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Hórreos de la memoria

Martí Arís, Carlos

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32 El hombre ha dejado, desde siempre, la huella de su presencia sobre la faz de la tierra, transformando la naturaleza para adueñarse de sus recursos y convertirla en su propia morada. El medio natural se va poblando, así, de artefactos, relieves, cultivos e incisiones que, aún llevando la inequívoca impronta de la acción humana, acaban perteneciendo, como un ingrediente más, al propio paisaje. En pocos lugares del planeta se manifi esta tan intensamente como en Galicia ese profundo diálogo entre el hombre y la naturaleza a cuyo fruto denominamos paisaje humanizado. La morbidez del relieve, el delicado encaje entre las formas de la tierra y el mar, el rico y variado manto vegetal, la articulada topografía de los valles, la atmósfera húmeda y la luz propicia a las distinciones y matices, todo ello contribuye a forjar esa imagen de Galicia en que la dispersión del asentamiento humano no equivale a una profanación de la naturaleza sino más bien a una exaltación de su sacralidad, de su insustituible valor referencial para quien la habita o la recorre. La Galicia atlántica, en la que tanto abundan mariñas y estuarios, gándaras y ribeiros, lugares, todos ellos, en que los elementos de la geografía se diluyen y se funden en un dulce abrazo, nos sorprende en algunas ocasiones con episodios donde los rasgos del paisaje adquieren dimensiones heroicas. El mar, la tierra y el cielo son, entonces, personajes de una escena trágica que, en su sobrecogedora potencia, parece no requerir la presencia del hombre. Tal es el caso de la costa de Fisterra, la llamada costa de la muerte, tierra escarpada y abrupta, incansablemente batida por los vientos y azotada por las olas. Pero, también aquí, el hombre ha querido participar en la construcción del paisaje. Y ha sido, precisamente, la voluntad de honrar la memoria de los muertos, lo que ha propiciado esta decisión. Alguien que conoce el lugar y que sabe entenderlo ha escogido la ladera del monte que mira hacia el mar de mediodía para inscribir en ella unos signos geométricos que no parecen inspirados por un designio personal sino por esa universal interrogación ante los enigmas del mundo que caracteriza a la especie humana, de la cual el artífi ce es, tan sólo, un simple intérprete, alguien a quien los otros otorgan una misión para que la lleve a cabo en nombre de la colectividad. La cultura popular nacida del mundo campesino ofrece, en Galicia, numerosas lecciones de cómo la intervención individual en el territorio puede alcanzar a Carles Martí Arís Hórreos de la memoria 33 Localización de Finisterre en el perfi l de la costa de Galicia. tener ese sentido colectivo; lecciones que, a menudo, la modestia de los medios empleados hacen aún más admirables. Así, la laboriosidad anónima de muchos constructores ha ido forjando la forma de las aldeas y los campos. El muro que afi anza un camino o delimita un socalco, el cruceiro que señala una bifurcación o establece un límite, la arboleda que acota un lugar para la fi esta o delata la presencia de una fuente, son otros tantos elementos de un lenguaje que nos habla a todos y a partir del cual ha sido posible la construcción del paisaje. A esa tradición parece invocar también el anónimo artífi ce del cementerio de Fisterra. Las arcas que ha erigido para albergar a los difuntos y preservar su recuerdo entre los vivos, son el puro refl ejo de la condición igualitaria de la muerte: la gran igualadora. Pero, si a pesar de su desnudez geométrica y de la ausencia de solemnidad que las caracteriza, poseen todavía un gran poder de evocación, ello se debe a esa declarada voluntad de pertenencia a una tradición aún reconocible y, en particular, a la analogía, tal vez inconsciente, que establecen con uno de sus más destacados elementos: el hórreo. El hórreo, en cuyo nombre se conserva casi inalterada la propia raíz etimológica (del latín horrea, granero), actúa en el mundo rural de Galicia, no sólo como un sustancial elemento de identifi cación de la casa y del predio, sino también como un auténtico complejo simbólico capaz de poner en relación las preocupaciones ligadas a la vida cotidiana del campesino con los ritos estacionales del cultivo y la cosecha, y, por lo tanto, capaz de establecer una mediación entre los estrictos problemas de la supervivencia y todo aquello que, al trascenderla, remite a una concepción sagrada del mundo. Tal vez por ello el hórreo adopta la forma, y a menudo incluso las dimensiones, de un sarcófago, es decir, de una urna separada del suelo que contuviera los restos de un difunto en posición yacente, tal como se acostumbra a enterrar a aquellos cuya memoria se quiere honrar de un modo especial. No es extraño, pues, que, a consecuencia de una de esas transformaciones por inversión tan características del pensamiento mítico-simbólico, el hórreo, cuya forma tiene su origen en la preservación del alimento, y por lo tanto de la vida, acabe por evocar, mediante una luminosa paradoja, la idea de la trascendencia y de la muerte. Y nada resulta más hermoso que ver cómo la vida de las formas prosigue su declinación del mito, tomando esta vez por intérprete al anónimo artífi ce del cementerio de Fisterra quien, con su leve y nada literal evocación del hórreo, logra, mediante un nuevo e imprevisto juego de refl ejos, que las arcas funerarias que, con enorme cuidado, ha dispuesto mirando hacia los límites del mundo, transmitan no tanto un sentimiento de tristeza y pesadumbre, cuanto una extraña sensación de serenidad y de reconciliación con la vida, con esa precaria y frágil victoria transitoria sobre la muerte a la que llamamos vida.