La cría del toro de lidia como modo de conservación cultural y económica
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Revista de Estudios Taurinos N.º 16, Sevilla, 2003, págs. 283-294 LA CRÍA DEL TORO DE LIDIA COMO MODO DE CONSERVACIÓN CULTURAL Y ECOLÓGICA1 , ,· A. ,A,-.;.;;_}\ .~~· Domingo F oumier Investigador del· CNRS 11 onsiderado como mi especialista de las ciencias del Hombre, el et. nólogo puede descubrir, gracias a sus conocimientos, la tauromaquia y sentirse así llamado a reflexionar sobre un fenómeno que pronto se le revela como un tema digno de interés, nada fútil ni folklórico. Un fenómeno social total, complejo, vivo, que la lógica científica obliga a abordar de una manera sistemática, desde sus aspectos más materiales (por ejemplo, la forma de alimentar y abrevar los toros) hasta en sus expresiones más metafisicas (sobre este punto, véase, entre otros, el Espejo de la Tauromaquia de Michel Leiris) y también más espectaculares. ¿Debemos, quizás, sorprendernos al constatar que, a menudo, son éstas últimas las que acaparan la atención de sus turiferarios y, sobre todo, de sus contempladores? Para estos últimos nada más lógico: en cuanto menos se sabe, más se c.reen con derecho a poder hablar. 1 Traducción de Jean-Christophe García-Baquero Lavezzi.
284 Domingo Fournier El científico no tiene porqué tener la coquetería de los· que pretenden ser brillantes. Debe basarse, modestamente, en los datos históricos y en los hechos observados; debe buscar el por qué del fenómeno e interesarse por lo que correspondería a la materia prima original: el toro, con su crianza, su medio ambiente y los hombres que le hacen vivir. Una vez cumplida la fase etnográfica -sobre el modelo, por ejemplo, de la cadena operativa-se pueden plantear hipótesis sobre la capacidad de adaptación del fenómeno tauromáquico al mundo moderno y su aportación a una cultura que sería reivindicada por diversas regiones (¿por qué unas y no otras?) como factor de identidad, incluso allí donde el animal no es endógeno: además de ser un espectáculo económicamente rentable, el juego taurino llegaría a· ser un marcador de reconocimiento, la negación de un pálido anonimato reductor impuesto por una lógica que se califica generalmente de materialista. Mi experiencia profesional en el mundo del toro debe mucho a un feliz azar, ya que en los años 70 el tema no suscita ba mayor interés en los centros de investigación ni tampoco seducía demasiado a los directores de tesis universitarias. Sin embargo, resulta que las fiestas patronales de las ciudades del México Central, que yo estudiaba por entonces, alcanzaban su apogeo en un jaripeo, juego taurino no sangriento (para el animal), que participa, a la vez, del rodeo inventado en México después de la conquista española y del toro de cuerda característico del mundo mediterráneo. La observación permitía constatar que los jaripeos, al igual que las corridas a la española organizadas en los ruedos mexicanos, provocan entre los espectadores un entusiasmo que des-
La cría del toro de lidia como modo de conservación c~ltural... 285 pierta necesariamente el interés del científico. ¿Qué podía representar para los habitantes de la alta Meseta un animal peligroso importado de Europa desde los inicios del siglo XVI?. ¿Por qué un juego autóctono tradicional se había ere- · ado alrededor de este toro colonial?. ¿Habría que ver en la pasión taurornáquica el efecto de una hipotética relación entre Mexicanos y violencia (lugar común típicamente etnocéntrico )? . ¿Se trataba, tal vez, de una confusa reminiscencia de los sacrificios sangrientos practicados en la época precortesiana, cuando pronto me di cuenta que, al contrario, el público local reclamaba más que en cualquier otro sitio el indulto del toro que hubiese combatido bien?. ¿O quizás el toro era por esencia un animal capaz de suscitar reacciones emocionales y culturales, enmarcándose en estructuras mentales y políticas ampliamente determinadas por la doble influencia amerindia y mediterránea?. Era, pues, necesario, sin abandonar lo"s estudios rnexicanistas en una óptica de ahora en adelante comparativa, volver a la tierra madre del toro bravo, es decir, a España. De hecho, este interés científico coinCidía con mi problemática de entonces, puesto que pertenecía a un equipo de la "Fondation de la Maison de Sciences de l'Hornrne" en París, denominado "Ecología y Ciencias Humanas" y mis intereses me llevaban hacía el estudio de las relaciones entre el hombre y las regiones sernidesérticas: la ganadería de reses bravas se incardinaba perfectamente en este contexto. Es obvio que elegir un terna no es suficiente y que hay que profundizar en ello, lograr se~ admitido y aprender rápido, reconociendo, al mismo tiempo, la extensión de su ignorancia. En cualquier caso, es cierto que uno no entra fácil-
286 Domingo Fournier mente en el mundillo, ese mundo un poco aparte: además de la habitual desconfianza respecto a los intelectuales y, más particularmente, los etnólogos, siempre queriendo meterse en todo, una condición fundamental se impone al investigador deseoso de establecer un principio de comunicación seria. Hay que estar dispuesto a querer enormemente al toro, de una forma enloquecida. Nada puede emprenderse sin este sentimiento que es la afición, relacionada con l& fe y que conlleva a aceptar ciertas formas de misterios. Y entre éstos está el que ha inspirado a generaciones de autores e investigadores: ¿por qué, como en el sacrificio, se debe matar lo que se quiere y respeta infinitamente?. Para empezar a comprender es necesario entrar antes en contacto con el terreno, con las gentes del toro, con los animales; este contacto que comunica una atracción es el que pone en peligro la pretendida objetividad científica del etnólogo. Pero se deduce también de la observación que este amor ambiguo por el toro da la impresión de ser una búsqueda de la armonía que lleva el hombre del terruño en su relación con la naturaleza que le rodea; una naturaleza salvaje y domesticada a la vez, exactamente como lo es el toro, domesticado desde el siglo XVIII para que conserve la ilusión de su salvajismo original a través de la noción tauromáquica fundamental: la casta. l.- LA GANADERÍA: UNA OCUPACIÓN RACIONAL DEL ESPACIO Para desembocar en la dimensión ecológica de la ganadería, convendría recordar, sin más demora, que la ganadería
La cría del toro de lidia como modo de conservación cultural... 287 de toros de lidia permite ya una integración racional del hombre en un entorno frágil; hace posible la preservación de un equilibrio precario utilizando medios que parecen alejarse de una lógica agrícola normalmente reconocida. En efecto, esta ganadería recurre a un modo de gestión más o menos extensivo, respetando ampliamente el ritmo y la necesidad de espacio de los animales. En resumen, se trata de una explotación tradicional, empírica, cuyo interés está claro que sobrepasa en la actualidad las meras preocupaciones sociales y económicas de algunos grandes propietarios ávidos de poder. Donde quieran que se críen (tanto para la corrida camarguesa como para la corrida española), los toros ocupan espacios generalmente inadecuados para una agricultura intensiva practicada en las condicione~ técnicas tradiciona- · les. Seguramente se ha pensado que las técnicas modernas iban a permitir rentabilizar de forma más brillante estas tierras desheredadas, tierras fundamentalmente inundables, como las del delta del Ródano o de la desembocadura del Guadalquivir. ¿Qué pasó, por otra parte, una vez que los toros fueron trasladados a zonas de baja altitud, más áridas aún, y a territorios eventualmente más restringidos?. Hemos visto ·cómo grandes compañías y el Estado (llevado por motivaciones esencialmente políticas) se han esforzado en secar marismas o, aún mejor, en imponer el cultivo del arroz. Salvo en este último caso, se ha comprobado rápidamente que estas inversiones, a veces costosísimas, no ofrecían más que una rentabilidad muy relativa y creaban, además, riesgos aún mayores para el equilibrio ecológico. Las grandes obras han sido, a menudo, tan espectaculares como demagógicas; se han convertido, en todo caso, en
288 Domingo Fournier una autentica amenaza para los patrimonios natural y cultural. Sin entrar en detalles, recordemos simplemente que la salinidad de los suelos implica que se les lave abundantemente. Como en las marismas del Guadalquivir, en concreto, se bombea, pues, el agua inmediatamente disponible, lo que provoca una disminución de la capa freática y baja el nivel de las tierras de la superficie. Estas se agotan y ofrecen rendimientos decrecientes que reclaman no solamente agua sino, también, la utilización de cantidades apreciables de elementos químicos perjudiciales para el medio ambiente. Los aspectos sociales se resienten, de igual modo, de tal inconsecuencia. ¿Se trataba verdaderamente de destinar las tierras de ganadería tradicional, extensiva es verdad, a campesinos sin tierra? Los sistemas de atribución y de explotación resultan, de hecho, poco rentables para éstos últimos, ya que los acondicionamientos imprescindibles y los rendimientos decrecientes necesitan inversiones que únicamente grandes compañías o sociedades llegan a asumir al cabo de algunos años. Si queremos volver a los aspectos puramente ecológicos de nuestra ganadería y si admitimos que ciertos ganaderos llegan a racionalizar su modo de ocupación de las tierras sin volver a cuestionar los principios de equilibrio fundamentales, un único ejemplo permitiría justificar el interés del mantenimiento de la ganadería de toros bravos en las zonas incriminadas. Se trata de una parte del territorio de la Marisma del Guadalquivir que sucesivos planes agrícolas han transformado duramente, a pesar de la creación de una reserva natural, el coto de Doñana. Una ganadería establecida allí desde hacía varias generaciones pero que anterior-
Fig. n.º 44.- Celebrando la concesión al Prof. Pitt-Rivers de la encomienda de Isabel la Católica en es un restaurante de la calle Prado de Madrid. En la imagen de izquierda a derecha: Julian Pitt-Rivers, Dolores Vargas, Carlos Moya, Pedro Romero de Solís, Dominique Fournier (Fot. de autor desconocido, Archivo Pitt-Rivers, Maison René Ginouves, Universidad de Nanterre, París). t-. t) Si ¡:;- & o ~ ~ - §; t) 8 ;:¡ e ;:¡ e ~ ~ 8 ~ ~ 15: ;:; (") :;:: ~ ~ N 00 \O
290 Domingo Fournier mente disponía de otros pastizales más productivos, fue obligada a instalar allí la totalidad de sus efectivos, unas 350 vacas reproductoras y 7 u 8 corridas, sobre menos de un millar de hectáreas. Al cabo de unos 1 O años y a pesar de que . la transformación del paisaje había tenido como consecuencia el despoblamiento progresivo de toda fauna y flora endógenas, se empezó a observar la reinstalación de nidos de cigüeñas (hasta 40 hoy en día), signo indudable del restablecimiento de una forma de equilibrio ecológico. JI.- LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS, UN SISTEMA TRADICIONAL ADAPTADO A LA MODERNIDAD. En un marco que no está reservado únicamente a los iniciados, parece útil recordar en pocas palabras el funcionamiento de la ganadería de reses bravas, que es una ganadería perfectamente comercial (y que, hecho novedoso, se ha vuelto eventualmente rentable en nuestros días) y practicada sin la menor estabulación. Las vacas son seleccionadas para la reproducción a los dos años. Sólo se conserva del 30 al 50 % de reses de esta edad con el fin de retener solamente los ejem-· piares juzgados más prometedores, los más aptos a preservar y transmitir la calidad de la raza. Las futuras madres son puestas, entonces, a pastar en vastos cercados en compañía de una treintena de vacas y de uno de los sementales que dispone en esta circunstancia de su harén durante 6 meses. Cuentan con un seguimiento veterinario y alimentos complementarios. Los machos viven en lotes separados por año de nacimiento, generalmente hasta los 4 ó 5 años, salvo selección
La cría del toro de lidia como modo de conservación cultural... 291 natural. Allí también, se esfuerzan por preservar el ritmo de vida de los animales vigilando, de manera atenta, su estado sanitario. Los toros jóvenes forman parte de una auténtica familia; se les reconoce por los números que llevan en sus flancos y lomos (número de .orden de herraje, año de nacimiento) o por su nombre, lo que indica hasta qué punto son apreciados y protegidos estos futuros representantes públicos del renombre de la divisa y ... del carácter del ganadero. El comportamiento esperado, el trapío y la aprobación pública son elementos motivadores que repercuten, finalmente, sobre el conjunto del personal de la ganadería que se enorgullece también de los éxitos obtenidos. La ganadería de reses bravas tiene fama de no ser necesariamente una actividad económica muy lucrati va. Habrá que admitir, por tanto, que procede, muy a menudo, de una elección cultural o social más que de estrictas preocupaciones materiales. Es por lo que son muy escasos los ganaderos que no practican otra actividad susceptible de cubrir los costos de inmovilización de la tierra, comida, personal, cuidados veterinarios, etc. Sin contar con las pérdidas debidas a las heridas mortales que resultan, por ejemplo, de las luchas de machos en el campo o aquellas que, a modo de auto-despunte de los cuernos, aunque no parezcan graves, terminan afectando de hecho a la integridad física de los toros y los hacen impropios para su presentación pública en los ruedos. El oficio de ganadero consiste· en tomar riesgos incesantemente y esperar resultados aleatorios. Existe, pues, una verdadera estética de la ganadería de reses bravas en la que la intuición y la herencia familiar inmaterial priman sobre