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Compendio de una filosofía

Pérez de Laborda, Alfonso

Abstract

Se trata de un compendio de la reflexión filosófica del autor en forma proposicional. Parte de la experiencia original del cuerpo desde la búsqueda antropológica y concluye en la reflexión acerca de la verdad. En su camino no deja de lado cuestiones acerca de la «racionalidad»,la «realidad», la «belleza» y, sobre todo, la que habla sobre «Dios» tratada desde la razón que no tiene por qué no ser la razón de un creyente.

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1 Dos panorámicas ‘geográficas’ de esta una filosofía en «Racionalidad, realidad y verdad», capítulo 2 de Sobre quién es el hombre. Una antropología filosófica, Encuentro, Madrid, 2002, pp. 67-116, todavía restringida en su amplitud principiante, finalizada el 19 de agosto de 1991, y en «De si hay Dios: breve tratado filosófico sobre si hay Dios», capítulo 7, pp. 199-265 del mismo libro, tratado ordenado, aunque referido sólo a los ‘hay’, finalizada el 15 de febrero de 1998. Señalo dos aproximaciones ‘topológicas’ actuales a esa misma filosofía: «Fundamento», capítulo 8 de Pensar a Dios. Tocar a Dios, Encuentro, Madrid, 2004, pp. 156-202, finalizada el 1 de abril de 2003, y «Verdad, bondad, belleza: ¿no es la belleza la finalidad de ser?», Revista española de teología, 66 (2006) 99-140, finalizada el 11 de febrero de 2006. THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 38, 2007. COMPENDIO DE UNA FILOSOFÍA Alfonso Pérez de Laborda. Facultad de Teología San Dámaso, Madrid Resumen.- Se trata de un compendio de la reflexión filosófica del autor en forma proposicional. Parte de la experiencia original del cuerpo desde la búsqueda antropológica y concluye en la reflexión acerca de la verdad. En su camino no deja de lado cuestiones acerca de la «racionalidad», la «realidad», la «belleza» y, sobre todo, la que habla sobre «Dios» tratada desde la razón que no tiene por qué no ser la razón de un creyente. Abstract: The article is a review of the author's philosophical reflection in a propositional form. It starts from the original experience of the body according to the anthropological search and it concludes reflecting about the truth. In his path he does not leave aside the issues about the «rationality», the «reality», the «beauty» and, mainly, the one that speaks about «God» from the reason that doesn't have not to be the reason of a believer. a María Mola a Miguel Pérez de Laborda I1 1. El comienzo es una experiencia, la del cuerpo de hombre, en su identidaddual de cuerpo de hombre y cuerpo de mujer, es decir, una experiencia de, en y por la carne. Nunca fuera de la carne; nunca sin la carne. 2. Esa experiencia lo es siempre del exceso. Lo nuestro es una experiencia del exceso. Por más que, de principio, el exceso sea apenas si no más que una pizca; ellos son los que nos consiguen una vida personal. 3. En esta experiencia se nos brinda la consciencia, pues tenemos la asombrosa capacidad de replegarnos sobre nosotros mismos, constituyéndonos unos adentros. 4. Y, más asombroso aún, en ella se nos ofrece la imposible-posibilidad de que nuestros complejos pliegues de los adentros sean ya indesplegables en una superficie desenvuelta, lisa y explicada. En esto, precisamente, está el exceso y la experiencia que de él tenemos. 5. Mas el cuerpo de hombre, sin embargo, no es un comienzo originante ni de sí mismo ni del mundo ni de la realidad, pues no es en la experiencia del cuerpo de hombre en donde se nos da la originación radical de todas las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos, sino que es un puro comienzo en el tiempo; en el tiempo que es el nuestro, es decir, la temporalidad. Ella es la base misma de una vida personal. 6. La temporalidad es el tiempo en el que nosotros somos y vivimos; la historia temporal que es la nuestra. La experiencia del cuerpo de hombre tampoco es, pues, un comienzo en la cronología, sino, precisamente, en la experiencialidad, es decir, en una apertura a la consciencia. 7. Porque la experiencia en y de la carne no se sustenta en sí misma, sino que nos encontramos con ella como algo que se nos ha dado. En el meollo mismo de esa experiencia está el darse cuenta de que se trata de algo que nos viene dado. 8. Y, de primeras, nos viene dado, como mínimo, en la socialidad. Sin ella no somos, nunca habríamos podido llegar a ser y nunca llegaremos a ser. En ella se nos dan todos los constituyentes primeros de lo que somos, desde el adn hasta la lengua que hablamos y las maneras de andar que nos son propias. Sólo somos en esa 92 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 socialidad, aunque algún día, claro, nos podamos retirar al yermo. Este nuestro estar insertados en la socialidad, sin embargo, no relega nuestro ser individual; más bien, al contrario, lo procura y lo incrementa. Es obvio que esa inserción en la socialidad nos da un tronco de experiencialidad común y una experiencia compartida. 9. Digo como mínimo, pues deberemos pensar más adelante por qué el comienzo de experiencia a la que nos acabamos de referir no ha sido originante. II 10. En esta experiencia se da el juego de la retroducción. Nosotros, que nos descubrimos deseantes, imaginativos y racionales, porque deseo, imaginación y razón son la entraña misma de lo que somos, y precisamente por ello, miramos siempre a los más allás de nuestra propia experiencia, incluso por demás inalcanzables, y los miramos para, tirados por ellos, ahormados por ellos, estirados desde ellos, marchar a su encuentro desde nuestros acás, en una búsqueda sin término de lo que desde el cuerpo animal y el cuerpo mineral nos sería en absoluto inalcanzable, pues fuera de toda perspectiva. La pizca es, de esta manera, esencial en eso que somos. En ella es en donde se ase la acción del estiramiento hacia los más allás. 11. Ahí se nos hace realidad la imposible-posibilidad. No es esta algo que nos viene dado en la naturaleza misma de lo mundanal, pues, al menos nosotros, con nuestra razón, no parece que podamos encontrar en esa naturaleza mundanal la pizca y el exceso. No lo hemos hecho hasta el presente y el que nos tropecemos con ello en el futuro, como muchos aseveran, parece un reto neblinoso del que no acaban de verse las razones seguras que ellos, creyéndose vencedores desde ahora, dicen tener frente a las nuestras, designados perdedores ya ahora: todos nos encontramos ahí ante lo que no es sino una apuesta racional. Por eso toda naturaleza, sin más, si no se dan más apretadas explicaciones, es demasiado poco para contener lo que vamos siendo, es decir, esto que somos. El dejarlo todo a la naturaleza de lo mundanal, sin más, arrebata de nosotros, precisamente, el exceso; para colmo, nos enfoca sólo hacia lo que son nuestros orígenes, quitándonos de ese movimiento esencial en nuestra experiencia que es el de, estirados desde ellos, ir siempre hacia más allás en búsqueda sin término. 12. Porque todo en nosotros, en nuestra experiencia, busca así más allás; nunca ningún acá nos vale de manera definitiva, como si encontráramos en él nuestro descanso. Y cuando nos vale, porque ya nada tira de nosotros, mejor, porque ya por nada nos dejamos estirar y ahormar, es que algo terrible ha acontecido en eso que somos, sea el emperramiento irracional, sea la enfermedad, sea el buscar la desaparición en la muerte. Nosotros somos seres esencialmente de más allás. Nunca satisfechos por instintualidad alguna; perennes buscadores de espacios y paisajes nuevos. Lo que se nos da a ser en el nicho mundanal es muy particular: un exceso, por lo que para nosotros ese nicho no es algo cerrado, sino esencialmente abierto, lo cual no acontece con nuestros hermanos los animales ni con nuestras hermanas las cosas mundanales, aunque, es verdad, también ellos cambian y evolucionan. La pizca del exceso sobrepasa inmensamente lo instintual. Y así podemos decir que somos personas, lo que algunos apostillan muy bellamente indicando que somos sujeto y término de amor y de amistad. Sin nuestra experiencia del exceso no podríamos hacer esa afirmación; sin nuestro estar inmersos en las mismas entrañas de la socialidad, tampoco; sin el punto atractor al que nos vamos a referir no cabría ni el decirlo ni el serlo. 13. En los acás estamos acunados por la memoria; nos adentramos en los senos de la memoria; de la vida, hacemos memorial. Memoria, claro es, del y en el exceso, que nada tiene que ver con actas notariales de lo que nos aconteció en aquel tiempo, con el recogimiento en crónica de los lugares por donde nos llevó nuestra instintualidad. La memoria es pura actualidad de lo que nos fue y sigue siendo en nuestra carne; por eso, carne enmemoriada. Esta memoria lo es de nuestra actividad como seres individuales provistos de consciencia, de sus haceres y padeceres; no, primariamente, de lo instintual y de lo inconsciente. Una memoria, pues, de la experien- 93 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 2 En el estiramiento y las cuestiones conexas estaba ya la idea del hueco que produce en nosotros, pero faltaba la palabra, cosa que suele ser siempre decisiva. Esta la pronunció en clase Águeda Gambra: de ella la tomamos todos al punto. cia del exceso. De otro modo, mas esta memoria lo es también de nuestra actividad como seres que somos en socialidad. 14. Así se da el juego que llamo de la retroducción: estamos todavía acá, pero ya vivimos de allás que tiran de nosotros para, estirándonos, llevarnos a ellos. Los más allás que, de primeras, hubieran parecido tener existencia de meras imaginaciones, son punto atractor para nosotros; por eso, parte esencial de eso que somos, siempre en el proceso del ir siendo, aunque, evidentemente, lo son no más que en el hueco2 que, al estirar de nosotros, abren en nosotros, en nuestros adentros. En la retroducción, por tanto, son esenciales el deseo y la imaginación. III 15. Ahí se da, también, la construcción de corporalidades, aquello nuestro que dejamos fuera de nosotros con su propio ser mundanal proporcionado por nosotros, no por el despliegue de la naturaleza de lo mundanal; que es, por tanto, creación nuestra. No los meros desechos que van al basurero, sino aquello en lo que, con nuestro trabajo, expresamos lo que somos. Así pues, no todo deshecho es corporalidad, aunque pueda llegar a ser tenido por tal. 16. Sólo en un lecho de corporalidades societarias, producidas por la tribu en la que se nos da el ser, mejor, el comenzar de nuestro ser, y no poco de su progresar, podemos construir nuevas corporalidades específicamente nuestras. 17. Con las corporalidades nos hacemos constructores de realidad al incrementar el conjunto de las realidades ya existentes; realidades construidas por quienes, siendo como nosotros, nos han precedido. Realidades, por tanto, en las que nos encontramos inmersos cuando nosotros construimos corporalidades, pues vivimos en una tradición ininterrumpida de constructores de realidades; hasta el punto de poder decir que nace nuestra especie cuando sus miembros comienzan a construir corporalidades. Realidad que, de esa manera, es remodelada por nosotros. Una realidad que, todavía, por ahora, sólo será una conjunción de realidades aparentemente dispersas, como en una pura montonera. 18. Se ha de ver que nuestras corporalidades, por el hecho de serlo, incrementan el lecho de realidad en el que nos encontramos. Y nosotros lo remodelamos, aunque sea en una parte mínima. En todo caso, al hacer nuestras las corporalidades de la tribu, las recreamos; al menos como quien hace suyo lo estudiado en el manual, de modo que ahora ya podemos ser también nosotros constructores de nuevas realidades y no meros repetidores instintuales de la naturaleza mundanal que se nos hubiera dado como una realidad fijada en la que estuviéramos inmersos, aprisionándonos en ella. No aprendemos para repetir, sino para recrear realidad; el aprendizaje es posición de libertad. Lecho de realidades no es nicho de naturaleza mundanal. Hay aquí un definitivo elemento de libertad; cuando no de pura liberación. 19. Desde el momento en que nos levantamos del lecho de realidades en el que estamos acostados, comienza a construirse la realidad para nosotros, mejor, en nosotros. Esa construcción, por tanto, es siempre reconstrucción. 20. Una de las corporalidades más importantes y decisivas hoy es la ciencia. Le daremos amplia cancha en este compendio porque es parte esencial de nuestro hacer y porque nos va a servir como piedra de toque de nuestro pensar al ofrecerle un lugar de comprensión en el conjunto; como si fuera la prueba del nueve. Pero, claro es, no se trata de la única corporalidad; también lo son, por ejemplo, las constituciones, la poesía, la cocina y, en un modo muy especial, la religión. En su producción, además, siempre se da junto con ellas la aparición de nuevos seres mundanales: edificios de la corte suprema, poesías escritas en papel, platos cocinados, dogmas, catedrales, liturgia. Cada una de las corporalidades tiene sus maneras propias, su cascada de corporalidades adyacentes, instrumentos acompañantes que damos a cada una para crear realidades con ella; se circunda de sus propios seres 94 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 mundanales, también construcción nuestra. Las de la ciencia, quizá la corporalidad más nueva y que ha alcanzado más desaforada importancia en nuestra sociedad, son singularmente especiales: experimentos, principios, leyes y teorías, la técnica. IV 21. Aquí, es decir, en ese nicho de naturaleza mundanal y en ese lecho de realidades, se nos da algo fundante de lo que somos: la articulación entre la carne enmemoriada, la carne maranatizada y, como producto de la tensión creadora entre ambas, la carne hablante. Esto nos ofrece nuestro ir siendo, lo que nos lleva por necesidad a que la nuestra sea una filosofía de la gerundividad: un paso continuado y en circulación circular del ir siendo al ser. 22. Los senos de nuestra memoria son esenciales en el ser de nuestro ir siendo. Con ellos nuestra carne se convierte en carne enmemoriada. En la memoria nos queda expresado lo que fuimos y lo que han sido nuestros anhelos y afectos, también nuestros odios, nuestros amores, los cuales nos configuraron en lo que ahora somos; memoria personal y memoria comunitaria. Sin memoria, pues, seríamos puros animales de instintualidad, echados ahí en su nicho, según lo que tienen dado de comienzo, siempre igual a sí mismos, con una individualidad que apenas si, sólo en algún caso, sobrepasa al puro número. La memoria, aunque no ella sola, por supuesto, nos abre a las realidades; nos da el lecho primario en el que las acostamos. 23. Pero eso no es todo, evidentemente, pues somos estirados desde los más allás que anhelamos, con estiramiento al que ni podemos ni queremos sustraernos. No en un tirar necesitante de nosotros, que pueda con nosotros; podemos querer sustraernos de modo parcial a este o al otro más allá que se nos ofrece en el lecho de realidades. Sin embargo, no es tan claro que logremos hacerlo de manera global, sustrayéndonos a todo más allá, pues eso sería desbaratar por completo la experiencia del exceso para no querer ser, y luego llegar a ser, otra cosa sino mero animal como nuestros hermanos los animales. Y ese tirar de nosotros hacia los anhelados más allás, que se fraguan así para nosotros en punto atractor, proceso que por la pizca del exceso nos ha abierto a la imposible-posibilidad, es parte esencial de nuestra propia carne. Este proceso de retroducción nos ofrece que nuestra carne sea también carne maranatizada: carne ya desde ahora anhelante de más allás, ahormada por ellos. A no ser de esta forma, no seríamos nada de lo que somos, o, a lo más, viviríamos en el puro reconcomio de una carne enmemoriada que ha abandonado su experiencia unitaria y global, quedándose en una melancolía que le atolla el lecho de realidades para encerrarse en el nicho de su propia naturaleza mundanal. Pero no, somos persona; es en el proceso global del que estoy hablando en donde se nos va a dar el ser carne amante y carne amada. 24. El punto atractor, al que he solido denominar punto S , evidentemente fuera de nosotros, ni constitutivo del nicho mundanal ni del lecho de realidades, ni corporalidad nuestra ni fruto de nuestra acción, es esencial para el somos de nuestro ir siendo. Punto atractor no en el mundo, sino en la realidad. Nunca punto de mundanalidad, aunque se quisiera decir un más allá de mundanalidad, incluso quizá de pura mundanalidad evolutiva. Sin él, sin su realidad, nada se nos ofrecería de todo este proceso; su esencialidad para nosotros viene del estiramiento sobre nosotros. Por ser él punto atractor para nosotros, cabe en nosotros, seres deseantes e imaginativos, el proceso de la razón y del habla, los cuales nacen en el hueco producido por el estiramiento sobre nosotros. Hueco que emerge en nosotros por dilatación, por distensión y por elongamiento de eso que vamos siendo en nuestro mismo centro del serse, en el centro del alma; no, claro es, de un vaciamiento preexistente, pura nada en nosotros, sino de un abrirse un hueco en nosotros para recibir lo que nos viene de los más allás. Hueco nunca colmado, pues eso sería ser ya en el más allá definitivo; siempre hay y habrá hueco, pues siempre estaremos todavía en uno de nuestros acás. Por ser él solamente punto atractor, nos cabe en todo caso el disenso y el esforzarnos en el recogimiento del hueco. Nos cabe el 95 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 3 Como en conversación conmigo lo denominó con certeza y terrible palabra Javier Corralón, uno de mis alumnos. terrible e inhumano acostumbramiento3, el quedarnos contentos en lo que ya hemos alcanzado, cerrándonos a cualquier más allá, olvidado todo progreso de creatividad, toda búsqueda, todo caminar en puros obrares siempre nuevos, como quien dice: hasta aquí llegué y acá me quedo complaciente, que nada más me acontezca. Nos cabe construirnos otros puntos atractores, puntos sólo virtuales, puntos para que estiren de nosotros; mas puntos que terminan en sí mismos, sin ningún más allá. 25. Así, en el choque jugoso de la carne maranatizada y de la carne enmemoriada que somos, la nuestra se nos hace carne hablante. No sólo estamos acostados en un lecho de realidades que nosotros ayudamos a reconstruir, sino que somos seres esencialmente hablantes. Nuestro ser no es tal sin decirse; decirse a sí mismo y a los demás, en el susurro y en el grito a todos los vientos. Nuestro ser es, así, un serse; y nuestro serse es expresarse en signos y en palabras. Somos carne habladora, porque somos verbo, logos, palabra. La carne hablante producida en el choque de las carnes es esencialmente expresiva; expresa lo que vamos siendo, da sentido a las corporalidades, que no son sólo el recaer en nuevos seres mundanales antes no existentes como tales, pero que no dejan de estar en la pura mundanalidad, sino que procura espesor de realidad a nuestras corporalidades y, sobre todo, a nuestro propio serse. Expresa lo que somos. Cabe el silencio, sí, pero no que seamos seres esencialmente mudos, seres cerrados al signo y a la palabra. V 26. Toda experiencia de la carne se nos da en ese intrincado juego de las carnes, partiendo de lo conocido para encontrar lo por conocer mediante lo que podríamos llamar método de preguntas y respuestas; y emergiendo siempre desde el nicho mundanal y el lecho de realidades donde nos encontramos para aposentarnos en nuevos ámbitos más amplios de realidad. 27. Preguntas y respuestas que siempre se producen en red; que siempre planteamos en red. Nos preguntamos y respondemos a esas preguntas intentando constantemente que unas y otras vengan enracimadas, no por suelto. Quizá la supervivencia de la especie nos ha enseñado y obligado a ello. De esta manera, la búsqueda de la sistematicidad y de la coherencia en red son esenciales; no es lo único que pedimos a los distintos juegos de preguntas y respuestas, claro, pero sin la tensión para construir con esas dos notas traicionamos nuestra experiencia. 28. Hay una experiencia de la carne, singular y nueva, producida por la evolución del nicho natural y del lecho de realidades con la que hemos preparado un ámbito de conocimiento y de acción que ha llegado a ser muy especial en nuestro tiempo; antes nos hemos referido a él. Utiliza un tipo de acción racional en el que se acentúan con enorme fuerza dos características experienciales básicas: el hecho de que está constituida de tal modo que tiene valor interindiviual, un valor comunitario que trasciende la tribu, lo que hace que de un experimento realizado una y otra vez en las mismas condiciones se alcanza siempre el mismo resultado, por ejemplo, el esfuerzo que se necesita para romper una barra de metal tomada siempre en igualdad de circunstancias; la segunda es el aumento sucesivo de conocimiento por triangulación topográfica de lo ya conocido a lo por conocer. Este ámbito es el que construye la ciencia. Rasgos que utilizamos en toda construcción de corporalidades, pero que ahora, en este preciso ámbito, con la finura de nuestros instrumentos, tenemos la capacidad de hacerlo con una certidumbre muy especial; con certidumbre de emperramiento racional y con resultados del todo espectaculares. Un ámbito que, dada sus condiciones de experiencialidad, pone en sus muy estrechas miras la condición de su actuación; las condiciones de su acción son muy precisas y por demás restringidas. Con respecto a él, la cuestión decisiva va a estar en esta disyuntiva: esa manera de actuar que nos aporta tal seguridad en los resultados, ¿puede extenderse como mancha de aceite de modo que, finalmente, todo aquello constitutivo de nuestra experiencia del exceso deba pasar por su tamiz explicativo y comprensivo, consiguiéndonos resultados conclusivos y totales? ¿Todo, pero que todo? Ahí va 96 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 a estar uno de los retos más importantes de este compendio, pues la respuesta que nos veamos abocados a dar a esta pregunta marcará la pauta de todo nuestro pensamiento. Sin embargo, debo hacer notar al punto que la mirada tan particular de la ciencia nada tiene que ver con un mirar ideológico en tanto en cuanto no olvide su premisa de ser una manera particular, muy restringida, sumamente eficaz, de ejercer nuestra racionalidad. La ciencia nunca es ideología cientificista; sí lo puede ser, en cambio, una manera de comprenderla, es decir, una cierta filosofía de la ciencia. Y esta distinción es esencial. VI 29. Así pues, enseguida vislumbramos una manera de hacer muy notable. Nos vale con tal de que nunca olvidemos que hemos aceptado una mirada tan especial —una mirada con anteojeras, por así decir— como la que necesitamos para navegar en ese nuevo ámbito con el objeto de ser más eficaces en él y conseguir los mejores resultados; pero que, en su interpretación ideológica cientificista, puede hacernos olvidar el conjunto entero de lo que es nuestra acción y de dónde están sus cimientos y perspectivas, incluso racionales, engañándonos de manera muy notable sobre quiénes somos. Me refiero a la carcasa y a la teoría de los afueras. La creencia de que todo lo que pensamos y decimos sobre lo mundanal debería estar regido por el árbol de la lógica —un encabezamiento en algo así como axiomas de donde cuelgan las proposiciones derivadas que paso a paso llegan cada vez a mayor profundad, mas sin nunca, es evidente, salirse del mismo árbol— y, por tanto, quedar encerrado por necesidad absoluta dentro de una carcasa —el espacio cerrado de lo decible con sentido, dicen— que nunca podríamos franquear transgrediéndola si es que quisiéramos ser fieles al ámbito de experiencia científica, según esa ideología lo entiende; ámbito en el que decidiríamos actuar siempre. Nótese que ha habido un sutil corrimiento de cientificidad de modo que habría quedado como única realidad real la contenida en la carcasa, lo que conllevaría a que fuera de la carcasa nada habría de interés racional; a lo más, lo irracional, sin verdadera proyección sobre el ser real. Sólo tendría realidad de conocimiento y de verdadera realidad lo que se iría dando de más en más en las profundas bajuras del árbol, pues proposiciones que representarían la realidad mundanal, lo que puede llevar ciertamente hasta lo recóndito más ilimitado. Pero, nótese bien, nada se daría en los afueras de la carcasa; todo vendría predeterminado desde el mismo encabezamiento del árbol en una manera decisiva, la de sus mismas posibilidades. Sería siempre un juego de posibilidades ya contenidas en los principios; el juego de los mundos posibles. De ninguna manera cabría aquí, pues, la imposible-posibilidad. Sólo tendría cabida de haber sido una de las posibilidades examinadas ya por adelantado, lo que no es el caso. En un aspecto esencial todo nos vendría dado de antemano, por más que en las intrínsecas dificultades del desplegarse de nuevas y nuevas proposiciones derivadas y de la misma ilimitada hondura del árbol lógico. La carcasa sería así otro nombre de la naturaleza, naturaleza mundanal, por más que en las profundidades del árbol pudiera llegarse, quizá, hasta la consideración del infinito. 30. La carcasa decretaría que todo lo que está en sus afueras es inexistente, al menos con existencia de racionalidad. Así, desde ahí, todo el esfuerzo racional va a estar en cobijarse en la carcasa, pues sólo ella estaría plagada de tesoros, de caudales de racionalidad, y por tanto de conocimiento de lo mundanal; sus interioridades nos proporcionarían el método para acercarnos al mundo y desentrañar sus riquezas. Método analítico; método lógico. En los afueras, nada. Fuera de ella, por tanto, no habría salvación. ¿Quién querría quedarse a la intemperie de sus afueras? Sólo el irracional. Sin embargo, hay que aseverar con toda la fuerza que las cosas no son así. Incluso en esos sus mismos supuestos, todo termina escapándose finalmente de la carcasa hacia sus afueras, acabando por disolverse la misma carcasa. Las complejas consideraciones sobre la completud lo muestran. De ahí que debamos afirmar con toda la fuerza que los afueras de los que ellos hablan no son el terreno admitido de lo irracional, son ellos también tierra de racionalidad. Esa disyuntiva entre los adentros de la carcasa y los afueras, el primero tierra de racionalidad y de realidad, 97 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 4 Pensar a Dios. Tocar a Dios, pp. 44-45 el segundo no-tierra de realidades y lugar de irracionalidades, finalmente, es fruto de empecinamientos fuera de toda razón. 31. Es obvio, además, que incluso en las profundidades del árbol, siempre interior a la carcasa, pero con sus abajos abiertos a la profundidad de lo ilimitado, también estaría el infinito que, por supuesto, terminará por desbaratar finalmente todo el orden meticuloso del árbol lógico. Además, esa manera de ver las cosas tiene el inconveniente inconturnable de que, al menos en sus comienzos, nosotros creemos poder tenerlo todo a la mano; que nosotros somos en definitiva el principiar originante de todo, de nosotros mismos y de la realidad, que de esta manera habrían sido reducidos a naturaleza, naturaleza mundanal, lugar en donde se nos daría la originación radical de todas las cosas. Y los comienzos marcan con su huella todo lo que viene después; por tanto, hay que ser muy cuidadosos con ellos. Dejándonos caer en esa manera de ver perderíamos una libertad esencial para el enfrentamiento racional con nuestra tarea de pensamiento en red. Y eso nunca lo podremos consentir. 32. Así pues, hay una concepción de la ciencia, una filosofía de la ciencia —nótese que en ese contexto nunca digo una ciencia, sino una filosofía de la ciencia—, la de la carcasa y sus afueras, que en modo alguno puede ser compartida. Esta es la que se basa en la univocidad del ente y en la concepción de la matemática como algo existente en un mundo de las ideas, mundo de objetividades, sin nada que ver con nuestras corporalidades. Que fuera así daría una contextura particular, por ejemplo, a las leyes científicas: no serían ya algo imputado con razones para ello, sino algo ínsito en lo mundanal mismo; incluso, si alguna vez acabáramos enfrentándonos con el hablar sobre Dios, caeríamos en el peligro terrible de que nos termine siendo el Gran Matemático de la Ilustración. Pero no, también las matemáticas son una corporalidad. 33. Esta carcasa y sus afueras nos han puesto ante la univocidad del ente; sería la manera moderna de referirse a ella, de utilizarla, de construir un pensamiento en y desde la univocidad. Sin embargo, nosotros buscamos la verdad de lo que hay. Tenemos, en cuanto somos capaces, ideas, principios, hipótesis, intuiciones, emperramientos racionales, incluso malos humores, claro es, pero procuramos por todos los medios que nuestro pensamiento no venga rociado por el empeño de la ideología —demasiadas veces la del imperio o del que busca serlo, ambas quieren hacerse con nosotros sorbiéndonos el seso, constituyéndose en sus más puros acás en un fatal punto atractor— que todo lo ve con el color de las gafas con las que mira a sus intereses más íntimos, sino que se atenga con escrupulosidad a eso que es decisivo en nuestra experiencia. Pues nuestra mirada no es ideológica, es decir, esencialmente descarnada, conjunción de emperramientos irracionales, sino que «nuestra salida a la expresión, a la explicación, a la comprensión, al conocimiento, a la acción, incluso, es siempre corporal, como cuerpo de hombre que somos, es decir, es siempre metafórica, analógica, mimética y retórica; nunca es una salida de razón pura, sino de razón en su único uso, en su uso práctico, que en todo momento —incluido en el momento creativo de la ciencia, que por importante que sea no es sino una parte de nuestra acción racional de la razón práctica cuyo sujeto es el mismo cuerpo de hombre—, labora con metáfora, analogía, retórica y mímesis»4. Así pues, la nuestra es una filosofía de la analogía; hay todo un camino a recorrer de la metáfora a la analogía. La analogía del ser es esencial para nosotros; la univocidad del ente, por el contrario, nuestra enemiga. VII 34. Una filosofía triádica, pues la nuestra es una filosofía de las tres tríadas. La primera conjunción triádica: deseo, imaginación y razón, es el comienzo de todo nuestro recorrido; ella es la que hace de nosotros carne; es una trinariedad longitudinal. En la segunda tríada: mundo, cuerpo de hombre y realidad, su elemento central, nuestra experiencia de cuerpo de hombre, nos es esencial, evidentemente, 98 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 pues desde él salimos hacia el mundo y construimos realidad; pero no somos autistas, claro es, al contrario, hay en nosotros una enorme gradiente hacia los afueras, en no quedar de ninguna manera cerrados sobre nada que se nos hubiera dado al comienzo y de una vez por todas, en puros constreñimientos obligantes. Por fin, la tercera tríada: carne enmemoriada, carne maranatizada y carne hablante es una trinariedad circular. 35. Las tres tríadas en sus entretejimientos, como hemos visto en esbozo, dan mucho juego. Jugando el juego que nos ofrecen, podemos decir que somos carne amante y carne amada, es decir, que somos persona y no mera individualidad numérica en un grupo. Carne deseante de eternidades, de vida eterna. Aunque en la neblinosa perplejidad, la podemos imaginar, nos podemos imaginar en aquella, aunque sólo fuera en el arte. Por eso la razón se desafora buscando la prueba de su deseo. Aquí es donde llegaremos a hablar de la carne de la gloria de la belleza. 36. Desde acá queda bien clara una filosofía. Por tanto, mejor aún quedará clara una filosofía de la ciencia: somos el sujeto de la ciencia y también con ella buscamos la verdad. La ciencia es una de nuestras más valiosas corporalidades, con la enorme y complejísima parafernalia que, en nuestro hacer, la rodea. Nunca, sin embargo, podremos olvidar algo esencial: nosotros somos sus constructores, el sujeto que la diseña, cimienta y edifica; y ella es parte importante, medular, de nuestra indagación sobre el mundo, de nuestro hacer de realidades, en una palabra, de nuestra búsqueda de la verdad. Necesitamos prudencia crítica para no dejarnos arrastrar fuera de esa búsqueda, sin que ello pueda jamás significar que sólo hayamos de comer en el pesebre de nuestras orejeras, como querrían tantos; la realidad es muy amplia para constreñirnos sólo a él, para estrechar nuestra acción racional de la razón práctica a ese ámbito, finalmente tan restringido, pues tan amplia nuestra propia realidad. Nunca aceptaremos una racionalidad brescada de sus mieles. Sólo aceptaremos una razón húmeda, la que es la nuestra, la del cuerpo de hombre, y nunca una razón seca, la de la ideología cientificista. La nuestra es la acción racional de la razón práctica. VIII 37. Hemos visto cómo nos constituimos unos adentros que se pliegan y repliegan en el juego de las carnes, constituyéndonos en un ser de extrema novedad en comparación con nuestros hermanos animales y minerales. La pizca del exceso se ha ido convirtiendo en un ir siendo de una complejidad inaudita, que nos hace irreductibles a uno más de ellos. Somos reflexivos sobre nosotros mismos, sobre nuestras interioridades, y ahí es donde se aposenta la consciencia. Sabemos sobre nosotros mismos. Decidimos sobre nosotros mismos, sobre nuestras corporalidades, sobre las realidades que vamos construyendo. Decimos cómo nos parece que es el mundo, imputándole comportamientos, e incluso acertamos, como era de esperar. Siempre en un ámbito de consciencia que se amplía más y más. Vamos teniendo así mayor capacidad cada vez de ser libres, pues capaces de elegir. Y lo hacemos conscientemente, dilucidando lo que queremos o lo que creemos nos conviene; no de manera instintual, sino sabiéndolo. Carne enmemoriada, carne maranatizada y carne hablante que nos ofrecen la consciencia en su darse tanto juego por la asombrosa capacidad de replegarnos reflexivamente sobre nosotros mismos constituidos los adentros de nuestro serse. Podemos esbozar lo que queremos y haremos, reflexionando sobre ello. Podemos desear e imaginar, aplicando nuestra razón a ello para ver cómos y porqués. Podemos realizar lo esbozado. Podemos luego considerar lo hecho. Podemos elegir. Podemos renunciar. Tenemos así la pizca de la libertad que nos lleva al exceso de nuestra acción. En una forma importante, nos hacemos dueños de nuestra acción. Vamos sabiendo de qué somos capaces, y buscamos su realización. Así pues, se puede decir que sabemos quiénes somos; al menos, que comenzamos a saber quiénes somos, que somos un quién. 38. Se suele decir que somos el punto rojo del árbol de la evolución. No, desde la propia naturaleza mundanal, pues todos los últimos brotes —ellos, que son los únicos con verdadera existencia mundanal, exceptuando los fósiles, todos los demás, 99 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 así como sus estructuras evolutivamente engarzadoras, sólo tienen existencia como realidades en nuestras creaciones científicas, elucubraciones acertantes, claro es, en tanto no sepamos otra cosa— de las ramitas finales de dicho árbol son puntos rojos, en tanto que producto terminante al que la evolución ha llegado en nuestro ahora. Sí, desde la consideración que nosotros hacemos del mismo árbol, es decir, desde nuestra construcción de realidades, pues entonces destacamos para dar ese calificativo algo que nos es esencial: somos los únicos capaces de enunciar la existencia del árbol de la evolución, los únicos capaces de enunciar teorías, los únicos que aventuramos cómo son las cosa mundanales, que somos conscientes de lo que nos traemos entre manos cuando hablamos de ello, pues de ello podemos hablar; los únicos que por el flexionarse sobre sí, conocen; los únicos capaces de vernos como figuras en el paisaje, de hacer paisaje de cualquier cosa, mejor, de todo, del todo. Cuando subrayamos la importancia de esto sobre el hecho de la mera existencia, que compartimos con los otros brotes finales de la ramitas del árbol de la evolución, decimos de nosotros mismos con toda razón que somos su punto rojo. Así pues, no un punto rojo —aquí tampoco— de la naturaleza mundanal, sin más, como si se tratara de algún mundanal punto rojo atractor de las ciegas hormigas, sino de una naturaleza mundanal hecha realidad por y para nosotros, mejor dicho, circunvalada por la realidad. 39. Una cierta filosofía de la biología debe ser, por tanto, rechazada. La de que cualquier punto de la periferia del árbol de la evolución es punto rojo, es decir, que no hay ninguno que lo sea de verdad; la que no toma en serio la flexión de la consciencia. La que reduce todo lo nuestro a la complejidad de lo fisicoquímico. La de la superficialidad del despliegue en la lisura del continuo, de modo que todo lo que hay cree poder reencontrarlo en la tersura superficial de lo que dice explicado; en todo caso explicable ya desde ahora, pues algún día habrá de serlo. La que se aventura afirmando que el pensamiento, las corporalidades, nuestra socialidad y la construcción de realidades no son sino mera complejización biológica y, en última instancia, fisicoquímica. Lo cual en absoluto quiere decir que la biología no pueda tratar todas las ramitas finales del árbol de la evolución como si fueran puros puntos rojos. Que no se afane en encontrar la reducción de lo biológico a lo fisicoquímico, del pensamiento a lo cerebral y de lo social a las ciencias que algunos llaman blandas; todo avance en esta senda es un bienvenido aumento de conocimiento. Que no se alegre cuando algo queda explicado en su lisura superficial. Que mucho pueda terminar por ser explicado y extendido en superficie desplegada, bien está, pero la cuestión está en el todo, pero que todo; si así fuera, ya no habría pizca ni experiencia del exceso. Como decía aquella canción, lo que sea, será. Esto nunca nos puede asustar; nunca podremos negar lo que hay. Sin embargo, la cuestión problemática esta en la utilización ideológica de unos saberes que referidos a su lugar de conocimiento lo son, sin duda alguna, pero que sacados de su contextura propia y elevados a condiciones filosóficas totales, mejor, totalitarias y rasgantes, marcan su cortedad; el empeño en ello, empeño irracional según creo defender aquí con muy buenas razones, lleva al desbarre sobre lo mundanal, sobre nosotros mismos y sobre la realidad. No podemos estar racionalmente dispuestos a que sea así. Nosotros pasamos de lo que hay, ya una afirmación de realidad, no de pura mundanalidad, a lo que es, al ser. Tal es el camino de la racionalidad y de sus emperramientos. IX 40. Puede llamar la atención, quizá, que el tratamiento de la razón surja ahora, tan tardíamente, cuando es evidente que parte esencial de la experiencia de la carne lo es de y por la razón; de hecho ya nos ha aparecido como tal, aunque de manera un tanto tangencial. Sin la razón no se daría exceso; no habría siquiera cuerpo de hombre. Ella es el aguijón de la pizca. La carne es tal puesto que en sus entrañas se da la razón; no es todo, pero sí condición. El exceso la permite y ella convierte en esencial la pizca del exceso. Por eso, sólo ahora tendrá suficiente espesor tratar de la razón, mejor, de la acción racional de la razón práctica, pues una acción es lo que ella obra, lo que con ella hacemos. No una iluminación, aunque, bien es verdad, 106 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 minucioso. ¿Todo? No, todavía no, porque nos queda aún lo más importante, lo único que de verdad lo constituye en obra de arte: la impronta que deja huella en mí, en mis más profundos adentros, en un acto de absoluta concreción de mi ser único e intransferible. Y esa huella se da al unísono —no cronológicamente, claro— en el pintor y en el veedor; cada uno la suya; puede que ni siquiera sean semejantes una y otra. La obra de arte se hace patente así en el ámbito de las realidades, por más que cúmulo de diferentes cosas mundanales que se conjuntan en ella misma. Pura materia que conforma una corporalidad, y, sin embargo, mi vida, la del veedor, ya es otra a partir de ahora; como antes, seguramente, también lo fue la del artista. Parece haberse dado sólo una exclamación, un asombro que removió mis entrañas y me hizo exclamar: ¡Me gusta! Mas por entremedio de esas palabras que se me escaparon de la boca queda huella de su impronta en mí. ¿Qué ha pasado?, ¿qué sentido tiene lo que ha acontecido en esa contemplación del cuadro? Me conforma; quizá para siempre. Me lleva más allá. Me hace ver al otro lado; las traseras. Me hace a mí mismo, el veedor, artista. Huella, impronta, relación contemplativa, tales son las palabras definitorias de lo que acontece en esta intermediación, en una acción que pasa del artista a la obra de arte y de esta a mí, para, de nuevo, saliendo de mi ir a la obra de arte hacerme artista también a mí, el veedor; mezcla complicada de un movimiento longitudinal y otro circular. La materia que conformaba esa corporalidad se ha transfigurado y ha tomado así posesión de los mismos senos de mi ser; me ha proporcionado un ir siendo que ha engrandecido desaforadamente mi ser, introduciéndome en los más allás que me atraen estirando de mí desde la huella y la impronta; creando o aumentando el hueco por dilatación, distensión y elongamiento de nuestro propio centro de ser. Mi ser se ha hecho más pleno; se ha plenificado en la contemplación de la obra de arte. Contemplación de la belleza. La belleza, así, me ha trasmutado a mí también, como antes lo hizo a esa humilde materia con la que está hecha, por lo que de ninguna manera puede ser considerada ya como mera cosa mundanal ahí, a la mano. Contemplándola, también yo me he transfigurado. La plenificación de mi carne, abierta a ese ámbito de más allás, de más allá de belleza, me ha glorificado en el resplandor de una luz nueva, distinta. Me ha convertido, así, en carne de la gloria de la belleza. Tal es el proceso que se da en la creatividad que se expresa produciendo la realidad de la obra de arte; montonera de cosas puramente mundanales, pero materia transfigurada por la creatividad del artista y del veedor en una unidad de acción y de sentido. 51. La belleza, pues, es un algo excesivo; exceso de creatividad, producido por ella. Una belleza que se nos da a nosotros, cuerpo de hombre, en el juego entre mundo y realidad. No parece que tenga sentido decir que un atardecer es bello; lo es porque lo encontramos bello, porque alguien lo encuentra bello. La belleza, para serlo, necesita ser predicada, gritada a todos los vientos, hecha realidad. Las cosas mundanales, por ejemplo, pueden ser ordenadas; pero alguien tiene que decir, si tal le parece, que esa ordenación es bella. Las cosas mundanales son bellas porque la materia que las hace ser tiene la capacidad inaudita de parecernos bella; mas nada similar les acontece a nuestras hermanas las cosa materiales ni a nuestros hermanos los animales. La materia se nos hace bella en sus contexturas, en sus irisaciones. Mas estas, para ser bellas, deben ser miradas por un alguien; por un quién. Nada es obra de arte si alguien no es veedor. Recuérdese el grito jubiloso del me gusta. Mientras esa exclamación no se haya hecho voz, no hay materia bella, sólo hay cosas mundanales en su mero estar ahí, un estar ahí de mero espaciotiempo; quizá un producto caro en una subasta, equivalente a un buen montón de monedas, pero eso es otro cantar, nada tiene que ver con la belleza de la obra de arte. El tiempo aristotélico era la medida del movimiento según un antes y un después, aparente definición de puras objetividades, pero ello implicaba de clara necesidad un alma que sirviera de medidora, que gritara el numerarse del cabo a su compañía. Ahí está lo que hace que la realidad de la materia adquiera tintes de belleza; de extrema belleza. Ella es bella si nosotros lo gritamos; y nuestra voz transfigura. Una materia, así, que también ella espera ser materia transfigurada. Materia transfigurada por la belleza. Esta es la materia del escultor, o la materia sonora de la música, o la materia espacial de la arquitectura, o la materia de las palabras que 107 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 el poeta trasiega en belleza, o la materia del juego de luces, sombras y sonidos que el cineasta me hace ver en la pantalla con ojos embellecidos. Esta es también la materia de la creación que nos ofrece una obra de inmensa belleza, ante la que gritamos conmovidos: ¡Me gusta! La materia que nosotros transfiguramos cuando la convertimos en obra de arte. Pero, al igual que en la obra de arte, ¿no acontece lo mismo con todo lo mundanal cuya materia es manipulada y contemplada con ojos de artista, quizá de filósofo? Siendo así, todo lo mundanal adquiere ese resplandor de belleza. Entonces ya no es mera cosa mundanal echada ahí a la mano. O, si lo es, con tinturas de extremada belleza en ese mismo su ser ahí, que ya al presente es ser de verdad, un ser capacitado —nos damos cuenta ahora— para la belleza. Por eso, un ser bello; siempre bello en su mismo ser. Nosotros lo hemos visto. 52. La belleza nos pone, pues, ante la consideración inmarcesible del ser. Ser nunca es un mero estar ahí a la mano; el mero estar de un estante. Ser es exceso; exceso en la belleza, exceso de belleza que en ella se nos ofrece. Ser de más allás en el ser acá. El nuestro, siempre ser, siempre el mismo ser que crece, evoluciona y adquiere espesor en el discurrir de la temporalidad; un ir siendo que, ahora lo vemos, es el espesor del ser. Siempre el mismo, mas constantemente nuevo en la creatividad, en lo que va adquiriendo, porque todo lo aprovecha para crecer en su ser, en el irse haciendo de su serse. Ser que se plenifica en el ir siendo. Pero también, ser mundanal. Ser de la materia, por tanto, que nos abre paso al ser de realidades. La obra de arte nos lo ha mostrado. Nuestro hablar filosófico será a partir de ahora un lenguaje del ser. Expresión del ser. XII 53. Construimos realidades, hemos dicho. Pero ahí no se termina todo, pues no construimos, sin más, lo acabamos de ver, una montonera de realidades echadas ahí en espera de en su desvencijamiento sin unidad alguna irse al basurero. Las realidades que construimos se enmarcan en la realidad. Las realidades construidas tampoco van por suelto, sino que se conjuntan y empastan entre sí dentro de una unidad que nos viene dada; una unidad que nos circunvala. También ellas son construidas tocadas por la sistematicidad que caracteriza todos nuestros haceres. Y es así porque también vienen dadas en la estela del punto atractor. Las realidades que producimos se van conjuntando en la realidad, mejor, con la realidad, modelando un bello mosaico. Un mosaico constituido por muchas piedrecitas de diferentes colores, formas y tramas, si lo miramos todo desde la misma cercanía de su materialidad, pero que en su conjunto nos dan una única realidad que nos integra junto a nuestras realidades, en unidad de empastamiento. Porque las realidades que producimos se empastan en la realidad. No es que el conjunto de ellas, en montonera, nos den la realidad. Recuérdese que nuestras corporalidades vienen dadas en toda una tradición de corporalidades de la tribu, anteriores a las nuestras; nosotros, recreando, sólo añadimos. Lo mismo acontece con las realidades que producimos: también aquí, nosotros sólo añadimos. Pero no es que ahora el conjunto de las realidades nuestras y de todas las tribus sea la realidad, sino que esta es inmensamente mayor: es el conjunto entero de lo que es. Ser con ser de mundo y ser con ser de realidad. ¿Cómo podríamos tener la vana idea de que nosotros somos los constructores de la realidad en la que vivimos y somos? Constructores de realidades, sí; constructores de la realidad, no, de ningún modo. Esta, en su acción de ser, es la que nos da el ser a nosotros y a todo lo demás que es con nosotros. Aunque sí, ciertamente, ponemos nuestras piedrecitas coloreadas en el mosaico entero de la realidad. Pero esta nos supera, nos abarca siempre, nos circunvala. Somos creativos, claro que sí; pero lo somos en ella, circunvalados siempre por ella, empastados en ella. La acción de ser circunvala todo nuestro ser, le da el ser y le lleva a la plenitud de su ser. 54. Por eso, finalmente, somos reconstructores de realidad. En definitiva, es la realidad la que nos hace, la que dentro de la imposible-posibilidad nos da el ser, mejor, el ir siendo que nos empuja a ser, a crecer en nuestro ser, a empastarnos en y con la realidad de ser, a ser en plenitud. Una realidad en la que, estirados desde 108 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 el punto atractor, estamos, mejor, somos. Si no hubiera punto atractor, no habría realidad, o al menos no la hubiéramos vislumbrado como unitaria; nos hubiéramos quedado siempre y para siempre en la montonera de nuestras realidades desagregadas y sin empastamiento alguno. Nuestra vida nunca hubiera tenido el deseo irresistible de la vida eterna. XIII 55. El pliegue es cosa bien importante, sin duda; nuestra vida, lo que somos, está lleno de ellos, la consciencia algo tiene de un plegarse reflexivamente sobre nosotros mismos dándonos un centro, un centro de consistencia en la cardinalidad de nosotros mismos, en el corazón de nosotros mismos, un centro de consciencia, un centro del alma, como le hemos llamado antes. Centro, centralidad, centramiento que nos lleva a ser yo, a hablar de nuestro yo, lo que al punto, viviendo en socialidad, nos conduce a descubrir al otro semejante a mí como otro yo, como otro centro, otra centralidad, otro centramiento, es decir, como un tú; un tú que, semejante a mí mismo, es otro que yo. Pero, en lo que venimos diciendo, la cuestión decisiva está en saber que ni yo ni tú ni nosotros somos seres proveídos en plegamiento, de manera tal que nuestro ser, y el de todo lo que es, se nos suministra de antemano en él y que nuestra labor sea la de conseguir su cuidadoso despliegue para que se convierta en una superficie lisa a la explicación, a nuestra explicación, la cual sería una labor sutil de nuestra inteligencia y de la acumulación de nuestros saberes. Esto rompería toda la cuidadosa complicación del pliegue y nos desgajaría del ser de realidad que nos circunvala y nos da a ser. Sólo tenemos algunos apuntes parciales de desplegamiento explicativo. Sólo si consideramos que también los grandes simios son personas nos brindamos la curiosa lujuria de encontrarnos explicados en continuidad. Ni siquiera la complejidad de las conexiones neuronales de nuestro cerebro puede ser extendida en superficie de lisuras; no hablemos ya del ser de nuestra acción. 56. No nos encontramos ante un espectáculo que se declamaría ante nosotros, en nuestro teatro interior, de modo que en él descubriéramos representado inteligiblemente eso que es el mundo. Si fuera así, la labor de nuestra razón no sería más que la de conseguir una buena e inteligible representación espectacular de lo que es el mundo; quizá, lo que sería aún más terrible, puramente especular. Seríamos nosotros unos curiosos seres mundanales que tendrían la capacidad evolutiva de representarse el mundo, de imaginar, quizá, mejor, de fingir dentro de sí el gran teatro del mundo; todos los seres mundanales se lo representarían a su modo, pero nuestra manera de hacerlo sería más amplia, más inteligente, más capaz de encontrar, desvelándolo, lo que el mundo es. Mas esta representación no da la talla de lo que somos. Somos más. 57. No, lo nuestro es la expresión. Somos seres esencialmente expresivos. Expresivos del mundo en el que nos encontramos y del que formamos íntima parte; el mundo se expresa en nosotros. Expresivos con nuestro deseo, con nuestra imaginación, con nuestra razón. Expresivos en el juego de las carnes; expresivos en nuestros gestos y en nuestras acciones; expresivos como carne hablante. Expresivos de realidades, expresivos de la realidad que reconstruimos con nuestras corporalidades, de la realidad que nos encontramos; de las realidades que conjuntados nos hacemos con nuestro ser de socialidad. Expresivos de realidad. Expresivos de la unidad de empastamiento. Expresivos del ser que nos circunvala y nos da a ser. La expresión es, así, nuestra manera de ser; nuestra manera de ser recreadores de realidad. La experiencia del exceso expresa lo que somos. El exceso expresa lo que somos en el meollo mismo de la totalidad que somos. Por eso somos persona. Por eso, somos seres expresivos de Dios; por eso somos metáfora de Dios. XIV 58. La consideración de la obra de arte nos ha mostrado la gloria de la belleza; ahí nos apareció espesor de carne. Y esto nos sirve para darnos cuenta de que nada está ahí, yacente sin más, echado en mitad del mundo, como mera cosa mundanal, 109 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 sino que encontramos en ella espesor de creación, porque toda obra participa de la obra de arte; toda cosa mundanal participa de lo que le acontece a la obra de arte. Las cosas mundanales ya no están ahí echadas, sin más, en pura opacidad, sino que tienen espesor de creación. Espesor de conjunto; tampoco ahora las cosas nos vienen dadas por suelto. Espesor de legalidad. Espesor de historia. Espesor de conocimiento. Espesor de belleza. Si fuéramos un solo y desolado ‘qué’ como aseveran quienes piensan que todo decir está regido sólo por la ya aquí y ahora triste y yerma —en el estadio de pensamiento en que nos encontramos, nadie se olvide de esto— racionalidad científica, tan estrecha, tan en sus puras sequedades, faltaría el espesor de carnalidad, el juego de las carnes; pues faltaría lo decisivo: la encarnación, que vendría substituida por puras gaseosidades. Mirábamos las cosas mundanales como meros objetos tirados ahí, cosa cerrada, agotada por completo en su mero estarse; un puro estar de deshecho. Si hubiéramos mirado con la mirada que nos quisieron inculcar para mirarlo todo, mirada de objetividades, hubieran quedado rotos para siempre los espesores de carnalidad de la misma creación, a la que habríamos entendido como pura cosa, sin reciedumbre de ser; los hubiéramos visto ya para siempre como estantes. La obra de arte, sumergiéndonos en una relación de recreación, nos ha hecho alcanzar un espesor de existencia que trasciende toda mirada a lo que hubiera podido no ser sino un mero objeto. Pero, así, nos enseña que esa mirada da también espesor de existencia a lo que nos aparecían como puras cosas mundanales, ahora ya puestas en una relación de recreación. Se nos aparecen como cosas bellas, ahormadas en un conjunto; no como meras cosas sueltas, fijadas ahí a la mano. Formando parte de un conjunto ordenado que decimos bello; así, por ejemplo, también las teorías, leyes y principios de la ciencia. Como si hubiéramos recreado las cosas de la creación dándoles un espesor de ser antes insospechado a la mirada con la que se nos decía deberíamos mirarlas. Pero no, se nos han hecho materia; materia de obra de arte. 59. Llegados aquí, decir sin más que soy lo que soy, que tengo un ser, aunque no es poco, pues nos adentra en caminos que van más allá de la física, me parece escaso todavía, afirmación demasiado simple; verdadera, claro es, pero todavía le falta el espesor. Pues afirmación que nos hace aparecer sin espesor de carne, pura nomenclatura de ser, ser en superficie, en mostración completa de sí en un mero ahí lo tienes, sin recovecos, sin otra capacidad de expresión que esa pura afirmación; real, sí, pero descarnada, sin ese espesor de carne que hemos visto esencial. Soy lo que soy sólo lo podría decir de verdad quien fuere la fuerza de ser; y sólo lo podría decir él sobre sí mismo. Mas ese no es nuestro caso. Tal afirmación aplicada a nosotros es menguante y no engrandecedora de lo que de verdad somos; no tiene en cuenta el espesor de complejidades crecientes que realmente somos. Sin ese espesor, en la mera afirmación chata de que soy lo que soy aplicada a nosotros, pareceríamos olvidar que sin él nada soy de eso que efectivamente soy de verdad, cuerpo de hombre/cuerpo de mujer. 60. Hablaremos, pues, de un primer espesor: el paso del ‘qué’ al ‘quién’; al que podríamos denominarlo, quizá, el espesor del ‘aquí’, un aquí en donde se juntan las interioridades con el espaciotiempo y la memoria histórica, él nos hace figura en un paisaje. De un segundo espesor: el de la creación y sus seres mundanales; ahí es donde encontramos, por ejemplo, teorías, leyes, principios. De un tercer espesor: las cosas mundanales como materia en la obra de arte y la misma creación como obra de arte. Llegaremos, finalmente, a hablar de un cuarto espesor: el del ser, el espesor de todo ser; en nuestro caso, del ser en plenitud, circunvalado por el acto de ser de quien es ser en completud. XV 61. Para llegar hasta acá hemos utilizado una estrategia que buscaba la manera en que actúa nuestra razón, encontrando a la vez que es ella la que construye cualquier ciencia pasada, presente y futura, y que ha visto cómo el pensamiento se nos da con un gran espesor de carne y nunca en puros comportamientos de mera lógica, aunque se trate de alguna lógica científica; que conocía cómo la razón que 110 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 5 Paralipómenos, 186. Publicados durante todo el año 2005 en <www.archimadrid.es/paralipomenos>; Recogidos ahora como libro: Paralipómenos 1, Encuentro, Madrid, 2007, 327 p. También se encuentran completos en mi propia página web. siempre utilizamos, incluida para construir la ciencia, claro está, es razón húmeda, acción racional de la razón práctica, y no alguna suerte de razón pura, razón seca. De este modo en lo que resta encontraremos que se nos da un ser en plenitud, donación debida a quien es acto de ser, el ser en completud, y se nos insinuará que, «si nosotros somos carne gloriosa, glorificada por la belleza, y carne amorosa, carne amante, caro amans, habiéndonos dado cuenta antes de que somos carne transida por el logos, en una palabra, que somos persona, entonces, quien es ser en completad, es decir, Dios, en primer lugar es alguien, es persona, pero también es Logos y es Amor»5. 62. Hemos hablado del hueco, pero debe notarse que no hay hueco alguno en la mirada cientificista, y que este es producto del estiramiento desde el más allá del punto atractor. Sin embargo, podremos preguntarnos: ¿es ese hueco, por tanto, una pura inducción producida por los tiramientos desde los más allás? También aquí deberemos responder, a la vez, sí y no. Sí, pues producto de ese tirar de nosotros. No, en cuanto que es estiramiento de lo que nosotros somos. Así acontece siempre con la imposible-posibilidad. Mirada desde las exterioridades de la carcasa, pura imposibilidad inexistente en lo mundanal, que ellos llaman realidad; pero, en cambio, hecha realidad en nosotros no como algo impostado, sino como verdadera carne de nuestra carne, como cosa esencialmente nuestra. Por eso el hueco es cosa mía.63. Nos topamos así con una realidad sacramental. Veámoslo. Empujados por esa manera de ver las cosa teñida de la racionalidad cientificista como es la de nuestra época, tan alejada de lo que ellos consideran una mirada mitologizante —bueno, depende de en qué cosas, todos lo sabemos bien, pues en otras la permiten a manos llenas—, y que cree a pies juntillas que sólo la primera nos da la comprensión y la explicación del mundo y de todo lo que contiene, hemos comenzado por creer que el ser de las cosas mundanales era lo puramente echado ahí, el de la superficialidad de un estarse que se termina y agota en lo meramente mundanal, en algo a la mano. Un ser, por tanto, que no es tal, sino puro estante. Sin embargo, hemos descubierto después que no es así, que no es un ser de pura estancia, ese ser estante, sin más; hemos llegado a destapar que es un ser verdadero, un ser de realidades. Además, hemos puesto de manifiesto que siendo ser de realidades no se trata tampoco de un estante que va por suelto en su mero estar ahí, a la mano, sino que es un ser ligado al conjunto sistemático del todo; no sólo de un todo mundanal, lo que no sería poco, sino de un todo que es el ser de realidades. Ahora bien, las cosas no se nos han terminado ahí, pues ese ser de realidades nos ha venido de pura sorpresa circunvalado por la belleza. ¿Qué es esto?, ¿qué sentido tiene un descubrimiento como el nuestro? Porque resulta que aquel que pudo parecer mero estante, y que quien no ha puesto mucho cuidado en lo que iba diciendo y en el lugar que escogía para sus decires lo dejó estarse ahí como una mera evidencia de principio para su propio pensamiento, termina por ser la realidad quien le da su verdadero ser, su ser de realidades. Así pues, es la realidad la que le da verdadero ser a lo que ahora ya no es sólo mero ser mundanal arrojado ahí, a la mano, mero estante, porque su ser de realidades es mucho más. Su ser, ahora ya, jamás podrá considerarse como aquel mero estante de lisas superficialidades, es decir, del que todo lo podemos desplegar en la superficie de la explicación. Lo que nos deja pasmados en este punto del pensamiento es cómo pudimos alguna vez considerarlo únicamente en su puro ser estante; eso nos indica que esa mirada cientificista, podríamos decir desmitologizante, como a ella le gustaría decir, es demasiada burda: se puso las orejeras para obrar inteligentes y necesarias investigaciones parciales a lo mundanal que sin dudar le llevaron a acciones de conocimiento, y luego perdió cualquier otra mirada de realidades, olvidándose de las orejeras con gafas que llevaba puestas, convirtiéndose así en un puro sectario ideológico con respecto a la realidad. En esa producción las cosas mundanales perdieron su espesor de realidades. Ese ser de realidades, el que habíamos antes reducido a estante, circunvalado por la realidad 111 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 de la que recibe su verdadero ser, en la que se inserta su verdadero ser, ya no es un mero ser mundanal echado ahí, a la mano: su ser, repito, no es ya un puro estante. Puede darse así que, en la relación que tiene con nosotros, y que nosotros tenemos con él, claro es, nuestro verbo, nuestra palabra, nuestro logos sea trabazón verdadera de un ser en la realidad que de su ser mundanal a la mano, puro estante, sólo guarda ya las apariencias. Su verdadero ser ahora es más allá de esas apariencias tal como aparecen a nuestros ojos, a nuestro gusto, a nuestros sentidos primarios, pues ahora ya su ser de realidades tiene espesor de logos. Y recuérdese que todo más allá supone el punto atractor. Puede darse así que, en la relación que ahora tiene con nosotros, sea nuestro logos trabazón verdadera de su ser. Así pues, su ser se habría convertido en algo que es ya como ser de logos y realidad sacramental. Por ello, podría darse en él una trinariedad retroductiva, de manera que ese ser que, mirado desde un cierto punto de vista, nunca ha perdido su ser ahí, a la mano, de la mera cosa mundanal, su ser puro estante, arrecogido por el verbo, obtenga un nuevo espesor de ser; obtenga nuevo ser. Y ese nuevo ser lo es de verdadera realidad. Ahora bien, esto lo decide el verbo; no es, por tanto, nada que se dé automáticamente, sino que se nos muestra como una nueva imposible-posibilidad que se nos hace verdadera realidad. XVI 64. Lo hemos visto, todo lleva a buscar lo más, que nos parece mejor. No nos basta con lo ya adquirido, queremos más, ir más allá. Y pensamos que ese más, que ese más allá es mejor que el acá en el que estamos. Hay en nosotros, pues, un gradiente hacia el amejoramiento. No nos es cosa nueva esto que ahora afirmo; tal es la experiencia del exceso. Hablábamos también de estiramiento y de abrir un hueco. Pues bien, mirados desde este punto de vista, buscamos el amejoramiento de lo que tenemos, del donde estamos, de lo que somos; el amejoramiento de nuestro ser. Excepto si hemos perdido ya toda tensión de vida, nunca queremos ir a menos, sino a más, a mejor. Nos podemos confundir, podemos desbarrar, tenemos práctica de ello, lo sabemos muy bien, pero siempre buscamos ese más que nos amejore. Nunca queremos ser menos; entendiendo este ser en lo más íntimo de nosotros mismos, no sólo en el ser de la mera posesión, del mero espejamiento, de la mera representación. Queremos ser más, no sólo tener más; pues ese ser no es un ser de posesión. Si el estiramiento, el hueco de creatividades abierto y la huella fueran para nuestro apeoramiento, no los querríamos; buscaríamos por todos los medios deshacernos de ellos. Pero no es así. Vamos hacia esos más allás porque todo lo que somos nos impulsa hacia ellos; porque creemos que en ellos mejoramos nuestro ser. Queremos ser más, como persona y como comunidad de personas. Buscamos el punto atractor en vital gradiente de amejoramiento. Puede ocurrir, claro, que ese o esos puntos atractores nos vengan falseados y no nos produzcan de verdad ningún amejoramiento, pues puntos desvinculados de reales más allás, desligados de lo que nos circunvala, desguarnecidos de la realidad, que buscan hacer de nosotros solos la exclusiva realidad, por eso, una realidad desagregada de todo y del todo; puntos que sean una brutal confusión por nuestra parte en su fatal gradiente hacia el apeoramiento de lo que somos. Por eso, confusión en nuestros deseos, confusión en nuestra imaginación, confusión en nuestra razón, confusión en nuestro serse, confusión en todo lo que somos en el mismo centro de nuestro serse, en el centro del alma. Por eso, no es sólo una cuestión de conocimiento y de error, sino de gradiente, de tensión que puede llegar a lo más íntimo de nosotros mismos, de pulsión de lo que somos que nos arrastra fuera de ese ser que es nuestro ser en plenitud, convirtiéndolo, por el contrario, en ser de desagregación, en ser de alienación, en ser de vacío, en ser nada; en ser de la nada. Destrozando nuestro ser verdadero, un serse que se nos da en nuestro ir siendo, nos deja abandonados en simulacros de ser, alienados de nuestro verdadero ser. Nos deslía el espesor de ser, pues en definitiva, para nosotros, la única manera real de ser es buscar siempre ser más; buscar que el ir siendo de nuestro serse vaya alcanzando su ser en plenitud. Hay aquí, pues, una cuidadosa labor de discernimiento; nos es esencial la prudencia de no equivocar el 112 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 6 Para entender qué significa esto sin alargar este compendio, deberá verse «De la conciencia justificada: una lectura filosófica del comentario a los Gálatas (1535) de Martín Lutero», parágrafo III, en Alfonso Pérez de Laborda (ed.), Sobre la gracia, Facultad de Teología San Dámaso, Madrid, 2006. punto atractor y dejarnos arrastrar por puntos atractores virtuales o engañadores, pues este falseamiento en lugar de introducirnos en tierra de promisión, nos deja en el vacío, nos disuelve en la nada, nos cierra a toda gracia; nos es esencial la cordura de no equivocar nuestra acción. 65. De la consciencia a la conciencia. Un desplegamiento indesplegable para el análisis que constituye nuestros adentros dándonos un centro de consciencia; centro, centralidad, centramiento en un yo que se da siempre en socialidad, liándose en una maraña de relaciones complejas y decisivas en nuestra vida: el yo con el tú y con el otro, el nosotros con el vosotros y con el ellos, en un increíble espesor de carne, de temporalidad, de historia. Sabemos lo que nos pasa. Tenemos opinión sobre nosotros mismos. Podemos elegir y cambiar de elección. Podemos prever lo que haremos y, más aún, lo que somos y queremos ser. Ni mucho menos estamos clavados a nicho ni a lecho. Pero esa reflexión sobre sí mismo que se da en nosotros no es acostumbramiento, no es cerrazón y encorvarse sobre sí, antes al contrario, es apertura esencial al mundo y a la realidad: porque me pliego en una consciencia que me centra, se me abre la acción en el mundo y la recreación de realidad; es un alejamiento que descentrándome del mundo por darme un propio centro posibilita la reflexión y la acción sobre el mundo y en la realidad. Y es en ese hueco que el estiramiento produce en nosotros, dejando huella, donde nos nace algo nuevo y decisivo: la conciencia. Una conciencia que en su mismo despuntar está ligada con la maraña de relaciones complejas y decisivas en nuestra vida a las que me referí poco más arriba. Podemos elegir por lo menudo los caminos del amejoramiento y del apeoramiento; amejoramiento y apeoramiento personal y societario, claro es. Somos en una parte decisiva dueños de esa elección, que nos viene, quizá, empujada, pero no impuesta; nunca asignada pues siempre guardamos la capacidad del gradiente. Así la consciencia se convierte en conciencia; con el doble ribete de personal y societaria, claro es. El discernimiento se hace labor central de eso que somos. Sabemos muy bien que no todo es igual y no toda da igual. Hay una manera de serse que se dirige hacia el más allá del punto atractor que nos ha aparecido, estirando de nosotros, en nuestro análisis de la realidad. Y hay, sin embargo, otras maneras de serse que se alejan de ese camino. Camino siempre posible para nosotros, claro es, pero con un gradiente direccional confuso, aturdido, perturbado, alienado; alienante, también. Aquí se nos plantea, pues, la cuestión del bien. Por eso también el pensar sobre el mal y, quizá, el dejarnos llevar por él con su enorme fuerza de arrastramiento hacia los puntos atractores virtuales y engañadores. Parecería que el bien tenga que ver con un suave estiramiento, mientras que el mal con un atroz apremio. El mal, aquí, tiene que ver con la elección. Somos libres de elegir como nuestros caminos de apeoramiento. Y lo hacemos cuando hay otros puntos atractores que, estirando también de nosotros, dejando huella de su impronta en nosotros, abren también en nosotros hueco de comportamiento y acción, pero no son sino puntos que están fuera del diábolo, el ‘diábolo de nuestra naturaleza’6, lugar en donde se da el que llamo punto S , punto de unión entre los dos conos del diábolo, lugar de nuestra propia transfiguración, miradas las cosas desde nuestro cono hacia el punto atractor que es su vértice y, a la vez, lugar de encarnación del cono de arriba en ese punto que es no ya su vértice sino su punto originario de creación y de gracia, es decir, ahí en donde se nos ofrece nuestro ser en plenitud. Puntos que, sin diábolo que nos dé acceso a ese más allá de vida eterna que buscamos, se sostienen en sí mismos, pero que no son de tránsito hacia la realidad del ser en completud con el que nos estamos topando ya, sino puntos que nos sacan de nuestro verdadero ser, alienándonos de él; que nada quieren tener que ver con la realidad que nos circunvala. XVII 66. La socialidad apareció al comienzo mismo de este compendio, pues sin ella 113 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 no hay experiencia, y ahora se muestra de nuevo. Es condición de nuestra existencia experiencial y, a la vez, resultado de todo lo que somos, mejor, de lo que vamos siendo camino de nuestro ser en plenitud. Ser en plenitud que, primeramente, ha sido ser en hueco, es decir, ser en hacerse en ámbitos de absoluta novedad, pero aún ser en el futuro por llegar, por construirse; además, ser desde la fontalidad que como un río se va llenando de tantos y tantos aportes que le llegan de infinitas fuentes. Ser de socialidad, por tanto. El mero yo pienso es demasiado poco para dar cuenta de lo que somos, pues siempre somos con otros como nosotros; siempre somos también con nuestras hermanas las cosas mundanales y con nuestros hermanos los animales; siempre somos, finalmente, además, con la materia que se transfigura con nosotros. Siempre somos, pues, en compleja pluralidad; siempre somos, finalmente, con la realidad que nos circunvala. 67. Es obvio que desde la primera línea está impregnando nuestro discurso la identidad-dual entre el cuerpo de hombre y el cuerpo de mujer como dos maneras diferenciadas de ser; diferenciadas y, sin embargo, en unidad esencial. Todo nos indica la unidad; todo nos hace ver la diferencialidad. De ahí el que debamos hablar de identidad-dual, por más que de ninguna manera hagamos aquí, una vez más, sino la pura indicación, como tampoco hemos sino insinuado lo de la socialidad, aunque lo hayamos hecho en varios momentos cruciales. Esos dos caminos de pensamiento, aunque profundamente implicados en lo que llevo dicho, me parece que deben tener su desarrollo suficiente en otro momento y en otro contexto, si llega el caso. XVIII 68. Hemos visto cómo la pizca del exceso sobrepasa inmensamente lo instintual y que de ahí podemos afirmar que somos personas, sujeto y término de amor y amistad, se nos decía. En el proceso global del que venimos hablando se nos da ser carne amante y carne amada; más aún, nos hemos atrevido a hablar de carne gloriosa, glorificada por la belleza, y de carne amorosa, caro amans, hasta llegar a decir cómo somos carne transida por el logos. El entretejimiento de las tres tríadas nos ha dado mucho juego. Como hemos dicho antes, es decisivo que seamos expresivos de realidad, de lo que nos circunvala y nos da a ser, de que la expresión sea nuestra manera de ser, de que la experiencia del exceso expresa lo que somos, de que el exceso exprese lo que somos en el meollo mismo de la totalidad de eso mismo que somos, de que seamos seres expresivos de Dios, de que seamos metáfora de Dios. Este ser-expresivo es el corazón mismo de nuestro ser persona. Por eso somos personas, no individualidades numéricas en un grupo, enfrentadas con la acción, que buscamos sea acción prudente y que queremos discernir las consecuencias de nuestro comportamiento, pues somos, lo hemos dicho también, carne deseante de eternidades, de vida eterna. Por eso somos personas. Puede, sin embargo, que en un cuerpo de hombre concreto haya disfunciones de manera que la tríada deseo, imaginación, razón, o cualquiera de las otras dos, se den rebajadas, o difuminadas, como si algo hiciera que no pudiera arrancar con la fuerza que es la normal en nosotros. Es lo que antiguamente denominaban con terrible palabra: ‘el monstruo’, tan expresiva de lo que señala; el problema de la existencia de la malformación de origen, de la enfermedad degenerativa, etc. Ese cuerpo de hombre/cuerpo de mujer es ajado, incompleto, desmañado, olvidadizo de sus ir siendo, que nunca podrá llegar a un propio y cuajado ser en plenitud. Sí, todo eso es verdad, pero también él es persona. Es hijo de la especie, aunque fuere hijo defectivo. Aunque a su manera, a veces tan misteriosa y emocionante, sigue siendo carne amante y carne amada, y no una carne cualquiera, sino carne de hombre, carne de mujer, carne de niño, carne de viejo, carne enferma, carne mansa, que, sin embargo, en amor sufriente podemos envolver con nuestro amor más profundo, con nuestra solidaridad más envolvente; aunque también, lo sabemos muy bien, podemos deshacernos de ella despiadadamente, rompiendo toda solidaridad con ella. Pero ser persona es estar desde el mismo origen transido por el amor, porque toda la formación de carne es un acto de amor, aunque haya sido engendrada esa carne en el odio o la violencia, en el engaño 114 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 y la compra; toda carne es siempre carne de amor, de sencillo ofrecerse para ser amada. Porque ser persona es un don que se nos da desde el principio. Pues bien, ahí, en este contexto asombroso, al punto tenemos que hablar del sufrimiento; bueno, ya estamos hablando de él, y qué insoportable sufrimiento. De cierto que, además de nuestra búsqueda de la verdad, se da en nosotros con una fuerza portentosa la búsqueda de la alegría y de la felicidad; ambas búsquedas mueven la acción que desarrollamos en nuestra vida, no toda, claro, pero sí un amplio frente, pues se dan también otras búsquedas, la posesión de personas y de cosas, por ejemplo, la del desnudo poder. Pero, sin embargo, es terrible y enigmático que debamos señalar al punto que el sufrimiento nos enseña el caminar en la vida y que con él aprendemos la profundidad y riqueza de ella; más aún, la profundidad y riqueza de nuestro ser. Considerado así, el sufrimiento es distinto del dolor. Este tiene más que ver con nuestro cuerpo animal y mineral, mientras que el sufrimiento llega al hondón de nosotros mismos, y a veces se posesiona de él; quizá, claro es, provocado por la realidad del dolor, pero con una amplitud de paisajes muchísimo más amplia; aunque, también es verdad, solemos decir que nos dulce el alma. Diferenciando dolor de sufrimiento, lo que tiene algo de artificial, evidentemente, quiero hacer notar ese componente activo y tan decisivo en nuestra vida. Porque el sufrimiento es expresión de nuestra finitud; se da en nosotros siendo eso que somos, por ser eso que somos, cuerpo de hombre. 69. Nuestra naturaleza es ser persona. Nuestra substancia es personal. Llegados aquí y envueltas así, podemos hablar, por fin, de naturaleza y de substancia, como hace poco pudimos hablar de materia. No es que tengamos una naturaleza, y eso sea lo primario, sino que lo primario es que por ser cuerpo de hombre somos persona, lo que nos da la contextura de una naturaleza, como hemos ido desgranando en este compendio. Tampoco que seamos una cierta substancia y de ahí, si somos partidarios de la univocidad del ente, vayamos desgranando todas nuestras propiedades, sino que somos persona, con todo lo que estamos viendo que esto significa, y ahí está nuestra substancia; esa es nuestra substancia. A partir de ahora, pues, como ya aconteció con la palabra materia, podremos emplear en y para nosotros los conceptos de naturaleza y de substancia, una vez que han sido llenados por el significado que para ellos hemos logrado acá. Pero esto nos hará muy cuidadosos cuando hablemos tanto de naturaleza como de substancia. Nunca serán conceptos de partida, sino de llegada. Nunca, además, deberá aceptarse eso de que todo es naturalizable, es decir, desplegable en explicación —explicación científica—, sino que ambos conceptos sólo pueden ser expresivos de lo que he llamado el espesor y la sacramentalidad. 70. Pues personas, somos libres. Libres con libertad radical. Aunque, bien es verdad, la libertad nos la tenemos que ganar en el ir siendo que nos toca vivir, todos tenemos experiencia de ello: la libertad se nos dona. Se nos da el poder ser libres. Más aún, la experiencia de la pizca y del exceso es experiencia de libertad. No estamos atados ni al nicho mundanal ni al lecho de realidades. No somos seres de instintualidad, aunque, ciertamente, hermanos de las cosas mundanales y de los animales; podemos ser libres de cualquier instintualidad. No digo que lo somos, pues demasiadas veces nos dejamos llevar de ellas, lo sabemos muy bien; tenemos experiencia bien cercana de que demasiadas veces es así en nuestra vida. Pero, sin embargo, la libertad es cosa nuestra; muy nuestra. Libertad de ser creativos hasta extremos sorprendentes de abultada novedad, e igualmente libertad de elección. Podemos resistirnos a cualquier imposición; tenemos arrestos para elegir incluso aquello que todo y todos nos lo quieren impedir. Libertad de figuras en el paisaje; figura en paisajes cambiantes. Para ir hacia donde somos atraídos nos tenemos que dejar llevar. Sólo al zulo se nos lleva totalmente sin contar con nosotros. Mas ¿olvidaremos que san Juan de la Cruz escribió en la mazmorra algunas de sus mejores poesías? Y esa libertad se nos da desde el mismo comienzo de nuestro ser, pues somos personas. Eso no quiere decir, es evidente, que ya al nacer tomemos intrincadas decisiones —y si lo hacemos así, como es el caso, son parte del nicho y del lecho—, sino que estas se toman por nosotros. La socialidad que nos da el cuerpo de hombre nos ofrece, ya lo he dicho, el adn, la lengua y las maneras de andar, todo 115 Thémata. Revista de Filosofía, 38, 2007 eso sin lo cual no seríamos. ¿Podríamos decir que no las queremos? Es una posibilidad. Sería querer no ser nada; querer suicidarnos. Hasta en esto tan primario somos donación. Pero esta donación es más, mucho más, pues somos persona, y lo somos desde el mismo momento en que comenzamos a ser. Pues personas, vamos tomando en nuestro ir siendo caminos de libertad que nos configuran, y de los que no podemos decir en un momento: me planto, me bajo, como quien abandona un tranvía en marcha. La libertad nos configura en nuestra carne, hasta el punto de que debemos decir también que somos carne de libertad. Tenemos el rostro que nos han modelado las internalidades y nuestra manera de enfrentarnos a los sucesos de nuestra vida, según se dice. No es ser libre el levantarse por la mañana y decir: ¿de qué manera seré libre hoy haciendo cagarrutias de la libertad de todos los ayeres? Eso es romper de cuajo la encarnación de nuestra carne, de nuestro cuerpo de hombre/cuerpo de mujer. Romper de cuajo la carne enmemoriada. Romper de cuajo la carne maranatizada. Romper de cuajo la carne hablante. Deshacer, tirándolo a la basura, el sutil y maravilloso juego de las carnes que nos va constituyendo. ¿Y por qué hacerlo? Por un simplón declarar: soy libre, pues ser libre es hacer lo que me da la gana en cada momento, sin contar para nada con lo que fue ningún ayer y lo que ayer quería que fuera mañana alguno. Pero eso es bodrio y sandez. Porque personas, somos libres. Libres con libertad radical. Vivimos sofocados por los constreñimientos, es verdad, inmersos en una maraña de solicitaciones, cualquiera lo ve, pero nuestro destino es la libertad. Impronta, huella, estiramiento, hueco no impiden la libertad, porque nos arrastren necesitantemente, sino que la provocan. Son para nosotros suasión que nos mueve, remueve y conmueve, haciéndose con nosotros y suscitando nuestra libertad. Nos movemos así en caminos de libertad que se van haciendo, también ellos, carne de nuestra carne. De esta manera, somos libres con libertad radical. 71. La captación de la belleza, mejor, la generación de la belleza es esencial en la persona, hasta el punto de que, quizá, deberíamos decir: porque somos personas tenemos la relación que es la nuestra con la belleza. Pero al punto esto nos pone ante dos preguntas, una de difícil respuesta, ésta: ¿captan la belleza esos que más arriba con palabra tan clásica como terrible denominaba los monstruos? Pregunta que podría también generar esta otra: ¿se puede hablar de la belleza del sufriente? Sólo comenzaré la respuesta a esta última pregunta: sí, porque podemos ver la belleza de quien atiende al sufriente, de quien le contempla compungido, de quien se rebela ante ese sufrimiento, quizá injusto e intolerable, y porque podemos comprender lo que significa esta belleza. La segunda pregunta, en cambio, no parece difícil: ¿captan la belleza los animales? La belleza de una buena caza o del sexo o del bienestar, sí, por supuesto, pero lo que he llamado acá belleza, evidentemente, no; les faltan para ello muchas cosas, no la menor el verbo. De asistir atisbos, sin embargo, no es ella una belleza expresada, por lo que, en realidad, nada tiene de lo que acá he llamado belleza. Así pues, porque somos personas estamos implicados con la belleza. Porque somos capaces de gritar el me gusta. Porque somos capaces de crearla y de recrearla. Porque somos artistas y veedores. No insistiré en esto, que es la centralidad misma de mi consideración de la belleza, a ello me he referido antes con amplitud; por eso haré notar otras miradas sobre la belleza que son también de extremada importancia en nuestras consideraciones sobre ella. Porque la belleza nos traspasa hasta el meollo mismo de lo que somos; hasta el corazón de nuestro ser. Porque al llegar a esa casa que ayudado de la comunidad el hombre acaba de construir, entrando en ella lo primero que la mujer pone es una flor. Porque nos deja atónitos y transidos el bellísimo gesto de Teresa de Calcuta cuando acaricia la mano del moribundo tirado en las calles de esa ciudad, simplemente para que muera acompañado por la ternura. Porque la belleza nos lleva hasta los últimos más allás, sin que ninguna puerta se nos cierre, ningún límite nos impida el paso. Porque el punto atractor tira de nosotros con gestos de luminosa belleza. Porque la belleza de los otros puntos atractores, los que no se corresponde con el diábolo de nuestra naturaleza, es opaca y engañadora, alienadora, y quiere arrancarnos de ese ser en plenitud que es el nuestro, desviándonos en nuestra búsqueda de la verdad, de nuestro caminar por los amejoramientos; por eso no es belleza, o si se quiere,