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New York, New York

Alemán Salvador, María Gabriela

Abstract

A propósito del ataque terrorista de la torres gemelas de Nueva York, la autora observa las consecuencias con una mirada literaria, no exenta de crítica sobre las formas de tratamiento y transmisión de los hechos por los massmedia así como su aprovechamiento y manipulación para reajustes de los intereses económicos.

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NEW YORK, NEW YORK Gabriela Alemán A propósito del ataque terrorista de la torres gemelas de Nueva York, la autora observa las consecuencias con una mirada literaria, no exenta de crítica sobre las formas de tratamiento y transmisión de los hechos por los massmedia así como su aprovechamiento y manipulación para reajustes de los intereses económicos. F ue a las diez de la noche del 11 de septiembre, al intentar realizar las tareas mecánicas de todos los días, las tareas que rutinariamente terminan el día: apagar la luz, cerrar las ventanas, bajar las persianas, entrar a la cama, cerrar los ojos y escuchar el silencio, que cumplirlas se volvió imposible, porque esta vez, por una vez, nada era igual. No se podía terminar el día como siempre porque el día había sido extraordinario. Apagar la luz significaba dejar entrar la noche y la noche, en Downtown Manhattan. estaba tomada. Un haz de luz espectral iluminaba lo que ya no existía, tiñendo de una fosforescencia celeste el vacío. Y porque no estaba, porque algo sin sustancia, algo tan efímero como luz cruzando toneladas de polvo y humo, el círculo formado quedaba más claramente marcado. No se podían cerrar las ventanas porque el olor que invadía la ciudad y entraba en cada rincón de la casa, no era etéreo sino pesado. Pesado como caucho quemado, como cables y cortocircuitos y diésel y hierro y oro quemado. Insoportable. Como carne quemada. No se podían bajar las persianas porque hacerlo sería intentar descansar y olvidar. Y eso era imposible. No se podía buscar la cama y cerrar los ojos porque los párpados no eran más párpados sino pantallas. Pantallas que repetían lo visto y lo imaginado. La segunda explosión lanzada al aire como una bola de fuego, cuerpos cayendo, torres desmoronándose, humo y polvo y destrucción y vértigo. No se podía escuchar el silencio porque escucharlo era imposible. Porque los vecinos, en un desesperado intento por sentirse inmunes a lo que ocurría afuera, aullaban y jadeaban y gritaban y se amaban con rabia. Y porque del otro lado, del lado que miraba al East River, el perro del otro vecino, gemía y rasgaba la puerta de metal desesperadamente. Toda la noche, hasta el amanecer, durante tres días, antes de callar. - CI101 ASTRAGALO, 19 (2001) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article.ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2001.i19.10 Escritora 102 La mañana que siguió a la mañana que terminó a las 10:15 a.m. del 11 de septiembre, fue la mañana de un tiempo paralelo. De algo que no podía ocurrir. Ningún carro circulando por la ciudad. Las calles desiertas, livianas, veraniegas. Cientos, miles de personas bajando por las grandes avenidas. Bajando por las calles de Manhattan. Cruzando el Brooklyn, el George Washington, el Verazano, el Triborough Bridge para regresar a sus casas. Para dejar atrás lo que ya se había convertido en un blanco y había dejado de ser el centro del mundo, el lugar más cotizado de bienes raíces del planeta. Y la gente que vivía allí y que aún no había salido de sus casas o se encontraba en camino al trabajo o se detuvo en la calle a mirar qué ocurría, se sentía desde esa mañana menos habitantes de Manhattan que camada. La gente congregada en las esquinas, hablando con extraños, susurrando a aparatos que daban tono muerto porque las líneas estaban saturadas, porque todos querían saber dónde estaba su familia, sus amigos. Y como no podían, hablaban con la gente que tenían al lado. Como una curación, las palabras como un bálsamo, para sacarse las imágenes del cuerpo, para compartir, para entender. Para, sin saberlo, intentar dormir de noche. El tiempo envuelto y postergado y detenido en la televisión. La televisión convertida en tótem, en conexión, en sabiduría. El secreto finalmente revelándose en la torpeza de los comentaristas, en las noticias contradictorias, en los informes repetitivos e inútiles luego de diez horas, quince horas, setenta y ocho horas de programación continua: la máquina tonta mentía. Lo que había ocurrido era real: el impacto de los dos aviones había sido real, la explosión, la gente escapando, bajando ordenadamente por las gradas, sin saber qué había ocurrido en su mayoría, la gente saltando en llamas, los bomberos subiendo las escaleras momentos antes de que el edificio se desplomara, el humo negro cubriendo la punta de Manhattan cuando se derrumbaban, la noche en el día, la gente sosteniéndose, ayudándose, corriendo, escondiéndose, descreyendo. Los comerciantes regalando zapatos de caucho para que las mujeres, las mujeres con tacones que huían, pudieran caminar más rápido; los tenderos repartiendo agua embotellada para que la gente, la gente que escapaba, pudiera quitarse la pasta de concreto y humo que los cubría mientras la televisión repetía frenéticamente las mismas imágenes una y otra vez y otra vez y otra vez. Las palabras secas e insuficientes. La continua referencia al cine. Al espectáculo. Lo real convirtiéndose en espectáculo. Lo real indiferenciado de lo irreal, la falsedad entrando con fuerza para impedir distinguir. Como si la repetición traería una revelación. Y se revelaría el misterio que nadie cuestionaba en las pantallas. Ni a las dos horas, ni a las setenta y dos, ni a las ochenta y cuatro. ¿Por qué? El vacío en las miradas de los que deambulaban por las calles. El ritmo de la ciudad alterado. La ciudad alterada. Gente buscándose, congregándose, abrazándose, llenando los restaurantes, comiendo carne cruda en los bistros, bebiendo y hablando y confortándose. Al día siguiente. Desconcertada, furiosa, expectante. En los días que siguieron. Las calles cortadas, bandas de protección alrededor del Empire State Building, amenazas de bombas en las estaciones de tren, -en- los túneles cerrados, los puentes a medio abrir. Los rumores creciendo: deportaciones masivas a los indocumentados, desaparición de los que disentían con la política, con la amenaza de guerra, rescates milagrosos de gente que había navegado el derrumbe de las torres como una ola y había bajado a tierra ilesa, despidos inmediatos, taxistas de medio oriente perdiendo sus recorridos por temor, por miedo al color de su piel, con temor de sí mismos, igualados en los medios al mal. Los cientos, miles de refugiados, exiliados, inmigrantes extranjeros que componen Nueva York sitiados nuevamente por sus memorias, por las huellas nuevas de lo que vendría, marcados por el presentimiento del nuevo presente. Si el alcalde quería normalidad, por lo menos consiguió su simulacro. En los días que siguieron a la mañana del 11 de Septiembre las avenidas se volvieron a llenar, los carros regresaron a congestionar las calles y bocacalles y entradas a los túneles, los metros volvieron a desbordarse a las cinco de la tarde y ocho de la mañana. Los museos abrieron, Broadway siguió con los espectáculos, los restaurantes y almacenes continuaron como a diario. Aunque lentamente, con el pasar de los días, las vitrinas de NY se transformaron; como luego lo hicieron las ventanas y puertas y entradas y carros y la ropa de la gente. Lentamente la ciudad entera pareció cubrirse de rojo, blanco y azul. Lentamente tener una bandera o una cinta atada al pecho con esos colores, se volvió circunspecto. O se estaba con o se estaba contra. Lentamente se fue viendo que el simulacro era pernicioso. Un fraude. Que los mensajes se contradecían. Nada era normal: todo resistía a esa imposición. NY estaba afectado, interrumpido, vulnerable. El enorme hueco en el cielo era la evidencia más clara. La gente que viajaba a Manhattan cada mañana no se quedaba como antes, no entraba a los restaurantes, ni a los bares y devolvía las entradas al teatro o las perdía. Cada mañana, cuando entraba al subterráneo se sumergía en pánico, pensando en el siguiente ataque, en los túneles derrumbándose, en las bacterias que flotaban en el aire y que inevitablemente respirarían. Muriendo. Como ya imaginaban habían muerto todos los que aún seguían desaparecidos. En la jerga oficial, en la esperanza de la ciudad. Millones de personas en pánico. Entrando y saliendo a diario de Manhattan. Millones de personas que leían los diarios y veían los noticieros que decían que todo, o casi todo, había vuelto a lo que fue antes de los «acontecimientos». Creyéndolo para poder seguir. Para ignorar lo obvio: los despidos, los sitios vacíos, las ventas reducidas, las calles cortadas, las rebajas en los almacenes, la sobriedad en la ropa. En la ciudad de los excesos. El ritmo de NY se puede medir por el movimiento de su gente. Por como pisan cientos de miles de pies sobre las aceras de Manhattan. Una masa ondulante y acompasada que refleja el estado de ánimo de la ciudad. Una masa que traga a los individuos: que los regurgita neoyorquinos: apurados, mal humorados, cínicos y cosmopolitas. El compás se sacudió en esa hora y media del 11 de Septiembre y entre el tiempo que tomó el primer respiro, sostenido, y la exhalación final su tempo quedó tocado. La masa desapareció y se convirtió en comunidad. Interesada por una vez en los vecinos que nunca había conocido, en las personas que veía a diario en el tren, - CIII103 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 en preguntar, preocuparse, llamar, bajar la guardia. En sentir y con el paso de los días, esta vez, nuevamente, como masa. Que ya no corría, que ya no veía la necesidad de hacerlo. El ritmo de esa masa se vio interrumpida porque parte de ella no pisaba la acera, ni tenía la mirada perdida, ni caminaba hablando constantemente por celular, para sentirse unida a algo. Porque parte de ella estaba fijada a las paredes y muros y teléfonos públicos de la ciudad. Congeladas sus sonrisas, sus rostros detenidos para siempre en esa sola, única expresión, revelando sus marcas, sus señas y direcciones. Contando dónde habían estado, interrogando a quién los hubiera visto por última vez. Pidiendo ayuda. Imaginen lo que sienten cientos de miles de personas en pánico cuando leen Please, help usen cada esquina de la ciudad, al bajar de la estación de metro, al entrar a sus oficinas. Al sentir los ojos de esas miles de personas siguiéndolas, mirándolas reír, volver a la normalidad. Se sienten traidoras, sienten que tienen que leer cada cartel para ver si pueden reconocer a alguien, llamar a alguien con algún tipo de información. Pasan frente al Hospital de Bellevue, donde las fotografías se apilan como un largo muro de lamentos, y disminuyen la velocidad de su paso, para acompañar el dolor. Llamados como un imán a compartir. Y con la lluvia que sigue a los días veraniegos sienten la esperanza disolverse, no porque las operaciones de rescate aún no han encontrado a alguien, sino porque el agua ha corrido la tinta y las fotos ahora son borrosas y algunas se han caído y a otras se las ha tragado el viento. Porque esas fotos eran talismanes, eran el portal de otra realidad. La que devolvería las cosas a la normalidad, mientras los rostros siguieran allí. Mientras alguien pudiera reconocerlos y encon1 04 trar dónde se encontraban. Nada era normal. Cuando Wall Street se reabrió era una zona de guerra, no sólo había policías sino que la guardia nacional, con rifles, controlaba el paso al sur de la isla, en esa ciudad sitiada. Nada era normal. Porque cuando el Financia! District se evacuó y todo se cubrió de polvo y cientos de toneladas de concreto y vigas de hierro y astillas de vidrio cayeron millas a la redonda, antes de que se desconectara el gas por temor a que el fuego hiciera volar al resto del sector y se verificara que Jos diques contendrían al Hudson y al East River y que no se hundiría el sitio físico de la capital financiera del mundo, construida enteramente sobre tierra rellena, antes de todo eso, cuando sólo se pensaba sacar a la gente de ahí, nadie se pr eocupó por sacar a los prisioneros de la cárcel de alta seguridad cercana a City Hall, a cuatro cuadras del World Trade Center, ni nadie evacuó a los detenidos en espera de sus juicios de las cortes de Manhattan a pocas manzanas al oeste de las torres -que encerrados y sin ventanas, ni luz, solo podrían estar imaginando en su celda el fin del mundo, por lo menos del suyo. Nada era normal. Porque Jos policías de NY se habían convertido en héroes, Jos mismos que poco antes habían sido condenados por su brutalidad, puestos en duda por el asesinato de jóvenes hispanos y negros, y que ahora eran homenajeados. Nada era normal. Porque en esos primeros días, en los que las fuerzas de seguridad del estado y un alto porcentaje de los estados vecinos, se concentraba en labores de rescate, el crimen descendió un treinta por ciento. Nada era normal. Por- -CIV - que en el sótano de una de las torres las reservas en oro de un banco que tenían sus oficinas en el WTC tuvieron que cambiar de estado y sólo se podría especular sobre la alquimia que habrá operado en ellas esta transformación de líquido a sólido con los gases y el diésel y los gritos y estallidos ocurridos en los pisos superiores. O si se encontraban intactas. Como los vidrios de los almacenes del Winter Carden, a un paso del caos. Nada era normal. Porque se podía encontrar una mesa sin reserva en el Russian Tea Room y entradas para la Opera y todos los espectáculos de Broadway que habían estado agotados hace meses. Nada era normal. Porque los gustos habían cambiado. Porque a todo lo que le faltara raíces, fuera minimalista y resonara a vacío se le huía. Los bares de barrio, ruidosos y desordenados, eran el sitio para reunirse. Nada era normal. Porque a cuatro cuadras a la redonda de las Naciones Unidas las calles estaban clausuradas al tráfico y camiones llenos de arena impedían el tránsito. Arena que ayudaríen caso de una explosión. Nada era normal. Y nada lo sería desde la calle 42 hasta la 46 hasta noviembre, luego de la Asamblea General, cuando se decía, decía el rumor, que las cosas volverían a la normalidad. Nada era normal. Porque el once, cuando no se podía hacer nada, la ciudad, parecía que entera, salió a donar sangre. O todo era normal. Cuando algunas semanas después se volvió a pedirla porque más del sesenta por ciento de la donada se encontraba contaminada. NY, donde todo desaparecía. Hasta los poemas y fotografías que cubrían las verjas de Union Square. Donde los amigos, vecinos y familiares de los desaparecidos llevaban a cabo vigilias diarias, donde la gente podía ir a dejar flores y prender velas. Porque un día alguien decidió, sin consultar a esos familiares, amigos y vecino s, que esos materiales debían archivarse. Alguien decidió que la memoria depende de huellas, de la visibilidad de imágenes y que el futuro necesitaría recordar. Poner a circular ese cuerpo de memorias que desaparecerían con el paso de los días. Y el Smithsonian recolectó la memoria de los neoyorquinos para guardarla intacta, bajo cristal, para que nadie la olvidara. En el porvenir. Creó otro hueco en el presente para que el futuro guardara su registro. Bajo la superficie de NY ahora queda otro lugar. Con resonancias sólo para algunos. Palimpsestos de otras listas negras, de desaparecidos y onces de Septiembre. NY y sus capas y estratos de vacío. NY que ha dejado de ser el lugar más cercano al cielo. NY que ya no puede brindar con champán desde el piso 109 a las estrellas. - CV - 105 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 Codex Escurualensis. Fragmento del foro de Nerva (folio 57 v). - CVI-