, y desde Puerto Rico hasta Chile. Se calcula que la Corona española disponía de unos seis millones de súbditos en Castilla y otro millón en Aragón. En muy pocos años esta cifra se incrementó espectacularmente con la incorporación de cincuenta millones de nuevos súbditos americanos, si bien estos efectivos fueron diezmados en muy pocos años por el terrible impacto de la conquista y de las pandemias.12 Una Europa en incontenible proceso expansivo fijó también su mirada en las Indias con el deseo de proyectarse y conseguir mercados coloniales: primero fueron los portugueses en el Brasil y luego –todavía habían de transcurrir más de sesenta años– franceses e ingleses se instalaron en América del Norte. En los albores del siglo XVI , la maquinaria del Estado español era tan rudimentaria, a pesar de ser una de las más avanzadas de Europa, que la organización de una empresa de dimensiones colosales, como fue la expansión hispana en las tierras del Nuevo Mundo, excedía todas sus posibilidades. Al respecto, suele admitirse que 16 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Óleo de la reina Isabel la Católica, la gran impulsora de la aventura americana, que se conserva en el Alcázar de la ciudad castellana de Segovia.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE la conquista fue redactado sobre 1555, es decir, treinta y cinco años después de la muerte de Moctezuma, cuando los informantes del Códice no tenían edad suficiente para tener un conocimiento directo de los hechos. Del mismo modo, otras fuentes similares de la época parecen hacer aguas si se las examina con detenimiento. En consecuencia, Restall considera que “no hubo tal apoteosis, tal creencia de que los españoles son dioses y, por tanto, no se dio tampoco esa supuesta parálisis indígena”.18 Suele afirmarse también que los invasores disfrutaban de una superioridad técnica de la que sacaron un enorme provecho. Allá en tierras americanas se enfrentaron en una guerra desigual dos mundos que estaban en las antípodas: el del metal y la pólvora contra la civilización de la piedra. Espadas, ballestas y arcabuces contra piedras y flechas, estólicas y macanas; corazas de acero contra escaupiles forrados de algodón, caballería contra indios de a pie. A la vista de tamaña disparidad podría pensarse que la victoria de los españoles iba a resultar muy fácil. Sin embargo, la superioridad tecnológica de los españoles constituye uno más de los numerosos mitos de la conquista. Con frecuencia se olvida que allí en las Indias el escenario de la guerra en nada se asemejaba al de los campos europeos ni tampoco las tácticas guerreras de sus combatientes. Los enfrentamientos entre españoles e indios no se ajustaron a los esquemas militares de una guerra clásica; exceptuando los casos excepcionales de algunas grandes contiendas, lo que predominó fue la guerra de guerrillas, de emboscadas, ataques nocturnos, prácticas depredatorias en las que el uso de las armas de fuego, escasas y de tiro muy lento, parece tener una importancia limitada en un medio inhóspito y desconocido, ante un enemigo invisible que se defendía con métodos primitivos, pero a veces mucho más eficaces que el de los invasores. Se ha dicho que mientras un arcabucero disparaba dos o tres veces, un arquero indígena podía lanzar de diez a doce flechas. La panoplia del conquistador era similar a la de las guerras fronterizas granadinas y las campañas italianas del Gran Capitán. en América se dio entrada al afán de lucro y a la iniciativa privada porque el Estado no quiso asumir tan ingente tarea y, muy especialmente, porque de esa manera la conquista resultaba prácticamente gratis para el erario público. Se olvida que las exigencias financieras de una política internacional de dilatadas miras, como la practicada por la monarquía española en el siglo XVI en casi todas las esferas del orbe conocido, imponía severos recortes, máxime cuando la pobreza monetaria “de que España en todos los estados abundaba” era bien manifiesta. Conservamos numerosas pruebas sobre las penurias del erario público. Baste un ejemplo: Francisco Guicciardini, embajador florentino en la corte de Fernando el Católico y su hija, la reina enclaustrada, cifraba el monto total de las rentas de la Corona, en la época de su embajada (entre 1512 y 1513), en 800.000 ducados, aproximadamente; la mitad de esta cifra no estaba disponible al verse afectada por juros de diversos tipos; el resto, o sea, 400.000 ducados, representaba la única fuente económica a la que podía recurrirse.13 No debe sorprender, por tanto, que cuando se prepare en Sevilla la gran expedición enviada por la Corona a Castilla del Oro (Darién) en 1513, al mando del noble segoviano Pedrarias Dávila, el rey Fernando se viera obligado a confiscar los salarios de la Casa de la reina Juana, así como el oro recién llegado de Santo Domingo para hacer frente a los numerosos gastos que esa empresa demandaba.14 Y qué decir respecto a los gravísimos apuros monetarios y al endeudamiento de la real hacienda durante la etapa del emperador Carlos, siempre agobiado por sus compromisos imperiales. Sin embargo, aún aceptando esta rotunda evidencia, algo que llama poderosamente la atención en la época de la conquista es la escasez de recursos utilizados por el Estado español en América respecto a otras empresas. En uno de sus trabajos más recientes, Ladero Quesada nos recuerda que la mayor innovación bajomedieval fue posiblemente “la puesta a punto de una fiscalidad pública, gran parte de cuyos recursos se dedicaron a financiar actividades bélicas bajo el control del poder monárquico, o bien el de la asamblea estamental que representaba al reino entero, de modo que hubo una relación estrecha entre el desarrollo de las formas estatales de organización política y el control de la guerra, puesto que con él se conseguía claramente ese ideal del Estado que Max Weber definió como monopolio de la violencia”.15 Ahora bien, los reyes españoles invirtieron todos sus esfuerzos en sus campañas europeas o africanas, pero fueron muy tacaños en lo que respecta a la empresa americana. A Europa o África enviaron poderosos contingentes con numerosos efectivos, bien dotados y equipados. A la conquista de Mazalquivir, la primera empresa importante que acometía la Corona castellana en África después de la conquista del reino de Granada, iban 7.000 hombres de armas capitaneados por el Alcaide de los Donceles en 190 navíos. En el cerco de Metz, el emperador Carlos concentró nada menos que a 60.000 soldados.16 Sin embargo, en las empresas del Nuevo Mundo la parquedad de medios humanos y técnicos que se invierten en relación con el amplio espacio territorial que va a ser controlado en un período de tiempo relativamente corto, es más que evidente. Los ejemplos son numerosos. Francisco Hernández de Córdoba lleva 110 hombres a la primera exploración del Yucatán de los mayas. Pizarro zarpó del puerto de Panamá el 20 de enero de 1531 para la conquista del Perú en dos navíos con algo más de 180 hombres y unos 30 caballos. No tuvo tiempo de esperar a un tercer navío que al mando de Cristóbal de Mena debía acompañarle. Un pequeño refuerzo de sólo 30 hombres le proporciona Benalcázar en Puerto Viejo y más adelante Hernando de Soto con dos barcos y un centenar de hombres.17 Este reducido ejército lleva a cabo la conquista del gran Imperio de los Incas y debe enfrentarse a miles de indios. Admira recordar que sólo 150 hombres participaron con Valdivia en la conquista de Chile allá por 1540. Y como éstos, podrían citarse otros muchos ejemplos. ■¿HOMBRES 0 DIOSES? ■ ¿ CÓMO p UEDE EXPLICARSE ENTONCES la extraordinaria rapidez del avance conquistador? Fueron muchas y bien conocidas las circunstancias que favorecieron la invasión y el éxito definitivo de los españoles. Extraordinarias coincidencias, misteriosos presagios de la cosmogonía de los vencidos anunciaban la llegada de los extranjeros con una especie de fatalismo apocalíptico, derivado de la conciencia del transcurso inexorable del tiempo. ¿Dioses venidos del cielo u hombres mortales? Transcurrió un tiempo precioso hasta que los indios cayeron en la cuenta de que los españoles eran tan mortales como ellos, pero también es cierto que resulta muy difícil calcular la verdadera dimensión del impacto sicológico y religioso porque éste desapareció tan deprisa como había surgido. Por otro lado, la historiografía más reciente discute la interpretación del fatalismo apocalíptico por su carácter etnocéntrico –sustenta la conquista sobre la base de la desigualdad cultural entre ambos pueblos– y por el uso de fuentes inadecuadas. El mito de “la apoteosis”, como lo denomina M. Restall, según el cual los amerindios pensaban que los invasores españoles eran dioses, se fundamenta en la devastación indígena y constituye un elemento fundamental entre los estereotipos de la conquista que se manejan actualmente y no tanto en el siglo XVI . En el ámbito mexica, por ejemplo, el Códice florentino de Bernardino de Sahagún fue considerado tradicionalmente como “el evangelio de las reacciones indígenas ante la invasión”, pero el libro XII, que trata precisamente sobre 18 19 ■ Las Casas Reales, edificio que hoy día alberga un museo de los primeros años de la conquista, en la ciudad de Santo Domingo, capital de la antigua isla La Española.
En primer lugar, los españoles disponían de armas de mano y enastadas: espadas de acero toledanas, picas, mazas de hierro, así como las famosas ballestas, tan apreciadas por Balboa y sus compañeros en el Darién, porque les permitía replicar en igualdad de condiciones a los indios flecheros y batir al enemigo en la distancia.19 Entre las armas empleadas por los conquistadores, la ballesta adquiere un protagonismo singular que no ha sido convenientemente valorado. A su eficacia táctica en un combate desigual, de rápidas escaramuzas y ataques sorpresivos, la ballesta facilitaba otro propósito no menos valioso: el de poder saciar el hambre. En los días de ocio, la ballesta permitía a los desnutridos guerreros emplearse en la caza para obtener comida fresca. «Ha de mandar vuestra Alteza –solicitaba Balboa desde el Darién a comienzos de 1513– que traigan doscientas ballestas mandadas hacer hechizas, muy fornidas las cureñas y guarniciones... y de muy recio tiro y que no sean de hasta dos libras, y en ellas se ganarán dineros, porque cada uno de los que acá están huelgan de tener una ballesta y dos, porque además de ser armas muy buenas contra los indios, mantienen mucho de aves y caza los que las puedan tener.»20 Cuando los españoles llegan al Nuevo Mundo se ha producido ya en Europa una verdadera revolución en el arte militar con la aparición de las armas de fuego (arcabuces, falconetes, ribadoquines y otras), pero es bien sabido que las expediciones que se enviaron a las Indias fueron parcas en hombres y mucho más en armamento. Ni siquiera la gran hueste real que conduce Pedrarias Dávila al Darién, en 1514, escapa de esta tendencia. En ella la proporción de tiros por hombre, aun siendo elevada para aquella época, apenas alcanza las 6 piezas (de ribadoquines) para los 200 hombres de «a sueldo», y mucho menos para 700, si añadimos a esta cifra el medio millar de vecinos que aguardaban en el Darién con Balboa. La misma ecuación se observa en otras huestes de la conquista. La que guía Hernán Cortés a la conquista de México compuesta por algo más de 500 hombres estaba armada con espadas, picas y cuchillos en abundancia, pero sólo disponía de trece mosquetones, además de diez cañones de bronce y cuatro ligeros. Por otro lado, la superioridad tecnológica de los invasores era escasamente relevante cuando se operaba en lugares escarpados o bien en climas cálidos y húmedos a los que los españoles tuvieron necesidad de adaptarse. Los pesados cañones tenían que ser arrastrados a través de las selvas o por escarpadas montañas, siguiendo el curso de los ríos y soportando las lluvias y las tormentas tropicales. Había que superar “el mal de altura” con temperaturas muy bajas, o los efectos de la humedad y el calor, una vez en contacto con los ecosistemas tropicales. También había que adaptarse a las picaduras de las niguas, a las enfermedades gastrointestinales y a otros embates similares que minaban los organismos, de por sí debilitados, de los invasores. Se ha dicho, y con razón, que en determinadas ocasiones las circunstancias ambientales pudieron anular las ventajas tecnológicas. Y de ello fueron conscientes los protagonistas de aquel período. Armas y corazas de hierro y acero quedaban inutilizadas a causa de la herrumbre, al poco de ser desembarcadas, si es que no lo habían hecho ya durante la travesía oceánica, la pólvora se humedecía... “Ha de mandar vuestra muy R.A. que vengan los maestros para aderezar las ballestas, porque cada día se desconciertan a causa de las muchas aguas” –suplicaba Balboa al monarca en una famosa carta de 1513– Y al tiempo que solicitaba el envío desde España de dos docenas de espingardas, precisaba que fueran “muy buenas, de metal, livianas, porque las de hierro luego se dañan con las muchas aguas y se comen de orín…(así como) dos docenas de tiros de metal porque los de hierros se perdieron”.21 Desde muy pronto los invasores intentaron acomodarse al “Nuevo Mundo”, adaptándose a unas circunstancias ambientales que no les eran favorables. Las pesadas armaduras de acero resultaban insoportables en los climas húmedos, provocaban llagas en el cuerpo con el roce e impedían la facilidad de movimientos en una guerra de emboscadas, de manera que decidieron “indianizarse” adoptando aquellos elementos de la indumentaria de guerra de los propios indios que consideraron más apropiados. En México los españoles utilizaron protecciones de algodón acolchado, como lo habían visto entre los mexicas, pero un proyecto similar había sido debatido ya en 1513 cuando se preparaba en Sevilla la expedición de Pedrarias. Al rey Fernando, que supervisó personalmente el proyecto, le habían hablado de la eficacia contra las flechas indígenas de las «ropas de angeo estofadas», una especie de jubón acolchado de algodón o lana, conocido también con el nombre de escaupil, pero el monarca desechó finalmente la idea, «porque acá se han probado también y no responden tan a propósito como conviene». Supo también, por las noticias llegadas desde la isla La Española, que las conchas de carey, de gran resistencia por la solidez de sus placas óseas, eran «las mejores armaduras que se pueden haber para aquellas partes», pues ya habían sido experimentadas con notable éxito en algunas de las incursiones más recientes No obstante, sus asesores le aconsejaron rechazar asimismo el peto de tortuga, considerando la idea descabellada, no tanto por lo extravagante de esta especie de uniforme quelonio, como por los efectos del clima sobre el mismo, «porque dándoles el sol por un lado y el calor del cuerpo de la otra, diz que se enternecen mucho y de tal manera que cualquier 20 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Óleo del rey Fernando el Católico, conservado en el Alcázar de Segovia. Tras la muerte de su esposa Isabel, él fue quien llevó el peso del descubrimiento del nuevo continente.
No obstante, no cabe duda de que la actuación de la caballería, que tanto relieve adquiere en la Edad Media peninsular, es decisiva sobre todo por su impacto psicológico, en la lucha contra el indio, que en principio atribuye un carácter semidivino al caballo, pues piensa que caballo y caballero forman un solo ser, una especie de centauro propio de la mitología occidental e incluso, a veces, que es inmortal. Por eso, cuando muere en la batalla se le entierra a escondidas, como hizo Francisco Pizarro, quien en 1530 mandó sepultar a su animal en secreto «porque siempre estuviesen los indios en creencia que no podían matar los caballos», o bien es lanzado al mar, dando lugar a curiosos topónimos que aún subsisten en la geografía americana, como la ensenada hondureña de Puerto Caballos, llamada así por los españoles porque en sus aguas fueron arrojados varios equinos, muertos en combate, para que los indios no supieran que estos animales, a los que temían como dioses, eran tan mortales como sus jinetes. «Fue tanto el miedo que los dichos indios cogieron de las dichas yeguas que huyendo de ellas se encaramaban en los árboles de manera que no había quién les hiciese abajar y algunos de ellos sufrían que los asaeteasen y se asaetearon muchos de ellos en los árboles», anotaba el alcalde mayor Espinosa en su Relación por las tierras del Istmo.26 Por su parte, Las Casas describía en un vívido relato el horror que los indios de Turbaco (Cartagena) mostraban al contemplar los primeros equinos, que llevados por la hueste unificada de Ojeda y Nicuesa, invadieron su poblado. Dice así: “Con el horror y tormento del fuego, las mujeres con sus criaturas en los brazos se salían de las casas, pero luego que vieron los caballos, los que nunca jamás habían visto, se tornaban a las casas que ardían, huyendo más de aquellos animales, que no los tragasen que de las vivas llamas”.27 Por lo que puede apreciarse, el valor intrínseco del caballo como elemento guerrero y de superioridad militar se vio reforzado en el escenario americano por el impacto psicológico que caballos y yeguas, dado que eran desconocidos en el Nuevo Mundo, ejercían sobre los indios. Lógicamente el factor sorpresa sólo tuvo éxito en los momentos iniciales de la conquista, pues en la medida en que la penetración española avanzaba, el indio se familiarizó con el animal, e incluso en aquellas zonas, como Chile, en donde la resistencia indígena se prolongó durante siglos, los aguerridos indios aprendieron su utilización en la lucha convirtiéndolo en uno de sus elementos más valiosos. Testimonio de ello resultó ser la famosa caballería araucana que durante años infligió severas derrotas a los españoles. Formando parte de las huestes conquistadoras llegaron a las Indias perros de guerra, adiestrados para el combate, especialmente mastines y alanos, bestias feroces de enorme tamaño, pues algunos podían alcanzar hasta un metro de altura. Los canes americanos eran pequeños, mansos, y no ladraban de manera que aquellos feroces animales con collares de clavos y trajes acolchados causaron un inmenso terror a los indios. Los españoles los trajeron de España a las Antillas y desde allí pasaron al Darién acompañando a las huestes y luego se extendieron por toda América siguiendo a sus amos. En terrenos escarpados, donde la actuación de la caballería era imposible, los perros se movían con agilidad cumpliendo su labor ofensiva con enorme eficacia. Los españoles los azuzaban para rastrear la presencia de indios hostiles y una vez conseguido su objetivo lanzaban la jauría contra ellos. Eran además insustituibles para rastrear y capturar a los esclavos huidos, lo mismo que para aterrorizar con su sola presencia los interrogatorios a los que eran sometidos los indios para descubrir dónde ocultaban el oro. De la actuación de los canes de guerra en la conquista del Darién han quedado sobradas muestras. Antonio de Herrera cita el caso protagonizado por el capitán de Pedrarias, Gaspar de Morales, quien en su visita a la isla de las Perlas obligó a confesar a un indio acercándole a su cuerpo desnudo la dentadura de un tremendo mastín.28 A su eficacia como arma mortífera y disuasoria se añadía el valor intrínseco que suponía para su amo, pues en las entradas realizadas contra los indios solían cobrar parte del botín, como cualquier otro hombre, contribución que, por supuesto, recaudaba el dueño. Se les utilizaba también para la caza y montería y hubo ocasiones flecha o otra cosa de poca fuerza les podrá pasar». Y, como ni lo uno ni lo otro parecía conveniente, el monarca decidió inclinarse por fórmulas más tradicionales, si bien adaptadas al nuevo medio americano, como los petos y corseletes de metal,22 pero revestidos con algún barniz protector «para resistir que la humedad de la tierra no le dañe». Los funcionarios de la isla de Santo Domingo no parecen estar de acuerdo con los criterios metropolitanos, demasiado ajenos a la realidad americana. Y así, dos años más tarde, aún seguían insistiendo sobre las ventajas de las armaduras de carey, “que son, según tienen información, las mejores armaduras que se pueden haber para aquellas partes”, al tiempo que informaban al monarca de haber proporcionado algunas de ellas a las expediciones esclavistas contra los indios caribes: «E que en lo de las conchas de los careyes, que han sido e son dificultosas de haber e que de las que hasta allí han habidas, he hecho unas veinte armaduras que servirán en la armada que ahora hacen contra caribes”.23 Desde muy pronto los conquistadores protegieron también con tejidos enguatados a sus monturas e incluso a sus perros para evitar que los animales fueran presa de las flechas, de forma similar a como se protegen hoy los picadores en una corrida de toros. Pero en este caso resulta difícil averiguar el origen exacto, pues es sabido que protecciones similares, bien realizadas con cueros o con tejidos acolchados de algodón, ya se utilizaban en la península en la época de la Reconquista. Desde luego, la sorpresa que causó entre las filas indias la aparición de los caballos y los perros proporcionó a los invasores una importante ventaja inicial: “Salióles por el camino (Chiapes) con mucha gente de guerra a resistirles, haciendo fieros, como se ven tantos en número y a los nuestros tan poquitos, hasta por experiencia, con grande daño suyo saben cómo cortan nuestros cuchillos. No por eso huyen ni se retraen los nuestros, antes lo primero saludáronlos con las escopetas y ballestas y luego sueltan los perros. Como los indios vieron el fuego que salía de las escopetas y oyeron los truenos que retumbaban por aquellos montes y el hedor de la pólvora y la piedra zufre, y que parecía que les salía todo de las bocas, no pensaron sino que se les abría los infiernos; y vistos de sí mismos los caídos muertos y los perros que destripaban a los que acometían, vuelven las espaldas todos por salvarse, cada uno huyendo cuanto más podía”.24 Pero en los primeros años los caballos fueron muy escasos y su presencia en las huestes conquistadoras resulta insignificante, casi anecdótica. Sorprendería saber que la de Hernán Cortés sólo disponía de dieciséis caballos en su avance hacia el interior de México, y la misma desproporción o aún mayor se observa en las mal llamadas «cabalgadas» de la Tierra Firme, que en propiedad bien debieran ser denominadas «peonías» por la abrumadora presencia de hombres de a pie entre sus filas.25 Además, los equinos no eran aptos en cualquier escenario bélico. Sólo podían movilizarse en terreno llano y de aquí que las ciudades fundadas en los territorios ultramarinos solían disponer de una llanura en su entorno para que, en caso de asedio indígena, pudiese actuar la caballería. El caballo no era sólo un elemento muy útil en la penetración, sino que incluso marcaba una estratificación en la hueste y en el reparto del botín: el caballero percibía parte doblada respecto al hombre de a pie, circunstancia que también se reflejaba en el reparto de solares y tierras. 22 ■ Colección de armas y de corazas, incluidas las de los caballos, que utilizaron los primeros españoles llegados a Tierra Firme y que se exponen en el Alcázar de Segovia. 23 ¿HOMBRES O DIOSES?
No existen noticias similares a las de México o Perú en la conquista del Darién por Balboa, pero sí unos años más tarde.33 En 1525 Pedrarias escribió en Panamá una carta al Rey en la que comunicaba que las epidemias habían sido providenciales porque gracias a ellas los indios habían abrazado la fe de Cristo. Y precisaba que “más de 400.000 personas se habían convertido al catolicismo por propia voluntad, porque en una aldea en donde los indios intentaron quemar una cruz de madera, todos murieron a causa de una epidemia de peste, milagro que instó a los demás indios de la región a bautizarse y solicitar cruces”.34 Pero en la victoria española lo más decisivo fue la colaboración indígena. A mediados del siglo XIX , Prescott sostenía que las Indias habían sido conquistadas por los mismos indios. Y más recientemente, en la misma línea argumental, Henry Kamen afirmaba que la conquista española de América nunca existió como tal, puesto que fueron los propios indios (junto a los españoles) quienes la conquistaron contra otros indios.35 Los españoles obtuvieron cotas de poder y éxito en sus empresas gracias a pequeñas bandas de conquistadores blancos –en los que se mezclaban algunos negros– y muchas veces con la ayuda inestimable de miles de indios de los que se valieron sagazmente para internarse en territorio enemigo y obtener la victoria final. No es posible aceptar que Hernán Cortés conquistara Tenochtitlán y se hiciera con todo el Imperio azteca con tan sólo quinientos españoles, como ha venido manteniendo la historiografía más tradicional. Si Cortés pudo derrotar a los aztecas fue gracias a la ayuda de varios miles de indios tlaxcaltecas, deseosos de sacudirse el yugo de la dominación azteca. Del mismo modo Pizarro obtuvo la ayuda del bando legítimo en su lucha contra los hombres de Atahualpa y se benefició igualmente de la colaboración de algunas tribus, como los cañaris y los huancas que se oponían al dominio del Inca. La interpretación reduccionista de la conquista de América centrada en sus dos escenarios estelares, que no fueron otros que los grandes complejos amerindios de Mesoamérica y los Andes, ha consagrado una única perspectiva: la de que la victoria española se debió sobre todo a las divisiones políticas y a las rivalidades internas que debilitaban aquellos imperios. Pero es bien sabido que la búsqueda de aliados indígenas fue uno de los procedimientos más usuales en la conquista de “toda” América y no siempre los españoles encontraron facciones rivales ni hermanos luchando por un mismo trono. En el ámbito de las civilizaciones amerindias menos avanzadas existió asimismo una colaboración indígena motivada simplemente por el miedo o por el deseo de aprovechar las posibles ventajas de la misma guerra. Centrándonos en el proceso conquistador de la Tierra Firme, es evidente que si Balboa pudo extender su dominio sobre todos los cacicazgos de la franja transístmica hasta el Pacífico fue gracias a su política de pactos 25 en las que salvaron de morir de inanición a una hueste famélica. En sus correrías por las tierras de Veragua, Oviedo relata con admiración la valiente actuación de un lebrel propiedad de Diego de Nicuesa que se internó en el mar persiguiendo a un ciervo, pues gracias a esta captura –nos dice– pudieron alimentarse y sobrevivir todos sus hombres.29 El perro fue también utilizado para descubrir emboscadas indígenas e incluso para ajusticiar a indios rebeldes. En la lucha contra el cuerpo desnudo de los indios su eficacia era total, hasta el punto de hacerles abandonar el campo de batalla con tan sólo oír los ladridos. Pedro Mártir de Anglería, aunque hablaba de oídas siempre estuvo bien informado. A propósito de los perros, relataba el cronista que entre los cuevas la eficacia de los canes era muy superior a la de los indios que habitaban las costas de Cartagena, tierra de los temidos caribes flecheros, pues allí éstos «con la velocidad del rayo disparan flechas envenenadas contra los perros que los embisten, y matan muchos».30 Por el contrario –añadía– los cuevas del Darién apenas podían defenderse de la jauría. Cuando iban a la guerra sólo empleaban estólicas y macanas; a lo sumo respondían a pedradas para terminar huyendo, aterrorizados, ante la persecución de los animales. Como se acostumbraba en toda Europa, los perros fueron empleados en la tortura y ejecución del enemigo, en este caso los indios. A esta práctica se la denominó “aperrear”, que, como indica Oviedo, consistía en «hacer que perros le comiesen o matasen despedazando al indio». Algunos de estos canes llegaron a ser famosos, como Becerrillo –un perro de La Española– y su hijo Leoncico, el perro de Vasco Núñez de Balboa, fiel compañero de su amo y arma mortífera para los indios del Darién. «Y era tan temido de los indios que si diez cristianos iban con el perro, iban más seguros y hacían más que veinte sin él». Esto escribía Oviedo a propósito del famoso perro que él mismo conoció en el asiento de Santa María y al que dedicó un extenso párrafo de su obra, sin poder ocultar la admiración que sentía por el animal. Tiempo atrás, Balboa lo había adquirido en La Española y lo llevaba siempre en su guarda adornado con una cadena de oro al cuello. De color bermejo y hocico negro, como su padre, no destacaba tampoco por su tamaño ni belleza, «pero era recio y doblado y tenía muchas heridas y señales de las que había habido en la continuación de la guerra, peleando con los indios».31 Como cualquier perro de buena raza, Leoncico era para Balboa su mejor compañero y el más fiel de los amigos, pero por si esto no fuera bastante, muy pronto se reveló como una máquina de ganar dinero. Cuando iba a las entradas ganaba para su dueño sueldo y parte del botín, como otros capitanes lo hacían, tanto en oro como en esclavos, «y el perro era tal –asegura Oviedo– que la merecía mejor que otros muchos compañeros somnolientos que presumen de ganar holgando lo que otros con sus sudores y diligencias allegan». En ocasiones, Balboa solía prestarlo a la hueste cuando él no acudía personalmente a las entradas y por esta vía el extremeño llegó a conseguir, según los cálculos de Oviedo, hasta mil pesos de oro.32 Mucho más importante que la superioridad tecnológica de los españoles y los animales de guerra auxiliares fueron las enfermedades del Viejo Mundo, que diezmaron a los amerindios al contacto con los españoles e incluso antes de su llegada. Se ha dicho y con razón, que América pagó caro su aislamiento. Las terribles epidemias de viruela acaecidas en México, antes de que Cortés sitiara la ciudad, minaron la resistencia azteca a la invasión. Lo mismo se observa en la conquista del Perú, en donde se tiene constancia de la existencia de una epidemia similar cuando finalizaba el reinado de Huayna Cápac, antes incluso de que Francisco Pizarro iniciase su tercera expedición. Se llegó a comentar que la viruela avanzaba por Sudamérica más rápida que los europeos. Los españoles solían recurrir a la intervención divina para justificar cualquier suceso extraordinario. Su providencialismo los hacía transmutar lo inexplicable en divino con tal naturalidad que no puede dejar de sorprendernos. 24 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Escudo de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. ■ Estatua de Hernán Cortés en el centro de la Plaza Mayor de su ciudad natal, Medellín, en la provincia extremeña de Badajoz.
AMÉRICA, O LA NUEVA FRONTERA que los portugueses, incursionan en África y en las islas del Atlántico. Aquí en el archipiélago de las Canarias, frente al borde noroccidental africano, hace años que los castellanos se emplean a fondo para anexionar las islas con los mismos métodos de las luchas fronterizas medievales: primero son expediciones nobiliarias, de rapiña incontrolada, a la busca de un botín fácil, luego se impuso el afán poblador y los mismos objetivos estratégicos, misionales, políticos y económicos de los reinos cristianos de la Reconquista. La frontera canaria introdujo una novedad: sus pobladores –guanches y canarios– no eran infieles como los musulmanes puesto que nunca habían conocido la fe de Cristo y mucho menos renegado de ella. Eran con toda propiedad paganos y como tales debían ser tratados. En este escenario surge un factor religioso nuevo. “La idea de cruzada –observa Céspedes– empieza a difuminarse y es sustituida por la idea de evangelización. Evangelización que es un derecho y un deber de los cristianos cuando se encuentran con pueblos paganos”.38 Una frontera de tanta duración como la castellana se convierte en un estilo de vida que tiene, por la impronta que ha generado, una particular tendencia a reabrirse en algún otro lado. En 1492 se cierra definitivamente la frontera de Al-Andalus con la conquista del reino nazarí de Granada y a un mismo tiempo surge de repente como un golpe de efecto, casi teatralmente, otro nuevo escenario bélico y nuevas tierras por conquistar, más allá del Atlántico. La Reconquista vivida en tierras peninsulares durante ocho siglos abonó gran parte de las aspiraciones, de las actitudes y de las formas de vida de la empresa americana. La guerra contra el Islam estuvo destinada a ensanchar los límites de la fe católica, pero al mismo tiempo implicó un propósito de expansión territorial, con continuos desplazamientos de población, dirigido y parcialmente controlado por la Corona con el auxilio de las grandes órdenes militares y religiosas. En virtud de sus méritos militares, esta nobleza forjada en el arte de la guerra se consolida como grupo social privilegiado y obtiene grandes extensiones de tierras y riquezas, así como numerosos vasallos a su servicio. La Reconquista supuso, por tanto, la conformación de una sociedad militarizada acostumbrada a continuos procesos de repoblación y repartos de tierras. Significó también la glorificación del guerrero como arquetipo hegemónico y victorioso de una vida fronteriza. Durante muchos años los señores de la guerra se afanaron en consolidar su privilegiada situación en torno al monarca y fueron debidamente de alianza y colaboración con los indios. Incluso su reconocida gesta de descubrimiento de la Mar del Sur con el correspondiente sometimiento de los pueblos indígenas aledaños fue posible gracias a las noticias facilitadas por ellos mismos y al apoyo logístico que le proporcionaron centenares de indios que integraban su expedición. La conquista de América ha suscitado interpretaciones diversas y a menudo arbitrarias, porque ¿cómo es posible hablar del proceso como un fenómeno uniforme? Por el contrario, el mundo que invadieron los españoles exhibía una enorme diversidad: desde las altas culturas densamente pobladas y con una civilización refinada de Mesoamérica y los Andes, pasando por los reducidos grupos tribales caribeños, los astutos guerreros arahuacos de Chile y los grupos de cazadores y recolectores que vagaban al norte de México –“chichimecas”– y las llanuras argentinas. Los conquistadores tuvieron que adaptarse a las características de las sociedades invadidas: allí donde existía un mayor grado de sedentarización y un poder fuertemente centralizado los invasores encontraron mayores ventajas para una vez derrotada la autoridad de un solo jefe convertirse automáticamente en los nuevos señores de unas poblaciones que ya estaban acostumbradas a prácticas de subordinación. Por el contrario, allá en la periferia de Mesoamérica y los Andes tropezaron con mayores dificultades porque el dominio de pequeñas y numerosas tribus, algunas seminómadas, requirió un esfuerzo inconmensurable. ■AMÉRICA, O LA NUEVA FRONTERA ■ f RANCISCO DE S OLANO OBSERVABA HACE ya algún tiempo que entre las cinco naciones de la Europa occidental que invadieron el continente americano en fechas diversas, “solamente a los españoles se les reconoce como conquistadores”. Y añade: “Portugueses, ingleses, franceses y holandeses ocuparon tierras en diferentes espacios americanos, teniendo sus soldados y cuerpos defensivos; pero éstos, tan guerreros y conquistadores como los soldados de España, no tienen sustantivo específico que los califique”. Ciertamente el conquistador como denominación y como arquetipo modelador/destructor de toda una época es genuinamente español, así como la conquista: nombre con el que se conoce su hazaña todavía hoy en cualquier idioma. Y concluye que a excepción de Portugal, “ni los colonos holandeses, franceses, ni tampoco los ingleses adquieren nombres específicos, difuminándose sus acciones como propias de un tiempo nebuloso y poco preciso”.36 El conquistador, el guerrero español de la conquista, pertenece a una época y posee características propias y singulares que han sido objeto de atención de innumerables estudios. En primer lugar, se les ha definido como hombres de frontera, porque sus actitudes, sus esquemas mentales, su cultura, en suma, participa de dos mundos: del Medioevo y del Renacimiento, de los que se nutre por igual. Son productos de una época y de una empresa, ambas fronterizas. La América de 1492 comenzó toda ella siendo una frontera –la nueva frontera–37 y en su anexión por los españoles y otros pueblos invasores se repitieron los mismos procesos ocupacionales con los mismos rasgos sociales que caracterizan toda empresa de esta índole: ansia de promoción social, individualismo, afán de poder y riquezas; también con las mismas actitudes aventureras, heroicas o desalmadas. Tradicionalmente se ha venido admitiendo que esta frontera americana es una prolongación natural e inevitable de la castellano-medieval, aunque al mismo tiempo se reconozcan sus discrepancias y novedades, que también las hubo. La continuidad con el proceso expansionista de la Reconquista no deja lugar a dudas. Las fronteras entre los reinos castellanos y Al-Andalus contemplan un largo recorrido histórico que arranca desde la conquista de la Península Ibérica por los musulmanes en el siglo VIII hasta la derrota definitiva del reino nazarí de Granada en 1492. Desde el siglo X las fronteras se desplazan como arenas movedizas, en dirección norte a sur. Ya en el siglo XIII la conquista por los reyes castellanos del valle del Guadalquivir dará origen a la formación de tres nuevos reinos cristianos: Jaén, Córdoba y Sevilla desde donde se proyecta una dilatada frontera con el reino de Granada, que quedará fijada por espacio de más de doscientos años hasta que estalle el conflicto bélico definitivo que puso fin en la península al dominio musulmán. Paralelamente, los grupos más dinámicos de la sociedad medieval se dispusieron a buscar nuevas fronteras a través de los mares: catalanes y aragoneses se dirigen especialmente al este del Mediterráneo, a Sicilia, Cerdeña y norte de África, mientras que los castellanos, al mismo tiempo 26 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ La Alhambra, en la ciudad de Granada, símbolo de la última frontera del reino de Al-Andalus que desapareció con su conquista por los Reyes Católicos en 1492. A la izquierda, medallón representando a Cristóbal Colón.
un buen número de religiosos a establecerse en las tierras americanas fue precisamente el de instaurar allí la iglesia primitiva de “la Nueva Jerusalén” entre los pueblos amerindios, ajenos al pecado de la civilización, puros y sin contaminar. Pero la conquista no legitimaba por sí sola todos los esfuerzos del guerrero. Conquistar y poblar eran sinónimos de un mismo tesón, pues la Corona nunca permitió la invasión destructora e incontrolada, sin garantías de estabilidad. “Quien no poblare, no hará buena conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá la gente: así que la máxima del conquistador ha de ser poblar”, escribía Francisco López de Gómara cuando transmitía el sentir de Hernán Cortés, el famoso conquistador de México. Como reconoce L. Bethell, esta filosofía fue la que prevaleció en la empresa española del Nuevo Mundo en el siglo XVI y tuvo una decisiva influencia en la conformación de la América española.42 El conquistador siembra de ciudades, villas y lugares el nuevo continente y lo hace con el mismo tesón y audacia con los que actúa en la repoblación de las tierras fronterizas de la Reconquista. Se ha dicho que si el conquistador puebla de ciudades el continente es porque trae la ciudad en su mente, en su legado cultural propio del Renacimiento y al mismo tiempo de la reciente experiencia medieval. Este propósito va a ser favorecido e impulsado por la política absolutista y centralizadora del Antiguo Régimen con una clara intencionalidad política: la concentración de la población en núcleos urbanos permite –qué duda cabe– un control político mucho más efectivo que la dispersión. Se ha reconocido igualmente que la labor colonizadora de España en América sólo tiene paralelo en la historia de la humanidad con la que llevaron a cabo Grecia y Roma aunque, a diferencia de la primera, España no pretendió crear meras factorías comerciales, alentadas por motivaciones puramente crematísticas. Por el contrario, con un claro impulso colonizador, los castellanos del siglo XVI fundaron y dieron vida a miles de ciudades americanas, transplantando a ellas la vida administrativa, cultural y religiosa propias de la metrópoli. La omnipresencia de un estado interventor, que dirige en la distancia pero con mano firme la empresa, fue decisiva para alcanzar el éxito. ¿Pero cómo lograr la estabilidad necesaria en un mundo tan remoto y dinámico? Aquí radica seguramente una de las principales diferencias que se observan entre la frontera medieval peninsular y la indiana y que, como se ha señalado, consistió en el diseño de “un modelo organizativo relativamente moderno, sin trabas medievales que mediatizaran la relación entre la Corona y sus administradores. Ni feudos ni vasallos, ni señoríos jurisdiccionales, ni concesión de grandes privilegios municipales, ni gremios poderosos, ni cortes regulares, ni nobleza altiva que pudiera poner en peligro la máxima autoridad mayestática”, en suma, las tradicionales barreras que lastraban la modernización del Estado en la Península.43 “La rápida recompensados con una dinámica de obligaciones mutuas en la que servicio y merced se conjugaban a un mismo tiempo. No obstante, el ejercicio de la guerra no constituye un privilegio exclusivo del sector nobiliario. Los hombres de la frontera estaban sometidos a un deber general de servicio. Cualquier vecino era por definición un combatiente, si bien esta obligación se reglamentó según las calidades sociales de cada hombre y los medios de los que disponía para acudir al combate, ya fuera a caballo o a pie.39 Como ya se ha dicho, la principal actividad que mueve a los hombres de la frontera es el ejercicio de la guerra en donde prima la facilidad de movimiento, con tácticas propias de una guerra de guerrillas: de rápidos golpes de mano, de ataques por sorpresa al territorio enemigo en busca de un botín fácil en ganados, prisioneros o cualquier otro objeto valioso. En suma, lo que en el Medioevo se denominó “guerra guerreada”, con nombres diversos como cabalgadas, algaras, rebatos, correduras, celadas o emboscadas para las que se formaban, como nos recuerda Miguel Ángel Ladero, “grupos ligeros de caballería, aunque también podían participar peones, con el objetivo de saquear y dañar el territorio enemigo, especialmente en las zonas de frontera con el Islam”.40 Se trataba en definitiva de alcanzar un objetivo que quedaba perfectamente claro en Las Partidas: “correr la tierra y robar lo que haya dentro”. Ahora bien, conviene aclarar que el concepto que manejamos de frontera no debe entenderse solamente en su acepción más estricta como límite o barrera de separación entre dos pueblos (border) sino más bien como un territorio con personalidad propia. Se trata de un amplio espacio de contacto (frontier), lugar de encuentro y de interacción cultural. La frontera medieval es, en efecto, una dilatada franja entre dos mundos y dos civilizaciones; un lugar de lucha y violencias, jalonado de castillos e impugnables fortalezas, un territorio militarizado, en suma. Pero también, en los largos tiempos de tregua, cuando se suceden monótonos los días sin que nada los espante, la frontera se convierte en un espacio fértil de encuentro entre musulmanes y cristianos, de mutuas influencias, de convivencia enriquecedora. No cabe duda de que la vida en las tierras fronterizas está llena de peligros, pero ofrecen amplias expectativas para quien se juega la vida en ellas: tierras para quien no la tiene, riquezas y promoción social para el humilde, libertad para el que no la goza: el siervo, que en la frontera, –lejos del yugo señorial–, se convierte en hombre libre por avecindarse en ciudad, villa o lugar con sus respectivos fueros, privilegios y derechos. Pues bien, es sabido que la Reconquista fue un proceso de asentamiento y colonización organizado sobre la base de nuevos establecimientos urbanos, a los cuales se concedieron jurisdicciones territoriales propias por privilegio real.41 Toda esta dilatada experiencia será trasladada a América por los conquistadores; a un escenario inmenso y distante, que se abre de repente ante sus asombrados ojos como una caja de Pandora, ofreciendo innumerables expectativas de promoción social y económica. El movimiento expansionista de los castellanos en el Nuevo Mundo se desarrolla con el mismo espíritu, con las mismas aspiraciones y con el mismo propósito con que se ocupó la frontera del Medioevo. Y en este sentido se admite que esta frontera no es nueva sino “una rigurosa continuidad de la medieval”. Bajo la enérgica dirección de la Corona, los conquistadores se trasladan a la nueva frontera para conquistar tierras a los indios como conquistaron los reinos musulmanes. Y desde muy pronto –imbuidos por el propósito mesiánico que alienta toda la empresa y la justifica– se vuelcan en la evangelización de los indios “paganos” como antes lo hicieron con los infieles islámicos. Desde luego, más que los conquistadores, cuyas violentas actitudes y crueldad sin límite, propias del paradigma del guerrero, han sido ampliamente denunciadas, fueron los frailes los verdaderos artífices de esta empresa y los que asumieron la ingente tarea conocida como “la conquista espiritual de las Indias”. El impulso evangelizador no es ajeno al misticismo franciscano ni al humanismo cristiano de aquella época. Uno de los principales propósitos que animó a 28 ■ Edificio del actual Archivo de Indias en Sevilla, antigua y sucesivamente Casa Lonja y Casa de la Contratación. ■ La Fortaleza, construida por los Templarios sobre la primitiva alcazaba árabe en la ciudad de Jerez de los Caballeros, cuna de Vasco Núñez de Balboa. AMÉRICA, O LA NUEVA FRONTERA
SANTA MARÍA DE LA ANTIGUA DEL DARIÉN, EL REINO DE BALBOA que ya superaba las “cien casas o bohíos”.81 Sin duda, se trataría de un sencillo poblado de chozas indígenas, muy similar al de cualquier otro cacicazgo vecino, aunque bien acomodado y extenso como para dar alojamiento a los quinientos quince españoles que acompañaban a Balboa, junto con los mil quinientos indios e indias que les servían en sus casas y rozas.82 Con la llegada de la expedición de Pedrarias las cosas se complicaron, pues una verdadera avalancha humana, que bien pudo alcanzar las mil quinientas personas, cayó como una nube de langosta sobre el poblado, buscando acomodo, a duras penas, en las humildes chozas de los vecinos. Si confiamos en los cálculos de Oviedo, Santa María de la Antigua sería en 1514 con sus más de 3.500 personas, entre españoles e indios, la colonia más poblada de las hasta entonces fundadas en Indias.83 Nada más llegar al recinto, el nuevo gobernador decidió instalarse en la vivienda más grande y acomodada de todas las que se alzaban en la plaza. No le importó que se tratase de la casa de Vasco Núñez. En estos momentos, él era la principal autoridad del territorio, el máximo representante del monarca en aquellas lejanas tierras y acorde con su rango se sentía merecedor del mejor edificio del poblado. Desde el preciso instante de la llegada de la espectacular flota al puerto del Darién, el diario transcurrir de la pequeña colonia se vio profundamente alterado. ¿Cómo dar cabida a una expedición tan numerosa? Cien, doscientos bohíos –si se acepta el cálculo más optimista– no eran suficientes para albergar a esos más de mil visitantes que habían llegado para quedarse. Muchos vecinos se sentían indignados con la redistribución de las fincas realizada por Pedrarias, pues varios de los edificios y solares más espaciosos habían sido incautados para servicios oficiales y para alojar a los viajeros más distinguidos. Y no les faltaba razón. Balboa fue, sin duda, uno de los principales perjudicados. Sus dos casas en la plaza, valoradas en 600 pesos de oro, –una de las cuales la tenía arrendada por 300 pesos anuales– fueron expropiadas por el gobernador para su uso y disfrute, muy por debajo de su valor, pues sólo abonó a Balboa por ellas 400 pesos en total. Pedrarias –según se justificaba– las necesitaba para dar acogida a toda su extensa comitiva. Pero lo que más enfadó al extremeño fue que después de verse obligado a vender sus fincas a Pedrarias, instalándose como vimos en una de ellas, continuara alquilando la otra en provecho propio.84 La casa más famosa de Santa María fue la del multifacético escribano y veedor de fundiciones Gonzalo Fernández de Oviedo, que ha pasado a la historia como el principal defensor del asiento español. Nadie podrá negar que su campaña de comunicación fuera interesada. Como teniente de gobernador en Santa María, cargo oficial que logra por fin en 1522, aspira a convertir este enclave, en el que ha invertido todos sus esfuerzos y todos sus ahorros, en su reino particular. Si Pedrarias, claro está, lo consentía. Y así puede entenderse su insostenible programa de salvación del Darién. Pocos años después de la muerte de Vasco Núñez, cuando la ciudad en la que había reinado también agonizaba, cuando todos la abandonaban para instalarse en las nuevas tierras prometidas del Pacífico, él insistía tozudamente en construirse una ostentosa casa de piedra como expresión más firme de su voluntad de resistencia: “E así como otros 43 Oculta por el manto centenario de la selva húmeda, reposan hoy los restos arqueológicos de la ciudad española de Santa María de la Antigua, el primer bastión europeo, que surge en 1510 en el extremo más occidental del mundo conocido, como una isla verde plantada en las Antípodas de la vieja civilización. “Esta población –manifestaba con orgullo Oviedo– es el principio y fundamento de todo lo que en Tierra Firme, así en la costa del Norte como en la del Sur, está descubierto y poblado de cristianos”. Pero los comienzos de Santa María no fueron nada fáciles. Es cierto que la villa disponía de algunas ventajas de las que carecieron otras fundaciones americanas de la primera época. En esta ocasión los españoles no eligieron un espacio vacío de la inmensa geografía para levantar sus casas. Aprovecharon las instalaciones de un poblado indio: el del cacique Cemaco. Transformaron sus bohíos en casas españolas, utilizaron sus tierras de labor y la mano de obra indígena para alimentarse, y reciclaron en beneficio propio cualquier objeto especialmente útil para edificar la población. También capturaron todo el oro del que fueron capaces: tanto el procedente del generoso donativo entregado en el momento de la invasión por el consternado cacique como el que sus indios les conseguían en el lecho de los ríos. Un excelente punto de partida. Nace así un remedo de ciudad, mitad indígena, mitad española, con viviendas de madera y cubiertas de palma y bajareque, materiales efímeros de uso indígena, mientras llegan de España las primeras tejas para las cubiertas, los primeros ladrillos para las paredes, la clavazón para las puertas y otros materiales necesarios para edificar las primeras casas a la usanza española. Y aquí surgen ya los primeros contactos fronterizos y nace la primera generación mestiza puesto que españoles e indios conviven en un mismo espacio de permutas culturales e influencias inter - étnicas. Los cómputos demográficos de cualquier período protoestadístico desafían atrevidamente el curso del tiempo, conjugando hombre y espacio con enorme esfuerzo y tolerancia. No es preciso insistir aquí sobre la dificultad que halla cualquier investigador de esta temprana época destinado a admitir amplios márgenes de errores con la desesperante certeza de que la verdad nunca será desvelada. Series incompletas, datos aislados y fragmentarios, que con frecuencia se contradicen, constituyen el único material disponible como punto de partida. ¿Cómo saber con certeza cuál era la población de Santa María en tiempos de Balboa? Las fuentes documentales de las que disponemos no son, en modo alguno, concluyentes. Oviedo calcula con generosidad la población inicial de Santa María en algo más de 600 españoles, que sumarían las huestes de Ojeda y Nicuesa y el pequeño grupo llegado algo después desde Santo Domingo con Rodrigo de Colmenares. Dice así: “por manera que de la gente del gobernador Alonso de Hojeda que primero ganaron el Darién y de otra que fue después en una nao, de que era capitán Rodrigo de Colmenares, con quien había ido el bachiller Diego del Corral e otros, e de la gente del gobernador Diego de Nicuesa, ya el pueblo del Darién estaba bien poblado e había en él más de seiscientos hombres”.77 Pero el mismo Balboa –mejor informado que el cronista– comunicaba en una carta dirigida al monarca, en enero de 1513, que tan sólo 300 hombres resistían en el enclave español, y por considerarlos insuficientes para sus proyectos de expansión solicitaba el envío de un refuerzo de otros 400 baquianos procedentes de La Española.78 La llegada al Darién de la numerosa expedición de Pedrarias –de unos 1.500 hombres–79 en el verano de 1514, resulta todo un acontecimiento y provoca una riada de noticias no siempre coincidentes. Los informes de aquellos cruciales momentos –a favor o en contra, ya sea de Balboa o de Pedrarias– resultan tan contradictorios como interesados, y por ello deben considerarse con discreción. «Decid a Su Alteza –encargaba en febrero de 1515 el obispo Quevedo a su maestrescuela– cómo hallamos este pueblo bien aderezado, más de doscientos bohíos hechos, la gente alegre y contenta, cada fiesta jugaban cañas y todos estaban puestos en regocijo, tenían muy bien sembrada toda la tierra de maíz y de yuca, puercos hartos para comer».80 Pero las debilidades del obispo fray Juan de Quevedo y en particular la afinidad que sentía por Balboa nos resultan bien conocidas. Oviedo se encargó de transmitírnosla, denunciándolo expresamente en su crónica porque “favorecía a Vasco Núñez y representaba muy a menudo sus servicios”. De manera que no resulta muy descabellado pensar que probablemente exageraba en su carta con el objeto de magnificar ante las autoridades españolas la labor de Balboa. Oviedo, testigo presencial de los hechos, proporciona, como siempre, una imagen idílica de Santa María y nos la muestra junto a “un hermoso río que pasa pegado a las casas de la ciudad, de muy buenas aguas e de muchos buenos pescados”, pero reduce el número de viviendas a la mitad de lo que manifestaba el obispo. Constituía aquel lugar –en palabras del cronista– «una muy gentil población» 42 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Estatua de Vasco Núñez de Balboa en el Museo de América de Madrid. A la izquierda, el escudo de Veragua.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE VASCO NÚÑEZ DE BALBOA O LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE ■VASCO NÚÑEZ DE BALBOA O LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE ■ a LLÁ DONDE “ MUY FRESCA Y ABUN - dante tierra de comida y de ella no ponía yerba (curare) en sus flechas”, los conquistadores establecen en 1510 Santa María de la Antigua del Darién, la primera ciudad europea en el continente americano. L A GRAN HAZAÑA DE LA M AR DEL S UR En su recorrido por los cacicazgos del Istmo los hombres de Balboa arribaron en son de paz a las tierras de Comogre, en donde fueron recibidos con grandes muestras de hospitalidad y un generoso presente de 4.000 pesos de oro, así como un buen número de indios esclavos y, lo mejor de todo, la extraordinaria noticia de que más allá de la cadena montañosa, hacia el sur, a sólo tres días de marcha desde las montañas, había una tierra rica en oro y se extendía otro mar. La dirección indicada proporcionó a los españoles una pista valiosísima para alcanzar el Pacífico. El intrépido caudillo extremeño decide ir en su busca. Penetró en el corazón de la selva y atravesó el istmo de Panamá, escalando empinadas sierras, atravesando ríos y ciénagas y luchando a muerte contra los indios. Finalmente Balboa eligió a sesenta y siete hombres –«los sesenta y siete de la fama»– para acompañarle en su recorrido hacia la cumbre de la sierra que se divisaba a lo lejos. El ascenso fue largo y penoso. Por fin los guías indios que precedían a la columna de españoles se detuvieron por un momento y comenzaron a agitar sus brazos con nerviosismo, indicando que desde allí se divisaba el otro mar. Eran las diez de la mañana de un martes, 27 de septiembre de 1513, y Balboa sintió que el corazón se le salía del pecho. Ordenó a sus hombres que detuvieran la marcha mientras que él solo comenzó su ascensión al punto más alto, contemplando extasiado la inmensidad de la Mar del Sur. Nunca sabremos si la información proporcionada por los indios a Balboa era un gesto desinteresado o si, por el contrario, no pretendían otra cosa que distraer a los molestos invasores y alejarlos de sus tierras. Pero lo cierto es que la noticia resultó providencial pues dio lugar a uno de los más importantes descubrimientos geográficos de aquella era. Europa entró en contacto por primera 45 la desamparaban comencé yo a labrar e dejé yo de la traza e dineros a mi mujer para que me hiciese la casa”. “Yo hice una casa en la ciudad de Santa María del Antigua del Darién… que me costó quince mil pesos de buen oro en la cual se pudiera aposentar un príncipe, con buenos aposentos, altos e bajos e con un hermoso huerto de naranjos e otros árboles, sobre la ribera de un gentil río que pasa por aquella ciudad”. Aquel sencillo poblado en medio de la selva del Darién, el escenario de las gestas de Balboa, fue reconocido por la Corona otorgándole cinco años después de su fundación el rango más elevado que podía alcanzar una población en los Reinos de Castilla: el de ciudad y, como tal, sus armas distintivas. Un real documento expedido en Burgos el 20 de julio de 1515 disponía lo siguiente: “Os señalo y doy que tenga por armas la dicha ciudad un escudo colorado y dentro de él un castillo dorado y sobre él la figura del sol. Y debajo del castillo, un tigre a la mano derecha y un lagarto a la izquierda: que estén alzados el uno contra el otro, alrededor. Y por divisa, la imagen de Nuestra Señora de la Antigua: cuales dichas armas o divisas doy a la dicha ciudad para que las podáis traer y traigáis y poner y pongáis en los pendones y sellos de la dicha ciudad y en otras partes donde quisiéreis y fueren menester, según y como de la forma y manera que las traen y ponen las otras ciudades de estos Reinos de Castilla a quienes tenemos dado armas”.85 El título de nobleza ciudadana enaltecía a una colectividad –ya fuera villa o ciudad– que lo ostentaba orgullosamente, al igual que lo hacía con el linaje de una familia en particular. Un conjunto de epítetos que acompañaban con frecuencia a la concesión (noble, ilustre, antigua, heroica), a menudo expresados en modo superlativo (muy noble y muy leal), servían para resaltar las virtudes de la ciudad. Seguramente la corta existencia de Santa María le impidió obtener este privilegio que en cambio sí fue concedido a la ciudad de Panamá –como a tantas otras ciudades americanas– por cédula expedida en Lisboa el 3 de diciembre de 1581.86 Por lo general, la Corona no solía definir el contenido de los blasones, pues éste respondía más bien a la iniciativa de los cabildos, deseosos de ofrecer una imagen atractiva y al mismo tiempo representativa de su ciudad y su entorno. Hay aspectos comunes que se inspiran en los modelos peninsulares: el gusto por los animales heráldicos, tales como águilas y leones; el recurso a Vírgenes o santos patrones; el uso frecuente del oro y la plata, etc. Pero hay otros, no menos importantes, que caracterizan a la heráldica del Nuevo Mundo: nos referimos a la inclusión en sus emblemas ciudadanos de elementos topográficos (volcanes, ríos, islas) o de la flora y la fauna americanas (cactus, palmeras, serpientes, jaguares, etc.), que aportan una originalidad bien sugerente. En el escudo de la ciudad de Santa María de la Antigua, que tiene por divisa –como no podía ser de otro modo– la imagen de la Virgen hispalense homónima, sus vecinos quisieron destacar en primer lugar el oro, leit motiv que los animaba a persistir en su empresa: representado en el dorado castillo y en el sol que lo alumbraba. También una representación de la fauna del Darién, especialmente de aquellos animales que llamaron más poderosamente su atención, tal es el caso del “lagarto” (cocodrilo) o del “tigre” (jaguar), cuyos ataques al poblado mantenían en continua alerta a los vecinos de Santa María. Tal vez los españoles asentados en el Darién pretendían invocar en su escudo ciudadano los elementos naturales más temibles de su entorno, como un modo peculiar de conjurar el peligro, al igual que en tiempos pasados se conjuraban a los demonios y malos espíritus invocándolos. Las solemnes declaraciones a las que tan dados eran los españoles de aquella época pueden conducirnos a error. Los cronistas de la conquista de Tierra Firme la denominan, con un notable propósito de ensalzarla, “ciudad” de Santa María de la Antigua del Darién, incluso antes de que ésta obtuviera oficialmente ese rango. ¿Pero este sencillo poblado, de traza y edificación amerindia con modestos aportes castellanos, realmente se ajustaba al modelo europeo de ciudad que hoy día comúnmente aceptamos? Es seguro que no. No lo fue en tiempos de Balboa y es posible que no llegara a serlo tampoco cuando Pedrarias la abandona, trasladando en 1519 la capital a la nueva ciudad de Panamá, por él fundada al borde del Pacífico. Aunque, sin duda, tenía razón Oviedo cuando declaraba con orgullo: “esta población es el principio y fundamento de todo lo que en Tierra Firme, así en la costa del Norte como en la del Sur, está descubierto y poblado de cristianos”, pues, sin dudarlo “el Darién era la mejor cosa de la Tierra Firme”.87 44 Nombre de Dios Caranaca Chenufame Pequeni Atatacherubi Portobelo Chagre P. Chagros Secativa Tubanama Pocorosa Comogre Bucheribuca R. Cañazas R. Bayano Paruraca Tamame Pasagre Mahe Chanina Chepo R. Chenda Pacra Careca Theyaca Chima Porque Tamao Chepavare Pacora PANAMÁ Taboga Totonaga Perequete Tabore Quebore Chame Otoque Terarequi I. del Rey Islas de las Perlas Golfo de San Miguel I. Crucaga Chitarraga Chagre Toto Chucara Jumeto Topogre Penaca Chochama Churruca Canachine Biru Puerto de Pinas Tahahe Guatura Ceracana (Abraibe) Cuquiri Corobar Bea Micana (Abraimo) Timame Cuquera Ponca Careta R. Chucuriaque R. Darién Cabo Tiburón Golfo de Darién Acla Golfo de Urbá Darién Dabaibe Abibaibe Abanumaque R. Sabanas R. Toculi R. Tuira R. Pucuro R. Paya R. León R. Sinú R. Sucio R. Salaqui R. Truando 9º 79º 78º 77º 77º 78º 79º 80º 8º 9º 8º 7º 80º 7º ■ Escudo de la ciudad de Santa María de la Antigua del Darién según Carmen Mena. (dibujo V. García). A la derecha, el territorio cueva 1500-1510 según el libro El Oro del Darién, también de Carmen Mena. (fuente K. Romoli, dibujo Roberto Iglesias).
cuando ha transcurrido casi medio milenio de su muerte. En la historia de los descubrimientos geográficos, su celebridad resulta más que justificada porque gracias a su proeza puso las simientes de la futura globalización del Imperio hispano. No creemos conveniente insistir en esta cuestión, suficientemente tratada en la magistral aportación de Omar Jaén en el trabajo que cierra esta obra. Ahora nos interesa más bien reflexionar sobre el siguiente asunto: ¿qué elementos sustentan el proceso constructivo de Balboa como figura heroica? ¿Cómo se genera el mito del héroe? Parece probado que el principal artífice es el propio héroe. El conquistador configuró a través de sus escritos una imagen idealizada de sí mismo, que animó y dio contenido a las crónicas de aquella época y luego a la historiografía decimonónica (Manuel José Quintana y Washington Irving son dos grandes representantes), tan adicta al héroe y sus hazañas, con muy buenos frutos en la narrativa actual. Él es, por consiguiente, el punto de partida. Como observa K. Romoli, “Balboa no era un escritor pulido, pero sí notablemente prolijo”. Los larguísimos despachos que dirigió al rey mientras reinó en el Darién están plagados de minuciosos detalles y de imaginarios relatos en un razonable afán de ensalzar los méritos propios y aminorar los de los rivales. Es en esta faceta 47 vez con “el otro mar”, con el océano Pacífico, fabuloso precedente de otra gran descubierta: la del Perú. Esta gesta suficientemente conocida y difundida en todos los libros de historia consagrará a Balboa como un héroe de leyenda universal, transmutado ahora de conquistador y valeroso capitán de su hueste en uno de los grandes descubridores de América. Pero con ser admirable su hazaña, ¿fue razón suficiente para su consagración como personaje heroico? o ¿hubo que esperar a su trágica muerte para que el extremeño engrosara por derecho propio las filas de los personajes “extraordinarios” del descubrimiento y conquista de América? E L MITO DEL HÉROE EN EL MITO DE B ALBOA Recordemos que la creación del mito del héroe es un producto de la necesidad innata que todo ser humano, como individuo y como colectividad, tiene de crear figuras que sirvan de modelo. Al respecto, Bauzá sostiene que el mito ha sido “urdido” con el propósito de desempeñar una función específica, ya sea para glorificar a un grupo o a un individuo, para consolidar una estirpe o dinastía o para justificar un determinado estado de cosas, como una dominación territorial, por ejemplo. Los estudiosos del mito del héroe en el mundo antiguo señalan entre las características del personaje su condición de jefe de raza o familia, o de fundador de una ciudad. Señalan también que una de las cualidades más admiradas por los griegos era su actitud al enfrentarse con la muerte y en consecuencia, la búsqueda de la inmortalidad. Los héroes tienen en común su facilidad para la transgresión, para traspasar el umbral de lo prohibido e ir más allá de los límites impuestos por la sociedad. “Participan, además, de la circunstancia promisoria de estar regidos por la ilusión, generalmente de naturaleza utópica; de querer ordenar un mundo desarmónico y de lanzarse para ello a una aventura que en el fondo constituye un viaje hacia lo ignoto”.88 No obstante, el arquetipo heroico como conformación simbólica del intelecto humano no constituye materia exclusiva de épocas y sociedades primitivas. A lo largo de los tiempos los mitos han sido adaptados a las necesidades de las colectividades que los crean o los reciben, casi siempre bajo el tamiz de un componente ideológico que sirve para legitimar acciones o prácticas específicas. También en los tiempos actuales se generan héroes, especialmente por los sectores más jóvenes de la sociedad, aunque en este caso sus cualidades más admiradas relacionadas con el deporte o la música tengan poco o nada que ver con las hazañas de la Antigüedad. “Las circunstancias que determinan el por qué de esos gustos –explica Bauzá– son variadas y en ellas los mass-media desempeñan un rol importante. Merced a los medios masivos de comunicación –que difunden por doquier las artes y las destrezas de los ídolos de la modernidad–, éstos alcanzan una proyección universal”. 89 Vasco Núñez de Balboa es el personaje más famoso de la historia del descubrimiento y conquista del istmo panameño. Representa como ningún otro el mito del “hombre excepcional”,90 puesto que sigue disfrutando de un extraordinario reconocimiento aún en la actualidad 46 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Fotografía aérea del golfo de San Miguel con sus costas tapizadas de manglares y su compleja topografía. En un lugar de este golfo tomó posesión de la Mar del Sur para la corona de Castilla Vasco Núñez de Balboa.
ante sus contemporáneos como el arquetipo o modelo del perfecto conquistador, como un personaje épico que se gana el respeto de sus contemporáneos por sus hazañas militares o políticas o por una extraordinaria combinación de destrezas. La figura del héroe adquiere en Balboa tintes populares muy marcados.97 Se ha señalado que la veneración hacia el héroe aumenta en tanto más humilde hayan sido sus orígenes. Y aunque, al parecer, el hidalgo Vasco Núñez de Balboa, que bien pudiera haberse llamado Blasco Núñez de Balbuena,98 era pobre de recursos aunque no de condición, su llegada a las tierras del golfo de Urabá no resulta precisamente ajustada a los cánones de un relato heroico.99 El extremeño Balboa viaja a la Tierra Firme en 1510 y lo hace como polizón, escondido en la panza del barco que conduce el bachiller Fernández de Enciso, en seguimiento de la flota de Alonso de Ojeda, unos meses más tarde. El fugitivo se arremolina en posición fetal en la lona de un barco o en un tonel de harina, qué más da. Lo hace a escondidas, como un fugitivo, pues viene huyendo de la cárcel y de sus acreedores, que lo persiguen como aves carroñeras en Santo Domingo –en donde reside– para cobrarle las deudas atrasadas. La teatral escena, más propia de una novela de aventuras que de un relato histórico, se resuelve con éxito gracias a la ayuda de Bartolomé Hurtado, un amigo fiel de Vasco Núñez, que lo ayuda a subir al barco, burlando la vigilancia de los hombres de Enciso. Balboa irrumpe en el escenario del Darién pobre como una rata, con la única compañía de su espada y de su perro Leoncico. El ascenso y declive de su singular figura se produce en apenas nueve años. En un tiempo récord, el fugitivo, el delincuente, se trastoca en adorado caudillo tropical. ¿Hay algún caso similar en la historia de la conquista hispana? De este viaje –casi iniciático– de Balboa a la Tierra Firme se conserva una anécdota que ha pasado prácticamente desapercibida, pero que consideramos muy sugerente pues podría haber cambiado el curso de la historia de la expansión europea en América. En la aventura del golfo de Urabá estaba previsto que participara uno de los grandes personajes de la conquista: nada menos que Hernán Cortés, avecindado desde hacía cinco años en La Española, con 49 –insiste Romoli– en la que Balboa se muestra menos atractivo a los ojos actuales, pues las declaraciones de sus méritos y hazañas suelen contraponerse con los defectos de sus competidores –en especial Ojeda, Nicuesa y Pedrarias– a los que intenta afear en cuanto hay ocasión.91 Pero el principal problema no radica tanto en la intencionalidad de sus escritos como en la escasez de los mismos. Y es que a diferencia de otros grandes personajes de la conquista, de los que se conserva una prolífica literatura personal, en el caso de Balboa es muy poco lo que ha sobrevivido. “Su legado historiográfico –escribe M. Torodash– deja mucho que desear, sobre todo en lo referente a las fuentes primarias”.92 Ya lo observaba hace muchos años su biógrafa K. Romoli cuando llamaba la atención acerca de la misteriosa desaparición de los archivos de la correspondencia generada por Balboa, tanto durante su estancia en Santo Domingo como en el Darién. “Balboa –asegura– escribió de su puño y letra cinco cartas al rey en el mes de enero de 1513, de las cuales sólo una ha sobrevivido”. Hay constancia de otros testimonios personales. El 16 de octubre de 1515 el extremeño redactó otra extensa misiva al monarca –que Romoli no pudo localizar– en la que aludía a escritos anteriores: uno fechado el 15 de abril y otros dos en los meses anteriores.93 Tampoco se conserva su primer juicio de residencia y sólo algunos fragmentos del segundo. ¿Qué mano oculta se encargó de hacerlos desaparecer? ¿Con qué motivo? Hoy por hoy no tenemos respuesta a este apasionante enigma y seguramente nunca podremos averiguarlo. Ciertamente esta carencia de relatos de primera mano del descubridor nos aboca a una visión mediatizada del personaje y sigue constituyendo una importante rémora para la historiografía balboísta de esta temprana época, pues la hace depender en exceso de las crónicas de la época o de testimonios indirectos de amigos y enemigos. Más que lo que hizo o dijo el propio Balboa, lo que se valora, crítica o ensalza es lo que otros dijeron sobre el personaje, cómo lo vieron y juzgaron sus hechos. Respecto a la construcción del héroe como proceso individual, podemos estar de acuerdo en que estuvo motivado en buena medida por la Corona española pues con sus continuos requerimientos para ser informada de todo cuanto acontecía en sus distantes posesiones, fomentaba entre sus vasallos conquistadores la confección de versiones idealizadas de los hechos. El discurso narrativo contenido en las cartas y probanzas de los conquistadores deviene con demasiada frecuencia en un relato ficcional, pues nos transmite no tanto lo que sucedió sino lo que la Corona esperaba que sucediera. Y casi siempre alentaba las esperanzas del monarca mediante fórmulas vasalláticas con el relato de grandes descubrimientos en tierras, riquezas de oro y avances en la evangelización: “Si vuestra muy R.A. es servido de me dar e enviar gente, yo me atrevo a tanto mediante la bondad de Nuestra Señor, de descubrir cosas tan altas y adonde puede haber tanto oro y tanta riqueza con que se puede conquistar mucha parte del mundo, y si de esto vuestra muy R.M. es servido, para en las cosas que acá son menester de hacer, déjeme vuestra muy R.A. el cargo que yo tengo tanta confianza en la misericordia de Nuestro Señor, que le sabré dar tan buena maña e industria con que lo traiga todo a buen estado que vuestra muy R.A. sea muy servido”.94 Además, los conquistadores se movían por un impulso ineludible: el de la justificación de sus acciones personales en el contexto más amplio de la ideología del Imperio, que concebía el proceso expansivo en las tierras ultramarinas con un doble objetivo: difundir en aquellos remotos lugares la civilización y la fe de Cristo.95 El recurso providencialista constituye una práctica muy común en el imaginario del conquistador. Después de casi ocho siglos de lucha contra el Islam era natural que los españoles interpretaran su victoria final, materializada en la toma del reino de Granada, como un signo de la voluntad de Dios y de que se sintieran como el pueblo elegido para extender su causa por los confines de la tierra en futuros proyectos expansivos. Con el hallazgo de un nuevo continente y la apertura de una nueva frontera por conquistar y evangelizar estos propósitos cobran un vigor renovado. Los conquistadores participan del mismo propósito religioso de la monarquía que alienta la empresa americana y la justifica. Se sienten los elegidos por Dios para realizar tan grandes empresas y expresan con orgullo este glorioso reconocimiento. Y así Balboa se considera agente destacado de la providencia divina cuando escribe: “Quiero dar cuenta a vuestra muy R.A. de las cosas y grandes secretos de maravillosas riquezas que en esta tierra hay, de que Nuestro Señor a vuestra muy R.A. ha hecho señor, y a mí me ha querido hacer sabedor y me las ha dejado descubrir primero que a otro ninguno, y más por lo cual yo le doy muchas gracias y loores todos los días del mundo y me tengo por el más bienaventurado hombre que nació en el mundo”.96 Y desde luego, como ya adelantábamos en este trabajo, los primeros exploradores se sintieron merecedores del “derecho premial”, es decir, de ser favorecidos por sus grandes hazañas con las mismas recompensas que los nobles que habían apoyado los propósitos expansivos de la monarquía durante la Reconquista española. El discurso propagandístico del conquistador apenas encuentra contención en las probanzas denominadas “de méritos y servicios”, que no son más que relaciones exageradas de sus hazañas para recabar la conmiseración y a la postre el galardón regio. En cualquier caso, parece demostrado que los conquistadores tuvieron una conciencia auténtica del carácter extraordinario de sus hechos y hazañas y no rehuían compararse con los héroes de la Antigüedad, a los cuales deseaban emular. Ellos mismos se presentaban 48 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Casa de la familia de Vasco Núñez de Balboa, en la parte alta de la ciudad extremeña de Jerez de los Caballeros, hoy convertida en un centro de interpretación.
ingeniosamente a su favor. “Así –dice López de Gómara– se dividieron aquellos pocos españoles de la Antigua del Darién en dos parcialidades: Balboa bandeaba la una y Enciso la otra”.103 La inoportuna actitud del alcalde mayor Enciso imponiendo al grupo, según la versión de Las Casas, “que ninguno fuese osado, so pena de muerte, rescatar con los indios oro alguno” ni repartir el botín obtenido pues, según defendía, había que aguardar al regreso del gobernador Ojeda, fue la chispa que hizo estallar el polvorín.104 Sin lugar a dudas, Enciso proporcionó él solo la excusa que los adeptos de Balboa estaban esperando para rebelarse. Siguiendo instrucciones del líder, un pequeño destacamento marchó a la casa del alcalde mayor y lo capturó, encerrándolo luego en una choza del poblado convertida en improvisada cárcel con el propósito de remitirlo preso a España. Libres de jefatura, sin nadie a quien prestar obediencia, los del Darién, incitados por Balboa, decidieron buscar algún modo de autogobierno y se acogieron a una fórmula castellana bien antigua: la del cabildo abierto. Se constituye así en Santa María de la Antigua del Darién el primer ayuntamiento de españoles en la Tierra Firme, precedido de un golpe de mano magistral, con la expulsión de Enciso de la colonia, sólo comparable al alzamiento legalista que su colega extremeño Cortés protagonizará en Veracuz en 1519, convirtiendo en formal lo que sólo era un acto de rebeldía contra la autoridad legítima constituida, representada por Diego Velázquez, el gobernador de Cuba.105 Surge, por tanto, con anterioridad al alzamiento cortesiano el repentino caudillaje de Balboa –con el que guarda un gran paralelismo–, quien no sólo hizo desconocer a los gobernadores legítimos Ojeda y Nicuesa, sino a quien había de sustituir al primero, su lugarteniente Fernández de Enciso. Al respecto, Hugh Thomas anota en una de sus más famosas obras: “Núñez de Balboa pudo ser el primer europeo en ver el Pacífico en 1513. Pero fue también el primer rebelde del Nuevo Mundo”.106 A este espectacular golpe de mano que subraya con trazos firmes la figura de Balboa –recordemos que una de las características del héroe es la de la transgresión– se le han buscado precedentes indianos. Demetrio Ramos considera que el acto de rebeldía encabezado por Balboa repite en cierto modo la situación vivida en La Española en tiempos de Colón contra la que se alzó Francisco Roldán –por cierto, alcalde mayor de la isla al igual que lo fue Enciso– encabezando a la gente descontenta con el hermano del Almirante por el injusto reparto de los beneficios. Sean cuales fueren sus precedentes, el suceso marca un antes y un después en la propia estructura de la actividad 51 escasa fortuna como Balboa, con quien debió compartir largas charlas sobre su Extremadura natal y sobre las dificultades de buscarse un hueco en aquella crispada colonia, repleta de hombres ambiciosos. Pero está enfermo. Tiene un tumor en el muslo derecho –seguramente bubas sifilíticas– que se le recrudece en estos días. Los hombres que se aprestan para viajar a Urabá lo aguardan durante tres meses y al final deciden marcharse sin él.100 El destino se muestra casi siempre caprichoso con los seres humanos y los maneja como títeres a su voluntad. Preguntas sin respuestas surgen de inmediato: ¿Cómo se habría desenvuelto el paisano de Balboa en aquellas tierras inhóspitas del Darién? Dos caudillos con una personalidad tan arrolladora como Cortés y Balboa habrían convivido en el mismo rudo escenario sin dificultad? ¿Se habría trastocado el curso de la historia, en general, y de la conquista de México, en particular, con la irrupción de otro caudillo de personalidad muy diferente a la de Cortés? ¿Sería Cortés merecedor de tan gran reconocimiento como lo es hoy día si hubiera acabado sus días en “el infierno del Darién”, en aquellas humildes tierras, tan escasamente prometedoras y tan diferentes a las del gran Imperio azteca? Y Balboa, ¿lo celebraríamos hoy día como el gran descubridor del Pacífico o tal vez Cortés le habría arrebatado el mérito? Insistimos en que son éstas preguntas sin respuesta pero suficientemente atractivas, especialmente porque nos llevan a reflexionar sobre los condicionantes de la conquista y de su interpretación como logros personalizados de grandes líderes. De Balboa como personaje histórico se ha apropiado la literatura y el arte con ese acostumbrado entusiasmo que despierta el héroe y sus hazañas. Pero la iconografía de Balboa es la historia de un retrato hablado, dado que la única imagen que de él se conserva procede de la narración de los cronistas y de los imaginarios retratos que ilustran las crónicas, como las famosas Décadas de Antonio de Herrera, sobre los cuales algunos pintores decimonónicos plasmaron en sus lienzos escorzos idealizados del personaje. Qué duda cabe, nos hubiera gustado saber cuál era el aspecto físico de Balboa. Pero a falta de otros soportes, tenemos que contentarnos con el relato del fraile Las Casas, quien lo conoció personalmente y es el único cronista que lo describe. Dice Las Casas que cuando Balboa zarpó a la Tierra Firme contaba “hasta treinta y cinco o poco más años, que era bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas, y gentil gesto de hombre muy entendido y para sufrir mucho trabajo”. López de Gómara, el cronista de Cortés, considera a Vasco Núñez un «rufián» y un «esgrimidor»,101 mientras que el cortesano milanés lo asciende a la categoría de egregius gladiador, con ese notable afán que caracteriza al cronista de comparar a los conquistadores con los héroes de la Antigüedad. Espadachín, ambicioso y aventurero, Balboa exhíbe ya, a sus treinta y cinco años, el suficiente carisma como para convertirse en caudillo de hombres más maduros y con mayor experiencia. Le aguarda muy poco para saltar a la fama. U N CAUDILLO ENTRE DOS MUNDOS Y ENTRE DOS MARES Si lo comparamos con otros personajes excepcionales de la conquista de América, como Cortés o Pizarro, en el caso de Balboa es su condición de caudillo modélico la faceta que más destaca. Balboa triunfa allá donde otros no habían podido hacerlo.102 En una situación de desesperanza extrema, conduce a un grupo de hombres maltrechos y desnutridos al otro lado del golfo de Urabá, a buen recaudo de los temibles indios flecheros, y los libra de una muerte segura. Para legitimar la conquista y estabilizar el avance, en 1510 participa junto al teniente de Ojeda, el bachiller Martín Fernández de Enciso, en la fundación de un pequeño poblado de españoles al que denominan primero La Guardia y luego trastocan por el más glorioso de Santa María de la Antigua del Darién. Muy pronto este modesto enclave se convierte en su reino particular: un reino de conspiraciones y banderías en el seno de una hueste acéfala por la ausencia del legítimo jefe Ojeda, que él sabe explotar LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Dintel de la casa de Hernán Cortés en el lugar en el que ésta estaba emplazada, en la población de Medellín. A la izquierda, busto de Bartolomé Colón en la ciudad de Santo Domingo.
es un organizador de imperios –afirma– Balboa corresponde, antes bien, a la imagen de esos condottieri populares y demagogos, que creen menos en las leyes y en las instituciones que en las virtudes de un contacto directo con aquellos a los que supuestamente dirigen”.112 Ambos representan, a nuestro entender, dos mentalidades que se nutren de las mismas contradicciones implícitas en una época de tránsito: el uno mira a la nobleza, a los grandes señores medievales como modelo a imitar y lo hace incluso en su vestimenta y en sus gestos: Cortés es el perfecto militar, el perfecto gobernante y un cortesano ejemplar.113 Pero llegada la hora de alcanzar sus fines, cuando se enfrenta al gobernador Velázquez, muestra el mismo espíritu transgresor que su paisano Vasco Núñez y la misma sagacidad para transformar la rebelión en servicio. Balboa en nada se asemeja al refinamiento cortesano de Cortés. Él es ante todo el arquetipo del hombre sencillo, del guerrero fronterizo de la Reconquista que une a sus cualidades militares la astucia y el valor necesarios para hacer frente a todas las adversidades en un medio hostil y para superar cualquier trance. Es un auténtico superviviente, capaz y seguro de sí mismo. Exhíbe además un impulso anárquico y contraventor, propio del carácter marginal del conquistador, que en apariencia distorsiona uno de los rasgos más característicos de la mentalidad de aquella época. Se ha dicho que el formalismo y el legalismo eran partes consustanciales del carácter del español del siglo XVI , tanto como lo era la religiosidad de sus hombres. También que el Nuevo Mundo ofreció un nuevo escenario y una magnífica oportunidad para el ejercicio de las 53 indiana. “A partir de este momento –observa D. Ramos– no sólo hace crisis el anterior sistema de “capitanías”, con su funcionamiento capitalista, sino también el método de soldada y premio –si se daba el caso– para convertirse la “gente” en “compaña” que llega a intervenir colectivamente en el desarrollo de la misma empresa y a participar ya, a pérdidas y a ganancias, mediante los repartos del “montón” con capacidad para reclamar contra el capitán ante la Corona, si había vulneración de lo dispuesto”.107 A esa revolución se une ya una nueva dinámica de la empresa indiana como empresa popular. Sobre este punto volveremos más adelante. Se ha observado que siempre que se producía un alzamiento en el escenario de la conquista aquél desembocaba en la elección de un caudillo que por lo general solía ser hidalgo. La misma actitud se repite en los casos de acefalía o ausencia de autoridad constituida de los que se tiene noticia.108 Como es sabido, nuestro hombre era un hidalgo pobre de Jerez de los Caballeros, de quien apenas se conoce nada de su etapa de juventud. Como la educación estaba reservada a la nobleza, nos hubiera gustado saber cuál era su formación cultural, si es que la tuvo. Desde luego su “gentil disposición” y, en consecuencia, la distinción y respetabilidad que emanaban de su persona era la que se esperaba de un hidalgo. Las Casas, cuando lo describe insiste en que Balboa era «de buen entendimiento y mañoso y animoso”. Ahora bien, la calidad social no es valor suficiente para cualquier líder si éste no exhíbe unas dotes carismáticas adecuadas: ese rasgo peculiar de saber comunicarse y convencer que sólo poseen unos pocos. También precisa de la capacidad suficiente para ejercer la jefatura. ¿Cómo, si no, este personaje anónimo pudo imponerse tan rápido y con tanta facilidad sobre todo un grupo y acaudillarlo? “Es forzoso reconocer –anota Ramos– que sólo una gran capacidad y unas dotes de mando nacidas de su categoría, pudo haberle servido para pasar a encabezar aquellos hombres desesperados”.109 Si Balboa triunfa es merced a sus cualidades personales, que él sabe explotar con gran ingenio, hasta ganarse el favor y la confianza de una hueste heterogénea y maltrecha. Una abigarrada compañía de amigos leales y enemigos ocultos convertidos ahora en fieles seguidores de un líder carismático. Sin duda, coincidimos en afirmar que Balboa encarna mejor que nadie “al caudillo que obtiene su prestigio y su legitimidad de su valor físico, de los nexos personales que establece con sus subordinados y de su capacidad para superar las dificultades de un medio natural adverso”.110 El Balboa que medita y planea sus acciones, que persigue tozudamente sus propósitos hasta alcanzarlos, es el mismo que logra con innegable astucia transformar las relaciones puramente corporativas, propias de una organización miliciana, en otras basadas en la devoción personal, en la lealtad ciega y en la comunidad de intereses y beneficios. Y en este sentido cabe considerar con palabras de José de la Riva Agüero si no fue acaso Balboa “uno de aquellos díscolos adalides que prolongaban en el Nuevo Continente la anarquía medieval, ya domada en Europa, y parecía preludiar el moderno y perdurable caudillaje hispanoamericano”.111 Gruzinski, quien define a Balboa como un “caudillo tropical”, contrapone su figura a la de otro gran personaje de la conquista: Hernán Cortés, marcando las diferencias que separan a los dos hidalgos extremeños como arquetipos heroicos. “Mientras que Cortés 52 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Iglesia de Santiago, situada en la parte más alta de la ciudad extremeña de Medellín, en la que se encuentra la pila bautismal en la que fue cristianado Hernán Cortés.
LOS CRONISTAS DE INDIAS de recorrido iniciático se fortalece como figura heroica, adornada con toda clase de virtudes: el carisma, el valor, la tenacidad y otras. Finalmente logra alcanzar el éxito con la inestimable colaboración de los indios aliados. Pero este esfuerzo no es en modo alguno desinteresado sino que encierra una finalidad muy precisa. Por un lado, el discurso de Balboa exhíbe un interés propagandístico: el de difundir las propias hazañas, engrandeciéndolas al contraponerlas con los errores de los otros para hacerse merecedor del favor real y, por otro, el de contrarrestar las informaciones sesgadas o maliciosas que pudieran hacer llegar a la corte sus enemigos. Otra cuestión, que excede al alcance de este trabajo, consistiría en averiguar hasta qué punto fue exitosa su empresa de comunicación. Entre todos los valores que adornan la figura de Balboa, el más destacado es sin dudarlo el de caudillo ejemplar que, sin embargo, conoce bien sus limitaciones cuando se enfrenta a un medio adverso: “porque –según el mismo confiesa– llega el hombre hasta donde puede, no hasta donde quiere”. También sus esfuerzos para liderar al grupo actuando siempre en primera línea: “porque no me quedo yo en la cama entretanto que la gente va a entrar y correr la tierra”,118 escribe al monarca con ese tono tan cercano y directo con el que suele construir su discurso epistolar. El “yo” antes que el “nosotros”, el logro personal por delante del logro colectivo. Pero en ese discurso halagador, con el que él mismo se construye como líder en sus escritos, aflora sin quererlo una nota de desconfianza, un atisbo de debilidad. El extremeño no confía más que en él mismo y en sus propias fuerzas, seguramente porque se siente dotado como ningún otro de virtudes excepcionales o bien porque teme que surja en sus propias filas una competencia desleal. “Porque ciertas veces que yo no he ido a entrar con la gente… he visto que las personas que yo enviaba en mi lugar no lo han hecho como era razón”. El caudillo ejemplar nunca formalidades jurídicas. Lewis Hanke observa que los españoles “estaban tan habituados a certificar cada acción que llevaban a cabo que los notarios eran tan característicos de sus expediciones y tan necesarios para ellas como los frailes y la pólvora”.114 Sin embargo, Balboa, ante todo un hombre de acción, reniega de esas formalidades y de sus actores a los que denuncia por considerarlos elementos contaminantes para la buena marcha de la colonia. Y así, en su famosa carta de 20 de enero se dirige al soberano en estos términos: “Muy poderoso señor, una merced quiero suplicar a V.A. porque cumple mucho a su servicio y es que V.A. mande que ningún bachiller en leyes ni otro ninguno, si no fuere de medicina, pase a estas partes de la tierra firme… porque ningún bachiller acá pasa que no sea diablo y tiene vida de diablos e no solamente ellos son malos, más aún hacen y tienen forma por donde haya mil pleitos y maldades”.115 Cuando esto escribía seguramente Balboa tenía en su mente al bachiller Fernández de Enciso, por el que no guardaba ninguna simpatía. El caudillo usurpador no quiere controles ajenos que pongan freno a su actuación, pero al mismo tiempo persigue el disfrute de los beneficios de la legalidad buscando la sanción regia. Meses atrás, Balboa ya había protagonizado otra conjura similar a la de Enciso para impedir que el gobernador de Veragua, Diego de Nicuesa, y su maltrecha expedición se instalara en la colonia de Santa María. Pero como dudaba del éxito de sus maquinaciones, dice Las Casas que “llamó al escribano secretamente la misma noche, hizo una protestación y pidióle testimonio cómo él no era en lo que contra Nicuesa se hacía, antes estaba presto y aparejado para obedecerle y hacer lo que le mandase como gobernador del rey”.116 Una vez más, Balboa revestía la conjura con toda clase de formalismos legales para disimular la transgresión. Y mientras intrigaba, se guardaba las espaldas, y especialmente la cabeza, con manifestaciones de obediencia y vasallaje a la Corona. La facilidad con la que los conquistadores se comunicaban con el monarca sigue resultando hoy día algo sorprendente. También ese notable afán de criticar al enemigo o al rival, casi siempre por motivos interesados. Pero éste no era en modo alguno un rasgo peculiar de los establecimientos coloniales. Existía una antigua tradición en la península que amparaba la libertad de palabra de los súbditos y el rey Fernando el Católico se encargó en 1509 de trasladarla a sus nuevos dominios americanos, asegurándose así una información privilegiada que contraponía convenientemente con la de sus aleccionados burócratas.117 Las cartas que dirige Balboa al monarca muestran ese afán por informar a la Corona, por transmitir la verdad –“su verdad”– de los hechos acaecidos en aquel convulso territorio del Darién, adobada con las consabidas fórmulas estereotipadas de vasallaje, tan frecuentes en las epístolas de los conquistadores. “Muy poderoso señor. Para que mejor sea V.A. informado de todo lo que acá pasa…”. “Muy poderoso señor: para que V.M. no esté engañado, yo, como muy leal y muy verdadero servidor y persona que es obligado a su muy real servicio todos los días que viviere y los que de mí sucedieren… le quiero desengañar y hacer saber…”. Y en este recorrido, Balboa se construye como un personaje épico, alguien que transciende a sus orígenes de hidalgo provinciano para convertirse en un héroe popular por haber logrado lo que otros no fueron capaces de realizar: el descubrimiento del Mar del Sur y con ello el nuevo perfil de otro continente. Los estudiosos de Cortés indagaron en el proceso constructivo del héroe de la conquista de México y hallaron un curioso paralelismo con el mito de Ulises y su regreso a Ítaca que bien pudiera hacerse extensivo a nuestro “caudillo tropical”. Al igual que el personaje de Homero, Balboa emprende sus hazañas a tierras desconocidas y queda impresionado por la belleza y las riquezas de las nuevas tierras que va visitando. En su viaje por las tierras del Darién tiene que sortear numerosos obstáculos que ponen en peligro su vida, y en esta especie 54 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Vista general desde la Fortaleza de la ciudad de Jerez de los Caballeros, en la que se distingue parte de su recinto amurallado.
de enemigo en aliado. Balboa mueve a su antojo las fichas del complicado tablero indígena, instalado en la rutina de alianzas y guerras periódicas entre cacicazgos vecinos, y gana finalmente la partida, sometiéndolos y ganándose su respeto como un gran jefe o “Tiba”. Con el firme propósito de imponerse sobre los pueblos invadidos, el extremeño transforma el sistema del rescate –prácticas ancestrales indígenas utilizadas en el comercio interregional– en beneficio propio y del grupo que lidera. Y sirviéndose del mismo, intercambia con los indios toscas manufacturas de hierro y modestos abalorios a cambio de oro, perlas y alimentos en abundancia. No impone un tributo fijo, ni tampoco el repartimiento como Colón hizo en La Española. Pero su admirable estrategia le permite establecer firmes alianzas con los cacicazgos sometidos, quienes a su vez ofrecieron a los españoles una inestimable ayuda proporcionándoles cuanta información requerían para adentrarse en las nuevas tierras hasta alcanzar el otro mar. Pues, tal y como Kathleen Romoli se cuestionaba hace ya algunos años “¿qué otro conquistador hubiese llevado a cabo en la peor estación del año, con una fuerza que nunca excedió a los ochenta y cinco hombres, unas afortunadas operaciones de cuatro meses y medio de duración en un país potencialmente hostil, consiguiendo la sumisión sin reserva de tribus que hasta varios siglos después no admitirían a otro español en su confianza? Balboa realizó todo sin un revés, sin perder un solo hombre, sin dejar tras él un solo enemigo activo”.123 ■BALBOA Y PEDRARÍAS: DOS VIDAS ENFRENTADAS ■ t AL VEZ LA GLORIFICACIÓN HEROICA de Balboa nunca hubiera alcanzado una dimensión tan espectacular y unos tintes tan dramáticos si Pedrarias Dávila no hubiera irrumpido en 1514 en el escenario del Darién y en la vida de Balboa. 57 debe bajar la guardia, ni delegar el mando en otros: “y si la persona que tiene cargo de gobernar esta tierra se descuida con algunas personas y se queda en casa, ninguno lo puede hacer tan bien de los que en su lugar envían con la gente, que no haga muchos yerros”. 119 Balboa se esfuerza en señalar sus dotes como jefe de una hueste que él dirige personalmente, tanto en la estrategia de exploración y anexión territorial, como en las labores diarias de supervivencia, especialmente en el acopio de alimentos, que se reveló desde los primeros momentos como uno de los escollos más difíciles de superar en aquella ruda campaña. Y en su discurso, glorificador de su persona y de sus acciones, se mofa de los anteriores gobernadores: Ojeda y Nicuesa, inútiles recién llegados, porque éstos fascinados por los grandes señores medievales perdieron las perspectivas de las estrecheces del medio americano y de sus auténticas necesidades: “que ellos fueron causa de su perdición porque después que a éstas partes pasan, toman tanta presunción y fantasía en sus pensamientos que les parecen ser señores de la tierra”. Por el contrario, el caudillo se muestra a sí mismo como un hombre sencillo, práctico y ajeno a los remilgos cortesanos. Un jefe solidario con su gente y atento a las necesidades más inmediatas de la hueste, que participa personalmente en la siembra y en la cosecha, hombro a hombro con sus hombres y con los indios que trabajan en las labranzas. En definitiva, parece que el extremeño siente una necesidad urgente de defender su rango de caudillo modélico, y este impulso, casi obsesivo, se manifiesta especialmente cuando sospecha que va a ser reemplazado en la jefatura por otro nuevo caudillo (Pedrarias). La llegada de un nuevo jefe a la colonia supondría el fracaso de todas sus aspiraciones. Quebrantaría, sin dudarlo, su fulgurante carrera a favor de un ignorante advenedizo enviado desde la metrópoli para arrebatarle todo lo que él había conseguido con tanto esfuerzo. Este sentimiento se hizo más fuerte desde el momento en que Balboa, sintiéndose protegido por el virrey Diego Colón y por el tesorero Pasamonte –cuyas voluntades se granjeó a golpe de valiosísimos obsequios de oro– fue nombrado capitán y teniente suyo en aquella tierra, “e con esto –dice Oviedo– se le dobló el favor e la soberbia e se hizo llamar de ahí adelante gobernador”.120 El reparto equilibrado del botín de guerra entre los miembros de la hueste fue, como ya adelantamos, uno de los rasgos arquetípicos del caudillo de la conquista. El botín era un elemento compensatorio de inversiones y riesgos y un modo natural de supervivencia para cuantas entradas y cabalgadas se proyectaron a lo largo y ancho del territorio. Recordemos que los miembros de la hueste no iban a soldada sino a beneficios. Integraban una peculiar sociedad formada para el lucro personal, en la que se jugaban los caudales invertidos y la propia vida, de ahí que cualquier incidencia adversa a la consecución del beneficio material esperado pondría en peligro la existencia misma del grupo y el liderazgo del jefe.121 Y en esta faceta, más que en ninguna otra, Balboa se revela como un hombre equitativo, seguramente para distanciarse de los jefes anteriores y ganarse la voluntad del grupo. Tiempo atrás, Ojeda y Enciso fueron denunciados con insistencia por no dar a cada uno los beneficios que les correspondían, sembrando un profundo malestar entre sus hombres. Por el contrario, afirma Balboa, “yo, señor, he procurado de… todo lo que se ha habido hasta hoy de lo hacer muy bien repartir, así el oro como guanín y perlas… dando a cada uno según su persona, quedando todos satisfechos y contentos”. Podríamos dudar de la sinceridad del extremeño cuando se proclamaba a sí mismo como el más justo de los jefes, pero seguramente no le faltaban razones. Gonzalo Fernández de Oviedo, quien conoció personalmente a Balboa y convivió con él algunos meses, reconocía que, aunque era ambicioso como cualquier otro conquistador, destacaba por ese rasgo excepcional: “Y en verdad, Vasco Núñez tuvo valerosa persona y era para mucho más que otros. Ni tampoco le faltaban cautelas, ni codicia, pero junto con eso era bien partido en los despojos y entradas que hacía”.122 Varios centenares de hombres integran la compaña de Balboa. Con ellos organiza sus entradas en el territorio del Darién que siguen las mismas tácticas guerreras utilizadas en las viejas fronteras medievales y en las nuevas tierras americanas. Nadie podrá refutar que las campañas del extremeño estuvieran exentas de crueldad. Como hombre de una época, violenta e intolerante, resultaba imposible escapar a los hábitos guerreros, generalmente admitidos, al igual que lo eran la esclavitud y la tortura. Pero en sus expediciones por los cacicazgos del Istmo se revelan las dotes extraordinarias de un gran estratega, que invade por sorpresa y aterroriza al enemigo sin compasión para luego, mediante una hábil política de atracción y astucia sin igual, convertirlo 56 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Los estudiosos de Cortés indagaron en el proceso constructivo del héroe de la conquista de México (a la derecha), enconchado en el Museo de América de Madrid), y hallaron un curioso paralelismo con el mito de Ulises que bien pudiera hacerse extensivo a Vasco Núñez de Balboa.
mismo escenario por mucho tiempo. Y es que dos personalidades tan fuertes y antagónicas difícilmente podían conciliarse. Probablemente fue Ángel Altolaguirre el primero en advertir el simbolismo que encerraba el primer encuentro entre Balboa y Pedrarias cuando éste último desembarcó en el Darién, al mando de una numerosa expedición e investido del poder real que le conferían sus títulos de lugarteniente general –con atribuciones similares a las de un virrey– y los de gobernador y capitán general del territorio. Frente a él se encontraba Balboa, un humilde baquiano que había ascendido por méritos propios a la condición de caudillo, liderando una abigarrada hueste de incondicionales, curtida en la mayor adversidad. En definitiva, todo un símbolo del poder popular. “Tenía Vasco Núñez entonces consigo en el Darién –anota Las Casas– cuatrocientos y cincuenta hombres o pocos menos, y, cierto, valían harto más, por estar en tan grandes trabajos curtidos, que los mil y doscientos [sic] o mil quinientos que Pedrarias traía”.126 En otro lugar tuvimos ocasión de reflejar este famoso encuentro, más propio de una novela de aventuras o de una obra de teatro del Siglo de Oro. Aún hoy, transcurridos tantos años, seguimos reconociendo su enorme atractivo. Y es por ello que nos permitimos reproducirlo textualmente en estas páginas: Un hombre corría precipitadamente internándose en la selva del Darién hacia el poblado de Santa María, a tres millas de distancia de la costa. A grandes voces y jadeante, anunciaba la llegada del nuevo gobernador. Era el emisario enviado por Pedrarias a Balboa y su gente para adelantarles su llegada. Cuando por fin salvó la distancia que lo separaba de la playa y fue llevado a presencia de Vasco Núñez, quedó atónito al contemplar a un hombre de unos cuarenta años, alto, fuerte y rubio, vestido con una sencilla camisa de algodón, anchos calzones y unas humildes alpargatas que ayudaba a unos indios a cubrir unas chozas con pajas. ¿Era ese el gran hombre al que se atribuían tantas hazañas y riquezas en Castilla? En verdad que no esperaba encontrarlo vestido con semejante ropa, sino más bien “puesto en un trono de Majestad” como un rey o una personalidad distinguida. “Señor –dijo el criado– Pedrarias ha llegado a esta hora al puerto, que viene por gobernador de esta tierra”. A lo que Balboa respondió que se alegraba con la noticia y que él y todos los colonos saldrían a recibir al nuevo gobernador…” Contrastaba con la sencillez de Balboa y sus hombres la ostentación de la que quiso hacer gala Pedrarias, quien hizo su entrada en Santa María con toda la pompa y majestuosidad de la que pudo rodearse, dando la mano a su esposa, doña Isabel de Bobadilla. Detrás marchaban el obispo fray Juan de Quevedo, oficiales reales y capitanes lujosamente ataviados con sus corazas relucientes y sus No es el único caso. En el complejo entramado de la anexión territorial de las Indias por parte de los europeos hubo episodios similares de enemistades profundas en el que dos personajes de especial fuerza y relieve se vieron involucrados en acontecimientos singulares, midieron sus fuerzas y compitieron en una lucha desi - gual con un trágico desenlace. Sin ir más lejos, puede observarse un gran paralelismo en el Perú en la pugna sostenida por el ejercicio del mando entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, unos años más tarde. Ambos conquistadores, tenaces y ambiciosos, habían sido durante el tiempo que convivieron en Santa María de la Antigua y luego en Panamá amigos inseparables, socios comanditarios de un mismo negocio y “dos almas en un mismo cuerpo”, como señalaba Oviedo, tal era la sintonía y la identidad de pareceres que sustentaban sus relaciones personales. Y, sin embargo, puede decirse que el Perú, o mejor las riquezas de el dorado Birú, pudieron con ellos y los desquiciaron hasta perder el sentido. Pizarro borró del escenario peruano a Almagro, y Pedrarias Dávila hizo lo mismo con Balboa en Panamá. No obstante, pese a la trágica muerte de Almagro a manos de los pizarristas, que desató una auténtica guerra civil, Francisco Pizarro ha salido indemne del juicio de la historia y en este proceso de construcción heroica del personaje no ha perdido ni un atisbo de su grandeza, ni una brizna de su gallardía. Sigue siendo celebrado y recordado con plazas y estatuas ecuestres y con un solemne panteón funerario en la capilla más destacada de la majestuosa catedral de Lima, la ciudad fundada por él mismo. El caso que nos ocupa se desenvuelve de manera diferente. Como ya señalábamos hace algunos años, haciéndonos eco de la reflexión de Pablo Álvarez Rubiano, Pedrarias Dávila ha sido quizás “el más maltratado de los hombres de la conquista”, enfrentado de por vida y para la eternidad con otro personaje, sin duda transcendental en la historia de los exploraciones del continente americano: el legendario Vasco Núñez de Balboa, el gran descubridor del Pacífico y su más firme rival, que acabó siendo ejecutado por decisión de aquél, tras un rápido y sospechoso proceso. Y debe reconocerse que este trágico final sirvió en gran medida de punto de inflexión para la glorificación de Balboa como personaje histórico y para la demonización de Pedrarias, su brazo ejecutor. Los que han estudiado la construcción del héroe en los tiempos clásicos lo señalan como uno de los rasgos característicos. En un proceso final de apoteosis, la figura heroica pierde la vida, casi siempre a una edad temprana, viendo truncada así su fulgurante y prometedora carrera. Muere el personaje, nace el mito del héroe. Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro mandó prender a su subordinado, el Adelantado Vasco Núñez de Balboa, “por traidor y usurpador de las tierras sujetas a la real Corona”. Las paradojas del destino decidieron que fuera el mismo Francisco Pizarro, amigo y compañero de tantas aventuras, el encargado de capturarlo. Se le acusó de haber cometido el más severo delito: el de lesa majestatis, que, como es sabido, estaba castigado con la máxima pena... La muerte de Balboa y algunos de sus más fieles compañeros, acontecida en enero de 1519 en Acla, un modesto enclave de la costa atlántica, reviste todas las características de la narrativa épica. Se atribuye a Vasco Núñez estas palabras con las que, sereno y sin perder una pizca de su orgullo, proclamaba su inocencia: “Es mentira y falsedad que se me levanta… nunca por el pensamiento se me pasó tal cosa, ni pensé que de mí tal se imaginara, antes fue siempre mi deseo servir al rey como fiel vasallo y aumentarle sus señoríos con todo mi poder y fuerza”.125 El discurso mitificador, el postrero en la vida de Balboa, desconoce el arrepentimiento, pues no considera transgresora su conducta. Antes bien, proclama su obediencia y la voluntad de servicio al rey, que se mantiene incólume hasta el último momento: cuando la afilada espada cercena la cabeza del reo. Desde el mismo momento en que Balboa y Pedrarias entraron en contacto era fácil adivinar que ambos no podrían convivir en el 58 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Obligación, juramento y pleito homenaje que hizo Pedrarias Dávila como caballero, capitán general y gobernador de Castilla del Oro. Arriba, izquierda, escudos en piedra de Pedrarias que se conservan en la casa familiar de Segovia. VASCO NÚÑEZ DE BALBOA O LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE
otro han sido tratados de manera desigual. Por su sencillez y arrolladora personalidad, su relación igualitaria con el grupo, sus amores con una india hija del cacique Careta y su trágica muerte, Vasco Núñez de Balboa, el gran descubridor del Pacífico, se ha ganado la simpatía unánime de la historiografía colonialista. No podía ser de otro modo, pues como hemos intentado exponer en estas páginas, nadie mejor que nuestro personaje representa el arquetipo del caudillo americano aventurero y rebelde; un auténtico héroe de novela de aventuras, una especie de John Smith de las tierras ístmicas, al que no falta su particular Pocahontas, dispuesto a ser llevado al cine o al teatro. Por el contrario, Pedrarias asume en su persona y en su trayectoria como gobernante todos los aspectos más negativos del colonialismo español: el ejercicio implacable de la autoridad, la desmesura en las tácticas militares empleadas, la torpe y asoladora política indígena, la corrupción, el favoritismo, la compra de voluntades... Si añadimos otro elemento decisivo como fue su responsabilidad en la ejecución de Balboa, se comprenderá con facilidad el juicio negativo de la historia. Y ni siquiera el mérito, que nadie podrá negar, de haber sido el fundador de dos países centroamericanos ha servido para rehabilitar su memoria. Por último, cabe recordar que en el proceso de mitificación de los héroes nacionales puede encontrarse un curioso paralelismo entre Vasco Núñez de Balboa y Francisco Hernández de Córdoba, al que en cierta ocasión considerábamos como “el contrapunto nicaragüense de Balboa”.132 Es sabido que el capitán cordobés, sin dudarlo uno de los preferidos de Pedrarias, fue el fundador de las ciudades de León y Granada, allá en las tierras del Poniente: en la Nicaragua conquistada por las huestes del segoviano, y murió decapitado por orden del gobernador cinco años después de que lo fuera Balboa. También fue acusado, como el extremeño, de delito de traición. Un ambicioso complot urdido por los hombres de Hernández de Córdoba para aliarse con Hernán Cortés en México fue descubierto a tiempo por los espías de Pedrarias, quien rápidamente dispuso su ejecución. Balboa y Hernández de Córdoba: dos capitanes jóvenes y ambiciosos con muchos rasgos en común y un idéntico final por haberse rebelado contra el mismo jefe. Como ya observábamos años atrás, el duplicado paradigma y las huellas dejadas en ambos países no terminan de sorprender a cualquier observador de esta temprana época. Dos conquistadores elevados al rango de héroes fundadores: uno en Panamá, otro en Nicaragua; ambos admirados, reconocidos, glorificados. En honor a Balboa, la moneda oficial panameña lleva su nombre. Mientras que en Nicaragua es Francisco Hernández de Córdoba quien presta su nombre a la moneda nacional. “Unos y otros son evocados en avenidas y plazas, edificios y condecoraciones. En un intento de atrapar en piedra o en lienzo la eternidad de un instante, ambos han sido esculpidos o pintados en innumerables ocasiones con rostros ficticios: imágenes idealizadas, solemnes, absolutamente inventadas. ¡Qué curioso paralelismo!”.133 61 cascos emplumados, seguidos de la tropa en formación y con armas dispuestos a hacer uso de las mismas, si, como esperaban, Balboa presentaba resistencia. Un redoble de tambores anunciaba la llegada de la comitiva, mientras banderas, gallardetes y estandarte ondea - ban al viento.127 Céspedes del Castillo tradujo este mutuo reconocimiento bajo el prisma metafórico de la nueva frontera y consideró a Balboa como su mejor representante. “El protagonista de la nueva frontera –anota– tiene a Dios demasiado lejos, al Rey y lo que institucionalmente representa, allá en España, al otro lado del Atlántico, y allí está el conquistador en alpargatas, en camisa de algodón; sin pretensiones, trabajando, haciendo un techo, creando un hábitat”.128 Se ha señalado en numerosas ocasiones que Pedrarias y Balboa representaban dos formas de vida, dos mundos contrapuestos y dos épocas diferentes. Carlos Manuel Gasteazoro, maestro de tantos historiadores panameños, afirmaba hace ya algunos años cómo ambos encarnaban dos personajes muy característicos de la sociedad española del siglo XVI : Balboa era el arquetipo del hombre del pueblo y Pedrarias, del cortesano. “Pedrarias llegó al Darién investido del poder real que le otorgaban sus títulos. Si éste representaba el poder real, Vasco Núñez de Balboa venía a ser el símbolo del poder popular”.129 Frente al imaginario del conquistador como un ser arrogante, fatuo y pendenciero, de ínfulas señoriales, surge el arquetipo Balboa como un hombre extraordinariamente sencillo, dispuesto a prestar sus servicios al rey, expandiendo sus dominios con las fuerzas de sus armas y la lealtad de sus hombres, con los que colabora en la empresa, hombro con hombro, trabajando con sus manos, sin arrogancia, en la creación de un mundo nuevo, allá en la nueva frontera. Como señalaba C. Arauz, “Pedrarias constituía en síntesis, el orden estatal para descubrir y conquistar en beneficio de la Corona, en tanto que Balboa era el prototipo del caudillo individualista, aventurero y emprendedor sin sujeción a autoridades burocráticas a las que menospreciaba”.130 Hay con todo ello otros rasgos que los separaban: en primer lugar, ambos tenían muy diferente cuna y exhibían trayectorias personales muy desiguales. Pedrarias era un noble castellano de origen converso, con escudo de armas y casa palaciega, bien instalado en los círculos cortesanos y arropado por los personajes más importantes del momento, como el cardenal primado de España Francisco de Cisneros y el mismísimo obispo Juan Rodríguez de Fonseca, reconocido por todos como “el gran hacedor de los asuntos indianos”. Ostentaba el rango de coronel del ejército de los Reyes Católicos y poseía una brillantísima hoja de servicios merced al valor demostrado en los escenarios españoles y africanos. Merecidamente se había ganado en España el apodo de “el Gran Justador” por sus numerosas victorias en justas y torneos, que constituía uno de los entretenimientos más señalados de la clase nobiliaria del Medievo. Transcurridos algunos años también fue merecedor de otro apelativo menos honroso: el de “Furor Domini”, como lo bautizó Las Casas. Balboa, por el contrario, era un hidalgo extremeño de fortuna más bien escasa, que como tantos otros aventureros había emigrado a las Indias en busca de mejor vida. Carecía de experiencia militar, pero allí en las tierras americanas se había convertido en un auténtico baquiano y había logrado el éxito y la fama merced a sus temerarias gestas. Uno, pese a su trayectoria guerrera, irrumpía torpemente en un escenario ajeno, mientras que el otro llevaba años forjándose en el hábitat indiano y conocía todos sus secretos. También la edad los distanciaba: Balboa rondaba los cuarenta, mientras que Pedrarias era considerado como un hombre de avanzada edad cuando llegó por primera vez a América. Eran absolutamente opuestos, qué duda cabe, pero al mismo tiempo tenían un propósito en común: sobre todo la ambición por el mando y la codicia de riquezas. Pues mientras Balboa denunció al gobernador “por ser un hombre en que reina toda la envidia del mundo y codicia”, éste lo tachó a su vez de ser “demasiado codicioso, y de tener gran envidia y de cualquier bien que otro haya”.131 Pedrarias y Balboa, frente a frente, asemejaban un polvorín a punto de estallar. No obstante, aún siendo tan opuestos, en cierto sentido se complementaban, pues, como observa Gasteazoro, si uno representaba por su espíritu temerario y aventurero al soldado imprescindible para explorar y conquistar, el otro era la imagen viva del funcionario necesario para gobernar. Uno y 60 LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO DEL HÉROE ■ Torreón y casa de los Pedrarias en la ciudad castellana de Segovia. A la izquierda, busto de Pedrarias que se encuentra a la entrada de las ruinas Panamá Viejo, ciudad fundada por él en el año 1519.