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Galileo Galilei, el creyente

Lora-Tamayo, Manuel

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GALILEO GALILEI, EL CREYENTE POR MAN UEL LORA -TAMAYO Junto a los méritos en la observación astronómica, se valoran en Galileo fundamentalmente su aportación a la física y el establecimiento de un nuevo método en la creación científica. Koestler, a pesar de juzgarle sarcásticamente en un análisis negativo de las realizaciones que, seg(m él, «se atribuye», lo ensalza a continuación como «funda dor de la moderna ciencia de la dinámica, logro suficiente para alinearle entre los hombres que modelaron el destino humano» . Pero sin referencia ahora a valoraciones científicas, los críticos sectarios consideran importante mostrar a Galileo ante la opinión pública general como «el hombre símbolo de la libertad científica en la lucha de la Ciencia contra la Iglesia », argumento de combate frente a ella. Esta casi exclusividad en la significación -por lo demás, inciertaque deja a un lado la obra científica del sabio para dar prioridad a la su puesta rebeldía es sólo de una minoría de historiadores, aunque suficientemente aireada por escritos de ensayistas tendentes a hacer pensar que Galileo era un revolucionario científico adversario de la Iglesia, y mantener el equívoco a tra vés de los siglos. Nada más lejos de la realidad: Galileo era un firme creyente desde la infancia hasta su muerte, sin declinar siquiera durante los dramático s episodios que le hizo padecer no la Iglesia, sino los que, p or una cadena de errores, crearon con la condena una s ituación desdichada. No ofrece duda que el ambiente familiar en el que se formó Galileo era católico. La ciudad de Pisa, donde nació, vivía esta religiosidad, y en ella sus padres, aunque venidos a menos económicamente, ocupaban una posición distinguida que apoya más la afirmación. En el período escolar recibió primariamente en un clima confensional las enseñanzas de una escuela pública de Florencia, a cuya población se había trasladado la familia, y después ingresó en el monasterio de Vallombroso ya como simple estudiant e o como un joven hermano monje, de cuyo ingenio hace 28 MANUEL LORA - TAMAYO elogios el padre abad. Su catolicismo de origen encontraría allí mayor oportunidad de reforzarse, aunque poco o nada se sabe de esto. Aprovechando la oportunidad del tratamiento de una oftalmía, es sabido que disp uso el padre no volver más al monasterio . Este hecho no hay que interpretarlo como un debilitamiento familiar en las creencias, sino, en el peor de los casos, como la resistencia que frecuentemente se encuentra en los padres cuando un hijo para el que se tienen otro s alentadores proyectos demuestra alguna inclinación a la vida religiosa. No consta que esto fuera así, pero ello no va en mengua del catolicismo del padre que pudiera influir desfavorablemente en el hijo. Díscolo, rebelde, despiadado polemista sí lo fue, pero no aparece ningún signo de desviación y habría de mantenerse así en su juventud, ya que, entre las relaciones soci ales que él buscaba y cultivaba figuraron elevadas jerarquías de la Iglesia o familiares de ellos que, al protegerle y ayudarle, serían conocedores de su fidelidad religiosa. Junto a estas connotaciones destaca en él un culto a la amistad y una loable afectividad en sus relaciones familiares. Fue un buen hijo, que mantuvo el buen espíritu familiar en su preocupación por la madre en su viudez, y por los hermanos, a los que ayudó incluso a alguno de ellos en su poca discreta conducta. Fue también un buen padre que supo mantener el cariño de los hijos, disper s os después de su salida de Padua y cuando se había producido la amistosa separación de la mujer , Marina Gamba, junto a la que vivió irregularmente. Un puritanismo intransigente puede oponer al valor de estas afirmaciones la irregularidad de esos años vividos maritalmente; pero este hecho - ciertamente nada ejemplarno es en rigor motivo suficiente para negar una fe que se exteriorizaba siempre con el vigor de todos sus actos, sin preocuparse de que el intelectualismo circundant e pudiera volverle la espalda. Esta promiscuidad no fue en algunos personajes de la Iglesia obstáculo para la santidad. Los estados de conciencia son solamente de la intimidad de Dios. Las hijas ingresaron en el mona sterio de Arcetri para su educación y el hijo quedó , de común acuerdo y provisionalmente, junto a la madre; después fomentó sus estudios universitarios, y los testimonios de ellos, las cartas de la hija monja, y la admiración que revelan las declaraciones del hijo, demue s tran que en la vida agitada que llevó su preocupación familiar no estuvo ausente. Pe ro GALILEO GALILEI, EL CREYENTE 29 no bastan estas conjeturas para una afirmación plena de que Galileo era un buen creyente, un hombre de fe. Hay que recurrir a sus propios testimonios que así lo exteriorizan. Es frecuente encontrar un ofrecimiento a Dios de sus trabajos para las que a El se confiaban. Al principio de su obra fundamental en el orden astronómico, «Sidereans Nuncius », cuando enumera inicialmente los descubrimientos hechos, escribe: «Todas estas cosas por mí observadas y descubiertas estos ti/timos días lo han sido gracias al anteojo que yo he construido, después de haber sido 11uminado por la gracia divina». El conocía los antecedentes del anteojo, pero se consideraba inventor de su realización última, notablemente mejorada respecto de los instrumentos anteriores. Los padres del Colegio, el matemático Clavius en cabeza de ellos por su autoridad, desconfiaban de la existencia de los planetas mediceos , por dificultades en la observación; pero cuando habían conseguido al fin entreverlos y se interesaban por encontrar los períodos de sus revoluciones, que consideraban muy difícil y casi imposible, Galileo escribe a Vinta* el 1 de abril de 1612: « ... pero yo tengo gran esperanza de/legar a encontrarlos y definirlos; confió en que Dios bendito que me ha hecho gracia de estar solo para descubrir tanta nueva maravilla por Su mano, pueda concederme también que yo llegue además a encontrar el orden absoluto de sus revolu ciones». Dice que «despues de mia fatica veramente atlantica» ... «me concede la fuerza de poder continua r muchas horas de la noche las observaciones, como ha hecho hasta aqul>> 1• Increíble en un hombre de reacciones explosivas cuando polemiza sobre sus investigaciones, tenía habitualmente una excelente disposición de ánimo. Así se refleja en la carta escrita a su amigo monseñ or Pietro Dini el 16 de febrero de 1615, refiriéndose a la que había dirigido a laArchiduuesa Cristina, que deseaba fuera conocida antes de que en el proceso previsible se tomara la decisión «q ue a Dios pluguiera». «En cuan to a mi -es cribe-, estoy tan * Abrevia tu ras de la s citas: E.N .: «Edición Nacionale de opera de Galileo». dirigida por A. Favaro (2.' ed .. 19 29· l 9 .W). 21 tomo s en 20 vv. M.G .: «l\fi sce l. mca galileani\. Vita e opera de Gal il eo Galilei». Pío Paschini (.\ \ '\ '. ). G.G .: uGalileo G.1lilci. 350 ans d'histoire (1633· 1933)». Col. «Culture et Di alo· guc » (Dcs dce lntcrna ti onal. Tournai) . * Bclisario Vintil era se cretario de l Gran Duque de Toscana. 1 E.N .. IV. 6J . 30 MANUEL LORA -TAMAYO bien edificado y dispuesto que me arrancaría un ojo para que no me escandalice (Mat. 18.9), antes que resistir a mis superiores sosteniendo contra ellos con perjuicio para el alma lo que me parece hoy cierto como si lo tocase con la mano» 2• Galileo decía tener la conciencia tranquila como católico y como científico, y en otra ocasión escribía, casi desesperado, que a veces sentía ganas de quemar todas sus obras, pero jamás le pasó por la cabeza volver la espalda a la fe. En carta a un antiguo conocido francés, de origen toscano, Nicolás Fabre, que en 1603 le había escuchado unas conferencias y tratado en la tertulia de Pinelli en Padua, agradeciendo su interés cerca de las autoridades romanas y de los jueces que extremaron la severidad por la atenuación de la condena de 163 3 escribía: «Todo esto me aflige menos de lo que pudiera pensarse porque dispongo de dos fuentes de perpetuo consuelo: para empezar, el hecho de que en mis escritos no p11ede hallarse la menor sombra de irreverencia hacia la Santa Iglesia; en segundo lugar, mi propia conciencia que sól o yo conozco aqul en la tierra y Dios en el Cielo. El sabe muy bien que en esta causa que tantos sufrimientos me proporciona, y aunque han sido muchos los que han hablado con más conocimientos, no hay nadie, ni siquiera los padres de la Iglesia , qu e haya hablado con más fervor y devoción por la I glesia que yo» ~ . · Para Galileo existen do s libros fundamentales: la Sagrada Escritura y la Ciencia, ésta en cuanto que es «el libro del Cielo abierto a nuestros ojos» 4• Esta misma idea es la de su carta al padre Benedetto Castelli** de 12 de diciembre de 1611 : <<La Sagrada Escritura y la Naturaleza proceden igualmente del Verbo D ivino, la primera como dictada por el Esptritu Santo, la segunda como ejecu tora muy fiel de las órdenes de Dios.» Es la misma idea del Concilio Vaticano II: «La investigación metódica, en todos los dominios del saber, si sigue los dictados de la moral, no será nunca realmente opuesta a la fe; las realidades profanas y las de la fe encuentran su origen en el mismo Dios » (Gaudium et Spes, n.0 36). Y el papa Juan Pablo II, permanente reivindicador de Galileo, decía en nombre de 1986 ante la Pontificia Academia de Ciencias, refiriéndose a Galileo: «El mismo excluía una contradicción verdadera entre la ciencia ! E.N .. V. 295. ' E.N .. XIV. 215 . .i E .N .. V. 329 . .. Ben edetro Castelli. Abate benedictino, que había sido discípulo de Galileo v le profesaba gran afecro. GALILEO GALILEf, EL CREYENTE 31 y la fe, las dos provienen de la misma fuente y deben ser referi - das a la Verdad primera.» L. Geymonat, que estudia muy atentamente la personalidad de Galileo, matiza esta religiosidad: «Galileo procedía de un paú católico y era católico, pero el problema religioso no constituía para él su último refugio; no tenía para él ningún sentido la prueba de la existencia de Dios ni la contro - versia entre una confesión cristiana y otra . A su vez, le interesaba al máximo grado, suscitando la más viva y sincera admiración, la potencia organizativa de la Iglesia Católica» ~.El no necesitaba plantearse el problema de Dios, en el que creía. Pero era, además, un católico practicante. Las injustas restricciones a que fue sometido después de la condena de 1633 obligaban para satisfacer su deseo a solicitar un permiso especial que le permitiera salir de casa y asistir a los oficios de la Semana Santa; permiso concedido, pero prometiendo que no hablaría con nadie. Y en su retiro de Ancetri, perdida ya la visión, refugiaba su dolor en una invocación al Padre: <<JAy de mí, Senor mío , vuestro amigo y servidor Galileo se ha quedado irremediablemente ciego durante estos últimos meses. Ese cielo, esa tierra, ese Universo que gracias a maravillosas observaciones y claras demostraciones he ampliado más de cien y de mil veces con respecto a los límites que le suponían los sabios de los siglos precedentes, a partir de ahora se reducirán para mí a un espacio poco mayor que el que ocupa mi persona» 6• Para el cardenal Konig, antes primado de Viena, no es sólo fundador de una nueva ciencia, sino que es eminentemente represen-1 tativo del pensamiento creyente en lo que ha sido, como en otras cosas, un pionero más; y para monseñor Paul Poupard, «además de científico genial, fue hombre de fe, aunque se conozca poco de estos sentimientos religiosos». Sin embargo, dice mucho a este efecto la carta de su hija Sor Celeste del 2 de junio de 163 3 que es, sin duda, la epístola de un alma piadosa a otra alma en estado de vibrar con esa pureza de sentimiento en la honda consolación cristiana que procura 7: «Muy querido Padre: Acabo de saber de improviso vuestra nueva prueba. Tengo una gran pena que me atraviesa el alma: qué horrible dolor que se haya tomado finalmente esta decisión. Es tan l L. Geymonat : «Galileo Galilei», p. 79 (Picola Biblioteca Einaudi). <> E.N .. XII. 247. 7 G. G. i bíd ., Compard : «Galileo Galilei. 350 ans d'histoire». p. 12. 32 MANUEL LORA -TA.MAYO ofensiva para vuestra obra como para vuestra persona. Por el señor Geri he sabido esta noticia que me atormenta. No recibiendo ninguna carta de vos esta semana me inquietaba mucho porque veía en ese silencio el presagio de lo que ha ocurrido. Muy querido y venerado padre, es ahora el momento de poner a prueba esta virtud de prudencia que el Señor ha dado. Hay que soportar este golpe con la fuerza de alma que vuestro espíritu religioso y vuestra edad comportan. Ciertamente, por muchas experiencias, habéis aprendido a conocer la falsedad y la inestabilidad de todas las cosas de ese mundo malo. No hagáis demasiado caso de estas borrascas, sino más bien tened la esperanza de que se apaciguarán pronto y que se cambiarán las circunstancias que os serán favorables. Yo digo, a lo que me parece que se puede esperar, puesto que se ha manifestado la clemencia a vuestro favor al localizar vuestra detención en un lugar tan agradab le. También me parece que se pueda esperar un cambio más conforme a vuestros deseos que a los míos. Que Dios quiera permitirlo si es lo mejor para nosotros. Os ruego, de todos modos, que continuéis procurándome el con - suelo que me traen vuestras cartas. Procurad darme detalles sobre vuestra salud y sobre el estado de vuestra alma. Termino esta carta, pero continúo pensando en vos y en pedir al Señor que os conceda la paz y el consuelo. De San Mateo enAncetri, el 2 de julio de vuestra afeccionada hija Sor Celeste. A mi Padre: Señor Galileo. Roma.» El comportamiento de Galileo con las autoridades de la Iglesia Católica es admirado por los científicos católicos eminentes. El físico italiano A. Zichichi dice en una declaración de 1979: «Galileo, hombre de fe, se ha inclinado ante la Iglesia, la Iglesia que ha condenado a Juana de Arco a la hoguera y la ha cananizado después.» Y aboga nada menos que por su santidad. «Galileo ha inventado la ciencia,· su santidad consiste en el hecho de que él, como hombre de fe, se ha inclinado ante la Iglesia: un gran gesto de humildad que podría, aún hoy, ser pedido a un científico católico que se hubiera anticipado a su tiempo por sus de1cubrimientos» (Béne G.G.) 8• Un reconocimi e nto pleno de la divinidad se e ncu entra en boca de Salviati* (Galileo) al final de la primera jornada del «Diá logo »: s Beni, G. G., ibíd_: «Galileo et les mili eux scientifiques aujourd'hui», p. 254. • Ficticio portavoz de Galileo en el debate con Sangredo v Simplio en la i mpor - t~nte obra de Galileo «Diálogo sobre los sistemas máximo's del mundo». GALILEO GALILEI, EL CREYENTE 33 «Yo concluyo, pues, que nuestro conocimiento -en cuanto a su método y la multitud de cosas comprendidas -está separado del conocimiento divino por un infinito intervalo; no lo desprecio, sin embargo, hasta el punto de decir que yo le considero como la nada; sino, al contrario, cuando reflexiono sobre tantas cosas grandemente maravillosas que los hombres han logrado y buscado y hecho, reconozco muy claramente que la inteligencia humana es una obra de Dios y una de las más excelentes» 9. Merece ser destacada la elevada estimación que San José de Calasanz entonces padre Calasanz, aragonés, General de la Orden de los Escolapios, sentía por Galileo. Sánchez de la Cuesta (Nota Y. p. 156) copia de A. Canata («El educador católico según el espíritu de San José de Calasanz»,Barcelona, 1925): «Mientras la envidia, la ignorancia y la malicia acusaban de hereje al sabio Galileo ante la Congregación de Roma, Calasanz daba permiso a Michelini (padre escolapio discípulo de Galileo) y a otros jóvenes del Instituto para que le acompañasen en su retiro de Ancetri, le ayudarán en sus investigaciones y acabarán de formarse a la luz de aquel prodigio de la ciencia y modelo de bondad.» Nunca le faltaron, en sus últimos días, dos padres escolapios que le ayudaron espiritualmente en el trance final. Carta de Galileo Galilei a la Archiduquesa de Toscana 10 Galileo fue un exégeta de la Sagrada Escritura; al discurrir sobre ello hay que empezar por afirmar con el padre Franc;ois Russo que él no era un teólogo, a pesar de que la lectura de la carta a Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana, podría hacernos pensar lo contrario. Según Dubarle, Castelli le preparó los textos patrísticos que profusamente se citan en ella, previamente elaborados por un padre predicador de los barnabitas. Advierte Russo que Galileo se ha ocupado de la exégesis de las Escrituras tan sólo en los pasajes que tienen relación con la astronomía , sobre todo en puntos referentes al Antiguo Testamento y principalmente al Génesis. La discusión no resta valor en este aspecto a su condición de creyente; el mismo autor le considera como un buen cristiano, cuidadoso de ser fiel a las enseñanzas de la Iglesia, pero las aprecia- •1 Vigar. G . G .• ibíd .: «Galileo er le culture de son temps», p. 148. '" «Atheisme et Dialogue> >, F. Russo, pp. 152 v ss . (1980). 34 MANUEL LORATAMAYO dones que hace Galileo en la carta a la Archiduquesa en la que manifiesta su interpretación de la Escritura, en cuanto a la teoría de Copérnico que él defiende, ha suscitado críticas diversas. El texto de la carta, muy extenso para tal destinatario, es, sin embargo, un bello ejemplo de literatura epistolar. El contenido es claro para el objeto que persigue, aunque muy reiterativo en argumentos y proposiciones, que en algunos pasajes se hace fatigoso de leer. Dudo que la Archi_ duquesa la leyera íntegra. Dedicaremos a ella atención especial, porque constituye un compendio de su exégesis y un te s timonio de su fe . La carta es de 1615 y fue decidida por Galileo después de la información que Castelli hubo de darle sobre la reunión habida en Palacio, convocada por la augusta Señora, para conocer lo que hubiera de cierto en sus descubrimientos. Fue el colmo para la irritación que iba almacenando por los rumores que le llegaban de posibles herejías en la teoría de Copérnico que él defendía tesoneramente . Y así, de primera intención, escribe a Benedetto Castelli el 21 de diciembre de 1615 una extensa carta en la que expone sus puntos de vista sobre las relaciones de la Escritura con las ciencias de la naturaleza. Las ideas vertidas en ella son las que desarrolla ampliamente en la dirigida a la Archiduquesa, apoyadas en gran número de citas que, como se dice antes, le fueron suministradas por el propio Castelli. El mayor número de ellas, catorce, corresponde a «De Genesi ad literam» de San Agustín, y en un total de veintiuna no faltan tampoco referencias a San Jerónimo, Santo Tomá s, San Dionisia, el Eclesiástico, etc . Así como la epístola a Castelli tuvo pronto gran difusión y fue enviada al padre Lorini 11 , por lo que pudieran tener de temerarias y sospechosas numerosas proposiciones que se formulan en ella, aunque el censor reconoció que la doctrina en el fondo era católica. La difusión de la dirigida a la Archiduquesa fue muy limitada y no jugó papel en los proceso s, publicándose por primera vez en 1636 12• En los primeros párrafos de la carta se refiere a aquellos que no pudiendo negar la verdad de sus descubrimie ntos celestes, irritados por sus afirmaciones que los demás aceptan ahora sin inquietud , escribe: «No conceder ía más atención a estos contradictores que a otros 11 Nic olo L or ine.d omi nico qu e. junto al mi e mbro de la mis ma orden, To mas so, p ro mo vió desde el púlpito el prim er juicio c ontra Ga lil eo. 1 ~ Ru sso. ibíd .. p. 158. GALILEO GALILEI, EL CREYENTE 35 si no viera q11e estas nuevas calumnias y persecuciones no se limitan a la cuestión particular que yo he tratado. Ellas se extienden al extremo de cargarme con acusaciones que deben ser y so n para mí más insoportables que la muerte.» Se expresa así porque -como decíamos antescircula entre rumores la especie de ser heréticas sus afirmaciones y dice: <<Dándose cuenta de que si me combaten solamentu en el terreno filosófico costará trabajo confundirme, han protegido su erróneo razonamiento con el manto de una fingida religión y la autoridad de la Sagrada Escritura, aplicándolas con poca inteligencia a la refutación de argumentos que no han comprendido. Han llegado a pretender que mis proposiciones son contrarias a la Sagrada Escritura y, por consiguiente, condenables y heréticas.» Proclama su respeto, veneración y acatamiento a las afirmaciones de las autoridades de la Escritura, de los teólogos y los concilios, «pero al mismo tiempo no creo que sea un error hablar cuando se tienen razones para pensar que algunos en su interés tratan de utilizarlas con un sentido distinto del que la Santa Iglesia las interpreta». Hay a continuación la afirmación solemne de rechazar no sólo los errores en que haya podido incurrir en cue .stiones que afectan a la religión, sino que declara además no desear ninguna discusión, en el caso de que pudiera dar lugar a interpretaciones divergentes <porque si en estas consideraciones alejadas de mi profesión personal surge algo que conduzca a los demás a alguna advertencia úttl a la Santa Iglesia a propósito de una decisión sobre el sistema de Copérnico, deseo que se mantenga y obtenga de ella el provecho que las autoridades juzguen bueno; y de lo contrario que mis escritos sean desgarrados o quemados, pues no deseo obtener fruto alguno que me haga traicionar mifidelidad a la fe católica». Trae a contribución, argumentando por primera vez, y lo reiterará insistentemente, el tema del «sentido literal» de la Escritura. El motivo que se invoca para condenar la opinión de la movilidad de la Tierra y la inmovilidad del Sol es que en muchos pasajes de la Escritura se dice que el Sol se desplaza y que la Tierra permanece inmóvil y «como la Escritura no puede mentir ni errar, resultará por vía de consecuencia necesaria que será errónea y condenada la afirmación del que quisiera pretender que el Sol es inmóvil por sí mismo y que la Tierra es móvil». Y a propósito de las proposiciones que se dan en la Escritura agrega: «que fueron impuestas por el Espíritu Santo a los escritores sagrados para permitirles adaptarse a la capacidad de un pueblo vulgar, ignorante e iletrado; pero para 42 MANUEL LORA - TAMAYO donde los sabios como los teólogos pued en, a títulos diversos, considerarse competentes, no se decida de manera unilateral. El no pretende imponerse, p ero que no se le obligue a abandonarlo sin haber estudiado los pros y los contras . A pesar de todas sus invocaciones, es ya co nocido que los teólogos la declararon formalmente her ét ica . La abjuración de Galileo Es de esta oca s ión una referencia a la sos pecha fundada, a un - que in si dio sa, sobre la sincerid ad de la abjuración de Galileo; fundada porque el h echo pugna con su temperamento pa ra llegar a una declaración tan explícita y convincente; insidiosa porque no ha y base alguna para suscitarla. Con ella se pretende salpi car la religiosidad de Galileo. Un acto como el que se ejecutaba admite matices y gradaciones. El no ignoraba que si la auto ridad del Santo Oficio exigía obediencia, su falibilidad no exigía convicción. Filippo Sccorsi («Il proceso di Galileo»), en un estudio so bre los proce sos 14 anota que Galileo, dejando a un lado toda discu sió n acerca de la mat eria controvertida podría h aber reducido el se ntido de la abjuraci ón a términ os como éstos: «Si los jueces tienen razón, abjuro en el sen tido escucha do; p ero si est án en el error , lo hago como un acto de disciplina», co n lo que es to era un senci llo reconocimiento re s pecto de la autoridad y un sincero empeño de renunciar públi camente a sos tener una doctrina que era sos pec ho sa de her ejía. Galileo no de sco nocía las limitaciones de la s actuaciones seguidas, gracias al asesoramiento del embajado r Nicolini y por la con su lta íntima a a lguno s de los teólogos de su confianza conocía bien el alcance relativo de los decreto s de las Congregacione s roman as y la compe t encia del Santo Oficio. No hay qu e p er der de vista que no hubo definición de infabilidad por part e de la Iglesia ni de su Magisterio superior, qu e obli - gara en conciencia a todo s lo s fieles. El sistema de Tol omeo no ha sido definido nunca co mo objeto de fe católica y la tesis del siste ma heliocéntrico tampo co ha si do declarada expresamente her ética. Por o tra parte, la afirmación de qu e és ta se a una realidad 1• M. G., p. 849. GALILEO GALILEI, EL CREYENTE 43 fue ciertamente rechazada, pero podía seguir la discusión como hipótesis de trabajo astronómico-matemática 1\ Los componentes de la Congregación Suprema de la Inquisición, el Santo oficio, creada por Pablo IV en 1542, con jurisdicción en el mundo católico, se reclutaban entre los eclesiásticos de buen juicio y recta conciencia, aunque en sus intervenciones actuaran obviamente como hombres de su tiempo cuyas mentalidades no eran extrañas al empleo de la fuerza para defender la religión, propia de la baja Edad Media. No se les puede considerar como incursos en pecado por sus decisiones, que se inspiraban, ciertamente, en el objetivo superior de defender la fe: la Iglesia ha recibido de Dios una autoridad docente que es función permanente y una autoridad coercitiva que está obligada a ejercer en la medida que las circunstancias de lugar y de tiempo la hacen ineludible. Algunos santos , como san Raimundo de Peñafort , san Pedro Mártir, san Pío V, Gran Inquisidor éste, fueron miembros del Santo Oficio. Respecto a la adjuración misma, para Maritain 16 hubo en los jueces un «abuso de poder», porque no tenían derecho a obligar a Galileo como si se tratara de una verdad de fe que imponía de manera infalible unarenegaciónabsoluta, jurando ante el Evangelio que «adjuraba, maldecía y detestaba » la herejía representada por esta doctrina . « En la sentencia de condenación - escribe aquélse declaraba que la afirmación de Copérnico había sido definida contraria a las Sagradas Escrituras. Definida ¿por quién? ¿Por la Iglesia, por el Papa hablando ex cathedra . .. ? De ningún modo. Definida por ellos solos, hombres falibles». Podrían en un juicio prudentP. hacer jurar a Galileo no propagar el heliocentrismo, pero no que lo tuviera por herético y contrario a las Sagradas Escrituras y que él lo detestaba y maldecía; la obediencia requerida hubiera sido normal entonces si se limitara a aceptar la prohibición de modo provisional, como una medida prudente hasta encontrar nuevas pruebas científicamente mejores, dando tiempo a que la reflexión sobre la separación de los fenómeno s naturales de las Sagradas Escrituras pudieran irse imponiendo a los teólogos. Pero los jueces han abu s ado de la obediencia reli- " W. Brandmüll er: «At he is me et Dialogue». p. 137, 1980. 16 J. Maritain: « De l'Eglise du Christ, la per so nne de l'Eglise et s on pers one !. Desclée de Brouw ar», 1970, pp. 345 v ss. 44 MANUEL LORA - TAMAYO giosa pedida a Galileo. «Para decir las cosas tal como son y en concreto -escribe Maritainellos se han equivocado no ya en su cabeza y los juicios de su intelecto, sino en su psicología profunda y los reflejos de su inconsciente como en su comportamiento práctico, al ilusionarse con ellos mismos y sobre su posición (justamente debajo del Papa en el vértice de la jerarquía), como tomándose prácticamente por la Iglesia. El Santo Oficio creería que un decreto de condenación (obra del personal de la Iglesia actuando como causa propia) era un acto de la Iglesia misma (de la persona de la Iglesia)» 17• Así se discurre con mentalidad de hoy sobre unos principios que hace tres siglos no eran tampoco ignorados por Galileo; pero nada le hizo dudar. Cansado ya de la tortura moral que venía padeciendo sólo deseaba terminar lo antes posible con todo aquello, aúna costa del gran sacrificio intelectual que le s upon ía. Laadjuración era una vio len cia a su intimidad en lucha entre la obediencia religiosa y su condición científica que le torturaban el espíritu. Es el testimonio de un creyen te que piensa acaso en lo que podía comprometer a la unidad de la Iglesia una postura contraria a la que adoptaba. Escribiendo a Fabri dos años después, confiesa la tranquilidad de la buena conciencia que él siente en presencia de Dios «ante esta causa por la que sentía no haber podido actuar ni más píamente ni con mayor celo para con la Iglesia» 18• La abjuración era sincera -como escribíamos al principioy no hay pruebas en contra; sí, en cambio, el reconocimiento de que otra cosa estaría en contradicción con sus reiteradas manifestaciones de fe cris.tiana, más allá del sacrificio. En él lucharon la virtud teologal y la virtud del científico y venció aquélla. «No se puede negar -escribe Soccorsique en ese sent imiento no sólo brilla una mente, sino que late un corazón, refulge una fe, hierve una voluntad: un hombre completo al que hay que estimar por su alto ingenio y por la magnífica virtud capaz del heroísmo. Tal fue Galileo.» 1l\faritilin. ihíd .. p. 359. " M. G .. p. 899.