Dacosta, Arsenio; Prieto Lasa, José Ramón; Díaz de Durana, José Ramón (eds.): "La conciencia de los antepasados. La construcción de la memoria de la nobleza en la Baja Edad Media"
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Producción Científica
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RESEÑAS Hispania, 2017, vol. LXXVII, nº. 256, mayo-agosto, págs. 529-603, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 533 DACOSTA, Arsenio; PRIETO LASA, José Ramón; DÍAZ DE DURANA, José Ramón (eds.): La conciencia de los antepasados. La construcción de la memoria de la nobleza en la Baja Edad Media, Madrid, Marcial Pons Historia, 2014, 347 págs., ISBN 978-84-15963-06-6. Obra de reivindicación de la materia genealógica y con aire de homenaje al historiador portugués Luis Krus, en las primeras páginas de este libro se evoca a autores muy diversos —de Caro Baroja a Joseph Morsel, pasando por Pardo de Guevara y Rafael Sánchez Saus—. Sus trabajos, con frecuencia renovadores, tienen en común el interés por el estudio de la nobleza y sus leyendas fundacionales, la sintonía con las ciencias sociales, y la percepción de las fuentes como «fábrica de hechos» o definidoras de «un modelo cultural», de «una teoría del linaje». Dos artículos del malogrado Luis Krus dan entrada al libro. Ambos reflexionan sobre los orígenes de la casa de Haro («Una variante peninsular del mito de Melusina. El origen de los Haro en el Livro de Linhagens del conde de Barcelos», pp. 17-42; «La muerte de las hadas: la leyenda genealógica de la Dama de Pie de Cabra», pp. 43-86). El segundo deriva del primero y alude a su deuda con los comentarios hechos al autor por J. Mattoso y J. A. García de Córtazar; aunque recorta su final, amplía sus dimensiones con un despliegue erudito que enfatiza la búsqueda de orígenes familiares nobles en un fondo universal de relatos míticos. Entre ellos destacó la leyenda de Melusina, una facies de la cual renacía en la corte Plantagenet entre los siglos XII y XIII y emigró por Occidente. Hadas, caballeros y animales poblaban espacios de bosques, montañas y cuevas que crecen independientes, al margen de las convenciones feudo-vasalláticas, de los documentos acreditativos y de los ritos religiosos. Son los ambientes donde linajes nuevos «hallaron» los orígenes de sus estirpes, grandiosos y trágicos, con capacidad de mutar. Los Haro de Vizcaya son un caso ejemplar. Francisco Bautista dedica su estudio a los retazos de la historia nobiliaria de la época de Alfonso VIII que se recogen en la obra de Alfonso X el Sabio y posteriores («Narrativas nobiliarias en la historiografía alfonsí y post-alfonsí, pp. 88-117). Se trata de una colección de episodios protagonizados por nobles, que llevan a preguntarse por una «Historia Nobiliaria» hoy perdida. Aunque Bautista da una respuesta negativa, sugiere que algunos proceden de un «cuaderno de trabajo elaborado en el taller historiográfico alfonsí» (p. 96), donde se pusieron por escrito tradiciones de distinto origen. Los otros, son de época post-alfonsí. Entre ellos destacan las noticias sobre Diego López de Haro —de nuevo protagonista en este libro—, y sobre Nuño Pérez de Lara, tal vez provenientes de entornos familiares. No han quedado testimonios de literatura genealógica en Castilla hasta mediados del XIV, como subraya Isabel Beceiro Pita («La memoria y el discurso de la nobleza en los relatos genealógicos castellanos, 1370-1540», pp. 119-143). Pero en esas fechas se produjo una eclosión que proseguía a mediados del XVI. Los nobiliarios aparecen como obras abiertas, dispuestas a incorporar los buenos hechos de los sucesivos integrantes del linaje, a
RESEÑAS Hispania, 2017, vol. LXXVII, nº. 256, mayo-agosto, págs. 529-603, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 534 modo de exempla. También han sido un instrumento de defensa del grupo. Todo ello lleva a la autora a reflexionar sobre los factores de la legitimidad política y social de nobleza y realeza en términos comparativos. Se examinan el valor en la guerra, la colonización del territorio, el ejercicio de la justicia y la continuidad. Por lo común, la monarquía prima. Aunque el valor de los nobles gallegos glosada por Vasco de Aponte, el ancestro de la casa que arranca como poblador anónimo o inmigrante, la tradición judicial de los Muñoz de Segovia, o la vaga continuidad entre la aristocracia goda y la nobleza castellana, revelan las vías del discurso reivindicador de ésta última. Un texto genealógico castellano singular es analizado por Arsenio Dacosta («Mecanismos y articulaciones discursivas en la construcción de la memoria genealógica: el caso de los Ayala», pp. 145-173). Se trata del «Libro de los linajes de los señores de Ayala», que escribió Fernán Pérez de Ayala y continuaron sus descendientes. Su primera fase, fechada en 1371, lo hace el más antiguo de los nobiliarios conservados —y por mucho tiempo—, el único. El recurso a la genealogía pudo formar parte de un plan asociado con la construcción de la torre y monasterio de Quejana, pero sobre todo subraya el uso de la escritura como herramienta de memoria y de poder del grupo. La defensa de su legitimidad (frente a los linajes rivales Salcedo y Guevara), ayudada por su servicio a los reyes, es la clave de un texto que, mostrando el éxito de los Ayala, sirve como «generador de realidades sociales» (p. 170, según expresión de Gabrielle Spiegel, autora de referencia en este artículo). Del «Livro de Linhagens del conde de Barcelos y su refundición», parte el estudio de Bernardo Vasconcelos e Sousa («Los Pimentel y la construcción de una memoria linajística», pp. 175200). El conde atribuyó a Vasco Martins Pimentel, su fundador, una acusación de bastardía, que el refundidor corrigió componiendo una gloriosa memoria. Aunque la rehabilitación del personaje encierra significados más sugerentes. Así, forma parte de la estrategia de otro linaje en ascenso, los Pereira, para presentarse como herederos de la más rancia nobleza portuguesa. De paso, subraya el vigor de la trasmisión de derechos por vía femenina. Y especialmente, muestra el choque de intereses entre linajes en el norte del país, la zona nobiliaria por excelencia. «La importancia de ser antiguo. Los Velasco y su construcción genealógica», (pp. 201-236), de Cristina Jular Pérez-Alfaro, incide en uno de los argumentos enunciados, que examina entre los siglos XIV y XVII y resume en una fórmula: «el establecimiento de vínculos con el pasado constituye para las sociedades del Antiguo Régimen un instrumento de poder» (p. 202). La genealogía es una «palanca de ascenso social», donde la veracidad queda al servicio de discursos utilitarios y codificados. La autora comienza por cómo se genera una tradición escrita cuyo primer compilador, Pedro Fernández de Velasco, lideró el linaje en el XVI, y luego trata del protagonismo que el linaje se atribuye en la historia del reino. Después analiza el trabajo de Pedro Mantuano, un compilador al servicio de la casa. En fín, concluye comparando su labor con la del hidalgo Domingo de la Palenque, que habitó en los dominios de la casa y elaboró una versión propia a base de comentar las anteriores; en ella reivindicaba la hidalguía.
RESEÑAS Hispania, 2017, vol. LXXVII, nº. 256, mayo-agosto, págs. 529-603, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 535 En «La Crónica de San Isidoro del Campo, primera historia de Guzmán el Bueno» (pp. 237-269), Juan Luis Carriazo Rubio señala que las Ilustraciones de la casa de Niebla de Barrantes Maldonado (1541) —donde se realza la figura del héroe y primer señor de Sanlúcar—, reposan sobre obras anteriores. Una de ellas es la citada crónica del monasterio sevillano, hoy perdida, cuyas referencias allega el autor. No ha sido el primero en hacerlo. En cambio, sí lo ha sido en ensayar con éxito una nueva vía de aproximación a la crónica: la halla en el volumen que dedicó fray Ignacio de Sevilla a la historia de la casa de Medina-Sidonia (1676). La «Cronica de San Isidoro…», fechada en 1323, fue una obra con relatos fantásticos (el primer Guzmán descendía de Carlomagno), y adaptaciones de hechos no menos fabulosas y oportunas (otro antepasado de los Guzmanes llevó de Sevilla a León los restos de San Isidoro, hallados precisamente en el sitio donde Guzmán el Bueno había de fundar San Isidoro del Campo...). Detalles como estos contribuirían a exaltar las relaciones entre el monasterio, la ciudad y el linaje, a mayor gloria de los condes de Niebla. Mª Concepción Quintanilla Raso y Mª Pilar Carceller Cerviño comparan «La construcción de la memoria de las grandes casas nobles en la Corona de Castilla. El marquesado de Priego y el ducado de Alburquerque» (pp. 271302), es decir, dos casos de estudio relevantes. Como precisan, entre los Fernández de Córdoba se combinó precozmente el mayorazgo y la pluralidad de ramas; su participación en la conquista de Córdoba fue su «clave de legitimación» (p. 281) —a despecho de sus orígenes gallegos—. Mucho más tarde, los títulos de Aguilar y Priego, y el Toisón de Oro, dieron un lustre grandioso a la rama mayor, más práctico que legendario: ¿necesitaba otros aderezos su servicio en la frontera de Granada? Tal vez no. En cambio, los de la Cueva abundaron en relatos novelescos que encubrían su arraigo entre los caballeros fronterizos de Úbeda. Por lo común, buscaban su origen en Aragón, lo que explicaría sus armas —barras, dragón y cueva; el caso también revela la conexión entre genealogía y heráldica —aunque los textos conocidos no son anteriores a la mitad del siglo XVI. El objetivo del estudio que cierra el libro, obra de Jaume Aurell («Memoria dinástica y mitos fundadores: la construcción social del pasado en la Edad Media», pp. 303-334), es proporcionar un sustrato a los anteriores «que permita comprender mejor su dinámica interna» (p. 303). El autor se remite a un tiempo anterior y a un espacio más amplio y disperso que el occidente peninsular de los siglos XIV y XV. Se pregunta por los motivos de la tardía difusión del género en casi todos los territorios de España, lo que compone una primera gran cuestión para valorar el conjunto del libro: la supuesta anomalía que encierra. Pues los mitos fundacionales y los héroes fundadores de Aurell —por supuesto, adaptados a la época en que se formalizaron—, tienen sus escenarios en Cataluña o Flandes, maduran en los siglos de la plena Edad Media, y transitan de la más «previsible» genealogía a la «dramática» crónica. Lo que debe la «conciencia de los antepasados» a la genealogía es analizado con rigor en esta decena de trabajos. Aunque aquella no depende por entero de ésta: es la segunda cuestión a considerar, como ponen de relieve las páginas iniciales del estudio de Quintanilla y Carceller; en ellas se traza un
RESEÑAS Hispania, 2017, vol. LXXVII, nº. 256, mayo-agosto, págs. 529-603, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 536 breve y sabio panorama sobre conceptos y métodos, que sugiere ser leído al tiempo que la introducción general de la obra. Ya en términos genealógicos, el contraste de un método historicista con otro etnográfico sugiere una tercera cuestión. La pesquisa de las citadas autoras es un buen ejemplo del primero, mientras las reflexiones de Krus son un modelo del segundo. En este caso, no se trata de buscar las huellas de la leyenda de Juan Zuria en la historia, sino de explicar cómo justificó el origen de los Haro, señores de Vizcaya, y cuál fue su deriva. Sobre un fondo de tradiciones que animaban la ambición de los iuvenes, se recortan Melusina y los relatos caballerescos del siglo XIII inicial. La historia, proporciona sincronías —que no es poco—. Fue en los tiempos de Diego López de Haro «el bueno», vasallo de Alfonso VIII, cuando el poderío familiar (y su mecenazgo de trovadores) alentaron la adaptación de un tema foráneo a su insólito señorío, un «mundo encantado». Formulado por el conde de Barcelos, reverdeció a mediados del XIV, mientras el señorío de Juan Núñez de Lara daba esperanza a los hidalgos de la tierra llana frente a la pujanza de las villas y el poder del rey. Pero un siglo después, la versión de Lope García de Salazar posterga el origen de los señores, realzando el pacto de los hidalgos con los señores. Por otra parte, el componente femenino se desvanece en ella: ¿tardía concesión al triunfo del linaje sobre las parentelas bilineares? Pues siguiendo a Mattoso, Krus sostenía que el linaje triunfa a fines del XII (p. 42). Pero el dato se ajustaría mejor con las hipótesis que sitúan la consolidación linajística del occidente peninsular en la segunda mitad del XIV; Isabel Beceiro la relaciona oportunamente con «la eclosión de la literatura genealógica», todo lo cual parece preferible a la noción de «anomalía» de Aurell. La última de las cuestiones distingue las formas de expresar la conciencia de los antepasados. Hay un modelo evolutivo. Desde una perspectiva general, Francisco Bautista dibuja una sucesión de crónicas desde la época de Alfonso X a la del conde de Barcelos, que comienza por la enseñanza heroica y moral al servicio del rey, sigue con una imagen de tensión por el poder, y termina con la idea de que el predominio nobiliario es posible. Esto le lleva a plantearse si la nobleza del siglo XIV pasó de alimentar una memoria oral y familiar a expandir sus mensajes por las áreas de escritura histórica que venían dependiendo de la realeza (sobre lo que don Juan Manuel puede servir de ejemplo). Otras veces, la perspectiva subraya los relatos paralelos, donde la evolución se desvanece en favor de lo teleológico: así, Arsenio Dacosta estima que Fernán Pérez de Ayala elaboró una imagen de su ancestro don Vela que recordaba su propia biografía, al tiempo que proponía un ejemplo para sus descendientes e incluso para la nobleza castellana. O bien prefiere insertar la memoria familiar en hechos portentosos de la historia del reino, como revela el estudio de Juan Luis Carriazo sobre los Guzmanes. O se aprecian percepciones diferentes, incluso alternativas, según sucede en el caso de los Velasco. Pero también existen los relatos contrapuestos, como los del linaje Pimentel diseccionados por Bernardo Vasconcelos, resultado de combinar un escenario físico verosímil, rudas enemistades, y operaciones en pro y en contra de la honra de grupos extensos
RESEÑAS Hispania, 2017, vol. LXXVII, nº. 256, mayo-agosto, págs. 529-603, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 537 de familiares y aliados (resaltando antigüedad o arribismo, buena memoria o conductas reprobables de acuerdo con el código nobiliario). En fin, la geografía de los orígenes no es un dato menor: los legendarios ancestros del norte han gozado de un prestigio que va de Escocia a Aragón. —————————————————— Pascual Martínez Sopena Universidad de Valladolid [email protected] GARCÍA FITZ, Francisco y NOVOA PORTELA, Feliciano: Cruzados en la Reconquista, Madrid: Marcial Pons Historia, 2014, 243 págs; ISBN: 978-84-15963-22-6. Durante los últimos diez o doce años se ha trabajado mucho y bien en el campo de los estudios sobre la guerra santa y la cruzada. Es un desarrollado historiográfico al que también han contribuido historiadores españoles, en contraste con la producción de los cincuenta años anteriores (José M. Rodríguez García, «Reconquista y cruzada. Un balance historiográfico doce años después», Espacio, Tiempo y forma, Medieval, 26 (2013), 363-392). Aunque el tema del libro no es completamente original, la presencia de cruzados en suelo peninsular, es, sin embargo, el primer intento sistemático de analizar la presencia de esos cruzados en nuestro suelo desde el s. XI hasta fines del s. XV, con la campaña final de Granada. La obra, que podríamos decir que sigue patrones anglosajones en su aproximación sincrética y contenida al tema, ha sido escrita por dos historiadores de sobra conocidos y que reúnen tanto la experiencia investigadora como la capacidad analítica necesaria para llevar a buen puerto esta empresa. Sin embargo hay que decir que con la denominación de «cruzados» que aparece en el título de la obra, los autores sólo se están refiriendo a la aportación de cruzados «extranjeros», extrapeninsulares, a las campañas ibéricas. Lo cual tiene ciertos problemas a no ser que, precisamente, los autores quieran hacer un punto de este enfoque, ya que las diferentes personas originarias de la península que participaron en las campañas beneficiadas con el rango de cruzada también eran, por definición y autoconsideración, porque así aparece en documentos, por ejemplo, testamentarios cruzados. Pero repito que no se habla de los cruzados peninsulares, sino de los extranjeros en suelo peninsular. Ciertamente hay que partir de una aproximación pluralista al tema de la cruzada. Es decir, considerar como cruzadas aquellas campañas autorizadas por el papado como guerras justas, santas, meritorias y penitenciales, a las que el papado otorgaba una serie de determinados beneficios y privilegios, donde destaca la indulgencia cruzada; sin importar el lugar final de destino u objetivo geográfico de la campaña. En realidad los autores dedican el primer capítulo de su libro a una obligatoria reflexión sobre qué es cruzada, qué es reconquista y cómo interaccionan; que