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Artefactos de los nuevos sistemas urbanos

Hernández Pezzi, Carlos

Abstract

Desde una perspectiva cultural, el autor examina los comportamientos de la arquitectura en el medio ambiente como artefacto y como lenguaje. Para significar el desarraigo cultural o la arquitectura antiurbana, en términos análogos a una problemática medioambiental, se puede hablar de «ruido de la arquitectura» o de «contaminación del lenguaje».

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ARTEFACTOS DE LOS NUEVOS SISTEMAS URBANOS Carlos Hernández Pezzi Desde una perspectiva cultural, el autor examina los comportamientos de la arquitectura en el medio ambiente como artefacto y como lenguaje. Para significar el desarraigo cultural o la arquitectura antiurbana, en términos análogos a una problemática medioambiental, se pu ede hablar de «ruido de la arquitectura» o de «contaminación de/lenguaje». Alguien sentenció que la arquitectura era música Arcadia campesina, recurrentes durante todo congelada, aunque nadie ha dicho nunca que la múdel devenir del siglo de la revolución cientísica sea arquitectura que se derrite. Sin embargo se ha omitido siempre lo más evidente: la arquitectura, aparte de unos pocos libros, es la única forma de historia posible. En algunos ca sos ni siquiera se conserva la literatura y queda la arquitectura sola como testigo mudo pero elocuente: un edificio vale más que mil palabras porque es una imagen dura que dura. Guillermo Cabrera Inf ante. El libro de las ciudades. Campo y ciudad Durante el siglo que termina pesó la contradicción entre la ciudad y el campo como una metáfora analógica de la ruptura de las condiciones de la era de la industrialización con el entorno. Apenas hacia el final de siglo se creyó que esa contradicción alumbraba esperanzas de un futuro tan romántico como el que habían puesto en pie los nostálgicos de la fica y técnica. El recurso a la melancolía de la precivilización artesana y la búsqueda de alternativas al entorno urbano que se adivinaba agobiante y conflictivo ya era antiguo en la época de Ruskin y William Morris, pero ahora se antoja casi pintoresco. Los defensores de las otras vidas en la tierra están en minoría frente a una globalización avasalladora que los uniformiza en todos los territorios y culturas a la vez. Ni siquiera las grandes conflagraciones mundiales deslindaron ciudad y campo que eran objeto de conflicto o leyenda viva de una imposible poí esis del medio natural. La humanidad contemporánea ha sufrido en cualquier ecosistema o hábitat humano la derrota de sus expectativas de futuro sin mantener siquiera la esperanza de que, al menos, el campo -esa ilusión teñida de melancolía de la vida en la na- - LX XI - 71 ASTRAGALO, 16 (2000) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2000.i16.05 Arquitecto y escritor 72 turalezalo fuera como un recinto abierto pero reconocible. Si el término se aplicara tal como Jo entendía Fernando Parra en su Diccionario de Ecología, como «condiciones naturales que inciden sobre una especie, y el lugar mismo en que vive dicha especie», más tendrían que aclararse en nuestros días las condiciones en que se aplican las palabras «natural», «especie», «lugar», hasta comprobar la «incidencia» de un mundo en el que, a menudo con frecuencia, se confunden crecientemente los términos del lenguaje en función de una aceleración inhóspita y continua, que modifica todas las circunstancias de tiempo y de espacio, hasta convertirlas en epiPara distinguir cualidades o características del medio natural y el medio habitable ya no caben aquellas poderosas contradicciones que echaban en falta los ciudadanos escépticos de la revolución industrial. Hoy ya no existen límites entre lo virtual y lo real, entre el simulacro y el hecho, entre el artificio y la naturaleza, porque la precariedad de Jo realmente existente hasta nuestros antepasados, la herencia del planeta Tierra, -ésta sí entendida generosamente como hábitat en el más amplio sentido de la palabra-, depende hoy más que nunca de la voluntad social de supervivencia de la especie humana. sodios efímeros, que casi son inmateriales El intercambio, la difusión, la pérdida de límites para poder hacerse reales. es una de las características culturales de un enLa pugna entre naturaleza y artificio hace tiempo que fue ganada por este último. Quizá por disolución de las barreras formales de uno y otro, es decir, ganada por los dos artificios puestos en conflicto. Poco a poco, artificio es todo; y todo lo natural es artificioso en la medida en que se cierra sobre sí mismo; se une en la mezcla indiscriminada de lo natural/artificial, porque los artilugios que mantienen la naturaleza son de origen tan humano como si hubieran sido creados en un laboratorio. El fenómeno de ocupación de la tierra es tan imparable como el lento deshielo de los bloques de hielo de la Antártida. El mundo controlado por los satélites tiene confines precisos y dentro de ellos el artificio de la naturaleza cada vez se representa más como un espacio residual de lo natural, transformado por lo artificial en apretada carrera, superprotegido, mimado y asediado por todo tipo de amenazas. tomo, en el que el análisis de los hechos es el de una percepción fenomenológica de sucesivas imágenes, muchas veces incorpóreas, de las que lo que se trasluce es una opacidad hendida por dudas y fragmentos, pero rehecha por la persistencia de epifenómenos que, en su reiteración, devuelven imparables formalizaciones de procesos más inmateriales que físicos. Con frecuencia, la repetición de acontecimientos aquilata los perfiles de lo real, configurando medidas complejas de interacción y disolución de energías contrapuestas, que desde muchos ámbitos y disciplinas se quieren ver como el hábitat humano por excelencia: el de la conformación global de un mundo de dudas en el que fluyen como escenarios distintos episodios de lo natural o lo artificial, a sabiendas de que representan en conjunto el mismo artificio ilusorio en el que nos desenvolvemos a cambio de establecer nuevos modos de ciclos vitales y nuevas formas de génesis de los procesos de creación -LXXII- de vida. El paisaje genético se construye de plasmas tan vivos como los del genoma humano convertidos por la ciencia en diagramas que «viven» en la inteligencia artificial. La realidad construida, esa macro masa de las ciudades en permanente crecimiento, es la cara visible de una tangibilidad siempre en peligro. En un artículo denominado «La muerte de la ciudad» el escritor y dramaturgo Jesús Ferrero alerta sobre la americanización de nuestro tiempo y nuestro espacio. Una advertencia que resuena desde hace tiempo en otros ámbitos y voces de la cultura europea, aunque ahora se hace eco en la construcción de nuestro espacio colectivo. «Y con la americanización llega su mundo y hasta su atmósfera: proliferación de tierras de nadie, de zonas que parecen impregnadas, hasta en su estética, de desarraigo y desolación. El mundo parecerá más desolado sin las calles. Y "la calle" de toda la vida está desapareciendo». Más adelante, en una reflexión de mayor alcance, Ferrero, más pesimist a, añade: «Resumiendo un poco: no estamos en un momento de urbanización propiamente dicha; estamos en un momento de "s uburbanización" y destrucción del tejido urbano y social. Y puede que la ciudad esté ya desapareciendo como unidad civil y territorial, en beneficio de esa "suburbanización" global y, al parecer, imparable». Pero la desaparición es un mito, resuelto por los principios de la entropía, todavía válidos en las redes y lo s cables, o sujetos por las teorías de las nuevas unidades de medición o creación de la energía. La suburbanización global supone la pérdida de límites entre campo y ciudad y, por ello la pérdida de identidad entre la ciudad como ente separado de su entorno, la indiferenciación es la muerte de la ciudad. La desaparición de la ciudad alimenta las preguntas sobre su creación a lo largo del tiempo. «El hombre no inventó la ciudad, más bien la ciudad creó al hombre y sus costumbres», afirma el Premio Cervantes, Guillermo Cabrera Infante en el «Elogio de la ciudad». «Pero la ciudad ha sido destruida más de una vez por el hombre que creyó que la creó». La historia de las ciudades y de la humanidad es la de creaciones, destrucciones y reconstrucciones, solapadas y contradictorias, en las que los hombres han sido genéricamente protagonistas. Tal vez sea por ello que la ciudad que conocemos se les atribuye tanto como la arquitectura que la identifica, como parte de la historia posible. Cabrera Infante continúa explicando el significado que tiene la palabra urbanidad, tan a menudo contrapuesta a urbanismo: «Urbanidad viene originalmente de la palabra latina para la ciudad. La ciudad como la conocemos se originó posiblemente en el Asia entre el sexto y el primer milenio antes de Cristo . .. » Hoy sabemos que urbanidad no significa nada sin ecología. El medio ambiente sustituye al urbanismo como paradigma de futuro. El descubrimiento de una última lógica racional del ser humano, la ecología como entendimiento trascendente de un metabolismo planetario, se ha desarrollado como ilusión de freno a la imparable fusión de los campos tangibles y los campos invisibles. Pero hoy sabemos que una ecología del límite es imposible como lo es una ontología de lo divino como unicidad - LXXIII - 73 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 74 del ser al modo holístico de nuestros antepasados. La ciudad a la vez se crea y se destruye, pero al transformarse, lo hace en otra cosa. Un ámbito donde lo que ocurre sucede como fenómeno, se extiende como proceso y vive más como alegoría que como realidad tectónicamente verificable o experimentable a la manera tradicional. Arquitectura como alrededor, construcción como indefinición, espacio como variable multidimensional del tiempo: tales son los indefinidos contornos para evaluar un espacio dinámico de transgresiones y dudas. La acumulación de sucesos construye la ciudad indiferente entre el campo y la naturaleza, en la que la arquitectura no crece u ordena, sino participa de una pulsión de penetración a través de los espejos buscando otros mundos, en los que prima el caos de las palabras, el deslenguaje. Lo que Millás ha denominado el desorden alfabético. La indiferencia En un breve plazo, se ha pasado del elogio de la periferia en relación con la centralidad, -hablando de polos que dialogan entre sí con energías fecundas tal vez por descubrir y visualizar-, a la realidad magmática de la pérdida de posiciones y orientaciones respecto de centralidad alguna. La indiferencia física entre el campo y la ciudad es el territorio informe, ocupado por todas partes. Es la falta de otra perspectiva de hábitat que no sea la del hábitat urbano, es la estadística que sitúa un 80% de ciudadanos en ciudades de más de 10 .000 habitantes en Europa, a la vez que las ciudades pequeñas se transforman en barrios de aglomeraciones urbanas sin principio ni fin. Indiferencia indiferente a la forma, al sitio, a las relaciones de producción y los equilibrios ambientales, sí. Pero indiferencia también a las leyes impuestas por antiguas geometrías que ya no sirven a ese propósito magmático de convivir soldados -o plegadosa los procesos vertiginosos que adquieren rango de realidad a través de las tecnologías de la información. La arquitectura ligada al entorno es un fenómeno que explica poderosos mundos de relaciones entre nuevas percepciones del globo, que ya no tienen que ver con los mundos clásicos, o la utopía moderna, sino con la constatación de que el mundo se reproduce en una genética de mutaciones que, en sí mismas, son las razones de fuerza que configuran sitios fluidos y paisajes efímeros, como torrentes de información para construir mundos a la carta. Igual que la familia, el sexo, el tamaño o el color pueden elegirse a la escala de la especie, el lugar, el clima, el escenario y la movilidad pueden escogerse en gamas tan antinaturales como ecológicas en la medida en que cumplan diversos requisitos en relación con un mundo circundante que intenta blindarse o protegerse frente a los entornos de mayor escala, aunque se sepa, como bien dice el filósofo alemán Peter Sloterdijk, que todos estamos navegando «en el mismo barco». Y eso porque la misma metáfora de las islas o el archipiélago atribuye a la naturaleza una condición marina que ahogaría o suplantaría la flora y fauna terrestres, para acomodarla a ese medio fluido y amoldable que es el agua. Lo mismo sucede con el aire. La ilusión de una bóveda planetaria en la que transcurre la vida de las telecomunicaciones alimenta el -LXXIV- imaginario contemporáneo con la idea de que los flujos son el espacio natural donde el hombre vive su aventura navegadora. Medios inabarcables, fluidos, ilimitados ... que necesitan grandes energías o redes para ser transitados fuera del espacio gravitatorio que señalan convencionalmente las formas antiguas de la naturaleza de la envoltura sólida de la tierra, aquellas que requieren del espacio transitable en planos de formas y seres que buscan la luz a través de una relación ortogonal con el medio, que en los otros fluidos líquidos o atmosféricos, se puede llegar a perder. Hasta las empresas de telecomunicación necesitan asirse al latín terra para dejar -siquieraalgún cabo atado a la idea de un planeta totalmente transitable o globalmente eludible de cualquier vínculo con la gravedad que se supone a los objetos con forma y textura material. Silencio y ruido La diferencia entre naturaleza y el hábitat urbano es el ruido. El campo es el escenario del silencio de la naturaleza, un silencio de hechos y no de fenómenos, de lenguajes codificados y no de percepciones en movimiento. El campo, entendido como el artificio natural, es un lugar donde la imaginación puede poner en tierra el s il encio que busca en el agua o en el aire, la limpieza acústica que echa en falta en la ciudad, donde el griterío urbano no deja ver el hábitat urbano donde lo hay. Sostiene Casti ll a del Pino que «todo acto de conducta es un acto de habla y que la secuencia de actos de conducta compone el discurso >> . Un sentido es en el que se podría e ntender que el discurso urbano contradice «la primacía del uso sobre el significado>> de las expresiones lingüísticas que Javier Muguerza sitúa en las Philosophische Untersuchungen como culminación del trabajo acerca del «juego del lenguaje >>. De forma que en la ciudad el juego del lenguaje alcanzaría la algarabía y en lo que queremos ver como campo, vacío, o arrabal de la conurbación, estaría el silencio impotente de la gravedad de los ecos naturales, de la vida de los ecosistemas menos artificiales de la tierra. El campo tendría sus límites en el artificio sonoro de la ciudad que transgrede los límites aéreos a través de la contaminación acústica que perturba las relaciones de fuerza de los espacios urbanos. El ruido identifica a la ciudad. El ruido como alteración, como sonido inarticulado, como alboroto o desorden de las cosas, del entorno y del lenguaje. La arquitectura, como única forma de historia posible, -e n las palabras de Cabrera Infante como única posibilidad de forma histórica para identificar el hecho construido-, la edilicia de la ciudad, pierden peso para hacerse caja de resonancia del ruido atmosférico que se hace denso y opulento de redes y mensajes. La arquitectura desposeída de la función de certeza histórica alcanza una dimensión perceptiva que la transparenta con su medio, en la medida en que protagoniza entonces una función sonora, acústica, a cuyo través se pueden percibir los fenómenos sin necesidad de que estén encerrados en volúmenes grávidos. El ambiente del artificio urbano se produce porque esta forma de hi storia posible que se encuentra en la arquitectura que hemos conocido también se desvanece en lo físico. -L XXV - 75 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 76 En el resto de los componentes espaciales, apenas se tienen en pie algunas diferencias entre los hechos, las formas o los procesos construidos y sus correlativos paradigmas ambientales. La misma desaparición de la arquitectura se reclama como parte de esa naturaleza de ficción en la que son los colores, los velos, lo informe, lo que resulta de las tensiones. Lo que emerge de las asincronías o lo que destaca por su desafinación, es el modelo emergente de una movilidad casi asincrónica. La pérdida del estatismo, de la sincronía de los hechos arquitectónicos, caracteriza el discurso del juego del lenguaje en el medio ambiente urbano. El ruido es de la ciudad un componente básico, una sordina permanente de los conflictos y los actos humano s, que en el artificio natural del medio urbano se pierde, porque el campo sólo resuena en la ciudad, -lo mismo que la naturaleza-, sólo se oye en su simulacro artificia l, como respuesta a una ausencia. La arquitectura del paisaje humano es en las ciudades una jerarquía de entrelazamiento, de interacción de los seres vivos con sistemas de metabolismo, por esencia antinaturales, o mejor, legítimamente artificiales. El mundo acosado de los ecosistemas vivos se intercambia constantemente en el aire hacia los campos gravitatorios y electrónicos de las telecomunicaciones que integran una bóveda de cobertura sin barreras físicas ni acústicas, tejiendo una red de indiferencia sobre los espacios antes desconectados. El metabolismo inducido por esa bóveda no se contiene en su propio espacio, sino que se produce y articula sobre redes locales y sistemas ambientales que se construyen y articulan desde una ciudad sin territorio, deslocalizada e interminable. Por eso resultaba tentador hasta hace poco, comparar la ciudad con un cuerpo, con un ser vivo. Por eso resulta hoy tan desalentador reconocer que los mecanismos de regeneración de la vida son, en la ciudad, mucho más caros y despilfarradores de lo que los son en ningún otro medio. La responsabilidad de la arquitectura se pone en crisis con la misma noción de juego que la de la pérdida de primacía del uso a favor de la del lenguaje, a la manera wittgensteniana. Sin embargo, la conceptualización de la arquitectura como ecológica, biológica, bioclimática, inteligente, justa, o sostenible, contiene todos los elementos de una contradicción. Hasta cuanto y cuando conocemos, la arquitectura ha sido un litigio entre naturaleza y cultura o entre vida y artificio. Ahora, la arquitectura parece vivir en el artificio o, tal vez el artificio de la arquitectura se descompone en otras vidas que no sustentan sino razones parciales de ecología albergadas por paredes menos sustentantes o !imitadoras que esponjosas y permeables. O tal es el mito. Porque fundir arquitecturas en paramentos con tapices verdes o acristalamientos con el color cambiante del cielo, o conseguir espejos de los cerramientos en las láminas de agua, con ser estéticamente elocuente en cuanto a grados de exquisitez de la belleza, no supone grandes cambios en esa fenomenología de las percepciones cambiantes en las que los ciudadanos están perdidos en la ciudad. Es más, si el acceso a esas arquitecturas está restringido, vigilado o dificultado por barreras físicas o sociales, la s ofertas artísticas del artificio del paisaje - L XXV I - que se quieren contemplar, no facilitan su disfrute público salvo a algunos privilegiados. El uso selectivo es una característica del paisaje urbano donde confluyen las tensiones de lo brutal, lo bello y lo siniestro. Es decir, la apropiación del medio ambiente urbano se parece a la antigua naturaleza desordenada en que es una selva para los más fuertes, lo que no quita mérito a los hallazgos expresivos de los elementos arquitectónicos puestos en los juegos del lenguaje, pero reduce muy potencialmente los valores adquiridos por apropiación de la experiencia adquirida por el uso. Otra vez la primacía del lenguaje sobre el uso. La misma noción de uso -que podría tener en la ecología una razón moral de argumentación éticapierde valor en función de la movilidad del aumento de la entropía en el entorno del sistema. Son estructuras disipativas que necesitan constantes aportes de energía, materiales e información que metabolizan y transforman para producir bienes y servicios de todo tipo» («La ciudad como ecosistema»). Mientras la metáfora del sistema dinámico viene bien a los analistas de la ciudad a la vista de la analogía de «las mil mesetas» de Deleuze y Guattari, provoca ampollas en los analistas, desde el punto de vista botánico o biológico. Porque la ciudad parece el sitio donde muere lo vivo, sea vegetal o animal, el metabolismo más caro y bárbaro de cualquier alojamiento humano, si por tal entendemos las funciones vitales asignadas al «Organismo» metropolitano. Un corolario casi inmediato es que las ciudadel lenguaje. Y esto a pesar de la afirmación de des más parecidas a un ecosistema equilibrado José L. Ramírez González con relación al sison las pequeñas y medias, en la medida que 77 lencio de que «aunque gramaticalmente se exprese con un sustantivo, el silencio no es un ente sino una acción» (Véase «El Silencio»). La acción del silencio es una acción de equilibrio, de re stablecimiento de un tipo de orden en el que el fraseo, como en la música, requiere de pausas, de cambios de escala, de transferencias instrumentales, de vacíos y llenos que el sonido o su falta -esta vez sí como una sustancia matérica que se desliza en el aire-. La ciudad como ecosistema «Desde un punto de vista epistemológico» -dice Vicen<; Sureda i Obrador- «las ciudades conforman hoy sistemas dinámicos complejos que permanecen en estado de no equilibrio y que se autoorganizan y desarrollan a expensas éstas producen una metabolización más sosegada de los aportes de energía y despilfarran menos a costa del aumento de la entropía en el entorno del sistema urbano. Hasta el umbral de «no equilibrio» en el que frágilmente se mantienen. Éste es el punto en el que se produce el desarrollo sostenible, la única vía de frágil esperanza para la arquitectura de la historia futura. Una arquitectura menos dura que dura menos y así cumple mejor con principios de menor vertido de residuos en el conjunto del sistema y su entorno de periferias desordenadas. Una arquitectura que suena menos, porque transmite silencio, pausas o sosiego, o quizá una que suena más si su estruendo sonoro está equilibrado en el entorno, mediante los recursos propios de la generación del paisaje artificial que es, entiéndase así, el paisaje -LXXVIIASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 78 natural en la gran ciudad. Por muy preservado que esté de contaminación, acosos e influencias perversas de los sistemas de producción y consumo, o de la ocupación indiscriminada de los espacios de ocio, transporte o cultura que, a su vez producen nuevas formas de acciones negativas en los entornos más cualificados, se trata de un artificio construido por la humanidad. La réplica de los espacios fundacionales, o de los patrimonios botánicos o faunísticos en los entornos urbanos, es una aproximación a una pérdida de realidad, pero es también una aproximación a una realidad nueva: La naturaleza de la ciudad se recrea en los vacíos urbanos, en las estrategias de movilidad, en la accesibilidad a los sitios y en la aportación de arquitecturas comprometidas contra el derroche linde problemas de segregación, degradación y ruina de la convivencia que convierten a sus habitantes en seres desarraigados de la vida comunitaria, aislados en guettos muchas veces infranqueables. Si consideramos, flanqueando por los bordes la analogía termodinámica, que la ciudad no es un ecosistema y la incluimos en un simple espacio que alberga otros es porque las funciones metabólicas generan a su vez otros sistemas disipativos de influencias interminables sobre la vida de los seres humanos. La analogía del recipiente se puede hacer porque el urbano es un territorio de producción y consumo de materías, energías y basuras de una magnitud hasta hoy desconocida. Un auténtico mecanismo fabril, muy automatizado en el que se producen importantes efectos sobre la salud güístico y comunicacional. Pues aunque muhumana y en el que muchos riesgos se multichos arquitectos no lo saben, la pérdida de plican por factores de acumulación que incipercepción, la fatiga por la sobrecarga de mensajes, la falta de arraigo y de cuidado de los espacios públicos, la carencia de fluidez entre territorios cercanos o alejados y, en definitiva, la falta de espacio verde cualificado por una vegetación adecuada, zonas húmedas y espacios abiertos, añade tal stress a la vida de la ciudad que su propio «sistema» inmunológico, al degradarse, enferma a mucha población e infecta todos los sistemas de biodiversidad humana con consecuencias irreversibles. Un ejemplo paradigmático es el del conjunto de estudios que se llevan a cabo sobre barrios desfavorecidos y grupos vulnerables. Resulta que las arquitecturas de realojo y de promoción pública, especialmente las de los años setenta y ochenta, a la postre crean tal avalancha den en otros entornos a veces muy alejados. Eso sin contar los efectos de posibles catástrofes extraordinarias, que pueden ser quizá factores de peligro potencial, pero que han de conjurarse la mayoría de las veces desde la planificación física, ambiental y arquitectónica para minimizar sus daños. Por otro lado, desde la esfera ambiental de los escenarios urbanos característicos, el procedimiento ciudadano de emisión de ruido acústico, psicológico y ambientalmente degradable es tan complejo que hoy más que nunca aparece como una de las causas principales de insatisfacción de los habitantes de las aglomeraciones, junto con la contaminación y el tráfico, los otros dos grandes procesos que atañen a la complejidad de las urbes modernas o a su cali- -LXXVIII- dad de vida. La ciudad se construye de elementos de lenguaje, tan contaminantes y despilfarradores como los demás. Elementos de lenguaje infográfico, -no sólo de papel o luminosos vive la ciudad-. Pero también, a su pesar, la contaminación visual es causa primordial de degradación de entornos urbanos. Aspectos antes no tenidos en cuenta, como la señalización, las cartelería, los omnipresentes anuncios de todo tipo y los emblemas urbanos edificados como hitos tienen mucha responsabilidad en la decadencia de espacios polivalentes antes reconocidos por su calidad ambiental. La arquitectura como objeto del medio vivo o del inerte Una arquitectura que se reclamara medioambientalmente respetuosa con su entorno habría, en primer lugar, de saber reconocerlo, distinguiendo entre la posibilidad de ignorarlo, regenerarlo o crearlo. Muchas arquitecturas no reconocen esa necesidad porque son emblemas o carteles de ellas mismas y se convierten en factores de señalización tan inertes como inútiles. Objetos de lenguajes cultivados u horteras, pero elementos de ese juego en el que el valor principal es el comunicacional, con independencia de que comunique valores ambientalmente defendibles o de los valores arquitectónicos con que lo haga. Objetos que se ven en la necesidad de brillar en cualquier entorno. O de crearlo recurriendo a lenguajes de otros lugares o réplicas de otros lugares trasladados de sitio. O los elogiados cambios de escala o de destino del mismo objeto formal, justificados por la forma de marca de los objetos Koolhaas, MDRV o Calatrava, sin menoscabo del valor plástico de propuestas que van más allá de la arquitectura para convertirse en poderosos amplificadores de un espacio tecnológico de consumo, atracción y reclamo en el ensordecedor panorama de formas pueriles o sofisticadas en las que se ha transformado la ciudad que conocemos. La arquitectura de un medio urbano innovado por la preocupación ambiental tal vez debería partir de supuestos en los que la primacía asumida de lenguajes sobre usos tuviera al menos una jerarquía de subordinación moral, deontológica y estética de los medios vivos sobre los inertes. Una arquitectura plástica, quizá, porque habría de responder a las llamadas cada vez más audibles de los ciudadanos sobre la necesidad de contaminarse con formas artísticas y rechazar las indiferenciadas formas de lo rutinario pero, simultáneamente, impregnar otros valores de lo frágil, lo transparente, lo fugaz o lo instantáneo si ayudan a recrear convivencias de los ciudadanos con medios vivos que incluyen a la especie humana, pero se alimentan también de otros elementos de tipo biológico en los que muchas funciones de mejora ambiental pueden ser inducidas o multiplicadas a favor de reequilibrios sostenibles en el tiempo. Tal vez deberíamos mostrar los arquitectos que este siglo no ha pasado en vano, ofreciendo fórmulas de regeneración de tejidos degradados, mediante intervenciones de fina cirugía que contrarrestaran las brutales renovaciones que se han aplicado durante años a barrios existentes, suburbios de nueva creación. Las revistas españolas de arquitectura y -LXXIX79 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672