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Política, romanticismo y masculinidad: Tassara (1817-1875)

Sierra Alonso, María

Abstract

Este artículo emplea la aproximación biográfica para indagar en algunas claves culturales de la acción política. La vida de Tassara, un poeta cívico español de mediados del siglo xix, constituye la vía de entrada para proceder a un análisis de las relaciones entre la política liberal y dos distintas pero complementarias identidades de definición cultural. Romanticismo y masculinidad enmarcan de forma decisiva la forma de pensar y actuar en política de quien fue diputado y embajador, además de escritor público, en la época de instauración del nuevo régimen representativo en España. El enfoque biográfico contextual pretende, además, valorar aquello que su caso concreto presenta de particular y lo compartido con parte de la generación que protagonizó la construcción posrevolucionaria del liberalismo. En este último sentido, la doble condición de romántico y de varón dibuja un tejido de referencias identitarias que puede colaborar a abordar el estudio del liberalismo político desde perspectivas transnacionales.

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203 Historia y Política ISSN: 1575-0361, núm. 27, Madrid, enero-junio (2012), págs. 203-226 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA Universidad de Sevilla [email protected] (Recepción: 26/04/2011; Revisión: 05/07/2011; Aceptación: 03/10/2011; Publicación: 20/03/2012) 1. MíniMo perfil biográfico de un perfecto secundario.—2. poeta antes que político.—3. HoMbre (MucHo) a la vez que poeta-político.—4. bibliografía resuMen Este artículo emplea la aproximación biográfica para indagar en algunas claves culturales de la acción política. La vida de Tassara, un poeta cívico español de mediados del siglo xix, constituye la vía de entrada para proceder a un análisis de las relaciones entre la política liberal y dos distintas pero complementarias identidades de definición cultural. Romanticismo y masculinidad enmarcan de forma decisiva la forma de pensar y actuar en política de quien fue diputado y embajador, además de escritor público, en la época de instauración del nuevo régimen representativo en España. El enfoque biográfico contextual pretende, además, valorar aquello que su caso concreto presenta de particular y lo compartido con parte de la generación que protagonizó la construcción posrevolucionaria del liberalismo. En este último sentido, la doble condición de romántico y de varón dibuja un tejido de referencias identitarias que puede colaborar a abordar el estudio del liberalismo político desde perspectivas transnacionales. Palabras clave: España; siglo xix; género; liberalismo; romanticismo; masculinidad; biografía política. 08_Maria Sierra.indd 203 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 204 POLITICS, ROMANTICISM AND MASCULINITY: TASSARA (1817-1875) abstract A biographical approach is used in this article to inquire into some cultural keys of political action. The life of Tassara, a Spanish «civic» poet of the mid Nineteenth Century, is turned into the starting point for the analysis of the relationship between liberal politics and two other different but complementary cultural identities: Romanticism and masculinity. Both identities conditioned the ways in which this deputy, diplomatic and public writer thought and acted in politics, during the instauration of the representative regime in Spain. Our contextual biographical approach also aims at assessing how far Tassara’s was a singular case and how much he shared with the post-revolutionary liberal generation he belonged to. In the latter sense, his double condition of Romantic and male build up a set of identity references that might contribute to undertake the study of political liberalism from a transnational point of view. Key words: Spain; 19-century; gender; liberalism; romanticism; masculinity; political biography. * * * En el actual momento historiográfico resulta ya muy evidente que la biografía constituye un enfoque no sólo adecuado sino también especialmente innovador a la hora de abordar, desde nuevas exigencias, estudios de historia política. Tanto en nuestro país como en entornos académicos cercanos, una gran variedad de trabajos biográficos han venido a demostrar la potencia heurística de esta herramienta de difícil manejo pero enormemente satisfactoria en su capacidad de engarzar sujetos individuales y colectivos, iluminar desde ángulos insospechados relaciones apenas intuidas a partir de otras perspectivas, y tramar un relato que presente de forma atractiva el conocimiento histórico (1). Por supuesto, no toda la escritura biográfica merece el mismo respeto ni aun dentro de la buena hay acuerdo sobre el sentido del género y su método. En este segundo aspecto, afortunadamente, las reflexiones teóricas no son escasas ni (1) Limitando la referencia a las décadas centrales del siglo xix español, contexto de este trabajo, pueden encontrarse destacados ejemplos de ello en varios de los estudios contenidos en Burdiel y Pérez LedesMa (2000), y Pérez LedesMa y Burdiel (2008); o, en la misma línea de repertorios colectivos, en Moreno Luzón (2006). Biografías individuales de especial relevancia para el conocimiento del liberalismo político decimonónico, las de Burdiel (2004), Pro Ruiz (2006), Burdiel (2010). Un completo estado de la cuestión sobre la biografía política en el siglo xix, en Arranz Notario (2010). Este trabajo se inscribe en el proyecto I+D HAR200913913-C02-02 del Ministerio de Innovación y Ciencia (España), con fondos Feder. Complementariamente, se inserta en la Red Historia Cultural de la Política (HAR2008-01453E/HIST) financiada por el mismo organismo. 08_Maria Sierra.indd 204 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 205 necesariamente ajenas a los historiadores españoles. De hecho, en la actualidad el debate sobre la función de la biografía histórica está bien activo gracias, entre otros aportes significativos, a algunas iniciativas de este origen (2). Varias de las más productivas encrucijadas en las que la investigación histórica se ha visto emplazada durante las últimas décadas —los debates sobre los sujetos/ objetos del hacer historiográfico, el interés por las identidades individuales y colectivas, la atención renovada al lenguaje y su capacidad performadora, y todo el conjunto de exigencias investigadoras que pueden englobarse bajo una concepción amplia del llamado giro cultural— vendrían a encontrarse precisamente en el muy especial reino de la biografía histórica. No es extraño que algunos de sus más señeros defensores se encuentren en la actualidad embarcados en la búsqueda de una alta misión epistemológica para la biografía, que demandaría una práctica depurada de «espurios» intereses añadidos (3). Lejos de responder a tan elevados imperativos, el uso que en estas páginas se hace de la biografía se reconoce de entrada más modestamente instrumental y conscientemente adulterino, aunque confía en ser también riguroso. En realidad, este texto presenta los primeros pasos de una investigación en la que, si bien el enfoque biográfico había sido efectivamente previsto, pronto ha invadido buena parte de los espacios adjudicados a otros soportes teórico-metodológicos, hasta convertirse en el eje organizador del trabajo; sin embargo, estos otros sustentos siguen insistiendo de forma subterránea en sus lógicas, resistiéndose a quedar fagocitados por la fuerza de gravedad biográfica. Por ello, lo que aquí se ofrece es un esbozo de biografía enmarcada en una historia cultural de la política. El interés en desvelar claves culturales que expliquen la acción política es, decididamente, el horizonte fundamental de este trabajo, que, de forma más secundaria, pretende además desbrozar el camino para una historia transnacional del liberalismo histórico, inscribiendo el objeto de estudio en una perspectiva atlántica, atenta a las transferencias culturales en torno a los conceptos de representación y buen gobierno (4). (2) Seleccionar en una nota a pie de página la bibliografía teórica más destacada sería tarea imposible. Como guía inicial remito a la que estimo es la más brillante reflexión española sobre el auge y las exigencias de un género siempre problemático: Burdiel (2000). Puede encontrarse un repertorio bibliográfico muy completo en http://www.uv.es/retpb/index-1.html, la página de la Red Europea sobre Teoría y Práctica de la Biografía coordinada por Isabel Burdiel. Este texto procede, de hecho, del seminario celebrado por dicha Red en el Instituto Europeo de Florencia (Febrero, 2011), donde pude discutir una primera versión del trabajo. Agradezco a todos los participantes del encuentro sus comentarios, y, especialmente, a Giovanni Levi, con quien discrepé en el uso del enfoque. (3) «Non tutte le Biografie sono Microstoria», ponencia de Giovanni Levi en el 3rd Meeting of the ENTPB: Biography as a Problem: New Perspectives (EUI, Florencia, 25-26 Febrero 2011). Su texto más conocido e influyente sobre la biografía: Levi (1989). Una útil reflexión sobre las relaciones entre biografía y microhistoria, en Lepore (2001). (4) La mirada cruzada entre España y América, entre otros, en Bonaudo y Zurita (2010), Sierra y Peña (2011). 08_Maria Sierra.indd 205 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 206 1. MíniMo perfil biográfico de un perfecto secundario Gabriel García Tassara vivió casi todo el siglo xix, o, sería mejor decir, lo apuró. Sus diversas caras biográficas parecen todas dibujadas con trazos igual de intensos: estudiante y joven amante aplicado en su Sevilla natal, poeta de éxito en los salones literarios del Madrid romántico, periodista fustigador de los males del sistema, parlamentario que consiguió vencer una enfermiza aversión a hablar en público, embajador enojoso en unos Estados Unidos en plena guerra civil, escritor desengañado de la política y sus vicios que, no obstante, procuró volver a la arena pública al final de sus días… Sin embargo, todo lo que públicamente fue ha acabado instalado en ese cruel limbo de la memoria al que lleva la fama más efímera: conocido y alabado en su propio tiempo, ha quedado para la posteridad, como otros muchos personajes de similar o mayor éxito, reducido a la condición de perfecto secundario en todos los ámbitos públicos en los que descolló. Su poesía, mediocre en muchos casos desde una sensibilidad actual, le ha merecido figurar en algunas antologías hoy poco frecuentadas, de similar modo que su ambiciosa actividad diplomática le ha valido algún artículo aislado por parte de los historiadores de las relaciones internacionales (5). Solo un raro estudioso de lo raro, Mario Méndez Bejarano, le concedió en las primeras décadas del siglo xx una deseable segunda vida, a cuya estela me sitúo por razones también extrañas (6). Antes de explicarlas, parece conveniente presentar con algo de detalle a este protagonista prescindible de la historia. Empezar por su nombre no es una boutade: Tassara, así le apelaron amigos y amantes —la también escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda, señaladamente— y así firmó él mismo frecuentemente tanto sus informes diplomáticos como su poesía. Gabriel prefirió como nombre público el sonoro apellido de su madre, una sevillana de mezclados orígenes, que se casó y enviudó muy joven, y con la que mantendría un fuerte lazo afectivo a pesar de la lejanía, que parece correr en paralelo al contradictorio sentimiento de ahogo y nostalgia experimentado ante el territorio andaluz de su infancia (7). (5) Entre las primeras, Valera (1903), SáncHez (1911), Morales (1967). Entre los segundos, Brauer (1975), Jou (1992). (6) Méndez Bejarano (1928). Por encima de las diferencias ideológicas, el biógrafo, krausista y republicano, sintió gran empatía con el biografiado. El perfil académico de M. Bejarano en PasaMar y Peiró (2002). Y una descripción más libre, que resalta la calidad «estrambótica» de este erudito, en Cansino Assens (1985): 98. Agradezco a Julio Pardos esta última referencia a propósito de una cierta comunidad de atrabiliarios que parecen atraerse mutuamente. (7) El espejo del afecto de la madre aparece en la larga carta que le escribe en 1865, mientras ejercía su cargo diplomático en Estados Unidos, la poeta Carolina Coronado: «siempre que cuento a su madre de usted lo que le ensalzan en América, ríe y llora a un mismo tiempo y concluye por abrazarme», citada en Méndez Bejarano (1928): 32. Versos que muestran la doble faz de esta pequeña patria, añorada pero insatisfactoria, en Himno al sol y Monotonía, en Poesías de 08_Maria Sierra.indd 206 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 207 Al joven Tassara muy pronto se le quedó pequeña Sevilla, por más que esta ciudad fuera en los años 30 uno de los corazones activos del primer Romanticismo español, con sus concurridas tertulias poéticas y con algunos interesantes experimentos de periodismo literario. Al acabar los estudios de filosofía y de leyes en su Universidad, le faltó tiempo para dar ese salto a Madrid, capital del poder real y simbólico, anhelado por todo joven de ambiciones. Y Tassara tenía muchas cuando llegó al epicentro del terremoto político del liberalismo español en 1839: recién asentado el régimen constitucional frente a la amenaza contrarrevolucionaria carlista, conservadores y progresistas se batían el cobre en la capital del reino por apoderarse de un gobierno que les permitiera diseñar con mano firme la planimetría del nuevo Estado y de su esfera pública, desde muy distintas concepciones del alcance que debía tener la participación ciudadana así como de los límites de la autoridad (8). El joven sevillano se colocó resueltamente del lado de aquellos liberales conservadores dispuestos a contrarrestar por todos los medios la movilización política popular animada por el progresismo, y dedicó todo su empuje como polemista en la prensa de la época al combate contra «la estúpida y feroz soberanía/ de que hablan los tribunos a la plebe» (9). A la par que fraguaba alianzas y animadversiones políticas muy duraderas, triunfó como uno de los poetas de moda en el Liceo Artístico y Literario y otros escaparates del romanticismo madrileño. De entonces data su conocida y polémica relación con Gómez de Avellaneda, crisol de sus más acendrados juicios de género. De entonces también su giro a la poesía político-social, transmutándose en «poeta cívico» a la vez que se declaraba desengañado de amores y otros placeres mundanos. Que la política activa vino a servirle de escala en algún tipo de huida hacia adelante lo demuestran los cargos que buscó y aceptó en los años siguientes: candidato frustrado al Congreso de los diputados en 1846, consiguió poco después sentarse en el hemiciclo durante las legislaturas que comenzaron en 1847, 1854 y 1857, si bien en esta última ocasión renunció al puesto para ocuparse del encargo gubernativo de Ministro Plenipotenciario en los Estados Unidos (10). Tassara vivió en este destino diplomático entre 1857 y 1867, diez años decisivos para la configuración de la nueva nación norteamericana y, de forma más general, para la ordenación de las relaciones de poder en toda el área continental y, por ende, en el mundo occidental. Allí, hizo buenos amigos, mantuvo don Gabriel García y Tassara, colección formada por el autor, Madrid, Imprenta Rivadeneyra, 1872, pp. 54-55 y 79-81 respectivamente. (8) Sobre los proyectos políticos diferenciados del moderantismo y el progresismo, y su confrontación en la España isabelina, pueden verse RoMeo Mateo (1998), Burdiel (2004) y Sierra (2007). (9) «Al ejército español, en el primer aniversario del Convenio de Vergara», El Correo Nacional, 31.8.1840. (10) Los datos básicos de su carrera política, en Sierra (2011, en prensa). 08_Maria Sierra.indd 207 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 208 cierta actividad literaria (o, cuando menos, se benefició de su fama y gustos para promover relaciones diplomáticas), y desarrolló una intensa vida erótica de la que no salió indemne. Al compás de todo ello, se convirtió en un esforzado cuidador de los intereses españoles en la zona y en un inteligente observador de la política internacional, cuyos informes fueron desaprovechados por los gobiernos españoles (11). De forma precoz, promovió como horizonte de relaciones entre España y sus ex colonias americanas un concepto de «hispanidad» que, basado en lazos de hermandad y colaboración, pretendía devolver a la madre patria un papel fuerte en el liderazgo internacional. Estados Unidos soportó la presencia de semejante activista de los intereses españoles, especialmente obsesionado por la conservación de Cuba, mientras estuvo sumergido en su propia guerra civil, de la que Tassara fue un privilegiado espectador. Pero, una vez cerrado el conflicto de secesión en 1865, Cuba volvió a situarse entre los intereses primeros de la política internacional estadounidense, y la labor del representante español no fue tolerada durante mucho más tiempo. Reclamado su cese al gobierno de Isabel II por parte de una delegación estadounidense de forma oficiosa pero imperativa, la sustitución se produjo en 1867. Comenzaba entonces, de regreso a Madrid, la etapa final de su vida, amarga colección de desengaños para quien no se resignaba a la derrota ni se acomodaba a vivir fuera del espacio público. Intentó volver a la carrera parlamentaria, y se presentó a las elecciones anunciando que tenía importantes cosas que revelar; pero lo hizo sin el favor del gobierno y, por lo tanto, sin éxito. A pesar de su conservadurismo, fue el Gobierno Provisional revolucionario de 1868 quien le ofreció de nuevo un cargo, el de embajador en Londres, donde llegó con el aval de su anterior trayectoria diplomática. Su salud deteriorada, sin embargo, le obligó a dimitir a los pocos meses y a llevar, de vuelta a su país, una vida de ateneo y tertulia, en unos años en los que compiló una gruesa antología de su propia obra poética (12). Solo el golpe militar del general Pavía, que a finales de 1873 puso fin a la I República española, reanimó efímeramente sus sueños de protagonismo político, antes de morir a comienzos de 1875. En buena medida, el reto que plantea su vida (y que obliga a su biografía) es esencial para entender la compleja realidad del liberalismo histórico: me refiero a la aparente paradoja de participar activamente en la construcción del régimen liberal español desde varios de sus centros neurálgicos —parlamento, tribuna periodística, representación diplomática— y de ser a la vez un reaccionario que, a duras penas, alcanzó a compartir algunos de los mínimos supuestos básicos del liberalismo. (11) Su correspondencia diplomática oficial ha sido estudiada y ampliamente reproducida en Jou (1992) y Palenque (1984), además de en la meticulosa biografía ya citada de Méndez Bejarano (1928). (12) La obra, publicada en 1872, tiene un claro sentido autobiográfico, o al menos su autor la concibió como una suerte de testamento político y literario, según manifestaba en el «Prólogo» justificativo que la precede, donde reflexionaba sobre su lugar en «un siglo por esencia y potencia demoledor», Poesías de,… (pp. V-XIV). 08_Maria Sierra.indd 208 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 209 El estudio de su discurso parlamentario nos sitúa ante un diputado que, escéptico y satírico con las bondades de las asambleas representativas, se mostró empero, una vez descubierta su capacidad oratoria, como esforzado paladín de las causas en las que creía, además de presentarse como un candidato consciente del significado de dirigirse por escrito a sus electores. De igual manera, el análisis del complementario discurso político contenido en sus poesías cívicosociales nos enfrenta a un escritor público con una concepción dialéctica y dramática de la historia, que rechaza mitos nucleares del siglo xix, como el del progreso, y que sin embargo se adaptó con facilidad a los escaparates literarios burgueses y al cursus honorum de la política oficial de su tiempo. Desde otras coordenadas, sus opiniones públicas sobre el lugar de la mujer en la sociedad liberal nos coloca ante un defensor a ultranza de la figura estereotipada de algún modelo de «ángel del hogar», que, sin embargo, en varias de sus relaciones privadas (y su correlato poético) prefiere a la, por otra parte muy temida, mujer fuerte —la mujer escritora, la mujer inteligente—. Por estos y otros motivos, creo que la biografía de Tassara puede servir para analizar el liberalismo político desde dos claves culturales distintas y complementarias. Procuraré, primero, atender al significado del Romanticismo, una manera de estar en el mundo y una sensibilidad que enlaza la crisis de principios con la de fin de siglo, y que parece fundamental para entender las «torsiones» del liberalismo, es decir, ese poso de conservadurismo e, incluso, de «reaccionarismo» que hay en su mismo corazón. En segundo lugar, propongo analizar este cruce de la política liberal y el romanticismo cultural desde la clave de la identidad de género, al entender que la masculinidad aprendida e interiorizada por los protagonistas de la construcción del nuevo régimen enmarca de forma decisiva las maneras de entender y hacer política y literatura (13). 2. poeta antes que político Es sabido que escritura y política fueron dedicaciones no solo compatibles sino también incluso hermanas en la nueva esfera pública liberal nacida con las revoluciones (14). Como el jurista, el escritor, en virtud de sus habilidades y potenciales aportaciones, sería uno los aventajados por profesión en la parrilla de salida de la política liberal, que incluyó a estos intelectuales embrionarios en la nómina de los selectos destinados a ser electos como representantes de la (13) La segunda de estas intenciones plantea, a la manera propuesta por John Tosh para la Inglaterra victoriana, la oportunidad de hacer de la masculinidad no ya solo un objeto de estudio con historia propia sino un enfoque que enriquece también la historia en cuanto que mainstream, («since the subjets of the history of masculinity are intrinsecally not different from the subjets of political or social history»); TosH (2005): 8. (14) La estrecha relación entre la escritura y la política, y el papel de los escritores en la formación de los discursos públicos resulta brillantemente analizada para España en Juliá (2004). 08_Maria Sierra.indd 209 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 210 nación —por supuesto, en combinación, no siempre fácil, con las nuevas «aristocracias» de definición económica— (15). Tassara fue uno más de aquellos a quienes la escritura aupó, como hombres públicos, en la carrera política. Compartió también con buena parte de su generación, lógico signo de su tiempo, una manera romántica de entender la labor literaria. Pero es igualmente cierto que Tassara representa de forma particularmente completa, entregada e intensa la entrada invasiva del Romanticismo en las actitudes psicológicas y en las reglas lógicas del hombre del siglo xix (16). En su caso, como se verá, el Romanticismo no implicó solo una determinada estética y un lenguaje, o una comunidad de lecturas y de referentes míticoheroicos. Imbuido de una filosofía de la historia que parece resultado de la vulgarización de las ideas hegelianas sobre el cambio y su sentido, Tassara exhibe en su discurso y poesía una cosmovisión marcada por el conflicto y su fatalidad, sin la cual no es posible entender sus posiciones políticas (17). Sus intervenciones parlamentarias y las más de 500 páginas de su antología poética permiten descubrir, bajo un imaginario típicamente romántico —muerte, cementerios, tormentas, naufragios y, en suma, destrucción—, las pulsiones de una visión del mundo y de su historia tan dialéctica como trágica, a partir de la cual Tassara construyó sus ideas sobre la misión de la política y sobre su misión en la política. Para comprender la coherencia de su cosmovisión, conviene tener en cuenta las varias maneras en las que el Romanticismo fue para este poeta una escuela. Su formación y precoz maduración literaria se produjo en una Sevilla en la que la educación clásica y latina recibida de afamados maestros, como Alberto Lista, se combinó y transformó pronto en un beligerante romanticismo, aprendido y practicado en las reuniones literarias que compartió con otros escritores, como el Duque de Rivas, o en aventuras editoriales tan significativas como la publicación, efímera y militante, de la revista El Cisne, ideada no solo con el objeto de dar a la luz las poesías de este grupo de románticos sevillanos sino también para exponer su ideario estético (18). No cabe duda de que Tassara se (15) Para el caso español, en el contexto europeo, puede verse Sierra, Peña y Zurita (2010). (16) Algunos escritores-políticos más prudentes, como el liberal progresista Escosura, autor prolífico de novelas y dramas históricos, se resistió a los géneros más peligrosos y a las formas más desbordadas; como confesaba en una carta privada, prefería la prosa a la lírica, pues «cuando escribo versos, mi cabeza se vulcaniza, la pluma arde en mi mano (…)», solo puedo «tronar contra los vicios» y «la misión sería inútil y arriesgada». Carta a Ventura de la Vega, citada en Cano Malagón (1988): 84. (17) No me refiero al aprendizaje teórico y formal de la filosofía hegeliana, sino a la participación en la difusión —mediada, mixtificada y recreada— de ideas procedentes de un sistema filosófico, que en este formato de vulgata están en la base de cualquier cultura política, en el sentido indicado por Berstein (1999). (18) El Cisne se publicó entre el 3.6.1838 y el 30.9.1838, y ha sido considerado uno de los exponentes más notables del Romanticismo en España; Peers (1954): 71; Palenque (1987). In08_Maria Sierra.indd 210 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 211 montó con decisión en «ese nuevo Pegaso» del que, en su poesía burlesca Clasicismo y Romanticismo, hacía hablar a Horacio, a quien convertía en imaginario interlocutor de sus cuitas estéticas: «cuando por dicha os leo/ soy clásico y muy clásico/; mas me pongo a hacer versos,/ e involuntariamente/ romántico me vuelvo» (19). El Romanticismo fue también para Tassara un espacio de confraternización con otros escritores a los que se vinculó por estudios y gustos, una suerte de primera socialización —masculina— en valores compartidos sobre la que se tejió una red de relaciones que tuvieron luego cultivo en otros ámbitos, como la diplomacia, y duradero efecto de amistad política (20). Pero su aprendizaje literario fue, sobre todo, el marco para conocer y recrear un sentido eminentemente romántico de lo bello, que, como buen fundamento profundo de cualquier lógica filosófica, definiría el marco elemental de las referencias ontológicas y éticas de Tassara, y, en consecuencia, de sus ideas sociales y políticas. Sin poder adentrarme en una reflexión más general, solo procuraré ofrecer algunos apuntes sobre el sentido de la belleza de este concreto romántico, que pivotó sobre el trípode de lo sublime, lo trascendente y lo intenso (21). Los no muy abundantes —aunque sí a lo largo de su vida constantes— poemas que Tassara dedicó a verbalizar lo experimentado ante el espectáculo de la Naturaleza reflejan de forma canónica el sentimiento romántico de lo sublime, aquí básicamente formulado en esa pareja sensación de participar de la grandiosidad de una belleza de rango superior que, a la vez, deja disminuido al observador (22). De forma aún más explícita, aunque también de manera asociada a la emoción de la Naturaleza, la necesidad de una belleza trascendente aparece en varios de sus poemas de amor, en los que, rasgando el velo del estereotipo de la amada corrompida si alcanzada, construye a la mujer como medio de coformación sobre los circuitos literarios por los que se movió Tassara en su juventud sevillana, en Palenque (1986). (19) Clasicismo y Romanticismo, en Poesías de… pp. 83-93, cita p. 86. (20) Sin poder entrar aquí en esta cuestión, quiero no obstante destacar la importancia de este círculo de amigos y compañeros, ámbito preferente de sociabilidad de Tassara. Entre sus pares, figura, por ejemplo, Salvador Bermúdez de Castro, otro poeta-político, compañero de correrías juveniles en tierras sevillanas y más tarde de aventuras diplomáticas, cuyo intenso perfil romántico es muy parejo al de Tassara (quien, en una poesía dedicada al amigo, recordaba «tus versos, Salvador, que amé cual míos», A Salvador. Recuerdos, en Poesías… pp. 334-338, cita p. 334). (21) La obra de Edmund Burke, Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1757), sería en este punto la base fundamental para la posterior elaboración romántica de un concepto de lo sublime que no se definiría ya tanto por distinción del de belleza sino que constituiría su más alta formulación (Edición de Gras Balaguer, 1987). (22) Así, ante un paisaje de montañas que, para el romántico, parece propiciar lo sublime («lo inmenso, lo infinito/, lo eterno»), siente «la gran voz del silencio/ del universo voz», y puede sumarse a una fuerza «que en santa emanación/ siento bajar del cielo/ y orlarme en su fulgor/ y electrizar mi alma,/ y arrebatar mi voz/ en sublime cántico/ de admiración y amor»; La nueva inspiración (1867), en Poesías de… pp. 469-476. 08_Maria Sierra.indd 211 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 218 irritantes de la más general extensión social del debate político, un mal nacido, como otras «pestes», «de la boca del infierno revolucionario» (44). No fueron pocos ni sólo conservadores los políticos liberales que se preocuparon por argumentar que la mujer no tenía espacio en la nueva esfera pública construida con el sistema representativo, una exclusión que, aunque fuera explicada como natural, conllevaba un artificioso proceso de creación político-cultural en el que intervinieron influencias intelectuales externas, tradiciones culturales propias y necesidades políticas inmediatas (45). Y es que, en el corazón de este proceso quedaba emplazada, en cierta medida, la misma virilidad moderna. No ya solo porque el género definiera una forma básica de inclusión/exclusión política —la condición ciudadana—, primer y elemental muro de contención de un nuevo orden que pretendía frenar («construir», en el lenguaje políticamente correcto de la época) la revolución limitando la participación de la sociedad civil, con su correlato legal de poder y sumisión (46). También, y sobre todo, porque la política pudo ser una de las arenas en las que se demostrara (aprendiera y fuera reconocida) la hombría, una faceta esta menos estudiada de la conexión entre género y política, pero posiblemente muy productiva desde ambos enfoques si tenemos en cuenta que esta forma de confirmación de una identidad actuaría como motor de un circuito de relaciones retroalimentado. Como en otros países, los parlamentarios españoles de la generación de Tassara mantuvieron un discurso que evidenciaba (y colaboraba a) la naturalización de la exclusión política de las mujeres y, de forma menos explícita, otras exclusiones paralelas, sentidas como necesarias por los defensores del nuevo orden posrevolucionario: cuando en 1856 el Partido Pogresista, efímeramente en el poder, intentó ampliar el censo electoral rebajando los niveles de renta requeridos para poder votar e incorporando a los miembros de la Milicia Nacional, la prensa del Partido Moderado contraatacó escandalizada, arguyendo que, si se seguía por esta vía, el derecho de voto quizá no «pudiera negarse a los dementes, a los idiotas, acaso ni a las mujeres (...)» (47). Que las mujeres fueran detrás de los dementes y los idiotas en esta escala evolutiva era, entre otras cosas, resultado de la construcción de las virtudes políticas como virtudes propiamente masculinas, a la vez que, reforzando aún más su potencia descriptiva, antitéticamente femeninas. Si otros tratadistas más rigurosos en sus procedi- (44) «La Político-mana», en Los españoles pintados…, vol II, pp. 38-47, citas pp. 39 y 41 respectivamente. (45) En la presentación de lo artificial como hecho natural es fundamental el papel de la ciencia, como han destacado, en relación a la construcción de normativas de masculinidad, Mosse o Nye, este último con especial atención a las implicaciones políticas del pensamiento biológico; Mosse (2000), Nye (1993). Útiles observaciones sobre el efecto de la entrada del positivismo en España y sobre la naturalización de visiones sobre el carácter masculino y femenino de acendrado determinismo biológico en Aresti (2000) y Ríos Lloret (2006). (46) Un completo recorrido a través de la construcción de esta exclusión, en Guardia Herrero (2007). (47) La Época, 2-2-1856. 08_Maria Sierra.indd 218 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 219 mientos argumentaron pseudocientíficamente la conocida comparación política entre la fortaleza, la templanza y la moderación masculinas versus la debilidad, la ligereza y el apasionamiento femeninos, el escritor satírico que fue Tassara prefirió la burla para insistir en lo esencial de esta segregación de esferas: «Las partes que ataca la política son más débiles en la mujer que en el hombre; su cabeza no resiste tanto, su lengua es más movible, y una vez acometido su cerebro de la fiebre que produce la política, una vez acometidos sus órganos orales del azogamiento en que los pone la política… ¡infeliz mujer! ya no hay remedio, ya no hay alivio para ella» (48). La inteligencia era pues masculina como la charlatanería femenina, y su lectura cívica en forma de virtudes y vicios transitó por muy diversas formas de escritura política de la época, que coincidieron en subrayar, sesuda o irónicamente, la necesidad de salvaguardar la esfera pública de elementos femeninos o feminizados (49). Aún más, de las «mujeres viriles». Y aquí, Tassara sabía bien de lo que hablaba. Por los mismos años en los que escribió esta diatriba contra la mujerpolítica, vivió una corta pero intensa y trágica relación con una escritora a la que diversos coetáneos coincidieron en calificar, por su genio literario y su energía vital, de viril. Cuando una de las máximas figuras del romanticismo español, José Zorrilla, recordó el episodio de la presentación en el Liceo de la poeta cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, destacó cómo «los pensamientos varoniles de los vigorosos versos con que reveló su ingenio revelaron algo viril y fuerte en el espíritu encerrado dentro de aquella voluptuosa encarnación mujeril» (50). Tassara la conoció en estos círculos literarios; Tula, nombre familiar de Avellaneda, se convirtió en una de las pocas escritoras románticas que, en virtud de su éxito de público, pudo vivir desafiando algunas convenciones sociales de la época; ambos debieron sentirse atraídos por la fama y la fuerte personalidad del otro, y mantuvieron una relación amorosa de la que ha quedado un mutilado registro epistolar. La voluntad y la inteligencia de Tula, de la misma manera que la hacían atractiva, pronto debieron volverse en su contra a los ojos de un amante acostumbrado a mujeres menos imperativas. Más cuando ella tuvo una hija como resultado de la relación. Entonces, Tassara hizo mutis por el foro, a pesar de las dramáticas cartas que le dirigió la madre abandonada, y parece que procuró (sin acabar de conseguirlo) no volver a enamorarse de mujeres fuertes sino sumisas (51). (48) «La Político-mana», en Los españoles pintados…, p. 40. (49) En uno de los muchos repertorios biográficos que retrataban colectivamente a los parlamentarios de una determinada legislatura, un diputado era, por ejemplo, considerado «veleidoso e inconstante en opiniones como la muger (sic) coqueta», en Vargas MacHuca, francisco y lobo rui pérez, vicente: El libro de la verdad o Semblanzas de los diputados del Congreso de 1851. Madrid: Imp. de D. Antonio Mateis Muñoz, 1851, p. 13. (50) Recuerdos del tiempo viejo; junto a otros testimonios, en Catena (1989): 20. Sobre el reconocimiento de la feminidad/virilidad en Avellanada, Delgado (2008). (51) La relación privada como modeladora de las actitudes públicas, en Sierra (2011). 08_Maria Sierra.indd 219 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 220 Vida privada y opiniones políticas quedan en este punto estrechamente enlazadas; cuando construye a su «politicómana» como un retrato feroz de la mujer que se informa, lee y opina de política, por no decir ya de aquella que pretende tener derecho de voto o entrar en las Academias (Avellaneda fue rechazada en esta última intención), y la describe por oposición a aquella otra mujer que no aspira a saber de lo que no debe saber, Tassara tiene cercanos referentes reales. Pero también es cierto que, más allá de la experiencia privada, su rechazo a las mujeres con pretensiones políticas reflejaba un temor compartido: cuando hay necesidad de burlarse de las marisabididillas y las politicastras es porque, como las meigas, haberlas haylas (52). No debieron de ser muchas las mujeres fuertes que en la España de mediados del xix se aventurarían, como Avellaneda, a desafiar frontalmente el orden social y cultural de su tiempo, siendo más probable el recurso a estrategias de negociación que permitieran, bajo la apariencia de sumisión o de colaboración, tener algún tipo de intereses públicos (53). Pero la presencia incuestionable de mujeres escritoras románticas en España, alguna de reconocido éxito y varias insertas en redes de colaboración que transitaban de uno al otro lado del Atlántico hispano, pudo representar para los poetas políticos como Tassara, y de forma más general para cualquier hombre que hiciera de la arena pública un espacio de demostración de su masculinidad, una amenaza cierta (54). Porque si el trabajo o los espacios de sociabilidad —desde el club al ateneo o la taberna— han sido considerados, con razón, arenas en las que históricamente se demostraba y, en consecuencia, se construía hombría, durante el siglo xix la actividad política no debió de ser menos decisiva en este sentido. No ya, obviamente, al menos en las naciones europeas relativamente constituidas en sus fronteras territoriales, porque los varones que no participaran en la política no fueran «verdaderos» hombres, sino porque en esta arena algunos podían afianzar señaladamente la reputación de su masculinidad (55). En este (52) Una indicación en este sentido en RoMeo Mateo (2006). (53) Un magnífico ejemplo de esta segunda forma de forzar, sin romper, los márgenes establecidos por el reparto oficial de roles de género puede encontrarse en la vida de quien fuera mujer de un ilustre guerrillero liberal, además de aya de Isabel II, en RoMeo Mateo (2000). Sobre las escritoras románticas y sus círculos, Kirkpatrick (1991). (54) Sin duda, los años 40 del siglo xix, escenario de la actividad de estas escritoras románticas que, de manera diversa, amenazaron el orden patriarcal, no significarían un escalón de «crisis de masculinidad» como el de las primeras décadas del siglo xx (o, de otra forma, las décadas finales), pero de alguna manera y en similar contexto —una sociedad inmersa en una intensa y plural transformación, con la consiguiente angustia por el derrumbe de valores morales supuestamente universales— promovieron una reacción de defensa ante la amenaza de profundos cambios. Para la reorganización de la identidad masculina en épocas de crisis en general y, de forma más exacta, en España, Aresti (2010). (55) La peculiaridad de las nuevas repúblicas americanas, donde la definición de la masculinidad estuvo, como todo lo demás, estrechamente relacionada con los procesos de construcción nacional, expansión territorial y exclusión/inclusión de la población indígena, en Peluffo y SáncHez Prado (2010). 08_Maria Sierra.indd 220 24/02/12 11:30 HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 27, ENERO-JUNIO (2012), PÁGS. 203-226 221 cruce de caminos, el honor, como ha estudiado Robert Nye, deviene un concepto fundamental; un honor que, alimentado por hondas raíces en el Antiguo Régimen, se expandió socialmente en el siglo xix y, a la vez que mantuvo componentes tradicionales, fue adquiriendo nuevas implicaciones estrechamente relacionadas con la diferenciación de roles sociales en virtud del género (56). Como Nye señala, el concepto del honor y su lenguaje resultan privativamente masculinos, y, mientras reducen a las mujeres a la condición de receptoras pasivas, conceden a los hombres la posibilidad de tenerlo y aumentarlo de forma activa según su voluntad o capacidad. Ser valiente constituiría una de las garantías de lograrlo, en el contexto incluso de una cultura del duelo de larga perduración, que atravesó el parlamentarismo u otros espacios de la política moderna (57). Al igual que muchos otros parlamentarios españoles, Tassara no dejó de presentarse en el Congreso como un hombre de honor, celoso guardián de su honra: cuando en una sesión parlamentaria de 1855 le pareció que, en respuesta a su discurso, otro diputado había puesto en duda la honorabilidad de los moderados en una votación, Tassara saltó como un tigre para pedir explicaciones, porque «cuestión de honra no puede ser una cuestión de opiniones» y «la palabra honra es tan vidriosa [que] al través de ella todos podríamos ver comprometida la nuestra» (58). Creo que puede ser muy iluminador intentar apreciar en qué medida el Parlamento, u otros foros prototípicos de la política moderna, pudieron ser también escenarios donde se demostrara y viera reconocida la hombría, pues parece evidente que la actividad política de los regímenes liberales fue una de las arenas en las que se construyó masculinidad. Es cierto que esta conexión entre política y género, que no se articula tanto a través de la confrontación con «el otro» —la mujer, y todas sus características biológicas y espirituales que la harían «naturalmente» inhábil para la política—, sino a través de la más positiva afirmación de valores dirigidos a recabar el reconocimiento de los pares, es de más difícil rastreo. Si el discurso que describe la incapacidad política de la mujer y la contraria cualificación natural del varón es no solo explícito sino, en algunos casos, como el de Tassara, agresivo, el reconocimiento de los pares deja testimonios más escasos, indirectos y mediados. Para Tassara, el más expresivo reconocimiento de su masculinidad política llegaría años después de su muerte, cuando a comienzos del siglo xx su particular biógrafo cerraba la vindicación de su historia con un significativo epitafio: «Otra época viril le rendirá justicia». Mario Méndez Bejarano, ahora en una obra dedicada a los poetas españoles que habían vivido en América, insistió en presentarle como un «poeta masculino». Fundaba su opinión en la forma en la que Tassara había procedido a «la identificación del problema literario con el (56) Nye (1993). (57) Sobre el duelo, Frevert (2000); véanse especialmente las alusiones a algunos episodios parlamentarios en las pp. 392-393. (58) DSC, 5.2.1855, p. 1859. Episodios de este tenor no son excepcionales en el parlamentarismo español del xix, como puede verse en Sierra, Peña y Zurita (2010). 08_Maria Sierra.indd 221 24/02/12 11:30 POLÍTICA, ROMANTICISMO Y MASCULINIDAD: TASSARA (1817-1875) MARÍA SIERRA 222 político» y había sentido la escritura de denuncia como «misión», una misión que, decía, mantuvo por encima de la asegurada derrota. Esta especie de masculinidad heroica se evidenciaba en el caso de Tassara, según el biógrafo, tanto en este ámbito de la poesía cívica como en el aparentemente muy distante de la actividad diplomática, por la forma valiente —«patriota»— de entregarse a la lucha, sin temor al fracaso (59). Al censurado embajador que volvió obligado de Estados Unidos, al no menos derrotado candidato a diputado que fue poco después, al escritor que en 1872 compiló testamentariamente su poesía, y al maduro aspirante a amante de Carolina Coronado —¿otra mujer fuerte?—, probablemente le hubiera gustado la segunda vida que le regaló Méndez Bejarano. Máxime si tenemos en cuenta que el biógrafo admirado no dejó de señalar la conexión entre la manera plena —varonil— en la que Tassara desarrolló su misión como poeta-político con su resistencia al matrimonio y la forma aventurera de relacionarse con las mujeres: «el matrimonio es conveniente al peatón, molesto al nauta, imposible al aviador intelectual». Pasar de don Juan romántico a héroe tipo Saint Exupèry, sin escalas intermedias, habría sido posiblemente del agrado de quien en vida gustó presentarse como amigo del diablo (60). En todo caso, parece probable que algún tipo de fantasía retrospectiva identificó al biógrafo con su biografiado, enlazándolos por encima de las décadas y las generaciones que los separaban (61). La conflictiva inserción del sentimiento en los modelos modernos de masculinidad pudo actuar como largo puente temporal, y quizá en 1920 Méndez Bejarano entendía con aprendida naturalidad la paradoja en la que vivió inmerso Tassara durante las décadas centrales del siglo xix. La aporía de otorgar al sentimiento valor como forma de conocimiento y como arma política, a la par que su imperio se estigmatizaba como femenino, tendría que esperar aún más tiempo para empezar a resolverse. 4. bibliografía aresti, nerea (2000): «El ángel del hogar y sus demonios. 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