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El programa de ayuda entre iguales en el contexto del proyecto Sevilla Antiviolencia Escolar

Rey Alamillo, Rosario del; Ortega Ruiz, Rosario

Abstract

El modelo de intervención que se propone en el Proyecto Sevilla Anti-Vio- lencia Escolar está orientado a la prevención de la violencia escolar mediante la aten- ción a la educación para la convivencia (Ortega, 1997). Sin embargo, no ha dejado de pensar en la atención a aquellos chicos/as que, por una u otra razón, están ya en una situación de riesgo y pueden verse implicados en problemas de malas relaciones, aislamiento o exclusión social por parte de sus compañeros/as. De esta forma, dentro del proyecto SAVE, se diseñaron tres líneas de actuación para trabajar con los escolares en riesgo: los círculos de calidad, la mediación en conflictos y los programas de ayuda entre iguales; éstos últimos inspirados en el modelo propuesto por Cowie y Sharp (1996). El artículo que se presenta es un informe del desarrollo de este último progra- ma en dos centros educativos de Sevilla, sus ventajas y la necesidad de resolver ciertas dificultades para posteriores intervenciones.

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e EL PROGRAMA DE AYUDA ENTRE IGUALES EN EL CONTEXTO DEL PROYECTO SEVILLA ANTIVIOLENCIA ESCOLAR ROSARIO DEL REY (*) ROSARIO ORTEGA (*) RESUMEN. El modelo de intervención que se propone en el Proyecto Sevilla Anti-Violencia Escolar está orientado a la prevención de la violencia escolar mediante la atención a la educación para la convivencia (Ortega, 1997). Sin embargo, no ha dejado de pensar en la atención a aquellos chicos/as que, por una u otra razón, están ya en una situación de riesgo y pueden verse implicados en problemas de malas relaciones, aislamiento o exclusión social por parte de sus compañeros/as. De esta forma, dentro del proyecto SAVE, se diseñaron tres líneas de actuación para trabajar con los escolares en riesgo: los círculos de calidad, la mediación en conflictos y los programas de ayuda entre iguales; éstos últimos inspirados en el modelo propuesto por Cowie y Sharp (1996). El artículo que se presenta es un informe del desarrollo de este último programa en dos centros educativos de Sevilla, sus ventajas y la necesidad de resolver ciertas dificultades para posteriores intervenciones. INTRODUCCIÓN En España, la violencia escolar se está convirtiendo en uno de los grandes problemas a los que cada comunidad educativa tiene que enfrentarse. Como respuesta a este problema, han surgido programas de intervención educativa con el objetivo de mejorar la convivencia y/o disminuir la violencia (Garbonell, 1999; Cerezo, 1997; Díaz Aguado, 1996; Ortega, 1997; Ortega y Colb, 1998; Trianes, 1996; Trianes y Muñoz, 1994). Entre estos programas de intervención se encuentra el Proyecto Sevilla Anti-Violencia Escolar (SAVE), que se caracteriza por estar orientado a la prevención de los malos tratos entre escolares mediante la atención a la educación para la convivencia a través de propuestas de trabajo curricular; atención a los sentimientos, emociones y valores; y gestión democrática de la convivencia (Ortega, 1997). Además de este trabajo preventivo, el proyecto SAVE incluye propuestas de actuación para atender a aquellos chicos/as que, por una u otra razón, están ya en una situación de riesgo y pueden verse implicados en problemas de malas relaciones, aislamiento o exclusión social por parte de sus compañeros/as. De esta forma, se han elaborado varios programas que denominamos de intervención directa y que están destinados a ofrecer al profesorado recursos (*) Universidad de Sevilla. Revista de Educación, núm. 326 (2001), pp. 297-310  297 Fecha de entrada: 01-06-2000  Fecha de aceptación. 30-01-2000 e instrumentos relativos al procedimiento con el que enfrentar el problema que potencialmente puede presentarseles a estos alumnos/as que tienen dificultades especiales. Así mismo, se han diseñado tres programas específicos para trabajar con escolares que, sin estar totalmente implicados en problemas de malos tratos, pueden verse afectados por ellos. Hemos llamado a estas actividades programas de intervención en riesgo. Tres programas de este tipo han sido probados y puestos en funcionamiento en algunos centros escolares: las actividades de círculos de calidad; las actuaciones de mediación en conflictos y los programas de desarrollo de la amistad y de ayuda entre iguales. Cuando los problemas se generan entre los propios alumnos están connotados con las características del propio grupo: convenciones homogéneas, valores compartidos y reciprocidad moral (Ortega y Mora-Merchän, 1996); tratar de intervenir desde fuera, desde el papel de profesor/a o padre/madre, puede no ser lo eficaz que se pretende. Hay que tener en cuenta el valor que los afectados atribuyen a los adultos en relación con el valor que atribuyen a sus iguales. De este modo, y dadas ciertas condiciones, los propios compañeros pueden resultar las personas más idóneas para ofrecer ayuda a ciertos chicos/as, ya que de ellos se espera mayor comprensión y apoyo. Organizar y mantener estructuras sociales de iguales que se responsabilizan de ayudar a los compañeros/as que están en riesgo de verse implicados en problemas de violencia es un modelo de intervención que puede llegar a ser costoso en tiempo y formación, pero puede también favorecer la creación de un clima de seguridad y convivencia escolar; y ser eficaz a la hora de proporcionar seguridad y ayuda a aquellos chicos/as que tienen tendencia a dejarse victimizar por otros, o que no pueden salir por sí mismos/as de situaciones socialmente difíciles. Se trata de conseguir que aquellos escolares que tienen dificultades para el contacto social —porque son muy tímidos, porque viven momentos difíciles en su familia, porque tienen tendencia al aislamiento y a la soledad, o porque tienen tendencia a unirse a chicos/as abusonesdispongan, en el centro, de una línea de actuación reconocida y apoyada por los docentes, pero ejercida directamente por sus propios compañeros. En esta línea, hemos experimentado el programa de ayuda entre iguales en un centro de educación primaria y otro de secundaria, y comprobado sus ventajas, sus inconvenientes y la necesidad de adaptarlo a nuestro propio sistema escolar (Ortega y Del Rey, 1999). CARAC  ERÍSTICAS DE LOS PROGRAMAS DE AYUDA ENTRE IGUALES El modelo de programas de ayuda entre iguales que el SAVE propone se ha tomado del que ha elaborado la profesora H. Cowie (Cowie and Naylor, 1999; Cowie and Sharp, 1996; Cowie and Wallace, 1998; Sharp and Cowie, 1998; etc.). Se trata de un paquete de medias diversificadas y que presentan distintos grados de complejidad, que pueden aplicarse a distintas situaciones y contextos. Desde la organización de grupos de amistad —que ayudan puntualmente a un chico/a que no tiene, por el momento, amigos y necesita que alguien hable con él/ella en el recreo, le proponga actividades o simplemente lo acompañe para no sentirse sólo, mientras él mismo/a busca y organiza su propio grupo social— hasta los programas de «consejeros» o estructuras sociales estables —muy bien diseñadas en sus formatos espacio-temporales, humanos y de recursos técnicos, y similares a las sesiones terapéuticas— se puede encontrar una amplia gama de programas de ayuda entre iguales que merece la pena poner en práctica. Es cierto que, con frecuencia, los adultos valoran poco la capacidad de los chicos/as para ayudar a sus iguales y se preguntan si los chicos/as pueden llegar a convertirse, mediante un entrenamiento adecuado, en una 298 suerte de amigos «artificiales . , y cuestionan que ello llegue a ser efectivo como medida de ayuda planificada. Sin embargo, la efectividad de los programas de ayuda entre iguales ha sido confirmada en muchos otros programas e iniciativas formalmente establecidos (Cowie y Sharp, 1996; Menesini y Benelli, 1999; Naylor y Cowie, 2000; entre otros). También es importante señalar que allí donde se han establecido programas de ayuda entre iguales, se incrementa notablemente la capacidad de los chicos/as implicados en ellos como consejeros o amigos planificados para llegar a ser «navegadores cualificados en el mar de las relaciones interpersonales . . Los beneficiados de este tipo de programa, como suele suceder con otros procesos entre iguales, no alcanzan sólo a los chicos/as objeto de ayuda, sino también a los que ayudan y a los espectadores de los nuevos acontecimientos. Por ello, consideramos estos programas idóneos para abordar la prevención y el riesgo de violencia escolar (Ortega y Colb, 1998). Sin embargo, aparecen algunos problemas cuando los procesos de ayuda entre iguales se ponen en marcha. Entre ellos, el deseo manifiesto de los iguales de ayudar a quien se encuentra inmerso en una situación de malos tratos, sin saber cómo hacerlo o con el temor de que su intervención les lleve a sufrir las consecuencias de una intimidación que, en principio, estaba destinada a otros. De modo que, aunque los iguales sean empáticos con sus compañeros, existen factores que provocan que no se demuestre esta empatía. Esto suele provocar en las víctimas un mayor sentimiento de soledad e incomprensión. Por lo tanto, desde nuestro punto de vista, los programas de ayuda entre iguales van destinados a aquellos alumnos/as que padecen dificultades de integración social y corren el riesgo de verse involucrados en fenómenos de violencia, ya sea como víctimas de sus iguales, como agresores o como espectadores. Son chicos/as que, bien por sus características personales, bien porque han tenido experiencias sociales negativas, o porque están atravesando un momento difícil en su desarrollo social, son más vulnerables que los demás y pueden verse implicados en problemas de abusos, malos tratos o violencia interpersonal. El modelo de relación que subyace tras este tipo de programas es parecido al modelo de escucha terapéutica que proponen algunas corrientes de la Psicología Clínica, pero hay grandes diferencias respecto de lo que sería la sesión psicoterapéutica. Entre ellas, cabe destacar que el papel del consejero es cualitativamente distinto del de un profesional, ya que —salvo la moralmente establecida por su deseo de ayudar— no tiene ninguna responsabilidad sobre la conducta del que pide ayuda. Por otro lacio, un programa de ayuda entre iguales no se establece al margen de las decisiones del profesorado, el equipo de orientación escolar y, en general, los adultos que tienen responsabilidad educaU va: digamos que los tutores de sus iguales deben, a su vez, ser tutelados por adultos. Principalmente, se trata de canalizar la capacidad de los iguales para ayudarse entre sí mediante un programa formalizado que, a la vez que es eficaz para los chicos/as que necesitan ayuda, lo sea también para aquellos que son capaces de brindársela, salvaguardando ciertas formas que permiten que exista una supervisión del proceso. CONTEXTO EN EL QUE SE DESARROLLA EL PROGRAMA En el curso 1995-96 comenzó el proyecto Sevilla Atiti-Violencia Escolar (SAVE), que estaba vinculado a un proyecto de investigación en el que se exploraba la incidencia y naturaleza del fenómeno de la violencia entre escolares. En aquellos momentos, el problema del maltrato entre iguales no estaba entre las principales preocupaciones de docentes y autoridades educativas, y ni siquiera era considerado un problema por 299 la sociedad en general. En cambio, si eran reconocidos otros problemas escolares como la indisciplina, la clisruptividad y la agresividad, que carecen de la intencionalidad que el maltrato escolar implica. Sin embargo, un significativo grupo de docentes y centros escolares decidió asumir los planteamientos del proyecto SAVE y comenzar programas de prevención de la violencia mediante la educación para la convivencia. El modelo de intervención SAVE parte de la prevención de la violencia mediante la mejora de la convivencia. En este sentido, sugiere al profesorado tres líneas de actuación para trabajar con el alumnado: la educación en emociones, sentimientos y valores; el trabajo en grupo cooperativo; y la gestión democrática de la convivencia. Sin embargo, el énfasis sobre la prevención no descarta la atención a los chicos/as que, por sus condiciones personales, familiares y sociales, corren el riesgo de implicarse en problemas de malos tratos, o que ya los viven. Por ello, el centro educativo debe disponer de sistemas de intervención directa dirigidos a ayudar a estos alumnos/as. Estos programas son, necesariamente, ajenos al desarrollo curricular, aunque pueden y deben implementarse buscando una cierta coherencia con él. Este modelo de intervención ha sido desarrollado durante cuatro cursos académicos en diez centros de Sevilla y sus docentes han sido los protagonistas del diseño y el desarrollo específico de las actuaciones realizadas con los alumnos, para lo que han sido asesorados por agentes externos procedentes del grupo de investigación de la universidad. De forma paralela, durante estos arios, se puso en marcha el imperativo normativo de la reforma educativa regulada por la LOGSE de 1990, que obligaba a la administración a rediseñar el mapa escolar de centros de forma que hubiese dos tipos de escuela: el colegio de primaria y el instituto de educación secundaria. Las diferencias entre ambos tipos de centro son relevantes en varios sentidos, pero una de las más destacada es la presencia, en el centro de secundaria, de un experto psicopedagogo/a que no sólo atiende a las necesidades de orientación y asesoramiento, sino que puede disponer de tiempo y recursos para desarrollar programas especiales. Tanto la reordenación del mapa de centros como la diferencia de recursos humanos en los centros tuvieron su incidencia en el diseño y el desarrollo de nuestro modelo de intervención. El orientador se convierte en una figura importante tanto en el desarrollo de los procesos preventivos que el SAVE establece (Ortega, 1997) —asesorando al profesorado—, como en los programas de intervención directa que se vienen implementando desde el curso 1998-99. OBJETIVOS DEL PROGRAMA Teniendo en cuenta la situación de partida descrita anteriormente, decidimos desarrollar dentro del Proyecto SAVE un programa de intervención para trabajar con escolares en situación de riesgo. Pretendíamos averiguar si era posible implantar un programa de ayuda entre iguales en nuestras escuelas. Concretamente, buscábamos: • Conocer si los programas de ayuda entre iguales propuestos por autores como Cowie y Wallace (1998) tienen las mismas ventajas y buenos resultados que en otros lugares, como Inglaterra. • Mejorar las relaciones interpersonales en los centros educativos y ofrecer apoyo a los chicos y chicas que pueden verse implicados en situaciones de maltrato entre compañeros. • Conocer si es necesario modificar el Programa de Ayuda entre Iguales que proponen Cowie y otros durante su puesta en marcha en centros educativos sevillanos. •Comparar los procesos de entrenamiento y desarrollo del programa 300 de ayuda entre iguales en la educación obligatoria —educación primaria y secundaria— con objeto cle encontrar diferencias y similitudes. LA POBLACIÓN DEL ESTUDIO El estudio se ha realizado en un Instituto de Educación Secundaria Obligatoria y un Colegio Público de Educación Primaria, del que han participado los alumnos y alumnas de tres aulas: cuarto, quinto y sexto. La zona en la que se encuentran ubicados los centros educativos comenzó a formarse tras la venta ilegal de parcelas rústicas sin proyecto de urbanización y, por tanto, sin ningún tipo de autorización. Como quiera que se siguió construyendo de forma clandestina, con el paso cle los años el Ministerio de Obras Públicas —tras numerosas movilizaciones de los vecinos del barrio— decidió urbanizar la zona y dotarla de los suministros básicos necesarios en toda vivienda. Son áreas en las que no existen zonas verdes ni de recreo, aunque sí hay muchos descampactos en los que se acumulan basuras y escombros, y donde se reúnen los jóvenes. En cuanto a la extracción sociológica de la población, ésta está formada, en su mayoría, por familias humildes que emigraron de los pueblos a la ciudad y que vieron la oportunidad cle tener una vivienda digna, que no hubieran podido obtener en otra zona de Sevilla debido a su escaso poder adquisitivo. No disponemos de un estudio demográfico específico, pero podemos señalar que el nivel socioeconómico y cultural de las familias de los escolares es bajo o muy bajo: la mitad de los padres y madres sólo tiene estudios primarios, y una cuarta parte de ellos ni eso. El desempleo, las dificultades económicas, los problemas de drogadicción y otros indicadores de marginalidad están bastante presentes, por lo que ambos centros son considerados por la administración educativa como Centros de Atención Preferente. En lo que respecta al criterio de selección de centros, se seleccionaron aquellos centros implicados en el proyecto SAVE en los que los docentes demandaron explícitamente el desarrollo del programa y que cumplían los requisitos mínimos necesarios para ello —el compromiso de asistir a las sesiones de entrenamiento, que el claustro que conociera y aceptara el desarrollo del programa, y un compromiso cíe colaboración y responsabilidad del programa en el centro. EL PROGRAMA DE AYUDA ENIRE IGUALES EN PRIMARIA-Y SECUNDARIA El programa se implementó durante el período comprendido entre febrero y junio de 1999. Hubo varias fases: • Entrenamiento con los docentes. • Identificación de los papeles, elección de los consejeros y primera fase de entrenamiento de consejeros y amigos. • Entrenamiento específico de los consejeros. • Desarrollo del programa en primada y secundaria. • Evaluación y resultados del programa. ENTRENAMIENTO CON LOS DOCENTES La primera fase del programa ha sido la información y el entrenamiento de los profesores responsables de su implantación en el centro. Se realizó en las sesiones trabajo semanales —de tres horas de duración— que se efectuaron durante los meses de enero y febrero. De estas siete reuniones, las dos primeras estuvieron destinadas a informar acerca del por qué de la implantación de programas de Ayuda entre Iguales, sus ventajas e inconvenientes. Entre los inconvenientes debían tener en cuenta que, si finalmente tomaban la decisión de desarrollar el programa, esto les demandaría mayor implicación con sus alumnos y alumnas, y 301 haría que se convirtiesen en lazo de unión entre los consejeros, los profesores y los potenciales usuarios del programa. Un requisito añadido era que el orientador del instituto debía comprometerse a ser miembro partícipe, ya que su figura es considerada fundamental como asesor y principal responsable del programa en el centro. En el caso del centro de Educación Primaria este papel lo desempeñaría una maestra que se convertiría en la coordinadora del programa en su centro. A cambio de aceptar esos pequeños inconvenientes, ellos conseguirían continuar dando respuesta a las necesidades de sus alumnos y alumnas, y, al mismo tiempo, incentivar las buenas relaciones interpersonales en el centro. Así mismo, incluso mejorarían sus habilidades sociales al tener que realizar el mismo entrenamiento que, posteriormente, seguirían algunos de sus alumnos. El resto de las sesiones se dedicaron al entrenamiento de las habilidades básicas para convertirse en consejeros. Entre las principales podemos citar las necesarias para escuchar, resolver problemas, mediar en conflictos sin implicarse en ellos y liderar grupos. Concretamente, se debe aprender a desarrollar técnicas de escucha activa, confidencialidad, expresión y comprensión de los sentimientos, modulación de emociones, resistencia a la frustración y actitudes reflexivas. La metodología seguida en estas sesiones fue homogénea. Al principio se dedicaba media hora a la exposición teórica de las habilidades a entrenar. De ese modo, se continuaba con el entrenamiento propiamente dicho, que consistía en dramatizaciones de un supuesto caso en el que dos voluntarios simulaban el papel de consejero y de usuario del programa. El resto de los profesores no intervenía, ya que al final de la simulación cada participante debía aportar al grupo sus percepciones sobre el funcionamiento de la entrevista, y explicar cuáles de los aspectos del comportamiento de sus compañeros consideraba positivos y cuáles negativos. La ventaja de esta metodología es que, aunque se trabajen sólo algunos elementos de la entrevista en cada sesión, al realizar la simulación, los mismos participantes del entrenamiento van aportando sus percepciones acerca de otros aspectos que se deberían tener en cuenta en sesiones posteriores. Los cinco temas básicos del entrenamiento fueron los siguientes: • La importancia de nuestro cuerpo y su poder de comunicación. • Atención y escucha activa. • Preguntas abiertas, para estimular la expresión. • Identificación de problemas. • Diseño de planes de acción y su evaluación. Durante el entrenamiento surgieron focos de debate que estuvieron principalmente referidos a aspectos organizativos. Incluso se llegó a percibir, en algunos momentos, la imposibilidad de implementar el programa en sus centros, debido a que algunos de ellos lo consideraban un fracaso seguro. Los dos grandes problemas que se observaban eran los obstáculos que los padres de alumnos podrían poner (recordemos que estábamos trabajando en zonas de atención preferente) y la expectativa de que los chicos no iban a utilizar el programa. Afirmaban cosas como: «nadie va a ir a contarle los problemas a otro, si no lo hace a un amigo»; «creo que podemos tener problemas porque pueden intimidar a los consejeros». A pesar de ello, al finalizar el entrenamiento, decidimos desarrollar el programa en los dos centros. ROLES, CONSEJEROS Y ENTRENAMIENTO Debido a la complejidad de este tipo de programas, es muy importante asegurarse de que los chicos y chicas que se van a convertir en consejeros de sus compañeros estén en condiciones de hacerlo. Es necesario que ellos muestren seguridad 302 personal y, al tiempo, una actitud flexible y comprensiva. De la misma manera, el control de la calidad en las sesiones de ayuda entre iguales es muy complejo y difícil de lograr. De modo que nuestra mejor forma de hacerlo es prestando gran atención a los consejeros, ya que ellos son los que tienen el papel más importante en este tipo de programas. Por ello, la clave está, en un primer momento, en ser rigurosos en la selección de los consejeros. Debido a esto, elegimos los siguientes criterios de selección: • Voluntariedad del posible consejero/a. • Aceptación del resto de los compañeros de clase. • Ser nominado/a por gran parte de sus profesores. • Demostrar habilidades de empatía. En relación con los dos primeros criterios, diseñamos sesiones de tutoría en las que el principal objetivo era comprobar si la idea de ayudarse unos compañeros a otros era valorada de forma positiva por ellos. Pero no deseábamos preguntárselo directamente, sino que queríamos conseguir que naciera de ellos mismos la idea de ayudarse unos a otros. Una vez conseguido, nos planteamos informar al alumnado de la existencia de este tipo de programas y ofrecerle la oportunidad de intentar desarrollarlo en el centro. Para ello, diseñamos tres sesiones de tutoría que se desarrollaron con intervalos de tiempo entre ellas, con objeto de que las siguientes sirvieran de recordatorio de las precedentes. En la primera se presentó a los alumnos el vídeo titulado -Un día más- (Fernández y otros, 1998), en el que se podía observar —durante quince minutos aproximadamente—, la historia de Luis, un chico que estaba siendo maltratado por sus compañeros en el instituto. Una vez que los alumnos vieron el vídeo, se les pidió que intentaran averiguar los sentimientos de cada uno de los protagonistas de la historia y que buscaran las causas que podrían llevar a que algunos compañeros se comportaran de esa manera. Cuando ya se había debatido sobre estas cuestiones se intentaba avanzar preguntando a los alumnos y alumnas sobre las posibles soluciones al problema de Luis (protagonista de la historia de violencia que se narra en el vídeo -Un día más»). Todo el debate era dirigido por el tutor o por la coordinadora del grupo de investigación hasta que, en la mayoría de los casos, nombraban el papel de los compañeros en la solución de este tipo de problemas. Las otras dos sesiones de tutoría pretendían informar a los alumnos/as de la existencia del programa; y explicarles lo más relevante sobre él y su funcionamiento: su definición, sus reglas, cómo usarlo, para qué sirve y qué ventajas aporta. Para ello, se repartía un folio con las ideas principales a cada alumno. Después de leerlo en voz alta, el tutor o la coordinadora del grupo de investigación lo comentaban y aclaraban todas las dudas que iban surgiendo. A continuación, se leía el caso de Sonia —protagonista de las historias sobre las que se soporta el material didáctico Convivencia escolar. Que es y cómo abordarla (Ortega y otros, 1998)—, y se les pedía que reflexionaran sobre él para buscar soluciones sin un Programa de Ayuda entre Iguales; También se les pedía que pensaran cómo podría resolverse a través de este programa. Tras este proceso los alumnos reconocieron la utilidad del programa, por lo que se solicitaron voluntarios para convertirse en consejeros de sus compañeros y compañeras. Finalmente, se dividieron en grupos para comenzar a realizar algunas de las tareas necesarias para poner en marcha el programa. En este momento, es cuando comenzaron a aparecer algunas diferencias entre las dos etapas educativas. Primaria exigía más tiempo para el entrenamiento. Lo que en secundaria nos llevó una sesión, en primaria requería al menos tres. Así pues, en primaria se empezó a ir mucho más 303 paulatinamente, paso a paso, para intentar llegar hasta la meta, en términos de comprensión de la historia, de reflexión sobre sus causas y de análisis de los sentimientos, las emociones y los valores implícitos en los comportamientos que se observaron. Observamos que los alumnos de primaria necesitaron acercarse a su realidad de aula para comprender los fenómenos que observaron en el vídeo. Tras las tutorías, en los diferentes grupos, se solicitaron alumnos que voluntariamente quisieran convertirse en consejeros de sus compañeros. Obtuvimos una gran respuesta a esta demanda: treinta voluntarios en secundaria y diez en primaria. Para la elección de consejeros, además de utilizar los criterios prefijados, consideramos oportuno consultar al profesorado sobre quiénes pensaban ellos que se encontraban en cada una de las posiciones que existen en toda situación de maltrato entre iguales. Es decir, quién para ellos solía ser agresor o víctima; quién normalmente apoyaba a los agresores, quién a las víctimas; y, por último, quién permanecía ajeno a todo aquello que pasaba a su alrededor. Un mismo alumno también podía ser identificado en más de un papel de la escena violenta. El instrumento del que nos servimos para recopilar tal información fue un cuestionario de nominación, en el que los docentes debían escribir los nombres y apellidos de aquellos que, según su opinión, desempeñaban alguno de esos papeles. El cuestionario se entregó a los docentes acompañado de una carta donde se les informaba el objeto de la evaluación y que sus respuestas serían corroboradas por medio de otros métodos. Entre los datos obtenidos en los cuestionados de nominación del profesorado y los voluntarios que se habían presentado se clarificó qué chicos se podían convertir en consejeros de sus compañeros; pero para tener una mayor certeza de que los chicos tenían las cualidades necesarias para enfrentarse a esta tarea, se realizaron entrevistas individuales. En las entrevistas —similares a las Cowie y colaboradores muestran en el Culso de Entrenamiento (Cowie et al., 1998)— se preguntaba a los voluntarios sobre las causas que les habían llevado a decir que deseaban ser consejeros, qué significado tenía para ellos la ayuda y si se sentían capacitados para ello. Además, para complementar la información que nos ofrecían y comprobar sus habilidades sociales —como la empatía— se realizaba con ellos un juego en el que la coordinadora del grupo de investigación o el orientador del centro caracterizaban a una persona que iba a hablar con un consejero y ellos debían desempeñar este papel. Con esta actividad se descubría la fortaleza emocional y la capacidad de establecer un buen clima en las conversaciones con sus interlocutores. Finalmente, la selección de los consejeros se realizó cruzando toda la información que habíamos recopilado y entre los coordinadores, el orientador del centro y la coordinadora de la investigación se decidió quiénes eran los más apropiados para convertirse realmente en consejeros. Al final, se seleccionó un grupo de nueve alumnos —siete chicas y dos chicos— en secundaria; y uno de siete —tres chicas y cuatro chicos— en primaria. EL ENTRENAMIENTO ESPECÍFICO DE LOS CONSEJEROS Tal como se había hecho con los docentes, el entrenamiento con los alumnos y alumnas se llevó a cabo siguiendo las pautas que Cowie y sus colaboradores proponen en El Cl II30 de Entrenamiento en Ayuda entre Iguales (Cowie et al., 1998). En general, se hizo hincapié en las habilidades necesarias para escuchar, resolver problemas, mediar conflictos sin implicarse en ellos y liderar grupos. En las sesiones, como con los profesores, se realizaba una breve exposición teórica al principio, tras la que se desarrollaban simulaciones en las que los participantes tenían que representar el papel de víctima o 304 de consejero. Por una parte, desempeñar el papel de víctimas les permitía tomar conciencia de los sentimientos que se podían tener en estas situaciones y de cuál es su punto de vista ante una situación de maltrato entre escolares. En definitiva, pretendíamos desarrollar sus capacidades empaticas. Por otra parte, cuando ellos desempeñaban el papel de consejero, tenían la oportunidad de mejorar su forma de ofrecer ayuda. El entrenamiento con los alumnos de secundaria duró dos meses, marzo y abril. Se realizó fuera de la jornada escolar, durante dos horas y media al día todos los lunes y miércoles. El que las actividades se realizaran fuera del horario escolar se podría interpretar como un inconveniente, ya que se han perdido muchos consejeros potenciales debido a las dificultades que presentaba acudir al centro por las tardes. Pero, en cambio, también se puede considerar esto como un filtro más, que permite que los chicos y chicas demuestren el interés y el significado que estas actividades tienen para ellos. El entrenamiento en el centro de primaria no se desarrolló de forma sistemática y su estructura fue diferente. Comenzamos preguntándoles: «i . Cc5mo pensáis que tiene que ser un buen consejero?». Sus respuestas a esta cuestión fueron cosas como: «una buena persona», «alguien confidencial», «responsable», »alguien que te ofrezca confianza», «alguien que dialogue», «alguien que escuche», «encantador», «alguien que guarde los secretos». El siguiente paso fue encontrar algunos compañeros que tuvieran un problema de maltrato entre iguales y pensar un buen plan de acción para ayudarlos. Para ello les preguntamos: «¿cómo le podemos ayudar?», y después ellos debían simular una conversación con él o ella. A pesar de que no habíamos finalizado el entrenamiento, ellos comenzaron a ayudar a sus compañeros de forma espontánea durante los recreos. No era difícil encontrarlos en sitios no muy visibles hablando con alguien con quien nunca hablaban antes ni ellos, ni otros compañeros. DESARROLLO DEL PROGRAMA EN PRIMARIA Y EN SECUNDARIA Antes de poner en marcha el programa decidimos hacer propaganda de él, para que todos los alumnos del centro lo conocieran. Como todas las decisiones que se toman en el programa, las referidas a este tema también se tomaron entre todos. De hecho, el modo de sensibilizar al resto de sus compañeros lo diseñaron los propios consejeros. Los alumnos del centro de educación secundaria, después de mucho deliberar y discutir, llegaron a delimitar las actuaciones que iban a llevar a cabo, y efectuaron el reparto de tareas de diseño y diseminación. Crearon carteles, pancartas y folletos; eligieron una mascota; realizaron el argumento de un posible vídeo; y presentaron el programa por las aulas. Al mismo tiempo, durante este período de sensibilización, nos seguíamos reuniendo los lunes y los miércoles para compartir nuestras experiencias, seguir trabajando y mejorar nuestro programa. En el caso de los alumnos de Educación Primaria, aunque fueron ellos mismos quienes realizaron los materiales, estuvieron guiados por la coordinadora del programa. Ellos mismos se pusieron nombre, se inventaron los eslóganes y colorearon los carteles; aunque necesitaron un poco más de ayuda. Por ejemplo, los profesores tuvieron que poner los posters que habían hecho los consejeros y explicárselo a los otros profesores. Para ello, la coordinadora mandó a cada profesor algunos carteles acompañados de una carta donde se explicaban las normas básicas del programa. Ambas campañas de sensibilización tuvieron sus efectos, aunque en secundaria fueron más notables. El grupo de consejeros de secundaria tomó la decisión de comenzar a poner en práctica las habilidades que habían estado entrenando. Todos los alumnos y alumnas que se habían estado preparando estaban ansiosos por comenzar. 305