El papel de la prensa confesional en la reorganización del movimiento católico español : estudio de la proyección de un modelo nacional al marco local sevillano a través de El Correo de Andalucía. Número Literario (1899-1902)
Abstract
Estudio de las aportaciones desde el periodismo a las acciones de reorganización de las fuerzas católicas en la coyuntura del cambio de siglo para formar un frente sólido y efectivo contra las medidas de los gobiernos liberales que se suceden en los últim
Full text
EL PAPEL DE LA PRENSA CONFESIONAL
EN LA REORGANIZACIÓN DEL
MOVIMIENTO CATÓLICO ESPAÑOL:
Estudio de la proyección de un modelo nacional al marco local
sevillano a través de El Correo de Andalucía. Número Literario
(1899-1902)
Tesis Doctoral realizada por:
Lcda. Lorena R. Romero Domínguez
Dirigida por:
Dra. María José Ruiz Acosta
Programa de Doctorado:
“Periodismo, Comunicación e Información:
Teorías, Métodos y Sistemas”
-2-
-3-
ÍNDICE
Páginas
INTRODUCCIÓN 6
1. Definición y justificaci ón del objeto de estudio 9
2. Hipótesis 14
3. Objetivos 17
METODOLOGÍA 20
1. Consideraciones pre vias 20
2. Postulados metodológicos 31
PARTE I: EL MO VIMIENTO CATÓLICO 44
I. LA IGLESIA EN LA ENCRUCIJADA DEL CAMBIO DE SIGLO 46
1. Positivismo y materialismo, los signos de una nueva eda d 47
2. La respuesta de la Iglesia a través del Movimiento Católic o 55
II. EL PERIODISMO CATÓLICO EN ESPAÑA Y LA CREACIÓN DE
EL CORREO DE ANDALUCÍA
63
1. La prensa: un bien cuyo abuso constituye un mal 64
2. La aparición de El Correo de Andalucía 77
2.1. La irrupción del Número Literario entre la regeneración cultural y
el descanso dominical
87
PARTE II: LA ACCIÓN POLÍTICA 99
III. LA RESTAURACIÓN Y EL RENACIMIENTO CATÓLICO 101
1. De la Unión Católica al catolicismo social 102
2. La distensión de la Iglesi a en el régimen de Sagunto 116
2.1. La libertad religiosa de la Constitución de 1876 119
3. La política española tras el Desastre 124
3.1. El fracaso del regeneracionismo católico 124
3.2. La reorganización de los libera les en torno al anticlericalismo 136
IV. LA SUBVERSIÓN IDEOLÓGICA DEL PARADIGMA
TEOCRÁTICO
148
1. El enfrentamiento con la oratoria liberal 148
2. Desenmascaramiento del liberalis mo filosófic o y político: del
parlamentarismo al cesarismo
153
-4-
V. EL DISCURSO DE EL CORREO DE ANDALUCÍA. NÚMERO
LITERARI O ANTE LA PRAXIS GUBERNAMENTAL DEL FIN DE
SIÈCLE
168
1. La estrategia de la crisiología en el gabinete silvelista 169
2. El anticlericalismo sagastino 186
3. La ofensiva antimasónica 202
3.1. La escuela complotista cató lica y el mito del maquiavelismo
masónico
212
3.2. Lo que España le debe a la masonería 220
4. La reconstitución del ordo clericalis 227
4.1. La grandeza del sacrosanto imperio español 228
4.2. Dogmas de fe para refutar la im posibilidad de la acción católica 233
PARTE III: LA CAMPAÑA PROPAGANDÍSTICA 256
VI. LA ENSEÑANZA EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN 258
1. La catolización del modelo educativo burgués 259
2. Tentativas de innovación en un sistema anquilosa do 267
3. La obra educativa de los liberales en el poder 279
VII. LA ESCUELA LAICA QUE CONDENAN LOS CATÓLICOS 292
1. La justificación docente de la Iglesia ante el imperativo secularizador 293
2. Las claves de un magisterio confesionalizado 299
3. Apostasía y vicio tras la importaci ón del modelo educativo francés 321
4. El dramático veredicto sobre la am enaza de un ministro clerófobo 336
5. Estrategias para combatir una enseñanza no católica 350
VIII. LA COVADONGA DE LOS TIEMP OS MODERNOS:
RECONQUISTA SOCIAL A TRAVÉS DE LA PRENSA CATÓLICA
361
1. Procedimientos inquisitoriales contra el periodismo salva je 362
1.1. El sensacionalismo periodístico y la lucha por las audiencias 365
1.2. El asalto del anticlericalismo al primer plano de la actualidad 377
2. La frustración del pos ibilismo periodístico 385
2.1. Periodistas con sotana 387
2.2. De periódico mendigo a periódico negocio 393
3. Recuento de fuerzas entre los lectores católicos 399
-5-
PARTE IV: LA CUESTIÓN SOCIAL 405
IX. LOS PROBLEMAS DE LA INDUSTRIALIZACIÓN EN ESPAÑA 407
1. La gravedad de la situación obrera 408
1.1. El paternalismo de la patrona l y el intervencionismo de l Estado 413
1.2. La consolidación del movimient o obrero 420
X. EL IMPACTO DE LA RERUM NOVARUM EN EL
SINDICALISMO CATÓLICO
427
1. La Iglesia ante la cuestión so cial: definiciones y polémicas 428
1.1. El significado de la Rerum Novarum 433
2. El calado de la doctrina soci al entre los católicos españoles 444
XI. LA CLERICALIZACIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO 464
1. Tópicos de la propaganda antis ocialista 465
1.1. Paradojas e insinceridades de los filántropos del colectivismo 473
1.2. La pandemia moral en las so ciedades industriales por la acción
de las huelgas
483
2. Exposición positiva de la doctrina social católica 503
2.1. La Iglesia, guardiana del orden social 508
2.2. Remedios para la lucha suicida entre ricos y pobres 521
CONCLUSIONES 550
REFERENCIAS BIBLIO GRÁFICAS 568
REFERENCIAS HEMERÓGRAFICAS 587
ANEXO 588
-6-
INTRODUCCIÓN
En 1895, el Informe de la Nunciatura A postólica de Madrid sobre el estado de
la prensa católica en España declaraba abiertamente su pr eocupación por el uso que los
sectores liberales estaban haciendo del peri odismo moderno contra la Iglesia en todos
los rincones del orbe. Como dejaba entrever en el citado documento el nuncio Cretoni,
el periódico surgido por inic iativa del librepensamiento ha bía venido a desmembrar en
esta coyuntura histórica de claro signo laico el bien estructurado sistema de
comunicación del cual se había servido durante siglos la Santa Sede para la difusión de
unos valores capaces de asegurarle su perviv encia como institución privilegiada en un
ordenamiento jurídico que ella se obcecaba en perpetuar a pesar de la conquista de las
libertades modernas.
La ruptura del monopolio eclesial en el control de las prácticas comunicativas
era el lógico corolario de un a iniciativa emprendida por los elementos del progresismo
y destinada a provocar una profunda transf ormación ideológica para conducir la
sociedad hacia nuevos rumbos políticos, económicos e inte lectuales. Con esta misión,
el papel periodístico se convertía en manos de la burguesía, la nueva clase protagonista,
en un notable cauce para la circulaci ón y el intercambio de ideas, opiniones e
informaciones, en frontal oposición a un a competidora que, a pesar de sus varias
centurias de ventaja en estos menesteres, empleaba anacrónicos medios orales y
visuales con un marcado cariz inquisitorial en un mome nto donde cada vez era más
indiscutible el poder emancipador de la letr a impresa. La estrecha relación entre prensa
y liberalismo en la búsqueda de la liberta d se confirmó tras la ratificación de la
burguesía como clase dominante gracias a un programa donde se contemplaba el deseo
de disolver las estructuras del Antiguo Régi men, invocando la participación del pu eblo
en los asuntos de la vida polí tica a través de la opinión pública (manifestación de la
soberanía popular) y haciendo desaparecer la dispensa de la religión como materia
tradicionalmente excluida del debate nacional.
Con esta vertiginosa pr ogresión del ataque secularizador en las páginas de unos
productos puestos a disposición de los indi viduos dia riamente, la Iglesia no podía
-7-
demorar por más tiempo su toma de posición si deseaba poner freno a los impulsos del
mundo moderno, en un intento desesperado por proyectar su di scurso a la esfera de lo
público y conseguir con ello una apertura ma yoritaria a la hora de difundir el mensaje
evangélico, asegurándose su existencia median te la captación de nuevos –y necesarios–
fieles. Si hasta el momento la instituci ón había mant enido hacia los impresos una
actitud de manifiesta condena, al consid erarlos obras del mismísimo Satanás, no le
quedaría más remedio a partir de la segund a mitad de la centuria decimonónica que
aceptarlos como mal necesario, dado que la libertad de imprenta era un hecho
irreversible y resultaba ciertamente complejo a estas alturas de siglo contener el e mpuje
de quienes clamaban por poder expresar sin constricciones su pensamiento. Así, por lo
menos, se había aprestado a constatarlo el entonces responsable del solio vaticano,
León XIII, en su encíclica Libertas .
Para mayor desgracia del supremo diri gente religioso se había verificado,
además, el fracaso del anatema característico de la primera mitad de la centuria frente a
la expansión del fenómeno medi ático, pues no se había logrado re ducir las tiradas de
los portavoces de la impiedad y la fe, po r efecto de la propagac ión de estos nuevos
soportes de tan perversas ideolog ías, se se ntía más amenazada que nunca. Este hecho
le había permitido comprobar en s us propias ca rnes la habilidad de la prensa para crear
opinión pública, ya fuer a favor able o contraria a sus intereses, y tomar conciencia, por
tanto, de la franca desventaja en la cual se posicionaba si ignora ba dicha realidad. Al
calor de estas certezas, no quedaba más opció n que reconocer la po tencialidad de tan
moderno instrumento para ampliar notableme nte la competencia divulgativa de las
ideas, dotándolo, eso sí, de una misión sagrada como era la de tomar el relevo del
púlpito en un intento de alentar con la pala bra, ahora im presa, la resistencia masiva y
universal contra la ofensiva anticler ical, si rviendo de tribuna al catolicismo amenazado
para recuperar el puesto que le había si do arrebatado con la funesta sucesión de
gobiernos liberales durante el siglo XIX.
-8-
Sólo operando sobre ella una suerte de exorcismo, como lo ha denominado el
profesor de la Universidad de Se villa José Leonardo Ruiz Sánche z 1 para provocar un
cambio en las que hasta el momento habían si do las prácticas confesionales y ajust arlas
a los nuevos tiempos de la libertad de expres ión –de la c ual se esperaba gracias a este
apostolado que abandonara la senda del peligro y recondujera sus pasos hacia la
devoción al servicio de Dios–, podría utilizarse entonces la prensa, según manifestaba
Cretoni en su documento de 1895, como “arma poderosísima” con un sorprendente
influjo sobre la ciudadanía –s obre la católic a, pero también sobre aquélla apartada con
desdén del culto de sus antepasados– y s obre los asuntos públicos, imbuidos todos
ellos, según entendía la institución, de cará cter cristiano al tener que ver con el hombre
y estar éste desde su nacimiento someti do a los designios de su Creador.
Como portadora y defensora de los intereses diocesanos, difundie ndo
conceptos morales necesarios para el bienesta r de toda la sociedad y demostrando con
ello la existencia de un sect or adherido a los planteamientos d e la re li gió n e n u n m un do
dominado por el racionalismo y el materialis mo, la consigna a seguir por parte de los
feligreses españoles a partir de ese momento sería la de hacer realidad las enseñanzas
de la nueva autorida d que ocupaba el trono vaticano desde 1878, el citado León XIII,
quien, marcando claras distan cias con respecto a su predecesor, Pío IX, apostaba por
alentar la reacción contra los enemigos sirviéndose, precisamente, de sus mismas
armas. El objetivo emergía en toda su diaf anidad ante los ojos del tolerant e Papa
porque, frustrada la estrategia de condenar, era imprescindible orientar las herramientas
empleadas por los liberales en su ataque (l a política, la propaganda y las asociaciones
obreras) con un sentido cristi ano hacia el bien, pues era mucho e l mal que estaban
provocando.
Instrumento cuasi divino puesto directamente por Dios en manos de sus hijos
para difundir las virtudes de sus obras en todos los terrenos, serán numerosas las
iniciativas que se sucedan en estos años de incertidumbre para suministrar al pueblo un
gran periódico donde fuera posible ofrecer un a respuesta institucional al liberalismo y
1 RUIZ SÁNCHEZ, José Leon ardo (editor): Catolicismo y co municación en la historia contemporánea . Secreta riado de
Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 2005, pág. 104.
-9-
ejercer, paralelamente, un eficaz apostolado con el cual se pudiera hacer entrar con
fortuna la sociedad vigente, de la cual resultaba imposible renegar, por los cauces del
cristianismo. Aunque deberá esperarse hasta la primera década del siglo XX para asistir
a la consolidación del gran periód ico católico nacional por excelencia, El Debate , la
capital sevillana aportará su particular expe riencia en este terreno gracias a la labor de
Marcelo Spínola, máximo promotor de la Buena Prensa en suelo andaluz y responsable
directo de la publicación en torno a la cual se agruparán los fieles de la urbe hispalense
(integristas, carlistas y alfonsinos) para organ izarse con miras a su efectiva participación
en los engranajes del sistema lib eral. Nos estamos refiriendo a El Correo de Andalucía ,
blandido bajo el estandarte de la fe por manos devotas como el propio diario afir maría
en uno de sus numerosos artícu los dedicados a esta cuestión:
La prensa católica es el punto de parti da de la lucha por la defensa de la fe, y el impulso
de la misma es el que nos salvará. Sin ella fr acasar án todos nuestros esfu erzos y todos los
sacrificios que se hagan en pro de la santa causa
2 .
1. Definición y justificación del objeto de estudio
Nuestra investigación se centra en el estu dio del suplemento li terario de uno de
los más destacados portavoces de lo s intereses confesionales andaluces, El Correo de
Andalucía . Nos referimos a dicho Número Literario como una publicación físicamente
independiente del órgano matriz, con una s características formales propias y un
encabezado diferente, requisitos cumplidos a pa r t i r d e s u p r i m e r n ú m e r o s u e l t o e l 7 d e
agosto de 1899 (Año I, según consigna su numeración). Por este motivo, hemos
discriminado las reseñas culturales contenid as en el ejemplar di ario desde el 13 de
febrero del mismo año, por comprender que no se ajustan a la caracterización de
suplemento literario propuesta por los expe rtos y asumida en estas páginas, como
tendremos ocasión de exponer. Asimismo, debemos manifestar que el cierre de la Tesis
Doctoral en la fecha de 29 de diciembre de 1902 no obedece sólo a la necesidad de
2 “La pren sa católic a” en El Correo de Andalucía. Número Literario , 8 de abril de 1901. De aquí en adelante
emplearemos la abreviatu ra “ECA.” en las notas a pie de página cuando hagamos alusión a algún artículo
publicado en El Correo de Andal ucía . Para su Número Literario , y en análogas circun stan cias, utilizaremos “ECA. Nº
L.”.
-16-
instituciones vigentes se deja seducir en la conjunción de su campaña informativo-
doctrinal por la línea más intransigente, c ontraria a la recatolización del liberalismo y
acérrima adalid de la restauración del Anti guo Régimen. De este modo, la supuesta
aceptación de las instancias liberales promovid a por Spínola se desvirtúa en las páginas
literarias, tribuna desde donde se pasará a enarbolar, consecuentemen te, una respuesta
más radicalizada gracias a un discurso de tipo tradicional anclado en la pervivencia de la
tesis (la instauración pura de la teocracia si n atender a las innovaciones democráticas
propias de la época hist órica en la cual desarrolla su activida d el rotativo) e inspirado en
las anacrónicas propuestas ideológicas de la primera mitad del siglo. De este modo, a
través del análisis de los ejes temáticos y l as estrategias discursivas en torno a los cuales
se articula El Correo de Andalucía. Nú mero Literario podremos alcanzar a entender las
razones de la elección del cardenal de la se de sevillana ante las dos propuestas de
unidad en las cuales podría haber encuadrado su cruzad a propagandística: en la
intransigencia ultramontana o en la restitución del lema Cristo reina, Cristo vence, Cristo
impera adapt ado a los tiempos de un liberalismo inevitable y en unas sociedades –sólo–
hipotéticamente católicas.
Finalmente, y tomando como referencia el lugar común representado por ese
extenso conjunto de publicaciones discípulas de las directrices vaticanas sobre la Buena
Prensa, nuestra propuesta de investigación pl antea también la controvertida teoría de
que, más allá de los contenidos estrictament e reservados al ámbito de las letras y las
bellas artes (como consigna en su manifiesto de presentación en la escena publicística
sevillana la hoja semanal desgajada de El Correo de Andalucía , seguidora de la tradición
de la prensa literaria), el suplemento se comporta como un instrumento político a
disposición de la jerarquía eclesiástica hi spalense. Al calor de las orientaciones
realizadas por otros prelados en el resto del territorio na cional, el objetivo es difundir
los planteamientos de la doctri na para debilitar la influencia de las corrientes dispuestas
a entablar algún tipo de litigio con la auto ridad romana y para reclamar, asimismo, esa
concordia universal de los fieles materializ a da en un posible part ido político en cuyo
seno se pudiera emprender la defensa de los inte reses de Dios en la tierra, de su Iglesia
y de sus ministros.
-17-
3. Objetivos
Al calor de estas hipótesis, nuestr a Tesis Doctoral expone como primer
propósito de su labor analítica co ntextualizar el surgimiento de El Correo de Andalucía y
su número literario dentro de la denominad a Buena Prensa (en el marco más amplio de
la evolución de la prensa sevilla na en el delicado tránsito fi nisecular), desde el
momento en que el órgano impulsado por Mar celo Spínola se ajusta a la definición de
la misma dada por la historiografía como c onjunto de periódicos, variados en cuanto a
su regularidad y estilo, acogido al beneplác ito de la Santa Sede, privilegia do con el
bastión moral proporcionado por la labor de su correspondiente censor eclesiástico y
guiado, desde el punto de vi sta funcional, por las ex igencias de contrarrestar la
expansión de la impiedad y reorganizarse como sólido grupo de presión en las
sociedades secularizadas.
Si bien nuestra investigación se plante a como finalidad esclarecer el escenario
histórico que legitima y dota de autoridad la irrupción de la Iglesia española en el
ámbito de lo público para reclamar sus pr ivilegios y exigir, en consonancia con los
mismos, la moralización de la vida naciona l en la península (una petición desmedida si
se tiene en cuenta el apoyo recibido del canovismo), no es menos cierto que nuestro
trabajo tiene fundamentalmente en consider ación advertir y exponer las posibilidades
de movilización y reorganización cr istiana gracias a la inestimable labor de los discursos
y los mensajes contenidos en los títulos adep tos a la fórmula de acción social propuesta
por el Movimiento Católico. Así pues, la publicación del arzobispado hispalense se
esforzará por cumplir los requisitos pontif ic ios referidos a la ac tivida d periodística
realizada por y para religiosos y seglares, al convertir su impreso diario y semanal en
tribuna de adoctrinamiento e info rmación netamente confesional, diluyente de las
desavenencias entre los acatadores de la legal idad vigente y las facciones opuestas a él.
Finalmente, analizar los contenidos supuestamente literarios difundidos por el
arzobispado sevillano en las páginas de su publicación sobre política, sobre cuestiones
de orden socio-económico y sobre las ac tividades propagandísticas y científico-
culturales, nos permitirá observar, utilizan do la metodología a decuada, cómo se
-18-
plasman dichos temas abordados por los textos eclesiásticos en las cabeceras
confesionales encargadas de hacer llegar las enseñanzas de la jerarquía eclesiástica a
todos los ciudadanos. Tendremos, por tant o, la oportunidad de confrontar ambos
discursos (el oficial y el periodístico) y sus es trategias a la hora de construir una realidad
social y proveer, igualmente, de modelos interpretativos de la mism a para exponer las
posibilidades de recuperación católica en la coyuntura finisecular a través de las
campañas orquestadas en y desde la prensa. D ecididos a estudiar estas manifestaciones
periodísticas según las pautas marcadas por la e volución de la doctrina en el espacio de
lo público, será posible escrutar en estos documentos el resentimiento eclesial hacia el
nuevo orde n liberal así como las soluciones exigidas a sus correligionarios (aceptadas o
desestimadas según los casos) para poner fi n al raquítico estado de la autoridad
vaticana en un mundo secularizado cada vez más distante en la esfera civil y en el
ámbito privado de la fe. Ahora bien, sólo podremos alcanzar dicho conocimiento
desde una teoría y con una técnica de análisis que nos permita atender a la complejida d
de la prensa como agente soci al inserto en una realidad hi stórica a la cual condiciona,
pero de la cual también recibe importantes influencias.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Antes de pasar a los planteamientos meto dológicos que han guiado la presente
Tesis, quisiera dar mis más sinceras gracia s a quienes han hecho posible con su
inestimable colaboración y su infinita pacien cia este trabajo. Si n olvidar el sincero
apoyo de quienes a lo largo de estos cinco año s de dedicación doctoral han compar tido
diatribas intelectuales y han arrojado luz sobr e muchas de las cuestiones recogidas en
las páginas que siguen, desearía agradecer especialmente la valiosa ayuda de mi
directora, la Doctora María José Ruiz Acos ta, cuya constancia, honestidad y coherencia
han sido y siguen siendo las mejores pautas a seguir en esta ardua aventura por los
terrenos de la investigación y la docencia. S in ella y sin el aliento de los pocos
compañeros que han confiado firme y plen amente en las labores desarrolladas desde
mi iniciación académica como becaria FPDeI en la Facult ad de Comunicación de la
Universidad de Sevilla, no podría encontrarm e hoy defendiendo a nte este Tribunal la
Tesis Doctoral.
-19-
A todos ellos, muchas gracias por desbro zar un camino harto complicado y al
resto, a los familiares y amigos que habéis recibido a cambio de vuestra paciencia la
mayor parte de los sinsabores de este periplo por la historia de la prensa, os relego al
anonimato en estas páginas, pues vues tra amable y franca compañía quedaría
injustamente minusvalorada por la ficción de realida d que, al fin y al cabo, representan
los trazos de estas palabras escritas.
-20-
METODOLOGÍA
1. Consideraciones previas
En su acercamiento a la historia de la comunicación como objeto de estudio,
científicos, docentes e investigadores ha n descubierto en esta materia un campo
altamente sensible al prurito analítico. La causa de dicha atracción se encuentra en la
notoria importancia a dquirida por los medi os de comunicación c omo instrumentos
centrales en el repertorio de herramient as empleadas por el hombre para abordar el
conocimiento de su pasado y su memoria colectiva, fórmula para analizar los
problemas históricos que es, al mismo tiempo, una “manera de recordar” 4 . Al hilo de
estas reflexiones sobre la impr onta histórica de la activida d comunicativa y, dentro de
ella, del periodismo, ra dica el empeño de este epígrafe en de finir una metodología
plausible para encarar los trabajos sobre hist oria de la comunicación social, parcela en
la cual se inserta la presente Tesis Doctoral, y en donde la prensa ocupa un lugar
privilegiado, como bien han sabid o ver todos aquellos expertos que,
independientemente de su filiación científi ca, se han acercado a esos ejemplares que
amarillean olvidados e n organismos públic os o privados para rastrear en ellos la
realidad al ser, como magistralm ente los define Francisco Ayala, “prontuario (s) de una
vida cuya futilidad queda apuntada en la taquigrafía de ese destino tan desastrado” 5 .
Siendo nuestro cuerpo de conocimiento un ejemplar concreto de esta insigne
manifestación impresa y sin desatender, consecuentemente, las reclamaciones de
aquellos investigadores para los cuales la comu nicación debe soportar en el escenario
mediático actual el irrefrenable empuje de otras expresiones 6 , coincidimos con las tesis
4 VILAR, Pierre: Pensar históricamente. R eflexiones y recuerdos . Editorial Crítica-Gru po Grijalbo Mondadori,
Barcelona, 1997, pág. 16.
5 AYALA, Francisco : “Recort es del diario Las Noticias, d e ayer”, recogido en El Jardín de las Delicias . Alianza
Literaria, Madrid, 1999.
6 Véanse, en este sentido, ÁLVAREZ , Jesús Timoteo : “Historia de la comunicación: savia nueva para una
historiografía cansada”, en AA. VV.: Haciendo Historia: Ho menaje al profesor Carlos Seco . Ediciones Universidad
Complutense, Madrid, 1989, págs. 651-663 y PIZARROSO QUINTERO, Alejandro: “La situación actual en
España de los estudios de historia de la comuni cación social: problemas y perspectivas”, en GÓMEZ
MOMPART, Josep Lluís (coord.): Metodologías para la Historia de la Comunicación Social . I En cuentro de la
Asociación de Historiadores de la Co municación. Universitat Autònoma de Barcelona, Bellate rra, 1996, págs. 87-
94.
-21-
de Botrel, Desvois y Aubert quienes, a pesar de reconocer que no es ya la prensa el
actor hegemónico, advierten serias dificult ades para luchar contra la tendencia
generosamente implantada entre los expertos a focalizar su periplo investigador en los
papeles impresos, elementos de atención pr eferente desde las primitivas e inocentes
incursiones en la temática que ahora nos ocupa protagonizadas por hom bres como
Alexander Andrews o Eugène Hatin a fina les de la centuria decimonónica. Sin
cerrarnos ante la evidencia, como apunta Julio Antonio Yanes, de que cada vez son
más frecuentes en la producción biblio gráfica las aproximaciones diversas y
heterogéneas a través de interesantes dise rtaciones sobre publicaciones periódicas,
sobre radio y televisión, así como sobre es e ingente universo de fórmulas expresivas
asociadas a Internet 7 , no podemos pasar por alto las palabras de los tres autores
franceses arriba citados cuando afirman:
[…] como medio privilegiado de la comunica ción social, por su función formado ra-
informadora de la opinión pública y como estructura de poder para los que la rige n y dominan, la
prensa es al mismo tiempo, en sus más mínimos aspec tos, el lugar nodal y vehículo de expresión
ideológica, de la represent ación ju stificadora y del control social. […] La prensa es por
consiguiente, en sí , una estructura estructurante, clave en la época contemporánea, mientras otros
medios de comunicación de masas no llegan a hace rle la competencia; y como proyecto coherente,
aun cuando no tiene el porvenir por horizonte a par ente de espera, es objeto es pecífico para la
historia 8 .
A pesar de los avances experimentados en la historiografía desde la em isión de
estos juicios, está ampliamente justificado, como también razona V ázquez Montalbán,
la elección de la prensa como punto prio ritario de investigación en el devenir
comunicativo de la humanida d, y más aún en el período histórico q ue nos ocupa, la
centuria decimonónica en su tr ánsito al siglo XX, pues, como afirma Robert Marrast:
El especialista del siglo XI X español, ya estudie la hist oria, la historia de las
mentalidades, de las palabras, de las doctrinas económicas, polít icas o literarias, de las costumbres,
no puede, en la actualidad, trabaj ar válidamente sin recurrir a l os documentos y a la información
7 YANES MESA, Julio Antonio: “La renov ación de l a historiografía de la comunicación so cial en España”, en
Historia y Comunicación Social , vol. 8, Servicio de Publicacion es de la Universidad Complutens e, Madrid, 2003, págs.
252-253.
8 BOTREL, Jean -François; DESVOIS, Jean Michel; y AU BER T, Paul: “Prensa e historia: para una histori a
objeto de la pr ensa. La prensa obj eto polimorfo de la historia”, en CASTILLO, Sant iago (coord.): Estudios de
Historia de España. Homena je a Manuel Tuñón de Lara . Universidad Internacional Me néndez y Pelayo, Madri d, 1981,
págs. 501-502.
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que le proporciona la prensa. En efecto, a través de la prensa es como mejor puede aprehen der el
movimiento de las ideas en su c urso y sus agitaciones, determinar la persistencia de las corrientes de
pensamiento y sus resurgimientos, su progresiva desa parición en provecho de las ideas que poco a
poco se abren camino y lentamente se implantan y se imponen 9 .
La capital funcionalidad del impreso peri odístico en la etapa en la cual se
encuadra nuestra Tesis Doctoral (los difíci les años comprendidos entre 1899 y 1902) se
revela, retomando las reflexiones de Vázque z Montalbán, porque es a partir del siglo
XIX cuando la prensa adquiere la categoría de resorte priv ilegiado en la elaboración y
difusión de las ideologías, “sistemas de representación cuyo fin es el de asegurar y proporcionar una
justificación de las conductas de la gente” 10 . Los factores que acompañaron a la
industrialización en este período (el de sarrollo de las telecomunicaciones y los
transportes, la urbanización, las campañas de alfabetización, la ampliación de los
mercados, la diversificación de la producci ón, las concentraciones humanas en grandes
áreas metropolitanas, la extensi ón del trabajo en cadena, etc. ), junto con el alza miento
de la burguesía como clase protagonista de la metamorfosis socio-política en
Occidente, crearon unas condiciones favorable s para la conversión de dicho producto
en un instrumento con grandes dotes en m anos de este grupo a la hora de dar a
conocer sus ideas, “el consensus de la mayoría” , “el empleo de la fuerza de trabajo” y “la
aceptación de la clientela a toda clase de prod uctos, desde las ideas a los cepillos de dientes” 11 . Al
calor de estas circunstancias, la irrupción de la prensa como “medio d e comunicación social
hegemónico durante la segunda mitad del si glo XIX y primer cuarto d el siglo XX” 12 , se explica, en
consecuencia, atendiendo a las mutaciones sufridas por la mism a en este decisivo
momento para adecuarse al progreso y la modernización, pasando “De minoritaria a
fenómeno de masas. De capitalina a provincial. De portavoz político a órgano de información
consolidado. De coyuntural a empresa organizada. De ocupación circunstancial a profesión socialmente
reconocida” 13 .
9 MARRAST, Robert, en TUÑÓN DE LARA, Manuel; ELORZA, Anto nio; y PÉREZ LEDESMA, Manuel
(editores): Prensa y Sociedad en España (1820-1936) . Edicusa, Madrid, 1975, pág. 15.
10 DUBY, Geo rges: “Historia so cial e ideologías de la s sociedad es”, en LEGO F, Jacques; y NORA, Pierre : Hacer
la historia . Laia, Barcelona, 1989, pág. 167.
11 VÁZQUEZ MO NTALBÁN, Manuel : Historia y comunicación social . Alianza Editorial , Madrid, 1985, pág. 175.
12 Ibídem, pág. 154.
13 PELAZ LÓPEZ, Jos é-Vidal: Prensa y sociedad en Palencia durante el siglo XIX (1808-1898) . Universidad de
Valladolid/Diputación Provincial de Palenci a, 2002, pág. 15.
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A fuer de los argumentos expuestos, se debe considerar, por tanto, la
privilegiada capacidad confer ida a las publicac iones como producto social inserto en
una realidad histórica concreta para de scodificar las propuestas de lectura e
interpretación del mundo afines a los gru pos dominantes en el devenir de la
humanidad, colocando los fenóme nos mentales en un plano de igual valor a aquél en el
cual se sitúan los ac ontecimientos polític os, económicos o artís ticos. Así lo ha
reclamado, por ejemplo, Georges Du by en la siguiente afirmación:
Un área singularmente vast a se ofrece, pues, en la duració n larga y breve, al estudio de las
actitudes mentales, sin las qu e no podría escribirse la h istoria de las sociedades 14 .
Desde la innegable constatación de que las ideologías dejan sus huellas, entre
otras, en las fuentes documentales impresas más accesibles, es decir, en los diarios,
resulta difícil contener el de seo de acercarse a los título s periodísticos de cualquier
época, pero especialmente de la c enturia decimonónica 15 , para indagar el proces o de
conformación de las sociedade s modern as porque la prensa es un instrumento
ideológico, no per se como han mantenido los sector es más conservadores de la
historiografía, sino por ofrecer una respuesta a las condiciones específicas en las cuales
se desenvuelve y por erigirse en un signif icativo determinante de las relaciones de
dominio entre los distintos grupos humanos en cada período. El proyecto ideológico
cobijado bajo las pretensiones inf ormativ as o doctrinales de todo periódico, asunto
capital de nuestras pesquisas, solicita enton ces unos presupuestos epistemológicos y
metodológicos capaces de ofrecernos los in strumentos pertinentes para adivinar “las
propuestas de lectura de la realidad social” que cada cabecera ofrece a sus lectores,
independientemente de la facción (la Iglesia, en este caso) parape tada tras esas pautas
que regulan el comportamiento y an iman el devenir de la humanidad 16 .
14 DUBY, Georges: Cap. cit., pág. 159.
15 Sáiz y Fuentes apuntan, no obstant e, que ese optimi smo en torno a la potenciali dad de la prensa como f actor
de dinamizació n se encontraba tristemen te truncado en la España del siglo XIX por la manifiesta incapacidad del
fenómeno periodísti co hispano de conquistar su independen cia gracias al progreso tecnológico y a la
consolidación de un sólido mercado mediante la ampliación del públic o lector. SÁI Z, Mª Dolores; y FUENTES
ARAGONÉS, Juan F rancisco: “La pr ensa como fu ent e histórica”, en ART OLA GALLEGO, Migu el: Enciclopedia
de Historia de España . Volumen VII. Alianza Editor ial, M adrid, 1993, pág. 543.
16 MORENO SARDÁ, Amparo: “Problemas meto dológicos de la historia de la pren sa: aplicación de la
informática al análisis de la s publicaciones”, en AA. VV.: Metodología de la hi storia de la prensa española . Siglo XXI ,
Madrid, 1982, p ág. 271.
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Comenzando por el primero de los aspectos mencionados, el estatus
epistemológico, deseamos adoptar como prem isa de pa rtida la consideración de la
prensa como herramienta a través de la cu al podemos conocer la evolución de los
acontecimientos y el impacto sobre las mental idades de los individu os protagonistas o
víctimas de dichos sucesos. En su papel de informadora y formadora de la opinión
pública, se convierte a todas luces en un material digno de ser historiable como
generadora de ciertos hechos, y no sólo por su fehaciente y constatada labor como
cronista de una época. Teniendo por forzos a la consideración de los diarios como
piezas claves en “la historia de los movimientos políticos, sociales e ideológico s, en cuyo desarrollo los
medios de comunicación han actuado muy a menudo co mo vehículos y, no poca s veces incluso, como
protagonistas o factores desencadenantes” 17 , es evidente la progresiva consolidación del
examen de la prensa como ente en sí y por sí, superando la primitiva ingenu idad de
considerarla sólo una fuente documental 18 más a la que cierto sect or de la historiografía
acude, no sin reticencias y co n desdén como se lament aba Weill, para obtener
información, sobre todo cuando ésta sustituye a archivos desaparecidos 19 .
Sólo si se trasciende este simple acercamiento 20 a una realidad de complejas
cualidades y valiosa misión, podrá desterrars e la noción del periód ico como reflejo más
o menos verídico de la realidad y aquilatar su capacida d para producir o condicionar lo
vivido por los miembros de una comunidad, gracias a la creación de un espacio social
adecuado a las motivaciones de l grupo responsable de la elaboración y difusión del
título periodístico 21 . De este modo, la prensa es produc to de una situación dada, atenta
17 FUENTES ARAGONÉS, Juan Francisco; y FERNÁNDEZ SEBASTIÁ N, Javier: Historia del periodismo español .
Prensa, política y opinión públ ica en la España contemporánea . Síntesis, Madri d, 1998, págs. 9-10.
18 Celso Almuiña Fernán dez realiza un rápido recorrido por la historia del empleo de los documento s
periodísticos co mo fuentes históricas en s u artículo “L a prensa escrita, como docu mento histórico”, en AA. VV.:
Haciendo Historia… Op. cit., págs. 615-624.
19 WEILL, Georges : El diario. Historia y fun ción de la prensa periódica . UTEHA, Méxi co, 1982, pág. 2.
20 Esa miopía de las historias descriptivas o, como mucho, interpretat ivas en refere ncia al contexto, a las cuales
critican Góme z Mompart y Marín Ot to por su defi cien te aproximació n al period ismo en relación con los
productos cul turales de su época y con la construcci ón social de los hechos. GÓ MEZ MOMPART, Josep Lluís;
y MARÍN OTTO , Enric: Historia del periodismo universal . Editorial Síntesis, Madri d, 1999, pág. 10.
21 Puede acudi rse, entre otros , a ALMUIÑA FERNÁ NDE Z, C elso: “Historia y opinión pública. Grandes
debates tra dicionales”, en A RIAS, Eloy; BARRO SO, Elen a; PARIAS, María; y RUIZ, María José (editor es):
Comunicación, Historia y Sociedad . Homenaje a A lfonso Braojos . Secretariado de Publicaci ones de la Unive rsidad de
Sevilla, Sevilla, 2001, págs. 25-46. Tambié n resultan interesantes la aportaci ón de Jesús Timoteo Álvarez en el
mismo volumen (“Cartografiando una nueva sociedad: la configuración del mercado de masas en Espa ña en
torno a 1900”, págs. 47-58) y l os planteamientos de la doct o ra María José Ruiz Acosta en sus trabajos sobre la
opinión pública y sus relaciones con la prensa: Sevilla e Hi spanoamérica. Prensa y opin ión pública tras el Desastre de 1898 ,
-25-
en su manera de informar y opinar a unos intereses particulares, reconociendo, con
Pelaz López, que “lo que nos interesa históricamente es tr atar de comprobar cómo se han ido
conformando las corrientes dominantes, a qué intereses o puntos de vista obedecen, por lo tanto, cuál es
el contexto en que se apoyan y, en de finitiva, con qué grado de eficacia” 22 . De este modo, la
prensa, más allá de ser una mera transmisor a de las instancias do minantes, adquiere su
máximo valor cuando se le reconoc e la cualid ad de ser una institución capaz de generar
conciencia en un momento y en un espacio da dos, manipulando la
información/opinión con el objeti vo de ejercer su influencia sobre otros sectores de la
sociedad para controlar, consecuentemente, las manifestaciones de la opinión pública 23 .
Con estos principios, nuestro empeño ra dica en recobrar el protagonismo
merecido y la esencia de su funcionalidad en el siglo XIX para un grupo social con
unas características tan específicas como es el cuerpo eclesial, tratando de superar con
nuestro análisis sobre la incursión periodís tica de la Igle sia esas líneas rudimentarias
citadas por Schudson y en las cuales ha n fructificado muchas prospecciones en el
terreno de la historia sobre comunicaci ón. En clara antítesis a estos enfoques
reduccionistas, pretendemos atender al periodis mo, en los términos de José-Vidal Pelaz
López, como “una de las más destacadas señas de identidad de la sociedad contemporánea” , capaz
de ser diseccionada por “el interés que desde hace ya algún tiem po ha despertado la prensa entre
los historiadores” 24 . Y no sólo entre los historiadores, he mos de decir, sino también entre
los comunicólogos que se acercan a él como fenómeno social, atendiendo a su
potencialidad para provocar cambios drásticos en los suce sivos conte xtos en los cuales
ha jugado su papel. Considerada creadora de causas y efectos 25 , debe ser urgentemente
traída en esta(s) nueva(s) historia(s) de la comunicación al primer plano ocupado por el
acontecimiento, material histórico de prim era magnitud con el c ual guarda una
influencia recíproca 26 , pues la prensa puede intervenir en la generación de un suc eso (a
Escuela de Estudios Hispanoa me ricanos – CSIC, Sevilla, 199 6 e Hispanoamérica en la prensa sevillana. El r eflejo público
de una crisis , Área de Cultura del Ayun tami ento de Sevilla, Sevilla, 1997.
22 PELAZ LÓ PEZ, José-Vi dal: Op. cit., pág. 1 0.
23 GÓMEZ MOMPART, Josep Lluís; y MARÍ N OTTO , Enric: Op . cit., p ág. 11.
24 PELAZ LÓ PEZ, José-Vi dal: Op. cit., pág. 1 3.
25 SCHUDSON, Michael: “Contextos de los medios de comunicación . Enfoques histó ricos a los estudios de la
comunicación”, en JENSEN, Klaus Bruhn; y JANKOWS KI, Nikolas W. (editores ): Metodologías cualitat ivas de
investigación en comunicación de masas . Bosch , Barcelona, 1993, pág. 211.
26 BOTREL, Jean-François; DESVOIS, Jean Mi chel; y AUBERT, Paul: Cap. cit., p ág. 517.
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apartado, al modo de relaciones de interc ambio comunicativo entre los hombres en su
adhesión a la economía, la organizac ión social y la psicología colectiva 49 .
Numerosos son los autores que en su pe riplo investigador se han manifestado
de acuerdo con esta importancia de lo loca l. Julio Antonio Yanes propone, incluso, el
camino a seguir por quienes se afanen en c onocer hasta el último det alle las relaciones
en un ámbito geográfico es pecífico, debiendo reducirse “la es cala de observació n de la
investigación hasta el punto de posibilitar un análisis minu cioso e intensivo de las fuentes” , poniendo
las bases para construir una historia “desde abajo hacia arriba” con el objetivo de dar
respuesta a los hitos y logros de las zonas privilegiadas en cuanto al desarrollo del
fenómeno mediático 50 , sin olvidar la aportación de e sas zonas periféricas más tardías en
su evolución informativa y más modestas en cuanto a su s aportaciones, pero igual de
oportunas para el profundo conocimiento que nos ocu pa. Así lo ha apuntado también
María del Carmen Simón Palmer con su defensa del “estudio de la vida local a través de estas
publicaciones, pequeñas en ocasiones si se atiende a sus características formales o de duración, pero
grandes en cambio por la riqueza de datos que nos suministran acerca del quehacer cotidiano” 51 .
Semejante opinión mantiene José-Vidal Pe la z López, quien resalta las ventajas
de esta actitud sin perder de referencia la historia total en este proceso de revisión
historiográfica. Para el autor, esta propues ta analítica de la cual nos apropiamos en
estas páginas no oculta su validez por las posib ilidades brindadas a la hora de conseguir
una exposición abarcable, fácilmente iden tificable y comparable con otras parcelas
locales, convirtiéndose en atalaya desde la cual observar las cuestiones más destacadas
de la vida de una determinada localidad co mo base ineludible par a el conocimiento
general del devenir humano, su ma de todas ellas. Mediante esta necesaria reducción
geográfica y sociocultural, como mantie ne en perfecta sintonía Amparo Guerra
49 BERNAL, Antonio Miguel: “Riesgo y ve ntura de la Historia Local”, en Actas del Primer Encuentro Provincial de
Investigadores Locale s . Diputación de Sevilla, Se villa, 2003, págs. 13-22.
50 En el capítulo colectivo de Mercedes Cabr era, Antonio Elorza, Javier Vale ro y Matilde Velázquez se apunta el
predomino absoluto de Madrid como centro difusor de publicaciones periódicas, situándose muy po r detrás
Barcelona y Sevilla. CABRERA, Merc edes; ELORZA, Antonio; VALERO, Javier; y VELÁ ZQUEZ, Matilde:
“Datos para un estudio cuan titativo de la prensa diaria madrileña”, en TUÑÓN DE LARA , Manuel; ELORZA,
Antonio; y PÉ REZ LEDESMA, Man uel (e ditores): Op. cit., págs . 91-92.
51 SIMÓN PALMER, María del Carmen: “La prensa local co mo fuente d e la ‘pequeña historia’” , en AA. VV.: La
prensa española durante el siglo XIX. I Jornadas de especialistas en p rensa regional y local . Ediciones Instituto de Estudios
Almerienses, Almería, 1987, pág. 125.
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Gómez, “la microhistoria procede a un análisis in tensivo del material documental, aplicable a
cualquier ámbito con independencia de las dimensio nes del objeto a estudiar , en una búsqueda que va
de lo particular a lo general para desvelar las rela ciones existentes dentro de las jerarquías del sistema
al que pertenece” 52 .
Con la intención de “revelar factores de cambio que se han demostrado opacos a
investigaciones de mayor escala” , ha sido esta inspiración hipe rnalítica en el terreno de lo
local (tan abonado para desarrolla r este tipo de inve stigaciones 53 ) la que nos ha
inspirado para acercarnos a “El papel de la prensa confesional en la
reorganización del Movimiento Católico español: Estudio de la proyección de
un modelo nacio nal al marco local sevillano a través de
E l C o r r e o d e A nd a l uc í a .
Número Literario
(1899-1902)” . Ello se debe a que no escapa a nuestras hipótesis
que en su calidad de órgano confe sional este ejemplar literario de la Buena Prensa no
hace sino abanderar en el terreno andaluz una actividad similar emprendida décadas
antes por los católicos europeos y posteriorm ente por los españoles, con el objetivo de
hacerse fuertes en torno a los mecanismos de la modernidad y contrarrestar a través de
ellos las heréticas estrategias de la impied ad obcecadas desde el si glo XVIII en eliminar
la presencia social de la religión en asunt os como la educación, la carida d o la
beneficencia.
Junto a la minuciosa disección de los parámetros locales y la explotación
informativa de la veta de lo “trivialmente cotidiano” 54 para comprobar sus peculiaridades o
concomitancias con el modelo estándar patr ocinado por los órganos del poder central
representado en la autoridad pontifica, he mos de mencionar también, al hilo de los
argumentos precedentes, nuestro firme compromi so de explicitar el papel de la prensa
52 GUERRA GÓMEZ, Amparo: “La historia oral. Interconexiones metodol ógicas y aplicación a la Historia de la
Comunicación Social”, en GÓMEZ MOMPAR T, Josep Lluís (coo rd.): Op. cit., pág. 47.
53 Así lo ha constatado Sara Núñez de Prado en su apor tación al volu men colectivo de la Asociación de
Historiadores de la Comunicación cuando afirma qu e esta tendencia ampliamente g eneralizada entre los
historiadores de la prensa “suele uti lizar un método regresivo que remonta el presente al pasado” , dando prefer encia a las
técnicas cualitativas en vez de cuan titativas y destacando por su fl exibilidad a la hora de acercarse a episodios
sectoriales de una historia diferenciada que emplea la evolución partic ula r de cada local idad para valorar su
diferencia o co ncomitancia con la historia general. NÚ ÑEZ DE PRADO , Sara: “Histo ria de la comunica ción (y
de la prensa) e historia so cial: propues tas metodológicas”, en ibídem, pág. 84 .
54 BOTREL, Jean-François; DESVOIS, Jean Michel; y AU BERT, Paul: Cap. cit., pág. 505. Sáiz y Fuentes
también se refi eren a ella com o la “arqueología de la vida cotidi ana” . SÁIZ, Mª Dolores; y FUENTES ARA GONÉS,
Juan Francisco: Cap. cit., pág. 528.
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como “institución que actúa en el seno de una sociedad transformándola” 55 , agente social
poliédrico en donde intervienen m ultitud de factores que debe n ser convenientemente
examinados para poder estar en disposició n de comprender el mensaje transmitido a
los lectores de su época, sin tergiversar mu cho su sentido en e l seno de la sociedad
actual. Si la relevancia se adquiere cuando se inserta en el marco social, cultural e
institucional en el cual se inscribe, la más plausible de las legitima ciones procede de esa
operación previa consistente en poner la prensa en relación con su momento .
Debemos proceder, por tanto, a contextualizar porque sólo podemos legitimar
nuestra interpretación sobre la base de la correcta incardinación en el contexto
cronológico (los cruciales años comprendidos entre 1899 y 1902), geográfico (la capital
andaluza y sede de la dió cesis gobernada por Spínola) y periodístico-ideológico (el
posibilismo del arzobispo sevillano para logr ar la anhelada unidad de sus felig reses y,
por extensión, de la comuni dad universal de católicos). Estas tres coordenadas no son
baladíes para nuestro proyecto de Tesis Do ctoral, el cual desea ofrecer un enfoque
riguroso y documentado sobre las incursiones pe riodísticas de la Iglesia en el pa norama
sevillano con el objetivo de ent ender el pr oceso de configurac ión de su opinión
pública. De este modo, apostamos por ofrecer una visión mucho más amplia que
expanda la cuantificación, descripción y aná lisis del medio (en nu estro caso concreto El
Correo de Andalucía . Número Literario ) al contexto local y global para establecer las
oportunas y necesarias comparaciones, presta ndo la debida atención al evento (el
producto), al proceso (el cont exto como situación histórica específica que ofrece pistas
para la comprensión) y a la estructura (ideolog ía) 56 de un soporte de las características
del arriba mencionado, un ejem plar litera rio promovido por el responsable de la
archidiócesis sevillana, Marcel o Spínola, para articular en torno a él un proyecto de
unidad que tuviera después plasmación en el campo político y permitie ra reorganizar a
las huestes católicas frente a la embestida libera l, habida c uenta de la ineficacia de otras
medidas como, por ejemplo, la obra de lo s congresos católicos finiseculares.
55 PELAZ LÓP EZ, José-Vidal: Caciques, apóstoles y periodistas… Op. cit., pá g. 9.
56 JENSEN, Klaus Bruhn: “El cambio cualitativ o”, en J ENSEN, Kla us Bruhn; y JA NKOWSKI, Nicolás W .: Op.
cit., pág. 30.
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A tenor de lo expuesto, debemos afrontar nuestra labor investigadora ante una
publicación de la fiso nomía ideológica de El Correo de Andalucía. Número Literario
entendiéndola como una apuesta contra ria –aparentemente– a la propaganda
ultramontana (deseosa de convertir el impres o en arma para proteger con belig erancia
la fortificación de Cristo) y que en sintonía con la tolerancia del sect or neotomista al
cual se adhiere apuesta por la difusión de los diarios al mayor número posible de
ciudadanos, si son católicos, para preservarlos en la observancia confesional, y, si no lo
son, para arrancarlos de las garras de la pren sa liberal, exitosa en sus labores a la luz de
la crítica situación en la cual se encuentra la organización eclesial. Estas palabras son la
muestra más evidente de que nos hallamos ante un esperanza do intento de utilizar el
periodismo como acicate ideológico contra la tendencia anticlerical especialmente
sentida por los sectores confesionales en la coyuntura del cambio de siglo, años en los
cuales se encuadra nuestro proyecto, y en una comunidad como la sevillana, espacio
privilegiado para el catolicismo por la perv ivencia en la ciudad de un fuerte sentir
devoto en torno a la actividad pu blicística y política de la deci siva figura de su prelado.
Pasemos a desbrozar estos dos aspectos más detenidamente, pues no podemos
encontrar mejor herramienta para explicitar las relaciones concretas mantenidas por
estos grupos sociales con sus respectivos textos, y viceversa, que proceder a un
diagnóstico exhaustivo de la realidad histórica en la cual se enmarca el nacimiento y
posterior evolución del periódic o elegido para nuestra Tesis Doctoral, al ser ella el
marco de referencia imprescindible para c o nocer las motivaciones implícitas en el
discurso periodístico y las propue stas ideo lógicas del mismo en consonancia con los
intereses de sus promotores. Para ello hemo s partido del uso de fu entes bibliográficas
localizadas en varias bibliotecas universi tarias andaluzas, así como en catálogos
colectivos de ámbito nacional, para delimitar el contexto en el cual el suplemento
literario de El Correo de Andalucía hizo de la unidad católica, frente a las doctrinas impías
y su materialización ministerial, la causa de su existencia.
La fase histórica inaugurada con la hecatombe en ultramar adquiere gran
relevancia para determinar el comportamiento de la Iglesia en el siglo XX, una vez que
la institución se esfuerza por normalizar su organización, sus recursos y sus estrategias,
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tras haber intentado sacar provecho de la cris is nacional del fin de siècle acusando a los
mismos que la responsabilizaban a ella de la pérdida de las colonias. La evidencia
histórica es diáfana para establecer nues tro marco cronológico ent re 1899, cuando la
sociedad española todavía sie nte vivamente abierta la brecha abierta por la pérdida de
Cuba y las Filipinas, y 1902, a ño en el que los ciudadanos, en general, y los católicos, en
particular, han podido comprobar que las esperanzas de regeneración moral nacional
apenas si han sido colmadas por los nuevos po líticos congr egados en torno al patético
discurso del regeneracionismo gubernamental. En su lugar, perviven los mecanismos
más execrables del turnismo y los turbios mane jos de una estructura administrativa que
ha vuelto a poner en el poder, para mayor am enaza de la fe, a las fuerzas liberales de
Sagasta con su retórica anticlerical y sus vi olentas acciones contra curas y religiosas.
La definición cronológica sería insustancial si no aludiéramos a su complemento
geográfico pues, aunque el período referido es vital para el discernimiento de la historia
hispana, no es menos signific ativo reconocer el poderoso condicionante ejercido por
una ciudad como la capital andaluza sobr e su feligresía a la hora de acatar las
instrucciones dictadas por el Papa y el prelado hispalense. De este modo, el
conocimiento de la evolución de la urbe ofrece un poderoso anclaje explicativo para la
elección de Sevilla, no sólo po r localizarse en ella la se de diocesana responsa ble del
ejemplar traído a la palestra de nuestras pe squisas, sino también por su relevancia social
y política como primera concreción andaluza –poco fructífera, según veremos– de ese
ideal perseguido por cierto s ector de la jerarquía para su perar las individualidades y
comprometer a los fieles en apretado haz en un programa de acción común, donde
pudiera ser posible la desaparición de las hostilidades . En este sentido, Sevilla se
convierte en una acot ación geográfica inmejo rable para indagar el maridaje entre la
fortaleza de las orientaciones periodísticas co nfesionales, cuando se trata de reorganizar
a sus lectores en una sólida entidad pública, y la posterior creaci ón de órganos políticos
con una presencia efectiva en los engranajes gu bernamentales. En el caso de la c apital
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andaluza, la ocasión la brindará El Correo de Andalucía , siendo la formac ión derivada de
su actividad propagandística la Liga Católica, surgida en 1901 57 .
Esta primera fase meramente descriptiva del contexto histórico resulta esencial
para acometer con éxito cualquier incursión po sterior en los ejes temáticos y estrategias
periodísticas y comprender la lógica de func ionamiento interno de los textos, pues de
ella depende nuestra comprensión de que unos temas aparezcan en una determinada
coyuntura y no en otra, como apostillan Desvois, Aubert y Botrel:
Es decir que todo estudi o de prensa debería empezar por el de las condiciones económicas,
técnicas y sociales en que se desenvuelven la publica ción qu e se quiere analizar. Sólo después de ello
puede empezarse a hablar de contenidos 58 .
El escrutinio de las fuentes bibliográfic as es un requisito fundamental a fin de
interpretar adecuadamente los textos peri odísticos que sirven de base a nuestra
investigación, segundo paso de nuestro trabajo. Éste puede definirse como el análisis
de la visión de la realidad ofrecida a los lectores de acuerdo con los principios
editoriales del semanario elegido, cuya pr opuesta se corresponde con una determinada
corriente de opinión y con una perspectiv a desde donde constr uir una visión del
mundo. Sólo con esta experiencia será posible reconocer el funcionamiento de un texto
como elemento de persuasión en manos de un grupo de po der (la Iglesia) que insiste
en abordar ciertos acontecimien tos para ver favorecida su cruzada contra la herejía
gracias a la difusión de mode los interpretativos mediante lo s cuales parece factible la
recuperación de los ancestrales paradigmas en el clima de una honda crisis de
conciencia nacional.
Para esta fase posterior a la contextualiz ación entregada al discernimiento de los
documentos hemerográficos queremos reseñar, brevemente, nuestro enriquecedor
periplo por los archivos de El Correo de Andalucía , la Hemeroteca Municipal de Sevilla,
la Hemeroteca de la Biblioteca de la Facult ad de Geografía e Historia de la Universidad
57 RUIZ SÁNCHEZ, José Leonardo : “Mag isterio de la Iglesia y poder polític o en la Sevilla de la Restauración
(1881-1890), en Trocadero , Revista de Historia Moderna y Co ntemporánea, n º 5 , F a c u l t a d d e F i l o s o f í a y L e t r a s d e
la Universidad de Cádiz, Cádiz , 1993, pág. 87.
58 BOTREL, Jean-François; DESVOIS, Jean Mi chel; y AUBERT, Paul: Cap. cit., p ág. 515.
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de Sevilla y, finalmente, la Bibliote ca Nacional de Madrid; viajes científicos gracias a los
cuales hemos tenido la sin par oportunidad de trabajar con los ejemplares originales, en
los cuales nos hemos encontrado con otra vers ió n de la realidad social a la que a ntes se
han acercado los expertos en su objeti vo por ofrecer una exégesis de la misma
mediante esa construcción denominada por Amparo Mor eno Sardá “realidad histórica” .
Nos referimos, ahora, sin embargo, a la “realidad informativa” , “conjunto de propuestas
ideológicas […] que hacen de la prensa instrumento gener ador de pautas de lectura de la realidad
social” 59 . A ella se accede desbrozando los co ntenidos del semanario literario de El
Correo de Andalucía e integrándolos, posteriorm ente, en un todo con sentido para evitar
que el examen minucioso de los temas y discursos nos haga perder la visión de
conjunto, o que, como sostiene Rosa Cal, no s contentemos con limitar el aná lisis del
sistema comunicativo a los motivo s recogidos por los periódicos, “añadiendo, eso sí, una
descripción del contexto y algo de legislación” 60 .
Claramente insuficiente esta práctica si queremos desentrañar el modelo
ideológico propuesto por la Iglesia en el moderno púlpito del periodismo, acceder a sus
tribunas de una manera sistemática y efectiva para observar no sólo lo evidente sino
también lo latente, puede hacerse reconocie ndo que, si bien el testimonio cronológico
es el báculo principal en el cual se apoya la escritura de la historia, esta linealidad
teológica debe dejar paso en nuestro itinerar io narrativo a lo causal. Sólo atendiendo a
esta consideración podr emos atestiguar los pr incipales ejes temáticos sobre los cuales la
propaganda católica organiza su campaña a finales del siglo XIX y validar nuestra
interpretación. Por ello, puesto que lo im portante es la historia social de las
interpretaciones de determinados acontecimi entos convertidos en tópicos discursivos,
hemos dado primacía a las gran des líneas de significación pu estas en circulación por la
Iglesia a través del canal periodístico, aun que muchas de ellas se mantengan al margen
de la actualidad inf ormativa y hagan de su intemporalida d un factor crucial para
59 MORENO SARDÁ, Amparo: “‘ Realidad histórica’ y ‘realidad informat iva’. La repro ducción de la realidad
social a través de la pr ensa”, en TUÑÓN D E LARA, Manuel (director) : La prensa de los siglos XIX y XX… Op.
cit., pág. 148.
60 CAL, Rosa: “Nuevas fuentes para nuevos contenid os”, en GÓMEZ MOMPART, Jo sep Lluís (coord.): Op.
cit., pág. 21.
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explicar su recurrente aparición en un disc urso al que interesa el calado emocional de
los temas promocionados por la doctrina, no su rabiosa noticiabilidad .
En segundo y no menos relevante lugar, de bemos acentuar el razonamiento
crítico del discurso periodístico mediante una aproximación a sus propias leyes y a su
naturaleza, con el objetivo de poder utilizarlo como excepcional fórm ula de
conocimiento de una sociedad. Si no, cualquier realidad informat iva obtenida gracias al
análisis de la línea edit orial quedará mermad a en su contribución al paradigma al cual
nos hemos adherido y supondrá, como apunta Celso Almuiña Fernández, “levantar un
castillo sobre arenas movedizas” . De este modo, hemos dado debida cuenta de todos los
elementos anteriores “para situar al portavoz dent ro de sus propias coordenadas” 61 y, por ello,
hemos respondido a los interrogantes sobr e los orígenes y la génesis del rotativo
elegido, con especial atención a la persona li dad de su fundador, Marcelo Spínola, y a
sus motivaciones para promocionar una cabe cera con las características del número
literario de El Correo de Andalucía , asumiendo el cardenal el capital necesario con el fin
de poner en circulación este periódico al se rvicio de los intereses confesionales como
reflejo de las exhortaciones de la Santa Sede.
Asimismo, hemos tratado de desvelar un , en nuestro caso complicado, punto a
la hora de retratar con la ma yor rigurosidad posible el pres ente objeto de estudio como
es el de ofrecer una mínima biografía de lo s redactores que compon ían la plantilla del
decano de la prensa andaluza, pues muchos de los nombres firmantes de las let rillas,
coplas, poemas, artículos, comentarios y crónicas contenidas en sus páginas se
circunscriben al ámbito de lo loca l (José Domínguez Fernández, Sa lvador López Silva,
Augusto L. Núñez, José María López Pé rez, por citar sólo algunos) o aparecen
escondidos tras seudónimos (P onos, Nuncios, Tasso, o el simbólico Pedro El
Ermitaño, por ejemplo) o siglas (Z, R. F. G., M. A . Y . M . , J . d e l P. ) d e l o s c u a l e s n o h a
quedado ninguna constancia en obras como el Catálogo de periodistas españoles del siglo XX
de López de Zuazo ni en la Biblioteca de autores andaluces . Una práctica, por otro lado, que
61 ALMU IÑA FERN ÁNDEZ, Celso : “Pre nsa y opinión pública. La prensa como fuente histórica para el estudio
de la masonería”, en FERRER BE NIMELI, José Antonio (coord.): Masonería, política y sociedad . C entro de
Estudios Históricos de la M asonerí a Española, Có rdoba, 1989, pág. 245.
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no debe extrañarnos pues era realizad a con normalidad por ciertos autores 62 que
deseaban ocultar voluntariamente su identida d, como apunta Mª Dolores Sáiz, aunque
ello haya ocasionado numerosos quebraderos de cabeza a los investigadores que se
encuentran ante una informació n dispersa y de difícil acceso 63 . De este modo, sólo en
los casos en los cuales se ha encontrado una mínima biografía del autor seleccionado
(Cayetano Fernández, José Anto nio Calcaño, José Selgás, Lui s Ram de Viu, Juan Rico y
Amat, Miguel Álvarez Chape, José Zahonero , Tomás Muñiz, Modesto Abín y Pinedo)
se incluye ésta junto al correspondient e análisis del artículo selecciona do,
prescindiendo, no obstante, de literatos y dramaturgos sobradamente conocidos de
épocas pretéritas de los cuales es normal publicar ciertos extractos en el Número
Literario (Lope de Vega o Calderón de la Barca, entre otros).
Para completar esta enumeración, he mos de atender también de manera
fundamental a la estructura técnica y formal del ejemplar, estudiando el perió dico en sí
mismo, con especial relevancia de la dis posición de los textos, así como los géneros
más destacados, la tipografía, sus mecanismos de distribución y venta, etc., cuestiones
todas ellas que debemos relativizar en nu estro caso, teniendo en cuenta que nos
encontramos ante un ejemplar de prensa ideo lógica en las postrim erías del siglo XIX y
que no se ha dado todavía el salto en las filas católicas a esa estructura empresarial
informativa causante de una serie de impo rtantes transformaciones en las rutinas de
producción, en la fisonomía y en los conten idos de los diarios. Si es comúnmente
aceptado por los teóricos de la prensa de masas que el reparto de las unidades
informativas en un espacio u otro del di ario sirve para resaltar o aminorar su
significación, creando un valo r añadido gracias a la ubicac ión en la página (primera,
última, par, impar), el lugar dentro de la mi sma (diagonal de lectura), la extensión, el
número de columnas, el cuerpo tipográfico, el color, la presencia o no de ilustraciones,
la relación con otras unidades, etc., factores cuantitativos fácilmente identificables en
esa prensa ya sometida a los designios de lo empresarial, en nuestro caso debemos
62 Un claro ejemplo lo tenemos en el periodista sev illano José Laguillo durante su p eriplo por órganos como La
Iberia y El Porvenir . Véase BRAOJOS, Alfonso; y RUIZ ACOSTA, María José: José Laguillo, p eriodista sevillano.
Estudio y te xtos . Ámbitos p ara la Comunicación 4. Grupo de Inve stigación en Estructura, Historia y Contenidos
de la Comunicación (Universidad de Sevilla), Sevilla, 2000, pág. 16.
63 SÁIZ, Mª Dolores: Historia del periodismo en E spañ a. Los orígenes. El siglo XV III . Alianza Editorial, Madrid, 1 983,
pág. 11.
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apuntar un claro déficit en es ta apartado, no sólo porque el lenguaje formal prefiera el
artículo doctrinal frente a lo informativo (la sección de noticias quedará relegada en su
brevedad a la última de las páginas de l suplemento) y las variaciones form ales
respondan preferentemente a la estética, si no porque para dar respuesta a su proyecto
ideológico el discurso anal izado se sirve, como no po día ser de otro modo si
atendemos a su encabezamiento, de todo tipo de textos literarios a los cuales debemos
resaltar como una fuente de investigación sin agotar.
De este modo, la tematización sobre los topoi , los loci , las figuras retóricas, los
símbolos, las metáforas, los emblemas, l as alegorías, los motivos, las palabras matriz , la
ficcionalizac ión de realidades periodís ticas, el uso y a buso de personajes 64 –hér oes y
antihéroes, protagonistas y antagonistas que si empre se elaboran sobre el perfil de un
católico y de un impío–, etc., permiten manten er la especificidad de l discurso literario
y, como apunta Romero Tobar, generar si n las constricciones de la actualidad la
“apelación a un lector más allá del receptor inmediato de la efímera noti cia de todos los días” 65 . Así
pues, las formas literarias insertadas en el discurso de la prensa del siglo XIX
(encontraremos en el Número Literario anuncios de libros, folletines, artículos de
costumbres, cuentos, poemas, fragmentos de novelas y piezas teatrales, crónicas y
críticas) “pasan a desempeñar en los periódicos funcion es de comunicación diversas de las cumplidas
hasta estos momentos” 66 , porque su vinculación política e ide ológica hace que la prosa o el
verso puedan tener suficiente potencialidad e n e l t e r r e n o d e l adoctrinamiento para
movilizar a los lectores, más allá de la am enidad proporcionada por estas formas a las
plataformas periodísticas.
Gracias a las letrillas y canciones, a los poemas y cuentos, la Iglesia conseguirá
socializar a sus fieles en los fundamentos esenciales de un sistema estructurado sobre la
identificación entre el catolicismo y el pa triotismo, tergiversando la historia para
presentar la libertad religiosa como un ma l de peligrosas repercusiones sobre una
64 CHILLÓN, Albert : Literatura y Periodismo. Una tr adición de relaciones promiscuas . Aldea Global, Servei de
Publicacions de la Universitat de Val encia, Valencia, 1999, pág. 408.
65 ROMERO TOBAR, Leonardo: “Prensa periódica y discurso literario en la España d el siglo XIX”, en AA . VV.:
La prensa española durante el sig lo XIX. I Jornadas … Op. cit., pág. 101.
66 Ibídem, pág. 98.
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divina como basamento de l poder político e imponían leyes asumidas racionalm ente y
una moralidad construida sobre la base del naturalismo, defensor del Estado como una
realidad de derecho natural factible si se protegían las libertades del hombre 71 .
El ámbito privilegiado de la fe res ult aba, así, amenazado por la preponderancia
de lo humano frente a la religión, hacia la cual los hom bres ya no mostraban ningún
respeto en su papel de paradigma interpreta tivo del mundo. Se ponía en duda que la
creencia en un conjunto de dogmas pudier a pr oporcionar una perspectiva objetiva del
mundo tangible al que el propio hombre podía aferrarse gracias a su razón, a sus
inagotables capacidades cientí ficas, a su inquebrantable volu ntad, a su afán por la
acción, a su interés por saber cada vez más cosas, a su indeclinable confianza en el
progreso, a su orgullosa conciencia de que su audacia y su ambición lo elevaban a la
categoría de dueño del universo y responsable de su propia felicidad en el mundo que
le había tocado vivir. Esta creencia ilimit ada en sus cualidades se plasmaba en un
elevado orgullo de sí mismo por su capa cidad para construir el universo, tarea
anteriormente reservada a la Divina Providencia y a la Iglesia.
Con esta hegemonía antropocéntrica se in auguraba un período de prosperida d
económica, demográfica, científica e intelectual, en el que el progreso material se
definía como el auténtico paradigma de un modelo de vida con la ciencia y el
pragmatismo en el estatuto de únicas actitude s seguras, infalibles y verificables según
leyes universales deducidas mediante la aplic ación de un riguroso método experimental
basado en la observación de lo dado y en el destierro de las elucubraciones
especulativas. Estos planteamientos de abso luta certeza ante la verdad proporcionada
por el progreso –garantía de futuro sobre la base de un presente controlable por el
hombre y no en la espera de un mañana celes tial feliz– animó los gritos de júbilo y
optimismo proclama dos por los valientes ad eptos de la fe en la ciencia como
71 Se invierte la tesis defe ndida por la Iglesia católica de que la re ligión hace el Estado y se instau ra el
planteamiento de que es la sacralizada razón de E stado la que inspira el cred o. Esta secularización del en te estatal
implicaba la completa desvinculación Altar-Trono y la tota l autonomía de la política. Los Estados advirtiero n que
podían sobrevivir no sólo al margen de la religión, sino sin ella, prescindiendo de la tutoría sumini strada por la fe
a los hombres en las soci edades occidental es. Esta nueva verdad era el resultado del proceso de laiciz ación
inaugurado co n la disolución de la teocracia m edieval y la individualización del pod er político, que pasaba a
entenderse como un arte del ejercicio humano .
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incontestable dogma universal que nadie se atrevía a poner en duda. Se trataba, en
definitiva, de un conocimien to que ofrecía al hombre la respuesta a las preguntas
planteadas desde el inicio de los tiempos sobr e su origen, su naturaleza y su futuro, a
las que la religión no había podido contestar satisfactoriamente y para las cuales el
positivismo ofrecía una imagen exacta.
Las nuevas corrientes filosóficas que i rrumpieron en el panorama cognitivo
europeo tenían, además, su correlato en los órdenes social y polít ico, en los que el
mantenimiento del estamento ecl esiástico, junto con la nobl eza, constituía la pieza
clave de un rancio ar tificio opuesto al progreso hacia el que se encaminaban con
vehemencia las doctrinas del li beralismo y su equivalente ci entífico, el positivismo, los
cuales hicieron su entrada en las sociedades oc cidentales a través de la industrialización
y la implantación de originales modelos políticos 72 . Se imponía como resultado de
dicho proceso una concepción donde se priv ilegiaba la propiedad de todo tipo –
económica e intelectual– de la cual pudiera obtenerse algún provecho para la sociedad
y en la que se desterraban los estamentos pr ivilegia dos por el hecho de haber nacido en
el seno de una familia cuyo abolengo les ex imía de las obligaciones laborales, del pago
de los impuestos y les aseguraba su nivel de vida con arcaicos tipos de vinculación
propietaria. En esta categoría se encont raba la Iglesia que, de acuerdo con los
principios revisados en el Concilio de Tr ento para asegurar su pervivencia tras la
disidencia planteada por la Reforma 73 , venía a oponerse diametralmente al lema de
utilidad gratificado por la ideolog ía liberal y ligado en sus más profundos fundamentos
a las necesidades de la clase que a partir de entonces pasaba a detentar el dominio de la
vida económica y política, la burguesía, pa ra la cual el virtuosismo de un hombre
radicaba en su capacidad de reportar algún beneficio.
72 CASTRO ALFÍN, Demetrio: Los males de la i mprenta: po lítica y li berta d de imprenta en una sociedad dual . CIS, Madri d,
1998, pág. 1.
73 La reformulación de las doctrinas, la reorganización del gobierno eclesiá stico, el enriquecimiento de la
legislación de la Iglesia, la camp aña de concienciación del pueblo s obre los males de los nacionalismos
exacerbados que discutían el principio de unidad católica, la refo rma de las costumbres del clero y los laicos, la
aclaración de la s relaciones ent re Iglesia y Es tado para logra r el respaldo est atal como medio indispens able del
éxito, el fortalecimiento de l papel del Papa, la infalibilid ad del poder doctrinal de la Igl esia para interpretar y
enseñar el men saje divino, etcétera, fueron los principios en los cu ales se inspiró Roma al objeto de s eguir en
activo a pesar de los ataques recibido s desde el movimien to reformis ta. Para un desarrollo de este t ema véase
WILLAERT, Leopoldo: La restauración católica. EDICEP, Vale ncia, 1976.
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Si bien la incongruencia con los valo res mat eriales de provecho y progreso
burgués inspiró críticas brutales hacia el es tamento eclesiástico, no fue éste el único
sector desde el cual se instigaron los r ecelos hacia la clase c onfesional, pues la
pervivencia de la organización r eligiosa también suponía un an acronismo en las
sociedades modernas partidarias del triunfo de las posturas regalistas. Obstinadas estas
ideas en hacer prevalecer el poder civil sobre el eclesial en antítesis al ultramontanismo,
defensor acérrimo de la máxima autorida d pa pal, pretendían aquéllas poner fin a la
disputa mantenida desde los tiempos del Edicto de Milá n sobre la difícil coexistencia
entre la ciudad terrena y la celestial, ponien do bajo el yugo de la administración y la
legislación ordinaria a los sacerdotes como había sucedido, por ejemplo, en Francia,
donde se había aprobado en 1791 la Consti tución Civil; norma de primer rango que
convertía a los curas en funcionarios del Es tado mediante el juramento constitucional y
la obediencia absoluta a las instituciones gubernamentales.
De acuerdo con estas dos premisas, prog reso y regalismo, al improductivo y
extemporáneo clero era necesario castigarlo (de ahí que se autoriza ra, por ejemplo, la
desamortización), porque no cont ribuía en nada al estado de c osas presente. Un
desfase del que daban buena muestra, por ejem plo, los desequilibrios de la estructura
administrativa eclesiástica, más semejante a un pu zzle que a un ente cohesiona do tras
casi dos milenios de vida, con se des dio cesanas de primera y segunda categoría cuya
existencia no respondía a la realidad demogr áf ica de los núcleos rurales y urbanos sino
a la tradición 74 . En otro orden de cosas, el número de religiosos era desproporcionado
y se encontraba desigualmente repartido por el territorio, además de no contar con un
estatuto donde se contuvieran sus obligacio nes y derechos. Asimismo, la distribución
de las rentas parroquiales no se realizaba de manera equilibra da y concentraba las
riquezas –procedentes de las transferenci as desde los presupuestos– en unas pocas
manos mientras una significativa mayoría vi vía sólo de la caridad de los fieles.
Finalmente, la formación de buena parte de los miembros eclesiásticos no era tan
elevada como había distinguido a la institución en siglos precedentes.
74 Para profundizar en este tema, véanse los ca pítulos p rimero y segundo de CALLAHAN, William J.: Iglesia, poder
y sociedad en España (1750-1874) . Nerea, Madrid, 1989. Asi mismo, puede consultarse CU ENCA TORIBIO, José
Manuel: Iglesia y burguesía en la España liberal . Edi ciones Pegaso, Madri d, 1979, págs. 21-23.
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En definitiva, la revolución había soca vado los cimie ntos de autorida d del
Antiguo Régimen rompiendo la unidad antaño fundamentada en una cierta
arquitectura política –las monarquías de cort e absolutista– y en un régimen religioso
justificante de la misma. A ello debemos añadir, además, el debilitamiento de la
integración social proporci onada por el sentimiento religios o como consecuencia
directa de los tempranos desengaños que lo s primeros optimismos en torno al proceso
de industrialización generaron. El ascenso de la burguesía, con la implantación de las
nuevas relaciones productivas del modelo capitalista industrial en el que una
mayoritaria clase desposeída era explotad a por una minoría propietaria, facilitó la
expansión de las doctrinas so cialista y anarquista, en la s cuales también era posible
advertir un alejamiento de las obligaciones litúrgicas, en consonancia con su crítica
hacia la manipulación derivada de un cont enido ideológico someti do a los imperativos
de la clase dominante como era la religión.
Las promesas de igualdad y me jora para las clases trab ajadoras, las aspiraciones
a una nueva organización laboral en los nú cleos fabriles que permitiera plasmar las
potencialidades de los individuos, la consid er ación de la fábrica como garante de la
riqueza y la prosperidad, etc., se vieron pr onto incumplidas por los problemas sociales
suscitados a raíz de la revolución industri al (salarios bajos, jornadas extenuantes,
concentración en barrios insalubres) y porque el apoyo de las masas urbanas populares
a los partidos políticos –que sólo en teoría recogían sus pretensiones– no encontr ó una
respuesta adecuada a los interrogantes plante ados sobre la mejora de sus condiciones
laborales y vitales. Los obreros, iluminados por la emancipación de las reivindicaciones
burguesas bajo las que antaño se habían cob ijado, volvieron entonces sus ojos hacia
unas corrientes escasamente relacionadas co n las armó nicas soluciones preconizadas
desde los sectores propietarios y depositaron su confianza en un a ideología moderna
que, consciente de su opresión, creía en un orden diferente al de los dueñ os de los
medios productivos, independientemente de que la organización de sus acciones se
planteara en términos del domi nio de los instrumentos estatales para sustituirlos por
otros regidos desde instancias proletarias (socia lismo) o de la liquidación de la soc iedad
y del Estado para alcanzar la vida en libe rt ad en un orden natural al margen de
cualquier construcción burocrática (anarquismo).
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Con este esquema de pensamiento mode rno dom inado por el liberalismo, el
positivismo y el socialismo, no es de extrañar que el catolicismo se sintiera amenazado
al desplazarse en lo público y en lo priv ado su omnipotente presencia en el tejido
social. La pérdida de influencia y la de sarticulación mostraban la necesidad de re-
cristianizar Europa, como los intrépidos aventureros y misioneros habían hecho con
las comunidades indígenas de los países a los que llegaban en su aventura imperialista y
colonial. El peligro de la herejía no se pe rcibía ahora como algo externo o lejano que
ocurría en las posesiones ultramarinas, sino que obligaba a mirar hacia su interior al
descubrir la duda de las conciencias en quien es habían sido sus fieles. La institución
estaba conmocionada por la pérdida de creyentes, por la disminución de su control
ideológico y por la an ulación de su manejo en la vida po lítica, conseguido de manera
tan característica gracias a la actividad de l as camarillas clericales y a la materialización
de la moral católica en los reglamentos ela borados por los gobiernos desde hacía siglos.
Había llegado el momento de rebelarse, de pasar a la acción, a la protección
efectiva de los principios cristianos de acuerdo con unas directrices que dejaran
constancia de los estériles resultados obt enidos con la actitu d anatematizadora del
Syllabus y del excepcional magisterio de los mismos para la jerarquía eclesiástica, que
había aprendido lo inapropiado de la lentitu d con la cual se había tratado de afrontar la
pérdida de su protagonism o. El reconocimie nto de que su estatismo, frente a la
celeridad de las transformaciones a las que se veían abocadas irremediablemente unas
sociedades cada vez más laicas, no aportaba ningún beneficio favoreció el viraje en la
monumental tarea de recuperación del indivi duo en consonancia con los nuevos aires
de flexibilidad defendidos por el prelado responsable de la sede vaticana tras el
intransigente Pío IX, León XIII, dispuesto a emprender una of ensiva contra la
desacralización mediante la novedosa fó rmula de adaptar los nuevos valores sagrados del
liberalismo a las normas eternas de la moral cristiana, o viceversa, sin sufrir variación
sustancial alguna en sus principios doctrinale s. Prueba de esta actitud conciliadora con
la sociedad de su tie mpo sería el reconoc imiento de la II I Re pública francesa y la
Alemania del canciller Bismarck, inmersa ésta última en un profundo movimiento laico
de reordenación social c onocido c on el nombre de Kulturkampf para luchar contra la
enseñanza católica y la influencia del clero.
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Tras esta inflexión en las directrices de la sede romana, la movilización general
de los fieles agrupados en to rno a su Papa frente a una so ciedad magnificada desde los
sectores católicos en su flagrante marginac ión de la moral tradic ional fue, casi sin
solución de continuidad, el hor izonte que enmarcaría toda la acción política y social del
episcopado leontino (1878-190 3), pues animaba al Pontífice resistir de una forma
sistemática y unitaria las calamidades y pe ligros sobrevenidos tras los embistes del
sistema liberal. La fórmula se ofrecía en toda su diafanida d a León XIII, para quien las
múltiples facetas de su proyecto, ta n delica do como necesario, confluían
indefectiblemente en la magna estrategia de impregnar las ins tituciones civiles
imperantes con el espíritu del cristianismo y restaurar la influencia de la Iglesia en la
vida pública, de donde s e había encargado de expulsarla la heréti ca catequesis difundida
desde la Ilustración y, fundamentalmente, desde la Revolución Francesa.
En palabras de José Manuel Cuenca Toribio, desde Roma monseñor Pecci
advertía que “el catolicismo había dejado de ser el gozne enquiciador de su unidad” y que la
convivencia organizada sobre él se ha llaba en inminente peligro de muerte 75 . La
consecuencia del proceso abierto contra la Iglesia no podía ser más tajante: la
indiferencia ante la religión y la enérgica proclamación de las nuevas libertades
desamparaban a la institución eclesiástica, inca paz de reelaborar su disc urso y adaptarlo
a los nuevos tiempos para perpetuarse. Po r eso urgía la progresiva organización y
coordinación de las obras impulsadas por los católicos para recuperar los resortes de
poder arrebatados impunemente de sus m anos en terrenos como la e ducación, la
propaganda, la difusión del conocimiento científico, la celebración del culto, la
configuración de la identidad colectiva nacional, o la dirección de los actos legislativos
y ejecutivos de los gobiernos.
Las nuevas realidades político-sociales al umbradas por el hijo legítimo de las
Luces y de las revoluciones burguesas del ochocientos, el liberalismo, habían
despertado los ánimos de los espíritus más to lerantes y acordes con las tesis posibilistas
de León XIII, para quien la Iglesia de bía empezar a andar por nuevos senderos
75 CUENCA TORIBIO, José Manuel: Catolicismo social y político en la España contemporánea (1870-2000) . Unión
Editorial, Madrid, 2003, pág. 17.
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insinuados a los católicos bajo los concep tos de soberanía nacional, democracia o
representación política, términos anteriorme nte denostados por la jerarquía eclesial más
recalcitrante al ser los empleados, precisam ente, por aquellos sectores responsables de
su estado de postración. Bajo el marbete de la re-cristianización universal, la Ig lesia de
Pecci intentaría no desfallecer en la cons ecución de sus principi os doctrinales para
frenar todas y cada una de esas manifestac iones de la vida mo derna que se habían
significado desde el arrolla dor triunfo de la razón humana como episodios de una
“revuelta universal contra Dios” 76 , personalizada en el ro borante imperio del orde n
temporal sobre la hegemonía secular de las leyes divinas. Pero ahora la respuesta se
adaptaría a los tiempos vigentes y emplearí a los mismos métodos de actuación de los
liberales y demás correligionarios del proces o secularizador que recorría céleremen te la
Europa decimonónica. La prens a, el asoci acionismo y el partido católico serían,
entonces, las armas blandidas por clérigos y seglares con el objetivo de incidir
cristianamente en la sociedad que les había tocado vivir e impregnar con su sentimiento
religioso un Estado que, tras la pérdida de la s oberanía temporal de los Papas, regía los
designios de los indivi duos, creyentes o no.
Con estas premisas nacía el Movimiento Católico en los países de tradición
teocrática donde se había perdido una pr esencia e influencia hasta el momento
incontestadas. A los fieles tocaba entonces decidir si, tras avivar su fe las enseñanzas
doctrinales de León XIII, querían intervenir activamente en la vida pública con un
criterio específicamente confesional o si, por el contrario, deseaban mantene rse al
margen de este talante de entendimiento con los gobiernos liberales y esperar la
reinstauración del reinado de Crist o tras la llegada del Apocalipsis.
76 Ibídem, pág. 21.
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2. La respuesta de la Iglesia a través del Movimiento Católico
Como consecuencia del anquilosamiento y aburguesamiento de la institución
eclesiástica, debilitada en su hegemonía por el innegable triunfo libe ral e individua lista,
las conciencias más inquietas del sector se ap restaron a recuperar la influencia de siglos
precedentes cuando se legitimaba una unidad que ahora se desgajaba
irremediablemente. El reconocimiento del vertiginoso despliegue de la a postasía
nacional por todas las sociedades –y la es pañola, como tendremos ocasión de ver a lo
largo de estas páginas, no era ningu na excepción– animó diversos ensayos de
restauración del poder mediante fórmulas que desde la controvertida política
evolucionaron hacia me didas más sociales, en las cuales se reservaba un alto grado de
responsabilidad a los seglares. Dicha organiz ación recibió el nomb re de Movimiento
Católico y significó el inicio de la incursi ón católica en la vida pública como fenómeno
histórico organizado 77 .
Todo ello se debía, como hemos reseñado anteriormente, a la perseverancia de
León XIII quien, ansioso por separarse de ese sector más exaltado al que la herejía de
los tiempos modernos había obligado a posiciona rse en el retraimiento o en el boicot
de las decisiones minister iales (en línea con el non expedit surgido a raíz de la cuestión
romana 78 ), anhelaba conquistar la sociedad pa ra la cristianda d y liberarla de las
peligrosas ideologías subversivas sin que en ningún momento se ide ntificaran sus
exigencias con un regreso al Antiguo Régimen, pues era éste un ideal inalcanzable de
acuerdo con el curso de los acontecimientos. Frente al radicalismo de Pío IX, apoyado
en su intransigencia por la cuantía del cler o durante su mandato y los recelos ante la
acción estatal, el nuevo Pontífice no dudó, para cumplir sus objetivos, en servirse de
los mismos instrumentos empleados por las nuevas corrientes ideológicas laic as y
77 Es necesario que r ealicemos una breve aclaración de est e concepto de acuerdo con la t erminología mantenida
por Feliciano Montero Garcí a, quien diferencia entre “Mov imiento Católico” y “Acción Católica”. Mientras aq uél
se corresponde con el pontific ado de León XIII y está más orientado a la s cuestiones sociales, a la preservación
de la sociedad civil, ésta se co rre sponde excl usivamente con la acción relig ioso-formativa apostólica en senti do
estricto, desligándose de la sindical y la política. Para otros autores, José An drés-Gallego por ejemplo, no existe
distinción alguna al resp ecto y se ma nti ene el genérico “Acción C atólica” pa ra la respuesta de los fieles de
acuerdo con las en señanzas de la Santa Sede.
78 La expresa prohibición vaticana de pa rticipar en la vida pública tras la pérdida de la so beranía del poder
temporal papal en el proceso de configuración del Reino de Italia.
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seculares, siendo la política el primer cam po sobre el cual trataría de articular León
XIII la progresiva agrupación de los católi cos, una esfera desde donde se podrían
conciliar respuestas contundentes para evitar la vulneración de sus intereses contenida
en los múltiples pronunciamientos legislativos de los Estados. Más flexible, por tanto,
con los regímenes liberales vigentes que su predecesor, la política religiosa copó desde
el principio las encíclicas del Papa nacido en Carpinetto, qu ien dejó sólidas pruebas de
su empresa contemporizadora en Cum Multa (1882), Inmortale Dei (1885) y Libertas
(1888), documentos donde se exponía la po stura oficial vaticana con respecto al
catolicismo liberal; una postura que, de suyo , había provocado numerosos cismas en el
seno de la comunidad u niversal de fieles.
En su urgencia por mitigar las divisione s que desgarraban a los católicos en todo
el orbe, animaba el Pontífice a considerar Estado e Iglesia como dos potestades ajenas
en sus fundamentos (reminiscencia de la teoría de las dos ciudades) pero condenadas a
entenderse y cooperar –por lo menos así deberí a ser para el sector confesional– si se
quería favorecer la emergencia de ese espíritu de cristiandad que permitiría luchar por
la verdad y la justicia de los pueblos. Con estas directri ces no es de extrañar que se
tolerara la buena y legítima libertad democrát ica, siempre y cuando ésta no afectara a la
ortodoxia, pues sólo con católicos ejer ciendo plenamente sus derechos en la
arquitectura administrativa se po dría infundir en las venas de l Estado liberal la savia de l
catolicismo. Esta necesidad de ajustarse a unos valores ajenos para conseguir sus fines,
lo que en términos historiográficos se conoce como contemporizac ión, estaba
legitimada teológicamente sobre la teoría del ralliement (el apoyo de la feligresía al
sistema de ordenación social vigente) y la tesis del mal me nor (la colaboración con las
fuerzas políticas más cercanas en su ideario a los valores tradicionales clericales).
Gracias a estos dos fundamentos los católico s tendrían la tranquilidad de no c ometer
ningún pecado si acataban el llamamiento de acomodarse a los gobiernos por la necesidad
de los tiempos y, sobre todo, por la confia nza en obtener resultados más fecundos que
los alcanzados hasta la fecha.
Sin embargo, a pesar de este expres o alejamiento papal de las tesis más
integristas que circulaban por toda Europa, la automargina ción volu nt aria impuesta tras
-57-
la destrucción de los Estados Pontificios, pr esente todaví a en la conciencia de los
creyentes menos transaccionistas, lastraría en buena medida el surgimiento de una
asociación católica unitaria en la vida parlamentaria 79 capaz de hacer realidad, en
palabras de Fernando García de Cortázar, los deseos de “convertir a la Iglesia, por medio de
la gestión pública, en un poderoso órgano de presión del poder civil” 80 . Ora por mantenerse
voluntariamente en la abstención electoral (como sucedía en Italia por la completa
ruptura entre la Iglesia y la Monarquía), ora por la afecci ón de los católicos hacia las
formaciones insertas en el sistema liberal más acordes con sus valores (léase, aquéllas
que tenían un ideario conservador y reco gían la herencia del moderantismo más
clásico, en alusión a lo ocurrido en España y al vecino país galo), lo cierto es que el
posibilismo y el accidentalismo político proclamados enérgicamente desde la Santa
Sede no fueron capaces de superar las discre pancias arraigadas en cier tas facciones a la
hora de participar en la vida pública de sus r espectivas na ciones, fr ustrándose así el
deseo de transformar cristianamente las l eyes y las decisiones gubernamentales. La
postura adoptada por la Iglesia ante el Estado exhibía, asimismo, cierta
despreocupación ante el aliento que de bería haber galvanizado los resortes
institucionales del catolici smo en la época analizada 81 .
Este alejamiento voluntario del dinamism o que contagiaba la vida pública del
momento, así como la tardanza en avenirse a la política y la socie dad, petrificaban el
programa de los prelados ante las realida d es exteriores de las libertades cívicas y
generaba una manifiesta incapacidad para fo me ntar la alianza en la escena política. El
79 Así sucedió en Italia, Franci a o España, en contraposici ón a los casos de Alemania y Bélgica, don de la unión de
liberalismo y ca tolicismo había sido acep tada sin ren uencias po r la Iglesia institucional ante el hecho de que sin un
partido de masas difí cil sería lograr la vigencia de los principios cristianos. Co mo sintetiza Javier Tusell, en
Bélgica los católicos pasaron a colabor ar ráp idamente con lo s liberales, en tablando tambi én contactos con los
socialistas una vez que estos desplazaron a aquellos en el sistema político. El caso alemán es uno de los más
citados en el conte xto de las relaciones entre Iglesia- Es tado , desde el momento en que a finales del siglo XIX se
constituyó en el país germano un a agrupación política católica, el Zentrum , tomada como r eferencia por los fieles
en otros países del continente europ eo para afianzar exitosamente sus divididas bases. Frente a esta s dos
relevantes experiencias d e unidad confesional, a mplios sectores en F rancia desoyero n las reclamaciones
pontificias sobre la armonía en el seno de la comunida d feligresa y de ésta con las instituciones vigentes,
perseverando en posiciones reaccionarias. Mientr as, en Italia, des de finales de l siglo XIX los católicos se sintieron
marginados del Estado liberal, no abandonan do este volu ntario “ ostraci smo” guber na mental hasta la segunda
década del siglo XX. TUS ELL, Javier: Historia de la democracia cristiana en Es paña I. Lo s antecedentes. La C EDA y la II
República . Edi cusa, Madrid, 1974, pág. 15.
80 GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando: “La Iglesi a española de 1900: políti ca y economía”, en Letras de D eusto ,
1980, Bilbao, págs. 21-60.
81 CUENCA TORIBIO, José M anuel: Igle sia y burguesía… Op. cit., pág. 236.
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1. La prensa: un bien cuyo abuso constituye un mal
A pesar de la tardía llegada de la Iglesi a al mundo de la información masiva, la
abundante literatura episcopal sobre la activi da d periodística desde la aparición de ésta
es símbolo de la preocupación entre los sect ores católicos por dicha realidad, aunque
no sea hasta la última década del siglo XIX cuando se ab andone la actitud defe nsiva
tras reconocerse que las prácticas ejecutadas de sde el Concilio de Trento evidencian su
desfase e inoperancia en un contexto mode rno, democrático y empresarial. Desde la
Santa Sede se advierte que la comunicación se desarrolla a pesar y al margen de la
teología, dejándose oír su voz de uno a otro confín del g lobo, sin que se pueda hacer
nada para frenarla. Diarios y revistas, amén de otros papeles , están presentes en todos
los órdenes de vida y se han convertido e n un elemento consustancial a las nuevas
sociedades del que resulta imposible zafarse.
Trabajar activamente para recuperar el terreno perdido y ganarse a la opinión
pública desde la transigencia hacia la lib ertad de expresión serán, entonces, tareas
primordiales de religiosos y seglares si se quiere hacer una efectiva oposición a los
medios propagandísticos anticlericales 84 . No obstante, en la luch a por el control de la
información en el contexto de una sociedad ajena tras el tr iunfo liberal al catolicismo,
la institución religiosa se encuentra en una pos ición de franca desventaja, porque debe
hacer frente a un nuevo dilema ante el que también tendrá dificultades de adaptación,
la conversión del periodismo en empresa informativa 85 , en referencia a la cual la Iglesia
debe crear no sólo una infraestructura a la medida de sus necesidad es, sino, sobre todo,
84 Su debilidad con respecto al dominio de los canales de comunicación de los que habí a gozado secularmen te la
Iglesia (la enseñanza y el púlpito), oblig aba a la nueva ideología a buscar un medio propio capaz de ayudarla en su
ascenso al poder y al cual, en teoría, fuera difícil el ac ceso por parte de las filas e clesiales. Desde estas premi sas se
va a patrocinar la libertad de imprenta y el desarrollo masivo del elemento periodístico co mo fenómenos capaces
de configurar otra imagen de la realidad medi ante la imposición de gustos, norma s y valores que componen con
su lenguaj e una manera diferente de enfrentars e a la comprensión del mundo. Vé ase VA LLS, Josep-Fra ncesc:
Prensa y burguesía en el siglo XIX español . Anth ropos, Barcelona, 1988, págs. 11-12.
85 Celso Almuiña Fernández propone la cl asifi cación de las estructuras period ísticas atendiendo a su capacidad
para sufragars e directamente a trav és de los beneficios o r iginados por la venta de sus pro ductos, sin ne cesidad de
recurrir a f uentes de ingreso indirectas como las pro cedentes del er ario. Estas empr esas, den ominadas “propiamente
tales” , poco o nada tienen que ver con las de tipo “artificial” en las cuales juegan un papel más impo rtante
beneficios no económico s. Véas e ALMUIÑA FERNÁNDEZ, Celso: La prensa vallisoletana durante el siglo XIX
(1808-1894). Volumen I. Instituto Cultural Si mancas, Valladolid, 1977, págs. 349-352.
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adaptada a las crecientes inqui etudes en materia de comu nicación sucedidas en la
España finisecular 86 .
Netamente característica de las redacci ones decimonónicas y más sensible a los
planteamientos confesionales, por cuanto no se perseguía rentabilidad económica sino
otro tipo de beneficios (ideológ icos, por ejemplo), la prensa de opinión fue capaz de
responder en los inicios de la incursión pe riodística eclesial a las tímidas premisas de
ciertos elementos que advertían en ella su capacidad para c onseguir que se oyera su voz
y sus reivindicaciones en un contexto altame nte desfavorable. Atendiendo a su carácter
dogmático, el periodismo católico se encuad raría, como mantiene Pablo Pérez López,
en el de tipo doctrinario, cuyo objetivo no era tanto ofrecer un producto capaz de
86 Durante la Restauración la prensa informativa en cuentra en la estabilid ad del turno p acífico una ocasión
inmejorable para desplazar, aunque nun ca del todo, a las cabeceras que habían hecho de l partido la razón de su
existencia, difundiendo las doctrin as de l mismo y sirviendo de foro de deba te entre los correligionarios de una
facción o entre militantes de opiniones opuestas. El periódico pr ocurab a con ahínco dejar de ser el misal de un
grupo de presión para converti rse en un órgano de inform ación relativament e neutro y se rvir a los intereses de la
empresa. Es cierto que los diarios pa rtidistas siguen siendo los má s numerosos en este período (de hecho se
produce una pacífica coexist encia entre la prensa polít i ca y la informativa, como apu nta Seoane) pero las
cabeceras dedicadas a informar de la actualidad, sostenidas gracias a los in gresos proporcion ados por sus lectores
y no a las subvenciones estatales ni las inversiones de las arcas del partido o del bolsillo de l a personalidad que la
dirige, son ya una realidad autónoma e in dependiente, capaces de ofrecer un buen periódico a un precio barato.
La consolidación de éste tipo de peri odismo se produce como resultado de l extraordinario desarrollo alcanzado
por los medios técnicos en el siglo XIX, gracias a la modernización de la industria papelera y del apar ato de
impresión, deja ndo su puesto el prensi sta y la máquina de vapor a la electric idad, aunque estos avan ces se vean
mermados por la carencia de fuertes inversiones destinadas a implantar mode rna tecnología en el sect or de la
producción impresa. La mecani zación de todo el p roceso productivo, cu ya consecuencia más inmediata sería el
abaratamiento de los costes y la masificación de la producción, se vio acompañada tambié n de una mejora de las
comunicacione s mediante la c ual se ad ecuaron los sistema s de transporte, que en combinación con el desarrollo
de la red postal el tel égrafo y el teléfono harán una realid ad cada vez más sustantiva el acopio y distribuci ón de
noticias, abundando en la actualida d como elemento decisi vo de la información. Este valor será ofrecido a un
público significativamente más amplio, gracias a la lenta progresión en el ritmo de alfabetización, aunque el
elevado índice de personas que no saben le er ni escribir en los albores del si glo XX es la primera de las barreras
con la cual se topan las empresas a la hora de difundir sus respectivos periódicos. La lenta consolidac ión de estas
cualidades va a permi tir la evolución del diario como ar ma de partido a medio de información, favorecien do que
los periódicos no estén tan politizados y que la disputa ideológica se traslade al enfrenta miento por las tiradas.
Expresión de la armonía entre el espíritu emp resarial y el afán informativo, lo que había sido un instrumento de
fuerza ideológica en la lucha p olítico- social al servi cio de ciert os hombres o facciones , ahora se entien de como un
sector económico más, sujeto a la de manda, donde prima la mentali dad em presarial de sus dueños. Aunque el
fenómeno se produce tardíame nte en España con resp ecto a Europa, lo qu e origina una prensa como ele mento
de minorías y no de masas como sus ém ulos británicos y fran ceses, se puede hablar d e u n c o n t e x t o d e
comunicación seudomod erno, siguiendo la tesis de Demetrio Cas tro Alfín, quien r econoce que si bi en la
industrialización, la concentración urb a na y la alfabetización experi mentadas en el país posibilitan la existencia de
un sistema medianamente mo dernizado, la pervivencia de ciertas r émoras tradi cionales va a de terminar que
nuestro panorama publicístico en la segunda mitad del siglo XI X no sea tan novedoso como en otros países,
porque el capital todavía no ve rentabl e embarcarse en la aventura periodís tica y lo s medios no cuentan con una
base empresarial sólida para permitir un correcto fun cionamiento de lo s mismos. A esta lamentable r ealidad hay
que sumar otros factores como el alto grado de analfabetismo, la deficien te urbanización, el escaso mercado
surgido con el parco desarrollo industrial y c omercial, y el clima de futuros ca mbios políticos sentido en el difícil
tránsito finisecular. CAS TRO ALFÍ N, Demetrio: Op. ci t., págs. 12-13.
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venderse a un amplio espectro de púb lico como suministrar la información más
conveniente (la inspirad a en el mensaje evan gélico, en nuestro caso) para convencer a
su público al margen de la demanda existente 87 . El problema se planteaba, no obstante,
ante la constatación de que si Roma no abandonaba estas pr emisas, difícilme nte podría
tener éxito en el mundo libera l de finales del siglo XIX, a punto de entrar en la época
de la comunicación de masas gracias al ab andono de los clichés decimonónicos en los
cuales seguía anclado el periodismo católico y a la apuesta s in paliativos por la se nda de
la información.
Será durante la Restauración cuando la Iglesia disponga de una oportunidad
inmejorable para tratar de ejecutar su recupe ración en este terreno y retardar con ello el
proceso de impiedad que con sus ideas mat e rialistas combate la preeminencia de la
institución eclesial en todos los órdenes del ám bito civil. Si la supresión de la censura
previa y la secularización del impreso ha bían obstaculizado su hege monía ideológica a
partir de 1868, la España de finales del siglo XIX y principios del XX experimentó un
notable proceso de re-clericaliz ación gracias al cual aquélla volvía a disponer de armas
para lanzarse a recobrar su influjo. Lo que entonces vino en denominarse renacimiento
católico dio como frutos en este contexto las fórmulas habituales de la evangelización
verbal como las peregrinaciones, jubileos y misiones populares 88 . Ancladas en las
concepciones más arcaicas de la propagand a oral, estas acciones se aislaban, sin
embargo, de la tendencia vigente, dond e la prensa representaba el medio de
comunicación por excelencia de los nuevos ti empos, capaz de llegar a amplias ca pas de
87 En este sentido, no obstante , como apunta Pablo Pé rez López, es n ecesario comp render q ue la prensa cató lica
no hace sino seguir el discurrir de muchos títulos del mome nto, condenado s en su esencia a ser pe riodismo de
opinión, más combativo que info rmativo, como resul tado de la deficiente industrialización y modernización de la
sociedad española. Véase PÉR EZ LÓPEZ, Pablo: Católicos, política e informaci ón. Diario Regional de Valladolid, 1931 -
1980 . Universidad de Valladoli d, Valladolid, pág. 33.
88 Un análisis bastante interesante sobre estas obras misi onales con fines evangelizadores lo realiza José Leonardo
Ruiz Sánchez. El profesor de La Hispalen se parte de lo s tiempos de Antonio María Claret para llegar a la figura
del prelado sevillano Marcelo Spínola, quien siguiendo el camino desbrozado por el cardenal Lluch (con la Pía
Unión de los Operarios Evangélicos), por el cardenal González y por Sanz y Forés, destacó en suelo andaluz por
el notable incremento de las misiones parroquiales durante su mandato al fr ente de la archidiócesis sevillana,
tratando de resucitar la obra de la Pía Unión y crean d o la Congregación de los Mi sioneros (1896), así como la
Asociación de la Santísima Trinidad p ara el Fomento de la Predicación Católica (1902) . Véase RUIZ SÁNCHEZ,
José Leonardo: “Cien años de propagan d a religiosa: las misiones parroquial es de la archidiócesis hispal ense”, en
Hispania Sacra , nº 101, Madrid, 1998, págs. 275-326. Vid. “Los seminaristas de Sev illa y la Buena Prensa. El centro
sevillano Ora et Labora (1905-1925)”, en Isidorianum , nº 6, Revista del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla,
Sevilla, 1994, págs. 187-211.
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la población a las cuales la predicación desde el púlpito desasistía. Ésta quedaba
encerrada en las parroquias y sólo se hacía partícipe del m ensaje evangélico a quien ya
estaba convencido de él –por eso acudía a misa–, pero los descarriados que nunca
habían oído hablar de Dios no accedían a su palabra sino a través de las tribu nas de
información.
De este modo, el uso de diarios y re vistas adquirió en esta coyuntura una
especial relevancia enmarcada en una inic iativa eclesial mucho más amplia donde se
conjugaron distintas acciones (ligas, aposto lados, junt as, asociaciones, seminarios,
centros de difusión de buen as lecturas) para favorecer la promoción de los grandes
instrumentos de persuasión de masas que tanto auge empezaba n a alcanzar durante
estos años en el país. Así, junto al panf leto y la creación literaria, la comunicación
verbal y las manifestaciones populares calle jeras, pronto se haría uso del periodismo
para disponer de tribunas sólidas que promoci onaran el bien cristiano, en u n intento
desesperado de alentar la resistencia masiva de los fieles ante el oprobio de un
catolicismo amenazado.
Con el objetivo de modernizarse y entrar en contacto con las ventajas ofrecidas
por los nuevos medios, la Santa Sede se sent ía obligada a reorganizar en estos años sus
estrategias en un sistema en el que ya no di sfrutaba de una condición soberana y en el
cual se consideraba ineficaz buena parte de sus técnicas propagandísticas. Su atención
debía centrarse en el impreso, anta ño privilegiado instrumento en sus manos 89 , pero
sobre el que ahora había perdido la competen cia en exclusiva de la que había gozado
89 La Iglesia permitía el uso del impreso siemp re y cuando éste es tuviera reservado a los clé rigos, quienes es taban
autorizados a tr ansmitir información por su pr eeminencia soci al en el seno de las comunida des tradicionales . De
este modo , se empleaban co mo medio de dif usión de la literatura pro fesional y de d evoción (sermonarios, sum as
teológicas, obras litúrgicas, predicación, etc., a lo que se añadían las revist as profesionales publicadas por cada
orden y los boletines oficiales y eclesiásti cos de cada obi sp ado o arzobispado) para la organización de la propia
vida de la Iglesia, destinándose a un público bien con c reto como era el p ropio clero y los católicos estrech amente
vinculados a la Iglesia. Junto a ella , cita Botrel la literatura de piedad , destinada a la religiosi dad popular y
doméstica, co mo obras escogidas pa ra asegurar la salvació n de las almas de los fieles (ro sarios, catecismo, vidas
de santos, obras de la biblioteca de familias cristianas, ej ercicios de perfección y me di tación, lecciones impresas
de rituales ), cuya venta e ra más fácil que la de cualquier produ cto literario de la época. Sobre este oficio
conservaba la Iglesia todavía su monopolio material e ideo l ógico, gracias a la posesión directa de los medios de
producción, co mo la Real Co mpañía de Impreso res y Libreros del Reino. Véase BOTREL, Jean-Françoi s: “La
Iglesia católica y los medios de comu nicación impresos en España de 1847 a 1917: doctrinas y prácticas” en AA.
VV.: Metodología de la historia de la prensa española . Siglo XXI, Madri d, 1982, págs. 119-176.
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en el Antiguo Régimen gracias al soporte of icial de la censura previa 90 . La difusi ón de la
doctrina liberal consiguió materializar leyes (el Decreto-Ley de 25 de octubre de 1868,
por ejemplo) que apartaban violentamente a la Iglesia de su aventajada posición en el
manejo de los canales de difusión y er a ne cesario orquestar nuevas maniobras de
combate porque el noticierismo estaba siendo rentablemente explotado por el espíritu del
mal. Una afirmación constatable a la vi sta del monopolio ideológico s obre las
conciencias ejercido por quienes alentaban un anticlericalismo si stemático en los
periódicos más leídos y ofrecían al lector visiones distorsionadas y calumniosas sobre
temas religiosos.
De acuerdo con Jean François Botrel, quien analiza las distintas tácticas y
estrategias con respecto a los papeles desde qu e se comenzaran a advertir las primeras
amenazas de la prensa –allá por los acontecimi entos revolucionarios de 1848– hasta la
gestión posibilista de León XIII, podemos afirmar que en los primeros momentos
corrió a refugiarse la Iglesia en su torre de cristal, reclamando el mantenimiento de las
antiguas prácticas sin entrar a analizar las nuevas, a las cuales bastaba añadir los no
argumentados adjetivos de perve rsas y contrarias a la verdad de Dios . En un contexto
plenamente moderno, con agencias in formativas, escuelas profesionales,
90 L a c e n s u r a p r e v i a s e i n s t i t u y ó , c o m o r e s e ñ a M a r í a J o s é Ruiz Acosta, con la intención de fiscalizar la actividad
impresa y evitar qu e en el panorama n acional pudiera ve r la luz algún escrito si no portaba el correspondi ente
permiso eclesiástico o si no se atenía a las coo rdenadas de lo que se entendía debía ser una buena ob ra. Con este
sistema las restricciones se interponían , pues, antes de comenzar el proces o de difusión y el mando clerical
prohibía aquello que no debía ser conocid o por las funestas cons ecuencias acarreadas co n su divulgación a los
pilares de la estructura de su poder. Su aplicación se convirti ó en práctica habitual y legal desde el Concilio de
Trento, como prerrogativa concedid a a la Iglesia para exa minar anticipadam ente todo aqu ello que se deseara
publicar. Con estas premisas, no es de extrañar el sentido de las palabras de Celso Almuiña Fernández , para quien
“los encargados de aplicarla tienen en sus manos lo que algunos han denominado dirección de las conciencias” , pues gracias a ella
se puede establecer un auténtico monopolio sobre el pe nsamiento y l as ideas al controlar la imagen que los
individuos tienen d e sí mismos y de las so ciedades en donde viven m ediante una informa ción plagada de
imágenes definitorias del o rganicismo cristiano, dond e se exal tan los hechos o figura s del pasado que han
estructura do la identidad na cional en términos católico s. En convivencia con la censura pr evia, no faltaron desde
tan temprana fecha diligencias (la Encíclica sobre la imprenta de Alejandro VI, la Bula en 1546 de Carlos V
solicitando un listado de libro s peligro sos a la Universidad de Lovaina, la Censura general contra los errores de los herejes
modernos publicada por el Supremo Consejo de la Inquisición en 1554, o la Pragmática de 7 de septiembre de 1558
a través de la cual Felipe II implantaba un í ndice de obras prohibidas cuya observanc ia era obligada para todos
los libreros) encaminadas a vetar la pr olifer ación de toda cla se de “papeles ” hábiles en su em peño de desmembrar
el cristianismo gracias a la rápida propalaci ón de lo impío, mayor a raíz de la apari ción del documento no
manuscrito. La violación de estas nor mas se sancionaba con penas tan grav es como la pér dida de bienes, la
excomunión e, incluso, la m uerte. Véanse RUIZ ACO STA, María José: Hi storia de la comunicación: escritura y prensa .
MAD, Sevilla, 1998, pág. 129. Asimismo, puede consul tarse ALMUIÑA FERNÁNDEZ, Celso: Op. cit., pág.
166; y CENDÁN PAZOS, Fernando: Historia del derecho español de prensa e imprenta (1502-1966) . Editora Naci onal,
Madrid, 1974.
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telecomunicaciones más perfeccionadas, y en una complicada situ ación ideológica
donde el liberalismo avanzaba a pasos agiganta dos, esta actitud de intransigencia venía
representada por Pío IX quien, en sintonía con su encíclica Quanta Cura y el Syllabus ,
además del Concilio Vaticano I y la proclamaci ón de infalibilidad pa pal, abanderaba en
el ámbito comunicativo la más rotunda oposición contra “el uso crimina l de la nueva técnica
librera” 91 , según se encargó de plasmar en su encíclica Nostis et Nobiscum (1849).
El Papa era consciente de que result aba imperativo ac udir a las tribunas de
actualidad en nombre del bien pero, al mi smo t iempo, no se sentía capaz de abandonar
su desconfianza y ésto limitó la potenciali dad de esta herramienta de combate a un
simple instrumento de información para lo s lectores acerca de los peligros de la
propaganda anticlerical. Se consideraba, en definit iva, una necesidad de las circunstancias ,
como medio no como fin en sí, y se justificaba el empleo de l a m i s m a p o r e l e s t a d o d e
lucha en el cual se encontraba inmerso el catolicismo en España para instaurar la tesis ,
es decir, el imperio de Cristo en un régimen netamente teocrático 92 . Mientras la Iglesia
se cerraba ante los avances del periodismo moderno, el liberalism o y su correlato
irreligioso se estaban sirviendo de este pot entísimo canal para extender sus ideas y
captar nuevos adeptos entre los elemento s más representativos de la sociedad
moderna, la burguesía, por cuan to era el poder fina nciero, y los obreros, la fuerza social
susceptible de levantarse contra el sistema.
A pesar de la deficitaria cruzada emprendida por Pío IX contra un
anticlericalismo feroz y en soberbecido animado desde El Imparcial , El Liberal , El
Heraldo , El País , El Pueblo , La Publicidad , La Rebeldía , El Motín , etc., las proclamas del
Pontífice sobre el elemento impreso habían conseguido, no obstante, iluminar las
reflexiones de ciertas personalidades orientán dolas hacia el convenci miento de hacer de
la prensa católica un decisivo baluarte fr ente a las acusaciones imputadas desde los
ambientes racionalistas. El anticlericalismo se había apropia do del periodismo para
combatir la fe, el orden, la disciplina religio sa, etc., y la urgencia entre ciertas figuras de
91 IRIBARREN, Jesús: El derecho a la verdad. Doctrina de la Igl esia sobre prensa, radio y televisión (1831-1968) . BAC,
Madrid, 1968, p ág. 7 del anexo.
92 HIBBS-LISSORGUES, Solang e: Op. cit., pág. 360.
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la jerarquía por ponerse a la altura de l as circunstancias, creando sus propios medios,
iba paralelamente en aumento. Atrás debía quedar esa idea predominante de resistencia
en las epístolas y alocuciones de Pío IX , pues abundando en su estéril actitud
condenatoria lo único conseg uido había sido desaprovechar los diar ios para los fines
que les eran propios.
Al hilo de estos razonamientos, la postura romana experimentaría una sustancial
modificación con León XIII, ya que a partir de ese momento su doctrina se encargaría
de difundir el uso obligator io de la prensa por una ra zón tan sencilla como que el
impreso se había convertido en una necesidad en las postrimerías del siglo XIX. Dado
que la libertad en este terreno era un hec ho irreversible, no quedaba otra opción que
enfrentarse a sus adversarios con las mismas armas, oponie ndo a los periódicos impíos
otros católicos de alta calidad, co mo había puntado en su encíclica Etsi Nos , pues
resultaba absurdo desequilibrar la bala nza en tan decisivo aspecto. De este modo, el
posibilismo buscaba su hueco también en esta parcela, porque gracias a la conciliación
de ciertos elementos del catolicismo con las inevitables fórmulas del liber alismo
periodístico sería viable implantar un talante más abierto entre los católicos, quie nes no
podían volver su espalda a esta realidad si deseaban com petir en un mercado cada vez
más saturado de títulos. De modo similar a lo ocurrido en pol ítica, donde León XIII
concentró sus esfuerzos para proteger el espí ritu apostólico en un régimen en el cual,
sin aceptar sus presupuestos ideológicos, se permitía transigir con él, s e imponía ahora
integrar la prensa católica en la estructura vigente y participar en e lla para orientarla del
modo más adecuado al sentir cristiano. En sintonía con su pragmatismo, la doctrina
leontina la consideraba un instrumento que, en este clima de convivencia, adquiría su
maldad o bondad en función de qui en lo empleara. Si la sostenían “socialistas, comunistas
y nihilistas” o “la mano de la masonería” 93 , derivaría hacia un medio de carácter impío; si
religiosos y seglares trabajaban con todo su ardor para contrarrestar la acción de los
grupos mencionados, entonces alcanzaba la prensa toda su grandeza 94 . Se argumentaba,
además, que aquéllas, publicaciones exentas de la auténtica verdad, no de bían tener
93 IRIBARREN, Jesús: Op. cit., pág. 49 del anexo.
94 Encíclica Dall’Alto y Alocución Ingente Sane Laetitia , en ibídem, págs. 23-24 y pág. 12, respectivamente, del
anexo.
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permitida la absoluta libertad de expresión, pues esta prerrogativa la ostentaba en
exclusiva la Iglesia por mucho que los periódicos modernos quisieran arrogarse la
suprema objetividad de narrar lo acaecido en el mundo 95 .
Ante el reto lanzado por el Pontífi ce con tan magno proyecto, los fieles
españoles deberían haber acudido unánimemen te a los diarios para cumplir su misión.
Sin embargo, este cambio de ment alidad no fue generalizado entre la feligresía, muchos
de los cuales siguieron impregnados del espíri tu intransigente de Pío IX y ajenos a las
reclamaciones tolerantes de León XIII, frenan do así el ejercicio pleno de los objetivos
marcados por el nuevo responsable vat ica no. Ambas concepciones no hacían, en
definitiva, sino plasmar la realidad de dos posturas difícilmente reconciliables en el
seno del periodismo católico, una espinosa cuestión s obre la contradicción existente
acerca del papel que debía jugar la prensa c onfesional en el entramado de la acción
católica. Por un lado estaban quienes veía n en este medio un arma de lucha para
defender la inexpugnable fort if icación de la f e. Esta facción intolerante justificaba su
actitud con la creencia de que el ideal de la tesis era recuperable y aplicable en las
sociedades modernas y, por tant o, excluía de sus principios el diálog o y la integración
solicitados desde la Santa Sede. La desc alificación como herejes de quienes se
mantenían ajenos a sus planteamientos eran las normas de estilo de estos combativos
periodistas que aplicaban escrupulosamente el anatema proferido por Pío IX en su
catálogo de errores.
La antítesis a tal planteamiento la defendían los seguidores de la conciliadora
postura de León XIII, quienes apostaban por am pliar la difusión de los diarios, hojas y
pasquines al mayor nú mero posible de ciudada nos, si eran católicos para retenerlos en
la observancia de su fe, y, si no lo eran, para abrirles los ojos ante el perjuicio
ocasionado a su alma por las lecturas anticler icales. La consigna asumida era aceptar lo
inevitable y huir de fórmulas anacrónicas que dificultaban la labor de re-cristianización,
sustituyéndolas por las técnicas empleadas desde los diarios im píos en su ataque frontal
95 Como recoge León XII en la encí clica Libertas , la libertad de pen samiento y ex presión debe enten derse como
una facultad que perfeccione al hombre, y no como un de recho sin límite cuya aplicación origina más perjuicios
que beneficios a la sociedad. I RIBARREN, Jesús : Op. cit., p ágs. 21-22.
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a la Iglesia y que, a la vista del estado en el cual se encontraba la institución, tan buenos
resultados habían dado a la propagación del materialismo. La premisa lógica de acuerdo
con la cual se operaba podemos resumirla de l siguiente modo: si los liberales habían
tenido éxito con los contenidos que habían saturado las páginas de sus periódic os a lo
largo de todo el siglo XIX; si se habían servido de una dispos ición más ágil para
facilitar la lectura antaño entorpecida con amaz acotadas páginas sin titulares; si se había
sustituido el círculo restringido de s uscriptores por la venta en la ca lle, ¿por qué se iba a
renunciar desde el catolicismo a unas mejoras que conducirían a l triunfo su objetivo de
recordar a un público universal el impe rturbable dominio de su cosmoteología?
La existencia de varios sectores enfrentado s en lo periodístico como reflejo de la
oposición en la política fr ustraba, pues, el deseo pontific io de renovación
propagandística, malograda por unos rotativos excesivamente politizados 96 que
esterilizaban cualquier esfuerzo para fomentar una prensa unitaria, bien estructurada y
capaz de competir con la liberal, como de seaban muchos católicos en su impotencia
ante la consolidación, lenta pero efect iva, de un periodism o hecho desde el
librepensamiento y orientado, cada vez más, hacia requerimientos empresariales. Si se
quería hacer de este medio un elemento m ás del proyecto de incu rsión en la vida
nacional era necesaria una organización pe r fecta y una rigurosa disciplina que se
plasmara en un plan preconcebido para sus di arios, unánime para escritores y lectores,
incólume en su acatamiento de lo aconsejad o desde El Vaticano y ajeno a las diatribas
políticas para centrarse en su esencia periodística. La conciencia de numerosos
religiosos y seglares sobre el papel fundam ental de la pr ensa para una movilización
indivisible de sus huestes se materializaría, de este modo, en una serie de iniciativas con
mayor o menor fortuna en su em peño por cons olidar un gran periódico nacional al
96 A fuer de esta ambivalen cia ante lo pe riodís tico, la prensa s e convertirá en “r eflejo de los antago nismos ideológicos” en
la comunidad religiosa, como apunta Solange Hi bbs-Lissorgues, quien da cuenta en su libro Iglesia , prensa y sociedad
en España (1868-1904) de los enfr entamiento s entre neos, mod erados e intransig entes en sus respectivos títulos
ante acontecimientos relevantes como la publicación del Syllabus , el Concilio Vaticano I o los episodios
revolucionarios de 1868. Ta mpoco escapará la Restauración a este clima de confli ctividad, dándose las
divergencias en los términos de la tesis y la hipótesis entre los más exalta dos ( El Correo Catalán , El Siglo Fut uro y la
Revista Popular ), que seguían enarbolando la figura de Pío IX cuando León XIII había ocupado ya el solio
vaticano, y los mes tizos, como desp ectivamente se denomin aba desd e el integrismo a quien es aceptaron la figura
real de Alfonso XII. Aunque tamp oco los más ortodoxos se libraron de ac res polémic as tras ladadas a sus
publicaciones, como motivo de la desunión de las facciones i ntegrista y carlista. HIBBS-LI SSORGUES, Solange:
Op. cit. , pág. 16.
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servicio de la Iglesia y la salvaguardia de sus intereses, como proclamaban los exordios
pontificios.
La Iglesia iniciaba con estos planteam ientos, y a pesar de las desventajas
provocadas por el alto grado de división entre sus filas, su andadura en el campo de la
propaganda escrita de carácter confesiona l, una tendencia generalizada a todo el
continente europeo cuyo antecedente más inmediato lo sitúa José Leonardo Ruiz
Sánchez en la Socieda d Católica de los Bu enos Libros, creada en 1824, y en la Mais on de
la Bonne Presse , surgida en 1873 97 . La Buena Prensa, que no debemos confundir con
prensa más o menos afín al catolicismo, er a aquélla respaldada por el beneplácito
vaticano y con su correspondiente censor ecles iástico, como relata en sus palabras el
autor al aludir a “la propaganda escrita de carácter cató lico, acción entendida como un verdadero
apostolado” , baluarte para conjurar el peligro lib eral y proyectar a la comunidad devota
en unas sociedades cada vez más la icas que se hacía preciso recuperar 98 . Liberada –en
teoría– gracias a las enseñanzas de León X III de los angostos límites del carácter
dogmático y combativo de los tiempos de purismo ideológico de Pío IX, las
desfavorables circunstancias con respecto a las demás publicaciones en un país
profundamente religioso como E spaña sólo podían salvarse elev ando los índices de
lectura para subsanar su exiguo éxito, como se venía repitiendo desde la celebración del
primer congreso católico en Madrid (1889) , cuyas conclusiones fueron iteradas seis
años después por el nuncio Cretoni en su informe sobre el estado de la prensa
confesional en España, donde se traslucía la preocupación por la limitada destreza de
los mismos para influir en las cosas públic as y en los hombres que regían los destinos
de la nación:
Lo que se presenta como remedio u rgente y de pronta eficacia es la fundación de un
periódico, que con un diligente servicio de telegram as, copias de corres pondencia del interior y del
exterior, y escritores que ejerzan su oficio como una misión, revista todo el interés que los perversos
saben dar a sus publicaciones. Sobreponiéndose a tod os los part idos, y evitando en el tratamiento
los puntos que son causa de disidencia entre ca tólicos, y teniendo como mira únicamente los
97 En el caso español no es ninguna noved ad la prensa católica en este período, porque ya e n la primera década
del reinado de Isabel II se po dían encontrar títulos confesionales ( El Pensamiento de la Nación de Jaime Balmes, po r
ejemplo), aunque de ínfima calida d y divididos en el proyecto universal de defensa eclesial por sus excesivas
imbricaciones políticas.
98 RUIZ SÁNCHEZ, José Leonardo : “Los seminaristas de Sevilla y la Buen a Prensa...”, Art. cit., pág. 187.
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hispalense el citado diario como propiedad directa de Marcelo Spínola, quien contó
con la ayuda de figuras laicas y religiosas preocupadas por el creciente clima de
secularización y por la manifiesta ineficacia de los instrumentos confesionales para
contrarrestar la difusión de estos mensajes 107 . La nómina de personalidades que se
sumaron a la iniciativa la co mponían el jesuita Francisco de Paula Tarín, el canónigo
Francisco Muñoz y Pabón, los polític os Manu el Rojas Marcos, Luis Montoto y Carlos
Cañal, el rector del seminario de San Telmo Modesto Abín y Pinedo, y el magistral de
la catedral sevillana José Roca y Ponsa. Pasaría a dirig ir el periódico Rafael Sánchez
Arráiz, antiguo responsable del integrista Diario de Sevilla .
Con la misión de hacer entrar por los cauces del catolicismo al Estado liberal, el
rotativo sevillano ejercitaría sus labores en un a doble dirección y, así, no sólo atacaría la
prensa impía en su batalla contra la secula rización, sino que seguiría detalladamente y
daría cuenta de todas las acciones de la je rarquía para ratificar que la Iglesia seguía
siendo imprescindible en lo s tiempos m odernos. Desde esta dualidad de funciones,
periodística (en lo que concernía a hacerse eco de la actualidad confesional) y
propagandística (exagerar las loas hacia las f ilas católicas y desprestigiar con estrategias
poco razonadas las de inspiración liberal), el diario hispalense se presentaba en el
panorama publicístico de la Sevilla de la época como órgano doctrinal q ue no
renunciaba a la necesidad informativa dema ndada por el nuevo modelo de prensa más
dinámico y moderno, tímidamente presentado en los albores del siglo XX. Sólo el
equilibrio entre estas dos facetas comunicativas de El Correo de Andalucía situ aría al
órgano propiedad del prelado se villano e n un escalafón equiparable al de la prensa
aconfesional con la que tenía que c ompetir . Como expone Juan María Guasch Borrat,
se imponía huir de un doctrinarismo exces ivo pues dicha función se reservaba a los
boletines de las correspondientes diócesis –S pínola no dudó en utilizar el suyo para
107 Destacable en este te rreno es el co raje de los católi cos más cl arividentes y an imosos, quienes pusieron todo su
empeño en tan loable cruz ada de los tiemp os modernos haciendo de la prensa católica un instrum ento tan
atractivo y promete dor como ellos entendía n, incluso cuando ciertos miembros de la más poderosa jerarquí a
eclesial desconfiara de sus posibilidad es. A decir de Juan Cantavella, “el impulso a favor de la pr ensa católica en E spaña
aparece unido a grandes personalidades e iniciativas que se llevaron a cabo durante las últimas décadas del siglo XI X y las pri meras
del XX” , sien do posible caracterizar a Marcelo Spínola de adal i d de la misma por su decidido emp eño en concebir
la pluma como una derivación de su s agrado magister io. Véase CANTAV ELLA, Juan : “Mons. López Peláez y su
impulso a la prensa cató lica”, en SANZ ES TABLÉS, Ca rlos; SOTELO GONZÁLEZ, J oaquín; y MORAGA,
Ángel Luis (coordinadores): Prensa y P eriodismo especializado II . Asociación de la Pren sa de Guad alajar a, Mad rid,
2004, págs. 221-234.
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recomendar a sus fieles la lectura del nue vo periódico–, y al mismo tiempo se recogían
las novedosas demandas de los lectores para habilitar al periódico católico en el
suministro de otros contenidos va riados en cuanto a su temática 108 .
En el ánimo del arzobispo se experimentaba la necesidad de superar la excesiva
dependencia política de los título s anteriores a la aparición de El Correo de Andalucía ,
como Diario de Sevilla , por ejemplo, versión local de El Siglo Futuro y portavoz de las
bases integristas en la capital andaluza, hec ho éste que alejaba a los c atólicos de otras
ramas por el flagrante partidismo en él mani festado. Para el prel ado era imprescindible
deshacerse de la identificación con los ór ga nos de la gestión local, superando los
antagonismos existentes y convirtiéndose en epicentro ideológico de la comunida d,
aunque este esfuerzo no fuera advertido por el rest o de los di arios, los cuales
continuaban insinuando el evidente sesgo reaccionario e n sus tribunas por las
acusaciones de fanatismo vertida s sobre Ma rcelo Spínola, pero, sobre todo, por la
intolerancia del magistral his palense, José Roca y Ponsa, censor de la publicación que
no dudó en abusar de ella para dar cuenta “de su pensamiento antiliberal, totalmente contrario
al más mínimo transacionismo co n otra s fuerzas del arco liberal-conservador” 109 . Desde luego no
fueron estos los fines originarios del rotati vo católico, que anhelaba fervorosamente
alejarse del ligamen con el integrismo y el carlismo, como de muestra el especial
empeño del arzobispo por distanciarse del excesivo doctrinarismo que había
caracterizado los antecedentes de la nu eva iniciativa publicística sevillana 110 y por su
108 GUASCH BORRAT, Juan María: E l Debate y la crisis de la Restauración . Eunsa, Pamplona, 1986, págs. 41-42.
109 RUIZ SÁNCHEZ, José Leonardo: “Los católicos sevillanos en la crisis de la Restauración” en Revista de
Historia Contemporánea , nº 7, Universi dad de Sev illa, Sevilla, 1996, pág. 135.
110 J o s é L e o n a r d o R u i z S á n c h e z r e c o g e e n s u ú l t i m o l i b r o un listado de las publicaci ones católicas en la cap ital
hispalense desde 1852, cuando empeza ron a producirse los primeros ensa yos, hasta 1896. Con unas cifras
considerableme nte inferiores a las tiradas de las cabec eras liberales enemi gas, circulaban tít ulos como La Cruz ,
revista pionera en suelo sevillano de bida a León Carbonero y Sol y que repr esentó duran te varios años (hasta
1868) el papel de “portavoz cualificado d e buena parte del episcopad o español” . Junto a ella em ergían La Verdad Católica ,
“Revista religiosa, científica, literaria e histórica por una socie dad de eclesiásticos” , La Unidad , “Diario católico de Sevilla” , El
Oriente y La Bo ina , de inspiración carlista, La Semana Católica , “Revista de Ciencias eclesiásticas y Literatura religiosa” , El
Monitor Católico y La Escuela Católica , revist as se manale s. Se co mpleta el listado elaborad o por el profesor de La
Hispalense a partir de la compilación hem erográfica de Manuel Chaves Rey y del Inform e de la Nunciatura sobre
el estado de la prensa realizado en 1895 po r el nuncio Cretoni a petición de l Secretario de Es tado Vati cano en
Madrid, monseñor Rampolla, con el se manari o de ciencias eclesiásti cas La R evista Católica , el periódico literario El
Grano de Arena , la publicación quincenal Sevilla Mariana , el rotativo carlista y posteriorm ente integrista Diario de
Sevilla , la revista ci entífico-literaria La Dominical , El Obrero y La Religión y el Socialismo , éstas dos últimas surgidas a
raíz de la publicación de la en cíclica Rerum Novarum , y el semanario dedicad o a la defensa de la educación católica
la Revista católico-pedagógica . RUIZ SÁ NCHEZ, José Leonardo: Catolicismo y comunicación… Op. cit., págs. 106-109.
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atención al fenómeno netamente informativo, el cual empezaba ya a hacer mella entre
las cabeceras que habían debido la razón de su existencia a una facción política.
Haciéndose eco de todas estas observaciones 111 , el periódico se presentaba ante
los sevillanos el 1 de febrero de 1899. Al día siguiente, en la primera página de la
edición de la mañana bajo el epígrafe “Santo s de Hoy” se insertaba el artículo “Palabras
de aliento”, donde se reseñaba el comentar io del boletín eclesiástico referido a la
publicación recién inaugurada en la capita l andaluza y del que reproducimos algunos
párrafos sintomáticos del afán conciliador de los católicos con su sociedad a través de
la prensa:
No será políti co sino de noticias; pero en t odas las órdenes tan amplias que nada dejan
que desear. […] Único ent re los diarios de su género q ue ha solicitado censura eclesiástica, ofrece
al público por este solo hecho fi rm ísima garantía de que nada ap arecerá en sus columnas que se
oponga á la fe y á la sana moral. […] Por este motivo, por la baratura de la suscripción y por la
amenidad que se le procurará dar , es de creer que tendrá bu ena acogida. Nuestro Prelado lo
recomienda eficazmente á sus diocesanos, y no duda que protegido y ayudado por todos, se
sostendrá a pesar de los crecidos gast os que exigen publicaciones de esta índole de la que nos
ocupa 112 .
Frente al doctrinarismo y al extremis mo ideológico con los qu e se había
abrumado a los lectores de la prensa de partido, El Correo de Andalucía deseaba seguir la
pauta marcada por la revolución empresaria l aplicada al mundo periodístico y, así,
acoger en sus páginas información detalla da de la actualidad, evidentemente la
protagonizada por la feligresía –por ejempl o, el seguimiento que se hizo de los
congresos católicos y de las Asambleas de la Buena Prensa–, pero sin desatender el
ingente universo de acontecimientos que habí an venido a ampliar el espectro de las
sesiones congresuales y los enfrentamientos entre partidos con los cuales se había
hastiado al lector. La sospecha de que el nuevo modelo de pr ensa era la opción de
111 Similares orientacion es serán imitadas posteriormente por otros títulos ap ad rinados desde la iniciativa católica
para solucionar la disgreg ación de los fieles a trav és de la fundación de un periódic o confesional sometido a la
más estricta obediencia de los impositiv os papales, pero sensib le a las demandas y los avan ces informativos. Nos
estamos refiri endo a La Gaceta del Norte , naci da en 1901 gracias a la obra del jesuita José María Palacio durante los
ejercicios espiri tuales organizados por el religioso en Loyola durante el verano del mencio nado año. Más tarde
surgiría El Deb ate , fundado en 1910, y que convirtió por fin en una realidad efi caz el desiderátum de las
Asambleas de la Buena Pren sa de Sevilla y Zaragoza –e n 1904 y 1908, respectivamente– por hacer un gran diario
nacional sin color político, moderno, al ej ado de doctrinarismos para conservar a los lectores católicos y at raerse a
los seguidores de las grandes cabeceras anticlerical es.
112 “Palabras de aliento” en ECA., 2 de febrero de 1899.
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futuro más rentable se había convertido en una realidad y Spínol a era consciente de
que el periódico como órgano de partid o era una obsolescencia superable si se
insertaba información en sus páginas, pa ra conquistar a los lectores que se
arremolinaban ante las cabeceras impías se guidoras de un mode lo, el informativo 113 ,
con presencia en Sevilla de algu nos títulos representativos como El Noticiero Sevillano de
Peris Mencheta, fundado en 1893 con el subtítulo de Diario independiente de Noticias , o El
Liberal de Sevilla, creado en 1901 a imit ac ión del homónimo madrileño y que se
convertiría en el diario más representati vo de ese espíritu que animó a muchos
impresos a sobreponerse de su vertiginoso ocaso como voceros políticos. Junto a ellos
estaban los clásicos de corte partidista “en defensa de todas las ideas y matices políticos” que,
como apostilla Manuel Chaves Rey, “sería harto monótono enumerar” 114 . En este apartado
malvivían títulos como El Porvenir , del liberal Pedro Rodríg uez de la Borbolla y al que
Ruiz Acosta define como “representativo del periodismo ideológico-político de corte
decimonónico” 115 en la capital andaluza, junto a otros menos importantes pero también
afiliados a los próceres locales: La Monarquía , de la familia conservadora ibarrist a ; La
Unión Nacional , órgano del silvelism o local de Fede rico Sánchez Bedoya; los liberales El
Constitucional , El Progreso y El Programa ; El Alabardero y El Baluarte , de inspiración
republicana; El Posibilista y El Programa , también republicanos per o de la facción
posibilista castelariana; El Cronista , de los romeristas , etcétera 116 .
Entre una y otra vía deseaba situarse El Correo de Andalucía , concebido como
una empresa que no podía renunciar a la ac tualidad d emandad a por los requerimi entos
de la modernida d, pero tampoco despo jarse de sus principios doctrinales si quería
realizar la aspiración de unida d católica para facilitar su deber y derecho a participar en
la vida estatal. En la sabia conjugación entre la novedad periodística , para lo cual se
113 Un nuevo hálito al que María José Ruiz Acosta denomina “espíritu del Nuevo Periodismo” y que t uvo su correlat o
en la disposición de los contenidos y en los temas que p asaron a ocupar el centro de a tención de los lectores .
RUIZ ACOSTA, María José : Sevil la e Hispanoamérica… Op . cit., pá gs. 56-58.
114 CHAVES REY, Manuel: Historia y bibliografía de la prensa sevillana . Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento
de Sevilla, Sevilla, 1995, pág. 39.
115 RUIZ ACOSTA, María José: “La prensa sevillana de pr incipios del sigl o XX: el nacimiento de un nuevo
modelo informativo (1898-1914)”, en REIG, Ramón; y RUIZ ACOSTA, María José (co ordinadores): Sevilla y su
prensa. Aproximación a la historia del periodismo andaluz (1898-1998). Ámbitos para la Comun icación 1. Grupo de
Investigación en Estructura, Historia y Contenidos de la Comunicaci ón (Universidad de Se villa), Sevilla, 1998,
pág. 29.
116 Para completar este cuad ro puede consul tarse CHAVES R EY, Manuel: O p. cit., pág. 39.
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contaba con los suministros del servicio telegráfico así como con una nómina de
cronistas políticos que tomaban el pulso de l estado español, y la inoculación de las
verdades divinas, conseguida mediante el particular sesgo im preso a la actualidad y la
reproducción íntegra de textos emanados de la jerarquía eclesiástica (pastorales,
circulares, etcétera), el diario de la archidiócesis sevillana pretendía igualar la calidad de
sus contenidos y su diseño a la de las cabeceras informativas tan bien recibidas entre las
filas lectoras.
Este marcado interés por unificar la voc ación doctrinal y la demanda noticiera –
aunque la balanza no estaba en absoluto equi librada y el peso de la difusión de l dogma
superaba con creces el de la información en su puridad– era reflejo de l posibilismo
abanderado por León XIII para todas las ma nifestaciones públicas de los católicos,
independientemente de la activida d en la cu al se embarcaran. En la prensa se adoptó la
eficacia de aquellas publicaci ones de las que s e había abjurado enérgicamente y, en vez
de condenarlas a la desaparición, la nu eva fórmula pasaba por acompasarlas a la
modernidad, también contagiada a los católi cos que no podían obviar los tiempos en
los cuales vivían. Para perfeccionar este modelo periodístico híbrido, se reforzaron las
labores de propaganda con la Asociación Diocesana para las Buenas Lecturas 117 , que
conformó junto al diario la adaptación a lo lo cal de la experiencia nacional representada
por la Asociación de la Buena Prensa, exte ndiendo por todo el territorio español una
red de iniciativas preocu padas por la creación de suscripciones a periódicos católicos, la
distribución gratuita de los mismos, la fu ndación de revistas y hojas parroquiales, la
mejora de las condiciones laborales de su s informador es mediante el fomento del
asociacionismo y el perfeccionamiento de su formación. Tales medidas se completaron
con las juntas de abogados dispuestas a de nunciar las pu blicaciones impías y con la
inauguración de agencias informativas para opt imizar la calidad de los contenidos que
se diversificaban a pasos agigantados con la inclusión de temas de las más variadas
117 La Asociación Diocesana de las Buenas Lecturas, surgida en marzo de 1899, se dedicaba al reparto gratuito de
propaganda reli giosa en la nueva cruzada destinada a la er radicación de las ideas liberal es y la re-implantación de
la unidad en el catoli cismo. Con la entra da en el nuevo siglo, se convirtió en la As ociación de la B uena Prensa,
formada por los católicos dispuestos a luchar por la difu sión de la verdad y la eliminación de todo impreso que
no la contuviera, restando lectores y co mpradores a la mala prensa e interesándolos por l a lectura de los “buenos
títulos”. Su organización interna descan saba sobre juntas en las que los so ci os se repartían los domicilios a los
cuales debían acudir para distribuir la propaganda e incrementar el número de suscriptores. Su campo de a cción
se amplió gracias al envío a centros sociales como los círculos obreros, los h ospitales, las c árceles, etcétera.
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procedencias: científicos, deportivos, taurinos, femeninos, infa ntiles, literarios, etcétera.
Ninguna disposición, por nimia o moderna que fuera, podía desecharse para luchar por
la difusión de la verdad y la erradicación del error, pues para Spínola la Buena Prensa
hacía referencia, como él mismo se encargó de dejar bien claro en una pastoral del año
1900, a “todo un programa de lo que se puede y se debe hacer para cortar los vuelos a los periódicos
malos y a los malos escritos, y para fomentar lo s periódicos sanos y los escritos provechosos” 118 .
Si gracias al talante de su más direct o re sponsable se había sido capaz de superar
el espinoso tema de la identificación polít ica gracias a la ausencia de relación con
facciones concretas, los fracasos de El Correo de Andalucía como empresa se empezaron a
advertir desde épocas muy tempranas. Como señala José Leonardo Ruiz Sánchez, a los
seis meses de su creación la cabecera llegó a plantearse el cie rre por las pérdidas
arrojadas 119 . Común a todas las iniciativas católicas, y el diario sevilla no no iba a ser una
excepción, fueron las penurias económicas por las cuales pasaron los sucesivos
intentos de poner en circulación un producto que cumpliera con su cometido de ser la
voz oficial de la Iglesia la ca usa de que muchos de el los de sparecieran sin poder llegar a
cumplir el objetivo para el cual habían nac ido 120 . Una situación causada no sólo, como
apuntaba Guillermo de Rivas, fundador de El Debate , porque los católicos no
invirtieran su dinero en un proyecto de periód ico que hiciera frente a los rotativos de la
izquierda (la creciente complejidad demandaba más capital y especialización de las
plantillas), sino por su exigua audiencia ante la falta de calado de sus discursos en el
terreno social concreto al cual se destinaban. En este sentid o, el problema radicaba en
el excesivo adoctrinamiento y la poca inform ación de los títulos católicos, que era lo
que el público acabó buscando en otras cab eceras, pues los periódicos confesionales, a
118 RUIZ SÁNCHE Z, José Leo nardo: Beato Marcel o… Op. cit., pág. 187.
119 Curso de Doctorado impart ido por los profesores José Leonardo Ru iz Sánchez y María Sierra Alonso: “La
cultura política y sus vehícul os en la España contemporá nea: la prensa católica durante la Restaur ación” del
Programa de Docto rado “Historia, Ideolog ías y Cult uras Políticas Con temporáneas” del Departamento de
Historia Contemporánea de la Facult ad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, Curso 2001/2002.
120 Con este panorama, la aven tura en la que se habí a embarcado Spínola sólo pod ía compensarse gra cias al
soporte económico del arzobispado y a las ayudas de eventos como el “Día de la Buena Pren sa”, destinado a
recaudar fondos para la publicación se villana, o la “Cruzada de la Buena Pren sa”, gracias a la cual surgieron en
varias localidades cent ros católicos cuyos so cios se encom endaron a la búsqueda de suscriptores y al r eparto de
ejemplares para ampliar la difusión del diario . RUIZ SÁNCHEZ, José Leon ardo: Política e Iglesia… Op . cit., pág.
66.
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pesar de su paulatina moderniz ación no habían podido librarse de la etiqueta de cáte dra
del dogma, relegando la cantidad y la ca lidad de las noticias a un lugar secundario 121 .
En sintonía con estas coordenadas naciona le s, la separación entre el público y el
rotativo sevillano era la manifestación local de l penoso estado de post ración en el cual
se hallaba la prensa católica nacional debido a la falta de apoyo de unos fieles que no
acudían a sus páginas, como ha retratad o Solange Hibbs-Lissorgues al referirse a El
Correo de Andalucía como un “diario de 4 páginas, que arrastraba una vida lánguida con una
tirada media de 2.800 ejemplares” y que “era el prototipo de publicació n religiosa y noticiera aséptica
cuyo único interés residía en comunica r regularmente datos acerca de los m i e m b r o s d e l a L i g a ca tó li c a y
acerca de otros apostolados en la provincia de Andalucía” 122 . Sin embargo, la perseverancia de
Spínola en la aventura period ística en la que se había e mbarcado y su atención a la
realidad de que un diario moderno era la re spuesta clave al avance de la impiedad le
llevó a lanzar un nuevo producto a la escena publicística s evillana que, en colabor ación
con el diario matriz, sirviera para hacer pres ente la existencia de un sector de opinión
adherido a los planteamientos de l catolicism o y al que se indicaba a través de la prensa
la actitud a asumir ante las doctrinas de lo q ue se había venido en llamar moderna
civilización.
Como Número Literario de El Correo de Andalucía la nueva publicación a la que
nos referimos nacía co n la difícil labor de conciliar en sus páginas las reivindic aciones
propias de una prensa hecha por católicos pa r a católicos, y las demandas de un público
cada vez más integrado en una estructura co municativa moderna y empresarial, donde,
además, se empezaban a observar ya las cond iciones laborales de los profesionales del
periodismo y se imponía una profunda reflex ión en torno a su responsabilidad en los
acontecimientos coloniales.
121 PÉREZ L ÓPEZ, PABL O: Op. cit., págs. 11-13.
122 HIBBS-LISSORGUES, Solang e: Op. cit., pág. 382.
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2.1. La irrupción del Núm ero Litera rio entre la regene ración cultural y el
descanso dominical
El 11 de febrero de 1899, diez días de spués de que el arzobispado de Sevilla
presentara su Diario Católico de Noticias , aparecía en su primera página una inform ación
titulada “Hoja literaria de El Correo de Andalucía ”, que anunciaba a los lectores la
sustitución del periódico a part ir del lunes siguiente y durante dicho día de la s emana
por otro impreso, variación del órgano matriz, para adaptarse en su totalidad a las
enseñanzas de León XIII sobre la santific a ción del día del Señor y en el cual se
abordarían contenidos disímiles a los su ministrados diariament e . E l t e x t o , q u e
reproducimos a continuación en su integrida d , es una perfecta síntesis de las razones
que animaron a Marc elo Spínola, tan preoc upado por el adoctrinamiento de los
individuos apartados de la fe, a involucrarse en la redacción de una hoja en la que debía
demostrar su habilidad y su sapiencia para combinar las necesid ades informativas del
público con las justas reivindicaciones la borales reclamadas por el Papa en la Rerum
Novarum :
Con el firme propósito de guardar e l precepto del Desc anso Dominical, y no queriendo
privar a nuestros suscript ores de la edición de la mañan a del lunes, con las últimas n oticias, desde
el lunes 13 publicaremos una Hoja literaria que procuraremos ame nizar todo lo posible, y que
sirva de estímulo y acicate a los literarios y poetas y par a lucir las facultades con que se ha dignado
Dios a enaltecerles. Preferimos en esto como en todo el dar al prometer. De dicha Hoja, sólo se
excluye lo feo, lo malo o lo falso. Para que lo reco ja quien quiera. Si alg una hora fuera necesario
trabajar del día festivo, pero de noche , hemos humildemente pedido y obtenido la autorizaci ón
eclesiástica indispensable. El número que conten ga la Hoja literaria se dará gratis á los señores
suscriptores. Para la venta, el precio de los demás números 123 .
El primero de los factores dete rminantes en la creación de la Hoja Literaria –
posteriormente Número Literario – fue, pues, la acérrima campaña orquestada desde la
jerarquía para lograr el preceptuado descanso dominical que, aunque todavía no estaba
reconocido en la legislación, se había inst aurado en algunos sectores gracias a los
acuerdos alcanzados por los gremios y la pa tronal sin injerencia de las autoridades
123 “Hoja literaria de El Correo de Andalucía ” en ECA., 11 de febrero de 1899.
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administrativas y eclesiásticas 124 . Éstas últimas estaban muy interesadas en lograr la
estricta observancia de no trabajar el séptim o día de la semana para poder cumplir ese
ineludible ritual católico y otorgar, así, a este estrato la protección que desde las
enseñanzas vaticanas se reclamaba para los obr eros ante el poco r econocimiento que al
respecto reservaba la más pura lógica del capitalismo 125 .
La autoridad de la Iglesia destinaba para este amplio sustrato de la población
medidas tendentes a mejorar sus miserias y conc retadas en el descanso las festividades
para proceder a la santificación del calend ario católico, evitando así que los pobres
vagaran ociosamente y se entregaran a vici os (el baile o el alcohol, por ejemplo)
nocivos para su alma y su salario 126 . También se observaba la limitación de la jor nada
atendiendo a las características físicas de cada obrero y a la la bor desarrollada con el
objetivo de evitar el abuso patronal y el embotamiento espirit ual, restringiendo
asimismo el trabajo en los infantes, al no es tar su fortaleza todavía lo suficientemente
desarrollada, y en las mujeres 127 . En último lugar, la regula ción salarial tomaría como
punto de referencia la doctrina social, que consideraba e l trabajo un asunto personal,
adecuado a la fuerza y capaci dad del indivi duo, quien decidía ponerla volu ntariamente
al servicio del patrono, y necesario, pues r ecibía a cambio de esta prestación un sueldo
para su subsistencia.
No fueron sólo las indicaciones papales l as que hacían referencia a la obligada
observancia del descanso dom inical como muestra del más absoluto respeto a lo
preceptuado por el Tercer Mandamiento, sino que también los congresos, centrados en
la actividad política, sindic al y propagandística durante la coyuntura finisecular,
abordaron el problema de l as reivindicaciones y reflexi onaron sobre los beneficios
sugeridos por el descanso dominical y el re sto de las premisas leontinas a los católicos
en sus relaciones laborales. Así se recogió en el punt o IV de la s conclusiones de la
124 RINCÓN PALACIOS, Manuel Alfonso: E l C o r r e o d e A n d a l u c í a . C i e n a ñ o s d e S e v i l l a . Fomento de Iniciati vas
Andaluzas, Sevilla, 1999, pág. 9 .
125 MARTÍN ARTAJO, Alberto; y CUERVO, Maximiliano: Doctrina social católica de León XIII y Pío XI . Editorial
Labor S.A., Barcelona, 1933, pág. 67.
126 Tendr emos oca sión de abor dar este a spect o más detenidamente en la cuarta parte.
127 Emile Guerry mantiene que las leyes relativas al trabajo de ambos grupos se promulgaro n en Europa tras la
aparición de la Rerum Nova rum . Véase GUERRY, Emile : La doctrina social de la I glesia. Rialp, Madrid, 1961, pág.
175.
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sección tercera del congreso católico celebrado en Sevilla en 1892, donde la jerarquía y
los seglares acordaron promoverlo por los justificados provechos aportados a la
regeneración moral de los obreros:
Renueva las fuerzas físicas del hombre y confor ta su espíritu para qu e pueda continuar
sus tareas con más vigor y con más intensa aplicac ión; au menta la fecundidad y eficacia del trabajo
y la perfección de los productos; impide la deprec iación de los salarios; atenúa los inconvenientes
que se siguen de la divisió n excesiva del trabajo y del uso de ciertas máquinas; limita la
concurrencia inmoderada; estrecha los lazos de la familia; fomenta la s buenas costumbres;
disminuye el pauperismo; es condición indispensa ble para la existencia del patron ato y de las
asociaciones de obreros; acrecienta el bienestar de estos y de los patronos, y en suma, lejos de ser
perjudicial es sobremanera be neficios o para la pros peridad de los pueblos 128 .
A los fervorosos devotos que se dieron cita en las sesiones congresuales se
confiaría la labor de difundir las enseñanzas instituidas por la virtud católica para el día
del Señor, sobre todo porque la desconfianza hacia la actuación estatal en este terreno
–como en otros– era manifiesta desde el mo mento en que la labor legislativa en dicho
ámbito se encontraba totalmente desaten dida, como demu estra que no fue hasta 1904
cuando el gabinete del conservador Antoni o Maura aprobó la defi nitiva Ley de 3 de
marzo de 1904 sobre Descanso Dominical, desarrollada en el Reglamento de 19 de
abril de 1905. La normativa recogía el testigo de las actuaciones ya iniciadas en el
gabinete Silvela de marzo de 1899 por Eduardo Dato des de el Ministerio de
Gobernación siguiendo las doctrinas de León XIII. Esta ley, sin embargo, no satisfacía
en su totalidad los deseos católicos pues en ella no se mencionaba el carácter sacro de
tal festividad “siendo la única nota de carácter religioso que existe en dicha Ley la obligación de
otorgar al operario a quien no co rresponda descansar en domingo o dí a festivo el tiempo necesario para
el cumplimiento de sus deberes religiosos” 129 , a lo que estaba obligado el Estado si quería
demostrar que su tutela del culto of icial era un compromiso fehaciente.
Aunque reivindicación puramente ecles ial, el mundo periodístico tampoco
podía quedar ajeno a estas pretensiones, sobr e todo porque el desc anso dominical era
128 CRÓNICAS DEL III CONGRESO CA TÓLICO DE SEVILLA (1892) (España) [en línea] <http://
www.filosofía.org/ave/001/a053.htm > [Consulta: 16 de julio de 2002]. Pa ra las referencias de recursos
electrónicos se emplea la norma ISO-690-2.
129 MARTÍNEZ PEREIRO, Manuel: L egislación sobre Descanso Dominical . Asociación Católica pro Santifi cación de
las Fiestas, Madr id, 1944, pág. 6.
-96-
aparentemente menores como la prensa o las violentas reivindicaciones de los obreros
a través de los movimientos huelguísticos. “Variedades”, “Ecos y Rumores” y “Perfiles
y Borrones” fijaban también su atención en notas de la actualidad menuda e
internacional para exponer las pautas que debí an regir las incursiones de los fieles en
cualquiera de los tres pilares sobre los que se sostenía el movimiento de regeneración
católica articulado por la Santa Sede.
Si los epígrafes vistos hasta el mo ment o tenían un anclaje más o me nos sólido
en la realidad (personalidades hist óricas o acontecimiento del panorama informativo
nacional e internacional), serán más nume rosas, por el espíritu que anima al
suplemento, las secciones plenamente inse rtas en el terreno de la ficción, como
“Historietas y Cuentos”, “Arenitas de Oro” , “De re literaria”, “La lira cristiana”, o
“Anécdotas”, donde ajustándose a los mecani smos tradicionales de la literatura se
suministraba a los lectores de manera simpli ficada las claves de la religiosidad para
animarlos a defender la presencia de la Igle sia en cuanto institución, así como de la
religión como ideología en el siglo XI X. Una doble faceta que encontraba su
plasmación sistemática en esas le trillas y relatos que componían El Correo de Andalucía.
Número Lite rario con un esquema bastante fijo, dond e el encuentro dialéctico entre un
cristiano y un hereje (ya sea bajo la forma de un librepensador, de un masón o de un
socialista, representaciones de una mism a realidad) recurría siempre a los dos
elementos por antonomasia del discurso ca tólico (Dios como fuerza sobrenat ural y
misteriosa que todo lo puede, frente a el hombre como súbdito de los designios del
plan divino que perderá la r ecompensa celestial si se deja engatusar por los demagogos
anticlericales), y concluía con el imperati vo de mantener inamovible la influencia
confesional a pesar de las transformaciones op eradas en este período de la historia en
España.
Desoyendo la mutación estructural vivi da en los valores económic os, políticos,
sociales, etc., la propaganda católica mant enía, pues, el contenido de sus mensajes,
ahora revestidos con los ornamentos literarios para ensalzar que, tanto en el nivel
colectivo como en el in dividual, su palabra era un corpus totalizador y
omnicomprensivo que afectaba a todo lo rela cionado con el hombre. De este modo, el
-97-
discurso enmascarado bajo el ca pelo de la creación literaria va a repetir el tópico de la
esencia católica como arma ideológica contra todo lo herético, descartando, por tanto,
la posibilidad de negar el carácter sagrado de la existencia de las cosas, trasladando las
esperanzas humanas al más allá, procediendo sin reparos a la sacralización de aquellos a
quienes se encomienda la protección de la virtud, imponiendo límites al intelecto
humano que debe aceptar los mandatos divino s por el mero hecho de serlos, etc.
Una ideología monolítica, en suma, que apuesta por la certeza, por la
indiscutibilidad e infabilidad del dogma como escudo frente a los ataques dedicados
por el mundo liberal a la religión y a la Ig lesia, incluso en las secciones donde parecen
realizarse esas leves concesiones a la modernidad antes mencionadas como, por
ejemplo, “Movimiento científico ”, “Revista científica”, “Secci ón científica” (a partir del
número 117, “Sección científico-religiosa” ), “Inventos y Curios idades”, con clara
pleitesía a las orientaciones neotomistas para enfrentarse en el ámbi to del conocimiento
a los progresos de la razón; y “El mundo cat ólico”, referido éste último a la difusión
doctrinaria sobre cuestiones de carácter soci al motivadas por los cambios en el terreno
laboral y la necesaria atención a los obr eros causada por el fenómeno de la
industrialización en las sociedades capitalistas.
Se completaba la apuesta periodística de Spínola con otras secciones menores
como “Cuestionario” (donde se c onvocaban re gularmente concursos entre los lectores
para ver quién proporcionaba la definición más adecuada de temas candentes como el
pauperismo o el anarquismo); “Pensamie ntos” (también llamados “Pensamientos
Notables”) de ilustres pensadores de todas las tendencias ideológic as a los cuales unía
el vínculo de la religión y sus más o menos sesudas reflexiones para terminar de
esclarecer cualquier duda en torno a los c ontenidos del catolicismo; “Mi Almanaque”,
versión simplif icada de estos elementos comunicati vos donde se ofr ecían las claves
litúrgicas con el santo y el consejo del día; “Pinceladas”, donde el director del diario
matriz, Sánchez Arráiz, aprovechaba para hac e r su particular recorrido por los enclaves
católicos más destacados de la ciudad hisp alense, o “Perla Literaria” (que aparece en
ocasiones bajo el membrete de “Joyas Clás icas”), donde se recuperaban textos de
-98-
autores que vivieron los tiempos de gran deza del Sacrosanto Imperio Espa ñol y
dejaron constancia en sus escritos de tan magna realidad ahora desaparecida.
La falta de sistematización en cuanto a la ubicación y periodicidad de los textos
publicados (aunque todos pueden re sumirse te máticamente en la acérrima defensa de la
religión como timonel que debe guiar la vi da de todos los pueblos), así como con
respecto a los elementos formales (tipogra fía, tamaño de los c uerpos, cintillos,
ilustraciones, etc.) empleados para aligerar y dinamizar la compos ición de las páginas
no resta, sin embargo, originalidad a la inic iativa de S pínola, para quien era forzoso
abandonar la actitud inquisitori al mantenida por muchos relig iosos y seglares al frente
de publicaciones confesionales 147 y pasar a concebir la acti vidad propagandíst ica como
un producto que debía irse haciendo su si tio en el panorama nacional, suminist rando
otro tipo de información que atrajera al lector hastiado de los encontronazos entre
grupos divergentes en las cabeceras netamente ideológicas. A deci r del prelado, debía
desechar el periodismo su carácter combativ o e inundarse de rasgos de actualidad para
ofrecer a los lectores un lugar común donde reunir las fuerzas dispersas de los fieles en
materia periodística.
Ello serviría de prolegómeno a una previsible extrapolación de esta
convergencia exigida por el Pontífice a otros ámbitos más peliagudos, en clara
referencia a la política, donde se eternizaban en esos años los debates sobre la inclusión
de candidatos católic os en los partidos preexistentes o en nuevas formaciones
aparecidas ad hoc para participar en los engranajes del sistema articulado por Cá novas
sobre la alternancia de dos partidos tan cerca nos el uno de l otro que desvirtuaron en su
pactado acceso al poder a los adversarios ideo lógicos (algunos católicos entre ellos) no
dispuestos a asumir los términos mínimos del debate nac ional animado por el polític o
de la formación conservadora y sanci onado por el fusionismo de Sagasta.
147 El Católico Romano , La Ciencia Cristiana , La Ciudad de Dios , La Convicción , El Correo Catalán , El Criterio Católico , La
Cruz , La Cruzada , Diario de Barcelona , Diario de Cataluña , Dogm a y Razón , La Fe , La Hormiga de Oro , La Iglesia , La
Iglesia Católica , La Lectura Dominical , El Men sajero del Corazón de Jesús , El Pensamiento Español , La Razón Católica ,
Revista Católica de España , Revista Popular , El S iglo Futuro , El Tradicionalista , La Unión , La Veu de Montserrat , etcétera,
por citar sólo algunos tít ulos de los cuales pue de obtener s e una ficha de iden tificación en la obra ya cit ada de
Hibbs-Lissorgues.
-99-
PARTE SEGUNDA
“LA ACCIÓN POLÍTICA”
INICIATIVAS EN Y DESDE LA LEGALIDA D VIGENTE PA RA LA
RESTAURACIÓN DEL SISTEM A LIBERAL EN TÉRMINOS
CRISTIANOS
La restitución del catolicismo en el mundo li beral de finales del siglo XIX va a ser el
objetivo perseguido por León XIII desde el inicio de su Pontificado en 1878. Una vez
superada la intransigencia de su predecesor en el solio vaticano, Pío IX, y desde el
reconocimiento de que el librepe nsamiento es inevitable a est as alturas de la historia de
la humanidad, se va a encargar de plante ar durante sus quince años de mandato la
máxima de que resultará más fructífero para los fieles hacer discurrir el Estado liberal
por los cauces de la fe, conquistando su s instituciones y llenándolas del espíritu
religioso, que oponerse frontalmente a él y condenarse a un ostracismo gubernamental
que tan funestos resultados ha ocasi onado a la institución eclesial.
Con esta actitud transigente y alejada del fundamentalismo de quienes automarginados
de la vida pública desean evitar cualquier contacto con los tiempos presentes, se va a
impulsar la ansiada consecución de un part ido político netamente confesional capaz de
integrarse en el sistema gubernamental, con el objetivo de materializar en las
disposiciones legislativas emanadas de la or denación liberal la efectiva defensa de la
Iglesia en un mundo donde el avance impa rable del laicismo obliga a no desechar
ninguna herramienta, incluso aunque sean las orquestadas por el enemigo.
Esta llamada a la convivencia se ofrece co mo símbolo contemporiz ador de la Corte
Romana con un régimen que, en teoría, no de be representar ningún inconveniente en
su lucha para reconquistar la inspiración religiosa de la sociedad. De acuerdo con las
declaraciones explícitas de León XIII sobre la accidentalidad de las formas de gobierno
y la aceptación circunstancial de las libertades democráticas (anteriormente de perdición ),
-100-
se abre una nueva vía para las relaciones Iglesia-Estado en orden a permitir una
convivencia pacífica entre ambas soberaní as en unos tiempos en los que se ha
articulado un sistema de justificación para dic ho comportamiento s obre el presupuesto
de la hipótesis , la parte del ideal teocrático rea lizable sin menosca bo de la fe y sin
perjuicio para la ordenación legal e xistente.
Sin embargo, como veremos en las páginas si guientes, si bien éstas son las premisas del
Movimiento Católico en Europa, su planteam iento en un país como España, donde es
elevado el grado de di visión entre los católicos, inte rpone numerosos obstáculos para
lograr una presencia cohesionada en las in stituciones liberales parlamentarias. Al
posibilismo político, a la sincera obedien cia hacia las encíclicas leontinas de los
católicos filoliberales (los denominados mestizos por la lite ratura y la prensa exaltada)
vienen a oponerse los actos de los más ra dicales, par a quienes será obligada la
descalificación de la legalidad des oyendo las enseñanzas papales, aunque éstas hayan
manifestado reiteradamente la necesid ad de brindar apoyo a la monarquía
constitucional impulsada por Ant onio Cánov as, al no entrar en colisión con ninguno
de los principios preservados desde la Santa Sede. Cualquier otra defensa partidista del
credo –como la sostenida por carlistas e integristas– restará energías al deseo de
Giovanni Pecci de lograr la progresiva unión de los fieles en pro de la causa religiosa.
A esta indefinición de los católico s a la hora de entenderse como liberales , deberá
sumarse también la explícita def ensa de la religión acometida por el Estado de la
Restauración, hecho que viene a debilitar la fortaleza del m ovimiento hispano y supone
una importante merma de sus posibilidades de constituirse como frente cohesionado al
margen de sus vinculaciones part idistas. Fuertemente divididos entre sí y con un
régimen legal que, a pesar de sus algaradas an ticlericales, establece una defensa explícita
de la confesionalidad (t endremos ocasión de c omprobarlo con la redacción del artículo
11 de la Constitución de 18 76 y la normativa sobre las congregaciones religiosas), el
catolicismo renovado de finales del siglo XI X deberá asumir sus propias disensiones en
este terreno para entender los fracasos de su participación en las instituciones públicas.
-101-
CAPÍTULO III
LA RESTAURACIÓN Y EL RENACIMIENTO CATÓLICO
La llegada a la vida política española de An tonio Cánovas del Cast illo, artífice de la
restitución de los Borbones en el trono, inau guró para el estamento clerical una etapa
de paz y tranquilidad de la cual no se tení a constancia des de comi enzos del siglo XIX.
Abatida por los sucesos de la Septembrina, la Iglesia asistía a su propia restauración tras
un siglo de continuos enfrentamientos con las facciones que había n pretendido
excluirla de la vida pública, gracias al respeto de la rai gambre católica anunciada por el
prohombre conservador como medida im presci ndible para la nueva realida d del país.
Ahora bien, dicha pervivencia de la fe no esta ba sola en la experiencia canovista, sino
que de acuerdo con los deseos del político malagueño debía compartir su privilegiado
estatuto con las nuevas libertades, hecho que desde las filas eclesiales se percibía como
un atentado contra la esencia de la catolicidad española. Sin embargo, esta
inobservancia de la perfecta y total unidad en las verdades divin as no suponía ningún
peligro para el dominio de la Santa Sede porque los dos partidos del turno pacíf ico, a
pesar de su conciencia liber al, optaron por la defensa –i mplícita– de los privilegios
eclesiales, aunque de cara a la opinión públ ica abanderan la libe rtad religiosa (los
conservadores) y la causa anticlerical (los liberales) como claro exponente de su ideario
y su programa de actuación.
-102-
1. De la Unión Católica al catolicismo social
La expedición católica en el campo político aparecía en los últimos años del
siglo XIX como la única respuesta posible tr as el fracaso confesional experimentado e n
todos los órdenes en los cuales se había luch ado por ejercer una actuación eficaz contra
las libertades de perdición. En primer lugar , se había frustrado la iniciativa militar
encarnada en el movimiento carlista 148 , al cual estaban adscritos un considerable
número de sacerdotes porque, en su opinión, era la única corriente que permitía la
recuperación del ideal cristiano en su plenitud , al alzar la bandera de la religión y la
Iglesia amenazada como estandarte en torno al cual armar sus reivindicaciones frente al
rumbo liberal implantado en Es paña tras el rendimiento de ésta a los perniciosos
influjos revolucionarios.
La profunda confianza de algunos religioso s y seglares en el carlismo era motivo
de preocupación para el político a quien se debía la autoría de la experiencia
restauradora, Antonio Cánovas del Castillo , desde el momento en que el prohombre
conservador temía, en primer lugar, el r echazo de la Santa Sede al conocerse las
inclinaciones liberales del le gítimo heredero al trono es pañol, pues recogía el joven
monarca la herencia de unos antepasados que habían despojado a la institución
eclesiástica de sus posesiones y sus privilegi os –como se encargaban de señalar los
partidarios de don Carlos en sus descalific aciones– y, en segu ndo lugar, un posible
yerro en su deseo de atraerse a los sedu cidos por las co nsignas de la restaurable tesi s
católica y por la sectaria identificación rea ccionaria entre el dogma y una determinada
148 La negativa a reconocer como heredera al tro no a la pr incesa Isabel tras la muert e de Fernando VII originó la
aparición del movimiento carlista, aglutinado en torno a las reclamaciones del herm ano y he reder o del mona rca
fallecido, el infa nte don Carlos. Una corri ente que en su tr iple concepción, dinástica, política e ideológica, venía a
acentuar aún más la oposición entre los partid arios de la in troducción en España de refo rmas afines al espíritu de
los nuevos tiempos y los defen sores, de acuerdo con una postura inmovilista y tradicional, del or den estamental y
el régimen político de la monarquía ab soluta, en clara oposició n a las modernid ades que h abían sido introducidas
en el territorio nacional por la revo lución francesa. Su programa de actuación se co mpletaba con la conservación
de los fueros, que incluían go bierno autonómico, justi cia independiente y privilegios fi scales. Con esta car ta de
presentación no es de extrañ ar que se aglutinaran en torno al pretendien te epónimo todos los oposi tores del
rumbo liberal, quienes confiab an exclusivam ente en el recurso a la fuerza mi litar como mo do de actua ción. Así lo
demostraron los diversos levantamie ntos que desde el año 1833 protagonizó esta facción . La primera guerra
carlista concluiría en 1839 con el Convenio de Vergara, pero la aceptación de someterse a la reina no aplacaría los
ánimos de los seguidores del candidato carlista, quienes se alzarían nuevamen te en armas en 1848 y en 1860. Para
un desarrollo de est e tema, véase PAL ACIO ATARD, V icente: Edad Contemporánea (1808-1898). Manual de
Historia de España 4 . Espasa Calpe, Madrid, 1978, pág. 17 9 y ss. Asimismo, resulta inte resante la visión del
hispanista Raymond Carr en su obra España (1808-1975) , página 326 y ss.
-103-
forma de gobierno. El esfuerzo de Cánovas debí a orientarse, por tanto, hacia la victoria
sobre la facción proscrita, a la qu e los ac ontecimientos revoluciona rios de 1868 y la
inauguración formal de la reposición borbónica no había n debilitado (en el año 1874
los seguidores del pretendiente disfrutaban de su propio Estado en el norte y de un
ejército de veinte mil hombres 149 ), ni tampoco impedido incorporarse a la lucha
política, visible en la tímida apertura de don Carlos tras la firma del Manifie sto de
Morentín 150 , aunque dicha participación no fuer a bien vista desde to dos los sectores
integrantes del movimiento.
La pacificación carlista acometida por Cá novas con el fin de ampliar las bases
del consenso hacia la derecha católica cu lminó con la derrota militar de 1876 que
obligó al pretendiente proscrito y a varios millares de sus seguidores a cruzar la
frontera con Francia el 28 de febrero. El abandono de las tropas simbolizó para los
confiados en el poderío militar de esta formación una significativa derrota en sus
ambiciones, así como una llamada de atenci ón para reconsiderar sus alternativas de
actuación, las cuales empezaron a surgir a los pocos meses de la marcha del
pretendiente cuando se constituyó una Junta que se encargaría de discernir la fórmula
aplicable a partir de ese momento. Se inau guraba así una nueva etapa en la evolu ción
de este sector, vencido en el campo militar pero no en el político, en cuyo seno las
discrepancias sobre la incorporación al sistem a o la obstinación en el retraimiento a la
espera de una catástrofe que derribara el régimen vigente y diera una oportunidad de
victoria habían aplaza do la consecución de sus objetivos.
Del mismo modo que la apuesta carlista se había malogrado, la actuación de los
católicos en el terreno del apoliticismo con su dedicación a obras educativas y
propagandísticas para frenar el avance an ticlerical tampoco dio los resultados
esperados. A raíz de los suces os del año 1868 se constituyeron en España, al calor de
organizaciones similare s aparecidas en Al emania, Francia o Bélgica, las primeras
149 CARR, Raymond: Op. cit., p ág. 328.
150 Para el de sarrollo de algunos de los puntos contenidos en el citado documento, véase ARTOLA GALLEGO,
Miguel: Partidos y programas políti cos (1808-1936) . Aguilar, Madrid, 1977, pág. 535.
-104-
corporativas laicas confesionales 151 : la Asociación de Católicos, surgida en diciembre de
ese año bajo el auspicio del tradiciona lista Antonio Aparisi y Guijarro y con la
colaboración del marqués de Vilu ma, el co nde de Vigo, el cond e de Orgaz, León
Carbonero y Sol, Ramón Vina der, Cándido y Ramón N ocedal, y la Juventud Católica,
cuyas actividades empezaron a desarrollarse en enero del siguiente año. Alejadas de
cualquier anhelo político por la nec esaria neutralidad que al respecto debía mante nerse
–de hecho, en el caso de la primera se acordó que los inte grantes de la Junta Superior
fueran laicos que, además, no hubieran teni do ninguna relación con el desempeño de
actividades o cargos políticos– y centradas ex clusivamente en el aspecto religioso para
defender el culto y la moral cristiana bajo el principio de absoluta obediencia a los
prelados, las campañas a las que se dedicaron una y otra organizaci ón se extendieron al
campo de las publicacio nes, la beneficencia, la enseñanza , etcétera. La receta de unidad
católica parecía haber encontrado una nu eva fórmula para oponerse a la impiedad
moderna sin necesidad de recurrir a la contam inación gubernamental, pues se entendía
que no debían ligarse sus intereses a un ámbito dominado por corrientes
librepensadoras donde se cuestionaba el objetivo último de salvación. Sólo
perseverando en su apoliticismo consegui ría la religión la recuperación de cada
individuo para la moral cristiana 152 . A pesar de su deseo de aislacionismo político, la
Asociación de Católicos no pu do evitar el surg imiento de la disidencia en sus propias
filas, pues algunas personalidades consid eraban que era imperativo continuar la
influencia que tradicionalmente había teni do la religión en la toma de decisiones
gubernamentales. Para ello fundaron el Ce ntro Católic o Monárquico, desgajado de la
Asociación, a pesar de que Pío IX se había manifestado claramente de acuerdo con los
principios de neutralidad refrendados en la acogida dispen sada por el Santo Padre a la
Junta Suprema de la Asociación.
151 ANDRÉS- GALLEGO , José: O p. cit., pág. 1 0.
152 El proyecto de la Asociación se proponía la defensa del poder temporal del Pontífice al margen de todo
partido político, de ahí que sus mani obras se concretaran en campañas re ligiosas encaminadas a fomentar la
propaganda católica bajo la forma de folletos, publicac iones y buenos libros (para ello se contaba con la
inestimable ayuda de Carbonero y Sol, director d e la revista La Cruz ), so steniendo es cuelas de p rimeras
enseñanzas y c entros como lo s Estudios Católic os. Por su parte, la Juventud publicaba la Revista Católica de
España .
-105-
En 1877, operada ya completamente la Restauración y comprobada su defensa
implícita de la religión, muchos de los laic os enrolados en la aventura de la Asociación
se relajaron en el cumplimiento de sus ob ligaciones y las Juntas constituidas en las
provincias se disolvieron o ignoraron las directrices emanadas desde el órgano
superior, lo que venía a ratificar la poca firm eza de este primer ensayo de los católicos
españoles. Tras estos fracasos los católicos estaban cada vez más convencidos de que
su respuesta debía organizarse en torno a la fundación de un partido político con el que
se consiguiera, además, dar respuesta a otra realidad que amenazaba la implantación de
la tesis : la aproximación al poder de Mateo Pr áxedes Sagasta, líder del Partido Liberal-
Fusionista en cuyo seno se congregaban lo s revolucionarios que habían arrancado de
Cánovas, según entendía el Papado, una seri e de libertades de acuerdo con el respeto
mostrado por el político malagueño hacia las conquistas constitucionales de 1869.
Atenta al funcionamiento del turno, garante del acceso al poder de los dos
partidos representativos de la disparida d política que Cánovas trató de comprimir en su
régimen de aquiescencia, la jerarquía cató lica era consciente de que la prerro gativa
regia, a pesar de la manifiesta catolicidad del monarca afirmada en el Manifiesto de
Sandhurst, disolvería llegad o el momento las Cortes y encargaría la formación del
nuevo gabinete a las fuerzas liber ales, con los elementos demócratas y progresistas en
posesión de la autoridad legislat iva para c onve rtir en realidad las máximas ideológicas
no realizadas en 1868: sufragio universal, jurado, leyes de prensa liberales, leyes de
asociaciones, libertad de culto, etcétera. Pa ra mitigar los potenciales efectos de dicha
situación, tras los fracasos de los carlistas y las corporaciones laicas quedaba sólo una
opción, la participación de los católicos bajo la estricta observancia de los prelados en
el campo de los poderes constituidos; postu ra que se vio favorecida por los c ambios
operados en la Santa Sede, donde la intransige ncia de Pío IX hacia la organización legal
había sido sustituida por las nuevas orient aciones de León XIII sobre la aceptación de
las instituciones imperantes y la incorpor ación a las mismas en nombre de la Santa
Madre Iglesia.
Bajo los presupuestos de la aproba ción circunstancial de las libertades
democráticas a la espera de la implantación de la tesis , del reconocimient o del
-112-
la moral se pasó, para alcanzar el entendim iento universal al margen de las coyunturas
gubernamentales, a las obras de piedad, las labores docentes, la difusión
propagandística, la atención a los obreros, et cétera. El reglamento de la Junta Central
constituida para la organización de los Co ng resos, redactado por el obispo de Ávila
Ciriaco María Sancha 162 , no mencionaba la acción política, es más, la prohibía y exigía la
declaración de antiliberalismo de to dos los participantes en el Congreso 163 .
La fidelidad al apoliticis mo era la consig na de los concentrad os en las distintas
ciudades congresuales a pesar de que lo s mandatos pontificios al respecto no se
orientaban con la misma neutralidad sino q ue continuaban la línea inaugurada en las
encíclicas Cum Multa , Inmortale Dei y Libertas sintetizadas ahora en la Sapientiae
Christianae (1890), donde León XIII reiteraba los puntos sobre los cuales se debía
articular la efectiva inclusión en el ca mpo legal: perfecta obediencia a los obispos,
accidentalismo, colaboracionismo con las f o rmaciones menos malas, respeto hacia el
credo ideológico de los cató licos quienes, sin embargo, debían obviarlos para tomar
partido activamente en las instituciones libe rales, apellidadas así más por tradición que
por profesar realmente las máximas de esta corriente filosófica.
Los resultados no fueron, sin embargo, del todo satisfactorios porque, a pesar
de que podría haberse constituido un eficaz grupo de pres ión, la participación fue más
bien exigua por la divergencia de pareceres entre una y otra postura. Así lo demuestra,
por ejemplo, la poca continui dad de los congresos y el ba jo grado de adhesión de los
obispos al proyecto de León XIII, a quienes parecía bastar el clima de protección
dispensado, como veremos, por el régimen canovista. El conciliador Pontífice
reclamaba unas pretensiones con sentido en países donde realmente estuviera
amenazada la religión, Francia por ejempl o, donde sí se hacía indispensable el ral liement
extrapolado por León XIII a un c aso, el español, en el q ue la batalla política estaba ya
ganada gracias a la privilegiada posición dispensada al culto católico, como reconoce
Andrés-Gallego:
162 El obispo había sido uno de los más activos promotores de las críticas contra Alejandro Pidal y la Unión
Católica.
163 En ANDRÉS- GALLEGO, José: Op. cit., pág. 35.
-113-
En el fondo, seguía sin comprenderse que la re cuperación (la cristianización, en rigor) de
la sociedad sólo podía tener sentido como camino para la cristianización del individuo y que la
batalla –si tenía que h aber batalla– debía ceñirse a los campos en los que el ataque se diera: que
contestar con una acción política de fensiva en nomb re de la Iglesia cuan do los políticos gobern antes
no atacaban a la propia Iglesia tenía poco sentido y, en el peor de los casos, po día suscitar la lógica
reacción anticatólica que ahora no existía, si los empeños polít icos eclesiásticos llegaban a
prosperar 164 .
Esta cierta defensa de la confesiona lidad estatal imprimió una determinada
orientación al Movimiento Católico peninsul a r debilitando la respuesta de los devotos
españoles con vistas a la organización de sus fuerzas. Dicha realidad establecía, además,
otra notable diferencia con re specto a la unión en el resto de los países que también se
habían visto amenazados por las perversas ínfulas del liberalism o, pues es opinión
generalizada entre los estudiosos de la ev olución eclesial hispana subrayar que su
acción para recuperar las modernas socie dad es se produjo con cierta rémora en
comparación con los ritmos marcados en Francia, Italia y Alemania 165 . La razón para
dicho desfase la encuentran en la innega ble realidad del arraigo social de la
confesionalidad en España, a pesar de la historia decimonónica de tensiones entre
poder civil y espiritual. Las creencias cristianas, más allá de constituir una forma de fe
individual, se concebían como “el signo formal de pertenen cia a la sociedad española” 166 , un
factor estructural de construcción de la identi dad nacional gracias al cual se forjaba la
idea de que ser español era ser católico.
La simbiosis entre Historia , Patria y Catolicismo aseguraba el mantenimiento del
ideal contrarreformista de un Estado en el cual los valores confesionales eran los
vectores de la realidad social y política 167 . El anclaje proporcionado por el catolicismo a
la España del siglo XIX quedaba perfectam ente plasmado en la pervivencia del
Concordato de 1851 que, como mantiene Fr ances Lannon, dominaba la vida española
164 Ibídem, pág. 42.
165 En estos países se habían vivido ac ontecimi entos (la Constitución Civil del Clero, la anexión italiana realizada
sin respetar los territorios vati ca nos, la política bi smarckiana del Kulturkampf , respectivamente) que facilitaron la
unidad y la fortaleza de acción contra el perf e ctamente iden tificado frente anticatólico.
166 CARR, Raymon d: Op. cit., p ág. 58.
167 Puede verse, al respecto, la terc era parte del libro de Á LVAREZ JUNCO, Jos é: Mater dolorosa. La idea de
España en el siglo XIX . Taurus, Madrid, 2003.
-114-
de manera tácita y así “España seguía siendo lo que la Contrarreforma había hecho de ella” 168 , un
país donde la transacción religiosa experime ntada hacía siglos en otras zonas europeas
(la Reforma protestante o la escisión de lo s fra nceses hugonotes) no había tenido lugar.
El acuerdo suscrito durante el gobierno de Juan Bravo Murillo zanjaba la ruptura entre
la Iglesia y el Estado liberal, la tensión entr e clericalismo y anticlericalismo en la que los
liberales abundaron durante sus disputas ideo lógicas con los legitim istas. A pesar del
clima de indignación interiorizado contra el clero –del que los episodios de violencia
como la quema de conventos o la dilapidación de sus rentas eran un buen ejemplo–, la
crítica anticlerical, incluso en los períodos de mayor radicalismo, no sirvió nunca para
desplazar completamente las prácticas devota s de carácter popular o el sentimiento de
que los españoles eran católicos antes que cualquier otra cosa.
La sociedad hispana no ha bía interrumpido, por tanto, su lealtad hacia los
anclajes dogmáticos 169 , independientemente de los giros hacia la izquierda a la hora de
adoptar ciertas medidas de las que se deriva ron importantes consecuencias para la vida
ordinaria del estamento eclesial, pues las ac ciones emprendidas bajo la tutela de los
gobiernos más progresistas la habían colocado bajo la dependencia del Estado.
Ciertamente se mantenía la tradición, pero estas disposiciones concretadas
formalmente en la protección o desatenci ón hacia las necesidades económicas y
sociales del clero demostraban la ambigüedad en la que se desenvolvían los sucesivos
gabinetes, los cuales trataban de conciliar su respeto hacia la confesionalidad estatal y
los nuevos planteamientos ideológi cos de la soberanía nacional, la descentralización
administrativa y la igualdad de los homb res ante la ley, aunque permaneciera la
desigualdad en lo social. Se trataba, en defi nitiva, de un extraño tipo de liberalismo el
que había triunfado en España mediante el cual se aseguraba a las autoridades
precedentes la continuidad de su influencia sobre la evolución del país, incluso cuando
formalmente habían sido despojadas de toda potestad. La idea la sintetiza
palmariamente Juan Pro Ruiz cuando afirma:
168 LANNON, Frances : Privilegio, persecución y profecía. La Iglesia católica en España (1875-1975) . Alianza Editorial,
Madrid, 1990, p ág. 53.
169 ÁLVAREZ JUNCO, José: “La nación en du da”, en PAN- MONTOJO, Juan (coord.): Más se perdió en Cuba:
España, 1898 y la crisis de fin de siglo . Alianza Editorial, Madrid, 1998, pág. 429.
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Efectivamente, en el proceso de desmantelamiento del Antiguo Régimen y de construcción
del Estado liberal en España no hubo un triunf o tot al y completo de las ideas y los grupos
revolucionarios, sino algo más parec ido a un pacto tácito entre lo viejo y lo nuevo . El poder pasó a
ejercerse en un marco jurídico nuevo, pero resp etando los intereses esenciales de los grupos
dominantes de la sociedad, que ten ían la posi bi lidad de hacer fracasar cualquier modelo
constitucional 170 .
La formación religiosa no iba a ser una ex cepción en la velada supervivencia de
su hegemonía y los católicos no vieron peligra r sus prerrogativas por la amenaza de un
Estado que seguía siendo confesional, incl uso tras la redacción del texto constituc ional
de 1869. De este modo, el estatus de prot ección durante el período de la Restauración
dotó al Movimient o Católico español de un a cierta particularid ad que, como reconoce
Feliciano Montero, fue asaz perjudicial porque determinó la victoria de la estrategia
integrista frente a la posibilista e imprimió una postura eminentemente reactiva hacia
un régimen que había demostrado un bajo grado de amenaza laicista 171 . El triunfo de
esta actitud fue responsable del antagonism o entre las dos faccione s enfrentadas en el
seno del Movimiento Católic o para alcanzar la re-catolizac ión de l as sociedades. Por un
lado estaban los ultramontanos quienes, haciendo una exaltada exégesis del Syllabus 172 ,
mantenían hacia la modernid ad una actitud de aislamie nto y se condenaban a un
particular ostracismo en el cual evocaban el regreso de la soci edad tal y como había
sido concebida antes de la Revolución Francesa. Por otro, un sector de los católicos
más abiertos quienes, en consonancia con el espíritu flexible y tolerante de León XIII,
habían interiorizado la necesid ad de adaptarse y conciliar la fe cristiana con el credo
liberal sin necesidad de ver pe rvertidas las enseñanzas divinas. Resultado de la historia
de tensiones y enfrentamientos vividos desde recién inaugura do el siglo XIX, la acción
confesional se vería precisamente debilit ada por este alto grado de tensión e
indefinición entre sus propias filas más que por los ataques de unas instituciones
dispuestas a protegerla como consecuencia del poderoso influjo del sentir de la
tradición, a pesar de las profundas tr ansformaciones ideológicas sucedidas.
170 PRO RUIZ, Juan: “La política en ti empos del Desastre”, en ibídem, pág . 175.
171 MONTERO GARCÍA, Feliciano: Op. cit., págs. 90-91.
172 El texto del Pontífice no fu e correctament e interpretado por los católicos más intransi gentes , pues en la última
de sus tesis Pío IX declaraba su voluntad de entendimiento “con el pr ogreso, con el liberalis mo y con la moderna
civilización” , a los cuales no est aba obligado a somet erse pero cu yas libertades podían interp retarse bajo el p risma
de la religión, sin necesi dad de condenarlas o de aceptarl as circunstan cialmente a la espera de la implantación de
un gobierno teocrático. El po lémico documento no era, pues, tan afín a l o s sectores ultrac atólicos, quienes
hicieron una interpretación b astante parcial. COMELLAS, José Luis: O p. cit., pá g. 78.
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2. La distensión de la Iglesia en el régimen de Sagunto
La proclamación de Alfonso XII como nuevo rey de España ina uguró un
período de paz para las relaciones entre la Co rona y la Santa Sede gracias al cual las
autoridades eclesiásticas preveían, y esperaban, el término de los ataques sufridos por la
institución a lo largo del siglo XIX. Con la mirada puesta en el sistema pacífico y
posibilista elaborado por An tonio Cánovas del Castillo s obre el restablecimiento
borbónico en el sucesor de la denostada Isab el II, junto a la ausencia de maximalismos
ideológicos y la articulación de un pa radigma político del término medio como
solución a todos los problemas, el episcopado español se mantenía esperanzado ante la
nueva coyuntura histórica iniciada tras el pronunciamiento de Arsenio M artínez
Campo, confiado en que la vuelta de Al fonso XII iba a calmar los episodios de
violencia anticlerical característicos de l de venir histórico español en los años
precedentes. Como afirma Frances Lannon:
En 1875, la Iglesia española dirigía su s miradas, llena de una aceptación compatible con
cierto escepticismo, a la monarquí a borbónica restaur ada en el trono: de ella aguardaba la
posibilidad de su propia restauración. Hasta entonc es ni a la monarquía ni a la Iglesia les había
sonreído el siglo XIX 173 .
Se esperaba, pues, que la flexibilidad y la apertura definidas por el líder del
Partido Liberal-Conservador como rasgos inherente s de su posibilismo calculado
(organizado sobre la unión de dos grande s partidos que tomarían el poder sin
necesidad del cesarismo decimonónico y su cíclica recurrencia a los espadones para
derribar el gobierno existente) borraran los ominosos recuerdos almacenados a raíz de
la pérdida de la influencia que había disfru tado. La memoria común a todos los estratos
eclesiales del todavía cercano año 1868, les ha bía convencido de la necesidad de apoyar
la fórmula canovista para que no se reprod ujeran las funestas consecuencias acarreadas
por la libertad proclamada en la Cons titución de 1869. Las secuelas del desafío
democrático habían dejado a l clero en un a situación maltrecha (supresión de órdenes
religiosas, reducción del estipendio, reconocim iento del matrimonio ci vil, expulsión de
la esfera educativa, y las espectaculares quemas de conventos, encarcelamiento de
173 LANNON, Fr ances: Op . cit., pág. 17.
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sacerdotes, etcétera) porque la herejía contra el principio de sumisión a Dios y la
teocracia había originado, entre otros resultados negativos, que al llegar 1875 el
estamento eclesiástico hubiera experimentado una disminución de la cantidad de curas
diocesanos y un debilitamiento de las comunidades religiosas.
Desde estos peligrosos planteamientos no es de extrañar la buena recepción
otorgada por la comunidad eclesial al joven monarca Alfonso XII, quien bajo el
magisterio de Cánovas trataría de conciliar la realidad liberal y la tradición religiosa
como muy bien había plasmado en el Ma nifiesto de Sandhurst. A pesar del
reconocimiento de las modernas li bertades, la jerarquía católica, por fortuna, veía en el
régimen nacido en Sagunto las aspiraciones de sosegar la convulsa vida española de
acuerdo con los deseos de pacificación que in spiraron a Cánovas la formulación de su
particular experiencia polític a, una solución conservadora 174 para asegurar el
mantenimiento del liberalismo como exige n cia de la contemporaneida d, pero sin
olvidar las verdades madres de la esencia nacional: “la libertad, la propiedad, la monarquía, la
dinastía y el ejercicio conjunto de la soberanía por el Rey y las Cortes” 175 .
Como podemos observar, el reconocimient o de la relig ión no se contemplaba
entre los axiomas político-filosóficos incont estables si se quería lograr que España
siguiese siendo tal pero adaptada a los nuevos tiempos. Sin embargo, su profundo
espíritu religioso, de acue rdo con su conservadurism o, sí estaba presente en su
concepto de nación histórica, consecuencia de un proceso colectivo inspirado
directamente por la mano de Dios y dotado , por tanto, de un orig en sobrehumano.
Para el artífice del alfonsismo la nación era una entidad hist órica cuya soberanía residía
en una voluntad permanente, resultado de l as fuerzas que habían marcado el devenir de
su tradición y ajenas al voto emitido en un determinado momento. El político
malagueño estaba defendiendo el apriorismo de las instit uciones básicas restauradoras
174 Para Carlos Dardé “el proyecto político de la Restauración fue conserv ador en la medida en que arriesgó poco –hacer de la
Corona el intérprete último de la sobera nía nacional era, desde lu ego, apostar por lo seguro–; fue cons ervador por lo limitado de sus
innovaciones prácticas, por lo mucho que se adaptó a la realidad –confi ando en las pr opi as fuerzas social es– en lugar de pre ten der
transformarla” . Véase DAR DÉ, Carlos: La Restauración, 1875-1902. Alfonso X II y la Regencia de María Cristina .
Historia 16, Madri d, 1996, pág. 30.
175 COMELLAS, José Luis: La Restauración como experiencia histórica . Servicio de Publicacione s de la Universida d de
Sevilla, Sevilla, 1977, págs. 60-61.
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que existían porque sí y no se podían modificar por la inanidad del sufragio
acomodado a los tiempos, ya que en tonces sobrevendría el caos.
Desde estas premisas filosóficas, se reserv aba para la religión del último cuarto
de siglo un puesto destacado en el aparato de control ideológico y se la convirtió en un
factor legitimador del sistema. La fe, por tanto, a pesar de las concesiones que todos
los partidos habían reconocido con su a cepta ción del trono de Alfonso XII, nunca
había sido puesta en duda por los españoles y podía seguir desempeñando el control
moral del país, a pesar de sus decrecidas fuer zas y de la irrupci ón de nuevas corrientes
en el espectro intelectual. A la luz de es tos planteamientos la Santa Sede podía, por
tanto, acatar un régimen que, sin ser el id eal, otorgaba ventajas considerables al culto
católico: tenía representación eclesiástica en las Cortes, gozaba de financ iación y
protección estatal, se habían provisto treint a y tres de las sesenta y seis diócesis
vacantes con obispos educados bajo la c onciliación de León XIII 176 , se restablecieron
las órdenes religiosas, se impulsaron los sem i narios y los estudios eclesiásticos, etc.
Ganaba así la premisa de c oncordia entre ambas potestades y el estamento eclesial
aceptaba –a juicio de Guasch Borrat– las bases de un “régimen moderado que permitía a la
Iglesia el desarrollo de sus actividades espirituales, asistenciales y educativas” 177 , aunque no
recogiera la unidad católica según el artícu lo 1 del Concordato suscrito en 1851.
Podríamos aportar numerosos ejemplos pa ra demostrar la teoría hasta aquí
mantenida de la explícita de fensa brindada por los sucesi vos gobiernos restauradores a
la confesionalidad (la compatib ilidad entre matrimonio civil y canónico, la dotación del
clero en las partidas presupuestarias, las conquistas arrancadas al monopolio estatal
educativo, etcétera); sin embargo, deseamos fijarnos en la redacci ón del artículo 11 de
la Constitución de 1876 porque el especial curso de los acontecimientos en torno al
mismo lo convirtió en una muestra excepc ional del evidente ampa ro otorgado por
Cánovas al catolicismo, aun cuando la ausenc ia de maxim alismos le obligara a formular
ciertas disposiciones mal reci bidas por la jerarquía.
176 Una medida n o muy bien r ecibida por Roma, que identificó en ella el paroxismo de la actitud regalista ajena a
las recomendaciones de la Santa Sede y la Nun ciatura. Véase, al respecto, la conversación mant enida por Alfonso
XII y el nun cio Simeoni en MARTÍ GI LABERT, Fran cisco: Op. ci t., pág. 45.
177 GUASCH BORRAT, Juan María: Op. cit., pág. 23.
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2.1. La ‘liber tad’ religiosa de la Constitución de 1876
El 20 de mayo de 1875, la Asamblea de Notables convocada por Cánovas para
elaborar la Constitución que formalizaría el régimen nacido con el pronunciamiento del
general Martínez Campos se enfrentaba a la titánica tarea de redactar un texto
constitucional lo suficientemente abierto, in tegrador, tole rante y flexible para adaptarlo
a las peculiaridades de los dos partidos que componían el turno y que permitiera ejercer
correctamente el poder a cada uno de ellos cuando ocupar an el gabinete. Se imponía la
regla de evitar entrar en detalles y dejar que fueran las leyes posteriores redactadas
durante el mandato de cada grupo las que concretaran la necesaria ambigüedad del
texto, única característica c on la que se podrían superar l as pretensione s de los políticos
más conservadores que anhelaban volver a la normativa del año 1845 (firme defensora
de la unidad religiosa estatal) y los propós itos de los que abogaban por una adaptación
de la Carta Magna de 1869 al e spíritu conciliador canovista sin renunciar a los
planteamientos demócratas materializados, por ejemplo, en la absolu ta libertad religiosa
que tanto temor causaba a los sectores legi timis tas. Entre uno y otro extremo, Cánovas
trataría de impone r su principio del punto medio para arrancar de la Asamblea un
documento que facultara el ejercicio pa cífico de la política, colmando las
reivindicaciones de los moderados al recoge r del año 1845 el testigo de la soberanía
compartida entre el Rey y las Cortes, y las de los revoluciona rios de septiembre de 1868
con el reconocimiento de la tolera ncia religiosa.
Los debates sobre la nueva Constitución transcurrieron sin incidentes salvo en
el artículo 11, referido a la confesiona lidad del Estado, y a raíz de él resucitaron los
viejos fantasmas del anticlericalismo. A ello debemos añadir la presión ejercida desde la
Santa Sede, que afirmaba la contradicción entre dicho título y los acuerdos
concordatarios de 1851 sobre el exclusiv ismo de la religión católica, y desde las
potencias internacionales –Alemania e Inglater ra–, que habían condicionado su apoy o
al joven rey a cambio de la libertad religiosa. Una vuelta de tuerca más en el problema
la daba, como después explicó el ministro de Estado Alejandro Castro al nuncio
Simeoni en pleno proceso de aprobaci ón del ar tículo 11, la imposibilidad
-120-
gubernamental de enemistarse con el Partido Radical de Manuel Ruiz Zorrilla, pues sus
fuerzas eran fundamentales mientras se continu ase la batalla contra las tropas carlistas.
Cánovas se encontraba, por tanto, en un a complicada disyuntiva en la cuestión
religiosa porque, por un lado, deseaba lograr el acuerdo de las fuerzas católicas para
erradicar el fantasma del carlismo y, por otro , exigía la integración en el sistema d e
liberales, progresistas y demócratas, que cons ideraban la autonomía de conciencia una
significativa conquista tras los sucesos de la Septembrina y una fuente de libertad
inagotable para alcanzar elev adas cotas de progreso. La cuestión religiosa abría, pues,
un escollo insalvable para realizar con éxito el tan ansiado acercami ento entre todas las
fuerzas en un régimen de pluralismo pací fico, a lo que debía añadirse, además, las
creencias personales del político malagueño, católico c onvencido de que la unidad
religiosa era deseable si se quería evit ar el c aos de las malinterpretadas libertades de
perdición , pero consciente, a la vez, de que el ideal católico era irrealizable en la
actualidad española aunque fuera ansiado con denuedo por un gr upo de políticos que
lo identificaban con la grandeza de la nación.
La solución sólo podía obtenerse si se sacrificaban los intereses de alguno de los
grupos con los que se contaba, y puesto que el axioma innegable de la teoría turnista
era la aceptación de la monarquía (plenamente acatada por el líder de los liberales y por
las potencias que exigían de España la libe rtad religiosa como carta de presentación
mundial de Alfons o XII) y no tanto el re speto a la confesionalidad del Estado,
Cánovas, en sus deseos también de arrinconar a las fuerzas más conservadoras a la
derecha del régimen y obtener la autorida d moral ante las izquierdas, tuvo menos
reparos en prescindir de la total unidad católica. Sin embargo, esta relegación no
significaba el retorno de la intranquilidad a los sectores más tradicionalistas porque, si
bien se reconocía la práctica de los demás cr edos en la intimidad, calmando los ánimos
anticlericales, el artículo 11 sostenía el pr inc ipio de confesionalidad católica. Con la
prohibición de manifestar públicam ente otros ritos que no fueran el mencionado, la
religión volvía a recuperar el papel que los revolucionarios, muchos de ellos integrados
ahora en el turno pacífico, le habían arre batado y pudo ocuparse de las esferas de
actuación tradicionalmente encomendadas al clero: educación, revitalización de las
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congregaciones religiosas, etcéter a. Como reconoce Ray mond Carr, “este modus vivendi
era la máxima concesión que Cánovas podía imponer a su propia mayoría” 178 , sobre todo si
quería ser congruente con sus anhelos de c onst ruir un gobierno políticamente liberal y
plural, para lo que ya había conseguido la integración de las fuerzas aglutinadas bajo la
autoridad sagastina, y edificar simultánea mente una sociedad conservadora sin
alteraciones ni revueltas, en la cual las pr omesas religiosas de una existencia ultraterrena
aseguraban el aquietamiento de los espíritus y calmaban las tentativas revolucionarias.
A pesar de la condena desde las instan cias eclesiásticas, la posibilida d de
conjugar el respeto a las minorías religio sas asentadas en territorio español y el
mantenimiento de las oportuni da des constitucionales ofrecid as a la Iglesia eran, desde
la óptica del político, la ún ica solución posible en un si stema que se definía por la
flexibilidad y la inexistencia de exclusivismo s. Si las facciones que debían constit uir el
amplio bando de apoyo del m onarca no adopt aban tal forma de comportamiento ante
la evolución histórica nacional, serían sacri ficadas en aras de aquéllas que, aunque más
distantes en el espectro ideológico, sí acat aban plenamente los presupuestos básicos del
político malagueño. Y entre esos grupos al ejados de las premisas restauradas estaban
precisamente los moderados intransigentes, pa ra los que el regalism o implícito en el
artículo 11 no concordaba con sus sueños de comunión bajo el gobierno de Cristo en
la tierra y hacía inviable, por tanto, la Ca rta Magna en la que iba a inspirarse España,
porque su redacción definitiva, aproba da el 12 de mayo, quedó del sig uiente modo: “La
religión católica, apostólica y romana es la del Est ado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus
ministros. Nadie será molestado en territorio español po r sus opiniones religiosas, ni por el ejercicio de
su respectivo culto, salvo el resp eto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras
ceremonias, ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado” .
La antítesis a los planteamientos gube rnamentales caracterizaba la actitud
esgrimida por la Santa Sede y evidenciaba el talante poco conciliador de un secto r
confesional anclado en los principios de l Concilio Vaticano I, aun cuando la
Restauración hubiera implantado la explícita custodia de su estatus. La unilateral
178 CARR, Raymond: Op. cit., p ág. 340.
-128-
conversión en la Liga Nacional de Produc tores, cuya penetración en las clases
intermedias se vio ayudada por similar espíri tu crítico albergado en el ánimo de los
industriales y comerciantes constituidos en las Cámaras de Comercio, con Basilio
Paraíso al frente.
Sin embargo, pronto se evidenció que la su stitución de los políticos vigentes por
hombres educados en el credo regeneracionist a no bastaba para satisfacer los deseos de
renovación de un país cuya supervivencia requería disposiciones mucho más exigentes
e inmediatas para sanear las maltrechas arcas públicas, desmantelar el caciquismo y
disfrutar de unos mecanismos electorales sinc eros. Esta clarividencia sobre la urgencia
de poner remedio a los grandes males de la Restauración propició la radicalización del
programa que desde la década de los ochent a venían proponiendo, entre otros, Lucas
Mallada, Macías Picavea, Luis Morote, Vidal Fité, Tomás Giménez Valdivieso 187 , con el
objetivo de convertir en a cciones realizables las propuestas sin medios a las que
muchas veces quedaron resumidas sus actuac iones. Medidas como la creación de
planes para impulsar la agricultura, la am pliación de las redes de comunicación, el
aumento de las partidas presupuestarias destinadas a e ducación, la reforma del sistema
judicial, el saneamiento del sistema electoral , la descentralización administrativa o la
adopción de disposiciones soci ales revelaban el plan regeneracionista de extirpar los
vicios de la vieja política y su reem plazo por una novedosa fórmula estatal
descentralizada e intervencionista, con lo s ojos puestos en el resurgimiento del
esplendor patrio.
El aldabonazo para certificar su inoperan te automarginación gubernamental y la
idoneidad de organizarse como una form ación efectivamente política (aunque se
atentara contra los intereses de los partidos dinásticos cuya obediencia era sincera entre
muchos de los afiliados a la Liga Nacional de Productores y las Cámaras de Comercio)
fue el penoso reconocimiento de que las esperanzas depositad as en los nuevos es píritus
imbuidos del regeneracionismo se frustrar on y que las expectativas descargadas sobre
187 Un repaso a las ideas de estos pensadores lo encontramos en COMELLAS , José Luis: De l 98 a la semana trágica.
Crisis de conciencia y renovación política . Biblioteca Nueva, Madrid, 2002, pá gs. 78-144, co n especial atención al
capítulo dedicado a Joaquín Costa (págs. 115-144). Asimi s mo, puede acudirse a PRO RU IZ, Juan: Cap. cit., págs.
191-215; y a VILLACORTA BAÑOS, Francisco: Op. cit.
-129-
la gestión de esos hombres educados en l as máximas de salvar el maltrecho cuerpo de
España, como gustaba aplicar en sintonía co n las metáforas organicistas de la retórica
finisecular, dejaron un amargo sabor de boca entre la renovada fuerza social. La
primera experiencia institucional del regene racionismo personaliza da en la política de
Francisco Silvela, dispuesto a una reforma política profu nda conducida desde arriba
por la Corona y el establishment político, se había hundido estrepitosamente y para
certificar dicha evidencia sólo hacía falta observar la vuel ta de los liberales al poder en
octubre de 1900.
Con independencia de la extracción ideo lógica, fue sin duda el sucesor d e
Antonio Cánovas quien mejor su po apropiarse de l desgarro de los intelectuales ante la
pusilanimidad nacional. Desligado del pr ohombre conservador por su profunda
concepción ética en el ejercici o ministerial, Francisco Silvel a se sirvió de la coyuntura
bélica para proclamarse en su famoso ar tículo “España sin pulso” el más firme
defensor del discurso regeneraci onista en el pleno de las Cort es y en las sesiones de los
Consejos de Ministros 188 . Retratado como un personaje aristocrático, culto, receloso
ante la forma democr ática, orgulloso, iróni co, y distanciado de las artimañas de su
predecesor 189 , Francisco Silvela se embarcaba en ma rzo de 1899 en la conformación de
un gabinete en el cual, en consonancia con su austeridad y honradez, planteaba el
objetivo primordial de reformar desde de ntro el propio sistema. Con Raimu ndo
Fernández Villaverde en el Ministe rio de Haci enda, Camilo García de Polavieja en el de
Guerra, Manuel Durán i Bas en Justicia, Ed uardo Dato en Gobernación, Luis Pidal y
Mon en el de Fomento, Instrucción y Obra s Públicas, José Gómez Ímaz en Marina
(Silvela se reservaba, además de la Presiden cia, el Ministerio de Estado), el equipo
inmediatamente poscolonial acometía el ti tánico quehac er de traducir a soluciones
efectivas el teórico regeneracionismo pron tamente aba nderado por el nuevo líder
188 Con la elección de Silvela el Parti do Conservador trat aba de fort alecerse en torno a la figura del que ha bía
protagonizado una de las más sonadas disidencias del pa rtido cuando todavía vivía Cánovas, un políti co con una
alta consideraci ón ética que despreciaba l as estratag emas ca ciquiles y la manipulación el ectoral aprob adas por el
prohombre restaurador y por el seguidor que más en consonancia estaba con el dirigente nacional, aunque se
hubiera alejado del mismo tras la ofer ta realizada en 1885 a los liberales en el Pacto de El Pardo: Francisco
Romero Robledo.
189 MARCO TOBARRA, José María: “Protag onistas del 98”, en AA. VV .: Imágenes y en sayos del 98 . Fu nda ción
Cañada Blanch, Valen cia, 1998, pág. 311.
-130-
conservador, quien había sido repescado ante la falta de sucesores tras la desaparición
de la figura histórica de Cánovas.
Con esta carta de presentación, el gabin ete silvelista concretaba sus deseos
reformistas sobre la base de la descentralización política 190 , la nivelación presupuestaria
y la pacificación social. En la última de las esferas citad as el político decidió so meterse
a las enseñanzas de Roma, con la que el nu evo g obierno mantendría unas relaciones
cordiales y en cuyas instrucciones se inspiraría para dilucidar aspectos tan
controvertidos como la dir ección de la enseñanza o la creación de los sindicatos
católicos en consona ncia con los presupuestos plasmados por León XIII en su
encíclica Rerum Novarum . De este modo, según Juan Pro Ruiz, los rasgos de la nueva
formación, la Unión Conservadora, sustit utiva de l histórico Pa r tido Conservador,
serían los siguientes:
Y a ello añadía una acentuada piedad católic a, que form aba parte de su estilo político
(entre otras peculiaridades, hizo que sus ministros comenzaran su mandato asistiendo a una misa)
y que constituía un rasgo de arcaísmo político en una España dividida ante la cuestión del
confesionalismo del Estado 191 .
Su marcada convicción católica se concre tó en un gabinete que recibió el
apelativo de vaticanista , justificado según sus adversarios por la presencia en las distintas
carteras ministeriales de pe rsonalidades de las cuales no cabía esperar más que un
acatamiento de la ordenación pr opuesta por la Santa Sede para conseguir atraerse a los
católicos reticentes hasta la fecha hacia la esfe ra política. Así se explica la presencia de
Luis Pidal y Mon (hermano del f undador de la Unión Católica) y de Camilo García
Polavieja. La presencia del militar en el gabinete de marzo de 1899 obedecía a los
anhelos de otra facción re generacionista invitada al convite catártico poscolonial , donde ya
190 Este regionalismo conservador organizado en torno al proteccionismo, al federalismo , al tradicionalismo
religioso y al renacimiento cu ltural tuvo su representaci ón en el gabinete en la figu ra de Manuel Durán i Bas,
quien recogía el catalanismo de sesgo romántico y conser vador abanderado por En ric Prat de la Riba, primer
presidente del Centre Nacional Catalá ; cen tro fundado en 1894 para emprender la acción di recta na cionalista en la
vida pública y del que surgiría, en 1901, la L liga Regionalista , primera en tidad catalanista propiamente polí tica. Este
acercamiento a lo “catalán” se completó con la desognac ion co mo o bispo de Vic de Jo sep Torras i Bages y con la
elección como alcalde de Bar celona de Bartolomeu Rob e rt, miembro d e la Sociedad Económica de Amigos del
País e integrante de la comisión que en noviembre de 1898 se dirigió a l a regente para expresarle lo s deseos de
descentralización administrativa regional.
191 PRO RUIZ, Juan: Ca p. cit., pág. 216.
-131-
se congregaban la Liga Nacional de Prod uctores, las Cámaras de Comercio, la
burguesía catalana, las clases neutras, los cuerpos intermedios, las clases productivas
industriales al margen de los elementos popu lares, etcétera. Nos estamos refiriendo al
regeneracionismo de signo católico encarnado en la ferviente religiosida d del general
madrileño, apodado con poca gratuidad cristiano , pues se distinguió siempre por su
entusiasta religiosidad para recuperar la au tenticidad española. C on la presencia del
militar se reforzaban los tintes confes ionales tan característicos del disidente
conservador y las actuaciones durante su mandato no hicieron sino confirmar su más
sincero respeto hacia las leyes divinas que inspiraban el restab lecimiento del culto
oficial y la supresión de la ignominia precedente gracias a medidas como el
mantenimiento del presupuesto eclesiástico, a pesar de los recortes de Raimundo
Fernández Villaverde, la reforma de la segu nda enseñanza con el fort alecimiento de las
asignaturas de religión, o la proliferación de órdenes religiosas al amparo de la Ley de
Asociaciones.
Sería él, antes de integrarse en el gabinet e silvelista, el protagonista de un intento
de regeneración nacional bajo las indicacione s del obis po Antonio Ma ría Cascajares de
Azara, a quien animaba la creación de un pa rtido político con el q ue se truncara el
turno y en el cual se integraran todos los verdaderos patriotas, es decir, los católicos 192 .
El arzobispo de Valladolid, descubrió en él al hombre que los fieles necesitaban tras
varias décadas de dispersión feligresa y comenzó, inmediatamente después de su
nombramiento como goberna dor de las Filipi nas en diciembre de 1896, una sist emática
labor de alabanza en la prensa af ecta a los intereses confesionales – El Movimiento
192 La iniciativa de Antonio María Cascajar es de Azara prec onizaba la salida del abstencionismo en el cual se había
sumido un sector de los católicos, los integristas, y exho rtaba al rest o a la actividad electoral según los
planteamientos desarrollados por León XIII en su encí clica Sapientiae Christi anae de 1890 con el objetivo de frenar
las futuras consecuencias de la implan tación del sufragio universal. El desg aste de los dos parti dos hegemónicos
desde el pronunciamiento de Arsenio Ma rtínez Campos y la delicada situa ción económica e n la que se en contraba
sumida España obligaban a una alternativa fuerte, inspir ada en las doctrina s leontinas de aceptación del régimen
vigente español y de con secuente re-ca t olización del mismo , superando las nota bles diferencias alberg adas por los
católicos sobre la convenien cia o no de organizarse legalmen te en la lucha electoral para la ef ectiva defensa de su s
intereses. Los conatos p ara formular la agrup ación reque rida por Cascajares no fuer on muy s atisfactorios y en
1896 perseveraban los fieles en sus div erg encias, alejando la meta de la terc era fuerza co nfesional bajo la cual
habrían de reconciliarse al margen de sus acres luchas. Esta me diación podría producirse, según Cascajares, si se
serenaban los ánimos entre alfonsinos y carlistas mediante el matrimonio de la princesa de Asturias con Jaime de
Borbón, hijo del pretendiente don Carlos. Para más detalles sobre el tema, v éan se ANDRÉS-GALLEGO, José:
Op. cit., págs. 55-91; y MORILLAS GÓMEZ, Javi er (España) [en línea]: “REGENERACIONISMO
ECONÓMICO Y MALA PRENSA: C ASCAJARES AZARA (CENTENARIUS)”
<http:// www.ceu.es/fnd/j avier%20morillas.pdf > [Consulta: 24 de sep tiembre de 2002].
-132-
Católico , órgano de la Junta Central de los cong re sos– hacia las acciones de Polavieja al
objeto de gratificar su convi ncente defensa de las congregaciones religiosas en la isla.
Una vez en la península, el prelado continuó su campaña propagandística a favor de la
candidatura política en la me trópoli del heroico general, pa ra aunar esfuerzos entre los
devotos españoles y evitar la ruina de este anhelado proceso; situ ación baraja da como
posibilidad si Polavieja se de sviaba hacia alguno de los pa rtidos del turno, sobre los
cuales debía elevarse para conservar íntegr a la trascendente misión encomendada por e l
obispo al militar madrileño, procla mado salvador de la patria.
Evitar particularismos dañinos a la cau sa católica era indispensable en el clima
de conmoción en el c ual se recibió al general cristiano , sobre todo porque se había
comprobado su capacida d de convocatoria ante la nac ión española, tal como se
demostró en la calurosa bienve nida dispen sada en el muelle de Barcelona, lugar del
desembarco tras su dimisión en ultramar a causa de una enfermedad que le estaba
dejando ciego, y en Madrid, do nde el peregrinaje hasta su do micilio se convirtió en una
manifestación popular del cari ño profesado al militar, inclus o entre la familia real, con
su famoso desaire protocolario de la crisis del balcón . A pesar de las numerosas
adhesiones, el deseo de consti tuir un partido al margen de las formaciones mayoritarias
resultó infructuoso y la obligada vinculación 193 de Polavieja con Silvela sirvió para suavizar,
no obstante, los recelos de los que vi eron en los vítores proferidos al general cristiano una
regresión al innatismo tradicionalista y relig ioso, aun cuando el discurso polaviejista
estuviera plagado de innovaciones en asp ectos como la administración, la
descentralización, el ejercicio independiente de la justicia, el saneamiento de los há bitos
193 José Andrés-Gallego realiza un por menorizado periplo p or la historia de acercamientos y tensione s entre el
disidente canovista, rescatado en la co yuntura finisecul ar como figura fuer te del conservadurismo , y el “hombre
nuevo” que muchos creyeron ver en la arrolladora personalidad del ex gobe rnador filipino, quien albergaba el
deseo de er radicar los malos hábitos y purifi car, con claros tintes espirituali stas, los vicios de la administración
española. El interés despertado por el “g eneral cristiano” en figuras bien dispares del espectro político español
(desde la derecha má s intransigente hast a los republicanos), así co mo la falta de modesti a en el carácter de ambos
personajes ofreció a los periódicos de la época sufi ciente información para inundar sus páginas con las
declaracion es a favor y en contra de una co nvergencia esp erada por la supuesta co munión de sus prog ramas
regeneracionist as. Finalmente , fue la me diación de otro general, Arsenio Ma rtínez Campos, y la difusión de la
amenaza sobre los infortunios para la maltrecha nación de una nueva subida al poder de los liberales, los que
facilitaron el camino para el con cierto entre sens ibilidades afines –reorgan ización administrativa,
descentralización, reforma de la enseña nza, saneami ento de los mecanismo elec torales, a catamient o de la doctrina
vaticana– y su materialización en una jefatura con holgura para la actuación, aunque resp etando la idiosincrasi a
que durante varios años había conten ido el colaboracionismo y que, precisa mente, como ten dremos ocasión de
ver, propició la corta vida de la conjunción guber n amental regeneracionista de derechas. Véase ANDRÉS-
GALLEGO, José: Op. cit., págs. 93-142.
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electorales, etcétera; y aun cuando arrancara apoyos a r epublicanos 194 y liberales. A
todos ellos era necesario demostrar que las medidas del gabinete Silvela-Polavieja se
orientaban a realizar, en toda su vastedad , el programa de regeneración moral para
contentar a los socios catalanistas, a los inc ondicionales de Joaquín C osta y Basilio
Paraíso, a los patronos y los obreros contem plados en la polític a social de Eduardo
Dato, y, finalmente, a los eclesiásticos.
Una a una fueron sucumbiendo, sin emba rgo, las buenas intenciones de la
revolución desde arriba proclamada alegremente por Fr ancisco Silvela. El decidido
apoyo del presidente del Consejo a la re forma presupuestaria impulsada por su
ministro de Hacienda, Fernández Vi llaverde, fue la espinosa cuestión en torno a la cual
cristalizó la disolución de la argamasa entre hombres de tan diversos frentes y agotó las
energías que los mantenían hermanados, aun que tenuemente, convirtiendo en hechos
certificables los augurios de al gunas voces de la oposición s obre la inconsistencia de un
gabinete tan heterogéneo. Las orientaciones recogidas en el Proyecto de Presupuesto,
presentado a las Cortes en junio, se esforz aban por disminuir el gasto público mediante
una drástica subida de impuestos indirectos (los consumos sobre los alimentos, el
combustible y las bebidas 195 ) y el mantenimiento de los gravámenes directos, una
obsolescencia en el resto de Europa, do nde se iba desmantelando un sistema
impositivo tan injusto para las clases menos agraciadas. Se establecía, por tanto, una
política austera encaminada a gastar menos y pagar más, para tapar el descubierto
arrastrado por el erario español, aunque fu era a costa de sacrificar el resto de las
actuaciones previstas en el programa gubernamental.
La reforma estructural perseguida con esta política fiscal levantó muchos recelos
entre los socios de Silvela, por la incompatib ilidad de los recortes presupuestarios, en
primer lugar, con los planes pola viejistas para reformar el estamento militar y, en
segundo, con las ventajes fiscales esperad as por los catalanistas y por el resto de los
sectores nacionales de las clases medias, qui enes se opusieron con especial violencia a
194 Entre ellos podemos citar, por ejemplo, a José Canale jas, aunque acabará distanciándos e del general cuando
éste asuma el programa cons ervador.
195 Puede verse, al respecto, CASTRO ALFÍN, Demetrio: “Protesta popular y orden público: los mo tines de
consumo”, en GARCÍA DELG ADO, José Luis (coord.): Op. cit., págs. 10 9-123.
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la subida de impuestos. La falta de en tendimiento en materia hacendística debilitó
cualquier otra iniciativa emprendida en un gabinete en el cual empezaron a sucederse
las fugas de sus principales incorporaciones. Polavieja dimitió ante la insistencia
ministerial de recortar el derroche militar; Durán i Bas emprendió similar camino tras la
actitud oficial ante los episodios del tancament de caixes (el desacuerdo de los
barceloneses hacia la política económica de Madrid manifestado en el cierre
generalizado de tiendas y la retención de los pagos de los gravámenes), con la
suspensión de las garantías constitucionales, la declaración del estado de guerra y la
consecuente sucesión de detenciones y episodios de violenta protesta.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Con tan grave situación, se quedaron inconclusas las reformas electorales, la
descentralización administrativa, la consolid ación de una prestación social satisfactoria
para las reivindicaciones obreras (recelaban del regeneracionismo silvelista por no
realizarse mejoras laborales y alcanzarse un a efectiva incorporación al sistema), la
revitalización de la ingerencia vaticana en la ordenación social espa ñola, etcétera. En su
lugar, perseveraron el nepotismo ministerial, la oligarquía contraria a la incorporación
política de las clases medias, las actitudes anticlericales y la intranquilida d de la Iglesia
por el recrudecimiento de la violencia a consecuencia de la reacción liberal contra el
vaticanismo programático de Silve la. El se ntimiento generalizado era la existencia de
una crisis que mantenía en el desengaño a lo s grupos correligionarios de la purificación
política abanderada por un gobernante pulc ro en sus convicciones y honesto en su
proyecto de reforma, pero a quien escapa ba, como apunta Sebastián Balfour, el
reconocimiento de que bajo la masc arada del varapalo colonial no quedaba ya ninguna
potencia mundial resucitable, tampoco una nación próspe ra, y mucho menos una elite
cohesionada en torno a unos objetivos co munes bien definidos sobre los que se
conservaba el señorío de tran quilidad instaurado en 1875:
Los beneficios del imperio para el comercio, el ejército, la burocracia y la Iglesia; la
protección de la industria española frent e a la co mpetencia extranjera; el compromiso asumido de
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mala gana por los militares de no inte rvenir en la vida política; la ne cesidad de evitar el
resurgimiento de los disturbi os carlistas y repu blicanos; y el temor a una revuelt a desde abajo 196 .
La conciencia expandida cual plaga en el último año de la centuria
decimonónica era la de crisis, incomprens ible para Francisco Silvela porque había
tratado de contener, precisamente, el dilema en el cual se debatía la sociedad desde
finales de la década de los noventa. Al des engaño de los militares bajo la égida de
Polavieja, también al de los catalanistas, que empezaron a canalizar sus aspiraciones
autonomistas a través de formaciones comprometidas políticamente con el
nacionalismo (la Lliga Regionalista ), y al de las clases me dias correligionarias de las
doctrinas arbitristas (cedida su legalidad a la Unión Nacional 197 ), se sumaba el fracaso
de la impronta clerical que muchos a dvirt ieron en el primigenio regeneracionismo
conservador silvelista, pues había optado el líder conservador por sacrificar la
recuperación del esplendor espa ñol a su enriquecimiento.
En la disyuntiva de ser grandes o ricos, Silvela comprendió que esto sería más
necesario para lograr aquello –no viceversa– y se entendió desde el enfoque eclesial
como una afrenta al sacrosanto impe rio personif icado en la figura del general cristiano ,
cuya malograda salida del ministerio no hizo ceder en su empeño a monseñor
Cascajares, ansioso por ver realizado su sueño del gr an partido confesional sin
restricciones políticas de ningún tipo para contrarrestar la consolidación del modelo
burgués. El anhelo del arzobispo resurgía , tras el paréntesis de los conf lictos
ultramarinos, por el rebrote de las diatribas en torno a la unión de los católic os en la
coyuntura de intransigencia simbolizada por la cita congresual de Burgos en 1899,
donde las voces reclamaban un a interpretación menos flexible de las palabras de León
XIII sobre la concordia entre los fieles, pu es en ningún caso podía ser una opción
respetable el entendimiento entre católicos y liberales, como defendía Azara en su
propuesta sobre una organización integrada co mo ente diferenciado en el turno.
196 BALFOUR, Sebastián: Op . cit., pág. 70.
197 Surgió en 1900 en el marco de la asamblea de las Cáma ras de Comercio, a la que se unió la Liga Nacional de
Productores, cohesionadas ambas instancias por la perso nalidad de Santia go Alba, quien constituyó, junto a
Costa y Par aíso, el último an claje en el triunvirato de la nueva organización.
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Independientemente de la actitud adoptada , la resolución de este problema era
apremiante si se aspiraba a frenar la c onfiguración de una mentalida d liberal que,
aunque deficitaria en España por la incapaci dad de las clases propi etarias para acometer
con éxito la modificación del esquema de producción y la aniquilación definitiva del
orden estamental, reforzaba la seculariza ción y hacía cada vez más palmaria la
conformación de un universo de iconos ideológicos construi do sobre la ciencia y la
experiencia concreta para responder al pr ogreso y al bienestar material; valores
atribuidos por las facciones religiosas a los hombres encargados del relevo
gubernamental del decepcionantes vaticanismo de Silvela.
3.2. La reorganización de las fuerzas li berales en torno al anticlericalismo
Ante las explícitas orientaciones confesi onales, los hombres del Partido Liberal
sólo podían recurrir al anti clericalismo como bandera a la que aferrarse para hacer
frente a una oposición conservadora, de la cual no se esperaba ningun a referencia en su
programa a la hegemonía de la autoridad ci vil sobre el estamento eclesiástico, a la
marginación del movimiento confesional en los ámbitos donde se había tratado de
arrebatarle su hegemonía (la enseñanza, por ej emplo) o en los que se luchaba por hacer
acto de presencia de acuerdo con orientaciones disímiles a l as papales (el campo s ocial).
Al vaticanismo del ga binete Silvela debía oponerse un argumento lo suficientemente
sólido para lograr la conf ormidad en torno a él de l as diversas tendencias conjugadas
en la formación liberal-fusionista, una organ ización que tradicionalme nte había servido
de cobijo para hombres con irreconciliables concepcione s ideoló gicas y en cuyo seno
se consideraban émulos de otros individuos con quienes compartían la etiqueta de
liberal . Ahora se presentaba la oportunidad de abolir las diferencias, inseparables
compañeras del partido desde sus inicios, porque se había encontrado un punto gracias
al cual reorganizar los planteamientos y po der presentarse ante sus hombres y ante la
opinión pública con una fortaleza inusita da pa ra iniciar la sistemática oposición que los
liberales habían visto truncada tras su acces o al poder y la conversión en realidades
legales de las voluntade s impulsoras de su lu cha (la conquista del sufragio universal).
-137-
La cuestión religiosa, constante dialéctic a entre liberales y conservadores en el
escenario político y social de la España d ecimonónica, era retomada a las puertas del
siglo XX con especial fiereza por quienes se entregaban a la oposición del gabinete
confesional y reaccionario, el cual había devu elto al estamento eclesiástico su autoridad
en los campos de actuación que el progre so había adjudicado en exclusivo a la
personalidad civil. Las voces contrarias al cl ericalismo silvelista se alzaron entonces
para difundir el frente de lucha sobre el cual se pensaba podía conseguirse la
coherencia programática y frenar la recons titución de las fuerzas conservadoras a las
que, por otro lado, se habían unido cierto s miembros de las corrientes regeneradoras
con el peligroso aumento de seguidores que ta l alianza podía signific ar desde la opinión
liberal, quienes veían alejarse de su progra ma de acción a ciudadanos hasta el momento
poco interesados por las cuestiones de gubernamentales.
La batalla anticlerical surgía, por tanto, de unos planteamientos más teóricos que
prácticos porque la defensa política y legi slativa de la Iglesia, las relaciones de
concordia entre ésta y el Estado, habían si do requisito indispen sable sobre el cual
organizar la actuación de los partidos polí ticos del turno, y, por tanto, también era
aplicable y exigible a la fo rmación sagastina. La garantía de la soberanía nacional y el
desprecio de la teocracia resurgían con inusit ada fuerza en los albores del siglo XX para
ratificar que, más que una respuesta real a la esencia del doctrinarism o progresista, fue
una necesidad motivada por la peligrosa aglut inación de las fuerzas conservadoras y el
consecuente desequilibrio de la ecuanimidad establecida por el turnismo entre los dos
partidos históricos. Así lo sentencia Juan María Guasch Borrat cuando afirma:
Para el partido liberal el anticlericalismo se convirtió a comienzos del siglo XX en una
posibilidad de renovación . […] Además, conseguidas sus metas democráticas, como el sufragi o
universal, había agotado su programa. Sólo el pr oblema religio so podía justificar su presencia
política 198 .
198 GUASCH BORRAT, Juan María: Op. cit., p ág. 511.
-144-
independientemente de que el estatuto en el cual se ubicaran fuera el de concordadas o
el de simplemente toleradas.
En estos términos se expresaban las bases aceptadas por El Vaticano, cuya
representación la ejercía el nuncio de Su Sa ntidad en Madrid monse ñor Rinaldini, quien
consiguió arrancar de la parte gubernamen tal una concesión más para asegurar a todas
las congregaciones su inclusión en el re gistro sin que pudiera negársele dicha
formalización. Rinaldini comu nicó las bases al Pontífice, quien las aceptó, y también
fueron admitidas por la parte gubernamental en la que, de acuerdo con la bibliografía
consultada, no se deja totalmen te claro si Canalejas, adalid del ant iclericalismo más
recalcitrante, era consciente de los pactos alcanzados.
Según la versión de Fr ancisco Martí G ilabert, la componenda entre la Santa
Sede y el gobierno se hizo con total desconocimiento de Canalejas, quien se mantuvo
al margen de las estrategias del duque de Almodóvar del Río y de Segismundo Moret,
ministros designados para las negociacio nes, lo que provocó en el demócra ta un
enfado que hubiera justificado su dimisión en una circunstan cia bastante ventajosa ante
la opinión pública, pu es hubiera abandonado su puesto con la afre nta de haber sido
marginado de un trato al que podría haber aportado el ingrediente radical
imprescindible para romper el marasmo en el cual se hallaba la disposición de las
órdenes 203 . En la misma línea se manifiesta Javier Tusell cuando afirma que el modus
vivendi conq uistado decepcionó a Canalejas, qu ien dimitió desencant ado con el rumbo
adoptado por este episodio 204 .
Para José Andrés-Gallego, sin embargo, lo sucedido había sido radicalmente
distinto, según se deduce de sus palabras:
Ocurrió luego la crisis del 19 de marzo de 1902, con la inclu sión de Canalejas (que fue
enterado expresamente de lo que se había propuesto Roma y acordó, con los demás ministros,
mantener en secreto tal negociación a la hor a de redactar el p r o g r a m a gubernativo) 205 .
203 MARTÍ GILABERT, Fran cisco: Op. cit., págs. 87-88.
204 TUSELL, Javi er: Manual de Hist oria de Es paña. Sig lo XX . Historia 16, Madrid, 1990, pág. 51.
205 ANDRÉS- GALLEGO, Jos é: Op. cit ., pág. 2 19.
-145-
Para el autor, por tanto, la actitud de l polític o había sido la de un doble juego
que de cara a la opinión pública trat aba de mantener el radicalismo con el fin de acercar
a los sectores más de izquierda desampa rados por la moderación de las medidas
gubernamentales. Ya informado de la concor dia entre los litigantes, Canalejas siguió
manteniendo las apariencias y exigió, en conf ormidad con el texto de Gonzá lez, que las
autoridades civiles facilitaran al Ministerio de la Gobernac ión un listado c on todas las
formaciones religiosas existentes en sus re spectivas provincias y las actividades a las
cuales se dedicaban para elaborar un marc o legislativo más acorde con la realidad.
La confianza de los demócratas había si do ganada con un radicalismo bajo el
cual se ocultaba, sin embargo, la tolerancia y la transacción con Ro ma, evidenciada el 5
de abril cuando el nuncio comu nicó a través de una carta diri gida al ministro de Estado
su disposición a negociar si empre y cuando se aceptara –recordémoslo– legalizar la
existencia de todas las órdenes con la negativ a a rehusar su inscripción en el registro.
Esto se transformaría automáticamente en autorización gubernamental, sin entrar a
solventar su estatuto concordatario que cont inuaría siendo objeto de discusió n. Ésta
era la mínima convergencia, el modus vivendi aceptado por ambas part es para empezar a
negociar y establecido con un secretismo que no hacía sino restar credibilidad al
anticlericalismo, más teórico que práctico, con el cual el demócrata había hecho su
entrada en el gabinete. La actuación gube rnativa, desde el momento en que se hizo
oficial el estado de la cuestión, fue tratar de recobrar el desprestigio evidenciado ante la
opinión pública mediante la elaboración de u na Real Orden de 9 de abril donde se
instaba a todas las formaciones religiosas a registrarse y a realizar el pago de la
contribución. Para el gobierno la normativa seguía siendo fiel al espíritu de Alfonso
González, también, por ejemplo, en lo referido a las órdenes con mie mbros
extranjeros, pero no se podían c ontener la s críticas de los sectores fusionistas más
expeditivos, encabezados por Melquíades Álva rez, o del republicanismo más radical de
Vicente Blasco Ibáñez y Alej andro Lerroux, para quienes se hab ía claudi cado ante las
exigencias de la Santa Sede y se había dero gado una legislación cuyo principal objetivo
era reducir el elevado número de sacerdotes en el país.
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La respuesta de Canalejas ante tales acusaciones sólo po día basarse en el
argumento de que cuando él entró en el gabi nete la negociación estaba ya iniciada y,
entonces, la orientación por donde discu rría había sido fijada por Roma y los
miembros del gobierno que le habían precedido, lo cual limitaba el alcance de sus
imperativos. El consentimient o tácito de l político abría la puerta a las justas
reclamaciones vaticanas de que se convirtieran en hechos las promesas de registro para
todas las organizaciones, si n excepción, de acuerdo co n una norma que debía ser
redactada por una comisión formada por los tres miembros más directamente
implicados en las negociac iones –Moret, el duque de Almodóvar y Canale jas– en
consonancia con los principios ya plantead os. La cuestión quedaría zanjada cuando se
aprobara el documento definitivo en el siguiente Consejo de Ministros.
El propósito de la comisión se centraba, pues, en la elaboración de un proyecto
de Ley de Asociaciones en donde se defini ría el nuevo marco legal en el cual las
congregaciones habían de vivir, aprobada ya su existencia por la im posibilidad estatal
de negarse al registro de las mismas. De las varias propuestas realizadas acabó siendo
aprobada aquélla que prohibía la existencia de las formac iones religiosas al margen de
la autorización y del sometimiento gube rnamental, tal como había pretendido
Canalejas, si bien es verdad que el proyect o no fue llevado a las Cortes bajo la sospecha
de los más radicales de que se evitaba discut ir una ley que volvería a levantar reticencias
entre Roma y España. Ante la negativa de Sag asta a debatir el texto en las Cámaras, el
demócrata abandonó el gobierno el 29 de mayo poniendo fin a un proceso
dimisionario iniciado con la carta dirig ida al líder del partido el 10 de mayo, una vez
hechas oficiales las bases de los contactos entablados por el nuncio y el duque de
Almodóvar con el consentimiento de Canale jas, aunque sin su efectiva presencia.
El resultado de la labor legislativa de l gabinete fusionista no había conseguido
más que aclarar lo existente sin introducir ningún cambio sustancial en la or denación
jurídica, porque las congregaciones conc ordadas o solamente toleradas seguían
desarrollando su actividad educ ativa, benéfica o comercial sin obstáculo alguno. El
proceso había sido encauzado c on criterios de l más puro regalismo al objeto de lograr
el acatamiento por parte del estatuto eclesiá stico de la s upremacía civil –precisamente
-147-
estos fueron los términos del pr oyecto aprobado para elaborar el texto definitivo de la
discutida Ley de Asociaciones–, pero los result ados no habían conseg uido evitar la tan
temida por Canalejas absorció n de la vida laica por las ínfulas religiosas, las cuales
habían conquistado, podemos concluir, una victoria en toda regla al conseguir la
marcha del gobierno de los elementos más ra dicales que amenazaban su privilegiada
existencia dentro de un régimen, a pesar de todo, confe sional. Con este episodio, la
Santa Sede había dejado constancia de que su poder era, al margen de la conmoción
provocada por el proceso de la unida d italiana sobre las ruinas de los Estados
Pontificios, más efectivo de lo que se podía deducir tras el desplazamiento operado por
las corrientes materialistas, así como por la pacífica su misión al liberalismo vigente
erigida en símbolo del P ontificado de León XIII.
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CAPÍTULO IV
LA SUBVERSIÓN IDEOLÓG ICA DEL
PARADIGMA TEOCRÁTICO
A pesar de las blasfemias lanzadas durante la centuria decimonónica desde el moderno
púlpito de la filosofía materialista, la reli giosidad se perpetúa en las postrimerías de l
siglo XIX como factor constituyente de una verdad incuestiona ble para los españoles,
quienes se han acostumbrado a la pres encia del catolicismo como ideología
emparentada con la patriótica recreación de la esencia nacional y a la de la Iglesia como
institución primordial en la organizaci ón privada y colectiva del entramado vital
humano.
El dogma se convierte en un corpus totaliz ador y establece una sólida ordenación para
satisfacer los asuntos mundanos y las aspiracio nes trascendentales, en detrimento de las
doctrinas revolucionarias, incapaces de desban car la irrefutable hegemonía católica en
el marco del pensamiento dominante. La in stitución eclesial se perpetúa, pues, como
custodia legitimadora de la ortodoxia de un régimen cuya certificación no puede
descansar sobre la representativi dad de su forma de gobie rno.
Desde estas premisas, afrontamos en el pres ente capítulo las propuestas de ordenación
social y política encerradas en los límites del organicismo teocrático, enarbolado por el
suplemento literario de Spínola en su lucha contra cualq uier apertura hacia el sistema
liberal, cuyos axiomas serán tam bién analizados desde la perspectiva teológica con el
objetivo de demostrar las perjudiciales cons ecuencias derivadas de una fórmula social
abanderada por el error de la soberbia humana contra Dios. Estos pronunciamientos
servirán posteriormente de base para de sacreditar las concreci ones de la política
española finisecular, sustentada sobre la filosofía liberal.
-149-
1. El enfrentamiento con la oratoria liberal
España había dejado de ser en el sig lo XIX una nación orgullosa de su
catolicismo como consecuencia de la implan tación en el tejido social de un nuevo
ideario que había desalojado aquellas concepci ones, presentes hasta en el ocio de los
creyentes, en beneficio de otras realidades ajenas al discurso religioso y opuestas a las
máximas asentadas con fervoroso arraigo en la península desde la erección del país en
brazo armado de la C ontrarreforma. El di scurrir ideológico na cional decimonónico
escenificó el enfrentamiento entre dos con cepciones desiguales, aunque sobradamente
preparadas ambas para emprender una dura pugna con el objetivo de desbancar la
ordenación legitimada por la corriente antag ónica e imponer la suya. Mientras unos se
esforzaban por transformar lo existente –la ideología racionalista –, los otros –cobijados
bajo la Iglesia– manejaban sus prerrogativas como estamento privilegia do desde el
Medioevo. El propósito de di cha campaña, en uno u otro signo, era adecuar las
conductas de los hombres libres y soberanos, o de los fieles sometidos a su inmanencia
religiosa, al sistema de producción de una fórmula dada. La disyuntiva se planteaba,
por tanto, en los términos de una sociedad estamental, sustentada sobre la pr oducción
feudal y la potestas coactiva del monarca absoluto, frente a la de tipo clasista, caracterizada
por el sistema capitalista y la emergencia del parlamentarismo.
En el primero de los casos, los fund amentos del absolutismo como sistema
legitimado por la religión e n un pasado de heg emonía teocrática, sacralizaba la persona
real y su poder al concebirlo como de positario de la autoridad divina en la tierra. Al
titular de la Corona se le encomenda ba la misión de mediatizar la existencia de los
hombres en su tránsito hacia la ciudad celestial y se le confiaba, como responsable
último de la ordenación estatal, la protecci ón del culto. Cualquier motivo de fe se
transformaba, por tanto, en razón de orden polític o, siendo sancionables los pecados
como delitos contra las instituciones vigent es emanadas de la vo luntad de Dios. De
este modo, se instrumentalizaba la religión al convertirse su defensa en un objetivo de
la autoridad gubernamental como resultado de la alianza establecida entre el Altar y el
Trono en la cual se concretaba, en defi nitiva, cualquier forma de poder en el
anquilosado concierto de la vieja política.
-150-
La vinculación entre las fórmulas más re accionarias del pensamiento y las ideas
religiosas estableció u n imperio encarnado en el triunvirato Corona-Nobleza-Iglesia,
cuya soberanía debían obedecer las potestades civiles porque sólo si la existencia
mundana era pareja a la celestial podría el hombre alcanzar la salvación eterna. De
acuerdo con el presupuesto de que cada piez a debía encajar en lo establecido por el
plan divino, se instauraba un proyec to organicista donde los hombres eran iguales sólo,
en su origen y en su fin último, es decir, en su creación y en el hecho de su muerte
como salvoconducto a la felicidad eterna. Ello no sig nific aba, consecuentemente, tener
la opción de disfrutar en idénticas cond iciones las riquezas y los derechos, como
tampoco podían tener encomendadas similare s obligaciones. Este inamovible esquema
difundía la certeza de que cualquier altera ción del mismo sumía al individu o en un
estado de temor e intranquilidad y lo coloca ba frente a las fuerzas de la oscuridad,
infranqueable escollo para su realizaci ón como ser hecho a imagen y semejanza del
Creador. Sólo el cumplimiento del principio divino (la vida eterna, la presencia de la
Iglesia y la primacía de la fe como vía de conocimiento) podía atenuar las
circunstancias ordinarias en las cuales se veía inmerso el hombre y, al mismo tiempo,
resolver el conjunto de aspiraciones trascen dentes condicionantes de las mundanas. Así
lo reconoce José Antonio Portero cuando afirma:
Solamente un ser superior a todos y perfecto en sus atributos podría garantizar el orden,
la autoridad y la justicia que precisa la vida comuni taria, y este ser es Dios, de cuya ausencia sólo
pueden derivarse el caos y la anarquía como la hist oria lo ha demostrado sobradamente 206 .
Este modelo era difícilmente aplicable a la gran mayoría de los países
occidentales, testigos excepcionales de las aportaciones revolucionarias (tant o la
americana como la francesa, los grandes hitos burgueses del siglo XVIII) a la
conformación del modelo libera l. Atónito ante el binomi o individuo -Estado/sociedad-
gobierno, la solución a dicho conflicto la ofrecían esos “ámbitos o esferas de autonomía civil,
política y social conquistadas por el hombre en su relación con el Pode r y reconocidas por éste” 207 . La
constitucionalización de los derechos era un valiente esfuerzo burgués para concretar en
pactos públicos postulados abstractos (autono mía, igualdad, etc.), en el marco de un
206 PORTERO, José Antonio: Púlpito e ideo logía en la España del si glo XIX . Libro s Pórtico, Zaragoza, 1978, pág. 27.
207 FARIAS GARCÍA, P edro: Li bertades públicas e inform ación (Esbozo histórico) . Eudema, Madrid, 1988, pág. 17.
-151-
proceso protagonizado por las e xigencias de la nueva clase como prosecución de un
paradigma racionalista dispuesto a esclarecer los problemas materiales y técnicos que
inquietaban al cuerpo social. Un ordo configurado en detrimento del sacralismo y en el
cual las libertades se realizaban prácticame nte en la vida mundana, desapareciendo las
antiguas formas de mando, los privilegios y las desigualdades grac ias al impu lso dado
desde el humanitarismo y el individualismo. Il uminado por la utilidad de su razón, el
hombre no se conformaba con ser un personaje pasivo, mero receptor de cuanto Dios
tuviera a bien disponerle y estoica víctima de cuantas contradicciones le abrumaban en
el sistema económico o social, pero esta va lentía era desdeñada en la perspectiva
eclesiástica por ser causante de la sedición c ontra lo sobrenatural, “ideal de una vida
arraigada, vinculada por los lazos tradici onales del individuo y la sociedad” 208 .
Esta nueva concepción, junto con el refu erzo secularizador y la elaboración de
un derecho natural racionalista desligado de lo trascendente, obligaba a desterrar la
presencia social de la religión, desmantelar el poder jurisdiccional característicamente
anacrónico del clero en toda Europa y fortalecer, simultáneamente, las
administraciones civiles. Síntoma evidente del robustecimiento de la organización
estatal, el orgullo laicista originó, como apunta Gregorio Alonso, “un inevitable
enfrentamiento entre las igl esias y los Estados en Occidente durante el siglo XIX” 209 . La
consecuencia insoslayable del mismo fue la implantación de un susceptible clima de
conflictividad en el ámbito de las relaci ones institucionales entre ambos organismos del
mundo moderno, debilitado u no tras la Reforma y los cismas, floreciente el otro
gracias a la importante modernización socioec onómica. De este modo, se pasó de unos
inveterados Estados confesionales a sociedade s donde la Iglesia se al ejaba de la esfera
política con un progresivo acercamiento a la autonomía espiritual de la ciuda danía
gracias a la tolerancia religiosa.
Corolario de esta revulsión instituc iona l fue la obligación eclesial de arrostrar
con las novedosas formas de representaci ón estatal reclamadas en el universo
208 DÍEZ DEL CORRAL, Luis : El liberalismo doctrinario . Centro de Estudi os Constitucionales, Madri d, 1984, pág.
4.
209 ALONSO, Gregorio : “La secularización de las sociedades europe as”, en Historia Social , nº 46 (II), Fundación
Instituto de Historia Social, Madri d, 2003, págs. 137-157.
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ideológico burgués, donde se sustituía la su misión moral y jurídica del monarca por la
soberanía popular y la di visión de poderes. Esta mejora era resultado de privilegiar la
autonomía racional so bre la insp iración divina, así como de ap licar u n criterio lógico a
la política, y de prevenir, igualmente, los posibles abusos cometidos cuando una sola
persona poseía todo el mando. Atrás quedaba el misterio divino y se clamaba ahora por
la dignificación del individuo en un régi men hecho a su medida , sin necesidad de
recurrir a poderes incognoscibles dotados de la facultad de dar sentido a todo sin
participar a la inteligencia huma na. Valores como “voluntad general, democracia, partidos
políticos y hábitos de libertad, igualdad, rebeldía y análisis críticos, y otros igualmente opuestos a los
que hacían posible la organización de la sociedad conforme a la voluntad del cielo” inundaban ahora
el espacio público, dando lugar a complejos cálculos electorales para lograr que los
ciudadanos eligieran a los más aptos para ge stionar el Estado. Cuando así resultaba de
los experimentos parlamentarios, se gara ntizaban plenamente las libertades y los
derechos de cada hombre en convivencia c on el resto de indivi duos y los Estados
disponían, además, de los recursos adecuad os para paliar las carencias en terrenos
como la asistencia o la enseñanza, empre sas anteriormente reservadas a los religiosos 210 .
Con sus peculiaridades y deficiencias, la pe rmeabilidad de l a so ciedad hispana al
ideario burgués había motivado en la penínsul a deseos de a niquilar la riqueza histórica
espiritual del imperio español, como había sucedido en otros países occidentales. La
modernización filosófic a y la falta de un bl indaje efectivo ante las nuevas corrientes de
pensamiento (el simb olizado, por ejempl o, por la Inquisición como institución
encargada de vigilar la pureza de la fe) abrieron la puerta a la tan temida tolerancia.
Cierto es que la ausencia de una burguesía española fuerte había impedido el completo
desplazamiento de la cosmovisión divina , pero para los ideó logos católicos era
indiscutible que algo sí se había conseguido, aunque no fuera la completa metamorfosis
del orden socio-económico opera da en el re sto de Europa y prol egómeno del triunfo
de la clase propietaria y del proletariado indu strial. Ese mínimo cambio en la estructura
mental de la colectividad nacional madura do en la Constitución de 1869 serviría, no
210 PORTERO, José Antonio: O p. cit., págs. 134-135.
-153-
obstante, para estimular el ingenio de la Iglesia a la hora de plantearse estrategias
orientadas a deslegitimar el proyecto progresi sta y ratificar su inspiración doctrinal.
¿Cómo se podía convencer al feligrés de que debía cumplir dócilmente el
programa confesional destinado a asegurar la vi abilidad del orden existente, en el cual
la institución eclesial se manejaba con soltura y perpetuaba su poder? ¿Cómo
concienciarles de que cometían un craso e rror si se dejaban seduc ir por los cantos
embaucadores del libertinaje, por el odio vis ceral, por la anarquía de las barricadas y las
exacciones violentas? Si el terror apocalíptico no calaba en sus corazones, el argumento
definitivo lo aportaba la imposibilidad de desechar la promesa de que una sociedad
sería tanto más fuerte cuanto más unida estuviera, y de que sólo la ordenación cristiana
podía asegurar dicha fortaleza en una coyu ntura tan delicada como la padecida por
España en su lenta y dolorosa recuperación de una guerra castrante de su poderío
colonial. Era necesario recordar a la comuni dad feligresa el carácter irreemplazable del
autoritarismo religioso si se quería asegurar la supervivencia y la consecuencia de dicho
planteamiento era indiscutible: la política pasa ba por la re-catolizac ión de la sociedad;
sólo después vendría su glorificación.
2. Desenmascaramiento del liberalis mo filosófico y político: del
parlamentarismo al cesarismo
Ciegos ante la evidencia de que sus reclamaciones anatematizadoras apenas si
tienen vigencia en el pro yecto modernizador acometido por las naciones occidentales
avanzadas, los discursos insertos en el Número Literario se orientan a desprestigiar los
presupuestos básicos de la ordenación liberal, préstamo de id eologías ajenas cuya
puesta en práctica se ha saldado con es trepitosos fracasos en diferentes países
europeos, según cree el altavoz de los inte reses religiosos sevilla nos. Planteado el
discurso en estos términos, la pretensión id eológica del suplemento, con el precedente
revolucionario francés, el Kulturkampf alemán, la sedición italiana contra los Estados
Pontificios, o el cisma anglicano y el parl amentarismo británico, ofrece a sus lectores
razones suficientes para blindarse ante las ideas liberales, perniciosamente introduc idas
-256-
PARTE TERCERA
“LA CAMPAÑA PROPAGANDÍSTICA”
TENTATIVAS DE UNA REC ONQUISTA CRISTIANA DE LA
SOCIEDAD A TRAVÉS DE LA ACCIÓN RELIGIOSO-FORMATIVA Y
DE LA BUENA PRENSA
Con el término Propaganda Católica , como apunta Feliciano Montero, se alude en un
sentido amplio a todos aquellos instrumentos de mentalización e impregnación de la
opinión pública empleados por religios os y se glares integrados en el Movimiento
Católico con el objetivo de rehacer en los albores del siglo XX un Estado confe sional
en un tiempo de crisis y de transición a consecuencia del avance irrefrenable de una
política más claramente secularizadora.
Aunque el término pudiera inducir a error, este segundo brazo creado en las citas
congresuales finiseculares para la reorganiz ación de las huestes devotas bajo el mando
de la jerarquía se refiere no sólo a las obr as estrictamente publicístic as o periodísticas,
cuya importancia creciente y uso masivo alerta n a la Iglesia de la urgenci a de esta r
presente en el campo de la información, si no también a la iniciativa educativa, valioso
baluarte de dominación ideológica en manos de los clérigos desde hacía siglos y que en
la segunda mitad de la centuri a decimonónica ha visto debili tarse su alcance a favor de l
monopolio docente auspiciado por el Estado liberal.
La conjunción de ambos elementos –la escuel a y la prensa– emerge en esta coyuntura
histórica como plataforma sobresaliente en los sucesivos y poco exit osos intentos de
oponer por parte de los prelados y la feligre sía una respuesta organizada y efectiva al
avance de la propaganda laicista, cuyas plum as desprestigian la educación cristiana y
someten a debate público y nacional el contr ol doctrinario y material ostentado por la
Iglesia sobre los medios tradicionales de co municación para transmitir las órde nes y
consignas que marcan las coordenadas en las cuales se mueve la España confesional. A
-257-
ellas oponen los liberales inic iativas pedagógicas propias, adheridas a la libertad de
cátedra, y un nuevo canal para la difusión de sus valores la icos como es el diario.
Avenidos en perfecta sintonía una fórmul a ancestral como la enseñanza y métodos
directamente emanados de la modernidad co mo son las manifestaciones periodísticas,
el objetivo de estos dos instru mentos de movilización (obras apolíticas nacidas bajo el
impulso de la fe y destinadas a impregnar el cuerpo social de espíritu religioso) es llegar
a amplias capas de la población cada vez menos interesadas por los sermones desde el
púlpito y, consecuentemente, ajenas a la influencia del mensaje divino para la
estructuración de la sociedad en los té rminos del or ganicismo requerido por las
Sagradas Enseñanzas.
En el proceso de formación y divulgación de los mitos de la mentalidad cat ólica, la
valoración de esta acción conjunt a debe or ientarse obligatoriamente a subrayar su
grado de eficacia real en el proyecto de salvaguardia de los intereses del credo
mayoritario en España y los derechos de la Iglesia y del Pontific ado en suelo hispano
ante el mortífero ataque de la propaganda liberal anticlerical.
De este modo, entraremos a valorar en las pá ginas siguientes la capacidad de la Iglesia
para organizar la vida pública y privada de los fieles graci as al periódico y la escuela,
contagiando estos dispositivos de mentalizaci ón el ideal cristiano a todo el orden civil.
Asimismo, reseñaremos los datos distintivos de esta iniciativa dual para lograr en el
campo social una estructura estable de cató licos dispuestos a empre nder como misión
de los tiempos que les han toca do vivir el movimiento de re-cristianización de su
pueblo, su ciudad y su nación.
-258-
CAPÍTULO VI
LA ENSEÑANZA EN LA ESP AÑA
DE LA RESTAURACIÓN
La aportación de la Iglesia al correcto fu ncionam iento de la Restauración fue tan
inestimable que no se podría comprender es te período histórico sin su actuación en
todos los ámbitos de la vida pública naci onal, incluida la en señanza. Por ello, aun
siendo proclive el régimen turnista a la s ecularización educativa y al refuerzo de los
mecanismos estatales para superar la subsid iariedad a la que el beneplácito religioso
había limita do las funciones gu bernamentale s en este terreno, Ant onio Cánovas no
atentó contra la primacía católica en la enseñanza tan abiertamente como hu bieran
deseado los herederos de 1868. L a pervivencia de las in dicaciones vaticanas como
factor estructural en la conformación ideoló gica de la España decim onónica, así como
el fracaso social provocado por la ausencia de una burguesía fuerte, obligó a los
liberales españoles, fueran conservadores o progresistas, a mantenerse siempre dentro
del respeto a la confesionalida d y avenirse en su legislac ión con un laicismo del que
tampoco podían zafarse.
-259-
1. La catoli zación del modelo educativo burgués
Un breve repaso a la historia religio sa de cualquier nación confirma que la
iniciativa pedagógica representa una activi dad tradicionalmente vinculada a l clero,
quien se ha reservado durante siglos el privilegio de educar en los valores del
cristianismo e informar su acción pedagógica de las verdades reveladas. El problema
radica a estas alturas del devenir histórico en que la función docente no se entiende ya
sólo como la difusión de u nos determinados saberes para instruir a la juventud, sino
que ha trascendido su cualidad de instrument o formativo para insertarse de lleno en el
terreno de la política como ariete de bata lla entre las fuerzas tradicionales y las
progresistas. Los bandos estaban perfectamen te definidos en este choque ide ológico.
De un lado se posicionaban quienes a post aban por una instrucción decidida a
contagiarse del laicismo que hacía del Estado el máximo responsable de las cuestione s
docentes, propiciada por la autonomía racional y la ruptura del papel de la Iglesia como
custodia legítima del saber 445 . Frente a ellos se situaban los más conservadores, quienes
no podían quedarse impávidos ante el fr enesí laico de sustraer una actividad
desempeñada por la instituci ón eclesial desde hacía siglos.
Las palabras de Lorenzo Ma rtín Retortillo en su pr ólogo a la obra de Bla nca
Lozano resumen muy bien ese sentir general entre los autores dedicados al estudio de
la historia educativa española, para quienes resulta inevitable el dilema entre ambas
concepciones y, derivado de él, el abismo que mantenía aislada a España de la
civilización moderna como consecuencia del inexpugnable dique impuesto al
pensamiento por las corrientes tradicionalist as durante todo el pe ríodo decimonónico:
445 La profunda transformación experimentada p or las soci edades oc cidentales tras la desmembrac ión del poder
teocrático signi ficó en el terreno intelectual l a conquist a de la razón como fuente de cono cimiento autónoma al
margen de la fe. Tras la ruptura de la vieja estructura cognoscitiva medi eval, el sabe r devino uno de los más
preciados tesoros en el idea rio de aq uellos intelectos concienciados de la imparable realidad de los av ances
técnicos y, sim ultáneamente, ca da vez menos interes ado s p or las controversias s usc itadas en torno al mundo
sobrenatural. Con una sensibilidad especial a dichos pres upuestos, fueron muchos los pensadores qu e pers eguían
hacer de la enseñanza una act ividad tan soberana en su campo co mo la Iglesia en l a esfera d el culto, porqu e
entendían que el conoci miento y su difu sión a través de la escuela constituía una más de las conquistas liberales.
-260-
No fue pacífica en efecto la confrontación entr e la intención de mantener los viejos dogmas
de la entonces religión oficial en España, con la consecuente interdicción de cualquier disidencia, y
el afán sincero de intentar desvelar otras verdades al marg en de aquéllas 446 .
De este modo, era inevitable la aparic ión de agudas contrariedad es sobre el
trasfondo de la brecha entre la inspiración laica de la enseñanza y el sentimiento
cristiano de la sociedad, que llevaba tiempo abierta como herencia de la Ilustración y
no era ninguna novedad cuando em pieza a alborear la Restauración 447 . Se trata de
dilucidar, entonces, si en la coyuntura ca novist a la confrontación entre los dos modelos
educativos adquiere los signos de la caracter ística intransigencia hispana, porque hasta
bien entrado el siglo XIX el absolutismo religioso sigue pres ente en España cuando en
la mayoría de los países europeos la Re for ma lo ha socavado profundamente y ha
resuelto los problemas de libertad de co nciencia y pensamiento hace varias centurias.
Así, mientras el viejo continente seculariza ba la enseñanza, en España se procedía,
contrariamente, a cristianizarla y a nadie es capa que, si bien las quejas de una Iglesia
que decía se sentía amenazada en su funci ón docente son frecuentes en la pugna entre
sociedad civil y eclesiástica por hacerse con la batuta educativa, la hostilidad hacia la
presencia clerical en esta esfera durante el turnismo no será tan acusada como en su
discurso mantenían los obispos españoles.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Abrumada a lo largo del siglo XIX por lo s embates secularizadores, la Iglesia
sintió desde los albores de la Restauraci ón la tranquilidad de encontrarse con un
régimen en el cual se le otor gaba la cobertura legal e ideológica de la que había carecido
en la convulsa década anterior. El perí odo comprendido entre 1868 y 1874 supuso el
446 LOZANO, Blanca : La libertad de c átedra. UNED, M adrid, 1995, págs. xi-xii.
447 De la secularización de la enseñanza se hablaba ya e n l o s t i e m p o s d e C a r l o s I I I , c u a n d o e l m o r a l i s m o
pedagógico de la Ilustración se afanab a por sacar al hombre de la ignorancia en la cual se consumía para
insertarlo de lleno en la vía de la evolución hacia el progreso material. La importa n cia de la educación como
instrumento de reforma social, acuñ ada en las obras de los pensadores hispanos del siglo XVIII más destacados –
Memoria sobre la educación pública de Jovellanos, Instrucción reservada de Floridablanca y Discurso sobre la educación popula r
de los artesanos de Campoman es– y en caminada a sup erar la medi ocridad na cional mediante una educación general
y gratuita par a todos los ciudada nos, abogaba por promover un modelo alterna tivo al dominado por los
religiosos, con elección de profesores al marg en del estame nto eclesiástico y un plan general de enseñanza al cual
se incorporaban los saberes útiles, en detrimento de la esco lástica. Frente al discurso ilustrado, el pensamiento
reaccionario oponía la tesis de que esta pedagogía sólo cont ribuía a pervertir la armonía y la pacífica convivencia
en el seno de la socieda d estamental .
-261-
quebrantamiento de una situaci ón de privilegio de la que había tratado de arrancarla la
herencia de un liberalismo filos ófico y políti co establecido en la península con casi un
siglo de retraso desde la histórica fecha de 1789 y que entonces, en 1868, reclamó
desde la tribuna de la revolución la fe en la instrucción pública c omo instrumento
principal de reforma para una educación en li bertad. Se apostaba, en definitiva, por una
pedagogía para la democracia con el obje tivo de formar ciudadanos aptos para el
ejercicio de los derechos y las obligaciones políticas, haci éndoles partícipes de la
evolución experimentada en un país anclado todavía en la enseñanza del latín y de la
deslumbrante grandeza de la historia patr ia mientras se olvidaban conocimientos tan
necesarios como la ordenación jurídica, la organización social y las fuentes de
riqueza 448 .
La llegada de Antonio Cánovas al poder imprimió un cambio sensible a la
gestión en este campo. El político malagueño, fiel al espíritu del liberalismo histórico
del que era depositario, abundaba en el reconocimiento de la competencia estatal y en
la defensa de la libertad de enseñanza, pero como heredero de los moderados de la
primera mitad del siglo no ocultaba su respet o hacia la f e como so stén ideológico de
una nación conmovida por la obra revoluc ionaria. Las necesidades del momento –
contrarrestar las pretensiones de un carlis mo amenazador mediante el favor de la
jerarquía católica y asegurar un régimen de pacífica convivencia– obligaron al líder de
los conservadores, a quien sus preferenci as personales demandaban t ambién un hondo
acatamiento de las tradiciones, a pactar con el sector clerical favorable a la restitución
en el trono hispano de la di nastía borbónica. Dicho fenóme no, como apostilla Carlos
Serrano, ocasionó un “auténtico proceso de reclericalización de la sociedad” cuyos efectos más
notorios se observaron en el terreno docente 449 .
Así pues, resulta imposible desterrar la co artada ideológica suministrada por el
estamento eclesial como factor de estabiliza ción en el régimen de Cánovas y el pago
por este servicio fue asegurar en un terre no proclive a la secularización –o por lo
448 PUELLES BENÍTEZ, Manuel: Educación e ideología en la España contemporánea . Tecnos, Madrid, 1999, pág. 15 4.
449 SERRANO, Carlos: “C risis e ideología en la Resta ura ción”, en GARCÍA DELGADO, Jos é Luis (coord.) : Op.
cit., pág. 187.
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menos así sucedía en el resto del continente europeo– la intervenci ón y el florecimiento
de una enseñanza mediante la cu al podría volver a ocupar la institución un lugar social
preeminente, como manifiesta Manuel de Puelles:
La Restauración hubiera sido de difícil real ización sin el apoyo of icial de la Iglesia. De
ahí que el partido conservador de Cánovas, aun manteniendo la secularización básica de la
enseñanza, esto es, la compet encia del Estado, ten diera a favorecer a la Iglesia. […] Por eso , para
el pensamiento conservador n o sólo se debían reconocer las funciones que la Iglesia realizaba en el
ámbito de la educación, sino incluso prestarle apoyo y protección 450 .
A falta de una filosofía sustentada sobre bases modernas (u rbanismo,
industrialismo, cientifismo, etc.), la religió n se ofrecía como factor estructural en la
conformación de la identi dad naciona l a cambio de recuperar su monopolio
educativo 451 . Sin embargo, estas prerrogativas no hacían sino evidenci ar una carencia
más profunda de la socieda d española, causa y consecuencia del fortalecimiento
católico de los eleme ntos de mentalizació n-educación experimentado e n la segunda
mitad del siglo XIX. Nos estamos refiriendo al estrepitoso fracaso en la península de la
revolución liberal, cuya frustración había im pe dido config urar un modelo acomodado a
la burguesía y coherente con los valores de la nueva clase en alza. Mientras en Europa
la revolución de las capas propietarias había implantado u na enseñanza pública gra tuita,
universal y obligatoria con fuerte conten ido técnico y cada vez más alejada del
teologismo, en España el precario desarrollo de los sectores acomodados era terreno
abonado para el éxito eclesial “como instancia mediatizadora en la transmisión de los saberes
modernos” 452 .
Por efecto de la fallida implantación de una instrucción pública secular que
creara ciudadanos libres y sostenedores de un ente estatal liberal, las demandas
educativas de la burguesía urbana no se habí an visto satisfechas. El hundim iento de sus
aspiraciones pedagógicas no disminuyó, sin embargo, sus necesida des reales de
aleccionar a los nuevos integrantes de la oligar quía capitalista, de ahí la búsqueda de un
modelo escolar dispuesto a satisfacer su solic itud tras la constatación de que el Estado
450 PUELLES BE NÍTEZ, Manuel: “Secularización y en señanza en España”, en ibídem, pág. 197.
451 SERRANO, Carlos: Cap . cit., pág. 187.
452 HERNÁNDEZ SANDOICA, Elena: “Cambios y resisten cias al cambio en la universidad española (1875-
1931)”, en GARCÍA DELGAD O, José Luis (coord.): Op. cit., pág. 4.
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se había desatendido c ompletamente de esto s menesteres. Resultado de este episodio
fue el acomodo de las clases propietarias a la s orientaciones suministr adas por la Iglesia
porque, aun cuando los valores de una y otra cosmovisión del mundo eran bien
distantes en su origen, a ambas interesaba, no obstante, el refrendo brindado por el
otro grupo.
Las clases propietarias identificaban en la religión una garantía de orden y
respeto institucional muy positiva para sus intereses económicos, frente al caos y la
anarquía inoculados por el fantasma revol ucionario a las clases trabajadoras. La
estabilidad privada enarbola da por el organic ismo de los axiomas divinos era condición
indispensable para asegurar la tranquilidad pública burgu esa y evitar las luchas de clases
con las cuales se ponían en peligro sus posesiones, de la s que se hacía una acérrima
defensa en el universo de ic onos ideológicos burgueses. De este modo, como apunta
Francisco Villacorta Baños, ley y orden fueron los pilares de sus va lor es patrimoniales,
concretados en unas represivas pautas de comportamiento y buenas costumbres con
numerosos puntos e n común con las exig encias de decoro, hu mildad y respeto
transmitidas por los catecismos 453 .
La Iglesia, por su parte, comprendió que el nuevo mundo estaba dirigido por la
burguesía y que debería usar todo su pragmat ismo para conquistar a la clase rectora,
porque su crítica situación económica tras la quiebra del Antiguo Régimen exigía
buscar métodos alternativos de financiación allí donde el capital se concentrara. Los
sucesivos episodios desamortizadores habían privado al estamento eclesial de los
efectivos materiales y humanos necesarios para ocuparse de sus tareas, con la
consiguiente pérdida de indepe ndencia de la c ual había disf rutado gracias a la posesión
de propiedades y a las rentas de ellas obten idas. ¿Cómo podía asegurarse, entonces, el
sostenimiento de sus religiosos si las pa rtidas presupuestarias prometidas por Cánovas
no satisfacían su autonomía económica? La re spuesta más acertada se encontró en las
donaciones de los fieles, lo que motivó una profunda identificación con las clases
adineradas al ser éstas las únicas capaces de ejercer genero samente la caridad.
453 VILLACORTA BAÑOS, Fran cisco: Op. cit., pág. 166.
-264-
Hechas estas observaciones, Ana Yetano ap unta que el fenómeno de adaptación
entre ambos colectivos se re alizó en una doble dirección. Por un lado, la Iglesia se
aburguesó e hizo coincidir su expansión con los núcleos urbanos de desarrollo
socioeconómico donde los propietarios conso lidaban su capital, porque estos exigían
en el terreno educativo una se rie de demandas imposibles de satisfacer por el Estado,
mientras aquélla requería un sustento mone tario inexistente en los emplazamie ntos
obreros 454 . El episodio de acople se completaría c on el viraje hacia el tradicionalism o de
la burguesía, subrayado tamb ién por la hispanista Fran ces Lannon, para quien el
renacimiento religioso consistió e n un episodio or ientado al afianzamiento del orden y la
estabilidad contra los antagonismos entre grupos sociales 455 .
Si el fracaso de la revolución educativ a liberal había ocasionado el t riunfo del
dogma en las aulas en esa particular converg encia de la Iglesia y las clases propietarias
insatisfechas con la instrucción pública, había, no obstante, otros factores
coadyuvantes en la irrefrenable expansión cl erical docente. No sólo la impos ibilidad de
cohesionar ideológica mente la monarquía constitucional borbónica sobre el pilar
exclusivo de los valores burgueses justificaba esta situación, sino que se alineaba otra
variable no menos importante como era la im posibilidad estatal de colmar las
demandas formativas de los españoles con los sucesivos problemas presupuestarios de
la Restauración. El debate entre la utopí a progresista (una enseñanza universal y
gratuita) y la realidad (la carencia de medios) se saldaba con la incapacidad
gubernamental para llevar a cabo las tare as docentes sin contar con el apoy o de la
Iglesia quien, por el contrario, estaba in comparablemente mejor preparada que ninguna
otra institución para hacerse cargo de las au las, a pesar de las re iteradas lamentaciones
sobre sus penurias tras los procesos desamortiza dores. En este contexto el instrumento
ideal eran las órdenes religiosas, que reun ían, según Ana Yetano, las siguientes
singularidades:
Grupos de hombres y mujeres consagrados a es a tarea única, constituyendo un ejército
abundantemente surtido de personal enseñante , bien encuadrado y disciplinado. Person al
454 YETANO, Ana: La enseñanza religiosa en la España de la R estauración (1900-1920) . Anthropos, Barcelona, 1987,
págs. 74-77.
455 LANNON, Fr ances: Op. cit., pág. 21.
-265-
numeroso, por un lado, pero también per sonal de dicado; independientemente del juicio que nos
merezca su labor, dedicaban a ella todas sus horas y todos sus esfuerzos; al no tener que alternar
su trabajo pedagógico con ningún otro para ganar se la vida, se concentraban con exclusividad en él 456 .
Se trataba de un personal barato, dedica do en cuerpo y alma a estas tareas y con
gran flexibilidad, por su alto número, para responder a las múltiples demandas
educativas. En oposición a los centros oficiale s, los establecimientos regentados por las
congregaciones ofrecían continuidad, es tabilidad y proporciona ban, además, un
importante aliciente: con un personal tan po co gravoso se podían reducir costes y
ofrecer ventajas económicas a los alumno s matriculados. Podemos concluir, en
definitiva, que estas comunidades emer gían como instituciones altamente
especializadas para el cumplimiento de los ob jetivos docentes, eficaces plataformas en
la modelación de la infancia y la juventud sin que el Estado ni otras iniciativas
particulares (en referencia a la Instituci ón Libre de Enseñanza o la Es cuela Moderna)
pudieran contrarrestar los incentivos de los centros privados confesionales.
Cabe destacar, en último lugar, que esta activa presencia en la esfera educativa
obedecía no sólo al mayor núme ro de sus operarios, sino ta mbién a la realidad de que
venían a cubrir un vacío dejado por un Es tado poco celoso –a pe sar de los sucesivos
conatos secularizadores– en la protección de una función de tamaña importancia e
influencia. La desatención oficial en la consec ución de un modelo laic o y el brindis de
plenas prerrogativas eclesiales en este ámbi to estaban animados por las carencias
económicas descritas anteriorm ente, pero el factor decisivo emanaba de la
imposibilidad liberal de consolidar en Es paña una socie dad moderna en donde se
prescindiera del lema que había convertido en realidad el orden y la estabilidad
ansiados desde recién comenzado el sigl o XIX: el respeto a la monarquía y al
catolicismo recogido en la Constitución. Verd ades indiscutibles, obstaculizaban la plena
consecución de una fórmula no hostil a la religión y sensible al hecho de que ésta debía
mantenerse fuera de las aulas, al ser ajena a su finalidad, y confinarse al reducto privado
de la familia y la liturgia. Mientras se mantuviera como sustrato colectivo la premisa
tácita de que un país romano, apostólic o y monárquico como España no podía
456 YETANO, Ana: Op. cit., págs . 67-68.
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con que a la altura de 1876, a pesar de estar reconocida la libertad en el terreno
educativo (el artículo 12 de la C onstitución permitía la libre creación de centros a
cualquier iniciativa privada), no se toleraba n los abusos de la misma y se establecían
como límites irrenunciables la religión de l Estado, la monarquía constitucional y la
restitución de la disciplina y el or den académ ico. En ellos estaba obligada a educarse la
juventud nacional por se r los prin cipios rectores del país ratificados en la Carta Magna.
Para comprender el áspero clima educat ivo en esos años resulta interesante
destacar, asimismo, las razones por las cu ales una normativa promulgada en 1857
seguía vigente casi dos décadas después de su redacción. La manifiesta imposibilidad de
elaborar una nueva en los albor es de la Restauración, al objetar la Santa Sede y sus
representantes españoles que el proyecto presentado en diciem bre de 1876 en el
Congreso violaba el artículo 2 del Concor dato, mostraba que el desacuerdo eclesial
hacia el monopolio estatal se justificaba at endiendo a la sospecha de que las escuelas
iban a ser utilizadas para propagar ideas cont ra el papel des empeñado por los ministros
de Dios en el control moral de la sociedad. Para religiosos y seglares, la mentalida d
materialista gubernamental era un ataque frontal a la doctrina católica, la cual se había
encargado de limitar a lo largo de su peri plo docente toda libertad de enseñanza al
Evangelio, con la tranquili dad reportada por la inicia ción de los alumnos en los
fundamentos esenciales del dogma.
Casi al término del siglo XIX y como si nada se hubiera avanza do en educación
desde 1857, el fond o de la cuestión en la disputa por el control intelectual no hacía sino
repetir las coordenadas del conflicto ciencia-f e sobre el cual se ha bían articulado las
tensiones entre la Iglesia y el gobierno desde que Altar y Trono s e convirtieran en
enemigos a causa de la tajante separación entre las autoridades estatales y divinas.
Pensamiento cristiano frente a raciocinio li be ral, trascendencia frente a inmanencia,
certeza frente a error, etc., tales son los pu nto s de desacuerdo entre los valedores de la
confesionalidad y los custodios de la libe rtad de cátedra. La polé mica se rescató
entonces en los mismos términos con los que renovadores y tradicionalistas se habían
familiarizado desde la conversión de la ped agogía en materia sensible de discusión.
-273-
El protagonismo político-educativo de es tos años recaerá sobre Manuel Orovio
(responsable, no lo olvidemos, de la primera cuestión universitaria 468 ), quien nada más
ocupar su ministerio se apresuró a redactar el Real Decreto de 26 de febrero de 1875
por el cual se restituían las disposicio nes de la Ley Moyano que obligaban a los
profesores de universidad e instituto a presen tar los libros y programas de su asignatura
para ser aprobados por el gobierno. Asimismo, hizo acompañar el decreto con una
circular recomendando a los rectores un mayo r celo en la vigilancia de sus centros, al
objeto de adecuar el sentimiento cristiano de los padres con los contenidos enseñados
a sus hijos por los maestros. El ministro blan día el estandarte de la sana moral, de la
lucha contra la perversión de la ju ventud , pero también incluía entre sus argumentos
una razón mucho más prosaica, sentencian do que un profesor libre podía decir
cualquier cosa mientras uno pagado por u na nación católica y m onárquica no podía
explicar nada contra estos dos principios 469 . A la vista de este fenómeno, numerosos
autores coinciden en señalar el franco retr oceso en el régimen de libertades desde 1874,
pues se cedió –entre otras– a las demandas más conservadoras en materia de enseñanza
y se introdujo de nuevo un exha ustivo cont rol, aboliendo la lib ertad del decreto de
Ruiz Zorrilla 470 . En la misma línea, traemos a co lación la aseveración de M anuel
Puelles, para quien la confianza deposit a da por Cánovas en el marqués de Orovio
destaca hasta qué punto el político malagueño había transigido con los sectores
tradicionales más radicales en su compromi so por conseguir, a cualquier precio, el
funcionamiento de su estructura gubernativa 471 .
Una semana más tarde de la llegada de l nuevo ministro, numerosos profesores
fueron retirados de sus puestos. Había comenzado la segunda cuestión universitaria y de la
468 La responsabilidad de la primer a cuestión universitaria recayó en Manuel O rovio, quie n con su actuación motiv ó la
expulsión de la Universi dad Central de los catedráticos contagiado s po r las enseñanz as de Karl Krause,
inoculadas al intelecto español a través de Juli án Sanz de l Río. Partidarios de las tesi s del filósofo alemán fueron
Emilio Castelar, Nicolás Salm erón, Fernando de Castro y Francisco Gi ner de los Ríos, quie nes se condenaron
por su desmarque de la tradici ón católi ca a la separ ación de sus cát edras universit arias, precisamen te en el ámbito
que ellos protegían –las aulas– para consum ar l a rege ner ación d e la malt re cha sociedad española. Su posterior
traslación al ámbito de la opinión popula r radicalizó el aspecto académico de la polémica y las algaradas callejeras
se saldaron en la fatí dica “Noche de San Daniel” con la muerte de algunos es tudiantes que habían mostrado su
oposición a las restricciones de la libertad de cátedra.
469 Declaraciones de Manuel Orovio en la Sesión de la s Cortes (11 de octubre de 1881), reco gidas en RUIZ
RODRIGO, Cándido: Escuela y religión: el pensamiento conser vador en la educación (Valencia, 1874 -1902) . NAU Llibres,
Valencia, 1991, pág. 124.
470 Ibídem, pág. 78.
471 PUELLES BENÍTEZ, Manu el: Op. cit., pág. 165.
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mano de este episodio nacerá el más importa nte oponente educativo de la Ig lesia en el
sector privado: la Institución Libre de Enseñanza 472 . Con los sucesos de la primera
cuestión universitaria todavía recientes, la indignaci ón entre el cuerpo docente como
consecuencia de las disposiciones del marqué s de Orovio fue gene r alizada. Sin olvidar
el precedente histórico de 1867, la reacción se sintió especi almente entre los discípulos
krausistas expulsados de sus cátedras hací a menos de una década, para quienes el
gobierno no podía apoyarse en ley alguna pa ra arrebatar al profesor su independencia a
la hora de decidir los materiales y el método de enseñanza. Lo que pretendía el nuevo
ministro de Fomento, en pala bras de Gumersindo de Azcárate , era fiscalizar la doct rina
que cada cual profesaba y la pedagogía conf or me a la cual la exponía, sometiéndose el
docente a la censura de una estructura administrativa que, por ser la nación
oficialmente católica, no permitía una in strucción donde la religiosidad estuviera
ausente. La incompatibilidad entre fe y cien cia, aunque ésta gozara de autonomía desde
hacía más de dos siglos y fuera un error volve r a someterla a la tutela teológica, impulsó
a hombres como Francisco Giner, Gumers indo de Azcárate, Nicolás Salmerón,
Laureano Calderón y Augusto González de Lina res, entre otros, a ratificar su deseo de
no renunciar a la independencia ma ntenida hasta el momento.
Los intentos para hacer ver a estos maestr os la necesidad de educar a los niños
en el credo profesado por sus padres frac asaron y si bien es cierto que los tres
personajes más afectados por la intransige ncia de Manuel Orovio f ueron Francisco
Giner, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, condena dos a varios meses de
confinamiento, Pablo de Azcárate manifiesta que la represión afectó a muchos más
docentes, quienes en la medida de sus pos ibilidades trataron de m ostrar su frontal
472 El krausismo s ubyacente a la I nstitución Libre de Enseñ anza atacaba las bases de la religiosidad tradicional del
individuo y apostaba por su realizac ión moral en el marco del pro yecto humanizador al que todo hombr e debía
aspirar sin recu rrir a los axiomas católicos . Este perf ecci onamiento moral sólo era posible si se desatendí an las
dogmáticas concep ciones de subordinación a Dios y en su lugar triunfaba la autonomía de la voluntad; una
independencia alcanzable cuando se aboliese el yugo r elig ioso gracias al fundamental papel de las universidades .
De ahí que Sanz del Río y sus seguidores insistieran en la libertad de cátedra frente a la cen tralización implantada
en las universidades españolas por el lib eralismo conservado r y reaccionari o del Estado católico, que exhalaba
intransigencia como e scudo frente a la s luchas revolucionari as. La regeneración moral, de la que derivaría la de
tipo social, eco nómico y político, sólo sería posible para lo s krausista s si la universidad se emancipaba de las
sentencias que colocaban al ho mbre en una p osición de desv entaja y lo cond en aban a la opresión del atraso. Sólo
si la universidad libre se consagra ba a una educación no ofici al se podr ía operar la neces aria liberación.
-275-
oposición a lo que entendían era un at entado contra las conquistas de 1868 473 .
Arrancados de sus plazas universitarias los propagadores subversivos, los polític os más
conservadores debieron pensar que la fe se encontraba finalmente a salvo de los
ataques irreligiosos, pero dicha medida depurado ra no hizo sino abrir la puerta para la
fundación de la Instituc ión Libre de Enseñanza, m odelo educativo donde los
profesores disidentes podían continuar de modo privado la obra de renovación iniciada
en la universidad.
Como establecimiento nacido al amparo del artículo 12 de la Constitución, el
centro inspirado por Giner de los Ríos destac aba en su pr ograma la ausencia de un
credo positivo e intentaba realizar un idea l pedagógico laico impos ible de materializar
en las escuelas oficiales, porque en ellas pe saba la confesionalidad estatal, y en las
privadas, al encontrarse éstas casi en su totalida d en manos de las congregaciones.
Desde su fundación, la Instit ución trató de ofrecerse como un centro aconfesional, no
escéptico e indiferente hacia el catolicismo , sino tolerante con la devoción sie mpre y
cuando ésta se encontrara excluida del espacio académico y se confinara al ámbito de
lo personal. Lo que solicitaban los re novadores era una religión como creencia y
práctica privada, alejada de la sumisión debida a Roma; una religiosida d natural y
universal, renovada de modo popular y laico, abierta y deseclesializa da. Expulsada al
terreno de lo particular, en ningún momento negada, se sustituía la fe positiva por la
instrucción tolerante hacia cualquier forma de culto que pudiera satisfacer las
aspiraciones metafísicas del individuo 474 . Sólo así se podía asegurar la nula intromis ión
clerical en una esfera definida por los institucionistas como autónoma, además de
garantizar el derecho a una enseñanza libre, requisito básico para la independencia
racional de la que el individuo, sobre todo un profesor, debía dis poner.
473 GINER DE LOS RÍOS , Francisco; AZ CÁRATE, Gumersindo ; y SALMERÓN, Nicolás: La cu estión
universitaria. 1875. Epistolario. In troducción, notas e índice por Pablo de Az cárate. Tecnos, Madr id, 1967, pág. 12.
474 Todos los estudiosos de la filosofía krausi sta coinci den en s eñalar que en ningún momento los seguidores de
Sanz del Río negaron la i dea de Dios, sino que lo concebía n de un modo panteísta y se al ejaban de las reli giones
positivas. No se rechaz aba, por tanto, la formación espi ritual pero sí el privile gio en exclusiv a de la fe ca tólica en
este ámbito. El juicio de Raymond Carr al respecto es bastante ilustra tivo: “Los krausistas no desea ban ofender a la
Iglesia; en realidad muchos de ellos partían de un intento de re vitali zar y liberalizar el c ato licismo. El peli gro del krausism o c onsistía
precisamente en que era un movimiento cuasi -religioso con los catedráticos de sac erdot es. Mientras que el positivismo materiali sta era
un enemigo abierto, el krausismo aparecía como una vers ión moderna de la s más antiguas y pérfidas herejías” . CARR, Raymond:
Op. cit., pá g. 295.
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Si desde los centros oficiales se había autorizado la re-catoliza ción de la
sociedad española a través de programas y materiales confesionales, por mucho que la
legislación se reafirmara en su rec onocimiento del monopolio estatal y el
desplazamiento de la Iglesia en sus aulas, la Ins titución Libre de Enseñanza atraía hacia
las virtudes de un Estado verdaderamen te democrático –y no esa aparienc ia del
progresismo canovista– a las futuras elites de la nac ión, a quienes se explicaba la
importancia de la técnica y la pedagogía ac tiva, se ilustraba en las virtudes de una
metodología no memorística y carente de exámen es, o se animaba a viajar al extranjero
para superar el desfase científico y moral de España en el conjunto de todos los
pueblos de la humanida d. El discurso de Eugenio Montero Ríos con motivo del primer
aniversario del centro ilustra con precisión el ideal alberg ado por Giner de los Ríos y
sus discípulos a la hora de ejercer el magisterio:
Nosotros nos hemos asociado aquí sin odios, sin preocupacion es contra ninguna doctrina
religiosa. El vehículo que nos une es pur amente científico: nuestro fin, el progreso y la difusión de
la ciencia humana; nuestro criterio, el qu e la razón , moviéndose en sus propia s esferas nos inspira.
La conciencia religiosa de cada cual queda completamente a salvo 475 .
Con estos planteamientos resulta fácil en tender que la batalla educativa dejara
de lado en esos años la declamada coa cción monopolizad ora del Estado docente, pues
la amenaza advertida en la in stitución puesta en marcha por los seguidores de Julián
Sanz del Río preocupaba más, por ejemplo, que la centralización reconocida al Real
Consejo de Instrucción Pública mediante su potestas para confeccionar temarios y
seleccionar al profesorado. La inspiración anti rreligiosa krausista era más dañina para la
moralidad nacional y, por ello, el centro institucionista emergía en la literatura
pontificia como un nefasto ensayo de neutralida d educativa (la aconfesionalidad
significaba en su opinión una mascarada) cu yo objetivo era sacar a Dios del aula.
El discurso confesional identificaba neut ralidad –como perseguía la Institución–
con laicismo, de tal modo que en las conclu siones de sus invectivas inquiría cómo se
podía instruir con esas particularidades a una población mayoritariamente católica si
475 Véase BEN ITO Y DURÁN, Ángel: La libertad de enseñanza en la España d el si glo XIX. Discurso leído en la a pertura
del Tercer Congreso Nacional de la Fede ración Espa ñola de Relig iosos de la Enseña nza . Valencia, 1960, pág. 24.
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ésta demandaba la transmisión de valore s acordes con sus creencias. Fomentar la
neutralidad erradicaba el verdadero conoc imiento, sentenciaban, y por est a razón
resultaba imposible disolver el maridaje en tre escuela e Iglesia, porque una formación
integral requería de la religión y prescindir de ella origina ría un saber mutilado donde
no se enseñaba al individuo cuáles debía n ser los límites de su mu ndo 476 . Cualquier
argumento era válido si se asustaba a los fiel e s c o n l a i d e a d e q u e u n m o d e l o e s c o l a r
laico progresaría irremediablemente hacia una escuela ajena y hostil al catecismo.
A pesar de estos dicterios contra la Inst itución, el temor a la misma debió, no
obstante, verse ciertamente atenuado por l as expectativas de éxito de la iniciativa
krausista, limitadas y reducidas a un continuo fermento de procedimientos pedagógicos
que permeaban toda España y sacudían la ine r cia en la cual se encontraba sumido el
país, pero eran incapaces de resolver un problema cada vez m ás crucial en el
pensamiento secularizado s obre el atraso naci onal. Y ello era así porque faltaba aptitud
colectiva para el laicismo y no existía como sentimiento mayoritario, a pesar de ciertos
grupos plenamente convencidos del de slinde entre lo civil y lo religios o 477 . Como
oposición había una infranqueable –y mayorita ria– barrera interpuesta entre la España
que habría de ser y la que realmente era, la Iglesia intransigente, encargada de trasladar
su hostilidad a amplias capas de la poblac ión y hacer ver con desaforados gritos de
alerta que las innovaciones metodológicas no eran lo suficientemente reveladoras para
justificar la ausencia de formación moral en los programas educativos.
Como entidad emanada del proceso seculari zador, se veía en ella un avieso
influjo revolucionario encaminado a quebran tar la unidad de España, subvertir su
estructura político-soc ial y de rrocar los valores tradicionales, aunque la Institución no
se formulara en estos términos pero exhibier a, eso sí, una negación del clericalism o en
cuanto privilegio de una creen cia positiva. De acuerdo con la opinión de María D olores
Gómez Molleda, el mantenimient o de la ne utralidad respondía, sin embargo, a los
deseos de no generarse enemistades –y perd er clientela– por su identificación con
corrientes más radicales como el socialismo y el anarquismo, do nde los conceptos de
476 GARCÍA REGIDOR, Teódulo: Op. ci t., págs. 173-179.
477 Ibídem, págs. 388-389.
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Dios e Iglesia salían muy perjudica dos 478 . De hecho, sus detractores identificaban en la
corriente institucionista una nueva forma de teología con su correspondiente credo,
púlpito, curas y devotos, de manera sim ilar a aquella teocracia cuyos axiomas se
desvanecían en el programa krausista.
Por si esta puntualización no ba stara, critica también la autora el excesivo
idealismo de su modelo pedagógico, alejad o del academicismo tradicional y de toda
conexión con la enseñanza reglada (significati va era la ausencia de libros de texto y
exámenes, por ejemplo), lo cual se traducía en una falta de coordinación entre los
conocimientos suministrados en s us aulas y las posibilidades de inserción laboral de
unos estudiantes encargados de diseñarse su s propios currículos académicos, elig iendo
aquellas asignaturas más interesantes o menos dificultosas 479 . Sin embargo, el proble ma
más acuciante era el mismo de los centros of iciales, las dif icultades económicas por el
escaso número de alumnos matriculados. Segú n datos de Ivonne Turin, éste ascendía a
cincuenta y nueve en 1876, setenta y cuatro en 1877, y la cifra record de doscientos
cincuenta alcanzada en 1880. Este máximo se mantuvo, no obstante, poco tiempo y en
1884 se tomaron medidas drástic as como la supresión del suel do de los profesores, la
disminución de la retr ibución de los emplea dos e, inc luso, la contribución de los
propios maestros al mantenimiento de una organización que padecía la carencia de
recursos humanos y materiales sentida en el resto de establecimientos.
A l m a r g e n d e l a i n f l u e n c i a r e a l d e l o s reformadores en la atmósfera intelectual
de la época, las huestes religiosas no podían que dar indiferentes ante los logros de la
Institución, porque los krausistas habían conseguido posicionar a hombres formados
en sus aulas en los gabinetes que se sucedie ron durante el reinado de Alfonso X II y la
regencia 480 . El peligro se planteaba desde el momento en que estos jacobinos y
478 Una tesis difícil de mantener si los docentes, consecue ntes consigo mismos, manifest aban cierta hostilidad a la
Iglesia al considerarla en gran parte re sponsable de los males de la soci edad.
479 GÓMEZ MOLLEDA, Mª Dolores: Los refor madores de la España contemporánea . CSIC, Madrid, 1981, págs. 2 60-
275.
480 María Dolores Gómez Molleda apunta co mo destacados logros de la influe ncia krausista la presen cia de sus
alumnos en organismos depe ndientes del Ministerio de Instrucción Pública (Ria ño , amigo de Giner será
nombrado Director General de Instrucci ón Pública y Santos María Robl edo, Inspector General), la creación de
organismos dependientes del Ministerio a tr avés de los cuales la Instituc ión extendía su influencia a amplios
sectores de la enseñanza nacional (por ejemplo, el Mu seo Pedagógico Nacional, creado en 1882 por el liberal
-279-
librepensadores, como la Iglesia gustaba denominar a Sanz del Río y sus discípulos,
vendrían a conminar tarde o tem prano a Cá novas, como pago por el apoyo prestado
desde el fusionismo, a que tomara medidas concretas para ratificar la libertad de
enseñanza contenida en el programa político de los seguidores de Sagasta. Gracias a
esta conquista se lograría, a decir de las filas más progresistas, difuminar por fin las
incertidumbres que persistían en torno a las ambiguas relaciones de la instrucción
pública con la confesional mientras los c onservadores habían ocupado el gabinete.
3. La obra educativa de los liberales en el poder
En 1881, el gran período del gobierno conservador concluía sin que se hubiera
adoptado ninguna gran ley de conjunto para organizar la institución docente oficial y
regular las numerosas iniciativas privadas, confesionales o no, dedicadas a esta
actividad. A pesar de los es fuerzos durante su largo mini sterio (de 1875 a 1879) del
sucesor de Orovio, Francisco Queipo de Ll a no, conde de Toreno, por conse guir la
promulgación de una ley de Instrucción Pú blic a donde se conciliaran los progres os de
1868 con las tendencias conserva doras de la sociedad española , su mandato al frente de
dicha cartera concluyó sin la aprobación del proyecto presen tado a Cortes en diciembre
de 1876 a consecuencia de la resuelta oposic ión de la Santa Sede. Su oferta política
mantenía los tres niveles reglados, uniformaba los materiales didácticos y relajaba la
dureza de los requisitos exigidos para la fundación de centros. Estas cuestiones
administrativas no eran, desd e luego, dignas de provocar grandes reticencias entre las
facciones políticas congregadas en las Cortes, qui enes sí se enfrentaron a causa de la
base novena, en la cual se abordaba la siempre espinosa cues tión de la enseñanza
religiosa en los colegios, institutos y universidades.
Albareda y cuyo primer dir ector fue Manuel Bartolom é Cossío, conc ebido como un instituto o rientado a la
formación de maestros y plataf orma desde la cual irradiar los proyectos pedagógi cos institucioni stas), la apertur a
de nuevos centros formativos laicos e in dependientes, la batalla en pro de la enseñanza neutra en la secundaria, la
supresión de privilegios en los centr os confesionales, la ce lebración de los congreso s pedagógicos entre 1882 y
1892, la formación de la Junt a de Ampliación de Estudios y la Junt a para Fomento de la Educación Nacional
como órganos al servicio de la mejo ra educa tiva de todos los españoles, la inoculación de un verdadero sentido
educador y científico en l as aulas, la autonomía universitaria, la revaloraci ón de la función docente del maestro ,
etc. Todas ellas estaban encaminadas a subsanar los vicios de la enseñanza confesional. Ibídem, págs. 442 y ss.
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Amparándose en el artículo 11 de la Constitución, el conde de Toreno
legitimaba encomendar la educación a los clérigos aduciendo como enérgica razón la
imposibilidad de negar la escuela a quien se le había concedido el templo y, así,
establecía la obligatoriedad de la religión en el nivel de la primaria, salvo para los cultos
disidentes, que contarían con establecimien tos propios donde podrían formarse los
alumnos cuyos padres rehusaran el catecismo. En la secundaria se incluía también esta
asignatura, pero los hijos de quienes profesaran distinta cr eencia no estaban obligados a
asistir a sus clases. En último lugar, se reclamaba para la universidad una orientación
puramente científica, aunque debía guardar obediencia absoluta al dogma. Por mucho
que el ministro hubiera tratad o de conciliar los intereses de las partes implicadas en el
arduo proceso de reda ctar una ley nacional de Instrucción Pública, las críticas no se
hicieron esperar y todos los sectores ideológicos se mostraron profundamente
insatisfechos con la propuesta de equilibrio entre conf esionalidad y libertad de
enseñanza. El debate hubo de ser suspendido al no haber acuerdo entre el episcopado,
desde donde se requería adecuar más estric tamente la instrucción a la religión (de
hecho, exigían equiparar enseñanza y moral), y los liberales, quienes rehusaban acatar el
adoctrinamiento al representar éste un at entado evidente contra la libertad de
expresión docente en el aula, una conquista de la autonomía cognoscitiva de la que no
podían prescindir y sobre la cual sustentarí an cualquier actuación política educativa en
caso de que les llegara su turno, como sucedería en 1881.
La inauguración del gabinete fusionista no pu do hacerse en el terreno educativo
con mayor grandilocuencia. Tan sólo un mes después de tomar posesión José Luis
Albareda, aparecía en febrero una circular medi ante la cual se decretaba nuevamente la
independencia de cátedra abolida por la intr ansigente gestión de Orovio, permitiéndose
la vuelta de los profesores krausistas aparta dos de sus puestos de trabajo. Para Ivonne
Turin, el significado de la medida, más allá de su valor académ ico, reviste la
trascendencia de un ideal condicionante de toda la etapa gubernamental estrenada, no
dejando duda sobre lo que debía ser una política liberal 481 . Se trasladaba así a este
campo la defensa de las libertades que Mateo Sagasta deseaba generalizar a todos los
481 TURIN, Ivonne: Op. cit., pág. 302.
-281-
órdenes de la vida, frente a las reacciona rias barreras del turnismo inaugural. De
acuerdo con ello, a partir de la inflex ión de 1881 se explicitaría con mayor
perseverancia el convencimiento de que no era necesario mezclar la religión con la
gestión de los asuntos públicos, pues estos no entendían de fe sino de atención a los
ciudadanos independientemen te del credo profesado.
La circular de José Luis Albareda fue recibida como una auténtica declaración
de guerra en las filas católicas, porque el af án reformista del ministro no se contentó
con la restitución de los docentes sanciona dos, suspendidos o dim isionarios, sino que
dedicó todos sus esfuerzos a corregir las fa ltas de la enseñanza oficial, relegada a un
segundo plano por el protagonismo de los centros privados en manos eclesiásticas.
Animado por los princ ipios de la Institució n Libre de Enseñanza, cuya influencia fue
destacable en él mismo y en algunos hombr es de su ministerio 482 , en el nivel de la
primaria, por ejemplo, se luchó por pagar el suelo puntual e íntegramente a los
maestros y por dotarlo de más medios. La universidad, entre otros acontecimientos,
asistió a la creación de nuevas cátedras y se trató de potenciar también el campo de la
educación popular mediante la fundación de centros de propaganda, instrucción y
recreo para hacer frente a las iniciativas pr ivadas de inspiración cristiana u obrerista.
Con esta defensa de la libertad y con la consideración del docente como un
profesional más sometido a la legislación común, sin necesidad de arbitrio eclesial
extraordinario, la mención a la enseñanza re ligiosa ni aparecía entre las cuestiones
relevantes dignas de ser discutidas. Habrá de esperarse hasta la entrada de Alejandro
Pidal y Mon en el Minister io de Fomento en 1884 c on un g abinete de signo
conservador para plantear de nu evo el debate sobre la pérdida de fortaleza clerical en el
contexto de la extensión laicista.
Las disposiciones a doptadas por el fund ador de la malograda Unión Católica
suponían un franco retroceso en la consolidación de la educación libre abanderaba por
482 Durante su m andato se creó el Museo P edagógico Na cional, a cuyo fr ente se situó a Manuel Cossío , se
planteó el esbozo de una reforma de las Escuel as Normales y s e adoptaron, asimismo, medidas para la
organización del Primer Cong reso Pedagógico de 1882.
-288-
gobierno precedente, recogieron los libera les los planes ya elaborados por los
conservadores en un esfuerzo por perpetuar un programa de conjunto y una ley
nacional aceptable por todos. Sin embarg o, las disposiciones previstas para la
enseñanza de la religión por García Alix no podían satisfacer del todo al ministro
liberal, quien, además, empezó su mandato en una época en la cual las relaciones entre
la Iglesia y el Estado eran especialmente ásperas y los sucesos anticlericales, además de
convertirse en motivo de disputa en las Cá maras y en los periódicos, se apoderaron de
las calles.
El cambio de García Alix a Romanones coin cidió en España con una atmósfera
general considerablemente tensa motivada po r la política anticlerical acometida en
Francia y las suspicacias en torno a su importación a suelo hispano. Los sucesos en el
país vecino provocaron el temor de los li berales ante un incremento desorbitado de
congregaciones en cuyas manos pudiera mono polizarse la educación, reclamada desde
los órganos gubernamentales como necesidad oficial. Al mismo tiempo, lo acontecido
al otro lado de los Pirineos no libraba de recelos a la feli gresía y sus dirigentes, quienes
sentían muy cerca el zarpazo de la irreligio sidad exhibida por ci ertos componentes del
gobierno. En este exaltado ambiente la gest ión del conde de Romanones, si bien no era
más que una continuación de la emprendida un año ant es por García Alix, encontró
serias suspicacias en las Cortes y en la opin ión pú blica, donde se había movilizado una
apasionada resistencia an te la gestión progresista del mini stro. Sus deseos de dignificar
la enseñanza oficial frente a otra de tipo privado con sus aulas repletas y rebosantes de
esplendor 489 , provocaron una reacción desmedida si se examinan las concomitancias
con el precedente conservador. Ivonne Turi n es bastante tajante en este aspecto y
afirma, al respecto, lo siguiente:
La atmósfera general es, pues, consider ablemente tensa entre 1900 y 1901. Sin embargo,
las intenciones de Romanone s son bastante comparables a las de Garcí a Alix: realizar una obra
pacificadora, evitar las medidas sectarias, esforzarse en agrupar en torno suyo a todos los
moderados de derecha y de izquierda, no vacilar en procurarse todos los consejos posibles. Se
hallan, además, en los pasillos de l Ministerio ca si los mismos hombres que en tiempos de García
Alix 490 .
489 GARCÍA REGIDOR, Teódulo: Op. ci t., págs. 80-83.
490 TURIN, Ivonne: Op. cit., pág. 332.
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