El paradigma de la guerra en el siglo XX ¿Instrumento de cambio?
Abstract
Producción Científica
Full text
The paradigm of war in the 20th century: an instrument of change? O paradigma da guerra no século XX: um instrumento de mudança? Le paradigme de la guerre au XXe siècle : un instrument de changement? El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? Recibido: 1 de febrero de 2018 • Aceptado: 14 de junio de 2018 Revista Científica General José María Córdova ISSN 1900-6586 (impreso), 2500-7645 (en línea) Volumen 16, Número 23, julio-septiembre 2018, pp. 23-42 http://dx.doi.org/10.21830/19006586.305 Citación: Serrano, J. (2018, julio-septiembre). El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? Rev. Cient. Gen. José María Córdova, 16 (23), 23-42. DOI: http://dx.doi. org/10.21830/19006586.305 José Manuel Serrano Álvarez* Universidad de Antioquia Sección: Estudios militares Artículo de investigación científica y tecnológica * https://orcid.org/0000-0002-1935-9561 - Contacto: [email protected]
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 2424 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia Resumen. Este artículo analiza la evolución del concepto de guerra en el siglo XX desde diversas posiciones. El análisis trata de averiguar los aspectos que han caracterizado la guerra y las diferentes percepciones que se han tenido de esta en el siglo pasado, ya que los cambios en tales percepciones han generado a su vez una modificación en el uso instrumental del conflicto bélico. En última instancia, el estudio busca analizar hasta qué punto la guerra es un instrumento de cambio en las sociedades hasta principios del siglo XXI, especialmente, en los ámbitos de la percepción psicológica, las formas de Estado, la estructura de las sociedades y las relaciones internacionales. Palabras clave: Estado; guerra; política; siglo XX; sociedad. Abstract. This article analyzes the evolution of the concept of war in the 20th century from different views. The analysis explores the aspects that have characterized war and the different perceptions it has aroused in the last century, as the changes in these perceptions have, in turn, generated an alteration in the instrumental use of the war conflict. Ultimately, the study seeks to analyze the extent to which war is an instrument of change in societies to the beginning of the 21st century, especially in the fields of psychological perception, state forms, the structure of societies, and international relationships. Keywords: politics; society; State; twentieth century; war. Resumo. Este artigo analisa a evolução do conceito de guerra no século XX a partir de diferentes posições. A análise tenta descobrir os aspectos que caracterizaram a guerra e as diferentes percepções que se tiveram disso no século passado, já que as mudanças em tais percepções geraram, por sua vez, uma modificação no uso instrumental do conflito bélico. Em última instância, o estudo procura analisar em que medida a guerra é um instrumento de mudança nas sociedades até o início do século XXI, especialmente nos campos da percepção psicológica, das formas estatais, da estrutura das sociedades e as relações internacionais. Palavras-chave: Estado; guerra; política; século XX; sociedade. Résumé. Cet article analyse l’évolution du concept de la guerre au XXe siècle à partir de différentes positions. L’analyse tente de découvrir les aspects qui ont caractérisé la guerre et les différentes perceptions qui ont été perçues au cours du siècle dernier, car les changements dans ces perceptions ont entraîné à leur tour une modification de l’utilisation instrumentale du conflit guerrier. En fin de compte, l’étude cherche à analyser dans quelle mesure la guerre est un instrument de changement dans les sociétés jusqu’au début du XXIe siècle, en particulier dans les domaines de la perception psychologique, des formes d’état, de la structure des sociétés et des relations international Mots-clés : Etat ; la guerre ; la politique ; la société ; 20ème siècle.
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 25 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos Introducción La permanencia de la guerra en la conformación de las sociedades y su persistencia a lo largo de los siglos es un hecho que admite poca discusión. Sus causas, magistralmente descritas por el polemólogo británico Michael Howard (1983), son tan múltiples que tratar de desentrañarlas sería conectarlas directamente con la propia naturaleza del hombre. Su número es prácticamente incontable. Sin embargo, estudios recientes indican que, desde el cuarto milenio a. C. hasta nuestros días, se han desarrollado unas 14.500 guerras importantes en las que habrían muerto alrededor de 4.000.000.000 de personas (Statistics on violent conflict, 2012). En este sentido, el número y la frecuencia de las guerras no solo es altamente significativo por sí mismo, sino que además estas se han desarrollado en prácticamente todas las regiones del planeta y han afectado a todas las civilizaciones por igual (Cotta, 1987, pp. 11-37). La conclusión lógica e inmediata de este hecho es que el fenómeno de la guerra no está vinculado, en esencia, a ningún pensamiento político, nivel de desarrollo, tipo de estructura estatal o condicionamiento geográfico, sino que es más bien una actividad propia y singular del hombre en sociedad. Parece, por tanto, que la guerra ha jugado y juega un profundo rol de “destrucción creadora” (Franco, 2000, pp. 60-63) más allá de sus posibles causas. En un pequeño pero influyente estudio, el historiador Arnold Toynbee ya indicó que la guerra está íntimamente ligada a la visión positiva que desde antiguo tuvieron las llamadas “virtudes militares del guerrero”; virtudes éstas asociadas a su vez al honor, el heroísmo y el sacrificio personal (Toynbee, 1976, pp. 22-33)1. La antigua tesis de la relación entre capitalismo y guerra (Sombart, 1943) parece que también ha sido superada, porque, aunque el dinero es indispensable para el ejercicio de la guerra (pecunia nervus belli2), no parece que sea su causa primera y, menos aún, única, sino un instrumento más del juego de la violencia instrumental. Si partimos de la base de que las sociedades humanas están abocadas a la guerra como un instrumento habitual de resolución de conflictos (en este ensayo no abordaremos las causas de las guerras de manera sistemática), un primer análisis nos detendría en la pregunta sobre si el progreso humano tiene alguna relación con la frecuencia de las guerras y sobre si estas tienen alguna relación con el progreso técnico-ideológico. Estas cuestiones son reveladoras, puesto que nos ayudan a dar un salto cualitativo respecto de la interpretación del fenómeno de la guerra, en especial, desde las ciencias sociales. Igualmente posibilitan acercarnos a la función social como motor de cambio, además de que permiten comprender por qué no es nada nuevo que la visión positiva de la guerra a lo largo de la historia ha sido entendida como regeneradora e incluso con un claro matiz de progreso (Aznar, 2014, p. 3). Al mismo tiempo, tales perspectivas incluyen 1 Edición en inglés: Toynbee, Arnold. 1952. War and Civilization. London: Oxford University Press. 2 ‘El dinero es el nervio de la guerra’.
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 2626 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia en la perspectiva de análisis parámetros como la ética, los valores o los comportamientos mentales grupales. Desde este punto de vista, los estudios sobre la guerra están girando dramáticamente hacia interpretaciones de fondo, ya que la cuantificación del número de guerras o de los muertos causados por estas solo nos hablan de frecuencias reiterativas y nos permiten afirmar algo que ya sabemos o intuimos: el hombre tiene una tendencia aparentemente natural hacia el conflicto. Sin embargo, basculando el análisis interpretativo hacia aspectos menos tangibles, podemos establecer modelos de comprensión de la guerra conectados con una perspectiva social e incluso filosófica. Estos modelos se han basado, hasta hace poco, en la famosa trinidad de Clausewitz, para quien la naturaleza de la guerra (y por ende cualquier explicación de esta) se centraba en la hostilidad inmanente existente en un pueblo, el uso de la violencia como un instrumento militar en el que predomina el azar y el objetivo político del gobierno (Fojón 2006, 3). De estos tres elementos, el primero nos acerca hacia una percepción hobbesiana de la guerra y, por tanto, transfiere el mecanismo del conflicto hacia la base que lo sustenta: la sociedad. El segundo se refiere al conocido concepto de lo imprevisible del desarrollo de la guerra, puesto que ni siquiera los militares son capaces de establecer reglas científicas que determinen el resultado militar del conflicto, a pesar de los denodados esfuerzos realizados (Dupuy, 1990). El último aspecto incide en la toma de decisión trascendental de llevar a la sociedad y a los militares a la guerra, es decir, en la conciencia política de que el conflicto, o bien es inevitable o bien obedece a una necesidad política del Estado. Guerra y política Desde un punto de vista de la ciencia política, las guerras han estado fundamentalmente vinculadas a decisiones políticas —fuesen estas pragmáticas o no— y, en este sentido, cabría relacionarlas con teorías de las relaciones internacionales, en especial, el realismo político (Barbe, 1987, pp. 152-154). A lo largo del siglo XX, se observa un salto cualitativo, desde la noción clásica del conflicto —como un choque de intereses más o menos instrumentales de los miembros de una sociedad que tienden a imponer su voluntad mediante la guerra (Clausewitz, 1831, p. 29)— hasta la noción de que el interés nacional, en términos de poder, representa una categoría objetiva de las relaciones internacionales, que arrastra a los Estados al conflicto de manera inevitable (Morgenthau, 1990, 45-51). La idea de que lo político está detrás como fuerza preeminente —y, por tanto, es el camino que lleva al conflicto inevitable— ha gozado de muy buena salud académica en el siglo XX. En este sentido, se ha defendido que los Estados son los actores decisivos en la esfera de las relaciones internacionales y que son ellos quienes enfocan los intereses políticos hacia la guerra (Walt, 1998, pp. 29-33). En una reacción natural a este realismo político, Doyle sugirió que los Estados democráticos disminuyen ostensiblemente la fricción militar, porque en su naturaleza intrínseca está la búsqueda del consenso, el diálogo
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 27 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos y los intereses comunes (Doyle, 1997). Surge así la clásica disputa entre la escuela liberal y realista respecto del papel de lo político en la guerra, sus causas y sus objetivos. A medio camino entre ambos, la famosa obra de Fukuyama defendía que el fin de los conflictos, así como el fin de la historia, estaba íntimamente conectado con el innegable éxito del pensamiento liberal tanto político como económico, derivado, a su vez, de la aparente derrota de sus dos grandes rivales políticos: las dictaduras y autoritarismos (fascismo, nazismo y sus derivados), y el totalitarismo soviético (Fukuyama, 1992). Aunque el debate sigue abierto, parece ser que la evolución del fenómeno de la guerra en el siglo XX ha seguido una ruta política en la que, pese a la existencia de otros complejos motivos, la guerra se antepone finalmente al cálculo político y, por tanto, a la decisión concreta basada en un estudio sobre el balance de fuerzas (Howard, 1984, pp. 22-23). Por consiguiente, las teorías sobre el fenómeno de la guerra, aunque divergen en ciertos aspectos (especialmente los relacionados con factores endógenos y psicológicos), cada vez se posicionan más sobre la base de que toda guerra sucede tras un calculado juego de intereses nacionales, la personalidad de sus líderes, la percepción del conflicto, la empatía con el potencial enemigo o las habilidades para sostener el esfuerzo de guerra, entre otros aspectos (Blainey, 1988, p. 123). Las dos principales posiciones respecto a una explicación ontológica del fenómeno de la guerra (realismo y liberalismo) descansan —a mi entender— en enfoques diferentes sobre un único aspecto: el carácter político del enfrentamiento y la búsqueda de resultados tangibles. Porque si bien la versión avanzada del realismo político (neorrealismo) ignora la naturaleza humana de la violencia (Waltz, 1959) y se enfoca en los efectos del sistema de relaciones internacionales (grandes poderes que buscan sobrevivir en medio de un caos por la inexistencia de entidades reguladoras), es imposible darle una explicación de calado sin tener en cuenta que, en el siglo XX, la guerra (que es ya una guerra industrial) descansa en el apoyo directo o indirecto de la sociedad, que indudablemente refleja las decisiones políticas de sus líderes. Y aunque el liberalismo se empeña en relacionar el fenómeno del conflicto con los “otros actores de la política” —como el sistema monetario internacional, la ecología, el sistema energético y las posibilidades emergentes de colaboración entre estados liberales (democráticos) y el tipo de gobierno (Carr, 1942)—, no se debe perder el enfoque de que esos sistemas o posibilidades están caracterizados por decisiones políticas muy perceptibles en el siglo XX. De hecho, los Estados democráticos canalizan sus visiones de la política exterior y las posibilidades de entrar o no en conflicto en un cuidadoso balance político de costo-beneficio de sus acciones, con independencia de que el gobierno o su sistema económico fuese más o menos propenso al diálogo. Relacionado con esto, a nadie se le escapa que, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados occidentales no han dudado en abanderar acciones militares para defender posiciones liberales, mientras acuden al recurso de que el modelo democrático y liberal debe ser la forma predominante de acción política a escala planetaria, con lo cual criminalizan cualquier otra forma de gobierno. El combate por la libertad ha
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 2828 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia sido, en este sentido, un recurso político, simbólico y discursivo para hacer avanzar (progresar) la civilización liderada por occidente según la visión positiva del modelo político que, pese a su aparente tendencia a la inclusión y el diálogo, no ha dudado en emprender guerras de liberación. En efecto, esta argumentación ha sido calificada, bastante acertadamente, como una visión conservadora de la libertad y su significado (Foner, 2010, pp. 482-490). Las relaciones entre lo público, lo político y la guerra, desde luego, no son exclusivas del siglo XX. El desmoronamiento del concepto de legitimidad del uso privado de la violencia, que se va produciendo lentamente desde el siglo XVI (el nacimiento de eso que denominamos el Estado moderno), está relacionado con el paso del concepto de poder y dominio del ámbito de lo privado (poderes intermedios: nobleza y aristocracia) al ámbito de lo estatal. Noción que ha evolucionado hasta el siglo XIX con el predominio de las ideas de libertad y racionalismo (Habermas, 1981, pp. 104-117). Pero ambos conceptos chocaron en un mundo cambiante, porque el siglo XIX vio un resurgir de la violencia revolucionaria que, por definición, es antisistémica, antiestatal. Una violencia que choca frontalmente con lo político y las estructuras de una sociedad cambiante debido al progreso, y que tiene su albur en la lucha grupal por el poder (nuevamente político) de aquellos que se resisten a aceptar la juridicidad del periodo. Las nuevas ideologías de entonces (anarquismo, socialismo) se postularon alegóricamente como alternativas de poder frente a sociedades que necesitaban estabilidad (reflujo de la violencia estatal) para desarrollar ampliamente su programa de progreso económico (segunda Revolución industrial). No obstante, paradójicamente, al tiempo que la ilusión de un poder social nuevo hizo tambalear los cimientos de las élites burguesas de las sociedades avanzadas occidentales, el siglo XIX vio allanar el camino para un rebrote racional de la guerra sobre, ahora sí, bases “objetivas” ligadas a los intereses políticos. El imperio de la ley y del derecho hacen del siglo XIX el cimiento de una nueva era, en la cual las relaciones cívico-militares acaban por amalgamarse sobre las vanguardias de la nueva ciencia. Es ahora cuando la medida del tiempo cambia, así como la percepción de la realidad. La química inicia sus pasos definitivos, las leyes de la herencia nacen del laboratorio de Medel, Darwin instaura los principios evolutivos de la humanidad, la física mira a la tierra y el espacio gracias a Mendeléyev, Malthus establece los principios del desarrollo demográfico, Comte transforma nuestra visión del mundo circundante con el nacimiento de la sociología (la “física social”), mientras que Lombroso conjetura leyes que determinan el grado de maldad y criminalidad del hombre común con simples rasgos fisonómicos. Es el triunfo del progreso. Pero pronto surgirá un contrapunto, un rechazo a la “objetividad” de un siglo pacífico como el decimonónico. Georg Simmel, fundador de la sociología del conflicto, basculando entre el siglo XIX y el XX, interpreta la guerra a partir de una teoría revitalizadora de la cultura que contrapone la creación y la interpretación de esta, y que empuja al joven al extremo de la pasión y el absoluto (Simmel, 1955, p. 322). Es una nueva Filosofía de la Vida. Se rechaza
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 29 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos la máquina, la razón objetiva, la ley y también su inserción en la maquinaria estatal: es la creencia en la acción frente al calculador desarrollo de lo necesario (Joas, 2005, pp. 96-97). Pero Simmel (lo mismo que Weber, aunque desde una perspectiva más política) inserta esa visión en el Estado, en la política (Vernik, 2011, pp. 3-7). Ahora bien, aunque los cálculos políticos están detrás de la evolución de la guerra, en especial durante el siglo XX, el factor político empieza a estar determinado por otras constantes, posiblemente no menos importantes. Existen elementos culturales, antropológicos e ideológicos que influyen decisivamente en el comportamiento de los Estados (gobiernos) a la hora de inclinarse por una solución violenta. En este sentido, la antropología ha evidenciado que la actitud agresiva es tan social como individual, pero tiende a incrementarse en función del grado de homogeneidad social y cultural. Desde la unidad básica social (la familia) es posible hacer un seguimiento ascendente de la pugnacidad de las soluciones en un marco cultural superior, puesto que el grado de homogeneidad de un entorno social viene acentuado por la variable de comprensión mental de una respuesta global frente a una fricción. Las familias —y en grado ascendente los municipios, las ciudades y las regiones— tienen una tendencia natural a adquirir valores unitarios comúnmente aceptados e interpretados al unísono, básicamente por el grado de convivencia. El incremento acelerado de la homogeneidad social y cultural desde el siglo XIX llevó a sus más altas cotas la interpretación unitaria los valores comunes. De esta forma, y ya durante el siglo XX, la propaganda, el adoctrinamiento cultural desde el Estado, la extensión de cantos e himnos nacionales y la conciencia de un pasado común comprensible llevaron a las sociedades a aceptar un mayor grado de pugnacidad (Malinowski & Ritcher, 1941, p. 132). Estos elementos hay que tenerlos presentes, porque, como veremos seguidamente, parece que el incremento de la violencia instrumental en el siglo XX vino sustentado por componentes no políticos (percepciones sociales, culturales e ideológicas) que influyeron en la toma de decisiones políticas. Si aceptamos como postulados inherentes al conflicto bélico las premisas de que se trata de una característica social y al mismo tiempo determinada por objetivos y decisiones políticas, inmediatamente deberíamos preguntarnos por la frecuencia de los conflictos, es decir, el grado de distribución de la guerra en la historia. La cuestión sobre la frecuencia es decisiva, porque sabemos que ambos elementos (sociabilidad del entorno y función política de la guerra) han estado presentes siempre en las sociedades europeas occidentales, al menos desde la Revolución militar, desplegada ya plenamente desde el siglo XVI (Parker, 1990). Al margen del grado de percepción psicológica que estas sociedades tuviesen de la guerra, parece que, desde los comienzos de la Edad Moderna, la Revolución Militar combinó un permanente y profundo cambio que desde lo militar afectó los niveles tecnológico, organizativo, económico y social (Toffler, 1993, p. 32). Esta transformación difuminó las diferencias existentes entre lo civil y lo militar de la época anterior (Moskos, Williams
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 3030 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia y Segal, 2000, p. 11), trasladando los intereses militares a esferas de mayor comprensión para la sociedad y haciendo compatibles los objetivos y deseos políticos con la propia evolución de esta. Tales elementos podrían explicar el alto grado de frecuencia bélica desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX, pero sabemos que, entre el Congreso de Viena de 1815 (que puso fin al ciclo de guerras napoleónicas) y la Primera Guerra Mundial (que a partir de 1914 dio inicio al ciclo de guerras posmodernas), la esfera geopolítica occidental no vivió grandes conflictos bélicos ni se produjeron enfrentamientos entre alianzas de poder político que englobasen las grandes potencias del hemisferio occidental. Por consiguiente, si aceptamos que el grado de avance sociopolítico fue más o menos homogéneo en el mencionado cambio de siglo, y que los componentes básicos y elementales que sustentan en gran medida las causas de la guerra permanecen imbricados en la sociedad, rápidamente nos asalta la cuestión de por qué el siglo XX vio un repunte espectacular cuantitativo y cualitativo de la guerra (figura 1). Figura 1. Incremento de los conflictos bélicos tras el cambio de siglo. Fuente: Martin, Mayer y Thoenig (2008) citados en Harrison (2009, p. 2). La figura 1 prueba que el siglo XX trajo consigo un incremento espectacular en el número de guerras y, en especial, de su impacto en términos de vidas humanas y consecuencias sociales y políticas. Paradójicamente, el crecimiento económico y la proliferación de fronteras fueron factores decisivos para este nuevo ciclo bélico. Durante este periodo, se han contabilizado más de 200 conflictos bélicos que han arrojado la cifra de aproximadamente 231 millones de muertos (Leitenberg, 2006, p. 1). Estos conflictos se han caracterizado por una orgía de muertes nunca antes vista en la historia de la humanidad; muertes
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 31 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos que han sido el resultado de un mundo cambiante en términos del uso de la tecnología militar y los objetivos específicos de los conflictos. La Primera Guerra Mundial fue la última gran guerra en la que los objetivos generales de las campañas vinieron marcados por intereses meramente militares: no menos de 9.450.000 soldados murieron en la guerra (Stevenson, 2013, p. 700). A este dato se suman en el horizonte los daños causados sobre la población civil que, aunque no era objetivo directo de las operaciones militares, sufrió los efectos de las invasiones, el bombardeo indiscriminado, la hambruna y las enfermedades. Los cálculos, siempre difíciles, nos hablan de no menos de 6,5 millones de civiles muertos entre 1914 y 1918 (Clodfelter, 2002, p. 479). Las nuevas guerras del siglo XX ¿Por qué ocurrió esto? Al comenzar el siglo XX, el mundo estaba cerrando el mayor ciclo histórico sin guerras importantes de su historia. La percepción de la violencia estatal lentamente parece que se evaporó de las mentes humanas, en gran medida, como consecuencia de la disminución de la violencia social (Muchembled, 2010, p. 248-279). Esta percepción encerraba, sin embargo, una paradoja. El incremento de la enseñanza y de la necesidad de orden y ley para la continuación del progreso (en especial, para la burguesía triunfante) anestesiaron al individuo y apaciguaron su propensión a la fricción social. Tanto a nivel rural como urbano, se aprecia en los albores del siglo XX el aumento de la intención de resolver los conflictos sin acudir a la violencia. En este sentido, el Estado se convirtió en el mayor garante de esta percepción, impulsando la prohibición de los duelos, aumentando la seguridad en las calles e imponiendo leyes contra la criminalidad y la violencia privada. Sin embargo, estas medidas, propias de la modernidad triunfante, crearon una tensión contenida en la sociedad a la espera de surgir con más fuerza. De esta forma, el incremento de la literatura, la disminución del analfabetismo y la extensión de la educación, prepararon el camino para que, desde los niveles bajos de la sociedad, el mundo comenzara a sentir la influencia de la decadencia de los valores imperantes y se fueran rescatando lentamente los valores heroicos de la guerra. La idea de progreso surgió como dilema central a comienzos del siglo XX. La burocracia y la tecnología se convirtieron en parte de la ley del progreso (Herman, 1998, p. 44). El hombre adquirió la noción transformadora de la sociedad, y más desde el Estado, desde el poder. El pluralismo y la libertad se constituyeron en armas integradoras (o desintegradoras) de sociedades enteras (Goldhagen, 2010, pp. 38-39), lo cual permitió que la guerra no solo fuera mucho más destructiva, sino, además, la opción política preferida. Durante décadas, la sociedad occidental había sido bombardeada por la idea de decadencia y degeneración social, y ese pesimismo provenía tanto del liberalismo anglosajón como de los autoritarismos europeos. Desde Brooks Adams, Max Nordau y Gustav Le Bon hasta Ernst Haeckel, Oswald Spengler y Henri Bergson, toda una larga lista de
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 3838 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia Unidos se ha liberado de una pesada carga de liderazgo, pero ha trasladado a diferentes zonas las disputas mediante la (ahora) frágil idea de no interferir en los asuntos internos. A cambio, los norteamericanos pueden ampliar su brecha tecnológica con las otras potencias del mundo (aunque ninguna aún a escala global) trasladando parte de su carga fiscal y presupuestaria sobre el entramado privado de su industria militar. Por otra parte, la inexistencia de un organismo supranacional que vigile y medie con eficacia y objetividad en los conflictos mundiales tiende a perpetuar la escalada e intensidad de los conflictos. La ONU no puede jugar ese papel, toda vez que su estructura interna y, en especial, aquella que puede verdaderamente actuar a escala internacional (Consejo de Seguridad) sigue liderada por Estados Unidos. El resultado de este nuevo ciclo bélico de las últimas décadas ha sido la disminución de la violencia interestatal, con solo 112 conflictos o guerras entre 1946 y 2000 (García, 2008, p. 101), a costa de una auténtica explosión de los conflictos internos puros y las guerras asimétricas. Los Estados, con clara conciencia de los riesgos de un enfrentamiento directo, asumen ahora un papel vigilante del hecho bélico, porque consideran que la tensión interna promovida por la permanente vigilancia militar de sus intereses es mucho más eficaz (y menos costosa) que jugarse la carta de la guerra. Además, la mayoría de los Estados industrializados han cerrado su ciclo de demandas fronterizas y han enterrado el lenguaje bélico popular-nacional que tanto éxito tuvo entre 1900 y 1945. Paralelamente, la violencia oficial ha desaparecido de la pugnacidad entre Estados democráticos, lo que sugiere una aparente relación entre paz y democracia. ¿Es así realmente? Los trabajos de Rummel demostraron que los regímenes democráticos están menos abocados al conflicto entre sí (Rummel, 1995). Esto sugiere una relación entre liberalismo y pacifismo, pero también encierra un enfoque diferente. Los líderes democráticos sienten la obligación moral (y legal) de rendir cuentas ante sus votantes: la sociedad es, al fin y al cabo, su mayor garante. Por consiguiente, están más abocados a seleccionar los conflictos en los cuales inmiscuirse (Anderson & Souva, 2010), porque la percepción de la guerra está ahora muy alejada de la aceptabilidad favorable en regímenes que encierran una fuerte cohesión interna basada en la paz y la estabilidad. Además, la interconexión de los datos y la información en las sociedades capitalistas reflejan el impacto directo sobre la opinión pública, por lo tanto, extienden sus efectos mucho más rápido y a más gente que hace pocas décadas. Sin embargo, que las democracias no se enfrenten entre sí no es lo mismo que no influyan decisivamente (por acción u omisión) en la extensión de los conflictos o en su perdurabilidad. Pensemos que los grandes exportadores de armas siguen siendo áreas perfectamente asimilables al concepto de democracia: Estados Unidos y Europa Occidental. Por consiguiente, si aceptamos la premisa bastante obvia de que los conflictos no se pueden iniciar o mantener sin armas y que estas están en el mercado permanente gracias a los esfuerzos de los complejos gubernamentales (y privados) de las sociedades democráticas, no es necesario indicar que lo que se esconde detrás es realmente el interés de estas democracias por mantener lejos el conflicto de sus sociedades (críticas en general con la violencia), pero sostener una violencia de baja intensidad a nivel global.
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 39 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos Conclusión La guerra ha sido una realidad muy tangible en el siglo XX y también ahora. El trauma de las dos guerras mundiales solo evidenció la profunda necesidad política de regeneración y reorganización de los poderes sobre la base de una idea de decadencia o del rescate de un modelo superior e imperante. Sin embargo, el drama del conflicto puso sobre la mesa que las sociedades están abocadas al conflicto en función de coyunturas muy fácilmente manipulables. La sociedad de masas, los medios de comunicación, los cambios burocráticos, el fortalecimiento de la idea de Estado o el nacionalismo larvado han sido y son objetivos preferentes del poder político para establecer permanentes reordenamientos geoestratégicos. Aunque el número de muertos en los conflictos después de la Segunda Guerra Mundial ha sido bastante menor que el de la primera parte de la centuria, la continua agresión de la humanidad por motivos étnico-culturales o por disputas ideológico-políticas (Goldhagen, 2011) ha demostrado que la naturaleza del conflicto sigue tan invariable como siempre, pese a la decisión política (que es clave). Nos conformamos con saber que la tecnología militar es capaz de disminuir los daños colaterales o con que la tendencia de los gobiernos democráticos es la de eliminar de sus objetivos a la población civil, para vender en su sociedad la idea de que el daño causado al enemigo está íntimamente relacionado con fines políticos y no con la consecución de una carnicería. Por otra parte, Morris ha demostrado muy recientemente que las guerras del siglo XX han tendido de forma natural a generar estabilidad en los Estados, crecimiento económico y, al mismo tiempo, una mirada no negativa del poder militar de las sociedades contemporáneas (Morris, 2017, pp. 441-454). Esto es así, porque tales sociedades entienden que el miedo a un enfrentamiento aniquilador de la especie humana fuerza a los Estados al diálogo político y a otras formas de fricción, de manera que observan con benevolencia una carrera armamentística que anula el riesgo de conflicto generalizado. La guerra no solo ha cambiado la percepción de los pueblos, sino que también ha modificado el perímetro de las opciones políticas en cuanto al riesgo del conflicto. Agradecimientos El autor agradece a la Universidad de Antioquia por su apoyo en la realización de este artículo. Declaración de divulgación El autor no declara ningún potencial conflicto de interés relacionado con el artículo. Financiamiento El autor no declara fuente de financiamiento para la realización del artículo.
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 4040 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia Sobre el autor José Manuel Serrano Álvarez. Profesor Titular, Dpto. de Historia, Universidad de Antioquia (Colombia). Licenciado en Historia, especialista titulado en Historia Moderna y Contemporánea, Universidad de Sevilla, España. Doctor en Historia de América por la misma Universidad. Director del grupo de investigación, Estudios Interdisciplinares en Historia General. Actualmente dirige el proyecto de investigación: El costo de la defensa imperial en el ámbito circuncaribe, 1700-1810: moneda, comercio y redes sociales. Sus principales obras son: Fortificaciones y tropas. El gasto militar en Tierra Firme, 17001788, Sevilla, CSIC, 2004; Ejército y Fiscalidad en Cartagena de Indias. Auge y declive en la segunda mitad del siglo XVII. Bogotá, El Áncora Editores, 2006, y El astillero de La Habana y la construcción naval militar, 1700-1750, Madrid, Instituto de Historia y Cultura Naval, 2008, además de una treintena de artículos y capítulos de libro. Ganador de los premios internacionales, Nuestra América (España, 2002), Mrs. Percy (Ruth) Jones Award (EE.UU., 2007, junto a Allan J. Kuethe), y Armada (España, 2017). Referencias Anderson, S., & Souva, M. (2010). The accountability effects of political institutions and capitalism on interstate conflict. Journal of Conflict Resolution, 54(4), 543-565. Aschheim, S. (1992). The Nietzsche legacy in Germany 1890-1990. Berkeley: University of California Press. Aznar, F. (2014). Filosofía de la guerra. ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura, 190(765), a096. doi: http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2014.765n1003. Barbe, E. (1987). El papel del realismo en las relaciones internacionales (La teoría de la política internacional de Hans J. Morgenthau). Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), 57, 149-176. Blainey, G. (1988). The causes of war. London: McMillan. Bourke, J. (2008). Sed de sangre. Historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX. Barcelona: Crítica. Carr, E. H. (1942). Conditions of peace. London: Macmillan. Clausewitz, C. (1831/1975). De la guerra. Madrid: Ediciones Ejército. Clodfelter, M. (2002). Warfare and armed conflicts: a statistical reference to causalty and other figures, 15002000. Jefferson: McFarland. Collins, R. (1917). Functional and conflict theories of educational stratification. American Sociological Review, 36(6), 1002-1019. Cotta, S. (1987). Las raíces de la violencia. Una interpretación filosófica. Pamplona: Eunsa. Davenport, C. B. (1911). Heredity in relation to eugenics. New York: Henry Holt and Company. Dewey, J. (1916). The tragedy of the German soul. Middle Works, vol. 10, III. Illinois: Southern Illinois University Press. Doyle, M. W. (1997). Ways of war and peace: Realism, liberalism, and socialism. New York: W.W. Norton. Dupuy, T. (1990). La comprensión de la guerra. Madrid: Publicaciones EME.
Revista Científica General José María Córdova El paradigma de la guerra en el siglo XX: ¿instrumento de cambio? 41 Revista Científica General José María Córdova Revista colombiana de estudios militares y estratégicos Ferguson, N. (2007). La guerra del mundo. Los conflictos del siglo XX y el declive de Occidente (1904-1953). Barcelona: Debate. Fojón, J. E. (2006). Vigencia y limitaciones de la guerra de cuarta generación. ARI, 23, 1-6. Foner, E. (2010). La historia de la libertad en EE.UU. Barcelona: Península. Franco, F. J. (2000). Gaston Bouthoul. La guerra como función social. Cuadernos de estrategia, 111, 57-91. Fukuyama, F. (1992). The end of history and the last man. New York: Free Press. Galton, F. (1904). Eugenics: Its definition, scope, and aims. The American Journal of Sociology, 10(1), 1-6. García, J. (2008). El fenómeno de la guerra en el siglo XX. Una aproximación a la dinámica, geografía, modos operativos y naturaleza de los conflictos armados, Norba. Revista de Historia, 21, 89-115. Goldhagen, D. (2010). Peor que la guerra. Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad. Madrid: Taurus. Habermas, J. (1981). Historia y crítica de la opinión pública. Barcelona: Gustavo Gili. Harrison, M. (2009). The Frequency of Wars. Birmingham: Warwick University. Harrison, M. & Wolf, N. (2012). The frequency of wars. The Economic History Review, 65(3), 1055-1076. Headrick, D. R. (2010). El poder y el Imperio. La tecnología y el imperialismo de 1400 a la actualidad. Barcelona: Crítica. Herman, A. (1998). La idea de decadencia en la historia occidental. Barcelona: Andrés Bello. Howard, M. (1984). The causes of war. Cambridge: Harvard University Press. Huntington, S. P. (1995). El soldado y el Estado. Teoría y política de las relaciones cívico-militares. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano. Joas, H. (2005). Guerra y modernidad. Estudios sobre la historia de la violencia en el siglo XX. Barcelona: Paidós. Leitenberg, M. (2006). Deaths in wars and conflicts in the 20th century. Ithaca: Cornell University. Lukács, G. (1971). History and class consciousness. Cambridge: MIT Press. Malinowski, B., & Ritcher O. (1941). Un análisis antropológico de la guerra. Revista Mexicana de Sociología, 3(3), 119-149. Martin, P., Mayer, T., & Thoenig, M. (2008). Make trade not war? Review of Economic Studies, 75(3), 865-900. McNeill, W. H. (1998). Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C. Buenos Aires: Siglo XXI. Morgenthau, H. J. (1990). Escritos sobre política internacional. Madrid: Tecnos. Moskos, C., Williams, J., & Segal, D. (2000). The postmodern military. New York: Oxford University Press. Mosse, G. L. (2007). La nacionalización de las masas. Buenos Aires: Siglo XXI. Muchembled, R. (2010). Una historia de la violencia. Del final de la Edad Media a la actualidad. Barcelona: Paidós. Parker, G. (1990). La revolución militar. Barcelona, Crítica. Plant, R., y Vincent, A. (1984). Philosophy, politics and citizenship: The life and thought of the British idealists. Oxford: Basil Blackwell. Rummel, R. J. (1995). Democracies ARE less warlike tan other regimes. European Journal of International Relations, 1(4): 457-479.
Revista Científica General José María Córdova José Manuel Serrano Álvarez 4242 Volumen 16 Número 23 pp. 23-42 julio-septiembre 2018 Bogotá, Colombia Simmel, G. (1955). Conflict and the web group affiliation. New York: The Free Press. Singer, P. W. (2003). Corporative warriors: The rise of the privatized military industry. Ithaca: Cornell University Press. Sombart, W. (1943). Guerra y capitalismo. Madrid: Imprenta Galo Sáez. Statistics on violent conflict. (2012). P.a.p.-Blog, Human Rights Etc. Recuperado de http://filipspagnoli. wordpress.com/stats-on-human-rights/statistics-on-war-conflict/statistics-on-violent-conflict/. Stevenson, D. (2013). 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial. Barcelona: Debate. Toffler, A. (1993). War and anti-war: Survival at the dawn of the 21st century. Boston: Little Brown. Toynbee, A. (1976). Guerra y civilización. Madrid: Alianza Editorial. UCDP (Upsala Conflict Data Project) and PRIO (International Peace Research Institute of Oslo). (2010). Intensidad de los conflictos. https://www.prio.org/Global/upload/CSCW/Data/UCDP/2009/ Graph%20-%20Conflicts%20by%20Intensity.pdf. Vernik, E. (2011). Simmel y Weber ante la nación y la guerra: una conversación con Grégor Fitzi. Sociología, 26(74), 1-9. Walt, S. M. (1998). International relations: One world, many theories. Foreign Policy, 110, 29-46. Waltz, K. (1959). Man, the State, and war. New York: Columbia University Press.