Literatura frente a violencia: Elfriede Jelinek y Luisa Etxenike
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L ITERATURA FRENTE A VIOLENCIA : E LFRIEDE J ELINEK Y L UISA E TXENIKE Asunción S AINZ L ERCHUNDI Universidad de Sevilla La traducción simbólica de las experiencias y comportamientos humanos y su comunicación artística se presupone en todo texto literario. La disciplina de la antropología literaria, en su estudio de las imágenes del ser humano en la literatura, hace hincapié en el modo cómo un texto capta los rasgos humanos y da forma al caos de la experiencia vital. Este campo de estudio, sin perder su especificidad, recurre necesariamente a otras disciplinas –la psicología, la sociología, la historia etc.– que le ayudan en la consecución de la representación estética del ser humano. Así, por ejemplo, el amor, y su extremo opuesto, el odio, han sido fuente inagotable de temas literarios, susceptibles de ser analizados desde esta disciplina. La expresión más negativa del odio, la violencia, se ha manifestado como uno de los comportamientos intrínsecos al género humano más complejos y ha ejercido una innegable fascinación sobre escritores y lectores. Por otra parte, cabe afirmar que la antropología literaria cree en la función que puede desempeñar la literatura de descubrimiento de realidades nuevas y de zonas ocultas de la conciencia humana, así como de análisis y profundización en aquello que se considera ya conocido (cfr. Blanch 1995: 9-24). En este breve estudio se verá precisamente la dimensión cognoscitiva y la capacidad comunicativa de la literatura en dos autoras contemporáneas, Elfriede Jelinek (Mürzzuschlag/Steiermark, 1946) y Luisa Etxenike (San Sebastián, 1957), con cuya creación literaria demuestran ser muy precisas observadoras y conocedoras del ser humano. La violencia, afirma el psicólogo Jorge Corsi (cfr. Corsi 2003: 15-40), junto con el conocimiento y el dinero, es una de las principales fuentes del poder humano. Aun el más superficial de los análisis antropológicos revela que la violencia ha estado siempre presente en las acciones individuales y sociales del ser humano y ha supuesto un obstáculo difícilmente superable para el desarrollo y la convivencia. Parece demostrado que cierto tipo de agresividad, y en su justa dosis, es necesaria para la supervivencia, especialmente en situaciones extremas. Pero su expresión descontrolada forma parte del lado más oscuro y negativo del ser humano a través de los tiempos. Actualmente la violencia está lejos de ser un fenómeno exclusivo o propio de lugares sumidos en situaciones desesperadas de pobreza y opresión. En los países denominados desarrollados es una cuestión que ocupa y preocupa a estudiosos de todos los campos del conocimiento y, claro está, a todos los que directa o indirectamente la padecen.
A SUNCIÓN S AINZ L ERCHUNDI 316 Qué mecanismos pueden hacer que un sentimiento tan consustancial al ser humano como el odio –así como otros aledaños: la envidia, los celos, la venganza– desemboquen en estallidos de violencia (delincuencia común, asesinatos), cuáles son sus causas y sus efectos, son temas que han apasionado a escritores de todos los tiempos. No cabe duda de que la literatura ha utilizado ideológica y temáticamente, incluso ha exaltado, la violencia. De hecho, la literatura, más que recoger los aspectos positivos de la realidad, prefiere nutrirse de conflictos individuales e interpersonales, incluso de hechos luctuosos, que desvelan lo engañoso de muchas facetas de una realidad aparentemente inofensiva. Salvo en aquellos casos en los que la violencia es simplemente un buen tema literario que llega muy bien a los lectores más morbosos (las cifras de ventas de determinada literatura comercial pueden demostrar que no son pocos), el tratamiento de un tema tan presente en la convivencia humana responde a una voluntad de compromiso, a un concepto de literatura que va más allá de las necesidades expresivas individuales de su autor y que se centra en la convicción de que la literatura todavía puede y debe denunciar y concienciar sobre las lacras individuales y sociales que nos asolan. La literatura como forma de pensamiento y conocimiento, como método de análisis y cuestionamiento de la realidad es el oficio de las dos autoras mencionadas: Elfriede Jelinek y Luisa Etxenike. Ambas escritoras abordan el tema de la violencia recurrentemente, en especial la autora austríaca, aunque desde ángulos diferentes. Las dos obras que se van a analizar a continuación, Die Ausgesperrten (Los excluidos) (1980) y El mal más grave (1997), se centran en un tema que preocupa sobremanera a todos los grupos sociales de diferentes países, el espeluznante fenómeno de la violencia juvenil y el de los malos tratos y abusos sexuales a niños y jóvenes. La violencia ejercida por los más jóvenes y sobre los más jóvenes sitúa a este colectivo, indefenso en ocasiones, agresivo y violento en otras, en los papeles de víctima o verdugo, de ambas cosas frecuentemente. El certero análisis y la calidad estética demostrada en los textos propuestos confirman que no se trata de dos autoras ingenuas y, sin embargo, cabe preguntarse por la capacidad que tiene hoy día la literatura para influir en la opinión pública o modificar determinados comportamientos sociales. ¿Es posible que la literatura pueda hacer algo contra la violencia, como propone el título de este trabajo? La conocida discusión sobre el papel que desempeña la literatura en la conciencia social actual sigue siendo una de las principales preocupaciones de numerosos escritores. Las posturas más pesimistas recuerdan que políticos y medios de comunicación utilizan el lenguaje para ocultar o manipular la realidad, sin asumir la responsabilidad de lo dicho. Parece que sí se cree en el poder de la palabra, aunque no en la influencia del escritor como guía intelectual. Competir con la televisión, el cine, Internet o los videojuegos parece una tarea imposible para la literatura. Quizás hayan vencido definitivamente las imágenes sobre las palabras. Sin embargo, la literatura sigue siendo un fenómeno social –o comercial– que mueve grandes sumas de dinero y es noticia por las ferias del libro, los premios nacionales e internacionales, incluso por escritores convertidos, no siempre voluntariamente, en estrellas mediáticas o autoridades morales y políticas sobre los más variados temas, así José Saramago, Günter Grass o la propia Elfriede Jelinek tras la concesión del Premio Nobel.
L ITERATURA FRENTE A VIOLENCIA : E LFRIEDE J ELINEK Y L UISA E TXENIKE 317 Por otra parte, una actitud más optimista insiste en que el compromiso en literatura no ha muerto. La capacidad de lucha y denuncia de la literatura, el punto de vista y los análisis de esos agudos observadores de la realidad que son los escritores siguen siendo necesarios y están todavía en plena actividad. No en vano, la academia sueca reconoció como uno de los méritos de la obra de Elfriede Jelinek precisamente su compromiso social, y la crítica, a su vez, la ha calificado de “erbarmungslose Moralistin” y “Rebellin”. La propia autora, más modestamente, pero de forma concisa y certera afirmaba: “Literatur kann aufmerksam machen”. También Luisa Etxenike participa de este modo de entender la literatura. En su caso, su tarea como autora de numerosos artículos periodísticos de opinión corrobora su compromiso, en palabras propias: “con la Humanidad” (El Diario Vasco, 30.8.2003). El hecho de que ella misma se declare y declare su literatura “antideterminista” (“la idea de que algo te marca irremediablemente me repugna”, afirma) (cfr. idem) la sitúa en el mismo frente de rebelión y revolución que a Jelinek. Ambas, con el arma de la palabra, demuestran la vigencia de una literatura sin concesiones. Aceptemos como primera conclusión parcial que la literatura es capaz de llamar la atención y cuestionar aspectos concretos de la realidad. Partiendo de esta base, el tema sobre el que Jelinek y Etxenike trabajan es el de la violencia, especialmente aquella que se circunscribe dentro del ámbito familiar, aunque implique necesariamente otros ámbitos, como el social o el institucional. Concretamente, ambas se ocupan en las dos novelas antes mencionadas de la violencia juvenil. Si las crónicas de sucesos en este ámbito sirven para diagnosticar el estado de salud de la infancia y juventud, y, por ende, de la sociedad en general de un país, está más que justificada la inquietud de legisladores, educadores o padres con respecto a la violencia ejercida por y sobre los jóvenes. Nótese además el hecho de que se maneje en los medios de comunicación el término violencia infantil y juvenil, dada la edad cada vez más temprana a la que este sector de población sufre o se inicia en actos violentos. Se trata, desde luego, de un problema común a toda Europa y del que participan plenamente Austria y España. Existen numerosas facetas de esta lacra que revelan la complejidad del tema. No han remitido, por ejemplo, las denuncias por abusos físicos y psíquicos a menores. Aumenta el problema con los denominados menores errantes, víctimas de las mafias de inmigración ilegal y de nuestra propia sociedad de consumo, y generadores, a su vez, de una violencia de supervivencia. La violencia se manifiesta aquí como un factor de opresión intolerable en una Europa civilizada. Son de sobra conocidas también las bandas urbanas juveniles que adoptan la violencia como liberación, protesta o simple medio de expresión, de afirmación individual o de diversión. De tinte político, racista o meramente gregario estos grupos marginales surgen de todas las clases sociales. Son igualmente escalofriantes los casos de violencia aislada e individual, crímenes cuyas causas nunca se determinan satisfactoriamente. Tampoco resultan tranquilizadores los numerosos ejemplos de violencia entre iguales, de acoso o bullying en los centros escolares o en el ocio, casos en los que un grupo de jóvenes maltrata hasta extremos de crueldad difíciles de comprender a uno o varios compañeros.
A SUNCIÓN S AINZ L ERCHUNDI 318 La evidente alarma social que crea esta situación no ha servido hasta la fecha para encontrar soluciones efectivas al problema. Tanto en el ámbito público como en el privado los movimientos, no siempre bien coordinados, giran en torno a las causas del fenómeno. La primera cabeza de turco que parece ser la culpable de casi todos los males (desde la soledad o la obesidad hasta la violencia) es la televisión. Nadie se atreve ya a discutir el hecho de que los niños ven demasiada televisión y que ésta influye en el desarrollo de la personalidad infantil. Además, lo que ven contiene elementos claramente nocivos para su educación. Según señala Carme Chacón (El País, 9.10.2004) el currículo formativo de los niños delante de la pantalla abarca cursos de “des-educación sexual”, “machismo y homofobia”, “banalización de la violencia de género y los malos tratos”, “incitación al consumo de drogas” y, por supuesto, al consumo en general, “chabacanería” ética y estética, “lenguaje soez”, etc. Si a esta circunstancia se añade el hecho de que exista un convenio de autorregulación de 1993 en España entre el ministerio de educación, las comunidades autónomas y las cadenas de televisión, y una ley de 1994 que regula los contenidos de los programas que simplemente no se cumplen, cabe afirmar algo que tanto Jelinek como Etxenike proclaman sin piedad en sus obras: tenemos la violencia que nos merecemos. Otros medios de comunicación y de ocio comparten esta misma situación irregular y sus responsables continúan impunes. Con el convencimiento de que ni siquiera la televisión actual es una factoría de criminales, sociólogos y psicólogos buscan responsabilidades entre padres y profesores. Los docentes carecen de medios para hacer frente al problema y claman que es la propia familia de los agresores la que tiene buena parte de la responsabilidad al no ser capaces de educar, entiéndase aquí quizás controlar, a sus propios hijos. Los padres, angustiados y desbordados ante situaciones que, desde su postura, bien autoritaria o antiautoritaria, no entienden, piden ayuda o, en el peor de los casos, miran para otro lado o dan la razón a sus hijos para no tenerlos enfrentados. Comunidad (sociedad), escuela y familia, los tres ámbitos principales en los que se desarrolla la formación del individuo se preguntan en qué están fallando. Elfriede Jelinek y Luisa Etxenike exponen al respecto sus veredictos descarnadamente, sin concesiones al mundo de los adultos y a la sociedad que éstos han formado. En primer lugar, cabe leer en sus obras, no es tanto el mundo juvenil como el de sus progenitores el que hay que controlar y reeducar. En segundo lugar, los jóvenes heredan –incluso imitan– el mundo de los adultos. Especialmente aquellos que han sufrido en el ámbito familiar conductas agresivas son más proclives a la violencia, pues ésta guarda íntima relación con un modelo psicológico descontrolado de poder-sumisión. En el caso de Elfriede Jelinek, estas premisas son recurrentes en toda su narrativa, muy especialmente en la novela Die Ausgesperrten. La relación entre ficción y realidad es, en el caso de esta obra, deliberadamente estrecha. Jelinek elige un hecho luctuoso acaecido en Viena en los años cincuenta: la muerte a manos de un adolescente de toda su familia logra, así, diseccionar la sociedad de aquella década y trascender el horrible acto criminal en un intento de análisis de las causas y efectos de la violencia. Jelinek desenmascara a la comunidad, la escuela y, sobre todo, a la familia
L ITERATURA FRENTE A VIOLENCIA : E LFRIEDE J ELINEK Y L UISA E TXENIKE 319 y las presenta como medios fundamentalmente totalitarios, con claros rasgos heredados del pasado reciente. Teniendo en cuenta que se trata de instituciones que son la base de la formación psicosocial del individuo, la autora invita a una reflexión amplia y compleja del fenómeno de la violencia. Comencemos por el acercamiento que Jelinek hace a la sociedad de los años 50 y la consiguiente responsabilidad con la que la autora señala a la generación adulta en el tema de la violencia juvenil. Aunque en la novela Die Ausgesperrten aparezcan fundamentalmente tres estamentos sociales, la clase trabajadora, la clase acaudalada heredera de la ya desaparecida nobleza y la clase media, es ésta última, claramente mayoritaria y determinante dentro del entramado social, la que centra el interés de Elfriede Jelinek: “Sie sind der Mittelpunkt, der kein Punkt ist, sondern eine breite Schicht von Menschen.” (Jelinek 1985: 40). Los miembros de la pequeña burguesía son el blanco de las iras y los brutales asaltos de la banda juvenil formada por los cuatro jóvenes protagonistas. Son por lo tanto, las víctimas de dichos actos vandálicos. El orden, la limpieza, la formalidad en el vestir o la dedicación al trabajo son cualidades que repugnan a la joven generación. Jelinek ataca sin piedad, a través de sus personajes, a esta clase social que aprovechó la bonanza del milagro económico para olvidar, sin asumir ninguna responsabilidad, el pasado reciente: “Alles soltte endlich vergeben und vergessen sein, damit man ganz neu anfangen kann.” (Jelinek 1985: 7). La entrega, con la fe del converso, con la que buena parte de la sociedad austríaca asumió o consintió el nacionalsocialismo requiere una seria revisión, según el análisis de Jelinek. De hecho, la ira que sienten los jóvenes contra sus padres y contra toda la sociedad parece tener su fundamento en esta actitud frente al pasado y desencadena un conflicto generacional extremo. Así queda justificado su odio: “Anna hat so viel Wut in sich, was wahrscheinlich vom Generationskonflikt herrührt, daß sie am liebsten auch noch in die erleuchteten Schaufensterscheiben auf Wiens Pracht-Einkaufsboulevard geschlagen hätte.” (Jelinek 1985: 10). En sus nada atinadas aspiraciones políticas los muchachos se declaran anarquistas y proclaman: “Was man muß, ist, das meiste zerstören, was noch von der älteren Generation herrührt.” (Jelinek 1985: 62). Por su parte, la generación que vivió con conocimiento de causa y con entusiasmo la época de la anexión alemana de Austria siente igualmente un odio difuso hacia la situación presente. Los años de gloria en los que eran alguien, al estar en el bando de los más fuertes, han pasado y ahora, sin arrepentirse, tienen, sin embargo, que mostrarse avergonzados. Son los perdedores, las víctimas de la victoria de los aliados en la guerra y esto les provoca una frustración que expresan, como sus hijos, agrediendo verbal o físicamente a los miembros más débiles de la familia o del entorno social. La autoridad que antes tenían, apoyada en la política del terror nacionalsocialista, la han perdido. Ahora sólo les queda la violencia. Por otra parte, la sociedad del creciente bienestar les recuerda a los muchachos sus limitaciones económicas. Su casa se describe como un oscuro piso de alquiler y no pueden acceder a todas esas prendas de vestir de determinadas marcas y modelos
A SUNCIÓN S AINZ L ERCHUNDI 320 que les son imprescindibles para mantener su autoestima y seguridad dentro del grupo. El robo, con o sin violencia, se convierte en el único medio para cumplir las exigencias que les impone la sociedad del milagro económico. Ellos niegan las motivaciones económicas. Significaría caer en lo que reprochan a la generación de sus padres, pero lo cierto es que el dinero (su falta) desempeña un papel importante en sus vidas. Otra clase social retratada, con más benevolencia, es la de los trabajadores, a la que pertenece el joven Hans. Jelinek les atribuye la honestidad y la desilusión de haber confiado en una socialdemocracia igualmente contaminada por el milagro económico. Su situación se describe de la siguiente manera: “Die Lage der Arbeiter war bis weit in die fünfziger Jahre noch schlechter als zur Zeit der groβen Wirtschaftskriese im Jahre 1937 (...) Die Produktivität wurde erhöht, was einer Verschärfung der Ausbeutung gleichkam, während die Nahrungsmittel stark vermindert auftraten.” (Jelinek 1985: 27). La madre de Hans, viuda y trabajadora, es descrita como una mujer fuerte y honesta, activa luchadora contra el nacionalsocialismo, pero destrozada por el trabajo duro y abandonada por todos los beneficios del milagro económico (cfr. Jelinek 1985: 76). Su resentimiento hacia la clase media queda así patente: “(...) die Mutter (...) sagt Ungutes über Kleinbürger, die dem Hitler am meisten zugejubelt haben und mit denen ihr Sohn nicht Verkehr haben soll. Kleinlich egoistisches Profitstreben realisierten diese politisch Bewuβtlosen auf Kosten von Minderheiten.” (Jelinek 1985: 227). Los jóvenes compañeros de la banda aprecian a Hans, el trabajador, y lo consideran un colega de tropelías muy válido o, en caso de Anna, un exótico y atractivo amante. Sin embargo, ejercen contra él un clasismo muy marcado, no muy diferenta al de sus padres: “(...) kein zweiter Arbeiter wie er darf auftauchen (...)” (Jelinek 1985: 53). Finalmente, la clase adinerada, representada en la novela por la hermosa y frívola Sophie, parece carecer de peso social, pero representa a ese otro mundo, tan alejado de la realidad común, en el que las penalidades ajenas son completa y sinceramente desconocidas. Las motivaciones personales de la joven Sophie para congeniar con la banda de jóvenes delincuentes son el aburrimiento o la necesidad de experiencias nuevas. Busca un éxtasis que la saque de sí misma, de su anodina existencia y para ello roba o pone bombas en el colegio con una naturalidad extraordinaria. Son también los adultos los que organizan y dirigen otra de las instituciones fundamentales para la formación del individuo: la escuela. La importancia de la educación académica reglada, así como la actitud de los docentes como referencia moral para los jóvenes alumnos, son señalados por Jelinek como importantes pilares de la organización social. Los jóvenes perciben su formación escolar como una obligación ineludible. La aceptan conscientes de que puede ser una salida hacia la libertad individual. Por ello, no parecen alumnos especialmente conflictivos. Ni siquiera el pendenciero Rainer, jefe de la banda, se atreve a mucho más que a ciertas impertinencias contra sus profesores. Sin embargo, el potencial criminal de estos adolescentes queda claro en una frase como: “Wir sind Kinder von Bürgern, bleiben dort aber nicht stehen. Wir sind innen zerfressen von bösen Taten, außen sind wir Gymnasisten.” (Jelinek 1985: 54).
L ITERATURA FRENTE A VIOLENCIA : E LFRIEDE J ELINEK Y L UISA E TXENIKE 321 Para los padres, en cambio, la educación en la escuela, en el conservatorio o en otros centros académicos es considerada una inversión de futuro para ascender de clase social y diferenciarse, a través de la cultura y el arte, de otros compatriotas menos cultivados. Elfriede Jelinek reproduce aquí, y más tarde desarrollará en su novela Die Klavierspielerin (1988), las devastadoras consecuencias que esta avidez de cultura y formación –tara generalmente materna– pueden ejercer sobre un individuo adolescente. La joven Anna tiene dificultades para relacionarse, como se explica en el texto: “Und die blöde Anna, dumm vor lauter Sonne, verblendet vom Musikstudium und von einer verrükten Mutter asozial gemacht (...)” (Jelinek 1985: 19). No sin ironía, Jelinek desenmascara a esta madre, que se declara repetidamente entregada a la educación de sus hijos, como a una mujer posesiva hasta el punto de retenerles junto a ella dificultando, precisamente a través de una educación elitista, sus relaciones sociales. Este perverso concepto de la educación culmina en una frase que Jelinek acuña a semejanza de la tristemente célebre “Arbeit macht frei”. La frase dice: “In dieser neuen Zeit macht wissen frei und nicht die Arbeit.” (Jelinek 1985: 35). La buena madre, inconsciente del daño que hace, se imagina infantilmente un mundo mejor para sus hijos lleno de artistas, músicos y filósofos. Pero la propuesta de Elfriede Jelinek con respecto a los efectos de la cultura en el individuo y en la sociedad supera lo anteriormente expuesto y resulta demoledora. Los jóvenes delincuentes, protagonistas de su novela, incluso Rainer, el asesino, saben apreciar la literatura o la música y eso no les hace mejores, ni siquiera les libra de la criminalidad más brutal. Rainer dice encontrar en la literatura más elevada –lee a Albert Camus– lo que necesita para vivir: “Doch die Literatur erfüllt schon sehr, was Rainer will.” (Jelinek 1985: 20). Es, pues, su peculiar interpretación de la literatura existencialista la que justifica su absoluta desesperanza, su creencia en el absurdo de la existencia (que él confunde con un caos amoral) y hace del dolor existencial su lema de vida. Otras instancias educativas como la iglesia o la propia familia destacan en su tarea educativa por emplear la coacción y la violencia contra los muchachos. Creo posible afirmar que la autora austríaca deja patente con esta selección de lacras en la educación cómo el factor humano puede destruir la expresión artística o cultural más elevada y convertirla en un arma de opresión. Sólo un cambio radical en los comportamientos humanos, y no el mero consumo cultural, podría ejercer un efecto positivo en la formación del individuo. Esta misma premisa puede aplicarse al complejo microcosmos de la familia. Ésta responde en la novela de Jelinek al modelo que plantean sociólogos y psicólogos: la familia es el espejo de comportamientos sociales y de conflictos en la relaciones humanas individuales. Además, es el ámbito elegido por la autora para mostrar los mecanismos de poder y sumisión más perversos a los que puede tener que enfrentarse un individuo en edad de formación. La familia modelo, los Witkowski, padre, madre y dos hijos, Rainer y Anna, se presenta como un campo de batalla lleno de odio, rabia y frustración en el que los
A SUNCIÓN S AINZ L ERCHUNDI 322 límites entre víctimas y verdugos son realmente difusos. Todos padecen y ejercen la violencia, con la excepción, quizás, de la madre, quien elige un papel de mártir que se adecua perfectamente a su idea de entrega maternal y conyugal basada en el mencionado esquema de sumisión y poder. Jelinek deja clara desde el principio la capacidad innata de los muchachos para percibir y reproducir los esquemas paternos. Además, señala frecuentemente en su texto la engañosa apariencia de normalidad y lo que ésta alberga: “Da haben wir die Wohnung, und da sind auch die Eltern. Es ist eine gleichförmige Ruhe, die vor und nach den Überfällen herrscht.” (Jelinek 1985: 14). Los estallidos de violencia son provocados por el padre y afectan gravemente a toda la familia. Así, la madre es sistemáticamente golpeada por su marido, gravemente insultada y humillada hasta el punto de ser modelo involuntaria del pasatiempo favorito del señor Witkowski: la fotografía pornográfica. Los gritos de la mujer pidiendo ayuda no son nunca atendidos ni por su agresor ni por sus hijos, que asumen estas escenas de diferente manera. Rainer todavía siente compasión por su madre cuando afirma: “Wir müssen etwas unternehmen wegen dem alten Schwein (...) er wird Sie umbringen.” (Jelinek 1985: 143). Pero su hermana, cargada de odio, sólo responde: “Soll er doch, einer weniger, und der Zweite folgt sogleich ins Gefängnis nach, wo er sicher in Einsamkeit verrecken wird.” (Jelinek 1985: 143). Jelinek no deja lugar a dudas sobre el efecto devastador de la violencia en los más jóvenes. De hecho, los hijos también sufren las agresiones y humillaciones del padre, pero tampoco encuentran ayuda ni remedio ni dentro ni fuera del ámbito familiar. Su queja se resume así: “Manchmal müssen junge Menschen sehr stark leiden, was die Erwachsenen oft gar nicht bemerken, und wenn sie es bemerken, dann miβachten sie es.” (Jelinek 1985: 59). Las amenazas, insultos, gritos y agresiones son, en suma, la única forma de comunicación familiar. Es importante reseñar en este punto que la autora no sólo tiene interés en describir el horror de un hogar gobernado por un maltratador violento, sino que pone especial énfasis en señalar la relación de este comportamiento con la gloria pasada y perdida del nacionalsocialismo. Ya se ha mencionado la entusiasta participación del padre, como miembro de las SS, en el entramado nazi, así como la frustración que supuso tener que renunciar a su posición tras la guerra. Jelinek propone la espeluznante teoría de que aquellos comportamientos fascistas han pasado a la sociedad democrática de postguerra sin análisis ni rectificación alguna. Estas son las palabras de Jelinek al respecto: “Die Prügelei begann angeblich an den Tag genau, als der Weltkrieg verloren war, denn vorher prügelte der Vater fremde Menschen (...), jetzt hat er dafür nur immer die Gestalten von Mutter und Kindern.” (Jelinek 1985: 32). Esta teoría es, en mi opinión, el fundamento del código ideológico de la novela Die Ausgesperrten. A pesar de que la autora supedita la conducta de los jóvenes a la inmoralidad y corrupción del mundo de los adultos, convirtiendo a la generación emergente en víctima y esclava de la herencia cultural de sus padres y de la sociedad, ella pone también en boca de los protagonistas adolescentes las motivaciones individuales por las que ellos creen actuar libremente de forma anarquista y revolucionaria.
L ITERATURA FRENTE A VIOLENCIA : E LFRIEDE J ELINEK Y L UISA E TXENIKE 323 Las motivaciones económicas de sus asaltos y robos a indefensos ciudadanos, negadas por los cuatro miembros de la banda, pero presentes en sus actuaciones, parecen importantes, pero no suficientes para justificar la brutalidad de sus actos. Todos reconocen la gratuidad de ese tipo de violencia. Sin embargo, el jefe, Rainer, proclama: “Gerade das Unnötige ist das beste (...) gerade das Unnötige ist das Prinzip.” (Jelinek 1985: 8). “(...) man muß sie grundlos verprügeln, als Selbstzweck.” (Jelinek 1985: 11). Esto significa que el sentido último de su violencia es que ésta es un modo, su único modo de expresión. Vocablos como Angst, Wut, Zorn, Haß, Verachtung, Ekel, Neid, frecuentemente en boca de los muchachos, demuestran que han elegido –léase les han obligado a elegir, según Jelinek– ser inhumanos. La agresividad que les genera la situación vital en la están fatalmente sumidos encuentra también su válvula de escape en conductas autolesivas, como la anorexia de Anna. Todos ellos se muestran tristes y abatidos, acorralados en una situación de la no hay escape. Se dice de Rainer: “Rainer ist, und auch das hat er mit zahllosen Teenagern seiner Generation gemeinsam, ein Halbwüchsiger, der nie erreicht, was er will und immer mehr will als er erreichen kann (...). Seine Lage ist aussichtslos. So sieht er es selbst.” (Jelinek 1985: 164, 165). Rainer, además, encuentra en la literatura de Camus un referente claro para su desesperación. Como el literato francés, el joven criminal lo ha sustituido todo por la nada, por un dolor existencial que le aleja de cualquier esperanza. Rainer, en su admiración por Camus, hace suyos los siguientes principios vitales: “Camus macht den Schmerz zum Weltprinzip, den Schmerz und die Langeweile.” (Jelinek 1985: 206). El desenlace de la novela reproduce los hechos acaecidos realmente y recogidos por la prensa austríaca a finales de los años 50. Con el mismo estilo frío e irónicamente distante con el que Elfriede Jelinek desarrolla el tema de la violencia juvenil, narra ahora unos hechos que escapan a toda reflexión racional o comprensión emocional. El joven Rainer asesina, tras una apacible noche, a su hermana y a sus padres. Les dispara, les golpea y acuchilla. La autora desaparece totalmente tras este increíble acto que la sobrepasa a ella y a todos sus lectores. La más brutal de las ficciones, y la de Elfriede Jelinek lo es, queda ensombrecida por una realidad implacable. La escritora Luisa Etxenike comparte este mismo conocimiento de los comportamientos violentos y sus consecuencias, así como su tratamiento literario. Con un estilo también descarnado y directo, Etxenike ilumina el lado más oculto de la violencia, el destino de las víctimas que sufren en silencio la humillación de los abusos sexuales y que la autora califica, tal como reza el título de la novela y según una cita de Shakespeare, de “el mal más grave”. En este caso, la autora vasca utiliza el punto de vista de la protagonista adolescente, Ellie, en cuya boca y mente inmaduras pone las palabras y los actos. La primera crítica y denuncia que se realiza en la novela se dirige, igualmente, al mundo de los adultos. La sociedad, y su reflejo en el microcosmos familiar, son culpables de obra o de omisión en el tema de los abusos y maltratos a menores. La joven