Cine-teatro-cine: los vasos comunicantes en Edgar Neville
Abstract
Edgar Neville desempeñó un importante papel en el cine y el teatro de su tiempo. Como dramaturgo escribió numerosas comedias de éxito, algunas tan famosas como La vida en un hilo y El baile. Tales títulos fueron también guiones de dos de sus mejores películas. Este artículo trata de examinar las relaciones entre cine y teatro a través de los dos ejemplos citados, que son auténticos experimentos de "vasos comunicantes" entre el teatro y el cine de Edgar Neville.
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325 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE M. ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ GREGORIO TORRES NEBRERA Universidad de Extremadura (España) RESUMEN Edgar Neville desempeñó un importante papel en el cine y el teatro de su tiempo. Como dramaturgo escribió numerosas comedias de éxito, algunas tan famosas como La vida en un hilo y El baile. Tales títulos fueron también guiones de dos de sus mejores películas. Este artículo trata de examinar las relaciones entre cine y teatro a través de los dos ejemplos citados, que son auténticos experimentos de “vasos comunicantes” entre el teatro y el cine de Edgar Neville. PALABRAS CLAVE Interrelaciones cine/teatro en dos obras de Edgar Neville. ABSTRACT Edgar Neville played an important role in the development of cinema and theater of his time. As a playwright, he wrote plenty of successful plays, some of them as famous as La vida en un hilo and El baile. These titles were also screen-plays for two of his best fi lms. This article tries to analyse the connections between cinema and theater using these two examples, which are truly experiments of links between Edgar Neville’s plays and fi lms. KEY WORDS The interrelations cinema/theatre on two Edgar Neville’s works. RESUME Edgar Neville a joué un rôle très important dans le cinéma et le théâtre de son époque. En tant que dramaturge il écrit des comédies célébres comme La vida en un hilo et El baile. Ces titres ont constitué aussi des scénarii de deux de ses meilleurs fi lms. Dans cet article nous voulons examiner les rapports entre le cinéma et le téâtre à travers les deux exemples cités qui sont de véritables “verres communicants” entre le téâtre et le cinéma d’ Edgard Neville. [JME] MOTS CLES Les interrelations cinema/theéatre à deux oeuvres de Edgar Neville. CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 / págs. 325-352. Recibido: Feb. 2003. Aceptado: Mar. 2004.
326 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 1. LAS RELACIONES TEATRO-CINE Desde que el cine empezó a exigir su propio espacio entre los más prometedores espectáculos de masas, tuvo que sufrir los recelos del teatro, su más directo competidor y su más inmediato damnifi cado. En la prensa de los años veinte –todavía con el cine mudo, pero en su “edad de oro”– abundan los artículos motivados por la polémica “teatro/cine”1. Un hombre que declaraba rechazar el cine mudo, porque carecía del gran aporte de la palabra acompañando simultáneamente a la imagen, (lo que sí hallaba y gozaba en la escena) como fue don Miguel de Unamuno (1923) negaba de raíz la posible colaboración entre literatura (la palabra, que oída es el teatro) y cine (sólo la imagen muda, disociada de la palabra) porque “un literato, un verdadero literato, un poeta, cuyo instrumento es la palabra, un artista del verbo, no puede escribir para el cine”2. La tesis contraria la defendía Enrique Lafuente desde las columnas de “La Gaceta Literaria”, aduciendo que si ciertamente el medio que tiene el teatro para interesarnos es la palabra, el “cine se reduce a un jugar de imágenes visuales”; y por tanto, del mismo modo que el teatro “no es para sordos”, tampoco el “cine es para ciegos”, y al fi n, “por los dos lados hay limitaciones”. En la comparanza acaba ganando con amplitud el nuevo arte frente al viejo teatro, pues –aun sin palabra– el cine nos subyuga con sus armas de la “ubicuidad” y la “simultaneidad” y cuando vemos una película “vivimos cien vidas y ante nosotros desfi lan las ciudades más lejanas, los círculos sociales más alejados, lo que fue, lo que será, lo real y lo fantástico, condensando en breves minutos lo que hubiera necesitado vidas enteras para ser visto”3. 1 Max Jacob señalaba ya en la temprana fecha de 1918 que el cinematógrafo asume lo imaginario, lo ilusorio, puesto que al teatro se le asigna la parcela de lo real. Y una reciente tratadista del tema (Carmen Peña Ardid 1992: 59) escribe con toda razón que “la comparación del cine con el teatro centró durante mucho tiempo la atención de los fi lmólogos”. Y añade en la página siguiente del mismo libro que “el propósito de asentar claros límites entre la estética teatral y las formas del cine habría puesto de manifi esto la existencia de notables diferencias en el terreno de la recepción –siendo diversa la actitud física y psicológica del espectador de cine y de teatro– y en el orden de la espectacularidad, no sólo por el contraste habido entre la presencia física real que impone el teatro frente a las sombras de la pantalla, cuanto por la diversa función que tendría el espacio en cada uno de los dos medios”. 2 Lo que don Miguel decía tan en serio, lo señalaba con escorzo de humor, y a toro pasado, Neville (1977,27) en una entrevista de Fernández Barreira para “Primer Plano” (septiembre del 43): “No se te olvide decir que lo mejor del cine mudo era la superioridad del diálogo[…]porque como no se oía, uno se fi guraba siempre lo mejor: un diálogo exquisito”. Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
327 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 Ese divorcio teatro/cine tenía sentido cuando el cine prescindía de la palabra hablada (y la reducía al ancilar cartel que resumía a duras penas, pero nunca podía sustituirlo, un diálogo que había sido imitado en una pantomima de gestos guturales para sordos), pero carecía de razones en qué apoyarse cuando el cine da el paso de gigante y se hace sonoro. Tal conquista siguió levantando reacciones adversas, pero evitaba que el alejamiento entre escritores de diálogos, de conversaciones, y el cine se prolongara; todo lo contrario. Y con la fl oreciente industria americana del cine sonoro, les llegó la oportunidad a no pocos literatos españoles (y los más, iniciados y avezados en el teatro) para poner su arte y su técnica del diálogo a los pies de una ristra de fotografías en movimiento, por un regular puñado de dólares. Entre ellos estuvo Edgar Neville, un creador en varios frentes (en lo literario, en lo cinematográfi co) que negaba con su ejemplo la dudosa profecía unamuniana formulada en el mismo artículo referenciado: “Un escritor no es quien para concebir obras interesantes para la pantalla. Hay más, y es que cuanto mejor literato sea peor cinematografi sta será”. Neville fue excelente ejemplo de lo contrario4. Cuando hubo que pensar en que las películas –ya habladas– contaran historias, los productores y directores de cine acudieron al auxilio de las obras literarias –novelas y sobre todo teatro– que ya habían conquistado el respaldo del éxito, antes que encontrar o encargar argumentos escritos ex profeso para el nuevo medio. En muchas ocasiones el 3 En el contexto de la polémica y el interés que el tema suscitó en los años dorados del cine mudo, ver los datos y textos aportados por Teresa García-Abad (1997) barajando opiniones de Rodríguez Avecilla, Andrenio, Araquistáin, Carrere, Fernández Almagro, Insúa,, etc. Recuérdese también, de fechas más tempranas, el trabajo de E. Anderson Imbert (1946). 4 En el libro de Peña-Ardid (p. 38) fi gura un epígrafe que viene al dedillo, “Los escritores en el cine”, en donde recuerda que para Molina Foix la relación de los escritores con el cine es una historia de “amores latentes, abandonos y riñas, odios, desconfi anzas y alguna humillación”. Así hubo colaboradores con Hollywood como literatura anti-Hollywood Y la misma autora recuerda que también en la literatura española de los años treinta se intentó criticar la industria del cine y sus primeros productos, en libros como Arte, cine y ametralladora (1936) de Ricardo Baroja y Cinematógrafo (1936) de Carranque de Ríos. Claro que también en esos mismos años había una lectura en positivo de ese acercamiento en los libros y artículos de Benjamín Jarnés, César M. Arconada, Francisco Ayala, Antonio Espina o Fernando Vela, y hasta en la poesía de Alberti, en el marco de “La Gaceta Literaria” y su “Cine-Club”. Y no olvidemos tampoco que el mismo Lorca acabó escribiendo un guión de cine surrealista. Para todo este asunto debe verse el libro de R. Utrera (1987). CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
328 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 cine procedía a la fi lmación de una comedia, pero ahora difundiéndola a precios muchísimo más asequibles. Y lo cierto es que ese préstamo de ideas, de historias, sigue siendo un camino rentable en la moderna cinematografía. Al lado del oscar al mejor guión original está el que se concede al mejor guión adaptado (o habría más exactamente que decir y entender que se premia a la mejor adaptación al lenguaje cinematográfi co de un texto literario preexistente). Y son muchas las películas –españolas y no españolas– que funcionan perfectamente porque cuentan una buena historia, la que ya antes un escritor había codifi cado como discurso narrativo o como discurso teatral. Así el camino que media entre el teatro y el cine ha sido multitud de veces recorrido. Desde las obras de éxito de Benavente a las de los Quintero o Muñoz Seca, los ejemplos que se podrían citar serían muchísimos. Y lo primero que hizo Jardiel para una compañía hollywodense fue adaptar su comedia Angelina o el honor de un brigadier para que la dirigiese Louis King en 1935. Si echamos la vista atrás unos pocos años, apenas unos meses, podremos recordar que obras de bastante éxito en los escenarios españoles han tenido su pronta versión cinematográfi ca que buscaba ampliar ese éxito (a veces, sin conseguirlo del todo): ahí estarían los ejemplos de la “trilogía melodramática” de José Luis Garci sobre obras teatrales de Martínez Sierra (o María Lejárraga), J.M. de Sagarra y Galdós respectivamente; las versiones de los dramas lorquianos, las adaptaciones de dos populares comedias de Alonso de Santos (La estanquera de Vallecas y Bajarse al moro), la versión a cargo de Josefi - na Molina de la obra de Buero Un soñador para en pueblo o la de Saura sobre el notable texto de Sanchis Sinesterra ¡Ay Carmela!. Los ejemplos del paso teatro→→cine son, por tanto, abundantísimos en todas las épocas5, y hasta en ocasiones salvan lo que la escena había dejado a media luz: en los años cincuenta ocurrió con la película interpretada por 5 Sin ánimo, en absoluto, de exhaustividad, podría elaborarse una larguísima lista de ejemplos de ese trasvase con títulos como Arsénico por compasión (1944), de Frank Capra, sobre una comedia de Kesserling; La calumnia (1961) dirigida por Wyler, sobre un texto de W. Helman; varias versiones de la magnífi ca obra de Ibsen Casa de muñecas, dos adaptaciones ya del Crimen perfecto, sobre la comedia policiaca de Frederick Knott; otra reciente (1984) del gran texto de Pirandello Enrique IV, dirigida por Marco Bellocchio, como Elia Kazan se encargó de hacer lo propio –en 1951– con la obra de T. Willians Un tranvía llamado deseo, o Mike Nichols –en 1966– con la de Edward Albee ¿Quién teme a Virginia Woolf. Y todo ello sin olvidar por supuesto las infi nitas versiones que se han hecho de la mayoría de los textos shakesperianos, empezando por la famosa Campanadas a media noche (1965) de Orson Welles. Por lo que respecta al ámbito español puede consultarse ahora el buen libro de J.A. Ríos Carratalá (1999). Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
329 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 Marilyn Monroe y dirigida por W. Wyler La tentación vive arriba, cuyo guión arrancaba de un vaudeville teatral previo de George Axelrod, que se había estrenado con escasa atención y que habría quedado en el olvido, si no hubiese sido por la difusión de la película basada en ese texto. Pero lo que es infrecuente, incluso raro, es el paso inverso, del cine al teatro: casos en los que el texto primero fuese un guión fi lmado y de él se derivase un texto para ser representado en un teatro convencional. En el ámbito del cine>>>teatro español se pueden anotar dos ejemplos bastante recientes: uno, la adaptación a la escena que hizo Fermín Cabal de la película de Almodóvar Entre tinieblas (1992); y dos: en las fechas en las que redactamos el presente trabajo sigue representándose con éxito la fi el versión escénica de la extraordinaria película de Luis G. Berlanga El verdugo a cargo de Bernardo Sánchez y con dirección escénica de Luis Olmos6. Claro que en este asunto de los trasvases de historias de un discurso (o género) a otro, pocos casos conocemos tan curiosamente completos como el del melodrama en estado puro que fue Ama Rosa. Lo que se popularizó como un modélico formato de serial radiofónico, escrito por Guillermo Sautier Casaseca, difundido cada tarde desde las emisoras de la SER (en el otoño de 1959, precisamente en el año en que lo hicieron los dos títulos de Neville que aquí se consideran) se podía simultáneamente leer como novela en Ediciones Cid, y verla representada –previa sintética adaptación– en los teatros de provincias por una compañía en la que intervenían los actores radiofónicos del serial, encabezados por el muy expresivo actor argentino Doroteo Martí. Y ahí no acabó la cosa, porque unos pocos meses después, ahora con peor resultado, se intentó seguir explotando la misma historia (con sentimental anagnórisis incluida) en el cine y con Imperio Argentina en el papel de la abnegada madre que renunciaba a su maternidad por la felicidad de su hijo en ricos pañales (una película que dirigió en 1960 León Klimowsky). Todo un adelanto de las peripecias actuales, con madre de alquiler de por medio. Pero en pocas ocasiones esos trasvases del teatro al cine y del cine al teatro han contado con la peculiar circunstancia de que sea la misma persona el autor de los textos teatrales y de los guiones cinematográfi cos y hasta de la dirección de los fi lmes antecesores o derivados 6 El guión original se debió a García Berlanga (director del fi lm) y Rafael Azcona. En el programa de mano de la representación, el director Luis Olmos afi rma que “también L.G. Berlanga reconoce que la construcción de El Verdugo [película] fue íntima, pequeña y teatral en sus cimientos”. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
330 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 de esos textos teatrales. Y esto ocurre en dos ocasiones en la obra de Edgar Neville7. Su doble y en buena parte paralela dedicación al teatro y al cine –amén de a la narrativa y al periodismo– a lo largo de más de veinte años (1940: fi lmación de Frente de Madrid; 1960 fue la fecha de realización de Mi calle, su última película; 1952, estreno de El baile; 1963, de la última comedia representada La extraña noche de bodas) le permitieron coronar esa doble experiencia: convertir en obra teatral –1959– la película de 1945 La vida en un hilo, y ese mismo año emprender el camino contrario al fi lmar, por primera y única vez en color, la que había sido la más exitosa de sus comedias, El baile. Cine→→ teatro, teatro→→cine, los vasos comunicantes en la pluma y la cámara de Edgar Neville8. 2. DEL CINE AL TEATRO: “LA VIDA EN UN HILO” A la preocupación casi constante de Neville por la pareja, se une en esta película/comedia el motivo decisivo del azar, el quid de que nuestra vida depende del arriesgado hecho de elegir una opción entre varias, en las cien encrucijadas que se nos presentan a diario, y que de 7 Un objetivo bastante similar al que persigue el presente trabajo es el que aborda el artículo de Ramón Rozas Domínguez (1999), incluido en el magnífi co monográfi co de la revista Nickel Odeón dedicado al cine de Neville (num. 17, invierno de 1999), tal vez el mejor fruto, entre otros también notables, de la revisión crítica que ha deparado el centenario del autor de Don Clorato de Potasa. 8 Por supuesto que la obra de Neville –la literaria y la cinematográfi ca– no se encierra solamente en esos años de posguerra, sino que arranca de los años veinte y treinta. Menos amplia en el teatro, pues sólo hay que reseñar el estreno en 1934 de Margarita y los hombres, pero sí más nutrida en la parcela cinematográfi ca, ya que desde el año 31 Neville empieza a fi lmar películas en España, (precisamente en el 36 se encarga de la adaptación –de nuevo el binomio teatro/cine– de la obra de Arniches La señorita de Trevélez) y a responsabilizarse de diálogos para versiones hispanas en Hollywood. Para el cine de Neville es fundamental –además del ya mencionado número monográfi co de Nickel Odeón– el estudio de Julio Pérez Perucha (1982) y más recientemente el trabajo de Antonio Castro en el (excelente en todos los aspectos) volumen coordinado por José María Torrijos (1999: 97-125). Sobre la labor literaria de este autor ha realizado varios estudios y ediciones la profesora María Luisa Burguera además de un imprescindible libro global sobre la vida y obra de Neville (1999). El cine fue tal vez lo que más le interesó o le divirtió a Neville, hasta el punto de llevarlo a su narrativa de humor con la novelita Producciones García (Madrid, Taurus, 1956) historia de algún modo adelantada en una pieza teatral en tres actos, sin estrenar y publicada en dos entregas de “La Codorniz” en 1942 –números 57 y 58– con el título “Producciones Mínguez S.A”, y de la que la coautora de este trabajo, M.A. Rodríguez Sánchez, ha preparado una edición anotada que aparecerá en la colección “Clásicos Castalia”. Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
331 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 esa decisión (el destino como caprichoso y juguetón dilema) se deriva lo blanco o lo negro, lo uno o lo otro, la dicha o el hastío, como le ocurrió a Mercedes una tarde de lluvia en la puerta de una fl oristería, cuando pudo elegir a Miguel Ángel –el hombre que portaba en sí el secreto de su felicidad– y acabó emparejando con Ramón, el hombre que la llevaría a unos años de hastío insufrible9. Neville logró una comedia cinematográfi ca bastante novedosa para el cine español de la mitad de los años cuarenta, que rezumaba indudable aprendizaje de la comedia americana, extraña todavía entre nosotros10, y colocada entre su ramoniana y expresionista versión de la novelita de Carrere La torre de los siete jorobados por delante (en el tiempo) y el costumbrismo asainetado de El crimen de la calle Bordadores, por detrás. Neville organiza su película como un viaje de vuelta del primer estadio –el del triste tedio– para recomenzar, en un nuevo punto de partida que se parece mucho al primero, el viaje de ida del alegre vitalismo, emparejándose por fi n la mujer del aburrido Ramón con el divertido escultor Miguel Ángel, una vez que ha desatado (por viudez) su relación con el ingeniero especializado en puentes. Y digo que regresa a un punto de partida muy similar al que había dado origen a todo, al momento en que se vio invitada a elegir –entonces de forma equivocada– pues en las dos ocasiones, circunstanciales carencias de taxis la habían impulsado, en la primera, a aceptar el que le ofrecía Ramón, tras rechazar involuntariamente la opción que le brindaba Miguel Angel, si hubiese subido al suyo, y que en la segunda oportunidad sabe entender a tiempo. En la película la mujer regresa a Madrid en un tren en el que coincide con una artista de circo –Madame Dupont– que le asegura que es capaz de adivinarle en el fondo de los ojos, impreso como una placa 9 En la “Autocrítica” publicada al frente de la primera edición de la comedia (Madrid, Alfi l, 1959, num. 234 de la colec. “Teatro”) Neville escribía unas palabras que son copia casi literal de las que había hecho decir a un personaje de la película o de la comedia: “Nosotros navegamos en nuestra realidad creyendo saber adónde vamos y, de repente, una circunstancia fortuita, mirar a la derecha en vez de a la izquierda, o agacharnos a recoger algo, y hemos dejado pasar a nuestro alcance al ente, la cosa o la persona que llevaba nuestra felicidad”. 10 Lo que hay en el argumento de la cinta –y de la comedia– de transferencia de las ilusiones le lleva a Eduardo Torres-Dulce (166-170) a comparar la película de Neville con la de Wilder Kissme, stupid (Bésame, tonto) del año 64, y relacionar algunas de las técnicas del fi lm que confi rman su admiración –y aprendizaje– por el cine de Lubitsch, con el posible infl ujo de Capra en “la ternura y complicidad con sus personajes y su admiración por la extravagancia”, sin descartar la lejana huella de H. Hawks. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
332 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 fotográfi ca, y contarle el pasado (virtual) que desechó por el hilo del azar, para devolverle así parte de ese hilo que le haga retornar al ovillo que no supo coger en un primer momento. Logra Neville con tal invención, tanto en la película como en la comedia (ésta es absolutamente fi el de aquélla, como no podía ser de otro modo, aunque naturalmente haya diferencias secundarias que vamos a poner de relieve en este apartado del trabajo) presentarnos en paralelo dos ejemplos de matrimonio, el que comparte Mercedes con Ramón, “buenísimo, honestísimo, muy de derechas, trabajador, rico... pero un horrible pelmazo”, [que] “tiene una familia ultraburguesa, de provincia del Norte”, [viéndose por tanto obligada a llevar una vida] “suntuosa y triste”, y el que podría haber experimentado con Miguel Ángel, “un artista, un bohemio, [que lleva el germen] de la alegría, la naturalidad, la falta de preocupación por la etiqueta y, en defi nitiva, un frescor a libertad y a juventud”11. Llevaba toda la razón Neville cuando decía que aquella idea argumental “era golosa” porque le daba pie –por el doble riel del contraste y del humor– para poner “frente a frente, más o menos, no ya las dos Españas, porque esto ocurre en todos los países, sino las dos especies sociales tan diferentes de las cuales eran representativos los dos hombres, e hice una sátira bastante cómica de toda la cursilería de la familia del esposo y de sus visitas, completando un retrato fi delísimo de tipos de esta casta que todo el mundo conoce”12. Colocaba así su película en un camino intermedio entre el humor de “La Codorniz” (de ahí salió Neville y de esa publicación de humor gráfi co y literario parecen sacados algunos tipos13 11 Del “Prólogo a La vida en un hilo”. Obra Selecta. Madrid, Biblioteca Nueva 1969, p. 291. Las páginas que después se indican entre paréntesis, pertenecen igualmente a este texto. 12 O como decía también en la Autocrítica referida en una nota anterior: “Lo malo es cuando se mezclan las especies y, alocadamente, contraen justas nupcias personas de las dos ramas opuestas”. 13 Dos personajes secundarios de la película, Doña Encarnación (María Bru) y Doña Purifi cación (Eloísa Muro) proceden, en efecto, de la “galería de monstruos” que Edgar dio a conocer durante ocho años en centenares de colaboraciones en “La Codorniz”. De hecho estos personajes empezaron a aparecer en dicha revista humorística a partir del otoño del 43, y hasta alguna situación de la película se ensaya en aquellas entregas aparecidas en las páginas del semanario. Ver al respecto el amenísimo artículo de Santiago Aguilar (1999, 222-225). Esos dos mismos personajes integraban la “familia Mínguez” sobre la que Neville hizo un humorístico libro editado en 1946 (Barcelona, José Janés). Allí conocemos un entorno familiar enormemente parecido al que rodea a Mercedes en su casa de provincia norteña. Allì también salen a relucir la moda de los sombreros de barroco diseño, la obsesión por los grandes restaurantes y los suculentos platos y allí también tenemos presencia de un inaguantable amigo vasco y fabricante de sanitarios Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
333 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 y algunas escenas de la película, como la comida y la sobremesa con los amigos o las recomendaciones de una oronda dama acerca de los benefi cios salutíferos del queso) y la crítica amable de una pequeñoburguesía que abordó el neorrealismo cinematográfi co español (de la mano de Ferreri o García Berlanga, faceta que nuestro autor también intentó en películas como El último caballo o Mi calle)14. Neville se obliga, en la película y en la comedia, a contar alternativamente el pasado efectivo y el pasado futurible, y por tanto adopta –en la película– dos focos de narración, el de Mercedes, que nos cuenta la vida que realmente ha llevado, y el de la adivinadora que le informa y nos informa de las cosas que hubiesen podido ocurrir en ese tiempo en potencia, en ese pasado, que al ser nonato, se convierte al fi nal en una posibilidad de futuro contante y sonante por la que se afana Mercedes con los ojos y los oídos bien abiertos para cuando vuelva a repetirse el azar. En el prólogo ya mencionado refi ere Neville que la película se rodó con escasos medios y con peor distribución, por lo que sólo duró once días en cartel, a pesar de merecer el “Premio del Círculo de Escritores Cinematográfi cos al mejor argumento”. “La crítica –añade el interesado– reconoció virtudes en el guión pero empezó a poner pegas a las circunstancias menores llamado Mendicarrita, que tendría su correlato en el Arribachu de la pelìcula y de la comedia. Y hasta se hacen referencias –como en la versión teatral– a alguna pelìcula de moda, como Rebeca de Hitchcock. 14 En una “defensa” de su cine que se publicó en el num. 305 de la revista “Primer Plano”, de 27 de octubre de 1946, Neville reconoce entre líneas que la película que ha estrenado el año anterior –La vida en un hilo– podría encajarse dentro de “la alta comedia”, modalidad importada de Hollywood que para su acomodo entre el público español “necesita de una clase media muy varia y muy pintoresca para que el público acepte que les puede ocurrir las aventuras extremas que forman generalmente el nudo de los mejores argumentos”. De todas maneras la primera década de posguerra se abre y se cierra, en teatro, con dos admirables ejemplos de “alta comedia hollywoodense” a nuestro modo de ver: Eloísa está debajo de un almendro y Celos del aire. En el mismo lugar reconocía a continuación Neville que se encontraba mucho más cómodo en el costumbrismo asainetado, recreando “el ambiente, el espeso ambiente de cada época, los ademanes, las costumbres y las frases de los personajes”. Se refi ere sobre todo a su película también de 1945 Domingo de carnaval, fi lme en el que quiso “traer por primera vez, a nuestra pantalla, el mil novecientos diecisiete barriobajero”, con una acción que transcurre en el Rastro madrileño que tan bien describió su maestro Ramón Gómez de la Serna; en otro lugar se relaciona esta película con la pintura de Solana, el esperpento y hasta los cartones de Goya, y se la describe como “sainete madrileño en el que se entrelaza la intriga de un asesinato”. Y bien cierto es que Neville supo defender –en 1944– el sainete como “una forma natural de expresión española, un venero de vida y de fábula con calor humano”, que nunca debe confundirse, advierte Edgar, con el “tipismo barato” o el “casticismo trasnochado” (“Primer Plano”, num. 216, diciembre de 1944). CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
340 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 envite– la procura Neville en los dos epílogos fi nales de ambas versiones. De forma más inmediata, cerrando coherentemente el marco del “viaje” en el que ha encajado su relato cinematográfi co, en la primera versión; y de un modo más dilatado, jugando con la situación hasta casi su agotamiento, en la versión teatral del 59. En el fi lm Mercedes desciende del tren y se despide de su curiosa acompañante de una noche de ensueños que hubieran podido ser, con el gusanillo de la oportunidad perdida y sintiendo que será prácticamente imposible que vuelva a cruzarse con ella, porque –aunque así fuera– le falta una cara que ponerle a ese destino perdido, una identifi cación que le permita agarrarlo de seguro (en la comedia la viudita tiene mayores arrestos y pone a la causante de su remota esperanza a la detectivesca búsqueda del “galán fantasma” que lleva la felicidad que dejó pasar un día…bajo la lluvia). Neville mueve con premeditación y alevosía el hilo del destino, lo acomoda a su conveniencia y economía de medios en las dos propuestas. En el tren que está llegando a Madrid –la película– Miguel Ángel vuelve a cruzarse en el pasillo con la mujer a la que parece estar predestinado; en el moderno inmueble de la capital –la comedia– el escultor tiene su estudio debajo mismo del coqueto apartamento al que se ha trasladado la joven viuda. En ambas opciones el destino –como el cartero– vuelve a llamar por segunda vez, y ahora sí se le abrirá la puerta. El destino, en forma de simpático artista, viaja en el mismo tren que Mercedes o vive a escasos metros de ella. En el fi lm Neville quiso ser todavía más coherente con la circularidad (como controlada casualidad) de la segunda vuelta: Mercedes busca infructuosamente un taxi en la estación de ferrocarril como años antes en la puerta de la fl oristería; Miguel Ángel le ofrece el suyo, que todavía Mercedes rechaza en primera instancia…para reconocer de inmediato al hombre que se le ha estado a punto de escapar por segunda –y defi nitiva– vez. Corrige el error del pasado con los mismos ingredientes del presente: es que aquel viaje –virtual– en el taxi hasta el estudio de Miguel Ángel, que la adivina le había hecho imaginar, ahora se hace tangible, y sobre él se sobreimpresiona el “Fin” de la historia. En la comedia Neville rebusca el efecto y acentúa la comicidad en el “reencuentro” de la nueva pareja. Pero lo hace a partir de un objeto/ recurso que curiosamente salía a relucir en el inicio de la película. Se trata de un objeto/símbolo de la sociedad aburrida y anticuada de provincias y un emblema del mal gusto disfrazado de horterada elegante: Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
341 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 el estrambótico reloj al que tanta estima le tenía Ramón27 y que Mercedes se ve forzada a trasladar a su nueva residencia madrileña antes que propiciar un disgusto en su familia política. Ese reloj es, tanto en la película como en la comedia, el emblema del tiempo viejo, gastado, que ha vivido Mercedes en el primer camino elegido; cuando decide tirarlo por la ventanilla del tren (al empezar la película) o por la ventana del apartamento (al acabar la comedia), la mujer está cerrando así una página de su vidaha concluido su tiempo de tedioy se dispone a estrenar un tiempo nuevo. Este simbolismo se explicita más aún en la comedia, porque el hecho de arrojar el reloj sirve de incidente/talismán para ponerle rostro e identidad concreta al Miguel Ángel virtual del sueño28. Con arrojar el reloj y hacer añicos un tejado de vidrio, la encantada y clausurada en su tiempo viejo, inservible, insatisfactorio, ha roto el sortilegio que la encerraba, y ha dejado la puerta abierta al destino… que nunca falta a la cita que tiene comprometida desde antes del tiempo cifrado en un horroroso reloj. Una propuesta que –desde el humor– busca alguna trascendencia que la envuelva en celofán de palabras sutiles: “No puedes torcer el curso del Destino. Sólo se retrasa a veces, pero inexorablemente hace aquello para lo que está destinado. Y tu Destino y el mío siguen juntos” (p. 211). El hilo del que depende la vida, y que nos parece tantas veces quebradizo, resiste el aburrimiento del Norte hasta que llegue el aire fresco del Sur. 3. DEL TEATRO AL CINE: EL BAILE. Fue también en el mismo año 1959 cuando Neville cerró el ciclo de sus transferencias entre cine y teatro, adaptando para la pantalla el que resultó, sin duda, el más celebrado de sus textos teatrales, El baile. Tal vez fue el intento de resarcirse de la incierta suerte que afectó a su anterior fi lm, La ironía del dinero29, lo que animó a Neville a actuar sobre seguro y hacer de su antigua y bien acogida comedia una nueva película en color30, la penúltima de su fi lmografía. Amén de que de ese 27 Así parece indicarlo el hecho de su aparición en primer plano en algunas secuencias del fi lm, sobre todo para ir marcando y separando los tres segmentos –mañana, tarde y noche– de un día, como casi todos, en el amplio y vetusto piso del Norte. 28 También lo subraya verbalmente el personaje Miguel Ángel cuando le comenta a Mercedes que “el tiempo ya no existe al quedarse sin reloj” (p. 209). 29 Coproducción con Francia, escrita y dirigida por el propio Neville, rodada en 1955, aunque no se estrenó –con la suerte de espaldas– hasta 1959, año de caras y cruces en la biografía artística de Edgar. Estreno que coincidió con el rodaje de El Baile. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
342 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 modo Neville traspasaba a su cine la historia que mejor había recogido y expresado algunos conceptos fundamentales de su fi losofía vital y de su cosmovisión literaria: el fastidio por el paso del tiempo y la nostalgia por recuperar lo ineludiblemente ido. Desde luego la debilidad de Neville por El baile está probada. En una entrevista de 1963 comentaba que la mayor emoción de su vida había sido el estreno de aquella comedia, y al hacer balance de su obra y seleccionar sus preferencias en el teatro y en el cine (incluyendo, por supuesto, la emotiva historia de Adela, Pedro y Julián) comentaba lo siguiente: “He escrito diez libros, diez comedias y he escrito y dirigido veinticuatro películas. Pero mi actividad preferida es la de autor, y mis dos obras predilectas en el teatro y en el cine son El Baile y Mi calle”32. Las opiniones críticas sobre El baile, como película, han sido diversas entre los últimos estudiosos del cine de Neville33 que han colaborado en diferentes publicaciones sobre el escritor y cineasta. Para Antonio Castro (123-124), por ejemplo, no pasa de ser “una comedia sentimental de muy limitado interés que apenas sirve de vehículo para el lucimiento de los tres protagonistas –Conchita Montes, Rafael Alonso y Alberto Closas– y cuya historia se desarrolla a lo largo de cincuenta 30 El baile ha sido, sin duda, la película más repuesta, y por tanto más vista, de Neville, aunque no sea para algunos críticos la mejor de su fi lmografía. En la ya referida encuesta de la revista Nickel Odeón sólo recibe diecisiete menciones. 31 Diez años más tarde de su transposición al cine, se realizó una nueva adaptación de este texto (reducida a 20 folios) para una lectura dialogada, cuyo texto se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. 32 Entrevista realizada por Julián Cortés Cavanillas. “Psicología de Edgar Neville”. ABC, 28 de abril de 1963. Hay que tener en cuenta que Neville está respondiendo a esa entrevista en una fecha en que las dos historias mencionadas, en sus respectivos y comunes soportes cinematográfi cos, eran lo último o casi lo último que había hecho en ambos frentes; eran entonces su actualidad artística. 33 Como obra teatral, la valoración de la crítica ha sido mucho más positiva: Sainz de Robles, por ejemplo, señalaba que El Baile era una “obra absolutamente excepcional por la humanidad enternecedora y poética de su tema, por su primoroso diálogo, pletórico de ingenio y de verdad, por la sencillez asombrosa de su técnica” (comentario inserto al frente del volumen que recoge el texto de la comedia dentro de lo mejor de la temporada teatral 1952-53, en el volumen correspondiente de la serie Teatro español contemporáneo de Ed. Aguilar, 1953, p. 15). Torrente Ballester (1957, 269) tenía que reconocer que Neville había demostrado “cómo puede escribirse, con nada, una gran comedia, siempre que este nada sea la vida”. Y el compañero de tantos vaivenes, López Rubio (1983, 34) reconocía, en ocasión de su recepción académica, que El baile fue una de las “comedias fuera de serie que se dan en un siglo y que, al cabo de los años, se convierten en clásicas”. Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
343 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 años”. Miguel Marías (188-189), por el contrario, revaloriza la película, rebatiendo algunas tachas adheridas a la cinta, como la de ser “teatral” y ”anticuada”. En cuanto a la acusación de teatralidad del fi lm, Marías advierte que el hecho de proceder la película de una obra teatral previa no la convierte indefectiblemente en un simple caso de teatro fi lmado, ya que en ningún momento “la cámara adopta una posición fi ja y distante, equivalente a la de un posible espectador”. En cuanto a que la película sea vista como una “antigualla” (ahora y en el momento de su estreno) Marías se apresura a aclarar que no se podía pedir a Neville –ni a otros directores más jóvenes de esos años cincuenta– rasgos propios de la Nouvelle Vague francesa34, que se iniciaba en aquellos mismos años; en compensación, el crítico al que glosamos apunta que El Baile tiene una serie de características que la mantienen viva aún hoy y que –dentro del segmento del cine español al que pertenece– es “evidente que en ese año [1959] no se rodó nada ni la mitad de moderno en su planifi cación, en su estructura narrativa, en su concepción de los personajes ni en su forma de dirigir a los actores...”, de quienes opina que “están prodigiosos, quizá como nunca. El ritmo no tiene un desmayo, el dialogo (no olvidemos que lo que más hacen es hablar) [es] de un ingenio permanente, aunando siempre brillantez y elegancia, romanticismo y sentido del absurdo, humorismo y añoranza”. Realmente El Baile, en sus dos versiones-teatro y cinees una comedia romántica y amable, sin excesivas pretensiones críticas y en la que no es fácil detectar la ironía y la acidez satírica de otras obras de Neville, como las utilizadas para retratar una determinada clase social, con sus formas de vida cursi y provinciana, que hallamos en La vida en un hilo. El mismo Neville dio por sentado en la autocrítica de la comedia (palabras que son perfectamente válidas para la historia fi lmada) que su obra “es, sobre todo, una comedia de amor… un amor sin tristeza ni disimulo que a veces se confunde con la amistad… Pasan las épocas, las edades y hasta las personas. Cambian modas, muebles y hasta el lenguaje. Pero el amor está allí, fi rme, ennobleciéndolo todo, llenando de poesía hasta las cosas más triviales, que es tal vez donde la lírica hila más delgado. Esto es, por lo menos, lo que he querido hacer en esta comedia, y no era poco el intento”35. Y la actriz Conchita Montes 34 Hacia 1958 aparece este grupo de realizadores procedentes en su mayor parte de los “Cahiers du cinema”, entre los que fi guran grandes nombres del cine francés de los sesenta como Godard, Truffaut, Chabrol, Rohmer, etc. 35 En Teatro español 1952-1953 (ed. de F. C. Sainz de Robles). Madrid, Aguilar, 1954, al frente de una edición del texto. Esta “autocrítica” se recogió luego en el volumen de Obras selectas de Biblioteca Nueva, 1969. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
344 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 (que representó el papel de Adela en el teatro y en el cine, y encabezó el reparto de la mayor parte de las películas de Neville) confi rma que esta obra se apartaba de cualquier propósito de zaherir comportamientos y costumbres y que su objetivo era bien diferente: “El Baile era otro tipo de cosas: una comedia sentimental que no pretendía ser más que un canto al amor. Y un canto al amor es perfectamente lícito ayer, hoy y mañana […] Con El Baile no se trataba de hacer ninguna crítica social ni lanzar ningún mensaje político”36. Y, a mayor abundamiento, la sinopsis del guión presentado por la productora “Carabela Films” (probablemente ante la censura) sintetizaba lo esencial de su contenido con esta frase, que lógicamente hay que pensarla escrita por Neville: “El Baile es, ante todo, un poema de amor y amistad”. Realmente ése es el tema central tanto de la obra teatral como de la cinematográfi ca. En ambas versiones se nos presentan por igual esos dos fundamentales sentimientos humanos, vistos a través del tiempo y con una evidente mirada cómplice y nostálgica que no sólo es evocadora de la belle epoque –tiempo en el que se inicia el desarrollo de la obra–37 sino que sobre todo expresa una gran añoranza por la juventud que se va con el fi nal de esa época. Esta idea se pone de manifi esto claramente en la antealudida sinopsis del guión cinematográfi co: “Toda la secuencia ocurre durante aquellos años [se refi ere a los “felices veinte”] y es como ellos, un poco de vodevil, un poco de opereta, mucha alegría, champagne y risas, porque además de ser un siglo muy joven, ellos tienen veinticinco años”38. 36 “Conchita Montes, la actriz de Edgar Neville”. Entrevista de Diego Galán recogida en el folleto Edgar Neville en el cine. Madrid, Filmoteca Nacional de España, 1977, p. 34. 37 En la primera didascalia del texto teatral se nos invita a que nos situemos en 1900; “estamos en 1925” se declara en la acotación que describe el escenario del acto segundo y el diálogo nos lleva a la conclusión de que el acto último se sitúa en 1950. En la película –fi lmada siete años después del estreno de la comedia– se reajusta un poquitín esa cronología, pero manteniendo las mismas elipsis temporales entre un tramo y otro: 1905, 1930 y 1955. 38 Curiosamente Veinte añitos se tituló la siguiente obra teatral de Neville (estrenada en el 54) y que interpretaron también Pedro Porcel y Conchita Montes. En ella, y sobre el doble referente del donjuán maduro (que aparece con frecuencia en la alta comedia decimonónica y llega hasta Benavente) y el mito de Fausto (“Faustina” se llama el principal personaje femenino, y el vicedemonio de la ocasión no quiere almas, sino joyas) se analiza el paso del tiempo sobre la estabilidad conyugal, el deseo (dudosamente posible) de recuperar un pasado que se marchó, una manera de ser que nunca se tuvo, para comprender que la única felicidad posible y plausible está en aceptar lo que se ha sido y lo que se es, sin forzar la máquina de la deslealtad a nosotros mismos, que nos Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
345 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 A diferencia de lo que se intenta en La vida en un hilo (reconstruir un pasado virtual como si fuese un futuro en potencia) en El Baile hay una búsqueda y un irrefrenable y necesario deseo de que retorne el pasado tan echado de menos, como tiempo y lugar en los que nació y vivió el amor y también la juventud y lo mejor de la vida de los protagonistas, lo que sin duda implica un fuerte sentimiento de nostalgia39. Este paseo por el amor y la amistad (con la sordina de la muerte) envuelto en la melancolía que implica el paso del tiempo, se desarrolla en tres “horas” distintas de la vida de los protagonistas, la hora de la juventud, la de la madurez y la de la ancianidad, y en cada una de ellas los personajes manifi estan las características que determinan esos momentos vitales: la alegría de la juventud, la resistencia, la contrariedad y el miedo a envejecer y la nostalgia por el ayer tan propia de los que peinan canas y disimulan arrugas. El paso del tiempo y sus efectos es un asunto argumental de importancia grande para Neville como se puede ver en esta obra (y en otras). En el guión fílmico mecanografi ado de la película puede leerse la descripción de una secuencia del fi lm, aquélla en la que, al inicio del segundo de los tres tiempos arriba establecidos (el que correspondería exactamente al segundo acto de la comedia) se nos ofrece un plano medio de Adela que está comenzando a maquillarse y que “se mira con ojo crítico y su expresión se va haciendo desolada al ver los estragos que ha causado el tiempo en su rostro; arrugas debajo de los ojos y dos líneas que corren desde la nariz hasta la comisura de la boca” (p. 57 del mencionado guión inédito). Esta desolación de Adela al comprobar pone –cuando menos– en el terreno del ridículo y, a poco más, en los límites del dolor. Neville prorroga, en esta pieza y en otras que vendrán a continuación, el motivo del amante maduro, pero en defi nitiva leal, que ya había dibujado en El baile. Esta sinopsis (sin paginar) se puede consultar en la Biblioteca Nacional de Madrid, y va acompañada del guión ya referido líneas arriba. 39 Todo el tercer acto de la comedia –y correlativamente el tercer tiempo de la película– saben combinar el ambiente de modernidad –desnudez del espacio escénico, registros expresivos de la nieta– con una intensísima melancolía del tiempo que fue de Pedro y Julián, y que ahora sienten que se les va de entre las manos. Por ello las mitades de ese acto y de ese segmento fílmico se empeñan en recuperar –a puerta cerrada, engañando la realidad del reloj– la atmósfera de medio siglo atrás, a lo que contribuye en no poca medida –en la escena y en el celuloide– el efecto crucial de la nieta (igual a la abuela, como dos gotas de agua, como lo pueden ser dos personajes encarnados por la misma actriz) descendiendo por la modernista e imponente escalera y vestida con la misma clámide blanca con la que ni su abuela ni ella irán a más baile que el que se desarrolle a nuestro ojos. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
346 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 el deterioro que el tiempo ha marcado en su rostro, nos recuerda las palabras del propio Neville incluidas en un artículo del diario “ABC” de 1951(cuando probablemente estaba ya concibiendo y madurando El baile) titulado justamente “El brillo en la mirada”. Se habla allí de la pérdida del resplandor de la juventud que es fácil observar cuando se comparan dos fotografías separadas entre sí por la elipsis de veinte años: “Lo que vemos principalmente son las huellas que ha dejado la vida en nuestra expresión, ese fondo de melancolía que dejan en el hombre los desencantos, sobre todo si es hombre de lucha...”40. Pasar una comedia del espacio escénico a la pantalla cinematográfi ca parece, en principio y salvadas las difi cultades extrínsecas más inmediatas, bastante más sencillo que la conversión “a contrario”, aunque ambas direcciones las recorrió Neville con gran acierto, en lo que infl uyó no poco el hecho de que el conde de Berlanga –en el caso concreto de El baile– había dirigido la puesta en escena (en el madrileño Teatro de la Comedia al inicio de la temporada 52-53) y siete años después el rodaje del guión que él mismo había elaborado: unos vasos comunicantes, homogeneizadores, que pocas veces se dan de forma tan manifi esta como fructífera41. Es evidente que las características de los personajes en las dos versiones están calcadas una de la otra, de modo que lo “justifi cado” por el autor para el reparto de la comedia vale igualmente para presentar el elenco triangular de la película: El Baile “sólo tiene tres personajes visibles, mejor dicho cuatro; no he querido con esto hacer ningún género de acrobacia dramática, es que no necesita más”42. Por consiguiente los cambios hechos en el guión sobre el inicial texto teatral son prácticamente imperceptibles. Hay algunas variaciones mínimas en la confor40 Este artículo, se ha recogido en una de las antologías de la ingente obra periodística de Neville: Las terceras de ABC. Madrid, Prensa Española, 1976 (selección de Rafael Florez). 41 A esa analogía tan cuidada entre teatro y cine pudo coadyuvar muchísimo la voluntad del director de contar con al menos dos de los tres actores que habían encarnado aquel peculiar triángulo en el escenario del Teatro de la Comedia. Conchita Montes y Rafael Alonso, que habían dado vida a Adela y Julián, lo hicieron a su vez en la pantalla; el único personaje que cambió su aspecto del teatro al cine fue Pedro, el marido, interpretado en el escenario por Pedro Porcel y en la pantalla por Alberto Closas, actor que había llegado a España en 1955 y que ya había conseguido cierta fama en películas de esos años como Muerte de un ciclista o Distrito V. 42 De la “Nota Autocrítica” de Neville a esta obra, recogida en la Obra Selecta de Biblioteca Nueva (p. 33). El “cuarto personaje” no es otro que la nieta Adela, papel que bisaba la actriz Conchita Montes. Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
347 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 mación de las frases que en ninguna manera cambian el sentido de las mismas, ni por supuesto el más general de la obra. La estructura de la comedia se mantiene en el fi lm con muy pocas variaciones, salvo la inclusión de algunas escenas imposibles de representar en el teatro y que amplían la perspectiva y la mirada, pero no la esencia del tema, puesto que lo que se rueda son nuevas imágenes y no nuevos diálogos; salvo en una ocasión: en la secuencia penúltima de la primera parte del fi lm, que se corresponde exactamente con el primer tiempo/primer acto de la comedia. Allí el primero de los dos diálogos confi denciales entre los esposos que se ofrecen en la obra teatral (el segundo lo será en el acto siguiente) se presenta algo diferente. En la película del 59 se alarga y se profundiza en la intimidad amorosa del matrimonio, ya que Pedro quiere recuperar el protagonismo del esposo y del amante por el que ha temido unos minutos, ante las reticencias mostradas por Julián y el interés de Adela por asistir a toda costa a un aristocrático baile de máscaras, aduciendo su afi ción al juego de dejarse admirar y hasta cortejar. El diálogo en cuestión va fl uyendo en la película casi copiado de la comedia hasta que el matrimonio entra en su alcoba (en el teatro no se mueven jamás del salón decorado al “modern style”). Entonces Neville alarga la escena cinematográfi ca con un toque de erótica intimidad que en ningún momento llegaba a producirse en la comedia. Pedro invita a su mujer a quedarse en casa, a no ir al baile anunciado (y que justifi ca el título de la obra) y las escasas y anodinas frases que se cruzan –en el escenario– los dos personajes antes de que vuelva a la casa el enfadado Julián, se cambian en el guión preparado para el fi lm por este diálogo encaminado claramente a desembocar en una apasionada escena amorosa –abrazo y conato de beso de por medio– que de nuevo resulta abortada por la llegada, más inoportuna que nunca, del inseparable amigo (transcribimos directamente de la cinta fílmica): PEDRO.- Podemos quedarnos un rato y cenar ligeramente; bebernos nuestra mejor botella de champán, reposarla y luego, a las doce, hacer nuestra aparición en el baile. ADELA.- Diciendo que acabamos de dar la vuelta al mundo en ochenta días. PEDRO.- Pero mujer, si a ti precisamente te brillan mucho más los ojos después de beber champán. ADELA.- ¡Ah!… ¿Y para eso hemos ofendido a Julián y le hemos dejado que se vaya?: ¡para luego darle la razón y no ir al baile! PEDRO.- Pero ¡por favor!, no me hables de Julián en este momento… ¿Qué decías? CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE
348 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 ADELA.- Lo de la vuelta al mundo en ochenta días… PEDRO.- ¡No, mujer!: algo mucho mejor; algo que había logrado crear un clima…¡Ah!, si lo decía yo mismo: era algo así como… como que con el champán se te ponen los ojos con… ADELA.- ¿No será con un fulgor extraño? PEDRO.- ¡Eso es! (Pedro intenta besar en los labios a su mujer, a la que tiene muy cerca de sí, pero el antifaz que lleva Adela en la mano se interpone entre sus caras y sus bocas). PEDRO.- Pero mujer, quita ese antifaz de aquí, que me lo metes en los ojos. ADELA (entregada).- Anda, vete a buscar el champán. Vamos a ver qué hora es… Y cuando la escena se promete de dulce… se oye en off el portazo y el grito de Julián, haciendo trizas todo el clima. Neville sabía muy bien las diferencias expresivas entre el cine y el teatro y las posibilidades que la cámara puede dar y que no da la escena. Así el notable director de cine que también fue Neville sabe de la operatividad de la cámara cinematográfi ca que permite acercar al espectador hasta las expresiones no verbales de los actores, expresiones que quedarían mucho más difuminadas en el amplio y alejado marco de un escenario. La cámara y su encuadre entregan al espectador de cine lo que es casi imposible representar ante el espectador de teatro, incluidas las posibilidades sémicas de los primeros planos de los actores fotografi ados por la cámara y que nos permiten percibir y matizar la mostración de unos sentimientos que no tienen explícita codifi cación verbal en el plano general –sin zoom posible– con que se focaliza la escena desde la platea. Así los rostros de los esposos, en la secuencia transcrita parcialmente en el párrafo anterior, o el dramático momento –segunda parte de la cinta– en el que Adela conoce el fatal diagnóstico de su enfermedad que le ha querido ocultar su marido. En esta segunda secuencia fílmica no se añade ni una sola frase nueva a lo ya escrito en 1952, pero los planos que muestran los sentimientos plasmados en el rostro de la actriz, acompañada tan sólo de un fondo musical, añaden la fuerza y la sensibilidad necesarias para comprender, mejor aún que en la representación de la comedia, la situación planteada43. 43 Sólo un acertado trabajo interpretativo de la actriz encargada del personaje puede llenar de pleno sentido –en la media distancia del escenario y sobre todo en la gigantesca cercanía de la pantalla– lo escueto de la acotación textual: “Abre el cajón y saca el sobre del médico; como no encuentra otro, lo va a utilizar, pero el membrete le Mª ÁNGELES RODRÍGUEZ SÁNCHEZ - GREGORIO TORRES NEBRERA
349 CAUCE, Revista Internacional de Filología y su Didáctica, nº 28, 2005 Algunas de las acotaciones insertas en los dos textos –comedia y guión de la película– tienen en ambos casos el mismo cometido: facilitar los cambios temporales que se suceden en la acción, aunque hay que señalar que las observaciones del guión son mucho más amplias y matizadas, en cuanto que sustentan la intención modifi cadora o amplifi cadora que el Neville director de cine incorporó en la propuesta de 1959. Una de esas acotaciones, por ejemplo, presenta un elemento de la puesta en escena fílmica que no fi guraba en la escenografía teatral, sencillamente porque la perspectiva que importa en el fi lm hubiese sido inoperante en la escena. Es del comienzo de la película: 16Un ayuda de cámara ha abierto la puerta de la escalera y por ella entran ADELA y JULIAN.Se acercan hacía la cámara, que retrocede en TRAVELLING y luego la PANORAMICA enfoca una escalera como la de la actual Sociedad de Autores, que es una pura voluta de humo, que sube hacia el dormitorio44 Jorge Gorostiza (207) señala que esta gran escalera curva art noveau es “la aportación escenográfi ca más importante de la película con respecto a la obra teatral”45. La referencia al edifi cio de la Sociedad de Autores que fi gura en el guión tampoco es una anotación casual y superfl ua, ya que en las primeras secuencias del fi lm Adela y Julián salen llenos de paquetes de una supuesta tienda, cuya fachada no es otra que el modernista palacete que alberga la sede de la S.G.A.E, en la madrileña calle de Fernando VI. Otros cambios aportados por la versión fílmica al texto teatral previo son las tres secuencias iniciales que funcionan a modo de rápida obertura de las tres partes del fi lm (calco directo de los tres actos de la comedia) y en las que se van mostrando diversas imágenes del “paseo de coches” del Retiro madrileño, con unos cambios de vestidos, actitudes y –sobre todo– vehículos más evolucionados (desaparecen los troncos de caballos y se dejan ver nuevos modelos de automóviles), o incluso en los divertimentos de los que por allí pasan –el pintor se hallama la atención, saca el diagnóstico y lo lee. Se queda como una muerta; sólo su expresión cambia en su cuerpo inmóvil. Oye algún ruido, pues vuelve a meter el papel en el sobre y a dejarlo donde estaba. Lentamente rompe la carta que había escrito y luego va a un espejo, donde se mira y se observa largamente hasta que llega Pedro” (p. 126). 44 Pág. 3 del mencionado Guión mecanografi ado de El Baile. 45 En el mismo trabajo Gorostiza señala que aunque fi gure como director artístico Enrique Alarcón “se puede aventurar que el diseñador de esta llamativa escalera fue el gran –en todos los sentidos– artista Santiago Ontañón que fi gura como ambientador”. CINE →→ TEATRO →→ CINE: LOS VASOS COMUNICANTES EN EDGAR NEVILLE