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Learning from Enna Bassa : the città diffusa in the definition of a third landscape

Fuertes Pérez, Pere

Abstract

The città diffusa defined and characterised by Francesco Indovina (1990) as an urbanized territory where a great variety of functions and dispersed services is present, differs essentially from other low-density settlements spread in rural areas by the urban condition that its own inhabitants can recognise. The città diffusa is simultaneously diffuse and urban. Indovina describes the processes of transformation of the agricultural land into a città diffusa but does not stop at the particularities that the coexistence of built areas with agricultural activity and, especially, with abandoned areas supposes for this specific urban model. At this stage, it may be stimulating to refer to the work of the French gardener Gilles Clément who names a Third Landscape (2004) to give meaning and substance to those ‘unattended’ spaces left behind, so they acquire a valuable role as promoters of biological diversity. The città diffusa systematically generates those left behind sites identified as wastelands, transitional spaces between isolated operations or scraps of the biophysical matrix that emerge when topography or water courses hinder the urbanization processes. Consequently, such disconnected and incoherent fragments are perceived as useless conflictive spaces or merely temporary in nature, expecting increments in land value. While ignoring the potential of this Third Landscape – and of agricultural land still in use – the città diffusa seeks its identity in other urban models or assumes its dependence on the ‘compact’ city. However, the necessary transition to a more sustainable built environment may have in the città diffusa a reference that other models cannot provide directly. In this context, the present paper stresses the need to promote a distinct identity to rethink the relationship between society and the physical environment and reconsider the capacity of the Third Landscape to provide ecosystem services.

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The città diffusa in the definition of a Third Landscape Pere Fuertes Abstract The città diffusa defined and characterised by Francesco Indovina (1990) as an urbanized territory where a great variety of functions and scattered services is present, differs essentially from other low-density settlements dispersed in rural areas by the urban condition that its own inhabitants can perceive. The città diffusa is simultaneously diffuse and urban. Indovina describes the processes of transformation of the agricultural land into a città diffusa but does not stop at the particularities that the coexistence of built areas with agricultural activity and, especially, with abandoned areas supposes for this specific urban model. At this stage, it may be stimulating to refer to the work of French gardener Gilles Clément who names a Third Landscape (2004a) to give meaning and substance to those ‘unattended’ spaces left behind, so they acquire a valuable role as promoters of biological diversity. The città diffusa systematically generates those left-behind sites identified as wastelands, transitional spaces between isolated operations or scraps of the biophysical matrix that emerge when topography or water courses hinder the urbanization processes. Consequently, such disconnected and incoherent fragments are observed as useless conflictive spaces or merely temporary in nature, expecting increments in land value. While ignoring the potential of this Third Landscape – and of agricultural land still in use – the città diffusa seeks its identity in other urban models or assumes its dependence on the ‘compact’ city. However, the necessary transition to a more sustainable built environment may have in the città diffusa a reference that other models cannot provide directly. In this context, the present paper stresses the need to promote a distinct identity to rethink the relationship between society and the physical environment and reconsider the capacity of the Third Landscape to provide ecosystem services. Keywords: Città diffusa, Third landscape, Tiers paysage, Urban sprawl, Biodiversity, Ecosystem services. La ciudad difusa en la definición de tercer paisaje Pere Fuertes Resumen La ciudad difusa que define y caracteriza Francesco Indovina (1990) como territorio urbanizado con presencia de una gran variedad de funciones y dotación de servicios dispersos, se diferencia esencialmente de otros asentamientos de baja densidad que se difunden en el espacio rural por la condición urbana que sus propios habitantes le confieren. La ciudad difusa es simultáneamente difusa y ciudad. Indovina describe los procesos de transformación del espacio agrícola en ciudad difusa pero no se detiene en las particularidades que supone para este modelo urbano la coexistencia de edificaciones con la actividad agrícola y, especialmente, con los suelos abandonados. Para ello, puede resultar fructífero referirse a la obra del paisajista francés Gilles Clément, que conceptualiza un tercer paisaje (2004a), capaz de dar sentido a esos espacios aparentemente improductivos –a los que se refiere como residuos– que adquieren una valiosa ‘función’ ligada al fomento de la biodiversidad. La ciudad difusa genera, de manera sistemática, estos residuos del tercer paisaje en forma de terrenos yermos, márgenes entre operaciones o retazos de la matriz biofísica que se manifiestan cuando la topografía o los cursos de agua dificultan los procesos de urbanización. Como consecuencia, la percepción de estos fragmentos más o menos inconexos suele ser la de espacios precarios sin utilidad, conflictivos o de carácter meramente provisional a la espera de adquirir un valor como suelo urbano. Mientras ignora el potencial de este tercer paisaje –y de los terrenos agrícolas que conserva– , la ciudad difusa busca su identidad en otros modelos urbanos o asume su dependencia de la ciudad compacta. Sin embargo, el tránsito hacia un entorno construido más sostenible puede tener en la ciudad difusa el referente que esos otros modelos no pueden proporcionar directamente. En este contexto, el artículo propone la necesidad de fomentar una identidad propia que replantee la relación entre la sociedad y el medio cercano, reconsiderando la capacidad del tercer paisaje para prestar servicios ecosistémicos. Palabras clave: Città diffusa, Third landscape, Tiers paysage, Ciudad difusa, Biodiversidad, Servicios ecosistémicos. La ciudad difusa en la definición de tercer paisaje Pere Fuertes En poco más de cincuenta años, el territorio europeo ha ido desdibujando progresivamente las ciudades que lo han articulado históricamente, produciendo un paisaje en el que ya no es posible contraponer lo urbano y lo rural. El espacio urbanizado impregna el territorio en grados y modelos diversos, hasta el punto de que su ocupación física y su construcción social obligan a cuestionar la propia definición de ciudad. Buena parte de este reto guarda relación con los asentamientos dispersos y de baja densidad, que incrementan notablemente el consumo de suelo y energía, englobando espacios agrícolas y forestales que tienden a fragmentarse y desconectarse biológicamente. En este contexto de transformación, Francesco Indovina describe un modelo que identifica como città diffusa (1990) en el que detecta, junto a la residencia, la presencia de una gran variedad de funciones y equipamientos distribuidos en el territorio según criterios de accesibilidad. A diferencia de otros asentamientos de baja densidad, la ciudad difusa de Indovina se define por esta diversidad acumulada pero, sobre todo, por la condición urbana que sus habitantes le reconocen en su actividad diaria. A pesar de la aparente contradicción entre los términos, la ciudad difusa es simultáneamente difusa y ciudad. Para Indovina, la proliferación de este modelo urbano –estudiado inicialmente en la región del Véneto– está ligada a la pérdida de rentabilidad de los espacios agrarios y a la simultánea demanda de una determinada concepción de la vivienda, y de otras actividades y servicios, que no tienen cabida en la ciudad compacta o que no ésta puede satisfacer a un coste asumible. “Individuos y organizaciones tienden a escoger la forma [urbana] que mejor responde a las propias exigencias, a la realización de proyectos propios y a la conquista de aquellas ventajas que se esperan de una determinada localización” (Indovina, 2009). Es un modelo de dispersión territorial que parte de la oportunidad y del potencial de transformación de un entorno agrícola en retirada y, por lo tanto, no considera detenidamente los beneficios de la coexistencia entre la ciudad difusa y estos espacios de cultivo en uso o ya abandonados, así como el espacio rural en toda su complejidad. El territorio de Enna Bassa –que ha servido a la Laurea in Architettura de la UKE como base para una reflexión conjunta sobre la ciudad difusa– puede ser un ejemplo, a escala reducida, de este modelo de expansión. Los suelos agrícolas y, sobre todo, los espacios yermos o marginales que conviven con la dispersión urbana permiten ilustrar adecuadamente la yuxtaposición infructuosa entre dos formas discordantes de construir el mismo territorio (figura 1). En este contexto, se puede afirmar que “el uso real del suelo nunca hubiese producido el paisaje sobre el cual se practica actualmente” (EEA, 2017) y esa es, sin duda, una fuente de conflicto latente. Figura 1. El paisaje de Enna Bassa. Fotografía del autor Cuando se ha incorporado el vector medioambiental a un escenario de esta naturaleza, el foco se ha centrado en la movilidad y el consumo de suelo y recursos que genera la ciudad difusa. Entendiendo que estos aspectos ya son objeto de reflexiones específicas, este ensayo quiere lanzar una hipótesis de trabajo en una dirección distinta: la consideración del potencial de estos espacios abandonados sin función aparente –y sin otras expectativas de uso que su conversión en suelos urbanos– para regenerar la biodiversidad que el ‘monocultivo’ edificatorio ha ido eliminando progresivamente, prestando servicios ecosistémicos que se apoyen en los recursos locales y se constituyan en componentes esenciales de la regeneración que la ciudad difusa debe recorrer hacia la sostenibilidad. El concepto de tercer paisaje Para avanzar en la dirección de esta hipótesis, puede resultar de gran ayuda el trabajo del paisajista francés Gilles Clément, que desarrolla la noción de tiers paysage (2004a) para describir aquellos espacios ‘indecisos’ que, a diferentes escalas y por múltiples razones, se sustraen a la actividad humana para constituir refugios de la biodiversidad, en forma de residuos, reservas y conjuntos primarios. En concreto, resulta apropiado referirse a los espacios que define como residuos (délaissé) y que “derivan del abandono de un terreno anteriormente utilizado”. En la ciudad compacta, los espacios indecisos suelen ser pequeños, inconexos y de carácter temporal, fruto de desajustes en la gestión del suelo o de transformaciones en curso y, en general, con un impacto potencial modesto. En la ciudad difusa, en cambio, los residuos del tercer paisaje pueden ser una oportunidad de cambio. La actividad agrícola produce, de manera inherente, residuos de esta naturaleza resultantes de la gestión racional del suelo, que exige unas condiciones homogéneas y aptas para cada tipo de cultivo. Los límites de la parcelación, los márgenes de caminos, los lugares de topografía pronunciada o los cursos de agua, entre otras alteraciones naturales o artificiales, generan espacios sin uso específico que se ajustan a la definición de Clément en tanto que ofrecen soporte a numerosas especies que no tienen cabida en los suelos cultivados * . De hecho, la construcción de la diversidad biológica como soporte vital ya era conocida y explotada en las sociedades agrarias tradicionales, mediante la presencia de reactores biológicos adyacentes a los diversos cultivos y a los procesos de rotación necesarios, con el objetivo común de crear fertilidad. A pesar de que la agricultura industrial ha eliminado estos mecanismos, la gestión organizada del suelo siempre genera, en mayor o menor grado, residuos del tercer paisaje (Clément, 2004a) que pueden asumir esta responsabilidad biológica. La progresiva desaparición de los cultivos produce el abandono de suelos fértiles, rápidamente colonizados como tercer paisaje en ausencia de intervención humana directa. La subdivisión de estos suelos abandonados en parcelas edificables –fruto en muchos casos de procesos de autoorganización (Indovina, 2007a)– y la urbanización consiguiente incrementan las zonas de margen, que devienen permanentes por la consolidación de sus bordes como límites rígidos construidos. La mera existencia de estas nuevas zonas indecisas es la expresión visible de un modelo de intervención que se basa en la escala de la parcela y cuyos efectos no permiten generar un nuevo orden más allá de la simple suma de acciones singulares –que implican fragmentación y falta de previsión en el conjunto–, a diferencia de lo que ocurre en el sprawl norteamericano. Si, como en el caso de Enna Bassa (figura 2), sumamos los terrenos accidentados y los cauces de agua permanentes o temporales, así como los suelos pendientes de transformación y algunas parcelas abandonadas, el resultado es una constelación de residuos del tercer paisaje con una capacidad de evolución e interconexión notable en las condiciones de densidad edificatoria actuales, que podemos * A modo de ejemplo, Clément compara diversos escenarios en la región francesa del Limousin. Las 52 especies identificadas en un espacio sin intervención humana contrastan con las 16 especies presentes en un campo sin tratamientos y las 5, o menos, de un campo tratado fitosanitariamente (Clément, 2004a). definir tentativamente como “ciudad rodeada de campo urbanizado”, siguiendo la clasificación propuesta por Indovina (1990). Figura 2. Enna Bassa como ciudad rodeada de campo urbanizado. Fotografía del autor Sin embargo, estos resquicios son frágiles. Lo son desde el punto de vista de su condición marginal, sujeta a cambios inesperados; pero sobre todo desde su situación urbanística, que no considera en absoluto el potencial ecosistémico. Tal como afirma Clément, “los residuos no se benefician nunca de un estatuto de reserva” (2004a). Son espacios a la espera. Para los habitantes, pueden ser además espacios inseguros, sin uso aparente y, en consecuencia, valorados negativamente o percibidos como interferencias ajenas a la lógica de implantación de la ciudad difusa. Incluso cuando Indovina se refiere a la necesidad de reforzar el valor patrimonial del territorio que define como ‘natural’, “con la creación de amplias zonas verdes, con la constitución de parques agrícolas [y] si resulta oportuno con la reforestación” (2007b), lo hace ignorando la presencia y la capacidad del tercer paisaje intersticial. La naturaleza de un sistema biológico Mientras el jardín se define por el control humano de su evolución en el tiempo –y la aportación de energía para hacerlo posible–, el tercer paisaje no está sometido a esta doble exigencia, por lo cual es necesario entender que está sujeto a cambios temporales imprevistos. Después de una lluvia copiosa o de un mes de calor y sequía, el aspecto de un residuo se ha modificado por completo. Su cobertura vegetal es delicada, formada en muchos casos por especies pioneras, y no tiene la resiliencia de un bosque adulto. En realidad, “la prioridad de un sistema biológico no es obtener un resultado, sino autoorganizar las posibilidades de existencia […] El tercer paisaje es el teatro de una evolución globalmente inconstante” (Clément, 2004a). En esta falta de resultado previsible radica parte del problema de estos residuos con relación a la ciudad. No se ajustan a la idea socialmente aceptada de un espacio verde bajo supervisión y control; es decir, no encajan en la imagen que la ciudad compacta ha elaborado de un jardín como recreación de la naturaleza ideal transpuesta a un entorno urbano. El tercer paisaje es naturaleza en acción y no la imagen socialmente construida de la misma. Tan solo es necesario comparar estos fragmentos del tercer paisaje con los jardines privados de cada parcela para ver la diferencia entre ambos lados de la verja (figura 3). Un desajuste similar puede observarse en los espacios agrícolas con los que se entrelaza la ciudad difusa, sin embargo, éstos son suelos productivos y esta condición transforma notablemente su percepción social. Figura 3. El jardín privado en el paisaje de Enna Bassa. Fotografía del autor Sin embargo, los beneficios ecosistémicos del tercer paisaje son innegables. Para Clément son la reserva de biodiversidad del planeta, y los residuos presentes en la ciudad difusa, por su dimensión y potencial, tienen un papel significativo en esta afirmación. Alojan la biodiversidad ordinaria o naturaleza ordinaria; aquélla que no apreciamos por su proximidad y que, en cambio, podría constituir un terreno fértil para cimentar una ética de cooperación –y no de dominio– con la naturaleza que permita transformar la imagen social de la misma (Beau, 2017). En este sentido, “son testimonios privilegiados de las transformaciones de la relación colectiva con la naturaleza”. Es imprescindible, pues, entender que los residuos del tercer paisaje son proveedores de servicios ecosistémicos y que éstos tienen una expresión propia, distinta al jardín entendido como recreación. Es en esta misma dirección que el propio Clément pretende transformar el propósito del jardín urbano a través de su definición del jardin en mouvement (1991), un espacio en el cual “las energías presentes –crecimientos, luchas, desplazamientos, intercambios– no topan con los obstáculos generalmente dispuestos para someter la naturaleza a la geometría, la pulcritud o cualquier otro principio cultural que privilegie el aspecto”, sino que se expresan mediante la evolución espontánea de las especies vegetales que el jardinero conoce y explota ‘a favor’ de la corriente biológica que las anima. Por sus características, la ciudad difusa puede ser el escenario adecuado para transformar la imagen social de la naturaleza en el entorno urbano, en la línea que reclama el filósofo Rémi Beau. Los servicios ecosistémicos A pesar de que Clément sugiere “elevar la improductividad hasta conferirle dignidad política” en el ámbito del tercer paisaje (2004a), entender que la prestación de servicios ecosistémicos es un modo de productividad puede ser útil en el necesario proceso de aceptación social de estos espacios como parte integrante de la ciudad difusa y, por extensión, de la ciudad. Es en este contexto que cabe identificar en los espacios de residuo presentes en la ciudad difusa otros servicios compatibles con la biodiversidad y con la lógica de trabajar ‘a favor’ de su curso evolutivo. Es necesario desarrollar instrumentos que permitan utilizar adecuadamente los recursos presentes en el tercer paisaje. Vistos como oportunidades, estos recursos locales pueden ser el detonante para el cambio de modelo que se propone. Desde el punto de vista de la afectación de los sistemas naturales, la ciudad difusa parte de algunas ventajas relativas por el hecho de “mantener una cierta cubierta vegetal preexistente […], por tener a menudo una mayor capacidad de infiltración in situ de agua. Y finalmente, porque los efectos perturbadores propios de las zonas urbanas hacia el espacio circundante son presumiblemente menores” (Mayor, 2007). Y es en este punto en que la existencia de fragmentos significativos del tercer paisaje adquiere todo su sentido. Tomemos como referencia el ciclo del agua. La ciudad difusa ha adoptado acríticamente como modelo el de la aglomeración urbana, produciendo un aumento desmedido de costes sociales, económicos y ambientales y, aun así, con un resultado deficiente. Las redes de distribución y saneamiento –si existen– se han concebido del mismo modo que en la ciudad compacta, cuando las condiciones de partida y las necesidades son muy diversas. En muchos casos, la propia idea de red puede ser inadecuada. Atendiendo a los recursos locales, el agua puede ser captada para ciertos usos, infiltrada, regenerada y reutilizada sin necesidad de recurrir a canalizaciones ni externalizaciones, de modo que resulte compatible y beneficioso para la diversidad biológica del tercer paisaje. Para ello, es necesario transformar un modelo impropio de gestión transpuesto desde un contexto distinto –y que está igualmente llamado a cambiar en los tejidos de mayor densidad– hacia un sistema que se manifiesta en la superficie del tercer paisaje, de modo que el agua actúa como jardinero de un particular jardín en movimiento. Esta estrategia de transformación del paisaje desde el potencial de los recursos locales puede entenderse como una adaptación del concepto de infraestructura verde a escala de la ciudad difusa, con la finalidad de convertirla “en una parte integral de la planificación y el desarrollo territorial”, formada por una red “de áreas naturales y seminaturales que ofrece una amplia gama de servicios ecosistémicos, como la purificación del agua, la calidad del aire, espacio para la recreación y la mitigación y adaptación al clima” (EEA, 2017), tal como persigue la Comisión Europea en sus objetivos de transición hacia un modelo sostenible en el uso del territorio. Es, por tanto, imprescindible reconocer este valor infraestructural del tercer paisaje en la construcción social del territorio y buscar los mecanismos para hacerlo posible, integrando los valores y cualidades que le son propios. Un modelo de continuidades En la ciudad compacta, toda superficie tiene asignada una función urbana real o potencial. La poca disponibilidad de suelo y la intensidad de uso exigen que sea así, especialmente en un momento como el actual en el que la ciudad se transforma sobre sí misma. Esta lógica de asignación se ha exportado a la ciudad difusa sin sopesar adecuadamente si la traslación debe ser literal. La dispersión implica la idea de un collage territorial que establece una relación particular entre ciudad y campo, que da por superada “la dicotomía clásica entre lo urbano y lo territorial” (Font, 2003). Si la ciudad es difusa y la concentración de actividad humana es fragmentaria, ¿no pueden ser discontinuos los suelos que se transforman?, ¿no pueden combinarse de manera perdurable con usos no urbanos, como la agricultura y el tercer paisaje, si es que éste puede entenderse como tal?, ¿cómo deben plantearse entonces las zonas verdes o el espacio público cuando ya existen otras actividades de naturaleza tan diversa? En el estado de evolución actual de Enna Bassa esta situación es de una gran ambigüedad (figura 4) y no tiene un reconocimiento explícito desde el planeamiento, que concibe una extensión continua de la ciudad sobre el campo y sólo reconoce, de manera inequívoca, el cauce fluvial mediante un área de ‘relación de contigüidad’ y una ‘banda de respeto’. Al margen de estas calificaciones obligadas, los numerosos residuos del tercer paisaje presentes en este ámbito están disgregados en parcelas edificadas, áreas de expansión, zonas verdes, parques suburbanos o comprendidos en la gran extensión del ‘verde agrícola’ periurbano que, en realidad, sostiene una urbanización extensiva de baja densidad sobre la red de caminos rurales.