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Sobre la historia de la traducción en España: algunos errores recientes

Santoyo, Julio César

Abstract

El objetivo del presente artículo es analizar y describir los notables silencios y los importantes errores detectados, entre otros, en el libro titulado Translators through History. A pesar de que dicho volumen está llamado a ser un libro muy consultado y muy citado en los Estudios de Traducción, los errores que contiene son dignos de mención. A lo largo de este trabajo, presentaremos distintos tipos de errores, con el fin de justificar nuestra opinión al respecto.

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Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 SOBRE LA HISTORIA DE LA TRADUCCIÓN EN ESPAÑA: ALGUNOS ERRORES RECIENTES Julio-César SANTOYO Universidad de León Bajo los auspicios de la UNESCO y de una editorial tan prestigiosa como John Benjamins Publishing Co., salía a la luz en 1995 un volumen extraordinariamente interesante y, al tiempo, extraordinariamente decepcionante, Translators through History, escrito por una amplia miscelánea de cuarenta y cinco colaboradores (entre ellos André Lefevere, Theo Hermans, Michel Ballard, Paul Horguelin, Michael Cronin, Lieven D’Hulst, Sherry Simon, etc.), bajo la dirección de Jean Delisle y de Judith Woodsworth. Explico, en lógica sucesión, los dos adjetivos antes utilizados: interesante y decepcionante. No existe una historia de la traducción, y menos aún una historia de la interpretación. Hay en el mercado historias de casi cualquier parcela de la actividad humana, buena o mala, incluido el comercio, la piratería, la filosofía, la escritura, los descubrimientos, la magia negra, la religión, la medicina o la navegación..., pero no así la traducción. Los estudios de Rener, o de Louis G. Kelly, no pretenden ser, propiamente, tal historia. Son otra cosa. Las historias de Henri van Hoof lo son, ciertamente, pero parciales. Lo interesante de Translators through History es que ha venido a llenar parte de ese hueco bibliográfico hace largo tiempo detectado en los Estudios de Traducción. Y ha venido a llenarlo mediante un gran esfuerzo colectivo de coordinación y redacción, que desde luego es de alabar. Qué duda cabe: está destinado a ser un libro muy consultado. Y muy citado en nuestra disciplina. Pero éste es al tiempo su talón de Aquiles, porque el lado oscuro del volumen lo forman los muy notables silencios y los importantes errores que contiene. Hagamos un breve repaso de los primeros. Translators through History, por ejemplo, *desconoce íntegra (lo que ya es desconocer) toda la historia de la traducción desde mediados del III milenio a. de C. hasta el siglo IV de nuestra era (salvo la versión bíblica de los Septuaginta): nada se dice del cuándo, cómo o por qué de sus inicios y difusión, nada se dice de la traducción en Mesopotamia, Anatolia, Egipto, Grecia o Roma. *desconoce enteras grandes parcelas lingüísticas y geográficas: todo el mundo lusófono (Portugal, Brasil, Mozambique, Angola...), y toda la América hispana (salvo Borges y página y media dedicada a la conquista de América), y todo el mundo eslavo (salvo las figuras de Cirilo y Metodio, y una - 1 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 página dedicada al ‘caso’ de Efim Etkind), y el Extremo Oriente, incluido Japón, Filipinas, Corea, Vietnam... La consecuencia más inmediata es que el lector nada encontrará en este volumen sobre Constantino el Africano, ‘magister Orientis et Occidentis’ y la escuela de Salerno, nada sobre Martín de Dume o sobre Ripoll, nada (o casi nada) sobre Roger Bacon, Alonso de Madrigal, la piedra de Rosetta, Cicerón como traductor, etc. Pero, en definitiva, quizá las ausencias sean lo de menos, por haber sido voluntarias. Los editores eran bien conscientes de que “Translator though History does not claim to be an exhaustive study of the history of translation; instead, it is a selective and thematic overview of the principal roles played by translators through the ages...” (p. 2). Lo que sí es lástima es que el volumen contenga tantos errores (sobre todo en lo relativo a España) cuando estoy seguro, repito, que va a ser un libro muy consultado y citado. *Se cita, por ejemplo, “Dryden’s eighteenth-century conception of the translator as a slave labouring in another man’s vineyard” (p. 67). Difícilmente puede asignarse tal metáfora de Dryden al siglo XVIII (eighteenth-century) cuando este autor falleció en Londres el 1o de mayo del año 1700, último del siglo XVII. *En la p. 167 se alude a la traducción de la Biblia al gótico, hecha por el obispo Ulfilas en la segunda mitad del siglo IV (probablemente entre el 360 y el 382), y de ella se dice: “The Gothic version is the earliest translation of the Bible whose translator is known”. A pesar de tal afirmación, el lector no puede menos de recordar que tan sólo dos páginas antes (pp. 164-165) se le han mencionado por su propio nombre otros dos traductores de la Biblia, ambos del siglo II, y por lo tanto cronológicamente muy anteriores a Ulfilas: Aquila, traductor al griego, y Onkelos, traductor al arameo. Pero es que además podrían también haberse citado otras dos versiones de la Biblia “whose translator is known”, ambas también al griego, y ambas llevadas a cabo en el mismo siglo II: la de Símaco y la de Teodoción de Efeso. Cabría recordar aquí, quizá, que a principios del siglo III Orígenes ya utilizó en sus Hexaplas las tres distintas versiones de Aquila, Teodoción y Símaco; y que san Jerónimo cita por su nombre a estos tres traductores en numerosas ocasiones, entre otras en el prólogo a la versión latina de la Crónica de Eusebio de Cesarea (ca. 376). *En la p. 193 se lee: “In the twelfth century..., in Tarragona, in the north of Spain, a certain bishop Michael commisioned at least ten translations from Arabic into Latin”. Y en la página siguiente, 194, se insiste: “Archbishop Raymond of Toledo... was certainly French, as was bishop Michael of Tarragona”. Cualquiera que haya estudiado, siquiera someramente, este período sabe que fue en Tarazona (Aragón) donde se llevaron a cabo las traducciones encargadas por el obispo Miguel, y no en la mediterránea y catalana Tarragona. *En la misma página tres veces (!) seguidas, y una vez más en el índice de nombres propios (p. 334), se menciona al traductor de tales textos con el nombre de Hugo de Santillana, cuando de hecho su nombre es el de Hugo de Santalla. *En la p. 224 se alude a “the period of Muslim domination of Spain (ninth to fifteenth centuries)”. Siglos IX a XV, por lo tanto. Y el lector se pregunta si hubo o no hubo dominación musulmana en la Península durante el siglo VIII, dado que la invasión árabe y consiguiente caída del reino visigodo aconteció en el año 711. - 2 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 Son sólo algunos ejemplos, pero creo que suficientemente significativos. Y vuelvo a mis palabras del comienzo: va a ser éste un libro muy citado. Pero espero que cuando se lo cite, se obvien o se corrijan al menos estos y otros errores. oooOOooo Hora es ya de empezar a dejar de hablar de la Escuela de Traductores de Toledo. Nunca hubo tal escuela en Toledo, ni en el siglo XII con el obispo Raimundo, ni en el XIII con Alfonso X el Sabio. Ni hubo tal escuela en esos siglos ni la hubo tampoco en Toledo. Pero ese qué y ese dónde han demostrado ser uno de mitos recientes más perdurables de la historia de España, con acto múltiple de presencia desde la Encyclopaedia Britannica hasta las páginas más actuales de Internet. El error inicial de Amable Jourdain en 1819, que dio en llamar collège de traducteurs a una actividad que de hecho se llevó a cabo en otros muchos lugares además de en Toledo, se propagó pronto por toda Europa y halló megafonía mayor en el alemán Valentin Rose cuando en 1874 habló en su estudio “Ptolomaeus and die Schule von Toledo” de “eine förmliche Schule arabischlateinischer Buchund Wissenschaftsübertragung” (Hermes, 8/3, 327-349, p. 327). Ni que decir tiene que tal denominación, con marchamo ultrapirenaico, francés y alemán, encontró una magnífica acogida en España, espaldarazo incluido de don Ramón Menéndez Pidal. Pero el tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio y nadie hoy, en su sano juicio, alude a tal escuela, si no es para negar su existencia. Ya en 1942 Angel González Palencia reconocía en su monografía sobre el arzobispo Raimundo que “los escasísimos documentos hasta ahora hallados no permiten afirmar la existencia de tal centro de traducciones” (El arzobispo don Raimundo de Toledo, Barcelona: Labor 1942, p. 118). Medio siglo más tarde, ya en 1998, Clara Foz publicó en Ottawa, tras su tesis doctoral sobre el tema, el volumen titulado Le traducteur, l’Église et le roi (Presses de l’Université d’Ottawa), traducido por Enrique Folch al español dos años después, en el 2000, con el título de El traductor, la Iglesia y el rey (Barcelona: Gedisa), y subtitulado precisamente ‘La traducción en España en los siglos XII y XIII’. Sus asertos en tal obra no dejan lugar a cavilaciones. Le cedo la palabra: El análisis de los datos relativos a los traductores de esta época [siglo XII] y a su itinerario revela en efecto que Toledo no fue más que uno de los lugares visitados por algunos doctos del siglo XII... Nada indica que existiera en la capital castellana una espacio propio para las actividades de traducción o una verdadera dirección de los trabajos (p. 105 de la ed. española). En cuanto a los traductores del siglo XIII..., el marco preciso en que desarrollaron sus trabajos sigue dependiendo de conjeturas... No poseemos ninguna definición precisa de los lugares exactos donde se desarrollaron estas actividades... (ibid., pp. 106-107). El pasado año 2000 Anthony Pym publicaba a su vez el volumen Negotiating the Frontier: Translators and Intercultures in Hispanic History (Manchester: St Jerome), cuyos cuatro primeros capítulos tratan precisamente de tal escuela. Citas espigadas del libro de Pym: - 3 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 The references to Toledo are not strict in any geographical sense, since twelfth-century translations from Arabic were carried out in many parts of Hispania, often in the north (p. 34). No medieval author would seem to have referred to Toledo as a ‘school’, much less as a school of translators (p. 35). The notion of a ‘School of Toledo’ -in very capital-letter senseshas been mythologized in such a way as to make its historical coverage as broad as possible (p. 56). Toledo’s status as ‘one of the most important western centers for Islamic culture’ is actually quite difficult to prove (p. 58). Etc., etc. En buen román paladino bien podría decirse que más claro, agua. Porque lo cierto (y únicamente documentado) es que muchos de los traductores de los siglos XII y XIII tradicionalmente adscritos a la ‘escuela de Toledo’ no llevaron a cabo su obra allí, sino en Tarazona, Barcelona, León, Burgos, quizá Tudela (“en la región del Ebro”), Segovia y muy probablemente Sevilla..., lugares nada próximos todos ellos a la capital toledana. No, no hubo, pues, en Toledo una Escuela de Traductores en el siglo XII, ni la hubo tampoco en el XIII, si por escuela entendemos lo que por escuela ha de entenderse, en cualquiera de sus acepciones. Pocas líneas contienen mayor cúmulo de errores que las siguientes de Henri van Hoof en su Petite histoire de la traduction en Occident (Louvain-la-Neuve: Cabay 1986, p. 10): Dès 1135, l’archevêque Raymond de Tolède (1125-1155) fonde un Collège de Traducteurs, véritable école où des cours sont donnés et où, pendant plus d’un siècle et demi, des Italiens, des Français, des Anglais, des Juifs, des Flamands vont s’illustrer, aux côtés des Espagnols, dans une gigantesque entreprise de traduction patronnée par l’Église... No hubo fundación ninguna, ni fue episcopal, ni hubo collège, ni hubo véritable école, ni por tanto hubo cursos que en ella se impartieran, ni fue la Iglesia (en fin) quien durante más de siglo y medio amparó la labor traductora: cierto como puede ser este último dato para el primer período toledano, difícil resulta que también lo sea para el segundo, a menos que van Hoof considere a Alfonso X el Sabio miembro de la jerarquía eclesiástica. Van Hoof ha vuelto a repetir parte del párrafo anterior en un reciente artículo, “Notes pour une histoire de la traduction pharmaceutique”, publicado en la revista canadiense Meta (nº 46/1, marzo de 2001, pp. 162-163), con inclusión de la referencia a una fundación y a un collége de traductores: En 1135, l’archevêque Raymond y [= Toledo] fonda un collège de traducteurs où, pendant plus d’un siècle et demi, des Italiens, des Français, des Anglais, des Juifs, des Flamands s’illustrèrent aux côtés des Espagnols dans un gigantesque projet de traduction... Este mismo artículo sobre la historia de la traducción farmacéutica, con el mismo título y también en francés, ya se había publicado dos años antes en el nº 8 (1999) de la revista de la Universidad Complutense de Madrid Hieronymus Complutensis, pp. 27-44. Con inclusión, naturalmente, de este párrafo. - 4 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 De hecho, ni en Toledo ni en Vivarium, Ripoll, Salerno, Lunel o Palerno, ni en otro lugar alguno hubo en toda la Edad Media europea escuelas, colegios o aulas de traducción. Ha sido ésta una malhadada denominación, heredada de un término inicial, collège, convertido posteriormente en Schule, Übersetzerschule, school of translators, scuola di traduttori (Georges Mounin en 1965) y, cómo no, hace ya mucho traducido con fruición a nuestro idioma como Escuela de Traductores, de Toledo, naturalmente... Cabe preguntarse, desde luego, qué fue lo que hubo entonces en la Península Ibérica durante estos siglos XII y XIII, si lo que hubo no fueron ‘escuelas’. Hubo traductores que, bien individualmente, bien en pequeños grupos, desarrollaron su trabajo bajo el patronazgo y directrices de un mecenas, traductores a veces itinerantes, permanentes otras en un único lugar. Otro tanto puede decirse de la primera y más famosa de tales ‘escuelas’, la conocida tradicionalmente como ‘escuela de traductores’ de Bagdad, en el siglo IX de nuestra era. Myriam Salama-Carr (La traduction à l’époque abbaside, Paris: Didier 1990: 31 - Pym 2000: 36) la califica meramente como “a team or group of translators”. No de otra manera habla Dimitri Gutas, profesor en la Universidad de Yale, de la ‘Casa de la Sabiduría’ (bayt al-hikma) de Bagdad, pretendido centro de actividades de dicha ‘escuela’: It was certainly not a center for the translation of Greek works into Arabic; the GraecoArabic translation movement was completely unrelated to any of the activities of the bayt al-hikma. Among the dozens of reports about the translation of Greek works into Arabic that we have, there is not even a single one that mentions the bayt al-hikma... The firsthand report about the translation movement by the great Hunayn himself does not mention it... (Greek Thought, Arabic Culture: The Graeco-Arabic Translation Movement in Baghdad and Early ‘Abbâsid Society (2nd-4th / 8th-10th centuries), Londres: Routledge 1998, p. 59). Y no de otra manera acaba a su vez admitiendo Menéndez Pidal la naturaleza de una tal ‘escuela’ en Toledo cuando escribe: Si por escuela se entiende el conjunto orgánico de maestros, escolares, aulas y bedeles, no existió escuela de traductores, ni nadie (?) pensó que pudiera existir, pero sí hubo escuela toledana en el sentido de un conjunto de estudiosos que se continúan en un mismo lugar (?), en unas mismas bibliotecas (?), con unos mismos procedimientos, trabajando en un mismo campo, el de la ciencia árabe (España, eslabón entre la cristiandad y el islam, Madrid: Espasa-Calpe, col. Austral nº 1280, 2a edición 1968 [1956]), pp. 36-37). Tal cosa, don Ramón, no es una ‘escuela’, por más que queramos salvar la denominación. Pero valga la matización en lo que de valor tiene. En cuanto a lo de “en un mismo lugar” y “en unas mismas bibliotecas”, nada indica que así fuera. Pero continuemos con citas de Henri van Hoof y su Petite histoire de la traduction en Occident, pp. 10-11: Parmi les premiers traducteurs dont le nom est resté attaché à l’école de Tolède, il convient de citer Dominicus Gundisalvi, archevêque de Ségovie... (p. 10). - 5 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 Comentario y corrección: El traductor Dominicus Gundisalvi nunca fue arzobispo (archevêque) de Segovia, entre otras razones de peso porque Segovia nunca ha contado con sede arzobispal. Dominicus Gundisalvi tan sólo fue arcediano, empleo y dignidad considerablemente menor que la de arzobispo. Le moine français Pierre le Vénérable (1092-1156) traduit le Coran en 1139... Robert de Rétines donne une nouvelle traduction du Coran en 1141-43, avec Herman de Carinthie... (p. 11). Comentario y corrección: Pedro de Montboissier, conocido como Pedro el Venerable, abad de Cluny, nunca tradujo el Corán, ni en 1139 ni en otra fecha alguna. Encargó su traducción, eso sí, a Robert de Retines y a Hermann de Carintia, y esta fue la primera versión que se hizo de esta obra a una lengua europea. Pero ni Robert ni Hermann pudieron hacer una nueva traducción, porque la de Pedro el Venerable pertenece exclusivamente al reino de la desinformación. Plus tard, dans la seconde moitié du XIIe siècle et au début du XIIIe, on relève le noms de Marc de Tolède..., de l’anglais Michael Scot... et d’Alvaro Orviedo... (p. 11). Comentario y corrección: El nombre de este último traductor fue Alvaro Oviedo, o Alvaro de Oviedo, conocido también con el nombre de Alvarus Ovetense. Ce n’est que vers l’an 1200 que des copies des originaux grecs commencèrent à arriver à Tolède et qu’on comprit l’intérêt d’en faire une traduction directe sans passage par une tierce langue. A partir de ce moment, le Collège de Traducteurs traduit de l’arabe en hébreu et de l’hébreu en latin, ou de l’arabe en latin et du grec en latin... (p. 11). Comentario y corrección: Sorprenden estas referencias tan claras a textos en griego traducidos en la Península en el siglo XIII: salvo información privilegiada, no se tiene constancia alguna de que hacia el año 1200 comenzaran a llegar a Toledo originales griegos, ni de que allí se hicieran traducciones directas del griego al latín. oooOOooo En la revista Hieronymus Complutensis, nº 6-7 (1998) el mismo autor, Henri Van Hoof, traza entre las páginas 9 y 23 una “Esquisse pour une histoire de la traduction en Espagne”. En las pp. 12 y 13 van Hoof alude a la personalidad literaria del marqués de Santillana, a su rica biblioteca y a los estudiosos a los que encargó varias traducciones. Y termina con el siguiente párrafo: Lui-même traduisit du latin des poésies d’Horace, qui marquèrent son entrée en littérature, l’Eneyda de Virgile, les Transformaciones d’Ovide et les Tragedias de Sénèque. Pues no. Es bien conocido, por testimonios del propio Santillana y de varios de sus colaboradores, que el marqués no sabía latín. Ni para leerlo, ni mucho menos para traducir a Horacio, Ovidio, Virgilio o Séneca. De modo que “él mismo” no tradujo las obras que van Hoof indica. - 6 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 Baste recordar las propias palabras de Santillana, allá por el año 1446, cuando, al hablar de “la dulzura o graciosidad” del latín, admite también que, “como quiera que yo no lo sepa, porque yo no lo aprendí..., difícil cosa sería ahora, que después de asaz años y no menos trabajos, yo quisiese o me dispusiese a porfiar con la lengua latina...”. Nunca ocultó el marqués su desconocimiento del latín y su entorno de colaboradores bien lo conocía. Cuando cinco años después de la muerte de Santillana, en 1463, Juan de Lucena compuso su Diálogo de vita beata, puso en boca del marqués su más dolorida queja: “¡O me misero! Quando me veo defectuoso de las letras latinas...” En la misma dirección apunta el traductor que se oculta bajo la nombre de Ludovicus Bachalareus, en su prefacio a la versión del De insignis et armis, de Bartolo de Sassoferrato, cuando, tras manifestarle al marqués su intención de traducir la obra del latín al castellano, añade: “Et esto por vuestra merced non se auer dado a la lengua latina con ocupaçion de otros arduos negoçios que, desde su tierna edat, syempre touo”. oooOOooo Uno desearía que el lector repasara despacio las tres citas siguientes, las tres pertenecientes al libro titulado Aproximación a una historia de la traducción en España, de José Francisco Ruiz Casanova, publicado en el año 2000 por la editorial madrileña Cátedra en su colección ‘Lingüística’: Si nos ceñimos al contexto hispánico o peninsular [...], la aparición de la actividad traductora en dicho territorio conserva muestras escritas que se corresponden con las aportaciones culturales, literarias y científicas de sus variados moradores. Sabemos, por ejemplo, que la traducción formaba parte del ideario educativo y del afán de saber del pueblo romano, y que la muestra más antigua de ello en la Península es la traducción del griego al latín de las Sententiae Patrum Aegyptorum, los Capitula ex Orientalum Patrum Synodis y los Apotegma Patrum, trabajos llevados a cabo en la segunda mitad del siglo VI de nuestra era por San Martín y San Pascasio, monjes del monasterio de Dumio en Braga; o que el obispo Ulfilas traduce del griego y del latín al godo, en el siglo IV, todos los libros de la Biblia excepto el de los Reyes... (pp. 23-24). Esta Biblia goda no fue, sin embargo, la primera muestra de traducción en la Península posterior a la caída del Imperio Romano; al parecer, dicho honor ha de recaer, como ya hemos señalado, sobre San Martín y San Pascasio, cuyas traducciones del griego al latín datan del siglo VI... (p. 46). Si dejamos atrás las traslaciones realizadas en la Península entre los siglos IV y VI, debidas a Ulfilas, San Martín y San Pascasio, no escapa a nadie que la traducción en España... (p. 54). Contienen estos párrafos un error mayor y dos errores menores. Vayamos con el de mayor calibre. - 7 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 En los tres párrafos se repite la misma idea: en el contexto hispánico o peninsular..., en la Península..., en la Península..., en la Península..., Ulfilas tradujo del griego al latín todos los libros de la Biblia, a excepción del de los Reyes. Imagino que más de un germanista habrá puesto ya el grito en el cielo: el obispo Ulfilas nunca estuvo en la Península Ibérica, ni siquiera cerca de ella, y, consecuentemente, tampoco llevó aquí a cabo su famosa traducción. Ulfila, Ulfilas o Wulfila (ca. 311 - ca. 383) había nacido probablemente en territorios de la actual Rumanía y descendía por parte materna de prisioneros cristianos desplazados por los godos desde Capadocia a mediados del siglo III. Fue consagrado obispo ca. 340, profesó la herejía arriana y fue, efectivamente, el traductor del griego al gótico, en la segunda mitad del siglo IV, de gran parte de la Biblia. Para el Antiguo Testamento utilizó la versión de los Setenta. Hasta entonces, el gótico había sido tan sólo una lengua hablada, nunca escrita. Al parecer, y como siglos después harían Cirilo y Metodio, inventó para su traducción el alfabeto gótico, combinando caracteres griegos con algunos latinos y con varias runas. La tarea le llevó los cuarenta años que fue obispo, en su sede cercana a la antigua Nicopolis, en lo que hoy es la ciudad de Trnovo, en Bulgaria. De su traducción, conservada en el Codex Argenteus de la Universidad de Uppsala, en Suecia, sólo restan 187 páginas de las 330 que originalmente formaban la versión de los cuatro evangelios. Creo saber de dónde procede el error de Ruiz Casanova: de una mala lectura del siguiente párrafo de Valentín García Yebra en su obra En torno a la traducción, Madrid: Gredos, 2ª ed. 1989 [1983], p. 321: Cuando los visigodos se establecieron aquí, llevaban ya varios siglos de contacto con el Imperio Romano y habían aceptado, como los otros pueblos godos, el cristianismo arriano. El obispo Ulfilas, que, además de su propia lengua, sabía latín y griego, había traducido al godo, en el siglo IV, casi toda la Biblia. Su versión era de uso general entre los visigodos. Pero este párrafo nada dice de la Península Ibérica. Dice lo que dice: que cuando los visigodos se establecieron en la Península (segundo decenio del siglo V) llevaban siglos de contacto con Roma (lo que es cierto), que eran de fe arriana (cierto también) y que el obispo Ulfilas había hecho en el siglo anterior, siglo IV, una traducción de la Biblia al gótico, traducción que usaban los visigodos. Todo ello cierto y verdadero. Como observará el lector, García Yebra para nada menciona la Península Ibérica. Pero una lectura demasiado rápida del párrafo puede haber llevado a Ruiz Casanova a incluir en su texto (tres veces al menos) un importante error. Por cierto: en el mismo error de lectura e interpretación del párrafo de García Yebra ya había caído dos años antes Alberto Ballestero Izquierdo en su Diccionario de Traducción: Traducciones y traductores en Navarra, siglos XV-XIX (Pamplona: Ediciones Eunate 1998), cuando da comienzo a su capítulo “La traducción en España” con este párrafo inicial (p. 19): La traducción en España se inicia oficialmente a principios del siglo XII y alcanza en el siglo XIII un esplendor y una eficacia realmente inauditas, aunque ya en el siglo IV el obispo Ufilas [sic], que, además del godo, conocía el griego y el latín, había traducido la - 8 - Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación Núm. 6 - Año 2004 Biblia al godo, salvo el libro de los Reyes, que consideró muy belicoso para su pueblo por las hazañas guerreras que contiene. Comparado con éste de Ulfilas, los otros dos errores antes mencionados son de mucho menor calado, fácilmente enmendables: San Martín y San Pascasio, del monasterio de Dumio... San Martín, sí, es santo, y en Portugal se le conoce como Santo Martinho; pero su discípulo Pascasio no parece haber alcanzado la misma gloria en los altares: sobra el adjetivo. Y en cuanto a Dumio, se trata de la hispanización del latín Dumium: el pueblecito cercano a Braga en realidad se denomina Dume. Lo más correcto, pues, sería hablar de San Martín, de Pascasio y de Dume. Apostilla: en esta misma Aproximación a una historia..., p. 180, nota 107, se atribuye a Eugenio Asensio el estudio sobre “Vives y el problema de la traducción”, pp. 86-101 del libro Tradición y novedad en la ciencia del lenguaje (Madrid: Gredos 1977). El libro, y el citado capítulo, ambos bien conocidos, son de Eugenio Coseriu. Al César lo que es del César. oooOOooo Uno también desearía que el lector repasara en detalle las citas siguientes: Antoine Berman, en L’Épreuve de l’étranger, Paris: Gallimard, 1984, p. 14 : «Pour nous, les autotraductions sont des exceptions». Grady Miller, en “The Author as Translator”, ATA Spanish Language Division: Selected SpanishRelated Presentations, St. Louis, Missouri, 1999, p. 11: “Historically, few authors have dared to translate their own works“. Richard S. Sylvester (ed.), en The Complete Works of St. Thomas More. Vol. 2. The History of King Richard III, New Haven, CT & London: Yale University Press, 1963: “It is rare enough, however, for an author to compose a work in one language and then translate it into another”. Christian Balliu, en “Les traducteurs: ces médecins légistes du texte”, Meta, XLVI/1 (2001), p. 99: «On en conviendra, les exemples d’autotraduction, au sens où je viens de la définir, sont rarissimes dans le domaine littéraire et ne font qu’exception». Sisir Kumar Das, en The English Writings of Rabindranath Tagore, vol. I: Poems, New Delhi: Sahitya Akademi, 1994, p. 10: “Undoubtedly he [Tagore] is the only major writer in the literary history of any country who decided to translate his own works to reach a larger audience”. Helena Tanqueiro, en “Self-Translation as an Extreme Case of the Author-Translator-Dialectic”, en: Allison Beeby & al. (eds.), Investigating Translation: Selected Papers from the 4th International Congress on Translation (Barcelona 1998), Amsterdam: John Benjamins, 2000, p. 58: “It is nevertheless interesting to see that only a few, very few [writers] indeed, actually translated their own work”. Lamento contradecir a todas estas autoridades (y a otras muchas más) y decirles que se hallan inmersas en un profundo error. Las autotraducciones no son excepciones, ni son rarísimas, ni son - 9 -