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Baroja en África: En torno a Paradox, rey

Alberich Sotomayor, José María

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BAROJA EN ÁFRICA: EN TORNO A PARADOX, REY Por JOSÉ MARÍA ALBER I CH SOTOMAYOR En la última página de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silves tr e Paradox -libro que a mí me gusta llamar la primera novela de Baroja realmente barojiana-el héroe y su inseparable amigo Avelino Dí z de la Iglesia se dirigen en tren a Valencia. Derrotados en Madrid por el fracaso de sus experimentos y manufacturas invendibles, creen que Valencia les deparará un futuro mejor gracias a la electromagnética, pero, por lo que sabemos, se equivocaban: su futuro no estaba en las fuerzas motrices sino en una gran aventura africana. Así nace, un lustro más tarde, Paradox, rey (1906). Un millonario judío lon~inense, un tal Abraham Wolf (buen nombre y buen apellido para un estereotipo así), anticipándose en casi medio siglo al movimiento sionista, quiere fundar en África una colonia para judíos pobres de todo el mundo, a los que repartirá tierras cultivables situadas en una zona ecuatorial llamada Cananí y aún no colonizada por ninguna potencia europea. Para ello es tá reclutando voluntarios que se reunirán en Tánger y embarcarán en un yate rumbo a ese incógnito destino africano. Paradox y Diz son admitidos a formar parte de la expedición, integrada además por una variopinta fauna compuesta de otros españoles, ingleses, un árabe, un francés, un alemán, un italiano y cuatro mujeres, una de las cuales ha sido corista del Moulin Rouge y otra una miss feminista, a quien Paradox despacha de spectivamente con el calificativo de «gallinácea vulgar». 60 JOSÉ MARÍA ALBERICH SOTOMA YOR Lo curioso es que, una vez reunidos en Tánger todos estos personajes, el promotor desaparece, llamado por otros negocios, y la cosmopolita tripulación se lanza al viaje marítimo sin que se vuelva a hablar en lo re stante de la narración de judíos ni de sionismo ni de cosa parecida. Baroja está e sc ribiendo -por primera ve zuna novela de aventuras, de aventuras ultramarinas, situadas en tierras lejanas y salvajes, y cuya inspiración, por tanto, al no provenir de su verdadera vida, tiene que salir de sus lecturas ju veniles de Mayne Reid , del capitán Marriatt, de Stevenson, etc, etc. 1• Como no podía menos de suceder, el yate naufraga en una costa desconocida después de una furiosa tempestad; los aventureros desembarcan y son hechos prisioneros por una multitud de mandingos, súbditos del reino de U ganga, al que sin embargo logran dominar los viajeros tras afortunadas peripecias, y donde Paradox, elegido rey, intenta imponer un régimen socialista sui generis basado en el reparto de tierras, abolición del dinero, supresión de la política y de la burocracia, y otras maravillas totalmente impracticable s. Pero, claro, nada satisface a todo el mundo, y entre los súbditos de Paradox hay un tal Mingote que declara: Mingote -Eso de ser agricultor, la verdad, no me seduce. Y o lo que quisiera es un empleo en alguna oficina. Di z - Aquí no hay oficinas ni empleos. Mingote -Entonces, ¿de qué se vive?. Diz -Aquí todo el mundo trabaja y vive de su trabajo. Mingote -!Pero a esto le llaman ustedes civilizar un país!2• Otros abusan de otras maneras, pero el régimen se afianza a pesar de las dificultades; lo que realmente da al traste con él es la vecindad de una colonia francesa. Es quizás revelador que Baroja - tan francófobo como anglófilohaya escogido esta nacionalidad para los invasores de Bu-Tata 3 y de la idílica Uganga. El caso es que el gobierno francés decreta la anexión del territorio civilizado a medias por Paradox y sus sec ua ces, el ejército francés invade Uganga a sangre y fuego, matando, incendiando, violando, y al poco tiempo los mandingos se emborrachan con bebidas europeas, las mandingas se prostituyen, los blancos comienzan a explotar el trabajo de los negros y -para que no falte el característico toque anticlerical baro- BAROJA EN ÁFRICA: EN TORNO A PARADOX . REY 61 jianoel recién fundado periódico, L'Echo de Bu-Tata infonna que el Vicario Viret ha elogiado la actuación del ejército y dado gracias a Di os porque «la civi li zación verdadera, Ja civilización de paz y co ncordia de Cristo, ha entrado definitivamente en el reino de U ganga». Así tennina el libro.4 Acabo de decir que Baroja inició con Parad ox, rey el género aventurero en su obra narrativa, pero apenas es necesario añadir que aquí no se trata de una nove la con pretension es de realismo; no son aventuras serias l as que leemos, ni remotamente parecidas a las de Las inquietudes de Shantí Andía o Ztilacaín el aventurero. Para empezar, Paradox no es un verdadero «hombre de acción» . . y ni siquiera cuando ocupa el trono de Uganga adquiere gran re li eve ni encauza la hi storia con sus decisiones. Es un personaje más, sin psicología propia, tal vez un portavoz de las ideas del autor, como los otros son representativos de actitudes ante Ja política o la sociedad. La novela en sí no es tal nove la en el sen!ldo moderno, sino un cuentecito filosófico, una parábola o un apólogo. Su forma dialogada le sirve muy bien para expresar opiniones enfrentadas, mientras que las acotaciones, largas a menudo, permiten al propio Baroja entrometer su voz, siempre impostada por el hum or más característico. Recordemos que las novelas dialogadas se habían puesto de moda en el fin de siglo, y singularmente entre los simbo li stas. Las había esc ri to Galdós; Baroja mismo había dado esa hechura a La casa de Aizgorri y Valle-Inclán la utilizaría poco después en las Comedias bárbaras. Sobre todo. la fo nna dramática permite al aut or zafarse de esa supuesta obligaci ón de describir el milieu minuciosamente, predicada por los naturalistas, dentro de una estética ya caduca y contra la que se quiere reaccionar 5. Paradox, rey se presenta, pue s, como un ensayo so br e el colonia li smo y otros te ma s afines, que toma una forma narra ti va o dialogada, humorística, desenfadada, si bien los conceptos que ventila son casi siempre muy serios. Contiene además, tres intermedios líricos que luego han si do mu y valorados p or todos los barojistas, a saber, el «Elogio sentimental del acordeón », el «Elogio de la destrucción» y el «Elogio de los viejos caballos del tiovivo». Parecen puestos a hí de una manera forzada, un tanto incongruente, pero si nos fijamos bien veremos que son altamente simbólicos: de una 62 JOSÉ MARÍA ALBERICH SOTOMA YOR nueva estética, la «retórica en tono menor», el primero y tercero, mientras que el segundo tiene como leit-motiv «destruir es crear», es decir, expresa el radicalismo barojiano que quiere echar por tierra las estructuras sociales y políticas que él considera obstáculos para la construcción de una sociedad nueva. Al llegar prisioneros a BuTata , Paradox y sus compañeros se encuentran con un país que refleja de forma distorsionada y grotesca las sociedades europeas. El rey es dueño absoluto de vidas y haciendas: En Uganda todo es del rey: las casas, las tierras, los árboles, los hombres, las mujeres ... todo. ( ... ) Lo que le sobra al rey es para su madre; luego, para sus hijos y sus hermanos; después van tomando parte sus primos, sus tíos, sus criados ... A continuación vienen los nobles, que tampoco trabajan y viven de sus rentas, por ser hijos de sus padres, «aunque quizá alguno no lo sea», y luego los magos, que predican el porvenir, si bien se equivocan a menudo, y los soldados que, en tiempo de paz, roban lo que pueden, y en tiempo de guerra, corren. El resto de la población, como los europeos cautivos, se ve obligado a trabajar «para el rey, para su respetable familia, para los ma gos, para los nobles y para lo s soldados», a cambio de lo cual recibe el alimento suficiente para no morirse de hambre 6. Lo curioso de esta descripción es que r es ulta más adecuada para las actuales nacione s emergentes de África (recordemos ejemplos corno el de Bokassa I o el de Idi Amín) que para la s sociedades tribales y escasamente jerar - quizadas con que se encontraron los europeos en el siglo XIX. Eso no lo podía pronosticar Baraja en 1906. Una vez liberados de su cautiverio, los exploradores intentan atraerse a los nativos y hacer que se rebelen contra sus magos y sus nobles, para lo cual organizan una espec ie de campaña electoral en la que todos compiten, bien con discursos, bien con espectáculos de circo y prestidigitación. El francés Ganereau « como republicano y co mo demócrata, idiotiza a los mandingas hablándoles de los derechos del hombre», mientras que el inglés Sipsorn, más práctico, se deja de elucubraciones doctrinaria<> y apela a los instintos básicos de sus electores: Sipsom - ¿A vosotros os gustan la s habic hu e la s? Todos -¡Sí, sí! Sípsom - ¿Os gu s ta el buen tocino? BAROJA EN ÁFRICA: EN TORNO A PARADOX, R EY 63 Todos -¡Sí, sí! Sipsom -¿Os gusta el ron? Todos -¡Sí, sí, ya lo creo! Sipsom -¿Os gustan las chicas guapas, con la nariz bien chata y el pecho colgante? Todos -¡Sí, sí! ¡Eso, eso! Sipsom -Pues bien: si venís con nosotros tendréis habichuelas a pasto; tendréis buen tocino; tendréis ron y tendréis chicas guapas, más negras que el betún. Todos -Iremos con vosotros 7• En sus momentos de radicalismo má s gracioso, Paradox quiere acabar con todo lo aceptado, quiere acabar con las escuelas y los maestros, despotrica del arte y los artistas, y termina con un discur so nihilista que nuestros gamberritos de la movida aplaudirían con entusiasmo: Sí. Vivamos hechos unos bárbaros. Vivamos la vida libre, sin trabas, si n escuelas, sin leyes, sin maestros, sin pedagogo s, s in farsantes ... Y ¡abajo l as universidades, los institutos, los conservatorios, las escuelas especiales, las Academias, donde se refugian todas las pedantería s! ... Acabemos con los rectores pedantes, con los decanos, con Jos auxiliares, con los bedeles 8. A Baraja todavía le faltaban bastantes años para ingresar en la Real Academia Española. Estos esfuerzos «civilizadores» de Silvestre Paradox terminan, como hemos indicado, con una invasión más «civilizadora» todavía por parte de los franceses, que instauran un régimen colonial perfectamente ortodoxo. Tratemos ahora de explicamos por qué interrumpió Baraja su habitual tarea de novelar la vida española -tarea que culmina brillantemente en los tres libros de «La lucha por la vida»- para lanzarse a una especulación humorística, desenfadada, y hasta cierto punto poéti ca, sobre la colonización de un país africano inexistente. El propio escritor nos da una primera pista al relacionar la idea embrionaria de esta obra con su viaje a Tánger 9 como co rresponsal de El Globo en enero de 1903. Le acompañaba su hermano Ricardo y se trataba de informar sobre las hostilidades que se desarro lJ aban entre los partidarios del sultán Muley Abdelazis y los rebeldes alentados por su hermano mayor y capitaneados por el feroz El Roghi. Los hermanos 64 JOSÉ MARÍA ALBERICH SOTOMA YOR Bara ja enviaron al periódico una serie de telegramas sobra las vicisitudes de la guerra, recogidos ahora en una colección de escritos tempranos 10 y además Pío redactó una serie de impresiones más personales (y, por supuesto, más pintorescas que los telegramas) que aparecieron bajo el título de «De Madrid a Tánger» 11 . En estos breves textos hace el novelista frecuente alusión a uno de los motivos principales de enfrentamiento entre unas tribus y otras, a sa ber , que el sultán Abdelazis parecía a muchos de sus supuestos súbditos, y en especial a los que hoy llamaríamos fundamentalista s, excesivamente europeizado, tanto en lo personal como en lo político: gastaba grandes sumas en automóviles, y otros ingenios mecánicos; su estado mayor estaba ll eno de extranjeros, y sobre todo de ingleses; favorecía demasiado los intereses de los comerciantes europeos, etc. etc. La guerra era, pues, una manifestación más de esa xenofobia, ancestral en el Magreb, y ahora exacerbada por las presiones exteriores (el Káiser llegó a presentarse amenazadoramente en un acorazado frente a la costa atlántica) que perseguían la colonización económica del antiguo reino alauita. Era solamente la punta del ic eberg. Poco después de la estancia de Baraja en Tánger se convocaría la Conferencia de Algeciras ( 1906), en la que los moros tuvieron poquísima voz, y vendrían los tratados para repartirse el protectorado entre Francia y España, así como la s intermitentes campañas y sus coro la - rios, algunos tan graves como la Semana trágica de Barcelona (1909) y el mismo golpe de estado del general Primo de Rivera en 1923. Pero el problema de Marruecos no parecía absorber a Baraja, al menos como escritor. Leyendo su extensa obra casi no nos habríamos enterado de su existencia. Ahora bien, creo que su presencia en Tánger le sirvió de catalizador para pensar en un tema más amplio que sí estaba en Ja conciencia de muchos europeos de la época e inc lu so tenía su reflejo en la literatura, a sa ber , el tema de la colonización de África, entonces en su momento más crítico. En los últimos lustros del siglo XIX el continente negro estaba siendo repartido entre la s potencias europeas casi en su totalidad. Inglaterra ejercía un protectorado en Egipto y Sudán, acababa de anexionar Zululandia a los territorios sudafricano s, donde derrotó a los boers en 1900, y dominaba en vastas zonas del África central y mienta!. Alemania había adquirido Togo, los Cameruns y la actual Namibia. Francia, instalada en Argelia y Tunisia desde antiguo, tenía también colonias BAROJA EN Át=R ICA : EN TORNO A PARADOX , REY 65 en la zona ecuatorial y presionaba sobre Marruecos; Portugal conservaba sus seculares posesiones de Angola y Mozambique, y hasta España, mucho más modestamente, infiltraba expediciones reivindicativas como la de Manuel lradier en Guinea Ecuatorial o la del capitán Bonelli en Río de Oro con la consiguiente fundación de Villa Cisneros. Ahora bien, el ejemplo más escandaloso de colonización implacablemen te comercial lo dio el rey Leopoldo de Bélgica con su adquisición del Congo 1 ~, adquisición que también se convirtió en el ej em plo perfecto de la hipocresía del colonizador europeo, ya que las razones aducidas para quitar a los negros su libertad y forzarlos a traba ja r en plantaciones y factorías se disfrazaban en un intento de liberarlos de los árabes que los tiranizaban y vendían como esclavos. El horror de estas explotaciones quedó reflejado en una de las obras maestras de Ja literatura de la época, el H ear t of Darknes ( 1902) del anglo-polaco Josep Conrad, pero también dejó su huella en uno de nuestros escritores más misteriosos e inclasificables, el granadino Ángel Ganivet, autor de esa extraña novela que se titula La conquista del reino de Maya por el infatigable conquistador Pío Cid ( 1897). Desde su puesto consular en Bélgica, Ganivet se infonnaba mejor que otros españoles de lo que estaba ocurriendo en el Congo, co mo se refleja en su Epistolario. El primer dato Jo encuentro en una carta del l O de mayo de 1893, en que dice que tuvo que visitar en el ho spital a un pobre nicaragüense que venía del Congo con fiebre amarilla y murió dos días después. Por esos mis mo días se recibía en Bruselas y Amberes a los conquistadores de la nueva colonia, orgullosos de haber contribuido a una obra civilizadora, lo cual provoca en el diplomático español el siguiente comentario escéptico: En el fondo, no hay tal obra ni tal civilizadora (sic), y sí solo una empresa comercial en grande, encubierta con rótulos filantrópicos, que incitan a los hombres de buena fe a coadyuvar a los que, si viesen lo que hay en el fondo, no coadyurarían. Lo que suelen ha ce r hoy los europeos en muchos puntos de África es destruir la obra de los árabes, los únicos que, aunque sea empleando la esclavitud, tienen condiciones par mejorar esos pueblos retrasados. ¿Qué neces idad hay de forzar la máquina, de hacer grandes transportaciones huma - nas a climas tan duros, de ocasionar tantas atrocidades, de sacrificar tantos infelices para hacer dichosos a los negros salvajes? Cualquiera que piense. no ya con la cabeza, sino con los calzoncillos, compren- 66 JOSÉ MARÍA ALBERICH SOTOMA YOR de que no se trata de la felicidad de la raza negra, ni del progreso, ni de nada por el estilo; se trata de un negocio en grande escala, en que el buen Leopoldo tienen metidos buenos millones 13 • Aquí , en medio de la condena general de la empresa del Congo, hay dos notas curiosas: una, la defensa de los árabes, tradicionales comerciantes de carne negra, y para mí sorprendente, incl uso en un maurófilo tan empedernido corno Ganivet; otra, que se lamenta más el sacrificio de los blancos «para hacer dichosos a los negros salvajes» que el sufrimiento de éstos. Son todavía sentimientos ambiguos, o poco conceptualizados. Mientras tanto, Ganivet lee en la biblioteca pública de Amberes todos los libros que encuentra de viajes por África, entre los cua les le repugna el que relata las andanzas de Stanl ey , que le han parecido « Un a brutalidad» 14, y poco después anuncia que tiene muy avanzada la redacción de su novela. Ésta la concibe él como su contribución al debate colonial y como una expresión de su africanismo, es decir, de su fe en el potencial de los africanos para civilizarse e incluso contribuir a mejorar a los pueblos que ahora les dominan: « De aquí que, no pudiendo intervenir, como no podemos (los españoles), materialmente, se me haya ocurrido a mí intervenir con la pluma» 15 • Desconocedor de primera mano de la realidad africana, Ganiv et no tiene más remedio que dar a su narrativa una construcción fantas eada y, como en el caso de Baraja, humorística y s eria al mismo tiempo: «El tono -escribedebe ser serio, con tendencia a la guasa, y guasón, con tendencia a la seriedad» 16• Im agina a un alter ego, Pío Cid, muy dotado para la acción, y que , acogido por una tribu centroafricana, se convierte en su legislador y guía, y va transformando paulatinamente sus costumbres de una manera que no se le podía ocurrir más que al extraño cerebro de Ganivet y que , que yo sepa, nadie ha sabido todavía analizar ni explicar satisfactoriamente. La aventura termina cua nd o el protagonista enferma y sólo se sa l va porque la casualidad le depara el encuentro con un blanco que le proporciona quinina a cambio de una gran ca ntid ad de marfil. En sus conversaciones con este europ eo misterioso, que no sabemo s a ciencia cierta si es misionero o comerciante, Pío Cid sostiene que hay que evangelizar a los indígenas dejándose matar si es preciso; el matar a un solo nativo invalidaría el se ntido civilizador de la act uación colonial. Este hombre termina convirtiéndose en la cena de BAROJA EN ÁF RICA: EN TORNO A PARADOX. REY 67 - ----- unos antropófagos, y la novela concluye con un sueño de Pío Cid en que una sombra emite el juicio definitivo sobre su empresa: « Los mayas -le diceeran felices como bestias y tú les has hecho desgraciados como hombres» 17 • Aunque Baraja asegura no haber leído más de «quince o veinte» páginas de La conquista del reino de maya porque desde el principio la encontró aburridísima 18 , es muy posible que al menos este libro le sugiriese la idea de componer una historia, también medio en serio medio en broma, sobre la colonización de África por los europeos. Hay, no obstante, dos escritores ingleses con los cuales el novelista vasco se habría encontrado mucho más en sintonía al abordar el tema colonial, a saber, George Bemard Shaw y Robert B. Cunninghame Graham. Los críticos españoles del colonialismo extranjero, después de todo, soñaban con un colonialismo cultural y lingüístico, como proponía Costa a los miembros de la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas 19 , creada por el polígrafo aragonés en 1883, y el mismo Ganivet en su otra novela (Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, 1898) hace a su héroe soñar desde la cumbre del Veleta con una invasión hispanoárabe que «conseguía por fin libertar a África del yugo corruptor de Europa» 20. Ha sta el republicano Nicolás Estévanez creía que «ese afán de conquistar Marruecos» era una tendencia inevitable entre los españoles, que habrían hecho de él parte de la nación de no haber intervenido la política europeísta de los Austria» 21• Los dos ingleses a que me he referido (así como otros de la clase de W. S. Blunt o H. G. Wells) eran abiertamente antiirnperialistas y no sólo con re specto a África. Si el anti-colonialismo de los españoles sue na inevitablemente a uvas verdes, el de los ingleses, por el contrario, es la voz de unos aguafiestas que protestan cuando el Imperio Británico se halla en su cénit. Bástenos considerar un poco el siguiente pasaje de The Man of Destiny, donde Bemard Shaw, por boca de un imaginario Napoleón, describe de manera demoledora la mecánica imperialista de su país: «el inglés -escribecuando quiere una cosa, no se dice a sí mismo que la quiere; por el contrario, aguarda pacientemente hasta que le entra en el meollo, sin saber cómo, la ardiente convicción de que es su deber moral y religioso conquistar el país donde se encuentra esa cosa que él