Ignorancias
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PARADOJAS (Tribuna de Astronomía y UNIVERSO 27 - septiembre 2001) IGNORANCIAS Miquel Barceló Les propongo un pequeño ejercicio de imaginación. Imaginen que, en una sociedad de esas que llamamos avanzadas como la nuestra, una persona lo ignora todo de Aristóteles y, además, lejos de avergonzarse de ello, se siente orgulloso y se jacta de su ignorancia: se niega a saber e, incluso peor, desprecia a los que saben de Aristóteles y su obra. Seguro que han pensado que se trata de un absurdo, que tal situación es del todo imposible: a nadie le gusta reconocer su ignorancia y, además, prácticamente nadie alfabetizado es tan, tan ignorante. Tal vez... Sigamos con el ejercicio pero con otro nombre propio como referente. Imaginen ahora que, también en una sociedad de esas que llamamos avanzadas como la nuestra, una persona lo ignora todo de Sadi Carnot y, además, lejos de avergonzarse de ello, se siente orgulloso y se jacta de su ignorancia: se niega a saber e, incluso peor, desprecia a los que saben de Carnot y su obra. Desgraciadamente eso ya no es imposible, ocurre demasiado a menudo en nuestra sociedad que es, no hay que olvidarlo, la que más uso ha dado a la tecnociencia y sus productos en toda la historia de la humanidad. Una curiosa sociedad tecnificada en la cual algunos "intelectuales" se proclaman orgullosos de ignorarlo todo o casi todo sobre la ciencia y la tecnología. Ese tipo de desprecio prácticamente total a la tecnociencia y sus realizaciones, procede curiosamente de personas que no dejan de usarlas a menudo de forma incluso acrítica. Son gente que se despiertan con un reloj automático, que tienen en su cocina nevera, horno eléctrico, encimera con placa vitrocerámica, lavadora, secadora y lavaplatos, sin ol,vidar al robot de cocina, el microondas y muchos artilugios fruto de la tecnología moderna. En su sala de estar tienen un equipo de alta fidelidad y un televisor que capta señales digitales procedentes de un satélite geoestacionario. En su despacho tienen un ordenador con el que se conectan a Internet para navegar por un creciente mar de informaciones. Usan un teléfono móvil, automóvil de último modelo, viajan en avión y estan orgullosos de ver por primera vez a sus hijos en una ecografía, de que les hagan una resonancia magnética para un diagnóstico médico o de disfrutar de intervenciones quirúrgicas no invasivas con cámara dígital o con láser... y un largo, larguísimo etcétera de dependencia diaria de una tecnociencia y sus realizaciones más recientes. Pero, pese a todo, se enorgullecen de esa ignorancia respecto de todo lo que proceda de la tecnociencia moderna que simplemente "usan" pero que, al menos intelectualmente, parece haberles superado en mucho. Dice la zorra que las uvas están verdes cuando no puede conseguirlas... El problema de base lo planteó hace ya más de cuarenta años, en 1959, C.P. Snow en una conferencia en la que habló de "las dos culturas", esas dos especializaciones centrales, letras y
ciencias, que el sistema educativo ha acabado convirtiendo en centenares de culturas o especializaciones. Resulta paradójico que la especialización, el que resulta ser, para la especie, el más productivo de los sistemas de creación de conocimiento, genere además individuos limitados con una visión parcial de la vida y de las cosas. Quedándonos en la clásica división entre "letras" y "ciencias" de que hablara Snow, seguimos respetando, por tradición, como intelectuales y "consejeros de la tribu" a los intelectuales de letras, ignorantes demasiadas veces de la compleja realidad tecnocientífica del mundo de hoy. Tampoco se me oculta que la tecnociencia no lo es todo y que los superespecializados científicos e ingenieros de nuestros días, agobiados por sus saberes y quehaceres tecnocientíficos, demasiadas veces olvidan buscar el sentido y el porqué de las cosas, un sentido y un porqué que han de ser algo más del meramente económico tan al uso. Día a día resultan más imprescindibles esas reflexiones que cabe hacer desde un punto de vista generalista y menos especializado, un enfoque siempre necesario para que los árboles no impidan ver el bosque. Ese era, en una forma lúdica, el papel que yo siempre había reservado a la buena ciencia ficción: especulación, divulgación y reflexión sobre la ciencia y la técnica y sus consecuencias en la vida de los hombres y mujeres que la crean y utilizan. Pero no. Con la mayor sorpresa, he podido saber que incluso en una reunión especializada como es la Convención Española de Ciencia Ficción de este año, Salduba 2001, que va a tener lugar a finales de septiembre en Zaragoza (más información en: http://salduba2001.8k.com), va ha haber una disertación sobre: "La Ciencia como obstáculo en el desarrollo del género conocido como Ciencia Ficción". ¿Se tratará de la visión de uno de esos "intelectuales" de que hablaba al principio? Ciertamente, este inicio del tercer milenio no deja de ser sorprendente.