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La cultura taurina de ABC: las portadas, los toros y Antonio DíazCañabate

Gil González, Juan Carlos

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174 La cultura taurina de ABC: las portadas, los toros y Antonio DíazCañabate Juan Carlos GIL GONZÁLEZ Facultad de Comunicación Universidad de Sevilla . Periodismo y tauromaquia: una relación promiscua No es original afirmar que la relación entre el hombre y el toro, es decir, entre la inteligencia y la fiereza, hunde sus raíces en la prehistoria y ha ido germinando a lo largo del tiempo hasta convertirse en un fenómeno social de extensas ramificaciones. Hoy es un hecho ampliamente afirmado por los antropólogos que el toro ha sido punto 175 focal de casi todas la religiones del Mediterráneo y que se ha erigido como elemento clave y vertebrador de cultos egipcios, babilónicos, mitriacos... Como ha sostenido Alejandro Mora “los descubrimientos arqueológicos del Mediterráneo Oriental y de la Península Ibérica han confirmado la existencia de culturas relacionadas con el toro entendido como instrumento de rito y de fiesta” 206 . En este sentido la fiesta representa un mundo de fuerzas y poderes que se juegan a través de símbolos de la corporalidad y las posibilidades de representación. Y esas proyecciones simbólicas se construyen siempre en referencia a algo corporal, y este algo tiene dos referentes vivientes: el hombre y el animal. Proponemos como botón de muestra algunos de los ejemplos más destacados de los mitos que pueblan nuestro ideario colectivo: la muerte en el laberinto del Minotauro a manos de Teseo, representación del héroe que mata a la muerte y zafándose de la bestia se salva no sólo él sino también su pueblo; la Taurokatapsia, rito sexual de la vida y la muerte en el que las sacerdotisas cretenses, mediante saltos acrobáticos le roban la virilidad al toro y se apropian de su fecundo sexo. Son éstas algunas de las pruebas que, además de haber sido generosamente estudiadas, sirven para demostrar que el maridaje entre este animal y el ser humano ha permanecido grabado en la memoria común de nuestros antecesores. Tal vez el poder sugestivo de estos rituales estuviese en la sorpresa que les producía a los hombres ver como la bestia indómita, depositaria de los más altos atributos (fuerza, fiereza y fecundidad principalmente) era doblegada por la sutil inteligencia. De otro lado, en estos párrafos preliminares pretendo demostrar, como ya he mantenido en otros escritos, que la imbricación entre la tauromaquia y el periodismo ha sido una constante en nuestra peculiar y poliédrica historia. El toreo es un espectáculo que se mueve en paralelo al desarrollo de los medios de comunicación y las trasformaciones producidas en un campo repercuten directamente en el otro y viceversa. Con lo cual tampoco es un descubrimiento insólito defender esta tesis, pues Manuel Bernal ya afirmó que “la información taurina es, por lo menos, tan antigua como las 206 A. Mora, El enigma de la fiesta de los toros. México, Plaza Valdés, 1995, p. 43. 176 más remotas manifestaciones paleoperiodísticas y permanece indisolublemente unida al periodismo a lo largo de todas las etapas de su gestación y desarrollo” 207 . Los puntos de conexión que se afrontarán en este texto van a centrarse en tres aspectos: a) la actualidad taurina como actualidad periodística; b) la tauromaquia como elemento conformador de la cultura hispánica y, por tanto, merecedora de un hueco destacable en los medios de comunicación de la sociedad que se reconoce en dicha cultura; y c) la influencia de la prensa en el propio desarrollo de las corridas de toros. No han sido pocos los historiadores del periodismo e incluso de la literatura que han defendido que los primeros cronistas taurinos fueron hombres de letras de la talla de Cervantes, Quevedo 208 , Calderón, etc. Nosotros sostenemos, sin embargo, que ese juicio es solamente una exageración generosa puesto que los poemas que abordaban el tema taurino y la gran cantidad de relaciones de los siglos XVI y XVII que describían juegos de cañas y toros, además de no tener un carácter netamente informativo, son narraciones o recreaciones de hechos en los que lo taurino constituye una referencia tangencial. El propósito principal de estos textos era enfatizar las virtudes heroicas de los nobles, acentuar el exorno de sus ropajes, destacar su garboso arrojo, subrayar la galantería e inteligencia para librarse de la fiera y conquistar a las damas... Es decir, que las pinceladas taurinas tenían como propósito hacer refulgir los símbolos de poder del estamento poderoso de la época. Ahora bien, aunque nos sean las primeras crónicas taurinas (para ello tendremos que esperar nada menos que a principios del siglo XX) lo que sí evidencian estos pasajes de tema taurino es la pasión que demostraba toda la sociedad por estos juegos con los toros: ya bien fuera en las cabalgaduras, desde un plano superior (los nobles), ya bien fuera en su mismo plano, a ras de suelo (chulos, capeadores, auxiliares...). 207 M. Bernal Rodríguez, “Génesis y evolución de la crónica taurina” en M. Bernal Rodríguez y C. Espejo Cala, Actas del I seminario-coloquio sobre la crónica taurina. Sevilla, Padilla Libreros, 1998, p. 27. 208 También Joaquín Caro Romero ha sostenido que Quevedo ha sido de los primeros cronistas taurinos del periodismo y pone como ejemplos el romance “Las cañas que jugó su Majestad cuando vino el Príncipe de Gales.” De todas formas, como sostengo en el texto, de su lectura se desprende que no debería ser considerado un texto periodístico pues se trata más bien de un ejercicio de propaganda. Véase prólogo del libro A. Díaz-Cañabate, La llave de la feria. Sevilla, Servicio de publicaciones del Ayuntamiento, 1983, pp. 9-12. 177 De lo que se deduce de lo expuesto hasta el momento es que para que exista este juego es fundamental: a) la existencia del toro bravío (que en la Península Ibérica no se caza a mansalva, sino que se le cría y cuida); b) la pasión de un amplio grupo de personas por ser los protagonistas de estos juegos (nobles y gente de toda clase y condición juegan y alancean a los toros poniendo en riesgo su vida por puro divertimento); y c) y además surge un público masivo, festero y enloquecido con este enlace ritual entre la vida y la muerte. Estos tres pilares de la fiesta tuvieron repercusión en la incipiente prensa escrita. Ya a mediados del siglo XVIII, la Gaceta de Madrid recogía información taurina en sus páginas. Ésta era de dos tipos: por un lado, anuncios de la celebración de espectáculos taurinos cuya finalidad era invitar a los receptores para que los presenciaran y, por otro, la publicación del balance económico (recaudación de la taquilla, precio de los toros, billetes vendidos...). La explicación se debe a que la mayoría de los festejos tenían un carácter benéfico, con lo cual, la Gaceta informaba de lo conseguido en el festejo. También el Memorial Literario recoge información, en este caso más detallada, de festejos de toros. Como ha afirmado Pizarroso Quintero 209 “en el número de junio de 1784 da cuenta de las tres corridas celebras indicando quiénes ocuparon la presidencia, la procedencia de los cincuenta y cuatro toros que se corrieron, los treinta y seis caballos que murieron y las recaudaciones de cada una de las corridas”. Con estas referencias se demuestra que si el devenir taurino forma parte de la actualidad (entendida ésta como todo aquello que por sus repercusiones interesa a un amplio colectivo de personas) y ésta es elemento crucial de los periódicos, es comprensible que el universo taurino encuentre acomodo en los periódicos desde sus primeros pasos. Debemos señalar, también, que la unión entre el periodismo y la tauromaquia se afianza en los albores del siglo XX. Con un retraso considerable respecto a los avances europeos, es en estos años cuando se expande el ferrocarril en España y llegan a los periódicos las nuevas rotativas que traen consigo el auge del periodismo informativo y 178 publicitario. La combinación de estos adelantos produce un cambio radical; los nuevos medios de trasportes facilitan los desplazamientos de los toreros y el ganado. En Navarra se podía ver la lidia de los toros de una ganadería onubense y en Algeciras podían estoquearse los toros de Carriquiri. A la par, las nuevas tecnologías de la información (despachos de agencias, teletipos, rotativas y huecograbado) posibilitan que la información se trasmitiese de forma rápida y eficaz. Con lo cual, la información taurina empieza a hacerse inmediata y habitual en los periódicos. Las vidas del periodismo y la tauromaquia también se entrecruzan y se funden debido a la cultura. El término cultura, que literalmente significó en principio “cultivo de la tierra” ha sufrido con el paso del tiempo una profunda evolución que en la actualidad le ha llevado a adquirir una marcada dimensión social. Sin adentrarnos en profundas reflexiones, desde la implantación de la filosofía positivista, que ha marcado gran parte de lo que hoy se conoce como Civilización Occidental, la cultura ha aparecido necesariamente vinculada a la evolución de la Humanidad. Los avances culturales han consistido en superar nuestro fondo de salvajismo, propio del estado de barbarie, y en facilitarnos los mecanismos necesarios para alcanzar una existencia reglada por la Razón y la Ciencia. En definitiva, lo que el movimiento ilustrado denominó metafóricamente las Luces, no era otra cosa que el dominio mecánico del mundo a través de una determinada visión de la realidad. Desde esta perspectiva todo lo que no contribuyese a esa concepción europea de la evolución era despreciado e incluso satanizado. La sociedad occidental, en el dilema entre Civilización o Barbarie, resolvió seguir la senda de la primera alternativa. El error fue plantear este interrogante en los términos expuestos con anterioridad, ya que la historia ha puesto de manifiesto que, en muchos casos, la elección ha desembocado en esencialismos culturales excluyentes, peligrosos y reaccionarios. En cambio, nosotros apostamos por una visión plural, incluyente y polisémica de la voz cultura que englobe, por un lado, lo que la elite ha denominado cultura, y por 209 A. Pizarroso Quintero, “Prensa y toros en el siglo XVIII”, en Revista de Estudios Taurinos, nº 18. 179 otro, lo que los antropólogos han definido como cultura popular propia de una comunidad determinada. Así como ha sostenido Gil-Albert: Los toros, como fiesta, es cosa genuina y exclusivamente española, y que sirve, por esto, para caracterizarnos de una manera exclusiva también, sobre lo que somos, a través de lo que nos gusta. En este caso no hay término de comparación posible con otros pueblos. El hallazgo es autóctono. Aquí se sintió, se ideó y cristalizó esta afición vehemente de la lidia hasta llegar a convertirse en un necesidad y revestir luego los honores de “fiesta nacional.” Lo que de ella se desprenda nos conviene perfectamente: lo bueno, lo malo y lo peor. Así somos, y en la plaza hemos encontrado, desde el siglo XVIII, la realización festiva más elocuente de nuestra intimidad 210 . Por eso nosotros consideramos que el término cultura más acertado es el ofrecido por la Etnología, ya que abarca no solo al conocimiento de las ciencias, las artes, las leyes, la moral o las creencias, sino también a todo ese universo compuesto por los ritos, los mitos, las costumbres y demás hábitos adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad establecida. Tomando partido por la defensa de la heterogeneidad de la cultura de la sociedad en que vivimos, es fácil reconocer que la tauromaquia tiene cabida en ella. Es más, la fiesta de toros que, pertenece por entero al universo de la cultura de masas, es una de las primera manifestaciones que ha sabido conciliar los rasgos de la cultura popular con los componentes de la alta cultura. De ahí que si nos cuestionamos qué hay en el toreo que le ha hecho perdurar, a diferencia de resto de espectáculos contemporáneo a él, con plenitud de sentido social y de incidencia popular, la respuesta la encontramos en las palabras de Juan de Mairena, quien afirmaba que “la pervivencia de las corridas de toros se debe a la percepción de que ahí está sucediendo algo que nos afecta profunda y personalmente”. La tauromaquia debe ser entendida, según Gómez Pin, Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, 2004, p. 220. 210 J. Gil-Albert, “Taurina (Crónica)” en Quites, nº 1. Valencia, Diputación valenciana, 1982, p. 21. 180 como la expresión paradigmática de una exigencia ética vinculada, por un lado, a la asunción plena de la dualidad humana (cuerpo atravesado por el lenguaje y lenguaje llamado a asumir la finitud que marca el cuerpo), y por otro, a la necesaria restauración cíclica del acto (siempre sacrificial) de contemplación, asunción y superación de la animalidad en el que se fragua la condición humana 211 . Con estos parámetros no es difícil mantener que la fiesta de los toros representa uno de los puntales básicos de nuestra especificidad cultural, algo que nos hace distintos, defensores de una cultura incomparable y peculiar pero que no excluye a nadie. En los últimos años los estudiosos de la comunicación nos hemos ido deshaciendo del sambenito de la historiografía tradicional que calificaba a la función de informar como tarea de escaso valor, oportunista, subalterna de los datos históricos, falta de rigor y fácilmente manipulable. Hoy, por el contrario, está comúnmente aceptado que “un estudio profundo de cada periódico, de su estado mayor, de quiénes lo subvencionan permite precisar en qué sentido se lleva a cabo la acción sobre la opinión” 212 . Es decir, que un estudio minucioso de los medios de comunicación, de su legislación específica, de las subvenciones dadas por el poder público para su creación... nos revela no pocas referencias normalmente ocultas además de la estructura económica que los sustenta o la influencia que éstos llevan a cabo sobre la opinión pública. Estos datos nos ofrecen una buena radiografía de las relaciones existentes entre los que socialmente se expresan y el nivel cultural y preferencias de los receptores a los que va dirigida la información publicada. El nacimiento de ABC (1903) coincide con la decadencia del periodismo ideológico y con la entrada del periodismo informativo y publicitario. En el toreo ocurre otro tanto de lo mismo, en la primera década del siglo XX se llega a la culminación del toreo clásico en la figura de José Gómez Ortega y surge el toreo revolucionario 211 V. Gómez Pin, La escuela más sobria de vida. Tauromaquia como exigencia ética. Madrid, Espasa, 2002, p. 43. 181 encarnado por Juan Belmonte. La realización de las suertes utilizando las muñecas y la cintura sustituye al toreo de piernas y brazos, el ritmo y la cadencia reemplaza a la rapidez y premura en ejecución de los muletazos. Las transformaciones en la selección del toro, en la elaboración de las lances unido a la nueva sensibilidad de los públicos van acompañadas por una profunda metamorfosis en la forma de contar las corridas en los periódicos. ABC encabeza esta ruptura con el pasado periodístico cuando accede a su tribuna Gregorio Corrochano. Es uno de los primeros rotativos que pone fin al relato cronológico de las corridas e impone la moda de la crónica impresionista. Desde la tribuna taurina de ABC se avala la revolución del toreo moderno, se la valora en su justa medida, se denuncian sus posibles perjuicios y se engrandecen sus inigualables mejoras... como ya aseveró González Acebal Corrochano en ABC “es un reflejo en el periodismo de la revolución belmontina” 213 . Mientras El Imparcial y El Liberal mantuvieron los esquemas tradicionales heredados del siglo XIX, ABC da a su información taurina un soplo de aire renovador. La crónica impresionista no sólo informa de los hechos ocurridos en el ruedo sino que también los interpreta, son alterados según el criterio del firmante, éste resalta algunos momentos en detrimento de otros, razona el triunfo y los fracasos de los toreros. Estas innovaciones le hacen crecer como periódico y a su vez apoya, desde su influyente tribuna los cambios producido en el toreo de la época. Las portadas taurinas de ABC Para no divagar en exceso, hemos considerado oportuno que la primera tarea sea circunscribir el análisis de las portadas a determinadas coordenadas temporales. La exploración se centra en la década de los sesenta, hacia cuya mitad se aprueba y 212 M. Duverger, Métodos de las ciencias sociales. Barcelona, Ariel, 1978, p. 128. 213 E. González Acebal, Grandeza y servidumbre de la crítica taurina. Madrid, Los de José y Juan, 1956, p. 21. 182 sanciona la importante Ley de Prensa (1966), conocida popularmente como la Ley Fraga y que sustituía a una ley de guerra y provisional aprobada en 1938. Aparte del juicio histórico que merezca el franquismo, este régimen dictatorial impuso desde los inicios de la guerra civil una férrea censura a la prensa, hecho que condenó a millones de españoles a verse privados de la palabra y perentoriamente de la información. El resultado fue un tiempo de silencio y obediencia, de penuria imaginativa y carestía informativa. Antes ese panorama, las generaciones de la postguerra, sistemáticamente manipuladas, tuvieron que desarrollar un séptimo sentido para leer entre líneas y comprender así la situación en la que se encontraban. Junto a la censura previa funcionaban otras estrategias de manipulación. A saber: las consignas, los guiones y las notas informativas de inserción obligatoria. La propuesta de los falangistas, primeros responsables de organizar el mundo comunicativo del régimen, estipulaba que la prensa era un instrumento particular del Estado, con lo cual, tanto los periódicos del Movimiento Nacional como los pertenecientes a las familias burguesas, debían ser utilizados con fines exclusivamente gubernamentales. Es por ello que ABC, a pesar de ser propiedad de la familia Luca de Tena, estaba obligado a someterse a las directrices del franquismo y a contribuir con las estrategias propagandísticas del Servicio Nacional de Propaganda, primero, y después a la doctrina impuesta por le Ministerio de Información y Turismo. Sin perder de vistas estas influencias histórico-contextuales hemos examinado las portadas de la década de los sesenta (1960-1970) y tras su estudio hemos propuesto la siguiente clasificación: a) portadas político-taurinas; b) portadas estrictamente taurinas; y c) portadas contestatarias. a) Las portadas políticas-taurinas (entre ellas las del 25 de abril de 1961; 25 de abril de 1967 y 20 de abril de 1967) responden claramente a las consignas del régimen. Éstas eran órdenes informativas de inexcusable cumplimiento, que además exigían un lugar determinado en las páginas de los periódicos. Si la censura era la cara represora de la información, las consignas era el reverso afirmativo, es decir, lo que sí se debía comunicar a los receptores, instituyendo una mirada servicial y deformada de los hechos que el régimen obligaba a difundir. Era necesario dar una visión complaciente del