Sevilla, ciudad contemporánea a impulso de exposiciones
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Sevilla, contemporary city by the impulse of Exhibitions Víctor Pérez Escolano Universidad de Sevilla, Spain In their contemporary condition, Sevilla and Barcelona share at least one coincident factor: they both celebrated simultaneously, in 1929 and 1992, large scale events which became decisive factors in their urban history. In 1929 they both celebrated international Exhibitions (Iberoamerican and International), and in 1992 the Universal Exhibition and the Olympic Games. In Seville, instead of the ordinary urban systems, those events constituted the real urban development instruments of the 20th Century. In 1929, the Expo substituted a planning vacuum and, in 1992, it forced the Master Plan (still in progress at that time) to integrate decisions which were taken by the Expo officials. They both generated urban transformations which are symptomatic of the urban thinking of their time, with exceptional investments that in 1992 excelled 7.000 million euros. In both cases, the exhibition sites reconciled their location to feasible yet highly valuable options; and, in each moment, such factor became strategic for the development expectations of the territorial structure, using the Guadalquivir River as an explicit or tacit referent. Nowadays, the examination of each Expo layout model allows us to review both, the successful decisions and the failures of the applied models, which conditioned the following urban processes related to those large spaces, even more extraordinarily in relative terms. From the point of view of their exceptional meaning, the resulting territorial influence and –at the city scale-, the built environment, the transport system and the transport infrastructure should be highly appraised. 1 [email protected]
Sevilla, ciudad contemporánea a impulso de exposiciones Víctor Pérez Escolano Universidad de Sevilla, Spain Dos ciudades españolas de distinto recorrido histórico y envergadura, Sevilla y Barcelona, tienen en su condición contemporánea al menos un factor coincidente: haber celebrado simultáneamente en dos ocasiones, 1929 y 1992, grandes eventos que se constituyeron en factores decisivos de su particular historia urbana. En 1929 comparten sendas muestras internacionales, Iberoamericana e Internacional, bajo el epígrafe común de Esposición General Española, y en 1992 el annus mirabilis en el que la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona coinciden en una sorprendente concentración de eventos de máximo rango en un Estado en ascenso que acierta a hacerse presente en el concierto internacional. Frente al normal desarrollo de los sistemas urbanísticos, esos eventos operan como los verdaderos instrumentos de transformación urbana en el siglo XX. Especialmente en Sevilla, suplantando en 1929 un vacío de planeamiento general operativo, del que las ciudades españolas mas dinámicas comenzaban a dotarse, y en 1992 forzando a que el nuevo Plan General, entonces en redacción, integrara decisiones y determinaciones generadas desde los centros de decisión propios de la muestra, externos al ámbito de competencia ordinaria del Municipio. Una y otra, generaron transformaciones urbanas sintomáticas del urbanismo propio de cada periodo, con inversiones excepcionales, que en 1992 en Sevilla superaron los 7.000 millones de euros. Los respectivos recintos sevillanos conciliaron su localización con opciones viables, pero optando por el máximo valor de localización, que devino estratégico para las expectativas respectivas de desarrollo de la estructura territorial, en ambas con el río Guadalquivir como referente estructural tácito o explícito. El examen de cada modelo de trazado expositivo nos permite hoy revisar aciertos y errores de los modelos aplicados que condicionaron el proceso subsiguiente de la ciudad respecto a esos grandes espacios, aun mas extraordinarios considerados en términos relativos. Cabe evaluar el influjo territorial producido; y en la ciudad, desde el sistema viario y de transportes a las arquitecturas construidas, son coordenadas a estimar desde su significado de excepcionalidad. En efecto, 1929 y 1992, permanecen como hitos de la historia urbana contemporánea de Sevilla, ciudad dotada de un pasado excepcional en su condición de centro del comercio con la América colonial española, y desde su origen antiquísimo, estratégica posición como puerto interior, importante para la articulación atlántica y del mediterráneo occidental. Por consiguiente, la densidad histórica de Sevilla, por otra parte la mayor ciudad de Andalucía, es un referente ineludible para comprender los propósitos de superación de los efectos del final de la España del Antiguo Régimen, y de la condición agraria tradicional de la España meridional, y ampliado al final del siglo XX con las políticas de reequilibrio regional y de capitalidad autonómica. El hecho americanista estará presente en Sevilla, pues, aunque de manera distinta, en las dos oportunidades, 1929 y 1992, en que la Ciudad es convocada a celebrar esa condición como justificación teórica de los eventos que traerán consigo los dos grandes impulsos de transformación de Sevilla en el siglo XX. Un americanismo que tiene en el río Guadalquivir su fundamento geográfico y su símbolo, y será el objeto de las decisiones que conducen a las obras 2
hidráulicas que explican en buena medida el porqué de las localizaciones de ambas exposiciones. Así, las cortas realizadas al río en su proximidad urbana, la primera (TabladaAlfonso XIII) potenciando la capacidad portuaria, y la segunda (Cartuja) procurando liquidar definitivamente los riesgos de inundación. Dos grandes polos, blanco y negro, de la vida fluvial de Sevilla, el desarrollo de su condición de estratégico puerto interior y la redundante y trágica consecuencia de las avenidas del río, como columna vertebral de los hitos expositivos que marcaron el comienzo y el final del siglo XX en Sevilla. 1 La Exposición Iberoamericana de 1929. Es importante recordar que desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, teniendo el monopolio del comercio con América, Sevilla vivió una vicisitud que alteró su condición urbana de ciudad medieval en un proceso en el que el movimiento del oro y la plata, la presencia de forasteros y la modernización de las instituciones de todo tipo, trajeron consigo la construcción de sedes modernas, el desarrollo de obras civiles y religiosas, la transformación del caserío y, en definitiva, la definición de nuevos espacios urbanos con el Arenal como núcleo simbólico, tal como nos lo reflejan las representaciones de la Sevilla de entonces, en las que se destaca el puerto de la Ciudad, puerta de las Indias, escenario del tráfico de hombres y bienes, de la llegada de los metales preciosos, de la excitación urbana que ningún otro lugar del mundo quizá entonces viviera. La importancia del pasado de Sevilla se manifiesta en su enorme centro histórico, con una superficie del orden de las 300 Ha, uno de los recintos medievales mas extensos de Europa, lo que explica que en su languidez decimonónica no preciara de expansión, y ni la demolición de las murallas fuese capaz de estimularla. Extramuros de la Puerta de Jerez, en la salida sur de la ciudad próxima al río Guadalquivir, destacaban dos grandes obras: la Fábrica de Tabacos y el palacio de San Telmo, antigua Universidad de Mareantes para la Carrera de Indias. Aquí se estableció la Corte del duque de Montpensier, pretendiente al trono de España, desterrado de Madrid. Reformó el palacio repetidas veces y con suelo cedido por el Municipio formó unos magníficos jardines que, bordeando el río, se prolongaban hacia el sur, junto al Paseo de las Delicias así llamados por los jardines públicos que allí mandó hacer el ilustrado Asistente Arjona. En 1893 la duquesa viuda de Montpensier donó a Sevilla una parte substancial de los jardines de su palacio. El propósito de acondicionarlos como parque público se cumplió con el encargo en 1911 a J. C. N. Forestier, jardinero y urbanista francés, convirtiéndose ese espacio en el referente central para la localización de la Exposición, que en ese mismo momento se impulsa. Este vector meridional tuvo su segundo y definitivo referente en la importantísima remodelación hidráulica, iniciada en 1909, de la Corta de Tablada y Canal de Alfonso XIII, que representó un gran empeño por dotar a Sevilla de un puerto moderno, una vez urbanizado el antiguo ámbito del Arenal y reducida su fulgurante funcionalidad originaria. En abril de 1926 se inauguraron estas obras incluidas en el plan redactado en 1903 por el ingeniero Luis Moliní. Así, en una primera formulación, Rodríguez Caso propuso localizar la Exposición Hispano Americana, como se denominó en los primeros años, en el Parque de María Luisa y su entorno, jardines de las Delicias, huerto de Mariana y Prado de San Sebastián, es decir, los espacios abiertos meridionales de la ciudad. En 1910 se manda hacer un primer plano de localización donde esas ideas se plasman, incorporando también un segmento de la dehesa de Tablada, al otro lado del río. No faltaron sugerencias de particulares en otras direcciones, como la propuesta por el marqués de Nervión en su cortijo de Maestrescuela, al este de la ciudad, pero la decisión del Comité de la Exposición fue partir de los terrenos de propiedad municipal y de la Iglesia Católica apoyados en el paseo de las Delicias. Sobre ellos trabajaron los escasos 3
concursantes que participaron en el concurso de anteproyectos, fallado en 1911, según lo previsto, a favor del arquitecto Aníbal González Álvarez-Ossorio. A partir de ese momento las numerosas incidencias que jalonan el proceso que discurre hasta la inauguración del certamen en mayo de 1929 también afectó a la localización. El conde de Colombí tratará de racionalizar el sistema expositivo definiendo tres sectores: el centro con los jardines de San Telmo y el parque de María Luisa, el sur según la directriz del canal de Alfonso XIII, y el norte que sería la penetración en la ciudad histórica hasta su propio centro. La pragmática etapa final, bajo la Dictadura de Primo de Rivera, significó la multiplicación de pabellones eclécticos de distintos autores hasta conformar el recinto definitivo, con los jardines de San Telmo colmatados, y diseminando otros en paralelo a la avenida de la Palmera, prolongación del paseo de las Delicias, configurando un sector sur de límites irregulares y desconcertante distribución de pabellones temporales. En total, un recorrido de cerca de dos kilómetros y medio, hecha la salvedad del llamado sector norte, en una superficie aproximada de 135 hectáreas. De la primera etapa, en el borde meridional del Parque, resultó el espacio pintoresco de la Plaza de América y sus tres pabellones, del impulso central la inmensa Plaza de España, de dilatada ejecución, pero se frustró el tercer gran conjunto en el área de San Telmo, el proyecto de Universidad Hispano-Americana. El mito de un diseño unitario de Aníbal González para la Exposición se quebró, ofreciéndose tardíamente la oportunidad a otros arquitectos del grupo regionalista, que no habían concursado, por ejemplo Juan Talavera y Heredia, que proyecta el Pabellón de Agricultura; o el joven Vicente Traver, que construirá el Pabellón Sevilla (casino y teatro) en el área de San Telmo, en lugar preeminente junto al acceso desde el Pardo de San Sebastián. A finales de 1927 aún más trascendente resultó la designación de José Cruz Conde, militar y gobernador de la provincia, como Comisario Regio, que impone su autoridad y un cambio de ritmo y objetivos que conlleva la dimisión de Aníbal González sustituido por el tandem del arquitecto Traver y el ingeniero Carvajal. En efecto, la magnitud que el certamen iba a alcanzar ya había aconsejado extender su recinto, lo que implicó prolongarlo según la citada directriz meridional establecida por el nuevo canal; en esa oportunidad se requirió de nuevo la presencia de Forestier que, en 1924, hace una magnífica propuesta, bien ordenada e imbuida de un tono de modernidad deco propia del momento. Aníbal González trazará sus diseños para ese sector, dentro de límites más reducidos e irregulares, hasta que la crisis de 1927 lleve a este sector sur a las urgencias de última hora, con ejes en las avenidas de la raza y de la Reina Mercedes, con edificaciones destinadas casi todas a desaparecer, entre ellos los pabellones de las regiones españolas y las provincias andaluzas, regionalistas de distinto cuño salvo excepciones como el dedicado a las Industrias Catalanas. Por su parte, los pabellones americanos tendrían mejor fortuna, pues, hecha la salvedad de las alteraciones introducidas por el paso del tiempo, casi todos se conservan. En sintonía con el ensimismamiento de la arquitectura española, los pabellones americanos responden a una orientación neoindigenista, como el que proyecta Manuel Amábilis para México, y sobre todo neocolonial, como el de Martín Noel para la República Argentina, o el de Juan Martínez para Chile. La premiosa evolución de los preparativos de la Exposición Iberoamericana, implicó no solo atravesar complejas situaciones políticas, también, consecuentemente, la vicisitud económica del certamen se desenvolvió de manera muy enrarecida, llegando a constituirse este tema en la piedra de toque de la atención ulterior de las instituciones y de la opinión pública. La imprecisión de los primeros momentos se reflejó en un presupuesto hipotético, del orden de los seis millones de pesetas de la época, asumidos al 50% entre el Estado y el Municipio. Lo cierto es que solo desde 1925, con la autoritaria gestión de José Cruz Conde al frente de la Exposición, se aceleran los actos decisivos que conducen a la culminación del certamen, incluida la inversión fluida en los últimos años de un capital público cercano a los cien millones de pesetas, que 4
luego gravitaría como una losa sobre la hacienda municipal. A la mala gestión se unió lo precario de los ingresos debido, entre otras razones, a la reducida asistencia de visitantes, muy minimizada por la crisis económica mundial de 1929, reflejada en testimonios como el de Ilya Ehrenburg. El análisis de las obras conexas a la Exposición Iberoamericana, hecho por Manuel Trillo de Leyva, significa reconocer que de ese acontecimiento se extrajeron los impulsos transformadores de una ciudad histórica muy estática. Las aperturas de vías interiores, con la actual avenida de la Constitución como mejor ejemplo y principal eje, y las obras de infraestructura se acompañan en esos años de la acelerada renovación del caserío, reconociendo en las demoliciones un factor incontestable de modernización, por mas que las nuevas edificaciones respondieran al gusto regionalista, modo avanzado sobre el historicismo decimonónico, en volumen y significación extraordinariamente notable, muy bien estudiado por Alberto Villar Movellán, del mismo modo que Eduardo Rodríguez Bernal, entre otros, lo ha hecho sobre la precisa vicisitud histórica del certamen. Una nueva ciudad modificada en alineaciones y rasantes, propiciando edificios de pisos sobre solares de antiguas casas unifamiliares, pero celebrada bajo el conjuro de un denominado “estilo sevillano” tensado entre las formas estilísticas y el gusto popular de un barroco contenido, con Aníbal González y Juan Talavera como adalides de cada posición y siempre con los oficios tradicionales recuperados. Aparte de las obras propias del certamen, los hoteles construidos para la Exposición reflejan vivamente esa tesitura, y entre ellos el mas notable de todos ellos, el Hotel Alfonso XIII en cuyo concurso resultó vencedor José Espiau, el tercer arquitecto mas reconocido entre los regionalistas sevillanos. Sevilla afrontó el proyecto de la Exposición sumida en un alto nivel de deterioro y con unos bajísimos índices sanitarios e higiénicos: recordemos el trágico contenido de los Estudios Medico-Topográficos de Philip Hauser de 1882. Existían, como ya quedó dicho, graves problemas de infraestructura y faltaban esenciales servicios y equipamientos, o los que existían eran muy escasos. El problema de la vivienda popular era grave: junto a la enaltecida vivienda señorial, las celebradas casas-patio de aristócratas, terratenientes y estamentos de la burguesía pudiente, las clases trabajadoras ocupaban alguno de estos asentamientos: el modelo específico de habitación comunal (el corral); la casa-palacio abandonada por sus dueños y compartimentada de cualquier modo para permitir el máximo de familias (la casa de vecinos); la casa de reducidas dimensiones que el loteo medieval, aún existente en algunas zonas, la segregación de un retal de la propiedad señorial o el arrabal, permitían: las nuevas soluciones de viviendas por pisos conforme a los modelos desarrollados desde el XIX, e introducidos en distintas partes de la ciudad en mayor cantidad y variedad; por último, extramuros, en la proximidad de los arrabales, junto a los accesos a la urbe, los asentimientos de urgencia de la inmigración campesina provocada por los febriles trabajos de la Exposición. Libros como el de Antonio González Cordón han descrito estos aspectos de manera concluyente. ¿Cual era la política urbanística del Municipio sevillano? El plan vigente con el que la ciudad contaba era el “Proyecto de Reformas de Sevilla” del arquitecto municipal José Sáez López, aprobado en 1895. En su segunda parte proponía la construcción de una serie de edificios públicos: diez grupos escolares; tres mercados a añadir a los cuatro existentes; matadero; cárcel, ya que el antiguo convento de San Agustín cumplía esa función; cuarteles, asentados también casi todos en conventos exclaustrados, que a lo largo de los años siguientes se fueron llevando a cabo. En la primera, el trazado urbano propiamente dicho, las propuestas se limitaban a señalar las vías que debieran ser ensanchadas, y otras de nueva apertura. Esta era toda la preocupación del Proyecto de Reformas: atacar el sistema viario laberíntico de Sevilla, y acometer una regularidad viaria de dimensiones mas generosas conforme a una malla básica que uniera los puntos clave de los límites de las viejas cercas: Macarena con Puerta de Jerez en un sentido, y en 5
otro, Puerta Osario con Puerta Real (Estación de Córdoba), y otras paralelas desde Puerta de Carmona y Puerta de la Carne al Paseo de Colón. La escasa vitalidad demográfica de un casco antiguo tan extenso condujo a que esas reformas, en fecha tan avanzada, eludía por completo la consideración del crecimiento de la ciudad: un plan de reforma interior sin ensanche exterior. Los arrabales históricos y su crecimiento quedaban a su suerte. La ley de 1864, perfeccionada después, promovió los ensanches urbanos, declarándolos de utilidad pública, dotando de ayudas a los Municipios que los proyectaran, dando, en fin, múltiples facilidades. Mientras Madrid, Barcelona (el importantísimo Plan Cerdá), San Sebastián, Bilbao,... vieron aplicados rápidamente sus ensanches, Sevilla (148.000 habitantes en 1900) no lo proyectó siquiera. Así, pues, las reformas interiores eran la única preocupación oficial. Presentar unas vías principales amplias y dotadas de nuevos edificios historicistas en sustitución de las casas tradicionales. Calles rectas y más anchas y edificios más altos, aún a costa de romper la unidad de la trama circundante, como es el caso del edificio de la Telefónica que iniciaba la alteración de la unidad de estilo de la Plaza Nueva, la mejor unidad urbana de matriz neoclásica que Sevilla tuvo. El ya citado Hotel Alfonso XIII se levantó sobre los jardines de Eslava, colindantes a la Fábrica de tabacos; el Hotel Cristina, otro de los hoteles para la Iberoamericana, ocupó la mitad de los jardines de ese nombre, destrozando las vistas próximas del río; o el hotel Eritaña (adaptado seguidamente como casa-cuartel de la Guardia Civil) hizo lo propio contraviniendo las limitaciones que Forestier dejó escritas para salvaguardar las características del Parque de María Luisa. La expansión de Sevilla quedó en manos particulares. En el campo de las propuestas sobre el papel: Enrique Lluria ofrece una propuesta en 1901; Ricardo Velázquez Bosco, el prestigioso arquitecto de Madrid, presenta un ensanche lineal paralelo a la futura Corta de Tablada, preanunciando la avenida de La Palmera como continuación del paseo de las Delicias; en 1909 Aníbal González redacta un escrito, firmado por notables de la vida ciudadana, sobre la “Necesidad y conveniencia del estudio de un proyecto de Ensanche de Sevilla”; poco después, el mismo arquitecto redactará un “Anteproyecto de Reforma Interior y Ensanche de Sevilla” que proponía la expansión por la zona de Nervión; en 1912, Miguel Sánchez Dalp y Calonge, da a la luz pública su “Plan General de Urbanización de los alrededores de Sevilla y de Prolongación y Ensanche de algunas de sus calles, acoplado al nuevo Puerto de Alfonso XIII”, ambiciosa propuesta de enorme interés pero sin trascendencia real; la primera propuesta municipal no se producirá hasta 1917, que recogía no pocas iniciativas de Sánchez-Dalp; otras proposiciones vendrán después. Algunas acciones concretas de ensanche se propusieron también privadamente, y, por lo tanto, sin seguir ningún ordenamiento de rango superior oficial. Remitiendo con mayor o menor generosidad a la idea de ciudad-jardín: el plan del Porvenir, claramente arropado por la implantación de la Exposición; el plano, también de Aníbal González, de urbanización del cortijo Maestreescuela (el barrio de Nervión, en referencia a al título de su noble propietario). Después vinieron Ciudad Jardín y Heliópolis, a otra escala las casas señoriales de la Palmera, y en la opuesta las actuaciones reducidas y puntuales, de la Comisaría Regia de Turismo y del Real Patronato de Casas Baratas, para absorber población obrera en grupos dispersos de diez, veinte o treinta viviendas. Quizá la operación privada de mayor calidad de esos años fue el trazado que Secundino Zuazo haga para la extensión del barrio de Triana, el arrabal por excelencia de la ciudad, cuyo destino, Los Remedios, vendría a consumarse mucho después descargado de los atributos mas atractivos del plano de Zuazo. Componentes todas ellas de un proceso anárquico de desarrollo urbano para el que el carácter extraordinario de la Exposición Iberoamericana, en su larga ejecución de dos décadas, es el motor que lo alimenta. La crisis económica y política desemboca en la proclamación de la 6
Segunda República en abril de 1931. La compleja vicisitud de esta etapa de España se refleja en la particular historia urbana de Sevilla, de manera que el concurso para el Plan urbanístico celebrado en esos años en distintas ciudades tiene en el caso de Sevilla, con la participación, entre otros, de García Mercadal, otro capítulo de un proceso que puede definirse como de la frustración de la normalidad. Los planes que durante el franquismo se redacten, en las décadas de los cuarenta y de los sesenta, por encima de su valores teóricos ofrecen mas de lo mismo: escasa ejecución y sucesivas contravenciones de sus componentes mas atractivas. Por eso, en la conciencia ciudadana prevalecerá durante años la idea de que la Sevilla del siglo XX ofrecería su cara mas amable en lo obtenido al hilo de la Exposición Iberoamericana, hasta que, en el último tramo, otro evento extraordinario, otra Exposición, reprodujera la vía de la excepción como único vector capaz de producir una nueva modernización sujeta a transformaciones estructurales y edilicias de calado. 2La Exposición Universal de 1992. Tras las exposiciones universales celebradas después de la Segunda Guerra Mundial en Bruselas, Osaka y Montreal, con la Feria de Nueva York como equivalente, el BIE (Bureau International des Expostions) decidió otorgar a Sevilla la sede, en principio compartida con Chicago, para la celebración de una exposición universal, internacional del máximo nivel, conmemorativa del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Tal decisión tuvo un carácter excepcional, por tratarse de un ciudad histórica de primer orden, pero la mas meridional y menos desarrollada de cuantas habían afrontado un evento de esa magnitud. La necesidad de encarar cambios urbanos y territoriales sin precedentes tuvo en esta ocasión, junto a la planificación propia de la Expo’92, el soporte simultáneo de un Plan General de Ordenación Urbana cuyos objetivos, rara avis, fueron alcanzados en su práctica totalidad. Sevilla se transformó para 1992 mediante un impulso de naturaleza extraordinaria, con recursos copiosos estimados, entre inversiones públicas y privadas, en 7.165,03 millones de euros (1.192.160 millones de pesetas de ese momento). Pero también con sistemas de intervención que alteraron el orden y el tiempo de la planificación ordinaria. La diferencia está en el distinto rendimiento extraído de la coyuntura, y en la escala y modelo de intervención. Consideración aparte merece las cualidades del diseño y ejecución de espacios e infraestructuras territoriales y urbanas, y la colección de obras singulares de arquitectos de prestigio como Ando, Grinshaw, Calatrava,... Sevilla partió de las bases retóricas de los grandes eventos programados por el BIE: una referencia conmemorativa, el Quinto Centenario del Descubrimiento de América por Colón y un objetivo genérico, “La Era de los Descubrimientos”. Pero utilizó esa oportunidad para acometer la transformación de un gran segmento de espacio estratégico sobre 415 hectáreas de terreno rural a poniente de la ciudad de Sevilla, apoyándose en el río Guadalquivir, inmediato al centro histórico, aprovechando las obras hidráulicas que alejaba el ancestral peligro de inundaciones. Pero esa extraordinaria operación urbanizadora fue posible como parte de la construcción de la ciudad como capital administrativa de la Comunidad Autónoma de Andalucía, como dinamización territorial del espacio metropolitano, y como oportunidad tanto de articulación regional como de equilibrio norte/sur en España, al amparo de las políticas europeas orientadas a ese propósito. Respecto al modelo de exposición propiamente dicha se optó por la inercia de los certámenes precedentes, un recinto concentrado y ensimismado, frente al modelo desagregado de partes, que algunos proponían, como ya había apuntado París para su frustrada Exposición de 1989, conmemorativa de la Revolución Francesa. Ello hubiese significado distribuir recursos a 7
sectores urbanos inmaduros a lo lago de todo el trayecto del Guadalquivir, incluido el aprovechamiento de las incipientes obras ejecutadas décadas atrás para un frustrado canal de navegación hasta el Atlántico. Pero los responsables de la Expo’92 se ciñeron a la localización concentrada en el área expropiada tras la Corta de Cartuja al amparo de un Actur residencial, que le daba pleno y reciente dominio a la administración regional después de las transferencias derivadas de la asunción de la autonomía regional, haciendo valer también su potente centralidad y al amparo sus valores simbólicos. Esta decisión de la nueva jerarquía administrativa marcaría la prevalencia conceptual del Plan Director de la Expo’92 sobre el Plan General de Ordenación Urbana municipal. Las virtudes operativas de esa concentración venían avaladas también por la confianza que se daba al modelo canónico de anteriores eventos. Bien es cierto que sobre ciudades y economías nacionales mas desarrolladas. Pero ese diseño convencional de la Exposición llegó al extremo de eludir el vínculo fluvial del recinto y sus pabellones salvo excepciones muy singulares como el Pabellón de la Navegación, cerrado después en el tratamiento expositivo interior. No obstante, el corazón arquitectónico de este territorio dio nombre a toda la “isla”: la antigua Cartuja de Santa María de las Cuevas. Su rehabilitación trascendió al papel representativo que tuvo durante los meses del certamen a usos culturales de primera importancia. Hoy acoge el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. El borde meridional configura un ámbito de carácter administrativo, incluida Torre Triana, la sede mas importante de la Junta de Andalucía, tras el Palacio de San Telmo, rehabilitado como sede de la Presidencia. La gran superficie septentrional, más distanciada de la ciudad, fue desde el primer momento diseñada como un gran parque metropolitano de eficacia comprobada, al que se vinculan algunas operaciones arquitectónicas de importancia, como la sede y estudios de la Radiotelevisión Española y el Estadio que en 1999 fue el escenario de los Campeonatos Mundiales de Atletismo, y se construyó como aval de la frustrada candidatura olímpica de Sevilla. El recinto propiamente dicho de la Exposición, donde restan algunos ejemplos arquitectónicos valiosos, completa lo que se quiso denominar Sevilla Tecnópolis, y hoy sigue denominándose comúnmente como Cartuja 93. Pero la conjunción de usos que encierra manifiesta los efectos mas negativos de un diseño escasamente previsor de su complejidad y, aún menos, de su vocación urbana. Carente de usos residenciales y celosa durante años de la puesta en mercado de los suelos de titularidad pública, Cartuja’93 fue la idea de la postexposición presidida por un Parque Científico-Tecnológico, del que se segregó torpemente un área de ocio/parque temático (Isla Mágica), inercia de los usos lúdicos inmanentes en la memoria del certamen. Es mas, en su borde emerge la reconversión de un campus universitario que a muchos les parece cohabita mas con los diversiones que con la tecnología. No obstante, el Parque Científico-Tecnológico, que ocupa 25 ha, goza de un pulso general mas relevante de lo que se tiende a reconocer, contando ya con numerosas empresas dedicadas a actividades específicas (I+D, formación y tecnologías avanzadas) con una importante ratio en la generación de puestos de trabajo y del porcentaje del producto interior bruto de la ciudad. Una herencia que trasciende con mucho al recinto y su área expositiva. La innovación de los sistemas de comunicaciones con nuevas redes tanto viarias urbanas - 40 km de rondas y avenidas en Sevilla - e interurbanas, así como ferroviarias - con el tren de alta velocidad entre Madrid y Sevilla, primera línea europea en España -, de transportes (nuevas estaciones aeroportuarias, ferroviarias, y por carretera), y de comunicaciones (telepuerto). Junto con sus nuevos paseos, las infraestructuras (los nuevos puentes) o el equipamiento hotelero y cultural (Teatro de la Maestranza), son las coordenadas definitorias del especial carácter fluvial de la Sevilla de 1992 en el horizonte del siglo XXI. En síntesis se puede definir la coyuntura del periodo comprendido entre 1985 y 1992, un lapso verdaderamente corto de tiempo para el ritmo de las transformaciones urbanas en 8
ciudades medias, que produjo notables cambios fruto de la acumulación de factores de diversa índole: a) el previo aunque breve rodaje de las instituciones democráticas, incluidas las administraciones municipal y autonómica; b) tras unos titubeos iniciales, la continuidad y decisión de gobiernos socialistas en las administraciones, especialmente en la central; c) las circunstancias favorables de la coyunturas internacionales, conformando un marco de bonanza tanto económica como política; d) la adecuación técnica nacional, confluente en la tradicional receptividad de Sevilla en momentos decisivos, a la hora de integrar contribuciones externas; e) el paraguas simbólico de la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América; f) la coincidencia en 1992 de grandes acontecimientos, con el fulgor especial de la Olimpiada de Barcelona, lo que conllevó una acumulación/distribución de inversiones en pos de un “equilibrio” norte/sur a la hora de afrontar proyectos de envergadura como el tren de alta velocidad; y, además, g) todo ello traspasando el límite de la coyuntura favorable, obviando las amenazas de la crisis económica internacional y la crisis política nacional, cuyos efectos permanecieron latentes bajo la euforia de las celebraciones para manifestarse drásticamente primero, y sorprendentemente, con la pérdida socialista de la Alcaldía de Sevilla en vísperas del certamen, y después con el consiguiente cambio político hacia la derecha de las administraciones, salvo en la Autonomía Andaluza. La segunda mitad de la década de los ochenta y hasta 1992 fueron años de gran operatividad, en los que se ha venido a demostrar, una vez más, como en esta ciudad es más eficaz el impulso de la excepcionalidad que la pauta cotidiana de la acción ordinaria de las actividades sociales y económicas. Al conmemorarse los cinco siglos del Descubrimiento de Colón, la celebración de la Exposición Universal ha sido el instrumento impulsor de los más copiosos cambios de la Sevilla contemporánea. Vimos como la Exposición Iberoamericana de 1929 fue el motor, lento pero cierto, que permitió dinamizar una Sevilla que llegaba cansina al siglo XX, y que, ante la ausencia de una transformación regular, para la que otras ciudades se habían dotado de su correspondiente plan de ensanche, aquí contamos con la lenta, compleja y difícil acción producida por los veinte años de ejecución de la Iberoamericana para alcanzar objetivos que dieran tono a la ciudad entrada la segunda mitad del siglo. Máxime cuanto que los años de la modernidad europea de postguerra también iban a ser para Sevilla un periodo mortecino. Solo el impulso desarrollista de los sesenta y setenta generarían un crecimiento anárquico, cuantitativamente relevante pero cualitativamente nefasto, al igual que en otras ciudades españolas, produciendo una periferia desequilibrada y con escasas aportaciones de espacios urbanos y de arquitectura de interés. Con la restauración democrática Sevilla pudo vivir un periodo de restitución de un cierto orden urbanístico, tanto desde el punto de vista conceptual, en una primera etapa de austeridad, como en lo relativo al establecimiento, bien que mal, de los parámetros y objetivos de estructura general, descritos en el nuevo Plan General de Ordenación Urbana, aprobado definitivamente en 1987. Es sabido que la confluencia técnica y administrativa de la redacción y aprobación de los planes de la Ciudad y de la Expo fue difícil. Baste recordar que la excepcionalidad de Expo’92 se sustentó en el Actur de la Cartuja, una instrumento extramunicipal de la planificación tardofranquista muy operativo en Sevilla (otro ejemplo fue el crecimiento a naciente del llamado Polígono Aeropuerto). Con las transferencias de la Administración Central a la Autonómica esa circunstancia fue aprovechada por la Junta de Andalucía junto a la titularidad de los suelos expropiados, haciéndola valer, en alianza con la dinámica propia de la administración central, primero por el Comisario General y luego, mas eficazmente, por la Sociedad Estatal Expo’92, en un marco de decisiones metropolitanas, superiores a la normal vicisitud del urbanismo en cualquier ciudad. Por consiguiente, las decisiones municipales estuvieron bajo el triple paradigma de la Exposición Universal como cuestión de Estado, de la justificación de un territorio supramunicipal y, decisivamente, del 9
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