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Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2019. Este libro está sujeto a una licencia de “Atribución-NoComercial 4.0 Internacional (CC BY-NC 4.0)” de Creative Commons. © 2019, Asociación de Historia Contemporánea. Congreso Algunos derechos reservados ISBN: 978-84-17422-62-2 Portada: At School, Jean-Marc Côté, h. 1900. Asociación de Historia Contemporánea. Congreso (14.º. 2018. Alicante) Del siglo XIX al XXI. Tendencias y debates: XIV Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Universidad de Alicante 20-22 de septiembre de 2018 / Mónica Moreno Seco (coord.) & Rafael Fernández Sirvent y Rosa Ana Gutiérrez Lloret (eds.) Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 2019. 2019 pp. ISBN: 978-84-17422-62-2
- 674 - INSIGNIAS Y CEREMONIALES DE REALEZA EN LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL PORTUGUESA Isabel Corrêa da Silva (Instituto de Ciências Sociais, Universidade de Lisboa) Miguel Metelo de Seixas (Instituto de Estudos Medievais, Universidade Nova de Lisboa) Introducción Se afirma en general que el proceso de secularización de la institución monárquica en los tiempos contemporáneos ha erosionado progresivamente la dimensión hierática de los soberanos y provocado el debilitamiento de su cuerpo místico, el cual se fue tornando cada vez menos obvio a los ojos de la comunidad política. De hecho, hubo un receso de la sacralidad de los reyes, pero no de su soberanía. Durante el siglo XIX, en varias configuraciones políticas europeas, la soberanía continuó siendo representada por los reyes, pero bajo un régimen de reparto: las monarquías constitucionales 2050 . Las res publicae, monárquicas o republicanas, que vinieron a reemplazar los estados absolutos del Antiguo Régimen no perdieron su cuerpo místico. Por el contrario, la teoría contractualista sobre la cual se construyó el nuevo orden político presuponía un refuerzo imperativo de la creencia en la sacralidad de la comunidad soberana y en sus mecanismos de representación política. Es obvio que cualquier contrato político establecido con un parlamento o con un rey necesariamente tiene un componente ficticio, o incluso metafísico, que adquiere su existencia a través de sus expresiones simbólicas: representaciones, insignias, ceremoniales, etc. En las monarquías constitucionales el rey continuó desempeñando un papel importante tanto en la mecánica como en la poética del poder. En el caso portugués el rey era obligatoriamente parte del marco de un gobierno representativo, tanto por el principio de compartir la soberanía con el parlamento como porque la constitución le reservaba en exclusividad el poder moderador. En la cultura del patriotismo cívico, típico de los estados liberales del siglo XIX, el rey debía ejercer también una función educativa: le pertenecía el papel de primer ciudadano y, por definición, el de patriota más altruista. Nuestro objetivo en este artículo es identificar los elementos de continuidad y de cambio de las «dignified parts» 2051 de la monarquía constitucional portuguesa a través del estudio diacrónico de los rituales de proclamación de los reyes de Portugal y de los objetos asociados a esa ceremonia. Con este fin, vamos a hacer un análisis de proclamaciones reales desde la de la reina María I, en el final del Antiguo Régimen (1777), hasta la última de estas ceremonias, que tuvo lugar en Portugal en 1908, dos años antes de la caída de la monarquía. Mientras tanto, Portugal cruzó probablemente uno de los periodos más revolucionario de su historia: las invasiones hispanofrancesas entre 1807 y 1811; la transferencia de la sede del imperio, de la corte y de la familia real a Brasil en 1808; la revolución liberal de 1820; la independencia de Brasil en 1822; el establecimiento de una carta constitucional a partir de 1826; la guerra civil entre liberales y 2050 Giulia GUAZZALOCA (coord.): Sovrani a metà. Monarchia e legittimazione in Europa tra Otto e Novecento, Soveria Mannelli, Rubbertino, 2009. 2051 Walter BAGEHOT: The English Constitution, London, Chapman & Hall, 1867.
- 675 - absolutistas de 1828 a 1834. Un turbulento proceso de desmantelamiento de las estructuras de Antiguo Régimen cuyos ecos se repercutieron a lo largo de todo el siglo XIX y se desmultiplicaron en varias dimensiones. Al analizar las ceremonias de proclamación, nos centraremos en la dimensión política de este proceso, para, a partir de aquí, reflexionar sobre la capacidad de adaptación de la institución real a las dinámicas de secularización, democratización y mediatización que caracterizaron los regímenes liberales del siglo XIX que marcaron el proceso de construcción de las sociedades democráticas contemporáneas. En este sentido, no sólo nos preocuparemos de dar a conocer uno de los momentos clave de la estrategia de promoción de la institución monárquica, sino también de evaluar la calidad del proceso comunicativo subyacente a esa estrategia. Entendiendo los rituales de proclamación como un diálogo entre rey y súbditos, en cual se transmiten necesariamente emociones, nuestro objetivo es, también, el de percibir la responsabilidad de la monarquía en la permeabilidad al cambio que los actores de ese diálogo van relevando a lo largo del tiempo. En la búsqueda de un equilibrio entre tradición y modernidad, con pocos abandonos y algunas reinvenciones, las ceremonias de proclamación de los reyes de Portugal se mantuvieron aparentemente inmutables (si no fuera esta también una de las principales funciones de los reyes en la sociedad: ser el «still point of the turning world») 2052 . Pero, aunque siempre representaban los mismos papeles, los actores nunca fueron los mismos, así como tampoco fue siempre igual el mensaje que se quiso transmitir, aunque fuese a través de las palabras de siempre. Los rituales de consagración de reyes bajo el Antiguo Régimen: naturaleza divina y contractual de la monarquía portuguesa En la monarquía portuguesa, las ceremonias de consagración de un nuevo rey siempre van acompañadas de objetos simbólicos. Pero no hay objetos fijos, perennes, pasados de generación en generación, que tengan un valor por sí mismos (tales como, por ejemplo, la denominada corona de Carlomagno o la ampolla del santo crisma de Clovis para la monarquía francesa). Por el contrario, los objetos relacionados con este tipo de ceremonia tienen un valor simbólico en la medida estricta de que representan un principio o una virtud connotada con la monarquía. No hay corona, cetro, manto o espada permanentes ni conservados como reliquias de la realeza portuguesa: todos estos objetos cambian a lo largo de los siglos, porque no se atribuye un valor específico a los objetos concretos, sino a los principios o ideas que ellos representan 2053 . El valor performativo de las insignias y de los rituales de poder aparece más significativamente durante ocasiones especiales o ceremoniales, cuando actúan «en spectacle» según la expresión de Bourdieu 2054 . En la exhibición simbólica del poder bajo la Edad Moderna portuguesa, la ceremonia de proclamación fue el acto más importante para la legitimidad política de cada nuevo 2053 Cf. José MATOSO: «A coroação dos primeiros reis de Portugal», en Francisco BETHENCOURT y Diogo Ramada CURTO (org.): A Memória da Nação, Lisboa, Livraria Sá da Costa Editora, 1991, pp. 187-200; Maria Alegria MARQUES y João SOALHEIRO: A Corte dos primeiros reis de Portugal, Gijón, Ediciones Trea, 2009, pp. 43-54 (subcapítulo «A sagração dos reis de Portugal»). 2054 Pierre BOURDIEU : Langage et pouvoir symbolique, Paris, Éditions du Seuil, 2014.
- 676 - soberano 2055 . En cuanto ritual fundador de la soberanía, la proclamación debía funcionar principalmente como una narración simbólica de las dos características esenciales de la monarquía portuguesa: su naturaleza simultáneamente divina y contractual. Como la mayoría de las monarquías occidentales, la realeza portuguesa poseía una base mística. Esto se basa en el mito de fundación de la monarquía, el «milagro de Ourique» (1139): antes de la batalla decisiva contra cinco reyes moros, Cristo habría aparecido a Alfonso I prometiéndole la victoria y consignándole la misión de Reconquista que justificaba la fundación y la perpetuación de un nuevo reino y de su dinastía. Este concepto se amplificó bajo la casa de Avis en los siglos XV y XVI, cuando el concepto de Reconquista se vio proyectado para fuera del territorio ibérico, secuencialmente para territorios africanos, asiáticos y americanos. Los reyes de la dinastía expandieron la dimensión sobrenatural de su poder, sin dudar en reforzar su dimensión mística, buscando la santificación de ciertos miembros de la familia real y promoviendo el establecimiento de una verdadera teología política. Esta dimensión fue capaz de adaptarse a las circunstancias y se reforzó en los siglos posteriores teñida de mesianismo, sobreviviendo en forma de mito asociado con el regreso del rey Sebastião, desaparecido en Marruecos en la batalla de Alcacer-Kibir (1578); después, bajo los reyes Habsburgo, con la unión de las Coronas hispánicas (1580-1640), se convirtió en componente de la mística de la monarquía universal; finalmente, a partir de la restauración de la independencia con la dinastía de Braganza (1640), se alió a variadas doctrinas proféticas y ecuménicas en torno al rey Juan IV (1640-1658) - sobre todo en los escritos del jesuita Antonio Vieira, que profetizaba el advenimiento de un «Quinto Imperio» mundial portugués. Este mismo rey donó la corona real a Nuestra Señora de la Concepción, cuya imagen era venerada en Vila Viçosa cerca del palacio de los Duques de Braganza. Este gesto reforzaba los lazos de la monarquía con su nueva dinastía, al mismo tiempo que expresaba una devoción mariana tradicional al mismo tiempo que reiteraba la fidelidad a una doctrina fuertemente connotada con la doctrina de la Contrarreforma y con el espíritu de las monarquías católicas pos-tridentinas 2056 . A pesar de esta asociación intensa y continua con la esfera de lo sagrado, el poder real se revistió también en Portugal de una naturaleza claramente contractual. La idea de un pacto primordial entre el soberano y su pueblo estaba presente desde el comienzo de la monarquía y se fue desarrollando a medida que las Cortes se convirtieron en una institución fundamental para la vida política del reino. La dualidad del origen divino y contractual del poder fue ampliamente glosada por el propio rey Duarte I (1433-1438) en sus escritos doctrinales 2057 . El advenimiento de la dinastía de Avis fue desde luego expuesto como una elección divina y popular: bajo la pluma del cronista Fernão Lopes, Juan I era presentado como el elegido del Señor (el «Mesías de Lisboa»), a quién había sido concedida una victoria improbable sobre un enemigo mucho más poderoso en la batalla de Aljubarrota en 1385, exactamente como sucediera en Ourique con Alfonso I. Pero el vencedor de Aljubarrota no se atrevió a tomar el título de rey hasta su elección en debida forma por las Cortes que se reunieron para ese efecto en Coímbra en ese mismo año. Esto también explica, en parte, el abandono de la ceremonia de coronación bajo la dinastía de Avis: la proclamación se convirtió en 2055 Cf. Ana Maria ALVES: Iconologia do Poder Real no Período Manuelino. À procura de uma linguagem perdida, Lisboa, Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 1985. 2056 Es interesante, por ejemplo, comparar la actitud del rey portugués con la de Luis XIII de Francia, en la medida en que forman parte de una tendencia aparentemente similar de religiosidad, pero con consecuencias políticas y simbólicas que merecen estudiarse por separado. Para el caso francés, véase Bruno MAES: Le Roi, la Vierge et la nation: pèlerinages et identité nationale entre guerre de Cent Ans et Révolution, Paris, Publisud, 2003. 2057 Catarina Fernandes BARREIRA y Miguel Metelo de SEIXAS (dir.): D. Duarte e a sua época. Arte, cultura, poder e espiritualidade, Lisboa, Instituto de Estudos Medievais, 2014.
- 677 - la ceremonia de consagración del nuevo soberano, lo que se mantuvo desde entonces. Incluso si ocasionalmente se ponían la corona en ciertos momentos, los reyes dejaron de ser solemnemente coronados. Aún más, después del voto de Juan IV a Nuestra Señora de la Concepción, ningún rey portugués volvió a ceñir la corona en circunstancia alguna. La última convocatoria de Cortes bajo el Antiguo Régimen tuvo lugar en Lisboa, en 1698, con el objeto de reconocer al príncipe João, futuro João V, como heredero del trono. A partir de entonces, los reyes de Portugal dejaron de convocar las Cortes. El fin de la reunión de esta asamblea en cada advenimiento se puede interpretar como una forma de reafirmación de la legitimidad del origen divino del poder real, que dispensaba así la intervención de un cuerpo intermediario para comunicar con todos sus súbditos. La ausencia de Cortes, sin embargo, provocó cierta vacilación cuando fue necesario proceder al solemne acto de investidura en la dignidad real. En efecto, para aplicar la tradición y la doctrina contractual que le era subyacente, era fundamental el acto de proclamación. ¿Pero quién podría aclamar al rey en ausencia de las Cortes? La cuestión surgió inmediatamente en la investidura de Juan V en 1707. Por primera vez, la ceremonia omitió la reunión de las Cortes, que trató de compensarse con el recurso a una aclamación popular: en lugar de una elección por ciudades y por órdenes (de acuerdo con la clasificación tradicional de clero, nobleza y tercer estado) y de la reunión en un espacio cerrado (por lo general la gran sala del palacio real de Lisboa), los reyes del siglo XVIII prefirieron una expresión directa del vínculo entre el soberano y el conjunto de personas presentes en el evento, que se dividían fundamentalmente entre notables y populares. El pacto de sometimiento pasaría, de aquí en adelante, a celebrarse en el momento solemne de una proclamación pública y triunfal a dos tiempos. La materialización física y ritual de este nuevo paradigma se puede recoger en la descripción de la última proclamación de un soberano de Antiguo Régimen en el territorio portugués: la de la reina María I en 1777. Como era costumbre desde la dinastía de Avis, la investidura de la reina tuvo lugar en Lisboa, en la gran plaza regia que era considerada el corazón político de la capital del reino: el «Terreiro do Paço», junto al palacio de Ribeira 2058 . Pero, al contrario de lo que sucedía bajo los Avis, la ceremonia de proclamación ya no se celebraba en el espacio clausurado de la sala de aparato del palacio real. Se erigió una estructura efímera, especialmente diseñada para este propósito, en el lado oeste de la plaza. Se trataba de una gran galería adosada al palacio real (que sería destruido por el terremoto de 1755), que las fuentes llaman «varanda da aclamação» (balcón de la proclamación) 2059 . Esta estructura permitía que la ceremonia fluyera no solo de acuerdo con sus aspectos rituales y con la participación de los representantes del cuerpo histórico del reino, sino también con la participación efectiva y simbólica de las personas reunidas en la plaza. La proclamación se convirtió así en una sesión abierta para todos los espectadores. La ceremonia incluía dos fases. María I realizó primero los gestos consagrados, revistiéndose de las insignias de realeza. Llevaba vestida una «capa de terciopelo carmesí de hilo de plata, [...] que mostraba en el campo ciento veinte castillos intercalados con las quinas reales dispersados en distancias proporcionadas, tejidos de hilo de oro»; sobre su cabeza, no pudiendo usar la corona, la 2058 Cf. Auto do Levantamento, e Juramento, que os Grandes, Titulos Seculares, Ecclesiasticos, e mais Pessoas, que se Achàrão Presentes Fizerão á Muito Alta, Muito Poderosa Rainha Fidelissima a Senhora D. Maria I. Nossa Senhora na Coroa destes Reinos, e Senhorios de Portugal, sendo Exaltada, e Coroada sobre o Regio Throno juntamente com o Senhor Rei D. Pedro III. na tarde do dia treze de Maio. Ano de 1777, Lisboa, na Regia Officina Typografica, 1780. 2059 Cf. João Castel-Branco PEREIRA: «Os teatros para a aclamação régia», en Arte Efémera em Portugal, Lisboa, Fundação Calouste Gulbenkian, 2000, pp. 280-299.
- 678 - reina presentaba un «tocado que simulaba una corona imperial tejida con innumerables diamantes». La soberana caminó en solemne procesión hasta al trono erigido en uno de los puntos de la galería; sentándose en el trono, recibió ahí el cetro real. Rodeada de miembros de la alta nobleza y de representantes de las principales instituciones eclesiásticas y civiles del reino, María I escuchó la oración del doctor José Pereira de Castro. Luego se arrodilló ante los prelados presentes para prestar el juramento tradicional: Juro y prometo, con la gracia de Dios, reinar y gobernaros bien y justamente, y haceros justicia, cuanto la flaqueza humana me lo permita; y mantener los buenos costumbres, privilegios, gracias, libertades y exenciones que los reyes mis predecesores os han concedido, otorgado y confirmado 2060 . Después la reina recibió y aceptó el juramento de homenaje de los representantes más importantes, que besaron su mano en señal de lealtad. Este juramento recíproco confería al poder ejercido por el soberano un valor sacramental; se trataba, en verdad, de una práctica común a varias monarquías medievales y modernas 2061 . El doble compromiso correspondía bien a la idea de un pacto o contrato celebrado entre el rey y sus pueblos: este último delegaba en el primero el ejercicio efectivo del poder; en cambio, el soberano aseguraba el mantenimiento de las libertades y privilegios de todos sus súbditos. La repetición de este mismo juramento en cada investidura real provenía de una necesidad de su renovación explícita para ambos los lados, expresando así la idea de perpetuación simultánea y complementar del reino y de la dinastía. Tras el juramento, el rey de armas de Portugal lanzó el clamor ritual "Oíd, oíd, oíd" y el alférez mayor desplegó la bandera real y gritó "Real, Real, Real por la muy alta y muy poderosa reina fidelísima María I, nuestra soberana». Esta ovación fue repetida por los dignatarios que rodeaban a la reina. Esta se dirigió entonces hasta la tribuna en el medio de la galería, donde se repetirán los mismos gritos, de manera que pudiesen ser vistos y escuchados por la multitud que ocupaba la gran plaza regia 2062 . Después, el cortejo real se formó de nuevo y entró en la capilla contigua a la galería, donde la reina escuchó una oración de gracias y recibió el homenaje del besamanos real de aquellos que aún no lo habían prestado. La dualidad de la ceremonia se revelaba, así, en el acto oficial de la investidura y proclamación de María I. Había en primer lugar una dimensión ceremonial, construida por una teatralidad fundamentada en la etiqueta a través de la cual la reina, debidamente revestida con las insignias que expresaban su condición de soberana, se sometía a los rituales dictados por la tradición, denotativos de la continuidad de la monarquía y de la renovación del pacto que unía la institución real a todos sus súbditos. Pero, por otro lado, la ceremonia incluía también una clara (tal vez inesperada) dimensión popular: no tenía lugar dentro sino fuera del palacio, en la gran plaza, que era uno de los lugares emblemáticos de la monarquía (también por su posición simbólica, a abrirse al estuario del Tajo), con el fin de poder ser acompañada, vista, oída y participada por la multitud que se extendía por la plaza e inmediaciones y se amontonaba en los barcos atracados en el río. El momento propio de la proclamación se revelaba de suma importancia. Se efectuaban dos anuncios yuxtapuestos: el primero se dirigía a un pequeño círculo, el segundo a todos los que estaban presentes en la plaza y sus alrededores. Tengamos en cuenta que este segundo anuncio no era 2060 Auto do Levantamento…, p. 76. 2061 Cf. Paolo PRODI: Il sacramento del potere. Il giuramento politico nella storia costituzionale dell’Occidente, Bologna, Società Editrice il Mulino, 1992, pp. 11-25. 2062 Auto do Levantamento…, pp. 84-85.
- 679 - menos importante que el primero, ya que se componía de las mismas fórmulas rituales y solemnes, y sólo después de su efectuación que se podían oír las salvas de artillería que venían celebrar el advenimiento. El cronista hace una referencia explícita, además, a la proclamación de la reina por parte del pueblo, distinguiendo así claramente este momento ritual, connotado con gestos ceremoniales, de las meras ovaciones posteriores. La dualidad de la proclamación de María I apunta al origen dúplice y la naturaleza misma del poder real tal como se interpretaba en la época. Por un lado, el soberano ejercía su poder en nombre de Dios, por una delegación mística que se traducía en su derecho natural (y reconocido) al trono. Por otro lado, sin contradicción o invalidación de la doctrina anterior, la autoridad del rey reposaba en el pacto inmemorial que unía al soberano a su pueblo, acuerdo ese que implicaba la renuncia y la delegación de una soberanía primordial, pero mantenía intactos, desde un punto de vista teórico, la libertad y el libre arbitrio inherentes a la condición humana. Para legitimar nuevas soberanías: adaptaciones del ritual antiguo, fabricación de nuevas insignias (siglo XIX) Bajo la amenaza de las invasiones napoleónicas, en 1807, el príncipe-regente Juan (futuro Juan VI) decidió transferir la sede del reino a Brasil, a fin de preservar, si no la integridad, al menos la independencia de la Corona. La familia real, la corte y las estructuras políticas, administrativas, judiciales y culturales centrales de la monarquía se establecieron en Río de Janeiro en 1808 por un tiempo indefinido. En 1815 el peligro parecía definitivamente evitado con la derrota y el exilio de Napoleón; mientras que la Europa monárquica y tradicionalista se reinventaba en el Congreso de Viena, murió la vieja reina María I, que había enloquecido hacía mucho tiempo. El príncipe heredero y regente se convirtió finalmente en rey y dio un primer paso sorprendente en varios aspectos: en lugar de traer la corte de vuelta a Lisboa, Juan VI decidió quedarse en el Nuevo Mundo y refundar la estructura monárquica portuguesa, elevando el Brasil a la dignidad de reino y creando el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves 2063 . En vista de la planeada ceremonia de proclamación que sellaría su acceso al trono, el rey decidió promover la adaptación de la heráldica de la monarquía portuguesa a esta nueva situación política. Este fue el primer momento para la elaboración de una nueva simbólica regia. Naturalmente, la ceremonia tendría lugar en Río de Janeiro, entonces capital no solo del reino de Brasil, sino de toda la monarquía portuguesa. Se esperaba que la proclamación del nuevo soberano señalara también la celebración de una nueva estructura política y simbólica por la cual la secular monarquía portuguesa trató de reinventarse a sí misma. El programa ceremonial se vio adaptado a este designio. Además de la entronización ritual, con su significado habitual de pacto de soberanía, la proclamación brasileña también buscó proyectar la nueva sede de la monarquía y proclamar el prestigio de un proyecto imperial reformulado. La solemne escenificación de la realeza en los trópicos ya se había beneficiado de algunas manifestaciones anteriores: se había 2063 Establecido en 1815, el Reino Unido sobrevivió hasta 1822, cuando el príncipe heredero D. Pedro declaró la independencia de Brasil. Juan VI solo reconoció la secesión brasileña por el Tratado de Río de Janeiro en 1825, que le reservaba el título honorífico de emperador, y nunca dejó de usar las armas del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves.
- 680 - celebrado el ascenso de Brasil a la condición de reino y la creación del Reino Unido 2064 . Para esta ocasión, el ayuntamiento de Río de Janeiro había organizado tres días de júbilo en enero de 1817, con un aparato adecuado a la presencia y participación del rey, de la familia real y de toda la corte; las otras ciudades de la monarquía siguieron el ejemplo de Río, pero sin la misma pompa 2065 . Cuidadosamente preparada durante casi un año entero, la primera ceremonia de proclamación tropical que contó con la presencia del propio soberano fue también la última proclamación de la monarquía portuguesa de Antiguo Régimen. Reforzando la teatralidad del evento, el rey, los cortesanos y todos los altos funcionarios de la Corona ejecutaron los gestos rituales, según la etiqueta ancestral, en el escenario exuberante de la capital brasileña. Emulando la ceremonia de Lisboa, centrada como hemos visto en la gran plaza real abriendo sobre el Tajo, el acto solemne de 1818 fue celebrado en una galería respaldada al antiguo palacio de los virreyes, transformado en palacio real por la llegada de la corte, en frente a una vasta plaza que también habría sobre el escenario natural de la bahía de Guanabara. La disposición de los lugares y edificios era, por lo tanto, similar al encuadramiento tradicional lisboeta usado desde el advenimiento de Juan IV, primer rey de la dinastía de Braganza, en 1640. Sin embargo, para garantizar que el ritual fluyera con la magnificencia adecuada, era necesario asegurar también la presencia de las insignias que se usarían durante la ceremonia. Para ese efecto, se fabricaron para esta ocasión tres nuevas insignias de poder de la monarquía portuguesa: corona, cetro y manto, a las que volveremos. Tres años más tarde, cuando Juan VI se vio obligado contra su voluntad a volver a Portugal en 1821 para tratar de controlar el proceso revolucionario en curso (que había despuntado en 1820 en la ciudad de Oporto), se llevó con él las insignias de la proclamación de 1818. Estas permanecieron durante mucho tiempo condenadas al olvido. De hecho, la muerte del rey en 1826 abrió un período sumamente turbulento, marcado por disputas dinásticas, agitación revolucionaria y contrarevolucionaria, golpes y pronunciamientos militares, guerra civil, intervenciones extranjeras, que terminó solo en 1851 con el movimiento de la «Regeneración». Los tres reyes que se sucedieron al trono tras la muerte de Juan VI -Pedro IV (I de Brasil), Miguel I y María IIno tuvieron oportunidad de ser debidamente proclamados. Después de la muerte de María II, en 1853, y durante la minoría de su hijo Pedro V, fue bajo la regencia del rey viudo Fernando de Saxe-CoburgGotha cuando se preparó la consagración de Pedro V, que coincidía con el esfuerzo de estabilizar y renovar la monarquía constitucional 2066 . Se sintió de inmediato la necesidad de fijar el cuerpo místico de rey constitucional, que compartía la soberanía con la nación (como se expresaba ambiguamente en la carta constitucional: «la soberanía reside esencialmente en la Nación»). Los excesos revolucionarios de la primera mitad del siglo XIX hicieron necesaria la afirmación del principio monárquico. Varios ejemplos europeos, incluido el francés, habían demostrado que la restauración del principio monárquico no era infalible ni inevitable. En Portugal los movimientos de radicalismo liberal habían contribuido, 2064 Isabel Mayer Godinho MENDONÇA: «Festas e arte efémera em honra da família real portuguesa no Brasil colonial», en João Castel-Branco PEREIRA (coord.): Arte Efémera em Portugal, Lisboa, Fundação Calouste Gulbenkian, 2000, pp. 300-327. 2065 Cf. Jorge PEDREIRA y Fernando Dores COSTA: D. João VI, o Clemente, s.l., Círculo de Leitores, 2006, pp. 238242. 2066 Cf. José Miguel SARDICA: A Regeneração sob o Signo do Consenso. A Política e os Partidos entre 1851 e 1861, Lisboa, Imprensa de Ciências Sociais, 2001.
- 687 - para hacer un uso efectivo de sus prerrogativas rituales. Nunca habiendo, así, alcanzado el estatuto de reliquias políticas, las insignias y los rituales reales fueron incapaces de cumplir de manera digna y efectiva su función de legitimación. La corona y el cetro, objetos a los cuales se había pretendido atribuir valor de reliquias políticas, se veían reducidos, cinco decenios después, a la categoría de moldes para torta de pan... y en 1910 la monarquía portuguesa, con nueve siglos de historia, cayó sin clamor y sin resistencia en una plácida mañana de otoño.