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Notas sobre religiosidad turdetana. Los depósitos sagrados del oppidum de Alhonoz (Herrera, Sevilla).

Belén Deamos, María

Abstract

Durante los trabajos arqueológicos de 1977 en el oppidum de Alhonoz se hallaron una gran colección de cerámica y otras piezas poco comunes que constituyen una importante fuente documental para el estudio de la religiosidad turdetana. Hoy se acepta de forma unánime que estos materiales eran exvotos y ofrendas amortizados en la favissa de un santuario próximo, todavía no descubierto. Tras analizar los contextos arqueológicos en que se hallaron, proponemos datar los depósitos de Alhonoz en un momento avanzado del siglo II a.C. El clima de inseguridad que se vivía en la zona o la inminencia de algún episodio bélico, pudieron forzar la ocultación ritual de los objetos sagrados. El lenguaje simbólico de signo púnico con el que se expresa el culto a una divinidad femenina protectora de la comunidad, traduce un ambiente de fuerte interacción cultural en el interior de la región que los romanos llamaron Turdetania.

Full text

CuPAUAM 37-38, 2011-12, pp. 333-348 Notas sobre religiosidad turdetana. Los depósitos sagrados del oppidum de Alhonoz (Herrera, Sevilla) María BELÉN Universidad de Sevilla1 Resumen Durante los trabajos arqueológicos de 1977 en el oppidum de Alhonoz se hallaron una gran colección de cerámica y otras piezas poco comunes que constituyen una importante fuente documental para el estudio de la religiosidad turdetana. Hoy se acepta de forma unánime que estos materiales eran exvotos y ofrendas amortizados en la favissa de un santuario próximo, todavía no descubierto. Tras analizar los contextos arqueológicos en que se hallaron, proponemos datar los depósitos de Alhonoz en un momento avanzado del siglo II a.C. El clima de inseguridad que se vivía en la zona o la inminencia de algún episodio bélico, pudieron forzar la ocultación ritual de los objetos sagrados. El lenguaje simbólico de signo púnico con el que se expresa el culto a una divinidad femenina protectora de la comunidad, traduce un ambiente de fuerte interacción cultural en el interior de la región que los romanos llamaron Turdetania. Palabras clave: Turdetania, Alhonoz, Favissa, Culto, Ritual. Summary In 1977, during the archaelogical excavations of the Alhonoz’s oppidum, a huge collection of pottery and other unusual pieces were found. This collection is an important source of information for the study of Turdetanian religiousness. Today, it is solidly accepted that these materials were ex-vota objects and offerings kept in the favissa of a nearby sanctuary, yet undiscovered. After studying their archaeological context, our proposal is to date the Alhonoz’s deposits in the late 2nd century BC. Ritual hiding of these sacred objects may have been motivated by the insecurity existing around the area or the danger of imminent war. The symbolic language present in the worship of a female divinity who protected the community has a clear Punic component. This is to be seen as a sign of the strong cultural interaction on the region called Turdetania by the Romans. Keywords: Turdetania, Alhonoz, Favissa, Cult, Ritual. Las ruinas del oppidum de Alhonoz ocupan varios cerros contiguos que se elevan junto a la orilla izquierda del río Genil, entre los términos de Écija y Herrera, en el límite suroriental de la provincia de Sevilla con la de Córdoba (Fig. 1). Diversas campañas de excavación realizadas por A. López Palomo en los años setenta y principios de los ochenta del siglo XX, permitieron comprobar que el hábitat protohistórico se fundó hacia el s. IX a C. y prolongó su existencia a lo largo del I milenio a.C. Durante el s. VIII llegaron desde la costa novedades arquitectónicas y producciones 1Facultad de Geografía e Historia, Departamento de Prehistoria y Arqueología. E-mail [email protected]. El trabajo se ha realizado en el marco del grupo HUM-650 del Plan Andaluz de Investigación y del proyecto “Religio Phoenicia Occidentalis: cultos fenicio-púnicos en el Extremo Occidente” (HAR2011-27257), cofinanciado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España y los Fondos Europeos de Desarrollo Regional. 334 María Belén CuPAUAM 37-38, 2011-12 cerámicas fenicias y a mediados del VII a.C., en la plenitud de la etapa orientalizante en tierras del Guadalquivir, el núcleo poblacional alcanzó una extensión próxima a las 15 ha y se consolidó como centro hegemónico en la zona (López Palomo, 1999). Posiblemente entonces, o algo más tarde, se construyó un primer cinturón defensivo (Moret, 1996: 541-542). En la actuación arqueológica de 1977 se hizo un sondeo junto al castillo medieval que se levanta en la zona más alta del lugar, dominando un amplio entorno (Fig. 2), y se documentó una secuencia de más de seis metros de potencia y diez estratos arqueológicos que se fecharon entre los siglos IX y principios del II a.C. (López Palomo, 1981a, 47-81; Idem, 1999: 83-97)2. La abundancia y excelente conservación de la colección de cerámica exhumada en el estrato II y su importancia como fuente documental de la religiosidad turdetana, prácticamente desconocida, ha hecho que se multipliquen las referencias a estos hallazgos. No obstante, hay no poca confusión en los datos estratigráficos y cronológicos que manejan algunos investigadores, de ahí que nos parezca pertinente insistir en el análisis del contexto arqueológico de los depósitos de Alhonoz y de su significado religioso. El lenguaje simbólico con que se expresan los cultos en este oppidum traduce un ambiente de fuerte interacción cultural en el interior de la región que los romanos llamaron Turdetania, derivado sin duda de la presencia estable de poblaciones púnicas tanta veces reivindicadas por el profesor Manuel Bendala (1994, entre otros), al que con el mayor afecto dedicamos estas notas. Figura 1. Alhonoz en la geografía tartesia de época orientalizante.(Cartografía F. Sánchez-Eosgis para RBA). 2Salvo que se indique lo contrario, los datos que reseñamos a continuación han sido tomados de esta publicación más reciente, en la que el autor sintetiza sus trabajos en el yacimiento durante casi una década y asume hipótesis interpretativas diferentes de las iniciales sobre los resultados de la intervención de 1977. EL CONTEXTO DE LOS DEPÓSITOS Del estrato II de la citada estratigrafía de 1977 (Fig. 3) se recuperaron centenares de piezas de cerámica completas, la mayor parte de tamaño reducido, platos y cuencos de distintos tipos, cuencos-lucernas, vasos caliciformes, toneletes, ollas con o sin asas y ánforas pequeñas, que constituyen un magnífico repertorio de alfarería turdetana. El estrato subyacente (III) contenía asimismo abundante cerámica, sobre todo cuencos y platos, fragmentados o completos, así como tapaderas, restos de ánforas y cuencos-lucernas, además de una campanita de bronce. Platos completos se registraron también en el estrato IV. Estas tres capas fueron seccionadas por un pequeño pozo u hoyo excavado en el terreno, de forma circular, con 1 m de diámetro y algo más de profundidad, en cuyo interior y entre cenizas se hallaron algunas formas de cerámica semejantes a las del estrato II, dos objetos de piedra pulimentada, parte del soporte de un timiaterio chipriota de bronce, la mitad superior de una estatuilla del mismo metal que representa a una divinidad femenina con atributos guerreros y un denario romano de plata acuñado en el año 138 a.C. El hecho de que las piezas estuvieran apiladas por formas y tamaños (Fig. 4) y de que no se apreciaran huellas de uso en ellas, hizo que se viera en el estrato II un conjunto excepcional de cacharrería preparada para su venta, sin que el carácter de miniatura de muchas de las piezas, el hallazgo en el interior de una olla de una lámina de plata con representación de ojos y símbolos astrales, o la presencia de objetos litúrgicos y de significado claramente religioso en el hoyo colmatado de cenizas, hicieran sopesar otras posibles interpretaciones. La publicación del depósito portugués de Garvâo puso en evidencia el carácter religioso del conjunto de Alhonoz (Beirâo et alii, 1985: 118) y hoy se acepta de forma unánime que los materiales en cuestión – metálicos y cerámicos – son exvotos y ofrendas de un santuario existente en el lugar y todavía por descubrir, aunque quedan muchas dudas por despejar sobre los contextos en que se hallaron. El pozo, por ejemplo, se interpretó primero como horno, por suponer que las estructuras y materiales hallados en la excavación tenían que ver con un centro de producción alfarera (López Palomo, 1981a: 45, 47, 55-56 y 90), y después como favissa (Almagro-Gorbea y Domínguez de la Concha, 1988-89: 365) y como CuPAUAM 37-38, 2011-12 Notas sobre religiosidad turdetana. 335 Figura 2. El oppidum de Alhonoz a orillas del Genil. Castillo medieval (2) y excavaciones de 1977 (1), 1978 (3) y 1979 (4). (López Palomo, 1980: 18). 336 María Belén CuPAUAM 37-38, 2011-12 Figura 3. Alhonoz, 1977. Los depósitos en la secuencia estratigráfica (II-IV). (López Palomo, 1981a: Fig. 8). Figura 4. Alhonoz, 1977. Excavación del depósito de cerámica del estrato II. (López Palomo, 1999: Lám. XXII). ustrinum (López Palomo, 1999, 89). En cuanto al depósito de cerámica del estrato II, se ha considerado un puesto de venta (López Palomo, 1981a: 55) y el almacén de un santuario (Idem, 1999: 85) o de un palacio (Moneo, 2003: 54), apuntándose también que pudiera tratarse de un depósito votivo (Domínguez Monedero, 1995: 49; Moneo, 2003: 54). Aunque no está justificado, los estratos III y IV han sido ignorados en estas valoraciones. En una revisión posterior, el propio excavador relacionó el estrato II y la que llamó “fractura” (hoyo) con un muro perteneciente a un edificio de uso cultual cuyo origen remontaría a época orientalizante (López Palomo, 1999: 89 y 128). Este supuesto nos parece improbable y poco fundamentado, a juzgar por los datos disponibles. El soporte de timiaterio de tipo “chipriota” de los siglos VII-VI a.C. (Jiménez Ávila, 2002: 173-174 y 399), pudo ser parte de un equipo litúrgico, pero del supuesto santuario de época orientalizante sólo se habría documentado un grueso muro que arrancaba del estrato VI (López Palomo, 1999: 89, lám. XIX), lo cual no implica que el hoyo y los restos constructivos tengan la misma datación. Por otra parte, sería el único caso en la protohistoria meridional de continuidad de un mismo edificio sacro durante varios siglos. La relación que se establece con el edificio de Cancho Roano (Ibidem: 128) está condicionada por el paralelismo funcional que se ha visto entre el complejo extremeño y un hipotético palacio orientalizante de Alhonoz al que pertenecerían el timiaterio y la diosa armada hallados en el pozo, que son interpretados como sacra de un santuario dinástico depositados en una pequeña favissa. El edificio “ibérico” próximo al sondeo de 1977, prolongaría la arquitectura de prestigio de tradición orientalizante hasta tiempos romanos (Almagro-Gorbea y Domínguez de la Concha, 1988-89: 365-366; Almagro-Gorbea y Moneo, 2000: 22-24). Pero esta hipótesis tiene de momento un anclaje arqueológico poco sólido. La cronología de los objetos depositados en el hoyo es muy dispar y sólo el soporte de timiaterio es propiamente orientalizante. Finalmente, debemos recordar que no se encontraron estructuras de la misma época orientalizante ni bajo el edificio tardío ni en el sondeo practicado al suroeste del mismo (López Palomo, 1999: 100). La secuencia del yacimiento y la valoración cronológica del sondeo de 1977 fueron cuestionadas hace años (Escacena, 1987a: 275, 279), pero cabe hacer otras observaciones al respecto. López Palomo (1999: 131-134) incluye los estratos II a IV y el pozo/hoyo que los perfora en la fase IV (ibérica) de la secuencia de Alhonoz, cuyo inicio sitúa a fines del V a.C., aunque su desarrollo se produciría a partir de mediados del siglo siguiente para acabar a principios del II a.C. Insiste el citado autor en que el estrato II debe datarse en la primera mitad del siglo III a.C. (Ibidem: 466; cf. Idem, 2002: 110-111) y no a fines de esta centuria y principios de la siguiente como sostienen otros investigadores (Escacena, 1987a: 279). En las tres capas citadas se hallaron piezas cerámicas completas, más numerosas y con mayor variedad tipológica en la superior (II), pero no queda claro qué relación estratigráfica hay entre ellas. En una primera publicación (López Palomo, 1979: 72), los estratos II-IV se consideraron en su conjunto como “centro de distribución de cerámica”, pero en trabajos posteriores se señalan diferencias funcionales entre ellos. El estrato II se interpreta como “almacén de lugar de culto”, en tanto que el III se considera un “vertedero” para desechos de actividades rituales (Idem, 1999: 85 y 88). Este último tenía “la misma naturaleza geológica” y un repertorio de formas idéntico al del estrato II, pero se señala la existencia de un pavimento entre ambos que, obviamente, sellaría la capa subyacente (López Palomo, 1999: 83, fig. 82). Por otra parte, entre este suelo y la base del estrato III, en la que se halló “un amasijo de platos rotos” y algunas piezas completas, mediaba un grueso paquete de tierra carente de material arqueológico, cuya formación se achaca a “factores naturales” (Idem: 88). Por último, el estrato IV se iniciaba bajo el nivel de tiestos rotos del estrato III y en su base todavía se hallaron platos, fragmentados y completos. De la información que se nos ofrece, sacamos la impresión de que está justificada la diferenciación de los estratos II y III, pero no tanto la que se establece entre este último y el IV. Posiblemente, entraron aquí en contacto unidades de estratificación de diferente cronología. Los restos de “destrucción antigua” que se identificaron en una zona de este estrato, podrían explicar la presencia en él de algún fragmento de cerámica a mano de fechas más altas (López Palomo, 1999: 88, fig. 102, nº 4), aunque no excluimos la posibilidad de que se trate de elementos residuales depositados fuera de su contexto original. De ser así, tendríamos al menos dos depósitos de materiales amortizados en momentos sucesivos - no necesariamente distanciados en el tiempo - en CuPAUAM 37-38, 2011-12 Notas sobre religiosidad turdetana. 337 338 María Belén CuPAUAM 37-38, 2011-12 el mismo sitio, quizá una amplia fosa excavada en el terreno. En cuanto al hoyo o “fractura”, se dice que se iniciaba en el estrato I y que permaneció abierto durante mucho tiempo, lo que explicaría la dispar datación de los objetos que contenía (López Palomo, 1981a: 83; 1999: 89 y 382). Sin embargo, el relleno de cenizas de este pequeño pozo parece homogéneo (Idem, 1999: 89, fig. 82) y producto de una deposición intencional y rápida. Es posible que estuviera delimitado por un “dudoso murete circular, muy desmontado, asentado directamente sobre el pavimento” que delimita los estratos II-III (Ibidem: 83, fig. 84). Por otra parte, en la primera descripción del estrato II y en la ilustración gráfica del perfil estratigráfico se indica que se excavó a partir del pavimento de la base de dicho estrato II (López Palomo, 1981a: 51, 55, fig. 8), lo que significaría que es anterior a éste último, que lo cubre por completo (Fig. 3), y, en consecuencia, tendríamos que fechar el estrato II con posterioridad al 138 a.C., que es la fecha de la moneda que se encontró dentro del hoyo, un denario romano de plata acuñado por el magistrado monetal C(aius)RENI(us), con cabeza de Dea Roma en el anverso y Juno en biga de cabras en el reverso. Al margen de los problemas de interpretación que plantea la estratigrafía de este sondeo de 1977, que no acertamos a resolver con la información que poseemos, pensamos que hay otros datos a favor de una cronología republicana para el estrato II, posterior a la defendida por el estudioso del yacimiento. Como bien se ha señalado (López Palomo, 1999: 132; Ferrer y García Fernández, 2008: 204, 206), la tipología y la decoración de la cerámica turdetana ayuda poco a precisar la datación de estos contextos, dado que ni una ni otra cambian de forma significativa durante siglos3. Sin embargo hay en el depósito formas que no están tipificadas en los repertorios del Bajo Guadalquivir (Ferrer y García Fernández, 2008), como los pequeños cuencos de cerámica común clasificados como tapaderas (López Palomo, 1981a: 62, fig. 17; 1999: 502, fig. 324), para los que sí encontramos paralelos en la cerámica “Tipo Kuass”, con la diferencia de que en esta producción gaditana las superficies se recubren de engobe. Concretamente, los cuencos de reborde triangular o con doble reborde (interior y exterior) están muy cerca del tipo XI-B (“salero”) de la clasificación de Niveau de Villedary (2003: 81, fig. 21, 3), representativa de la fase más tardía de dicha producción. La forma no tiene tradición en la alfarería púnica occidental y se cree inspirada en tipos campanienses desconocidos en la región antes del siglo II a.C. (Eadem: 183-184 y 280 fig. 63; Ventura, 2001: 327-328)4. Finalmente, una datación en la segunda centuria a.C. para el estrato II se deduce asimismo de la propia secuencia que reconstruye el excavador. El controvertido estrato representa el final de la fase IV (ibérica) en el sondeo de 1977, ya que está cubierto por el estrato I, que pertenece a la fase V y última de dicha secuencia. Pues bien, para el inicio de esta última se proponen fechas del segundo cuarto del II a.C. (López Palomo, 1999: 134), que no pueden estar muy alejadas de las del final de la etapa anterior, puesto que no hay discontinuidad en la estratigrafía entre los estratos incluidos en una y otra fase. Por las razones señaladas, parece, pues, consecuente datar la amortización del depósito del estrato II en un momento avanzado del siglo II a.C.5. La relación estratigráfica entre esta capa y el hoyo no está del todo clara, como hemos visto, pero es seguro que la datación de este último es posterior al 138 a.C., fecha confirmada por el denario de C(aius) RENI(us) depositado en su interior. López Palomo (1999: 89) opina que la estructura estuvo en uso durante siglos, pero los datos que tenemos nos hacen pensar en una deposición rápida y, probablemente, única. En el hoyo se hallaron, además de los objetos metálicos ya citados, formas cerámicas semejantes a las del estrato II, incluidas las llamadas tapaderas (López Palomo, 1999: 89). El mismo hecho se repite en el estrato III y, en parte, en el IV (Ibidem: 88), que deben interpretarse asimismo como capas de amortización de materiales de uso ritual y votivo en una misma favissa6que se clausura con el 3El mismo problema se acusa en la zona colindante con las tierras altas de Turdetania en las que se ubica Alhonoz (Vaquerizo, 1999: 140-149). 4Niveau de Villedary (2003: 184) sugiere parentesco con las formas 34 y 35a de Lamboglia; cf. Beltrán, 1990: fig. 10, 33. 5Entendemos que la inclusión del estrato II del corte de 1979 en la misma fase IV (ibérica) que el II de 1977 debe ser un error, ya que aquél se adscribe igualmente a la fase posterior (V) (López Palomo, 1999: 106 y 132134). De no ser así, habría que considerar el hallazgo en él de productos campanienses Ay B (formas Lamboglia 36 y 1, respectivamente) (Idem: fig. 324) no anteriores al último cuarto del siglo II a.C. (Vivar, 2005: 34; Principal, 2005: 54). 6En el significado de favissa seguimos a Garbati, 2012. estrato II. Con los datos disponibles, no podemos saber si ésta era una simple fosa excavada en la parte alta de la ladera del cerro, si guardaba relación con alguna de las estructuras constructivas detectadas, o si estaba dentro o fuera del edificio de culto al que pertenecía. Algunos ejemplos comparables por su contenido y proximidad en el tiempo ofrecen cierta diversidad a este respecto. La favissa de Garvâo, datada a fines del III a.C., era una fosa oval excavada en una ladera y delimitada parcialmente por un muro de escasa entidad (Beirâo et alii, 1985: 60 y 140-141). El profundo pozo votivo de El Amarejo se excavó en una zona exterior de tránsito entre edificios que, probablemente, formaban parte de un mismo complejo sacro7. Por el contrario, la favissa subterránea del santuario urbano de San Miquel de Líria fue construida en una esquina del patio que precedía a la cella (Aranegui, 1997)8. La referencia a un pavimento en la base del estrato II de Alhonoz podría hacer pensar en un espacio edificado, pero no parece que fuera así. De hecho, como se recordará, el sitio se interpretó en principio como “lugar de comercialización a cielo abierto” (López Palomo, 1981a: 55). Tampoco podemos precisar si medió algún tiempo entre la formación de los distintos estratos del relleno o si, por el contrario, las tres capas corresponden a un único acto de amortización, como en los casos de Garvâo (Beirâo et alii, 1985: 134) y de El Amarejo (Blánquez, 1996: 158). Esta última posibilidad no excluiría que el depósito pudiera reunir objetos de diferente cronología, teniendo en cuenta que los materiales que lo componen debieron permanecer algún tiempo conservados en el santuario antes de su amortización ritual en la favissa9, pero la abundante vajilla local que contenía no es de ninguna ayuda en este sentido. Como decíamos más arriba, los repertorios turdetanos se repiten durante siglos y se mantienen sin grandes cambios hasta tiempos romanos. El horizonte ibérico tardío del poblado del Cerro de la Cruz de Almedinilla, nos brinda un buen ejemplo del arraigo de la cerámica ibérica tradicional en la subbética cordobesa cercana a Alhonoz en el último tercio del siglo II a. C. (Vaquerizo, 1999: 140-149, láms. 40 y 42-48). Por otra parte, no hay que perder de vista el carácter conservador de la religión. En la necrópolis del Olivar Alto (Utrera, Sevilla), vasitos de paredes finas, ungüentarios de vidrio y otros materiales de los siglos I-II de J. C. se asocian a urnas pintadas de larga tradición local (Puya y Campos, 1983). En cuanto al hoyo, las cenizas que lo colmataban y las piezas que contenía permiten caracterizarlo como un pequeño pozo ritual, quizás un bothros, en el que se depositaron restos de hogueras relacionadas con prácticas de culto, ofrendas, exvotos y objetos litúrgicos. Aunque no se mencionan restos orgánicos (huesos, semillas u otros) que podamos relacionar con sacrificios de animales y ofrendas de alimentos, se señala la presencia de dos piezas de piedra pulimentada que podrían haberse usado como mazas sacrificiales (López Palomo, 1999: lám. XXX). El hecho de que el timiaterio esté incompleto y roto el pequeño bronce de la diosa guerrera, puede significar que estaban ya en desuso cuando se amortizaron, o bien que aquél se despiezó y la imagen se fragmentó para impedir que pudieran profanarse en reutilizaciones posteriores. La fecha post quem que proporciona la moneda romana impide datar el conjunto antes del último tercio del siglo II a.C. La presencia en él de una pieza de Campaniense B de tipo Lamboglia 4 (López Palomo, 1999: fig. 324, en posición invertida), aconseja una datación algo más baja incluso, ya que el marco cronológico de dicha forma va desde el último cuarto del siglo II a fines del tercer cuarto del I a.C. (Principal, 2005: 53). El hallazgo conjunto de materiales de diferente datación no es necesariamente indicativo de una larga etapa de uso y es frecuente en contextos sacros. Hallazgos como la conocida dama de Galera (Olmos, 2000-2001: 358), o el timiaterio de Cástulo (De la Bandera y Ferrer, 1995), prueban que la conservación de objetos religiosos durante siglos no es un hecho excepcional. CuPAUAM 37-38, 2011-12 Notas sobre religiosidad turdetana. 339 7Broncano (1989: 232 y 239) opina que se trata de un pozo en el que se depositaron ofrendas y se realizaron rituales con carácter periódico hasta el final del poblado (fines del III o principios del II a.C.), pero el hecho de que casen fragmentos cerámicos recogidos a diferentes profundidades, aboga a favor de la interpretación de la estructura como favissa (Blánquez, 1996: 158). 8El final del santuario se data hacia 175-150 a. C. (Aranegui, 1997: 104). 9Los citados depósitos de Garvâo (Beirâo et alii, 1985: 111) y de El Amarejo (Blánquez, 1996: 159), entre otros, también contenían materiales de distintas fechas. 340 María Belén CuPAUAM 37-38, 2011-12 Como hemos comentado, no queda del todo claro si el hoyo es o no anterior a la clausura definitiva de la favissa, pero, en cualquier caso, ésta se llevó a cabo en el mismo siglo II a C. y, probablemente, en fechas próximas. Los asentamientos del Valle Medio del Genil, como sus vecinos de las campiñas del Guadajoz, vivían en ambiente de guerra desde fines del III a.C. La arqueología documenta graves signos de violencia en la región durante las últimas décadas del siglo II a. C. (Vaquerizo, 1999: 55), por lo que no es impensable que el clima de inseguridad o la inminencia de algún episodio bélico forzara la ocultación ritual de los objetos sagrados del santuario. Años después, la guerra y sus consecuencias llevarían al abandono definitivo del asentamiento. Su final se sitúa hacia mediados del siglo I a.C. y se relaciona con la contienda entre pompeyanos y cesarianos (López Palomo, 1999:134), cuyo final se libró en un escenario tan próximo, que algún autor ha considerado el oppidum de Alhonoz como posible solar de la ciudad de Munda10. EL CULTO EN PERSPECTIVAARQUEOLÓGICA Los objetos depositados en la fosa y en el pozo son nuestra única fuente de información sobre las prácticas de culto que se desarrollaban en un santuario urbano situado, probablemente, en el entorno próximo. La primera contenía casi exclusivamente cerámica, más de 600 piezas sólo en el estrato II, la mayoría completas y sin señales aparentes de uso (Fig. 5)11. En el conjunto predominan los cuencos semiesféricos, de entre 10 y 18 cm de diámetro máximo, que se hallaron por centenares apilados en posición invertida. En general, carecen de la banda roja pintada sobre el borde que presentan los ejemplares similares recuperados en las dos capas inferiores del depósito. Muy abundantes son también los cuencos-lucerna de borde entrante12 y otros más pequeños13, con reborde exterior, que se describen como tapaderas por tener constancia en el registro de que a veces se usaron como tales, unos y otros sin decorar. Platos de borde exvasado con bandas pintadas y escudillas, algunas de tamaño reducido, con y sin Figura 5. Alhonoz, 1977. Conjunto de cerámica del estrato II. (López Palomo, 1999: Lám. XXIV). 10Vid. resumen sobre el tema, con bibliografía, en Rodríguez Neila, 1988: 273. 11 Para mayor información, cf. López Palomo, 1999: 429503. Con alguna excepción, las formas documentadas en Alhonoz son corrientes en la alfarería prerromana del Valle del Guadalquivir, estudiada por Escacena (1987b) y Pereira (1988). 12Con diámetro de boca (interior) comprendido entre 7 y 11 cm. 13Ninguno alcanza los 7 cm de diámetro interior en la boca. decoración, estas últimas provistas de asas horizontales insertas en la zona más ancha del vaso, completan el repertorio de formas abiertas más corrientes. Pieza única es una copa de pie alto y cuerpo en forma de casquete esférico14, pintada de rojo a excepción del fondo interior, y con una acanaladura en el borde para encajar una tapadera. La forma carece de paralelos en cerámica turdetana, pero su mayor originalidad está en las tres figuras de paloma aplicadas sobre la pared exterior, en la zona de unión entre el cuerpo del recipiente y el pie. El hallazgo de aves sueltas de la misma especie hace pensar que había otras piezas similares (López Palomo, 1981a: 72). . Entre las formas cerradas, menos numerosas, las más frecuentes son las ollas de cuerpo esférico u ovoide, sin cuello y con borde vuelto al exterior. Su altura oscila entre 6 y 12 cm y tienen dos asas insertas - vertical u horizontalmentesobre la parte más ancha de la pared. Están decoradas con motivos pintados de rojo oscuro, esteliformes (de 4, 6 y 8 puntas) y representaciones de palmas, ramas o espigas, que son exclusivos de esta forma, hasta el punto de que ni siquiera se repiten en las piezas de morfología similar desprovistas de asas, igualmente bien representadas en el conjunto (Fig. 6 y 7). Siguen en importancia numérica un lote de vasos diminutos (de 3 a 6 cm de altura) de boca ancha acampanada, con o sin asas, cuya morfología responde, en unos casos, a los que llamamos caliciformes, y en otros guardan cierto parecido con los vasos “à chardon” de tiempos anteriores. Todos presentan decoración de bandas y franjas rojas, o bien rojas y negras. Completan el repertorio dos ánforas de tamaño reducido15, tres toneletes que presentan un orificio en el fondo por el que se podría verter el líquido contenido en el interior16, el cuello de un frasco de boca muy estrecha, con asas que arrancan del borde, y un recipiente de cuerpo globular, con base aplanada, decorado con trazos de pintura roja dispuestos de forma radial en torno a su estrecha boca. Es parte de un kernos y conserva la pared que lo unía a otro de los elementos que componían la pieza. Como se recordará, también el pozo contenía platos, cuencos-lucerna y “tapaderas” semejantes a los del estrato II. Hay en el conjunto piezas que pudieron tener un uso doméstico como vajilla de mesa o de cocina, pero en buena parte parecen producciones expresamente destinadas a usos cultuales, bien en actos de devoción privada o en ceremonias festivas de carácter colectivo. En su mayor parte son de pequeño tamaño, a veces auténticas miniaturas, un hecho conocido en todo el Mediterráneo (Segarra, 2006) que ha sido documentado también en santuarios peninsulares de fechas próximas a las que defendemos para los depósitos de Alhonoz, como el de Edeta-Liria (Aranegui, 1997: 107), o los más cercanos de Torreparedones (Córdoba) y Las Atalayuelas de Fuerte del Rey (Jaén), en los que encontramos otras coincidencias, como el uso de un repertorio cerámico estandarizado (Rueda, 2011: 233-234). Los cuencos y las ollas, las formas más frecuentes en Alhonoz, son también “la vajilla ritual básica” en Las Atalayuelas (Eadem, 2011: 234, Fig. 121), pero hay diferencias morfológicas y decorativas entre los repertorios de uno y otro yacimiento. Las pequeñas ollas con dos asas sobre el cuerpo, en posición vertical u horizontal, son tan poco corrientes fuera de Alhonoz como las decoraciones fitomorfas y astrales que tienen muchas de ellas. En el santuario periurbano de Torreparedones, como en Alhonoz, abundan los vasos caliciformes y los cuencos-lucernas de borde entrante (Fernández Castro y Cunliffe, 2002: 60, lám. 41; Morena, 2011: 253 y 254). El carácter ritual y votivo de los primeros como vasos de libación, está muy contrastado en la religiosidad prerromana (Izquierdo, 2003), y es igualmente frecuente el hallazgo de lucernas en contextos sacros. Naturalmente estas pudieron tener una función práctica de iluminación, dentro del santuario o en celebraciones nocturnas (Marín, 2010: 220-221), pero el elevado número de ejemplares hallados en el depósito, hace pensar más bien en ofrendas de luz tan arraigadas en la religiosidad popular hasta hoy. El carácter sacro de los conjuntos cerámicos de Alhonoz es claro, pero no su significado preciso en las prácticas de culto que materializan. La utilización recurrente de las mismas formas y tamaños hace pensar en rituales con participación CuPAUAM 37-38, 2011-12 Notas sobre religiosidad turdetana. 341 14De unos 10 cm de altura y algo más de 15 de diámetro de boca. 1518,20 y 19,70 cm de altura, aproximadamente. 16Con 11 cm de ancho y 6,80 de alto, el de mayor tamaño. 348 María Belén CuPAUAM 37-38, 2011-12 SEGARRA, D. (2006): “Archeologia e storia delle religioni: il caso della miniaturizzazione di oggetti destinati alla sfera extra-umana”. “Archeologia e religione” Atti del I Colloquio del “Gruppo di contatto per lo studio delle religioni mediterranee” (Storia delle religioni II) (M. Rocchi y P. Xella, coords.): 109-120.Verona. VAQUERIZO, D. (1999): La Cultura Ibérica en Córdoba. Un ensayo de síntesis. Córdoba. VENTURA, J. J. (2001): “Cerámicas de barniz negro en Carmona”. Carmona romana (A. Caballos, ed.): 321-337. Carmona. VIVAR, G. (2005): “La Cerámica Campaniense A”. Introducción al estudio de la cerámica romana. Una breve guía de referencia (M. Roca y Mª I. Fernández, coords.): 23-45. Málaga.