scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Reseña de la obra de C. Suzzoni y Hubert Aupetit, 'Sans le Latin', de la edittorial Mille et une nuitle latin

Carande Herrero, Rocío

Full text

Recoge el título de este libro una cita de la canción “Tempête dans un bénitier”, en la que Georges Brassens aparentaba quejarse de la tempête que el Concilio Vaticano Segundo (1962-65) originó en los ritos de la Iglesia católica, desterrando ritos misteriosos y fascinantes como la misa en latín: ahora no nos queda -decía Brassensmás que una liturgia anodina y desprovista de la antigua magia del culto católico. La expresión sans le Latin adquiere en nuestros días un sentido menos irónico y mucho más aterrador: es como si la civilización europea quisiera desgajarse de su tronco romano amputando sus raíces clásicas para dirigirse, sin base ni asidero, hacia la cultura de lo inmediato, eliminando todo esfuerzo que no obtenga un provecho automático y plegándose, en última instancia, a las directrices que deciden imponer a su conveniencia las leyes de competitividad impuestas por las ruines leyes del mercado multinacional. Los editores de este libro son la Presidenta y el Secretario de la Asociación le Latin dans les littératures européennes, fundada en 2009 con el objetivo de promover el estudio del Latín en la Enseñanza Secundaria francesa. Entre sus actividades está un calendario de conferencias impartidas no solamente por profesores de Lenguas Clásicas sino, sobre todo, por poetas, filósofos, críticos de arte e historiadores, que desde una perspectiva abierta a todas las disciplinas de las Humanidades reflexionan sobre los aspectos de la civilización clásica más cercanos a sus particulares campos de interés, siempre relacionándolos con nuestra historia y con el papel que deben desempeñar en la realidad cultural de Europa. Las conferencias editadas en este volumen corresponden a los años 2009 a 2011; entre ellas, algunas tratan temas puntuales, mientras que otras proponen reflexiones generales sobre la importancia de mantener la educación latina. Comenzaré por referirme a las primeras. En “Le latin, langue philosophique?” Vicent Descombes y Denis Kamboucher, partiendo del hecho innegable de que la lengua de la filosofía es el griego antiguo, recuerdan que durante muchos siglos el latín ha sido, en las tierras que conocemos como Europa, la lengua vehicular de la filosofía. Se ha escrito filosofía en latín; Lucrecio, los tratados de Cicerón, los de Agustín y sus Confesiones, la Consolatio de Boecio, las dos Summae de santo Tomás, las inmensas discusiones doctrinales de Duns Scoto, las Cartas de Petrarca, los Comentarios de Marsilio Ficino a Platón, las Meditaciones de Descartes, la Ethica more geometrico demonstrata de Spinoza. El latín ha sido una importantísima lengua secundaria de la filosofía: en sus Cuadernos de prisión, Eugenio Gramsci (muerto en 1937) enseña cómo en condiciones sociales absolutamente nuevas el latín sigue siendo precioso para la adquisición del sentido histórico. “Rome comme problème philosophique”, de Pierre Manent, medita sobre cómo el Imperio Romano logró ensanchar el concepto de ciudad hasta convertir a todos los habitantes libres del imperio en ciudadanos romanos. La operación romana consiguió así superar las dos formas políticas antiguas y opuestas, la ciudad libre y el imperio sin libertad. Una comparación sobre las circunstancias actuales hace concluir a Manent que la Unión Europea tiene forma imperial, ya que domina sobre las naciones; y, si bien carece del dinamismo cruel de la transición entre la libertad republicana y la paz imperial, la Unión Europea es una institución privada de cualquier principio real de movimiento: es un imperio sin emperador por encima de una libertad republicana privada de energía, bajo la autoridad de una noción indefinida de la humanidad. Michael Edwards, en “Le jeu du Latin dans la poésie anglaise” nos habla de la dimensión latina del inglés. En el siglo XI, la lengua germánica de los anglosajones y el C. Suzzoni y Hubert Aupetit (eds.): Sans le Latin. Paris: Mille et une nuits, 2012, 422 pp. Rocío Carande Universidad de Sevilla (España) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 15, nº 29. Primer semestre de 2013. Pp. 249–254. francés de los normandos coexistieron juntas antes de amalgamarse para constituir el inglés de Chaucer y luego el inglés moderno. Gracias al inmenso vocabulario inglés, disponemos muchas veces de una palabra de origen germánico y otra de origen latino para nombrar una misma presencia de la realidad, aunque siempre con matices: así, señala Edwards que la reflexión sobre el mundo suele hacerse en palabras del mundo franco-latino. Por ejemplo, obscurity es más misterioso y cerebral que the dark; faithfulness es un valor seguro, mientras que fidelity evoca una idea lejana, luminosa, más difícil de alcanzar; si happiness significa “felicidad”, felicity tiene ecos más intensos. Para Edwards, el latín eleva la lengua al nivel del pensamiento. En “Je metrai en branle l’Achéron”, une citation de Virgile de Goethe et de Schiller a L’Interprétation des rêves de Freud”, Jacques le Rider se refiere a la célebre cita virgiliana (Aen. 7, 312) recogida por Freud en su libro La interpretación de los sueños: Flectere si nequeo superos, Acheronta mouebo. La interpretación que le daba Freud se refería a su intención, entonces revolucionaria, de explorar el poder del inconsciente, que es lo que queda por debajo de la interpretación tradicional del pensamiento y la conducta humana. “Le rôle du latin dans la Renaissance italienne”, de Yves Hersant, repasa el papel central que desempeño el latín durante el Renacimiento, cuando ven la luz las primeras gramáticas de lenguas vernáculas, escritas en latín: los humanistas hacen renacer los studia humanitatis, empleando el latín como lengua común, pero sin que ello signifique un freno a las lenguas vernáculas, sino todo lo contrario. Jean Canavaggio, en “L’humanisme de Cervantès”, se pregunta si Cervantes podría ser considerado un humanista en todo el sentido de la palabra; partiendo de la afirmación de Marcel Bataillon, para quien Cervantes fue un “humanismo cristiano”, Canavaggio compara la Stultitiae laus de Erasmo con la locura poética que sufre Don Quijote en una España postridentina, concluyendo que, si bien Cervantes no era un erudito, sí era un buen conocedor de la literatura latina. “Macte animo, generose puer”, de Michel Deguy, trata sobre la educación latina de los alumnos de antaño, a partir de la experiencia del propio Deguy, que entre los doce y los veinticuatro años recuerda haberse dedicado sobre todo a traducir lenguas antiguas, del lycée a los estudios de filosofía. Deguy se manifiesta influido en su estilo literario por los giros sintácticos del latín y por el ritmo de su prosa, para acabar considerando el latín como “un francés en proyecto”. Para Romain Vignest en “Victor Hugo, latiniste et poète”, la educación del célebre poeta desde 1809 estuvo marcada por el estudio de los textos latinos, según los planes de estudio del régimen republicano, que había impuesto seis años de latín en la enseñanza escolar. Mucho más tarde, en su madurez, Hugo solía hablar a sus hijos en latín y componer versos latinos con soltura; en su poesía es visible la influencia de Virgilio, Horacio, Lucrecio y Juvenal, ya que, como la mayoría de los escritores franceses, se había niciado en la poesía a través de los textos poéticos latinos. Hugo representa, para Vignest, un romanticismo heredero del espíritu y las prácticas del Renacimiento. “Le latin dans la traversée des savoirs”, de Jakie Pigeaud, trata de la importancia del latín como lengua de la ciencia médica a lo largo de muchos siglos. Recuerda Pigeaud a varios personajes cuyos textos, escritos en latín, son hoy prácticamente desconocidos, como el omnisapiente jesuita de Fulda Athanasius Kircher; a Philipp Sachs, de la Academia Naturae Curiosorum o Leopoldina, que publicó en 1695 un tratado sobre la gamba de más de 700 páginas; al profesor de anatomía Nicolaes Tulp, autor de las Observationes medicae (1641). Se lamenta Pigeaud de que el libro de Vesalio De humani corporis fabrica (1543) sea célebre solo por su iconografía, mientras que sus Rocío Carande magníficos textos latinos han quedado en el olvido. El latín, lengua común de la ciencia, fue el puente que permitió la transmisión de los conocimientos científicos entre los sabios de Europa, en un adelanto de eso que hoy pomposamente suele llamarse multidisciplinariedad. En “Le latin des documents pontificaux et de la Curie romaine”, Waldemar Turek traza una visión sobre el estilo de los documentos vaticanos desde el siglo IV. Señala Turek que a lo largo de la Edad Media la prosa vaticana manifiesta se redactó con arreglo a las normas rítmicas del cursus medieval y según unos artis dictamina peculiares y distintivos. Con el Renacimiento, los humanistas invocan la restauración de las normas clásicas frente al estilo de la Curia: es el momento de atender menos al cursus y más a la elegancia del discurso. La Revolución Francesa provoca el hundimiento de la lengua latina en Europa, aunque no en la Curia romana; más preocupante es, para Turek, que a partir del Concilio Vaticano II, que permitió la introducción de las lenguas locales junto al latín por razones pastorales, los libros litúrgicos pasaran con frecuencia a publicarse solo en la lengua local; también en los seminarios se va perdiendo poco a poco el estudio del latín. Con el apoyo del papa Pablo VI se creó en 1976 la Fundación Latinitas, que hoy día supervisa el estilo de los documentos de la Curia; hace unos años, esta Fundación publicó el Lexicon recentis Latinitatis, un intento de proporcionar una forma latina para objetos o realidades que no existían en el mundo antiguo. Si bien los documentos vaticanos –concluye Turek– no suelen incluir neologismos, ya que tratan de temas doctrinales o morales, es innegable que incluso en el seno de la Iglesia el uso del latín va decayendo. “Le temps d’Augustin et le nôtre” es una reflexión de Fréderic Boyer sobre algunos aspectos de su traducción de las Confessiones de Agustín. Se refiere Boyer, sobre todo, a las circunstancias en que un joven intelectual de Numidia viajó a Roma y a Milán para proseguir su carrera de escritor y para convertirse a la fe cristiana; finalmente, y a propósito de la noticia leída en un periódico sobre seis norteafricanos que intentaron sin éxito llegar a las costas de Italia en una pequeña embarcación, compara la travesía del Mediterráneo con la que a finales del siglo IV llevó a cabo Agustín, lamentando lo difícil que resulta hoy en día para los jóvenes norteafricanos llegar a nuestro nuevo imperio. “Les dieux des Romains”, de John Scheid, se centra en los dioses romanos en tanto que divinidades titulares de un templo y receptoras de culto por parte de los romanos. En la Antigüedad, los dioses no se concebían como creadores de los humanos, sino que formaban parte del mundo al igual que los mortales. Si bien la voluntad de los dioses no se manifestaba de forma directa, se les atribuían todos los fenómenos que sobrepasaban el orden humano, tales como tempestades, inundaciones, derrotas militares, victorias gloriosas. A ellos estaban dedicados ciertos espacios naturales –grutas, bosques sagrados, ríosque se suponían creados por la propia divinidad, cuyo nombre muchas veces era incierto: por eso la invocación a los dioses se expresaba a veces con fórmulas ambiguas, como siue deus siue dea sis. Tras subrayar las diferencias entre el concepto romano de la divinidad y el nuestro, Scheid acentúa que la religión y la teología romanas son un excelente instrumento para aprender a respetar a los que piensan de modo distinto a nosotros. Tratan el tema central sobre el que gravita este libro otros trabajos. En primer lugar, el Prólogo de Cécilia Suzzoni y Hubert Aupetit, que pasa revista a la actual situación en Francia: desde el año 2008, en las oposiciones a profesor de Letras Modernas en la Educación Secundaria francesa se puede elegir entre una prueba de Latín y otra de Griego, como si el Latín, origen de la lengua francesa, pudiera ser una opción; la medida ha sido una de las muchas que han ido minando el estudio del Latín y del C. Suzzoni y Hubert Aupetit (eds.): Sans le Latin... Griego en Secundaria. Señalan los editores que sería legítimo y razonable que la escuela republicana asegurara la salvaguardia del latín en lugar de estimular la ideología postgramatical de lo guay, que destilan cada tarde ad nauseam las series de la televisión; como ejemplo del empobrecimiento progresivo de la lengua francesa ponen como ejemplo que el passé simple está en desuso, e incluso muchos profesores de Secundaria critican su empleo por parte de los alumnos. Sobre las razones de la desaparición programada del latín, opinan Suzzoni y Aupetit que el latín se identificó durante demasiado tiempo con la lengua del poder, lo que ha llegado a hacer pensar a algunos presuntos progresistas que la desaparición del latín era una victoria de la democracia y el laicismo. En el mismo sentido, Rémi Brague, en “Perdre son Latin”, señala que Roma no pertenece al pasado, sino más bien nosotros pertenecemos al pasado romano, sujetos a él en primera instancia por la lengua latina. En la situación actual, las opciones son dos: o bien salvar lo que aún puede salvarse, o bien deshacernos por completo de la enseñanza del latín, lo que significaría perder mucho más que una lengua. Al hilo de dos expresiones, una francesa y otra alemana, de similar sentido - perdre son latin y mit seinem Latein am Ende sein-, Brague alerta de que vamos camino de perder la orientación y el entendimiento. El mismo Rémi Brague, en “La voie romaine”, aporta argumentos de peso para conservar el estudio del latín en Europa, entre los cuales está no solo la bellísima literatura que produjo la Roma antigua sino también la íntima relación del latín con el francés y con las lenguas románicas en general. Las objeciones que actualmente se plantean, dice Brague, tienen que ver con la utilización universal del inglés –un inglés pobre y degeneradocomo lengua franca de la comunicación entre hablantes de distintas lenguas: así, parece como si el latín hubiera quedado atrás y siguiera alejándose a velocidad acelerada. Menciona por último Brague la ya citada norma que permite escoger entre el latín y el griego para llegar a ser profesor de Secundaria oponer los helenistas a los latinistas es un ejemplo del clásico diuide et uinces para debilitar los estudios clásicos en su conjunto. Como señala François Hartog en “Le double destin des études classiques”, los cambios técnicos ocurridos en los últimos treinta años han dotado al presente de un poder inusitado en nuestra experiencia del tiempo, mientras que el porvenir está amenazado por la crisis: en consecuencia, se rechaza todo lo que queda fuera del campo del presente: entramos en la era de la flexibilidad generalizada, la movilidad, el rechazo de las estructuras duraderas y de los proyectos largos, lo que equivale, en el mundo de la empresa, al “nuevo espíritu del capitalismo” tan de moda en los últimos años. Para Yves Bonnefoy, en “Le latin, la démocratie, la poésie”, el latín ayuda a percibir el trabajo de la lengua en sus múltiples dimensiones, y por ello a entender el daño que pueden hacer los dogmas, favoreciendo así el intercambio libre y sin prejuicios. Tal vez –dice Bonnefoyfuera conveniente cambiar el enfoque en la enseñanza de las lenguas clásicas, procurando no martirizar a los niños con la memorización de largas listas de desinencias; se debería intensificar, en cambio, el estudio de la admirable sintaxis latina, y reflexionar más profundamente sobre la religión, la filosofía y los libros que ayuden a comprenderlas y relacionarlas con la realidad contemporánea: leer, sobre todo, la poesía de Virgilio, Ovidio y Lucrecio. Esta sensata y oportuna reivindicación francesa nos toca muy de cerca al resto de los países de habla romance: en España, que ha pasado por un régimen dictatorial y confesionalmente católico, el latín no solo se considera una antigualla sino también, en gran parte, como la lengua del poder eclesiástico. Por eso en nuestro país la aniquilación del latín tiene el encanto añadido de ser, aparentemente, una victoria de la democracia y Rocío Carande del laicismo; por otra parte, en los últimos años venimos siendo víctimas -quizá con retraso como en otros tantos aspectosde esa disciplina que hoy nos mastica a diario y acabará tragándonos, llamada pedagogía; disciplina que sin duda seguramente le tiene declarada la guerra al latín, cuyo aprendizaje no atiende a fórmulas mágicas y en cambio exige trabajo serio y esforzado estudio, eso que hoy está tan desprestigiado en beneficio de la pamema imperante: ahora se considera meritorio entrenar capacidades, profundizar en las conexiones del cambio y otras frases mal traducidas del léxico pedagógico anglosajón. Para colmo, la globalidad favorece el epítome, el resumen, la Wikipedia, el Rincón del Vago: si en internet podemos encontrar instantáneamente el dato que buscamos, ¿para qué perder tiempo en leer libros? Si cualquier frase puede traducirse instantáneamente a otra lengua, ¿para qué aprender lenguas? Ítem más, este libro, que recoge conferencias de los años 2009 a 2011, quizá no tenga suficientemente en cuenta que la crisis económica en la que está sumida la Europa del Sur –aquella que procede directamente de Grecia y Romaestá provocando la tosca y brutal amputación de todo lo no necesario según el poder, es decir, el acceso por parte del pueblo a los bienes sociales; por el contrario, ahora se nos repite que es necesario mantener el estatus de las clases favorecidas para que puedan crear empleo, mientras el estado desprendiéndose de competencias y favoreciendo el enriquecimiento privado y el consiguiente sometimiento de la chusma, como la denominó hace poco uno de nuestros indescriptibles ministros peperos. El enfrentamiento entre el latín y el griego del que habla este libro francés está a punto de imponerse en la nueva reforma educativa española, sin duda con la perversa intención de hacer que se maten entre ellas: en el mismo sentido, un reciente decreto ministerial ha conseguido, con la servil aquiescencia de muchas universidades, que los profesores –unos relevados de parte de su docencia por méritos de investigación, otros obligados a asumir la carga docente de la que los primeros quedaban relevados por la simple razón de no acomodarse a los discutibles parámetros establecidos por el ministeriono sean, como eran, colegas sino profesores gradatim, lo que ha provocado el enrarecimiento de un ambiente ya de por sí sumamente viciado. En esta tesitura antihistórica, inculta y miope, se está olvidando que el más sólido de nuestros nexos de unión, no solo en Francia o en España sino en la hoy más que nunca decadente Europa, es que hemos formado, cada uno a nuestro modo, parte de un imperio que nos dotó de estructura y que hoy aún es el esqueleto que unió nuestros pobres y maltrechos huesos. C. Suzzoni y Hubert Aupetit (eds.): Sans le Latin...