Vestigios de una biblioteca universal: de cómo y por qué guarda Sevilla libros del Conde-Duque
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D O S I E R AH ABRIL 2012 30 En 1607, Gaspar de Guzmán y Pimentel, el conde-duque de Olivares, decidió afincarse en Sevilla, ciudad en la que pasó una etapa crucial de su juventud hasta 1615; de los 20 a los 28 años. Esta estancia en la capital económica del Imperio Hispánico fue esencial para su maduración intelectual y, tal vez, para sus venideros afanes como bibliófilo. Un frenesí que, en pocos años, daría como resultado una de las mayores y más excelsas bibliotecas privadas de Europa en la primera mitad del siglo XVII; acopio de dijes gráficos y saberes del que el jesuita flamenco Claude Climent —jesuita del Colegio Imperial de Madrid autor del afamado Musei sive Bibliotheca tam privatae quam publica " (Lyon, 1628)— que la vio hacia 1635, dijo ser “una de las más excelentes, tanto por el número como por la selección de los mejores libros de toda clase, muy merecedora de visitarse y cuya fama es por doquier”. Sin dejar a la vez de hacer mención del extraordinario apego del dueño a los estudios y su incontenible anhelo por aumentarla cada día. Aquella librería era un fiel reflejo de la imagen que hoy tenemos de Olivares: un coleccionista insaciable y compulsivo, siempre obsesionado por tenerlo todo y de todo lo sublime. Entonces la vieja Híspalis resplandecía gracias a la Contratación de la Mar Océana; gozaba de ser el puerto y puerta de las Indias Occidentales, de las ganancias de un cosmopolita comercio intercontinental en el que los tratos con libros atraían las miras de las principales plazas tipográficas de España y el resto de Europa. De ahí que sus habitantes tuvieren al alcance de la mano, y de la faltriquera, cualquiera de las primicias editoriales del momento. Don Gaspar, por tanto, no tendría mayores dificultades a la hora de conseguir los impresos de su gusto en las vigorosas y bien nutridas tiendas de los bibliopolas hispalenses, la mayoría andaluces, castellanos, flamencos e italianos. Tampoco manuscritos, dado que Sevilla desde el siglo XIV venía siendo una plataforma peninsular de entrada de códices internacionales. DESTINO DE SU BIBLIOTECA. El más preciado testimonio del vínculo entre Sevilla y la biblioteca en cierne lo exhibe el testamento de su titular, firmado en Madrid el 16 de mayo de 1642. En éste el valido dispuso unas interesantes y emotivas cláusulas con la manera cómo se habría de proceder con la librería cuando acaeciere su óbito. Así, y cual solía ser la costumbre entre la alta nobleza amante de los libros, expresa ser su última voluntad la perpetua vinculación de la misma al mayorazgo de su casa de Sanlúcar. Con dicha manda quería evitar, sin a la postre conseguirlo, que semejante tesoro fuese objeto disgregación, enajenación, donación o venta. Por ello, a quien fuere el heredero de su hacienda le haría entrega de los libros el asistente de Sevilla, el corregidor del lugar donde se hallaren o la persona que el rey considerase pertinente. Entre tanto, y mientras la sucesión se hiciera efectiva, fue voluntad de don Gaspar que la custodia de la librería recayese en el prior del convento de San Jerónimo que tenía previsto fundar en su villa de San Juan Entre las aficiones culturales e intelectuales del conde-duque de Olivares, los libros, sin duda, acaparaban una atención predilecta. No en vano los estudiosos de este gran valido de Felipe IV lo distinguen como exponente de una desmedida y diletante pasión bibliográfica. Una inquietud anímica que pudo heredar de su padre don Enrique, en vida apodado “el papelista”, quien, siendo embajador en Roma, sobrado tiempo gastó en la averiguación de obras para la rica librería del Escorial. Mas el hijo, don Gaspar, parece que fue en Sevilla donde empezó a reunir la que llegaría a ser una de las más importantes bibliotecas de su tiempo, el fruto de su implacable y siempre insatisfecha ansia de textos, impresos o manuscritos; cuales fueren, pero de todo sólo lo mejor. Vestigios de una biblioteca universal De cómo y por qué guarda Sevilla libros del conde-duque CARLOS ALBERTO GONZÁLEZ SÁNCHEZ UNIVERSIDAD DE SEVILLA MECENAS Y COLECCIONISTA
D O S I E R AH ABRIL 2012 31 El bibliotecario del Escorial realizó un catálogo de la librería del conde-duque en 1627. Real Academia de la Historia. de Aznalfarache, persona que, cuando llegara el momento, la traspasaría con toda solemnidad a su legítimo sucesor. No obstante, y previendo el tiempo, nada despreciable, que transcurriría hasta que aquel establecimiento religioso fuese realidad, designa al Alcázar de Sevilla, del que era alcaide perpetuo, como almacén de su biblioteca, bajo la potestad de los protectores que dejase nombrados. Mas un cúmulo de inconvenientes varios irían retrasando la conclusión del cenobio en cuestión, contratiempos que despertaron los recelos del conde-duque hacia la viabilidad del proyecto. En tal tesitura, se vio obligado a suspender su resolución de depositar la librería en el Alcázar, contemplando como paradero alternativo su villa de Loeches (Madrid), adonde, ciertamente, la llevaría consigo, en cien grandes cajas, en 1643, cuando es destituido y tiene que abandonar Madrid. No mucho tiempo después de llegar a Loeches, recibió la inesperada visita de su sobrino don Luis de Haro, el nuevo valido del reino, con la misión de transmitirle una orden de Felipe IV conminándole a abandonar el lugar y trasladarse a Sevilla o a alguno de sus estados andaluces. La aparición del Nicandro —un impreso clandestino en defensa del gobierno del conde-duque como respuesta a la campaña denigratoria de sus muchos enemigos, que veían en él la causa de todos los males del reino—, no hacía muy aconsejable que don Gaspar residiese en un sitio tan cercano a la corte. Pero el Padre Ripalda, su confesor jesuita, alegando la delicada salud de Olivares, consiguió que el rey le permitiera marchar a Toro, en donde fue acogido, hasta su muerte en 1645, por su hermana en el palacio de los marqueses de Alcañices. Los libros los dejó en la villa de partida. Pese a todo ello, dicho testamento no llegaría a ejecutarse, pues en el que dictó en noviembre de 1645 su viuda, en virtud del poder que su marido le otorgó en Toro poco antes de morir, nada se dice de la biblioteca. Sin embargo, doña Inés, en el suyo particular, otorgado en septiembre del mismo año, manda que se “tasen los libros de la librería que está en Loeches y se repartan entre los religiosos de Santo Domingo de Santo Tomás de Atocha y la del Carmen Descalzo de esta misma provincia y en particular a la Casa de nuestra fundación de Santa Teresa de Ávila; y que las dichas provincias y Casas se obliguen, con sus superiores, a decirnos las misas que correspondan a la tasa de los libros que les entregaren, a razón de dos reales la misa, por el alma del Conde mi señor y la mía”. Ahora bien, en el último de los codicilos que dictó, el del 9 de septiembre de 1647, se desdice de todo lo testado por ella hasta entonces y ratifica las intenciones primigenias de don Gaspar en su testamento de 1642; eso sí, ordenando que antes se diesen al padre Juan Martínez de Ripalda 500 volúmenes, los que él quisiere, de por vida, aunque con la obligación de entregarlos ■Ciertamente, la progresiva dispersión de la que fue objeto la biblioteca del valido tras su fallecimiento ha hecho que a día de hoy podamos encontrar sus libros en las mejores bibliotecas y colecciones privadas del mundo. Aunque la mayor parte de ellos acabó, hacia 1655, en el Escorial, donde aun hoy se conservan. Afortunadamente, la Biblioteca de la Universidad de Sevilla atesora 86 impresos y un curioso manuscrito en griego de Demóstenes, una cuantía que, claro está, representa una mínima muestra del conjunto total; pero, en general, puede ser una fiable maqueta con los principales rasgos distintivos de la biblioteca del conde-duque. Dispersa por todo el mundo
D O S AH ABRIL 2012 32 después al prior del convento de Santo Tomás de Atocha, “a condición de decir las misas que cupieren en la tasación de los dichos libros”; esta vez tasadas en tres reales. A pesar de estas últimas voluntades, sí podemos certificar que algunos libros llegaron al Alcázar sevillano; mas desconocemos cómo, cuándo y por qué. Quizás se trate de los que doña Inés dejó a Ripalda, quien los enviaría a Sevilla al no quererlos los frailes de Atocha, o fueron éstos quienes, en segunda instancia, los hicieron llegar aquí. No queda ahí la historia. En 1648, el mismo año de la muerte de Ripalda, acaecida el 26 de abril, dichos libros los compró el Colegio del Ángel de la Guarda de carmelitas descalzos de la capital hispalense, incidente que exhiben unas notas manuscritas de sus portadas con la advertencia siguiente: “deste colegio del Angel de carmelitas descalços de seuilla era de la libreria del Conde Duque que estaba en el alcaçar comprola este colegio año de 1648” (véase las notas manuscritas de las págs. 25 y 35). El procedimiento y pormenores de este negocio lo desconocemos; también si el pago se hizo en dineros o en misas. Los tomos en interrogación, excepto uno, reposan hoy día en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, cuyos anaqueles los acogieron, al igual que los de otros centros religiosos de la ciudad, a raíz de la desamortización de Mendizábal. El caso excepcional consiste en un hermoso ejemplar de la Anatomia del corpo humano composta M. Giovan Valverde di Hamusco, da luy con molte figure de rame et erudit discorsi in luce mandata (Roma, 1560), que todavía se conserva en el actual convento del Santo Ángel de los carmelitas sevillanos. CATÁLOGO. En definitiva, contamos con 86 impresos y un curioso manuscrito en griego de Demóstenes, una cuantía que, claro está, representa una mínima muestra del conjunto total; pero, en general, puede ser una fiable maqueta con los principales rasgos distintivos de la biblioteca del conde-duque. Ésta sólo la podemos conocer a partir del catálogo de la misma que, por encargo de Olivares, concluyera en 1627 Lucas de Alaejos, un jerónimo y sabio bibliotecario del Escorial, discípulo de Arias Montano. Entonces la librería sumaba 2.700 impresos y 1.400 manuscritos. El original del inventario resultante no se ha conservado, sí tres copias: una sita en la Real Academia de la Historia (véase pág.31), otra en la Real Biblioteca y la de la Biblioteca Vaticana, que difiere de las anteriores por incluir una sección de libros prohibidos. Queda pues en suspenso la evolución de este acervo hasta 1645. En la formación de semejante universo gráfico, sin duda prestaron un inestimable auxilio los consejos de los sevillanos Francisco de Rioja, su bibliotecario personal, y el canónigo Juan de Fonseca, dos de los mejores amigos y servidores del conde-duque; y, cómo no, el favor del rey, quien, esgrimiendo utilidad pública, dio entera libertad a su valido para hacerse con los libros y papeles de cualquier establecimiento donde estuvieren y que considerase oportuno expropiar. Vayamos a los libros objeto de nuestra atención. MAQUETA DE UNA COLECCIÓN. En principio hemos de decir que la lengua predominante, casi al completo, en los textos de referencia es la propia del mundo de la cultura: la latina. Muy atrás quedan el castellano, el italiano, el portugués, el francés y el griego del único manuscrito encontrado (véase pág. 34). Lo abrumador del latín, nos sitúa delante de saberes y temas característicos de gente con la preparación adecuada para su lectura, que por lo común los requieren para el estudio, el ejercicio de sus profesiones u otras aficiones intelectuales o bibliográficas varias. No casualmente las tePortada y grabados interiores de la Anatomia de Giovanni Valverde (Roma, 1560), propiedad del conde-duque y, en la actualidad, conservada en el convento del Santo Ángel de los carmelitas de Sevilla.
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D O S I E R AH ABRIL 2012 34 máticas halladas son la historiografía, los tratados científico-técnicos, el derecho civil y canónico, la política, los clásicos greco-latinos, la teología, los relatos de viajes y otras materias diversas. Lo mismo sucede con los formatos, entre los que despuntan el folio y el cuarto, es decir, la tipología habitual de los libros “profesionales” o cultos; en tanto que la encuadernación por antonomasia es el pergamino, a excepción de los 12 aderezados con cuero sobre tabla o cartón, en cuyas portadas señorean las armas del conde-duque. En cuanto a las fechas de edición, es la segunda mitad del siglo XVI el periodo de tiempo mejor representado, frente a los del resto del Quinientos y los de principios del XVII. Al respecto resulta imprescindible la mención de los cuatro incunables hallados, filigranas tipográficas de primer nivel: las Epistolae de Franceso Filelfo (Brescia, 1485), las Epistolae in Pontificatu editae de Pío II (Milán, 1487), la Aritmética de Jordanus Nemorarius (París, 1496) y el De Regimine Principum de Egidio Romano (Venecia, 1498). Los lugares de impresión tampoco ofrecen nuevas de relieve en función de lo esperado y hasta ahora sabido, de ahí que Italia vaya en cabeza, muy por delante de Francia, España y Flandes. De otro lado, Venecia, Lyon, Basilea, París y Amberes son las sedes de los tórculos que lideran la muestra. En resumidas cuentas, el liderazgo geográfico detectado gira en torno al centro de la imprenta de la alta Modernidad, de donde procedían la mayoría de los libros cultos y latinos, o con facturas de calidad, que entraban en mercados periféricos como el español. Al igual, entre las oficinas tipográficas figura lo más laureado de aquellos lugares: Plantino, Schosffer, de Boy, Froben, Sonnium, Giunti, Bevilaqua, Bellerum o Rovillium. UN GRAN ERUDITO. La relación de títulos y autores, por su parte, exhala muchas de las inclinaciones intelectuales del condeduque, de la pasmosa erudición de quien se decía estar “tocado de todas las ciencias de generalidad, con las cuales profesa tener contacto”. Las de un gran erudito, no un buen escritor ni orador, hambriento de conocimientos o cuanta pieza gráfica única y susceptible de adornar su inteligencia, poderosa grandeza y primacía en todo. He aquí, por ejemplo, su interés por la historia, actitud que no debe sorprendernos por ser una materia, corriente en las bibliotecas de los gobernantes de su tiempo, capaz de contribuir a un mejor desempeño de sus obligaciones estatales. A Francisco Manuel de Melo, noble portugués versado en letras que conoció a Olivares, le sorprendió que “los libros políticos e históricos que leía le habían dejado algunas máximas desproporcionadas al humor de nuestros tiempos; de donde procedía intentar de veces cosas ásperas, sin otra conveniencia que la imitación de los antiguos”. Así se advierte entre los libros sobre los que indagamos, donde afloran episodios del pasado del mundo en general (R. Mambrino) y, en particular, de muy diversos países: Flandes (J. Becanus), Bohemia (J. Dubravius), Italia (C. Salerno, R. Malespini, G. Marliani), Alemania (C. Lichtenau, B. Rhenanus) Francia (G. Capella), Suiza (J. Simmler), Polonia (M. Kromer), la India Oriental (J. Lemos), Bizancio (J. Curopalates) o Turquía (M. Barlezio). En estas tramas resalta un gusto especial por la Antigüedad, cultuEl manuscrito se conserva en la actualidad en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (BUS A 336/151). Demóstenes en griego, manuscrito del siglo XV que fue propiedad de Olivares.
D O S I E R AH ABRIL 2012 35 ra bien representada en la muestra por Boecio, Eutropio, Solino, Euclides, Epícteto, Flavio, Plinio y Demóstenes. No de forma gratuita el lusitano antes citado sentenció que “como si los mismos Tácitos, Séneca, Patérculos, Plinios, Livios, Polibios y Procopios de que se aconsejaba no mudaran de opinión, viviendo ahora, en vista de las diferencias que cada época impone a las costumbres y a los intereses de los hombres”. Tampoco podía faltar en la biblioteca de un gobernante un buen surtido de tratados del derecho común o de gentes, en las fechas conformado por la unión del civil y el canónico, la ley que regía la vida de Occidente en aquel periodo. Vengan al caso una interesantísima recopilación del código justinianeo (Basilikon) y otros volúmenes monográficos en torno a cuestiones variopintas como: el duelo (A. Alciati), jurisdicción eclesiástica (P. Bernardini), feudos (A. Capece), las chancillerías castellanas y la Rota pontificia. Complementa estas lides jurídicas la política, testigo aquí del impacto que en la España de Seiscientos tuvo el neoestoicismo de Justo Lipsio, del que Olivares, como adujera Arias Montano, y manifiesta su librería, era un fiel entusiasta. Los conocimientos científicos-técnicos sabemos que fascinaban a Olivares, algo notorio en el listado en descripción, en el que sobresalen las aritméticas de Euclides, N. Jordanus y J. Lefèvre d’Etaples; además de los tratados matemáticos de Cardano y Regiomontano. Les siguen las cosmografías de G. d’Annania y la del impertérrito Sacrobosco, o el de las fortalezas de G. Cataneo. Un interés peculiar parece que puso en cuestiones esotéricas y ocultas, la magia y otros métodos pseudocientíficos tales como: la interpretación de los sueños de Artemidoro de Éfeso, el de los cometas y sus prodigios de Fernández Rajo y la astrología judiciaria, adivinatoria, de Regiomontano. Este gusto literario se puede poner en conexión con los libros prohibidos que poseía; de ellos aquí constan el De somniorum interpretatione Libri Quinque de Artemidoro de Éfeso (Lyon, 1546), el Super Psalmum quinquagesimum Homiliae viginti sex de Juan de la Fuente (Salamanca, 1576) y el In Librum differentiarum Veteris Testamenti interpretatio de Nicolás de Lyre. No en vano solicitó al Santo Oficio una licencia especial que le facultara la lectura de “malos libros”, que le fue concedida en 1624 para que además pudiese leer “qualesquier libros de rabinos que hubieren traducido, parafraseado o comentado en lengua española y el Viejo Testamento”. Hemos dejado para el final los relatos de viajes, un género muy del gusto del condeduque, de los que no podemos omitir el Itinerario da Terra Sancta (Lisboa, 1593) del portugués Pantaleo de Aveiro. Del mínimo restante, y porque de libros se trata, siquiera mencionar la Bibliotheca classica siue catalogus officinalis del humanista alemán Georg Draud (Frankfurt, 1625). La religión, en cambio, es un capítulo poco representativo, salvo los habituales, en la época, comentarios bíblicos de la neoescolástica española de la Contrarreforma. Basten estas escuetas líneas para dirimir una suerte de libros que otorgan denodado lustre al Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla; acertado rastro de la quimera de los deseos intelectivos, provecho exhibicionista y ambiciones desmedidas del poderoso condeduque de Olivares. ■ Este ejemplar impreso en Brescia en 1481 se conserva en la actualidad en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (BUS A 336/151). Epistolae de Filelfo. Incunable que formó parte de la biblioteca de Olivares. Más información ■De Andrés, Gregorio Historia de la biblioteca del Conde-Duque de Olivares y descripción de sus códices II. Cuadernos Bibliográficos, 30. 1974. ■Wagner, Klaus Sobre el paradero de algunos libros de la biblioteca del Conde Duque de Olivares. Archivo Hispalense, 226, 1991. ■Marañón, Gregorio La biblioteca del Conde Duque de Olivares. Tipografía de Archivos. Madrid, 1936.