scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Continuidad y reflexión en G. W. Leibniz

Luna Alcoba, Manuel

Abstract

Una buena parte de la filosofía actual se asienta sobre la idea de que la capacidad reflexiva del hombre puede permitir a su conciencia llevarle a la emancipación. Incluso se le atribuye a la reflexión la facultad de elevarnos por encima de nuestra cultura y, de este modo, restablecer la continuidad comunicativa. Cuando uno se encuentra con semejante instrumento capaz de solucionar tantos problemas no puede dejar de preguntarse de dónde ha salido, esto es. cuál ha sido su génesis. Este articulo pretende ser una pequeña aportación a la genealogía del término reflexión. Vamos a revisar una serie de textos de los siglos XVII-XVIII, bajo la firma de (3. W. Leibniz en los que se confronta reflexión y continuidad. El tema de la reflexión surge en ellos a raíz de la necesidad de deslindar individualidades tales como el yo en un mundo en el que la naturaleza no hace saltos. Por ahí, en consecuencia, habremos de empezar.

Full text

Continuidad y reflexión en U W Leibniz Manuel LUNA ALCOBA (Universidad de Sevilla) Una buena parte de la filosofia actual se asienta sobre la idea de que la capacidad reflexiva del hombre puede permitir a su conciencia llevarle a la emancipación. Incluso se le atribuye a la reflexión la facultad de elevarnos por encima de nuestra cultura y, de este modo, restablecer la continuidad comunicativa. Cuando uno se encuentra con semejante instrumento capaz de soltícionar tantos problemas no puede dejar de preguntarse de dónde ha sali - do, esto es. cuál ha sido su génesis. Este articulo pretende ser una pequeña aportación a la genealogía del término reflexión. Vamos a revisar una serie de textos de los siglos XVII-XVIII, bajo la firma de (3. W. Leibniz en los que se confronta reflexión y continuidad. El teína de la reflexión surge en ellos a raíz de la necesidad de deslindar individualidades tales como el yo en un mundo en eí que la naturaleza no hace saltos. Por ahí, en consecuencia, habremos de empezar. 1 Lisie articulo se basa en el capitulo 6, parte Ití de nuestra tesis doctoral La Ley dc eoí, - tinoidad en (ji. W Leibniz”. presentada en la Facultad de Pilosofia de la Universidad de Sevilla ci 16 dc diciembre de 1994, Rc’vi.yo,L’ ÍV¿<»>/h. época. vol. X iOO’?j. nOii. 17, pgs. 33—U?. Servicio cío Pubiicccieuics. UnivcÑdaci(oop]uteosc. Madrid 54 Manuel LunaAlcoba 1. El continuo de las mónadas y los individuos Las mónadas forman una jerarquía graduada por su perfección, es decir, por el nivel de distinción de sus percepciones. Esta jerarquía es un orden y sus miembros son homogéneos, es decir, puede transformarse uno en otro cambiando sólo sus cualidades2. La jerarquía de las mónadas se somete, por tanto, a la ley de continuidad3. El tránsito que pudiéramos realizar de las mónadas de los niveles inferiores a los superiores debe ser como el recorrido de una línea. Entre dos puntos de la misma, esto es, entre dos mónadas, siempre habrá infinitos puntos asignables4. Es en este mareo que hay que enten - der la individuación. La individuación se produce por un principio cualitati - vo, es decir, intrinseco, que nada tiene que ver con el espacio o el tiempo. Cada mónada se diferencia de toda otra por la perspectiva que tiene del uni - verso, esto es, contiene en sí el infinito. Un infinito que consiste en la infini - dad de notas replegadas hacia el interior, es decir, lo que determina los limi - tes que constituyen al individuo es la infinidad de pequeñas pereepeiones que 2 Cfr.: Leibniz. (1. W. ¡tUtía maíhemnaíieo. De Quantitale. De Magnitud/nc et <nensura, 2 y Speeimnen Geotucte/qe lueiféroe. en Dic ,naíhen,aíí9eheí, Sc/u/fien von Confricó W7lbelm Le/bn/z, cd. von (ji. D. (jierhardt, 7 vds., (ieorg Olrns Verlag, l-lildesheirn-New York, 1971 (en lo sucesivo CM), vol, VII, págs. 30 y 283 repeetivarnente; Circo (ieornelrica Ciencralio cl Ca/coIma .s/tus seo princluramCharaclcrística Obscr,.’at/ones M/sccllae Constituentía Ana/vsi geometncae plane filme, (31) y(35) en Thcoria, Segunda Epoca, año VI, nos 14-15. octubre 1991, pág. 59; Manuscritos de Leibaiz depositados en la Biblioteca Real de 1 lannover y numerados según el Bodemannkata/og (en lo sucesivo LH) XXMI. III. 9; y lóble <le dr%/inilions, ‘‘Relatio numerE’, 1702/4, en Opuscules el fragínenís i,í&íits de Leiboiz par Louis Coulurat, Ceorg Olms Verlagsbuchhandlung, Ilildesheim, 1966 (en lo sucesivo (jI). 476. 3 Sobre la homogeneidad y el orden como requisitos del coni¡nuo véase: Leibok.,, hz/ha rerumn tnathemat/carum nieíap/zvsica, 1714/6, (ji M VII, 25 (Irad. esp. en Escrilos ¡//osófh.os. Ed. de Ezequiel de Olaso, Ed. charcas, Bs. As., 1982. ---en lo sucesivo EF-—págs. 590-1); LFi IV, III. Se, 8, ea, 695; y LH IV, VIii, 29, Itil. 4 Ct. r, : Le i bn i z, lo/ini/e ¡>osson 1 (¡rodos csse ¡oler anita a/ls, 1 677/1 7 1 6. en Lórausedií ion rut’ Re/he IV 1’hilosop/iiscbe Selirí//en in der Ausgabe der Akademie der DDR bearbeitel von der Leibniz-Forsehungsstelle der Universitál Móster. Satz: Página (jiMBI-1, Túbingen. 1983 (en lo sucesivo VE), pág. 1876 y Nouveaux essaís sur 1 ‘enteode,není boinain, 170314, iii, 6, 12, en Dic p/zilosophíschen Sehri/ien vc~¡í Goa/iie¿l It/he/tu L.eihniz, cd. von (i. D. (ierhardt, 7 vols., Goerg Olms Verlag, Hildcsheim-Ne~v York, 1978, (en to sucesivo GP) vol, V, pág. 285 Sátutílehe Schri//eí, unó Br/e/k von Gottfried Wl/elín Leibniz, 1 lerausgegeben von der preussischen (ahora dcutschen) Akademie der Wissensehañen su Berlin, 1923 y ss. ten lo sucesivo Ak) serie VI, vol, 6, pág 1307 (trad. eslí Nuevos ensayos sobre el enlcnd/i,n/ento /rumaoo, trad. de E. Ovej ero y Mauri, ini. de Wonfi lo Trejo, 2 voL.. U’ cd.. UNAM, M é.~ ico, 1976, vol. 2, págs. 48-9). (oní/nuidade reflexión en 6. kV Leibniz 55 éste contiene y que, adecuadamente revividas, lograrán hacer que alcance su identidad5. La individualidad vendrá dada por la delimitación de su posición en la jerarquia continua. Mas, entonces, la diferencia entre un término y otro, puede hacerse tan indefinidamente pequeña como se quiera. Las partes del continuo sólo se pueden delimitar con una precisión tan definida como se juzgue oportuno, pues la naturaleza del continuo es que sus elementos son completamente “inasignables”6. La determinación de la individualidad, por tanto, es libre. En definitiva, la individuación es una tarea, no un hecho. En primer lugar es la tarea infinita del autoconocímíento, esto es, la tarea de dcli - mitarnos respecto de los demás integrantes de este mundo, algo que puede hacerse por una conjunción de términos generales, por los máximos y míni - mos de esa función que nos constituye. por lo que Brown llama el concepto completo7. Pero hay una segunda delimitación, la que concierne al concep - to pleno, el trazo exacto de la curva, lo que nos separa respecto de todos aque - líos sujetos que. bajo nuestro mismo nombre, podrían haber vivido en los dis - tintos mundos posibles5. Lo que vamos a ver seguidamente es en que con - siste ese trazado. (ir.: [ci hni z otíecaus e.ssoís, 1703/4, Prefacio, y III. 3, § 6. GP ½‘, 48 y 268 Ak VI. 6.55 y~59 90 (Ir íd. csv. vol 1, pág. 1<) y vol. 2. pág. 26) y Bóh le. R, Dir Regri// des inc//vi— <loan uleí 1 cHoz, — Verlag A ntoa II ain. Nci sen he i in a m (u am, 1 978, pág. 87. ( fi i orun’ 1K. ‘Lci buizeas Monadenlehre, Versuch e [lcr logise hen Rekonstrukíion Metaph, 1 s~ he r 1K onsiri.zki onen en von Wei siieker, (. E. y Enno, R. (E sg.) Zeil oíd ¡>¡giL Pci lo/luz Si ni/ir o so I>ro/,/ení en it’, Van, ‘ph ilosop/íiz Ma íhcm nt/Ii, L rn~it uncí Mí taphvvc//*. Kl ett—( olla. St u ti can, 1 989, pág. 27 y bel aval, Y. L ei/,,í iz ti itic,a e dc l)csí oiles, 1 cd., Libraire 6 illim íd Paris, 976. pág. 334. ti Ir. B ro ~ ¡ e ( . P.ej/lo iz ond Sim atsoí¡. A íleo E.ssavs Pi Desc riplíve Meiaphvsiís, Philosophia Verlag. Múnehen-1iamden-Wien, 1984. pág. 38. (ti.: 1 ,eibni, a den t.andgraven Ernst von Hessen-Rheinlbls. 12-1V1685, (it’ II. 21). 37 y 39—40 y [‘Itilonenko, A. ‘‘La loi de coní mu té el le princi pe des indiseernahíes, érudc leibn sien nc. en Re u cíe Meltípiz í’Hq le el de moro/e, 72” a n n de, u’ 3.1 u i 1 let —s epí embre. 1 967, pág. 273. No voy a entrar aqui en La cuestión de si yo inc 1 lamaria como me jamo Si CX st it> ra en otro mundo iii sus rami licaciones superesencialisías. Bien al contrario. lo que preiendo es echar más leña en este Riego. A mi modo de ver. lo que caracteriza una esencia no es ni su concepto completo ni su concepto pleno, Sino lo que yo l lamaria su noción constitutiva, que subyace a ambas, No son ni los máx nos y minirnos de la curva, ni tampoco todos y cada uno dc sus punios lo que determina un individuo sino, precisamente, su función. lo(Iavi a mas, es posible que nada de esto sea significativo puesto que Le i buiz tal vez no pensó Co términos de eonj untos, si no d c’e xtensíones , de ‘‘eniversalidades’, algo qtíe puede ser deterníinado sin ser delimitado Aqu 1 es donde quiero incidir 1 lámese como se llame la noción que caraeterice la esencia, esa noción 5Ciii. CO tO(lO caso. di Risa. 56 Manuel Luna A~eoba 2. La conciencia El proceso de análisis es un proceso continuo, que no cesamos de reali - zar, y que va contenido en la propia noción de actividad, esencial a las mónadas. Pues bien, en esto precisamente estaría el secreto de la conciencia según Brandon. Una consideración necesaria (aunque tal vez no suficiente) para la conciencia son las percepciones distintas9. De hecho, las condiciones que Leibniz impone a la conciencia son similares a las de la percepción distinta, esto es, atención y orden10. Ahora bien, la atención no puede ser el efecto último de una determinada percepción, pues entonces estaríamos en una situación análoga a la evidencia cartesiana, rechazada por Leibniz ante la dis - continuidad (perceptual y temporal) que suponíail. Por tanto, la atención debe contener un elemento de recuerdo, de memoria, de tal manera que aque - lla sólo se produce ante una percepción ya acontecida o, quizás, como resul - tado de la semejanza entre la percepción actual y otra anterior. Leibniz hace casi idénticas conciencia y memoria, ambas consisten en la conservación de una consecución y si hay diferencias entre ellas esa diferencia se deriva de quela conciencia es una cierta tendencia, un conatus, un diferencial que tien - de a pasar de la percepción presente a la siguiente, mientras la memoria carece de esta actividad’2. La cosa llega al extremo de decir que la conciencia como el recuerdo, no está en nuestro poder13. Quisiera subrayar esto, la con - etencía no es el origen de la continuic./adper~ona/. La conciencia sólo será ~ Cfr.: Brandon, R. E. “Leibniz and Degrees of Perception” en Joumnal of mhe I-Iisíory ol Philosophy, vol. MX, Number 4. october, 1981, págs. 451 y 467-8. Sobre hacemos conscien - [es mediante el análisis de las percepciones confusas, véase buey, N. Leiboiz a;íd Locke: A studv of the New ess~avs on Human Under.standiízg, Oxford Clarendon Press, 1984, págs. 139 y ss. Cfr.: Leibniz, Nouveaux eswais, 1703/4, 1, 1. § 25, (/iP V, 72 Ak VI, 6, 86 (trad. esp.. vol. i,pág. 53). 1 Para la eritica Ieibniziana a la claridad y la distinción como criterios de evidencia vease: Leibniz, De verilatibus, de mente, de Deo, de Universo, 1676, Ak VI, 3.508-9 y anotaciones de Leibniz a la correspondencia Spinoza-Oldenburg. carta II, n. 1, GP 1,131. 12 Cfr.: Leibniz, Nouveaux e.ssais, 1703/4, Prefacio y II, 20, § 1, GP V, 46-7 y 149 = Ak VI, 6,53 y 162 (trad. esp., vol, 1, pág. 8 y 145); Leibniz, De offset/bus, l0-IV-1679. en lóxtes ¿nedíts d aprés les mnaizuser/Is de la Bibliothéque Roval dc Hannoere, piibliées et anotés para Gaston (Srua, 2 vols., PUF, Paris, 1948 (en lo sucesivo, Gnia), pág. 532; y Leihuiz a Jac. Thomasius, 20/30-IV-1669, Ak II, 1,24 = GP 1,27. 3 (Ir,: Leibaiz, ¡583/5, Grua 181 (trad. esp., La obligación de cree;: en Escritos de/líoso/la /urídica y polirica, edición preparada por Jaime de Salas Ortueta, Editorial Nacional, Madrid, 1984, pág 417). Continuidad y reflexión en G. ¡Y Leibniz 57 posible sobre la base de una continuidad previamente existentet4. ¿Que la conciencia así nacida es muy débil? En verdad, si la naturaleza no hace saltos, no puede existir un ámbito cerrado, perfectamente delimitado, llamado conciencia, stno que, por su propia esencia, carecerá de márgenes nítidos. Otro tanto cabe decir de la identidad personal. 3. La identidad personal Leibniz plantea el problema de la identidad personal como el problema de la conservación de la identidad. Se trata, por tanto, de un problema analogo a otras conservaciones, por ejemplo, de la fuerza. Podemos distinguir entre identidad real o fisica e identidad moral o personal, donde la primera pertenece al plano fenoménico, empírico, y la segunda radica en el mundo de las esencias, de la razón de ser. La identidad real es la identidad aparente de la persona que a cada momento sc siente la misma. Se trata de una identidad “frágil”, que podría ser cambiada por una intervención milagrosa de Dios. Salvo en este caso de intervención divina, a la identidad real subyace una identidad más fuerte, la identidad moral o personal. Podría considerse a ésta el resultado de la relación de conciencia que medía de un estado a otro15. Pero, teniendo en cuenta lo que acabamos de ver, inmediatamente se rechaza la conciencia como criterio último de identidad. Tampoco podrá serlo la memoria, al cabo tan fragmentaria como aquélla. ‘Asi. no queriendo decir que la identidad personal no se extiende más lejos que el recuerdo, mucho menos diré que el yo o la identidad fisica dependa de éste”’6. A falta de conciencia y de recuerdo, queda “lo que aparece a los demas que configura algo así como una “memoria externa” basada en las noticias de los otros y cuyo criterio definitorio habría dc venir dado por el número (de opiniones a favor o en contra)’7. A veces se habla también dc “otras mareas 4 (Sir: (iassirer. E. Leibniz, Svstem in seine,n Wissenscha//licízen Groncílageo. Georg Olrns Verlagsbuehhandlung. Hildesheim, 1962, pág. 337. 5 (Ir.: Leiboiz. Nooveau.v cgvais. 1703/4,11, 27, § 9. GP V. 217 8 — AkVi. 6. 236-7 (trad. esp.. vol. 1, pág. 233). <~ Op cii _ II 37, 13, GP V, 219 = Ak VI, 6,238: “Ainsi, nc voulant point dire que Pi - dentité personelle nc seteod pas plus bm que le sonvenir, e dirois encor nioins que e soy ou identité physique en depend” Orad. E. Ovejero, vol. 1. pág. 233). L/ (fr.: [oc.. (it. 58 Manuel Luna Alcoba tal vez los objetos personales, que, en última instancia, podría reducirse a esa memoria interna (recuerdo) o externa (opiniones de los demás). En realidad, seguimos como al principio, carecemos de un criterio para asegurar la iden - tidad. Finalmente se propone que la conjunción de conciencia, memoria, opi - niones de los demás y esas “otras marcas”, bastarían para la conservación de la identidad del yo, entendida como conjunción de identidad real y personal. La verdad es que, con estos criterios, tenemos garantizada la conservación del yo, pero no la conservación de su identidad. Quiero decir, tenemos ya garantizada la armonía que vincula identidad real y personal, pero, corno en toda conservación, necesitamos algo que una identidad real y personal para atarlas a lo más firme que existe, la sustancia; garantizando así la continui - dad del yo18. Porque, lo definitorio de la identidad individual y, a través de ella, de la identidad personal, es la infinidad de percepciones confusas que configuran el “punto de vista” del universo (precisamente lo que dinamita las pretensiones de una conciencia bien delimitada)19. Pues bien, el continuo que garantiza la vinculación de las identidades a la sustancia, esa especie de fuer - za elástica del mundo espiritual, es la reflexión20. 4. Reflexión La reflexión es el aval de la continuidad personal y de la aplicación de la ley de continuidad al ámbito de las vivencias subjetivas, el principio que constituye a los diferentes elementos dispersos de la vivencia en una serie y los une a su ley o punto que la engendra. De hecho, Leibniz argumenta que sí existiesen átomos, no habría reflexión2l. Por la reflexión alcanzamos las verdades eternas quiero decir, la sustancia, La reflexión es la vuelta sobre si mismo desde el exterior, fuente de percepciones distintas y camino para lle - gar a pereibirse así mismo o, como se corrige de inmediato Leibniz, para per - ~ Cfr.: Philonenko, “La oi de continuité et te principe des indiscernibles”, pág. 269. 9 (Sfr: Curley, E. “Leibniz on Locke on Personal Identity” en M. Hookcr (cd.), Leibniz: Criticalandlnterpretative Essays, Manchester University Preis, 1982. pág. 323. 20 Según el Speciníen Dynamicum, IV-1695, GM VI, 249 (trad. esp. cii Lcibniz. Ensayos de dinámico, trad. de Juan Arana Cañedo-Argúelles y Marcelino Rodriguez Dunis. Teenos, Madrid. 1911, pág. 87) y Deinonstralio contía Aton,o.s sumía ex Atonaorumn conlactu, Appendix, 23-X-1690, GP VII, 287, o., toda reflexión nace dc la elasticidad. 21 (Sfr.: Lcibniz, Demnonstratio contra A lomos sumnta ex Atomorunz contacto, Appendix, 23-X-1690, GP VII, 287, o. Continuidad y reflexión en (9. kV Leibniz 59 cibir la sustancia22. Es un examen atento de lo que sucede en nosotros, una representación de mi acción en la que me veo a mi mismo actuando23, un pensar sobre mi propio pensamiento, un desplazamiento de nuestro pensa - miento desde la actividad cotidiana a un nivel superior, un cambio del punto desde el que “miramos , un cambio de lugar La reflexión en el sentido fisí - co de rebote es, desde luego, un movimiento. Considerada en cuanto capacidad del espiritu es una acción o, por decirlo con más precisión, la reflexión es la acción por la cual desplazamos progresivamente nuestro punto de vista para pasar del pensamiento al pensamiento del pensamiento, al pensamiento hecho por mi. La reflexión conlíeva, pues, un cambio de nivel, una acción de desplazar el lugar desde el que “miramos” o pensamos24. Pues bien, la difu - sión del lugar, la perduración de un lugar durante un tiempo es lo que engen - dra el espacio. La reflexión está, por tanto, ligada al lugar, elemento genesí - co del espacio25. La reflexión es un cambio en el orden de los que existen al mismo tiem - po por incluir en ellos un nuevo elemento, a saber, ese sujeto que pensaba y actuaba.. (jenera, pues, un nuevo continuo, transversal, por decirlo asi, al lbr - mado por esos pensamientos o acciones. Ahora bien, que la reflexión implí - que desplazar el lugar no significa necesariamente que haya de realizarse desde algo previamente constituido llamado “lugar”, ya que el lugar no es nada distinto de lo en él localizado26. Esa localización “deslocalizada , per - mite a la reflexión acompañar la acción interna e incluso ser ella misma un tipo de acción en la medida en que agita el “torbellino cerebral”27. Es más 22 CV: Leibniz a lady Marsham, V-1704, GP ilí. 339: Leibniz a it. Burnett. 2-VIII1704, (SIP Iii. 299: y Leiboiz, Echaní/llon deRe/Iexions sor le II. Livre, (iP Vi 23. (Sfr: L.ei buiz, De Somnno ec vigilia, LII IV. III Se. 1 y t.eibniz a It. Burnetí. 2—ViII— 704, GP iii. 299. 24 liemos dicho un cambio de lugar no de posición. La posición es aquello que diferencia a los mdi brenciables y no es este el caso. Tampoco es un cambio de sitio ya que e’ sitio es una noción métrica ligada a tos cuerpos extensos. 25 Esto no es exclusivo de Leibniz. I..a famosa ‘rase de Fichie: “señores piensen en la pared. ahora piensen en los que piensan en la pared, ahora piensen cm, los que piensan en los que piensan en la pared . ejemplo del proceso reflexivo que conduce al Yo absoluto, toma también como punto de partida un elemento extenso, la pared. La vinculación de la reflexión con la escríttírv tina manera de hacer que los pensamientos ocupen una extensión, muestra bien a las claras su componente espacial. 26 (Sfr.: [ci boL> (.otnenlorio a ía moda/ls/ca de los un/larios de Christopíz .S’legmnann. 1708-LO. §3. EF 673. 22 Chi: Leihniz. ..Vouveaozz essoi.s, 1703/41 II, 27, § 13, GPV. 219 =Ak Vi. 6,238 y Grua. (Ii. Jurisprudcncc oni¡erselle cm Theodicée se/on Leihnir, PUF. 1” cd,, Paris, 95.3. pág. 87. 60 Manuel Luna Alcoba la reflexión es frente de acciones francamente innovadoras puesto que faci - litaría la libertad del hombre al indicar claramente las influencias que en cada momento recibe, qué es propio y ajeno a la sustancia28. Aunque nace de las percepciones internas, esto no debe entenderse como la admiración de la pura identidad cogito. No se puede pensar el sujeto, ni hay conocimiento de nuestra alma, que no componga una serie, aunque esta serie sea la de la experien - cia29. Subrayemos esto, el yo no es el origen de la reflexión, todo lo más, su resultado. En verdad, sin elemento externo, sin un componente espacial, es decir, intentando constituir una serie por las sucesivas reflexiones del yo, a lo único que se puede llegar es a un buen dolor de cabeza, síntoma inequívoco de que estamos tropezando contra un límite. Un limite que, en cualquier caso, no es de carácter místico, simplemente se trata de la imposibilidad de que un ser finito cree un movimiento perpetuo30. 5. Elyo Es un hecho que, aunque posee todos los elementos para ello, Leibniz no tematiza un concepto fuerte del yo. En verdad, dada la infinitud de pequeñas percepciones, no podría haber ningún yo que fuese “dueño y señor de su pro - pia casa”. Bajo estas condiciones ya no puede pensarse al yo como sustancia, aunque nada nos impida pensar a la sustancia como yo. La famosa carta a Arnauld lo dice: “La unidad sustancial exige un ser completo indivisible, y naturalmente indestructible, puesto que su noclon encierra todo lo que le debe ocurrir, lo que no se podria encontrar ni en la figura ni en el movimiento, que encierran ambas igualmente algo de ima - ginario, como podría demostrar, sino en un alma o forma sustancial a ejemplo de lo que se llama yo. Pues eí yo susodicho, o lo que le corresponde en cada susta,zcia mdi25 Leibniz, Rcflexions sor Rellarmmn De gral/a et libero arbitrio ‘, lib. III, 1680-1682, Grua 300. 29 (Sfr.: anotaciones de Leibuiz a la Recherche de la ver/té, de Malebranehe, en Robiner, A. Malebranche et Leibniz, vrin, Paris, 1955, 49, pág. 165; Leiboiz, De iis quccper se conc.v - piuntur IX-1677, GP 1,272; y Leibniz, Echantillon des Reflexions sur le 1!. livre, GP V, 23. Tb. elY: Kulstad, M, Leibníz o,, Apperce¡nion, Consciousness and Reflectioíz, Philosophia Verlag, Múnschen-tlandcn-Wien, 1991, pág. 144. Por cierto, que segtin Kulstad, Leibniz no usa nunca el término apercepción en latín (cfr.: op. eit. pág. 30). 30 (Sfr.: Leibniz, De reminisce,zcta et de re/lesione mnenmis in se z~sum. 2” mitad IV1676, Ak VI, 3,516-7. (Son tino/dad y reflexión en 6. W Leibniz 61 e/dual, no podría ser hecho ni deshecho por la aproximación o alejamiento de partes. que es una cosa puramente exterior a lo que constituye la sustaflcia31. LI yo es un ejemplo, una manera popular de entender la mónada, si bien en cada sustancia individual hay algo (no todo) que responde a ese yo. La sustancia puede ser vista como yo, pero el yo nunca puede ser visto como sustancia. Un yo tomado como sustancia, ya lo dijo Fichte, siempre tendria enfrentado un no-yo. entre los cuales podría haber unidad (el no-yo como accidente del yo) o ruptura (el escepticismo), pero nunca continuidad32. Lo importante para Leibniz, repetimos, no será el yo, sino la sustancia. 6. Origen de la reflexión El origen de la reflexión cabe entenderlo en un doble sentido, origen en lajerarquía de los seres y origen en un alma concreta. Según Kabitz, Leibniz, tras haber definido la reflexión por la atención define la atención por la refle - xión33. En la Nora nzethodus discendaz docendasque Juri.sprudentia.3, allá por 1667, ya se afirmaba que la imaginación siempre va acompañada de reile - xión34, lo cual no es tanto una búsqueda del origen de la reflexión cuanto la < (Sfr: I.eibni, a Anmaníd, 28-XI/8-XJ-1686. GP II. Cf r. II, 76 (subrayado nuestro): ‘Lunité substancielle demande un estre aceompli indivisible, et naturelleinení. indcst.ructiblc, puisque Sa notion cnveloppe buí ce qui uy doit arriver, ce quon nc s~auroit trouver ny dans la figure ny dans le niouvement, qui enveloppent mérnes toutes deux quelque chose d’imagi - natie. conime e potirioí s demonstrer, mais bien dans une ame t>ii forme substantielle á 1 ‘e— xemple dccc quon appelle mo’v. ( ...) Orle moy susdil. ou ce qui uy repond dans chaque subs - tance individuelle. nc s~auroit estre fait ny défail par lappropinquation oit éloignement des parties, qui est une ehose purement extericure Pee qui fait la substance’. ib. efr.: Leibniz a de Volder. 20-V-1703. GP [II 251: Leiboiz. V-1700, GP Vii, 473; Leibníz a Philipp Wilhelin von Boineburg. 3/13-l-1696, RS., Ak 1, 12.318; Leibni, a Ainauld. X-1687, GP II. 114: y teiboiz a Job. Bernoulli. s/l GN lIit 537. 32 (SIr.: i7ichte, (ie.sammzlausgabe. III, 2, pág. 39. cit. en Oneina Coyes, E. ‘LI escepticismo y cl nuevo sistema (le Fiehtc 11793-1794”, en Ideas i.’ Ph/ores, Bogotá. noS 71-2, abril-diciem - bre. 986. pág. 45. El camino ñchteano se inició, además, con un yo críticamente limilado, esto es. cl yo kantiano que no conoce el inconsciente ni la muertc Sobre la constitución del yo trascendental en sus relaciones con cl yo lcibniziano, efr.: Ileintel, E. “Dic beiden Labvrinthe der Pbilosophie nací, teibo Y. en Philosophia 1Vatzoalis, vol. It), 2 t 1967—8), págs. 192—5, 33 CIV.: Kabitz. 1)/e Philosophie des/unge;; Leí/mi:, cit. en Naert, Ménio/re cm conscience de .s.’i seío,z LcibízL, Libraire Philosophiqtte J, Vrin, Paris, 1961, pág. 78. ‘‘ (Sfr: § 31, Ms VI, 1,284.