Politeísmo y neoplatonismo: Proclo
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– 77 – CAPÍTULO 3 POLITEÍSMO Y NEOPLATONISMO: PROCLO1 JESÚS DE GARAY Universidad de Sevilla, España 1. Introducción El neoplatonismo es una corriente de pensamiento con unas características comunes, pero también con diferencias notables entre unos pensadores y otros. Si ciframos su inicio en Plotino (203/4-269/70) y su término en el siglo Vi, con la disolución de las academias de Atenas y Alejandría, es posible también distinguir adscripciones religiosas diversas. Junto al paganismo de Porfirio, Jámblico o Damascio, convive el cristianismo de Orígenes, Mario Victorino, Sinesio o el Pseudo-Dionisio. Por otra parte, dentro del neoplatonismo existen serias discrepancias en el plano estrictamente filosófico, independientemente de la profesión religiosa. Mi exposición se centrará en Proclo (410-485), neoplatónico pagano, diádoco de la escuela de Atenas. Argumenta su politeísmo minuciosamente y con una sólida fundamentación. Una de sus obras principales lleva por título precisamente Teología Platónica, donde presenta de forma ordenada a las diferentes divinidades, tratando de fundamentar filosóficamente el lugar y función de cada una de ellas. Aunque aparentemente rehúye la polémica con el cristianismo, no hay duda de que esta teología atribuida a Platón se propone como la alternativa más racional frente a la doctrina cristiana. [1] Este texto se integra en el proyecto de investigación FFI2010-15582 (subprograma FISO), del Ministerio de Ciencia e Innovación.
– 78 – Curiosamente, las paradojas de la historia han convertido a Proclo en uno de los pensadores más determinantes en la fundamentación fi losófica del monoteísmo, a través sobre todo de dos cauces: el P seudo-Dionisio y el Liber de causis. Las doctrinas del corpus dionysianum, por un lado, proceden en buena medida de Proclo y corresponden ―con toda probabilidad― a un discípulo directo o indirecto de Proclo o Damascio2. Nada raro hay en esto, ya que, tanto en Atenas como en Alejandría, era habitual que los mismos maestros tuvieran como discípulos a personas de diferentes filiaciones religiosas. El autor cristiano de estos textos se autodenomina Dionisio Areopagita, es decir, el discípulo cristiano de San Pablo en Atenas. Y muy pronto, sobre todo después de Máximo el Confesor (ca. 580-662), se le identificará como tal, por lo que las doctrinas de Proclo, reformuladas de forma monoteísta y cristiana, influirán de formas muy diversas en las tradiciones filosóficas de Bizancio y más tarde también, en la tradición latina, sobre todo a partir de Escoto Eriúgena, siempre bajo la autoridad de San Dionisio, considerado como el primer filósofo cristiano. Por otra parte, en Bagdad, en el círculo de Alkindi (ca. 800-870), se promueve el estudio de Aristóteles y de otros muchos pensadores griegos, con una especial atención a autores neoplatónicos como Plotino y Proclo. De este impulso proceden una serie de textos neoplatónicos que, atribuidos falsamente a Aristóteles, dejarán una honda huella en la tradición posterior: uno de esos textos es el Liber de causis3, que se corresponde básicamente con los Elementos de Teología de Proclo, pero corregidos ―y abreviados― desde una óptica monoteísta4. [2] Cfr. lilla, S.: “Denys l’Aréopagite (Pseudo-)”, en Dictionnaire des philosophes antiques, Richard Goulet (dir.). Paris: CNRS, 1994ss, pp. 727-742. Cfr. también las observaciones de saFFrey, h. d. en: Proclus: Théologie platonicienne, VI, Introduction, p. LI: «Celui que nous appelons le Pseudo-Denys, qui était peut-être d’origine syrienne, est venu à Constantinople où il a pu étudier la philosophie et lire les ouvrages des néoplatoniciens. Certains indices donnent à penser qu’il a été moine au monastère des Acémètes à Constantinople, puis, selon toute vraisemblance, évêque en Syrie. L’architecture de son oeuvre entière s’inspire étroitement de l’organisation et du plan de la Théologie platonicienne. De nombreux emprunts dans le vocabulaire et dans les éléments de doctrine ont été relevés, qui rendent cette constatation indubitable». [3] Cfr. d’ancona, C.: Recherches sur le Liber de causis. Paris: Vrin, 1995. [4] Cfr. saFFrey, h. d.: op. cit., p. LVII: «Cependant nous avons un signe certain de la diffusion de quelques-unes des oeuvres de Proclus dans leur pénétration au sein du monde arabe (cfr. Gerhard Endress, Proclus arabus, Beirut 1973). C’est un résultat, semble-t-il, acquis que l’original arabe du traité connu à Moyen Âge sous le titre de Livre du Bien Pur (le Liber de causis des Latins) et attribué à Aristote, a vu le jour dans le milieu philosophique autour
– 79 – En Bizancio siempre se reconocerá a Proclo como un pensador c laramente politeísta, e incluso como el símbolo del paganismo helénico, por lo que será objeto de numerosas críticas y censuras, muy pronto con Juan Filopón (ca. 490-570), contemporáneo del Pseudo-Dionisio, y sobre todo a partir del siglo xi, después de su reivindicación por Miguel Psellos (1018-ca. 1078). Todavía las duras críticas de Scholarios contra Pléthon en el siglo xV, están fundamentadas ―según él― en que su paganismo está inspirado directamente en Proclo5. Es significativo que la Teología Platónica ―a pesar de ser quizá su obra fundamental y más madura― no es objeto de un análisis especial hasta prácticamente el siglo xiii6. Curiosamente, la época en la que Proclo influirá más directamente ―es decir, a través de sus textos originales y con reconocimiento explícito de su autoría― será el siglo xV en el mundo renacentista7, en particular por medio del mencionado Pléthon, de Nicolás de Cusa y de Marsilio Ficino. 2. El paganismo politeísta El término griego usado inicialmente para designar al paganismo era ἐθνικός, pero en Bizancio prevaleció ἑλληνικός8. Es decir, «pagano» y «griego» llegaron a ser conceptos equivalentes, curiosamente, en una cultura griega ―pero ante todo cristiana― como Bizancio. La caracterización del paganismo, en gran medida, se construyó en su oposición al cristianismo. Religiones politeístas había muchas en Roma y la religiosidad durante el Imperio oscilaba entre unos cultos y otros. Junto a la religión más tradicional procedente de Hesíodo y Homero, había otros cultos, también griegos d’al-Kindî dont le floruit est à dater au milieu du ixe siècle, peut-être même al-Kindî en serait-il l’auteur (cfr. cristina d’Ancona, op. cit., pp. 155-194). Or cet original arabe est constitué par une traduction partielle des Éléments de théologie. Il faut donc qu’un exemplaire de cet écrit de Proclus soit parvenu jusqu’à Bagdad. Jean Jolivet a même pu retrouver dans le traité Sur la philosophie première d’al-Kindî des passages parallèles qui supposent une lecture du livre II de la Théologie platonicienne. Dans ce cas, il faudrait que notre Théologie ait accompagné les Éléments sur le chemin de l’Orient arabe». [5] Cfr. taMbrun, B.: Pléthon. Le retour de Platon. París: Vrin, 2006. [6] Acerca de las vicisitudes de la Teología platónica en Bizancio, cfr. s aFFrey, h. d.: op. cit, pp. LVIII-LXX. [7] Cfr. mi escrito «La recepción de Proclo en Nicolás de Cusa». Disponible en prensa. Parlemo: Actas XII Congresso Internazionale di Filosofia Medievale (SIEPM), 2007. [8] Cfr. codoñer, J. S.: “Bizancio y sus circunstancias: La evolución de la ideología imperial en contacto con las culturas de su entorno”, en Minerva: Revista de Filología Clásica 14, 2000, pp. 129-176 (cfr. en particular p. 144).
– 80 – (y también muy asentados entre la población griega y romana), como el orfismo, los cultos dionisíacos o los misterios de Eleusis. Además, otras religiones no griegas se integraban en mayor o menor medida en ese tronco griego original, como los cultos egipcios, caldeos o persas. Las fusiones entre unas y otras formas religiosas eran muy variables, integrando también aspectos del judaísmo y del cristianismo, como por ejemplo en las diversas formas de gnosticismo. En cualquier caso, el «paganismo» como concepto religioso se asoció entre los cristianos muy pronto con cualquier forma de politeísmo y en, particular, con los cultos tradicionales más populares de Roma. Las controversias entre autores cristianos y paganos surgieron muy pronto. Conservamos numerosos textos de los apologistas cristianos, que testimonian esos debates y, en mucha menor medida, disponemos también de algunos textos paganos críticos con el cristianismo. Es probable que hubiera otros muchos textos paganos polémicos contra el cristianismo, que no se han conservado9. Entre esos textos paganos destacan el Discurso verdadero de Celso (ca. 180), al que respondió Orígenes (Contra Celso), así como el escrito de Porfirio (232-304), Contra los cristianos10. Otros continuaron esas mismas críticas, como Sossianus Hierocles (fl. 303), quien escribió Amante de la verdad, o el mismo emperador Juliano (361-363), en su escrito Contra los galileos11. En estos escritos se contrapone la religión tradicional romana (en realidad una fusión de diversas tradiciones religiosas) al cristianismo o, incluso, al judaísmo. De este modo, el «paganismo» se autoconstituye paulatinamente como una alternativa religiosa unitaria frente al cristianismo emergente. Las líneas de argumentación de estos escritos anticristianos son diversas entre sí, aunque presentan elementos comunes. Además, el tono y el rigor en cada caso no es el mismo. En concreto, el estilo de Celso es más agresivo y sus críticas a menudo van dirigidas igualmente contra el judaísmo y el cristianismo. En cambio, Porfirio dispone de una i nformación mucho más precisa, diferenciando con claridad lo e specíficamente cristiano y argumentando de forma más elaborada y consistente12. [9] Cfr. bodelón, S.: Introducción, en Celso: El discurso verdadero contra los cristianos. M adrid: Alianza, 2009 pp. 7-57. [10] Cfr. PorFirio de tiro: Contra los cristianos. Cádiz: Universidad de Cádiz, 2006. Ed., Trad. y notas de Enrique Ángel Ramos Jurado. [11] Juliano: Contra los galileos. Cartas y fragmentos. Testimonios. Leyes. Madrid: Gredos, 1982. [12] Cfr. raMos Jurado e. a.: en Porfirio de Tiro, op. cit, Introducción, p. 26: «La originalidad
– 81 – Hay, en todo caso, un argumento que se reitera una y otra vez en estos autores: el cristianismo es excluyente porque rechaza el valor religioso de las otras religiones y carece de capacidad para integrarlas en su propia doctrina. El cristianismo opone la verdad cristiana a la falsedad de las otras religiones. Por el contrario, el paganismo posee suficiente receptividad para integrar y asimilar otras creencias religiosas. En términos prácticos, oponen la intolerancia cristiana frente a la tolerancia pagana. Y, por eso mismo, presentan al cristianismo como un peligro para la convivencia pacífica entre las diversas religiones. Esa tolerancia y capacidad de asimilación del paganismo se asienta, al menos, en dos argumentos. En primer lugar, la racionalidad del paganismo frente a la irracionalidad cristiana13. Es decir, las diferentes divinidades pueden ser pensadas desde una perspectiva racional, representando unas fuerzas que superan el poder humano. La realidad de los dioses es la realidad de unos poderes que determinan la existencia humana y que pueden ser reconocidos por la razón humana. De un modo muy especial, en el ámbito neoplatónico, las diversas figuras religiosas son interpretadas simbólica y alegóricamente. La unidad y el acuerdo entre las diferentes religiones es posible14 porque, tras esa aparente variedad, hay una misma verdad racional. En segundo lugar, hay otro argumento, a primera vista contradictorio con el anterior, pero que concluye del mismo modo. La racionalidad humana no alcanza a comprender enteramente las profundidades de lo divino, que permanecen siempre ocultas. Hay una trascendencia de lo divino que excede la capacidad de la comprensión humana. En consecuencia, Dios y los dioses comportan siempre un aura de misterio, de Porfirio, y lo que le convierte en un formidable adversario para los cristianos, merecedor de terribles descalificaciones ―incluida la leyenda de apostasía juvenil―, estriba en su espiritualidad neoplatónica y en su sólida formación filosófica y filológica. En este segundo aspecto, la erudición, el conocimiento de las escrituras judeocristianas, la crítica filológica heredada de Longino de Atenas, lo llevan a exponer sus argumentaciones partiendo de los textos». [13] Cfr. zaMbón, M.: Porphyre et le moyen-platonisme. Paris: Vrin, 2002, p. 244: «Sans en analyser les détails, nous pouvons résumer les appréciations de Celse et de Porphyre sur quatre points: le christianisme est une religion récente, donc dépourvu de l’autorité qui revient aus religions anciennes; il se fonde sur l’acceptation irrationnelle et tout à fait acritique de doctrines qui ne sont aucunement argumentées; il s’adresse donc à un public de personnes ignorantes, vulgaires, superstitieuses, crédules et intrigantes; [...]». [14] Cfr. saFFrey, H. D.: “Acorder entre elles les traditions théologiques: Une caractéristique du néoplatonisme athénien”, en bos, e. P. y MeiJer, P. A. (eds.): On Proclus and his Influence in Medieval Philosophy. Leiden: Brill, 1992, pp. 35-50.
– 82 – donde cabe cualquier forma religiosa15. Son las diferentes perspectivas de cada cultura y de cada pueblo las que diversifican ese misterio divino, compartido ―consciente o inconscientemente― por toda la humanidad. Desde aquí, la crítica al cristianismo se particulariza en la arrogancia de los cristianos por creer que solo ellos son objeto de la predilección divina16, excluyendo otras formas de revelación religiosa. Es sabido que los apologistas cristianos trataron de c ontraargumentar en sentido contrario. No obstante, para entender el politeísmo de Proclo, conviene tener presente la autocomprensión que del paganismo tenía el mismo paganismo. Más aún, este modo de autocomprenderse el paganismo servirá siglos más tarde a Ficino, Pico o Steuco para transferir estas doctrinas al mismo cristianismo. De este modo, el cristianismo es presentado como la integración de toda religión y filosofía y como una religión de tolerancia capaz de asimilar a las demás creencias religiosas. 3. La racionalidad del politeísmo pagano El neoplatonismo no es necesariamente politeísta. Más aún, uno de los rasgos específicos del neoplatonismo es la insistencia en el Uno como primer principio. De este modo, aun cuando se afirme la existencia de una pluralidad de dioses, siempre queda subrayada la realidad de un primer dios, primero absolutamente y principio de todos los demás seres (y, por tanto, principio también de todos los demás dioses). En Plotino, el politeísmo ocupa un lugar secundario en su doctrina, mientras que en otros pensadores como Proclo asistimos a una reivindicación muy explícita del politeísmo como tal. En cualquier caso, la unidad del Uno posibilita la unificación de lo real y también de una pluralidad de dioses17. [15] Cfr. zaMbón, M: op. cit., p. 248: «Celse et Porphyre faisent preuve d’une vive conscience du rapport de solidarité qui reliait l’ordre hiérarchique de l’Empire à la multiplicité des cultes et des organisations religieuses qui réglaient en celui-là la vie des différents peuples qui en faisaient partie. Le pluralisme religieux était nécessaire, puisqu’il exprimait la variété des formes determinées en lesquelles l’unique principe de toute la réalité pouvait se manifester et être reconnu: par rapport à ce pluralisme, la philosophie agissait comme principe d’ordre et critère de vérité, de même que sur le plan politique les institutions centrales de l’Empire garantissaient la cohésion et l’unité de l’organisme de l’État. Le christianisme, plus que le judaïsme, représentait une menace pour cet ordre, parce qu’il prétendait remplacer toute autre sagesse religieuse, qu’il revendiquait l’exclusivité dans le culte de son Dieu et qu’il refusait de se laisser intégrer dans une unité plus ample». [16] Cfr. celso: op. cit., p. 96. [17] Cfr. por ejemplo la argumentación de Porfirio: «Monarca no es, en efecto, quien está
– 83 – La unificación posibilitada por el Uno es la unificación del orden inteligible y, en general, de toda diferencia y pluralidad. Es decir, la unidad del Uno hace posible la unidad de lo inteligible. O, a la inversa, la razón humana aspira a unificar la diversidad de lo real, teniendo siempre como horizonte la posible unificación intelectual de toda diversidad. La afirmación del Uno procede al menos del reconocimiento de esa a spiración a la unidad en el ejercicio de la razón. Por eso, la realidad es vista desde el neoplatonismo como un cosmos unificado, como un único orden inteligible, pensable por la razón humana. Y si ―como de hecho sucede― la razón humana no alcanza a pensar plenamente esa unidad inteligible, ello se atribuirá al poder limitado de la razón humana. En Proclo, en particular, la racionalidad humana es caracterizada por la dialéctica18, de acuerdo con las indicaciones de Platón. Y, por tanto, la realidad, analizada desde la razón humana, se presenta como un kosmos dialektikós, un universo ordenado, inteligible y dialéctico. Los dioses forman también parte de ese universo dialéctico. Es decir, los dioses se ordenan racionalmente siguiendo un proceso dialéctico, al menos en tanto se les considera desde la perspectiva de la racionalidad humana (diánoia). La teología platónica, según Proclo (que sigue en este punto la tradición de Plotino), fue expuesta por Platón, bajo una forma disimulada, en el diálogo Parménides. Allí la dialéctica del Uno, bajo la apariencia de aprendizaje o de juego, estaría expuesta por Platón en sus pasos esenciales. Por eso, Proclo ―como antes Porfirio y después Damascio― escribe un largo Comentario al Parménides, desbrozando paso a paso esa secreta teología platónica, expuesta dialécticamente, es decir, presentada de acuerdo con el progreso del discurso racional e specíficamente humano. Este Comentario al Parménides apenas alude a divinidades concretas y se centra exclusivamente en los movimientos de la razón en busca de la unidad del Uno, mediante una herramienta fundamental: la negación. Según Proclo, por tanto, «dialéctica» significa, ante todo, solo, sino quien gobierna solo; y gobierna, como es natural, a sus congéneres y semejantes, como es el caso del emperador Adriano, que se convierte en monarca no por estar solo o por gobernar a vacas u ovejas ―a las que de hecho gobiernan sus pastores respectivos―, sino porque reinó sobre hombres de su mismo género y de su misma naturaleza. Del mismo modo, Dios no recibiría con propiedad el nombre de ‘monarca’ si no gobernara sobre dioses: esto es lo adecuado a la grandeza divina y a la gran dignidad celestial» (op. cit, frag. 98). Cfr. también frag. 101. [18] Cfr. mi artículo La dialéctica en Proclo. En prensa. Palma: Actas del I Congreso Internacional de Filosofía Griega (SIFG), 2008.
– 84 – negación y unificación. Y, en consecuencia, la teología platónica aquí aparece principalmente como una teología negativa, es decir, una teología que progresa por la fuerza de la negación19. La negación no ha de ser interpretada meramente como privación sino, sobre todo, como generadora de afirmaciones20. No obstante, la teología platónica puede ser también desarrollada como una teología afirmativa y esa es la exposición que Proclo realiza en su obra Teología Platónica. Los conceptos abstractos del Comentario al Parménides se transforman aquí en divinidades particulares de la religiosidad pagana. Ambos escritos ofrecen dos caras de la misma realidad: una filosófica, la otra religiosa21. Dicho de otro modo, la fundamentación filosófica del politeísmo se encuentra, en lo esencial, en su Comentario al Parménides, pero está expuesta detalladamente en sus figuras religiosas en la Teología Platónica. De este modo, el paganismo admite una doble actitud: una religiosa y otra filosófica. Ambas son coincidentes a los ojos de Proclo, pero cada una puede desplegarse de forma autónoma. Dialéctica, según Proclo, es una forma de pensar donde es posible ser y no ser a la vez. Es decir, pensar simultáneamente que algo es y que no es. Que en parte es y en parte no es. Participar supone en parte ser algo y, en parte, no serlo22. O, de otro modo, ser algo en un sentido y no serlo en otro sentido. En tanto que es tal cosa, es así y en tanto que no lo es, es otra cosa. La definición de algo se expresa mediante su respecto, su relación a las demás cosas. En consecuencia, el orden de lo real es un orden de sentido, donde cada cosa es algo según su relación a otra cosa [19] Conviene mencionar aquí una circunstancia añadida: no conservamos el Comentario al Parménides de Proclo en su totalidad, sino únicamente el desarrollo de las consecuencias negativas que se siguen de afirmar hipotéticamente la existencia del Uno (es decir, si el Uno es, entonces el Uno «no es» uno, ni existe, ni es idéntico, ni es diferente, ni se mueve, ni está en reposo, ni es una totalidad, ni es una parte, ni es eterno, ni es temporal, etc.): por lo tanto, lo que se sigue del texto conservado del Comentario al Parménides es básicamente el desarrollo de una teología negativa. En cambio, no conservamos la parte del Comentario donde Proclo habría analizado las consecuencias afirmativas de la hipótesis de que el Uno es: cfr. Theol. Plat., II-10, 61,19-62,2 (saFFrey-WesterinK). [20] Cfr. Theol. Plat., II-10, 9-10: οὐκ εἰσὶ στερητικαὶ τῶν ὑποκειμένων ἀλλὰ γεννητικαὶ τῶν οἶον ἀντικειμένων. [21] Para la precisa correspondencia entre los dioses de la Teología Platónica y las negaciones del Comentario al Parménides, cfr. Introducción de saFFrey, H. D. y WesterinK L. D.: Théologie Platonicienne. Paris: Les Belles Lettres, 2003, vol. I, pp. LX-LXXV. [22] Cfr. Elementos de teología (Inst.), prop. 2: Πὰν τὸ μετέξον τοὺ ἑνός καὶ ἕν ἐστι καὶ οὐξ ἕν («todo lo que participa del uno es uno y no es uno»). Esto que se aplica aquí al uno, vale en general para toda participación.
– 85 – (y, en general, respecto al resto de las cosas). Como señala Proclo en la proposición 103 de los Elementos, todo está en todo, pero en cada cosa según su modo propio23. Este modo propio justamente se constituye por la diferencia de las relaciones que cada realidad tiene con las demás realidades. Esto vale también para los dioses, que se definen por su relación con las demás realidades y por sus relaciones entre ellos. Dialéctica implica, por tanto, relación: 1º) relación, en tanto que unidad entre dos realidades relacionadas; 2º) relación, en tanto que mediación entre extremos que se oponen, que se niegan entre sí. Todo lo real puede ser visto, según Proclo, desde un punto de vista dialéctico: más aún, este es el modo propiamente humano de considerar la realidad. Todo lo real es en tanto que es uno y «ser uno» significa unidad entre lo que en un sentido es y en otro sentido no es, es decir, mediación entre extremos que se oponen entre sí. Los dioses, por tanto, también realizan esa función dialéctica de unificación. Son formas particulares de la unidad. Ciertamente toda realidad lo es, pero los dioses son principios o causas de unidad de un modo más universal y más próximo a la unidad primera, es decir, al Uno. Los dioses son principios de unidad y de mediación. No hay que olvidar que en la tradición de Proclo la generación de lo real sigue no tanto la metáfora artesanal (un arquitecto, un modelo y una materia) como la doctrina pitagórica de la generación de los números desde el Uno24 y desde el Límite y lo Ilimitado. La realidad se origina a partir del Uno, de un modo similar a como se originan los números a partir del uno. Según Proclo, hay unas unidades primeras (las «hénadas»: αἱ ἑνάδες) que son principios de unidad25. Estas unidades primeras son manifestaciones del Uno y son dioses en un sentido primero. Todas las hénadas proceden de la unidad o «mezcla» entre el Límite y lo Ilimitado, pero esa mezcla es diferente en cada caso. Esa diferencia en la mezcla es la que determina las diferencias entre las hénadas y de un modo más general entre los dioses y también entre todo lo real. Cualquier realidad, según Proclo, está compuesta de Límite e Infinito, pero en proporciones diferentes. En el extremo, la Materia es precisamente la misma Infinitud del Uno, pero sin mezcla de Límite. [23] Πάντα ἐν πᾶσιν, οἰκείως δὲ ἐν ἑκάστῳ. [24] Cfr. trouillard, J.: La mystagogie de Proclos. Paris: Les Belles Lettres, 1982, pp. 25 y 26. [25] Cfr. Inst., prop. 113-165. Πὰς θεὸς ἑνάς ἐστιν αὐτοτελής, καὶ πᾶσα αὐτοτελὴς ἑνὰς θεός («todo dios es una hénada autoperfecta, y toda hénada autoperfecta es un dios»).
– 92 – El «Uno en nosotros» tampoco es el «Uno en sí», el Dios primero que trasciende toda diferencia. Siguiendo a Jámblico, Proclo rechaza la postura de Plotino y Porfirio, a los que reprocha que admiten una presencia de ese Uno primero en el alma humana32. Según Proclo, el alma humana ha descendido completamente desde el Uno. No hay una parte del alma humana que permanezca en lo Inteligible ni en el Uno. Dicho de otro modo, quizá, más claro (aunque inexacto en la terminología de Proclo): ni Dios ―como tal―, ni la Verdad ―como tal― están nunca presentes al alma humana. El alma humana sabe del Uno y sabe de la Verdad inteligible, pero lo sabe desde su modo propio, es decir, desde su relación específica con el Uno y con la Verdad. La relación con el Dios primero y con la totalidad de los dioses se establece desde el «Uno en nosotros», es decir, desde una realidad que ―como todas las demás realidades― ya está en relación con lo divino. Pero esa relación del alma humana con lo divino no significa que lo divino esté presente en sí mismo en el alma. Lo divino solo está presente en el alma humana según el modo propio (οἰκείως) del ser humano, pero no según el modo propio del Uno o de cada uno de los dioses. Como todas las demás almas, el alma humana tiene una función que cumplir: la mediación entre el universo material y el mundo de los dioses. La religión, por consiguiente, ha de ser interpretada desde esa función de mediación. No se trata, por tanto, de desprenderse enteramente de lo material y de lo corporal para recuperar una supuesta unidad perdida con Dios, sino se trata de asumir la misión de unificar lo divino con lo material, o lo que es lo mismo, de cumplir con el deber de «divinizar» el mundo físico. Que el alma haya «descendido completamente» significa en la terminología de Jámblico y Proclo, que una completa unificación con el Uno es imposible, porque la unidad del Uno y la unidad del alma son diferentes. Lo que sí cabe es reconocer al Uno y al conjunto de los dioses ―según las posibilidades del ser humano― para realizar mejor esa tarea de divinizar el mundo físico. La magia no es más que una de esas formas de vincular lo divino con lo material: aquella forma mediante la cual se vincula el poder de un dios a una determinada materia33. [32] Cfr. FinaMore, J. F. and dillon, J. M. (text, translation and commentary): Iamblichus. De anima. Leiden: Brill, 2002. Cfr., en particular, Introduction, pp. 3-18. Cfr. asimismo steel, C.: The Changing Self. A Study on the Soul in Later Neoplatonism: Iamblichus, Damascius and Priscianus. Brussel: Paleis der Academiën, 1978, pp. 21-75. [33] Cfr. coPenhaVer, br. P.: “Hermes Trismegistus, Proclus and the Question of a
– 93 – El papel central de la teurgia en la religión, según Jámblico y Proclo ―frente a Plotino y Porfirio―, se debe, precisamente, a que no existe la posibilidad para el alma humana de «retorno» al Uno. Las acciones sagradas posibilitan aquello que está vedado a la razón humana y, en general, al alma humana por su propia capacidad. La teurgia pagana (de un modo similar a los sacramentos en la liturgia cristiana) realiza por medio de determinadas acciones la vinculación de los poderes divinos con las realidades físicas, de tal modo que el ser humano alcanza m ediante la teurgia lo que por sí mismo sería incapaz de lograr. 6. La imaginación Proclo atribuye a la imaginación (ἡ φαντασία) un papel esencial en la mediación entre las realidades inteligibles y materiales34. Es decir, dentro del alma humana hay una facultad que posibilita específicamente la unión entre lo divino y lo físico. En general, la investigación de Proclo se centra una y otra vez en determinar cuáles son las mediaciones que conectan dos extremos cualesquiera que sean. Esa obstinación en definir cada una de las mediaciones es la que le ha ganado ―no sin cierta razón― la fama de constructor de complejas y artificiosas estructuras metafísicas. Pero, en cualquier caso, si el alma humana realiza una función central de mediación en la totalidad de lo real, uniendo lo divino con lo material, entonces Proclo estará obligado a precisar de qué modo se realiza esa mediación dentro del alma humana. En términos cognoscitivos, se trata del paso de lo inteligible a lo sensible. En términos religiosos, es el reconocimiento de lo divino en un mundo físico y material. La imaginación es, así, el lugar donde se une lo indiviso con lo dividido, lo inmortal con lo mortal, lo eterno con lo temporal, el espíritu con el cuerpo. Uno de los lugares donde Proclo expone más claramente su doctrina sobre la imaginación es en su Comentario al libro primero de los Elementos P hilosophy of Magic in the Renaissance”, en MerKel, i. y debus, A. G. (eds.): Hermeticism and the Renaissance: Intellectual History and the Occult in Early Modern Europe. Washington: Folger Books, 1988, pp. 80-110 (incluye el texto y la traducción del De sacrificio, de Proclo). Cfr. brisson, L.: “The Philosopher and the Magician (Porphiry, Vita Plotini 10.1-13). Magic and Sympathy”, en dill, u. y Walde, c. (hrsg.): Antike Mythen. Medien, Transformationen und Konstruktionen. Berlin-New York: Walter de Gruyter, 2009, pp. 189-201. [34] Cfr. trouillard, J.: La mystagogie de Proclos, pp. 40-51. Cfr. también MoutsoPoulos, E. A.: Les structures de l’imaginaire dans la philosophie de Proclus. Paris: Les Belles Lettres, 1985.
– 94 – de Euclides35. Es decir, en un tratado dedicado al estudio de los objetos m atemáticos. Según Proclo, el universo inteligible es un universo a priori, estructurado matemáticamente. Ahora bien, esas realidades numéricas inteligibles no son accesibles de forma inmediata a la razón humana. Por ello, el alma ha de proyectar (προβάλλω) ese orden matemático en un e spacio donde sea comprensible para la razón humana. Realizar esa p royección de lo inteligible matemático en un espacio sensible es la función propia de la imaginación. La imaginación es identificada por Proclo con el νοῦς παθητικός de Aristóteles36. Es decir, no es meramente un receptáculo de imágenes o e squemas, resultado de la elaboración de los datos de la sensibilidad e xterna, sino que su tarea consiste en reconocer las formas inteligibles en un espacio a priori, que es el espacio mismo de la imaginación. Es decir, la imaginación es precisamente ese espacio ―diferente del espacio físico― en el que se proyecta como en una pantalla (παθητικός) las realidades inteligibles para que puedan ser reconocidas. En la imagen, lo inteligible se ha transformado en objeto sensible. El orden numérico se ha transformado en figura geométrica visible a los ojos y configurable en el tiempo. El poder de la imaginación consiste, por tanto, en la construcción de esquemas o figuras, que reproducen en forma sensible (en el espacio y en el tiempo) el orden inteligible. Por decirlo así, la imaginación es un espacio dinámico que se autoconstituye mediante la actividad constante de proyectar lo inteligible en lo sensible. El círculo en sí es un objeto inteligible que el alma humana solo es capaz de comprender cuando lo convierte en el círculo de la geometría. De este modo puede pensar el círculo físico y material. Así pues, lo que define a la imaginación es su carácter configurador y formativo de esquemas. La imaginación es νόησις μορφωτική37. O, lo que es lo mismo, según Proclo, su capacidad de producir símbolos. La mediación de la imaginación entre lo inteligible y lo sensible se expresa en la producción de símbolos matemáticos y figuras geométricas. Ahora bien, los símbolos o imágenes producidos por la imaginación no se reducen únicamente a las realidades matemáticas. La producción de símbolos puede caracterizarse como la actividad poética espontánea del alma humana. Mediante la imaginación, una y otra vez producimos [35] Cfr. En particular In Eucl., 51,9-57,8 (Friedlein). [36] Cfr. In Eucl., 52, 3-4 (Friedlein). [37] Cfr. In Remp., I, 235, 18-19 (Kroll): ἡ μὲν φαντασία νόησις οὖσα μορφωτική νοητῶν ἐθέλει γνῶσις εἶναι τινων.
– 95 – figuras donde lo inteligible se presenta en forma sensible. Esa unión de los extremos puede realizarla la imaginación a muchos niveles. Es decir, a través del cauce de la imaginación pueden aparecer ante nosotros todas las realidades superiores, no solo los objetos matemáticos. Los nombres38 y los mitos39 son otras construcciones de la imaginación no menos importantes. Mediante los nombres ―y el lenguaje en general― materializamos de forma sensible todo un universo conceptual que en sí mismo no es sensible. Esto es particularmente claro en el caso del Uno en sí. Las distintas denominaciones que se aplican al Uno no son más que figuras sensibles de una realidad extraña a la mente humana. Uno, Dios, Causa, Bien, etc., son solo formas sensibles de una realidad que no lo es. Del mismo modo, la afirmación y la negación son formas sensibles de una realidad que, en sí misma, es ajena al espacio predicativo. Por eso, en rigor la referencia al Uno debería de excluir cualquier denominación, cualquier lenguaje, incluida la negación. Sin embargo, mediante la imaginación somos capaces de mencionarla. La actividad poética no es condenada en absoluto por Proclo40. Más aún, los relatos míticos posibilitan unificar los extremos más distantes entre sí: el Uno y la Materia. Los dioses solo pueden ser reconocidos en la medida en que se antropomorfizan en un espacio físico y en acciones temporales. Al atribuirles pasiones humanas, los dioses se vuelven próximos. Más aún, esas pasiones, en ocasiones bestiales y salvajes, permiten comprender mejor el carácter sobrehumano de los dioses, porque la desmesura animal y telúrica expresa lo divino de un modo propio (οἰκείως), modo ajeno a la medida humana41. El poder de los dioses no se mide por las fuerzas humanas sino que las excede absolutamente. Por eso, la atribución de fuerzas cósmicas e inhumanas a los dioses no representa un desdoro para ellos sino por el contrario expresa su distancia respecto al orden de lo humano. Las figuras míticas no son, por tanto, falsas ficciones sino figuras de la imaginación por las que reconocemos la pluralidad de los poderes divinos [38] Cfr. ritoré, J.: La teoría del nombre en el neoplatonismo tardío (traducción y análisis de los escolios XVI, XVII y LI del Comentario al Crátilo de Proclo). Cádiz: Universidad de Cádiz, 1992. Asimismo cfr. la introducción y notas de la ya citada edición castellana del comentario al Crátilo de Proclo. [39] Cfr. trouillard, J.: La mystagogie de Proclos. Pp. 138-142. [40] Cfr. In Remp., I, 42-205 (Kroll): corresponde a las Disertaciones V y VI, donde Proclo reivindica la armonía entre la teología de Homero y de Platón. [41] Cfr. In Cratylum, CXVI.
– 96 – e inmortales, que sobrepasan el poder humano. La infinitud de la materia está dotada de una receptividad máxima para acoger la infinitud de lo divino. De ese modo, la diversidad de los dioses puede ser expresada en símbolos religiosos diferentes e incluso opuestos. Del mismo modo que el progreso dialéctico posibilita a la razón humana el progreso de negación en negación hacia unidades más universales y más divinas, en otro sentido la actividad poética de la imaginación permite reconocer esas realidades divinas en formas accesibles al alma y al cuerpo.
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