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La descolonización de los saberes. Itinerarios de paraconsistencia Decolonization of knowledge. Paraconsistency itineraries antonio garcÍa gutiérrez Universidad de Sevilla, España algar[email protected]s Resumen Los procesos de producción, transmisión y organización del conocimiento son interferidos, como el resto de las prácticas simbólicas, por acciones colonizantes culturales y cognitivas desde los inicios de su sistematización. La desclasificación propone la rehabilitación de viejos valores desterrados por el pensamiento hegemónico como la estesia, la incertidumbre, la provisionalidad, la retórica o la contradicción con el fin de obtener un conocimiento emancipante y autonarrativo quebrando los límites de la matriz cognitiva que sustenta el proyecto epistémico occidental, ahora exponencialmente impulsado por la digitalidad. Se analiza el régimen dicotómico de los conceptos cerrados desde una óptica paraconsistente y se establecen algunas conjeturas para quebrar y abrir sus límites. Palabras clave: Conocimiento, Descolonización, Desclasificación, Paraconsistencia, Digitalidad. Abstract Knowledge production, transmission and organization processes are interfered, as the rest of the symbolic practices, by colonizing actions related to culture and knowledge from the beginnings of systematization. Disqualification proposes a reinstatement of the old values put aside by hegemonic thought such aisthesis, uncertainty, provisionality, rhetoric or contradiction with the aim of obtaining an emancipating and selfnarrative knowledge that overcomes reduction imposed by the occidental epistemological project which is now exponentially promoted by digitalita. We will analyze the closed concepts dicotomic regime from a para-consistent view; we will also establish some theoretical conjectures and itineraries to break and open its limits. Keywords: Knowledge, Decolonization, Desclassification, Para-consistency. 20 Años del Capítulo Español de ISKO. Actas del X Congreso ISKO Capítulo Español (Ferrol, 2011) Universidade da Coruña (España), 2012. ISBN: 978-84-9749-535-6 Pp. 31-48
33 Cuando hablamos de conocimiento, solemos invocar indicadores incuestionables como consistencia, coherencia, consenso, racionalidad, centralidad, impacto, visibilidad, expansión, unidad, normalidad, organización, orden, jerarquía, por no mencionar otros de tintes más mercantiles. En este texto, sin embargo, abordaré el conocimiento desde lugares menos complacientes, lugares de destierro –o de soterramiento– instaurados ya en los albores de su sistematización: contradicción, incertidumbre, ambigüedad, provisionalidad, pulsión, debilidad, subalternidad, disenso, aleatoriedad, categorías en las que ha hallado refugio la estesia. La estesia, debemos recordar, se ocupa del estudio de lo sensible, eclipsada desde muy antiguo por la estética, al centrar el foco en lo bello, y por la ética al ocuparse de lo bueno. El olvido, o el descuido, de la estesia ha sido tal en nuestra cultura que, de hecho, apenas la nombramos si no es desde su radical antonimia: la anestesia. Lo mismo ocurre con otros conceptos, asociados a la estesia, como la pasibilidad, la capacidad de sorprenderse, invisibilizada por su opuesta: la impasibilidad. En mi opinión, nuestras sociedades se fundan de manera creciente en un conocimiento poderoso, vociferante y dogmático que también crece en impasibilidad, fragmentación y anestesia. Lo que llamaremos desclasificación, consiste en un descomunal e íntimo trabajo cotidiano sobre la cultura, la identidad, la memoria o los saberes, que propone la rehabilitación de esa dimensión estésica relegada por el pensamiento dominante para convertirla en el principio rector de un pensamiento sensible. La ciencia, como modo de conocimiento hegemónico y esencialista, apoyada por sus tecnologías en un proceso de retroalimentación circular y mutuo, se erige cada vez con más autocomplacencia y capacidad normativa como nuevo tótem unificante y totalizador de las sociedades contemporáneas adscritas a esa episteme llamada Occidente. Pero la propia savia del conocimiento se compone de pluralismo, de azar, de asimetría, de indeterminación, de histéresis, de mestizaje e impureza. El orden y la organización no son opuestos al desorden, como suele pensarse, ni tampoco su complemento como pretende conciliar Edgar Morin. No se trata de despejar el horizonte optando bien por orden o por desorden, como propician nuestros atemorizantes principios lógicos sino, como veremos en el itinerario de paraconsistencia que nos hemos propuesto[1], de concebirlos en un régimen de superposición y paradoja, quebrando la coherencia de las oposiciones. El conocimiento se compone de conceptos (y los conceptos se componen de conocimiento), pero estos no constituyen células sólidas ni estancas por más que se empeñen cálculos, formalismos, definiciones y acotamientos. Los conceptos son sedimentaciones efímeras y excepcionales del sentido, de larga trayectoria histórica, cognitiva y cultural, sobre los que una intencionalidad dada inflige un corte tomográfico que impide su flujo y fuga naturales. Tal corte se encarga fundamentalmente de una limpieza semiótica que evita vinculaciones a oscuros historiales de conceptos urdidos en inextricables genealogías. [1] La paraconsistencia, término ideado por el lógico peruano Miró Quesada, se consolida en los textos del matemático brasileño Newton da Costa (1997) analizada desde presupuestos lógicos: de una lógica que no pretende sustituir o rechazar la lógica convencional sino complementarla resolviendo situaciones en las que ésta muestra sus insuficiencias. la descolonización de los saBeres. itinerarios de Paraconsistencia
34 Habríamos de desarrollar, entonces, una especie de tafonomía[2] simbólica aplicada al conocimiento –centrada en el estudio de sus desperdicios, desechos, entierros y destierros– para saber a partir de qué construcciones insaciables narramos y nos narra el mundo que nos rodea. De esta mirada arqueológica, que es también y a la vez una mirada proléptica, se ocupa la desclasificación como estrategia de producción de saberes y conceptos sensibles. La historia del mundo simbólico es la historia de los conceptos y de su colonización incesante. Por eso nos ha de interesar sobremanera la aproximación de los llamados “estudios poscoloniales” al ámbito de los saberes. Tal vez sea cierto, como afirman críticamente Hardt y Negri (Hardt; Negri, 2000), que la frescura inicial de los teóricos de la poscolonialidad se haya enredado en el manglar de unas viejas categorías coloniales de las que sus propuestas pretendían alertarnos y librarnos. La propia visión poscolonial del mundo llevaría implícita no sólo el inevitable lastre que tal prefijo suele arrastrar, en la razonable certidumbre de que podemos ocultar una deuda que no se saldará más que contrayendo otra sino, especialmente, la errónea sensación de acabamiento o superación que lo “pos-” sugiere. A mi juicio, tanto el mundo biofísico, como el universo del conocimiento, son productos de recolonización incesante. Ningún organismo vivo consigue erradicar las bacterias porque si se despojara de unas, otras vendrían a colonizarlo y, si se desprendiera de todas, el organismo se habría transformado en posorgánico puesto que las propias bacterias son condición y síntoma de los biosistemas. Lo mismo ocurre con instancias inmateriales, como el conocimiento o el pensamiento, que no consiguen evitar la colonización o contaminación exterior, pues éstas forman parte de su inexorable evolución. Lo que importa, a la postre, es que una política colonial dominante del conocimiento, en el caso que nos ocupa, no termine por sustituir, y hasta erradicar, prácticas de saberes considerados periféricos o impida transgredir los límites epistemológicos de la propia producción de conocimiento. A esbozar algunas estrategias para la transgresión de tales límites dedicaré este trabajo. El poder coloniza hacia fuera y hacia dentro. Desde Foucault (Foucault, 1979) repensamos las relaciones humanas como construcción constante y fractalizada mediante prácticas de poder, en el trabajo, en la familia, en la pareja, un poder colonizante que no es parte de los sujetos sino, más bien, de la naturaleza microfísica de la propia relación social. En ese sentido, lo poscolonial no existe como estado definitivo sino que acontece como proceso inestable e inexorable de recolonización de todas las instancias físicas y simbólicas. Y, por tanto, los objetivos, las herramientas y nuestra propia posición perceptiva, enunciativa, ética y política –epistémica, en suma–, ante cualquier objeto de investigación, tendría que estar obligadamente atravesada por una voluntad descolonizadora y sensible que sólo reconoce el estado como cambio y la indomabilidad de su paradójico e inestable régimen. [2] La tafonomía es una parte de la paleontología que estudia los procesos que ocurren en los bioorganismos y desechos en enterramientos, basureros y otros yacimientos. Concretamente, la bioestratinomía se ocuparía de los procesos de descomposición, fragmentación o colonización de tales restos elaborando un discurso científico sobre ellos. antonio garcÍa gutiérrez
35 La cultura, la identidad, la memoria, la racionalidad, la información o el conocimiento serían instancias colonizadas que difunden colonización. Las estructuras que, para Bataille o Althuser, siempre hablan por nuestra boca, fluyen particularmente en lo que conocemos y cómo conocemos, en lo que clasificamos y organizamos. He ahí uno de los desafíos teóricos fundamentales del pensamiento desclasificado: la producción de un conocimiento abierto, estésico, compasivo, escuchante, un conocimiento auto y heterodescolonizador que reconoce y regresa al sujeto. Conocemos a través de conceptos que no están exentos, como las mencionadas bacterias, de ansias ignotas de colonización. Colonizamos al conocer, al enunciar y al organizar el conocimiento mediante conceptos[3]. Mediante conceptos cerrados, resemantizados y actualizados supuestamente narramos historias abiertas o remotas. Mediante conceptos rígidos predecimos futuros flexibles. Mediante conceptos estáticos describimos flujos y cambios. Son conceptos conocidos los que toman como rehén lo desconocido. De ahí que una conciencia descolonizadora, de la que no puede permitirse prescindir la teoría de la organización del conocimiento, habría de presidir cualquier movimiento inevitablemente colonizador, especialmente si es involutivo. Ésta sería una primera paradoja que expresaré con la inigualable fuerza de un oxímoron: la desclasificación como proyecto de recolonización descolonizante. El oxímoron manifiesta una contradicción al asociar conceptos opuestos –y en absoluto sería peyorativa la acusación de contradicción en el discurso desclasificado, como veremos– pero una contradicción, decía, que no sería circular sino perceptiblemente espiral, esto es, instituye un modo de pensar la descolonización del conocimiento utilizando otros instrumentos recolonizadores, reconoce la descolonización como un proceso inacabable, como la democracia, como la verdad para los falibilistas peirceanos, mas un proceso que avanza inexorablemente en pos de la utopía de la emancipación. La desclasificación superpone esa razón política a la razón tecnicista que suele dominar la organización del conocimiento. Si pensamos desde un lugar fijo, objetos supuestamente fijos, estaremos organizando lo observado de acuerdo al orden convencional de la clasificación, esclerotizando el mundo desde una posición esclerotizada. La desclasificación propondría, sin embargo, una visión tan dinámica como incómoda ya que los objetos habrían de ser tan permanentemente sacudidos en su quietud como los sujetos que engañosamente los observan. El cambio que, para Heráclito y Hegel, a todo subyace sería, junto al propósito descolonizador, un elemento determinante de un escepticismo desclasificador que se fusiona, y he ahí un nuevo oxímoron, con la teoría crítica: un escepticismo crítico. Por otro lado, surgen concepciones sobre la naturaleza de la realidad, ya sean constructivistas o representacionistas, cuya discusión no es considerada imprescindible por la desclasificación y la declara en punto muerto (en una analogía metafísica respecto al célebre séptimo aforismo de Wittgenstein (2002)). De hecho, para la desclasificación, la realidad [3] Los conceptos se fraguan, ya lo decía Peirce, en la terceridad de la cultura (Peirce, 1975) pero, aun presos de ella, continúan siendo flujo y no fotograma (Deleuze y Guattari, 2001). la descolonización de los saBeres. itinerarios de Paraconsistencia
36 sería una instancia progresivamente indecible desde el despertar de la conciencia de los homínidos, avanzando su indecibilidad conforme la mente conceptual y metaconceptual progresaba en describirla, nombrarla, clasificarla. El avance epistemológico implicó el destierro gradual de lo real y la expansión de nuestro mundo de lenguaje. Sobre ese mundo, y no sobre la realidad inefable, por tanto, heredamos y construimos conceptos que nos permiten observarlo y enunciarlo. Decidimos y juzgamos sobre observables, esto es, configuraciones conceptuales, representaciones de pretensión universal y totalista que sólo describen acciones o instancias situadas, desoladora y solitariamente situadas. La razón metonímica (Santos, 2005, 2008), aquélla que racionalmente confunde la parte con el todo, y el género con la especie, nos hace creer que los observables y sus sistemas de descripción son totalidades que representan no ya nuestro propio mundo, sino el mundo de otras culturas y la realidad misma. Occidente tiene la peculiar convicción de que sus localismos han de ser de interés universal. Los observables, y los sistemas conceptuales que los hacen posibles, surgen del logos, de una conciencia lógica especializada en la fabricación de conceptos y metaconceptos organizados por la racionalización, como dice Morin (1996), una enfermedad de la razón. Sobre esa euforia metonímica construye sigilosamente su poderosa “mito-lógica” el pensamiento dogmático. Como producto de la cultura occidental, de un Occidente sin fronteras geográficas sino puramente epistémicas, surge la epistemología moderna imponiendo a las ciencias reglas estrictas que es incapaz de aplicarse a sí misma (Santos, 2005). La epistemología militariza la concepción pluralista del mundo. Los conceptos serían confinados en un cuartel, uniformados, ordenados y sometidos a una férrea e incuestionable jerarquía. Pero esos conceptos-soldados no sabrían nada de sus superiores, ni del mundo fuera del acuartelamiento, ni del sentido real del ejército más que del recibido mediante órdenes: el sentido de la jerarquía no es otro que el mantenimiento de su propia estructura. Los oficiales, por su parte, sólo percibirían cascos de acero, galones y uniformes, y nada sabrían del mundo de sus propios soldados, ni los reconocerían si fueran de paisano. El problema, como dicen Maturana y Varela (1999), es que no vemos que no vemos ¿Qué pensaríamos si alguien, desde tal ceguera, osara hacer informes completos del mundo exterior y de la realidad inalcanzable?, ¿qué podríamos esperar, no ya de la reducción practicada sino de tan disparatado empeño? Pues esas son, a mi juicio, algunas pretensiones de la epistemología. Nuestro conocimiento se basa en una lógica de la consistencia. Pero la consistencia es una construcción incapaz de explicar todas las situaciones, incluso algunas situaciones cotidianas como, por ejemplo, el hecho de que vivamos en tanto nos autoincineramos, querer comer el pastel de chocolate pero, al mismo tiempo, no querer que se acabe o, querer y no querer que nuestros hijos se hagan mayores. La constitución paraconsistente de nuestra mente se pone en evidencia en la “normalidad” de una racionalidad que fue capaz de Auschwitz[4], o de la barbarie cotidiana a la que asiste una humanidad que ha perdido la capacidad de asombrarse y reaccionar. Sería necesario incursionar en las estructuras [4] Hecho que nos impondrá reinventar la filosofía, para Reyes Mate (Mate, 2008). antonio garcÍa gutiérrez
37 de la consistencia y cotejarlas con las estructuras de lo que empíricamente entendemos por prácticas de “normalidad”. Los paradójicos resultados producirían perplejidad. Digo paradójicos y, sin embargo, propondré, al final de este trabajo, algunas configuraciones de la paraconsistencia como potente y modesto recurso desclasificador y transgresor de nuestros límites cognitivos. La contradicción se agazapa en la microbiología del pensamiento y, por tanto, forma parte de la masa crítica del mundo que genera, de nuestro mundo. En ocasiones se arremolina dando sensación de límite infranqueable, de abismo, de descontrol, de pérdida. Es objeto de réplica inmediata y nos avergüenza si incurrimos en ella. Pero Kierkegaard dirá, no obstante, que “la paradoja es la pasión del pensamiento y el pensador sin paradoja es como el amante sin pasión: un mediocre modelo”[5]. Las instancias del mundo se entrelazan como rizomas, con rupturas espontáneas, ausencias y alianzas inimaginables y azarosas, y es el logos lo que las convierte en armónicas, deterministas y autorreferenciales mediante un cierre de filas de los conceptos cuyos intersticios abismales y los flujos de sus porosidades son encubiertos por gramáticas, contextos y usos pragmáticos. Si decimos mil millones, cien millones o, incluso, cien personas, nuestra mente simula una imagen conceptual de la que habrá de zafarse inmediatamente para no quedar desbordada por una brevedad inacabable, por un laconismo ilimitado. Operamos con imágenes deliberadamente difusas, incluso para algo tan supuestamente concreto, pero tópicamente inabordable, como una cifra de dos dígitos. No podemos tener ni siquiera una cartesiana idea, precisa, clara y distinta, del mundo abierto, entrelazado e inabarcable que representan diez kilómetros o una pequeña aldea. No somos capaces de aprehender simultánea o sintópicamente la totalidad de nuestra propia casa, del lugar donde trabajamos, de nuestra especialidad. Nos movemos lineal, precaria, discontinua y frívolamente (y nada habría que reprochar a la frivolidad salvo que se disfrace de rigor y solemnidad) por esos conceptos cerrados con pretensiones de totalidad, pero cuando asimos una leve parte se nos escapan todas las demás y la totalidad misma, que nunca sería igual a la suma de las partes, también totalidades, y ni siquiera a la totalidad que fue o podría llegar a ser en un instante o bajo otra óptica. ¿En qué indefensión estará el pensamiento, entonces, antes las abstracciones que constituyen, más allá de las concreciones, la mayor parte de nuestro imaginario conceptual? Con sorprendente naturalidad nos aplicamos a utilizar conceptos que hablan de instancias posibles sólo porque osan invocarlas. Ni tan siquiera, amparado por estas objeciones, puedo adherirme al viejo y confortable dilema nominalista. Para el nominalismo no existen los universales, la mujer, la humanidad, la esclavitud…sino entidades concretas: las mujeres, las personas, los esclavos, pero ¿qué son estas entidades ya contables sino instancias todavía inconcebibles? El problema de los universales no residiría en la idea imposible a la que nos lleva un concepto general sino en la imposibilidad de cualquier concepto concreto [5] Quien rutinariamente va a trabajar por la mañana y a su casa por la tarde pensará que esto es una exageración, pero se pregunta el filósofo danés: “¿Cómo podría ocurrírsele que cae continuamente cuando camina derecho tras su nariz?” (Kierkegaard, 1997: 51) la descolonización de los saBeres. itinerarios de Paraconsistencia
38 que pretenda clausurar el mundo que refiere. ¿Qué coincidencia habría entre dos interlocutores casuales con diferente experiencia sobre el concepto Cádiz?, ¿o sobre uno de sus distritos, calles o caserones, o la simple familia que vive en un modesto apartamento? ¿es posible asir en una sola palabra, o frase, o libro o biblioteca la complejidad de todos los atravesamientos históricos, magnitudes o asociaciones complejas que constituye Cádiz o cualquiera de sus componentes atómicos en el espacio o en el tiempo?, ¿qué mundo diverso y aprehensible representa el concepto de gaditanos, o andaluces, o gallegos o españoles, más allá de una cifra y unas cuantas pertenencias o recuerdos desigualmente compartidos?, ¿no eran andaluces los habitantes de Andalucía hace 200, 1000, 5000 años aun no guardando semejanza cultural con los andaluces de ahora?, ¿no serán andaluces sus habitantes dentro de 20 siglos?, ¿cómo recoge una concepción cerrada la diversidad diacrónica y sincrónica de un lugar, su sociedad y las generaciones que lo habitaron?, ¿recogerá, un concepto, trayectorias y cambios?, ¿no son las trayectorias y cambios partes de la concepción del mundo?, ¿qué significado preciso tienen los conceptos de sociedad o generación, por ejemplo, en una trayectoria y cambio?, ¿es suficiente un fotograma, un concepto bidimensional, para expresar una fuga, una causa, una finalidad, un sentido, una duda, una contradicción, una apertura? Si no es suficiente ¿cómo es posible que salvemos tal laguna sémica y seamos capaces de cerrar y clasificar conceptos? La clasificación resuelve mediante trazo grueso y anestésico lo que, para el pensamiento desclasificado, resulta flujo imparable y vocación sensible. Las taxonomías tienen mucho de taxidermias. El problema no reside, entonces, en la imposibilidad de los universales, como denunciaban los nominalistas, sino en la imposibilidad de los conceptos mismos como entidades cerradas sometidas por estructuras cerradas. La limitación –aunque tenemos muchas limitaciones– no es mental sino epistemológica. El cerebro humano ha demostrado históricamente transgredir la concepción cerrada del mundo en las revoluciones, en la heurística, en el arte y hasta en la resolución pragmática de los dilemas cotidianos. El mundo que percibimos está hecho de unos materiales a los que hemos dado nombre. Esos materiales no tienen jerarquía. Sólo los nombres o los conceptos se suceden y jerarquizan en la gran e incuestionable herencia conceptual que es la cultura. Los materiales que constituyen el mundo, y que nombramos, no están hechos de sí mismos sino de otros materiales a los que, en algún momento y escala de la composición, ya no podremos dar nombre pero no por ello dejan de determinar la naturaleza de los primeros más crucialmente, incluso, que los materiales accesibles o nombrados. Los materiales innombrables o innombrados participan y son participados de los materiales nombrados. Pero pertenecen a otros mundos, muchas veces, a otras dimensiones. Un simio nunca podrá explicarse cómo fue el virus que lo extinguió. Un virus nunca tendría acceso al mundo del simio aunque es responsable de su muerte. Mas un virus también es ajeno a los materiales que le dan vida o le privan de ella. Y esos materiales, pronto perderemos la noción de su biocondición, serán pasto de instancias ignotas que los acosan, condicionan y suspenden. Todos y partes no dejan de ser simultáneamente partes y todos, causa y efectos no dejan de ser efectos y causas, como postula la complejidad, que fluyen en todas las dimensiones y direcciones destruyendo y reconstruyendo sentido. Por ello, el escollo principal antonio garcÍa gutiérrez
39 de los aparatos de la clasificación sería superado si lograra zafarse de toda pretensión de subordinar el sentido y comenzara a acompañarlo con incertidumbre y paraconsistencia. Pero, entonces, ya no sería clasificación lo que estaríamos practicando sino pensamiento desclasificado. La desclasificación denuncia el dogmatismo epistemológico, el dogmatismo de convenciones y convicciones, que graves repercusiones en las relaciones interculturales y en la colonización automática y sistémica del otro. Cuenta el epistemólogo mexicano León Olivé (Olivé, 1999) que, en Nueva Guinea Papúa, los ancianos de cierta etnia, al presentir una muerte inminente, solicitan a sus familiares ser sepultados en vida bajo el estiércol de sus animales, con el único auxilio de un canutillo que les permite respirar. En ocasiones, solidarios médicos convencidos de sus convenciones occidentales trataban de prolongarles la vida impidiendo su derecho a una muerte digna. Permítanme extraer y aplicar, de este brutal episodio, que mezcla abuso de “anestesia” y errada compasión, una analogía en nuestro campo de estudios: es ése el mismo tipo de violencia simbólica que nuestra clasificación del mundo, el modelo económico o la tecnología digital, aplican sobre muchos conocimientos con el mismo propósito de “salvarles la vida”. El mundo cotidiano está sobreclasificado, sobrerregulado, sobreconsensuado. El pensamiento único propicia también un sentido sin retorno. La desclasificación no niega la pulsión clasificadora ni se postula como solución universal. Lo que propone, ante la visión de un mundo diverso en vías de extinción, son instrumentos heterogéneos para repensar las prácticas organizativas en todos los dominios humanos. Rehabilita material procedente de los vertederos epistemológicos, recupera los productos del mestizaje y de la promiscuidad interconceptual desechados por la epistemología dominante, reciclando la contradicción como un recurso paraepistemológico que permite otras visiones del mundo, o la restauración de la retórica, a partir de Perelman (1989), no como mero atrezzo dialéctico sino como condición constructiva del conocimiento mismo. La desclasificación llama a la incorrección política mediante la desobediencia simbólica y epistemológica como única posibilidad que tienen la creatividad, la emancipación y el disenso y, por lo tanto, un futuro descolonizado para los conocimientos. Sólo a través de la autoprovocación, dirá Peter Sloterdijk (2002, p. 99), surgen posibilidades de no seguir desmoralizándose. La desclasificación ignora sistemáticamente fronteras y barreras y practica un pensamiento fronterizo desde un sur epistémico álgico (en el sentido disperso y diverso, aunque convergente, de Walter Mignolo, Gloria Anzaldúa, Abdelkhebir Khatibi[6], Boaventura Santos, Enrique Dussel o Franco Cassano[7]). Reconoce que la contradicción atraviesa todas las instancias y situaciones y, con especial ahínco, anida en los espacios interconceptuales, [6] Vid el desarrollo estratégico de conceptos como paradigma-otro (desarrollado por Mignolo), pensamientootro (Khatibi), lenguaje-otro y new mestiza (Anzaldúa) en Mignolo (2003). [7] Vid en la misma línea, de los anteriores, los trabajos sobre pensamiento fronterizo y pensamiento del sur (Santos, 2005 y 2008), transmodernidad (Dussel, 1994) o pensamiento meridiano (Cassano, 2004). la descolonización de los saBeres. itinerarios de Paraconsistencia
46 etc. Tal vez sólo nos fijemos en un automóvil por la intensidad de su color, porque es metálico o porque se mueve a gran velocidad, lo que devalúa el estatuto del propio automóvil. Habitualmente, el sustantivo ha ocupado una centralidad que opaca el pensamiento adjetivo, periférico. De ahí que sea una prioridad de la desclasificación rehabilitar todo ese aparataje “secundario” del lenguaje y amnistiar a los presos del logicismo. El motor o la rueda no estarían subordinados al todo automóvil ni éste a la presencia de tales partes aunque, sin ellas, no habría movimiento autónomo aunque, curiosamente, todavía sí automóvil. Mas se trata de colaboración, no de jerarquía. La jerarquía sólo es de orden epistémico y el orden epistémico depende de un ejercicio de poder enunciativo. Además, ninguna supuesta parte es exclusiva de un todo, ni existe un todo que no sea parte, ni de algún modo desbordable o desmontable por arriba, por abajo, transversal o temporalmente desde todas esas imaginarias escalas. Tampoco podemos cerrar el inventario de escalas, ni de ópticas, ni limitar una escala convencional que necesariamente se perdería en confines subatómicos o galácticos. Y esto no sólo ocurre con lo que podríamos reducir a la conceptualización de objetos y a los objetos en sí mismos –si estuvieran dotados de una inmunidad imposible a otras configuraciones– sino exactamente igual en lo que concierne a las representaciones de ideas consideradas abstractas. La distinción entre lo abstracto y lo concreto es una falsa distinción porque el mundo que elaboramos epistemológicamente tal vez contenga la misma asombrosa proporción de conceptualidad “oscura” que la materia. Y un último e imprescindible apunte que sitúa estas preocupaciones en nuestra época: las tecnologías de la comunicación que durante milenios fueron producto de la diversidad de las culturas territoriales, de las geoculturas, por primera vez en la historia están siendo colonizadas por una tecnología hegemónica, la digital, desde donde se dictan los nuevos patrones simbólicos de una nueva cultura global, descatalogada e inclasificable, que prefiero llamar transcultura (García Gutiérrez, 2011b). La transcultura es el propio intercambio acelerado e incesante de valores, categorías y universos simbólicos cada vez más desarraigados de sus matrices culturales originarias que supone la quiebra de cosmovisiones verticales y de tradiciones, ya en disolución. Destituye las viejas clasificaciones jerárquicas y las mitologías del mundo, impregnadas en el lenguaje que las crea y mantiene, pero instaura una férrea estructura horizontal unificante que somete igualmente a los sujetos. La transcultura extingue valores y prácticas ancestrales, unos de incalculable valor para la diversidad y otros fundados desde la infamia, pero también deseo verla como un nuevo espacio que permita repensar, abolir o revertir conceptos, ordenaciones, fronteras, hegemonías, dependencias, esencialismos, anestesias[13]. Ante su lógica arrasadora, ya no serían suficientes las estrategias interculturales, y ni siquiera las operaciones transmodernas y poscoloniales si no están acompañadas del salto neoepistémico y paralógico que promueve una racionalidad que ha de ser insobor- [13] En mi trabajo Pensar en la transcultura (2011b) se descifran las claves de la transcultura y se contempla la posibilidad de un pensamiento desclasificado y emancipador cuyas líneas maestras se esbozan aquí. antonio garcÍa gutiérrez
47 nablemente desclasificante, descolonizante y sensible. Para cumplir con tales objetivos, y aunque suene ingrato, la desclasificación sería utilizada, entonces, como la célebre escalera de Wittgenstein (2002), a la que habríamos de dar una patada una vez subidos al muro de nuestro insaciable apetito conceptual. BIBLIOGRAFíA BAUDRILLARD, Jean. El intercambio imposible. Madrid: Cátedra, 2000. CASSANO, Franco. Pensamiento meridiano. Buenos Aires: Losada, 2004. CASTELLS, Manuel. Comunicación y poder. Madrid: Alianza, 2010. COSTA, Newton C. A. da. O conhecimento cientifico. Sao Paulo: Discurso, 1997. DELEUZE, Gilles; GUATTARI, Felix. ¿Qué es la filosofía? Barcelona: Anagrama, 2001. DOUSA, Thomas M. “Classical Pragmatism and its Varieties: On a Pluriform Meta-theoretical Perspective for Knowledge Organization”. En: Proceedings North American Symposium on Knowledge Organization, 2009, v. 2, pp. 1-9. DUSSEL, Enrique. 1492. El encubrimiento del otro. Hacia el origen del mito de la modernidad. La Paz: Plural ediciones, 1994. ELSTER, Jon. Ulises y las sirenas. Estudios sobre racionalidad e irracionalidad. México: FCE, 1989. FOUCAULT, Michel. Microfísica del poder. Madrid: Las ediciones de la Piqueta, 1979. GARCÍA GUTIÉRREZ, Antonio. Desclasificados. Pluralismo lógico y violencia de la clasificación. Barcelona: Anthropos, 2007. GARCÍA GUTIÉRREZ, Antonio. Epistemología de la Documentación. Barcelona: Stonberg, 2011a. GARCÍA GUTIÉRREZ Antonio. Pensar en la transcultura. Madrid: Plaza y Valdés, 2011b. GARCÍA GUTIÉRREZ, Antonio. “Declassification in Knowledge Organization: a postepistemological Essay”. Transinformação, 2011c, jan/abr., v. 23, n. 1. HARDT, Michael; NEGRI, Antonio. Imperio. Barcelona: Paidós, 2002. HOLLOWAY, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Barcelona: Viejo Topo, 2002. JAMES, William. Pragmatismo: un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza Editorial, 2007. KIERKEGAARD, Sören. Migajas filosóficas o un poco de filosofía. Madrid: Trotta, 1997. MATE, Reyes. La razón de los vencidos. Barcelona: Anthropos, 2008. MATURANA, Humberto; VARELA, Francisco. El árbol del conocimiento. Las bases biológicas de conocimiento humano. Madrid: Debate, 1999. MIGNOLO, Walter. Historias locales, diseños globales. Colonialidad, conocimiento subalterno y pensamiento fronterizo. Madrid: Akal, 2003. MORIN, Edgar. Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa, 1996. NIETZSCHE, Friedrich. La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial, 1997. OLIVÉ, León. Multiculturalismo y pluralismo. México: Paidós, 1999. la descolonización de los saBeres. itinerarios de Paraconsistencia
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