La filosofía en forma: el fondo metafórico
Full text
Literalness is desirable but... Th. S. Kuhn A modo de exergo de esta reflexión, quisiera hacer un doble recordatorio de la antigüedad clásica. Por un lado, se ha de recordar que Platón, después de haber demostrado que la verdad no puede ser aprehendida por medio de los sentidos corporales, sino mediante el empleo de la mente en la forma del pensamiento puro e inadulterado, deja decir a su alter-ego socrático que lo divino es apto por naturaleza para mandar y dirigir, mientras que lo mortal lo es para ser mandado y servir1. Por otro lado, hay que acordarse de que para Aristóteles la cosa más grande con diferencia era ser dueño o maestro de la metáfora, pues ésta ni se puede enseñar ni aprender, siendo, como es, señal distintiva, auténtica divisa, del genio, por lo que los esclavos no pueden permitirse su empleo2. Rorty3piensa que preguntarse por cómo funciona la metáfora es preguntarse por cómo opera el genio, añadiendo que si esta pregunta fuera susceptible de respuesta, entonces el genio sería superfluo. Sin embargo, la filosofía en su ilusión de transparencia, en su fototropismo, también pretendió iluminar la metáfora. Pero, antes al contrario, el resultado del baño de luz fue la oscuridad. La metáfora era algo opaco que sólo veladamente designaba a la realidad. Aclarada la oscuridad de la metáfora, la filosofía podía ofrecerse ella misma como la luminosa alternativa a la metáfora. Lo dicho por la metáfora no era más que algo oblicuo que para alcanzar un sentido recto requería LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 ISSN: 1575-6866 La filosofía en forma: el fondo metafórico José A. MARÍN-CASANOVA 267 1Cfr. Fedón, 66a. 2Cfr. Poética, 1459a 5-8, y Retórica, III, 10-15. 3Cfr. Richard Rorty, Objetividad, relativismo y verdad, Barcelona, Paidós, 1996, p. 236.
de traducción. Esa necesaria traducción la ofrecía la filosofía, que así se podía presentar como el decir propio. Concibiéndose como el decir propio la filosofía se apropiaba del decir. Sólo la filosofía podía expresar la cosa misma. Sólo la filosofía era ortodoxa. Sólo la filosofía podía redimir la heterodoxia discursiva de la metáfora. Así se explica que la maldición platónica de la metáfora haya sido dominante en nuestra tradición científica occidental. El afán de transparencia conseguía con ello su máxima distancia respecto de la metáfora. Se pensaba que lo metafórico jamás actúa sobre el conocimiento: la metáfora nunca efficit un pensamiento, todo lo más, llegado el caso, afficit un pensamiento. Y es que la metáfora no era condición necesaria de la filosofía, sino sólo una qualitas contingente. La filosofía alcanzaba su quidditas en el intento de negación y superación de la metáfora. Ese intento ha corrido paralelo al sueño del lenguaje perfecto. La filosofía encarnaba ciertamente la repetición del gesto adánico, la onomathesis, que atribuía a cada cosa el nombre que el hombre le diera según su propia naturaleza. La mathesis filosófica era el antídoto contra la confusio linguarum. El filósofo era el nomoteta, el primer creador del lenguaje, del lenguaje natural natural en el sentido no físico, sino metafísico del término. El filósofo nos retrotraía a esa situación prebabélica, en la que tras el Diluvio, como nos relata el Génesis, toda la tierra tenía un solo lenguaje y unas mismas palabras. El filósofo era el medium que sobreponía al hombre del castigo divino de la diferenciación del lenguaje, de la desgracia de la multiplicidad de las lenguas4. La confusio venía entonces a entenderse como una suerte de felix culpa, más felix, desde luego, que culpa, casi sólo felix, pues, habiendo recibido el don de Adán, no es que disfrutara el filósofo del poliglotismo, de una xenoglosia, de la facultad mística de hablar muchas lenguas distintas, sino de algo aún mucho mejor, de una auténtica glosolalia, de la locura divina de hablar una lengua extática, comprensible de modo evidente (para el iniciado, para el poseedor de la mirada adecuada) en tanto que expresaba la realidad en su transparencia: la cosa misma. Ésa es la soberbia con la que el filósofo ha ejercido de redentor de la humana soberbia. Lo curioso de este avatar intelectual de la metáfora es que la propia retóJosé A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 268 4El autor de Le forme del contenuto (1969) y de The Scandal of Metaphor (1983) ha llamado todavía recientemente la atención sobre el hecho de que la tradición haya seguido la maldición babélica y no haya tenido en cuenta el capítulo anterior del Génesis, el décimo, cuyas virtualidades son explosivas, pues ahí se sugiere la división de las lenguas no como castigo, sino como una tendencia natural, de modo que la lengua madre no habría que entenderla como la lengua única, sino como el conjunto de todas las lenguas (cfr. Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1994, pp. 19-21).
rica clásica fiel a su laya restreinte, por usar el conocido epíteto de Gérard Genette ha participado de esta misma devaluación de la metáfora. La concepción clásica de la metáfora se rendía a la soberbia filosófica reconociéndole un papel meramente ancillar. Desde Aristóteles hasta César Dumarsais y Pierre Fontanier pasando por Ludovico Castelvetro y Dominique Bouhours, y con la relativa excepción de la tradición humanista de la que Vico es epígono y más alto exponente, la metáfora ha sido entendida al modo intelectualista. Así, muy lejos de proclamar el carácter esclarecedor y cardinal de la palabra metafórica, el valor de la metáfora como prius de la scientia, la metáfora imperante a lo largo de los siglos era una metáfora racionalista, que aceptaba su papel subordinado respecto de la ciencia, como simple instancia estilística destinada al adorno, en tanto que embellecimiento extrínseco, de la expresión. El maximalismo antimetafórico de la mathesis imperaba en el seno de la propia retórica. De modo que la tropología aceptaba y hacía suya la división entre lo auténtico y lo trópico. La metáfora venía a tener un estatuto relativo y negativo: su campo de atención se extendía allí donde la expresión se hacía oblicua e impropia, allí donde el pensamiento no se expresaba con la rectitud propia de lo científico ora para regar la aridez de la ciencia complementándola estéticamente, estilizándola, ora para contener también en su acepción de reprimir esa facultad no intelectual caracterizada por el gusto o el ingenio. El radicalismo antimetafórico no se daba cuenta de que lo propio, en último término, era a su vez algo derivado, de que la distinción entre recto y trópico, en vez de ser natural o genuina o evidente, era fruto ella misma de una interpretación, de que la noción de significado literal era una noción híbrida, de que un significado, de entrada, no era ni literal ni no literal. Se hacía caso omiso de que digámoslo con Michele Prandi5: El concepto de literalidad supone la relación entre un significado y un mensaje; por lo tanto, no se aplica más que a una interpretación. Se ignoraba que la autenticidad, aun cuando no lo parezca, es auténticamente artificial, un artefacto, una obra de arte, que, como tal, pertenece naturalmente no a la naturaleza, sino a la cultura, a un ámbito específicamente humano, a la especie humana. Y es que la base nuclear de la tropología clásica, la noción de sustitución, gracias a la cual la filosofía se presentaba como el grado cero de la metáfora, como la transparencia discursiva por antonomasia, dista de ser ella misma transparente. La presunta distinción entre decir filosófico y decir metafórico era a su vez una distinción metafórica. Ésa era la opacidad de la transparenLOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 269 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 5M. Prandi, Gramática filosófica de los tropos, Madrid, Visor, 1995, p. 162.
cia filosófica. En efecto, si la iluminamos, lo que encontramos es que la filosofía pretendía no estar por nada, no sustituir nada, sino exhibir la cosa misma, pues era el lenguaje que había eliminado toda forma para expresar el contenido auténtico o el fondo propio del ser, su fundamento. Pero si esta operación no era transparente, si la propia literalidad aparece como literaria, estamos si lo juzgamos con las categorías literalistas de la filosofía ante una metáfora, la metáfora inaugural de la filosofía. En efecto, la filosofía, que se presentaba desde sus orígenes como el lenguaje que se correspondía o adecuaba a la naturaleza de las cosas, sometiendo cualquier otro lenguaje, a la fuerza más impropio, a su imperio, condenándolo a la condición de artificio, procedimiento o forma, introdujo el artificio, procedimiento o forma de distinguir la forma del contenido. Ella venía a ser la forma no formal, la forma que tenía hilo directo con lo que las cosas son, contacto inmediato con el fondo de la realidad. Ella proporcionaba el fondo de lo real. Ese fondo era para la filosofía un fondo independiente de la forma. Era ésta, tal y como nos recordó Perelman6, la forma, propia de la filosofía, de disociar ciertos elementos irrefragables del conjunto de nuestras creencias, éstas imperfectas y perfectibles (las simples opiniones), aquéllos perfectos e imperfectibles (las opiniones que no son opiniones porque son ciencia). Todo lo que no llevase a la transparencia era recusado como forma o procedimiento. Era el caso del matemático que tras asistir a la representación de una tragedia preguntó por lo que eso probaba. De esta injustificada disociación para presentar como cosas distintas y así privilegiar el fondo sobre la forma, haciendo caso omiso de las condiciones de percepción y de expresión lingüística del conocimiento, arrancaba la vieja acusación de raigambre platónica que ella misma interiorizó de la retórica como procedimiento, relegándola a la mera forma, al lugar de lo que no sólo no proporciona ningún conocimiento, sino que, antes al contrario, lo entorpece u obstaculiza. En efecto, el mito de la caverna fue el mito auroral de la filosofía, el mito que se alzó contra los mitos. Platón excavó el procedimiento retórico con el que acabar con todo procedimiento retórico. La astucia platónica, su oculta metáfora, consistió en sustituir los mitos mediante un único mito: el mito que no era mito, porque era filosofía. La pluralidad, es decir, lo propio de los relatos, era errónea, la unicidad o universalidad, es decir, lo propio de la filosofía, era verdadera. Así, se impuso el gran relato, el metarrelato filosófico como LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 270 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 6Cfr. Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, Traité de largumentation, cit., III, chapitre IV; C. Perelman, Lempire rhétorique, cit., chapitre XI; y L. Olbrechts-Tyteca, Le comique du discours, Bruxelles, Editions de l´Université de Bruxelles, 1974, VIII.
cantar de los cantares, cuya misión era acabar con las sombras de la cueva, con las opiniones y creencias transmutando la conciencia en ciencia, la metáfora en idea. La sombría retórica se hizo luminosa filosofía y se pasó de la heterodoxia a la ortodoxia. Desde entonces el estilo filosófico consistió en carecer de estilo, en negar no ya que pudiera haber estilos en filosofía, sino en afirmar la filosofía como decir sin estilo. Ahí ciertamente residía la falta de estilo de la filosofía, su estilo dogmático, el oscurantismo de la filosofía como iluminismo. Ya lo dijo Adorno precaviéndonos del Jargon der Eigentlichkeit des Reinlichen und Säuberlichen, el cual porta la huella de un orden represivo: para el instinto del purismo científico cualquier emoción de la expresión en la exposición amenaza una objetividad que, previa deducción del sujeto, saltaría afuera, y con ello la pureza de la cosa, la cual probaría su eficacia cuanto menos confiase en el soporte de la forma, aun cuando ésta tiene precisamente su propia norma en ofrecer la cosa pura y sin forro. En la alergia frente a las formas como meros accidentes, el espíritu científico se aproxima al intransigente dogmático7. El recelo frente a la ambigüedad constitutiva de las palabras es el síntoma de la alergia a la pluralidad, a la diversidad. El ideal filosófico aspiraba a la descripción única del mundo, pues si era verdadera, la descripción sólo podía ser una. Una expresión sólo podía tener un solo sentido verdadero. Y eso era lo importante, el sentido y no las palabras. Es el pensamiento lo que cuenta, lo que dura y da poder, las palabras pasan y no dejan huella. La impronta exclusiva lo es de la Palabra en superlativo singular. De Platón a los primeros Wittgenstein y Heidegger o el mismo Ortega y Gasset se repite el mismo afán de pureza, de distinción entre verdad e influencia, entre el decir y el hablar, entre la Palabra y las palabras. El propio Nietzsche huía del parloteo, del Geschwätz, y todavía Barthes ansiaba una écriture sans style, y Habermas y Apel siguen anhelando una comunidad ideal de diálogo en la que el speech act encuentre una transparencia sin obstáculo. En todos ellos encontramos el mismo afán de ir más allá del lenguaje, de las palabras, de escapar de las debilidades humanas de las que, según decía Kant8con desLOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 271 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 7Theodor W. Adorno, Der Essay als Form, en Noten zur Literatur (Gesammelte Schriften, Bd. II), Frankfurt a. M., Suhrkamp, 1984, pp.11-12. Ya en 1939 el editor parisino Alcan publicó Esquisse dune Philosophie des valeurs donde el gran valedor del pluralismo Eugène Dupréel denunciba la remisión filosófica a la necesidad, a lo que puede ser sólo de una manera, como ejercicio de humillación (cfr. p. 24). 8Para Kant la retórica según advierte en la primera nota infrapaginal del §53 de su Kritik der Urtheilskraft se eleva en tiempos en que el Estado corre a la ruina y se pierde la verdadera manera patriótica de pensar, pues es el arte de emplear las debilidades de los hombres al servicio de las propias intenciones. Ello hace que que no sea digna de ningún respeto.
precio, se sirve arteramente la retórica. Pero esta es una retórica muy bonita, la retórica de la antirretórica, que quizá no pretenda otra cosa que hacer callar, que impedir la conversación, que ponernos en contacto con aquello ante lo que no cabe la discusión, con la cosa inhumana y absoluta que está allende la humana contingencia y relatividad. El ad res antimetafórico tiene visos de imperativo militar que uniforma a los interlocutores forzándolos a abandonar su vestidura particular: el encuentro propicio con la verdad desnuda exige la humillación de la propia desnudez. El panóptico totalitario no ande tal vez muy lejos de esa pretensión uni-dimensional, uni-versalizadora, de la caída en la tentación arquimédica de encontrar un punto de fuga absoluto, de abandonarse a algo definitivo que nos dirija desde arriba. Ésa es la tache aveugle de la que habla Derrida9, que hace que la filosofía haya ignorado su propia metafórica, que hace que en su deseo de transparencia haya tenido que presuponer algo no transparente; a saber: que la realidad es una estructura unificada, atemporal e inmutable, eterna, de la cual una lógica perfecta pudiera dar una descripción perfecta, inmediata y directa, no influida por la propia circunstancia de tiempo y espacio del descriptor. Era presuponer el dogma de lo que Parry llamó la immaculate perception10. Éste parecía ser ciertamente el requisito inexcusable para establecer una correspondencia no mancillada entre lo dicho y lo real, un dogma sin el cual no era posible lograr una mirada no interpretativa del referente. En efecto, para sostener que la verdad es anterior y exterior a su expresión lingüística era necesario, aunque no transparente, presuponer una correspondencia no problemática entre la interpretación y su referente, entre la proposición y la realidad, y así poder comprobar esa correspondencia. Con lo que, de un lado, la realidad tendría que ser estable y autosubsistente, autoidéntica, habría un referente único y unívoco, y, de otro lado, la percepción de ese referente sería directa y neutra, objetiva, pues accedería neutralmente al propio referente. La interpretación permanecería entonces separada de lo interpretado y, por consiguiente, al no ser parte significante del referente interpretado, no sería propiamente interpretación, sino contemplación en su extática transparencia de la cosa misma. Ésa era la metáfora del conocimiento como sola clase unificada y limitada a subsumir en progreso indefinido los resultados objetivos LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 272 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 9A la ignorancia filosófica de su propia mitología Derrida la denomina mythologie blanche (cfr. J. Derrida, La mythologie blanche. La métaphore dans le texte philosophique, Poétique, 2, 1971, pp. 1-52, recogido posteriormente como capítulo de su libro Marges de la philosophie, Paris, Seuil, 1972, pp. 247-342). Esa retirada filosófica de la metáfora es tematizada años después en Le retrait de la métaphore, Poésie, 7, 1978, pp. 103-126. 10 Cfr. David M. Parry, The Aesthetic in Vico and Nietzsche, New Vico Studies, 9, 1991, pp. 29-42.
que neutralmente se fueran ganando. Ésa era la lógica transcendental propia de la filosofía como mathesis11 antirretórica. Así era, el lenguaje perfecto se suponía uno y terminado desde el origen, pues representaba todo el entorno lógico posible, el universo de todo lo decible. Era una retícula que de antemano poseía la forma o fórmula de todos sus contenidos, los cuales, rellenando sus celdas existentes a priori, no la modificaban en nada. Cambiaban los contenidos del lenguaje, pero éste, como el hamletiano Horacio, mantenía inalterada su pureza: jamás se inmutaba. Esto era lo propio de todo proyecto filosófico en tanto que antimetafórico, puesto que estaba persuadido de que lo lógico no tiene historia, de que es siempre lo mismo, siendo misión de la filosofía hacer explícita esa lógica esquemática, ese núcleo de posibilidades permanente y neutro, trasfondo de toda auténtica actividad intelectual. La filosofía tenía como ideal su sedicente realidad de ser un lenguaje perfecto, que reflejaba el orden natural de las cosas, un orden previo a su expresión, el contenido de lo real. Había una realidad que ante la mathesis filosófica se imponía evidentemente, tal como era: la transparencia revelaba la cosa misma. Y esto era presuponer que la mathesis agotaba la totalidad del ámbito de lo decible, que el espacio lógico estaba dado de antemano y se reducía a la mathesis. Conocer era consiguientemente proyectar con una luz anterior al sujeto cognoscente un objeto asimismo anterior al conocimiento: el conocimiento era el término medio, el medium, que desaparecía al poner en relación al humano con la verdad extrahumana, con la cosa misma. Si hay progreso en el conocimiento, se pensaba, éste reside meramente en pulir la lente de modo que se pueda ampliar el campo de la transparencia y así lograr nuevas facetas del ser. Jamás se trataba, según esta interpretación, de interpretar: el conocimiento interpretativo se tenía por una contradicción en sí mismo. El conocimiento, si verdadero, si científico, jamás interpretaba, transparentaba. Con lo que quedaba despojado de todo adorno trópico; y es que el suyo era un espejo que en su clara luna reflejaba ni más ni menos que la objetividad de la cosa misma, la verdad sin velos, la realidad LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 273 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 11 Se apelará en principio a lo matemático en el sentido griego original de tomar conocimiento de, que, como recuerda Heidegger, no se limita sólo a lo numérico: lo numérico tiene obviamente que ver con lo matemático, pero no porque lo matemático sea numérico, sino, a la inversa, porque lo numérico es matemático. De modo que sería una sinécdoque de la especie por el género el confundir sin más lo numérico con lo matemático. Otra cosa, aunque nada casual, es que en la modernidad la mathesis por antonomasia sea la numérica, es decir, las matemáticas (las observaciones heideggerianas en torno a lo matemático y su origen platónico y aristotélico son hechas con ocasión de aclarar la filiación genética de la mathesis universalis kantiana en M. Heidegger, Die Frage nach dem Ding. Zu Kants Lehre von den transzendentalen Grundsetzen, Tübingen, Niemeyer, 1962, Teil I, B).
en toda su desnudez, es decir, aquello que inevitablemente arrebataba al que la veía sin poder ofrecer ante semejantes encantos y embelecos resistencia alguna. Tal era el apremio, la contundencia y necesidad del desnudo integral de lo que es más allá del espacio y del tiempo, de lo que está allende la geografía y la historia, de la verdad eterna y universal12. Y, por definición, la verdad sólo podía ser una verdad eterna, si era una verdad preexistente y resistente a los que la conocían, si era una verdad que salía al encuentro, accesible sólo viéndola, teóricamente, siendo, como era, una verdad que estaba ahí, cuya contemplación dependía exclusivamente de la capacidad del que estuviese dispuesto a verla, pues ella permanecía objetivamente idéntica para todo el mundo, al margen de toda forma13. Ese LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 274 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 12 Eugène Dupréel ha visto como nadie la conexión entre las nociones de metafísica y necesidad. En un ensayo pionero de hace casi setenta años analiza esta categoría de toda pensée systématique, que es la plus ancienne ou de plus haute noblesse, toda vez que la déduction fondée sur la nécessité logique reste lexpression définitive de la verité possédée. Y es que cest sur la nécessité seule que va reposer la valeur de la connaissance. On décidera en effet quune affirmation est lexpression même de la nature de notre pensée dès quon aura reconnue comme universelle lorsquelle est nécessaire. De modo que la philosophie devient linventaire des vérités universelles et nécessaires (cfr. E. Dupréel, De la nécessité en Archives de la Societé Belge de Philosophie, fasc. 1, 1928; retomado en Essais pluralistes, Paris, Presses Universitaires de France, 1949, y reimpreso en en Alain Lempereur (edit.), Lhomme et la rhétorique, Paris, Librairie des Méridiens Klincksieck et Cie, 1990, pp. 17-53). 13 Ahora bien, esa verdad sólo puede ser así, como Rorty ha recordado, si presuponemos, aun cuando ello sea sin saberlo, como era el caso de M. Jourdain, que el mundo está creado por un ser personal y dotado de un lenguaje propio cuya expresión literal es precisamente el mismo mundo, el cual se recorta en hechos autosubsistentes que son expresados por la verdad que los representa en su adecuación a ellos. Y las cosas puede que sean así, lo presupuesto podrá ser cierto, pero, desde luego, no se ampara en ninguna evidencia transparente. Junto a este conocido Leitmotiv contingentista de Richard Rorty del que aquí me estoy haciendo eco, quisiera que se tuviera en cuenta lo que ya en 1982 había afirmado Leszek Kolakowski, Si Dios no existe..., Madrid, Tecnos, 1985, pues persiguiendo un objetivo distinto el polaco anticipa lo dicho por el americano: No es inconcebible que el universo sea similar a la imagen que nos hacemos de él, ni que el espíritu de Dios flote sobre las aguas. Pero si ése es el caso, no podemos saberlo con ninguna certeza (p. 67). Esto significa que sólo es posible el uso legítimo del concepto verdad, o la creencia de que puede incluso predecirse justificablemente la verdad de nuestro conocimiento, si suponemos que existe una Mente absoluta (p. 83). Y sobre el carácter no simple sino derivado de la mathesis universalis valga esta cita: Los intentos de captar lo Inmutable en el flujo de los cambios se extiende de manera actual sobre el propio lenguaje. De ahí la añoranza de un paraíso lingüístico perdido, la tentación de redescubrir, tras la variedad de los idiomas vernaculares, accidentales, el lenguaje por excelencia, la lengua original que precedió a Babel (pp. 182-183). La recusación del método cartesiano como purgatorio, como perspectiva teológica, permite, a su vez, a Perelman el emprender una lúcida defensa del pluralismo (cfr. C. Perelman, De levidence en métaphysique en A. Lempereur, op. cit, pp. 55-67, pp. 66-67; ver también E. Dupréel, Essais pluralistes, cit., passim).
lenguaje mathético se distinguía así por su máxima potencia traductora, cualquier enunciado natural podía ser transcrito matemáticamente: la matemática no conocía opacidad expresiva alguna, sus conceptos alcanzaban a transparentar todo. La Característica Universal, valga la leibniziana antonomasia14, era capaz de analizar y reconstruir artificialmente los lenguajes naturales se suponía que ese artificio era máximamente natural: cualquier expresión natural había de ser transcribible a la nueva característica, la cual representaría nuestros pensamientos verdadera y distintamente, los cuales a su vez representarían las cosas tal y como son. Lo que no era pensamiento característico, lo que no era concepto, era mera figuración. Y, como tal figuración, si quería valer cognoscitivamente, y dejar de atender una función si acaso heurística, si no meramente ornamental o decorativa, cuando no de pura anomalía, había de ser depurada literalmente15. Lo literario tenía que entregarse incondicionalmente a lo literal para tener sentido, pues, por un lado, tenía un (sin)sentido figurado y, por otro, un sentido propio. De modo que lo literario, por una parte, podía ser traducido a lo matemático y, por otra, debía ser traducido, pues sólo una vez traducido conseguía lo literario tener significado significado en términos cognoscitivos, esto es, significado propio. Con lo que la filosofía pensaba que la verdad de algún modo estaba ya inscrita en nosotros y que los usos literarios del lenguaje tenían, si querían aportar algo al conocimiento, que ser reducidos al uso literal, filtrados por esa verdad, escritos en su nombre, para así reflejar el orden natural de las cosas, auténtico telos del lenguaje verdadero, de la rectitud filosófica, de la ortodoxia. Pero esa luz sólo deja ver a los locos, a los maníacos de lo divino, a los theóricos. Erasmo, que escribió el Elogio de la locura, ya se dio cuenta de semejante desvarío filosófico, de la locura de perseguir la cosa misma. Y por eso advirtió a su corresponsal Pedro Viterio al remitirle su Plan de estudios LOGOS. Anales del Seminario de Metafísica 2001, 3: 267-281 275 José A. Marín-Casanova La filosofía en forma: el fondo metafórico 14 Aunque aquí estoy haciendo extensiva la mathesis universalis a toda metafísica racionalista incluyendo ya la platónica, fue Leibniz (uno de los descubridores del perdido manuscrito cartesiano de las Regulae, donde se forjó precisamente el concepto de mathesis universalis) obviamente el que como inspirado por Lulio tuvo el sueño ciclópeo de una Característica Universal (Cfr. G. W. Leibniz, Die Philosophischen Schriften, cit., Bd. 7, p. 204; Die Mathematischen Schriften, ed. Gerhardt, Hildesheim, Olms, 1966, Bd. 7, pp. 25-26; y Sämtliche Schriften und Briefwechseln, ed. Akademie, Berlin, Akademie Verlag, 1923 ss., Bd. 2, 1, p. 437. 15 Además del conocido Lector in fabula de Umberto Eco (Milano, Bompiani, 1979), el estudio más esclarecedor que conozco sobre el carácter metafórico del prejuicio literalista, el de Gemma Corradi Fiumara, The Metaphoric Process, Connections betweeen Language and Life, London-New York, Routledge, 1995.