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Araújo Miguélez, Antonio: Utrera y sus antiguas fiestas de toros, pról. de M. Vieira, intr. del autor, Utrera (Sevilla), Ayuntamiento de Utrera, 1999, ed. patrocinada por la Fundación El Monte, Col. Temas Utreranos, n.º 4, 169 págs. [Reseña]

Romero de Solís, Pedro

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Revista de Estudios Taurinos N.º 12, Sevilla, 2000, págs. 267-278 Araújo Miguélez, Antonio: Utrera y sus antiguas fiestas de toros, pról. de M. Vieira, intr. del autor, Utrera (Sevilla), Ayuntamiento de Utrera, 1999, ed. patrocinada por la Fundación El Monte, Col. Temas Utreranos, n.º 4, 169 págs. Fig. n.º 42.– Portada del libro de Antonio Araujo Miguélez Utrera y sus antiguas fiestas de toros, 1999, editado por el Ayuntamiento de Utrera. por las riberas pantanosas del Ródano, las grandes toradas de la Camarga; impregna, transforma, marca las ganaderías de Portugal; conquista el Continente Americano... La creación utrerana pasea, mayestática, por las sierras de México, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú... Utrera es, ni más ni menos, que la capital del inmenso planeta del toro bravo. Su humilde plaza de toros, donde le vimos, hace años, desplegar a Rafael de Paula y a Curro Romero faenas para el recuerdo, es el símbolo de una gloria imperecedera hoy llamada, por lo que se ve, a ser sepultada. Utrera, y su plaza de toros, es el centro espiritual de un poderoso imperio de emociones, de gestas, de enormes construcciones artísticas, en fin, de la Tauromaquia. ¡Ay, si Utrera estuviera en el Sur de Francia! Sería un lugar de peregrinación, tendría un estupendo museo dedicado a la cría y selección del ganado de lidia, su plaza de toros habría sido convertida en un lugar de culto, se recorrería su término con la unción de un peregrinaje que haría estación en los lugares –campos y caseríos– donde se fraguó tan genial invención: la Dehesa de La Marisma donde pacían los toros de Vicente José Vázquez (Araújo, 1999: 105), los cerrados de toros del famoso Barbero de Utrera, los caseríos que fueron del Conde de Vistahermosa, el cortijo de Valcargado donde José Arias de Saavedra, alcalde de Utrera y maestrante de Sevilla, le hizo una inolvidable demostración de su poderío ganadero al Duque de Montpensier (Araújo, 1999: 128), el palacio de Casa-Ulloa, propiedad de otro de los ganaderos fundadores, donde se hospedó Fernando VII en una de las numerosas visitas con que los reyes distinguieron al pueblo de Calzas-Anchas, los sotos de Picavea de Lessaca donde pastaban las reses antepasadas de los «saltillos», es decir, el tronco principal de la ganadería brava de América ¡Cualquier cosa! Y los Cabreras, los Núñez Recensiones de libros 269 «Convencidos [los Cabildos] de lo beneficioso que es, a cualquier pueblo, la frecuente y numerosa concurrencia de forasteros, fomentan la construcción de aquellos edificios –Plazas de Toros–, porque la experiencia les ha enseñado los muchos bienes que pueden reportar al comercio, a la beneficencia y al sostén de las cargas públicas» (Sánchez de Neira: Gran Diccionario Taurómaco). Celebro la oportunidad con que se publica este libro, Utrera y sus antiguas fiestas de toros, de Antonio Araújo Miguélez. Era urgente y es necesaria. La minuciosa investigación llevada a cabo por Araújo si tiene por objeto el estudio de las fiestas de toros en Utrera, se focaliza, sin embargo, en el espacio urbano donde se realizan las funciones de toros, esto es, en la plaza de toros. Digo oportuna porque la plaza de toros de Utrera se halla amenazada de demolición. Relativamente céntrico hoy en día, el solar sobre el que se erige la plaza de toros del Arrecife de la Vega, se ha convertido en un espacio amenazado por la voracidad de los modernos especuladores urbanos. Esta compulsión se hace mucho más perniciosa cuando cuenta con el apoyo de una institución municipal insensible a la importancia de la identidad cultural del pueblo que representa. Utrera es, como dijera López del Ramo, «la madre y solar del toro bravo» (Cf. Araújo, 1999: 11). En campos de propios, en fincas de su término, se produjo, a mediados del siglo XVIII, la invención de un cultivo muy particular de reses vacunas, ni más ni menos, que las ganaderías de toros de lidia. Utrera es la patria del toro bravo y sus plazas de toros fueron testigos de ese descubrimiento extraordinario. De Utrera, el toro bravo andaluz, conquista primero, el centro y el norte de España, salta a Francia y toca con su sangre brava, primero, la ganadería silvestre de las marismas del Garona y, más tarde, Pedro Romero de Solís 268 por las riberas pantanosas del Ródano, las grandes toradas de la Camarga; impregna, transforma, marca las ganaderías de Portugal; conquista el Continente Americano... La creación utrerana pasea, mayestática, por las sierras de México, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú... Utrera es, ni más ni menos, que la capital del inmenso planeta del toro bravo. Su humilde plaza de toros, donde le vimos, hace años, desplegar a Rafael de Paula y a Curro Romero faenas para el recuerdo, es el símbolo de una gloria imperecedera hoy llamada, por lo que se ve, a ser sepultada. Utrera, y su plaza de toros, es el centro espiritual de un poderoso imperio de emociones, de gestas, de enormes construcciones artísticas, en fin, de la Tauromaquia. ¡Ay, si Utrera estuviera en el Sur de Francia! Sería un lugar de peregrinación, tendría un estupendo museo dedicado a la cría y selección del ganado de lidia, su plaza de toros habría sido convertida en un lugar de culto, se recorrería su término con la unción de un peregrinaje que haría estación en los lugares –campos y caseríos– donde se fraguó tan genial invención: la Dehesa de La Marisma donde pacían los toros de Vicente José Vázquez (Araújo, 1999: 105), los cerrados de toros del famoso Barbero de Utrera, los caseríos que fueron del Conde de Vistahermosa, el cortijo de Valcargado donde José Arias de Saavedra, alcalde de Utrera y maestrante de Sevilla, le hizo una inolvidable demostración de su poderío ganadero al Duque de Montpensier (Araújo, 1999: 128), el palacio de Casa-Ulloa, propiedad de otro de los ganaderos fundadores, donde se hospedó Fernando VII en una de las numerosas visitas con que los reyes distinguieron al pueblo de Calzas-Anchas, los sotos de Picavea de Lessaca donde pastaban las reses antepasadas de los «saltillos», es decir, el tronco principal de la ganadería brava de América ¡Cualquier cosa! Y los Cabreras, los Núñez Recensiones de libros 269 «Convencidos [los Cabildos] de lo beneficioso que es, a cualquier pueblo, la frecuente y numerosa concurrencia de forasteros, fomentan la construcción de aquellos edificios –Plazas de Toros–, porque la experiencia les ha enseñado los muchos bienes que pueden reportar al comercio, a la beneficencia y al sostén de las cargas públicas» (Sánchez de Neira: Gran Diccionario Taurómaco). Celebro la oportunidad con que se publica este libro, Utrera y sus antiguas fiestas de toros, de Antonio Araújo Miguélez. Era urgente y es necesaria. La minuciosa investigación llevada a cabo por Araújo si tiene por objeto el estudio de las fiestas de toros en Utrera, se focaliza, sin embargo, en el espacio urbano donde se realizan las funciones de toros, esto es, en la plaza de toros. Digo oportuna porque la plaza de toros de Utrera se halla amenazada de demolición. Relativamente céntrico hoy en día, el solar sobre el que se erige la plaza de toros del Arrecife de la Vega, se ha convertido en un espacio amenazado por la voracidad de los modernos especuladores urbanos. Esta compulsión se hace mucho más perniciosa cuando cuenta con el apoyo de una institución municipal insensible a la importancia de la identidad cultural del pueblo que representa. Utrera es, como dijera López del Ramo, «la madre y solar del toro bravo» (Cf. Araújo, 1999: 11). En campos de propios, en fincas de su término, se produjo, a mediados del siglo XVIII, la invención de un cultivo muy particular de reses vacunas, ni más ni menos, que las ganaderías de toros de lidia. Utrera es la patria del toro bravo y sus plazas de toros fueron testigos de ese descubrimiento extraordinario. De Utrera, el toro bravo andaluz, conquista primero, el centro y el norte de España, salta a Francia y toca con su sangre brava, primero, la ganadería silvestre de las marismas del Garona y, más tarde, Pedro Romero de Solís 268 entre las que destaca, cómo no, una corrida de toros en la plaza de San Francisco de Sevilla el 12 de agosto de 1520. Para mayor esplendor de la función el Cabildo sevillano invita a que los alcalareños envíen «mancebos bien ataviados y buenos jinetes» como ya se había comprometido a hacerlo Utrera que había decidido destacar «veinte de los mejores encabalgados» para jugar a cañas y correr toros (Araújo, 1999: 19). De 1552 es un documento donde se asegura que el 5 de noviembre fueron pregonados toros por Juan López, los cuales, finalmente, los remató un vaquero que respondía por el nombre de Melchor Hernández. A la hora de establecer las condiciones, el Cabildo se remite a las disposiciones que había dictado para ello, unos años antes, en 1549, lo que nos permite pensar que las corridas en Utrera, para esa fecha ya tenían cierto abolengo y que el Ayuntamiento se venía ocupando, desde hacía tiempo, de organizar funciones de toros para solaz y diversión de los utreranos (Araújo, 1999: 21). Un nuevo documento, aparecido en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Utrera, traslada el acuerdo tomado por dicho Cabildo de hacer «fiestas de toros y cañas para el día de Nuestra Señora de la Consolación» –advocación que, con los años, llegaría a convertirse en patrona de Utrera–, señala un lugar, la plaza del Altozano, donde celebrarlas y pacta, con el arrendador de la fiesta, el precio de los balcones (Araújo, 1999: 23). Los documentos sucesivos señalan a la plaza del Altozano, donde se hallaban los edificios de las Casas Consistoriales, el espacio urbano reservado para las funciones de toros, costumbre que se mantendrá hasta que en el siglo XIX se construya la plaza del Arrecife de la Vega, hoy amenazada de destrucción. Sin embargo, se celebraron corridas de toros Recensiones de libros 271 de Prado, los Pedrajas, los Murube... Denominaciones de ganaderías y de castas, nombres míticos, apellidos cuya pronunciación provoca, siempre, un sentimiento de asombro, de veneración, entre los millones y millones de aficionados a la fiesta brava que existen en el mundo. Todo eso y mucho más está simbolizado en Utrera, en la plaza de toros del Arrecife de la Vega, erigida a finales del siglo XIX y con capacidad para siete mil espectadores. Mas, a pesar de todo ello, ¡a derribarla! ¿No echaron abajo ya, los utreranos, la muralla que circundaba toda la ciudad? Pues entonces ¿por qué amilanarse con la plaza de toros? ¡A por ella!. Quizá construyan unos pisos de «alto stading», con galería comercial en sus bajos y, quién sabe, hasta tengan la suerte de que abran sus puertas un aseado McDonald’s y un práctico Pans & Company para que los jóvenes utreranos tengan la oportunidad histórica de incorporarse a la modernidad y comer «hamburgers» fabricadas con carne picada de «herdford». Pero plancheada, eso así, nada menos que sobre el solar del... ¡Arrecife de la Vega! ¡Qué gesta municipal! ¡El estupor para las generaciones futuras de utreranos! ¿Se puede aspirar a mayor gloria? Oportuno, repito, esta investigación de Araújo sobre la dimensión ganadera de la historia Utrera de la que se desprende que es, precisamente, su participación genial a la invención de las reses de lidia la parte sustancial de su identidad. La historia taurina de Utrera arranca, por lo menos, en el siglo XVI. Antonio Araújo Miguélez en Utrera y sus antiguas fiestas de toros reproduce un documento fechado en 1520 en el que el Cabildo de Sevilla envía al de Alcalá de Guadaira comunicándole que pretende alegrar la ciudad, por las mercedes recibidas de un importante príncipe de la Iglesia, con distintas manifestaciones festivas Pedro Romero de Solís 270 entre las que destaca, cómo no, una corrida de toros en la plaza de San Francisco de Sevilla el 12 de agosto de 1520. Para mayor esplendor de la función el Cabildo sevillano invita a que los alcalareños envíen «mancebos bien ataviados y buenos jinetes» como ya se había comprometido a hacerlo Utrera que había decidido destacar «veinte de los mejores encabalgados» para jugar a cañas y correr toros (Araújo, 1999: 19). De 1552 es un documento donde se asegura que el 5 de noviembre fueron pregonados toros por Juan López, los cuales, finalmente, los remató un vaquero que respondía por el nombre de Melchor Hernández. A la hora de establecer las condiciones, el Cabildo se remite a las disposiciones que había dictado para ello, unos años antes, en 1549, lo que nos permite pensar que las corridas en Utrera, para esa fecha ya tenían cierto abolengo y que el Ayuntamiento se venía ocupando, desde hacía tiempo, de organizar funciones de toros para solaz y diversión de los utreranos (Araújo, 1999: 21). Un nuevo documento, aparecido en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Utrera, traslada el acuerdo tomado por dicho Cabildo de hacer «fiestas de toros y cañas para el día de Nuestra Señora de la Consolación» –advocación que, con los años, llegaría a convertirse en patrona de Utrera–, señala un lugar, la plaza del Altozano, donde celebrarlas y pacta, con el arrendador de la fiesta, el precio de los balcones (Araújo, 1999: 23). Los documentos sucesivos señalan a la plaza del Altozano, donde se hallaban los edificios de las Casas Consistoriales, el espacio urbano reservado para las funciones de toros, costumbre que se mantendrá hasta que en el siglo XIX se construya la plaza del Arrecife de la Vega, hoy amenazada de destrucción. Sin embargo, se celebraron corridas de toros Recensiones de libros 271 de Prado, los Pedrajas, los Murube... Denominaciones de ganaderías y de castas, nombres míticos, apellidos cuya pronunciación provoca, siempre, un sentimiento de asombro, de veneración, entre los millones y millones de aficionados a la fiesta brava que existen en el mundo. Todo eso y mucho más está simbolizado en Utrera, en la plaza de toros del Arrecife de la Vega, erigida a finales del siglo XIX y con capacidad para siete mil espectadores. Mas, a pesar de todo ello, ¡a derribarla! ¿No echaron abajo ya, los utreranos, la muralla que circundaba toda la ciudad? Pues entonces ¿por qué amilanarse con la plaza de toros? ¡A por ella!. Quizá construyan unos pisos de «alto stading», con galería comercial en sus bajos y, quién sabe, hasta tengan la suerte de que abran sus puertas un aseado McDonald’s y un práctico Pans & Company para que los jóvenes utreranos tengan la oportunidad histórica de incorporarse a la modernidad y comer «hamburgers» fabricadas con carne picada de «herdford». Pero plancheada, eso así, nada menos que sobre el solar del... ¡Arrecife de la Vega! ¡Qué gesta municipal! ¡El estupor para las generaciones futuras de utreranos! ¿Se puede aspirar a mayor gloria? Oportuno, repito, esta investigación de Araújo sobre la dimensión ganadera de la historia Utrera de la que se desprende que es, precisamente, su participación genial a la invención de las reses de lidia la parte sustancial de su identidad. La historia taurina de Utrera arranca, por lo menos, en el siglo XVI. Antonio Araújo Miguélez en Utrera y sus antiguas fiestas de toros reproduce un documento fechado en 1520 en el que el Cabildo de Sevilla envía al de Alcalá de Guadaira comunicándole que pretende alegrar la ciudad, por las mercedes recibidas de un importante príncipe de la Iglesia, con distintas manifestaciones festivas Pedro Romero de Solís 270 gaban a este lugar, era común que los aspirantes a matadores probasen suerte ante ellas y fuesen adquiriendo la técnica necesaria para tan arriesgado oficio. Esta costumbre ha perdurado hasta hace unas décadas, y más en concreto hasta que existió el Matadero de Utrera que estaba situado en el Arenal. »Don Juan del Río nos indica en su obra Descripción de Utrera que uno de los lugares en los que estuvo situado el Matadero en el siglo XVIII fue uno de los extremos del Altozano, junto a la zona del Hospital de la Resurrección y cuesta de Santiago. La circunstancia de la proximidad del Matadero a la Plaza del Altozano quizás no fuese casual, ya que se tendría en cuenta para su ubicación que era necesario un lugar adecuado y próximo para descuartizar las muchas reses que se sacrificaban en nuestra Plaza Mayor. Como podemos ver los Mataderos, ahí está el caso del ubicado en el barrio sevillano de San Bernardo, fueron también punto de arranque para lo que después conoceríamos como ‘toreo a pie’. Téngase en cuenta que en este siglo no existían las actuales Escuelas Taurinas, ni mucho menos lo que desde principios del siglo XIX, aproximadamente, sería la escuela natural del Toreo, los ‘tentaderos’. Por esta razón para aquellos que no fuesen profesionales de la Fiesta, aún en número muy escaso, el único momento de contacto con las reses bravas era el previo a su sacrificio en los Mataderos. Al frente de estos establecimientos se hallaba un ‘Alcayde’, cargo que ha existido hasta fines del XIX, y el cual tenía a su servicio, entre otros operarios, a un ‘encerrador’, cuya responsabilidad era llevar las reses hasta las corraletas donde debían esperar el momento de pasar a manos de los matarifes. En clara referencia a los cargos mencionados podemos decir que en 1796 se nombró como “Alcayde de Matadero a Pedro Delgado y Alaraz, con el situado y emolumentos acostumbrados, y por encerrador a Bartolomé Escamilla”. Aeste último se le asignaba un sueldo fijo, y se le exigía al mismo tiempo que “debía mantener un caballo propio a propósito y capaz para asistir a los encierros con garrocha”» (Araújo, 1999: 64). El Cabildo utrerano se dirigió en sucesivas ocasiones a las autoridades superiores competentes para solicitar permiso para correr toros y con su producto restaurar la plaza de AltoRecensiones de libros 273 en otros lugares del casco urbano como, por ejemplo, en la Resolana de la Fuente de la Alamedilla (Araújo, 1999: 87), en el coso de Santo Domingo (Araújo, 1999: 64), en los corrales traseros a la Posada de la Fruta (Araújo, 1999: 140) e, incluso, en el patio del Matadero. Esta multiplicación de plazas por el suelo urbano de Utrera, tan en contra de la tendencia histórica de aquel Consistorio, que había pretendido ordenar la fiesta, no permitir que el caos invadiera la ciudad, y adecuar la plaza del Altozano, siguiendo la tradición de las plazas mayores, a la celebración de las funciones de toros, permite suponer a Araújo que ello respondería a la degradación sufrida por el caserío del Altozano, en los últimos años del siglo XVII, periodo en el que Utrera, seguramente, debió sufrir una gran crisis económica y demográfica. La plaza del Matadero nos interesa particularmente pues, como he señalado en varias ocasiones siguiendo el magisterio de Luis Toro, es el espacio urbano privilegiado donde se produce la invención del toreo moderno a pie1. A este respecto Araújo escribe: «Junto al Altozano y al efímero coso de Santo Domingo, existía otro lugar donde era frecuente la puesta en práctica del rudimentario toreo a pie del momento, nos referimos al Matadero. Antes de ser sacrificadas las reses bravas o de media casta que llePedro Romero de Solís 272 1 Tanto Antonio García-Baquero como yo mismo hemos insistido en varias publicaciones en el papel estelar jugado por los mataderos en el desarrollo del toreo a pie: Romero de Solís, Pedro: “El rapto del toro. Aeques agonistes” en Separata. Literatura, Arte y Pensamiento, n.º 1, Sevilla, invierno 1978-79, págs. 63-71; Romero de Solís, P.; García-Baquero, A.y Vázquez Parladé, I.: Sevilla y la fiesta de toros, Sevilla, Servicio de Publicaciones Ayuntamiento de Sevilla, 1994 (1.ª reimpr.) [1980]; y García-Baquero, Antonio: “El macelo sevillano y los orígenes de la Tauromaquia moderna” en Taurología. Revista Cultural Taurina, Madrid, 1990, n.º 2, págs. 38-44. gaban a este lugar, era común que los aspirantes a matadores probasen suerte ante ellas y fuesen adquiriendo la técnica necesaria para tan arriesgado oficio. Esta costumbre ha perdurado hasta hace unas décadas, y más en concreto hasta que existió el Matadero de Utrera que estaba situado en el Arenal. »Don Juan del Río nos indica en su obra Descripción de Utrera que uno de los lugares en los que estuvo situado el Matadero en el siglo XVIII fue uno de los extremos del Altozano, junto a la zona del Hospital de la Resurrección y cuesta de Santiago. La circunstancia de la proximidad del Matadero a la Plaza del Altozano quizás no fuese casual, ya que se tendría en cuenta para su ubicación que era necesario un lugar adecuado y próximo para descuartizar las muchas reses que se sacrificaban en nuestra Plaza Mayor. Como podemos ver los Mataderos, ahí está el caso del ubicado en el barrio sevillano de San Bernardo, fueron también punto de arranque para lo que después conoceríamos como ‘toreo a pie’. Téngase en cuenta que en este siglo no existían las actuales Escuelas Taurinas, ni mucho menos lo que desde principios del siglo XIX, aproximadamente, sería la escuela natural del Toreo, los ‘tentaderos’. Por esta razón para aquellos que no fuesen profesionales de la Fiesta, aún en número muy escaso, el único momento de contacto con las reses bravas era el previo a su sacrificio en los Mataderos. Al frente de estos establecimientos se hallaba un ‘Alcayde’, cargo que ha existido hasta fines del XIX, y el cual tenía a su servicio, entre otros operarios, a un ‘encerrador’, cuya responsabilidad era llevar las reses hasta las corraletas donde debían esperar el momento de pasar a manos de los matarifes. En clara referencia a los cargos mencionados podemos decir que en 1796 se nombró como “Alcayde de Matadero a Pedro Delgado y Alaraz, con el situado y emolumentos acostumbrados, y por encerrador a Bartolomé Escamilla”. Aeste último se le asignaba un sueldo fijo, y se le exigía al mismo tiempo que “debía mantener un caballo propio a propósito y capaz para asistir a los encierros con garrocha”» (Araújo, 1999: 64). El Cabildo utrerano se dirigió en sucesivas ocasiones a las autoridades superiores competentes para solicitar permiso para correr toros y con su producto restaurar la plaza de AltoRecensiones de libros 273 en otros lugares del casco urbano como, por ejemplo, en la Resolana de la Fuente de la Alamedilla (Araújo, 1999: 87), en el coso de Santo Domingo (Araújo, 1999: 64), en los corrales traseros a la Posada de la Fruta (Araújo, 1999: 140) e, incluso, en el patio del Matadero. Esta multiplicación de plazas por el suelo urbano de Utrera, tan en contra de la tendencia histórica de aquel Consistorio, que había pretendido ordenar la fiesta, no permitir que el caos invadiera la ciudad, y adecuar la plaza del Altozano, siguiendo la tradición de las plazas mayores, a la celebración de las funciones de toros, permite suponer a Araújo que ello respondería a la degradación sufrida por el caserío del Altozano, en los últimos años del siglo XVII, periodo en el que Utrera, seguramente, debió sufrir una gran crisis económica y demográfica. La plaza del Matadero nos interesa particularmente pues, como he señalado en varias ocasiones siguiendo el magisterio de Luis Toro, es el espacio urbano privilegiado donde se produce la invención del toreo moderno a pie1. A este respecto Araújo escribe: «Junto al Altozano y al efímero coso de Santo Domingo, existía otro lugar donde era frecuente la puesta en práctica del rudimentario toreo a pie del momento, nos referimos al Matadero. Antes de ser sacrificadas las reses bravas o de media casta que llePedro Romero de Solís 272 1 Tanto Antonio García-Baquero como yo mismo hemos insistido en varias publicaciones en el papel estelar jugado por los mataderos en el desarrollo del toreo a pie: Romero de Solís, Pedro: “El rapto del toro. Aeques agonistes” en Separata. Literatura, Arte y Pensamiento, n.º 1, Sevilla, invierno 1978-79, págs. 63-71; Romero de Solís, P.; García-Baquero, A.y Vázquez Parladé, I.: Sevilla y la fiesta de toros, Sevilla, Servicio de Publicaciones Ayuntamiento de Sevilla, 1994 (1.ª reimpr.) [1980]; y García-Baquero, Antonio: “El macelo sevillano y los orígenes de la Tauromaquia moderna” en Taurología. Revista Cultural Taurina, Madrid, 1990, n.º 2, págs. 38-44. les, tuvieron que recurrir a la celebración de funciones, esta vez, de novillos, para afrontar las nuevas exigencias patrióticas y de orden público: «En la mañana de dicho día se cantará un solemne Tedeum en todas las Iglesias de esta Villa, con asistencia del Ayuntamiento en la mayor para cuyo acto se convocará a todas las Corporaciones de esta Villa y por la tarde se efectuará una Corrida de Novillos de las que están concedidas por S.M. por Real Orden de cuatro de 7 de julio de mil ochocientos veinte y cinco, que se repetirán en los dos días siguientes, dándose en cada uno de ellos una comida decente a los presos de la Cárcel de esta Villa; y para compensar los gastos que se ocasionasen en dichas fiestas se impondrá una moderada entrada por la vista de los toros, y si resultase algún producto se aplicará a las muchas atenciones que sobre sí tiene la Corporación o al armamento y equipo de los Voluntarios Realistas»2. De la lectura del bien documentado estudio de Araújo Miguélez termina uno un tanto descorazonado por la cantidad de intentos que realizan, a lo largo de los años, diferentes utreranos para celebrar corridas de toros y novillos que, muchas de ellas, quedan frustradas, unas por las prohibiciones y trabas legales, otras por problemas económicos o sanitarios pues, a cualquier rumor de epidemia, la celebración de corridas de Recensiones de libros 275 2Sin duda, un lapsus linguae de quien actuaba de Secretario de la Corporación y redactaba las Actas Capitulares pues, si no me equivoco, ahora ya no se trataba de «Voluntarios realistas» defensores del orden absoluto sino de «Milicias urbanas» llamadas a ser la nueva garantía del régimen liberal con Isabel II entronizado. La fiananciación de equipos y uniformes militares fue bastante común en la España de los siglo pasados. Por ejemplo, eso mismo ocurrrió en Córdoba (Ver Martínez-Novillo, A.: “Los toros en la guerra de sucesión: los inicios de la tauromaquia profesional. Las Memorias del Capitán Carleton” en Revista de Estudios Taurinos, 1996, IV, págs. 223-234). zano y sus aledaños. Esta solicitudes, como recuerda Araújo, eran una práctica muy difundida en los pueblos andaluces que imitaban las propuestas para correr toros que elevaba la ciudad de Sevilla con la intención de realizar, con el excedente económico producido, obras benéficas y civiles. Sí; las corridas de toros estaban, por lo general, prohibidas por el Rey pero, en Andalucía Occidental, eran muchas veces toleradas siempre y cuando el producto obtenido de su celebración se invirtiera en obras piadosas o cívicas. Así vemos al Cabildo de Utrera solicitar permiso para reconstruir conventos hundidos, plazas urbanas deterioradas, dar de comer a presos y enfermos, encañonar el riachuelo maloliente que cruzaba por medio a la ciudad, el Calzas-Anchas, para financiar a los policías montados que tenían que hacer frente a las peligrosas partidas de bandoleros, incluso, para costearles nuevos uniformes cuando el cambio de gobierno político reclamaba una nueva imagen de las fuerzas del orden. En efecto, por Utrera y sus antiguas fiestas de toros sabemos que el mantenimiento de la policía rural –los Voluntarios Realistas–, durante la denominada ominosa década (1823-1833) en que Fernando VII suspende la Constitución, cayó bajo la responsabilidad de los ayuntamientos, lo que supuso un nuevo quebranto para las haciendas locales. Utrera tuvo que empañar «el producto de todos los impuestos» y las «rentas de las Marismas» para financiar el equipo y los demás gastos del cuerpo militar (Araújo, 1999: 107). Con la exaltación al trono de la reina Isabel II y el retorno a la normalidad constitucional, el cuerpo de Voluntarios Realistas fue disuelto y sustituido por la denominada Milicia Urbana. Una vez más, las autoridades locaPedro Romero de Solís 274 les, tuvieron que recurrir a la celebración de funciones, esta vez, de novillos, para afrontar las nuevas exigencias patrióticas y de orden público: «En la mañana de dicho día se cantará un solemne Tedeum en todas las Iglesias de esta Villa, con asistencia del Ayuntamiento en la mayor para cuyo acto se convocará a todas las Corporaciones de esta Villa y por la tarde se efectuará una Corrida de Novillos de las que están concedidas por S.M. por Real Orden de cuatro de 7 de julio de mil ochocientos veinte y cinco, que se repetirán en los dos días siguientes, dándose en cada uno de ellos una comida decente a los presos de la Cárcel de esta Villa; y para compensar los gastos que se ocasionasen en dichas fiestas se impondrá una moderada entrada por la vista de los toros, y si resultase algún producto se aplicará a las muchas atenciones que sobre sí tiene la Corporación o al armamento y equipo de los Voluntarios Realistas»2. De la lectura del bien documentado estudio de Araújo Miguélez termina uno un tanto descorazonado por la cantidad de intentos que realizan, a lo largo de los años, diferentes utreranos para celebrar corridas de toros y novillos que, muchas de ellas, quedan frustradas, unas por las prohibiciones y trabas legales, otras por problemas económicos o sanitarios pues, a cualquier rumor de epidemia, la celebración de corridas de Recensiones de libros 275 2Sin duda, un lapsus linguae de quien actuaba de Secretario de la Corporación y redactaba las Actas Capitulares pues, si no me equivoco, ahora ya no se trataba de «Voluntarios realistas» defensores del orden absoluto sino de «Milicias urbanas» llamadas a ser la nueva garantía del régimen liberal con Isabel II entronizado. La fiananciación de equipos y uniformes militares fue bastante común en la España de los siglo pasados. Por ejemplo, eso mismo ocurrrió en Córdoba (Ver Martínez-Novillo, A.: “Los toros en la guerra de sucesión: los inicios de la tauromaquia profesional. Las Memorias del Capitán Carleton” en Revista de Estudios Taurinos, 1996, IV, págs. 223-234). zano y sus aledaños. Esta solicitudes, como recuerda Araújo, eran una práctica muy difundida en los pueblos andaluces que imitaban las propuestas para correr toros que elevaba la ciudad de Sevilla con la intención de realizar, con el excedente económico producido, obras benéficas y civiles. Sí; las corridas de toros estaban, por lo general, prohibidas por el Rey pero, en Andalucía Occidental, eran muchas veces toleradas siempre y cuando el producto obtenido de su celebración se invirtiera en obras piadosas o cívicas. Así vemos al Cabildo de Utrera solicitar permiso para reconstruir conventos hundidos, plazas urbanas deterioradas, dar de comer a presos y enfermos, encañonar el riachuelo maloliente que cruzaba por medio a la ciudad, el Calzas-Anchas, para financiar a los policías montados que tenían que hacer frente a las peligrosas partidas de bandoleros, incluso, para costearles nuevos uniformes cuando el cambio de gobierno político reclamaba una nueva imagen de las fuerzas del orden. En efecto, por Utrera y sus antiguas fiestas de toros sabemos que el mantenimiento de la policía rural –los Voluntarios Realistas–, durante la denominada ominosa década (1823-1833) en que Fernando VII suspende la Constitución, cayó bajo la responsabilidad de los ayuntamientos, lo que supuso un nuevo quebranto para las haciendas locales. Utrera tuvo que empañar «el producto de todos los impuestos» y las «rentas de las Marismas» para financiar el equipo y los demás gastos del cuerpo militar (Araújo, 1999: 107). Con la exaltación al trono de la reina Isabel II y el retorno a la normalidad constitucional, el cuerpo de Voluntarios Realistas fue disuelto y sustituido por la denominada Milicia Urbana. Una vez más, las autoridades locaPedro Romero de Solís 274