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Complejidad y pensamiento sistémico. Pasos hacia una ecología de la observación

Aguado Terrón, Juan Manuel

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155 COMpLEJIDAD Y pENSAMIENTO SISTéMICO pASOS HACIA UNA ECOLOgÍA DE LA OBSERVACIÓN Juan Miguel Aguado «Allá lejos, en la celestial morada del gran dios Indra, había una red maravillosa, que el más sagaz artífice había colgado de modo que se extendía infinitamente en todas direcciones. En armonía con los gustos extravagantes de las deidades, el artífice había colgado en cada orificio de la red una única joya resplandeciente; y como la red era de dimensión infinita, también las joyas eran infinitas en número. [...] Si se tomaba arbitrariamente cualquiera de estas joyas para inspeccionarla más detenidamente, se descubría que sobre su pulida superficie estaban reflejadas todas las otras joyas de la red, de número infinito. Y no sólo eso: cada una de las joyas reflejadas en ella reflejaba a su vez todas las demás, de modo tal que los procesos de reflexión eran, asimismo, infinitos» La joya de Indra. Relato del budismo Hua-Yen 1. INTRODUCCIÓN En las páginas que siguen buscamos esbozar una reflexión sobre la mirada. Si al lector le surgen dudas acerca de la pertinencia de un excurso sobre la observación en un libro dedicado a las implicaciones y extensiones del pensamiento ecológico, sirva de anticipo preventivo nuestro postulado directriz: la percepción problemática del impacto de la actividad humana sobre el medio natural no deviene viable únicamente gracias a un incremento en el conocimiento efectivo sobre las dinámicas de esa incidencia –o del propio medio natural– eventualmente derivado del desarrollo de técnicas, métodos y procesos de producción del conocimiento científico. Antes que nada, el pensamiento ecológico –y su extensión cultural, política, legislativa, cotidiana– es posible por un cambio en la mirada de la ciencia y de la técnica, por un cambio en la manera en la que el hombre entiende la acción de conocer y, como consecuencia complementaria, el hecho de conocer como una forma de intervención en lo conocido. Un cambio, en suma, en la concepción observacional que acompaña buena parte de la reflexión epistemológica del siglo XX. En ese cambio sutil, ajeno a los grandes titulares, en la concepción cotidiana de las relaciones entre mente y mundo, entre sujeto y entorno, la teoría de sistemas y el pensamiento en torno a la complejidad han jugado el papel simultáneo de anfitriones interdisciplinares y de avituallamiento conceptual. Ciertamente, el vínculo entre pensamiento sistémico, complejidad y cultura verde (y aquí quien escribe desde el Sureste peninsular no puede dejar de preguntarse ¿por qué precisamente ‘verde’?) presentan a la evidencia superficial una genealogía común en no pocos aspectos. Que el concepto de ecosistema y los rudimentos de una primera Teoría General de Sistemas se perfilen simultáneamente en el tiempo parece tener poco de casualidad. No lo es, sin duda, que la mirada que subyace a la génesis del enfoque sistémico constituya un indicio de un cambio de paradigma: es en la segunda mitad del [156]_Cultura Verde. Ecología, Cultura y Comunicación. 156 siglo XX cuando comienza a fraguarse la sustitución de la física como referente del hacer científico por una biología que, ajena aún en parte a la revolución genética, ni siquiera sospechaba del horizonte que se le abría. La transición de la mirada física –centrada en el objeto y en la ley, en el estado regular– a la mirada biológica –más proclive a la relación y a la influencia, a la variación y a la incertidumbre– supone a partes iguales el reflejo de un debate profundo sobre la relación entre el observador y lo observado y el arranque de un cambio en la mirada científica que sustituye el objeto por el sistema, la causalidad unívoca por la relación de complementariedad, la prevalencia del equilibrio por la concatenación indefinida del cambio como procesos dominantes y la interacción funcional por la codependencia generalizada (Morin, 1993). Pero la conexión existente entre la ecología y la urdimbre sistémica del pensamiento sobre la complejidad excede los límites del mero vínculo evolutivo. Resulta sintomática, como decimos, de un debate epistemológico (relativo a las condiciones de posibilidad del saber, al conocimiento del conocimiento) que perdura aún hoy día. En última instancia, remite a un ejercicio de honestidad cognitiva que refiere toda pregunta por el conocimiento (y toda intervención de él derivada) a la pregunta por el lugar del conocedor en lo conocido. De ahí que nos permitamos parafrasear el conocido título de Gregory Bateson ‘Pasos hacia una ecología de la mente’ para proponer no ya una reflexión sobre las relaciones entre mente y naturaleza (a la manera del celebrado inspirador del Invisible College) sino un reconocimiento de que la pregunta por el conocimiento es, en última instancia, una pregunta por las relaciones entre el hombre y su mundo o que, en otros términos, la teoría de la observación y la reflexión epistemológica son, a la postre, necesariamente pensamiento ecológico. Para sustentar esta propuesta proponemos abordar un recorrido sumario por las transformaciones de la mirada científica (y no sólo científica, si con Morin entendemos la epistemología en el sentido gnoseológico de un ‘conocimiento del conocimiento’) en torno al gran debate científico del siglo XX –el debate sobre la complejidad– pero también en torno a la encrucijada transdisciplinar que lo hizo posible –el pensamiento sistémico–. Sirva como punto de arranque un pequeño juego de comparaciones: si preguntáramos acerca de la naturaleza a un comerciante y a un científico del siglo XVIII, nos dibujarían un cuadro parecido al de una mecanismo complicado pero riguroso, algo así como un ‘reloj divino’, un instrumento determinado a disposición del intelecto humano, como un árbol frutal cuya razón de ser no es otra que la de brindarnos sus frutos. Seguramente el comerciante inclinaría su esbozo hacia algo parecido a un almacén de recursos y el científico, a un ejemplo de las maravillas que puede desentrañar el hombre (el producto frente al mecanismo). Pero ambos coincidirían en dos adjetivos fundamentales –disponible y desentrañable– de los que ambos en tanto que observadores e interventores quedan automáticamente excluidos. Si repetimos la pregunta en nuestros días, la respuesta no sería tan osada. Probablemente ambos, el comerciante y el científico coincidirían en un epíteto: la naturaleza es compleja. Y, antes de discutir sobre qué quieran decir el comerciante y el científico con esa palabra, permítasenos intuir que, al pronunciarla, ninguno de los dos está seguro de estar al margen del objeto de esa complejidad. COMpLEJIDAD Y pENSAMIENTO SISTéMICO _Juan Miguel Aguado_[157] 157 2. LA pREgUNTA pOR LA COMpLEJIDAD Desde Ptolomeo a Copérnico, desde Galileo a Einstein, hemos concebido el Universo como una enorme máquina compleja. Una máquina compleja poblada de máquinas complejas. El planeta, el átomo, la célula –pero también el hombre, la cultura, la sociedad– son vistos como máquinas complejas cuyos mecanismos internos y cuya lógica de funcionamiento, aun reticente a revelar el número de sus secretos, resultan finalmente susceptibles de comprensión y, por ende, de manipulación. «... según la concepción clásica –nos recuerda Prigogine–, el hombre se hallaba frente a un universo autómata. Este universo podía manipularse prescribiendo condiciones iniciales apropiadas. En cierto modo, el hombre aparecía como un ser todopoderoso, dueño, en principio, de un universo controlable hasta en sus más mínimos detalles. Este omnímodo poder tenía un precio: la inquietante extrañeza del ser humano en relación al universo que describía» (Prigogine, 1993:51-52) Desde sus primeros pasos, la ciencia se enfrenta a la complejidad, a un cúmulo de complejidades diversas. Ella misma inevitablemente compleja, cada vez más diversa, difusa, se esfuerza en reducir lo complejo a lo determinable, en invertir la historia de Babel –de lo diverso a lo único–, o bien en certificar el mito –de lo único a lo diverso–. Desde los presocráticos, la oposición pitagórico–parmenidiana dejará sentadas las bases de una complejidad de dos caras: una espiritual –aquello que está más allá de los límites del conocimiento humano –, y otra material –lo complejo es el resultado de la acumulación de lo simple –. El peso se iría desplazando con los siglos hacia el segundo extremo de la confluencia, de modo que su caudal último vendría a ser la expresión del mundo material y, por extensión, de las formas en que era posible describirlo: cuando las ideas se convierten también en objetos, la complejidad se hace definitivamente sinónimo de composición. Así, Locke (1690) y Hume (1748), en sus respectivos ensayos sobre el conocimiento, definen la complejidad en el ámbito del pensamiento como el reflejo exacto de la complejidad en el ámbito material: si una cosa compleja es un conjunto elaborado de cosas simples, una idea compleja es, necesariamente, un conjunto elaborado de ideas simples. Con ello no sólo se marca el camino del conocimiento como un procedimiento sistemático de desintegración de la complejidad (perfilando así los orígenes del método reduccionista), sino que se asienta un modelo específico de las relaciones sujeto-objeto, conocedor y conocido, que afecta también a la idea misma de complejidad. El término complejidad adquiere así en la ciencia clásica connotaciones de incomputabilidad, de inmensurabilidad relativa. Relativa porque, desde la perspectiva clásica, lo mensurable es siempre en función de la tecnología. Lo medido, el objeto, goza de una autosuficiencia ontológica absoluta –el mundo es como es independientemente de quien lo observe–. La coyuntura del conocimiento aparece, pues, definida por la relación de grado de aprehensión del objeto relevante por estable –lo medido– respecto del sujeto irrelevante por inestable –el medidor–, o, si se prefiere, relevante sólo en la medida en que se ajusta a la esencia absoluta de lo medido. El punto de esa intersección es el instrumento, la tecnología. Se ignora, por supuesto, que la complejidad (en el sentido de computabilidad precisa) se incrementa proporcionalmente a la precisión del instrumento: es la paradoja de Zenón; cuantas más divisiones tenga nuestra regla de medir, tanto más infinito se revelará el espacio. Complejidad se hace, pues, equivaler a dificultad de medición. El desentrañamiento de lo complejo parece, en consecuencia, cuestión de tecnología... y de tiempo. [158]_Cultura Verde. Ecología, Cultura y Comunicación. 158 Así pues, la negación explícita de la complementariedad sujeto/objeto deviene interferencia sujeto/objeto: no sólo se ahonda la zanja que los separa, sino que, como consecuencia de ello, desaparece del universo de lo teóricamente posible la idea de una complejidad cuya definición se vea sostenida por una doble validez descriptiva –la del sujeto y la del objeto–, resultando así dos complejidades mutuamente inconmensurables –aquella relativa a la inaprehensibilidad intrínseca del sujeto frente a aquella relativa a la aprehensibilidad última del objeto en tanto que atributo definitorio de su estatuto ontológico independiente–. De ahí, por ejemplo, la operatividad en nuestros días de la definición de complejidad conforme a criterios computacionales o algorítmicos: complejidad equivale a la longitud del algoritmo que permite computar la solución de un problema y/o su descripción completa. Cuanto más simple sea un problema, tanto más corto será el algoritmo que lo describa. En la medida en que el algoritmo es un ordenamiento, la complejidad computacional puede, en términos generales, concebirse como la longitud de la computación necesaria para producir cierto ordenamiento (Piscitelli, 1984). Por extensión, se entiende por complejidad la longitud de una descripción con fines computacionales o formalizantes. Sin embargo, semejante definición de complejidad, más allá de su utilidad explícita en condiciones específicas, plantea no pocos problemas. La definición algorítmica de complejidad proporciona una complejidad mensurable, una complejidad-medición que permite clasificar los objetos como si, de hecho, la complejidad –o el orden a que se remite– fuera exclusivamente una propiedad intrínseca de las cosas. Sin embargo, la definición de complejidad algorítmica introduce en el centro mismo de su organización lógica el concepto de descripción. El sujeto se introduce así en el corazón de la complejidad: «No cabe duda de que la medida de esta complejidad depende fuertemente del lenguaje utilizado y, consecuentemente, del sistema perceptivo del observador». (Piscitelli, 1984:3) «Todas las definiciones de complejidad dependen del contexto, y son por tanto subjetivas. Por supuesto subjetiva es en sí la elección misma del nivel de exactitud con que se describe un sistema» (Gell-Mann, 1996:61) Así pues, la complejidad-medición no depende sólo del instrumento medidor, sino sobre todo, del autor del instrumento, del autor de la medición, es decir, del observador-conceptuador. Más aún, la complejidadmedición aparece definitivamente asociada a aspectos como orden, organización y lenguaje, todos ellos aspectos del mundo del observador. Parece, pues, que la complejidad no reside (¿únicamente?) en el objeto, en su resistencia a ser medido, conocido. Acaso porque ésa resistencia no se halla en absoluto en el objeto. Acaso porque el objeto –ese objeto indiferente y aséptico de la ciencia clásica– no se halla en absoluto en el objeto. La medición de la complejidad se traiciona a sí misma y se vuelve compleja: remite una y otra vez al observador. Por él la complejidad deviene autológica: se refiere a sí misma, necesita de sí misma para existir, complejidad es, en definitiva, un concepto complejo. Si la complejidad no son sólo cantidades, si la complejidad plantea problemas intrínsecos de medición que acaban por descubrir la mirada del observador en su propia urdimbre, entonces, necesariamente, hay que buscar su definición en otros derroteros: «A primera vista [la complejidad] es un fenómeno cuantitativo, una cantidad extrema de interacciones e interferencias entre un número muy grande de unidades. [...] Pero la complejidad no comprende solamente cantidades de unidades e interacciones que desafían nuestras posibilidades de cálculo; comprende también incertidumbre, indeterminaciones, fenómenos aleatorios. COMpLEJIDAD Y pENSAMIENTO SISTéMICO _Juan Miguel Aguado_[159] 159 En un sentido, la complejidad siempre está relacionada con el azar». (Morin, 1994a:59-60) Los términos complejidad y computación se complementan y, a la vez, se enfrentan entre sí. El campo de batalla (al tiempo que lecho conyugal) es doble: el orden y el desorden. En la perspectiva clásica encontramos dos órdenes (el orden del universo, el inmutable, y el orden del observador, el cambiante por subjetivo, el limitado por cercano) y dos desórdenes (el azar externo, lo desconocido susceptible de conocimiento, y el azar interno, el ruido introducido por el sujeto en la medición). El orden de lo uno es el desorden de lo otro. La ciencia positiva los divorcia y se divorcia de ellos. El sujeto es desterrado de la observación. El desorden –el orden del observador es, recordémoslo, ruido, desorden– es proscrito, no tiene cabida en la idea de máquina: si una máquina compleja es un enorme conjunto de elementos y relaciones computables sujetos a leyes, el azar sólo puede existir fuera de la máquina, fuera de las leyes. En consecuencia, la perspectiva objetivista sentencia dos complejidades, las distingue sobre la diferencia dentro/fuera respecto del objeto. La una, la complejidad-mensurable, está dentro. Es la metáfora de la potencia científica: no importa cuán complejo sea el objeto (cuál sea el número de elementos y relaciones a computar), la ciencia lo terminará abarcando, reduciendo, simplificando. La otra, la complejidad-inconmensurable, está fuera. Es el magma de ruidos, azares e incertidumbres desterrado en el mejor de los casos a los márgenes. ¿Dónde queda, pues, el punto de unión entre estas dos complejidades, entre la complejidad-medición y la complejidad abarcadora de azar e incertidumbre, la complejidad que excluye al sujeto conceptuador y la que lo incluye? Para responder a esta pregunta es preciso atender a una diferencia implícita en el discurso científico sobre la complejidad. La diferencia entre complejidad y complicación: «La complejidad es reconocida como una noción negativa: expresa que no se conoce, o que no se comprende un sistema, pese a un fondo de conocimiento global que nos hace reconocer y denominar ese sistema. Un sistema que podemos especificar explícitamente, y cuya estructura detallada conocemos no es realmente complejo, digamos que puede ser más o menos complicado. La complejidad implica que se tenga, al mismo tiempo, una percepción global con la percepción de que no se le domina en todos sus detalles. [...] En este sentido, la complicación es un atributo de los sistemas artificiales, construidos o, al menos, construibles por el hombre, que conoce y comprende totalmente su estructura y funcionamiento. Es medible a partir de los diseños, planos y programas que especifican en sus detalles la eventual construcción del sistema» (Atlan, 1990:80-81). La complejidad, por tanto, puede abarcar la complicación, pero no al revés. Es decir, hay aspectos computables, controlables, en la complejidad, pero nunca aspectos azarosos en la complicación. El azar, recordemos, destruye la complicación. La complejidad niega el control externo como posibilidad. La complicación se afirma en la posibilidad del control externo. La complicación es una simplicidad multiplicada, una superabundancia de simplicidad que se torna menos manejable, pero igualmente abarcable en potencia. El dilema que en torno a la complejidad se había dibujado siglos antes en la filosofía, se traslada y permanece en las entrañas de la ciencia clásica: seguimos encontrando, por un lado, una complejidad mecánica en la que, si bien con un carácter más refinado, persiste el carácter determinista que conlleva la sumatividad de elementos y relaciones; y por otro, persiste igualmente esa idea de complejidad como grado de desconocimiento o incluso atributo de la no cognoscibilidad. Como en el caso de la filosofía, la primera complejidad obedece al sueño positivista [160]_Cultura Verde. Ecología, Cultura y Comunicación. 160 de un objeto independiente, mientras que la segunda responde al desencanto ante la imposibilidad de evitar la interferencia del sujeto, o aun su asentamiento en el corazón mismo de aquel atributo con que la ciencia positiva soñaba describir la naturaleza y, en definitiva, la grandeza de su esfuerzo. Morin (1974, 1993) plantea la complejidad como la organización complementaria, reflexiva, concurrente y antagonista de aspectos tales como unidad/ diversidad, orden/desorden, causalidad/emergencia, determinación/indeterminación, etc. El propio autor incide en que hablar de complejidad supone reintegrar el descriptor en la descripción, y en este sentido, el pensamiento de la complejidad se afirma como pasaje entre el hombre y el mundo: ubica el mundo del hombre en un mundo con hombres. La complejidad, en tanto que atributo organizacional del objeto relativo (relativo al sujeto que lo conceptúa, que lo describe) es también relativa: relativa al sujeto que la conceptúa, que la describe. «En el fondo el azar y el sentido no son más que dos caras de la misma moneda», viene a decir Atlan (1990:93). Complejidad es, pues, también, la observación de la complejidad, donde ambos polos de la proposición se constituyen mutuamente: la complejidad es un atributo (propuesta selectiva) del observador que el observador otorga a lo observado y, paralelamente, observando, el observador se complejiza a sí mismo al tiempo que complejiza lo observado. En este sentido, más allá de la apertura hacia una relación compleja del hombre con su entorno, es en el que se percibe la cuestión de la observación como condición de posibilidad del pensamiento ecológico. Es así como empieza a incluirse el observador en la observación (el sujeto en la ciencia): la observación de la observación supone el reconocimiento implícito de la presencia efectiva de un observador, de la acción organizadora de un observador. El círculo de la observación, al mismo tiempo cerrado y abierto, se convierte en una espiral de recursividad infinita (Gutiérrez y Delgado, 1994:154 y stes.): «La organización de lo vivo, como la de todo sistema natural, es un estado y un proceso que aparecen como tales a quien observe su naturaleza. Pero es también el resultado de la actividad organizadora de este observador. Esta actividad estuvo en el origen de las antiguas clasificaciones míticas y funcionales, filosóficas luego, y científicas. El círculo se cierra cuando se observa al espíritu humano organizando la naturaleza siendo él mismo el resultado de un proceso organizador natural. Y, sin embargo, el círculo no está por completo cerrado, pues ese observador del observador es, también, el “yo” que soy capaz de observar la naturaleza y de observarme observándola.» (Atlan, 1990:64) 3. LOS SISTEMAS COMO LENgUAJE De una forma u otra, explícita o implícitamente, la idea de sistema aparece en el pensamiento como categoría de referencia o como referente mismo. La clásica sentencia aristotélica “el todo es mayor que las partes” es, en sí misma, una formulación estrictamente sistémica que pone ya de manifiesto uno de los problemas básicos del pensamiento sistémico, que habrá de acompañar la génesis del concepto de complejidad: el esquema parte-todo. Por ello mismo, el problema de la complejidad en cualquiera de los enfoques en que ha sido presentado hasta el momento es también un problema eminentemente sistémico. Así pues, encontramos la noción de sistema más o menos agazapada por todas partes: en Anaxágoras y Heráclito, en las mónadas leibnizianas, en la coincidentia oppositorum de Nicolás de Cusa, en la dialéctica de Marx y Hegel, etc. Pero no será hasta mediado el siglo XX, precisamente al tiempo que se perfilan las propias COMpLEJIDAD Y pENSAMIENTO SISTéMICO _Juan Miguel Aguado_[161] 161 ciencias de la complejidad y se vislumbra el potencial heurístico de las ciencias de la vida, cuando tome cuerpo una ciencia de los sistemas como respuesta a la «necesidad de una comprensión más profunda de los fenómenos biológicos, psíquicos y sociales» (Klir, 1978:10). Desde sus primeras formulaciones explícitas, la teoría de sistemas tiene, por necesidad y por definición, una vocación eminentemente transdiciplinar, como un lenguaje común desde el que discutir los problemas organizacionales y epistemológicos de disciplinas diversas. Inopinadamente, en virtud de esa generalidad operativa, el instrumento deviene objeto, revelando así un mundo –no por intuido menos sorprendente– de interrelaciones, interdependencias, interdeterminaciones: «... el sistema ha tomado el lugar del objeto simple y substancial, y es rebelde a la reducción de sus elementos; el encadenamiento de sistemas de sistemas rompe la idea de objeto autosuficiente. Se ha tratado siempre a los sistemas como objetos; en adelante se trata a los objetos como sistemas» (Morin, 1993:122) Hasta el punto de que la concepción misma de Naturaleza se ve afectada, adquiriendo para siempre una connotación profundamente relacional, autoorganizativa, frente a aquella clásica de implicaciones hetero-organizacionales (la Naturaleza no produce las leyes a las que se halla sometida) o ‘caótica’ (la Naturaleza es lo opuesto al orden). «El fenómeno que nosotros llamamos Naturaleza no es más que esta extraordinaria solidaridad de sistemas encabalgados edificándose los unos a los otros, por los otros, con los otros, contra los otros: la Naturaleza son los sistemas de sistemas, en rosario, en racimos, en pólipos, en matorrales, en archipiélagos.» (Ibid. :121) La vocación transdisciplinar de la teoría de sistemas se encuentra, además, fundada en su preferencia constitutiva por la abstracción. Y, probablemente, en ello reside tanto su mayor virtud (la puesta a punto del concepto de sistema como referente transdisciplinar fundamental) como su mayor defecto (la dificultad implícita a su vertiente pragmática y la discusión acerca de su adecuación a la realidad). «El concepto de sistema es un cruce de caminos para metáforas. Ideas procedentes de todas las disciplinas viajan hasta él. Más allá de las simples analogías, esta circulación hace posible el descubrimiento de aquello que es común en los más variados sistemas. No se trata de reducir un sistema a otro mejor conocido (económico a biológico, por ejemplo); ni significa trasponer el conocimiento de un nivel más bajo de complejidad a otro superior. Es una cuestión de identificación de invariantes –esto es, los principios estructurales y funcionales generales– de ser capaces de aplicar esos principios tanto a un sistema como a otro» (Rosnay, 1979:32) Sin embargo, la propia evolución del debate transdisciplinar en torno al carácter y operatividad del concepto de sistema pronto dejaría claro que el requisito originario de la formalización bloqueaba cualquier camino hacia esa misma generalidad que todos habían coincidido en plantear como inherente a la idea de sistema. De tal modo que la carencia fundamental de la teoría de von Bertalanffy residiría en el modo de reconciliar sus orígenes biológicos –según los cuales ésta era esencialmente representacional, esto es, constituía, como tantas otras teorías, un “reflejo de la naturaleza”– con el deseo de un corpus lógico coherente y perfectamente matematizable –esto es, constitutivamente formal–. Paralelamente, las incursiones de la teoría de la información shannoniana y de la cibernética wieneriana contribuirían a extender hacia nuevos territorios teóricos el campo evolutivo de las teorías sistémicas y, al mismo tiempo, también a marcar una línea divisoria que acabaría por definir la trayectoria sistémica: surge así, por un lado, una teoría de sistemas de carácter ingenieril, próxima a los enfoques más formalizantes de la Teoría General de Sistemas y a la primera cibernética y progenitora [162]_Cultura Verde. Ecología, Cultura y Comunicación. 162 de la logística y el análisis de sistemas, y, por otro lado, una teoría de sistemas de carácter filosófico y epistemológico, cuyo ámbito se irá ampliando hasta exceder las fronteras del término “teoría” y adquirir entonces el discreto nombre de enfoque sistémico o sistemismo (Rosnay, 1979:31). El concepto de complejidad, más allá de los límites del algoritmo ha sido fundamentalmente forjado en el seno de este enfoque sistémico, que comparte trayectoria evolutiva y presupuestos epistemológicos con buena parte del pensamiento ecológico. No escapará al lector, empero, que la noción de sistema se encuentra, por así decirlo, altamente “contaminada”, o que se trata, parafraseando a von Foerster, de un camaleón conceptual. «El sistema está en todas partes; el sistema no está en ninguna parte de la ciencia», nos recuerda Morin (1993:123). Tal parece uno de los precios a pagar a cambio de su carácter general y abstracto; el inconveniente anexo de una alta aplicabilidad operativo-descriptiva es esa maleabilidad extrema que, en ocasiones, amenaza la coherencia del lenguaje utilizado. Y, pese a ello, la idea misma de una teoría de sistemas se funda en la persistencia, sin perjuicio de una cierta maleabilidad conceptual, de un núcleo identitario estable en la noción de sistema. «Un sistema [en tanto que] conjunto de elementos relacionados entre sí y con el medio ambiente [...] es un modelo de naturaleza general, esto es, una representación conceptual de ciertos caracteres más bien universales de entidades observadas» (Bertalanffy, 1978:40–41) La definición de von Bertalanffy nos sitúa de hecho en la encrucijada de la ontología sistémica. ¿Qué es el sistema? ¿Una representación o una construcción representativa? Y, en cualquier caso, ¿de qué y cómo es representativa? Al filo del abismo epistemológico entre lo conocido y el conocedor encontramos un primer puente, un puente de la teoría de sistemas a la teoría de la observación. Una y otra vez diversos autores nos remiten al papel clave del observador en la constitución misma del sistema (Weinberg, 1978; Luhmann, 1996, etc). Desde la definición elemental de sistema en tanto que conjunto de variables interdependientes lo suficientemente estables como para ser observadas, hasta la determinación misma de los límites críticos del sistema, como ocurriera con el problema de la complejidad, el observador se prefigura como parte fundamental de la noción de sistema: «Los que trabajan con conceptos de la teoría de sistemas han llamado frecuentemente la atención sobre la naturaleza subjetiva del “sistema”. Un sistema no es algo que se presenta al observador, es algo que él reconoce. Una de las consecuencias es que la rotulación de las conexiones entre el sistema y su entorno, ya sean egresos o ingresos, es un proceso de distinción arbitraria» (Beer, 1984:60) Tal ha sido durante años el núcleo de la crítica al enfoque sistémico. Sobre él las ciencias naturales formularon acusaciones de inadecuación a la “realidad empírica”, y las ciencias humanas lanzaron anatemas por supuesta “deshumanización”. Simultáneamente, la discusión acerca de la subjetividad del concepto de sistema traía pareja la polémica sobre la excesiva elasticidad epistemológica de sus enfoques teóricos: «La noción de sistema está sometida a una doble presión, por una parte de un realismo seguro de que la noción de sistema refleja los caracteres reales de los objetos empíricos, y por otra de un formalismo para el que el sistema es un modelo heurístico que se aplica sobre los fenómenos sin prejuzgar su realidad.» (Morin, 1993:164) Desde la mitad del puente, sobre el abismo epistemológico que separa hombre y mundo, la perspectiva es diferente. No se trata de un problema de objetivismo o subjetivismo. Es un problema de organización. Y en la organización, de la que nacen tanto la idea como el ser del sistema, se encuentran hombre y mundo. El sistema como realidad física y COMpLEJIDAD Y pENSAMIENTO SISTéMICO _Juan Miguel Aguado_[163] 163 el sistema como constructo heurístico no son, pues, incompatibles, sino más bien al contratrio: «Todos los sistemas, incluso los que aislamos abstracta y arbitrariamente de los conjuntos de los que forman parte (como el átomo, que además es un objeto parcialmente ideal, o como la molécula), están necesariamente enraizados en la physis. [...] Así como todo sistema escapa por algún lado al espíritu del observador por depender de la physis, todo sistema, incluso el que parece fenoménicamente más evidente, [...] depende también del espíritu en el sentido en que el aislamiento de un sistema y el aislamiento del concepto de sistema son abstracciones operadas por el observador/conceptuador. [...] El sistema requiere un sujeto que lo aísla en el bullicio polisistémico, lo recorta, lo califica, lo jerarquiza. No sólo remite a la realidad física en lo que ésta tiene de irreductible al espíritu humano, a los intereses selectivos del observador/sujeto, y al contexto cultural y social del conocimiento científico» (Morin, 1993:165-167) En el concepto de sistema se condensa el problema del conocimiento, de la accesibilidadconstructividad entre sujeto y mundo, entre el observador y lo observado. De ahí la dificultad en ubicar el enfoque sistémico, pues no es ni empírico ni heurístico, siendo ambos a la vez, haciendo emerger de su antagonismo una reflexión epistemológica sin precedentes. El concepto de sistema pone de manifiesto la complementariedad sujeto/objeto y, más allá de ello, en virtud de los isomorfismos organizacionales, permite a los hombres y las cosas conversar sobre sí y entre sí. El alcance epistemológico de semejante punto de partida es también reflexivo; el conocimiento del sistema deviene en el conocimiento del sistema del conocimiento, el sistema como objeto de la transacción sujeto/objeto deviene en sistema observador y sistema observado: «... no se puede seguir escapando al problema epistemológico clave que es el de la relación entre el grupo polisistémico constituido por el sujeto conceptuador y su enraizamiento antropo-social por una parte, y el grupo polisistémico constituido por el objeto– sistema y su enraizamiento físico por la otra. A partir de ahora, se trata de elaborar el metasistema de referencia, desde donde se pueda abarcar a la vez a un grupo y a otro, que se comunicarían y se entreorganizarían allí. Es en esa perspectiva, a la vez imposible y prohibida para la ciencia clásica, en la que se abre la vía del nuevo desarrollo teórico y epistemológico; este desarrollo no sólo necesita que el observador se observe a sí mismo al observar los sistemas, sino que también se esfuerce por conocer su conocimiento.» (Ibid. :170-171) En tanto que intersección de las dimensiones espacial y temporal, la estructura y la función forman parte de los atributos definitorios del ser de todo sistema. Si algo no tiene estructura –un orden determinado de las partes–, no puede ser descrito como sistema, no tiene forma –frontera– que lo distinga. Si algo carece de función –un modo de operación característico, no tanto una meta operacional–, tampoco puede ser descrito como sistema. Y, sin embargo, ni la estructura ni la función bastan para definir al sistema, mucho menos al sistema complejo. ¿Deja un sistema de ser tal al cambiar su estructura o su función? La idea de organización se presenta aquí como un concepto de nivel superior, capaz de englobar una relación específica entre estructura y función y, a la vez, capaz de dar cabida a un concepto sistémico de complejidad. La propia teoría de sistemas en tanto que conjunto de trayectorias conceptuales entre la máquina y el organismo conduce, precisamente, a una fundamentación de sí sobre la noción de organización: tanto la máquina como el organismo son arquetipos organizativos (Morin, 1995:112) de cuyo mestizaje nace la idea misma de sistema, en la que, a su vez, se hace posible el mestizaje que la da a luz. Por otra parte, la complementariedad cambio/ estabilidad en el contexto de la organización trae a colación la pregunta por la identidad de un sistema. ¿Qué es el sistema, si es algo cambiante? ¿Cómo [170]_Cultura Verde. Ecología, Cultura y Comunicación. 170 BIBLIOgRAFÍA • Aguado, J.M., (2003): Comunicación y cognición. Las bases de la complejidad. 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Desde 1994 ha impartido docencia en comunicación y análisis sociocultural de medios en la Academia de Ciencias de Polonia, La Universidad de Breslau, la Universidad Europea de Madrid y la Universidad Católica San Antonio de Murcia. En la actualidad es profesor titular de Teoría de la Información y la Comunicación en la Universidad de Murcia. Ha sido investigador colaborador del proyecto CICYT “Sociedad/Tecnología: hacia una complejización de los discursos sociales y tecnológicos”, dirigida por los Profesores Jesús Ibáñez y Juan Gutíerrez, de la Universidad Complutense de Madrid y ha colaborado con las cátedras UNESCO UCM y UEM de Comunicación para el Desarrollo. Es autor de Comunicación y Cognición: bases epistemológicas de la complejidad (2003); E-Comunicación: Dimensiones Sociales y Profesionales de la Comunicación en los Nuevos entornos Tecnológicos (2004) e Introducción a las Teorías de la Comunicación y la Información (2004). Desde 1994 es miembro del Research Committee on Sociocybernetics (RC51) de la International Sociological Association (ISA) y de la World Organization on Systems and Cybernetics (WOSC). Desde 2002 es miembro de Research Committee on Sociology of Communication, Culture and Knowledge (RC14) de la International Sociological Association (ISA). Ha publicado artículos y contribuciones sobre las implicaciones socioculturales de la comunicación y la tecnología en diversas editoriales (Ariel, Cátedra, Visor, CIS...) y revistas (Cuadernos Hispanoamericanos, Sphera Publica, Revista Occidente, Journal of Sociocybernetics, Tripodos, Kybernetes, Journal of Media and Cultural Studies, Journal of Internet Marketing and Advertising, Global Media Journal, Razón y Palabra, Zer...). Ha impartido conferencias en Rumanía, Polonia, Grecia, Australia, Sudáfrica, Portugal, Francia y España sobre aspectos relativos a las dimensiones socioculturales del desarrollo tecnológico. En su investigación, unifica las aportaciones de la sociocibernética y los estudios culturales desde la perspectiva de la teoría de la observación. En la actualidad es Investigador Principal del Grupo de Investigación en Comunicación Social, Cultura y Tecnología de la Universidad de Murcia (E053-07).