Ciudad y democracia en la sociedad telemática
Abstract
La determinación de los medios de comunicación en la transmisión de las ideas y la vida política hace prever el advenimiento de nuevas estructuras sociopolíticas cuyas posibles consecuencias para el modo de concebir y habitar la ciudad y la vivienda son objeto de este artículo.
Full text
CIUDAD Y DEMOCRACIA EN LA SOCIEDAD TELEMÁTICA Roberto Goycoolea La determinación de los medios de comunicación en la transmisión de las ideas y la 1·ida política hace pre1 ·er el advenimiento de nuevas estructuras sociopolíticas cuyas posihles consecuencias para el modo de concehir y hahitar la ciudad y la 1'i1·ienda son ohjeto de este artículo. Espacio político y medios de comunicación «E l f enóme no Int erne t no es má s yue la punta del iceber g. es el p ara digma de la sociedad digital. Internet es un nuevo medio de comunicación. Primero fu e la prensa, luego la radio, d es pu és la televisión. Ahora asistimos al nacimie nto de un nuevo soporte para la informaci ón , yue será la materia prima más va li os a del siglo XXI. » Luis Foix (Echeverría, 1 996 . 1 ). En gran medida las democracias se basan en el tipo de relación que se establezca entre las distintas instancias que participan de la vida política; y como cada sistema de transmisión de ideas genera estrategias de persuasión distintas y particulares, los medios de comunicación son un elemento fundamental de todo quehacer político. Del discurso oral a la imagen ca tódica, los media han condicionado las estructuras de los sistemas y los espacios políticos. La Atenas de Pericles no se diferencia tanto de Los Ángeles de Hollywood por su tamaño como por responder a un medio de comunicación distinto. Por co nsiguiente, es factible afirmar que el desarrollo de Internet traerá una tr ansformación radical en las relaciones sociopolíticas tradicionales, debido a dos características in éditas de este nuevo sistema de comunicación: interacción y globalidad'. Los cambios que se intuyen en los espacios públicos y privados como consecuencia de las nuevas estructuras sociopolíticas que están generando las redes telemáticas son de tal profundidad, que incluso es cuestionable si las definiciones tradicionales de ciudad y vivienda serán aplicables al futuro que se avecina. Algo fácilmente observable, si se comparan los emergentes escenarios de la acción sociopolítica con los es pacios históricos de la actividad política. -XLIII - 43 ASTRAGALO, 10 (1998) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1998.i10.06 Arquitecto y crítico ele la arquitectura. Enseña en la Universidad Veracruzana, Xalapa, México.
44 Del habla a la imagen En las sociedades preindustriales, la transmisión e intercambio de ideas entre gobernantes y gobernados se cimentaba en la palabra y la memoria oral. Las distintas instancias políticas debían coincidir temporalmente en un espacio común para poder consumar la acción política. Los usos políticos, las instituciones y los espacios ciudadanos se adaptaron a las características de la comunicación verbal de la oratoria y la discusión cara a cara. Para obtener información, para discutir y proponer, para elegir, había que estar físicamente en el ágora. El foro se identifica con el espacio político, la pulis con la política. El crecimiento demográfico, la expansión territorial de las ciudades estado, la creación de imperios, la profesionalización de la producción y la cultura, obligaron a articular procedimientos de participación política que no implicaran la presencia temporal y espacial de toda la ciudadanía. Surgen así diversos sistemas de representación, que distanciaron a los «votantes» de la vida política cotidiana y crearon espacios específicos para ellos: los edificios del poder, símbolos de dominación y unificación, dependiendo el caso, ubicados contiguos a la plaza pública que los originó: senado, guildas, ayuntamientos, ministerios, etc. En y desde estos nuevos espacios se desarrolla la acción política; leyes, proclamas, manifestaciones e incluso revoluciones pasan irremediablemente por ellos. Mantenerse políticamente activo obligaba a la necesaria concurrencia ciudadana en estos espacios políticos públicos. Aun con el uso de documentos escritos, o sea, cuando las ideas y decisiones políticas se transmitían a distancia, éstos se pregonaban en plazas y tabernas. El auge e industrialización de la imprenta permitirá la generalización de la prensa, generando la primera gran transformación espacial ejercida por los medios de comunicación en las formas y espacios sociopolíticos: a) la información política puede traspasar los límites que imponía la relación personal, los de la polis, para expandirse en el territorio nacional e internacional, y b) la información política entra por primera vez en ámbitos semipúblicos (clubes, cafés, barberías y demás lugares donde se ofrecen los periódicos a los clientes) y privado, la vivienda. Con ello, ya no es necesario estar físicamente en la plaza para estar políticamente informado y activo. Y lo que es muy importante, las mujeres, tradicionalmente vetadas de los espacios políticos, pueden comenzar a seguir la vida política desde el hogar. Pese a estas virtudes, la prensa presentaba serias limitaciones como medio de comunicación de masas. Estaba reservado a los privilegiados que amén de poseer las habilidades intelectuales requeridas para descifrar y procesar la información escrita, podían pagar el periódico diariamente. Además, la capacidad interactiva de los lectores era escasa, lenta y controlable. Por ello, aunque los periódicos servían para profundizar y matizar en las ideas y proclamas de la arenga política, e\ principal escenario de la acción política seguía siendo la calle. La influencia de una opción ideológica era equivalente a su capacidad de com·ucatoria pública. Lo fundamental era dominar al hombre de la calle. La reforma de París em- -XLIV-
prendida por Napoleón 111 se orientó a impedir que el proletariado pudiera apropiarse impunemente de la calle. La radio señala otro momento significativo en el tema que nos ocupa. La información política pasa de la palabra escrita al lenguaje oral. Ya no es tiempo de los escritores (Jefferson, Marx ... ) sino de los oradores radiofónicos. La enorme fuerza política del nuevo sistema es rápidamente aprovechada: Hitler y Mussolini no dirigen sus discursos a los militantes reunidos en el estadio, sino los miles de radioescuchas que deben convencer a través de la palabra en sus receptores privados (Sartori, 1998). El mensaje cambia de formato: ya no se destina en exclusiva al ciudadano políticamente activo, sino a toda la familia -recuérdese los discursos fascistas orientados a los jóvenes-. Las técnicas de Con la difusión de la televisión las formas democráticas sufren otro cambio substancial, sobre todo por la potencia comunicativa de la pantalla. El discurso político ya no se dirige al ¡mehlo, en ninguna de las dos acepciones comunes del término, sino al nuevo sujeto político: el telespectador. La política abandona el ámbito de la palabra, de los conceptos, para incorporarse al universo de la imagen, de la apariencia. Lo importante del líder y el discurso político es la telegenia; con un guión bien aprendido y los recursos económicos suficientes un actor puede hoy llegar a presidente de una nación. Las cifras son claras: en EE.UU. cuatro de cada cinco ciudadanos declara votar en función de lo que aprenden en la pantalla (Sartori, 1997). Mítines, manifestaciones, declaraciones de principio, actos terroristas y similares, se piensan y realizan en función de los grabación de la voz ligadas al teléfono, permitísegundos de telediario o de programas especia45 rán que el discurso político no tenga que realizarse en espacios ni tiempos políticamenfe representativos; incluso se pueden emitir simultáneamente opiniones lejanas. Independiente de sus compromisos, los presidentes de EE.UU. comenzaron a radiar mensajes semanale s. Pero si bien con la radio el discurso político entra definitivamente al ámbito doméstico, la vida políti ca continúa necesitando de los espacios públicos para funcionar. Las opiniones que se pueden dar en la radio desde el hogar por teléfono, se limitan a unos pocos programas cuyos encargados tienen la capacidad de decidir cuándo y qué transmiten. Para expresarse libremente hay que manifestarse en la calle; para realizar trámites burocráticos, pagar servicios, reclamar y votar hay que ir físicamente a un lugar y en el horario que determine el Estado. les que puedan atraer ~ . La telepolítica no requiere de contactos directos ni fugares comunes para desarrollarse. La ciudad moderna norteamericana es un lugar sin espacios públicos, una sucesión de edificios institucionales y de servicios rodeados de viviendas individuales, donde nadie conoce a los conciudadanos pero donde todos están políticamente conectados (manipulados) a través de antenas parabólicas. Esta tipología urbana es uno de los símbolos más palpables de la creciente concentración de la actividad públi ca en el ámbito privado. La aparición del fax, las computadoras y el dinero digital nos está liberan do de tener que ir a una serie de lugares para realizar acciones que antes re querían la pr esencia física del usuario: bancos, pagos de impuestos y serví- - XLV - ASTRAGALO,10(1998)ISSN 1134-3672
46 cios, compras, etc. Sin embargo, pese a esta domesticación de la vida, aún es nece sa rio ir a la plaza para realizar plenamente la acción política. Por plurales que sean los periódicos, por diversas y polémicas que sean las radioemisoras, por alucinante que sea la opción de programas ofrecidos por el cable, el teleciudadano es un individuo receptor, llamado de cuando en cuando a un lugar público a elegir a un representante que ejer cerá por él el pod er político real. En fin, todavía debemos abandonar el espacio privado para ser plenamente ciudadanos. El espacio de la política telemática La generalización de Internet transfonnará el panorama histórico reseñado. Por primera vez la humanidad dispone de un medio de comunicación interactivo, universal y relativamente económico. La capacidad de responder en tiempo real a lo recibido en un terminal informático personal, con independencia del lugar en que nos encontremos. supone una forma de participación social innovadora. Las influencias reales de las redes telemáticas en las estructuras políticas y, en consecuencia, en el modo en que se conciben y utilizan los espacios públicos y privados, no se pueden prever con exactitud. Pero se pueden intuir ciertas orientaciones generales: La «v ivienda» como centro de la acción política La mayor novedad política de Internet viene dada por su capacidad interactiva, es decir por la posibilidad de enviar y no sólo recibir mensajes. La vivienda, mejor dicho, cualquiera que sea el lugar donde se encuentre la conexión con la red, será el centro de la actividad sociopolítica. Así corno la plaza, el mercado, la universidad, los clubes y las tertulias fueron ámbitos fundamentales para la formación de la opinión pública en el pasado, Internet se está mostrando como una tribuna mediática de gran potencialidad, al estar desbordando con creces los escasos espacios de expresión individual en los actuales medias de comunicación internacionales. Pero el cambio puede ir mucho más allá que el permitir relacionarnos desde el hogar con personas e instituciones de todo el planeta. Gracias a la interactividad del sistema, todas las decisiones políticas podrán rea li zarse mediante ref eréndums telemáticos. De la elección del color para el museo local a la del presidente del Banco Mundial, podrán realizarse de forma inmediata, universal y a costos más que razonables desde las terminales particulares de Internet '. En esta democracia global y permanente, no será necesario salir a la calle para ser un ciudadano política y económicamente activo. La vivienda, el espacio de la privacidad por excelencia, opuesto en todo a la polis pública, se convertirá en la ventana al mundo, en el lugar de las relaciones personales, de las actividades eco nómicas y de las de - cisiones políticas universales. La transformación qu e están experimentando los ámbitos domésticos por la implantación de una serie de co nexiones el ec trónicas que son nues - tros interfaces con la ciudad global (teléfono, telefax, televisión, comp utadoras multimedia, etc.), expresan ya la presencia de la so - ciedad telemática en nuestras casas (EcheveITÍa, ]99 6, 4 ). -XLVI -
La inutilidad de los espacios y edificios tradicionales del poder político Una sociedad donde los ciudadanos pueden relacionarse, trabajar, comprar y decidir sobre todos los temas políticos desde sus propios hogares, eliminaría muchos de los esquemas tradicionales de las estructuras políticas y burocráticas. Nuestros representantes políticos en las instancias de legislación y gobierno quedarán obsoletos; lo que tiene im - plicaciones de todo tipo: ¿Qué beneficio tiene seguir pagándoles los substanciosos salarios a los intermediarios políticos, si incluso puedo particip ar como jurado en un juicio internacional sin moverme de mi sofá preferido. ¿Qué sentido te ndr án, entonces, los espacios y edificios construidos para albergar las diversas instancias políticas y administrativas que hoy consumen el presupuesto? ¿Por qué seguir construyendo edificios institucionales si todas las demandas, formularios, pagos, ins cr ipciones, votaciones, se harán a través de medios informáticos? Los espacios del poder: plazas mayores, palacios de gobierno, capitolios, casas blancas o rosadas, sólo ti enen sign ifi cación turística en la sociedad telemática. La verdadera lucha política se ce ntrará en la conquista del espacio virtual telepolita individual. Los arquitectos, históricamente aliados incondicionales de la simbolización del poder a través de la conf iguración del es pacio físico, serán desechados en favor de los diseñador es de espacios virtuales. Los políticos actuales tienen esto claro. En Mé xico, nadie conoce la arquit ectura de L os Pinos, ni en España el estilo del palacete de La Moncloa, pero todos los telespectadores saben quiénes son sus moradores y son consciente del poder que detentan. Sólo los dirigentes nostálgicos de regímenes absolutistas y democracias populistas continúan construyendo y ufanándose de sus costosos edificios institucionales, frente a los cuales convocan anacrónicas manifestaciones de exaltación política. La desterritorialización de la acción política La interactividad de la red implica que cualquier per so na puede convertirse en un difusor de ideas políticas, p or subversivas que sean para el sistema. La capacidad técnica y econó mica requerida para enviar mensajes por Internet, mediante una página Web, por ejemplo, está al alcance de todo usuario. La disponibilidad de recursos técnicos y económicos deja de ser un modo de controlar la información política. Ya no será imprescindible montar costosas estrategias burocr át icas con el fin de recaudar las masas de dinero que consumen las campañas políticas nacionales y más aún las internacionales. Es más, ni siquiera será necesario estar conectado físi ca mente a la red de infraestructura el éctr i ca para enviar l os mensajes deseados: teléfonos móviles, ordenadores portátiles, baterías so lares recar ga bl es, permitirán que la acción política se realice desde los lugares más r ecó nditos. La repercusión internacional del Ejercito Zapatista de Liberación Naciona l gracias a sus mensajes digitales enviados des de la inaccesible selva de Chiapas refleja la potencia de Internet como agente político. - XLVII - 47 ASTRAGALO,10(1998)ISSN 1134-3672
Consecuentemente, las reivindicaciones sociales no necesitarán de la reunión de personas en un lugar específico para llevarse a cabo. Las revoluciones no se harán ondeando banderas en la plaza pública. Aunque es difícil predecir qué formato adquirirán las futuras telehuelgas, parece claro que está al llegar y su capacidad de convocatoria es impensable en los espacios públicos tradicionales. Prueba de ello es «la reciente manifestación de más de 2.500.000 personas por la calle telemática para protestar por la firma por parte del presidente Clinton de unas normas que suponen la implantación de formas de censura a la libertad de circulación por la red>> (Echeverría, 1996, 8). resolver las necesidad físicas básicas; de las necesidades sociales y espirituales se encargará la red. La ruptura de las identidades políticas y culturales ligadas al territorio Además de cuestionar las formas históricas de concebir y usar los espacios públicos y privados, la desterritorialización de las relaciones sociopolíticas y económicas pondrá en jaque las identidades tradicionales entre territorio, nacionalidad y cultura. Aquí radica para J. Echeverría (1996, 8), la mayor potencialidad de Telépolis. La sociedad telemática rompe con el principio clásico de atribución de ciudadanía e identidad en base a determiAhora bien, si el territorio deja de ser fundanantes espaciales: Jugar de nacimiento o resimental en la acción política, las transformadencia. Espacio físico y espacio cultural son ciones y posibilidades políticas que se abren entidades independientes: ¿Cuál es la ciudad, 48 son enormes. Por ejemplo: ¿Qué sucederá con el país, de un habitante de la sociedad telemálas tradicionales circunscripciones electorales ligadas al territorio físico? ¿Por qué no podemos desde Xalapa opinar sobre quién será el futuro presidente de Indonesia si sus decisiones económicas pueden afectar sustancialmente nuestros sueldos y ahorros? ¿Por qué no puedo op inar sobre la restauración de Machu Pichu si es Patrimonio de la Humanidad? La sociedad telemática no tiene espacios estables; su territorio es un espacio virtual, variable y transformable según intereses y preocupaciones específicas. La nueva sociedad no tiene localización fija, no tiene espa - c io sfís icamente co nformados ni edificios materialmente construidos. En realidad, la ciudad podría ser la suma de terminales informáticas dentro de unos cuartos que co ntarán con las suficientes comodidades como para tica; quién decide a qué espacio pertenece; de qué color será el pasaporte del viajero telemático? ¿Qué identidad cultural tendrán los niños de Internet, por mexicana que sea lamaternidad en que nació? Incluso, el papel unificador de la opinión pública y de configurador de las identidades culturales que d es de la Ilustración se asigna a las instituciones estatales de educación, es una quimera en un mundo en el que desde cada hogar se puede elegir libremente la escuela y universidad que se estime más oportuno, con independencia de su locali zación o ideología. La opción final por la cultura propia o por culturas extranjeras queda para ca da individuo, y no para el circunstancial lugar de nacimiento, ni para el gurú, pontífice o comisario cultural local (Echeverría, 1995a, 146). -XLVIII -
¿Será más habitable la ciudad telemática? Sin duda es posible deducir más implicaciones de las redes telemáticas en los usos políticos y en las formas de ocupación del espacio. Sin embargo, basta con las señaladas para observar que nos enfrentamos a un panorama social inédito. Que esta sociedad vaya a ser mejor o peor que la actual, que vaya a permitir una mejor distribución de la cultura y la riqueza o una mayor felicidad individual o colectiva, es algo que de alguna manera nos incumbe a todos. El problema es complicado, porque implica definir y valorar algo tan subjetivo cómo la calidad de una sociedad. Razonablemente, J. Echeverría (1995a, 131) propone que «una forma de organizar la vida social es preferible a otra (o mejor) cuando es capaz de integrar mayor pluralidad de diferencias». Desde esta perspectiva las cartas parecen favorables a la sociedad telemática: «Aunque sólo sea a distancia, es claro que Telépolis [la ciudad global de las telecomunicaciones] permite una mayor mixtura de las culturas y una internacionalización de los ámbitos domésticos. Cada telepolita puede acceder a una mayor pluralidad de diferencias que sus antecesores, y la nueva ciudad, hablando en términos generales, produce formas de mestizaje más variadas, precisamente por la interrelación que comienzan a tener culturas antes separadas y ajenas unas de otras» (Echeverría, 1995a, 143 ). Así expuesto, el panorama sociopolítico que se avecina gracias a las redes telemáticas digitales parece más que prometedor. Sin embargo, se deben considerar al menos dos aspectos bastantes inquietantes sobre la sociedad telemática: Por un lado desde el punto de vista de la habitabilidad del espacio, por diversos motivos, es más que prudente pensar que las relaciones sociales «a distancia» difícilmente llegarán a sustituir la riqueza de las relaciones personales «directaS>>. Tampoco parece razonable pensar que el ser humano se adaptará fácilmente al gregarismo telemático. ¿Realmente queremos crear una sociedad y un espacio urbano como el que anticipa M. Bramvilla en la invivible ciudad de San Ángeles de su película Demolition Man ( 1993 ), donde hasta el apretón de manos se hace a distancia (Ripalda, 1996, 16)? ¿Hasta qué punto es más apetecible una vida donde todo se realice desde el ámbito privado de la vivienda individual, por hennosa, cómoda e intercomunicada que sea?• Por otro lado, nada asegura que a través de Internet lleguemos necesariamente a unas cuotas de participación y de democracia como nunca se habían dado en la historia. Por diversos motivos es posible que la sociedad telemática no evolucione hacia la democracia sino a formas de dominación y alienación jamás conocidas y hacia actitudes sociales nada recomendables. Éste es para J. Echeverría un peligro latente en el que todo está por hacer. Y, nos recuerda nuestro autor, que en gran medida dependerá de los propios usuarios la orientación que adquieran las relaciones sociopolíticas y espaciales de la sociedad y la ciudad telemática: «Se engañaría quien pensara que la nueva ciudad es una panacea desde el punto de vista ético-político, pero también quien ase- - XLIX - 49 ASTRAGALO,10(1998)ISSN 1134-3672
50 gurara que es una maldición. Se trata, como siempre, de que los telepolitas asuman activamente el destino de su ciudad, y con él la BIBLIOGRAFÍA CITADA Echeverría, Javier: Telépolis: Ensayos. Co l. Destino 17 , Barcelona, 19 95a. Echeverría, Javie r: Cosmopolitas domésTicos. Anagrama, Co l. Argumentos 163, Barcelona, 19 95b. Echeverría, Javier: < <Int ernet y el periodismo electrónico »; Ponencia al Congreso: Periodismo elecT rónico en la sociedad del.fitluro. Colegio de Periodistas, Barcelona, 1996 ~(HAS ' Aun4ue tenga nada menos 4ue 60 millones de usu arios/clientes. el u so de Internet es un fen ómeno minoritari o: el constante aumento de sus usuarios. suma do a su anunci ada incorporación a lo s televisores domésticos, permite prever 4ue pronto dejará de ser patrimonio de la s elites eco nómicas y culturales para convertirse en ser algo tan común 4ue no ca use extrañeza poseerlo; tal como sucedió en su momento co n la televisión y las calculadoras. -' Si bien con diferencias significativas. no se trata de un fenómeno propiamente moderno. «E n la época medieva l. la ln4uisición de la Iglesia católica desarrollaba públicamente sus autos de fe y sus ejecuciones en base a estos mismos criterios y argumentos.» (Echeverría, 19 95b.XXl ' Esta posibilidad es tecnológicamente factible si se potencian técnicas como las del correo electrónico con sistemas de cl ave pública 4ue garanticen la privacidad y el anonimato. conjuntame nt e con la autentificación del mensaje. del emisor y del receptor (Echeverría, 1995a, 17 3). ' Según Tomás Maldonado ( 19 90: 16 3 ). en la mayoría de las retlexiones sobre la futura sociedad telemática .« [ ... ] se encuentra sie mpr e la misma indiferencia (cuando no nueva forma de plantear se los problemas éticos, culturales, políticos y sociales >> (Echeverría, 1995a, 156). Maldonado, Tomás: El fiauro de la modemidad [19871. Júcar, Col. Universidad 30. Madrid. 1990. Ripalda. José María: De Angeli s. FilostJfla. mercado y posnwdemidad. Trotta. Madrid, 1996. Sartori. Giovan ni : << Del 'hamo sa pi en s" al ' homo v idens "», Di a ri o El Pa ís. 15 de marzo; Sección Domingo, 18-19, Madrid. 1998. - -- -·- --- ---- desprecio) por la vida cotidiana de 4uienes serán l os sujetos reales de esta idílica sociedad desocializada, desindustrializada y desurbanizada. Evidentemente se parte del presupuesto de 4ue los s uj etos de ese prepotente escenario aceptarán el estilo de vida 4ue se les di cta desde el exterior (o desde arriba. o mejor. desde el centro). Sujet os siempre obedie ntes, disciplinados. sa ti sfechos, siempre dispuestos a di sfrutar plácidamente de las delicias de un trabajo en casa entre vídeo, chimeneas y bucó licas excursiones al propio jardín>>. Lo 4ue sucederá con las re la ciones personales es previsiblemente similar a lo yue seg ún J. Echeverría ( 1996, 8) ocurrirá con las actuales ciudades. La implantación de la sociedad telemáti ca no implicará «4ue los pueblos. las ciudades y lo s Estados actuales vayan a desaparecer. Lo 4ue sí sucederá, si de ve rd ad caminamos hacia la const ru cc ión de una c iu - dad global. será 4ue su relevancia social irá menguando en términos relativos. Buena parte de la producción. y por tanto de la generación de ri4ueza y de puestos de trabajo. tendrá lu gar en Telépolis. y no en las viejas ciudades en las 4ue nos desplazamos a diario para trabajar. para ir de compras» o para participar en la vida y decisiones políticas. -L-