Ignacio Sánchez Mejías : la pasión por vivir. Una mirada sobre el hombre
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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 201-214 IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS: LA PASIÓN POR VIVIR. UNA MIRADA SOBRE EL HOMBRE Manuel Grosso1 Universidad de Sevilla l punto de partida de esta historia se encuentra en la invitación que me hizo la Universidad del Cairo para que hablase sobre Ignacio Sánchez Mejías dentro de unas jornadas dedicadas a Lorca. El reto me pareció fascinante sobre todo porque sabía que el público era totalmente ajeno al mundo de los toros. Esto facilitaba el hablar de ese otro Ignacio desconocido incluso aquí. La respuesta fue espectacular en primer lugar porque para muchos de ellos Ignacio era un ser mítico, una invención fruto de la mente de Federico García Lorca y en segundo lugar porque al final se quedaron atónitos de la personalidad de Sánchez Mejías y comprendieron en su totalidad la complejidad del poema que dedicó a la muerte de su amigo. Es sin duda el poeta granadino quien da la definición más certera de Ignacio Sánchez Mejías: «Tardará mucho tiempo en nacer,/ si es que nace un andaluz tan claro,/ tan rico de aventura». Un hombre que supo adelantarse a su tiempo creando a su alrededor un espacio creativo difícilmente repetible. Hombre total que hace imposible cualquier encasillamiento. Fascinante y fascinador 1Profesor titular de Derecho Penal de la Universidad de Sevilla. elegías se han escrito tras Manzanares? Además, todos poetas de primerísima fila: Lorca (una nueva visión del Llanto esperamos, con expectación, su aparición en el nuevo libro de Andrés Amorós2); Rafael Alberti, Luis Fernández Ardavín, Gerardo Diego, Miguel Hernández, José del Río, Benjamín Peret. Y no menos numerosa y valiosa es la iconografía del diestro con José Caballero, Mariano Cossío, Daniel Vázquez Díaz, Martínez de León... Para Antonio Gallego Morell el héroe del poema ha crecido de la mano del poeta, del juglar moderno y del pintor y ha traspasado la frontera de la leyenda. Apenas recuerda nadie al Sánchez Mejías autor teatral. Su gloria estaba en el ruedo. Y él lo sabía, y por eso vuelve a los ruedos. A Ignacio no le faltó, como a Belmonte, en la conocida anécdota de Valle-Inclán que lo matara un toro. Los toros han matado a muchos toreros, pero ninguno como Ignacio ha sido coronado por el laurel de tantos poetas. No estoy muy seguro que el retrato, la primera impresión que Rafael Alberti obtuvo de Ignacio cuando los presentó Cossío, responda a la realidad: «Un sevillano de la Sevilla de Trajano, clásico, grave, perfilado y severo». Sin duda, un juicio escrito después de haber oído que el «aire de Roma andaluza/ le doraba la cabeza». Juan Manuel Albendea 200 2Leer su recensión en este mismo número de la Revista.
mente de ellos de quienes aprende, jugando, el difícil arte de torear y también, por qué no, el camino para romper su trayectoria social lógica: haber sido médico como su padre. Él quiere elegir su destino y no que éste le elija a él. En 1908, con diecisiete años y tras que su padre se enterase de que en realidad no había acabado el bachillerato cuando se suponía que estaba ya en primero de Medicina, viaja a Nueva York de polizón y de allí a México. Su aventura empieza; se busca la vida como puede y en 1910 logra por vez primera, profesionalmente, colocar un par de banderillas. El mito del torero audaz se pone en marcha. Desde ese año a 1927 su vida es la crónica de un hombre que ha decidido ser figura del toreo a la vez que, poco a Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 203 Fig. n.º 16.– Sánchez Mejías con su cuñado el célebre matador Joselito el Gallo, en Pino Montano (García-Ramos y Narbona, 1988: 75). cuya sola presencia absorbe para sí la atención de cualquier espectador. Ignacio representa a la perfección el deseo de vivir, de vivirlo todo sin límite, de apurar cada instante, quizá por eso su muerte significó tanto para sus amigos. Es la desaparición definitiva de la luz que alumbra en los malos momentos, la muerte de la seguridad, el final de una época en la que soñar era posible, en la que aún existían ideales que alcanzar. Ignacio torero; Ignacio autor teatral; Ignacio arreglista musical; Ignacio seductor; Ignacio presidente de uno de los clubes de fútbol con más carisma: el Betis; Ignacio corredor de coches; Ignacio magnífico jugador de polo; Ignacio amigo de sus amigos y responsable directo de la primera reunión que da lugar a la llamada generación del 27; Ignacio descubridor de ese genio que se llamó Fernando Villalón, poeta y garrochista de la vida. Todo esto y más fue Ignacio Sánchez Mejias, un personaje que por lo menos está a la altura de su epitafio que ya es bastante. Poliédrico y contradictorio, esconde no obstante en su interior una lógica aplastante a la que responde aun a su pesar. Sánchez Mejías es ante todo un sevillano de una Sevilla que a finales del siglo pasado se inventa a sí misma. Sevillano de los que se ejercitan con todas sus fuerzas para que no se note esfuerzo alguno. Medido en su desmesura, espejo de un romanticismo dramático y barroco que le obliga a representar un papel social realmente agotador que terminará finalmente con su vida. Héroe a su pesar, mito en su contra, monumento al ansia de vivir que finalmente quedará inmortalizado por su muerte. Hijo de médico, vecino de una de las dinastías toreras más grandes que jamás existiera, los Gallos, representa el ejemplo perfecto de los que luchan contra cualquier destino aunque sepa que al final será lo que tenga que ser. Es precisaManuel Grosso Galván 202
mente de ellos de quienes aprende, jugando, el difícil arte de torear y también, por qué no, el camino para romper su trayectoria social lógica: haber sido médico como su padre. Él quiere elegir su destino y no que éste le elija a él. En 1908, con diecisiete años y tras que su padre se enterase de que en realidad no había acabado el bachillerato cuando se suponía que estaba ya en primero de Medicina, viaja a Nueva York de polizón y de allí a México. Su aventura empieza; se busca la vida como puede y en 1910 logra por vez primera, profesionalmente, colocar un par de banderillas. El mito del torero audaz se pone en marcha. Desde ese año a 1927 su vida es la crónica de un hombre que ha decidido ser figura del toreo a la vez que, poco a Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 203 Fig. n.º 16.– Sánchez Mejías con su cuñado el célebre matador Joselito el Gallo, en Pino Montano (García-Ramos y Narbona, 1988: 75). cuya sola presencia absorbe para sí la atención de cualquier espectador. Ignacio representa a la perfección el deseo de vivir, de vivirlo todo sin límite, de apurar cada instante, quizá por eso su muerte significó tanto para sus amigos. Es la desaparición definitiva de la luz que alumbra en los malos momentos, la muerte de la seguridad, el final de una época en la que soñar era posible, en la que aún existían ideales que alcanzar. Ignacio torero; Ignacio autor teatral; Ignacio arreglista musical; Ignacio seductor; Ignacio presidente de uno de los clubes de fútbol con más carisma: el Betis; Ignacio corredor de coches; Ignacio magnífico jugador de polo; Ignacio amigo de sus amigos y responsable directo de la primera reunión que da lugar a la llamada generación del 27; Ignacio descubridor de ese genio que se llamó Fernando Villalón, poeta y garrochista de la vida. Todo esto y más fue Ignacio Sánchez Mejias, un personaje que por lo menos está a la altura de su epitafio que ya es bastante. Poliédrico y contradictorio, esconde no obstante en su interior una lógica aplastante a la que responde aun a su pesar. Sánchez Mejías es ante todo un sevillano de una Sevilla que a finales del siglo pasado se inventa a sí misma. Sevillano de los que se ejercitan con todas sus fuerzas para que no se note esfuerzo alguno. Medido en su desmesura, espejo de un romanticismo dramático y barroco que le obliga a representar un papel social realmente agotador que terminará finalmente con su vida. Héroe a su pesar, mito en su contra, monumento al ansia de vivir que finalmente quedará inmortalizado por su muerte. Hijo de médico, vecino de una de las dinastías toreras más grandes que jamás existiera, los Gallos, representa el ejemplo perfecto de los que luchan contra cualquier destino aunque sepa que al final será lo que tenga que ser. Es precisaManuel Grosso Galván 202
muerte de Joselito, Ignacio se aleja poco a poco del mundo taurino, lo que de algún modo afecta a su relación con Dolores, su mujer, educada y criada en la forma más tradicional y que ve que nada puede hacer para recuperar a un Ignacio al que sólo le unen sus hijos y la casa en la que habitan. Apenas si se hablaban, vivían pared con pared pero en universos distintos. Toda Sevilla lo sabía y toda Sevilla lo ignoraba. Quien la había visto bailar alguna vez decía que no había nada igual, por eso es especialmente emocionante oír de labios de su hija que en las noches que presagiaban tormenta, aquellas que sólo el dolor de antiguas heridas anuncia, Ignacio se acercaba al dormitorio de su mujer y simplemente le decía: «Dolores báilame un poco, que el dolor no me deja dormir». Imaginar a esa mujer, sola, en el silencio de la noche, casi en penumbra, bailar para el amor que ya era desamor, bailar para que los fantasmas del dolor desaparecieran, bailar en honor del hombre que acabó con la alimaña que mató a su hermano, es mucho más que una imagen afortunada, es la esencia última que nos une a los nuestros y que nos diferencia de nosotros mismos. ¿Quién pudiera recuperar esos instantes de derrota consentida de Ignacio, de triunfo fugaz de Dolores? Qué dulce rendicion, qué amarga derrota. Para entender a Ignacio Sánchez Mejías hay que entender Pino Montano. Casa de infinitos pasillos e incontables habitaciones. Cortijo andaluz con aires de hacienda árabe que en su máximo esplendor a todos recibía y a todos daba cobijo. Noches de flamenco que duraban días, noches donde Alberti, Lorca o Villalón soñaban con la gloria sin saber que en ese instante habitaban en ella. O la noche que fue el premio Nobel Jacinto Benavente ya muy mayor y que Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 205 poco, se va convirtiendo en un personaje eje sobre el que de algún modo gira la España intelectual que nace a la par que, también, acaba. De su larga ascensión a la gloria sólo destacar su admiración y lealtad incuestionable al más clásico de los matadores de toros: Joselito el Gallo, canon perfecto de una tauromaquia científicamente elaborada y asentada en lo más profundo del conocimiento intuitivo a través de generaciones. Sánchez Mejías no le basta con participar como profesional, él cree firmemente que sólo siendo parte integral de esa familia podrá adentrarse en un toreo auténtico en donde vida y tauromaquia sean un solo concepto, de ahí que termine casándose con la hermana del Gallo, Dolores. Es en este preciso momento cuando por vez primera hace aparición el hado maligno de la muerte. Quiere el destino que el 16 de mayo de 1920 el toro Bailaor mate en Talavera a Joselito y que sea precisamente Sánchez Mejías quien haya de estoquear al toro que venció a quien tantas veces partió en dos las entrañas de animales que le buscaban el corazón. Ese día la tristeza entra en sus ojos y ya nunca le abandonará. Ese día empezó una huida hacia delante en busca de nuevos retos personales, de cuestiones esenciales que no puede llenar sólo con el universo taurino. Ahora comienza una trayectoria mucho más personal e íntima que tiene como referente geográfico indiscutible una finca a las afueras de Sevilla, Pino Montano, espacio sagrado donde se crea un nuevo concepto en el arte de torear. Perteneciente a Joselito, Ignacio se la compra a Rafael quien nunca la abandonará. Arcadia mítica, lugar de encuentro entre intelectuales y toreros como Belmonte. Espacio donde la felicidad es invitada permanente y que, sin embargo, contiene el germen de una hermosa historia de desamor. Tras la Manuel Grosso Galván 204
muerte de Joselito, Ignacio se aleja poco a poco del mundo taurino, lo que de algún modo afecta a su relación con Dolores, su mujer, educada y criada en la forma más tradicional y que ve que nada puede hacer para recuperar a un Ignacio al que sólo le unen sus hijos y la casa en la que habitan. Apenas si se hablaban, vivían pared con pared pero en universos distintos. Toda Sevilla lo sabía y toda Sevilla lo ignoraba. Quien la había visto bailar alguna vez decía que no había nada igual, por eso es especialmente emocionante oír de labios de su hija que en las noches que presagiaban tormenta, aquellas que sólo el dolor de antiguas heridas anuncia, Ignacio se acercaba al dormitorio de su mujer y simplemente le decía: «Dolores báilame un poco, que el dolor no me deja dormir». Imaginar a esa mujer, sola, en el silencio de la noche, casi en penumbra, bailar para el amor que ya era desamor, bailar para que los fantasmas del dolor desaparecieran, bailar en honor del hombre que acabó con la alimaña que mató a su hermano, es mucho más que una imagen afortunada, es la esencia última que nos une a los nuestros y que nos diferencia de nosotros mismos. ¿Quién pudiera recuperar esos instantes de derrota consentida de Ignacio, de triunfo fugaz de Dolores? Qué dulce rendicion, qué amarga derrota. Para entender a Ignacio Sánchez Mejías hay que entender Pino Montano. Casa de infinitos pasillos e incontables habitaciones. Cortijo andaluz con aires de hacienda árabe que en su máximo esplendor a todos recibía y a todos daba cobijo. Noches de flamenco que duraban días, noches donde Alberti, Lorca o Villalón soñaban con la gloria sin saber que en ese instante habitaban en ella. O la noche que fue el premio Nobel Jacinto Benavente ya muy mayor y que Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 205 poco, se va convirtiendo en un personaje eje sobre el que de algún modo gira la España intelectual que nace a la par que, también, acaba. De su larga ascensión a la gloria sólo destacar su admiración y lealtad incuestionable al más clásico de los matadores de toros: Joselito el Gallo, canon perfecto de una tauromaquia científicamente elaborada y asentada en lo más profundo del conocimiento intuitivo a través de generaciones. Sánchez Mejías no le basta con participar como profesional, él cree firmemente que sólo siendo parte integral de esa familia podrá adentrarse en un toreo auténtico en donde vida y tauromaquia sean un solo concepto, de ahí que termine casándose con la hermana del Gallo, Dolores. Es en este preciso momento cuando por vez primera hace aparición el hado maligno de la muerte. Quiere el destino que el 16 de mayo de 1920 el toro Bailaor mate en Talavera a Joselito y que sea precisamente Sánchez Mejías quien haya de estoquear al toro que venció a quien tantas veces partió en dos las entrañas de animales que le buscaban el corazón. Ese día la tristeza entra en sus ojos y ya nunca le abandonará. Ese día empezó una huida hacia delante en busca de nuevos retos personales, de cuestiones esenciales que no puede llenar sólo con el universo taurino. Ahora comienza una trayectoria mucho más personal e íntima que tiene como referente geográfico indiscutible una finca a las afueras de Sevilla, Pino Montano, espacio sagrado donde se crea un nuevo concepto en el arte de torear. Perteneciente a Joselito, Ignacio se la compra a Rafael quien nunca la abandonará. Arcadia mítica, lugar de encuentro entre intelectuales y toreros como Belmonte. Espacio donde la felicidad es invitada permanente y que, sin embargo, contiene el germen de una hermosa historia de desamor. Tras la Manuel Grosso Galván 204
Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 207 Lám. n.º 28.– El 11 de agosto de 1934, en Manzanares, provincia de Ciudad Real, un toro de Ayala llamado Granadino, al comenzar la faena sentado en el estribo y darle el segundo pase por alto, como tantas veces solía hacer, le prendióy solteó, dramáticamente, entre los cuernos: La corrida fue tan grave que le provocó la muerte (archivo familiar). al preguntarle el anfitrión qué quería para desayunar dijo que un vaso de leche fresca, a lo que Ignacio contesto trayéndole una vaca para que se la ordeñaran delante de él. Pino Montano es, para Sánchez Mejías; Sevilla, sus raíces, su familia, lo propio frente a lo ajeno. El espacio donde buscar refugio, donde perderse de uno mismo para poder encontrarse. Pero, poco a poco, sus estancias allí se espacian y Madrid se ofrece como esa otra vida que está por llegar. Día a día crece su obsesión por olvidar los toros. Manda a su hijo mayor a estudiar a Suiza para que carezca de contactos con el mundo taurino. En la finca prohíbe hablar de toros hasta el punto que su hija jamás vio a su padre vestido de luces. Sólo al final le regaló una foto tras matar un toro en Cádiz con una dedicatoria especialmente significativa: «Cien mil toros, mataría Para labrarte un camino, de Alegría. Cien mil toros, mataré, Para que tú nunca sepas, lo que Sé. Que en la vida, Pirujita, tan Bonita. Se esconden por las esquinas, todas las malas partidas. Y sería mi suerte mala, si no te entrego a tus pies, como esta muerte, matada, tu tristeza, atravesada por mi espada». Manuel Grosso Galván 206
Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 207 Lám. n.º 28.– El 11 de agosto de 1934, en Manzanares, provincia de Ciudad Real, un toro de Ayala llamado Granadino, al comenzar la faena sentado en el estribo y darle el segundo pase por alto, como tantas veces solía hacer, le prendióy solteó, dramáticamente, entre los cuernos: La corrida fue tan grave que le provocó la muerte (archivo familiar). al preguntarle el anfitrión qué quería para desayunar dijo que un vaso de leche fresca, a lo que Ignacio contesto trayéndole una vaca para que se la ordeñaran delante de él. Pino Montano es, para Sánchez Mejías; Sevilla, sus raíces, su familia, lo propio frente a lo ajeno. El espacio donde buscar refugio, donde perderse de uno mismo para poder encontrarse. Pero, poco a poco, sus estancias allí se espacian y Madrid se ofrece como esa otra vida que está por llegar. Día a día crece su obsesión por olvidar los toros. Manda a su hijo mayor a estudiar a Suiza para que carezca de contactos con el mundo taurino. En la finca prohíbe hablar de toros hasta el punto que su hija jamás vio a su padre vestido de luces. Sólo al final le regaló una foto tras matar un toro en Cádiz con una dedicatoria especialmente significativa: «Cien mil toros, mataría Para labrarte un camino, de Alegría. Cien mil toros, mataré, Para que tú nunca sepas, lo que Sé. Que en la vida, Pirujita, tan Bonita. Se esconden por las esquinas, todas las malas partidas. Y sería mi suerte mala, si no te entrego a tus pies, como esta muerte, matada, tu tristeza, atravesada por mi espada». Manuel Grosso Galván 206
igual dar una conferencia en el Ateneo de Valladolid, vestido de torero aún, un par de horas después de la corrida o introducirse en el mundo del cine actuando en un par de películas. El mundo, de nuevo, se le presenta como exento de límites y sus ilusiones se disparan. Costeado por Ignacio, un grupo de poetas jóvenes marchan a Sevilla para celebrar el centenario de Góngora. Lorca, Alberti, Bergamín, Chabas, Jorge Guillén, Gerardo Diego y Dámaso Alonso, que sin saberlo han dado origen a la generación del 27. Pino Montano durante dos días con sus noches vuelve a ser el centro del universo. Madrugada de anís y cante hondo; el sueño ha comenzado. Es precisamente ahora cuando Ignacio empieza a tomar conciencia de su giro personal. En 1928 estrena una comedia dramática, Sinrazón, que supuso el primer acercamiento al mundo del psicoanálisis del teatro español. El tópico del torero andaluz cae hecho pedazos y, por si fuera poco, ese mismo año estrena su segunda obra Zaya. Sus amistades son casi exclusivamente intelectuales y artistas, el mundo de los toros se ha convertido en algo marginal en su vida. En 1929 marcha a Nueva York para preparar un espectáculo musical. Durante su estancia allí pronuncia una conferencia sobre su concepto de tauromaquia en la Universidad de Columbia y en donde se recoge una de las definiciones más bellas del arte de torear que jamás se han dado: «El toreo no es una crueldad sino un milagro. Es la representación dramática del triunfo de la vida sobre la muerte»2. ¿Cómo explicarle a un auditorio ajeno a los toros lo esencial que puede llegar a ser en nuestra cultura jugar Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 209 Cuánto dolor en cada frase, sólo los suyos justifican un último sacrificio que se convertirá en ofrenda. El reto permanente de vivir al límite lo tiene extenuado y, sin embargo, necesita dinero y probarse por última vez que ya no pertenece al mundo de la tauromaquia sino al de la cultura. De nuevo el destino aparecerá e inmortalizará a Ignacio Sánchez Mejías precisamente como matador de toros aunque esta vez Federico García Lorca convierta su muerte en una obra cumbre de la literatura universal. Pero todo esto quizá sea correr demasiado, volvamos atrás en el tiempo al momento posterior a la muerte de Joselito. Es precisamente entonces cuando su carrera como matador de toros llega a su máximo esplendor, noventa corridas ese año, luego vendrá el hastío. Temporadas cortadas de raíz, repetidos anuncios de retirada de los ruedos. Habiéndolo conseguido todo, para qué seguir en un mundo donde el mejor ha fracasado. El año 1925 marca un giro en su vida. Sus largas temporadas en Madrid le conectan con los intelectuales y comienza su relación sentimental con la Argentinita, bailaora excepcional a la que ayuda en el montaje de un espectáculo en el que participan Lorca y Alberti y que, de alguna manera, pudo representar un cambio radical en la concepción de los espectáculos populares aflamencados, pero que desgraciadamente no fue así y quedó como un ejemplo aislado en un mar de obviedades. El 8 de abril de ese año inicia sus colaboraciones con un diario sevillano donde, por primera y única vez, un torero hace las críticas de sus propias corridas. El mundo que le rodea ya no es el cerrado de Andalucía, sino el de los andaluces universales que siempre buscan una revolución estrictamente personal. En esta línea de genialidad provocativa vale Manuel Grosso Galván 208 2 Ver, en este número de la Revista de Estudios Taurinos, págs. 47-68.
igual dar una conferencia en el Ateneo de Valladolid, vestido de torero aún, un par de horas después de la corrida o introducirse en el mundo del cine actuando en un par de películas. El mundo, de nuevo, se le presenta como exento de límites y sus ilusiones se disparan. Costeado por Ignacio, un grupo de poetas jóvenes marchan a Sevilla para celebrar el centenario de Góngora. Lorca, Alberti, Bergamín, Chabas, Jorge Guillén, Gerardo Diego y Dámaso Alonso, que sin saberlo han dado origen a la generación del 27. Pino Montano durante dos días con sus noches vuelve a ser el centro del universo. Madrugada de anís y cante hondo; el sueño ha comenzado. Es precisamente ahora cuando Ignacio empieza a tomar conciencia de su giro personal. En 1928 estrena una comedia dramática, Sinrazón, que supuso el primer acercamiento al mundo del psicoanálisis del teatro español. El tópico del torero andaluz cae hecho pedazos y, por si fuera poco, ese mismo año estrena su segunda obra Zaya. Sus amistades son casi exclusivamente intelectuales y artistas, el mundo de los toros se ha convertido en algo marginal en su vida. En 1929 marcha a Nueva York para preparar un espectáculo musical. Durante su estancia allí pronuncia una conferencia sobre su concepto de tauromaquia en la Universidad de Columbia y en donde se recoge una de las definiciones más bellas del arte de torear que jamás se han dado: «El toreo no es una crueldad sino un milagro. Es la representación dramática del triunfo de la vida sobre la muerte»2. ¿Cómo explicarle a un auditorio ajeno a los toros lo esencial que puede llegar a ser en nuestra cultura jugar Ignacio Sánchez Mejías: La pasión por vivir 209 Cuánto dolor en cada frase, sólo los suyos justifican un último sacrificio que se convertirá en ofrenda. El reto permanente de vivir al límite lo tiene extenuado y, sin embargo, necesita dinero y probarse por última vez que ya no pertenece al mundo de la tauromaquia sino al de la cultura. De nuevo el destino aparecerá e inmortalizará a Ignacio Sánchez Mejías precisamente como matador de toros aunque esta vez Federico García Lorca convierta su muerte en una obra cumbre de la literatura universal. Pero todo esto quizá sea correr demasiado, volvamos atrás en el tiempo al momento posterior a la muerte de Joselito. Es precisamente entonces cuando su carrera como matador de toros llega a su máximo esplendor, noventa corridas ese año, luego vendrá el hastío. Temporadas cortadas de raíz, repetidos anuncios de retirada de los ruedos. Habiéndolo conseguido todo, para qué seguir en un mundo donde el mejor ha fracasado. El año 1925 marca un giro en su vida. Sus largas temporadas en Madrid le conectan con los intelectuales y comienza su relación sentimental con la Argentinita, bailaora excepcional a la que ayuda en el montaje de un espectáculo en el que participan Lorca y Alberti y que, de alguna manera, pudo representar un cambio radical en la concepción de los espectáculos populares aflamencados, pero que desgraciadamente no fue así y quedó como un ejemplo aislado en un mar de obviedades. El 8 de abril de ese año inicia sus colaboraciones con un diario sevillano donde, por primera y única vez, un torero hace las críticas de sus propias corridas. El mundo que le rodea ya no es el cerrado de Andalucía, sino el de los andaluces universales que siempre buscan una revolución estrictamente personal. En esta línea de genialidad provocativa vale Manuel Grosso Galván 208 2 Ver, en este número de la Revista de Estudios Taurinos, págs. 47-68.