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Un punto: el lugar de la memoria en algunos trabajos de Sigurd Lewerentz

Martínez Santa-María, Luís

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14 Para el arquitecto Sigurd Lewerentz el lugar de la memoria es un punto. No es un lugar cualquiera, sino un lugar privilegiado, extraño y exacto más allá del cual no se puede ir y seguir siendo el mismo... una posición desde la que la vuelta no vuelve a ser simétrica de la ida. Puede decirse también de esta manera: el lugar del recuerdo es en las obras de Lewerentz aquel donde el hombre se para. La construcción de un lugar dedicado a la remembranza consiste en conseguir un punto sobrecargado de sentido ante una naturaleza incierta y a veces indiferente. El punto, si atendemos a lo que revela la lengua latina, es también lo que pincha o punzona, lo que vagamente afecta, concentrándose para hacerlo... Algunas de las obras y proyectos para capillas funerarias y enterramientos me parece que vienen a amparar la vida y la consistencia de este punto que, como debe ser conforme a su defi nición, casi no ocupa un lugar físico, no tiene límites previsibles y se corresponde con la intersección de dos rectas. Si nos ocupamos por ejemplo de los croquis realizados para la tumba Bergen en la isla de Utterö, hay un momento donde el arquitecto realiza un cambio que va a ser fundamental para el sentido que toma el proyecto: primero, el camino que progresa desde la orilla hasta el lugar del enterramiento se acerca directamente hasta la tumba y el ancho de este corto sendero coincide con el ancho de la losa Luís Martínez Santa-María U n punto. El lugar de la memoria en algunos trabajos de Sigurd Lewerentz 1 15 del sepulcro, 90cm; es como si el camino se identifi case con el enterramiento al que conduce. Sin embargo, en la versión última, el camino ya no tiene como objetivo la tumba. Avanza también desde la orilla hacia adentro pero se corta de repente. La tumba queda entonces a la izquierda y a la derecha aparece un banco. El visitante situado encima del camino roto (cuya rotura ya imagina bien el carácter del sitio) se ve obligado a decidirse entre acercarse a la tumba o ir hasta el banco, lo que supone alejarse de ella. Este es el punto. El camino que parecía construido para ser andado, cuida paradójicamente por lo contrario: por un lugar minúsculo, por una concentración donde el hombre se para. ¿Que es lo que queda ahora enfrente de la ruta de este camino interrumpido? No es una fosa, sino la tierra de la isla, tierra que contiene una tumba, dos bancos, una cruz caída, algunos árboles y un manto de fl ores. La tierra es la verdadera tumba; tierra, isla y tumba coinciden. El corte del camino funda un punto sobre el que recae el peso de esta revelación. El camino se corta, se avergüenza, enmudece. No existe la posibilidad de darle fi n. Su único termino posible es mantenerlo en esa dimensión inexplicable. La imagen de truncamiento ofrecida no es una revelación, porque nada se explica, sino un medio por el que se condensa una verdad y se la muestra quieta ante el hombre. La arquitectura retiene. El dibujo y la vida de este punto difícil aparece marcado también en el proyecto para la capilla funeraria del ce menterio de Forsbacka. El ingreso al cementerio se realiza a través de una plazoleta cuyo contorno circular está defi nido por un murete bajo construido con piedras. Tanto el borde superior del murete como el suelo del recinto que éste forma aparecen tapizados de hierba. El adentro de la plazoleta es por lo tanto un lugar que no se puede pisar a excepción de los dos 1. Sigurd Lewerentz, croquis para la Tumba Bergen, en la isla de Utterö, 1929-31 Sigurd Lewerentz, capilla funeraria de Forsbacka, 1914-20 2. Vista exterior 3. Plano emplazamiento 2 3 caminos ortogonales que ella resguarda en este interior tan brevemente producido. Son dos caminos de diferente ancho. Uno de ellos, el mayor, conduce hasta la puerta de la capilla funeraria y el otro lleva, tomándolo hacia la izquierda, al lugar de los enterramientos. El orden circular de la plazoleta junto con la pequeña capilla y los dos cipreses que fl anquean su puerta custodian la tenue traza de estos dos caminos cuya fi gura forma una cruz echada sobre el suelo. Tal vez no debería atreverme a señalarlo; pero me parece que pisar estos senderos es andar sobre la cruz, que la forma de la cruz es izada y vigilada y vivida por quien la recorre paso a paso. En esta admirada arquitectura, las formas, las construcciones y algunos aspectos de más invisibilidad aluden secretamente a aquel sentido profundo al servicio del cual la obra existe. El punto de corte de estos dos caminos vuelve a colocar ante los ojos del hombre una encrucijada: éste es el punto. ¿Cuánto dura la detención sobre él? Tal vez sea una experiencia que medida por un reloj ni siquiera daría un segundo, pero no importa; al pasar sobre ese ensamble cruzado puede darse la posibilidad de que el tiempo vacile, que dure ante uno, que tiemblen las direcciones más seguras. En la intersección entre el palo y el travesaño de esa cruz, como ante un vacío, uno se para; porque titubea, porque tiene forzosamente que renunciar a algo, verse ante su renuncia. Es el Minneslund, el punto que centra el lugar del recuerdo. Al cementerio se entra a continuación si se desatiende la ruta principal que conduce hasta la tan cercana capilla y se sale de la seguridad del redondel y se desciende por unos senderos que llevan al cuerpo vivo ladera abajo hasta un lago y –si se hubiese realizado como el arquitecto queríahasta una isla. El camino que conduce al lugar de las inhumaciones es por lo tanto un camino de internación en la tierra. La intersección 16 4. Camino de ingreso al cementerio de Rud Página siguiente: Sigurd Lewerentz, croquis del proyecto realizado para la Tumba de Bergen, en la isla de Utterö, 1929-31 4 entre los dos caminos marca entonces el punto desde el cual el hombre puede rehuir la seguridad de la capilla, fi rmemente constituida ante él, para optar por un sendero de menor rango aunque mas indecible. Unos años más tarde en el proyecto para el cementerio de Rud, en Karlstadt, el arquitecto volvería a proponer otro nuevo punto de detenimiento. El acceso al cementerio consiste en un camino tendido en la parte baja de una vaguada y abierto entre dos líneas de tilos. Desde la exedra de ingreso este sendero avanza lentamente hacia una ladera verdecida por una población de helechos tapizantes. Luego, contra el verdor de este talud se recorta un delgado surtidor de agua. Este es el ingreso al cementerio, en el que tal y como quería Lewerentz no se manifiesta tumba ninguna; sólo esta dulce progresión hacia esa sección de tierra que actúa como fondo de la fi gura formada por el chorro de agua. Pero cuando el caminante llega al fi nal de este primer trecho aparece la presencia del estanque que cobija el surgir del chorro y cuyo perímetro abombado prefi gura la traza y la posición de dos rampas italianas que nacen una a cada lado del camino. Este es el punto y la encrucijada. Este es otra vez el lugar del camino donde el hombre se para. Pero además para acceder a la zona superior del cementerio, donde se encuentran las tumbas, es necesario tomar una de las dos rampas. Es entonces cuando el movimiento ascendente del caminante encuentra una duplicación o ecocinesis en el alto y fi no chorro de agua que prorrumpe desde el interior del estanque. Extraña imagen, ambivalente, porque al mismo tiempo, toda la fuerza del surtidor fi naliza en el aire y el agua cae derrumbada en forma de partículas mínimas. La planta del cementerio de Rud explica bien cómo esta detención se realiza ante el estanque, cómo el ancho del camino inicial se ve obligado a transformarse en los anchos de las dos rampas que son mucho más estrechas, cómo el punto de detención es aquí un punto grueso, el estanque, donde confl uyen, con una emocionante oblicuidad, el eje del cementerio que se encuentra arriba y el eje del camino de ingreso ya descrito. El detenimiento está aquí materializado en este forzoso rodeo del estanque por medio de las rampas, en este misterioso acompañar y velar un chorro que sube y que se deshace y en este negar, sin dureza, la dirección y la prontitud del camino. Indudablemente la presencia del estanque colabora a centrar este punto y acentúa su potencia de inmovilidad, lo regruesa. Pues los estanques, allá donde se encuentren, desde aquel bien conocido del compluvium de la casa pompeyana, refuerzan lo redondo, fi jo y abisal de aquellos lugares en los que se emplazan y con su delgada lámina de agua los hacen profundos. Debido a que el cruce de caminos tiene lugar dentro, esta coexistencia de dos caminos que erigen un punto crucial y de detenimiento es menos apreciable, pero no menos evidente, en el proyecto para la Capilla de la Resurrección en el Cementerio de Estocolmo. Cuando el camino procedente desde la Colina de la Meditación atraviesa el pórtico y entra en la capilla, encuentra un repentino y seco fi nal en una pared ciega. Pero pensar que el camino muere aquí sería desentender los recursos y las intenciones que Lewerentz tanto apreciaba: su término está desplazado en el interior hasta una ventana agigantada situada a la izquierda y orientada al mediodía. El fi nal del camino no reside entonces en su estricto fi n físico, sino en el principio de un acontecimiento nuevo. Al acceder a la capilla, la larga senda abierta en el bosque de pinos encuentra su conclusión en un gajo de luz que en- 17 18 tra por la única ventana: un altar de luz situado en el otro extremo, en la pared lateral de la nave que torna miserable el tamaño del palio, del catafalco y del muerto. Lewerentz ya había empleado este mecanismo del decalaje en la tumba Bergen. El fi nal no está al fondo del camino sino que de repente brota como inconmensurable a uno de sus lados. Perpendicular a este camino que une la colina con la luz del sur hay otro que toma como rumbo el eje longitudinal de la capilla y liga la posición centrada del catafalco, situado en la cabecera, con una puerta secundaria orientada al oeste por la que se abandona el interior y se accede al lugar rehundido de los enterramientos. La puerta principal resguardada bajo un pórtico que la celebra, encuentra una severa mutación en esta otra, mucho más baja, que perfora amargamente el grueso del muro testero. Frente al eje fuertemente delineado del primer camino, este segundo sólo conecta, sin ayudas, un cuerpo yerto con una depresión en el suelo del bosque. El camino se evade de su centro y sale por una puerta por donde nunca se entra a la capilla. La oscura y humilde puerta de dos hojas alimenta la salida hacia una tierra donde su sentido se pierde. La cruz y el punto de encrucijada marcado al aire libre en el ingreso a la capilla del Cementerio de Forsbacka por los dos caminos, han pasado aquí a estar dentro, bajo la protección de una techumbre. Un fi lo de aire, apenas perceptible en la sección y una muy leve rotación entre las alineaciones, apenas perceptible en la planta, separan el volumen del pórtico de entrada a la capilla del volumen completamente ajeno de ésta y señalan esta imposibilidad de acuerdo mutuo entre los dos caminos. Es algo que trae noticias de los trabajos del arquitecto para Forsbacka y Karlstadt, donde también los sutiles cambios de alineaciones en su planta y los encuentros sesgados acusaban el confl icto entre dos sendas y el nacimiento de un punto de intersección crucial, comprometido desde su arquitectura en signifi car como trance un enigma humano. En un proyecto menos publicado, el de la tumba Grubb, el dibujo muestra la presencia de un pino a 90cm de una losa cuadrangular de piedra y el borrón negro-azulado de una mujer que se aprieta calladamente junto a la tumba. A estos tres personajes, árbol, piedra y mujer, les presta recogimiento la suave inclinación de la ladera cuyo derrame se produce en la dirección justa. El punto de detenimiento es aquí el bulto, este grueso formado por los tres personajes reunidos a distancias precisas y en el orden exacto: tierra, tumba, mujer, los tres tan juntos que se hace al verlos tan difícil y tan inútil intentar conocerlos e identifi carlos separadamente. El dibujo de este último punto resume las presencias y las materias con las que el arquitecto sueco Sigurd Lewerentz creó algunos lugares para la evocación y el recuerdo. El punto de detención es el lugar de la memoria pues es el lugar de la visibilidad. ¿Porque yendo, puede verse algo?. ¿Puede verse adónde se va? Es por lo que los caminos de estas obras invitan al hombre a que por un momento se pare. Luis Martínez Santa-María es arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid. Sigurd Lewerentz, Capilla de la Resurrección del cementerio del Sur de Estocolmo, 192125; 1952 5. Camino a la Capilla de la Resurrección desde la Colina de la Meditación 6. Planta de la Capilla de la Resurrección 7. Perspectiva de la Capilla de la Resurrección 8. Sigurd Lewerentz, planta del cementerio de Rud en Karlstad, 1916-19 9. Sigurd Lewerentz, dibujo de la Tumba Grubb 5 19 6 8 9 7